"Hago todos los días mi "ratito" de oración: ¡si no fuera por eso!" (Camino, 106)

6 de mayo de 2022

CON LA MISA YA ENTRAMOS EN EL CIELO

 



Evangelio (Jn 6,52-59)


Los judíos se pusieron a discutir entre ellos:


— ¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?


Jesús les dijo:


—En verdad, en verdad os digo que si no coméis la carne del Hijo del Hombre y no bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo le resucitaré en el último día. Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él. Igual que el Padre que me envió vive y yo vivo por el Padre, así, aquel que me come vivirá por mí. Éste es el pan que ha bajado del cielo, no como el que comieron los padres y murieron: quien come este pan vivirá eternamente.


Estas cosas dijo en la sinagoga, enseñando en Cafarnaún.



PARA TU ORACION PERSONAL


- La Eucaristía nos diviniza.

- Signo de unidad y vínculo de caridad.

- Unir nuestra jornada a la Misa.


CUANDO JESÚS termina su discurso sobre la Eucaristía en la sinagoga, se inicia una discusión inesperada. «Los judíos disputaban entre sí: “¿Cómo puede este darnos a comer su carne?”» (Jn 6,52). Si algo nos queda claro es que se han dado cuenta del realismo de las palabras del Maestro. Saben que no se está hablando de un simple símbolo. Y la fuerza de aquellas palabras les genera inquietud. Ante la reacción escéptica, el Señor no matiza su expresión; al contrario, reafirma la necesidad de la Eucaristía para tener vida divina. «Entonces Jesús les dijo: “En verdad, en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros”» (Jn 6,53).


«Al escuchar este discurso la gente comprendió que Jesús no era un Mesías, como ellos querían, que aspirase a un trono terrenal. No buscaba consensos para conquistar Jerusalén; más bien, quería ir a la ciudad santa para compartir el destino de los profetas: dar la vida por Dios y por el pueblo. Aquellos panes, partidos para miles de personas, no querían provocar una marcha triunfal, sino anunciar el sacrificio de la cruz, en el que Jesús se convierte en Pan, en cuerpo y sangre ofrecidos en expiación»[1].


Pero, también en el mismo pasaje, encontramos una promesa maravillosa: «El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él» (Jn 6,56). Jesús nos promete la posibilidad de vivir en Dios y de que, al mismo tiempo, él pueda permanecer en nosotros. «No humanizamos nosotros a Dios Nuestro Señor cuando lo recibimos: es él quien nos diviniza, nos ensalza, nos levanta. Jesucristo hace lo que a nosotros nos es imposible: sobrenaturaliza nuestras vidas, nuestras acciones, nuestros sacrificios. Quedamos endiosados»[2]. Por eso, «cada vez que comulgamos, nos parecemos más a Jesús, nos transformamos más en Jesús. Como el pan y el vino se convierten en cuerpo y sangre del Señor, así cuantos le reciben con fe son transformados en eucaristía viviente (...). La comunión nos abre y une a todos aquellos que son una sola cosa en él. Este es el prodigio de la comunión: ¡nos convertimos en lo que recibimos!»[3].


LA EUCARISTÍA es llamada signo de unidad y vínculo de caridad. Esto se debe a que «la comunión acrecienta nuestra unión con Cristo. Recibir la Eucaristía en la comunión da como fruto principal la unión íntima con Cristo Jesús»[4]. San Pablo, en los primeros tiempos del cristianismo, explicó esta unidad que se genera al compartir la mesa eucarística: «El pan que partimos, ¿no es comunión del cuerpo de Cristo? Porque el pan es uno, nosotros, siendo muchos, formamos un solo cuerpo, pues todos comemos del mismo pan» (1Co 10,16-17). Podemos decir, por eso, que la Iglesia forma un Cuerpo; y, también por estas razones, uno de los nombres con los que se conoce a este sacramento es precisamente el de «comunión».


San Josemaría era muy consciente de esa unidad fuerte que se fundamenta en la Eucaristía. Por ese motivo, puso en el sagrario del Consejo general del Opus Dei las palabras de Jesús en la última cena: «Consummati in unum! (Jn 17,23), que sean completamente uno. Porque es como si todos estuviéramos aquí –decía el fundador del Opus Dei–, pegados a ti, sin abandonarte ni de día ni de noche, en un cántico de acción de gracias y –¿por qué no?– de petición de perdón (...). Para reparar, para agradar, para dar gracias»[5].


«La Eucaristía es el sacramento de la unidad. Quien la recibe se convierte necesariamente en artífice de unidad (...). Pidamos a Dios que este pan de unidad nos sane de la ambición de estar por encima de los demás, de la voracidad de acaparar para sí mismo, de fomentar discordias y diseminar críticas; que suscite la alegría de amarnos sin rivalidad, envidias ni chismorreos calumniadores. Y ahora, viviendo la Eucaristía, adoremos y agradezcamos al Señor por este don supremo: memoria viva de su amor, que hace de nosotros un solo cuerpo y nos conduce a la unidad»[6].


«COMO EL PADRE que vive me ha enviado, y yo vivo por el Padre, así, del mismo modo, el que me come vivirá por mí» (Jn 6,57). La comunión de Jesús con el Padre es el modelo para que vivamos en Dios. Esta unión se manifiesta en el deseo de unirnos siempre a su voluntad. Y, en cada Eucaristía, nos da la fuerza para lograrlo: «Si vivimos bien la Misa, ¿cómo no continuar luego el resto de la jornada con el pensamiento en el Señor, con la comezón de no apartarnos de su presencia, para trabajar como él trabajaba y amar como él amaba?»[7].


Por nuestra alma sacerdotal podemos convertir cada jornada en una Misa; podemos unir nuestro trabajo cotidiano al sacrificio de Cristo en el Calvario, que se renueva en el altar. Esa unión puede verse simbolizada en la gota de agua que el sacerdote añade al vino cuando prepara las ofrendas mientras dice: «El agua unida al vino sea signo de nuestra participación en la vida divina de quien ha querido compartir nuestra condición humana»[8]. Con razón enseña el Catecismo que «en la Eucaristía, el sacrificio de Cristo se hace también sacrificio de los miembros de su Cuerpo. La vida de los fieles, su alabanza, su sufrimiento, su oración y su trabajo se unen a los de Cristo»[9].


Cristo concluye su discurso en la sinagoga diciendo: «El que come este pan vivirá para siempre» (Jn 6,58-59). Jesús, que bajó del cielo gracias a la respuesta afirmativa de su madre, es el pan vivo y que da la vida. «María de Nazaret, icono de la Iglesia naciente, es el modelo de cómo cada uno de nosotros está llamado a recibir el don que Jesús hace de sí mismo en la Eucaristía»[10].






