"Hago todos los días mi "ratito" de oración: ¡si no fuera por eso!" (Camino, 106)

7 de septiembre de 2023

El cristianismo burgués

 




Evangelio (Lc 5,1-11)

Estaba Jesús junto al lago de Genesaret y la multitud se agolpaba a su alrededor para oír la palabra de Dios. Y vio dos barcas que estaban a la orilla del lago; los pescadores habían bajado de ellas y estaban lavando las redes. Entonces, subiendo a una de las barcas, que era de Simón, le rogó que la apartase un poco de tierra. Y, sentado, enseñaba a la multitud desde la barca.

Cuando terminó de hablar, le dijo a Simón:

—Guía mar adentro, y echad vuestras redes para la pesca.

Simón le contestó:

—Maestro, hemos estado bregando durante toda la noche y no hemos pescado nada; pero sobre tu palabra echaré las redes.

Lo hicieron y recogieron gran cantidad de peces. Tantos, que las redes se rompían. Entonces hicieron señas a los compañeros que estaban en la otra barca, para que vinieran y les ayudasen. Vinieron, y llenaron las dos barcas, de modo que casi se hundían. Cuando lo vio Simón Pedro, se arrojó a los pies de Jesús, diciendo:

—Apártate de mí, Señor, que soy un hombre pecador.

Pues el asombro se había apoderado de él y de cuantos estaban con él, por la gran cantidad de peces que habían pescado. Lo mismo sucedía a Santiago y a Juan, hijos de Zebedeo, que eran compañeros de Simón. Entonces Jesús le dijo a Simón:

—No temas; desde ahora serán hombres los que pescarás.

Y ellos, sacando las barcas a tierra, dejadas todas las cosas, le siguieron.


PARA TU RATO DE ORACION 


Al comparar el reino de Dios con un tesoro por el que uno lo vende todo, Jesús desmarca el cristianismo de valores como la seguridad o la estabilidad, para centrarlo en el riesgo, la misión, la aventura de mejorar el mundo.

En una de sus Cartas, san Josemaría hace un diagnóstico que mantiene hoy toda su actualidad: «Es frecuente —escribe—, aun entre católicos que parecen responsables y piadosos, el error de pensar que sólo están obligados a cumplir sus deberes familiares y religiosos, y apenas quieren oír hablar de deberes cívicos»[1]. Enseguida aclara que habitualmente «no se trata de egoísmo: es sencillamente falta de formación, porque nadie les ha dicho nunca claramente que la virtud de la piedad —parte de la virtud cardinal de la justicia— y el sentido de la solidaridad cristiana se concretan también en este estar presentes, en este conocer y contribuir a resolver los problemas que interesan a toda la comunidad»[2].


¿Un cristianismo individualista?

Estas carencias en la formación de la conciencia cristiana no se deben solo a problemas en la catequesis o educación religiosa, sino que son también el resultado de las transformaciones mentales y sociales que llegaron con la época moderna. Serían, en buena medida, consecuencia de una nueva cultura que las personas han ido adquiriendo por ósmosis, desde su nacimiento.

Así lo explica Benedicto XVI en su encíclica Spe Salvi cuando se pregunta cómo surgió en la modernidad la idea de que «el mensaje de Jesús es estrictamente individualista y dirigido solo al individuo»[3]; o, también, cómo «se ha llegado a interpretar la “salvación del alma” como huida de la responsabilidad respecto a las cosas en su conjunto y, por consiguiente, a considerar el programa del cristianismo como búsqueda egoísta de la salvación»[4]. Ambas ideas, explica, serían resultado de una secularización de la noción cristiana de esperanza. Lo que sucedió es que en la época moderna las grandes posibilidades abiertas por el progreso científico y las nuevas formas de organización social llevaron a pensar que el ser humano podía restablecer, exclusivamente por sus propios medios, el «paraíso perdido». De este modo, la redención del mundo pasó a ser algo que ya no se esperaba «de la fe, sino de la correlación apenas descubierta entre ciencia y praxis»[5]: la ciencia y las estructuras políticas iban a traernos el cielo que la religión solo parecía capaz de prometer para la otra vida.

En este proceso secularizador, la religión no desaparece, pero se privatiza; es decir, queda recluida al ámbito de la vida individual. En el ámbito público y social, Dios ya no parece necesario para afrontar los retos humanos. Además, con el paso del tiempo, se llega a afirmar que la restricción de la religión a la vida privada asegurará la paz en sociedades con ciudadanos que profesan distintas religiones o que son ateos. Esta forma de entender el lugar de la religión en la vida social ha sido también interiorizada con frecuencia por los propios creyentes, hasta el punto de llevarlos a adoptar actitudes que se han convertido en el blanco de una de las críticas más habituales hacia la religión en los tiempos modernos. Según esa crítica, la esperanza cristiana consistiría en un «puro individualismo, que habría abandonado el mundo a su miseria y se habría amparado en una salvación eterna exclusivamente privada»[6]. Se reprocha a los cristianos que lo que de verdad les importa no es esta vida, sino asegurarse un puesto en la futura.

Sin embargo, nada más lejos de la realidad del evangelio, que nos hace prójimos de cualquier hombre necesitado (cfr. Lc 10,36-37). Nuestra fe «siempre implica un profundo deseo de cambiar el mundo, de transmitir valores, de dejar algo mejor detrás de nuestro paso por la tierra»[7]. San Josemaría lo decía con fuerza: un cristiano debe volcarse «para que haya cada día menos pobres, menos ignorantes, menos almas sin fe, menos desesperados, menos guerras, menos inseguridad, más caridad y más paz»[8]. Al mismo tiempo, como ha recordado el Papa Francisco, la Iglesia no es una ONG, y tiene que estar en guardia para evitar las diversas formas de mundanización[9], poniendo siempre en el centro de su actividad —también la social— a Cristo.

La llamada a contribuir al desarrollo del reino de Dios necesita así armonizar dos principios: por un lado, la conciencia de que este reino es un don[10], y no algo que podamos lograr por nuestras solas fuerzas; por otro, la convicción de que a Dios no le resulta indiferente nuestro afán por hacerle cada vez más espacio en nuestra vida. Está realmente en nuestra mano ayudar a «abrir el mundo para que entre Dios: la verdad, el amor y el bien. (…) Podemos liberar nuestra vida y el mundo de las

intoxicaciones y contaminaciones que podrían destruir el presente y el futuro»[11]. Además, aunque «en apariencia no tengamos éxito o nos veamos impotentes ante la superioridad de fuerzas hostiles»[12], la virtud de la esperanza nos permite experimentar que es Dios quien, en último término, guía la Historia.


Las crisis mundiales

Desde los comienzos del Opus Dei, san Josemaría invitaba a quienes se le acercaban a dedicar la propia vida a trabajar para el reino de Dios, con aquel lema ardiente: Regnare Christum volumus! Precisamente en una homilía sobre la esperanza cristiana dejó escrito: «No nos ha creado el Señor para construir aquí una Ciudad definitiva. (…) Sin embargo, los hijos de Dios no debemos desentendernos de las actividades terrenas, en las que nos coloca Dios para santificarlas. (…) Esta ha sido mi predicación constante desde 1928: urge cristianizar la sociedad; llevar a todos los estratos de esta humanidad nuestra el sentido sobrenatural, de modo que unos y otros nos empeñemos en elevar al orden de la gracia el quehacer diario, la profesión u oficio. De esta forma, todas las ocupaciones humanas se iluminan con una esperanza nueva»[13].

Para conseguirlo, es decisivo que Cristo reine en el corazón de cada persona, puesto que el reino de Dios no se reduce a una forma concreta de organización social, ni es el resultado de un conjunto de estructuras humanas[14]. Para que los cristianos sean sal y levadura en la sociedad civil, lo primero es que cultiven su relación con Dios. «El reinado de Cristo se ha de establecer ante todo en los corazones (…), pero no para que cada uno dé gloria a Dios independientemente de los demás, sino en comunión con ellos en la Iglesia (…) y en la misma sociedad civil, donde los cristianos están llamados a ser sal y levadura (…). Cristo solo reina plenamente en el corazón de quien quiere que reine también en la sociedad en la que vive»[15].

Un conocido punto de Camino expresa esta convicción de modo lapidario: «Un secreto. —Un secreto, a voces: estas crisis mundiales son crisis de santos. —Dios quiere un puñado de hombres “suyos” en cada actividad humana. —Después... “pax Christi in regno Christi” —la paz de Cristo en el reino de Cristo»[16]. Parece claro que san Josemaría no concebía la vida cristiana como algo meramente intimista, sino como un impulso que abarca todas las dimensiones humanas, incluidas las sociales[17]. En otro lugar escribe: «Ésta es tu tarea de ciudadano cristiano: contribuir a que el amor y la libertad de Cristo presidan todas las manifestaciones de la vida moderna: la cultura y la economía, el trabajo y el descanso, la vida de familia y la convivencia social»[18]. Respetando la libertad de los demás, los cristianos están llamados a llevar la luz del evangelio a cada rincón.

