"Hago todos los días mi "ratito" de oración: ¡si no fuera por eso!" (Camino, 106)

26 de septiembre de 2021

EL "COACH" ESPIRITUAL IMPRESCINDIBLE PARA CAMINAR HACIA EL CIELO

 



Evangelio (Mc 9,38-43.45.47-48)


Juan le dijo:


—Maestro, hemos visto a uno que expulsaba demonios en tu nombre y se lo hemos prohibido, porque no viene con nosotros.


Jesús contestó:


—No se lo prohibáis, pues no hay nadie que haga un milagro en mi nombre y pueda a continuación hablar mal de mí: el que no está contra nosotros, con nosotros está. Y cualquiera que os dé de beber un vaso de agua en mi nombre, porque sois de Cristo, en verdad os digo que no perderá su recompensa.


Y al que escandalice a uno de estos pequeños que creen en mí, más le valdría que le ajustaran al cuello una piedra de molino, de las que mueve un asno, y fuera arrojado al mar. Y si tu mano te escandaliza, córtatela. Más te vale entrar manco en la Vida que con las dos manos acabar en el infierno, en el fuego inextinguible. Y si tu pie te escandaliza, córtatelo. Más te vale entrar cojo en la Vida que con los dos pies ser arrojado al infierno. Y si tu ojo te escandaliza, sácatelo. Más te vale entrar tuerto en el Reino de Dios que con los dos ojos ser arrojado al infierno, donde su gusano no muere y el fuego no se apaga.


Comentario


El evangelio de hoy nos recuerda diversas enseñanzas de Jesús sobre la vida cristiana. La descripción de Marcos es sobria, pero las palabras, lapidarias, llegan al fondo del alma con gran facilidad. La primera podría glosarse así: Dios da sus dones como considera oportuno, y ojalá fuera siempre motivo de alegría para nosotros ver cómo otras personas los acogen con generosidad y los ponen al servicio del evangelio. Se nos viene a la cabeza la gran variedad y riqueza que hay dentro de la Iglesia y, también, la posibilidad de que nuestro corazón, —que lucha cada día por salir de sí mismo y ser un poco más grande— mire con desconfianza e incluso con cierto rechazo a algunos de los que trabajan junto a nosotros en la viña del Señor. Las palabras de Jesús son nítidas: “no hay nadie que haga un milagro en mi nombre y pueda a continuación hablar mal de mí: el que no está contra nosotros, con nosotros está”. Ciertamente, solo Dios puede escrutar los corazones y discernir las intenciones. Nosotros debemos guiarnos por indicios externos; por ejemplo: “por sus frutos los conoceréis”. Aunque no del todo, porque no podemos ver los frutos ocultos hasta que salgan a la luz, si es que sabemos verlos.


Jesús nos anima a considerar que él trabaja de una forma oculta en los corazones y a través de los corazones. Que esa acción es única en cada persona. Y que no podemos saber hasta qué punto las obras de otras personas son respuesta dócil, aunque quizá dubitativa, a una inspiración interior del Espíritu Santo. Lo que esas respuestas de amor producen en el alma y en el mundo se nos escapa, no podemos percibirlo, pero Dios sí puede. Por eso se nos recuerda que hay un valor de eternidad en cada acto de verdadero amor, y que ese acto, por el mismo hecho de ser amor, siempre lleva anejo un “salario”, que no es una recompensa sino la consecuencia misma de que haya un poco de “amor nuevo” en el mundo. Oímos, así, las palabras de Jesús como una invitación a valorar la rica acción del Espíritu Santo en las almas y a estrechar los vínculos de comunión con todos, especialmente con los bautizados, rezando unos por otros y aprendiendo de su forma concreta de buscar y llevar a Cristo a las almas.


Las palabras sobre el escándalo son otra cara de lo que Jesús ha dicho antes: deseamos la santidad de los demás con todo nuestro corazón y, por tanto, hacemos todo lo posible por evitar que nuestro ejemplo les desconcierte o les aleje de Dios. Es una invitación a ser custodios los unos de los otros, a velar los unos por los otros en nuestro camino diario. No somos islas, no somos personas indiferentes a lo que nuestra forma de hablar y actuar produce en los demás. Ciertamente, no podemos pedir a todos su consejo antes de dar un paso. Pero el Espíritu Santo ha sido derramado en nuestros corazones, y eso nos permite pensar y obrar participando de la sabiduría divina. No hacemos las cosas simplemente porque a nosotros nos parecen bien y ya está. Esto no quiere decir que nos dejemos llevar por lo que piensan los demás, y eso nos haga ocultar nuestra condición cristiana. Es otra cosa.


Dar importancia al escándalo es vivir con la conciencia de que nuestras obras no se quedan nunca solo en nosotros mismos. Tenemos debilidades, pero, al mismo tiempo que nos esforzamos con ilusión por gobernarlas, intentamos no herir, con lo que ven en nosotros, ni a los “fuertes” ni a los “débiles”. Es más, Jesús nos recuerda que hay personas especialmente débiles y frágiles. Entre ellas se encuentran los niños, a los que les ayuda tanto tener buenos modelos a los que les puede hacer tanto daño el no tenerlos o el tenerlos malos. También podríamos poner ahí a los que están dando sus primeros pasos en la fe, a las personas que se amparan en nosotros, etc.


Del caminar de tantos que nos han precedido aprendemos mucho: de su esfuerzo por conocer lo mejor posible las propias fragilidades, de la ilusión por llegar a sus raíces para poder sanar lo enfermo, de la ayuda a la que acudieron o aceptaron. Porque este camino no se puede recorrer solos: ¡cuánto necesitamos un buen acompañamiento espiritual!, ¡cuánto bien nos hace desear, lo más que podamos, que los que nos rodean avancen con alegría y esperanza en el camino de la santidad! Eso, en parte, Dios lo ha puesto en nuestras manos.


PARA TU RATO DE ORACION


La dirección espiritual (o acompañamiento espiritual) en el Opus Dei busca expresamente la orientación de la vida interior y del ejercicio de las virtudes cristianas, para que cada uno sepa realizar con espíritu cristiano todas sus tareas, como servicio a Dios y a las almas.


La dirección espiritual personal es una práctica muy antigua y común en la vida de la Iglesia, complementaria de otras actividades catequéticas, formativas y doctrinales de carácter más colectivo. En un sentido amplio y genérico se puede remontar al mismo Jesucristo y a la época apostólica; aunque a lo largo de la historia de la Iglesia se ha ido enriqueciendo y ejerciendo de formas diversas.


Con la dirección espiritual se ha buscado siempre un apoyo sobrenatural y humano en el camino personal de santidad de cada cristiano, de acuerdo con la propia vocación divina, y con la correspondiente proyección apostólica. Su fin ha sido siempre y sigue siendo exclusivamente espiritual, y son indudables sus grandes frutos en la vida de muchas almas de todas las épocas.