5 de mayo de 2022

La Eucaristía nos llena de esperanza

 



Evangelio (Jn 6,44-51)


Nadie puede venir a mí si no le atrae el Padre que me ha enviado, y yo le resucitaré en el último día. Está escrito en los Profetas: Y serán todos enseñados por Dios. Todo el que ha escuchado al que viene del Padre, y ha aprendido, viene a mí. No es que alguien haya visto al Padre, sino que aquel que procede de Dios, ése ha visto al Padre. En verdad, en verdad os digo que el que cree tiene vida eterna.


Yo soy el pan de vida. Vuestros padres comieron en el desierto el maná y murieron. Éste es el pan que baja del cielo, para que si alguien lo come no muera. Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo. Si alguno come este pan vivirá eternamente; y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo.


- Dios Padre nos atrae hacia Jesús.

- Pedir el pan de vida.

- La Eucaristía nos llena de esperanza.


CUANDO JESÚS anunció en la sinagoga de Cafarnaún que él era el pan de vida, los asistentes, con una comprensible lógica humana, se preguntaban: «¿No es este Jesús, el hijo de José? ¿No conocemos a su padre y a su madre? ¿Cómo dice ahora que ha bajado del cielo?» (Jn 6,42). El Señor reaccionó de inmediato y explicó: «Nadie puede venir a mí si no lo atrae el Padre que me ha enviado» (Jn 6,44).


Este pasaje nos introduce «en la dinámica de la fe, que es una relación: la relación entre la persona humana y la persona de Jesús, donde el Padre juega un papel decisivo, y naturalmente también el Espíritu Santo, que está implícito. No basta encontrar a Jesús para creer en él. No basta leer la Biblia. Eso es importante, pero no basta. No basta ni siquiera asistir a un milagro como el de la multiplicación de los panes. Muchas personas estuvieron en estrecho contacto con Jesús y no le creyeron. Es más, lo despreciaron y condenaron. ¿Por qué? ¿No fueron atraídos por el Padre? Esto sucedió porque su corazón estaba cerrado a la acción del Espíritu de Dios. Si tenemos el corazón cerrado, la fe no entra. Dios Padre siempre nos atrae hacia Jesús. Somos nosotros quienes abrimos nuestro corazón o lo cerramos»[1].


También a nosotros el Padre nos lleva hasta su Hijo para que aprendamos de él y le demos toda la gloria. Esta misión nos exige procurar estar siempre cerca de Jesús, dejarnos instruir por él para ser sus discípulos. «La fe, que es como una semilla en lo profundo del corazón, florece cuando nos dejamos “atraer” por el Padre hacia Jesús, y “vamos a él” con ánimo abierto, con corazón abierto, sin prejuicios: entonces reconocemos en su rostro el rostro de Dios y en sus palabras la palabra de Dios»[2].


VER A DIOS, contemplarlo a lo largo del día, no es una meta imposible. Al contrario, es una promesa que podemos alcanzar, de varias maneras, gracias a Jesús. El mismo Dios, que puso en nuestros corazones las ansias de eternidad, se quedó en la Eucaristía para estar siempre con nosotros. En Cristo presente en la Eucaristía es donde mejor se satisfacen nuestros anhelos de amor eterno. Podemos dialogar con él en la oración, visitarlo en el sagrario, escuchar sus palabras en el evangelio. Jesús se convertirá poco a poco en nuestro mejor amigo y podremos pedir al Padre cualquier cosa en su nombre: «Si pedimos en nombre de Jesucristo, el Padre nos lo concederá, estad seguros. La oración ha sido siempre el secreto, el arma poderosa (...). La oración es el fundamento de nuestra paz»[3].


En este impulso de petición, Jesús nos enseñó a pedir sobre todo ese «pan de vida», ese alimento de eternidad. «Vuestros padres comieron en el desierto el maná y murieron» (Jn 6,49), dice Cristo, comparándose con el alimento que envió Dios por intercesión de Moisés. Señala que, mientras aquel era efímero, la Eucaristía es pan eterno; no se trata de un simple recuerdo, sino de un memorial, una actualización, como rezamos en todas las plegarias eucarísticas y en algunos himnos: O memoriale mortis Domini! Panis vivus, vitam praestans homini![4]; ¡oh, memorial de la muerte del Señor, pan vivo que da vida al hombre! La Eucaristía no mira solamente al pasado, sino al presente y al futuro. Nuestro paso por la tierra es una peregrinación de Eucaristía en Eucaristía hasta la participación definitiva en el banquete celestial. «Cada vez que la Iglesia celebra la Eucaristía recuerda esta promesa y su mirada se dirige hacia “el que viene” (Ap 1,4)»[5].


«En los días llenos de ocupaciones y de problemas, pero también en los de descanso y distensión, el Señor nos invita a no olvidar que, aunque es necesario preocuparnos por el pan material y recuperar las fuerzas, más fundamental aún es hacer que crezca la relación con él, reforzar nuestra fe en aquel que es el “pan de vida”, que colma nuestro deseo de verdad y de amor»[6].


JESÚS NOS PROMETE un alimento divino que estará siempre a nuestra disposición «para que el hombre coma de él y no muera» (Jn 6,50). Con ese pasaporte podemos confiar en que, si somos fieles, nuestra llamada a la vida eterna será una realidad. Así, el mismo Dios nos llena de esperanza, aquella «virtud teologal por la que deseamos y esperamos de Dios la vida eterna como nuestra felicidad, confiando en las promesas de Cristo, y apoyándonos en la ayuda de la gracia del Espíritu Santo para merecerla y perseverar hasta el fin de nuestra vida terrena»[7].


Jesús concluye su predicación en la sinagoga reiterando el mensaje central de todo el discurso: «Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne por la vida del mundo» (Jn 6,51). El Señor nos promete lo impensable: la comunión en su propia vida, por toda la eternidad. Esta esperanza, aunque encuentra su plenitud en el cielo, ilumina nuestros pasos aquí en la tierra. Esta esperanza «nos dice también que nuestras actividades diarias tienen un sentido que va más allá de lo que vemos inmediatamente: como afirmaba san Josemaría, adquieren vibración de eternidad si las hacemos por amor a Dios y a los demás»[8].


Todo esto nos llena de optimismo, conscientes de que Dios está siempre junto a nosotros. La alegría cristiana se funda en aquella promesa divina de que viviremos para siempre con él. Por esa razón, la tradición llama a la Eucaristía «prenda de la gloria futura»: porque nos fortalece en la peregrinación de nuestra vida terrena y nos hace desear la vida eterna, uniéndonos a Cristo, a la Santísima Virgen y a todos los santos[9].


