"Hago todos los días mi "ratito" de oración: ¡si no fuera por eso!" (Camino, 106)

7 de agosto de 2023

VIVIR DE FE



 Evangelio (Mt 14,13-21)


Al oírlo Jesús se alejó de allí en una barca hacia un lugar apartado él solo. Cuando la gente se enteró le siguió a pie desde las ciudades. Al desembarcar vio una gran muchedumbre y se llenó de compasión por ella y curó a los enfermos. Al atardecer se acercaron sus discípulos y le dijeron:

—Éste es un lugar apartado y ya ha pasado la hora; despide a la gente para que vayan a las aldeas a comprarse alimentos.


Pero Jesús les dijo:

—No hace falta que se vayan, dadles vosotros de comer.


Ellos le respondieron:

—Aquí no tenemos más que cinco panes y dos peces.


Él les dijo:

—Traédmelos aquí.


Entonces mandó a la gente que se acomodara en la hierba. Tomó los cinco panes y los dos peces, levantó los ojos al cielo, pronunció la bendición, partió los panes y los dio a los discípulos y los discípulos a la gente. Comieron todos hasta que quedaron satisfechos, y de los trozos que sobraron recogieron doce cestos llenos. Los que comieron eran unos cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños.



PARA TU RATO DE ORACION 



LA GENTE lleva ya varias horas escuchando las enseñanzas de Jesús. Entre los discípulos comienza a correr una sensación de inquietud: ¿qué sucederá cuando esta multitud se dé cuenta de que no tendrá tiempo para proveerse de alimentos? Quizá el entusiasmo se transformará en desánimo, o el cansancio hará olvidar rápidamente lo escuchado. Por eso, se acercan discretamente a Jesús y le advierten: «Este es un lugar apartado y ya ha pasado la hora; despide a la gente para que vayan a las aldeas a comprarse alimentos» (Mt 14,15). A pesar de que lo que dicen los apóstoles es razonable, el Señor les responde con unas palabras que no son fáciles de comprender: «No hace falta que se vayan, dadles vosotros de comer» (Mt 14,16)


Los apóstoles no habían acudido a Jesús huyendo de su responsabilidad. No estaban intentando quitarse de encima una dificultad. Es más, se estaban adelantando a un problema y deseaban contribuir a solucionarlo. Pero darles de comer era, sencillamente, una tarea que superaba sus capacidades; de hecho, no habían pensado siquiera que pudiera ser una opción, y menos que tuviera que ver con ellos, pues no tenían provisiones para esa multitud. Por supuesto, se compadecían de aquellas gentes, pero, ¿qué más podían hacer? El Maestro, sin embargo, no cedió: quería que sus discípulos hicieran todo lo humanamente posible para alimentar a quienes habían acudido a escuchar a Jesús.


Se pusieron manos a la obra, aunque el empeño no diera los frutos necesarios: solo dieron con cinco panes y dos peces. Pero Jesús, valorando aquel esfuerzo, los tomó «levantó los ojos al cielo, pronunció la bendición, partió los panes y los dio a los discípulos y los discípulos a la gente» (Mt 14,19). La comida alcanzó para todos e incluso sobró tanto que se necesitaron doce cestos para contener los restos. «El milagro no se produce de la nada, sino de la modesta aportación de un muchacho sencillo que comparte lo que tenía consigo. Jesús no nos pide lo que no tenemos, sino que nos hace ver que si cada uno ofrece lo poco que tiene, puede realizarse un milagro: Dios es capaz de multiplicar nuestro pequeño gesto de amor y hacernos partícipes de su don»[1].


PODEMOS imaginar que la multiplicación de los panes y de los peces sucedió lentamente. Los apóstoles empezarían a repartir el alimento, y poco a poco se darían cuenta del prodigio: aunque lo conseguido fuera escaso, cada vez que volvían a buscar comida daba la impresión de que alcanzaría para algunos más. También el maná era imposible de acumular (cfr. Ex 16,17-20): Dios quería que quienes recibían aquel alimento no perdiesen la conciencia de que era un don divino; quería que confiasen en él, en lugar de buscar una seguridad solamente humana. Por eso, quizá el Señor quiso que los apóstoles tuvieran una experiencia similar. «Jesús manifiesta su poder, pero no de forma espectacular, sino como señal de la caridad, de la generosidad de Dios Padre hacia sus hijos cansados y necesitados»[2].


Meses después, el Señor iba a pedir a los apóstoles que anunciaran el Evangelio por todo el mundo. Nuevamente se podrían sentir pequeños ante tan grande misión: ¿quiénes eran ellos para una empresa así? Podrían entonces traer a su memoria lo que habían vivido el día de la multiplicación de los panes y de los peces. El Señor podía haber dado de comer a esa multitud sin ningún pan, pero quiso que los apóstoles pusieran su parte, que participasen con Dios en su misión. Y aunque los medios fueran siempre escasos, acabaron siendo suficientes. Por eso san Josemaría solía recomendar, antes de fijarse demasiado en las propias fuerzas, «que cada uno de nosotros medite en lo que Dios ha realizado por él»[3]. Lo determinante no es lo que nosotros nos vemos capaces de hacer, sino lo que hace el Señor a través de nosotros. Jesús no quiere que sean nuestras condiciones las que marquen el ritmo de la evangelización, sino las necesidades de las almas y la fuerza del Espíritu Santo que multiplica los dones.


LA FE con la que el Señor espera que actuemos no consiste en la certeza de que nuestras cualidades se multiplicarán. Se trata, más bien, de poner nuestros cinco panes al servicio de Dios, actuar como si esos panes fueran suficientes, incluso si mientras lo hacemos seguimos experimentando nuestra limitación. La fe no es un sentimiento que ignora las dificultades y confía ingenuamente en la buena marcha de las cosas. Es, más bien, la seguridad de que, vayan como vayan, si dejamos obrar al Espíritu Santo, Dios está siempre a nuestro lado y se servirá de ellas en mi favor, en favor de quienes me rodean y de la Iglesia entera.


El Señor ha encomendado una gran misión a la Iglesia y a cada cristiano. No es extraño que en algún momento nos podamos sentir abrumados. El episodio de la multiplicación nos hará de nuevo conscientes de que Dios espera que, como los discípulos, nos impliquemos en la misión apostólica con todas nuestras capacidades. Y espera también que comencemos a hacer lo que podamos sin dejarnos dominar por la preocupación de si conseguiremos o no cumplir las expectativas. La escasez de nuestros panes y peces no ha de impedir que hagamos lo que en cada momento esté en nuestras manos: Dios proveerá a lo que venga después. Así, aunque no nos sintamos seguros, estaremos, de hecho, viviendo de fe.