En el Opus Dei, en particular, se ha subrayado desde el principio la importancia de la dirección espiritual como medio decisivo en la formación personal de sus miembros, y como ayuda ofrecida a todos los que se acercan a sus apostolados. El espíritu genuinamente secular de esta prelatura personal de la Iglesia Católica lleva a que se marque particularmente, en el ejercicio de la dirección espiritual, la libertad y responsabilidad personal de cada uno en su ámbito profesional, familiar, social, político, etc.


En palabras de su fundador, San Josemaría Escrivá, "la tarea de dirección espiritual hay que orientarla no dedicándose a fabricar criaturas que carecen de juicio propio, y que se limitan a ejecutar materialmente lo que otro les dice; por el contrario, la dirección espiritual debe tender a formar personas de criterio. Y el criterio supone madurez, firmeza de convicciones, conocimiento suficiente de la doctrina, delicadeza de espíritu, educación de la voluntad" (Conversaciones, 93).


La dirección espiritual en el Opus Dei busca expresamente la orientación de la vida interior y del ejercicio de las virtudes cristianas, para que cada uno sepa realizar con espíritu cristiano todas sus tareas, como servicio a Dios y a las almas, pero sin condicionar por ello la naturaleza secular y libre de esas mismas tareas, de las que sólo el interesado es plenamente responsable, como cualquier otro ciudadano. Es, además, una tarea en la que confluyen los directores y directoras laicos de la Prelatura, con la tarea ministerial específica de los sacerdotes.


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Extracto de la Carta pastoral del 2-X-2011 en la que Mons. Javier Echevarría trata algunos aspectos de la formación para la vida espiritual y la nueva evangelización.


Los medios


14. La unión del trabajo con la lucha ascética, la contemplación y el ejercicio de la misión apostólica, requiere una honda preparación: por eso, el Opus Dei nos ofrece un amplio abanico de recursos de formación personales y colectivos. Entre los personales, uno reviste especial importancia: es la charla fraterna, que llamamos también Confidencia precisamente por su carácter interpersonal lleno de confianza.


Es una conversación de dirección espiritual, que se sitúa en el contexto del servicio fraterno, para vivir a fondo, con libertad y responsabilidad, el encuentro cotidiano con Cristo en medio del mundo. Ya en las páginas del Nuevo Testamento encontramos cómo el Señor quiso servirse de la mediación de hombres y mujeres para encaminar las almas hacia la meta de la santidad. Cuando llama a san Pablo en el camino de Damasco, le pide que acuda a otro hombre, Ananías, que le comunicará lo que ha de saber acerca del nuevo camino que está a punto de emprender (cfr. Hch 9, 6-18; 22, 10-15). Luego irá a Jerusalén videre Petrum , para ver a Pedro y aprender de él muchos aspectos de la doctrina y de la vida cristianas (cfr. Gal 1, 18). De hecho, la dirección espiritual es una tradición cuyo espíritu se remonta a los primeros pasos de la Iglesia.


En el Opus Dei, esa ayuda espiritual tiende a facilitar que las personas asimilen con fidelidad el espíritu que nuestro Fundador recibió de Dios y nos transmitió, y que ha sido propuesto por la Iglesia como un camino de santidad [34].


15. San Josemaría explicaba que, en la Obra, la dirección espiritual personal se realiza in actu , es decir, en el momento en que se tiene esa conversación. Esa atención se sitúa en el ámbito del consejo para ayudar a progresar en la vida cristiana. Nuestro Padre comparaba alguna vez la dirección espiritual a la tarea de un hermano, que se preocupa por la marcha de los hermanos más jóvenes; de un amigo o una amiga leales, movidos por el deseo de invitar a otros a ser mejores cristianos [35]. En definitiva, la Confidencia es una conversación entre hermanos, y no la de un súbdito con su superior. Los que atienden esas charlas fraternas actúan con una delicadeza extraordinaria, fruto de la preocupación exclusiva por la vida interior y las tareas apostólicas de sus hermanos, sin pretender jamás influir en los asuntos temporales —de carácter profesional, social, cultural, político, etc.— de cada uno.


En la Obra, la separación entre el ejercicio de la jurisdicción y la dirección espiritual se asegura en la práctica, entre otras cosas, por el hecho de que precisamente quienes reciben charlas de dirección espiritual —los Directores locales y algunos otros fieles especialmente preparados, y los sacerdotes al celebrar el sacramento de la Penitencia— no tienen ninguna potestad de gobierno sobre las personas que atienden. El Régimen local, en lo que comporta de capacidad de gobierno, no se refiere a las personas, sino sólo a la organización de los Centros y de las actividades apostólicas; la función de los Directores locales, en lo que se refiere a sus hermanos, es de consejo fraterno. No coinciden en un mismo sujeto, por lo tanto, las funciones de jurisdicción y de ayuda espiritual. En la Prelatura, la única base de la autoridad de gobierno sobre las personas es la jurisdicción, que reside sólo en el Prelado y en sus Vicarios.


¿Qué ofrece, pues, el Opus Dei? Fundamentalmente, una dirección espiritual a sus fieles y a las demás personas que la pidan. Los fieles de la Prelatura, porque aspiramos a nuestra santificación personal y a realizar la misión del Opus Dei en la Iglesia, no tenemos inconveniente, de ordinario, en hablar con quienes nos indican los Directores —aunque sea alguien más joven—, siempre con plena libertad y con fe en la gracia divina, que se sirve de instrumentos humanos. La charla fraterna no es una cuenta de conciencia. Si en esa dirección espiritual se nos pregunta algo —y, en ocasiones, puede ser bueno y hasta necesario que nos pregunten—, procederán con mucha delicadeza, porque nadie está obligado, concretamente, a decir en la Confidencia lo que es materia de confesión.


Todo lo que os menciono, hijas e hijos míos, os parecerá obvio, pero he deseado recogerlo en el contexto actual de la sociedad, que manifiesta una particular sensibilidad por el respeto a la intimidad de las personas, aunque también abundan, en ciertos ambientes, la falta de pudor y de respeto a la vida privada de los demás. A todos nos explicaron, al poco de conocer la Obra, que no se nos ocurría, ni se nos ocurre, llamar "mi director espiritual" a quien nos escucha, sencillamente porque, repito, no se da ese personalismo en la Obra, ni se ha dado nunca. El que recibe una Confidencia transmite el espíritu del Opus Dei sin añadiduras: quien tiene el encargo de ofrecer esa ayuda desaparece para poner a las almas frente al Señor, dentro de las características de nuestro camino. Un camino, decía nuestro Padre, el de la Obra, que es muy ancho. Se puede ir por la derecha o por la izquierda; a caballo, en bicicleta; de rodillas, a cuatro patas como cuando erais niños; y también por la cuneta, siempre que no se salga del camino [36].


