"Hago todos los días mi "ratito" de oración: ¡si no fuera por eso!" (Camino, 106)

26 de julio de 2023

LOS ABUELOS DE JESUS


EVANGELIO Mateo     13,16-17

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: 

«¡Dichosos vuestros ojos, porque ven, y vuestros oídos, porque oyen! 

Os aseguro que muchos profetas y justos desearon ver lo que veis vosotros y no lo vieron, y oír lo que oís y no lo oyeron.» 


PARA TU RATO DE ORACION 


 UN DÍA, mientras Jesús estaba predicando, una mujer se hizo oír entre la multitud para alabar a su Madre: «Bienaventurado el vientre que te llevó y los pechos que te criaron» (Lc 11,27). Hoy, la Iglesia nos invita a remontarnos más atrás en esa cadena de agradecimiento. Primero, nos dice: «Alabemos a Joaquín y a Ana por su hija: porque en ella el Señor les dio la bendición de todos los hombres»[1]. Y después, nos anima a ir aún más allá: «Hagamos el elogio de nuestros padres según sus generaciones. Ellos fueron hombres de bien, cuyos méritos no han quedado en el olvido. En sus descendientes se conserva una rica herencia» (Sir 44,1.10-11).


Dios se hizo hombre con todas sus consecuencias. Al acoger María a Jesús en su seno, toda su familia lo acogió con ella: una familia con raíces propias, con una historia en la que se entreteje la misericordia de Dios con las decisiones libres de muchos hombres y mujeres. Jesús se dejó moldear por esa herencia, que plasmó los rasgos de su personalidad, y le dio un pasado, unos lazos, unas costumbres, unas tradiciones. El Señor entró plenamente en aquel hogar: «Esta es mi casa por siempre, aquí viviré, porque la deseo» (Sal 131,14).


San Mateo y san Lucas dedicaron un amplio espacio en sus evangelios a la genealogía de Jesús. Hoy nosotros podemos también levantar la mirada hacia la cadena de generaciones que nos precede y de la que el Señor se ha servido para llamarnos a la vida. Es reconfortante descubrir que no nos ha querido como un verso suelto, sino como eslabones de una cadena; nos ha dado un terreno firme en donde podemos ponernos de pie, una tierra preparada por Dios con ilusión, pensando personalmente en nosotros, para que echemos allí nuestras raíces.


SEGÚN una tradición, Joaquín y Ana tenían una casa en Jerusalén, a dos pasos de la piscina probática, donde se reunía una gran multitud de enfermos y donde Jesús, ya adulto, curaría a un paralítico[2]. En aquella casa nació su madre, María; y quizá fue allí donde se alojó la Sagrada Familia en sus frecuentes subidas a Jerusalén, dando a Jesús la oportunidad de disfrutar del cariño de sus abuelos.


Al igual que los padres, los abuelos ofrecen «un testimonio del valor y del sentido de la vida encarnado en una existencia concreta, confirmado en las diversas circunstancias y situaciones que se suceden a lo largo de los años»[3]. Al mismo tiempo, contribuyen de una manera única al ambiente familiar a través de la comprensión y el cariño. En efecto, es propio de la juventud querer que las cosas salgan con perfección a la primera. No obstante, tarde o temprano es inevitable darse cuenta de que los fracasos, muchas veces, serán más frecuentes que las victorias. Es entonces cuando la frustración amenaza con robar la esperanza. Los abuelos, que han pasado ya por esa situación y han visto muchas cosas en la vida, pueden comprender el sentimiento de sus nietos.


Dios nos puede hacer llegar su ternura a través de los abuelos. Ellos, con su disponibilidad y su escucha, nos ayudan a relativizar nuestras derrotas y, sobre todo, a fijarnos en todo lo bueno que nos rodea. «Cuando estábamos creciendo y nos sentíamos incomprendidos o asustados por los desafíos de la vida, se fijaron en nosotros, en lo que estaba cambiando en nuestro corazón, en nuestras lágrimas escondidas y en los sueños que llevábamos dentro. Todos hemos pasado por las rodillas de los abuelos, que nos han llevado en brazos. Y es gracias también a este amor que nos hemos convertido en adultos»[4].


EN OCASIONES, el ritmo con el que nos movemos no nos facilita compartir tiempo suficiente con los miembros de nuestra familia; cuánto más esto puede darse con aquellos que no habitan en nuestra casa. San Josemaría solía repetir que quien padece alguna limitación o quien está enfermo es un tesoro para la familia, pues puede ser el detonante del crecimiento del amor. Algo similar se podría decir también de los mayores. Con el cuidado y el cariño que les dirigimos no solo estamos realizando un acto de justicia, sino que estamos ensanchando nuestra capacidad de amar. Escucharles con atención, ayudarles en una tarea o manifestarles cariño y cercanía son algunos gestos que sacian nuestra sed por construir relaciones fuertes, especialmente dentro de la familia.


Entre jóvenes y ancianos se puede entablar una relación que enriquece a los dos. Los jóvenes pueden aprender de los mayores actitudes como la disponibilidad o la generosidad, además de las experiencias concretas de la vida que les puedan transmitir; también les permiten conocer el pasado para afrontar el futuro. Los ancianos, por su parte, se sienten rejuvenecidos al contacto con los más jóvenes; estos últimos les recuerdan que no se encuentran solos y que tienen mucho que aportar. «La ancianidad (...) es una estación para seguir dando frutos. Hay una nueva misión que nos espera y nos invita a dirigir la mirada hacia el futuro»[5]. Podemos pedir a la Virgen María que nos enseñe a honrar a nuestros abuelos y a nuestros mayores, para perpetuar esta cadena de bendiciones que Dios derrama abundantemente de generación en generación.


[1] Misal General Romano, Antífona de entrada de la fiesta de san Joaquín y santa Ana.


[2] Cfr. Huellas de nuestra fe, pp. 142-144.


[3] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 28.


[4] Francisco, Homilía, 25-VII-2021.


[5] Francisco, Mensaje, 24-VII-2022.

25 de julio de 2023

SANTIAGO Apostol




Evangelio (Mt 20, 20-28)

Entonces se le acercó la madre de los hijos de Zebedeo con sus hijos, y se postró ante él para hacerle una petición.

Él le preguntó: ¿Qué quieres?

Ella le dijo: Di que estos dos hijos míos se sienten en tu Reino, uno a tu derecha y otro a tu izquierda.

