"Hago todos los días mi "ratito" de oración: ¡si no fuera por eso!" (Camino, 106)

21 de septiembre de 2023

San Mateo, apóstol y evangelista

 


Evangelio (Mt 9, 9-13)


Al pasar vio Jesús a un hombre llamado Mateo sentado al mostrador de los impuestos, y le dijo: «Sígueme». Él se levantó y lo siguió.


Y estando en la casa, sentado a la mesa, muchos publicanos y pecadores, que habían acudido, se sentaban con Jesús y sus discípulos.


Los fariseos, al verlo, preguntaron a los discípulos: «¿Cómo es que vuestro maestro come con publicanos y pecadores?».


Jesús lo oyó y dijo: «No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos. Andad, aprended lo que significa “Misericordia quiero


PARA TU RATO DE ORACION 


JESÚS VIO al publicano y, porque lo amó, lo eligió»1. Estas palabras de san Beda condensan los rasgos esenciales de cualquier vocación. En toda llamada la iniciativa parte siempre de Dios, que piensa en nosotros desde la eternidad y nos acompaña en cada uno de nuestros pasos. En el caso de Mateo, es Jesús quien pasa junto al lugar donde estaba recaudando impuestos. Y, al verle, decide llamarle sin más preámbulos. Es el misterio de la vocación. Mateo podía haberse planteado preguntas como: ¿por qué a mí?, ¿por qué ahora?, ¿tengo las cualidades necesarias?, ¿dónde me llevará esta elección? Él era un publicano, considerado socialmente como un pecador público. Pero su historia demuestra que ninguna de esas cuestiones son decisivas. Lo realmente importante, en el caso de Mateo y en el de cualquier vocación, es que se ha producido un encuentro personal con Cristo y es él quien nos invita a colaborar en su plan de salvación.


Jesús dirige una palabra a Mateo: «Sígueme». No se trata solamente de una invitación a acompañarle. También «quiere decir: “Imítame”. Le dijo: Sígueme, más que con sus pasos, con su modo de obrar. Porque, quien dice que permanece en Cristo debe vivir como vivió él»2. Y así fue cómo la vida de Mateo encontró su pleno cumplimiento. Vería toda su existencia con ojos nuevos, con una luz que también es calor e impulso para dar una respuesta generosa: «Si me preguntáis cómo se nota la llamada divina, cómo se da uno cuenta –decía san Josemaría–, os diré que es una visión nueva de la vida. Es como si se encendiera una luz dentro de nosotros; es un impulso misterioso, que empuja al hombre a dedicar sus más nobles energías a una actividad que, con la práctica, llega a tomar cuerpo de oficio. Esa fuerza vital, que tiene algo de alud arrollador, es lo que otros llaman vocación»3.


MATEO responde inmediatamente a la llamada. El Evangelio dice con toda sencillez que «se levantó y lo siguió» (Mt 9,9). Los datos son escuetos. No sabemos si antes había escuchado ya al Maestro o si había conversado con él en Cafarnaún, donde vivía y trabajaba. Lo que el texto destaca, en su concisión, es la prontitud con la que sigue al Señor cuando recibe la llamada a compartir su vida. Algo muy similar encontramos en el caso de otros apóstoles, como Andrés y Pedro, Felipe y Natanael, o Santiago y Juan (cfr. Jn 1,40-50; Mt 4,18-22).


¿Qué fue lo que movió a aquellos sencillos pescadores y al publicano Mateo a seguir sin demora a Cristo? No es del todo fácil dar una respuesta. Sabemos poco de quiénes eran, cómo pensaban, cuáles eran sus anhelos y esperanzas. Pero sí percibimos en los evangelios que Jesús se metió en sus corazones. Les hizo experimentar vivamente el amor que traía a la tierra. Y este descubrimiento los llenó de una irresistible alegría. «Cada vocación verdadera inicia con un encuentro con Jesús que nos dona una alegría y una esperanza nueva; y nos conduce, también a través de pruebas y dificultades, a un encuentro cada vez más pleno»4.


Mateo dejó que su corazón fuera conquistado por Jesús. Experimentó que estar con él dona una felicidad que el mundo no puede dar. Posiblemente, a las pocas semanas de estar junto a Jesús, no se le ocultaba que habría dificultades, pues no todos recibían al Maestro con la misma apertura de corazón. Quizá también percibiría sus propios límites y miserias, en contraste con la misión que Jesús emprendía. Pero Mateo prefirió la esperanza, rechazando el pesimismo; confió en que podría custodiar su amor a Jesús, quizá purificándolo y renovándolo muchas veces. «Enamorados de Jesús. Claro que hay pruebas en la vida, hay momentos en los que hace falta ir hacia delante a pesar del frío y los vientos contrarios, a pesar de tantas amarguras. Pero los cristianos conocen el camino que conduce a aquel fuego sacro que les ha encendido una vez para siempre. (...) Cultivemos sanas utopías: Dios nos quiere capaces de soñar como él y con él, mientras caminamos bien atentos a la realidad»5.


DESPUÉS del encuentro en el telonio, Mateo decidió organizar una fiesta en su propia casa. Quiso celebrar la nueva vida que iba a comenzar invitando a sus amigos para que conocieran también a Jesús. Muchos de ellos, como el mismo Mateo, eran considerados pecadores por su colaboración con el imperio romano. Por eso, «los fariseos, al ver esto, empezaron a decir a sus discípulos: “¿Por qué vuestro maestro come con publicanos y pecadores?”». Pero Jesús, al escuchar estas palabras, deja claro el sentido de su venida al mundo: «No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos. Id y aprended qué sentido tiene: “Misericordia quiero y no sacrificio”; porque no he venido a llamar a los justos sino a los pecadores» (Mt 9,10-13).