[1] Francisco, Ángelus, 9-VIII-2015.


[2] Ibíd.


[3] San Josemaría. Carta 14-II-1944, n. 18.


[4] Himno Adoro Te devote.


[5] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1403.


[6] Benedicto XVI, Ángelus, 5-VIII-2012.


[7] Compendio del Catecismo de la Iglesia, n. 387.


[8] Mons. Fernando Ocáriz, Mensaje, 4-XI-2018.


[9] Cfr. Compendio del Catecismo de la Iglesia, n. 294.


4 de mayo de 2022

EL PROYECTO DE DIOS PARA NOSOTROS

 



Evangelio (Jn 6, 35-40)


Jesús les respondió:


—Yo soy el pan de vida; el que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí no tendrá nunca sed. Pero os lo he dicho: me habéis visto y no creéis. Todo lo que me da el Padre vendrá a mí, y al que viene a mí no lo echaré fuera, porque he bajado del cielo no para hacer mi voluntad sino la voluntad de Aquel que me ha enviado. Ésta es la voluntad de Aquel que me ha enviado: que no pierda nada de lo que Él me ha dado, sino que lo resucite en el último día. Porque ésta es la voluntad de mi Padre: que todo el que ve al Hijo y cree en él tenga vida eterna, y yo le resucitaré en el último día.


PARA TU RATO DE ORACION


- Podemos ir a Jesús a lo largo del día.

- El proyecto de Dios con nosotros.

- Pedir al Señor hacer su voluntad.


ES SÁBADO y Jesús predica en la sinagoga de Cafarnaún. Despierta el interés de los presentes cuando dice que la obra de Dios es cuestión de fe. La expectativa crece cuando, como signo para refrendar sus palabras, les ofrece el pan del cielo. Y el diálogo llega a su punto máximo al afirmar: «Yo soy el pan de vida. El que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí no tendrá sed jamás» (Jn 6,34). Añade una promesa, unida a una exigencia: «Todo lo que me da el Padre vendrá a mí, y al que viene a mí no lo echaré afuera» (Jn 6,37).


El Padre nos da a su Hijo para que recibamos la adopción filial. Pero nuestro ir a Jesús es libre, nadie se acerca a él por obligación. «Ir a Jesús: puede parecer una exhortación espiritual obvia y genérica. Pero probemos a hacerla concreta, haciéndonos preguntas como estas: Hoy, en el trabajo que he tenido entre manos en la oficina, ¿me he acercado al Señor? ¿Lo he convertido en ocasión de diálogo con él? Y con las personas que he encontrado, ¿he acudido a Jesús, las he llevado a él en la oración? ¿O he hecho todo más bien encerrándome en mis pensamientos, alegrándome solo de lo que me salía bien y lamentándome de lo que me salía mal? En definitiva, ¿vivo yendo al Señor o doy vueltas sobre mí mismo? ¿Cuál es la dirección de mi camino? ¿Busco solo causar buena impresión, conservar mi puesto, mi tiempo, mi espacio, o voy al Señor?»[1].


«Al que viene a mí no lo echaré afuera» (Jn 6,37). Nosotros hemos venido para estar con Jesús, queremos aceptar libremente en cada momento la invitación del Padre. Y le agradecemos esa seguridad de que no nos echará, de que siempre estará a nuestro lado, de nuestra parte. El Señor nos impulsa a comenzar y a recomenzar cuantas veces haga falta.


«HE BAJADO del cielo no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me ha enviado» (Jn 6,38). El sendero que recorrió Jesús fue el de hacer suyala voluntad del Padre. Este es el modelo para llevar una vida feliz. Porque Dios es quien desea, con más fuerza que nadie, nuestra felicidad eterna y terrena. Sintonizar con ese proyecto es la manera más segura de edificar esa felicidad. Amar la voluntad de Dios no es someterse a unas reglas arbitrarias, sino confiar en su inmenso deseo de compartir con nosotros su felicidad.


Y vale la pena confiar en ese plan de Dios también en los momentos difíciles; también aquí nuestro modelo sigue siendo Cristo. «¡No es fácil cumplir la voluntad de Dios! No fue fácil para Jesús que, en esto, fue tentado en el desierto y también en el Huerto de los Olivos donde, con agonía en el corazón, aceptó el suplicio que le esperaba. No fue fácil para algunos discípulos, que lo abandonaron por no entender qué era hacer la voluntad del Padre (cfr. Jn 4,34). No lo es para nosotros, desde que cada día tenemos en bandeja tantas opciones»[2].


En los momentos de sufrimiento podemos recordar que Jesús sufrió profundamente en el Huerto de los Olivos, con su corazón de hombre. La tentación del discípulo que desea agradar en todo a Dios puede consistir en luchar sin el corazón. Mientras nos parece tener claro en el pensamiento aquello que deberíamos realizar, incluso con una certeza muy grande, en cambio en el corazón puede que no exista la misma determinación, ni los afectos nos inviten hacia ese camino. Por esto, necesitamos buscar la voluntad de Dios también con el corazón. San Josemaría repetía estas palabras, sabiendo que nadie quiere nuestra felicidad tanto como nuestro creador: «Quiero lo que quieras, quiero porque quieres, quiero como quieras, quiero cuando quieras…»[3].


«¿QUÉ HAGO para hacer la voluntad de Dios? Primero, pedir la gracia de quererla hacer. ¿Pido que el Señor me dé ganas de hacer su voluntad? ¿O busco componendas porque me da miedo la voluntad de Dios? Y podemos hacer también otra cosa: rezar para conocer la voluntad de Dios para mí y para mi vida, para saber qué decisión debo tomar ahora, cómo gestionar mis cosas, etc.»[4]. Esto es también lo que procuraba hacer san Josemaría: «Al comprobar que Jesús esperaba algo de mí –¡algo que yo no sabía qué era!–, hice mis jaculatorias. Señor, ¿qué quieres?, ¿qué me pides? Presentía que me buscaba para algo nuevo y el Rabboni, ut videam –Maestro, que vea– me movió a suplicar a Cristo, en una continua oración: Señor, que eso que tú quieres, se cumpla»[5].


