"Hago todos los días mi "ratito" de oración: ¡si no fuera por eso!" (Camino, 106)

7 de octubre de 2023

ARMA PODEROSA

 



Evangelio (Lc 1, 26-38)

En el sexto mes fue enviado el ángel Gabriel de parte de Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen desposada con un varón que se llamaba José, de la casa de David. La virgen se llamaba María.

Y entró donde ella estaba y le dijo:

— Dios te salve, llena de gracia, el Señor es contigo.

Ella se turbó al oír estas palabras, y consideraba qué podía significar este saludo.

Y el ángel le dijo:

— No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios: concebirás en tu seno y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande y será llamado Hijo del Altísimo; el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará eternamente sobre la casa de Jacob y su Reino no tendrá fin.

María le dijo al ángel:

— ¿De qué modo se hará esto, pues no conozco varón?

Respondió el ángel y le dijo:

— El Espíritu Santo descenderá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso, el que nacerá Santo será llamado Hijo de Dios. Y ahí tienes a Isabel, tu pariente, que en su ancianidad ha concebido también un hijo, y la que llamaban estéril está ya en el sexto mes, porque para Dios no hay nada imposible.

Dijo entonces María:

— He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra. Y el ángel se retiró de su presencia.


PARA TU RATO DE ORACION


SEGÚN una tradición que data del siglo XIII, se atribuye el inicio del rezo del rosario a santo Domingo de Guzmán, a quien se apareció la Virgen María para enseñarle esta devoción. Más tarde, en el siglo XVI, el papa san Pío V instauró su memoria litúrgica en un día como hoy, aniversario de la victoria en la batalla de Lepanto. Desde entonces, esta oración ha sido constantemente recomendada por los Romanos Pontífices como «plegaria pública y universal frente a las necesidades ordinarias y extraordinarias de la Iglesia santa, de las naciones y del mundo entero»[1].


A través de los misterios de la vida de Cristo, vistos con la mirada de María, puede crecer nuestro amor a Dios y a los demás. De la misma manera en que un niño se acerca a su madre cuando necesita ayuda, así nosotros podemos poner a los pies de la Virgen nuestros deseos de vivir cerca de su hijo. Escribió san Josemaría: «“Virgen Inmaculada, bien sé que soy un pobre miserable, que no hago más que aumentar todos los días el número de mis pecados...” Me has dicho que así hablabas con Nuestra Madre, el otro día. Y te aconsejé, seguro, que rezaras el santo rosario: ¡bendita monotonía de avemarías que purifica la monotonía de tus pecados!»[2].


«Cuando se reza el rosario, se reviven los momentos más importantes y significativos de la historia de la salvación; se recorren las diversas etapas de la misión de Cristo»[3]. El rosario nos ayuda a vivir los misterios de Jesús entrando en ellos de la mano de María. Ella es la criatura que mejor conoce a Cristo, pues «ha sido en su vientre donde se ha formado, tomando también de Ella una semejanza humana que evoca una intimidad espiritual ciertamente más grande aún»[4]. Acercarnos a María es acercarnos a su hijo Jesús.


SAN JOSEMARÍA invitaba a rezar el rosario no solo con los labios, sino con el deseo de acompañar a Jesús y a María en cada una de las escenas. «¿Has contemplado alguna vez estos misterios? Hazte pequeño. Ven conmigo y –este es el nervio de mi confidencia– viviremos la vida de Jesús, María y José. Cada día les prestaremos un nuevo servicio. Oiremos sus pláticas de familia. Veremos crecer al Mesías. Admiraremos sus treinta años de oscuridad… Asistiremos a su Pasión y Muerte… Nos pasmaremos ante la gloria de su Resurrección… En una palabra: contemplaremos, locos de Amor (no hay más amor que el Amor), todos y cada uno de los instantes de Cristo Jesús»[5].


La vida contemplativa nos permite experimentar cada evento con mayor profundidad, disfrutar más, compadecernos más y comprender mejor, como quien hace las cosas junto a Dios. No es lo mismo solamente ver una puesta de sol que contemplarla; uno puede pasar por delante de una obra de arte simplemente posando los ojos sobre ella o bien fijándose en los elementos que forman su belleza, con admiración. Vivir de esta manera nos lleva a no quedarnos en lo superficial o externo, sino a adentrarnos en todo lo que la realidad nos puede ofrecer, especialmente las personas. Y esta contemplación la podemos vivir también al rezar el rosario.


En ese sentido, rezarlo no es cuestión tanto de repetir avemarías sin pensar demasiado, sino de descubrir lo que esas oraciones esconden: en ellas nos unimos a la vida de Jesús, de María, del ángel Gabriel, a través de sus mismas palabras. Queremos que su vida, poco a poco, forme parte de la nuestra: en definitiva, respirar junto a ellos y junto a Dios. «Contemplar no es en primer lugar una forma de hacer, sino que es una forma de ser: ser contemplativo. Ser contemplativos no depende de los ojos, sino del corazón. Y aquí entra en juego la oración, como acto de fe y de amor, como “respiración” de nuestra relación con Dios. La oración purifica el corazón, y con eso, aclara también la mirada, permitiendo acoger la realidad desde otro punto de vista»[6].


CON FRECUENCIA puede ocurrir que no siempre conseguimos rezar y contemplar el rosario como nos gustaría. A las posibles limitaciones de tiempo, se añaden también las normales dificultades de atención. Intentamos considerar las avemarías que componen los misterios, pero la cabeza a veces se dirige a otros asuntos que nos ocupan. Pueden darnos consuelo y ánimo aquellas palabras de san Josemaría: «Procura evitar las distracciones, pero no te preocupes, si, a pesar de todo, sigues distraído. ¿No ves cómo, en la vida natural, hasta los niños más discretos se entretienen y divierten con lo que les rodea, sin atender muchas veces los razonamientos de su padre? Esto no implica falta de amor, ni de respeto: es la miseria y pequeñez propias del hijo»[7].


De este modo, la lucha a la hora de rezar el rosario no se centrará exclusivamente en combatir las distracciones; es más, nos serviremos de ellas precisamente para alimentar nuestra oración y poner en manos de María aquellos pensamientos. Así han hecho los santos a lo largo de la historia: «El rosario me ha acompañado en los momentos de alegría y en los de tribulación –escribía san Juan Pablo II–. A él he confiado tantas preocupaciones y en él siempre he encontrado consuelo»[8].


De entre todas las intenciones que pueden ser confiadas al rezo del rosario, en los últimos años los pontífices han señalado especialmente dos. Por un lado, la paz, pues «el rosario ejerce sobre el orante una acción pacificadora que lo dispone a recibir y experimentar en la profundidad de su ser, y a difundir a su alrededor, paz verdadera»[9]. Y, por otro, la familia: «La familia que reza unida, permanece unida (...). Contemplando a Jesús, cada uno de sus miembros recupera también la capacidad de volverse a mirar a los ojos, para comunicar, solidarizarse, perdonarse recíprocamente y comenzar de nuevo con un pacto de amor renovado por el Espíritu de Dios»[10]. Podemos confiar estas dos intenciones a María: ser familias que transmitan la paz allá donde se encuentren.


[1] San Juan XXIII, Il religioso convegno, 29-IX-1961.


[2] San Josemaría, Surco, n. 475.


[3] Benedicto XVI, Discurso, 3-V-2008.


[4] San Juan Pablo II, Rosarium Virginis Mariae, n. 10.


[5] San Josemaría, Santo Rosario, prólogo.


[6] Francisco, Audiencia general, 5-V-2021.


