"Hago todos los días mi "ratito" de oración: ¡si no fuera por eso!" (Camino, 106)

4 de marzo de 2024

La santificación es obra de toda la vida


EVANGELIO. Lc 4, 24-30


En aquel tiempo, Jesús llegó a Nazaret, entró a la sinagoga y dijo al pueblo: "Yo les aseguro que nadie es profeta en su tierra. Había ciertamente en Israel muchas viudas en los tiempos de Elías, cuando faltó la lluvia durante tres años y medio, y hubo un hambre terrible en todo el país; sin embargo, a ninguna de ellas fue enviado Elías, sino a una viuda que vivía en Sarepta, ciudad de Sidón. Había muchos leprosos en Israel, en tiempos del profeta Eliseo; sin embargo, ninguno de ellos fue curado, sino Naamán, que era de Siria".


Al oír esto, todos los que estaban en la sinagoga se llenaron de ira, y levantándose, lo sacaron de la ciudad y lo llevaron hasta una saliente del monte, sobre el que estaba construida la ciudad, para despeñarlo. Pero él, pasando por en medio de ellos, se alejó de allí.



PARA TU RATO DE ORACION 


«MI ALMA tiene sed de Dios» (Sal 41,3), «mi corazón y mi carne retozan por el Dios vivo» (Sal 83,3). Muchos salmos nos hablan de un Dios capaz de arrebatar y colmar los deseos, no solo de nuestra alma, sino también de nuestro corazón y hasta de nuestra carne. Hemos sido creados para gozar de Dios: con esta certeza nos acercamos a la Santa Misa, en donde Dios mismo se nos entrega para saciar esas ansias. Sin embargo, puede ocurrir que no siempre sintamos este entusiasmo cuando nos acercamos a la mesa de la Eucaristía. Quizás notamos el corazón enmarañado, el alma dispersa, el cuerpo agotado. Entonces, nos parece que estamos muy lejos de aquel regocijo del salmista.


Nuestra situación se puede parecer, a veces, a la de Naamán el sirio, rey y jefe de su ejército. «Era un hombre notable y muy estimado por su señor, pues por su medio el Señor había concedido la victoria a Siria. Pero, siendo un gran militar, era leproso» (2 Re 5,1). Era un hombre lleno de vigor, en el culmen de su carrera, pero para el que todos los goces de la vida se habían convertido, de la noche a la mañana, en un tormento. Y no es que las cosas hubiesen dejado de ser buenas, sino que Naamán estaba enfermo. Había perdido la capacidad de gozar, pero no el deseo.


En la Eucaristía encontramos todo lo que deseamos. La Eucaristía es el alimento que nos sacia, la medicina para nuestras enfermedades. «Señor, purifica y protege a tu Iglesia con misericordia continua –suplicamos– y, pues sin tu ayuda no puede mantenerse incólume, que tu protección la dirija y la sostenga siempre»1. «Si descuidáramos la Eucaristía, ¿cómo podríamos remediar nuestra indigencia?»2. San Josemaría aconsejaba: «Amad la Misa. Y comulgad con hambre, aunque estéis helados, aunque la emotividad no responda: comulgad con fe, con esperanza, con encendida caridad»3.


«MUCHOS LEPROSOS había en Israel en tiempos del profeta Eliseo, sin embargo, ninguno de ellos fue curado sino Naamán, el sirio» (Lc 4, 27). ¿Por qué Naamán, de entre tantos, fue escogido por Dios para ser salvado del mal que lo aquejaba? ¿Por qué a nosotros, de entre tantos, el Señor nos dirige una vez más su llamada cariñosa a la conversión? En gran parte, es un misterio. No lo sabemos. No hemos hecho méritos particulares. Incluso, nos puede parecer que lo que hemos puesto por nuestra parte son dificultades como, de hecho, le sucedió a Naamán, quien en primera instancia «se puso furioso y se marchó» (2 Re 5,11).


También nosotros hemos empezado la Cuaresma con grandes expectativas, y quizás nos hemos podido desanimar un poco al no notar grandes cambios en nuestra vida. A lo mejor nos pasa como a Naamán, o como a algunos paisanos de Jesús, que querían ver prodigios y no supieron darse cuenta de lo que tenían delante. Puede suceder que esperemos para nosotros mismos una conversión con más espectáculo, que llegue a dar un giro radical a nuestra vida. Y mientras aquello no se da, vamos retrasando nuestra verdadera conversión, esa que está verdaderamente al alcance de nuestra mano, en cosas más pequeñas.


Es verdad que no podemos hacernos santos de la noche a la mañana. «La santificación es obra de toda la vida»4, nos recuerda san Josemaría, y es Dios quien la va haciendo en nosotros, sin que sepamos muy bien cómo. Sin embargo, «la conversión es cosa de un instante»5, y eso sí que podemos hacerlo ahora, cada vez que nos disponemos a orar o que nos ponemos en presencia de Dios. Si Jesús está con nosotros, ¿qué más necesitamos para convertirnos, para dejarnos curar?


A NAAMÁN lo ayudaron a reaccionar. «Bajó, pues, y se lavó en el Jordán siete veces, conforme a la palabra del hombre de Dios. Y su carne volvió a ser como la de un niño pequeño: quedó limpio» (2 Re 5,14). ¿Por qué Naamán sí, y los leprosos de Israel, o quienes escuchaban a Jesús, no? No sabemos la respuesta totalmente, pero sí sabemos que para esta historia de elección cooperaron otras personas: «Unas bandas de arameos habían hecho una incursión trayendo de la tierra de Israel a una muchacha, que pasó al servicio de la mujer de Naamán –relata la Escritura–. Dijo ella a su señora: “Ah, si mi señor pudiera presentarse ante el profeta que hay en Samaría. Él lo curaría de la lepra”» (2 Re 5,2-3).


Naamán el sirio fue curado por la fe y el amor de esta muchacha de Israel. No deja de ser sorprendente que ella, arrebatada de su tierra y convertida en esclava, lejos de albergar sentimientos de odio, desea sinceramente que se cure su señor. La misma actitud la vemos después en los siervos de Naamán, que cuando este se marcha airado de la casa del profeta, lo ayudan a recapacitar. Si no fuera por todos ellos, su señor no se habría curado.


Toda historia de conversión, la nuestra también, encuentra cómplices entre personas sencillas y llenas de fe que el Señor ha ido poniendo a nuestro lado. Y nosotros podemos hacer lo mismo en la vida de quienes nos rodean. «Nadie se salva solo, esto es, ni como individuo aislado ni por sus propias fuerzas. Dios nos atrae teniendo en cuenta la compleja trama de relaciones interpersonales que supone la vida en una comunidad humana»6. Y, de entre todas las personas, quien más nos quiere y nos ayuda es santa María: ella nos empuja con suavidad hacia su hijo para que Jesús nos cure.

3 de marzo de 2024

LO DEBIL ES FUERTE

 




Evangelio (Jn 2,13-25)


Pronto iba a ser la Pascua de los judíos y Jesús subió a Jerusalén. Encontró en el Templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas en sus puestos. Con unas cuerdas hizo un látigo y arrojó a todos del Templo, con las ovejas y los bueyes; tiró las monedas de los cambistas y volcó las mesas. Y les dijo a los que vendían palomas:


— Quitad esto de aquí: no hagáis de la casa de mi Padre un mercado.