Jesús respondió: No sabéis lo que pedís. ¿Podéis beber el cáliz que yo he de beber?

Podemos —le dijeron.

Él añadió: Beberéis mi cáliz; pero sentarse a mi derecha o a mi izquierda no me corresponde concederlo, sino que es para quienes está dispuesto por mi Padre.

Al oír esto, los diez se indignaron contra los dos hermanos.

Pero Jesús les llamó y les dijo: Sabéis que los que gobiernan las naciones las oprimen y los poderosos las avasallan. No tiene que ser así entre vosotros; al contrario: quien entre vosotros quiera llegar a ser grande, que sea vuestro servidor; y quien entre vosotros quiera ser el primero, que sea vuestro esclavo. De la misma manera que el Hijo del Hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y dar su vida en redención de muchos.

PARA TU RATO DE ORACION 



MIENTRAS caminaba Jesús a orillas del mar de Galilea, «vio a Santiago, hijo de Zebedeo, y a su hermano Juan, que reparaban sus redes, y los llamó»[1]. Ellos, después de dejar todas las cosas, le siguieron. Así comienza la nueva vida de Santiago junto al Señor. Su aventura será tan veloz como intensa: se convertirá en el primero de los apóstoles en dar su vida por Cristo, que quiso reclamarlo pronto junto a sí (cfr. Hch 12,2). A Juan, en cambio, el Señor le pedirá que espere hasta que él vuelva a buscarlo, después de gastarse en una vida tan larga que hizo pensar a los discípulos que no moriría nunca (cfr. Jn 21,23).


El Maestro pidió a los dos hermanos una entrega total, aunque con manifestaciones distintas. Ofreció a ambos beber de su mismo cáliz, y ellos acogieron la invitación con todo el ardor de su naturaleza apasionada (cfr. Mt 20,22). Jesús llamaba a aquellos hermanos los Boanerges, es decir, «los hijos del trueno» (Mc 3,17), y les enseñó a encauzar toda su energía hacia una donación total en el servicio. Cuando la madre de los Zebedeo le pidió para sus hijos el primer puesto en su reino, Jesús les explicó que reinar con él es servir; que el primero en su reino es el que se hace el último y el servidor de todos (cfr. Mt 20,25-28). Esta lógica muchas veces contrasta con la nuestra, es revolucionaria porque se opone a la dominación de unos sobre otros; por eso, Jesús también nos anima a estar vigilantes, a estar siempre atentos para no engañarnos con lecturas atenuadas de su Evangelio.


Cristo «no vivió su libertad como arbitrio o dominio. La vivió como servicio. De este modo “llenó” de contenido la libertad que, de lo contrario, sería solo la posibilidad “vacía” de hacer o no hacer algo. La libertad, como la vida misma del hombre, cobra sentido por el amor»[2]. Jesús ayudó a Santiago y a Juan a llenar sus vidas de sentido, de amor por las demás personas, abriendo a aquellos sencillos pescadores de Galilea horizontes insospechados, «los horizontes del servicio»[3], muchos más amplios de los que se hubieran imaginado. Y así, transformó su vida en una apasionante aventura.


IMPULSADOS por Jesús, Santiago y Juan tuvieron «prisa en amar»[4], en apostar toda su existencia a una vida de intenso servicio. La de Santiago –haciendo honor a su apelativo– fue como un relámpago que cruza el cielo en un instante, llenándolo de luz. Él se puso inmediatamente en marcha y llevó a Jesucristo hasta los confines del mundo conocido, antes de regresar a Jerusalén y fecundar con su sangre los inicios de la misión de la Iglesia. La vida de Juan, en cambio, fue como el trueno, que llega sin prisa pero con contundencia, con peso, llenándolo todo con sus palabras profundas y bellas. Juan pudo meditar largamente sobre la vida y las enseñanzas de Jesús, para dejarnos el tesoro de sus escritos.


El relámpago y el trueno se reclaman el uno al otro, manifiestan una misma fuerza y traen un mismo mensaje. No podemos separarlos, como no podemos separar a los Boanerges. Mientras estaba con ellos, Jesús los quiso juntos. De hecho, los dos formaban junto a Pedro un pequeño grupo de discípulos con los que el Maestro tenía más intimidad. Cuando el Señor subió al cielo, Santiago y Juan continuaron propagando el mismo mensaje, cada uno a su modo.


Santiago lo sigue haciendo hoy, convocando a los pueblos a su tumba en Compostela. Nos invita a ponernos en camino, a estar dispuestos a llegar a los confines de nuestro mundo y superar nuestras seguridades y comodidades. «Esto es fundamental para los cristianos; nosotros discípulos de Jesús, nosotros Iglesia, ¿estamos sentados esperando que la gente venga o sabemos levantarnos, ponernos en camino con los otros, buscar a los otros? No es cristiano decir: “Pero que vengan, yo estoy aquí, que vengan”. No, ve tú a buscarlos, da tú el primer paso»[5]. Juan, en cambio, nos recuerda que, si no estamos radicados en el amor a Jesucristo, todo ese movimiento y ese caminar valen muy poco. Escribía san Agustín: «Quien corre fuera del camino corre en vano; más aún, solo corre para fatigarse. Fuera de él, cuanto más corre, más se extravía. ¿Cuál es el camino por el que corremos? Cristo lo dijo: Yo soy el camino. ¿Cuál es la patria a donde nos dirigimos? Cristo dijo: Yo soy la verdad. Por él corres, hacia él corres, en él hallas el descanso»[6].


HAY algo grande en la vida del apóstol Santiago que permanece oculto a nuestros ojos. Es muy poco lo que sabemos de este apóstol de vida tan corta, que no dejó ningún escrito. El Evangelio, además, recoge muy pocas palabras suyas. Frente al silencio del Zebedeo, aparece la figura de otro Santiago, con títulos tan importantes como «hermano del Señor» (Gal 1,19), testigo destacado de su resurrección (cfr. 1 Cor 15,7), obispo de Jerusalén (cfr. He 15,12-21) y columna de la Iglesia (cfr. Gal 2,9). Este otro Santiago gozó de gran autoridad en la primera comunidad cristiana, como se lee en los Hechos de los Apóstoles y en las cartas de san Pablo. Da nombre, además, a uno de los escritos del Nuevo Testamento. Por eso, sorprende que la Tradición haya querido atribuir el título de Mayor al hermano de Juan, de quien conocemos poco.