El que se considera justo está cerrando las puertas a Dios. En cambio, el que se reconoce pecador deja que Cristo se acerque para curarle. Él no nos pide una vida impoluta y sin errores, sino un corazón contrito y humillado: este es el mejor sacrificio que podemos ofrecerle (cfr. Sal 51,19). «Somos pobres vasos de barro: frágiles, quebradizos. Pero Dios nos ha hecho para llenarnos de su felicidad, para siempre. Y ya ahora en la tierra, nos da su alegría para que la transmitamos a todos»6. Podemos pedir a nuestra Madre del cielo que nos ayude a experimentar en nuestra vida la fuerza sanadora de la misericordia de Dios. Especialmente en la Confesión y en la Eucaristía recibimos la gracia que nos impulsa a ser testigos del amor que Dios nos tiene.



20 de septiembre de 2023

EL JUEGO DIVINO

 


Evangelio (Lc 7, 31-35)


Así pues, ¿con quién voy a comparar a los hombres de esta generación? ¿A quién se parecen? Se parecen a los niños sentados en la plaza y que se gritan unos a otros aquello que dice:


«Hemos tocado para vosotros la flauta y no habéis bailado; hemos cantado lamentaciones y no habéis llorado».


» Porque viene Juan el Bautista, que no come pan ni bebe vino, y decís: «Tiene un demonio». Viene el Hijo del Hombre, que come y bebe, y decís: «Fijaos: un hombre comilón y bebedor, amigo de publicanos y de pecadores».


»Pero la sabiduría queda acreditada por todos sus hijos.



PARA TU RATO DE ORACION 



TRAS haber mostrado a la embajada de Juan el Bautista con obras y palabras que él es el Mesías, el Señor lo alaba delante de la multitud que se ha reunido a su alrededor. A continuación, dirige un duro reproche a los fariseos y doctores de la Ley y una advertencia en forma de comparación para todos aquellos que lo escuchan: «¿A quién se parecen? Se parecen a los niños sentados en la plaza y que se gritan unos a otros aquello que dice: “Hemos tocado para vosotros la flauta y no habéis bailado; hemos cantado lamentaciones y no habéis llorado”» (Lc 7,31-32).


Los juegos de los niños suelen seguir unas reglas aceptadas por todos que permiten disfrutar la actividad. Si uno no las cumple, prefiriendo jugar de otro modo, es lógico que los compañeros se lamenten, pues se está alterando el sentido del juego. Con esta imagen, Jesús enseña que Dios tiene un camino para salvarnos y hacernos felices. Algunos fariseos y doctores, en cambio, preferían una alternativa basada en sus esquemas y seguridades, basando la salvación en el cumplimiento de las reglas que, de hecho, ellos mismos habían establecido y que se alejaban de la voluntad original de Dios. De este modo, no solamente se negaban a acoger la salvación que Cristo les ofrecía, sino que impedían que los demás pudieran disfrutar del juego que el Señor les tenía preparado, pues enseñaban al pueblo sus propias normas, no las divinas.


«¿Cómo quiero yo ser salvado? ¿A mi modo? ¿Al modo de una espiritualidad que es buena, que me hace bien, pero que está fija, tiene todo claro y no hay riesgo? ¿O al modo divino, es decir, siguiendo el camino de Jesús, que siempre nos sorprende, que siempre nos abre las puertas al misterio de la omnipotencia de Dios, que es la misericordia y el perdón?»[1]. Las reglas del juego divino forman parte de una sabiduría que busca saciar nuestros anhelos más profundos: no hay nadie más interesado en nuestra felicidad que el propio Dios. Él nos ofrece, por decirlo de algún modo, bailar al ritmo de una melodía que nos llevará a ser dichosos en la tierra y en el cielo.


EL MISMO Jesús hace explícito el sentido de su comparación: «Porque viene Juan el Bautista, que no come pan ni bebe vino, y decís: “Tiene un demonio”. Viene el Hijo del Hombre, que come y bebe, y decís: “Fijaos: un hombre comilón y bebedor, amigo de publicanos y de pecadores”» (Lc 7,33-34). Cualquier gesto del Señor era fácilmente malinterpretado por algunas autoridades judías. En lugar de tratar de comprender el sentido de la propuesta del Señor, que era el Mesías que tanto esperaban, preferían aferrarse a la imagen de Dios que ellos se habían moldeado a partir de sus propias normas.


Al leer el Evangelio podemos entrever que Jesús no actuaba en función de unos estándares sociales, ni se dejaba influenciar por lo que los demás podían pensar o esperar de él. Cristo se movía con una auténtica libertad: todas sus obras eran fruto del amor a su Padre y a los hombres. Si comía con publicanos y pecadores era porque consideraba que precisamente aquellas personas tenían más necesidad de su amistad para que aceptaran la salvación que él venía a ofrecer.


Jesús rechaza el pecado, pero no cierra las puertas a las almas necesitadas de perdón. La misericordia es uno de los rasgos que forman la auténtica imagen divina, aunque no todos los fariseos lo lograran percibir. Por eso el Señor nos invita a no juzgar a los demás con nuestros propios criterios, sino a ofrecerles la alegría y la salvación que proviene de dejar entrar a Cristo en la propia casa. «Saber que Dios nos espera en cada persona (cfr. Mt 25,40), y que quiere hacerse presente en sus vidas también a través de nosotros, nos lleva a procurar dar a manos llenas lo que hemos recibido»[2].