Recordaron sus discípulos que está escrito: El celo de tu casa me consume.


Entonces los judíos replicaron:


— ¿Qué signo nos das para hacer esto?


Jesús respondió:


— Destruid este Templo y en tres días lo levantaré.


Los judíos contestaron:


— ¿En cuarenta y seis años ha sido construido este Templo, y tú lo vas a levantar en tres días?


Pero él se refería al Templo de su cuerpo. Cuando resucitó de entre los muertos, recordaron sus discípulos que él había dicho esto, y creyeron en la Escritura y en las palabras que había pronunciado Jesús.


Mientras estaba en Jerusalén durante la fiesta de la Pascua, muchos creyeron en su nombre al ver los signos que hacía. Pero Jesús no se fiaba de ellos, porque los conocía a todos, y no necesitaba que nadie le diera testimonio acerca de hombre alguno, porque conocía el interior de cada hombre.


PARA TU RATO DE ORACION 


LA PRIMERA lectura del tercer domingo de Cuaresma, tomada del libro del Éxodo, nos presenta a Dios promulgando el Decálogo. El contexto es solemne y estremecedor. Hay momentos en la Sagrada Escritura en los que Dios habla de un modo cálido y cercano, como el susurro de la brisa (cfr. 1 Re 19,11). En esta ocasión, sin embargo, se manifiesta con estruendo de truenos, relámpagos y fuego: «La voz del Señor lanza llamas de fuego, la voz del Señor sacude el desierto» (Sal 28 [29], 7-8). Dios habla como el Creador de cielos y tierra, como el hacedor del hombre, y transmite a través de Moisés sus mandamientos. Y lo hace en forma de prohibiciones.


Es lógico que nosotros experimentemos cierta zozobra ante esta manifestación de Dios. Podríamos pensar que con sus mandamientos quiere privarnos de ciertos bienes y limitar nuestra libertad. De este modo, Dios se convierte en un propietario desconfiado, un competidor insaciable que conviene aplacar. Aunque este recelo pueda presentarse en nosotros con persistencia, nada es más lejano del rostro divino. Dios nos ha hecho a su imagen y semejanza y quiere compartir su vida con nosotros para hacernos partícipes de su plenitud. Él no se complace «en la muerte del malvado, sino en que el malvado se convierta y viva» (Ez 33, 11).


A nosotros nos parece que para vivir en plenitud no necesitamos ninguna indicación. Pero nuestra propia experiencia nos muestra que muchas veces acabamos realizando el mal que no queremos y rechazando el bien que realmente deseamos (cfr. Rm 7,19). Dios, con sus mandamientos, nos ofrece un agua que apaga nuestra «sed de verdad, de gozo, de felicidad y de amor»[1]; en definitiva, un camino hacia la vida en plenitud trazado por aquel que nos ha creado y que conoce nuestras aspiraciones más profundas. Por el contrario, el demonio quiere sembrar la sospecha sobre los mandamientos, presentando a Dios como enemigo de la vida. Así hizo con nuestros primeros padres, así intentó hacer con Jesús en el desierto y así sigue obrando hoy en día. Nosotros podemos reaccionar contra esta insinuación uniéndonos al sentimiento del salmista: «La ley del Señor es perfecta y es descanso del alma (…). Los mandatos del Señor son rectos y alegran el corazón; la norma del Señor es límpida y da luz a los ojos» (Sal 18 [19], 8-9).


«NO TE fabricarás ídolos, ni figura alguna de lo que hay arriba en el cielo, abajo en la tierra, o en el agua debajo de la tierra. No te postrarás ante ellos, ni les darás culto» (Ex 20, 4-5). A la largo de todo su peregrinar, el pueblo de Israel afrontará repetidas veces la tentación de la idolatría, la sugestión de reemplazar a Dios por creaciones humanas, por realidades que pueden controlarse. Y esa es la tentación más grande: «Más temibles que el Faraón son los ídolos; podríamos considerarlos como su voz en nosotros. El sentirse omnipotentes, reconocidos por todos, tomar ventaja sobre los demás: todo ser humano siente en su interior la seducción de esta mentira. Es un camino trillado. Por eso, podemos apegarnos al dinero, a ciertos proyectos, ideas, objetivos, a nuestra posición, a una tradición e incluso a algunas personas»[2]. Los ídolos nos ofrecen cierta seguridad, son un sucedáneo de Dios que en un primer momento podemos controlar a nuestro antojo. Sin embargo, tarde o temprano acaban esclavizándonos, pues nos dificultan disfrutar del amor divino y de las relaciones que tejen nuestra existencia.


La idolatría, en cualquiera de sus formas, impide entender la lógica de Dios y cómo el hombre puede posicionarse ante él. Una lógica que es gratuidad, don incondicional, y que reclama de cada uno la confianza y el desprendimiento del afán de seguridades que no provengan de él. Jesús, en el Evangelio de este domingo, reprocha con dureza a los mercaderes del Templo que hayan convertido la casa de Dios en un mercado. Además de haber alterado el fin de ese lugar dedicado a la oración, una de las características de un sitio así –como es un mercado– es que uno puede adquirir cosas con sus propios medios. Uno tiene la seguridad de que a tal cantidad de dinero corresponde un cierto bien. El comprador tiene derechos y expectativas, mide muy bien el riesgo, traza nítidamente su posición frente al vendedor. Es triste que la relación del hombre con Dios se convierta en un mercado, cuando está llamada a ser algo mucho más grande: el Señor nos invita a purificar nuestras seguridades, a no pretender controlar nosotros los resultados de nuestra lucha, a no querer comprar nuestra salvación, a arriesgar. Nuestra salvación, la plenitud de vida a la que él nos llama, tiene en cuenta lo que podemos hacer; al mismo tiempo, eso consiste en responder tratando de abrirnos a su gracia, dejando hacer un poco más a Dios en nosotros: solamente él, y no los ídolos, puede saciar nuestros anhelos de felicidad más profundos.


EN EL MONTE Calvario caen como hojas muertas todas las idolatrías. Ningún ídolo es capaz de mantenerse en pie ante la cruz de Jesús. Por eso san Pablo exclama a los habitantes de Corinto: «Los judíos exigen signos, los griegos buscan sabiduría; pero nosotros predicamos a Cristo crucificado: escándalo para los judíos, necedad para los gentiles; pero para los llamados –judíos o griegos–, un Cristo que es fuerza de Dios y sabiduría de Dios» (1 Co, 22-24).


Con frecuencia se tiende a exaltar desmedidamente el éxito, el poder, la abundancia material, el placer, la ausencia de contrariedades… Sin embargo, el sacrificio de Cristo redimensiona nuestra escala de valores. La cruz nos muestra que en ocasiones lo aparentemente débil es fuerte; que tal vez los fracasos encierran semillas de victoria; que quizá lo que aparece muerto e inerte contiene en cambio un principio de vida; que el dolor puede tener un significado y engendrar vida. En definitiva, que cada uno de nuestros esfuerzos por dar más espacio a la gracia en nuestra vida harán brotar en nosotros la vida eterna. «Por su pasión y su muerte en la cruz, Cristo dio un sentido nuevo al sufrimiento: desde entonces este nos configura con él y nos une a su pasión redentora»[3].