El hijo de Zebedeo llegó a ser el Mayor, siguiendo el camino que le había propuesto el Maestro. Jesús le había dicho: «Quien entre vosotros quiera llegar a ser grande, que sea vuestro servidor; y quien entre vosotros quiera ser el primero, que sea vuestro esclavo. De la misma manera que el Hijo del Hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y dar su vida en redención de muchos. (Mt 20, 26-28). Eso hizo Santiago: vivir para servir, dar su vida. «Si el grano de trigo no muere al caer en tierra, queda infecundo; pero si muere, produce mucho fruto» (Jn 12, 24), escribirá Juan en su Evangelio, arrojando un poco de luz que nos permite entender el misterio de la vida y de la muerte de su hermano Santiago. Un misterio que se extiende al impresionante poder de convocatoria que tiene aún hoy el sepulcro del apóstol.


Jesús dio a los Boanerges otro ejemplo destacado de la grandeza del servicio: la Virgen María, a quien acompañarían con frecuencia. Ella también nos ayudará para que nos lancemos a la aventura de «ser felices en amistad con Dios y llevar una vida de dedicación y de servicio»[7].


[1] Misal General Romano, Antífona de entrada de la fiesta de Santiago Apóstol.


[2] Benedicto XVI, Ángelus, 1-VII-2007.


[3] Francisco, Audiencia, 11-I-2023.


[4] Cfr. San Josemaría, Amigos de Dios, n. 140.


[5] Francisco, Audiencia, 11-I-2023.


[6] San Agustín, Homilía X sobre la primera Carta de San Juan.


[7] San Josemaría, Carta 6, n. 35.

24 de julio de 2023

ESCUCHAR LA VOZ DE DIOS


Evangelio (Mt 12, 38-42)


Entonces algunos escribas y fariseos se dirigieron a él: -Maestro, queremos ver de ti una señal. Él les respondió: 

-Esta generación perversa y adúltera pide una señal, pero no se le dará otra señal que la del profeta Jonás. Igual que 'estuvo Jonás en el vientre de la ballena tres días y tres noches', así estará el Hijo del Hombre en las entrañas de la tierra tres días y tres noches. 


Los hombres de Nínive se levantarán contra esta generación en el Juicio y la condenarán: porque se convirtieron ante la predicación de Jonás, y daos cuenta de que aquí hay algo más que Jonás. La reina del Sur se levantará contra esta generación en el Juicio y la condenará: porque vino de los confines de la tierra para oír la sabiduría de Salomón, y daos cuenta de que aquí hay algo más que Salomón.


PARA TU RATO DE ORACION 


CUANDO Jesús era apenas un niño recién nacido, el anciano Simeón dijo a María: «Este ha sido puesto para signo de contradicción, a fin de que se descubran los pensamientos de muchos corazones» (Lc 2,34-35). Durante su paso por la tierra, el contacto con Cristo difícilmente dejaba a las personas indiferentes. Su palabra y sus acciones invitaban a cada hombre y a cada mujer a adentrarse en el propio corazón para conocerlo mejor. Los relatos evangélicos se detienen con particular insistencia en el efecto que el encuentro con Jesús produjo en los escribas y fariseos. Para ellos, que en general gozaban de una formación elevada y de reputación social reconocida, el Señor les resultaba un personaje incómodo. En efecto, hacía descubrir a la gente los pensamientos de sus corazones; algunas veces ponía de manifiesto el desprecio que sentían hacia los demás, y cómo, paradójicamente, quienes eran los guías religiosos se cerraban a la luz de Dios (cfr. Lc 18,9; Jn 9,41).


El Señor escandalizaba a los fariseos con su conducta y con su doctrina (cfr. Mt 15,12); al mismo tiempo, la evidencia de sus milagros les movía a creer en él (cfr. Jn 3,2), sobre todo a quienes no habían contagiado con lógicas mundanas sus convicciones espirituales. Jesús les invitaba a la conversión sincera, a abrazar sin reservas a la persona del Hijo de Dios, lo que suponía también abrazar a los demás, sin distinciones. Esta situación se transformó para muchos fariseos en un callejón sin salida (cfr. Jn 9,16).


Un día, al no poder tolerar más esta tensión, pidieron a Jesús un gesto definitivo: «Maestro, queremos ver de ti una señal» (Mt 12, 38). Ellos, que son maestros de Israel, tenían a su disposición señales más que suficientes para abrirse a la luz de la fe; han presenciado cómo Cristo ha respondido muchas veces a sus preguntas y ha obrado milagros. De todos modos, Jesús les dará la señal definitiva que piden: «Igual que estuvo Jonás en el vientre de la ballena tres días y tres noches, así estará el Hijo del Hombre en las entrañas de la tierra tres días y tres noches» (Mt 12, 40). Si disponemos nuestro interior para dejarnos sorprender por Jesús, encontraremos en su resurrección la más grande señal para abrazarnos a él y acoger la fe que transforma nuestra vida. Pero se trata de una señal reconocible para los sencillos de corazón: para quienes no enredan mezquinamente sus conocimientos, ni ponen su honra por encima de la de Dios.


«SI DECIMOS que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros. Si confesamos nuestros pecados, fiel y justo es él para perdonarnos los pecados y purificarnos de toda iniquidad» (1 Jn 1,8-9). Esta es la experiencia del apóstol Juan que, como demuestra en su Evangelio, reflexionó mucho sobre la luz que Jesús traía al mundo; una luz que nos libera de la esclavitud del pecado (cfr. Jn 8,31-47) y que nos permite vivir con la libertad de los hijos de Dios (cfr. 1 Jn 3,1-10). Esa fue también la experiencia de los habitantes de Nínive que «se convirtieron ante la predicación de Jonás» (Mt 12,41). Nos cuenta la Sagrada Escritura que la enseñanza del profeta no fue especialmente brillante o entusiasta, pero bastó a las gentes de aquella ciudad para cambiar de vida y abrirse a la infinita misericordia de Dios (cfr. Jo 3,10).


