"Hago todos los días mi "ratito" de oración: ¡si no fuera por eso!" (Camino, 106)

11 de marzo de 2024

Tener la cruz es identificarse con Cristo,


EVANGELIO Juan 4, 43-54

En aquel tiempo, salió Jesús de Samaria para Galilea. Jesús mismo habla hecho esta
afirmación:
«Un profeta no es estimado en su propia patria.»
Cuando llegó a Galilea, los galileos lo recibieron bien, porque hablan visto todo lo
que había hecho en Jerusalén durante la fiesta, pues también ellos hablan ido a la
fiesta.
Fue Jesús otra vez a Cana de Galilea, donde habla convertido el agua en vino.
Habla un funcionario real que tenía un hijo enfermo en Cafarnaún. Oyendo que
Jesús había llegado de Judea a Galilea, fue a verle, y le pedía que bajase a curar a su
hijo que estaba muriéndose.
Jesús le dijo:
—«Como no veáis signos y prodigios, no creéis.»
El funcionario insiste:
—«Señor, baja antes de que se muera mi niño.»
Jesús le contesta:
—«Anda, tu hijo está curado.»
El hombre creyó en la palabra de Jesús y se puso en camino. Iba ya bajando, cuando
sus criados vinieron a su encuentro diciéndole que su hijo estaba curado. Él les
preguntó a qué hora había empezado la mejoría. Y le contestaron:
—«Hoy a la una lo dejó la fiebre.»
El padre cayó en la cuenta de que ésa era la hora cuando Jesús le había dicho: «Tu
hijo está curado.» Y creyó él con toda su familia.
Este segundo signo lo hizo Jesús al llegar de Judea a Galilea.


PARA TU RATO DE ORACION 


AYER CELEBRAMOS el 4o domingo de Cuaresma tradicionalmente es conocido como el domingo laetare, en alusión a las palabras con las que comienza la Misa: «Laetare, Ierusalem… Alégrate, Jerusalén (...), regocijaos los que estuvisteis tristes». Se acerca la Pascua, el momento de nuestra salvación, y considerarlo pone una nota de alegría en la austeridad penitencial de la Cuaresma, «que es simultáneamente tiempo de fortaleza y de gozo: hemos de llenarnos de aliento, ya que la gracia del Señor no nos faltará, porque Dios estará a nuestro lado»[1].


El motivo fundamental de nuestra alegría viene de contemplar el amor que Dios nos tiene, su misericordia y paciencia con nosotros. De esto habla la primera lectura, que recuerda cómo las repetidas infidelidades del pueblo de Israel acabaron en una violenta invasión por parte de Nabucodonosor II, que arrasó la ciudad e incendió el Templo, llevándose como esclavos a Babilonia a los que habían sobrevivido a la espada. Aunque habían desoído repetidamente muchos llamamientos de los profetas a la conversión, en el momento malo Dios no abandonó a su pueblo. Después de un tiempo de arrepentimiento y penitencia, recordando con nostalgia la tierra prometida, el Señor suscitó que un rey pagano, el emperador Ciro, decretara la libertad de los israelitas.


A pesar de que a veces no respondamos con fidelidad a lo que Dios quiere de nosotros, él no nos rechaza, sino que nos sigue amando como un padre bueno y paciente. Su deseo de liberarnos del pecado se hace aún más patente con la encarnación, muerte y resurrección de su Hijo, como expresa san Pablo en la segunda lectura: «Dios, que es rico en misericordia, con el gran amor con que nos amó, aunque estábamos muertos por nuestros pecados, nos dio vida en Cristo» (Ef 2,4-5). Saborear la dulzura del perdón y de la gracia divina nos ayudará a superar el cansancio o el desánimo que quizá se pueda presentar en esta Cuaresma o en distintos períodos de nuestra vida. Ahora que se acerca la Pascua, podemos renovar nuestros deseos de dejarnos atraer por el Señor y así prepararnos para convertirnos un poco más hacia él y acoger la salvación que nos ofrece.


«LO MISMO que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre» (Jn 3,14). En el Evangelio de este domingo, el Señor dice estas palabras a Nicodemo, con quien está hablando de la vida nueva que ha venido a traer a la tierra, y nos las dirige también a cada uno de nosotros. Cristo nos invita a centrar nuestra oración en la cruz, donde «se manifestó plenamente la ternura redentora de Dios»[2]. Desde ahí podemos aprender a afrontar con paz y alegría los dolores que inevitablemente se presentan en la vida, «nuestro sufrimiento, nuestra tristeza, nuestra angustia, nuestra hambre y sed de justicia»[3].


Así explicaba san Josemaría, con un convencimiento que provenía de su experiencia personal, cómo la cruz puede tener un significado positivo: «Encontrar la cruz es encontrar a Cristo. Y con él hay siempre alegría, aun ante la injusticia, ante la incomprensión, ante el dolor físico. Por esa razón siento desagrado –aunque comprendo que es un modo usual de decir– cuando oigo llamar cruces a las contradicciones, muchas veces nacidas de la misma soberbia de la persona, que no son la cruz, que no son la verdadera cruz, porque no son la cruz de Cristo. Yo no me he sentido nunca desgraciado, y penas me las ha mandado abundantes el Señor (...). Tú has hecho, Señor, que yo entendiera que tener la cruz es encontrar la felicidad, la alegría. Y la razón –lo veo con más claridad que nunca– es esta: tener la cruz es identificarse con Cristo, es ser Cristo y, por eso, ser hijo de Dios»[4].


No faltarán dificultades y dolores en nuestra vida personal ni en nuestro mundo: violencia, tragedias, enfermedades… También esos momentos son ocasión de renovar nuestra fe y nuestra esperanza en el Señor, en la fuerza salvífica de su sacrificio redentor, al que podemos unirnos en nuestra existencia diaria: «Jesús en la cruz siente todo el peso del mal, y con la fuerza del amor de Dios lo vence, lo derrota en su resurrección. Este es el bien que Jesús nos hace a todos en el trono de la cruz. La cruz de Cristo, abrazada con amor, nunca conduce a la tristeza, sino a la alegría, a la alegría de ser salvados y de hacer un poquito eso que ha hecho él aquel día de su muerte»[5].


«TANTO AMÓ DIOS al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna» (Jn 3,16). Seguimos contemplando esa entrega del Hijo por parte del Padre, que terminó con la muerte de Jesús en la cruz. «Todo cristiano está llamado a comprender, vivir y testimoniar con su existencia la gloria del Crucificado. La cruz –la entrega de sí mismo del Hijo de Dios– es, en definitiva, el “signo” por excelencia que se nos ha dado para comprender la verdad del hombre y la verdad de Dios: todos hemos sido creados y redimidos por un Dios que por amor inmoló a su Hijo único (...): esto es amor en su forma más radical»[6].