El Sacramento de la Reconciliación


16. Además de la charla fraterna, acudimos —de ordinario, semanalmente— a un sacerdote para recibir la ayuda espiritual que está unida a la Confesión sacramental. Como es bien comprensible, nos ayudan los confesores que se designan para los distintos Centros, que se han ordenado para servir en primer lugar a sus hermanas y hermanos, con total disponibilidad, y —porque conocen y viven el mismo espíritu— tienen una específica preparación para orientarnos, nunca para mandar. De modo análogo se comporta quien suele acudir al médico de familia, cuando lo hay, en lugar de ir a un desconocido.


A la vez, como siempre dejó muy claro san Josemaría, los fieles de la Prelatura, al igual que todos los católicos, gozan de plena libertad para confesarse o hablar con cualquier sacerdote que tenga facultades ministeriales: os sorprenderá que os recuerde esta verdad tan clara, pero me interesa mencionarla porque quizá podría ser menos conocida por quienes nada saben del Opus Dei o del espíritu de libertad propio de los seguidores de Jesucristo. Además, nuestro Padre estableció que habitualmente sean personas distintas quienes nos atiendan en la charla fraterna y en la Confesión.


Espíritu de iniciativa y docilidad


17. La dirección espiritual requiere, en las personas que la reciben, el deseo de progresar en el seguimiento de Cristo. Son ellas las primeras interesadas en buscar ese impulso con la frecuencia oportuna, abriendo el corazón con sinceridad, de modo que les puedan sugerir metas, señalar posibles desviaciones, alentar en momentos de dificultad, facilitar consuelo y comprensión. Por eso, se mueven con espíritu de iniciativa y de responsabilidad. El consejo de otro cristiano y especialmente —en cuestiones morales o de fe— el consejo del sacerdote, es una ayuda poderosa para reconocer lo que Dios nos pide en una circunstancia determinada; pero el consejo no elimina la responsabilidad personal: somos nosotros, cada uno, los que hemos de decidir al fin, y habremos de dar personalmente cuenta a Dios de nuestras decisiones [37].


Al acudir a la dirección espiritual, para secundar la acción del Espíritu Santo y crecer espiritualmente e identificarnos con Cristo, debemos cultivar las virtudes de la sinceridad y de la docilidad, que resumen la actitud del alma creyente ante el Paráclito. Así describía esta recomendación san Josemaría, dirigiéndose a todos los fieles, de la Obra o no. Conocéis de sobra las obligaciones de vuestro camino de cristianos, que os conducirán sin pausa y con calma a la santidad; estáis también precavidos contra las dificultades, prácticamente contra todas, porque se vislumbran ya desde los principios del camino. Ahora os insisto en que os dejéis ayudar, guiar, por un director de almas, al que confiéis todas vuestras ilusiones santas y los problemas cotidianos que afecten a la vida interior, los descalabros que sufráis y las victorias. En esa dirección espiritual mostraos siempre muy sinceros: no os concedáis nada sin decirlo, abrid por completo vuestra alma, sin miedos ni vergüenzas. Mirad que, si no, ese camino tan llano y carretero se enreda, y lo que al principio no era nada, acaba convirtiéndose en un nudo que ahoga [38].


Y, haciendo eco a la enseñanza de los Padres de la Iglesia y de los autores espirituales, apoyado en la experiencia de muchos años de práctica pastoral, insistía: si el demonio mudo se introduce en un alma, lo echa todo a perder; en cambio, si se le arroja fuera inmediatamente, todo sale bien, somos felices, la vida marcha rectamente: seamos siempre salvajemente sinceros , pero con prudente educación [39].


El Señor vuelca su gracia abundantemente sobre la humildad de quienes reciben con visión sobrenatural los consejos de la dirección espiritual, viendo en esa ayuda la voz del Espíritu Santo. Sólo una efectiva docilidad de corazón y de mente hace posible el progreso en el camino de la santidad, ya que el Paráclito, con sus inspiraciones y con los consejos de quienes nos atienden, va dando tono sobrenatural a nuestros pensamientos, deseos y obras. Él es quien nos empuja a adherirnos a la doctrina de Cristo y a asimilarla con profundidad, quien nos da luz para tomar conciencia de nuestra vocación personal y fuerza para realizar todo lo que Dios espera. Si somos dóciles al Espíritu Santo, la imagen de Cristo se irá formando cada vez más en nosotros e iremos así acercándonos cada día más a Dios Padre . Los que son llevados por el Espíritu de Dios, esos son hijos de Dios ( Rm 8, 14) [40].


Humildad y prudencia al impartir la dirección espiritual


18. Me detengo ahora en las disposiciones de quien asiste a otros en la dirección espiritual. Resalta, en primer lugar, la de querer a los demás como son, buscando exclusivamente su bien. Así, su actitud será siempre positiva, optimista y alentadora. Además, deberá también fomentar en sí mismo la virtud de la humildad, para no perder de vista que sólo es un instrumento (cfr. Hch 9, 15), del que el Señor desea servirse para la santificación de las almas.


Por otra parte, se esmerará en prepararse lo mejor posible para ejercitar su tarea, conocer los principios fundamentales de la vida espiritual que de ordinario recorren las almas, y dudar prudentemente —es decir, no fiarse exclusivamente de su criterio— si se presentan situaciones especiales. En estos casos, además de rezar más, pedirá más luces al Espíritu Santo, para estudiar y enfocar el asunto. Si es necesario, de acuerdo con las enseñanzas de la Moral, se puede hacer una consulta a personas más doctas, presentándola como un caso hipotético y modificando las circunstancias, de manera que —para guardar rigurosamente el silencio de oficio— quede completamente a salvo la identidad de quien se trate, y siempre con la debida prudencia.


En la Obra, desde siempre, conocíamos y aceptábamos expresamente que la persona con quien se habla fraternalmente pueda consultar al Director pertinente, cuando lo considere oportuno para ayudar mejor al interesado. Con el fin de que quede aún más de manifiesto el espíritu de libertad y de confianza en esas situaciones —que no serán ni habituales ni frecuentes—, la persona que recibe la charla fraterna plantea al interesado si desea pedir consejo él mismo a un Director o si prefiere que lo haga el que escucha su Confidencia. Es una manera de proceder que refuerza las medidas de delicadeza y de prudencia vividas desde el principio.


A la vez, todos cuentan con la libertad de acudir directamente al Padre o a un Director Regional o de la Delegación, para hablar de la propia vida interior. Esto nos ofrece la garantía, a quienes acudimos a la dirección espiritual en el Opus Dei, de que vamos a recibir lo que necesitamos y deseamos: el espíritu que nos transmitió san Josemaría, sin añadiduras ni modificaciones. Al mismo tiempo, ni de lejos se lesiona el deber de mantener el secreto natural, que se guarda con el máximo cuidado y severidad: una persona que no fuera ejemplar en este punto, carecería de una disposición fundamental para impartir dirección espiritual.