Dios nos conoce más que nadie, por eso sabe que lo que sana nuestra alma es la doble confesión de, por una parte, nuestra debilidad y, por otra, la realidad de su perdón: «Señor, pequé. Ten piedad y misericordia de mí». Este reconocimiento remueve un obstáculo que muchas veces puede separarnos de él: el orgullo. «Si uno de nosotros dice: “Ah, gracias Señor, porque soy una persona buena, yo hago cosas buenas, no hago pecados grandes…”. Este no es un buen camino, este es un camino de autosuficiencia, es un camino que no nos justifica»[1]. En cambio, escrutar nuestro corazón para descubrir allí todas las veces que nos preferimos a nosotros mismos en lugar de amar a Dios y a los demás, es el camino hacia la conversión, que es el secreto de una auténtica alegría.


Los santos se han sentido siempre necesitados de la misericordia de Dios. San Josemaría se definía como un pobre pecador que amaba con locura a Jesucristo. Y señalaba que si tenemos el deseo de volver siempre a la casa del Padre, para refugiarnos en su misericordia, encontraremos una felicidad que nuestras debilidades no nos podrán arrebatar: «La alegría es un bien cristiano. Únicamente se oculta con la ofensa a Dios: porque el pecado es producto del egoísmo, y el egoísmo es causa de la tristeza. Aún entonces, esa alegría permanece en el rescoldo del alma, porque nos consta que Dios y su Madre no se olvidan nunca de los hombres. Si nos arrepentimos, si brota de nuestro corazón un acto de dolor, si nos purificamos en el santo sacramento de la Penitencia, Dios sale a nuestro encuentro y nos perdona; y ya no hay tristeza»[2].


DIOS bendice con su gracia abundante a quien se abre con sencillez a las luces que él envía, aunque a veces sean tan tenues como la que recibieron las gentes de Nínive. Cuando un alma se esfuerza por mantener el alma sensible y a la escucha, le basta entonces una pequeña insinuación del Señor para llenarse de amor, de agradecimiento, de contrición o de propósitos de lucha. Son almas sensibles a la luz, con una disposición que es un don del Espíritu Santo.


En ocasiones, estas insinuaciones vendrán explícitamente a través de personas que nos quieren, que se preocupan por nosotros, y que nos dan su opinión sobre algo que podríamos cambiar. Otras veces, el Espíritu Santo nos dispone de otro modo, empujándonos a ponernos en marcha para buscar la luz. Es lo que hizo la Reina de Sabá, que soportó un largo viaje para escuchar a Salomón, en cuya sabiduría se reconocía la acción de Dios (cfr. 1 Re 10,1-13). Nosotros tenemos en Jesús a alguien que es mucho más que Salomón, y no tenemos que ir hasta los confines de la tierra para escuchar su voz (cfr. Mt 12,42). Su luz nos llega, entre muchas maneras, a través del contacto directo con la Sagrada Escritura, a través de la lectura de algún libro espiritual, o a través del acompañamiento espiritual, en donde otra persona nos ayuda a descubrir esas insinuaciones divinas.


Pero siempre es el Espíritu Santo el que «nos enseña por dónde empezar, qué caminos tomar y cómo caminar»[3]. Cualquier vía por la que escuchamos a Dios será sana y fructífera solo si somos conscientes, personalmente, de que es el Paráclito el que nos guía con suavidad y grandeza de horizontes. La Virgen María, que vivió siempre abierta para acoger la palabra divina, nos podrá ayudar a escuchar con humildad y agradecimiento la voz de Dios.

23 de julio de 2023

Acoger la buena semilla.




Evangelio (Mt 13,24-43)


Jesús les propuso otra parábola:


— El Reino de los Cielos es como un hombre que sembró buena semilla en su campo. Pero, mientras dormían los hombres, vino su enemigo, sembró cizaña en medio del trigo y se fue. Cuando brotó la hierba y echó espiga, entonces apareció también la cizaña. Los siervos del amo de la casa fueron a decirle: «Señor, ¿no sembraste buena semilla en tu campo? ¿Cómo es que tiene cizaña?» Él les dijo: «Algún enemigo lo habrá hecho». Le respondieron los siervos: «¿Quieres que vayamos a arrancarla?» Pero él les respondió: «No, no vaya a ser que, al arrancar la cizaña, arranquéis también con ella el trigo. Dejad que crezcan juntos hasta la siega. Y al tiempo de la siega les diré a los segadores: “Arrancad primero la cizaña y atadla en gavillas para quemarla; el trigo, en cambio, almacenadlo en mi granero”».


Les propuso otra parábola:


— El Reino de los Cielos es como un grano de mostaza que tomó un hombre y lo sembró en su campo; es, sin duda, la más pequeña de todas las semillas, pero cuando ha crecido es la mayor de las hortalizas, y llega a hacerse como un árbol, hasta el punto de que los pájaros del cielo acuden a anidar en sus ramas.


Les dijo otra parábola:


— El Reino de los Cielos es como la levadura que tomó una mujer y la mezcló con tres medidas de harina, hasta que fermentó todo.


Todas estas cosas habló Jesús a las multitudes con parábolas y no les solía hablar nada sin parábolas, para que se cumpliese lo dicho por medio del Profeta:


Abriré mi boca con parábolas, proclamaré las cosas que estaban ocultas desde la creación del mundo.


Entonces, después de despedir a las multitudes, entró en la casa. Y se acercaron sus discípulos y le dijeron:


— Explícanos la parábola de la cizaña del campo.


Él les respondió:


— El que siembra la buena semilla es el Hijo del Hombre; el campo es el mundo; la buena semilla son los hijos del Reino; la cizaña son los hijos del Maligno. El enemigo que la sembró es el diablo; la siega es el fin del mundo; los segadores son los ángeles. Del mismo modo que se reúne la cizaña y se quema en el fuego, así será al fin del mundo. El Hijo del Hombre enviará a sus ángeles y apartarán de su Reino a todos los que causan escándalo y obran la maldad, y los arrojarán en el horno del fuego. Allí habrá llanto y rechinar de dientes. Entonces los justos brillarán como el sol en el Reino de su Padre. Quien tenga oídos, que oiga.



PARA TU ORACION PERSONAL 



JESÚS, durante su predicación, recurre a parábolas para ilustrar algunos aspectos de su enseñanza. En una ocasión, explicó el Reino de Dios usando tres imágenes: la buena semilla que se siembra junto a la cizaña, el pequeño grano de mostaza que llega a ser un árbol frondoso y la levadura que fermenta la masa (cfr. Mt 13,31-33). Los tres ejemplos están unidos por una acción común: el crecimiento. La buena semilla y la cizaña crecen juntas hasta que son separadas en el momento de la siega; la semilla de mostaza crece para convertirse en un gran árbol donde llegan a anidar los pájaros del cielo; un poco de levadura en la harina hace crecer la masa.