El núcleo del mensaje del Opus Dei, la búsqueda de Dios en el trabajo y en la vida ordinaria, asume que el mundo es un lugar de encuentro con Dios. Lo recuerda el Concilio Vaticano II al enseñar que los cristianos estamos llamados a redimir las estructuras temporales desde dentro, por medio del trabajo profesional y colaborando con los demás ciudadanos[19]. En la raíz de esta enseñanza se encuentra la verdad de la creación: «Si el mundo y todo lo que en él hay —menos el pecado— es bueno, porque es obra de Dios Nuestro Señor, el cristiano, luchando continuamente por evitar las ofensas a Dios —una lucha positiva de amor—, ha de dedicarse a todo lo terreno, codo a codo con los demás ciudadanos; debe defender todos los bienes derivados de la dignidad de la persona. Y existe un bien que deberá siempre buscar especialmente: el de la libertad personal»[20].

Al hablar del trabajo como lugar de encuentro con Dios, san Josemaría solía precisar que se trata de «santificar el propio trabajo, santificarse en su trabajo, y santificar a los demás con el trabajo»[21]. El trabajo configura y transforma tanto a la persona que lo realiza como la realidad sobre la que actúa, es decir, el mundo[22]. En este sentido, podría decirse que la santificación del trabajo es, a la vez, camino para que la persona se acerque a Dios y para redimir las estructuras temporales: colaborar en ese movimiento por el que el Señor atrae hacia sí a todos (cfr. Jn 12,32).


El riesgo del cristianismo burgués, o la pérdida del sentido de misión


«¡No te me aburgueses!», solía decir san Josemaría[23], para advertir de un riesgo que existe en la vida espiritual: el de acabar por evitar todo lo que requiera esfuerzo, ignorando la exigencia que atraviesa de arriba abajo el Evangelio. Estas líneas de Surco retratan, con un punto de ironía, ese cristianismo aburguesado: «Ideológicamente eres muy católico. El ambiente de la Residencia te gusta... ¡Lástima que la Misa no sea a las doce, y las clases por la tarde, para estudiar después de cenar, saboreando una o dos copas de coñac! —Ese ‘catolicismo’ tuyo no responde a la verdad, se queda en simple aburguesamiento»[24].


Es importante tener en cuenta que también se puede hablar de cristianismo burgués en otro sentido, complementario de este primero. Se trata de una concepción de la vida religiosa en la que ha quedado oscurecido u olvidado el fuerte sentido de misión del mensaje evangélico. En este planteamiento, la vida espiritual tiende a reducirse al cumplimiento personal de normas morales y de una serie de prácticas de piedad. Parece olvidarse aquella petición del Padrenuestro —«venga a nosotros tu reino»— que lleva a los creyentes a transformar el mundo con su trabajo y con su oración. Por usar las palabras de san Josemaría, la llamada a «santificar a los demás con el trabajo» se vería reducida en el mejor de los casos a un apostolado individual, sin el horizonte de transformar el mundo; o quedaría escondida detrás de las anteriores —«santificar el trabajo y santificarse con el trabajo»—, que a su vez perderían casi toda su razón de ser.


El cristianismo burgués, en este segundo sentido, sería una de las manifestaciones de la concepción individualista de la religión ante la que alertaba Benedicto XVI. De nuevo, no estaríamos tanto ante el fruto de una elección individual como ante el resultado de una concepción de la vida que ha ido configurando casi imperceptiblemente la mentalidad de las personas, a través de la cultura y la educación. De hecho, aunque la noción de burgués se refiere a un estatus social (personas de clase acomodada, que no han sufrido grandes carencias en su vida ni han tenido que realizar particulares esfuerzos para conseguir lo que deseaban), al hablar aquí de cristianismo burgués no se quiere decir que sea algo propio de ese grupo social. Se trata, en realidad, de una mentalidad que puede encontrarse en personas que pertenecen a distintas clases sociales, según la cual el valor supremo que se debe perseguir en la vida es la estabilidad. En sus escritos, san Josemaría urge a salir al paso de esta concepción: «Tienes obligación de llegarte a los que te rodean, de sacudirles de su modorra, de abrir horizontes diferentes y amplios a su existencia aburguesada y egoísta, de complicarles santamente la vida, de hacer que se olviden de sí mismos y que comprendan los problemas de los demás»[25].


Desde un punto de vista religioso, la mentalidad burguesa resulta problemática, porque tiende a apagar el sentido de misión. El cristiano burgués busca ante todo la moderación y la seguridad. En cambio, quien descubre que tiene una misión, algo importante que hacer en la vida, está dispuesto a arriesgar y a embarcarse en aventuras de final incierto. El Evangelio es muy ilustrativo a este respecto. Por ejemplo, al mostrarnos cómo Pedro, Santiago y Juan, «dejándolo todo, lo siguieron» (Lc 5,11); al comparar el reino de Dios a un tesoro escondido, por el que uno está dispuesto a venderlo todo (Mt 13,44); o al recoger las palabras de Jesús al escriba que dice estar dispuesto a seguirle adonde vaya: «Las zorras tienen madrigueras y los pájaros nidos, pero el Hijo del hombre no tiene dónde reclinar la cabeza» (Mt 8,20).


Ciertamente, las personas siempre necesitamos un mínimo de seguridad, y muy especialmente en épocas tan inciertas como la actual. El problema está en convertir la seguridad o la estabilidad en los valores dominantes, la meta a la que se aspira en la vida. Quien adopta esa mentalidad difícilmente siente la necesidad de mejorar las cosas y tiende a conformarse con lo que hay, porque no desea complicarse la vida. Por el contrario, el sentido de misión que forma parte del ADN del cristianismo lleva a vivir la vida como una aventura, pensando cuál será el mejor modo de servir a Dios y a los demás con la propia profesión.


No por conocido resulta menos elocuente a este respecto el encuentro de Jesús con el joven rico. Este joven sería el prototipo del cristiano burgués: alguien que cumple los mandamientos, que tiene buena voluntad e incluso nobles deseos, pero que no es capaz de arriesgar para seguir la llamada de Jesús. El obstáculo son las riquezas, que se pueden entender tanto en el sentido literal de bienes materiales como en el sentido de la posición social o de las seguridades alcanzadas. Cuando Jesús le dice: «Una cosa te falta. Anda, cuanto tienes véndelo y dáselo a los pobres; luego, ven y sígueme» (Mc 10,21) lo está invitando a abandonar sus seguridades y a confiar plenamente en Él.


El cristiano es «esencialmente social»


La escena del joven rico pone de manifiesto que uno de los principales problemas del cristianismo burgués es que reduce el cristianismo a la moral. Aunque el Evangelio se expresa en una moral y tiene consecuencias prácticas, no es ese el núcleo de la vida cristiana. La esencia del cristianismo no consiste en ser «buena persona» sino en encontrarse e identificarse con una persona, Jesucristo: el único que es verdaderamente bueno (cfr. Mc 10,18). Lo que movió a Pedro, Santiago y Juan a dejarlo todo no fue un ideal ético, sino la fascinación que les produjo descubrir al Mesías.


Se podría decir que en el cristianismo burgués la vida religiosa es algo aburrido y previsible: unas prácticas de piedad, unos sacramentos, la necesidad de luchar y la confesión como una «tintorería» para quitar las manchas[26]. En cambio, la religiosidad genuina siempre va acompañada de la sorpresa, de las sucesivas conversiones y del descubrimiento de nuevos Mediterráneos, que habitualmente no son fruto de experiencias extraordinarias, sino de la perseverancia en la relación con Dios[27].


El cristianismo burgués puede llevar también a una distorsión del Evangelio ante la que previene Benedicto XVI en Spe Salvi: pensar que lo único importante es que yo me salve[28]. Ciertamente, el Juicio de Dios será personal y no se nos puede pedir responsabilidad por las decisiones que otro haya tomado libremente. Sin embargo, la vida cristiana no conduce a una perfección “egoísta”, que nos encierre en nosotros mismos, sino que pone el centro de la vida fuera del yo: en la entrega, el servicio, la renuncia, el seguimiento. Una persona no se salva sola, en el sentido de ella con independencia de los demás. Por eso, en el Juicio personal se nos preguntará de qué modo hemos contribuido a llevar el mundo hacia Dios, implicándonos en las vidas de quienes caminan a nuestro lado (cfr. Mt 25, 31-46). Necesitamos preguntarnos, pues, de qué modo nos preocupamos del bien de nuestros prójimos: cómo los acompañamos, los consolamos, los alentamos.