[7] San Josemaría, Camino, n. 890.


[8] San Juan Pablo II, Rosarium Virginis Mariae, n. 2.


[9] Ibíd., n. 40.


[10] Ibíd., n.41.

6 de octubre de 2023

EL SANTO DE LA VIDA ORDINARIA

 



Evangelio Lucas 5, 1-11

En aquel tiempo, la gente se agolpaba alrededor de Jesús para oír la 

palabra de Dios, estando él a orillas del lago de Genesaret. Vio dos 

barcas que estaban junto a la orilla; los pescadores habían 

desembarcado y estaban lavando las redes. 

Subió a una de las barcas, la de Simón, y le pidió que la apartara un 

poco de tierra. Desde la barca, sentado, enseñaba a la gente. 

Cuando acabó de hablar, dijo a Simón: 

—«Rema mar adentro, y echad las redes para pescar.»

Simón contestó: 

—«Maestro, nos hemos pasado la noche bregando y no hemos 

cogido nada; pero, por tu palabra, echaré las redes.» 

Y, puestos a la obra, hicieron una redada de peces tan grande que 

reventaba la red. Hicieron señas a los socios de la otra barca, para 

que vinieran a echarles una mano. Se acercaron ellos y llenaron las 

dos barcas, que casi se hundían. Al ver esto, Simón Pedro se arrojó a 

los pies de Jesús diciendo: 

—«Apártate de mí, Señor, que soy un pecador.» 

Y es que el asombro se había apoderado de él y de los que estaban con 

él, al ver la redada de peces que habían cogido; y lo mismo les pasaba 

a Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, que eran compañeros de Simón. 

Jesús dijo a Simón: 

—«No temas; desde ahora serás pescador de hombres.»

Ellos sacaron las barcas a tierra y, dejándolo todo, lo siguieron. 



PARA TU RATO DE ORACION 


EL 6 DE OCTUBRE de 2002 tuvo lugar, en la plaza de San Pedro, en Roma, la canonización de san Josemaría. Durante la homilía, san Juan Pablo II destacó con particular importancia el empeño del fundador del Opus Dei por promover la santidad de los cristianos en medio de la vida ordinaria: «No dejaba de invitar a sus hijos espirituales a invocar al Espíritu Santo para hacer que la vida interior, es decir, la vida de relación con Dios y la vida familiar, profesional y social, plena de pequeñas realidades terrenas, no estuvieran separadas, sino que constituyeran una única existencia “santa y llena de Dios”»[1].


Todos estamos llamados a entablar una relación ininterrumpida con Jesús; una relación que nos llena progresivamente de paz porque nos lleva a sabernos, cada vez con mayor claridad, en manos de Dios, pase lo que pase. «La vida habitual de un cristiano que tiene fe –afirmaba san Josemaría–, cuando trabaja o descansa, cuando reza o cuando duerme, en todo momento, es una vida en la que Dios siempre está presente»[2]. Esta visión de la existencia cura nuestras divisiones internas y nos abre un horizonte inmenso, «Dios se hace cercano a nosotros y nosotros podemos cooperar a su plan de salvación»[3]. Abrirse a la acción del Espíritu Santo en nosotros –es decir, a la santidad– es contribuir a transformar el mundo y elevarlo hacia Dios.


Sin embargo, al considerar esta misión, podemos sentir que no es para nosotros, sino, quizás, para gente mejor preparada. «Nos puede servir –escribía el prelado del Opus Dei– recordar que Cristo no llamó a sus discípulos porque fuesen mejores que los demás, sino que los convocó conociendo sus debilidades, y –como lo hace también con nosotros– lo más profundo de sus corazones y de su pasado»[4]. Algo parecido pudo vivir san Josemaría cuando fundó el Opus Dei. De ahí que el cardenal Ratzinger escribiera sobre él, un día como hoy: «Cuando Josemaría Escrivá habla de que todos los hombres estamos llamados a ser santos, me parece que en el fondo está refiriéndose a su personal experiencia, porque nunca hizo por sí mismo cosas increíbles, sino que se limitó a dejar obrar a Dios»[5].


CUANDO la Iglesia eleva un santo a los altares lo presenta como un posible modelo en la imitación de Cristo. Ellos han vivido de la esperanza cristiana; nos muestran con su testimonio que vale la pena seguir al Señor, quien ha llenado sus vidas de una alegría y de una paz que son compatibles con las más diversas circunstancias externas.


Al mismo tiempo, todos los santos nos recuerdan que la vida con Dios es una meta que no se alcanza por las propias fuerzas, sino que es fruto de la gracia divina. Es Dios quien los ha hecho santos, ciertamente, contando con su disposición libre y, muchas veces, esforzada. Ellos no son símbolos inalcanzables, sino «personas que han vivido con los pies en la tierra y han experimentado el trabajo diario de la existencia con sus éxitos y fracasos, encontrando en el Señor la fuerza para levantarse una y otra vez y continuar el camino»[6]. San Josemaría afirmaba que su vida era comenzar y recomenzar varias veces, incluso a lo largo del mismo día; a esto llamaba «espíritu deportivo»: «Da muy buenos resultados emprender las cosas serias con espíritu deportivo... ¿He perdido varias jugadas? —Bien, pero —si persevero— al fin ganaré»[7].


El camino a la santidad no está hecho solamente de actos heroicos puntuales, sino de mucho amor cotidiano. Todos podemos amarnos unos a otros con la atención y delicadeza de Cristo. En la vida de los santos vemos ese «amor cotidiano» encarnado en gestos concretos; nos muestran que detrás de cada persona que está a nuestro alrededor, en realidad se encuentra «el Dios “escondido” (Is 45, 15). Gracias a ellos, Él se revela, se hace visible, se hace presente en medio de nosotros»[8].


Cada santo es, por tanto, «como un rayo de luz que sale de la palabra de Dios»[9]; ellos nos señalan diversos aspectos del rostro de Cristo y de sus enseñanzas. Como señala el Catecismo de la Iglesia, los santos «en su rica diversidad, reflejan la pura y única Luz del Espíritu Santo»[10]. «Santidad no significa exactamente otra cosa más que unión con Dios –decía san Josemaría–; a mayor intimidad con el Señor, más santidad»[11].


LOS SANTOS «contemplan a Dios, lo alaban y no dejan de cuidar de aquellos que han quedado en la tierra. Al entrar “en la alegría” de su Señor, han sido “constituidos sobre lo mucho” (cfr. Mt 25,21). Su intercesión es su más alto servicio al plan de Dios»[12]. Los santos no solamente nos indican el camino a la santidad, sino que además nos ayudan a recorrerlo. Su acción «no comprende solo su biografía terrena, sino también su vida y actuación en Dios después de la muerte. En los santos es evidente que quien va hacia Dios no se aleja de los hombres, sino que se hace realmente cercano a ellos»[13]. San Josemaría, y tantos hijos e hijas en el Opus Dei, quizá incluso alguien que habremos conocido, viven en el cielo, junto a Dios, e interceden por nosotros.


En realidad, esta lógica de la cercanía y de la intercesión se da ya en nuestras relaciones. Un padre o un profesor se esfuerzan por acompañar al hijo o al estudiante en los primeros pasos de la vida: ellos mismos se sintieron ayudados en su día, y ahora ven como algo natural hacer lo mismo con las nuevas generaciones. De un modo análogo, los santos también lucharon en su día por vivir junto a Dios. Ellos experimentaron dificultades similares a las nuestras, y nos recuerdan que, aunque sintamos la inclinación del pecado, la santidad tiene más fuerza para florecer. «Cada vez que juntamos las manos y abrimos nuestro corazón a Dios, nos encontramos en compañía de santos anónimos y santos reconocidos que rezan con nosotros, y que interceden por nosotros, como hermanos y hermanas mayores que han pasado por nuestra misma aventura humana»[14].