«El optimismo cristiano no es un optimismo dulzón, ni tampoco una confianza humana en que todo saldrá bien. Es un optimismo que hunde sus raíces en la conciencia de la libertad y en la seguridad del poder de la gracia; un optimismo que lleva a exigirnos a nosotros mismos, a esforzarnos por corresponder en cada instante a las llamadas de Dios»[4]. María supo acoger con fe todos los acontecimientos de su vida, también aquellos que parecían más desconcertantes. Ser la madre de Dios era algo que superaría sus propias capacidades, pero se fio del Señor. Y esa valentía le llevó a ser madre de todos los hombres.


[1] Benedicto XVI, Ángelus, 29-VII-2012.


[2] Francisco, Ángelus, 2-VIII-2020.


[3] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 312.


[4] San Josemaría, Forja, n. 659.

6 de agosto de 2023

LA TRANSFIGURACIÓN

 



Evangelio según  Mth ( 17, 1-9 )


En aquel tiempo, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan y se los llevó aparte a una montaña alta.


Se transfiguró delante de ellos, y su rostro resplandecía como el sol, y sus vestidos se volvieron blancos como la luz.

Y se les aparecieron Moisés y Elías conversando con él. Pedro, entonces, tomó la palabra y dijo a Jesús:

—«Señor, ¡qué bien se está aquí! Si quieres, haré tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías».

Todavía estaba hablando cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra, y una voz desde la nube decía:



—«Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Escuchadlo».


Al oírlo, los discípulos cayeron de bruces, llenos de espanto.

Jesús se acercó y, tocándolos, les dijo:

—«Levantaos, no temáis».


Al alzar los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús, solo.

Cuando bajaban de la montaña, Jesús les mandó:

—«No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos».



PARA TU RATO DE ORACION 


El 6 de agosto celebramos la fiesta de la Transfiguración del Señor.

La solemnidad de la Transfiguración nace, probablemente, de la conmemoración anual de la dedicación de una basílica en honor a este misterio que se levantó en el Monte Tabor. 


En el siglo IX la fiesta se introdujo en Occidente y más tarde, durante los siglos XI y XII, comenzó a celebrarse también en Roma, en la basílica vaticana. Fue incorporada al Calendario romano por el Papa Calixto III (1457) en agradecimiento por la victoria de las tropas cristianas frente a los turcos en la batalla de Belgrado, el 6 de agosto de 1456.


En el Oriente cristiano la Transfiguración de nuestro Dios y Salvador Jesucristo es una de las solemnidades más grandes del año, junto con la Pascua, la Navidad y la Exaltación de la Santa Cruz. En ella se expresa toda la teología de la divinización mediante la gracia, de la naturaleza humana que, revistiéndose de Cristo, es iluminada por el esplendor de la gloria de Dios. Unidos a Jesús, señala el oficio de lecturas del rito romano, «brillaremos con nuestra mirada espiritualizada, renovados en cierta manera en los trazos de nuestra alma, hechos conformes a su imagen»[1]


Con Pedro, Santiago y Juan, en esta fiesta se nos invita a poner a Jesús en el centro de nuestra atención: «Éste es mi Hijo, el Amado, en quien me he complacido: escuchadle»[2]. Hemos de oírlo, y dejar que su vida y enseñanzas divinicen nuestra vida ordinaria. Así rezaba san Josemaría: «Señor nuestro, aquí nos tienes dispuestos a escuchar cuanto quieras decirnos. Háblanos; estamos atentos a tu voz. Que tu conversación, cayendo en nuestra alma, inflame nuestra voluntad para que se lance fervorosamente a obedecerte»[3].


Escuchar al Señor con la disposición sincera de identificarse con Él nos lleva a aceptar el sacrificio. Jesús se transfigura «para quitar del corazón de sus discípulos el escándalo de la cruz»[4], para ayudarles a sobrellevar los momentos oscuros de su Pasión. Cruz y gloria están íntimamente unidas. De hecho, se fijó el 6 de agosto como fiesta de la Transfiguración en relación a la Exaltación de la Santa Cruz: entre ambas celebraciones transcurren cuarenta días que, en algunas tradiciones, conforman como una segunda cuaresma. Así, la Iglesia bizantina vive este periodo como un tiempo de ayuno y de contemplación de la Cruz.


Cuatro textos de san Josemaría sobre la Transfiguración del Señor

Y se transfiguró ante ellos, de modo que su rostro se puso resplandeciente como el sol, y sus vestidos blancos como la luz (Mt 17,2). ¡Jesús: verte, hablarte! ¡Permanecer así, contemplándote, abismado en la inmensidad de tu hermosura y no cesar nunca, nunca, en esa contemplación! ¡Oh, Cristo, quién te viera! ¡Quién te viera para quedar herido de amor a Ti!


Y una voz desde la nube dijo: Este es mi Hijo, el Amado, en quien me complazco; escuchadle (Mt 17, 5). Señor nuestro, aquí nos tienes dispuestos a escuchar cuanto quieras decirnos. Háblanos; estamos atentos a tu voz. Que tu conversación, cayendo en nuestra alma, inflame nuestra voluntad para que se lance fervorosamente a obedecerte.


“Vultum tuum, Domine, requiram” (Ps. 26, 8), buscaré, Señor, tu rostro. Me ilusiona cerrar los ojos, y pensar que llegará el momento, cuando Dios quiera, en que podré verle, no como en un espejo, y bajo imágenes oscuras... sino cara a cara (I Cor. 13, 12). Sí, mi corazón está sediento de Dios, del Dios vivo: ¿cuándo vendré y veré la faz de Dios? (Ps. 41,3)


Santo Rosario, Apéndice, 4º misterio de Luz


Nunca compartiré la opinión —aunque la respeto— de los que separan la oración de la vida activa, como si fueran incompatibles.


Los hijos de Dios hemos de ser contemplativos: personas que, en medio del fragor de la muchedumbre, sabemos encontrar el silencio del alma en coloquio permanente con el Señor: y mirarle como se mira a un Padre, como se mira a un Amigo, al que se quiere con locura.


Forja, 738


Nuestra condición de hijos de Dios nos llevará —insisto— a tener espíritu contemplativo en medio de todas las actividades humanas —luz, sal y levadura, por la oración, por la mortificación, por la cultura religiosa y profesional—, haciendo realidad este programa: cuanto más dentro del mundo estemos, tanto más hemos de ser de Dios.