Ese modo de hacer de los santos nos introduce en su familiaridad con Dios, en aquella sintonía de deseos que es el camino de la felicidad. Por esto, podemos pedir «que el Señor nos conceda la gracia, a todos, para que un día pueda decir de nosotros lo que dijo de aquel grupo, de esa gente que le seguía y que estaban sentados a su alrededor (...): “Estos son mi madre y mis hermanos. El que cumple la voluntad de Dios, ése es mi hermano y mi hermana y mi madre” (Mc 3,35). Hacer la voluntad de Dios nos hace ser parte de la familia de Jesús, nos hace madre, padre, hermana, hermano»[6]. Jesús desea hacernos partícipes de sus proyectos de salvación y de amor; espera nuestra respuesta libre, creativa, y nos da la gracia para llevarlo a cabo. «La fidelidad a lo largo del tiempo es el nombre del amor»[7].


María respondió que sí a Dios no solo en la anunciación del ángel, sino a lo largo de toda su vida, incluso en los momentos dolorosos de la pasión de su hijo. Pidámosle a ella tener un corazón sensible, que aspira a la vida grande y feliz a la que Dios desea asociarnos.


[1] Francisco, Homilía, 4-XI-2019.

3 de mayo de 2022

FELIPE Y SANTIAGO APOSTOLES

 



Evangelio (Jn 14, 6-14)


— Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida —le respondió Jesús—; nadie va al Padre si no es a través de mí. Si me habéis conocido a mí, conoceréis también a mi Padre; desde ahora le conocéis y le habéis visto.


Felipe le dijo:


—Señor, muéstranos al Padre y nos basta.


—Felipe —le contestó Jesús—, ¿tanto tiempo como llevo con vosotros y no me has conocido? El que me ha visto a mí ha visto al Padre; ¿cómo dices tú: «Muéstranos al Padre»? ¿No crees que yo estoy en el Padre y el Padre en mí? Las palabras que yo os digo no las hablo por mí mismo. El Padre, que está en mí, realiza sus obras. Creedme: yo estoy en el Padre y el Padre en mí; y si no, creed por las obras mismas. En verdad, en verdad os digo: el que cree en mí, también él hará las obras que yo hago, y las hará mayores que éstas porque yo voy al Padre. Y lo que pidáis en mi nombre eso haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo. Si me pedís algo en mi nombre, yo lo haré.



MEDITACION 



LAS FIESTAS de los apóstoles son días especiales para quienes deseamos llevar su Evangelio a los demás. Ese fuerte impulso que experimentaron los apóstoles Santiago y Felipe es el mismo que hacía escribir a san Josemaría: «Cuando daba la Sagrada Comunión, aquel sacerdote sentía ganas de gritar: ¡ahí te entrego la felicidad!»[1]. Los cristianos experimentamos un gozo ya en esta tierra que no queremos esconder. Vivimos con el Señor: nuestras cosas son las suyas, su vida es la nuestra, y sabemos que esa es la dicha más grande. La felicidad personal que generó ese encuentro con Cristo en la vida de los apóstoles fue el motor de su predicación, y por eso se extendió rápidamente por el mundo.


Los apóstoles se reúnen frecuentemente en torno junto a Jesús; unas veces en la ladera de un monte, otras en torno a la mesa. Comparten largas caminatas uno a uno. Todos son momentos de intimidad, que no se borrarán nunca de su mente. Nosotros también, por su misericordia, vivimos con Cristo. Y, al experimentar el amor de Dios por cada uno, surge naturalmente el deseo de «hablar a los demás de él, porque tanta alegría no cabe en un pecho solo»[2]. Comprendemos que, así, cada acción, cada ocupación de un cristiano es apostolado, sin que se lo deba proponer como algo distinto a sus ocupaciones. Los demás lo aprecian en la cercanía, en la serenidad a pesar de los sinsabores, en la alegría. «La Iglesia crece por atracción. Y la transmisión de la fe se da con el ejemplo, hasta el martirio, como sucedió con los apóstoles Felipe y Santiago. Cuando se ve esa coherencia de vida entre lo que hacemos y lo que decimos, siempre viene la curiosidad: “¿Por qué ese vive así? ¿Por qué lleva una vida de servicio a los demás?”. Y esa curiosidad es la semilla que toma el Espíritu Santo y la lleva adelante»[3].


Toda la vida del Señor, sus palabras, sus obras, su paso por la tierra, nos transforma. San Pablo recuerda a los Corintios que estamos fundados sobre aquel mensaje y que eso nos salva. Es un misterio real y maravilloso, un recuerdo que es más que un recuerdo, porque está presente en nuestra vida. «Tomás de Aquino, usando la terminología de la tradición filosófica en la que se hallaba, explica esto de la siguiente manera: la fe es un habitus, es decir, una constante disposición del ánimo, gracias a la cual comienza en nosotros la vida eterna»[4], vida que vivieron en plenitud los apóstoles que hoy recordamos.


UNO DE LOS ASPECTOS que nos entusiasman de la vida de los apóstoles es su capacidad para soñar a lo grande y para lanzarse a trabajar por ello. No se detienen ante los obstáculos porque saben que Cristo ya los ha vencido y que ni siquiera la muerte es más fuerte que el poder divino. Están llenos de audacia y de magnanimidad, virtudes que nos lanzan también a nosotros hacia una misión ilusionante, en la que sabemos que no estamos solos, sino que contamos con la fuerza de Dios. Nada puede bloquear ni asustar a quien experimenta la presencia del Señor en su cotidianidad.


«Magnanimidad: ánimo grande –decía san Josemaría–, alma amplia en la que caben muchos. Es la fuerza que nos dispone a salir de nosotros mismos para prepararnos a emprender obras valiosas en beneficio de todos (...). El magnánimo dedica sin reservas sus fuerzas a lo que vale la pena; por eso es capaz de entregarse él mismo. No se conforma con dar: se da. Y logra entender entonces la mayor muestra de magnanimidad: darse a Dios»[5]. Al emprender nuestras actividades podemos pensar en la magnanimidad de los apóstoles Felipe y Santiago. Felipe habló con entusiasmo a Natanael y, con sencillez, pidió a Jesús ver el rostro del Padre. Marchó, según la tradición, a Frigia para evangelizar y morir mártir. Santiago, por su parte, pariente del Señor, fue obispo de Jerusalén. Los dos, columnas de la Iglesia naciente, no dudaron en arriesgar sus seguridades por transmitir el divino mensaje de alegría hasta donde les llevase el Espíritu Santo.


Y para ser más audaces «miremos a Jesús: su compasión entrañable no era algo que lo ensimismara, no era una compasión paralizante, tímida o avergonzada, como muchas veces nos sucede a nosotros, sino todo lo contrario. Era una compasión que lo movía a salir de sí con fuerza para anunciar, para enviar en misión, para enviar a sanar y a liberar. Reconozcamos nuestra fragilidad pero dejemos que Jesús la tome con sus manos y nos lance a la misión. Somos frágiles, pero portadores de un tesoro que nos hace grandes y que puede hacer más buenos y felices a quienes lo reciban. La audacia y el coraje apostólico son constitutivos de la misión»[6].