Quienes atienden a otros, procuran fomentar en todo momento la libertad interior de esas almas, para que respondan voluntariamente a los requerimientos del amor de Dios. La dirección espiritual se ofrece, por tanto, sin uniformar a los fieles del Opus Dei; eso sería ilógico y una falta de naturalidad. La Obra nos quiere libérrimos y diversos. Pero nos quiere ciudadanos católicos responsables y consecuentes, de forma que el cerebro y el corazón de cada uno de nosotros no vayan dispares, cada uno por su lado, sino concordes y firmes, para hacer en todo momento lo que se ve con claridad que hay que hacer, sin dejarse arrastrar —por falta de personalidad y de lealtad a la conciencia— por tendencias o modas pasajeras [41]. Lógicamente, han de hablar con la fortaleza necesaria para estimularles a caminar por la senda que Dios les marca; pero también con suavidad extrema, porque no son ni se sienten dueños, sino servidores de las almas: fortiter in re, suaviter in modo . En efecto, la prudencia exige que, siempre que la situación lo requiera, se emplee la medicina, totalmente y sin paliativos, después de dejar al descubierto la llaga (...). En primer lugar hemos de proceder así con nosotros mismos, y con quienes, por motivos de justicia o de caridad, tenemos obligación de ayudar [42].


No ha de ser rémora en este encargo el pensamiento de que también uno mismo debe mejorar en ese punto concreto. ¿Acaso no cura un médico que esté enfermo, aun cuando el trastorno que le aqueja sea crónico?; ¿le impedirá su enfermedad prescribir a otros enfermos la receta adecuada? Claro que no: para curar, le basta poseer la ciencia oportuna y ponerla en práctica, con el mismo interés con el que combate su propia dolencia [43].

25 de septiembre de 2021

AMISTAD CON JESUS

 


Evangelio (Lc 9,18-21)

Estaba haciendo oración y se encontraban con él los discípulos. Y les preguntó:

—¿Quién dicen las gentes que soy yo?

Ellos respondieron:

—Juan el Bautista. Pero hay quienes dicen que Elías, y otros que ha resucitado uno de los antiguos profetas.

Pero él les dijo:

—Y vosotros ¿quién decís que soy yo?

Respondió Pedro:

—El Cristo de Dios.

Pero él les amonestó y les ordenó que no dijeran esto a nadie.


Comentario

Cuenta el evangelio de hoy que en una ocasión se encontraba Jesús a solas con sus discípulos. Como era su costumbre, Jesús estaba orando. Aquellos ratos de oración con el Maestro debieron imprimirse con fuerza en la memoria de los apóstoles. Muchos de esos episodios sucederían a cielo abierto. Jesús hablaba sin ruido de palabras con su Padre. Quizás de vez en cuando alzaría la mirada a lo alto.

El silencio sería magnífico. Se percibía con nitidez el susurro del viento, cortado por las afiladas hojas de los pinos; o el balar lejano de una oveja que pastaba en la ladera; incluso el revolotear de los pájaros vibraría en el aire, con ráfagas fugaces.

Mientras tanto, los discípulos observarían a su Maestro con gran atención, tratando de imitar su disposición recogida y serena y acompañar su plegaria interior. Judas quizá piensa en sus pequeños afanes y espera inquieto a que aquel rato de oración termine, mientras el joven Juan mira de hito en hito a su Señor. Pedro está sentado también cerca de Jesús y medita quizá en la responsabilidad que va depositando en él el Maestro.

De pronto, la voz hermosa de Jesús quiebra gentilmente el silencio y se descuelga con una pregunta incisiva y dirigida a sus discípulos, sobre el gran misterio de su identidad, ese que todos deberíamos desvelar en esta vida: “¿Quién dicen los hombres que soy yo?”

La pregunta saca a todos de su recogimiento y les deja pensativos. Entonces unos y otros comienzan a narrarle al Maestro lo que han oído sobre Él y sobre su identidad.

Cuando han terminado de ofrecer las distintas versiones de Jesús que se ha forjado la gente, con un contraste muy elocuente, les interroga: “Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?”. Vosotros, que oráis junto a mí y por eso recibís dones que otros no tienen, “¿quién decís que soy yo?”

La voz resuelta de Pedro interviene entonces atajando toda tentativa: “El Cristo de Dios”.

La amistad con Jesús pide de nuestra parte una respuesta similar y resuelta, llena de fe, como la de Pedro: “Tú eres el Cristo de Dios”. Qué útil resulta la sugerencia de san Josemaría: “Enciende tu fe. —No es Cristo una figura que pasó. No es un recuerdo que se pierde en la historia. ¡Vive!: "Jesus Christus heri et hodie: ipse et in sæcula!" —dice San Pablo— ¡Jesucristo ayer y hoy y siempre!” (San Josemaría, Camino, n. 584). Esta convicción confiada y forjada en la oración será tan fuerte que cambiará nuestras palabras, nuestras obras y nuestros hábitos.


UN RATO DE ORACION Texto del Papa Francisco


En estas tres Lecturas veo algo en común: el movimiento. En la Primera Lectura el movimiento es el camino; en la segunda Lectura, el movimiento está en la edificación de la Iglesia; en la tercera, en el Evangelio, el movimiento está en la confesión. Caminar, edificar, confesar. 

Caminar. Casa de Jacob: “Vengan, caminemos en la luz del Señor”. Esta es la primera cosa que Dios dijo a Abraham : “Camina en mi presencia y sé irreprensible”. Caminar: nuestra vida es un camino. Cuando nos detenemos, la cosa no funciona. Caminar siempre, en presencia al Señor, a la luz del Señor, tratando de vivir con aquel carácter irreprensible que Dios pide a Abraham, en su promesa. 

Edificar. Edificar la Iglesia, se habla de piedras: las piedras tienen consistencia; las piedras vivas, piedras ungidas por el Espíritu Santo. Edificar la Iglesia, la esposa de Cristo, sobre aquella piedra angular que el mismo Señor, y con otro movimiento de nuestra vida, edificar. 

Tercero, confesar. Podemos caminar todo lo que queramos, podemos edificar tantas cosas, pero si no confesamos a Jesucristo, la cosa no funciona. Nos convertiríamos en una ONG (Organización No Gubernamental) de piedad, pero no en la Iglesia, esposa del Señor. 

Cuando no caminamos, nos detenemos. Cuando no se construye sobre la piedra ¿qué cosa sucede? Pasa aquello que sucede a los niños en la playa cuando construyen castillos de arena, todo se desmorona, no tiene consistencia. 

Cuando no se confesa a Jesucristo, me viene la frase de León Bloy “Quien no reza al Señor, reza al diablo”. Cuando no se confiesa a Jesucristo, se confiesa la mundanidad del diablo, la mundanidad del demonio. 

Caminar, edificar-construir, confesar. Pero la cosa no es así de fácil, porque en el caminar, en el construir, en el confesar a veces hay sacudidas, hay movimiento que no es justamente del camino: es movimiento que nos echa para atrás. 