La Virgen está presente en la vida de todos los santos. La única cosa en la que san Josemaría se ponía como ejemplo era en su amor a María. «Señora –podemos pedirle con palabras del fundador del Opus Dei–, Tú puedes hacer que mi alma se lance al vuelo definitivo y glorioso, que tiene su fin en el Corazón de Dios. –Confía, que Ella te escucha»


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Homilía del santo padre Juan Pablo II en la misa de canonización del beato Josemaría Escrivá de Balaguer. “Elevar el mundo hacia Dios y transformarlo desde dentro: he aquí el ideal que el Santo Fundador os indica”, dijo el Papa a los asistentes de más de 80 países presentes en la Plaza de San Pedro.


Todos los que son guiados por el Espíritu de Dios son hijos de Dios" (Rm 8,14). Estas palabras del apóstol Pablo que acaban de resonar en nuestra asamblea, nos ayudan a comprender mejor el significativo mensaje de la canonización de Josemaría Escrivá de Balaguer, que celebramos hoy. Él se dejó guiar dócilmente por el Espíritu, convencido de que sólo así se puede cumplir plenamente la voluntad de Dios.

Esta verdad cristiana fundamental era un tema recurrente de su predicación. En efecto, no dejaba de invitar a sus hijos espirituales a invocar al Espíritu Santo para hacer que la vida interior, es decir, la vida de relación con Dios y la vida familiar, profesional y social, plena de pequeñas realidades terrenas, no estuvieran separadas, sino que constituyeran una única existencia "santa y llena de Dios". "A ese Dios invisible —escribió—, lo encontramos en las cosas más visibles y materiales" (Conversaciones con Monseñor Escrivá de Balaguer, 114).

También hoy esta enseñanza suya es actual y urgente. El creyente, en virtud del bautismo, que lo incorpora a Cristo, está llamado a entablar con el Señor una relación ininterrumpida y vital.

2. "Tomó, pues, Yahveh Dios al hombre y lo dejó en el jardín de Edén, para que lo labrase y cuidase" (Gn 2, 15). El libro del Génesis, como hemos escuchado en la primera lectura, nos recuerda que el Creador ha confiado la tierra al hombre, para que la ‘labrase’ y ‘cuidase’. Los creyentes, actuando en las diversas realidades de este mundo, contribuyen a realizar este proyecto divino universal. El trabajo y cualquier otra actividad, llevada a cabo con la ayuda de la gracia, se convierten en medios de santificación cotidiana.

"La vida habitual de un cristiano que tiene fe - solía afirmar Josemaría Escrivá -, cuando trabaja o descansa, cuando reza o cuando duerme, en todo momento, es una vida en la que Dios siempre está presente" (Meditaciones, 3 de marzo de 1954). Esta visión sobrenatural de la existencia abre un horizonte extraordinariamente rico de perspectivas salvíficas, porque, también en el contexto sólo aparentemente monótono del normal acontecer terreno, Dios se hace cercano a nosotros y nosotros podemos cooperar a su plan de salvación. Por tanto, se comprende más fácilmente, lo que afirma el concilio Vaticano II, esto es, que "el mensaje cristiano no aparta a los hombres de la construcción del mundo [...], sino que les obliga más a llevar a cabo esto como un deber" (Gaudium et spes, 34).

3. Elevar el mundo hacia Dios y transformarlo desde dentro: he aquí el ideal que el santo fundador os indica, queridos hermanos y hermanas que hoy os alegráis por su elevación a la gloria de los altares. Él continúa recordándoos la necesidad de no dejaros atemorizar ante una cultura materialista, que amenaza con disolver la identidad más genuina de los discípulos de Cristo. Le gustaba reiterar con vigor que la fe cristiana se opone al conformismo y a la inercia interior.

Siguiendo sus huellas, difundid en la sociedad, sin distinción de raza, clase, cultura o edad, la conciencia de que todos estamos llamados a la santidad. Esforzaos por ser santos vosotros mismos en primer lugar, cultivando un estilo evangélico de humildad y servicio, de abandono en la Providencia y de escucha constante de la voz del Espíritu. De este modo, seréis "sal de la tierra" (cf. Mt 5, 13) y brillará "vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos" (Mt., 5, 16).

4. Ciertamente, no faltan incomprensiones y dificultades para quien intenta servir con fidelidad la causa del Evangelio. El Señor purifica y modela con la fuerza misteriosa de la Cruz a cuantos llama a seguirlo; pero en la Cruz – repetía el nuevo Santo - encontramos luz, paz y gozo: Lux in Cruce, requies in Cruce, gaudium in Cruce!

Desde que el 7 de agosto de 1931, durante la celebración de la santa misa, resonaron en su alma las palabras de Jesús: "Cuando sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí" (Jn 12, 32), Josemaría Escrivá comprendió más claramente que la misión de los bautizados consiste en elevar la Cruz de Cristo sobre toda realidad humana, y sintió surgir de su interior la apasionante llamada a evangelizar todos los ambientes. Acogió entonces sin vacilar la invitación hecha por Jesús al apóstol Pedro y que hace poco ha resonado en esta plaza: "Duc in altum!". Lo transmitió a toda su familia espiritual, para que ofreciese a la Iglesia una aportación válida de comunión y servicio apostólico. Esta invitación se extiende hoy a todos nosotros. "Rema mar adentro - nos dice el divino Maestro - y echad las redes para la pesca" (Lc 5, 4).

5. Pero para cumplir una misión tan ardua hace falta un incesante crecimiento interior alimentado por la oración. San Josemaría fue un maestro en la práctica de la oración, que consideraba una extraordinaria "arma" para redimir el mundo. Aconsejaba siempre: "Primero, oración; después, expiación; en tercer lugar, muy en «tercer lugar», acción" (Camino, 82). No es una paradoja, sino una verdad perenne: la fecundidad del apostolado reside, ante todo, en la oración y en una vida sacramental intensa y constante. Éste es, en el fondo, el secreto de la santidad y del verdadero éxito de los santos.

Que el Señor os ayude, queridísimos hermanos y hermanas, a acoger esta exigente herencia ascética y evangelizadora. Os sostenga María, a quien el santo fundador invocaba como Spes nostra, Sedes Sapientiae, Ancilla Domini.

Que la Virgen haga de cada uno un testigo auténtico del Evangelio, dispuesto a dar en todo lugar una generosa contribución a la construcción del reino de Cristo. Que nos estimulen el ejemplo y las enseñanzas de san Josemaría para que, al final de nuestro peregrinar terreno, participemos también nosotros en la herencia bienaventurada del cielo. Allí, juntamente con los ángeles y con todos los santos, contemplaremos el rostro de Dios, y cantaremos su gloria por toda la eternidad.



5 de octubre de 2023

APOSTOLES EN LO COTIDIANO




Evangelio (Lc 10, 1-12)

Después de esto designó el Señor a otros setenta y dos, y los envió de dos en dos delante de él a toda ciudad y lugar adonde él había de ir. Y les decía:


–La mies es mucha, pero los obreros pocos. Rogad, por tanto, al señor de la mies que envíe obreros a su mies. Id: mirad que yo os envío como corderos en medio de lobos. No llevéis bolsa ni alforja ni sandalias, y no saludéis a nadie por el camino. En la casa en que entréis decid primero: “Paz a esta casa”. Y si allí hubiera algún hijo de la paz, descansará sobre él vuestra paz; de lo contrario, retornará a vosotros. Permaneced en la misma casa comiendo y bebiendo de lo que tengan, porque el que trabaja merece su salario. 