EL SEÑOR termina su discurso dando una clave para entender las reglas del juego divino y de su modo de obrar: «La sabiduría queda acreditada por todos sus hijos» (Lc 7,35). Es decir, que todos aquellos que han abrazado la nueva vida que les ha ofrecido Cristo confirman que es un camino de alegría que llena las aspiraciones del corazón humano. El reconocimiento de nuestra dependencia filial de Dios es «fuente de sabiduría y de libertad, de gozo y de confianza»[3].


San Josemaría comentaba que cuando uno busca sinceramente la santidad, alcanza una paz y una alegría que acaba extendiéndose a las personas que le rodean. «El cristiano es uno más en la sociedad; pero de su corazón desbordará el gozo del que se propone cumplir, con la ayuda constante de la gracia, la Voluntad del Padre»[4]. Esta alegría es el testimonio más auténtico que acredita la sabiduría de las palabras del Señor y hace que su mensaje llegue a todas las personas de manera amable y atractiva, siguiendo el consejo de san Pablo: «Que vuestra conversación sea siempre con gracia, sazonada con sal, de forma que sepáis responder a cada uno como conviene» (Col 4,61 Co 10,31).


La Virgen María confió en los planes divinos y encontró una felicidad que inspira a los cristianos con el pasar de los siglos. «Desde ahora me llamarán bienaventurada todas las generaciones» (Lc 1,48), clamó en el Magníficat. No se trata, por tanto, de un testimonio que solamente iluminó a las personas de su época, sino que también se extiende a los hombres y a las mujeres de todos los tiempos. Podemos acudir a ella para que en nuestra vida reflejemos la alegría de decir que sí a la voluntad de Dios.



19 de septiembre de 2023

ESTAMOS ACOMPAÑADOS




 Evangelio (Lc 7, 11-17)


En aquel tiempo, marchó a una ciudad llamada Naín, e iban con él sus discípulos y una gran muchedumbre. Al acercarse a la puerta de la ciudad, resultó que llevaban a enterrar un difunto, hijo único de su madre, que era viuda. Y la acompañaba una gran muchedumbre de la ciudad. El Señor la vio y se compadeció de ella. Y le dijo: —No llores.


Se acercó y tocó el féretro. Los que lo llevaban se detuvieron. Y dijo: —Muchacho, a ti te digo, levántate.


Y el que estaba muerto se incorporó y comenzó a hablar. Y se lo entregó a su madre. Y se llenaron todos de temor y glorificaban a Dios diciendo: «Un gran profeta ha surgido entre nosotros», y «Dios ha visitado a su pueblo».


Esta opinión sobre él se divulgó por toda Judea y por todas las regiones vecinas.



PARA TU RATO DE ORACION 



CAMINABA Jesús acompañado por una gran muchedumbre. Algunos habían presenciado sus milagros; otros quizá solamente habían oído hablar de él. En cualquier caso, todos estaban asombrados por el nuevo Maestro: su predicación y sus obras manifestaban claramente el poder de Dios. Mientras la comitiva se dirigía a Naín, Jesús observó a lo lejos una escena triste: una mujer viuda se disponía a enterrar a su único hijo. El Evangelio nos muestra su reacción: «El Señor la vio y se compadeció de ella» (Lc 7,13).


Cristo es verdadero hombre, por eso se apiada de esta mujer, como lo haría cualquiera de nosotros. Pero como también es Dios, el consuelo que puede ofrecer es mayor que el que nosotros podemos dar. «Se acercó y tocó el féretro. Los que lo llevaban se detuvieron. Y dijo: “Muchacho, a ti te digo, levántate”. Y el que estaba muerto se incorporó y comenzó a hablar» (Lc 7,14-15). A diferencia de otros milagros, aquí no encontramos ninguna súplica dirigida hacia el Señor; no conocemos ni siquiera el nombre de la viuda ni del muchacho. Esa mujer no dice nada, pero Jesús conoce su corazón, y obra simplemente movido por su misericordia.


El Señor «podía haber pasado de largo, o esperar una llamada, una petición. Pero ni se va ni espera. Toma la iniciativa, movido por la aflicción de una mujer viuda, que había perdido lo único que le quedaba, su hijo. (…) No era, no es Jesucristo insensible ante el padecimiento, que nace del amor»1. Él mira nuestras luchas y nuestros dolores de la misma manera en que miró a la viuda de Naín: Jesús es el primero que quiere curarnos.


EL PUEBLO de Israel era consciente de que Yahvé tenía una especial predilección por las viudas. «El Señor guarda a los extranjeros, sustenta al huérfano y a la viuda», dice el salmista (Salmo 146,9). Además, los profetas advertían constantemente al pueblo elegido de la importancia de cuidar a las viudas, de no dejarlas solas en su desamparo. Dada las circunstancias sociales del momento, una mujer que perdía el marido enfrentaba serios retos en su vida.


Es de suponer, por tanto, que aquella mujer de Naín tenía pocas esperanzas. A la pérdida del marido se le unía la de su hijo. Él era el único que podía ayudarla a salir adelante, pero ahora se veía abocada, ella sola, a lidiar con las dificultades de la vida. Justo cuando resultaba evidente que todo estaba perdido, apareció el Señor y obró el milagro. Algo similar sucedería después, al resucitar a Lázaro: ya habían pasado varios días desde que la esperanza de su curación se había desvanecido.