El amor de Dios por nosotros nos llama a corresponder. Un modo de hacerlo es abrazando con confianza de hijos el sufrimiento que el Señor permita en nuestra vida. «No somos cristianos dulzones –aseguraba san Josemaría–. En la tierra tiene que haber dolor y cruz»[7]. Y lo explicaba más detenidamente en una de sus homilías: «Algunas veces se habla del amor como si fuera un impulso hacia la propia satisfacción, o un mero recurso para completar egoístamente la propia personalidad. Y no es así: amor verdadero es salir de sí mismo, entregarse. El amor trae consigo la alegría, pero es una alegría que tiene sus raíces en forma de cruz. Mientras estemos en la tierra y no hayamos llegado a la plenitud de la vida futura, no puede haber amor verdadero sin experiencia del sacrificio, del dolor. Un dolor que se paladea, que es amable, que es fuente de íntimo gozo, pero dolor real, porque supone vencer el propio egoísmo, y tomar el Amor como regla de todas y de cada una de nuestras acciones»[8].


Así como Cristo murió en la cruz por amor, en nuestro caminar terreno no hay amor verdadero –a Dios, hacia nosotros mismos y a los demás – si en nuestra vida no está presente la cruz: la capacidad de sufrir con alegría y libertad interior para entregarnos a los demás o abandonar lo que nos ata al pecado. Y también cuando aparezcan contrariedades objetivas –quizá a veces duras e inesperadas–, con su gracia podremos abrazar la cruz: «Siempre apacibles, y animosos ante las contradicciones, si vienen, o ante lo que la gente llama fracasos. El éxito o fracaso está en la vida interior. El éxito está en recibir con sosiego la Cruz de Jesucristo, en extender los brazos abiertos, porque para Jesús como para nosotros la Cruz es un trono, es la exaltación del amor; es el colmo de la eficacia redentora, para llevar las almas a Dios»[9]. Podemos pedir a la Virgen María, que supo estar al pie de la cruz, que nos ayude a acoger las dificultades con el deseo de consolar a su Hijo.

10 de marzo de 2024

DOMINGO LETARE


Evangelio (Jn 3,14-21)

Pues nadie ha subido al cielo, sino el que bajó del cielo, el Hijo del Hombre. Igual que Moisés levantó la serpiente en el desierto, así debe ser levantado el Hijo del Hombre, para que todo el que crea tenga vida eterna en él.

Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna. Pues Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él no es juzgado; pero quien no cree ya está juzgado, porque no cree en el nombre del Hijo Unigénito de Dios. Éste es el juicio: que vino la luz al mundo y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas. Pues todo el que obra mal odia la luz y no viene a la luz, para que sus obras no le acusen. Pero el que obra según la verdad viene a la luz, para que sus obras se pongan de manifiesto, porque han sido hechas según Dios.

PARA TU RATO DE ORACION 

HOY CELEBRÁBAMOS el domingo laetare, 4o de Cuaresma, como un recordatorio de que es un tiempo de penitencia que nos dispone hacia la gran alegría de la Pascua. En el libro del profeta Isaías escuchamos a Dios que nos dice: «He aquí que Yo creo unos cielos nuevos y una tierra nueva. Las cosas pasadas no serán recordadas ni vendrán a la memoria. Al contrario, alegraos y regocijaos eternamente de lo que yo voy a crear, pues voy a crear a Jerusalén para el gozo, y a su pueblo para la alegría. Me gozaré en Jerusalén y me alegraré en su pueblo» (Is 65,17-19). El Señor nos invita a la alegría y él mismo se alegra. En el libro del Génesis también percibimos este gozo de Dios cuando, al contemplar el mundo recién salido de sus manos, ve que es «muy bueno» (Gn 1,31). El creador, que había preparado el mundo para los hombres, soñaba ya con la vida de sus hijos.


Sabemos que, sin embargo, después vino el pecado y la destrucción de la armonía inicial. Pero Dios no se cansó de perdonar ni de ilusionarse con los hombres. Cada uno de nosotros somos, de alguna manera, un sueño de Dios, un proyecto de bien y felicidad. «Dios piensa en cada uno de nosotros, ¡y piensa bien! Nos quiere y sueña con la alegría que gozará con nosotros. Por eso, el Señor quiere recrearnos, hacer nuevo nuestro corazón (...) para que triunfe la alegría. (...) Y hace tantos planes: construiremos casas..., plantaremos viñas, comeremos sus frutos..., todas las ilusiones que pueda tener un enamorado»1. San Josemaría, al pensar en las palabras del profeta Isaías en las que Dios nos dice que somos un proyecto divino, no ocultaba su emoción: «¡Que Dios me diga a mí que soy suyo! ¡Es como para volverse loco de Amor!»2.


«TE ENSALZARÉ, Señor, porque me has librado» (Sal 29,2). Este salmo expresa el agradecimiento de un hombre que fue rescatado por Dios de las garras de la muerte. En esta experiencia, el salmista ha aprendido al menos dos cosas importantes. La primera es que la ira de Dios dura solo un instante, pero su bondad toda la vida. El Señor no quiere destruir, sino corregir para que sus hijos puedan ser felices. Por eso, aun habiéndole ofendido con el pecado, siempre es posible volver a él con la seguridad de que seremos acogidos. Aunque quizás alguna vez parezca que nos ha dejado solos o que se ha ocultado, en realidad Dios siempre será fiel. «Por un breve instante te abandoné, pero con grandes ternuras te recogeré. En un arrebato de ira te oculté mi rostro un momento, pero con amor eterno me he apiadado de ti, dice tu Redentor, el Señor» (Is 54,7-8).


La segunda enseñanza del salmo es que la enfermedad y la muerte muestran al hombre su fragilidad. En el momento de la prosperidad es fácil olvidarlo y no dar relieve a la necesidad que tenemos de los demás y, sobre todo, de Dios. En cambio, cuando llega un momento de crisis personal o familiar, esta debilidad se pone de manifiesto; se comprende, entonces, con nueva profundidad, la importancia que tienen en nuestra vida la comunión –con Dios y con los demás– y la oración. «Me has dicho: “Padre, lo estoy pasando muy mal”. Y te he respondido al oído: toma sobre tus hombros una partecica de esa cruz, solo una parte pequeña. Y si ni siquiera así puedes con ella,... déjala toda entera sobre los hombros fuertes de Cristo. Y ya desde ahora, repite conmigo: “Señor, Dios mío: en tus manos abandono lo pasado y lo presente y lo futuro, lo pequeño y lo grande, lo poco y lo mucho, lo temporal y lo eterno”. Y quédate tranquilo»3.


EN UNA OCASIÓN, un hombre poderoso, funcionario real de alto rango, le pide a Jesús que vaya con él a Cafarnaún para curar a su hijo gravemente enfermo. Su fe y su esperanza son todavía débiles, pero en su amor de padre no quiere dejar de intentar cualquier cosa para ayudar a su hijo. Por eso, ha recorrido los más de treinta kilómetros entre Cafarnaún y Caná, para ir a buscar a este Maestro del que le han asegurado que hace milagros nunca vistos.