Forja, 740


Persuadíos de que no resulta difícil convertir el trabajo en un diálogo de oración. Nada más ofrecérselo y poner manos a la obra, Dios ya escucha, ya alienta. ¡Alcanzamos el estilo de las almas contemplativas, en medio de la labor cotidiana! Porque nos invade la certeza de que Él nos mira, de paso que nos pide un vencimiento nuevo: ese pequeño sacrificio, esa sonrisa ante la persona inoportuna, ese comenzar por el quehacer menos agradable pero más urgente, ese cuidar los detalles de orden, con perseverancia en el cumplimiento del deber cuando tan fácil sería abandonarlo, ese no dejar para mañana lo que hemos de terminar hoy: ¡Todo por darle gusto a Él, a Nuestro Padre Dios! Y quizá sobre tu mesa, o en un lugar discreto que no llame la atención, pero que a ti te sirva como despertador del espíritu contemplativo, colocas el crucifijo, que ya es para tu alma y para tu mente el manual donde aprendes las lecciones de servicio.


Si te decides —sin rarezas, sin abandonar el mundo, en medio de tus ocupaciones habituales— a entrar por estos caminos de contemplación, enseguida te sentirás amigo del Maestro, con el divino encargo de abrir los senderos divinos de la tierra a la humanidad entera. Sí, con esa labor tuya contribuirás a que se extienda el reinado de Cristo en todos los continentes. Y se sucederán, una tras otra, las horas de trabajo ofrecidas por las lejanas naciones que nacen a la fe, por los pueblos de oriente impedidos bárbaramente de profesar con libertad sus creencias, por los países de antigua tradición cristiana donde parece que se ha oscurecido la luz del Evangelio y las almas se debaten en las sombras de la ignorancia... Entonces, ¡qué valor adquiere esa hora de trabajo!, ese continuar con el mismo empeño un rato más, unos minutos más, hasta rematar la tarea. Conviertes, de un modo práctico y sencillo, la contemplación en apostolado, como una necesidad imperiosa del corazón, que late al unísono con el dulcísimo y misericordioso Corazón de Jesús, Señor Nuestro.


Amigos de Dios, 67



5 de agosto de 2023

CUSTODIAR LO QUE IMPORTA




Evangelio (Mt 14, 1-12)


En aquel entonces oyó el tetrarca Herodes la fama de Jesús, y les dijo a sus cortesanos: —Éste es Juan el Bautista, que ha resucitado de entre los muertos, y por eso actúan en él esos poderes.


Herodes, en efecto, había apresado a Juan, lo había encadenado y lo había metido en la cárcel a causa de Herodías, la mujer de su hermano Filipo, porque Juan le decía: «No te es lícito tenerla». Y aunque quería matarlo, tenía miedo del pueblo porque lo consideraban un profeta.


El día del cumpleaños de Herodes salió a bailar la hija de Herodías y le gustó tanto a Herodes, que juró darle cualquier cosa que pidiese. Ella, instigada por su madre, dijo: —Dame aquí, en una bandeja, la cabeza de Juan el Bautista.


El rey se entristeció, pero por el juramento y por los comensales ordenó dársela. Y mandó decapitar a Juan en la cárcel. Trajeron su cabeza en una bandeja y se la dieron a la muchacha, que la entregó a su madre. Acudieron luego sus discípulos, tomaron el cuerpo muerto, lo enterraron y fueron a dar la noticia a Jesús.


 PARA TU RATO DE ORACION 


HERODES había encarcelado a Juan el Bautista y se había casado con Herodías, la mujer de su hermano. Como el profeta no aceptaba esa unión, el rey lo había metido en la cárcel. Aunque Herodías deseaba matar al Bautista, Herodes reconocía que se trataba de un hombre justo y santo, y quería protegerlo. Además de que le escuchaba con gusto, tenía miedo de que una condena así agitara al pueblo. Sin embargo, el día de su cumpleaños vio danzar a «la hija de Herodías y le gustó tanto a Herodes, que juró darle cualquier cosa que pidiese» (Mt 14,6-7). Ella, instigada por su madre, pidió la muerte del Bautista. Herodes, como no quería incumplir su juramento ni quedar mal frente a los invitados, mandó decapitar a Juan.


Todo parece indicar que Herodes carecía de convicciones buenas y firmes que pudiesen orientar sus inclinaciones más inmediatas. Podríamos decir que, según lo que conocemos de su figura, se guiaba por lo que sentía superficialmente en cada momento. Quizás así llegó a unirse a la mujer de su hermano, por eso mantuvo con vida a Juan, y por eso ofreció a la hija de Herodías lo que quisiese, aunque fuera la mitad de su reino. Afianzar la propia vida sobre algo tan inestable y peligroso como las inclinaciones más inmediatas y superficiales nos lleva, finalmente, a no saber dónde buscar la verdadera felicidad. En estas situaciones, la meta, el fin de las acciones, el porqué hacemos las cosas, cambia con tanta frecuencia que uno no sabe hacia dónde se dirige. Esto, además de producir insatisfacción, puede dar lugar a terribles injusticias como las que comete Herodes con quienes le rodean y consigo mismo.


«Muchas personas sufren porque no saben qué quieren hacer con su vida; probablemente nunca han tomado contacto con su deseo profundo (...). De aquí surge el riesgo de transcurrir la existencia entre intentos y expedientes de diversa índole, sin llegar nunca a ningún lado, o desperdiciando oportunidades valiosas»1. Podemos pedir a Dios que nos ayude a identificar los deseos más profundos que él mismo ha puesto en nuestro corazón para que, trabajando por purificarlos en el camino de la vida, sean la guía que nos oriente hacia la felicidad con él, en la tierra y en el cielo.


HERODES, al escuchar la petición de la hija de Herodías, «se entristeció» (Mt 14,9). Intuía que iba a realizar algo que, en realidad, no deseaba. Por la pasión que le había provocado aquella mujer, por no haber educado a su corazón para gustar ordenadamente del bien y de la belleza, iba a mandar matar a una persona que consideraba respetable. Y esa decisión le llenaba de tristeza, pues iba a sacrificar a alguien a quien estimaba.


Aprender a educar el corazón para lo valioso, en cambio, nos llena de alegría, porque nos permite ser quienes de verdad queremos ser. Aprendemos a gozar con lo verdaderamente bueno, porque crece en nosotros una complicidad con la presencia de Dios en las personas y en todo lo creado. Educar nuestros deseos refuerza nuestra identidad, nos protege ante tantos peligros del camino. Un corazón como el de Herodes, en cambio, sacrifica lo que realmente vale la pena –su matrimonio o la vida de Juan– por un destello de placer; un corazón puro, en cambio, vibra con lo valioso, lo disfruta, no se deja dominar por lo efímero o superficial.