El Reino de Dios se caracteriza, por lo tanto, por su dinamismo, por estar siempre en movimiento. No es una realidad estática: está destinada a crecer cada día y en cada circunstancia histórica. El Reino de Dios crece sobre todo cuando el hombre deja espacio a la iniciativa divina, cuando aquella semilla puede desplegar toda su fuerza, especialmente en nuestro interior. Como un buen jardinero, el Señor cuida ese terreno que somos cada uno de nosotros, sabe esperar, «mira el campo de la vida de cada persona con paciencia y misericordia: ve mucho mejor que nosotros la suciedad y el mal, pero ve también los brotes de bien y espera con confianza que maduren»[1].


Jesús nos da a entender que «dentro de nosotros se ha sembrado algo pequeño y escondido, que sin embargo tiene una fuerza vital que no puede suprimirse. A pesar de todos los obstáculos, la semilla se desarrollará y el fruto madurará»[2]. Se trata de una consoladora realidad: si no obstaculizamos el crecimiento de Dios en nosotros, su Reino está creciendo en nuestro corazón, muchas veces sin que nos percatemos con demasiada claridad.


EN LA PRIMERA de las parábolas, crecen en un campo, al mismo tiempo, la buena semilla del trigo y la mala de la cizaña. Cuando los discípulos le preguntan por el significado de la imagen, Jesús les explica: «El que siembra la buena semilla es el Hijo del Hombre; el campo es el mundo; la buena semilla son los hijos del Reino; la cizaña son los hijos del Maligno. El enemigo que la sembró es el diablo» (Mt 13,37-39). De este modo, aclara que, aunque el mal esté presente en el mundo, no proviene de Dios.


El Señor muestra que la cizaña coexiste con la buena semilla hasta el final de la cosecha. «No es posible pensar la historia humana sin cizaña; es decir, como dice el mismo Jesús, no es posible erradicar totalmente la cizaña porque está mezclada con lo bueno»[3]. Y esta realidad la miramos fuera de nosotros, pero sobre todo la experimentamos en nuestro propio corazón, donde conviven auténticos deseos de santidad y también malas inclinaciones. Tenemos la misma experiencia que tanto dolor le causaba a san Pablo, al notar que el pecado habitaba en él: «No logro entender lo que hago; pues lo que quiero no lo hago; y en cambio lo que detesto lo hago» (Rm 7,15).


No podemos extrañarnos ni perder la esperanza al palpar la cizaña de nuestro corazón: envidias, celos, deseos poco nobles... En este sentido, san Josemaría decía: «No os entristezcáis si, en los momentos más estupendos de vuestra vida, os viene la tentación –que quizá podéis confundir con un deseo consentido, pero que no lo es– de las fealdades mayores que es posible imaginar. Acudid a la misericordia del Señor, contando con la intercesión de su Madre y Madre nuestra, y todo se arregla. Después, echaos a reír: ¡me trata Dios como a un santo! No tiene importancia ninguna: persuadíos de que en cualquier momento puede levantarse la criatura vieja que todos llevamos dentro. ¡Contentos, y a luchar como siempre!»[4].


LA PARÁBOLA del trigo y la cizaña resume, de alguna manera, el misterio de la historia humana: en ella están presentes tanto la acción de Dios, como la libertad del hombre cuando es usada para el pecado. Con nuestros actos podemos contribuir al crecimiento de la semilla del Reino de Dios, pero también hacer crecer la cizaña. Y esta no es arrancada de antemano del campo, porque el Señor nos ha dejado enteramente libres. Él no nos ha creado predeterminados a alimentar solo la semilla buena, ni rodeó el terreno de altos muros para protegerlo: lo dejó al descubierto para que pudiera crecer sin límites, aun a sabiendas de que quizá alguien podría sabotear temporalmente alguna zona de la cosecha.


En el campo de nuestro corazón, la semilla buena convive con la semilla de la hierba mala. En la libertad de nuestro corazón se decide si la cizaña sofocará al trigo, o si este vencerá a la cizaña. A veces, sin embargo, no es sencillo hacer ese discernimiento, pues el bien y el mal están entrelazados. Es el momento de tomar la decisión de querer ser buen grano, «con todas nuestras fuerzas, y entonces alejarse del maligno y de sus seducciones»[5]. Solo seremos verdaderamente felices si acogemos la buena semilla, utilizando la libertad para amar a Dios y a los demás. En el discernimiento por ser buen grano, un buen criterio puede ser escoger siempre el servicio.


«Quien, al escudriñar su conciencia, encuentre ser cizaña –escribía san Agustín–, no tema cambiar. Todavía no hay orden de cortar, aún no es el momento de la siega; no seas hoy lo que eras ayer, o no seas mañana lo que eres hoy»[6]. La Virgen María, esperanza nuestra, nos sostendrá en esta batalla por dejar que la buena semilla crezca, conquiste nuestros corazones y los corazones de quienes nos rodean.

22 de julio de 2023

SANTA MARIA MAGDALENA

 



Evangelio  San Juan (20,1.11-18):


El primer día de la semana, María Magdalena fue al sepulcro al amanecer, cuando aún estaba oscuro, y vio la losa quitada del sepulcro. Fuera, junto al sepulcro, estaba María, llorando. Mientras lloraba, se asomó al sepulcro y vio dos ángeles vestidos de blanco, sentados, uno a la cabecera y otro a los pies, donde había estado el cuerpo de Jesús.

Ellos le preguntan: «Mujer, ¿por qué lloras?»

Ella les contesta: «Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto.»

Dicho esto, da media vuelta y ve a Jesús, de pie, pero no sabía que era Jesús.

Jesús le dice: «Mujer, ¿por qué lloras?, ¿a quién buscas?»

Ella, tomándolo por el hortelano, le contesta: «Señor, si tú te lo has llevado, dime dónde lo has puesto y yo lo recogeré.»

Jesús le dice: «¡María!»

Ella se vuelve y le dice: «¡Rabboni!», que significa: «¡Maestro!»