En la Carta citada al comienzo, san Josemaría afirma que «un cristiano no puede ser individualista, no puede desentenderse de los demás, no puede vivir egoístamente, de espaldas al mundo: es esencialmente social, miembro responsable del Cuerpo Místico de Cristo. (…) Nuestra labor apostólica contribuirá a la paz, a la colaboración de los hombres entre sí, a la justicia, a evitar la guerra, a evitar el aislamiento, a evitar el egoísmo nacional y los egoísmos personales: porque todos se darán cuenta de que forman parte de la gran familia humana, que está dirigida por voluntad de Dios a la perfección. Así contribuiremos a quitar esta angustia, este temor por un futuro de rencores fratricidas, y a confirmar en las almas y en la sociedad la paz y la concordia: la tolerancia, la comprensión (…), el amor»[29].


En esas mismas páginas, san Josemaría comparte uno de sus grandes deseos: «Querría que, en el catecismo de la doctrina cristiana para los niños, se enseñara claramente cuáles son estos puntos firmes, en los que no se puede ceder, al actuar de un modo u otro en la vida pública; y que se afirmara, al mismo tiempo, el deber de actuar, de no abstenerse, de prestar la propia colaboración para servir con lealtad, y con libertad personal, al bien común»[30].


Esos son de hecho los cauces por los que discurre la enseñanza social de la Iglesia, saliendo al paso de una concepción de la vida cristiana que se centra en los deberes religiosos y familiares, pero olvida los deberes cívicos[31]. La vida espiritual no es algo «intimista», ni la llamada a hacer realidad el reino de Dios se puede identificar solo con el afán apostólico personal. Es preciso tener, además, el deseo de mejorar el mundo por medio del propio trabajo, ya sea en el ámbito público o en el hogar. Y eso requiere concebir la propia profesión como un servicio, es decir, como un medio de servir a Dios y a los demás. «Necesitamos que el Señor nos agrande el corazón, que nos dé un corazón a su medida, para que entren en él todas las necesidades, los dolores, los sufrimientos de los hombres y las mujeres de nuestro tiempo, especialmente de los más débiles»[32].


El hecho de que algunas legislaciones y modos de vivir se hayan alejado del mensaje evangélico debería llevarnos a pensar qué más podemos hacer los cristianos. Y, también, qué podríamos haber hecho mejor: por qué quizá en ocasiones hemos dejado de ser levadura, sal, luz. En la medida en que —como señala san Josemaría— esto no se deba al egoísmo o a la mala voluntad, sino a carencias en la formación[33], cabe preguntarse: ¿qué es lo que puede estar faltando en la transmisión de la fe? Allí donde se haya extendido el cristianismo burgués, convendrá despertar de nuevo el sentido de misión, para ponerse al servicio de ese reino de Dios que está ya entre nosotros[34].








6 de septiembre de 2023

Èl espera desde hace veinte siglos


 

Evangelio (Lc 4, 38-44)

Saliendo Jesús de la sinagoga, entró en casa de Simón. La suegra de Simón tenía una fiebre muy alta, y le rogaron por ella. E inclinándose hacia ella, conminó a la fiebre, y la fiebre desapareció. Y al instante, ella se levantó y se puso a servirles.

Al ponerse el sol, todos los que tenían enfermos con diversas dolencias se los traían. Y él, poniendo las manos sobre cada uno, los curaba. De muchos salían demonios gritando y diciendo:

— ¡Tú eres el Hijo de Dios! Y él, increpándoles, no les dejaba hablar porque sabían que él era el Cristo.

Cuando se hizo de día, salió hacia un lugar solitario, y la multitud le buscaba. Llegaron hasta él, e intentaban detenerlo para que no se alejara de ellos. Pero él les dijo:

— Es necesario que yo anuncie también a otras ciudades el Evangelio del Reino de Dios, porque para esto he sido enviado.

E iba predicando por las sinagogas de Judea.


PARA TU RATO DE ORACION 


Jesús entra en la casa de Simón. Su suegra tiene fiebre alta y le piden que la cure. Jesús se acerca al lecho de la enferma, la toma de la mano y la mira con una sonrisa de cariño. Y aquella mujer, de pronto, se siente curada, totalmente curada, levantándose con la fuerza de siempre, sin requerir siquiera un tiempo de convalecencia. Después, agradece a Jesús el milagro y se pone a servir a Él y a sus discípulos, llena de alegría y vitalidad.

Podemos pensar en algunas enfermedades de nuestra alma: la pereza para servir a los demás, el orgullo y la vanidad, la ambición y la avaricia, los enfados frecuentes con nuestros familiares o las faltas de pureza y castidad. ¡Cuánto nos gustaría que Jesús nos tomase de la mano, nos mirase con una sonrisa, y nos curase de repente!

Este es el consejo de un santo: «Recibamos nosotros a Jesús, porque cuando nos visita y le llevamos en la mente y en el corazón extingue en nosotros el ardor de las más enormes pasiones, y nos mantendrá incólumes para que le sirvamos, esto es, para que hagamos lo que le agrada»[1].

Recibir a Jesús en la mente y en el corazón: he ahí el secreto. Recibirlo en nuestra mente es pensar como Él piensa. Recibirlo en nuestro corazón es amar lo que Él ama. ¿Cómo hacer para lograrlo? Desear esa gracia de todo corazón, de verdad, con sinceridad, y pedirla al Espíritu Santo confiando totalmente en Él.

San Josemaría puso siempre por delante en su vida, el amor a la Eucaristía.  El sagrario de la Santa Capilla del Pilar y el de la iglesia del Seminario de San Carlos son testigos de tantas horas del que fué seminarista, y después sacerdote -Josemaría Escrivá-, rezando, contemplando a Jesús Sacramentado, diciéndole cosas dulces y encendidas. Recordando el punto número 537 de Camino, se entiende por qué acudía tantas veces allí: "Cuando te acercas al Sagrario piensa que ¡Él!... te espera desde hace veinte siglos".


¿Cómo era su oración, qué le decía a Jesús en la Eucaristía? Es muy difícil resumir en una página tantos detalles de amor y tantos ratos de oración durante decenas de años, pero por algunos detalles podemos intuir cómo era. En Camino, en Surco y en Forja habla en ocasiones en tercera persona, pero era su oración personal, oración que nos puede servir hoy a nosotros. Recojo algunos aspectos.


Hablando de la comunión sacramental, aconsejaba: "Cuando le recibas, dile: Señor, espero en Ti; te adoro, te amo, auméntame la fe. Sé el apoyo de mi debilidad, Tú, que te has quedado en la Eucaristía, inerme, para remediar la flaqueza de las criaturas" (Forja, 832). "Cuando contempléis la Sagrada Hostia expuesta en la custodia sobre el altar, mirad qué amor, qué ternura la de Cristo. Yo me lo explico, por el amor que os tengo; si pudiera estar lejos trabajando, y a la vez junto a cada uno de vosotros, ¡con qué gusto lo haría! Cristo, en cambio, ¡sí puede! Y Él, que nos ama con un amor infinitamente superior al que puedan albergar todos los corazones de la tierra, se ha quedado para que podamos unirnos siempre a su Humanidad Santísima, y para ayudarnos, para consolarnos, para fortalecernos, para que seamos fieles" (Forja, 838).


Refiere Monseñor Álvaro del Portillo que el beato Josemaría "cuando se trasladó a Zaragoza en 1920, una vez que pasaba delante de un bar llamado "Gambrinus", vio que desde dentro del local


Estaba un famoso torero. Algunos niños se acercaron a aquel personaje popular, y uno de ellos exclamó exultante: "¡lo he tocado! Al beato Josemaría le impresionó aquella escena, y la evocó con frecuencia para exhortarnos a reflexionar cada día tocamos a Jesús en la Eucaristía" (A. del Portillo, Entrevista sobre el Fundador del Opus Dei, Ríalp).


Nos hace mucho bien imitar a estos hombres de fe, como el beato Josemaría, que sabían manifestar en detalles sencillos su honda piedad. Desde el modo de poner unas flores, al modo de hacer una genuflexión. "Cuando pongáis una flor junto al Sagrario -decía en una ocasión-, dadle un beso y decidle al Señor que queréis que ese beso se consuma, como se consumirá la flor, como se consume la lamparilla del Sagrario, alumbrando, señalando dónde está el Señor" (Ibídem).


Monseñor Javier Echevarría recoge en un libro que el Fundador del Opus Dei, refiriéndose a la costumbre que él tenía de visitar al Señor, le aconsejó: "Escápate cuando puedas a hacer compañía a Jesús Sacramentado, aunque sólo sea durante unos segundos, y dile -con toda el alma- que le quieres, que quieres quererle más, y que le quieres por todas las personas de la tierra, también por aquellos que dicen que no le quieren".


Otra vez, hablando a algunos que vivían con él, les indicó: "Que no le dejemos nunca solo en esa cárcel voluntaria del Sagrario, cárcel de amor, donde se ha querido quedar oculto en la Hostia, inerme, por ti y por mi".