«A TODA LA TIERRA alcanza su pregón» (Sal 18,5), recitamos con el salmo en la fiesta de Santiago y Felipe. Hoy es un buen día para cultivar en el alma el afán de que la voz de Cristo llegue a todos los rincones de nuestro mundo y de nuestra historia. Sabemos que el apostolado cristiano no es una actividad que se añade a nuestras ocupaciones normales: en realidad, si abrimos nuestra vida al Espíritu Santo, si vivimos de fe, somos apóstoles en cada momento del día. «La fe no es solo el rezo del Credo, aunque se expresa en él. Transmitir la fe no quiere decir dar información, sino fundar un corazón en la fe en Jesucristo. Transmitir la fe no es algo que se pueda hacer mecánicamente, como quien dice: “Mira, toma este libro, estúdialo y luego te bautizo”. El camino es otro: se trata de transmitir lo que nosotros mismos hemos recibido. Ese es el desafío de un cristiano: ser fecundo en la transmisión de la fe. Y es también el reto de la Iglesia: ser madre fecunda, dar a luz a sus hijos en la fe»[7].


«Aquel de quien escribieron Moisés en la Ley y los Profetas, lo hemos encontrado: Jesús, hijo de José, de Nazaret» (Jn 1,45), dijo Felipe a su amigo Natanael. El apóstol Santiago el Menor, por su parte, se preguntaba: «¿De qué le sirve a uno, hermanos míos, decir que tiene fe, si no tiene obras?» (St 2,14). En esos dos pasajes se condensa todo un itinerario cristiano: conocer cada vez más a Cristo, vivir junto a él, porque precisamente esa es la fuerza que nos impulsará a dar testimonio en nuestro ambiente; la amistad con Jesús nos empuja a ayudar a quien lo necesita y a querer llevar esa alegría sobrenatural a todos. Le podemos pedir al Señor que nos conceda ese entusiasmo arraigado en la fe que mantuvieron los apóstoles. Nosotros, como ellos, deseamos proclamar con la vida entera que nada puede llenar más el corazón que Jesucristo. En la Santísima Virgen fijamos nuestra mirada para que nos llene de esperanza y nos empuje a pensar en grande, con magnanimidad y audacia.



2 de mayo de 2022

Vivir con la mente de Cristo.

 



Evangelio (Jn 6, 22-29)


Al día siguiente, la multitud que estaba al otro lado del mar vio que no había allí más que una sola barca, y que Jesús no había subido a ella con sus discípulos, sino que éstos se habían marchado solos. De Tiberíades otras barcas llegaron cerca del lugar donde habían comido el pan después de que el Señor diera gracias. Cuando la multitud vio que ni Jesús ni sus discípulos estaban allí, subieron a las barcas y fueron a Cafarnaún buscando a Jesús. Y al encontrarle en la otra orilla del mar, le preguntaron:


—Maestro, ¿cuándo has llegado aquí?


Jesús les respondió:


—En verdad, en verdad os digo que vosotros me buscáis no por haber visto los signos, sino porque habéis comido los panes y os habéis saciado. Obrad no por el alimento que se consume sino por el que perdura hasta la vida eterna, el que os dará el Hijo del Hombre, pues a éste lo confirmó Dios Padre con su sello.


Ellos le preguntaron: —¿Qué debemos hacer para realizar las obras de Dios? Jesús les respondió: —Ésta es la obra de Dios: que creáis en quien Él ha enviado.



MEDITACION 


- Jesús quiere que le sigamos por amor.

- La fe en Jesús nos permite cumplir las obras de Dios.

- Vivir con la mente de Cristo.


LA NOTICIA DE LA multiplicación de los panes se había divulgado por toda la región; tanto, que una muchedumbre se dirigió hacia el sitio del milagro. «Cuando la gente vio que ni Jesús ni sus discípulos estaban allí, se embarcaron y fueron a Cafarnaún en busca de Jesús. Al encontrarlo en la ciudad donde vivía, en la otra orilla del lago, le preguntaron: “Maestro, ¿cuándo has venido aquí?”» (Jn 6,24-25). Sucede que la misma noche del milagro, Jesús se había acercado caminando sobre las aguas a la barca donde estaban sus discípulos. El evento no había pasado inadvertido por los que vivían en aquella zona, pues «la gente que se había quedado al otro lado del mar notó que allí no había más que una barca y que Jesús no había embarcado con sus discípulos» (Jn 6,22).


Por todas estas cosas, la gente se daba cuenta de que aquel profeta era especial, pues acompañaba su novedosa predicación con signos portentosos que daban autoridad a sus palabras. Pero el Señor aprovecha rápidamente para purificar poco a poco su interés e invitarlos a elevar la mirada. No se trataba de seguir a un taumaturgo que les diera alimento diario, sino de buscar la vida eterna, de procurar la salvación. «Jesús les contestó: “en verdad, en verdad os digo: me buscáis no porque habéis visto signos, sino porque comisteis pan hasta saciaros”» (Jn 6,26).


Con el eco de aquellas palabras del Señor, podemos valorar y examinar cómo es nuestra rectitud de intención en el seguimiento de Cristo, si deseamos cumplir siempre y en todo su voluntad. Que no nos suceda lo que decía san Agustín a propósito de estas páginas del evangelio: «Me buscáis por motivos de la carne, no del espíritu. ¡Cuántos hay que buscan a Jesús, guiados solo por intereses temporales! (...). Apenas se busca a Jesús por Jesús»[1]. El Señor hizo ver a aquella muchedumbre que, aunque habían visto el signo, no estaban buscando el verdadero significado. «Es como si dijese: “Vosotros me buscáis por un interés”. Nos hace siempre bien preguntarnos: ¿por qué busco a Jesús? ¿Por qué sigo a Jesús? Nosotros somos todos pecadores. Y, por lo tanto, siempre tenemos algún interés, algo que purificar al seguir a Jesús; debemos trabajar interiormente para seguirlo, por Él, por amor»[2].


AQUELLOS admiradores de Jesús, al estar concentrados solo en su intereses personales, no cayeron en la cuenta de que estaban frente al enviado de Dios. «No habían comprendido que ese pan, partido para tantos, para muchos, era la expresión del amor de Jesús mismo. Han dado más valor a ese pan que a su donador»[3]. Pero Jesús aprovechó su interés para orientar sus deseos: «Trabajad no por el alimento que perece, sino por el alimento que perdura para la vida eterna, el que os dará el Hijo del hombre; pues a este lo ha sellado el Padre, Dios» (Jn 6,27). De esa manera introdujo el gran tema del capítulo entero del evangelio que la liturgia de la Iglesia nos propone durante esta semana: la Eucaristía.