A veces podemos experimentar cierta impotencia ante el dolor propio o de un ser querido. En esos momentos, nos puede llenar de consuelo saber que el sufrimiento también se hizo presente en la vida del Hijo de Dios. «El dolor entra en los planes de Dios –comentaba san Josemaría–. Esa es la realidad, aunque nos cueste entenderla. También, como Hombre, le costó a Jesucristo soportarla: Padre, si quieres, aleja de mí este cáliz, pero no se haga mi voluntad, sino la tuya (…) Precisamente, esa admisión sobrenatural del dolor supone, al mismo tiempo, la mayor conquista. Jesús, muriendo en la cruz, ha vencido la muerte; Dios saca, de la muerte, vida»[4]. La Virgen María, a quien tampoco se le ahorró el dolor de ver morir a su Hijo, nos podrá ayudar a darle un sentido a las contrariedades que surjan en nuestra vida.



5o DOMINGO DE SAN JOSÉ 


LA VIDA ORDINARIA está llena de ocasiones y decisiones que marcan un determinado rumbo, y algunas de ellas tienen una importancia trascendental para nuestro futuro. Si habitualmente necesitamos ponderar las cosas en la presencia de Dios, con mayor motivo en esas situaciones especiales. «José, hijo de David, no temas acoger a María, tu esposa» (Mt 1,21), dijo el ángel al patriarca. El evangelio de san Mateo nos dice que José ponderó en su oración lo que sucedía para ver de qué manera actuar. Eso hace posible que se nos presente «como figura de varón respetuoso, delicado que, aun no teniendo toda la información, se decide por la fama, dignidad y vida de María. Y, en su duda de cómo hacer lo mejor, Dios lo ayudó a optar iluminando su juicio»[1].

Santa María concibió a Cristo por la fe, pues acogió los planes del Señor, creyó que se cumplirían las palabras dichas por el ángel. Podemos aplicar el mismo razonamiento a san José, quien acogió también lo que le fue comunicado de parte de Dios. El santo patriarca se fio de aquellas palabras y se implicó personalmente en lo que le fue anunciado. Hizo suyo el plan de Dios confiando en que se trataba de algo bueno, no solo para la humanidad en general, sino también para sí mismo: se veía feliz en aquella historia; se había convertido en el plan que él deseaba llevar adelante. En el lenguaje común decimos que es «fiel» la reproducción de una obra de arte cuando refleja el proyecto original del artista. Pero Dios entra en relación con criaturas que poseen una auténtica libertad; el arte, entonces, está en aprender a lo largo de nuestra vida a acoger sus planes y en reconocer en ellos una bondad para nosotros y para quienes nos rodean.

San José se desenvuelve en situaciones normales: en el trabajo, en la familia, en la vida ordinaria... y allí es donde aprende a acoger y a hacer vida el don de Dios. Esta actitud es necesaria para todos los cristianos. Al santo patriarca podemos pedirle que renueve nuestra mirada y nuestro corazón para tener la frescura de abrirnos a los dones y planes divinos.


TODOS ESTAMOS llamados a formar hogares que, imitando al de Cristo, abran sus puertas de par en par. Acoger es tener la valentía de recibir con ternura, reconocer lo bueno, promover, tener iniciativa, no resignarse a la comodidad de lo conocido ni ceder a la pasividad. Acoger es tener una disposición habitual de estar siempre abierto a las necesidades de los demás. José «es un protagonista valiente y fuerte. La acogida es un modo por el que se manifiesta en nuestra vida el don de la fortaleza que nos viene del Espíritu Santo»[2]. El santo patriarca es un hombre fiel que se abre, en primer lugar, a la voz de Dios. Pero también acoge el claroscuro de la historia en la que se ve inserto, acoge los desafíos que el mundo y las personas que le rodean plantean a su misión. «El realismo cristiano, que no rechaza nada de lo que existe, vuelve una vez más. La realidad, en su misteriosa irreductibilidad y complejidad, es portadora de un sentido de la existencia con sus luces y sombras. Esto hace que el apóstol Pablo afirme: “Sabemos que todo contribuye al bien de quienes aman a Dios” (Rm 8,28). Y san Agustín añade: “Aun lo que llamamos mal”. En esta perspectiva general, la fe da sentido a cada acontecimiento feliz o triste»[3].

A san Josemaría le gustaba fijarse en que san José busca continuamente la mejor manera de cumplir los planes divinos, que han pasado también a ser los suyos; «coloca al servicio de la fe toda su experiencia humana. Cuando vuelve de Egipto oyendo que Arquelao reinaba en Judea en lugar de su padre Herodes, temió ir allá. Ha aprendido a moverse dentro del plan divino y, como confirmación de que efectivamente Dios quiere eso que él entrevé, recibe la indicación de retirarse a Galilea»[4]. En nuestro camino por llevar adelante la misión que Dios nos ha encomendado tendremos tanto avances como retrocesos. Pero también en los momentos que pueden parecer malos podemos descubrir la voz de Dios que nos consuela, nos instruye y nos ilumina. «Acoger la vida de esta manera nos introduce en un significado oculto. La vida de cada uno de nosotros puede comenzar de nuevo milagrosamente, si encontramos la valentía para vivirla según lo que nos dice el Evangelio. Y no importa si ahora todo parece haber tomado un rumbo equivocado y si algunas cuestiones son irreversibles. Dios puede hacer que las flores broten entre las rocas»[5].


«MIRAD CUÁL es el ambiente donde Cristo nace –nos sugería san Josemaría–. Todo allí nos insiste en esta entrega sin condiciones: José –una historia de duros sucesos, combinados con la alegría de ser el custodio de Jesús– pone en juego su honra, la serena continuidad de su trabajo, la tranquilidad del futuro; toda su existencia es una pronta disponibilidad para lo que Dios le pide (...). En Belén nadie se reserva nada. Allí no se oye hablar de mi honra, ni de mi tiempo, ni de mi trabajo, ni de mis ideas, ni de mis gustos, ni de mi dinero. Allí se coloca todo al servicio del grandioso juego de Dios con la humanidad»[6]. Para poder acoger la realidad y a las demás personas tal como lo hizo el santo patriarca, necesitamos abandonarnos en la seguridad de Dios antes que en la nuestra; así nos dispondremos a aprender de todos y de todo, también de nuestros errores, porque detrás siempre descubriremos un susurro divino. «La vida espiritual de José no nos muestra una vía que explica, sino una vía que acoge. Solo a partir de esta acogida, de esta reconciliación, podemos también intuir una historia más grande, un significado más profundo»[7].

San José no desoyó el anuncio del ángel y se puso en camino hacia los que le parecían mejores lugares para Jesús; tampoco discutió con su esposa sobre cuál debía haber sido su reacción cuando supo que iba a dar a luz un hijo. Al buscar posada para el Niño que iba a nacer, san José no se lamentaba en cada lugar en el que no podían quedarse, y tampoco quiso quedarse por terquedad en Belén, ante la amenaza de Herodes, por más injusto que fuese tener que emprender camino hacia Egipto. En cada uno de estos acontecimientos, san Josemaría nota que el santo patriarca «aprendió poco a poco que los designios sobrenaturales tienen una coherencia divina, que está a veces en contradicción con los planes humanos»[8]. Por esto, necesitamos pedir la sabiduría del padre terreno de Jesús para aprender a comprender esa lógica divina; y así acoger, como venidos de Dios, a las personas y los eventos que nos rodean.