Y en 1962 les confiaba: "desde hace muchísimo tiempo, cuando hago la genuflexión ante el Sagrario, después de adorar al Señor Sacramentado, doy también gracias a los Ángeles, porque continuamente hacen la corte a Dios. Hacer la corte: de ahí viene la palabra cortejar, que es seguir con amor a la persona de la que se está enamorado" (J. Echevarría, Memoria del beato Josemaría Escrivá. Rialp).


¿Son pequeñas cosas? Son pequeñas en cuanto que suponen poco tiempo pero denotan un amor fuera de lo común. El amor es inventivo, no se olvída del amado y, a la vez, no se cansa de repetir una y otra vez lo mismo. No son cosas extraordinarias, llamativas; pero un día y otro, un año y otro, sin dejar de saludar al Señor cuando iba por la carretera y veía la torre de una iglesia, y tantos y tantos otros detalles, explican la fuerza de sus palabras y el empuje de su ejemplo. De ahí sacaba su fuerza. Y es que lo que aconsejaba a los demás, procuraba vivirlo él antes. Termino con un consejo suyo:


"¡Sé alma de Eucaristía! ?Si el centro de tus pensamientos y esperanzas está en el Sagrario, hijo, ¡qué abundantes los frutos de santidad y de apostolado!" (Forja, 835).


Hay un momento privilegiado para recibir al Señor en el corazón: la Eucaristía. En la Comunión, Jesús viene a nosotros con todo su amor y todo su poder de curación. Si nos preparamos bien, con la ayuda de la Virgen María, y evitamos caer en la rutina, también nosotros nos sentiremos curados de nuestras enfermedades, locamente enamorados de Dios, y podremos servir a los demás con alegría.


5 de septiembre de 2023

FE VIVA




 Evangelio (Lc 4, 31-37)


Bajó a Cafarnaún, ciudad de Galilea, y el sábado se puso a enseñarles. Y se quedaron admirados de su enseñanza, porque su palabra iba acompañada de potestad.


Se encontraba en la sinagoga un hombre que tenía el espíritu de un demonio impuro, que gritó con gran voz:

— ¡Déjanos!, ¿qué tenemos que ver contigo, Jesús Nazareno? ¿Has venido a perdernos? ¡Sé quién eres: el Santo de Dios!


Y Jesús le conminó:

— ¡Cállate, y sal de él!


Entonces el demonio, arrojándolo al suelo, allí en medio, salió de él, sin hacerle daño alguno. Y todos se llenaron de estupor y se decían unos a otros:

— ¿Qué palabra es ésta, que con potestad y fuerza manda a los espíritus impuros y salen?


Y se divulgaba su fama por todos los lugares de la región.


PARA TU RATO DE ORACION


Jesús enseña en la sinagoga de Cafarnaún, una aldea bañada por las aguas del lago de Genesaret. La gente se queda admirada de su doctrina, porque no dice palabras huecas, sino que las confirma con su poder.


Un hombre con un demonio impuro. De su boca sale una gran voz: «¡Déjanos!, ¿qué tenemos que ver contigo, Jesús Nazareno? ¿Has venido a perdernos? ¡Sé quién eres: el Santo de Dios!».


Jesús no responde a las preguntas del demonio. No dialoga con él. Con plena autoridad, le manda callar y salir de aquel hombre. Y el demonio obedece y sale sin hacer daño alguno.


La existencia de Satanás y sus ángeles es una verdad revelada por Dios y enseñada por la Iglesia. Buscan cómo perdernos, pero nada hemos de temer, porque quien tiene la autoridad es Jesús, nuestro Dios, que ha entregado su vida por nosotros, para rescatarnos del poder del diablo, del pecado y de la muerte.


Dios pone su autoridad a nuestra disposición, porque nos ama. «A menudo, para el hombre –afirma Benedicto XVI– la autoridad significa posesión, poder, dominio, éxito. Para Dios, en cambio, la autoridad significa servicio, humildad, amor»[1]. Si Dios emplea su autoridad para servir a sus hijos, ¿qué hemos de temer?


Ante la curación de un endemoniado, la gente se pregunta admirada: «¿Qué palabra es ésta, que con potestad y fuerza manda a los espíritus impuros y salen?». ¿Quién es el que pronuncia una palabra así? ¿Quién es este hombre que expulsa a un demonio? Y divulgan la fama de Cristo por todos los lugares de la región.


Los milagros de Jesús nos ayudan a creer que Él es el Mesías, el Hijo de Dios, y a entregarle nuestra vida. Pero solo nos ayudan si tenemos un corazón bien dispuesto por la humildad; también lo hacen si tenemos la buena voluntad de buscar la verdad y desear el bien.


Algunos tienen una fe lánguida, sin apenas consecuencias prácticas en su vida. Nosotros queremos tener una fe viva, que llene de alegría y esperanza nuestra vida en la tierra, que se encarne entregándose a los demás, para construir un mundo más justo, más humano, más cristiano; que nos lance a contagiar con nuestra vida y nuestro testimonio el buen olor de Cristo por todos los lugares, por el mundo entero.


La Virgen Marìa es el perfecto ejemplo, reflejo e icono de la fe viva, que nosotros podemos y debemos imitar.


«Al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la Ley»[2]. En la actitud de fe de la Santísima Virgen se ha concentrado toda la esperanza del Antiguo Testamento en la llegada del Salvador: «en María (…) se cumple la larga historia de fe del Antiguo Testamento, que incluye la historia de tantas mujeres fieles, comenzando por Sara, mujeres que, junto a los patriarcas, fueron testigos del cumplimiento de las promesas de Dios y del surgimiento de la vida nueva»[3]. Al igual que Abraham —«nuestro padre en la fe»[4]—, que dejó su tierra confiado en la promesa de Dios, María se abandona con total confianza en la palabra que le anuncia el Ángel, convirtiéndose así en modelo y madre de los creyentes. La Virgen, «icono perfecto de la fe»[5], creyó que nada es imposible para Dios, e hizo posible que el Verbo habitase entre los hombres.


Nuestra Madre es modelo de fe. «Por la fe, María acogió la palabra del Ángel y creyó en el anuncio de que sería la Madre de Dios en la obediencia de su entrega (cfr. Lc 1, 38). En la visita a Isabel entonó su canto de alabanza al Omnipotente por las maravillas que hace en quienes se encomiendan a Él (cfr. Lc 1, 46-55). Con gozo y temblor dio a luz a su único hijo, manteniendo intacta su virginidad (cfr. Lc 2, 6-7). Confiada en su esposo José, llevó a Jesús a Egipto para salvarlo de la persecución de Herodes (cfr. Mt 2, 13-15). Con la misma fe siguió al Señor en su predicación y permaneció con él hasta el Calvario (cfr. Jn 19, 25-27). Con fe, María saboreó los frutos de la resurrección de Jesús y, guardando todos los recuerdos en su corazón (cfr. Lc 2, 19.51), los transmitió a los Doce, reunidos con ella en el Cenáculo para recibir el Espíritu Santo (cfr. Hch 1, 14; 2, 1-4)»[6].


La Virgen Santísima vivió la fe en una existencia plenamente humana, la de una mujer corriente. «Durante su vida terrena no le fueron ahorrados a María ni la experiencia del dolor, ni el cansancio del trabajo, ni el claroscuro de la fe. A aquella mujer del pueblo, que un día prorrumpió en alabanzas a Jesús exclamando: "bienaventurado el vientre que te llevó y los pechos que te alimentaron", el Señor responde: "bienaventurados más bien los que escuchan la palabra de Dios y la ponen en práctica" (Lc 11, 27-28). Era el elogio de su Madre, de su fiat (Lc 1, 38), del hágase sincero, entregado, cumplido hasta las últimas consecuencias, que no se manifestó en acciones aparatosas, sino en el sacrificio escondido y silencioso de cada jornada»[7].


La Santísima Virgen «vive totalmente de la y en relación con el Señor; está en actitud de escucha, atenta a captar los signos de Dios en el camino de su pueblo; está inserta en una historia de fe y de esperanza en las promesas de Dios, que constituye el tejido de su existencia»[8].


Maestra de fe


Por la fe, María penetró en el Misterio de Dios Uno y Trino como no le ha sido dado a ninguna criatura, y, como «madre de nuestra fe»[9], nos ha hecho partícipes de ese conocimiento. «Nunca profundizaremos bastante en este misterio inefable; nunca podremos agradecer suficientemente a Nuestra Madre esta familiaridad que nos ha dado con la Trinidad Beatísima»[10].


La Virgen es maestra de fe. Todo el despliegue de la fe en la existencia tiene su prototipo en Santa María: el compromiso con Dios y el conformar las circunstancias de la vida ordinaria a la luz de la fe, también en los momentos de oscuridad. Nuestra Madre nos enseña a estar totalmente abiertos al querer divino «incluso si es misterioso, también si a menudo no corresponde al propio querer y es una espada que traspasa el alma, como dirá proféticamente el anciano Simeón a María, en el momento de la presentación de Jesús en el Templo (cfr. Lc 2, 35)»[11]. Su plena confianza en el Dios fiel y en sus promesas no disminuye, aunque las palabras del Señor sean difíciles o aparentemente imposibles de acoger.