Jesús le dice: «Suéltame, que todavía no he subido al Padre. Anda, ve a mis hermanos y diles: "Subo al Padre mío y Padre vuestro, al Dios mío y Dios vuestro."»

María Magdalena fue y anunció a los discípulos: «He visto al Señor y ha dicho esto.»


PARA TU RATO DE ORACION 


“La Magdalena irrumpe en el Evangelio con la fuerza de quien ama profundamente y desea amar siempre más”, escribió Mons. Javier Echevarría sobre esta gran figura del Evangelio. 

A lo largo del año, la liturgia invita a los cristianos a recordar algunas de las figuras que siguieron de cerca a Cristo. Hacer memoria de los santos constituye un incentivo para revitalizar la propia vida cristiana, mirando a quienes —hombres o mujeres—, con su ejemplo y su intercesión, invitan al Pueblo de Dios a contemplar el futuro con esperanza segura.


El Papa Francisco, en este año de la misericordia, ha querido subrayar la relevancia de una gran figura, seguidora de Cristo, María Magdalena, disponiendo que su memoria litúrgica se eleve a la categoría de fiesta. Con tal decisión, el Santo Padre desea que el ejemplo de esta santa discípula de Jesús se halle más presente en la vida de piedad de la Iglesia.


La Magdalena irrumpe en el Evangelio con la fuerza de quien ama profundamente y desea amar siempre más. De ella se escribe en el texto que Jesús había expulsado siete demonios, una afirmación que puede referirse a situaciones dolorosas, físicas o morales. En cualquier caso, el sufrimiento la condujo a Cristo y, desde entonces, no miró atrás. Comprendió que su caminar ya sólo tenía sentido si se gastaba al servicio de Dios y de los hermanos. Liberada de esos males, se muestra grande y generosa ante nuestros ojos, cuando —cercana a la Cruz— nos ofreció una lección de fortaleza; y luego, acudiendo a la tumba del Crucificado, no permitió que la esperanza se apagara en el mundo. ¡Gran discípula de Cristo fue María 


«Mujer, ¿por qué lloras?», le preguntó Cristo cuando había llegado a buscarle al sepulcro, para ungir su cadáver, y lo buscaba con pasión santa, con perseverancia. Como señaló muchas veces el fundador del Opus Dei, «sin Jesús no estamos bien». En 1964, en la memoria litúrgica de esta mujer, san Josemaría hizo su oración personal ante el Sagrario y, entre otras cosas, comentaba: «¡El sepulcro vacío! María Magdalena llora, hecha un mar de lágrimas. Necesita al Maestro. Había ido allí para consolarse un poco estando cerca de Él, para hacerle compañía, porque sin el Señor no merece la pena ninguna cosa. Persevera María en oración, le busca por todos los sitios, no piensa más que en Él. Hijos míos, frente a esa fidelidad, Dios no se resiste: para que tú y yo saquemos consecuencias; para que aprendamos a amar y a esperar de verdad».


En un primer momento, ella no reconoció al Maestro. Pero perseveró en su afán de encontrarle. Sólo al escuchar su nombre, con el acento personalísimo con que Jesús se dirige a cada uno, reconoce al Salvador. Y a ella, la primera entre los discípulos que vio al Resucitado, se le confía el primer anuncio de la resurrección: un mensaje que no ha cesado de difundirse desde entonces en el mundo. Una preciosa responsabilidad que recae ahora en cada uno de nosotros. ¡Cuántas veces se sirve el Señor de otras personas, para llamarnos a cada uno por nuestro nombre y comunicarnos también el encargo de darle a conocer a otras gentes!


Las mujeres del Evangelio —María Magdalena, Marta y María de Betania, Juana, Susana y Salomé—, sirvieron a Jesucristo con una lealtad que no siempre demostraron los discípulos. Ellas acompañaban al Maestro por los senderos de Palestina o lo alojaron en su hogar; lloraron a su lado en el camino de la Cruz; fueron con la Madre, Santa María, hasta el patíbulo; y quisieron honrar el cuerpo de Jesús tras la sepultura...


Hoy como entonces, la mujer está convocada a contribuir a la misión de la Iglesia con su inteligencia, su sensibilidad y fortaleza, su piedad, su celo apostólico y su afán de servicio, su capacidad de iniciativa y su generosidad. Pero, por encima de todo, puede contribuir —como los demás fieles cristianos— con su santidad personal. Esta es la enseñanza primordial de la vida de María Magdalena: quien desea verdaderamente servir a la Iglesia, ante todo pone sus ojos en Cristo, le sigue de cerca por los caminos de la tierra, con fidelidad total, incluso cuando los demás huyen ante la aparente victoria del mal.


Este 22 de julio supone una ocasión para recordar la vida de la Magdalena, que viene a presentarse como el resumen de la biografía de cada cristiano: comenzar y recomenzar, con humildad; amar a Cristo; confiar en Él pese a las sombras que, a veces, quizá oscurezcan el camino; servir a los demás con empeño creciente, en el lugar donde nos ha tocado vivir. La humanidad necesita mujeres y hombres así: capaces de acudir sin cansancio a la misericordia divina, leales al pie de la Cruz, atentos a escuchar —en las tareas ordinarias de cada jornada— el propio nombre de los labios del Resucitado.


Javier Echevarría (Madrid, 1932 - Roma, 2016)




21 de julio de 2023

EL SENTIDO DEL DIA DEL SEÑOR

 



Evangelio (Mt 12, 1-8)


En aquel tiempo pasaba Jesús un sábado por entre unos sembrados; sus discípulos tuvieron hambre y comenzaron a arrancar unas espigas y a comer. Los fariseos, al verlo, le dijeron:


Mira, tus discípulos hacen lo que no es lícito hacer el sábado.


Pero él les respondió: ¿No habéis leído lo que hizo David y los que le acompañaban cuando tuvieron hambre? ¿Cómo entró en la Casa de Dios y comió los panes de la proposición, que no les era lícito comer ni a él ni a los que le acompañaban, sino sólo a los sacerdotes? ¿Y no habéis leído en la Ley que, los sábados, los sacerdotes en el Templo quebrantan el descanso y no pecan? Os digo que aquí está el que es mayor que el Templo. Si hubierais entendido qué sentido tiene: Misericordia quiero y no sacrificio, no habríais condenado a los inocentes. Porque el Hijo del Hombre es señor del sábado.