2 de marzo de 2024

Un Amor lleno de misericordia

 



Evangelio (Lc 15,1-3.11-32)


Se le acercaban todos los publicanos y pecadores para oírle. Pero los fariseos y los escribas murmuraban diciendo:


—Éste recibe a los pecadores y come con ellos.


Entonces les propuso esta parábola:


Dijo también:


—Un hombre tenía dos hijos. El más joven de ellos le dijo a su padre: «Padre, dame la parte de la hacienda que me corresponde». Y les repartió los bienes. No muchos días después, el hijo más joven lo recogió todo, se fue a un país lejano y malgastó allí su fortuna viviendo lujuriosamente. Después de gastarlo todo, hubo una gran hambre en aquella región y él empezó a pasar necesidad. Fue y se puso a servir a un hombre de aquella región, el cual lo mandó a sus tierras a guardar cerdos; le entraban ganas de saciarse con las algarrobas que comían los cerdos, y nadie se las daba. Recapacitando, se dijo: «¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen pan abundante mientras yo aquí me muero de hambre! Me levantaré e iré a mi padre y le diré: “Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no soy digno de ser llamado hijo tuyo; trátame como a uno de tus jornaleros”». Y levantándose se puso en camino hacia la casa de su padre.


»Cuando aún estaba lejos, le vio su padre y se compadeció. Y corriendo a su encuentro, se le echó al cuello y le cubrió de besos. Comenzó a decirle el hijo: «Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no soy digno de ser llamado hijo tuyo». Pero el padre les dijo a sus siervos: «Pronto, sacad el mejor traje y vestidle; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traed el ternero cebado y matadlo, y vamos a celebrarlo con un banquete; porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y ha sido encontrado». Y se pusieron a celebrarlo.


»El hijo mayor estaba en el campo; al volver y acercarse a casa oyó la música y los cantos y, llamando a uno de los siervos, le preguntó qué pasaba. Éste le dijo: «Ha llegado tu hermano, y tu padre ha matado el ternero cebado por haberle recobrado sano». Se indignó y no quería entrar, pero su padre salió a convencerle. Él replicó a su padre: «Mira cuántos años hace que te sirvo sin desobedecer ninguna orden tuya, y nunca me has dado ni un cabrito para divertirme con mis amigos. Pero en cuanto ha venido ese hijo tuyo que devoró tu fortuna con meretrices, has hecho matar para él el ternero cebado». Pero él respondió: «Hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo; pero había que celebrarlo y alegrarse, porque ese hermano tuyo estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y ha sido encontrado».



PARA TU RATO DE ORACION 



LOS FARISEOS y escribas estaban murmurando entre sí. No soportaban que el Señor se encontrara con pecadores públicos. Sin embargo, Jesús, que conocía sus pensamientos, quiso relatar tres parábolas para que comprendieran mejor cómo es verdaderamente el amor de Dios. Primero contó la del pastor que abandona todo su rebaño para recuperar la oveja perdida (cfr. Lc 15,4-7). Después, la de la mujer que revuelve toda la casa hasta encontrar la dracma desaparecida (cfr. Lc 15,8-10). Por último, se detuvo en una historia más larga: la del hijo pródigo y el padre misericordioso (cfr. Lc 15,11-32).


«Un hombre tenía dos hijos. El más joven de ellos le dijo a su padre: “Padre, dame la parte de la hacienda que me corresponde”. Y les repartió los bienes» (Lc 15,11-12). Después de recoger todo se marchó a un país lejano. Quería un cambio total en su vida: no aguantaba la disciplina del hogar paterno. Pensó que dando rienda suelta a las pasiones obtendría por fin la felicidad que tanto anhelaba. Sin embargo, en cuanto gastó su fortuna volvió a experimentar la soledad y el aburrimiento. «Percibe cada vez con mayor intensidad que esa vida no es aún la vida; más aún, se da cuenta de que, continuando de esa forma, la vida se aleja cada vez más. Todo resulta vacío: también ahora aparece de nuevo la esclavitud de hacer las mismas cosas»[1].


Tan desesperado estaba que se puso a cuidar cerdos y «le entraban ganas de saciarse con las algarrobas que comían» (Lc 15,16). Fue en ese momento cuando se dio cuenta de que su nivel de vida estaba incluso por debajo del de aquellos animales. «Recapacitando, se dijo: “¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen pan abundante mientras yo aquí me muero de hambre! (...) Y levantándose se puso en camino hacia la casa de su padre» (Lc 15,17.20). «La vida humana es, en cierto modo, un constante volver hacia la casa de nuestro Padre –predicaba san Josemaría–. Volver mediante la contrición, esa conversión del corazón que supone el deseo de cambiar, la decisión firme de mejorar nuestra vida, y que –por tanto– se manifiesta en obras de sacrificio y de entrega. Volver hacia la casa del Padre, por medio de ese sacramento del perdón en el que, al confesar nuestros pecados, nos revestimos de Cristo y nos hacemos así hermanos suyos, miembros de la familia de Dios»[2].


DESDE que su hijo pequeño se había marchado, el padre no había vuelto a ser el que era. Con frecuencia se preguntaría: «¿Qué habrá sido de él? ¿Dónde se encontrará ahora? ¿Estará bien?». Todos los días subía a la terraza con la esperanza de ver a su hijo regresando por el camino. Así transcurrieron los meses hasta que, en una ocasión, vio a lo lejos una persona que se acercaba a su hacienda. Aunque por la distancia parecía imposible reconocer quién era, el padre lo tenía claro: era él. «Y corriendo a su encuentro, se le echó al cuello y le cubrió de besos» (Lc 15,20).


Lo más profundo del corazón del padre estaba esperando este momento. Por eso es incapaz de contenerse. Cuando el hijo empieza su discurso preparado para obtener su perdón –«Padre, he pecado contra el cielo y contra ti»–, parece que él ni siquiera le escucha. No le interesan las palabras calculadas. Lo único que desea es festejar este momento por todo lo alto: «Pronto, sacad el mejor traje y vestidle; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traed el ternero cebado y matadlo, y vamos a celebrarlo con un banquete» (Lc 15,22-23). No quiere que su hijo viva reprendido al recordar sus pecados pasados. De ahí que le ofrezca una acogida cálida, cómoda. «El padre podría decir: está bien hijo, vuelve a casa, vuelve a trabajar, vete a tu habitación, prepárate y ¡al trabajo! Y este habría sido un buen perdón. ¡Pero no! ¡Dios no sabe perdonar sin hacer fiesta! Y el padre hace fiesta, por la alegría que tiene porque ha vuelto el hijo»[3].


Ante el abrazo paterno, el hijo reconoce que la felicidad de estar junto a su padre es mucho más profunda que la que pudo obtener de otros placeres. Y es también más segura, porque ni siquiera sus pecados le han impedido reconquistarla: «Sí, tienes razón: ¡qué hondura, la de tu miseria! Por ti, ¿dónde estarías ahora, hasta dónde habrías llegado?... “Solamente un Amor lleno de misericordia puede seguir amándome”, reconocías. Consuélate: él no te negará ni su amor ni su misericordia, si le buscas»[4].