Pero, antes, Jesús tenía que preparar el terreno para esta predicación. «Ellos le preguntaron: “Y ¿qué tenemos que hacer para realizar las obras de Dios?”» (Jn 6,28). De acuerdo con la mentalidad de la época, quienes escuchaban a Jesús pensaban que debían cumplir unas prácticas religiosas para merecer el alimento milagroso. El Señor los sorprendió con su respuesta: «La obra de Dios es esta: que creáis en el que él ha enviado» (Jn 6,29). La obra de Dios es creer. La prioridad es de la gracia, más que de nuestras acciones. «Estas palabras están dirigidas, hoy, también a nosotros: la obra de Dios no consiste tanto en el “hacer” cosas, sino en el “creer” en aquel que Él ha enviado. Esto significa que la fe en Jesús nos permite cumplir las obras de Dios. Si nos dejamos implicar en esta relación de amor y de confianza con Jesús, seremos capaces de realizar buenas obras que perfumen a Evangelio, por el bien y las necesidades de los hermanos»[4].


«La obra de Dios es esta: que creáis en el que él ha enviado» (Jn 6,29). La clave de nuestra fe se encuentra en la confianza plena en la gracia de Dios. «El centro de la existencia, lo que da sentido y firme esperanza al camino de la vida, a menudo difícil, es la fe en Jesús, el encuentro con Cristo (...). La fe es lo fundamental. Aquí no se trata de seguir una idea, un proyecto, sino de encontrarse con Jesús como una Persona viva, dejarse conquistar totalmente por él y por su Evangelio. Jesús invita a no quedarse en el horizonte puramente humano y a abrirse al horizonte de Dios, al horizonte de la fe»[5].


«LA OBRA DE DIOS es esta: que creáis en el que él ha enviado» (Jn 6,29). «Jesús nos recuerda que el verdadero significado de nuestra existencia terrena está al final, en la eternidad, en el encuentro con él, que es don y donador; y nos recuerda también que la historia humana –con sus sufrimientos y sus alegrías– tiene que ser vista en un horizonte de eternidad, es decir, en aquel horizonte del encuentro definitivo con él. Y este encuentro ilumina todos los días de nuestra vida»[6].


De hecho, la fe nos acerca al punto de vista de Dios, a «la mente de Cristo» (1 Co 2,16), de modo que todo lo leemos y entendemos desde allí. Por esto, la fe no es un simple contenido teórico para confesar o predicar. Se manifiesta, ante todo, en la vida diaria del creyente, pues esa luz muestra el sentido de la vida, ilumina la existencia personal y comunitaria con la perspectiva de Dios. La fe, al descubrir la posibilidad de asociarse a los planes providentes de Dios, se hace operativa, «actúa por el amor» (Ga 5,6). «Fe con obras, fe con sacrificio, fe con humildad»[7], decía san Josemaría. ¿Me impulsa la fe a ver las cosas con la mente de Cristo? ¿Procuro descubrir la relación que tiene la realidad en la que vivo con los planes de Dios, especialmente a partir de la Sagrada Escritura?


Acudamos a Jesús como el personaje del Evangelio que le suplicaba: «Creo, pero ayuda mi falta de fe» (Mc 9,24). Digámosle también nosotros: «¡Señor, creo! ¡Pero ayúdame, para creer más y mejor! Y dirijamos también esta plegaria a santa María, madre de Dios y madre nuestra, maestra de fe: “¡Bienaventurada tú, que has creído!, porque se cumplirán las cosas que se te han anunciado de parte del Señor” (Lc 1,45)»[8].


[1] San Agustín, Tratado sobre el evangelio de san Juan, 25, 10.


[2] Francisco, Homilía, 5-V-2014.


[3] Benedicto XVI, Ángelus, 2-VIII-2015.


[4] Francisco, Ángelus, 5-VIII-2018.


[5] Benedicto XVI, Ángelus, 5-VIII-2012.


[6] Benedicto XVI, Ángelus, 2-VIII-2015.


[7] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 203.


[8] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 204.

1 de mayo de 2022

SAN JOSE OBRERO 1 de Mayo


 - La normalidad de la Sagrada Familia.

- Trabajar bien y servir a los demás.

- El trabajo se ordena al amor.


EN EL EVANGELIO de la Misa de hoy, memoria de san José obrero, se relata que Jesús regresó a Nazaret después de haber estado predicando y realizando milagros en varios lugares de Galilea. El sábado acudió a la sinagoga y le invitaron a comentar la Palabra de Dios. Habían llegado hasta el pueblo ecos de milagros y curaciones, así como de su doctrina, por lo que sus conciudadanos le mirarían con una cierta curiosidad. Cuando Jesús finalmente habla, reaccionan con recelo. Se preguntan: «¿De dónde le viene a este esa sabiduría y esos poderes? ¿No es este el hijo del artesano? ¿No se llama su madre María?» (Mt 13,54-56).


Para los vecinos de Nazaret, anclados en la seguridad humana de lo que ya conocían sobre Jesús, fue difícil pasar al plano sobrenatural de la fe. Sin embargo, esta reacción nos habla, entre otras cosas, de la normalidad de la vida de la Sagrada Familia. A los ojos de la gente eran una familia más, corriente, trabajadora, sin detalles llamativos. Nada había en su existencia que sorprendiera: como casi todos, «llevaban una vida hecha de años de trabajo siempre igual, de días humanamente monótonos que se suceden los unos a los otros»[1].


Hoy consideramos la figura de san José, especialmente en su dimensión de trabajador. Y el primer aspecto que salta a la vista es este: el de una existencia sencilla.«¿Qué puede esperar de la vida un habitante de una aldea perdida, como era Nazaret? –se preguntaba san Josemaría–. Solo trabajo, todos los días, siempre con el mismo esfuerzo. Y, al acabar la jornada, una casa pobre y pequeña, para reponer las fuerzas y recomenzar al día siguiente la tarea. Pero el nombre de José significa, en hebreo, “Dios añadirá”. Dios añade, a la vida santa de los que cumplen su voluntad, dimensiones insospechadas: lo importante, lo que da su valor a todo, lo divino»[2]. Así fue en la vida de José y quizá también lo es en la nuestra: Dios nos confía una misión muy grande escondida en la normalidad de nuestra vida cotidiana, Dios añade su gracia a nuestra colaboración humilde.