Por eso, «si nuestra fe es débil, acudamos a María»[12]. En la oscuridad de la Cruz, la fe y la docilidad de la Virgen dan un fruto inesperado. «En Juan, Cristo confía a su Madre todos los hombres y especialmente sus discípulos: los que habían de creer en Él»[13]. Su maternidad se extiende a todo el Cuerpo Místico del Señor. Jesús nos da como madre a su Madre, nos pone bajo su cuidado, nos ofrece su intercesión. Por ese motivo la Iglesia invita constantemente a los fieles a dirigirse con particular devoción a María.


Nuestra fragilidad no es obstáculo para la gracia. Dios cuenta con ella, y por eso nos ha dado una madre. «En esta lucha que los discípulos de Jesús han de sostener —todos nosotros, todos los discípulos de Jesús debemos sostener esta lucha—, María no les deja solos; la Madre de Cristo y de la Iglesia está siempre con nosotros. Siempre camina con nosotros, está con nosotros (...), nos acompaña, lucha con nosotros, sostiene a los cristianos en el combate contra las fuerzas del mal»[14].


De la escuela de la fe, la Virgen es la mejor maestra, pues siempre se mantuvo en una actitud de confianza, de apertura, de visión sobrenatural, ante todo lo que sucedía a su alrededor. Así nos la presenta el Evangelio: «"María guardaba todas estas cosas ponderándolas en su corazón"[15]. Procuremos nosotros imitarla, tratando con el Señor, en un diálogo enamorado, de todo lo que nos pasa, hasta de los acontecimientos más menudos. No olvidemos que hemos de pesarlos, valorarlos, verlos con ojos de fe, para descubrir la Voluntad de Dios»[16]. Su camino de fe, aunque en modo diverso, es parecido al de cada uno de nosotros: hay momentos de luz, pero también momentos de cierta oscuridad respecto a la Voluntad divina: cuando encontraron a Jesús en el Templo, María y José «no comprendieron lo que les dijo»[17]. Si, como la Virgen, acogemos el don de la fe y ponemos en el Señor toda nuestra confianza, viviremos cada situación cum gaudio et pace —con el gozo y la paz de los hijos de Dios—.


Imitar la fe de María


«Así, en María, el camino de fe del Antiguo Testamento es asumido en el seguimiento de Jesús y se deja transformar por él, entrando a formar parte de la mirada única del Hijo de Dios encarnado»[18]. En la Anunciación, la respuesta de la Virgen resume su fe como compromiso, como entrega, como vocación: «he aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra»[19]. Como Santa María, los cristianos debemos vivir «de cara a Dios, pronunciando ese fiat mihi secundum verbum tuum (...) del que depende la fidelidad a la personal vocación, única e intransferible en cada caso, que nos hará ser cooperadores de la obra de salvación que Dios realiza en nosotros y en el mundo entero»[20].


Pero, ¿cómo responder siempre con una fe tan firme como María, sin perder la confianza en Dios? Imitándola, tratando de que en nuestra vida esté presente esa actitud suya de fondo ante la cercanía de Dios: no experimenta miedo o desconfianza, sino que «entra en íntimo diálogo con la Palabra de Dios que se le ha anunciado; no la considera superficialmente, sino que se detiene, la deja penetrar en su mente y en su corazón para comprender lo que el Señor quiere de ella, el sentido del anuncio»[21]. Al igual que la Virgen, procuremos reunir en nuestro corazón todos los acontecimientos que nos suceden, reconociendo que todo proviene de la Voluntad de Dios. María mira en profundidad, reflexiona, pondera, y así entiende los diferentes acontecimientos desde la comprensión que solo la fe puede dar. Ojalá fuera esa —con la ayuda de nuestra Madre— nuestra respuesta.


Imitar a María, dejar que nos lleve de la mano, contemplar su vida nos conduce también a suscitar en quienes tenemos alrededor —familiares y amigos— esa mayor apertura a la luz de la fe: con el ejemplo de una vida coherente, con conversaciones personales, de amistad y confidencia, con la necesaria doctrina, para facilitarles el encuentro personal con Cristo a través de los sacramentos y las prácticas de piedad, en el trabajo y en el descanso. «Si nos identificamos con María, si imitamos sus virtudes, podremos lograr que Cristo nazca, por la gracia, en el alma de muchos que se identificarán con El por la acción del Espíritu Santo. Si imitamos a María, de alguna manera participaremos en su maternidad espiritual. En silencio, como Nuestra Señora; sin que se note, casi sin palabras, con el testimonio íntegro y coherente de una conducta cristiana, con la generosidad de repetir sin cesar un fiat que se renueva como algo íntimo entre nosotros y Dios»[22].


***


Mirando a María, pidámosle que nos ayude a vivir de fe y reconocer a Jesús presente en nuestras vidas: fe en que nada es comparable con el Amor de Dios que nos ha sido donado; fe en que no hay imposibles para el que trabaja por Cristo y con Él en su Iglesia; fe en que todos los hombres pueden convertirse a Dios; fe en que pese a las propias miserias y derrotas podemos rehacernos totalmente con su ayuda y la de los demás; fe en los medios de santidad que Dios ha puesto en su Obra, en el valor sobrenatural del trabajo y de las cosas pequeñas; fe en que podemos reconducir este mundo a Dios si vamos siempre de su mano. En definitiva, fe en que Dios pone a cada uno en las mejores circunstancias —de salud o de enfermedad, de situación personal, de ámbito laboral, etc.— para que lleguemos a ser santos, si correspondemos con nuestra lucha diaria.


«Jesucristo pone esta condición: que vivamos de la fe, porque después seremos capaces de remover los montes. Y hay tantas cosas que remover... en el mundo y, primero, en nuestro corazón. ¡Tantos obstáculos a la gracia! Fe, pues; fe con obras, fe con sacrificio, fe con humildad. Porque la fe nos convierte en criaturas omnipotentes: y todo cuanto pidiereis en la oración, como tengáis fe, lo alcanzaréis(Mt 21, 22)»[23]. Impulsados por la fuerza de la fe, decimos a Jesús: «¡Señor, creo! ¡Pero ayúdame, para creer más y mejor! Y dirigimos también esta plegaria a Santa María, Madre de Dios y Madre Nuestra, Maestra de fe: ¡bienaventurada tú, que has creído!, porque se cumplirán las cosas que se te han anunciado de parte del Señor(Lc1, 45)»[24]. «¡Madre, ayuda nuestra fe!»[25].


4 de septiembre de 2023

LA GRACIA TRANSFORMADORA




 Evangelio (Lc 4, 16-30)


Llegó a Nazaret, donde se había criado, y según su costumbre entró en la sinagoga el sábado y se levantó para leer. Entonces le entregaron el libro del profeta Isaías y, abriendo el libro, encontró el lugar donde estaba escrito:


El Espíritu del Señor está sobre mí, por lo cual me ha ungido para evangelizar a los pobres, me ha enviado para anunciar la redención a los cautivos y devolver la vista a los ciegos, para poner en libertad a los oprimidos y para promulgar el año de gracia del Señor.


Y enrollando el libro se lo devolvió al ministro y se sentó. Todos en la sinagoga tenían los ojos fijos en él. Y comenzó a decirles:


Hoy se ha cumplido esta escritura que acabáis de oír.


Todos daban testimonio en favor de él y se maravillaban de las palabras de gracia que procedían de su boca, y decían:


— ¿No es éste el hijo de José?


Entonces les dijo:


— Sin duda me aplicaréis aquel proverbio: «“Médico, cúrate a ti mismo”. Cuanto hemos oído que has hecho en Cafarnaún, hazlo también aquí en tu tierra».


Y añadió:


— En verdad os digo que ningún profeta es bien recibido en su tierra. Os digo de verdad que muchas viudas había en Israel en tiempos de Elías, cuando durante tres años y seis meses se cerró el cielo y hubo gran hambre por toda la tierra; y a ninguna de ellas fue enviado Elías, sino a una mujer viuda en Sarepta de Sidón. Muchos leprosos había también en Israel en tiempo del profeta Eliseo, y ninguno de ellos fue curado, más que Naamán el Sirio.


Al oír estas cosas, todos en la sinagoga se llenaron de ira y se levantaron, le echaron fuera de la ciudad y lo llevaron hasta la cima del monte sobre el que estaba edificada su ciudad para despeñarle. Pero él, pasando por medio de ellos, se marchó.


PARA TU RATO DE ORACION 


Durante siglos, Israel ha esperado al Mesías que libraría al pueblo de sus aflicciones.