No vayáis de casa en casa. Y en la ciudad donde entréis y os reciban, comed lo que os pongan; curad a los enfermos que haya en ella y decidles: “El Reino de Dios está cerca de vosotros”. Pero en la ciudad donde entréis y no os acojan, salid a sus plazas y decid: “Hasta el polvo de vuestra ciudad que se nos ha pegado a los pies lo sacudimos contra vosotros; pero sabed esto: el Reino de Dios está cerca”. 


Os digo que en aquel día Sodoma será tratada con menos rigor que aquella ciudad.


PARA TU RATO DE ORACION 


EL SEÑOR quería que sus discípulos participaran de su ardiente deseo de llevar el Evangelio a todas las criaturas. Por eso, en algunos momentos de su ministerio, los envió «delante de él a toda ciudad y lugar adonde él había de ir» (Lc 10,1), para que prepararan el camino de su venida. Algo similar sucede también hoy, con cada uno de los cristianos, para que nos sintamos como aquellos setenta y dos que el Señor mandó. Sabernos enviados por Dios nos ayudará a crecer en apertura de corazón, sabiendo que el Evangelio es siempre una llamada misionera, universal. Podemos decir con uno de los antiguos Padres: «Cristiano es mi nombre, católico mi apellido»[1]. La Iglesia es católica porque tiene un corazón abierto a toda persona, y esto se refleja también en nuestro diálogo con Dios: «Nuestra oración no debe limitarse solo a nuestras peticiones, a nuestras necesidades: una oración es verdaderamente cristiana si también tiene una dimensión universal»[2].


Al mismo tiempo, Jesús quiso que estos discípulos compartieran su inquietud por la necesidad de obreros que trabajen en el campo del mundo, para recoger los frutos de su obra de salvación. «La mies es mucha, pero los obreros pocos. Rogad, por tanto, al señor de la mies que envíe obreros a su mies» (Lc 10,2). Se trata de una invitación que puede extrañar en un primer momento. «¿Por qué nosotros –que solo somos obreros– hemos de rogar al dueño de la mies que envíe más trabajadores? ¿Qué más da que se pierda la cosecha si en cualquier caso vamos a seguir recibiendo la misma paga?».


Jesús quiere que los discípulos tengan amor por el terreno. Es decir, que no se limiten solamente a rendir cuentas, sino que consideren la tierra del mundo como algo propio, que les pertenece. El Señor pretende, en definitiva, que compartamos los deseos más profundos de su corazón, sintiéndonos partícipes de aquella sed de almas que le hizo exclamar: «Fuego he venido a traer a la tierra, y ¿qué quiero sino que ya arda?» (Lc 12,49). Cristo tiene «sed de nosotros, de nuestro amor, de nuestras almas y de todas las almas que debemos llevar hasta él, por el camino de la Cruz, que es el camino de la inmortalidad y de la gloria del Cielo»[3].


EN LAS INSTRUCCIONES que Jesús da a los setenta y dos (cfr. Lc 10, 2-12), encontramos también las líneas directrices de nuestra misión de cristianos en medio del mundo. «Cristo no se limita a enviar: da también a los misioneros reglas de comportamiento claras y precisas. Ante todo, los envía “de dos en dos” para que se ayuden mutuamente y den testimonio de amor fraterno. Les advierte que serán “como corderos en medio de lobos”, es decir, deberán ser pacíficos a pesar de todo y llevar en todas las situaciones un mensaje de paz; no llevarán consigo ni alforja ni dinero, para vivir de lo que la Providencia les proporcione; curarán a los enfermos, como signo de la misericordia de Dios; se irán de donde sean rechazados, limitándose a poner en guardia sobre la responsabilidad de rechazar el reino de Dios»[4].


Los primeros cristianos supieron encarnar estas indicaciones del Señor. Vivieron una caridad entre ellos que suscitaba la admiración de sus contemporáneos[5]. También supieron transmitir paz en medio de las persecuciones y las contrariedades, pues sabían que sus nombres estarían así escritos en el cielo (cfr. Lc 10,20). Además, se preocupaban de que a ninguno de los hermanos les faltara lo necesario, poniendo a su disposición los propios bienes (cfr. Hch 2,45).


Por eso, san Josemaría se fijaba en los primeros cristianos a la hora de hablar sobre la santidad en medio de la vida cotidiana, pues ellos supieron testimoniar a Cristo resucitado a través de las actividades del día a día. «Vive tu vida ordinaria –comentaba el fundador del Opus Dei–; trabaja donde estás, procurando cumplir los deberes de tu estado, acabar bien la labor de tu profesión o de tu oficio, creciéndote, mejorando cada jornada. Sé leal, comprensivo con los demás y exigente contigo mismo. Sé mortificado y alegre. Ese será tu apostolado. Y, sin que tú encuentres motivos, por tu pobre miseria, los que te rodean vendrán a ti, y con una conversación natural, sencilla –a la salida del trabajo, en una reunión de familia, en el autobús, en un paseo, en cualquier parte– charlaréis de inquietudes que están en el alma de todos, aunque a veces algunos no quieran darse cuenta: las irán entendiendo más, cuando comiencen a buscar de verdad a Dios»[6].


EL MENSAJE que los discípulos están llamados a llevar es, principalmente, un mensaje de proximidad: «El Reino de Dios está cerca» (Lc 10,9). En un primer momento, parece que este anuncio, que resuena también en otras partes del Evangelio, se trata solo de una exhortación amenazadora a la conversión, dada la inminencia del juicio final. Sin embargo, en estas palabras resuena ante todo la ternura de Dios, que literalmente se acercó a cada uno de nosotros con la Encarnación de su Hijo. «Si el Dios de los cielos está cerca, nosotros no estamos solos en la tierra y en las dificultades tampoco perdemos la fe. Esto es lo primero que hay que decir a la gente: Dios no es distante, sino que es Padre. (...) Quiere tomarte de la mano, también cuando vas por senderos empinados y difíciles, también cuando caes y te cuesta levantarte y retomar el camino; Él, el Señor, está ahí, contigo. Es más, a menudo en los momentos en los que eres más débil puedes sentir más fuerte su presencia»[7].


Esta es la actitud que Jesús quiere transmitir a sus discípulos: hacerse cercanos a los demás y volcar en ellos la ternura y la proximidad de Dios. Y no solo con aquellos que acojan entusiasmados el anuncio del Evangelio, sino también con sus perseguidores: «Amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persigan, para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos» (Mt 5,44-45). Como escribía san Josemaría: «Pequeño amor es el tuyo si no sientes el celo por la salvación de todas las almas. –Pobre amor es el tuyo si no tienes ansias de pegar tu locura a otros apóstoles»[8]. Podemos pedir a la Virgen María, Reina de los apóstoles, que compartamos el deseo de su Hijo, «que quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad» (1Tm 2,4).


[1] San Paciano, Epistola, 1,4.


[2] Francisco, Ángelus, 7-VII-2019.


[3] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 202.


[4] Benedicto XVI, Ángelus, 8-VII-2007.


[5] Cfr. Tertuliano, Apologético 39, 7 (CCL 1, 151).


[6] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 273.


[7] Francisco, Ángelus, 18-VI-2023.


[8] San Josemaría, Camino, n. 796.