Este Evangelio continua con una situación especial. El mismo Pedro que ha confesado a Jesucristo, le dice: “Tú eres Cristo, el Hijo del Dios vivo. Yo te sigo, pero no hablemos de Cruz. Esto no cuenta”. “Te sigo con otras posibilidades, sin la Cruz”. Cuando caminamos sin la Cruz, cuando edificamos sin la Cruz y cuando confesamos un Cristo sin Cruz, no somos Discípulos del Señor: somos mundanos, somos obispos, sacerdotes, cardenales, papas, pero no discípulos del Señor. 

Quisiera que todos, luego de estos días de gracia, tengamos el coraje - precisamente el coraje - de caminar en presencia del Señor, con la Cruz del Señor; de edificar la Iglesia sobre la sangre del Señor, que ha sido derramada sobre la Cruz; y de confesar la única gloria, Cristo Crucificado. Y así la Iglesia irá adelante. 

Deseo que el Espíritu Santo, la oración de la Virgen, nuestra Madre, conceda a todos nosotros esta gracia: caminar, edificar, confesar Jesucristo. Así sea.


24 de septiembre de 2021

FESTIVIDAD DE LA VIRGEN DE LA MERCED

 


Evangelio
(Lc 9, 43b-45)

Entre la admiración general por lo que hacía, dijo a sus discípulos:


«Meteos bien en los oídos estas palabras: el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres».


Pero ellos no entendían este lenguaje; les resultaba tan oscuro, que no captaban el sentido. Y les daba miedo preguntarle sobre el asunto.


Comentario


Jesús es admirado allí donde va. La gente se agolpa para escucharlo, para recibir una palabra de aliento, una mirada de ternura; le traen enfermos para que los cure, endemoniados para que los libere. Su fama atraviesa las fronteras de Galilea y Judea.


Los discípulos al contemplar al Señor se llenarían de orgullo y emoción. Además, ellos mismos han participado de su misión: han proclamado el reino de Dios, curando enfermos por todas partes.


De ahí que les resulten chocantes las palabras que les dirige: “el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres”.


Es verdad que, durante los días previos, ha empezado a anunciar abiertamente lo que le sucederá en Jerusalén; cómo será desechado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar al tercer día (Lc 9, 22). Pero se resisten a aceptarlo: no entienden, les resulta oscuro, no son capaces de captar el sentido. Hasta el punto de que les daba miedo preguntarle.


Lucas evidencia que entre Jesús y los discípulos existía cierta diferencia ante lo que dice, de forma que las enseñanzas de Jesús no se terminan de entender.


Ellos tienen en la mente la restauración del Reino de Israel, poder sentarse a derecha e izquierda del Señor cuando esté en su gloria; les gusta discutir sobre quién de ellos será el más grande.


Él empieza a identificarse con el siervo del Dios sufriente, que padece y muere. Servir es la verdadera forma de reinar.


La lógica de Dios siempre es otra respecto a la nuestra, como reveló Dios mismo a través de Isaías: “Mis planes no son vuestros planes, vuestros caminos no son mis caminos” (Is 55, 8). Por eso seguir al Señor requiere una profunda conversión, un cambio en el modo de pensar y de vivir. Requiere abrir el corazón a la escucha para dejarse iluminar y transformar interiormente.


Como señala el Papa Benedicto XVI: “Un punto clave en el que Dios y el hombre se diferencian es el orgullo: en Dios no hay orgullo porque Él es toda la plenitud y tiende todo a amar y donar vida; en nosotros los hombres, en cambio, el orgullo está enraizado en lo íntimo y requiere constante vigilancia y purificación. Nosotros, que somos pequeños, aspiramos a parecer grandes, a ser los primeros; mientras que Dios, que es realmente grande, no teme abajarse y hacerse el último (Ángelus, 23-IX-2012).


PARA TU ORACION PERSONAL


La devoción a la Virgen María es una referencia constante a lo largo de la vida de San Josemaría Escrivá. Todas las advocaciones que conoció encontraron un lugar en su corazón, y algunas cobraron especial relevancia en momentos concretos de su vida: la Virgen de la Merced, patrona de Barcelona, fue una de ellas.


La devoción a la Virgen María es una referencia constante a lo largo de la vida de San Josemaría Escrivá. Todas las advocaciones que conoció encontraron un lugar en su corazón, y algunas cobraron especial relevancia en momentos concretos de su vida: la Virgen de la Merced, patrona de Barcelona, fue una de ellas.


Sus escritos y su piedad llevan una fuerte impronta mariana, como también la lleva el Opus Dei, el camino de santificación en la vida ordinaria que la providencia divina abrió el 2 de octubre de 1928. El fundador del Opus Dei procuraba poner a María en todo, y recurrir a Ella para cualquier necesidad.

Es posible que Josemaría Escrivá de Balaguer –siendo natural de Barbastro- conociera ya desde pequeño la Virgen de la Merced, al ser ésta muy venerada en las tierras de la antigua Corona de Aragón. Una tía suya a quien quería especialmente se llamaba, de hecho, Mercedes. A pesar de todo, no se tiene constancia de que durante la niñez o los años de estudiante visitara a la Virgen en la Basílica de Barcelona. Quizá la primera vez fue en 1924, antes de recibir el diaconado, aprovechando una breve visita que hizo a Barcelona, donde llegó en un tren que paraba en la estación de Francia.

Un viaje en plena guerra

El siguiente viaje a Barcelona del que hay noticia fue en 1937, en circunstancias bien distintas. En plena guerra civil San Josemaría y algunos de los primeros fieles del Opus Dei se disponían a pasar, por los Pirineos, hacia el otro lado del frente, con el objetivo de poder continuar la tarea apostólica que Dios le pedía. Durante esta breve estancia en la capital catalana, del 10 octubre hasta el 19 de noviembre, recorrió la ciudad de un extremo a otro, siguiendo un programa de entrenamiento en previsión de las largas caminatas que les esperaban si querían atravesar los Pirineos. Tenemos constancia de cómo san Josemaría recomendaba a sus acompañantes que al pasar por delante de un templo rezaran haciendo interiormente actos de desagravio y comuniones espirituales. La Basílica de la Merced bien pudo ser objeto de estas íntimas plegarias, que él mismo procuraba hacer con frecuencia.

Acabado el conflicto bélico, los últimos días de diciembre de 1939, Josemaría Escrivá vuelve a Barcelona con quien sería su primer sucesor, Álvaro del Portillo. El objeto de este viaje es ayudar en el inicio estable de la tarea apostólica de modo estable en la capital catalana. En 1940 realizó tres viajes a Barcelona, y visitó la Basílica de la Merced al menos en una ocasión, el 2 de abril. Como siempre hizo, es posible que aprovechara la ocasión para poner a los pies de la Virgen María las intenciones que llevaba en el corazón: la Iglesia, la Obra y el mundo.