DURANTE todo ese tiempo el hijo mayor había permanecido en la casa. Pasaba sus días trabajando en la finca, atento a las necesidades de su padre. Sin embargo, su corazón se había ido alejando de la realidad que tenía entre manos. Con frecuencia, especialmente cuando las jornadas eran más intensas, no podía evitar que su imaginación volara a donde estuviese su hermano. A veces, incluso, se siente culpable por desear abandonar la casa paterna, pues no debería hacerlo: tiene que cumplir las expectativas que ahora recaen solo sobre él, el único hijo.


Quizá andaba absorto en estos pensamientos cuando, al volver de una jornada en el campo, oyó la música y los cantos. Se sorprendió y llamó a uno de los asistentes de la finca para averiguar qué pasaba. «Ha llegado tu hermano, y tu padre ha matado el ternero cebado por haberle recobrado sano» (Lc 15,27). Indignado, se negó a entrar en la fiesta. Solo cuando el padre salió a su encuentro se desahogó: «Mira cuántos años hace que te sirvo sin desobedecer ninguna orden tuya, y nunca me has dado ni un cabrito para divertirme con mis amigos» (Lc 15,29).


Al padre le duele saber que su hijo no era feliz, que vivía las obligaciones de la casa paterna en clave legalista: «He obedecido, me merezco una retribución». Pese a todo, no le critica ni le recrimina esta actitud. Simplemente le responde: «Hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo» (Lc 15,31). «No es emancipándonos de la casa del Padre como somos libres –recuerda el prelado del Opus Dei–, sino abrazando nuestra condición de hijos»[5]. Vivir con libertad en el hogar paterno es mucho más grande que cualquier ternero cebado. Por eso, podemos pedir a nuestra Madre que sepamos disfrutar de nuestra condición de hijos, sabiendo volver al Padre todas las veces que sean necesarias.



1 de marzo de 2024

LOS FRACASOS SON GRANDES VICTORIAS




Evangelio (Mt 21,33-43.45-46)

Escuchad otra parábola:

—Había un hombre, dueño de una propiedad, que plantó una viña, la rodeó de una cerca y cavó en ella un lagar, edificó una torre, la arrendó a unos labradores y se marchó lejos de allí. Cuando se acercó el tiempo de los frutos, envió a sus siervos a los labradores para recibir sus frutos. Pero los labradores agarraron a los siervos y a uno lo golpearon, a otro lo mataron y a otro lo lapidaron. De nuevo envió a otros siervos, más numerosos que los primeros, pero les hicieron lo mismo. Por último, les envió a su hijo, pensando: «A mi hijo lo respetarán». Pero los labradores, al ver al hijo, se dijeron: «Éste es el heredero. Vamos, lo mataremos y nos quedaremos con su heredad». Y lo agarraron, lo sacaron fuera de la viña y lo mataron. Cuando venga el amo de la viña, ¿qué hará con aquellos labradores?

Le contestaron:

—A esos malvados les dará una mala muerte, y arrendará la viña a otros labradores que le entreguen los frutos a su tiempo.

Jesús les dijo:

—¿Acaso no habéis leído en las Escrituras:

La piedra que rechazaron los constructores,

ésta ha llegado a ser la piedra angular.

Es el Señor quien ha hecho esto

y es admirable a nuestros ojos?

»Por esto os digo que se os quitará el Reino de Dios y se entregará a un pueblo que rinda sus frutos.

Al oír los príncipes de los sacerdotes y los fariseos sus parábolas, comprendieron que se refería a ellos.

Y aunque querían prenderlo, tuvieron miedo a la multitud, porque lo tenían como profeta.


PARA TU RATO DE ORACION


UN HOMBRE «plantó una viña, la rodeó de una cerca y cavó en ella un lagar, edificó una torre, y la arrendó a unos labradores y se marchó de allí» (Mt 21,33). Pasado el tiempo, envía a sus criados a buscar el fruto que le pertenece. Los viñadores, sorprendentemente, maltratan a unos y matan a otros. El propietario de la viña, entonces, decide enviar a su propio hijo, pensando que así «tendrán respeto» (Mt 21,37). Pero los labradores razonan muy distinto. Al tratarse del heredero, piensan que al matarlo se podrán quedar definitivamente con su herencia. Y así lo hacen.


En esta parábola, Jesús describe la historia de Israel que, en palabras del Crisóstomo, repetidamente mancha «sus manos con la sangre»1 de los profetas enviados por Dios. Con la imagen de la viña se narran, por un lado, los esfuerzos continuos del Señor por hacer que su pueblo diera frutos; y, por otro, el rechazo repetido de los hombres, especialmente de los dirigentes del pueblo. Los príncipes de los sacerdotes y los fariseos que estaban presentes comprenden inmediatamente «que se refería a ellos» (Mt 21,45). Y su reacción frente a Jesús es parecida a la de los labradores de la parábola: aunque «querían prenderlo», no lo hicieron en este momento por miedo de la multitud, «porque lo tenían como profeta».


Sin embargo, «la desilusión de Dios por el comportamiento perverso de los hombres no es la última palabra. Está aquí la gran novedad del cristianismo: un Dios que, incluso desilusionado por nuestros errores y nuestros pecados, no pierde su palabra, no se detiene y sobre todo ¡no se venga! (...). La urgencia de responder con frutos de bien a la llamada del Señor, que nos llama a convertirnos en su viña, nos ayuda a entender qué hay de nuevo y de original en la fe cristiana»2.


PARA EXPLICAR el significado de la parábola, Jesús se refiere al salmo 117: «La piedra que desecharon los constructores, ésta ha llegado a ser la piedra angular. Es el Señor quien ha hecho esto, y es admirable a nuestros ojos» (Sal 117,22-23). Es el salmo Pascual por excelencia, que se canta o se reza durante la liturgia de la Vigilia Pascual. La muerte del hijo, que parece definitiva e incomprensible, se convierte en camino de Resurrección. En los planes divinos, los fracasos son también oportunidades de salvación y de vida.


La historia de José, por ejemplo, es también el relato de un rechazo y de un maltrato. Aunque sus hermanos no llegan a matarlo, es traicionado y vendido a unos mercaderes por veinte monedas de plata. Estas circunstancias servirán para que José llegue a Egipto, se convierta en un hombre importante, y los hijos de Jacob puedan sobrevivir. En la narración se destaca la infidelidad de Israel pero, sobre todo, queda patente el estilo que tiene Dios de sacar bien del mal. Lo que parecía una maldad sin sentido acabó siendo clave para la salvación de Israel.


Esto mismo se repite en Jesús. Hay un plan que el hombre traiciona, pero Dios busca una nueva solución para salvarnos. De nuestras caídas el Señor buscará siempre el modo de levantarnos. «Nuestro Padre Dios, cuando acudimos a él con arrepentimiento, saca, de nuestra miseria, riqueza; de nuestra debilidad, fortaleza. ¿Qué nos preparará, si no lo abandonamos, si lo frecuentamos cada día, si le dirigimos palabras de cariño confirmado con nuestras acciones, si le pedimos todo, confiados en su omnipotencia y en su misericordia?»3.