4 de octubre de 2023

VIVIR LA POBREZA EN NOSOTROS


 


EVANGELIO SAN MATEO (11, 25-30)

En aquel tiempo tomando Jesús la palabra, dijo: “Yo te bendigo Padre, Señor del Cielo y de la tierra, porque has ocultado esas cosas a sabios e inteligentes, y se las has revelado a pequeños. Sí, Padre, pues tal ha sido tu beneplácito. Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce al hijo sino el Padre, ni al Padre le conoce nadie sino el hijo, y aquel a quien el hijo se lo quiera revelar”.

“Venid a mi todos los que estáis fatigados y sobrecargados, y yo os daré descanso. Tomad sobre vosotros mi yugo, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es suave y mi carga ligera”.


PARA TU RATO DE ORACION 


UN DÍA, mientras san Francisco de Asís rezaba en la iglesia de San Damián, oyó estas palabras: «Ve y repara mi casa en ruinas». Tomó al pie de la letra esta inspiración y se dedicó a la reconstrucción de pequeñas capillas en ruinas que se encontraban en las cercanías de Asís. Más tarde entendió que por «casa» Dios no se refería solamente a los templos materiales, sino a las personas, es decir, a los cristianos de su época. Y esa restauración se llevaría a cabo a través del desprendimiento de los bienes materiales. Otro día, tras oír las palabras de Jesús «no llevéis oro, ni plata, ni alforja» (Mt 10,9), se despojó de todas sus posesiones y comenzó una vida dedicada únicamente al anuncio del Evangelio[1].


Francisco de Asís fue un santo que, entre otras cosas, redescubrió el vínculo profundo entre la pobreza y el camino que lleva a Dios. Todos estamos llamados a recorrer esa senda, con las particularidades propias de la vocación que cada uno ha recibido. «Quien no ame y viva la virtud de la pobreza –recuerda san Josemaría– no tiene el espíritu de Cristo. Y esto es válido para todos: tanto para el anacoreta que se retira al desierto, como para el cristiano corriente que vive en medio de la sociedad humana»[2]. Es decir, aunque las situaciones externas de estas personas sean muy distintas, todos pueden vivir la pobreza con un auténtico espíritu cristiano.


San Josemaría sugería algunos modos de hacerlo a cristianos que viven en medio del mundo: no crearse necesidades, cuidar lo que se tiene, prescindir de algo, dar lo mejor a los demás, aceptar con alegría las incomodidades, no quejarse si falta algo… Al mismo tiempo, señalaba que no se trata tanto de vivir según una serie de criterios, sino de escuchar «esa voz interior, que nos advierte que se está infiltrando el egoísmo o la comodidad indebida»[3]. Hoy podemos pedir a san Francisco de Asís que nos ayude a ver cómo podemos recorrer ese camino de pobreza que lleva a la felicidad junto a Cristo.


«BIENAVENTURADOS los pobres de espíritu, porque suyo es el Reino de los Cielos» (Mt 5,3): así inicia Jesús el Sermón de la montaña. El Maestro ofrece la felicidad, en la tierra y en el cielo, a quienes ponen su seguridad y su riqueza en Dios. «Es sabiduría y virtud el no apegarse de corazón a los bienes de este mundo, porque todo pasa. El verdadero tesoro que debemos buscar sin detenernos está en las “cosas de arriba”, donde se encuentra Jesús a la diestra del Padre»[4].


La virtud de la pobreza nos lleva a llenar de sabiduría nuestra relación con los bienes que Dios ha creado. El pobre de corazón disfruta de las cosas, sin ser poseído por ellas; sabe detectar en su interior esa tendencia que tenemos a construir nuestra vida, incluso de manera no tan consciente, como si la felicidad dependiera fundamentalmente de lo que tenemos. La pobreza nos permite darnos cuenta de lo engañosas que son muchas «seguridades» materiales, o de lo efímeros que son ciertos momentos de consuelo que no tocan el fondo del alma. La pobreza de espíritu nos permite, en fin, disfrutar verdaderamente de la realidad, porque nos conecta con lo sencillo, con las personas, con Dios, independientemente de las circunstancias externas.


San Francisco de Asís consideraba a la pobreza como la dama de su corazón: «Las almas que se enamoran de ella –escribió el santo– reciben, aún en esta vida, ligereza para volar al cielo, porque ella templa las armas de la amistad, de la humildad y de la caridad»[5]. En efecto, aunque a veces se nos haga pensar que la prosperidad y el confort son la clave de la felicidad, la experiencia humana y cristiana es diversa; nos damos cuenta de que la verdadera alegría de una persona se mide más bien por la profundidad y la autenticidad de sus relaciones. Esa es la riqueza del pobre de corazón.


SAN PABLO escribe en su carta a los Gálatas: «Porque vosotros, hermanos, fuisteis llamados a la libertad. Pero que esta libertad no sea pretexto para la carne, sino servíos unos a otros por amor» (Gal 5,13). Y a continuación, recuerda dos preceptos: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo» (Gal 5,14), «llevad los unos las cargas de los otros» (Gal 6,2). La virtud de la pobreza nos lleva también a sentir la responsabilidad de ponernos al servicio de los demás, sobre todo de los más débiles. «No podemos sentirnos “bien” cuando un miembro de la familia humana es dejado al margen y se convierte en una sombra. El grito silencioso de tantos pobres debe encontrar al pueblo de Dios en primera línea, siempre y en todas partes, para darles voz, defenderlos y solidarizarse con ellos»[6].


Cuando Jesús invita a sus discípulos a hacerse amigos de la riqueza (cfr. Lc 16,9), lo hace porque inmediatamente les empuja a transformar aquellos bienes en relaciones; es decir, a usar los dones recibidos de Dios para el crecimiento de los demás. «Si somos capaces de transformar las riquezas en instrumentos de fraternidad y solidaridad, nos acogerá en el Paraíso no solamente Dios, sino también aquellos con los que hemos compartido, administrándolo bien lo que el Señor ha puesto en nuestras manos»[7].


Esto mismo es lo que vio san Josemaría en muchas personas. En concreto, ponía como ejemplo a una mujer anciana que, en medio de una vida sin apuro económicos, «no gastaba para sí misma ni dos pesetas al día. En cambio, retribuía muy bien a su servicio, y el resto lo destinaba a ayudar a los menesterosos, pasando ella misma privaciones de todo género. A esta mujer no le faltaban muchos de esos bienes que tantos ambicionan, pero ella era personalmente pobre, muy mortificada, desprendida por completo de todo»[8]. Podemos pedir a María que nos ayude a vivir con esa pobreza de espíritu, camino que nos lleva a Dios: es decir, a nuestra felicidad y a la de los demás.


[1] Cfr. San Francisco de Asís, Testamento de Siena, 4.


[2] San Josemaría, Conversaciones, n. 110.


[3] Ibíd., n. 111.


[4] Benedicto XVI, Ángelus, 5-VIII-2007.


[5] San Francisco de Asís, Florecillas, 13.


[6] Francisco, Mensaje, 13-VI-2020.


[7] Francisco, Ángelus, 22-IX-2019.

3 de octubre de 2023

Entrega total, sin reservas.

 



Evangelio (Lc 9,51-56)

Y cuando iba a cumplirse el tiempo de su ascensión, decidió firmemente marchar hacia Jerusalén. Y envió por delante a unos mensajeros, que entraron en una aldea de samaritanos para prepararle hospedaje, pero no le acogieron porque llevaba la intención de ir a Jerusalén. Al ver esto, sus discípulos Santiago y Juan le dijeron:

—Señor, ¿quieres que digamos que baje fuego del cielo y los consuma?