El Señor se hace un poco de rogar, lamentándose serenamente de la incredulidad que encontraba en Galilea: todos deseaban ver signos y prodigios, pero no estaban tan dispuestos a acoger su palabra ni a convertirse. Aquel hombre insiste y, sobre todo, empieza poco a poco a creer de verdad, como muestra su dócil obediencia a lo que Jesús le indica: «Vete, tu hijo está vivo» (Jn 4,50). Mientras regresa presuroso a Cafarnaún, sus servidores le salen al encuentro con la noticia de que el niño se encuentra bien. «Y creyó él y toda su casa» (Jn 4,53), concluye el evangelista.


El Señor nos quiere curar, como al hijo del funcionario real, liberándonos de nuestras esclavitudes y perdonando nuestros pecados. Y nos pide lo mismo: creer. «La fe es dejar sitio a ese amor de Dios, dejar sitio al poder de Dios, pero no al poder de alguien muy poderoso, sino al poder de alguien que me quiere, que está enamorado de mí y quiere vivir la alegría conmigo. Eso es la fe. Eso es creer: dejar sitio al Señor para que venga y me cambie»4. Podemos pedir a nuestra Madre que nos ayude a tener, como ella, una fe grande, disponible y humilde, para que el Señor pueda llenarnos con su gracia.


6o DOMINGO DE SAN JOSÉ 


LA VIDA DE san José no estuvo libre de dificultades, grandes y pequeñas. De hecho, la costumbre de vivir de manera especial los siete domingos previos a su fiesta nace para contemplar sus siete gozos, pero también sus siete dolores. Por ejemplo, aquel cuando Jesús, a los doce años, se quedó en el Templo de Jerusalén sin que lo supieran sus padres. María, al encontrarlo tres días después, exclama: «¡Hijo, ¿por qué nos has hecho esto? Mira que tu padre y yo, angustiados, te buscábamos» (Lc 2,48). La Escritura es clara: san José había pasado muchas horas de tribulación, había experimentado la angustia de quien no halla lo más importante de su vida. También está, por ejemplo, aquel dolor del santo patriarca cuando el ángel le dice: «Levántate, toma al niño y a su madre, huye a Egipto y quédate allí hasta que yo te diga, porque Herodes va a buscar al niño para matarlo» (Mt 2,13). Son palabras fuertes, que asustan, más al ser recibidas en medio de la oscuridad de la noche.


¿Por qué un varón tan justo tenía que pasar por estos y otros momentos difíciles? ¿Por qué alguien que procura hacer las cosas con tanta delicadeza y honradez a veces puede parecer que experimenta incluso más dificultades que los demás? Al contemplar los problemas por los que pasó san José, como encontrar techo para Jesús o tener que vivir como forastero, muchas veces «nos preguntamos por qué Dios no intervino directa y claramente. Pero Dios actúa a través de eventos y personas. José era el hombre por medio del cual Dios se ocupó de los comienzos de la historia de la redención. Él era el verdadero “milagro” con el que Dios salvó al Niño y a su madre. El cielo intervino confiando en la valentía creadora de este hombre»[1].


San José sabía que las dificultades, además de que no son extrañas en los planes divinos, pueden ser momentos de crecimiento en intimidad con Dios y de crecimiento personal en muchos ámbitos. Aunque, lógicamente, no busquemos pasar por este tipo de circunstancias, estas inevitablemente llegan, y entonces el santo patriarca puede ser un buen modelo e intercesor; puede enseñarnos a sacar de nosotros la valentía y la creatividad para transformar nuestro entorno y nuestro corazón en un lugar más de Dios. Son momentos en los que el Señor tiene una especial misión para nosotros, aunque no siempre lo alcancemos a comprender del todo.


LOS PROBLEMAS DE Jesús, María y José también eran los problemas de una familia corriente, como los que solemos tener en la nuestra propia, a veces costosos: traslados entre ciudades, cambios de casa, pérdida de trabajo, amenazas, dudas... En tantos aspectos, la vida de san José fue una vida normal y eso lo hace cercano a nosotros. Por ejemplo, «el Evangelio no da ninguna información sobre el tiempo en que María, José y el Niño permanecieron en Egipto. Sin embargo, lo que es cierto es que habrán tenido necesidad de comer, de encontrar una casa, un trabajo. No hace falta mucha imaginación para llenar el silencio del Evangelio a este respecto. La Sagrada Familia tuvo que afrontar problemas concretos como todas las demás familias»[2]. Es verdad que Dios puede resolver muchos de esos conflictos, antes y ahora, pero en su divina sabiduría no ha querido hacerlo, nos lo ha dejado a nosotros. «De Dios es la sabiduría y la fuerza, suyos son la inteligencia y el consejo» (Jb 12,13). Su milagro son las capacidades que ha dado a cada uno, enriquecidas por los dones del Espíritu Santo.


San Josemaría también experimentó dificultades y sufrimiento para llevar adelante su misión de ser padre y guía de santos: la muerte sucesiva de tres hermanas pequeñas, la humillación de la bancarrota del negocio familiar, las incomprensiones de algunos parientes cercanos, el fallecimiento de su padre poco antes de recibir la ordenación sacerdotal, etc. Y, al mismo tiempo, el Señor lo bendijo con un temple humano y sobrenatural para hacer vida el proyecto que Dios le había encomendado. De esta manera actúa el Señor con los suyos. Seguro que también nosotros disponemos –con mayor o menor abundancia– de esos dones para «confirmar en las almas y en la sociedad la paz y la concordia: la tolerancia, la comprensión, el trato, el amor»[3].


Nos puede servir el ejemplo de san José, que era valiente, proactivo, atento, siempre dispuesto a poner en práctica los milagros ordinarios que Dios le pedía. Y también podemos fijarnos en la vida de san Josemaría; aunque nunca le faltaron los problemas, fue una profunda vida de fe la que hizo posible ver detrás de todo la mano de Dios, que nunca nos abandona.


SAN JOSEMARÍA enseñaba que la vida ordinaria puede ser ocasión de encuentro con Dios, con «algo santo, divino, escondido en las situaciones más comunes, que toca a cada uno de vosotros descubrir»[4]. Por tanto, la propia vida está imbuida de un sentido divino, no podemos ir hacia Dios sin encontrarnos con el milagro de lo ordinario. El Señor ha querido esconderse discretamente en las cosas normales de nuestro día, sin imposiciones, para dejarnos verdaderamente libres de buscarle. Y parte de la vida corriente son las pequeñas dificultades de cada día: eso que no salió como planeábamos, una relación que quisiéramos que sea mejor, las complejidades que surgen en nuestro trabajo, etc. «Cuando nos enfrentamos a un problema podemos detenernos y bajar los brazos, o podemos ingeniárnoslas de alguna manera. A veces las dificultades son precisamente las que sacan a relucir recursos en cada uno de nosotros que ni siquiera pensábamos tener»[5].