LA PARÁBOLA se asemeja a la canción de la viña del profeta Isaías (cfr. Is 5,1-7). La viña que ha sido cuidada con esmero no da los frutos esperados: «Esperó a que diera uvas, pero dio agraces». De sus sarmientos en vez de uva sabrosa brotó un fruto amargo. Entonces Dios se pregunta: «¿Qué más pude hacer por mi viña, que no lo hiciera?». Comenta un Padre de la Iglesia: «¡Qué tierra tan ingrata! La que tenía que dar a su amo frutos de dulzura, lo atravesó con espinas agudas. Vigilad, pues, que vuestra viña no produzca espinos en lugar de racimos, que vuestra vendimia no dé vinagre en lugar de vino»4.


Dios espera de nosotros frutos, pero no porque él los necesite, sino porque su gloria es la felicidad de los hombres. El más apetecible para él es, sin duda, nuestro amor. Ciertamente, en muchas ocasiones también nosotros hemos sido como la viña de la canción del profeta o como los viñadores de la parábola. «Si cada uno de nosotros hace un examen de conciencia, verá cuántas veces (...) ha echado a los profetas. Cuántas veces le ha dicho a Jesús: ‘vete’, cuántas veces se ha querido salvar a sí mismo, cuántas veces hemos pensado que nosotros éramos los justos»5.


Por eso escribía san Josemaría: «Dejadme que insista: sed fieles. Es algo que llevo clavado en el corazón. Si sois fieles, nuestro servicio a las almas y a la Santa Iglesia se llenará de abundantes frutos»6. Podemos acudir a María, que es madre fecunda porque fue dócil al Espíritu del Señor, que siempre encuentra nuevos caminos para fructificar.


29 de febrero de 2024

EL VALOR REAL DE LO QUE NOS RODEA


Evangelio (Lc 16,19-31)


«Había un hombre rico que vestía de púrpura y lino finísimo, y todos los días celebraba espléndidos banquetes. En cambio, un pobre llamado Lázaro yacía sentado a su puerta, cubierto de llagas, deseando saciarse de lo que caía de la mesa del rico. Y hasta los perros venían a lamerle las llagas. Sucedió, pues, que murió el pobre y fue llevado por los ángeles al seno de Abrahán; murió también el rico y fue sepultado. Estando en los infiernos, en medio de los tormentos, levantando sus ojos vio a lo lejos a Abrahán y a Lázaro en su seno; y gritando, dijo:


«Padre Abrahán, ten piedad de mí y envía a Lázaro para que moje la punta de su dedo en agua y me refresque la lengua, porque estoy atormentado en estas llamas».


Contestó Abrahán: «Hijo, acuérdate de que tú recibiste bienes durante tu vida y Lázaro, en cambio, males; ahora aquí él es consolado y tú atormentado. Además de todo esto, entre vosotros y nosotros se interpone un gran abismo, de modo que los que quieren atravesar de aquí hasta vosotros, no pueden; ni tampoco pueden pasar de ahí hasta nosotros».


Y él dijo: «Te ruego entonces, padre, que le envíes a casa de mi padre, porque tengo cinco hermanos, para que les advierta y no vengan también a este lugar de tormentos».


Pero replicó Abrahán: «Tienen a Moisés y a los Profetas. ¡Que los oigan!»


Él dijo: «No, padre Abrahán; pero si alguno de entre los muertos va a ellos, se convertirán».


Y le dijo: «Si no escuchan a Moisés y a los Profetas, tampoco se convencerán aunque uno resucite de entre los muertos».



PARA TU RATO DE ORACION 


EL EVANGELIO nos presenta la parábola del rico Epulón y del pobre Lázaro. El primero es un hombre que vive en el lujo, pensando solamente en su propio bienestar. Jesús no nos dice que fuera un hombre injusto; simplemente, «que vestía de púrpura y lino finísimo, y todos los días celebraba espléndidos banquetes» (Lc 16,19). Junto a su casa, un pobre llamado Lázaro «yacía sentado a su puerta, cubierto de llagas». Epulón está tan atento a sus riquezas que ignora su existencia. Lázaro no recibe ningún cuidado y se alimenta únicamente de las sobras que caen «de la mesa del rico» (Lc 16,21). «Vanos eran sus pensamientos y vanos sus apetitos –dice san Agustín sobre Epulón–. Cuando murió, en ese mismo día perecieron sus planes»1. Efectivamente, Jesús nos cuenta que ambos mueren, pero su destino es abismalmente distinto.

«Señor, mira si mi camino se desvía y guíame por el camino eterno» (Sal 138, 23-24), suplicamos con el salmo. Sabemos que la vida plena, aquella en la que permanecemos siempre libres para amar, no depende exclusivamente de los bienes terrenos; allí no está nuestra seguridad ni nuestra felicidad. San Josemaría nos recuerda que nuestro «corazón no se satisface con las cosas creadas, sino que aspira al Creador»2. La Cuaresma es un buen momento «para descubrir de qué manera las cosas materiales de las que disponemos contribuyen a llevar adelante la misión que Dios nos ha confiado. Podremos, entonces, desprendernos más fácilmente de las que no lo hacen y caminar ligeros como el Señor, que no tenía “dónde reclinar la cabeza” (Lc 9,58). Con la pobreza, aprenderemos a apreciar las cosas del mundo en cuanto vemos en ellas su valor como camino de unión con Él y de servicio a los demás»3.


DURANTE su vida, Lázaro no tuvo ninguna de las ventajas de las que disfrutó Epulón. Del relato se desprende que es un hombre piadoso, que pone su esperanza en Dios, y por eso es llevado por los ángeles a la morada eterna. Bien se podría decir de él lo que rezamos en el salmo: «Dichoso el hombre que ha puesto su confianza en el Señor» (Sal 1). La clave que explica el destino eterno de uno y de otro, tan distintos entre sí, no es la riqueza en sí misma, sino lo que sucedía en el corazón de ambos. El rico es condenado no por lo que posee, sino por su total falta de compasión. «Aprended a ser ricos y pobres –comenta San Agustín–, tanto los que tenéis algo en este mundo como los que no tenéis nada. Pues también encontráis al mendigo que se ensoberbece y al acaudalado que se humilla. Dios resiste a los soberbios, ya estén vestidos de seda o de andrajos; pero da su gracia a los humildes ya tengan algunos haberes mundanos, ya carezcan de ellos. Dios mira al interior; allí pesa, allí examina»4.

Lázaro no cuenta para el mundo. Por su miseria y soledad, solamente el Señor cuida de él. «A quien está olvidado de todos, Dios no lo olvida; quien no vale nada a los ojos de los hombres, es valioso a los del Señor»5. La parábola nos invita también a vivir la virtud de la caridad, de manera especial con las personas que tenemos más cerca de nosotros y con quienes padecen más necesidades. «Nuestras cosas y nuestros problemas nunca deben absorber nuestro corazón hasta el punto de hacernos sordos al grito»6 de los demás. «Cada uno, sin ninguna excepción, debe considerar al prójimo como otro yo, cuidando, en primer lugar, de su vida y de los medios necesarios para vivirla dignamente, para que no imiten a aquel rico que se despreocupó totalmente del pobre Lázaro»7.