Y ahora, en la sinagoga de Nazaret, ese hombre al que todos conocen, Jesús, el hijo de José y de María, el artesano, afirma que se ha cumplido esa profecía.


Jesús viene a «evangelizar», a dar la buena noticia de que Dios se ha compadecido de los hombres, una noticia que reciben con alegría los «pobres», es decir, los que no confían en sus propios bienes y méritos, sino en la bondad y misericordia divinas.


Viene a liberarnos de la esclavitud del pecado y de la muerte eterna, a la que el diablo nos había sometido; a abrir nuestros ojos ciegos para que podamos conocer la verdad; a darnos un corazón limpio, con el que podamos amar a Dios y a los demás.


Viene a promulgar «el año de gracia del Señor», el tiempo de la misericordia y de la redención, que Él inaugura y que durará hasta el fin del mundo.


Los habitantes de Nazaret tienen delante de sus ojos al salvador anunciado y esperado durante tanto tiempo, pero no se lo acaban de creer. Exigen que su conciudadano confirme sus palabras realizando algún prodigio maravilloso, como hizo en otros pueblos cercanos, pero Jesús no accede a su pretensión.


Entonces, se llenan de ira, se levantan, lo echan fuera, e intentan despeñarlo.


Hoy somos nosotros los que recibimos esta gran noticia: Dios nos quiere tanto, que ha enviado a su Hijo Unigénito para redimirnos, para salvarnos del pecado. Nos ha dado la posibilidad de ser hijos de Dios por la gracia. Nos ha abierto las puertas del cielo.


Quizá hemos escuchado muchas veces este anuncio, y pensamos que, si viéramos algún milagro, algún signo extraordinario, nos tomaríamos más en serio la buena noticia, «el evangelio», y convertiríamos nuestra vida en acción de gracias a Dios, en servicio al prójimo, y daríamos a conocer a otros, al mundo entero, la fe cristiana, el secreto de la felicidad en el cielo y en la tierra.


El Espíritu Santo que ungió a Jesús desea darnos el fuego de su amor. No necesitamos un nuevo milagro. Nos basta abrir nuestro corazón con humildad para que Él nos transforme con su gracia.


¿Por qué reacciono de ese modo? ¿Por qué soy así? ¿Podré cambiar? Son algunas de las preguntas que alguna vez pueden asaltarnos. A veces, nos las planteamos respecto a los demás: ¿por qué tiene ese modo de ser?... Vamos a profundizar sobre estas cuestiones, mirando a nuestra meta: parecernos cada vez más a Jesucristo, dejándolo obrar en nuestra existencia.


Este proceso abarca todas las dimensiones de la persona, que al divinizarse conserva los rasgos de lo auténticamente humano, elevándolos según la vocación cristiana. Y es que Jesucristo es verdadero Dios y verdadero hombre: perfectus Deus, perfectus homo. En Él contemplamos la figura realizada del ser humano, pues «Cristo Redentor (...) revela plenamente el hombre al mismo hombre. Tal es ‒si se puede hablar así‒ la dimensión humana del misterio de la Redención. En esta dimensión el hombre vuelve a encontrar la grandeza, la dignidad y el valor propios de su humanidad»[1].


La nueva vida que hemos recibido en el Bautismo está llamada a crecer hasta que lleguemos todos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, al hombre perfecto, a la medida de la plenitud de Cristo[2].


Si bien lo divino, lo sobrenatural, es el elemento decisivo en la santidad personal, lo que une y armoniza todas las facetas del hombre, no podemos olvidar que esto incluye, como algo intrínseco y necesario, lo humano: Si aceptamos nuestra responsabilidad de hijos suyos, Dios nos quiere muy humanos. Que la cabeza toque el cielo, pero que las plantas pisen bien seguras en la tierra. El precio de vivir en cristiano no es dejar de ser hombres o abdicar del esfuerzo por adquirir esas virtudes que algunos tienen, aun sin conocer a Cristo. El precio de cada cristiano es la Sangre redentora de Nuestro Señor, que nos quiere -insisto- muy humanos y muy divinos, con el empeño diario de imitarle a Él, que es "perfectus Deus, perfectus homo"[3].


La tarea de formar el carácter


La acción de la gracia en las almas va de la mano con un crecimiento en la madurez humana, en la perfección del carácter. Por eso, al mismo tiempo que cultiva las virtudes sobrenaturales, un cristiano que busca la santidad procurará alcanzar los hábitos, modos de hacer y de pensar que caracterizan a alguien como maduro y equilibrado. Se moverá no por un simple afán de perfección, sino para reflejar la vida de Cristo; por eso, san Josemaría anima a examinarse: —Hijo: ¿dónde está el Cristo que las almas buscan en ti?: ¿en tu soberbia?, ¿en tus deseos de imponerte a los otros?, ¿en esas pequeñeces de carácter en las que no te quieres vencer?, ¿en esa tozudez?... ¿Está ahí Cristo? —¡¡No!! La respuesta nos da una clave para emprender esta tarea: —De acuerdo: debes tener personalidad, pero la tuya ha de procurar identificarse con Cristo[4]


En la propia personalidad influye tanto lo que se hereda y se manifiesta desde el nacimiento, que suele llamarse temperamento, como aquellos aspectos que se han adquirido por la educación, las decisiones personales, el trato con los demás y con Dios, y otros muchos factores, que incluso pueden ser inconscientes.


De este modo, existen distintos tipos de personalidades o caracteres ‒extrovertidos o tímidos, fogosos o reservados, despreocupados o aprensivos, etc.‒, que se expresan en el modo de trabajar, de relacionarse con los demás, de considerar los acontecimientos diarios.



Estos elementos influyen en la vida moral, al facilitar el desarrollo de ciertas virtudes o, si falta el empeño por moldearlos, la aparición de defectos: por ejemplo, una personalidad emprendedora puede ayudar a cultivar la laboriosidad, con tal de que al mismo tiempo se viva una disciplina que evitará el defecto de la inconstancia y del activismo.


Dios cuenta con nuestra personalidad para llevarnos por caminos de santidad. El modo de ser de cada uno es como una tierra fértil que se ha de cultivar: basta quitar con paciencia y alegría las piedras y malas hierbas que impiden la acción de la gracia, y comenzará a dar fruto, una parte el ciento, otra el sesenta y otra el treinta[5]


Cada quien puede hacer rendir los talentos que ha recibido de las manos de Dios, si se deja transformar por la acción del Espíritu Santo, forjando una personalidad que refleje el rostro de Cristo, sin que esto quite para nada los propios acentos, pues variados son los santos del cielo, que cada uno tiene sus notas personales especialísimas[6].


Si bien hemos de robustecer y pulir la propia personalidad para que se ajuste a un estilo cristiano, no podemos pensar que el ideal sería convertirse en una especie de "superhombre" En realidad, el modelo es siempre Jesucristo, que posee una naturaleza humana igual que la nuestra, pero perfecta en su normalidad y elevada por la gracia.


Desde luego, encontramos un ejemplo excelso también en la Santísima Virgen María: en Ella se da la plenitud de lo humano… y de la normalidad. La proverbial humildad y sencillez de María, quizá sus cualidades más valoradas en toda la tradición cristiana, junto a su cercanía, cariño y ternura por todos sus hijos ‒que son virtudes de una buena madre de familia‒, son la mejor confirmación de ese hecho: la perfección de una criatura ‒ ¡Más que tú sólo Dios![7]‒, tan plenamente humana, tan encantadoramente mujer: ¡la Señora por excelencia!


Madurez humana y sobrenatural


La palabra "madurez" significa primero estar en sazón, a punto, y por extensión hace referencia a la plenitud del ser. Implica también el cumplimiento de la propia tarea. Por eso, su mejor paradigma lo podemos encontrar en la vida del Señor. Contemplarla en los Evangelios y ver cómo Cristo trata a las personas, su fortaleza ante el sufrimiento, la decisión con que acometió la misión recibida del Padre, todo esto nos da el criterio de la madurez.


Al mismo tiempo, nuestra fe incorpora todos los valores nobles que se encuentran en las distintas culturas, y por eso también es útil retomar, purificándolos, los criterios clásicos de madurez humana. Es algo que se ha hecho a lo largo de la historia de la espiritualidad cristiana, en mayor o menor medida, de forma más o menos explícita.


El mundo clásico greco-romano, por ejemplo, que tan sabiamente cristianizaron los Padres de la Iglesia, colocó al centro del ideal de madurez humana especialmente la "sabiduría" y la "prudencia", entendidas con diversos matices. Los filósofos y teólogos cristianos de aquella época enriquecieron esta concepción, señalando la preeminencia de las virtudes teologales, de modo especial la caridad como vínculo de la perfección[8], en palabras de san Pablo, y que da forma a todas las virtudes.


Actualmente, el estudio sobre la madurez humana se ha complementado con las distintas perspectivas que ofrecen las ciencias modernas. Sus conclusiones son útiles en la medida en que parten de una visión del hombre abierta al mensaje cristiano.