A la Merced a dar gracias

El 1941, cuando el Opus Dei recibió su primera aprobación, la reacción de San Josemaría fue dar gracias a la Virgen María, y quiso enviar un telegrama a sus hijos de Barcelona donde les pedía que fueran a la Merced a dar las gracias a la Virgen por los continuos cuidados maternos que procuraba a la Obra. San Josemaría vuelve a la Ciudad Condal y a la Merced en 1942 y en 1943. Para la Obra, aun contando con la aprobación de los obispos de los lugares donde trabajaba, eran años de fuertes incomprensiones, fundamentalmente por la novedad del mensaje de la santificación del trabajo que el Opus Dei proponía. Dios permitió que estas contradicciones resultaran especialmente duras en Barcelona. Para confortarles, Josemaría Escrivá decía, a los primeros hijos catalanes del Opus Dei, que estaba seguro de que el Señor, con la mediación de la Virgen de la Merced, bendeciría la tarea apostólica de la Obra en la capital catalana con muchos frutos.

El 16 de mayo del 1945, tras dejar el Santísimo reservado en uno de los primeros centros del Opus Dei en la ciudad, tiene ocasión de rezar ante la imagen de la Virgen María antes de marchar al Monasterio de Montserrat, probablemente para ver al Abad y rogar a la patrona de Cataluña.

Mientras se extiende la tarea evangelizadora, las dificultades y las incomprensiones no amainan sino que continúan con más énfasis. Por otra parte, se hacía necesario un reconocimiento jurídico por parte del Santo Padre, que permitiera trabajar también en otros países. Con este propósito, Álvaro del Portillo viaja a Roma, el 25 de febrero de 1946. Él mismo recordará, años más tarde, la primera respuesta que obtuvo: "Me dijeron, entre otras muchas cosas, que no era posible aún obtener la aprobación del Opus Dei: habíamos nacido –esta fue la expresión literal- con un siglo de anticipación. Las dificultades eran tan grandes, aparentemente insuperables, que decidí escribir al Padre para manifestarle la necesidad de su presencia en Roma". Así lo hizo. San Josemaría padecía en aquél tiempo una diabetes muy grave, hasta el punto de que el médico que le atendía había declinado toda responsabilidad sobre su vida si emprendía ese viaje. Sin embargo decidió hacerlo, vía mar, embarcando en el puerto de Barcelona rumbo Génova.

Dejó Madrid en el mes de junio y, de camino a Barcelona, hizo parada en el Pilar de Zaragoza y en Montserrat. Llegó a la capital catalana el 21, y en seguida quiso reunirse con sus hijos en el centro del Opus Dei que había en la calle Muntaner. Todos los presentes recordarán, pasados los años, la plegaria que san Josemaría hizo en voz alta en el oratorio de Muntaner: "¿Señor, tú has podido permitir que yo de buena fe engañe a tantas almas? ¡Si todo lo he hecho para Tu gloria y a sabiendas de que es Tu Voluntad!". Y hacía suyas las palabras que san Pedro dirige al Señor: "He aquí que lo hemos dejado todo y te hemos seguido. ¿Qué será de nosotros? (Mateo, 19, 27)". San Josemaría acudió a la intercesión de María varias veces a lo largo de su oración, y, al acabar, se dirigió a la Merced para ponerse, él mismo y todas sus intenciones, bajo la protección maternal de la Virgen. "Vine a Roma con el alma puesta en mi Madre la Virgen Santísima, y con una fe encendida en Dios nuestro Señor, a quien confiadamente invocaba, diciéndole: ‘ecce nos reliquimus omnia te secuti sumus te: quid ergo erit nobis’? ¿Qué será de nosotros, Padre mío?", recordaría más tarde.

Una vez en la ciudad eterna, después de un viaje muy convulso en el barco J. J. Sister, la aprobación jurídica se fue resolviendo dando diversos pasos. La Santa Sede concedió el Breve "Cum societatis", expreso asentimiento a la tarea pastoral, y la carta "Brevis sano", de alabanza de los fines del Opus Dei, previa al "Decretum laudis", que fue concedido el 24 de febrero de 1947. San Josemaría entendió que había sido la Virgen de la Merced quien había facilitado esta aprobación, y encargó, en recuerdo del viaje, que en el oratorio de Muntaner se pusiera un retablo con la imagen de la Merced, donde se grabaran aquellas palabras de san Pedro: "He aquí...". Más adelante haría poner también una imagen en un oratorio de la sede central del Opus Dei en Roma.

San Josemaría quiso volver

El 21 de octubre de 1946 quiso volver a Barcelona para agradecer personalmente a la Virgen de la Merced su solícita intercesión en el camino jurídico de la Obra. Esta advocación de la Virgen permaneció definitivamente en el recuerdo de san Josemaría, ocupando así un lugar de especial en su corazón, junto con la Virgen del Pilar de Zaragoza, ciudad donde fue ordenado sacerdote, Torreciudad, Sonsoles, Loreto y Guadalupe, entre otras.

A partir de aquel momento, las visitas a La Merced serían habituales, y han sido continuadas después por sus sucesores y por muchos miembros del Opus Dei. Como un hijo necesitado que pide ayuda a su Madre, volvió a la Merced a finales de los años 60, cuando el fundador del Opus Dei visitó numerosos santuarios marianos para rogar por la situación de la Iglesia. Volvió en otras ocasiones, como un enamorado que no pierde ocasión para tener un detalle con quien ama. Casi hasta el final de su vida, como por ejemplo el 28 de noviembre de 1972, acudía a un santuario para agradecer las mercedes que recibía de sus manos, y de forma especialísima la ayuda en su primer viaje a Roma. Con esta disposición afirmaba, en el discurso pronunciado con ocasión de su nombramiento como hijo adoptivo de la ciudad, el 7 de octubre de 1966: "Cuando, pasado el tiempo, se escriba la historia del Opus Dei, habrá en sus páginas –¡cuántos acontecimientos llegan ahora a mi memoria!- hechos que vieron la luz en esta ciudad condal, entre vosotros y bajo la mirada de la Virgen de la Merced".


El Opus Dei es esencialmente mariano, y eso es parte integrante de la herencia espiritual que ha recibido de San Josemaría. No es posible entender la vida de un fiel de la Prelatura sin un gran cariño a la Madre de Dios.



La Virgen está en los inicios de la llamada cristiana en el Opus Dei: “Sé de María y serás nuestro" [10]. Por su mediación el Señor concede la gracia de la entrega. Por eso decía el Fundador a sus hijos en Forja: “que ames con locura a la Madre de Dios, que es Madre nuestra" [11].