La esperanza cristiana no es ingenuidad. No consiste en creer que las cosas irán siempre bien. En ocasiones, el Señor permite que una contradicción se prolongue en el tiempo y que nuestras esperanzas humanas vayan cayendo, una tras otra. Llega entonces el momento de confiar solamente en Jesús: «Cristo está en vosotros y es la esperanza de la gloria» (Col 1,27), escribe san Pablo. La seguridad no reside en nuestras cualidades, ni en los asideros que ofrece el mundo, ni siquiera en que sucederá en algún momento lo que a nosotros nos parece mejor, sino en la certeza de que Dios siempre camina a nuestro lado. «“In te, Domine, speravi”: en ti, Señor, esperé. –Y puse, con los medios humanos, mi oración y mi cruz. –Y mi esperanza no fue vana, ni jamás lo será: “non confundar in æternum”!2».


DESPUÉS de que el muchacho volviera a la vida, san Lucas apunta que Jesús «se lo entregó a su madre» (Lc 7,15). Seguramente, ese gesto del Señor se quedó impreso en la memoria de la viuda de Naín. A partir de entonces, ella vería a su hijo de una manera distinta. «Recibiéndolo de las manos de Jesús se convierte en madre por segunda vez, pero el hijo que ahora se le ha devuelto no ha recibido la vida de ella. Madre e hijo reciben así la respectiva identidad gracias a la palabra potente de Jesús y a su gesto amoroso»3.


Si toda vida humana es un don, en el caso del muchacho de Naín esto resulta aún más evidente. Aquello que Dios parecía que había arrebatado de la madre, ahora lo vuelve a poner en sus manos. El Señor no «se goza en separar a los hijos de los padres –explica san Josemaría–: supera la muerte para dar la vida, para que estén cerca los se quieren, exigiendo antes y a la vez la preeminencia del Amor divino que ha de informar la auténtica existencia cristiana»4.


La viuda de Naín pasó por un proceso de purificación de sus esperanzas. Qué natural resultaría para ella contar con la ayuda de su hijo, una vez que su marido había dejado este mundo. Y, sin embargo, durante un momento tuvo que desprenderse de él, hasta que el Señor se lo volvió a dar. A partir de entonces, vería en esa vida sobre todo un don. Ciertamente confiaría en su hijo, pero, sobre todo, confiaría aún más en el Señor. La Virgen también tuvo que vivir de esta esperanza durante los días que siguieron a la muerte de Jesús. Por eso, nadie mejor que ella nos puede ayudar a afrontar las dificultades de la vida con la mirada puesta en la resurrección: quien espera en el Señor no queda nunca defraudado

18 de septiembre de 2023

FE DE VERDAD

 



Evangelio


En aquel tiempo, cuando terminó de decir todas estas palabras al pueblo que le escuchaba, entró en Cafarnaún. Había allí un centurión que tenía un siervo enfermo, a punto de morir, a quien estimaba mucho. Habiendo oído hablar de Jesús, le envió unos ancianos de los judíos para rogarle que viniera a curar a su siervo. Ellos, al llegar donde Jesús, le rogaban encarecidamente diciendo: —Merece que hagas esto, porque aprecia a nuestro pueblo y él mismo nos ha construido la sinagoga.


Jesús, pues, se puso en camino con ellos. Y no estaba ya lejos de la casa cuando el centurión le envió unos amigos para decirle: —Señor, no te tomes esa molestia, porque no soy digno de que entres en mi casa, por eso ni siquiera yo mismo me he considerado digno de ir a tu encuentro. Pero dilo de palabra y mi criado quedará sano. Pues también yo soy un hombre sometido a disciplina y tengo soldados a mis órdenes. Le digo a uno: «Vete», y va; y a otro: «Ven», y viene; y a mi siervo: «Haz esto», y lo hace.


Al oír esto, Jesús se admiró de él, y volviéndose a la multitud que le seguía, dijo: —Os digo que ni siquiera en Israel he encontrado una fe tan grande.


Y cuando volvieron a casa, los enviados encontraron sano al siervo.


PARA TU RATO DE ORACION 


UN CENTURIÓN tenía un criado enfermo, a punto de morir. Cuando supo que Jesús había llegado a Cafarnaúm, «le envió unos ancianos de los judíos para rogarle que viniera a curar a su siervo» (Lc 7,3). Ellos, al acercarse al Señor, «le rogaban encarecidamente diciendo: “Merece que hagas esto, porque aprecia a nuestro pueblo y él mismo nos ha construido la sinagoga”» (Lc 7,4). Probablemente Jesús se sorprendiera gratamente al escuchar estas palabras. No era raro que, al llegar a una ciudad, percibiera un clima de tensión y desconfianza entre el pueblo judío y los soldados romanos. Sin embargo, en esta ocasión nota un ambiente muy diferente. Aquel centurión, en lugar de imponer su autoridad por la fuerza, ha manifestado su aprecio por las personas y las tradiciones judías. Y al mismo tiempo, los judíos han sabido reconocer ese afecto; por eso no dudan en acudir a Jesús en nombre de ese funcionario para pedir por la curación de su criado. Las diferencias entre el pueblo romano y el judío no han impedido que se cree una atmósfera de respeto hacia el otro.