Así, algunos suelen distinguir tres campos fundamentales en la madurez: intelectual, emotiva y social. Rasgos significativos de madurez intelectual pueden ser: un adecuado concepto de sí mismo (cercanía entre lo que uno piensa que es y lo que realmente es, en la que influye decisivamente la sinceridad con uno mismo); una filosofía correcta de la vida; establecer personalmente metas y fines claros, pero con horizontes abiertos e ilimitados (en amplitud, profundidad e intensidad); un conjunto armónico de valores; una clara certidumbre ético-moral; un sano realismo ante el mundo propio y ajeno; la capacidad de reflexión y análisis sereno de los problemas; la creatividad y la iniciativa; etc.


Entre los rasgos de madurez emotiva, sin ninguna pretensión de exhaustividad, cabría señalar: el saber reaccionar proporcionalmente ante los sucesos de la vida, sin dejarse abatir por el fracaso ni perder el realismo en el éxito; la capacidad de control flexible y constructivo de sí mismo; el saber amar, ser generosos y donarse a los demás; la seguridad y firmeza en las decisiones y compromisos; la serenidad y capacidad de superación ante los retos y las dificultades; el optimismo, la alegría, la simpatía y el buen humor.



Finalmente, como parte de la madurez social encontramos: el afecto sincero por los demás, el respeto a sus derechos y el deseo de descubrir y aliviar sus necesidades; la comprensión de la diversidad de opiniones, valores o rasgos culturales, sin prejuicios; la capacidad de crítica e independencia frente a la cultura dominante, el entorno y el ambiente, los grupos de presión o las modas; una naturalidad en el comportamiento que lleva a actuar sin convencionalismos; ser capaces de escuchar y comprender; la facilidad para colaborar con otros.


Un camino hacia la madurez


Cabría resumir estos rasgos diciendo que la persona madura es capaz de desarrollar un proyecto elevado, claro y armónico de su vida, y que posee las disposiciones positivas necesarias para realizarlo con facilidad.


En cualquier caso, la madurez viene como un proceso que requiere tiempo, que pasa por distintos momentos y etapas. Suele crecer de una manera gradual, aunque en la historia personal pueda haber sucesos que impulsan a dar grandes saltos: por ejemplo, la venida al mundo del primer hijo para algunos marca un hito, al caer en la cuenta de lo que implica esta nueva responsabilidad; o, después de atravesar serios apuros económicos, una persona puede aprender a reconsiderar cuáles son las cosas verdaderamente importantes en la vida; etc.


En este camino hacia la madurez, la fuerza transformadora de la gracia se hace presente. Basta una mirada de conjunto a las santas y santos más conocidos para detectar en seguida en ellos los ideales elevados, la certidumbre de sus convicciones, la humildad ‒que es el más adecuado concepto de sí mismo‒, su desbordante creatividad e iniciativa, su capacidad de entrega y amor hecha realidad, su contagioso optimismo, su apertura ‒su afán apostólico, en definitiva‒ eficaz y universal.


Un ejemplo claro lo encontramos en la vida de san Josemaría, que ya desde la juventud notaba que la gracia había obrado en él consolidando una personalidad madura. Apreciaba en sí, en medio de las dificultades, una estabilidad de ánimo fuera de lo usual: Creo que el Señor ha puesto en mi alma otra característica: la paz: tener la paz y dar la paz, según veo en personas que trato o dirijo[9]. Se le podían aplicar, con toda justicia, aquellas palabras del salmo: Super senes intellexi quia mandata tua quaesivi[10]: tengo más discernimiento que los ancianos, porque guardo tus mandatos. Lo que no quita que, no pocas veces, la madurez se adquiere con el tiempo, los fracasos y los éxitos, que entran en el horizonte de la Divina Providencia.


Contar con la gracia y el tiempo


Aunque es posible señalar que en cierto momento una persona ha llegado a una etapa de madurez en su vida, la tarea de trabajar sobre el modo de ser de cada uno se proyecta a lo largo de todo nuestro andar terreno.


El autoconocimiento y la aceptación del propio carácter darán paz para no desanimarse en este empeño. Esto no implica ceder al conformismo. Quiere decir, más bien, reconocer que el heroísmo de la santidad no exige poseer ya una personalidad perfecta ni aspirar a un modo de ser idealizado, y que la santidad requiere la lucha paciente de cada día, sabiendo reconocer los errores y pedir perdón.


Las verdaderas biografías de los héroes cristianos son como nuestras vidas: luchaban y ganaban, luchaban y perdían. Y entonces, contritos, volvían a la lucha[11]. El Señor cuenta con el esfuerzo prolongado en el tiempo para pulir el propio modo de ser. Es significativo, por ejemplo, aquello que una persona comentaba a la sierva de Dios Dora del Hoyo hacia el final de su vida: «–Dora: quién te ha visto y quién te ve. ¡Mira que eres otra! Se rió: sabía muy bien de qué hablaba»[12]. Le había hecho ver cómo, con los años, su carácter había alcanzado una ecuanimidad que conseguía moderar las reacciones de genio.


Y es que en esta empresa contamos siempre con la ayuda del Señor y con los cuidados maternos de santa María: «La Virgen hace precisamente esto con nosotros, nos ayuda a crecer humanamente y en la fe, a ser fuertes y a no ceder a la tentación de ser hombres y cristianos de una manera superficial, sino a vivir con responsabilidad, a tender cada vez más hacia lo alto»[13].


En próximos editoriales abordaremos diversos elementos que están implicados en la formación del carácter. Señalaremos ciertos rasgos claves de la madurez cristiana. Contemplaremos el edificio que el Espíritu Santo, con la colaboración activa de cada uno, busca levantar en el interior del alma, y consideraremos las características de los fundamentos, qué hacer para asegurar que la estructura sea firme, cómo remediar la aparición de alguna fisura.


¡Qué desafío tan entusiasmante es forjar una personalidad que refleje claramente la imagen de Jesucristo!

3 de septiembre de 2023

LA FELICIDAD


 Evangelio (Mt 16,21-27)


Desde entonces comenzó Jesús a manifestar a sus discípulos que él debía ir a Jerusalén y padecer mucho por causa de los ancianos, de los príncipes de los sacerdotes y de los escribas, y ser llevado a la muerte y resucitar al tercer día.


Pedro, tomándolo aparte, se puso a reprenderle diciendo:


— ¡Dios te libre, Señor! De ningún modo te ocurrirá eso.


Pero él se volvió hacia Pedro y le dijo:


— ¡Apártate de mí, Satanás! Eres escándalo para mí, porque no sientes las cosas de Dios sino las de los hombres.


Entonces les dijo Jesús a sus discípulos:


— Si alguno quiere venir detrás de mí, que se niegue a sí mismo, que tome su cruz y que me siga. Porque el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mí, la encontrará.


Porque, ¿de qué le servirá al hombre ganar el mundo entero si pierde su vida?, o ¿qué podrá dar el hombre a cambio de su vida? Porque el Hijo del Hombre va a venir en la gloria de su Padre acompañado de sus ángeles, y entonces retribuirá a cada uno según su conducta.


PARA TU RATO DE ORACION 


Este pasaje del Evangelio sigue inmediatamente después de aquel diálogo de Jesús con sus discípulos, cuando a su pregunta “Quién dicen los hombres que es el Hijo del hombre” (Mt 16,13), tras unos momentos de silencio por parte de todos, Pedro responde: “Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo” (Mt 16, 16). Afirmación que fue solemnemente confirmada por el Maestro que, a la vez, les ordenó que no dijeran a nadie que Él es el Cristo (cf. Mt 16,20).


Los apóstoles estarían impresionados por la claridad con la que Jesús les había confirmado lo que intuían, que su Maestro era el Mesías largamente esperado, aquel descendiente de David que vendría a reinar para siempre liberando a su pueblo de toda opresión. Tal vez pensaban, como era lo habitual entre sus contemporáneos, que el reinado del Mesías sería una gloriosa sucesión de triunfos. Por eso, Jesús les pone inmediatamente en la realidad hablándoles de sus planes de futuro, que iban por unos derroteros muy distintos a los que se imaginaban. Les advierte de que “él debía ir a Jerusalén y padecer mucho por causa de los ancianos, de los príncipes de los sacerdotes y de los escribas, y ser llevado a la muerte y resucitar al tercer día” (v. 21).


También en esta ocasión, es Pedro quien toma la palabra para expresar lo que otros no se atreven a decir, y se atreve a reprender al Maestro: “¡Dios te libre, Señor! De ningún modo te ocurrirá eso” (v. 22). A lo que Jesús le responde con palabras muy fuertes: “¡Apártate de mí, Satanás! Eres escándalo para mí, porque no sientes las cosas de Dios sino las de los hombres” (v. 23).