En este sentido, san Josemaría decía que la castidad «es combate, pero no renuncia; respondemos con una afirmación gozosa, con una entrega libre y alegre. Tu comportamiento no ha de limitarse a esquivar la caída, la ocasión. No ha de reducirse de ninguna manera a una negación fría y matemática. ¿Te has convencido de que la castidad es una virtud y de que, como tal, debe crecer y perfeccionarse?»2. La castidad no consiste en ignorar nuestra afectividad ni en oponerse a lo que sentimos. Aunque es cierto que en algunos momentos implica actuar contra alguna inclinación inmediata, este no es el objetivo de la virtud sino, más bien, el de educar nuestro corazón para disfrutar con bienes más grandes, con lo que de verdad llena nuestra alma.


QUIZÁ todos tenemos la experiencia de estar siguiendo una película, una serie o un libro con especial interés. Nuestros sentidos se encuentran centrados en aquello que ha atraído nuestra atención. La trama nos tiene tan atrapados que no damos importancia a lo que nos sucede alrededor o a las preocupaciones que antes llenaban nuestra cabeza. Sin desmerecer el valor de los formatos que contribuyen al entretenimiento, la imagen de los sentidos sometidos a una fuerza externa quizá puede ayudar a ilustrar aquella sugerencia de san Josemaría para vivir el cuidado del corazón: «¿Para qué has de mirar, si “tu mundo” lo llevas dentro de ti?»3. Si uno lleva un mundo dentro de sí –hecho de cosas grandes, humanas y divinas, hacia las que dirigimos nuestra ilusión y nuestro tiempo–, las tentaciones contra la castidad pueden tener una cierta fuerza de atracción, pero serán mucho más fáciles de combatir: serán percibidas como una amenaza a la armonía del propio mundo interior, nos complican seguir con atención aquello que realmente nos interesa.


La castidad nos permite conectar afectivamente con las demás personas, y disfrutar con todo lo hermoso, lo noble, lo genuinamente divertido. En cambio, la falta de esta virtud impide muchas veces gozar de las pequeñas cosas de la vida y de las relaciones personales, pues se perciben como poco relevantes o insípidas. Por eso, decía también san Josemaría: «No me ha gustado nunca hablar de impureza. Yo quiero considerar los frutos de la templanza. (...) Al vivir así –con sacrificio– [el hombre] se libra de muchas esclavitudes y logra, en lo íntimo de su corazón, saborear todo el amor de Dios (...); se está en condiciones de preocuparse de los demás, de compartir lo propio con todos, de dedicarse a tareas grandes»4. Podemos pedir a la Virgen María que nos ayude a hacer crecer en nuestra alma la virtud de la castidad, para poder apreciar así el genuino sabor de una vida junto a su Hijo.


1. Francisco, Audiencia, 12-X-2022.


2. San Josemaría, Amigos de Dios, n. 182.


3. San Josemaría, Camino, n. 184.


4. San Josemaría, Amigos de Dios, n. 84.


3 de agosto de 2023

EL CURA DE ARS San Juan María Vianney

 



Evangelio (Mt 13, 54-58)


Y al llegar a su ciudad se puso a enseñarles en su sinagoga, de manera que se quedaban admirados y decían: —¿De dónde le viene a éste esa sabiduría y esos poderes? ¿No es éste el hijo del artesano? ¿No se llama su madre María y sus hermanos Santiago, José, Simón y Judas? Y sus hermanas ¿no viven todas entre nosotros? ¿Pues de dónde le viene todo esto?


Y se escandalizaban de él. Pero Jesús les dijo: —No hay profeta que sea menospreciado, si no es en su tierra y en su casa.


Y no hizo allí muchos milagros por su incredulidad.



PARA TU RATO DE ORACION


Reflexión para meditar la fiesta de San Juan María Vianney. Los temas propuestos son: el alcance de un sacerdote; memoria y agradecimiento por la vocación; amor a la confesión.


SAN JUAN María Vianney, conocido como el Santo Cura de Ars, fue un sacerdote francés que ejerció su ministerio en una pequeña villa francesa llamada Ars, donde estuvo cerca de 42 años. Cuando llegó al pueblo, que contaba con poco más de 200 habitantes, el vicario general de la diócesis le dijo: «No hay mucho amor de Dios en esta parroquia; usted procurará introducirlo»1. El nuevo párroco trató de encender el corazón de sus fieles a través de los sacramentos, la predicación y la penitencia. No tenía una especial ciencia, pero su unión con Dios no solo transformó Ars, sino también el resto de Francia, y hoy es modelo sacerdotal para todo el mundo.


En los años sucesivos a su llegada, comenzó a acercarse hasta Ars un gran número de personas atraídas por la santidad de este sacerdote «sorprendente por su penitencia, tan familiar con Dios en la oración, sobresaliente por su paz y su humildad en medio de los éxitos populares»2. En 1855 la cifra de peregrinos llegó a ser de veinte mil. «La iglesia estaba repleta durante todo el día, a partir de las primeras horas de la mañana. La gente formaba cola para recibir los sacramentos. [...] La gente se arrodillaba en las capillas laterales,​ detrás del altar mayor, en el santuario, o permanecía de pie en la escalinata de la iglesia»3.


El Cura de Ars fue canonizado y declarado patrón de los sacerdotes por Pío XI en 1925. San Josemaría le nombró intercesor para las relaciones del Opus Dei con los obispos diocesanos. En el día de su fiesta animaba a sus hijos a acudir a él para rezar por los presbíteros y, sobre todo, animaba a procurar acompañarlos con cariño, sabiendo todo el bien que puede hacer un sacerdote santo, y también habiendo conocido las situaciones de soledad en las que a veces encontraba a algunos. «Todo lo que sea ayudar a los sacerdotes –decía en una ocasión– es salvarles. Y salvar a un sacerdote es salvar a miles de almas»4. La vida de san Juan María Vianney nos muestra el alcance que puede tener un sacerdote santo, cuyo mayor deseo es llevar a la gente a Dios a través de los sacramentos.


LA VIDA del Cura de Ars no estuvo exenta de dificultades. Cuando estaba en el seminario algunos profesores no le consideraban idóneo para los estudios de preparación al sacerdocio, pues los resultados de sus exámenes no eran brillantes. Al poco de llegar a la aldea de Ars, también tuvo que soportar las calumnias de varios parroquianos y las difamaciones de otros sacerdotes de localidades cercanas. Además, en muchas ocasiones sintió incluso físicamente la acción del demonio. Sin embargo, era consciente de que el Señor triunfaba en su debilidad: si él le había llamado al sacerdocio entonces sabía que Dios le sostendría siempre.