COMPONÍAN NAZARET un conjunto de casas reunidas en la ladera de un pequeño monte, muchas de ellas parcialmente excavadas en la roca. Formaban poco más que una aldea. Debían de habitar allí, a lo sumo, algunos centenares de personas, que en su mayor parte se dedicaban a la agricultura o la ganadería. Nunca faltaba algún artesano, como José, que posiblemente trabajaba la madera para una variedad de usos: desde obtener vigas, puertas y otros elementos de construcción, hasta tallar instrumentos para la labranza o utensilios domésticos.


José necesitaba trabajar para sacar adelante a su familia, pero no solo para eso. Al mismo tiempo, como cada uno de nosotros, también él necesitaba del trabajo para vivir con dignidad, con la alegría de haberse ganado el pan con esfuerzo y con el gozo de colaborar con Dios en el desarrollo del mundo en el entorno de Nazaret. Trabajar era para él ocasión de crecimiento personal y vínculo de unión con los demás[3]. Todo trabajo aporta un valor a la sociedad, produciendo bienes o dispensando servicios. Todo trabajo bien hecho es siempre una forma de colaboración social, de ayuda a los demás, de mejoría de las condiciones de vida; en definitiva, es expresión del cuidado de Dios hacia cada persona. «El trabajo no es más que la continuación del trabajo de Dios: el trabajo humano es la vocación del hombre recibida de Dios al final de la creación del universo»[4]. Naturalmente, para que el trabajo adquiera este valor, se requiere, por un lado, realizarlo bien –también por la dignidad de la persona que se beneficiará de él– y, por otro, llevarlo a cabo con espíritu de donación y servicio.


«Ese servir humano, esa capacidad que podríamos llamar técnica, ese saber realizar el propio oficio, ha de estar informado por un rasgo que fue fundamental en el trabajo de san José y debería ser fundamental en todo cristiano: el espíritu de servicio, el deseo de trabajar para contribuir al bien de los demás hombres. El trabajo de José no fue una labor que mirase hacia la autoafirmación, aunque la dedicación a una vida operativa haya forjado en él una personalidad madura, bien dibujada. El Patriarca trabajaba con la conciencia de cumplir la voluntad de Dios, pensando en el bien de los suyos, Jesús y María, y teniendo presente el bien de todos los habitantes de la pequeña Nazaret (...). Era su labor profesional una ocupación orientada hacia el servicio, para hacer agradable la vida a las demás familias de la aldea, y acompañada de una sonrisa, de una palabra amable, de un comentario dicho como de pasada, pero que devuelve la fe y la alegría a quien está a punto de perderlas»[5].


AUNQUE PARA José fuera muy reconfortante vivir con Jesús y con María, eso no le ahorraba las inevitables asperezas de la vida: el paso del tiempo que iría disminuyendo sus capacidades, la convivencia no siempre fácil con sus vecinos, los apuros económicos que quizá pasaron en algún momento, las conversaciones con algunos clientes que pagaban cuando podían… Fue esa vida normal y corriente, con sus alegrías y sus dificultades, la que san José estuvo llamado a santificar.


Nada nos ha quedado de los enseres que fabricó san José con sus manos. En cambio, sigue plenamente vigente el amor que puso en ese trabajo. «El hombre no debe limitarse a hacer cosas, a construir objetos. El trabajo nace del amor, manifiesta el amor, se ordena al amor»[6]. Su amor a Jesús y a María le impulsaba a trabajar con intensidad; su amor se manifestaba, casi inconscientemente, en el empeño y cariño que ponía para realizar bien las cosas; y aquel mismo inmenso amor, en unidad de vida, le hacía tener muy presente que su labor cotidiana estaba ordenada a la misión que Dios le había encomendado. ¿Es el amor a Dios y a los demás lo que nos impulsa a trabajar mucho y bien, con orden, acabando los detalles con concentración e intensidad? ¿Convertimos nuestro trabajo en oración, presentándolo al Señor durante la Santa Misa? ¿Nos sabemos acompañados por Dios mientras lo realizamos? ¿Ese espíritu contemplativo se desborda en un trato lleno de respeto, servicio, apertura y amistad hacia las personas con las que nos relacionamos?


Nos encomendamos a la intercesión de nuestra Madre y del Santo Patriarca para que nos ayuden a mejorar nuestro trabajo de manera que se convierta, cada vez más, en ocasión de servicio.


[1] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 44.

[2] Ibíd., n. 40.

[3] Cfr. Francisco, carta apostólica Patris corde, n. 6.

[4] Francisco, Homilía, 1-V-2020.

[5] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 51.

[6] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 48.

ECHAR LAS REDES

 



Evangelio (Jn 21,1-19)


Después volvió a aparecerse Jesús a sus discípulos a orillas del mar de Tiberíades. Se apareció así: estaban juntos Simón Pedro y Tomás — el llamado Dídimo — , Natanael — que era de Caná de Galilea — , los hijos de Zebedeo y otros dos de sus discípulos. Les dijo Simón Pedro:


— Voy a pescar.


Le contestaron:


— Nosotros también vamos contigo.


Salieron y subieron a la barca. Pero aquella noche no pescaron nada.


Cuando ya amaneció, se presentó Jesús en la orilla, pero sus discípulos no se dieron cuenta de que era Jesús. Les dijo Jesús:


— Muchachos, ¿tenéis algo de comer?


— No — le contestaron.


Él les dijo:


— Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis.


La echaron, y casi no eran capaces de sacarla por la gran cantidad de peces. Aquel discípulo a quien amaba Jesús le dijo a Pedro:


— ¡Es el Señor!


Al oír Simón Pedro que era el Señor se ató la túnica, porque estaba desnudo, y se echó al mar. Los otros discípulos vinieron en la barca, pues no estaban lejos de tierra, sino a unos doscientos codos, arrastrando la red con los peces.


Cuando descendieron a tierra vieron unas brasas preparadas, un pez encima y pan. Jesús les dijo:


— Traed algunos de los peces que habéis pescado ahora.


Subió Simón Pedro y sacó a tierra la red llena de ciento cincuenta y tres peces grandes. Y a pesar de ser tantos no se rompió la red. Jesús les dijo:


— Venid a comer.


Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle: «¿Tú quién eres?», pues sabían que era el Señor.


Vino Jesús, tomó el pan y lo distribuyó entre ellos, y lo mismo el pez. Ésta fue la tercera vez que Jesús se apareció a sus discípulos, después de resucitar de entre los muertos.


Cuando acabaron de comer, le dijo Jesús a Simón Pedro:


— Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos?


Le respondió:


— Sí, Señor, tú sabes que te quiero.