«Cada hombre y cada mujer son como una pieza de un inmenso mosaico, que ya es bella de por sí, pero solo junto a las otras piezas compone una imagen, en la convivencia de las diferencias. Ser cordiales con alguien significa también imaginar y construir un futuro feliz con el otro. La convivencia, de hecho, se hace eco del deseo de comunión que reside en el corazón de cada ser humano, gracias al cual todos pueden hablar entre ellos, se pueden intercambiar proyectos y se puede delinear un futuro juntos»[1]. El deseo de amistad sincera, y el afán de servir a los demás, es el rasgo que marca la relación de un cristiano con todos los hombres, también con aquellos con los que uno no comparte el modo de pensar o de vivir. Y así, «a través del trato personal, de una amistad leal y auténtica –comentaba san Josemaría–, se despierta en los demás el hambre de Dios y se les ayuda a descubrir horizontes nuevos: con naturalidad, con sencillez he dicho, con el ejemplo de una fe bien vivida, con la palabra amable pero llena de la fuerza de la verdad divina»[2].


ANTE la súplica de los ancianos, Jesús tomó una decisión insólita a ojos de algunos de los presentes: dirigirse al hogar del centurión. Los judíos tenían prohibido entrar en la casa de los gentiles, y si lo hacían tenían que purificarse después. En este caso, era Jesús mismo quien traía vida nueva y, además, enseñaba a poner en primer lugar el bien y la salvación de aquella persona.


San Josemaría se preocupó de que ninguna de las personas que atendía muriera sin recibir los sacramentos, a pesar de las dificultades que pudiera encontrar. En una ocasión, se enteró de que a un joven, que vivía en un lugar donde se ofendía a Dios, le quedaban pocos días de vida. Después de exponer el problema al Vicario General de la diócesis, obtuvo el permiso para ir allí con el fin de proponer al enfermo que se confesara para administrarle la Extremaunción y el Viático. Acompañado por un amigo, se dirigió a ese lugar y, después de haberle preparado, le dio los últimos sacramentos.


«Sigamos el ejemplo de Jesucristo –escribió el fundador del Opus Dei–, no rechacemos a nadie: por salvar un alma, hemos de ir hasta las mismas puertas del infierno. Más allá no, porque más allá no se puede amar a Dios»[3]. El Señor no anunció el Evangelio solamente al pueblo judío, sino que lo ofreció a todo el mundo. «La universalidad de la misión de la Iglesia comporta que nadie queda fuera de su horizonte apostólico»[4]. Podemos pedir a Jesús que encienda en nosotros el deseo, traducido en obras, de que todos los hombres puedan abrazar la salvación que el Señor ofrece. «Nada hay más hermoso que haber sido alcanzados, sorprendidos, por el Evangelio, por Cristo. Nada más bello que conocerle y comunicar a los otros la amistad con él»[5].


EL CENTURIÓN no quería importunar a Jesús, posiblemente porque sabía que si entraba en su hogar, o se acercaba a él, después tendría que purificarse. Por eso, en cuanto supo que se encontraba cerca de su casa, le envió unos amigos para decirle: «No te tomes esa molestia, porque no soy digno de que entres en mi casa, por eso ni siquiera yo mismo me he considerado digno de ir a tu encuentro. Pero dilo de palabra y mi criado quedará sano» (Lc 7,6-7). Al oír estas palabras, el evangelista hace notar que «Jesús se admiró de él, y volviéndose a la multitud que le seguía, dijo: “Os digo que ni siquiera en Israel he encontrado una fe tan grande”» (Lc 7,9).


La declaración de Jesús es consoladora. Nos muestra hasta qué punto el Señor ve lo bueno que hay en nuestro corazón. En esta ocasión, alaba la fe de una persona que, a ojos del pueblo judío, no tenía fe. Enseñaba así a los allí presentes que también pueden aprender de aquellas personas que, aparentemente, puedan estar lejos de Dios. Al fin y al cabo, él se manifiesta en todas las culturas, «en los pueblos que han caminado por una ruta de la historia de modo diverso, a pueblos que han caminado de otra manera, pero es el mismo Dios. Y ese que es Padre de todos nos lleva a dialogar»[6].


El cristiano sabe que todo lo que ha recibido del Señor no ha sido fruto de su esfuerzo o de su ingenio, «sino palabra de Dios que ha venido a nosotros: no porque fuéramos mejores que los demás o porque estuviéramos más preparados, sino porque el Señor ha querido usarnos como instrumentos suyos»[7]. Por eso no es propietario de la verdad, sino su colaborador (cfr. 3 Jn 1,8). La Virgen María nos podrá ayudar a tener una visión esperanzadora del mundo y un corazón en el que quepan todos nuestros hermanos los hombres.





17 de septiembre de 2023

PERDONAR ACTO LIBERADOR

 



Evangelio (Mt 18,21-35)


Entonces, se acercó Pedro a preguntarle:


— Señor, ¿cuántas veces tengo que perdonar a mi hermano cuando peque contra mí? ¿Hasta siete?


Jesús le respondió:


— No te digo que hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete. Por eso el Reino de los Cielos viene a ser como un rey que quiso arreglar cuentas con sus siervos. Puesto a hacer cuentas, le presentaron uno que le debía diez mil talentos. Como no podía pagar, el señor mandó que fuese vendido él con su mujer y sus hijos y todo lo que tenía, y que así pagase. Entonces el siervo se echó a sus pies y le suplicaba: “Ten paciencia conmigo y te pagaré todo”. El señor, compadecido de aquel siervo, lo mandó soltar y le perdonó la deuda. Al salir aquel siervo, encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios y, agarrándole, lo ahogaba y le decía: “Págame lo que me debes”. Su compañero, se echó a sus pies y se puso a rogarle: “Ten paciencia conmigo y te pagaré”. Pero él no quiso, sino que fue y lo hizo meter en la cárcel, hasta que pagase la deuda. Al ver sus compañeros lo ocurrido, se disgustaron mucho y fueron a contar a su señor lo que había pasado. Entonces su señor lo mandó llamar y le dijo: “Siervo malvado, yo te he perdonado toda la deuda porque me lo has suplicado. ¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo la he tenido de ti?”. Y su señor, irritado, lo entregó a los verdugos, hasta que pagase toda la deuda. Del mismo modo hará con vosotros mi Padre celestial, si cada uno no perdona de corazón a su hermano.