Rememoraba así sus visitas al Santuario de la Virgen del Pilar en Zaragoza: “Para eso quiere Dios que nos acerquemos al Pilar: para que, al sentirnos reconfortados por la comprensión, el cariño y el poder de nuestra Madre, aumente nuestra fe, se asegure nuestra esperanza, sea más viva nuestra preocupación por servir con amor a todas las almas. Y podamos, con alegría y con fuerzas nuevas, entregarnos al servicio de los demás, santificar nuestro trabajo y nuestra vida: en una palabra, hacer divinos todos los caminos de la tierra" [12].


9. Un camino para amar siempre más a la Santísima Virgen son las normas y costumbres marianas que, desde la mañana hasta la noche, facilitan a los fieles del Opus Dei acudir a Ella en todas las situaciones: “Empezamos con oraciones vocales, que muchos hemos repetido de niños: son frases ardientes y sencillas, enderezadas a Dios y a su Madre, que es Madre nuestra. Todavía, por las mañanas y por las tardes, no un día, habitualmente, renuevo aquel ofrecimiento que me enseñaron mis padres: ¡oh Señora mía, oh Madre mía!, yo me ofrezco enteramente a Vos. Y, en prueba de mi filial afecto, os consagro en este día mis ojos, mis oídos, mi lengua, mi corazón... […]" [13].


Animaba también a decir muchas jaculatorias a la Virgen a lo largo del día: “Que no os importe repetirle durante el día –con el corazón, sin necesidad de palabras– pequeñas oraciones, jaculatorias. La devoción cristiana ha reunido muchos de esos elogios encendidos en las letanías que acompañan al Santo Rosario. Pero cada uno es libre de aumentarlas, dirigiéndole nuevas alabanzas, diciéndole lo que –por un santo pudor que Ella entiende y apruebe– no nos atreveríamos a pronunciar en voz alta"[14].


La devoción a la Santa María ocupa el primer lugar, después de la Santísima Trinidad, en la vida interior: “más que Ella sólo Dios". Hablando de la Virgen comentaba: “Te aconsejo —para terminar— que hagas, si no lo has hecho todavía, tu experiencia particular del amor materno de María. No basta saber que Ella es Madre, considerarla de este modo, hablar así de Ella. Es tu Madre y tú eres su hijo; te quiere como si fueras el hijo único suyo en este mundo. Trátala en consecuencia: cuéntale todo lo que te pasa, hónrala, quiérela. Nadie lo hará por ti, tan bien como tú, si tú no lo haces.


“Te aseguro que, si emprendes este camino, encontrarás enseguida todo el amor de Cristo: y te verás metido en esa vida inefable de Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo. Sacarás fuerzas para cumplir acabadamente la Voluntad de Dios, te llenarás de deseos de servir a todos los hombres. Serás el cristiano que a veces sueñas ser: lleno de obras de caridad y de justicia, alegre y fuerte, comprensivo con los demás y exigente contigo mismo" [15].

23 de septiembre de 2021

Dios escondido en la Eucaristía

 


Evangelio (Lc 9,7-9)


Herodes el tetrarca oyó todo lo que ocurría y dudaba, porque unos decían que Juan había resucitado de entre los muertos, otros que Elías había aparecido, otros que había resucitado alguno de los antiguos profetas. Y dijo Herodes:


—A Juan lo he decapitado yo, ¿quién es, entonces, éste del que oigo tales cosas?


Y deseaba verlo.



Comentario


Los evangelios mencionan con cierta frecuencia la fuerte impresión que causaba la figura de Jesús: su porte, su palabra llena de sabiduría y autoridad, los milagros y portentos que realizaba, los exorcismos sobrecogedores y por medio de los cuales, los espíritus impuros obedecían la voz del Mesías y eran expulsados del ámbito de los hombres y de su influencia.


Jesús provocaba en las gentes el asombro y también el afán de conocerlo y saber más sobre Él: ¿Quién era exactamente aquel carpintero de Nazaret, que no tenía estudios, a diferencia de las autoridades religiosas del pueblo, pero que sabía tantas cosas y desplegaba tanta majestad, con una autoridad desconocida hasta entonces?


Para algunos, Jesús sería un profeta, como los famosos hombres de Dios de la historia bíblica. Quizá era Elías, Jeremías o algún otro. Para muchos Jesús se parecía al profeta más cercano en el tiempo que habían conocido: Juan Bautista, al cual había encarcelado y decapitado Herodes, el tetrarca de Galilea.


Llama la atención la creencia en el más allá que las gentes manifestaban, al pensar que Jesús podía ser uno de los profetas que había resucitado. Con este pensamiento, demostraban que la identidad de Jesús era para ellos misteriosa y difícil de interpretar.


En cualquier caso, el evangelio de hoy nos demuestra que, incluso aquellas personas que parecían más alejadas de Dios, como puede ser el caso de Herodes, también se interesaban por Jesús y deseaban verlo, aunque fuera por una curiosidad quizá poco sobrenatural. Jesús suscitaba en todos los corazones el deseo de conocerlo y saber más sobre Él.


Nosotros, gracias a la Iglesia y a las Escrituras, sabemos mucho sobre la identidad de Jesús: sabemos que es el Hijo de Dios encarnado, el Mesías esperado que debía padecer y resucitar y así entrar en su gloria (cfr. Lc 24,26). Nosotros hemos recibido muchas más luces que aquellas gentes que le conocieron en los caminos y aldeas de Galilea. Es lógico por tanto que Jesús encuentre en nosotros un gran afán de conocerlo cada vez más y mejor, para enamorarnos más de Él.


La Eucaristía y el Evangelio son caminos seguros para acercarnos a Jesús y para conocerlo más. Podemos seguir entonces el consejo de San Josemaría: “Trata a la Humanidad Santísima de Jesús... Y Él pondrá en tu alma un hambre insaciable, un deseo ‘disparatado’ de contemplar su Faz. En esa ansia —que no es posible aplacar en la tierra, hallarás muchas veces tu consuelo”[1]


PARA TU RATO DE ORACION 


Es preciso adorar devotamente a este Dios escondido: es el mismo Jesucristo que nació de María Virgen; el mismo que padeció, que fue inmolado en la Cruz; el mismo de cuyo costado traspasado manó agua y sangre.


"Non manifeste, sed quasi in occulto" —no con publicidad, sino ocultamente: así va Jesús a la fiesta de los Tabernáculos.


Así irá, camino de Emaús, con Cleofás y su compañero. —Así le ve, resucitado, María Magdala.


Y así —"non tamen cognoverunt discipuli quia Jesus est"— los discípulos no conocieron que era El —así acudió a la pesca milagrosa que nos cuenta San Juan.


Y más oculto aún, por Amor a los hombres, está en la Hostia.


Camino, 843


¡Qué bien se explica ahora el clamor incesante de los cristianos, en todos los tiempos, ante la Hostia santa! Canta, lengua, el misterio del Cuerpo glorioso y de la Sangre preciosa, que el Rey de todas las gentes, nacido de una Madre fecunda, derramó para rescatar el mundo. Es preciso adorar devotamente a este Dios escondido: es el mismo Jesucristo que nació de María Virgen; el mismo que padeció, que fue inmolado en la Cruz; el mismo de cuyo costado traspasado manó agua y sangre.