Jesús se dirige hacia la Cruz e invita a sus discípulos a seguirlo: “Si alguno quiere venir detrás de mí, que se niegue a sí mismo, que tome su cruz y que me siga” (v. 24). Contra toda lógica humana, la cruz no implica desventura, desgracia que hay que evitar a toda costa, sino oportunidad de acompañar a Jesús en su victoria. En la lógica de Dios el camino que conduce al triunfo glorioso sobre el pecado y la muerte pasa por la pasión y la cruz.


Recordaba san Josemaría en su predicación un sueño de un clásico castellano en el que se mencionaban dos caminos. Uno es ancho y regalado, pero termina en un precipicio sin fondo. Es el que siguen atolondradamente los mundanos. “Por dirección distinta, discurre en ese sueño otro sendero: tan estrecho y empinado, que no es posible recorrerlo a lomo de caballería. Todos los que lo emprenden, adelantan por su propio pie, quizá en zigzag, con rostro sereno, pisando abrojos y sorteando peñascos. En determinados puntos, dejan a jirones sus vestidos, y aun su carne. Pero al final, les espera un vergel, la felicidad para siempre, el cielo. Es el camino de las almas santas que se humillan, que por amor a Jesucristo se sacrifican gustosamente por los demás; la ruta de los que no temen ir cuesta arriba, cargando amorosamente con su cruz, por mucho que pese, porque conocen que, si el peso les hunde, podrán alzarse y continuar la ascensión: Cristo es la fuerza de estos caminantes”[1].


El fin de todo ser humano es alcanzar la felicidad. Pero no se consigue la felicidad cuando se busca siempre lo más cómodo y apetecible, sino cuando se ama decididamente, aunque el amor comporte sacrificio. “Lo que se necesita para conseguir la felicidad, no es una vida cómoda, sino un corazón enamorado”[2], decía san Josemaría. “Por esto, me gusta pedir a Jesús, para mí: Señor, ¡ningún día sin cruz! Así, con la gracia divina, se reforzará nuestro carácter, y serviremos de apoyo a nuestro Dios, por encima de nuestras miserias personales”[3].


[1] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 130.


[2] San Josemaría, Surco, n. 795.


[3] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 216.


Photo Javier Allegue Barros on Unsplash

1 de septiembre de 2023

AL FINAL DE LOS TIEMPOS

 



Evangelio (Mt 25,1-13)


Entonces el Reino de los Cielos será como diez vírgenes, que tomaron sus lámparas y salieron a recibir al esposo. Cinco de ellas eran necias y cinco prudentes; pero las necias, al tomar sus lámparas, no llevaron consigo aceite; las prudentes, en cambio, junto con las lámparas llevaron aceite en sus alcuzas. Como tardaba en venir el esposo, les entró sueño a todas y se durmieron. A medianoche se oyó una voz: «¡Ya está aquí el esposo! ¡Salid a su encuentro!» Entonces se levantaron todas aquellas vírgenes y aderezaron sus lámparas. Y las necias les dijeron a las prudentes: «Dadnos aceite del vuestro porque nuestras lámparas se apagan». Pero las prudentes les respondieron: «Mejor es que vayáis a quienes lo venden y compréis, no sea que no alcance para vosotras y nosotras». Mientras fueron a comprarlo vino el esposo, y las que estaban preparadas entraron con él a las bodas y se cerró la puerta. Luego llegaron las otras vírgenes diciendo: «¡Señor, señor, ábrenos!» Pero él les respondió: «En verdad os digo que no os conozco». Por eso: velad, porque no sabéis el día ni la hora.


PARA TU RATO DE ORACION 


Jesús sigue exhortando a una vida de vela activa. Lo hace ahora con una parábola sobre unas bodas. El esposo está por llegar y un cortejo de vírgenes está esperando para acompañarle con sus lámparas encendidas. El relato nos dice que el novio se retrasa, y con ello se aclara la idea general sobre la que Jesús quiere ofrecer su enseñanza: las bodas son el Reino de los Cielos; el esposo es Cristo que vendrá al final de los tiempos a juzgar y retribuir a cada uno según sus obras; el momento de la llegada es incierto y de ahí la necesidad de permanecer en vela. La parábola, así, nos interpela a través del tiempo: invitados a una vida de comunión con Dios, para poder acceder a su Reino debemos permanecer en vela, demostrando así nuestros deseos.


San Pablo dice a los de Tesalónica que no duden que Cristo vendrá en gloria, pero que la forma de esperar esa Parusía bien preparados es vivir con amor las obligaciones de cada instante (cfr. 1Ts 4,1-12). Tenemos una misión encomendada: dirigir a Cristo todas nuestras actividades, hacer que sea él el corazón de nuestro obrar, para que todo pueda ser en él recapitulado, vivificado y elevado al Padre. Dios cuenta con nosotros para avanzar en la instauración de su Reino entre los hombres. Para ello debemos tomarnos en serio esta vida, viviéndola con la conciencia de que el bautizado puede pensar como Cristo, puede pensar las cosas de arriba (cfr. Col 3,1-3), al mismo tiempo que ama este mundo, ya que Cristo, cabeza de la Iglesia, está sentado a la derecha del Padre.


No sabemos ni el día ni la hora. Pero sí sabemos que la caridad no tiene ni día ni hora: sabemos que toda nuestra existencia es vocación al amor y, por tanto, no tenemos que esperar ocasiones señaladas o especiales para amar. El cristiano no vive calculando o dividiendo su vida en compartimentos estancos, como si alguno de ellos fuese ajeno a Dios. Nada nuestro le es ajeno: nos espera en todo lo que hacemos, pensamos y sentimos, las veinticuatro horas del día. Si queremos ser luz de Cristo en el mundo, el amor de Cristo ha de estar presente en toda nuestra existencia: nuestro sentir ha de ser el sentir de Cristo.


El cielo: "ni ojo alguno vio, ni oreja oyó, ni pasaron a hombre por pensamiento las cosas que tiene Dios preparadas para aquellos que le aman".


¿No te empujan a luchar esas revelaciones del apóstol?


Camino, 751


Hazlo todo con desinterés, por puro Amor, como si no hubiera premio ni castigo. —Pero fomenta en tu corazón la gloriosa esperanza del cielo.


Camino, 668


Si el Amor, aun el amor humano, da tantos consuelos aquí, ¿qué será el Amor en el cielo?


Camino, 428


Si alguna vez te intranquiliza el pensamiento de nuestra hermana la muerte, porque ¡te ves tan poca cosa!, anímate y considera: ¿qué será ese Cielo que nos espera, cuando toda la hermosura y la grandeza, toda la felicidad y el Amor infinitos de Dios se viertan en el pobre vaso de barro que es la criatura humana, y la sacien eternamente, siempre con la novedad de una dicha nueva?


Surco, 891


Piensa qué grato es a Dios Nuestro Señor el incienso que en su honor se quema; piensa también en lo poco que valen las cosas de la tierra, que apenas empiezan ya se acaban...


En cambio, un gran Amor te espera en el Cielo: sin traiciones, sin engaños: ¡todo el amor, toda la belleza, toda la grandeza, toda la ciencia...! Y sin empalago: te saciará sin saciar.


Forja, 995


Un consejo, que os he repetido machaconamente: estad alegres, siempre alegres. Que estén tristes los que no se consideren hijos de Dios.


Surco, 54


Cada vez estoy más persuadido: la felicidad del Cielo es para los que saben ser felices en la tierra.


Forja, 1005


Dos textos del Catecismo de la Iglesia Católica sobre el Cielo

1023 Los que mueren en la gracia y la amistad de Dios y están perfectamente purificados, viven para siempre con Cristo. Son para siempre semejantes a Dios, porque lo ven "tal cual es" (1 Jn 3, 2), cara a cara (cf. 1 Co 13, 12; Ap 22, 4):


Definimos con la autoridad apostólica: que, según la disposición general de Dios, las almas de todos los santos ... y de todos los demás fieles muertos después de recibir el bautismo de Cristo en los que no había nada que purificar cuando murieron;... o en caso de que tuvieran o tengan algo que purificar, una vez que estén purificadas después de la muerte ... aun antes de la reasunción de sus cuerpos y del juicio final, después de la Ascensión al cielo del Salvador, Jesucristo Nuestro Señor, estuvieron, están y estarán en el cielo, en el reino de los cielos y paraíso celestial con Cristo, admitidos en la compañía de los ángeles. Y después de la muerte y pasión de nuestro Señor Jesucristo vieron y ven la divina esencia con una visión intuitiva y cara a cara, sin mediación de ninguna criatura (Benedicto XII: DS 1000; cf. LG 49).


1024 Esta vida perfecta con la Santísima Trinidad, esta comunión de vida y de amor con Ella, con la Virgen María, los ángeles y todos los bienaventurados se llama "el cielo". El cielo es el fin último y la realización de las aspiraciones más profundas del hombre, el estado supremo y definitivo de dicha.