En todo camino vocacional se encuentran momentos de prueba. Situaciones en las que notamos el cansancio o en las que hemos perdido los puntos de referencia que antes guiaban nuestro caminar. Es entonces la hora de recordar la primera llamada, de volver «a ese punto incandescente en el que la gracia de Dios me tocó al comienzo del camino y con esa chispa volver a encender el fuego para el hoy, para cada día y llevar calor y luz a mis hermanos y hermanas. Con esta chispa se enciende una alegría humilde, una alegría que no ofende el dolor y la desesperación, una alegría buena y serena»5.


Junto a la memoria de la primera llamada, también nos puede ayudar el recuerdo de todas las personas a las que hemos ayudado. «¡Qué lindo cuando un cura anciano se ve rodeado y visitado por esos pequeños –ya adultos– que bautizó en sus inicios y, con gratitud, le vienen a presentar la familia!»6. Nuestro sí a Dios tiene una trascendencia que no llegaremos a conocer completamente, pero en ocasiones podemos presenciar algunos de los frutos de nuestra fidelidad que nos hacen decir con san Pablo: «No ceso de dar gracias por vosotros» (Ef 1,16). El agradecimiento por la vocación que el Señor nos ha dado, y que ha repercutido en el bien de los demás, nos llevará a reconocer los gestos de amor que Dios nos dirige cada día y que nos confirman en nuestro camino.


EL AMOR al sacramento de la Reconciliación fue una de las notas características de la vida de san Juan María Vianney. «Me impresionaba profundamente –recordaba san Juan Pablo II– en particular su heroico servicio de confesionario. Este humilde sacerdote, que confesaba más de diez horas al día comiendo poco y dedicando al descanso apenas unas horas, había logrado, en un difícil período histórico, provocar una especie de revolución espiritual en Francia y fuera de ella. Millares de personas pasaban por Ars y se arrodillaban en su confesionario»7.


El Cura de Ars consideraba que cuando nos acercamos al sacramento de la Penitencia estamos desclavando a Jesús de la cruz. En este sacramento nos dejamos curar por Cristo; cuando nos acercamos al confesionario estamos respondiendo a la llamada a la conversión que él, pensando solo en nuestro bien, nos dirige. «Este esfuerzo de conversión no es solo una obra humana. Es el movimiento del “corazón contrito” (Sal 51,19), atraído y movido por la gracia (cfr. Jn 6,44; 12,32) a responder al amor misericordioso de Dios que nos ha amado primero (cfr. 1 Jn 4,10)»8. Y en esta respuesta encontramos gozo, paz, deseos renovados de emprender el camino a la santidad. Por eso pudo escribir san Josemaría: «¡Dios sea bendito!, te decías después de acabar tu Confesión sacramental. Y pensabas: es como si volviera a nacer. Luego, proseguiste con serenidad: “Domine, quid me vis facere? —Señor, ¿qué quieres que haga?»9.


«Lo importante, en la vida de cada hombre y de cada mujer, no es no volver a caer jamás por el camino. Lo importante es levantarse siempre, no quedarse en el suelo lamiéndose las heridas»10. San Juan María Vianney hizo llegar la misericordia de Dios a miles de almas. Ayudó a levantarse a muchas personas que, por el peso de sus pecados, habían perdido la esperanza. Él y la Virgen María nos pueden ayudar a recomenzar siempre, sabiendo que Cristo no se cansa nunca de perdonarnos.



San Josemaría en Ars

San Josemaría acudió siempre con fe a la intercesión de san Juan María Vianney y destacaba sus rasgos sacerdotales. El primer viaje de san Josemaría a la ciudad de Ars, para conocer los lugares donde desempeñó con tanta fidelidad su tarea sacerdotal y rezar ante sus restos, fue en 1953. Después, y siempre acompañado por D. Álvaro del Portillo, regresó en numerosas ocasiones, en 1955, 1956, 1958, 1959 y 1960.

San Josemaría, refiriéndose a la dedicación de los sacerdotes al sacramento de la Penitencia, les decía: «Sentaos en el confesonario todos los días, o por lo menos dos o tres veces a la semana, esperando allí a las almas como el pescador a los peces. Al principio, quizá no venga nadie. Llevaos el breviario, un libro de lectura espiritual o algo para meditar. En los primeros días podréis; después vendrá una viejecita y le enseñaréis que no basta que ella sea buena, que debe traerse a los nietos pequeñines. A los cuatro o cinco días vendrán dos chiquillas, y después un chicote, y luego un hombre, un poco a escondidas... Al cabo de dos meses no os dejarán vivir, ni podréis rezar nada en el confesonario, porque vuestras manos ungidas estarán, como las de Cristo —confundidas con ellas, porque sois Cristo— diciendo: yo te absuelvo». 


Enlace relacionado: Carta del Santo Padre Francisco a los sacerdotes, en el 160 aniversario de la muerte del cura de Ars


Y concluía: «Amad el confesonario. ¡Amadlo, amadlo! (...). Ese es el camino para desagraviar al Señor por tantos hermanos nuestros que ahora no quieren sentarse en el confesonario, ni oír a las almas, ni administrar el perdón de Dios» (San Josemaría, Notas de una reunión con sacerdotes en Oporto, 31-X-1972. AGP, P04, vol. II, p. 758.)

Los habitantes de Ars actualmente no superan el millar, pero cada año atrae a unos 500.000 peregrinos de todo el mundo.


1. Cfr. F. Trochu, El Cura de Ars, Palabra, 5º ed., Madrid 1988, p. 141.


2. San Juan Pablo II, Carta a los sacerdotes, 16-III-1986.


3. B. Marshall, «El cura de Ars», en Boothe Luce, Clare, ed. Santos para el presente, pp. 293-316.


4. San Josemaría, Apuntes tomados durante una tertulia, 28-III-1969.


5. Francisco, Homilía, 19-IV-2014.


6. Francisco, Carta a los sacerdotes, 5-VIII-2019.


7. San Juan Pablo II, Don y Misterio, cap. V.


8. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1428.


9. San Josemaría, Forja, n. 238.


10. Francisco, El nombre de Dios es misericordia, cap. VI.




2 de agosto de 2023

LA IGLESIA ES LA RED BARREDERA

 


Evangelio (Mt 13,47-53)


Asimismo el Reino de los Cielos es como una red barredera que se echa en el mar y recoge toda clase de cosas. Y cuando está llena la arrastran a la orilla, y se sientan para echar lo bueno en cestos, y lo malo tirarlo fuera. Así será al fin del mundo: saldrán los ángeles y separarán a los malos de entre los justos y los arrojarán al horno del fuego. Allí habrá llanto y rechinar de dientes. ¿Habéis entendido todo esto?