PARA TU RATO DE ORACION 


EN CIERTA ocasión, mientras Jesús y sus discípulos atravesaban un espacioso sembrado, nos cuenta Mateo que tenían hambre (cft. Mt 12,1). Viéndose rodeados de alimento, los apóstoles comenzaron a arrancar algunas espigas, «las desgranaban con las manos y se las comían» (Lc 6,1). La ley judía permitía coger algunos granos de trigo con la mano en la mies del prójimo (cfr. Dt 23,25). La controversia surge, sin embargo, porque lo hacen en sábado. Cuando los fariseos tuvieron noticia de este suceso, le dijeron al Maestro: «Mira, tus discípulos hacen lo que no es lícito hacer en sábado» (Mt 12,2).


Se lee en el libro del Éxodo que Dios le pide al pueblo de la Alianza: «Recuerda el día del sábado para santificarlo» (Ex 20,8). Por iniciativa divina, el shabbat no se colocó junto a los preceptos que hacían referencia al culto, sino dentro del mismo Decálogo. El texto inspirado explica el motivo del mandamiento: «Pues en seis días hizo el Señor el cielo y la tierra, el mar y todo cuanto contienen, y el séptimo descansó; por eso bendijo el Señor el día del sábado y lo hizo sagrado» (Ex 20,11). Al precepto divino del shabbat, con el paso del tiempo, se le fueron añadiendo prescripciones humanas cada vez más rigurosas. En la época de Jesús se había concretado tanto el precepto, hasta el punto de que existía una clasificación de 39 especies de trabajos prohibidos.


Jesús, como auténtico intérprete de los preceptos divinos, responde a la queja de los fariseos subrayando el verdadero –y quizá olvidado– sentido del sábado: el servicio a Dios o al prójimo, por lo que la inactividad no debía ser el supremo criterio. Más que fijarse en una casuística sobre lo permitido o lo prohibido, Cristo invita a poner la mirada en la razón profunda por la que Yahvé ha establecido el descanso sabático: abstenerse de ciertas ocupaciones para poder honrar al Señor con más holgura. El mandamiento relativo al sábado hacía referencia al misterioso descanso de Dios después de la creación, y también a la salvación de Israel de la esclavitud de Egipto. Por eso puede decirse que la observancia de este día tiene un carácter liberador. El propósito de la ley divina no era atar a las personas a innumerables preceptos, sino liberarlas semanalmente de lo menos importante para que dirigieran su mirada hacia Dios: recordar que somos hijos del creador de todas las cosas y de quien nos libera de toda esclavitud.


EN EL CONTEXTO de la discusión sobre la cuestión del sábado, Jesús desvela la grandeza de su identidad. «¿No habéis leído en la Ley que, los sábados, los sacerdotes en el Templo quebrantan el descanso y no pecan? Os digo que aquí está el que es mayor que el Templo» (Mt 12,5-6). El Templo tenía la máxima dignidad por ser la casa donde habitaba Yahvé. Solo Dios mismo era superior al Templo. Cristo claramente proclama con estas palabras su divinidad. Al terminar la conversación, como colofón, añade: «Porque el Hijo del Hombre es señor del sábado» (Mt 12,8). Teniendo en cuenta que el precepto del sábado es de institución divina, Jesús se estaba presentando implícitamente como Dios: este es el gran acontecimiento cristiano.


Con sus palabras el Maestro no pretendía despreciar el descanso sabático. Sabemos que Jesús cumplía la ley, tanto la religiosa como la civil: acudía con sus discípulos cada sábado a la sinagoga, pagaba los impuestos, peregrinaba con los suyos al Templo y vivía las fiestas como cualquier judío devoto. De hecho, después de la Resurrección, sus discípulos continuaron yendo a la sinagoga los sábados, aunque comenzaron también a reunirse el primer día de la semana, haciendo memoria de Jesús Resucitado. El primer día de la semana había pasado a ser el día de la nueva creación y de la definitiva liberación.


Con el paso del tiempo, en la primitiva comunidad cristiana, el domingo fue sustituyendo paulatinamente al sábado como el dies Domini, el día del Señor. El domingo no era un día más para aquellos cristianos de los primeros siglos, sino que constituía el centro mismo de su vida. Por este motivo, siglos después, la Iglesia estableció el precepto dominical. De este modo, los fieles, absteniéndose de ciertas actividades que impiden dar culto a Dios, pueden «gozar de la alegría propia del día del Señor o disfrutar del debido descanso de la mente y del cuerpo»[1]. Jesús «nos entrega “su día” como un don siempre nuevo de su amor. (...) El tiempo ofrecido a Cristo nunca es un tiempo perdido, sino más bien ganado para la humanización profunda de nuestras relaciones y de nuestra vida»[2].


TESTIMONIOS del siglo II cuentan que los primeros cristianos se reunían el domingo para celebrar la Eucaristía: «El día que se llama día del sol tiene lugar la reunión en un mismo sitio de todos los que habitan en la ciudad o en el campo. Se leen las memorias de los Apóstoles y los escritos de los profetas. (...) Luego se lleva al que preside a los hermanos pan y una copa de agua y de vino mezclados»[3]. En la Misa del domingo nos dejamos encontrar por Dios: escuchamos su palabra y nos alimentamos con el Pan de vida, en comunión con toda la Iglesia. «Nos recuerda también, con el descanso de nuestras ocupaciones, que no somos esclavos sino hijos de un Padre que nos invita constantemente a poner la esperanza en él»[4].


De esta manera, el domingo es realmente el «día de Cristo» y, al mismo tiempo, es el «día del hombre». El reposo propio de esa jornada, compartido con Dios y con toda la Iglesia, nos ayuda a renovar nuestras fuerzas para llevar a cabo las tareas de la semana. Entregamos a Dios, a través del sacrificio de su Hijo, todos los sucesos de la semana que ha terminado, y aquellos de la semana que comienza. «Siempre he entendido el descanso –consideraba san Josemaría– como apartamiento de lo contingente diario, nunca como días de ocio. Descanso significa represar: acopiar fuerzas, ideales, planes... En pocas palabras: cambiar de ocupación, para volver después –con nuevos bríos– al quehacer habitual»[5]. La Virgen María, que habrá participado de aquellas primeras reuniones dominicales, puede interceder por nosotros para que Dios nos aumente el deseo de alimentarnos de su Pan y de su palabra.