Estas circunstancias también pueden ser una ocasión para pedir más luz a Dios. Nos brindan la posibilidad de reforzar nuestro diálogo e intimidad con el Señor, para tomar fuerzas en llevar adelante su plan de amor en nuestras circunstancias. Así como José siempre recibió la palabra oportuna para afrontar las dificultades y cuidar así la Sagrada Familia, también nosotros podemos experimentar la cercanía y la voz del Señor que alienta e impulsa a brindar comprensión, paz, fortaleza, ánimo, a quien lo necesita. «De José debemos aprender el mismo cuidado y responsabilidad: amar al Niño y a su madre; amar los sacramentos y la caridad; amar a la Iglesia y a los pobres. En cada una de estas realidades está siempre el Niño y su madre»[6].

9 de marzo de 2024

ORAR CON HUMILDAD


 


Evangelio (Lc 18, 9-14)


Dijo también esta parábola a algunos que confiaban en sí mismos teniéndose por justos y despreciaban a los demás:


Dos hombres subieron al Templo a orar: uno era fariseo y el otro publicano. El fariseo, quedándose de pie, oraba para sus adentros: «Oh Dios, te doy gracias porque no soy como los demás hombres, ladrones, injustos, adúlteros, ni como ese publicano. Ayuno dos veces por semana, pago el diezmo de todo lo que poseo».


Pero el publicano, quedándose lejos, ni siquiera se atrevía a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho diciendo: «Oh Dios, ten compasión de mí, que soy un pecador».


Os digo que éste bajó justificado a su casa, y aquél no. Porque todo el que se ensalza será humillado, y todo el que se humilla será ensalzado.


PARA TU RATO DE ORACION 


ANTES de narrar la parábola del fariseo y el publicano, san Lucas hace notar que Jesús la contó en referencia «a algunos que confiaban en sí mismos teniéndose por justos y despreciaban a los demás» (Lc 18,9). De esa manera, el Señor busca mostrarnos la actitud correcta para hablar con Dios; esto es, desde nuestra propia verdad: desde la humildad de sabernos pecadores y necesitados de la misericordia divina. «La humildad es la base de la oración»1, dice el Catecismo de la Iglesia.

San Josemaría se definía como «un pecador que ama a Jesucristo»2. Ese ha sido un patrón común en la vida de los santos: dejaron brillar la luz de Dios en sus vidas, por lo que les resultaba fácil descubrir las oscuridades personales. Esta es la actitud con la que el sacerdote, en la santa Misa, se dirige al Señor en nombre de toda la Iglesia: «A nosotros, pecadores, siervos tuyos, que confiamos en tu infinita misericordia, admítenos en la asamblea de los santos apóstoles y mártires»3.

El reconocimiento de nuestra propia debilidad lleva, al mismo tiempo, a sentirnos sostenidos por Dios. Su misericordia es mayor que nuestras faltas. Por eso el cristiano afronta la vida sin desaliento, pues la conciencia de ser un pecador no le impide ser consciente de una realidad más decisiva: es hijo muy querido de Dios. «Refúgiate en la filiación divina: Dios es tu Padre amantísimo. Esta es tu seguridad, el fondeadero donde echar el ancla, pase lo que pase en la superficie de este mar de la vida. Y encontrarás alegría, reciedumbre, optimismo, ¡victoria!»4. Esta es la actitud con la que el Señor quiere que nos acerquemos a él, y que explica en la parábola: no somos unos «justos» autosuficientes, sino hijos que necesitan a su Padre.


EL PRIMER PERSONAJE que aparece en la parábola es un fariseo que subió al templo a orar. Aparentemente, su plegaria tiene un inicio ideal, porque comienza dando gracias a Dios. Sin embargo, inmediatamente se revela que algo no funciona: su agradecimiento no se debe a un reconocimiento de la acción del Señor en él, sino que se limita a enumerar todas sus cualidades y méritos: «Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo». Y, en medio de su oración, hay una frase que puede revelar el motivo por el que realizaba todo eso: «No soy como los demás hombres, ladrones, injustos, adúlteros, ni como ese publicano» (Lc 18,11-12).

El fariseo cae en la actitud que san Lucas había prevenido antes de relatar la parábola: desprecia a los demás teniéndose por justo. Al compararse mentalmente con el publicano, pensó que salía aventajado. Quizá a ojos de la gente incluso podía tener razón, pues estos eran considerados pecadores públicos al haber traicionado al pueblo de Israel. Sin embargo, no tiene en cuenta que solo Dios mira en el fondo de los corazones. Ninguna comparación será capaz de emular el alcance de la mirada divina.

Este fue el principal obstáculo de muchos para no reconocer al Mesías: refugiarse en las propias seguridades y en las miras solamente humanas. «Esta cerrazón tiene resultados inmediatos en la vida de relación con nuestros semejantes. El fariseo que, creyéndose luz, no deja que Dios le abra los ojos, es el mismo que tratará soberbia e injustamente al prójimo»5. Por eso, el Señor dirá después que este no bajó justificado a su casa: si tenía ya todo lo que creía necesitar, no sería capaz de acoger la salvación que Dios le ofrecía.


EL SEGUNDO personaje de la parábola es un publicano que ni siquiera se atreve a levantar los ojos al cielo en su oración. Simplemente se limita a golpearse el pecho mientras dice: «¡Oh, Dios!, ten compasión de este pecador». Y a continuación, Jesús añade: «Os digo que este bajó a su casa justificado» (Lc 18,13-14).

Este publicano comienza su oración siendo consciente de que es un pecador. Además, en su caso, lo sabe todo el pueblo, pues colaboraba con las autoridades extranjeras. Esta realidad, que en apariencia puede ser un obstáculo, es más bien la ventaja que tiene respecto al fariseo, pues el clamor general de su entorno le recuerda que es un pecador: su indigencia es evidente. Pero las seguridades sobre las que construye su vida no son sus propias cualidades, ni tampoco el reconocimiento de los demás, sino la compasión de Dios. «Actúa como un humilde, seguro solo de ser un pecador necesitado de piedad. Si el fariseo no pedía nada porque tenía ya todo, el publicano puede solo mendigar la misericordia de Dios. Y esto es bello: mendigar la misericordia de Dios. Presentándose “con las manos vacías”, con el corazón desnudo y reconociéndose pecador, el publicano muestra a todos nosotros la condición necesaria para recibir el perdón del Señor»6.

La actitud del publicano es justamente contraria a la del fariseo: no se tiene por justo ni desprecia a los demás, aunque quizá habría tenido motivos para esto último, por el trato que recibiría de sus contemporáneos. Jesús señala «que este bajó a su casa justificado». La oración de este hombre recuerda, de alguna manera, a la de la Virgen, en quien Dios se fijó precisamente por su humildad (cfr. Lc 1,48). Ella nos enseñará a recorrer este camino para que el Señor obre también en nuestras vidas las grandezas que cantó nuestra Madre.