PARA TU RATO DE ORACION 


CUANDO aquel siervo salió de la presencia del rey se encontró a un compañero que le debía cien denarios. Era una cantidad no pequeña –el salario de tres meses de trabajo–, pero insignificante comparada con la que le acababa de perdonar su señor. Cuando ese hombre se echó a sus pies y le pidió un poco más de tiempo, el siervo se negó a darle una prórroga: lo hizo meter en la cárcel hasta que pagase la deuda. Sus compañeros, al presenciar todo, se indignaron y contaron lo que había ocurrido al rey. Y este, al ver la falta de corazón de su súbdito, «lo entregó a los verdugos, hasta que pagase toda la deuda» (Mt 18,34).


Perdonar al prójimo es un acto liberador en el que el primer beneficiado es uno mismo. Si aquel siervo hubiera perdonado la deuda, la alegría habría sido doble: de su compañero, porque ya no tendría que devolver nada; y de él mismo, pues podría seguir disfrutando de su libertad. En cambio, ahora se veía encarcelado y con la obligación de devolver un importe que le resultaba asfixiante. De un modo análogo, cuando perdonamos a alguien nos liberamos de los posibles rencores y odios que pueden anidar en el corazón y abrazamos la paz y la alegría que nos ofrece Dios. «Sobrellevaos mutuamente y perdonaos cuando alguno tenga queja contra otro –escribía san Pablo–. Y que la paz de Cristo se adueñe de vuestros corazones» (Col 3,13.15).


Podemos perdonar a los demás porque antes Dios nos ha perdonado. Y también se podría decir al revés: Dios nos perdona porque ve que nosotros tenemos esa misma actitud de misericordia con los demás. Podemos pedir al Señor en este rato de oración la gracia de saber perdonar «desde el primer instante», sabiendo «que por grande que sea el perjuicio o la ofensa que te hagan, más te ha perdonado Dios a ti»[3].


SAN JOSEMARÍA afirmó en una ocasión que lo más divino en la vida de los cristianos es perdonar a quienes les hayan hecho daño. Dios mismo se hizo hombre precisamente para perdonar los pecados de todos los hombres. Por eso se podría decir que «nada nos asemeja tanto a Dios como estar dispuestos al perdón»[4].


La mayoría de las veces ese perdón será más bien por conflictos pequeños y propios de la vida cotidiana: una mala reacción, una broma fuera de lugar, un malentendido, un olvido, etc. En muchas de esas ocasiones puede no estar claro quién debería perdonar o pedir perdón. En muchas otras, por el contrario, posiblemente no quepan demasiadas dudas. Tanto en un sentido como en otro, es útil considerar, como sugiere el prelado del Opus Dei, que «un sincero gesto de petición de perdón es, muchas veces, la única manera de restablecer la armonía en las relaciones, aunque pensemos –con más o menos razón– que nosotros hemos sido la parte mayormente ofendida»[5].


Una de las últimas frases que pronunció el Señor antes de morir fue, precisamente, de perdón a los que le habían crucificado. Y podemos imaginar que la Virgen María, al escuchar esas palabras, extendió también su perdón hacia aquellas personas. «Debió de sufrir mucho el Corazón dulcísimo de María, al presenciar aquella crueldad colectiva, aquel ensañamiento que fue, de parte de los verdugos, la Pasión y Muerte de Jesús. Pero María no habla. Como su Hijo, ama, calla y perdona. Esa es la fuerza del amor»[6].



16 de septiembre de 2023

CONSTRUIR SOBRE ROCA

 


Evangelio (Lc 6, 43-49)


Porque no hay árbol bueno que dé fruto malo, ni tampoco árbol malo que dé buen fruto. Pues cada árbol se conoce por su fruto; no se recogen higos de los espinos, ni se vendimian uvas del zarzal. El hombre bueno del buen tesoro de su corazón saca lo bueno, y el malo de su mal saca lo malo: porque de la abundancia del corazón habla su boca.


¿Por qué me llamáis: «Señor, Señor», y no hacéis lo que digo? Todo el que viene a mí y oye mis palabras y las pone en práctica, os diré a quién se parece. Se parece a un hombre que, al edificar una casa, cavó muy hondo y puso los cimientos sobre la roca. Al venir una inundación, el río rompió contra aquella casa, y no pudo derribarla porque estaba bien edificada.


El que oye y no pone en práctica se parece a un hombre que edificó su casa sobre la tierra sin cimientos; rompió contra ella el río y enseguida se derrumbó, y fue tremenda la ruina de aquella casa.


PARA TU RATO DE ORACION 


MUCHAS DE LAS imágenes que Jesús emplea en su predicación están tomadas de experiencias comunes de la vida diaria, por lo que son muy expresivas y transmiten con fuerza su enseñanza. Así, las palabras del Maestro se quedaban así fácilmente grabadas en la memoria de quienes le escuchaban; al volver a sus casas probablemente las recordaban y, después, las repetían entre sus amigos. Hoy la Iglesia nos ofrece dos de esas imágenes: la del árbol que da frutos buenos o frutos malos, y la de la casa construida sobre roca o sobre arena.