Pero él se volvió hacia ellos y les reprendió. Y se fueron a otra aldea.



PARA TU RATO DE ORACION 


«CUANDO iba a cumplirse el tiempo de su partida, Jesús decidió firmemente marchar hacia Jerusalén» (Lc 9,51). El Señor sabía que al emprender aquel trayecto estaba dando inicio a su subida al Calvario; al ser hombre y Dios, conocía el destino que le esperaba, sin que eso quitase libertad a quienes estaban por darle muerte. «Es necesario que yo siga mi camino hoy y mañana y al día siguiente, porque no es posible que un profeta muera fuera de Jerusalén» (Lc 13,33), dirá más adelante. Desde la confesión de Pedro en Cesarea de Filipo, apenas unos días antes, había comenzado a preparar a sus discípulos para ese desenlace al revelarles de qué manera moriría (cfr. Lc 9,22.44).


Sorprende la determinación con la que Jesús camina hacia el Calvario. Es una actitud que deja claro que «Jesús se entregó porque quiso»1. «Por eso me ama el Padre –confiesa el Señor–, porque doy mi vida para tomarla de nuevo. Nadie me la quita, sino que yo la doy libremente» (Jn 10,17-18). Resulta pasmosa esa «libertad que se despliega ante nosotros, en su paso por la tierra hasta el sacrificio de la Cruz (…). No ha habido en la historia de la humanidad un acto tan profundamente libre como la entrega del Señor en la Cruz: Él “se entrega a la muerte con la plena libertad del Amor”2»3.


El amor de Cristo es un amor que le lleva a la entrega total, sin reservas, fuera de toda medida. Si bastaba una sola gota de su sangre «para liberar de todos los crímenes el mundo entero»4, ¿por qué permitió que los hombres le hiciéramos derramar hasta la última gota? Desde la perspectiva de Jesús, que se entrega siempre sin cálculos, podemos entrever una respuesta: permitió que le hiciesen derramar toda su sangre porque no tenía más. Y nos la sigue entregando libremente cada día en los sacramentos, especialmente en la santa Misa.


JESÚS, al poco tiempo de haber empezado el largo trayecto que le llevaría hasta el Calvario, «envió mensajeros delante de él. Puestos en camino, entraron en una aldea de samaritanos para hacer los preparativos. Pero no lo recibieron, porque su aspecto era el de uno que caminaba hacia Jerusalén» (Lc 9,52). Esta reacción poco acogedora se comprende si tenemos en cuenta que difícilmente se establecían relaciones entre judíos y samaritanos.


El Señor, como lo hizo con aquellos mensajeros, cuenta con nosotros para preparar su encuentro con tantas personas. Jesús desea asociarnos gratuitamente a su tarea salvadora; ha querido que trabajemos codo a codo con él en ese anhelo por llevar la auténtica felicidad a muchas personas. Es normal que, en ese esfuerzo, encontremos dificultades, como les ocurrió a los discípulos en aquella aldea de samaritanos. Entonces podemos acudir a Jesús para no caer en el desánimo y para anhelar, en cambio, vivir con la paciencia de Dios. Esas situaciones nos recuerdan que nuestro propósito es colaborar en que se haga su voluntad, y que procuramos extender su Reino, no otro imaginario.


Jesús, efectivamente, animó a sus apóstoles a no caer en una indignación que podría ser señal de no entrar todavía del todo en la lógica divina. «Señor, ¿quieres que digamos que baje fuego del cielo y los consuma?», preguntaron Santiago y Juan. «Pero él se volvió y los reprendió» (Lc 9, 54-55). Jesús quiere que recordemos siempre, sobre todo en nuestra propia vida, que «quien deja entrar a Cristo no pierde nada, nada –absolutamente nada– de lo que hace la vida libre, bella y grande (...). Solo con esta amistad experimentamos lo que es bello y lo que nos libera»5.


LLAMA la atención la manera tan mansa que tiene Jesús, durante su Pasión, de ofrecernos su amistad. El Señor «no se impone dominando: mendiga un poco de amor, mostrándonos, en silencio, sus manos llagadas»6. Y nos pide que en esto sigamos sus pasos: «Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón» (Mt 11,29). Además, ha querido unir a esa mansedumbre una bendición: «Bienaventurados los mansos, porque heredarán la tierra» (Mt 5,5). La recompensa del manso es una herencia, es decir, algo que no ocurre de inmediato. Su espera es serena, pues su esperanza es cierta: recibirá su recompensa como quien recibe un regalo inmerecido.


No es la de Jesús la mansedumbre cobarde de quien cede en todo por no atreverse a hacer frente a las dificultades. Tampoco es la mansedumbre del astuto calculador que está esperando que llegue su hora. Jesús es manso porque es libre del deseo de imponerse, de dominar, de avasallar. Es manso porque su amor le lleva a respetar la libertad de los demás; no pretende poseer a la persona, al contrario, porque «el amor que quiere poseer, al final, siempre se vuelve peligroso, aprisiona, sofoca, hace infeliz»7.


Dios ama y respeta nuestra libertad que es, al fin y al cabo, un don suyo. Con esta actitud nos da ejemplo también de cómo respetar la libertad de los demás. Y, al mismo tiempo, con su vida Jesús nos muestra el valor más grande de este don: entregarla en servicio de las personas. Podemos pedir a la Virgen que nos ayude a tener un corazón como el de su Hijo: un corazón manso, movido por la pasión y la alegría de servir.


1. San Josemaría, Via Crucis, IX Estación

2. Ibíd., X Estación.

3. Mons. Fernando Ocáriz, Carta pastoral 9-I-2018, n. 3.

4. Himno Adoro Te devote.

5. Benedicto XVI, Homilía, 24-IV-2005.

6. San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 179.

7. Francisco, Patris Corde, n. 7.

2 de octubre de 2023

FIESTA DE LOS ANGELES CUSTODIOS Aniversario de la fundación del Opus Dei

 



Evangelio (Mt 18,1-5.10)


En aquella ocasión se acercaron los discípulos a Jesús y le preguntaron:


— ¿Quién piensas que es el mayor en el Reino de los Cielos?


Entonces llamó a un niño, lo puso en medio de ellos y dijo:


— En verdad os digo: si no os convertís y os hacéis como los niños, no entraréis en el Reino de los Cielos. Pues todo el que se humille como este niño, ése es el mayor en el Reino de los Cielos; y el que reciba a un niño como éste en mi nombre, a mí me recibe. Guardaos de despreciar a uno de estos pequeños, porque os digo que sus ángeles en los cielos están viendo siempre el rostro de mi Padre que está en los cielos.


PARA TU RATO DE ORACION 


ENTRE EL 30 DE SEPTIEMBRE y el 6 de octubre de 1928, los padres paúles organizaron, en Madrid, un retiro espiritual para sacerdotes diocesanos. A aquellas jornadas se sumó Josemaría Escrivá, joven sacerdote de veintiséis años, ya que esas fechas podía disponer de algunos días libres. Solo Dios sabía que, durante aquella actividad, después de celebrar Misa en la mañana del martes 2 de octubre, aquel sacerdote recibiría la misión divina de traer el Opus Dei al mundo; san Josemaría, al revisar algunos apuntes que había venido tomando desde hace algunos años, comprende por primera vez que está llamado a ser padre de muchos hijos y de muchas hijas en la Obra, todos con la misión de llevar el Evangelio a su propio ambiente de trabajo. «Somos una inyección intravenosa, puesta en el torrente circulatorio de la sociedad»[1], explicará gráficamente poco tiempo después. Porque quienes viven del espíritu del Opus Dei, siendo ellos la misma sangre que circula por el mundo, procuran dar la vida de Dios al gran cuerpo formado por los hombres y mujeres de su entorno.