20 de julio de 2023

DESCANSAR Y NO AGOTARSE

 


EVANGELIO (Mt 11,28-30)


Venid a mí todos los fatigados y agobiados, y yo os aliviaré. 

Llevad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas: porque mi yugo es suave y mi carga es ligera.


PARA TU RATO DE ORACION 


JESÚS sabe que necesitamos descansar. Por eso, en una ocasión dijo a los apóstoles: «Venid a mí todos los fatigados y agobiados, y yo os aliviaré» (Mt 11,28). El mismo Dios experimentó el cansancio y, por tanto, la necesidad de recuperar las fuerzas. A san Josemaría le gustaba contemplar este aspecto de la humanidad del Señor: «Cuando nos cansemos –en el trabajo, en el estudio, en la tarea apostólica–, cuando encontremos cerrazón en el horizonte, entonces, los ojos a Cristo: a Jesús bueno, a Jesús cansado, a Jesús hambriento y sediento. ¡Cómo te haces entender, Señor! ¡Cómo te haces querer!»[1].


Durante las temporadas de intensa actividad, Jesús animaría a los discípulos a no dejarse llevar por el activismo, a no juzgar todo en términos de utilidad, a no pensar que todo dependía de lo que hacían: ir de prisa de un lugar a otro, estar siempre atareados… De ahí la invitación a descansar, pero no de cualquier manera, sino acudiendo a él. «No se trata solo de descanso físico, sino también de descanso del corazón. Porque no basta “desconectar”, es necesario descansar de verdad. ¿Y esto cómo se hace? Para hacerlo, es preciso regresar al corazón de las cosas: detenerse, estar en silencio, rezar»[2].


Puede ocurrir, incluso, que la presión por ser productivos solo desde el punto de vista humano se traslade también a los periodos de descanso. Queremos realizar tantas cosas durante ese tiempo que, al final, podemos acabar incluso más agotados que antes. Quizá hay personas que en cambio tienden a buscar un descanso en sentido opuesto, tratando de no organizar más que lo imprescindible. En cualquier caso, Jesús propone un descanso que lleva a mirar, con recogimiento, nuestro corazón en su presencia para sacar brillo a los ideales que mueven nuestro día a día. Ese silencio «es capaz de abrir un espacio interior en lo más íntimo de nosotros mismos, para hacer que allí habite Dios, para que su Palabra permanezca en nosotros, para que el amor a él arraigue en nuestra mente y en nuestro corazón, y anime nuestra vida»[3]. Y ese descanso está a nuestro alcance en cualquier momento del año.


HAY MOMENTOS de la vida que pueden resultar especialmente desgastantes. Estos normalmente ocurren cuando, a las exigencias normales del día a día, se añaden otras más extraordinarias que también requieren nuestro tiempo y dedicación: la enfermedad de un ser querido, el nacimiento de un nuevo hijo, proyectos complejos que hay que cerrar, un contratiempo económico… Todo esto, si se alarga, hace necesario defender modos de descanso, aunque sean pequeños, para evitar que el desgaste se convierta en un problema mayor: hacer deporte, leer, escuchar música, dedicar tiempo a una afición, disfrutar de la compañía de los demás, etc.


Una buena manera de descansar es aprender a no agotarse. Para eso a veces será necesario dejar momentáneamente en manos de otros la primera línea del frente en alguna tarea, aunque pueda costarnos. Esto no implica falta de esfuerzo: significa simplemente reconocer los propios límites, y también, a veces, desprenderse un poco de los resultados de nuestro trabajo. Dios quiere que nos gastemos por amor, no que nos desgastemos de modo que el amor se extinga por derrumbe del edificio, como sucede a la casa construida sobre arena (cfr. Mt 7,24-27). Escribía san Josemaría: «Decaimiento físico. –Estás... derrumbado. –Descansa. Para esa actividad exterior. –Consulta al médico. Obedece, y despreocúpate. –Pronto volverás a tu vida y mejorarás, si eres fiel, tus apostolados»[4].


«No dejes para mañana lo que puedas hacer hoy», aconseja la sabiduría popular. Aunque esta frase tiene su parte de verdad, pues nos invita a ser diligentes y a no retrasar nuestros trabajos, también conviene leerla al revés: «Deja para mañana lo que no puedas hacer hoy». Es decir, no cargues hoy más de lo que puedes hacer. El libro de la Sabiduría también expresa esta máxima: «Hijo, no te ocupes de muchos asuntos; si te desbordan, no estarás falto de culpa; por más que corras no los alcanzarás, y aunque huyas no te podrás escapar de ellos» (Si 11,10). En este sentido, san Josemaría también comentaba: «A mí siempre me quedan cosas para el día siguiente. Hemos de llegar a la noche, después de un día lleno de trabajo, con faena de sobra para la siguiente jornada. Hemos de llegar a la noche cargados, como borriquillos de Dios»[5].


UNO de los signos más frecuentes del cansancio es que las limitaciones de nuestro carácter se suelen hacer más evidentes. De algún modo es como si las defensas de nuestra personalidad se debilitaran y actuamos de una manera que quizá puede extrañar a los demás. Por ejemplo, una persona que suele ser optimista, de pronto reacciona con cierta apatía, o alguien que es habitualmente manso, responde con una brusquedad que no es habitual.


En esos momentos, en los que la vista se nubla un poco, una mano amiga nos puede ayudar a conocernos y a leer los signos del cansancio, para entonces descansar antes de agotarnos. San Josemaría aconsejaba así a una persona que pasaba por momentos de este tipo: «–¿Que te da todo igual? –No quieras engañarte (…) No te da todo igual: es que no eres incansable..., y necesitas más tiempo para ti: tiempo que será también para tus obras, porque, a última hora, tú eres el instrumento»[6].


Una muestra de amistad es ayudar a los demás, enseñarles con simpatía –sin condescendencia, poniéndose a su lado–, a decir que no a ciertas peticiones, sin cargarse por ello de remordimientos; a descartar proyectos que se les puedan ocurrir, si no es realista acometerlos; a aplicar la proporcionalidad y dejar quizá algunas cosas menos acabadas de lo que querrían; a ver que, más allá de lo que tienen entre manos en ese momento, o de los nuevos frentes que se les ocurren, está su deber de reponer fuerzas. Podemos pedir a la Virgen María que sepamos descansar y hacer descansar a los demás, para poder vivir así con la alegría de servir a su Hijo.