– Sí -le respondieron.

Él les dijo:

– Por eso, todo escriba instruido en el Reino de los Cielos es como un hombre, amo de su casa, que saca de su tesoro cosas nuevas y cosas antiguas.

Cuando terminó Jesús estas parábolas se marchó de allí. 


PARA TU RATO DE ORACION 


ALGUNOS APÓSTOLES eran pescadores del mar de Galilea. Al convivir con ellos, Jesús se familiarizó con las faenas de su oficio; o bien las conocía de antes por desplazamientos a otras poblaciones costeras. Sea de un modo o de otro, muchos de los que acudían a escuchar su predicación vivían en los pueblos situados en los alrededores del lago. Por eso, no es extraño que el Maestro ilustre sus enseñanzas con ejemplos de barcas, redes y peces: «El Reino de los Cielos es como una red barredera que se echa en el mar y recoge toda clase de cosas. Y cuando está llena la arrastran a la orilla, y se sientan para echar lo bueno en cestos, y lo malo tirarlo fuera» (Mt 13, 47-48).


Jesús compara su Reino con una red que recoge peces de todo tipo. Los apóstoles sabían bien que en el lago había muchas especies, pero no todas tenían la misma calidad. Cuando echaban la red barredera, no se detenían a clasificar lo que iban capturando: ya lo harían después, en la orilla, cuando llegue la hora de la selección. Entonces dejarán las redes en la arena y comenzarán la división: los aprovechables se recogerán en cestas, y los malos se tirarán fuera.


La red barredera es, en cierto sentido, una imagen de la Iglesia, que tiene gran parte en traer el Reino de Dios a la tierra. También en la Iglesia coexisten todo tipo de peces, y así sucederá hasta el final de los tiempos. Nosotros mismos luchamos para, a través del camino de la humildad, no ser esa parte que se tira fuera. La Iglesia es «un pueblo santo, compuesto por criaturas con miserias: esta aparente contradicción marca un aspecto del misterio de la Iglesia –señalaba san Josemaría–. La Iglesia, que es divina, es también humana, porque está formada por hombres y los hombres tenemos defectos: todos somos polvo y ceniza»[1]. Al mismo tiempo, sabemos que estas debilidades no conforman el panorama definitivo del pueblo de Dios. Por su gracia, siempre podemos percibir signos de santidad en las personas que nos rodean y en quienes nos apoyamos; ellas nos muestran «el rostro más bello de la Iglesia»[2].


LA IGLESIA es santa porque su fundador, Cristo, es santo. «Él se entregó por ella para santificarla, la unió a sí mismo como su propio cuerpo y la llenó del don del Espíritu Santo para gloria de Dios»[3]. Sus hijos la amamos porque en ella está Jesús y en ella encontramos los medios de santificación, la doctrina y los sacramentos.


Los cristianos también estamos llamados a esa santidad. En efecto, no se trata de llevar una existencia perfecta, sin defectos; de hecho la Iglesia es santa aunque en su seno se encuentren personas con debilidades. Por eso lo decisivo en la santidad no es tanto la ausencia de errores –algo imposible, por otra parte–, sino el deseo vivo de permanecer en unión con Cristo, que sea él quien tome las riendas de nuestra vida del mismo modo en que él guía a la Iglesia.


«La santidad se mide por la estatura que Cristo alcanza en nosotros, por el grado como, con la fuerza del Espíritu Santo, modelamos toda nuestra vida según la suya»[4]. Cada santo refleja el rostro de Jesús. De ahí que, en el fondo, la santidad sea «vivir en unión con él los misterios de su vida. Consiste en asociarse a la muerte y resurrección del Señor de una manera única y personal, en morir y resucitar constantemente con él. Pero también puede implicar reproducir en la propia existencia distintos aspectos de la vida terrena de Jesús»[5]. Contemplar estos misterios nos ayudará a manifestarlos en el día a día, adecuados perfectamente a nuestro temperamento y a nuestra manera de ser, purificándolos. Con la lectura frecuente del Evangelio podemos empaparnos de ese modo de ser de Cristo y forjar en nosotros su imagen para reflejarla en el mundo.


EN LA IGLESIA conviven la belleza de la santidad, con la fealdad del pecado; la grandeza de corazones generosos, con la mezquindad de otros; la fortaleza que llega hasta el heroísmo, con la debilidad que puede acabar en traición. Por eso, nuestra Madre es santa y, a la vez, en sus fieles, siempre necesitada de purificación y conversión. En cualquier caso, además de empeñarnos humildemente en nuestra propia santidad, «cuando el Señor permita que la flaqueza humana aparezca, nuestra reacción ha de ser la misma que si viéramos a nuestra madre enferma o tratada con desafecto: amarla más, darle más manifestaciones externas e interiores de cariño. Si amamos a la Iglesia no surgirá nunca en nosotros ese interés morboso de airear, como culpa de la Madre, las miserias de algunos de los hijos»[6].


En numerosas ocasiones, Jesucristo predicó que no había venido a curar a los que estaban sanos, sino a los enfermos. Con sus palabras y sus gestos manifestaba que estaba más interesado en los pecadores que en los que se creían ya justificados. Por eso, en su día a día el Maestro no dudaba en acercarse a aquellos que, exteriormente, podían parecer que estaban lejos de Dios: les dirigía su palabra, les invitaba a vivir con él y a seguirle.


La familia que Jesús formó con sus seguidores no era una comunidad de hombres y mujeres perfectos, cerrada en sí misma. Por eso, la Iglesia está llamada a ser también una casa con las puertas abiertas para que todos los que quieran puedan entrar, sin distinción alguna, pues la misericordia de Dios «quiere que todos se salven» (1 Tm 2,4). Las puertas de nuestro corazón estarán siempre abiertas para que cualquiera pueda saciar su sed de Dios. Podemos pedir a María, Madre de la Iglesia, que sepamos reflejar en nuestra vida el rostro del santo pueblo de Dios.


[1] S. Josemaría, Amar a la Iglesia, n. 23.


[2] Francisco, Gaudete et Exsultate, n. 9.


[3] Lumen Gentium, n. 39.


[4] Benedicto XVI, Audiencia, 13-IV-2011.


[5] Francisco, Gaudete et Exsultate, n. 20.


[6] S. Josemaría, Amar a la Iglesia, n. 24.


SANTA MARIA REINA DE LOS ANGELES


Evangelio (Mt 13,44-46)


El Reino de los Cielos es como un tesoro escondido en el campo que, al encontrarlo un hombre, lo oculta y, en su alegría, va y vende todo cuanto tiene y compra aquel campo.