8 de marzo de 2024

ORIENTARSE


Evangelio (Mc 12, 28-34)


Se acercó uno de los escribas, que había oído la discusión y, al ver lo bien que les había respondido, le preguntó: ¿Cuál es el primero de todos los mandamientos?


Jesús respondió: El primero es: Escucha, Israel, el Señor Dios nuestro es el único Señor; y amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con toda tu mente y con todas tus fuerzas. El segundo es éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay otro mandamiento mayor que éstos.


Y le dijo el escriba: ¡Bien, Maestro! Con verdad has dicho que Dios es uno solo y no hay otro fuera de Él; y amarle con todo el corazón y con toda la inteligencia y con toda la fuerza y amar al prójimo como a sí mismo, vale más que todos los holocaustos y sacrificios.


Viendo Jesús que le había respondido con sensatez, le dijo: No estás lejos del Reino de Dios.


Y ninguno se atrevía ya a hacerle preguntas.


 PARA TU RATO DE ORACION 


A JESÚS le dirigieron muchas preguntas durante su paso por la tierra. En varias ocasiones lo hacían con el propósito de retorcer sus palabras. No eran interrogantes que respondiesen a un deseo sincero de conocer la verdad; simplemente les movía la envidia, el afán por tener algo de qué acusarle públicamente. Sin embargo, en el Evangelio también vemos a personas que se acercan al Señor con sencillez. Es el caso de un escriba que, al ver lo bien que respondía a las inquietudes de los fariseos y los saduceos, le planteó: «¿Cuál es el primero de todos los mandamientos?» (Mc 12,28). A diferencia de las preguntas anteriores, este escriba no se aproximó con malas intenciones. Deseaba obtener de aquel hombre tan sabio una respuesta para una cuestión crucial, que además era objeto de debate continuo entre los rabinos de la época. Un judío piadoso tenía que cumplir más de seiscientas normas. Por eso, podía ser lógico preguntarse cuál era el precepto que estuviese por encima de todos.


La actitud sincera de este escriba puede inspirar la misión de los cristianos hoy en día. Él fue testigo de las maravillas de Jesús, y su trabajo consistía precisamente en contar los hechos tal como sucedieron. Su testimonio, libre de prejuicios, debió de ayudar a que muchos de sus contemporáneos rompieran las barreras que les separaba del Señor. Él nos muestra que para acercarse a Jesús no hay que aferrarse a preconcepciones, ni tampoco buscarle para afirmar un punto de vista elaborado previamente. «El pecado de los fariseos –escribió san Josemaría– no consistía en no ver en Cristo a Dios, sino en encerrarse voluntariamente en sí mismos; en no tolerar que Jesús, que es la luz, les abriera los ojos»[1]. Para poder escucharle es necesario mantener una disposición abierta para ir transformando nuestros propios juicios a partir del brillo de su palabra salvadora.


LA FORMA tan directa con que el escriba hizo su pregunta nos permite suponer que era un asunto que se venía cuestionando de tiempo atrás. Podríamos decir que ese hombre estaba indagando sobre qué era lo verdaderamente importante en la vida. Y esto, de hecho, es algo que toda persona quiere conocer. Necesitamos puntos de referencia, guías que nos orienten en la manera de configurar nuestro modo de vivir: «Quizá, a veces, nos hemos preguntado cómo podemos corresponder a tanto amor de Dios; quizá hemos deseado ver expuesto claramente un programa de vida cristiana»[2].


En ocasiones podemos estar buscando respuestas a preguntas que ya fueron respondidas. De hecho, Jesús contestó al escriba con palabras que probablemente su interlocutor conocería de memoria, pues era la parte esencial de la Ley que Dios entregó al pueblo a través de Moisés: «Escucha, Israel, el Señor Dios nuestro es el único Señor; y amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con toda tu mente y con todas tus fuerzas» (Mc 12,29 y cfr. Dt 6,4-5). Al mismo tiempo, Jesús ligó ese precepto con otro también conocido por los judíos: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo» (Mc 12,31 y Lv 19,18). De esta manera, nos muestra que ambos mandamientos están tan profundamente unidos que terminan siendo uno solo.


«El amor de Dios es lo primero que se manda –decía san Agustín–, y el amor del prójimo lo primero que se debe practicar. (...) Tú, que todavía no ves a Dios, amando al prójimo te harás merecedor de verle a él. El amor del prójimo limpia los ojos para ver a Dios, como dice claramente Juan: “Si no amas al prójimo, a quien ves, ¿cómo vas a amar a Dios, a quien no ves?” (1 Jn 4,20)»[3]. Querer a las personas que nos rodean es el camino para amar con todo el corazón al Señor. Esta fue la guía que Jesús marcó al escriba y que más tarde nos dará él mismo la medida: «Amaos los unos a los otros como yo os he amado» (Jn 13,34).


DESPUÉS de que Jesús respondiera la pregunta al escriba, se vuelve a comprobar que ese hombre se había acercado al Señor con intención recta. De hecho, en su reacción se muestra entusiasmado y satisfecho: «¡Bien, Maestro!» (Mc 12,32). Esa alegría ante la perspectiva que Jesús ponía delante de sus ojos lleva al propio Señor a afirmar: «No estás lejos del Reino de Dios» (Mc 12,34).


No es un elogio menor. Para nosotros también sería de gran consuelo escuchar de boca de Jesús que no estamos lejos de lo único que vale la pena: estar con él en su Reino. Esto es lo que pedimos cuando rezamos el padrenuestro: «Venga a nosotros tu Reino». Esta formulación nos permite entender que no somos nosotros los que vamos y nos acercamos a él: más bien es el Reino que viene a nosotros, es Dios quien toma la iniciativa. «El Señor nos primerea. (...) Y cuando le buscamos, hallamos esta realidad: que es él quien nos espera para acogernos, para darnos su amor»[4].


Pero, además, Cristo no nos abrió las puertas de su Reino para que tengamos allí la función de súbditos. El Señor quiere que reinemos con él: «Al que venza le concederé sentarse conmigo en mi trono, igual que yo he vencido y me he sentado con mi Padre en su trono» (Ap 3,21). De hecho, los autores de los Salmos ya atisbaban que los hijos de Adán estarían destinados a ser coronados de gloria y honor (cfr Sal 8,5-6). Con la enseñanza de Jesús, comprendemos aún mejor que ese será el desenlace de aquellos que amen en plenitud a su prójimo, porque esa fue la forma de vivir del Señor: reinar sirviendo. La Virgen comprendió que Dios quita del trono a los poderosos para enaltecer a los humildes (cfr. Lc 1,52), que son los que saben servir. Por eso, ella acabó siendo coronada como Reina del universo.


[1] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 71.


[2] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 88.


[3] San Agustín, In Ioannis Evangelium, 17,8.


[4] Francisco, Discurso, 18-V-2013.