«No hay árbol bueno que dé fruto malo, ni tampoco árbol malo que dé buen fruto. Pues cada árbol se conoce por su fruto; no se recogen higos de los espinos, ni se vendimian uvas del zarzal» (Lc 6,43-44). Los frutos brotan de la interioridad del árbol, de las raíces, de la savia que riega el tronco y las ramas. Con aquella comparación, Jesús nos invita a mirar el interior de nuestro corazón para descubrir los verdaderos motivos de nuestras acciones. Es precisamente allí, en nuestras disposiciones profundas, en donde podemos conocer mejor las razones de tal o cual reacción.


«Nuestro prójimo ve lo que nosotros hacemos, pero no ve por qué motivo lo hacemos. Solo Dios es testigo de ello (…). Yo no puedo leer en vuestro corazón –decía san Agustín–, pero Dios que escruta los corazones sabe lo que hay en el hombre»[1]. La nobleza de nuestro corazón es la clave para determinar el bien que existe en nuestra vida. Una mirada superficial o exterior, que se queda solamente en «hice esto» o «no hice aquello», no siempre da con lo que verdaderamente nos mueve. Necesitamos ahondar para descubrir las raíces del bien o del mal, con la tranquilidad de saber que Dios nos conoce perfectamente y él nos acompaña en esta tarea.


EN EL LENGUAJE de la Sagrada Escritura, el corazón es el lugar de las decisiones, es donde se forjan silenciosamente nuestras acciones. El corazón es sede de nuestra afectividad, allí cristalizan nuestros sentimientos; y, justamente por eso, es el lugar en donde converge lo exterior y lo interior. El corazón siente, pero precisamente como aquel sentimiento se refiere a algo externo, se abre a un proceso de conocimiento y de comprensión: es el núcleo más profundo de la persona. Por todo ello, dice Jesús: «El hombre bueno del buen tesoro de su corazón saca lo bueno, y el malo de su mal saca lo malo» (Lc 6,45).


A la luz de estas palabras de Cristo, le podemos pedir al Señor, como lo hacía san Josemaría, «que nos conceda un corazón bueno, capaz de compadecerse de las penas de las criaturas»[2], capaz de amar y de elegir el bien para nuestra vida y fomentarlo en la vida de quienes nos rodean. «Crea en mí, Dios mío, un corazón puro, y renueva en mi interior un espíritu firme», suplicamos con el salmista (Sal 51,12). Ese corazón nuevo, que es de carne y no de piedra (cfr. Ez 36,26), es sobre todo un regalo, un don de Dios. Pero, al mismo tiempo, necesitamos estar alerta para corregir el punto de mira cuando notamos que se desvía del bien, para enderezar con humildad las intenciones menos rectas.


Una manera concreta de examinarnos puede ser recordar los temas más frecuentes de nuestras conversaciones, porque, como añade Jesús, «de la abundancia del corazón habla su boca» (v. 45). ¡Qué sabiduría y qué retrato tan exacto de nuestra vida nos ofrece esta frase del Señor! Cuando nuestras palabras son habitualmente amables, es que el corazón está lleno de bondad y eso sale hacia fuera, dando luz y esperanza. En cambio, si asoma con facilidad la queja o el reproche, quizá nos falta alegría y libertad interior, o quizá se ha depositado en el corazón una cierta amargura. Nuestras conversaciones nos dan pistas para descubrir cómo está nuestro corazón: se trata de un posible modo práctico para examinarnos.


«TODO el que viene a mí y oye mis palabras y las pone en práctica, os diré a quién se parece. Se parece a un hombre que, al edificar una casa, cavó muy hondo y puso los cimientos sobre la roca. Al venir una inundación, el río rompió contra aquella casa, y no pudo derribarla porque estaba bien edificada» (Lc 6,47-48). En esta comparación, Jesús transmite quizás una experiencia que había visto o vivido en primera persona: que el futuro de un edificio depende de sus cimientos. La casa resistirá las inclemencias de la naturaleza solo si sus pilares se asientan sobre roca firme. En cambio, si por comodidad o por tener demasiada prisa la casa no se construyó sobre un suelo recio, a la mínima dificultad llegará la ruina.


«¿Qué quiere decir construir la casa sobre roca? Construir sobre roca quiere decir, ante todo, construir sobre Cristo y con Cristo (…). Quiere decir construir con Alguien que, conociéndonos mejor que nosotros mismos, nos dice: “Eres precioso a mis ojos, (...) eres estimado, y yo te amo” (Is 43,4). Quiere decir construir con Alguien que siempre es fiel, aunque nosotros fallemos en la fidelidad, porque él no puede negarse a sí mismo (cfr. 2 Tm 2,13). Quiere decir construir con Alguien que se inclina constantemente sobre el corazón herido del hombre, y dice: “Yo no te condeno. Vete, y en adelante no peques más” (cf. Jn 8,11). Quiere decir construir con Alguien que desde lo alto de la cruz extiende los brazos para repetir por toda la eternidad: “Yo doy mi vida por ti, hombre, porque te amo”»[3].


Jesús nos plantea un itinerario en tres pasos: acudir a él, escucharle, y vivir de esas palabras. Podemos acudir a la ayuda de santa María en este camino: al igual que ella, queremos construir nuestra casa sobre roca, para que allí habite el Verbo encarnado; al igual que nuestra Madre, queremos conservar la Palabra de Dios en nuestro corazón para que empape toda nuestra vida, desde nuestros más profundas disposiciones hasta nuestras acciones externas.