Asimismo el Reino de los Cielos es como un comerciante que busca perlas finas y, cuando encuentra una perla de gran valor, va y vende todo cuanto tiene y la compra.



PARA TU RATO DE ORACION 


Hoy festividad de Nuestra Señora de los Angeles la Virgen, Madre del Rey que gobierna cielo y tierra por los siglos de los siglos»[1]. La salvación del mundo ha comenzado. El Rey del universo ha elegido a María para hacerla su madre. 


Este misterio no cabe fácilmente en nuestras cabezas, ni en nuestros pobres esquemas: Dios ha querido contar con el sí de una mujer, de una adolescente. La Virgen no se pregunta por qué había sido elegida precisamente ella, le basta saber que Dios está detrás, que es su voluntad. Y san Josemaría convierte este hecho en oración suya: «Señora, Madre nuestra: el Señor ha querido que fueras tú, con tus manos, quien cuidara a Dios: ¡enséñame –enséñanos a todos– a tratar a tu Hijo!»[2].


María contagia a su alrededor, en los belenes de ayer y de hoy, esta actitud de admiración. Todo lo que ve le lleva a dar gracias. No se detiene nunca para fijarse en ella, en los problemas, en las dificultades. Disfruta de la visita de los pastores, del cariño de su esposo, de la noche estrellada que ha contemplado este misterio. Y a su alrededor todos viven esta atmósfera de alegría. María es la mejor muestra de lo que hace Dios en los hombres y en las mujeres que se dejan querer,


«OH, DIOS, que por la maternidad virginal de santa María entregaste a los hombres los bienes de la salvación eterna, concédenos experimentar la intercesión de aquella por quien hemos merecido recibir al autor de la vida»[3]. Así reza la Oración Colecta de la Misa de hoy. Y podemos preguntarnos: ¿qué significa para mí que María sea Madre de Dios? ¿Cómo lo experimento personalmente? Papa Francisco decía que «la Madre del Redentor nos precede y continuamente nos confirma en la fe, en la vocación y en la misión. Con su ejemplo de humildad y de disponibilidad a la voluntad de Dios nos ayuda a traducir nuestra fe en un anuncio del Evangelio alegre y sin fronteras. De este modo nuestra misión será fecunda, porque está modelada sobre la maternidad de María»[4]. Nuestra relación con Dios toma ejemplo de la vida de oración que tuvo María. Y ella está muy dispuesta a ayudarnos, pues «la Trinidad Santísima, al haber elegido a María como Madre de Cristo, Hombre como nosotros, nos ha puesto a cada uno bajo su manto maternal. Es Madre de Dios y Madre nuestra»[5].


Nos podemos preguntar, llenos de estupor, cómo es posible que se nos ofrezca una santidad como la de quien fue Madre de Dios: «¿Cómo podemos amar a Dios con toda nuestra mente si apenas podemos encontrarlo con nuestra capacidad intelectual? ¿Cómo amarlo con todo nuestro corazón y nuestra alma si este corazón consigue sólo vislumbrarlo de lejos y siente tantas cosas contradictorias en el mundo que nos oscurecen su rostro? Él ya no está lejos. No es desconocido. No es inaccesible a nuestro corazón. Se ha hecho niño por nosotros y así ha disipado toda ambigüedad. Dios se ha hecho don por nosotros. Se ha dado a sí mismo. Navidad se ha convertido en la fiesta de los regalos para imitar a Dios que se ha dado a sí mismo»[6]. Si acogemos ese don, si dejamos que el Señor nos regale su vida, seremos también nosotros don para los demás. Nos convertiremos, entonces, en regalo para Dios y para quienes nos rodean.


LOS ÁNGELES en este día, cantan a voces esta maravilla. Se asombran ellos mismos de que una mujer haya dado a luz al Hijo de Dios. No salen de su sorpresa y cantan lo que podría ser el primer villancico de la historia: «Gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra a los hombres en los que Él se complace» (Lc 2,14). Entonan este canto de júbilo y se deleitan mirando a María, al Niño y a Dios Padre embelesado. Nuestras almas se serenan en el portal y descubrimos allí lo que llena de complacencia a Dios, lo que le enamora, lo que le entusiasma. Hemos venido corriendo, pero vamos recuperando el aliento. El suave canto de los ángeles es como una canción de cuna para dormir a Jesús y para acogernos a nosotros.


Nuestra experiencia nos ha demostrado muchas veces que no somos capaces de cumplir siempre y en todo la voluntad de Dios. Sin embargo, con la ayuda de la Virgen sí que podemos guardar su Palabra y ponderarla en nuestro corazón. Eso está a nuestro alcance. Así podemos estar seguros de que se cumplirá todo lo que nos ha dicho el Señor, su Palabra se puede encarnar en nuestras vidas, su sangre correrá por nuestras venas. Así lo aseguraba san Bernardo: «Toda la Trinidad gloriosa, y la misma persona del Hijo recibe de ella la sustancia de la carne humana, a fin de que no haya quien se esconda de su calor»[7].


Nosotros cerca del portal de Belen, custodiado por los angeles, queremos calentarnos en esta noche fría dentro del portal. Nos gustaría que la oscuridad y la humedad no entraran en nuestra alma. Deseamos recibir a Jesús con la misma pureza, humildad y devoción con que lo hizo nuestra Madre; acoger su Palabra con la misma gracia y con igual alegría para derramarla, como ella, por el mundo entero. Angel de mi guarda intercede por mi. 


[1] Solemnidad de Santa María, Madre de Dios, Antífona de entrada.


[2] San Josemaría, Forja, n. 84.


[3] Oración Colecta.


[4] Francisco, Homilía, 1-I-2014.


[5] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 275.


[6] Benedicto XVI, Homilía, 24-XII-2006.


[7] San Bernardo, Homilía en la octava de la Asunción, 2.

1 de agosto de 2023

SEMBRAR PAZ Y ALEGRIA



Evangelio (Mt 13, 36-43)

Entonces, después de despedir a las multitudes, entró en la casa. Y se acercaron sus discípulos y le dijeron:

—Explícanos la parábola de la cizaña del campo.

Él les respondió:

—El que siembra la buena semilla es el Hijo del Hombre; el campo es el mundo; la buena semilla son los hijos del Reino; la cizaña son los hijos del Maligno. El enemigo que la sembró es el diablo; la siega es el fin del mundo; los segadores son los ángeles. Del mismo modo que se reúne la cizaña y se quema en el fuego, así será al fin del mundo. El Hijo del Hombre enviará a sus ángeles y apartarán de su Reino a todos los que causan escándalo y obran la maldad, y los arrojarán en el horno del fuego. Allí habrá llanto y rechinar de dientes. Entonces los justos brillarán como el sol en el Reino de su Padre. Quien tenga oídos, que oiga.