«YO, EL SEÑOR, examino el corazón, sondeo el corazón de los hombres para pagar a cada cual su conducta según el fruto de sus acciones» (Jer 17,9-10). Después de la muerte, Dios nos juzgará y nos «pesará» conforme a nuestras obras. Se presenta en nuestra vida esta alternativa: el camino seguro de quien confía en el Señor, como Lázaro; o la senda estéril del que pone toda su esperanza en las cosas materiales, aquellas que puede dominar, como el rico Epulón.

San Josemaría prevenía así ante «la mentalidad de quienes ven el cristianismo como un conjunto de prácticas o actos de piedad, sin percibir su relación con las situaciones de la vida corriente, con la urgencia de atender las necesidades de los demás y de esforzarse por remediar las injusticias»8. El amor a Dios se expresa en desvelo por los demás; no se queda en un sentimiento, se traduce necesariamente en servicio concreto, a personas concretas, aunque eso suponga despojarnos de ciertas aparentes seguridades personales.

«La misericordia de Dios con nosotros está estrechamente unida a nuestra misericordia con el prójimo; cuando falta nuestra misericordia con los demás, la de Dios no puede entrar en nuestro corazón»9. Le pedimos a santa María la gracia de ver con nitidez los Lázaros que hay a nuestra puerta, mendigando nuestra atención y cariño.

28 de febrero de 2024

LA GRANDEZA DE SERVIR

 



Evangelio (Mt 20,17-28)


En aquel tiempo, Cuando subía Jesús camino de Jerusalén tomó aparte a sus doce discípulos y les dijo:


— Mirad, subimos a Jerusalén, y el Hijo del Hombre será entregado a los príncipes de los sacerdotes y a los escribas, le condenarán a muerte, y le entregarán a los gentiles para burlarse de él y azotarlo y crucificarlo, pero al tercer día resucitará.


Entonces se le acercó la madre de los hijos de Zebedeo con sus hijos, y se postró ante él para hacerle una petición. Él le preguntó:


— ¿Qué quieres?


Ella le dijo:


— Di que estos dos hijos míos se sienten en tu Reino, uno a tu derecha y otro a tu izquierda.


Jesús respondió:


— No sabéis lo que pedís. ¿Podéis beber el cáliz que yo he de beber?


— Podemos — le dijeron.


Él añadió:


— Beberéis mi cáliz; pero sentarse a mi derecha o a mi izquierda no me corresponde concederlo, sino que es para quienes está dispuesto por mi Padre.


Al oír esto, los diez se indignaron contra los dos hermanos. Pero Jesús les llamó y les dijo:


— Sabéis que los que gobiernan las naciones las oprimen y los poderosos las avasallan. No tiene que ser así entre vosotros; al contrario: quien entre vosotros quiera llegar a ser grande, que sea vuestro servidor; y quien entre vosotros quiera ser el primero, que sea vuestro esclavo. De la misma manera que el Hijo del Hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y dar su vida en redención de muchos.



PARA TU RATO DE ORACION 



TODA MADRE desea lo mejor para sus hijos. Por eso, no sorprende que la de Santiago y Juan se acerque a Jesús para pedirle un puesto de honor para ellos: «Di que estos dos hijos míos se sienten en tu Reino, uno a tu derecha y otro a tu izquierda» (Mt 20,21). Estas palabras pueden sorprendernos, pues recogen prácticamente lo contrario de lo que el Mesías les había enseñado desde el principio a los apóstoles. No es de extrañar que los otros diez se enfadaran con los hermanos Zebedeo. Sin embargo, en el fondo de sus corazones, quizás ellos querían lo mismo.


El Maestro entonces aprovecha esta situación, como en otras ocasiones, para formar el corazón de los apóstoles. ¿Quién es el más importante? La respuesta del Señor es sencilla y, al mismo tiempo, exigente: «Quien entre vosotros quiera llegar a ser grande, que sea vuestro servidor; y quien entre vosotros quiera ser el primero, que sea vuestro esclavo» (Mt 20,26-27). Jesucristo corrige con paciencia divina unas ambiciones excesivamente humanas, superando su escala de valores: el primero pasa a ser el último y el último se convierte en el primero.


Al seguir esa escala, al vivir con aquel parámetro, no hacemos otra cosa que imitar al mismo Señor. Él «tomó el último puesto en el mundo –la cruz– y precisamente con esta humildad radical nos redimió y nos ayuda constantemente»1. Su actitud de servicio llega hasta la entrega de sí mismo: «Esto es mi cuerpo», «esta es mi sangre» (Mt 26,26-27). «Quien quiera ser grande, que sirva a los demás, no que se sirva de los demás. Y esta es la gran paradoja de Jesús. Los discípulos discutían quién ocuparía el lugar más importante, quién sería seleccionado como el privilegiado (...). Y Jesús les trastoca su lógica diciéndoles sencillamente que la vida auténtica se vive en el compromiso concreto con el prójimo. Es decir, sirviendo»2.


EN LA BIBLIA, el servicio está unido a una misión de Dios. Así lo vemos en Jesús, que «no ha venido a ser servido, sino a servir y dar su vida en redención de muchos» (Mt 20,28). Él ha lavado los pies de los apóstoles y ha hecho suyo el plan de su Padre, hasta la muerte en la cruz. «¿Cómo no leer en el tema del “siervo Jesús” la historia de cada vocación, la historia pensada por el Creador para cada ser humano, historia que inevitablemente pasa a través de la llamada a servir (...)?»3.


El servicio es lo que caracteriza a quienes tratan de caminar junto al Señor. «Mientras los grandes de la Tierra construyen “tronos” para el poder propio, Dios elige un trono incómodo, la cruz, de donde reinar dando la vida»4. Experimentar este “poder” desde el servicio, nos lleva a encarnar el estilo de vida de Jesús. No se trata de algo humillante, sino que es lo más elevado que podemos hacer en la vida: el servicio es un arte que practican los que se han descubierto destinatarios del amor de Cristo crucificado y han visto agrandarse su corazón en el suyo.


«Servir es una cosa deliciosa –decía san Josemaría–: yo tengo por orgullo de mi vida ser servidor de todo el mundo. Quiero servir a Dios y, por amor a Dios, servir con amor a todas las criaturas de la tierra»5. Descubrir esta realidad nos hace sensibles a las necesidades de los demás, especialmente de los más necesitados: «Ante un mundo que exige de los cristianos un testimonio renovado de amor y fidelidad al Señor, todos han de sentir la urgencia de ponerse a competir en la caridad, en el servicio y en las buenas obras. Esta llamada es especialmente intensa en el tiempo santo de preparación a la Pascua»6.


DESPUÉS de escuchar a la madre de los Zebedeo, Jesús dice a Santiago y a Juan: «No sabéis lo que pedís. ¿Podéis beber el cáliz que yo he de beber? Podemos, le dijeron. Él añadió: Beberéis mi cáliz» (Mt 20, 22-23). Esta conversación tiene lugar mientras suben hacia Jerusalén. Jesús sabe lo que va a ocurrir en la ciudad santa al cabo de unos días. Se lo acababa de anunciar a sus apóstoles un poco antes: el Hijo del hombre «será entregado», «le condenarán a muerte, y le entregarán a los gentiles para burlarse de él y azotarlo y crucificarlo» (Mt 20,18-19).