7 de marzo de 2024

«La verdad os hará libres»

 



Evangelio (Lc 11, 14-23)


Estaba expulsando un demonio que era mudo.


Y cuando salió el demonio, habló el mudo y la multitud se quedó admirada; pero algunos de ellos dijeron: Expulsa los demonios por Beelzebul, el príncipe de los demonios. Y otros, para tentarle, le pedían una señal del cielo.


Pero él, que conocía sus pensamientos, les replicó: Todo reino dividido contra sí mismo queda desolado y cae casa contra casa. Si también Satanás está dividido contra sí mismo, ¿cómo se sostendrá su reino? Puesto que decís que expulso los demonios por Beelzebul. Si yo expulso los demonios por Beelzebul, vuestros hijos ¿por quién los expulsan? Por eso, ellos mismos serán vuestros jueces. Pero si yo expulso los demonios por el dedo de Dios, es que el Reino de Dios ha llegado a vosotros.


»Cuando uno que es fuerte y está bien armado custodia su palacio, sus bienes están seguros; pero si llega otro más fuerte y le vence, le quita las armas en las que confiaba y reparte su botín.


»El que no está conmigo está contra mí, y el que no recoge conmigo, desparrama.


»Cuando el espíritu impuro ha salido de un hombre, vaga por lugares áridos en busca de descanso, pero al no encontrarlo dice: «Me volveré a mi casa, de donde salí». Y al llegar la encuentra bien barrida y en orden. Entonces va, toma otros siete espíritus peores que él, y entrando se instalan allí, con lo que la situación última de aquel hombre resulta peor que la primera.


PARA TU RATO DE ORACION 


«ESTABA expulsando un demonio que era mudo. Y cuando salió el demonio, habló el mudo y la multitud se quedó admirada» (Lc 11,14). Esas son las palabras del evangelista que nos introduce, sin demasiado preámbulo, en esta escena. Esa expresión evangélica –el «demonio mudo»– se ha afianzado en la tradición espiritual de la Iglesia para describir un fenómeno que puede afectar a cualquier cristiano: la falta de sinceridad. Se trata de una actitud que en ocasiones se puede dar en nuestra vida: la dificultad para asumir algún aspecto de nuestra vida que todavía no lo hemos llenado de Cristo, y buscar ayuda para aquella conversión.

Como el demonio es el padre de la mentira, pone toda su astucia en juego para que no nos demos cuenta de nuestros errores. «Aquí hay un aspecto que nos puede engañar: al decir “todos somos pecadores”, como quien dice “buenos días”, algo habitual, incluso algo social, no tenemos una verdadera conciencia del pecado. No: yo soy un pecador por esto, esto y esto. (...) La verdad es siempre concreta»1. La sinceridad comienza con uno mismo. Como no estamos exentos de ningún mal, necesitamos acudir al Señor para ser sanados. Sobre el «demonio mudo», Jesús deja claro a sus apóstoles que «esa raza no puede ser expulsada por ningún medio, sino con la oración» (Mc 9,29). Acercarnos a Dios con sencillez, invocar al Espíritu Santo, nos dará la gracia de conocernos mejor para identificarnos más con Jesucristo.


CUANDO san Josemaría pensaba en las consecuencias que podía generar aquel «demonio mudo», aquella falta de sinceridad con uno mismo y con quien nos puede ayudar, las reunía en una palabra, quizás fuerte: «mezquindades»2. En su origen, se trata de lo que lógicamente sigue a la falta del aire limpio que genera la verdad, que distorsiona no solamente la capacidad de reconocer lo real de nuestra vida sino también, quizás, en las palabras de los demás. Lo vemos justamente en quienes presencian la escena después de que el Señor obra el milagro. Algunas personas de la multitud, en lugar de sorprenderse ante ese hecho inaudito, empezaron a decir que Jesús expulsaba los demonios por el poder de Beelzebul. Otros, yendo más allá, «le pedían una señal del cielo», lo cual no deja de ser paradójico, pues acababan de presenciar un verdadero milagro.

Algunas veces sucede que, «si el demonio mudo se introduce en un alma, lo echa todo a perder»3, también las cosas buenas de la vida, como las maravillas que Dios obra delante de nuestros ojos. Una persona así, condiciona su propia capacidad de contemplar las acciones del Señor –en uno mismo y en los demás–, e incluso, como sucede en el pasaje evangélico, tergiversa sus intenciones. De ahí que sea valioso acudir diariamente al examen de conciencia para ponernos en ese breve tiempo, que es oración, con la disposición a que el Espíritu Santo ilumine nuestra conciencia y nos empuje a buscar querer cada día más a Dios; entonces, descubriremos la hondura de su amor por nosotros, pues nos abraza como el padre del hijo pródigo cuando reconocemos con sencillez nuestra dificultades y pecados. Por eso, la Iglesia suplica cada año: «Escucha con piedad nuestras súplicas, Señor, e ilumina las tinieblas de nuestro corazón con la gracia de tu Hijo, que viene a visitarnos»4.


JESÚS, en su defensa, argumenta con una explicación que cualquiera podría entender: todo reino dividido contra sí mismo está destinado a la ruina. Él no actúa por el poder del demonio, pues no tendría sentido que Beelzebul actuara contra sí mismo. Es por eso que el Señor les anuncia directamente el punto central: ese milagro es realmente una señal de que el Reino de Dios ha llegado. Lo que esas personas han presenciado no es más que una realización de lo que había sido anunciado, y que el mismo san Lucas trae a colación en los inicios de su Evangelio: Jesús es el Ungido de Dios que ha venido a traer la libertad a los cautivos.

Y nos podemos preguntar: ¿a los cautivos de quién? Del que era más fuerte que ellos: el demonio. Es por eso que el Señor continúa su intervención con una imagen: «Cuando uno que es fuerte y está bien armado custodia su palacio, sus bienes están seguros; pero si llega otro más fuerte y le vence, le quita las armas en las que confiaba y reparte su botín» (Lc 11,21-22). Desde el primer pecado, el diablo había ganado terreno en la humanidad. Tuvo que venir Jesús, que es más fuerte que él, para vencerlo y devolver a las personas su tesoro más precioso: la libertad.

Identificar y expulsar el demonio mudo de nuestra vida significa proteger ese bien que nos ha regalado el Señor. Como dice el propio Jesús: «La verdad os hará libres» (Jn 8,32) . De ahí que la sinceridad con nosotros mismos, con Dios y con los demás, sea parte integrante de esa tarea que tenemos todos: luchar cada día por reconquistar la libertad. María Santísima, la mujer libre por excelencia, llena de gracia, nos ayudará a vivir en todo momento con la libertad propia de los hijos de Dios.


1 Francisco, Homilía, 29-IV-2020.
2 Cfr. San Josemaría, Amigos de Dios, n. 188.
3 Ibíd.
4 II Lunes de Adviento, Oración colecta.