«En mis conversaciones con vosotros –escribía san Josemaría, en 1934, a las pocas personas que entonces formaban parte del Opus Dei– repetidas veces he puesto de manifiesto que la empresa, que estamos llevando a cabo, no es una empresa humana, sino una gran empresa sobrenatural, que comenzó cumpliéndose en ella a la letra cuanto se necesita para que se la pueda llamar sin jactancia la Obra de Dios»[2]. Y, más adelante, resumía lo mismo en pocas palabras: «La Obra de Dios no la ha imaginado un hombre»[3]. Bastaría repasar la historia del Opus Dei –también la de cada persona del Opus Dei– para ser testigos de que esa movilización de cristianos, ese impulso de bien y de santidad que esta familia fomenta en lugares muy variados a lo largo y ancho del mundo, solo puede ser posible en compañía del Señor. Dios ha estado siempre presente de una manera palpable. La Iglesia ha reconocido oficialmente, en varias ocasiones, que la Obra existe «por inspiración divina»[4], y que «según el don del Espíritu recibido por san Josemaría Escrivá de Balaguer, la Prelatura del Opus Dei, bajo la guía de su Prelado, lleva a cabo la tarea de difundir la llamada a la santidad en el mundo»[5].


«DESDE 1928 comprendí con claridad que Dios desea que los cristianos tomen ejemplo de toda la vida del Señor –decía san Josemaría, casi cuarenta años después de aquella fecha fundacional–. Entendí especialmente su vida escondida, su vida de trabajo corriente en medio de los hombres (…). Sueño —y el sueño se ha hecho realidad— con muchedumbres de hijos de Dios, santificándose en su vida de ciudadanos corrientes, compartiendo afanes, ilusiones y esfuerzos con las demás criaturas»[6]. El Opus Dei ha sido querido por Dios para ofrecernos un camino concreto de santidad en medio de las actividades cotidianas: en el trabajo y en el descanso, con la familia y con los amigos, en los momentos de alegría y en los momentos de dolor. San Josemaría nos recuerda que no podemos dividirnos interiormente; que no vivimos, por un lado, nuestra vida espiritual, con ciertos momentos reservados para ello; y, por otro lado, están todas las actividades restantes como si poco tuvieran que ver con Dios. Proclamar la llamada universal a la santidad supone anunciar esa unidad de vida, dejándonos amar por Dios en cada momento de nuestro día, sin dejar ninguno de lado. Entonces seremos apóstoles capaces de descubrir un sentido de misión en todo lo que hacemos.


«Os he repetido, con un repetido martilleo, que la vocación cristiana consiste en hacer endecasílabos de la prosa de cada día –decía san Josemaría el 8 de octubre de 1967, durante la homilía en el campus de la Universidad de Navarra–. En la línea del horizonte, hijos míos, parecen unirse el cielo y la tierra. Pero no, donde de verdad se juntan es en vuestros corazones, cuando vivís santamente la vida ordinaria»[7]. Ciertamente, dejarnos acompañar por Dios en cada cosa que hacemos, tener la convicción de que el cielo está dentro de nosotros, no es algo que sucede de la noche a la mañana. Para eso san Josemaría nos ha trasmitido un camino, que bebe de la riquísima tradición de la Iglesia Católica, y que se concreta en algunas prácticas de piedad que se adecúan a la situación de cada persona, vividas con la serenidad y confianza de hijos de Dios. El objetivo es dejarse llenar de Dios hasta ser, como le gustaba decir al fundador del Opus Dei para expresar la radicalidad de esta senda, «santos canonizables» o «santos de altar», que experimentan una vida contemplativa en medio del mundo y que iluminan su entorno con la luz del Evangelio.


SAN JOSEMARÍA, en un texto en el que explica detalladamente que aquella luz del 2 de octubre de 1928 se trató de una luz de Dios, termina confesando con viveza que quisiera que las personas llamadas al Opus Dei tuvieran siempre presente –«grabasen a fuego»– tres cosas: primero, que «la Obra de Dios viene a cumplir la Voluntad de Dios. Por tanto, tened una profunda convicción de que el cielo está empeñado en que se realice»[8]. Segundo, que «cuando Dios Nuestro Señor proyecta alguna obra en favor de los hombres, piensa primeramente en las personas que ha de utilizar como instrumentos... y les comunica las gracias convenientes»[9]. Y, tercero, que «esa convicción sobrenatural de la divinidad de la empresa acabará por daros un entusiasmo y amor tan intenso por la Obra, que os sentiréis dichosísimos sacrificándoos para que se realice»[10].


Es decir, que es Dios quien hace la Obra; por lo tanto, si queremos hacer vida el espíritu que transmitió a san Josemaría, ni nos faltará su ayuda, ni nos faltará en el corazón la «dulce y confortadora alegría de evangelizar»[11]. El Opus Dei, como lo dice su mismo nombre, es obra de Dios, no obra nuestra; y eso dará la serenidad de saber que, aunque el Señor cuenta con nuestra colaboración, es él quien realmente lleva las riendas de esta familia, es él quien sabe qué conviene en cada momento histórico, es él quien enciende el fuego de la llamada divina en quien quiere. Al pensar de qué manera Dios nos invita a compartir con él su misión salvadora, a san Josemaría le gustaba imaginar a aquellos fuertes pescadores que dejan a los pequeños poner sus manos en las redes, aunque no sean ellos quienes tienen la fuerza[12]. De esa convicción de quien se sabe en mano del Señor surge el auténtico «gaudium cum pace», la alegría y la paz. Por eso, rememorado el 2 de octubre de 1928, san Josemaría escribía claramente que aquel día «el Señor fundó su Obra»[13].


El prelado del Opus Dei nos recordaba las palabras del fundador: «Si queremos ser más, seamos mejores»[14]. San Josemaría quería que sus hijos, cristianos corrientes que trabajan por hacer de este mundo un mejor hogar, se distinguieran solamente por su «bonus odor Christi», por su aroma a Cristo; es esa atracción divina, inicio de todo apostolado, la que moverá a la gente hacia la auténtica felicidad. Santa María, Regina Operis Dei, que tan cerca ha estado siempre de la Obra, intercede siempre por nosotros, junto a san Josemaría y tantos santos que han vivido este espíritu querido por Dios para el mundo.


[1] San Josemaría, Instrucción acerca del espíritu sobrenatural de la Obra de Dios, n. 42.


[2] Ibíd., n. 1.


[3] Ibíd., n. 6.


[4] Ut sit, Introducción.


[5] Ad charisma tuendum, Introducción.


[6] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 20.


[7] San Josemaría, Conversaciones, n. 116.


[8] San Josemaría, Instrucción acerca del espíritu sobrenatural de la Obra de Dios, n. 47


[9] Ibíd., n. 48.


[10] Ibíd., n. 49.


[11] Francisco, Evangelii Gaudium, n. 10.


[12] Cfr. san Josemaría, Amigos de Dios, n. 14.


[13] San Josemaría, Apuntes íntimos, n. 306. Citado en El fundador del Opus Dei, tomo I, p. 302.


[14] Mons. Fernando Ocáriz, Carta pastoral 14-II-2017, n. 9.