PARA TU RATO DE ORACION 


UNA VEZ QUE se han marchado las multitudes que le escuchaban, los discípulos piden a Jesús que les explique a ellos solos la parábola del trigo y la cizaña. Cuando el Señor contó ese relato, ponía el acento en el hecho de que el bien y el mal coexistirán en la tierra hasta el fin de los tiempos. Pero ahora desgrana también otros aspectos, mostrando que sus palabras contenían una dimensión alegórica: el que siembra la buena semilla es el Hijo del hombre, el campo es el mundo, la buena semilla son los hijos del Reino, mientras que la cizaña son los hijos del Maligno. Esa cizaña también ha tenido un sembrador, que no es otro que el diablo, al que Cristo llama «el enemigo» (Mt 13,39).


El mal presente en el mundo, y en nuestra propia vida, no es obra de Dios, sino del diablo. Su mayor astucia es hacernos creer que no existe. Como el enemigo de la parábola, siembra cuando los demás duermen, sin llamar la atención, «como la serpiente que lleva el veneno silenciosamente»[1]. Por eso hacemos bien en vigilar nuestro corazón y nuestras acciones, pues en la mayoría de las ocasiones nos tienta en las pequeñas cosas de cada día para alejarnos del Señor.


El diablo pone un empeño particular en sembrar cizaña en los campos del mundo; es decir, en destruir la caridad y la comunión en las personas para que brote la desconfianza y la división. En este sentido, se conservan unos apuntes personales de san Josemaría en los que se refleja su lucha por evitar que el maligno sembrara la cizaña en su corazón: «Tendré muchísimo cuidado en todo lo que suponga formar juicio de las personas, no admitiendo un mal pensamiento de nadie, aunque las palabras u obras del interesado den pie para juzgar así razonablemente»[2]. Y a continuación, anotaba una serie de propósitos prácticos: «1/ Antes de comenzar una conversación o de hacer una visita, elevaré el corazón a Dios. 2/ No porfiaré, aunque esté cargado de razón. Solamente, si es de gloria de Dios, diré mi opinión, pero sin porfiar. 3/ No haré crítica negativa: cuando no pueda alabar, me callaré»[3]. Podemos, nosotros también, pensar cómo cultivamos en nuestro mundo interior y a nuestro alrededor la caridad y la comunión con los demás, para hacer infecunda la siembra del maligno.


TODOS tenemos experiencia de las insinuaciones que el demonio nos provoca en el corazón. El mismo Jesús también vivió en su propia carne las tentaciones cuando se retiró al desierto. Al mismo tiempo, sabemos que el poder y la influencia del maligno son limitados, porque Dios vino a la tierra «para destruir con la muerte al que tenía el poder de la muerte, es decir, al diablo, y liberar así a todos los que con el miedo a la muerte estaban toda su vida sujetos a esclavitud» (Heb 2,14-15). Cristo es el único Señor. Satanás, al fin y al cabo, no es más que una criatura. Es cierto que se le permite hacer el mal –por motivos que quizá no acabamos de entender del todo y que en el fondo están ligados al misterio de la libertad–, pero también es verdad que Dios nos concede la fuerza suficiente para superar cualquier tentación y que, incluso si sucumbiéramos, su misericordia es mayor que cualquier pecado.


Las tentaciones, en sí mismas, no son malas: son pruebas en las que podemos crecer en amor a Dios o en una determinada virtud. Por eso, cuando las afrontamos como lo que son –oportunidades para unirnos más a Dios–, no dejaremos que nos invada el miedo o la sorpresa. La victoria del demonio no siempre consiste en hacernos caer, sino en hacernos vivir con inquietud, en hacernos pensar que no es posible vivir cerca del Señor con esas inclinaciones. San Josemaría decía que él se sentía «capaz de todos los errores y de todos los horrores, en los que puedan caer las personas más desgraciadas»[4]. Y añadía que precisamente en el reconocimiento de nuestra debilidad hallamos nuestra fortaleza: nos lleva a ser sinceros y a pedir ayuda al Señor y a los demás, a ser más comprensivo con los defectos y las luchas de otras personas, y a confiar en el amor misericordioso de Dios.


LA VIDA cristiana no se reduce a luchar contra el mal. A san Josemaría le gustaba considerar que los primeros cristianos eran sembradores de paz y de alegría: «Familias que vivieron de Cristo y que dieron a conocer a Cristo. Pequeñas comunidades cristianas, que fueron como centros de irradiación del mensaje evangélico. Hogares iguales a los otros hogares de aquellos tiempos, pero animados de un espíritu nuevo, que contagiaba a quienes los conocían»[5]. Efectivamente, serían conscientes de la acción del maligno en el mundo, e incluso la experimentarían en sus propia vidas, pero esta realidad no les llevó al pesimismo o al miedo. En los Hechos de los Apóstoles vemos incluso cómo los ataques que sufrían por parte de la autoridad de una ciudad les llevaban a predicar el Evangelio en otros lugares (cfr. Hch 8,1-4).


Los primeros cristianos sabían que no estaban luchando aisladamente. Formaban parte de una comunidad que les impulsaba a sembrar paz y alegría. Compartiendo el Pan y en la Palabra encontraban la fuerza que les ayudaba a permanecer unidos. Sabían que podían recibir aliento de otro hermano y, al mismo tiempo, sentían la responsabilidad de cuidar los gestos cotidianos que reforzaban la pertenencia a una familia. «La comunidad que preserva los pequeños detalles del amor, donde los miembros se cuidan unos a otros y constituyen un espacio abierto y evangelizador, es lugar de la presencia del Resucitado que la va santificando según el proyecto del Padre. A veces, por un don del amor del Señor, en medio de esos pequeños detalles se nos regalan consoladoras experiencias de Dios»[6]. María nos puede ayudar a tener un corazón atento a esos gestos, para que podamos sembrar paz y alegría en las almas de quienes nos rodean.


[1] Francisco, Audiencia, 15-V-2019.


[2] San Josemaría, Apuntes íntimos, n. 389, 14-XI-1931. Citado en Camino, edición crítico-histórica, p. 607


[3] San Josemaría, Apuntes íntimos, n. 399, 18-XI-1931. Citado en ibíd.


[4] San Josemaría, En diálogo con el Señor, n. 163.


[5] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 30.


[6] Francisco, Gaudete et exsultate, n. 145.