[1] San Agustín, Sermón 179.


[2] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 167.


[3] Benedicto XVI, Encuentro con jóvenes, 27-V-2006.

15 de septiembre de 2023

LAS LAGRIMAS DE LA VIRGEN Festividad de la Virgen de los Dolores

 


EVANGELIO Juan 19,25-27


En aquel tiempo, junto a la cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de su madre, María, la de Cleofás, y María, la Magdalena.

Jesús, al ver a su madre y cerca al discípulo que tanto quería, dijo a su madre:

—“Mujer, ahí tienes a tu hijo.”

Luego, dijo al discípulo:

—“Ahí tienes a tu madre.”

Y desde aquella hora, el discípulo la recibió en su casa



PARA TU RATO DE ORACIÓN 


LA IGLESIA nos invita a dirigir la mirada hacia esos últimos momentos de la vida del Señor, en los que quiso contar con la compañía de su Madre. Es una escena que, vista desde una perspectiva simplemente humana, parecería desoladora: un condenado a punto de morir, en la presencia de su misma madre. Sin embargo, la fe ilumina este cuadro, y nos ayuda a ver que, más allá de las sombras, hay puntos de luz. Incluso nos atrevemos a exclamar: «Feliz la Virgen María, que, sin morir, mereció la palma del martirio junto a la cruz del Señor»1.


¿Por qué podemos decir que la Virgen fue bienaventurada al estar junto a la cruz de su hijo? Sin duda, esto no se entiende sino a la luz de la Pascua del Señor. El martirio interior de santa María, todo aquel dolor real, fue superado por una participación especial, inmensa, en la alegría de la resurrección de Jesús. Contemplar los dolores de la Virgen nos recuerda que, en Cristo, el sufrimiento no tiene la última palabra: siempre lo podemos asociar a algo más grande, a la obra de la salvación de todos.


La Misa de hoy concluye diciendo: «Te pedimos, Señor, que, al recordar los dolores de la Virgen María, completemos en nosotros, en favor de la Iglesia, lo que falta a la pasión de Jesucristo»2. Santa María vivió de manera especialísima ese misterio de la unión de sus dolores con la Cruz de Jesús. La Virgen nos muestra que el sufrimiento, las contradicciones grandes o pequeñas, no tienen por qué encerrarnos en nosotros mismos. Sabiendo que se dirigen a la resurrección, pueden ser un camino para estar más cerca de Jesús y de los demás.


SAN JOSEMARÍA, al imaginar el encuentro de Jesús con su Madre camino al Calvario, comenta: «Con inmenso amor mira María a Jesús, y Jesús mira a su Madre; sus ojos se encuentran, y cada corazón vierte en el otro su propio dolor»3. No es poco frecuente que las madres contengan su propio sufrimiento, con el propósito de suavizar el de sus hijos. Lo mismo parece hacer santa María: abre su corazón al dolor, con el propósito de darle a Jesús un poco de alivio.


El arte de todos los siglos ha conservado en nuestra memoria las lágrimas que la Virgen derramó al pie de la Cruz. Pero aquellas lágrimas de María «fueron transformadas por la gracia de Cristo; toda su vida, todo su ser, todo en María se transfigura en perfecta unión con su Hijo, con su misterio de salvación. (…) Por eso, las lágrimas de la Virgen son signo de la compasión de Dios que siempre nos perdona; son signo del dolor de Cristo por nuestros pecados y por el mal que aflige a la humanidad, especialmente a los pequeños e inocentes»4.


En nuestra vida también encontraremos cruces, grandes y pequeñas. La Virgen de los Dolores nos recuerda que nunca estamos solos en el momento de la prueba. Ella cumple el encargo que recibió de los labios de Jesús antes de morir y ejerce su protección materna sobre nosotros. Podemos estar seguros de que siempre hay alguien que no es indiferente a nuestro dolor, sino que se compadece sinceramente de nosotros. En santa María encontramos consuelo y fuerza.


LA FIESTA de hoy nos invita a llenar de compasión también nuestro corazón. Es difícil hacerse cargo del dolor de María y, ante ello, mostrar indiferencia: «¿Cuál hombre no llorara, si a la Madre de Cristo contemplara, en tanto dolor?»5. Estas palabras del Stabat Mater buscan movernos a la conversión. Nos sacude ver el sufrimiento de la madre del hombre injustamente castigado. Ante las consecuencias del mal en la sociedad, los cristianos estamos llamados a no pasar de largo, sino a acogerlas con el mismo corazón de la Virgen.


Cuentan del fundador del Opus Dei que, especialmente en sus últimos años, «rezaba con mucha intensidad mientras veía las noticias de la televisión: encomendaba al Señor los sucesos que se comentaban y pedía por la paz del mundo»6. También nosotros podemos pedir a María que alcancemos esa misma sensibilidad ante el sufrimiento que presenciamos día a día, ya sea en la calle o en los medios de comunicación.


«Hazme contigo llorar –continúa el Stabat Mater– y de veras lastimar de sus penas mientras vivo; porque acompañar deseo en la cruz, donde le veo, a tu corazón compasivo»7. Una actitud compasiva no es una actitud débil. La Virgen, al pie de la Cruz, nos muestra la fuerza de la misericordia, que es capaz de levantar a los afligidos y de sembrar paz a su alrededor. «Admira la reciedumbre de santa María: al pie de la Cruz, con el mayor dolor humano –no hay dolor como su dolor–, llena de fortaleza. –Y pídele de esa reciedumbre, para que sepas también estar junto a la Cruz»8.