1 de octubre de 2023

Aprendamos a discernir cuáles sentimientos



 Evangelio (Mt 21,28-32)

¿Qué os parece? Un hombre tenía dos hijos; dirigiéndose al primero, le mandó: “Hijo, vete hoy a trabajar en la viña”. Pero él le contestó: “No quiero”. Sin embargo se arrepintió después y fue. Se dirigió entonces al segundo y le dijo lo mismo. Éste le respondió: “Voy, señor”; pero no fue. ¿Cuál de los dos hizo la voluntad del padre?

— El primero — dijeron ellos.

Jesús prosiguió:

— En verdad os digo que los publicanos y las meretrices van a estar por delante de vosotros en el Reino de Dios. Porque vino Juan a vosotros con un camino de justicia y no le creísteis; en cambio, los publicanos y las meretrices le creyeron. Pero vosotros, ni siquiera viendo esto os arrepentisteis después para poder creerle.



PARA TU RATO DE ORACION 



«UN HOMBRE tenía dos hijos» (Mt 21,28). Así comienza la parábola de Jesús dirigida a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo. Probablemente no era la primera vez que tenían la oportunidad de disfrutar de una conversación con el Maestro. Por lo mismo, sabían que detrás de sus historias narrativas, y aparentemente anónimas, solían esconderse verdades profundas sobre ellos mismos. Sus parábolas no eran un ejercicio literario –aunque muchas de ellas son de una gran belleza–, sino más bien palabras pronunciadas desde su corazón con el deseo de mover el de sus oyentes.


El padre de la parábola se dirige a sus dos hijos con la misma petición: «Hijo, vete hoy a trabajar a la viña» (Mt 21,28). Al parecer, ninguno de los dos siente una pasión especial por el trabajo entre siembras y cosechas, o por lo menos no lo tenían previsto para ese día. La petición del padre los sorprende, y cada uno reacciona a su modo. Mientras el primero se muestra visiblemente contrariado, y le contesta claramente a su padre que no irá, el segundo esconde lo que lleva en el corazón; tal vez con una sonrisa fingida, pero con una formalidad que no consigue matizar del todo su disgusto, le responde a su padre: «Voy, señor» (Mt 21,28).


Al final, ninguno de los dos es fiel a su palabra: el que había dicho que no quería trabajar, decide ir a la viña. En cambio, el hijo que se había mostrado dispuesto a cumplir la voluntad de su padre termina por desobedecerlo. Aunque en ambos casos las acciones de los hijos contradicen sus palabras, existe una diferencia importante entre ambos: aquel que fue sincero con su padre termina haciendo el bien. En cambio, quien buscaba sobre todo proyectar una buena imagen acabó abrazando otra realidad con la que no se había comprometido. También en nuestro trato con el Señor el primer paso para una verdadera conversión es la sinceridad de nuestro corazón, tener la confianza de que podemos abrirle sin problema nuestra interioridad. Manifestarle, incluso, que, como aquel hijo, quizá no tengamos ganas de realizar algún trabajo. Porque «una cosa está clara: en presencia de Jesús los verdaderos sentimientos del corazón, las verdaderas actitudes florecen»[1].


EN LA SEGUNDA lectura de la Misa de hoy nos encontramos con unas palabras de san Pablo que bien podrían ser una carta maestra de lo que significa ser cristiano: «Tened entre vosotros los sentimientos que tuvo Cristo Jesús» (Fl 2,5). La identificación con Jesucristo no consiste en una imitación externa, como cuando un niño pequeño replica inconscientemente ciertos gestos de los adultos, sino más bien en un camino interior en el que Cristo va tomando posesión de nuestros corazones. Sentir como Jesucristo es la meta de una profunda transformación de la gracia y de la lucha personal. «Penetrar en los sentimientos de Jesús: este debería ser el ejercicio cotidiano de la vida como cristianos»[2].


Nuestros sentimientos espontáneos, ante determinados hechos o personas, nos dan una primera impresión de nuestro mundo interior. Por ejemplo, cuando el primer hijo le dice a su padre que no quiere ir a trabajar a la viña, podemos deducir que siente una aversión a esa actividad, que está cansado o que no le ve sentido. Una parte de su interioridad lo lleva a considerar ese esfuerzo como algo negativo. Los sentimientos esconden un valioso conocimiento sobre nosotros mismos: nos ayudan a discernir cuáles son los valores que, quizá incluso de forma inconsciente, mueven nuestra vida. Saber qué nos da tristeza, y qué nos causa felicidad, nos permite conocernos para luego preguntarnos si esas reacciones nuestras coinciden con las de Cristo.


Comparar nuestros sentimientos con los de Jesús ante distintas situaciones nos ayuda a examinar si queremos también vivir y hacer nuestras sus virtudes. San Josemaría, por ejemplo, en una ocasión nos invitaba a preguntarnos por los sentimientos que despierta en nosotros la virtud de la pobreza. «Me dices que deseas vivir la santa pobreza, el desprendimiento de las cosas que usas. –Pregúntate: ¿tengo yo los afectos de Jesucristo, y sus sentimientos, con relación a la pobreza y a las riquezas?»[3]. Un examen similar podemos hacer con cada virtud y en cada momento de nuestra vida.


EN LA PARÁBOLA de los dos hijos, los sentimientos no tienen la última palabra. La primera reacción espontánea es superada a través de la reflexión: uno de los hijos se da cuenta del bien que significa trabajar en la viña y de la alegría que le regalaría a su padre si le obedece; el segundo, en cambio, si en un principio se dejó llevar por el interés de causarle una buena impresión a su padre, al reflexionar en lo arduo del trabajo prefirió refugiarse en otros bienes. Lo decisivo en cada uno no fue la primera emoción, sino la acción que emprendieron inspirada en un ideal que consideraban valioso para sus propias vidas. Darnos cuenta de que tenemos un estado de ánimo determinado no significa actuar por fuerza en consecuencia, sino que nos ayuda a conocernos mejor y tomar una decisión más coherente con nuestra identidad, con lo que nos hace de verdad felices.


El hecho de que a veces uno crea que tiene que actuar a pesar o en contra de los sentimientos no quiere decir que la vida cristiana les reste importancia. Todo lo contrario. Cuando, por ejemplo, san Josemaría admitía gráficamente que en muchas ocasiones de su vida había actuado «a contrapelo», es decir, contrariando la primera inclinación de lo que le gustaba, inmediatamente aclaraba que lo hacía «por Amor»[4]. Y si bien el amor no se puede reducir a un sentimiento, lógicamente contiene una dimensión sentimental fundamental. Así, cuando el hijo que en un principio no quería trabajar decidió acatar la voluntad de su padre, probablemente se dejó llevar por un sentimiento filial y de cariño, que terminó pesando más que su flojera o apatía. Dentro de su corazón encontró un sentimiento que era más profundo y bueno que el que había percibido en un primer momento.


Por eso, nos llena de esperanza ver en la parábola una imagen de Jesús rezando en el huerto de los olivos. En su corazón humano habría algunos sentimientos que lo inclinaban a rechazar la cruz y el sufrimiento. Pero ese mismo corazón estaba también impregnado de sentimientos profundos de filiación hacia su Padre y de cariño por cada uno de nosotros. Y fueron esos sentimientos los que determinaron su manera de actuar. Podemos pedirle a la Virgen, Madre de todos los hijos que quieren llevar una vida de obediencia a la voluntad divina, que aprendamos a discernir cuáles sentimientos nos configuran más con Jesús. Entonces tendremos un gran corazón y trabajaremos con alegría en la viña del Señor.


[1] Francisco, Homilía, 22-III-2020.


[2] Benedicto XVI, Audiencia, 1-VI-2005.


[3] San Josemaría, Surco, n. 888.


[4] Cfr. San Josemaría, Amigos de Dios, n. 152.