Le dijo:


— Apacienta mis corderos.


Volvió a preguntarle por segunda vez:


— Simón, hijo de Juan, ¿me amas?


Le respondió:


— Sí, Señor, tú sabes que te quiero.


Le dijo:


— Pastorea mis ovejas.


Le preguntó por tercera vez:


— Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?


Pedro se entristeció porque le preguntó por tercera vez: «¿Me quieres?», y le respondió:


— Señor, tú lo sabes todo. Tú sabes que te quiero.


Le dijo Jesús:


— Apacienta mis ovejas. En verdad, en verdad te digo: cuando eras más joven te ceñías tú mismo y te ibas adonde querías; pero cuando envejezcas extenderás tus manos y otro te ceñirá y llevará adonde no quieras — esto lo dijo indicando con qué muerte había de glorificar a Dios.


Y dicho esto, añadió:


— Sígueme.



MEDITACION

– Adentrarnos en el mar de la historia.

– Jesús nos envía a echar las redes.

– La Pascua nos invita a confiar en el Señor.


DESPUÉS de una noche de pesca estéril, los discípulos vuelven a la orilla cansados y decepcionados, con las redes vacías. En ese momento, ven en la playa al Señor resucitado, pero no lo reconocen inmediatamente. Como había sucedido tres años antes, en el inicio de su vocación, Jesús les invita otra vez a echar las redes. Durante este encuentro pascual, al final del camino terrenal con sus discípulos, Jesús renueva la invitación que Pedro había también escuchado en el mismo lago: «Guía mar adentro, y echad vuestras redes para la pesca» (Lc 5,4).


La imagen de la barca y de las redes evoca la misión de la Iglesia. Como le sucedió a Pedro y al resto de sus compañeros, también nosotros estamos en la barca de la Iglesia para extender la luz de Cristo. Es una invitación constante para adentrarnos en el mar de la historia, y echar las redes con generosidad y valentía. «Todos los mares son nuestros –decía san Josemaría–. Donde la pesca es más difícil, es también más necesaria»[1]. Para superar las dudas e incertidumbres que podamos atravesar en este mar, necesitamos reconocer a Jesús, que es quien nos espera en la orilla. Así seremos conscientes de que el gran bien que podemos ofrecer a los demás es precisamente el encuentro con el Señor. «Nada puede producir mayor satisfacción que el llevar tantas almas a la luz y al calor de Cristo»[2].


Los peces, creados para vivir en el agua, mueren al sacarlos del mar. Sin embargo, en la misión del pescador de hombres ocurre justo lo contrario. La red de Cristo nos rescata de las aguas de la muerte y nos lleva a la vida verdadera. «Hace falta sacar a los hombres del mar salado por todas las alienaciones y llevarlos a la tierra de la vida, a la luz de Dios (...). Únicamente donde se ve a Dios, comienza realmente la vida»[3].


LOS APÓSTOLES acercaron los peces y los pusieron a los pies del Señor. En este gesto se atisba el contenido más profundo de una verdadera evangelización. Aunque haya medios y actividades que canalizan los deseos apostólicos, el objetivo final es siempre conducir a las almas al encuentro personal con Jesús. Él es el origen, el protagonista y el fin de toda la iniciativa apostólica de la Iglesia. Todo lo demás, aunque pueda ser también importante, es secundario, porque solo el encuentro con Cristo nos salva. Como nos refiere el libro de los Hechos de los apóstoles, así actuaron los apóstoles después de Pentecostés. Precisamente porque se saben testigos de la vida, muerte y resurrección del Señor, llenan Jerusalén con el nombre de Jesús (cfr. Hch 5,27-32).


«Nos ilusiona que en esta gran catequesis que es la Obra, todo gire cada vez más en torno a Cristo –señalaba el prelado del Opus Dei–. Con ese deseo de meteros a fondo en el Evangelio, al dar charlas, clases, meditaciones, o al hablar de la vida cristiana con los amigos, transmitiréis con más luminosidad la gran noticia del amor de Dios por cada uno. Decía san Ambrosio: “Recoge el agua de Cristo (...). Llena de esta agua tu interior, para que tu tierra quede bien humedecida (...); y una vez lleno, regarás a los demás”»[4].


Vemos que cuando el trabajo de los apóstoles tiene como origen la palabra de Jesús, la pesca es abundante. La red se llenó tanto que no tenían fuerzas para sacarla. Llenos de asombro, los discípulos contaron el número de peces: había 153 peces grandes y «a pesar de ser tantos no se rompió la red» (Jn 21,11). Este pequeño grupo de discípulos experimenta, en el plazo de pocas horas, tanto la fatiga de una noche sin fruto, como la alegría de una pesca memorable. Sin embargo, las palabras de Cristo no prometen peces, sino que nos invitan a compartir las redes con él. Solo Dios sabe cuándo las llena o cuándo nos acompaña en una noche aparentemente menos fecunda.


EL APÓSTOL JUAN, que es quien nos relata el episodio, es el primero en darse cuenta de que el desconocido de la orilla es el Maestro. «El amor es el primero que capta esas delicadezas»[5], comentaba san Josemaría. Iluminado por un amor que en la cruz se ha hecho más agudo y profundo, al ver la red llena de peces, le dice a Pedro: «Es el Señor» (Jn 21,7). Es una profesión de fe espontánea, paralela a la que protagonizó Tomás en el Cenáculo cuando, dejando atrás su inicial incredulidad, exclamó: «Señor mío y Dios mío» (Jn 20,28).


Encontramos en estos textos pascuales una invitación a proclamar, con el entusiasmo del «discípulo a quien amaba Jesús» (Jn 21,7), y con la humildad de Tomás, que Jesús resucitado es el Señor de nuestra vida. Llenos de esta esperanza, a pesar de nuestras cegueras, de los fracasos y de los problemas con los que nos tropezamos, no perderemos el optimismo. Aunque la noche sea espesa y el trabajo cansado, sabemos que el Señor nos espera y nos mira desde la orilla. «Con Jesús se navega por el mar de la vida sin miedo, sin ceder a la decepción cuando no se pesca nada, y sin ceder al “no hay nada más que hacer”. Siempre, tanto en la vida personal como en la vida de la Iglesia y de la sociedad, se puede hacer algo que sea hermoso y valiente»[6].


Podemos pedir al Señor durante esta Pascua que aumente nuestra confianza en su poder, y que nos aumente la humildad para dejarle cada vez más espacio en nuestra vida. María, Reina de los apóstoles, reavivará la confianza y el impulso que necesitamos para anunciar la alegría del Evangelio en todos los ambientes.