Es el tercer y último anuncio de la Pasión. Los discípulos, asustados, se inquietan: no entienden o quizá no quieren entender demasiado sobre incomprensiones y dificultades. No les cabe en la cabeza que el reinado del que habla el Maestro se alcance por la derrota. Y también hoy seguimos necesitando una conversión para comprender los caminos del Señor. La Cuaresma renueva esta oportunidad: nos invita a transformar nuestro modo de entender a Jesús, nuestro modo de ver el mundo y los valores que rigen las relaciones, para mirar con sus ojos redentores.


La imagen del cáliz evoca el dolor y la muerte (cfr. Mt 26,39). «Beber mi cáliz» es participar en su pasión por la salvación del mundo, soportando los sufrimientos. ¿Cabe un servicio mayor para introducirnos en lo más alto de su Reino? En la Eucaristía renovamos ese camino que nos lleva a lo más alto del amor de Dios y al servicio de las personas. Comemos a Cristo, el Pan partido que ha derramado su sangre por todos. María recorrió el camino a la cruz junto a su Jesús y, durante esta Cuaresma, nos acompaña como una buena madre que desea alcanzar lo mejor para sus hijos.




27 de febrero de 2024

Coherencia

 


Evangelio (Mt 23,1-12)

En aquel tiempo, Jesús habló a la gente y a los discípulos, diciendo:

— En la cátedra de Moisés se han sentado los escribas y los fariseos. Haced y cumplid todo cuanto os digan; pero no obréis como ellos, pues dicen, pero no hacen.

Atan cargas pesadas e insoportables y las echan sobre los hombros de los demás, pero ellos ni con uno de sus dedos quieren moverlas.

Hacen todas sus obras para que les vean los hombres. Ensanchan sus filacterias y alargan sus franjas. Anhelan los primeros puestos en los banquetes, los primeros asientos en las sinagogas y que les saluden en las plazas, y que la gente les llame rabbí.

Vosotros, al contrario, no os hagáis llamar rabbí, porque sólo uno es vuestro maestro y todos vosotros sois hermanos.

No llaméis padre vuestro a nadie en la tierra, porque sólo uno es vuestro Padre, el celestial.

Tampoco os dejéis llamar doctores, porque vuestro doctor es uno sólo: Cristo. Que el mayor entre vosotros sea vuestro servidor.

El que se ensalce será humillado, y el que se humille será ensalzado



PARA TU RATO DE ORACION 



«EN LA CÁTEDRA de Moisés se han sentado los escribas y los fariseos. Haced y cumplid todo cuanto os digan; pero no obréis como ellos, pues dicen pero no hacen» (Mt 23,2-3). En las sinagogas había una silla especial donde se sentaba el rabino que explicaba la Escritura. En sentido figurado, «la cátedra de Moisés» designaba el magisterio de los maestros del pueblo, que enseñaban e interpretaban la ley, pero, como muestra el Señor en el Evangelio, actuaban con tal incoherencia de vida que incumplían las prescripciones que ellos mismos establecían.


La gente sencilla, por el contrario, buscaba a Jesús precisamente porque en él todo era verdadero. Caminaban detrás del Señor con entusiasmo porque cumplía lo que predicaba. Mientras el Maestro iba por delante abriendo camino, los fariseos y los escribas colocaban sobre los hombros de los demás «cargas pesadas e insoportables», pero «ellos ni con uno de sus dedos quieren moverlas» (Mt 23,4). Jesús pide a los suyos que cada día abracen «su cruz» (Lc 9,23), porque él va en cabeza con la cruz más pesada de todas. Las autoridades, por el contrario, eran exigentes con los demás y permisivas consigo mismas; hablan, pero en ellos no vemos el buen fruto.


Aunque la vida cristiana no se trata de hacer las cosas para que las vean los demás, es verdad que una vida coherente ayuda más que las solas palabras. El espíritu con el que afrontamos las ocupaciones diarias –en la familia, en el trabajo, en las amistades–, si refleja el atractivo de la paz y la alegría de Cristo, será auténtica transmisión del Evangelio. «Depende de nuestra coherencia que nuestros hermanos reconozcan a Jesucristo, el único salvador y la esperanza del mundo»1.


JESÚS recriminaba a las autoridades que vivieran más pendientes de las apariencias que de la verdad. «Hacen todas sus obras para que les vean los hombres» (Mt 23,5): corren detrás de alabanzas humanas, buscan los primeros puestos en las reuniones, ansían recibir reverencias… Todo lo hacen para granjearse un buen nombre. Siguen un estilo de vida cara a la galería, como en un escenario, contentándose con guardar unas formas exteriores que no nacen del amor: siguen «la letra» pero «no conocen su espíritu»2.


Es natural que nos importe la opinión de los demás, pues vivimos en sociedad. De algún modo, necesitamos ser aceptados y valorados por las personas que nos rodean, en especial por las que nos quieren. Pero la rectitud de intención nos lleva a poner el mayor peso de nuestros esfuerzos en la alegría que damos a Dios y en el bien de los demás. Nos importa agradar solo en cuanto queremos hacer felices a las personas que amamos.


Decía san Josemaría que «la rectitud de intención está en buscar “solo y en todo” la gloria de Dios»3. Este es el criterio decisivo que marca nuestras acciones. «Es la indicación que nos orienta cuando no estamos seguros de qué es lo correcto; nos ayuda a reconocer la voz de Dios dentro de nosotros (...). La gloria de Dios es la aguja de la brújula de nuestra conciencia»4. Aunque en nuestro corazón se mezclen intenciones y deseos variados, examinar los motivos por los que actuamos nos liberará, poco a poco, de actuar cara a los hombres, para entrar en la paz que da obrar cara a Dios.


FRENTE a la actitud de los escribas y fariseos, el Señor hace su propuesta: «Que el mayor entre vosotros sea vuestro servidor. El que se ensalce será humillado, y el que se humille será ensalzado» (Mt 23,11-12). La humildad resulta una virtud indispensable para que Dios nos llene de dones, porque «a pasos de humildad es como se sube a lo alto de los cielos»5, comentaba san Agustín. Rememorando la escalera que el patriarca Jacob vio en sueños, por la que subían y bajaban ángeles de la tierra al cielo (cfr. Gn 28,12), escribe otro Padre de la Iglesia: «Por la altivez se baja y por la humildad se sube. (...) Cuando el corazón se abaja, el Señor lo levanta hasta el cielo»6.


La humildad nos hace descubrir nuestra miseria y nuestra grandeza. Nos permite «mirarnos como somos, sin paliativos, con la verdad. Y al comprender que apenas valemos algo, nos abrimos a la grandeza de Dios»7. Esta actitud humilde y generosa permite la acción del Señor. Donde hay humildad hay sabiduría, explica el libro de los Proverbios. «Hazte pequeño en las grandezas humanas y alcanzarás el favor de Dios, que revela sus secretos a los humildes» (Ecl 3, 17).


«Dios únicamente desea nuestra humildad, que nos vaciemos de nosotros mismos, para poder llenarnos; pretende que no le pongamos obstáculos, para que —hablando al modo humano— quepa más gracia suya en nuestro pobre corazón»8. María, la esclava del Señor, nos ayudará como buena madre a limpiar en nuestro corazón aquello que impida recibir algo mejor; así, el Señor nos podrá enriquecer cada vez más con sus dones.