6 de marzo de 2024

ENTENDER LO QUE SE AMA

 



Evangelio (Mt 5, 17-19)


No penséis que he venido a abolir la Ley o los Profetas; no he venido a abolirlos sino a darles su plenitud. En verdad os digo que mientras no pasen el cielo y la tierra, de la Ley no pasará ni la más pequeña letra o trazo hasta que todo se cumpla. Así, el que quebrante uno solo de estos mandamientos, incluso de los más pequeños, y enseñe a los hombres a hacer lo mismo, será el más pequeño en el Reino de los Cielos. Por el contrario, el que los cumpla y enseñe, ése será grande en el Reino de los Cielos.



PARA TU RATO DE ORACION 


«AL OTRO lado del Jordán, en el desierto (...), Moisés comunicó a los hijos de Israel todo lo que el Señor le había mandado para ellos» (Dt 1,1.3). El pueblo se encuentra a un paso de entrar en la tierra prometida. Sin embargo, quien ha sido su guía y pastor desde que salieron de Egipto, cuarenta años atrás, no cruzará con ellos esa última frontera. Antes de entregar su alma a Dios, Moisés cumple su misión hasta el final. «Mirad –les dice–: yo os enseño los mandatos y decretos, como me mandó el Señor, mi Dios, para que los cumpláis en la tierra donde vais a entrar para tomar posesión de ella. Observadlos y cumplidlos, pues esa es vuestra sabiduría y vuestra inteligencia a los ojos de los pueblos» (Dt 4,5-6).


En la fidelidad a esta Ley se irá forjando la identidad de Israel. Desde Josué y Pinjás hasta Saulo de Tarso, pasando por Elías, Judit o Matatías, serán muchos los israelitas que sientan arder su alma de amor por la Ley de Dios. Por eso, cuando Jesús comienza su vida pública, se genera un cierto revuelo. Habla con autoridad, y parece que se permite a sí mismo y a sus discípulos hacer excepciones a las tradiciones de sus padres. Los israelitas piadosos están confundidos, así que el Señor les sale al encuentro: «No creáis que he venido a abolir la Ley y los Profetas: no he venido a abolir, sino a dar plenitud» (Mt 5,17).


Jesús se inserta en esa tradición de amor a la Ley, gloria de su pueblo. Pero añade algo más. Ciertamente, no ha venido a eliminarla, pero tampoco es el suyo un mero cumplimiento. Con Cristo, ha sonado para la Ley la hora de la plenitud. «Él va a la raíz de la Ley, apuntando sobre todo a la intención y, por lo tanto, al corazón del hombre, donde tienen origen nuestras acciones buenas y malas (...). Y nosotros, a través de la fe en Cristo, podemos abrirnos a la acción del Espíritu, que nos hace capaces de vivir el amor divino»1.


A ALGUNOS de los oyentes de Jesús, su respuesta quizá les supo a poco. «Si no ha venido a abolir la Ley, ¿cómo se explica entonces su conducta ambigua?», se podían preguntar. Pero la supuesta ambigüedad de Jesús aparece tal únicamente a quienes tienen una visión deformada de la Ley. Y lo que Jesús quiere abolir es precisamente esa visión deformada. La tarea se demuestra ardua, porque la encuentra muy arraigada, sobre todo entre algunos fariseos: es el suyo un cumplimiento superficial de la Ley, una observancia formal, compatible con un corazón que no crece (cfr. Is 29,13; Mt 15,6).


Pero no es esa la fidelidad que quiere el Señor. Moisés había dicho: «Israel, escucha los mandatos y decretos que yo os enseño para que, cumpliéndolos, viváis» (Dt 4,1). La finalidad de la Ley es ayudar a vivir, hacer crecer. En el mismo sentido, las palabras de Jesús son espíritu y vida (cfr. Jn, 6,63) que, lejos de permanecer inmóviles, el salmista nos dice que «corren veloces» (Sal 147,15). Lejos de empequeñecernos, la fidelidad a la Ley tiene la capacidad de hacernos grandes, porque nos descubre los caminos para dilatar el corazón: «Dirige mis pasos, Señor, con tu palabra, para que no me domine la maldad» (Sal 118,113).


«La santidad tiene la flexibilidad de los músculos sueltos», decía san Josemaría. «La santidad no tiene la rigidez del cartón (...). Es vida, vida sobrenatural»2. ¿Cómo podemos distinguir el cumplimiento farisaico, que nos vuelve pequeños y rígidos, de ese otro que nos hace grandes y nos llena de vida? Se podrían decir muchas cosas, pero la clave última está en un amor que tiene dos indicadores concretos: la alegría, fruto de hacer las cosas libremente3; y la ternura con la que hacemos las cosas4, porque damos a aquello toda nuestra atención. Así se comprende por qué «las almas grandes tienen muy en cuenta las cosas pequeñas»5.


PARA PODER cumplir la Ley de Dios con amor, conviene saber por qué hacemos esas cosas. Es verdad que podemos amar algo aunque no lo comprendamos del todo porque, en ese caso, nos fiamos de quien nos lo dice: el Señor, nuestros padres, alguien en quien confiamos… Pero el amor auténtico busca siempre entender mejor, y el amor crece en la medida en que profundizamos en sus causas6. Si hacemos las cosas sin comprender por qué, es fácil que acabemos limitándonos a un cumplimiento externo, sin interiorizar las razones para hacerlo, y sin identificarnos con ello. Así, podemos acabar olvidando fácilmente que aquello lo hacíamos por el Señor, y se nos puede convertir en algo pesado o sin sentido. «Ten cuidado y guárdate bien de olvidar las cosas que han visto tus ojos y que no se aparten de tu corazón mientras vivas –dice la Sagrada Escritura–; cuéntaselas a tus hijos y a tus nietos» (Dt 4,1.5-9).


Algunas veces comprenderemos las cosas precisamente a través de la obediencia, cuando esa obediencia nace del deseo de identificarnos con lo que Dios quiere. Este milagro se da sobre todo en la oración, donde el Señor nos ayuda a conformar nuestro querer con el suyo, gracias a las luces, afectos e inspiraciones que derrama en nuestras almas. Y junto a la oración, un medio indispensable es el estudio, en particular de la Sagrada Escritura y del Catecismo de la Iglesia Católica. Se trata de tesoros inagotables en los que podemos profundizar siempre más, y donde encontraremos cada vez luces nuevas para llenar de sentido todo lo que hacemos, y para dar razón a quien nos lo pida. Santa María tuvo también que esforzarse por entender. Por eso meditaba frecuentemente las cosas en su corazón (cfr. Lc 1,29; 2,19.51), preguntaba lo que no entendía (cfr. Lc 1,34; 2,48) y buscaba la orientación de quien la pudiera ayudar (cfr. Lc 1,39). Ella puede enseñarnos a ser, así, verdaderamente libres.


5 de marzo de 2024

VOLVER

 


Evangelio (Mt 18, 21-35)


Entonces, se acercó Pedro a preguntarle:


—Señor, ¿cuántas veces tengo que perdonar a mi hermano cuando peque contra mí? ¿Hasta siete?


Jesús le respondió:


—No te digo que hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete. Por eso el Reino de los Cielos viene a ser como un rey que quiso arreglar cuentas con sus siervos. Puesto a hacer cuentas, le presentaron uno que le debía diez mil talentos. Como no podía pagar, el señor mandó que fuese vendido él con su mujer y sus hijos y todo lo que tenía, y que así pagase. Entonces el siervo, se echó a sus pies y le suplicaba: «Ten paciencia conmigo y te pagaré todo». El señor, compadecido de aquel siervo, lo mandó soltar y le perdonó la deuda. Al salir aquel siervo, encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios y, agarrándole, lo ahogaba y le decía: «Págame lo que me debes». Su compañero, se echó a sus pies y se puso a rogarle: «Ten paciencia conmigo y te pagaré». Pero él no quiso, sino que fue y lo hizo meter en la cárcel, hasta que pagase la deuda. Al ver sus compañeros lo ocurrido, se disgustaron mucho y fueron a contar a su señor lo que había pasado. Entonces su señor lo mandó llamar y le dijo: «Siervo malvado, yo te he perdonado toda la deuda porque me lo has suplicado. ¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo la he tenido de ti?». Y su señor, irritado, lo entregó a los verdugos, hasta que pagase toda la deuda. Del mismo modo hará con vosotros mi Padre celestial, si cada uno no perdona de corazón a su hermano.



PARA TU RATO DE ORACION 


ENTRE los judíos deportados a Babilonia se encontraba Azarías, un «joven de sangre real o de la nobleza, perfectamente sano, de buen tipo, bien formado en la sabiduría, culto e inteligente, y apto para servir en palacio» (Dn 1,3-4). Había aprendido la lengua y la literatura de Babilonia, y le habían impuesto un nombre caldeo: Abdénago. Los primeros capítulos del libro de Daniel nos cuentan las aventuras de Azarías, Ananías, Misael y Daniel, y cómo entre los cuatro se sostienen para permanecer fieles a Dios y a las costumbres de su pueblo, en un ambiente hostil.


En su oración desde el horno encendido, los pensamientos de Azarías van más allá del gran sufrimiento inmediato. Su corazón, además, no deja de sufrir por la situación de Israel, y trata de comprender el desastre que había supuesto la deportación a Babilonia para el pueblo elegido. Dios había librado a su pueblo de la esclavitud y le había dado una tierra donde vivir en libertad. Sin embargo, todo aquel esplendor no es más que un doloroso recuerdo. «Ahora, Señor –reza Azarías–, somos el más pequeño de todos los pueblos; hoy estamos humillados por toda la tierra a causa de nuestros pecados» (Dn 3,37).


En esta dramática situación, Azarías ofrece al Señor lo único que tiene: «Acepta nuestro corazón contrito y nuestro espíritu humilde, como un holocausto de carneros y toros o una multitud de corderos cebados» (Dn 3,39). Y Dios, complacido, acepta aquel sacrificio, que es precisamente el más agradable a sus ojos: «Convertíos a mí de todo corazón, porque quiero solo vuestro bien y estoy lleno de misericordia» (Jl 2,12-13). Esta actitud interior frente a Dios, de quien sabe que en realidad no puede pagar tanto bien, es la que hace agradable cualquier sacrificio nuestro.


AZARÍAS ha entendido la lógica de Dios. Incluso en medio de las llamas, el asombro ante la infinita misericordia de Dios le lleva a tener su pensamiento en los cielos. Azarías y sus compañeros han experimentado lo que es no tener nada y han aceptado recibirlo todo de Dios. Estalla entonces el agradecimiento de estos tres jóvenes en un canto en el que convocan a todas las criaturas para, junto a ellas, alabar y bendecir la misericordia de Dios (cf. Dn 3,51-90).


Aquel horno del destierro fue, para el pueblo de Israel, el crisol que permitió el retorno a lo esencial. Desde allí construirán un nuevo comienzo en el que Dios y su amor ocupen, otra vez, el centro. «Ahora te seguimos de todo corazón, te respetamos y buscamos tu rostro; no nos defraudes, Señor; trátanos según tu piedad, según tu gran misericordia. Líbranos con tu poder maravilloso y da gloria a tu nombre» (Dn 3,41-43).


También para nosotros, la Cuaresma es una oportunidad de comenzar de nuevo. «La vida humana es, en cierto modo, un constante volver hacia la casa de nuestro Padre –decía san Josemaría–. Volver mediante la contrición, esa conversión del corazón que supone el deseo de cambiar, la decisión firme de mejorar nuestra vida, y que –por tanto– se manifiesta en obras de sacrificio y de entrega»1. Descubrir y recorrer ese camino de vuelta al Padre nos inundará de la misma alegría que llenó el corazón de los tres jóvenes.


EXPERIMENTAR el perdón de Dios nos obliga a salir de esquemas puramente humanos. Cuando Pedro pregunta a Jesús cuántas veces tiene que perdonar a su hermano, la respuesta parece fuera de toda lógica: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete» (Mt 18,21-22). Y, a continuación, propone la parábola en la que un hombre tenía una deuda de diez mil talentos, una cantidad que habría puesto en dificultades al mismo Salomón. Se cuenta que, en los tiempos de mayor prosperidad del reino de Israel, el rey percibía 666 talentos de oro al año (cfr. 1 Re 10,14). El pobre deudor de la parábola debía sentirse como Azarías, al considerar la magnitud de los pecados del pueblo y su carencia de medios para reparar por ellos. «Como no tenía con qué pagar (...), el criado, arrojándose a sus pies, le suplicaba diciendo: “Ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo”» (Mt 18,25-26).


Entonces, Jesús introduce en la parábola un giro sorprendente. El señor se contenta con la voluntad de pagar de su criado, como si con aquel gesto hubiera satisfecho realmente la deuda. El Maestro nos enseña –tal como lo había experimentado ya Azarías– que Dios se deja conquistar por un corazón contrito, derrama su gracia frente a nuestro deseo sincero de pagar, aunque no seamos capaces de hacerlo. «Dios nunca se cansa de perdonar. (...) El problema es que nosotros nos cansamos de pedir perdón»2. Jesús siempre nos perdona cuando nos acercamos arrepentidos al sacramento de la Confesión. Al mismo tiempo, saber que el mismo Dios se olvida de nuestros errores nos impulsa a no dar excesiva importancia a las ofensas que podamos recibir de los demás: «No he necesitado aprender a perdonar, porque el Señor me ha enseñado a querer»3, solía decir san Josemaría. A santa María, refugio de los pecadores, le pedimos que nos enseñe a abrirnos al perdón de Dios; a no negar el perdón a nuestros hermanos y a pedir perdón con frecuencia.