Es Cristo que pasa, 84


Cuando le recibas, dile: Señor, espero en Ti; te adoro, te amo, auméntame la fe. Sé el apoyo de mi debilidad, Tú, que te has quedado en la Eucaristía, inerme, para remediar la flaqueza de las criaturas.


Forja, 832


Amor con amor se paga


¡Jesús se ha quedado en la Hostia Santa por nosotros!: para permanecer a nuestro lado, para sostenernos, para guiarnos. Y amor únicamente con amor se paga. ¿Cómo no habremos de acudir al Sagrario, cada día, aunque sólo sea por unos minutos, para llevarle nuestro saludo y nuestro amor de hijos y de hermanos?


Surco, 686


Es verdad que a nuestro Sagrario le llamo siempre Betania... —Hazte amigo de los amigos del Maestro: Lázaro, Marta, María. —Y después ya no me preguntarás por qué llamo Betania a nuestro Sagrario.


Camino, 322


Cárcel de amor


Me gusta llamar ¡cárcel de amor! al Sagrario. —Desde hace veinte siglos, está El ahí... ¡voluntariamente encerrado!, por mí, y por todos.


Forja, 827


¿No te alegra si has descubierto en tu camino habitual por las calles de la urbe ¡otro Sagrario!?


Camino, 270


No dejes la Visita al Santísimo. —Luego de la oración vocal que acostumbres, di a Jesús, realmente presente en el Sagrario, las preocupaciones de la jornada. —Y tendrás luces y ánimo para tu vida de cristiano.


Camino, 554


Comenzaste con tu visita diaria... No me extraña que me digas: empiezo a querer con locura la luz del Sagrario.


Surco, 688


Motivo de fortaleza


Acude perseverantemente ante el Sagrario, de modo físico o con el corazón, para sentirte seguro, para sentirte sereno: pero también para sentirte amado..., ¡y para amar!


Forja, 837


Jesús se quedó en la Eucaristía por amor..., por ti. —Se quedó, sabiendo cómo le recibirían los hombres... y cómo lo recibes tú. —Se quedó, para que le comas, para que le visites y le cuentes tus cosas y, tratándolo en la oración junto al Sagrario y en la recepción del Sacramento, te enamores más cada día, y hagas que otras almas —¡muchas!— sigan igual camino.


Forja, 887


La Eucaristía y el misterio de la Trinidad

Homilía de San Josemaría


Esta corriente trinitaria de amor por los hombres se perpetúa de manera sublime en la Eucaristía. Hace muchos años, aprendimos todos en el catecismo que la Sagrada Eucaristía puede ser considerada como Sacrificio y como Sacramento; y que el Sacramento se nos muestra como Comunión y como un tesoro en el altar: en el Sagrario. La Iglesia dedica otra fiesta al misterio eucarístico, al Cuerpo de Cristo —Corpus Christi— presente en todos los tabernáculos del mundo. Hoy, en el Jueves Santo, vamos a fijarnos en la Sagrada Eucaristía, Sacrificio y alimento, en la Santa Misa y en la Sagrada Comunión.


Hablaba de corriente trinitaria de amor por los hombres. Y ¿dónde advertirla mejor que en la Misa? La Trinidad entera actúa en el santo sacrificio del altar. Por eso me gusta tanto repetir en la colecta, en la secreta y en la postcomunión aquellas palabras finales: Por Jesucristo, Señor Nuestro, Hijo tuyo —nos dirigimos al Padre—, que vive y reina contigo en unidad del Espíritu Santo, Dios, por todos los siglos de los siglos. Amén.


En la Misa, la plegaria al Padre se hace constante. El sacerdote es un representante del Sacerdote eterno, Jesucristo, que al mismo tiempo es la Víctima. Y la acción del Espíritu Santo en la Misa no es menos inefable ni menos cierta. Por la virtud del Espíritu Santo, escribe San Juan Damasceno,se efectúa la conversión del pan en el Cuerpo de Cristo.

Esta acción del Espíritu Santo queda expresada claramente cuando el sacerdote invoca la bendición divina sobre la ofrenda: Ven, santificador omnipotente, eterno Dios, y bendice este sacrificio preparado a tu santo nombre, el holocausto que dará al Nombre santísimo de Dios la gloria que le es debida. La santificación, que imploramos, es atribuida al Paráclito, que el Padre y el Hijo nos envían. Reconocemos también esa presencia activa del Espíritu Santo en el sacrificio cuando decimos, poco antes de la comunión: Señor, Jesucristo, Hijo de Dios vivo, que por voluntad del Padre, cooperando el Espíritu Santo, vivificaste el mundo con tu muerte....


Toda la Trinidad está presente en el sacrificio del Altar. Por voluntad del Padre, cooperando el Espíritu Santo, el Hijo se ofrece en oblación redentora. Aprendamos a tratar a la Trinidad Beatísima, Dios Uno y Trino: tres Personas divinas en la unidad de su substancia, de su amor, de su acción eficazmente santificadora.


Inmediatamente después del lavabo, el sacerdote invoca: Recibe, Santa Trinidad, esta oblación que te ofrecemos en memoria de la Pasión, de la Resurrección y de la Ascensión de Jesucristo, Señor Nuestro. Y, al final de la Misa, hay otra oración de encendido acatamiento al Dios Uno y Trino: Placeat tibi, Sancta Trinitas, obsequium servitutis meæ... que te sea agradable, oh Trinidad Santísima, el tributo de mi servidumbre; dispón que el sacrificio que yo, aunque indigno, he ofrecido a la Majestad tuya, merezca aceptación; y te pido que, por tu misericordia, sea éste un sacrificio de perdón para mí y para todos por los que lo he ofrecido.


La Misa —insisto— es acción divina, trinitaria, no humana. El sacerdote que celebra sirve al designio del Señor, prestando su cuerpo y su voz; pero no obra en nombre propio, sino in persona et in nomine Christi, en la Persona de Cristo, y en nombre de Cristo.


El amor de la Trinidad a los hombres hace que, de la presencia de Cristo en la Eucaristía, nazcan para la Iglesia y para la humanidad todas las gracias. Este es el sacrificio que profetizó Malaquías: desde la salida del sol hasta el ocaso es grande mi nombre entre las gentes; y en todo lugar se ofrece a mi nombre un sacrificio humeante y una oblación pura.


Es el Sacrificio de Cristo, ofrecido al Padre con la cooperación del Espíritu Santo: oblación de valor infinito, que eterniza en nosotros la Redención, que no podían alcanzar los sacrificios de la Antigua Ley.


La Santa Misa en la vida del cristiano


La Santa Misa nos sitúa de ese modo ante los misterios primordiales de la fe, porque es la donación misma de la Trinidad a la Iglesia. Así se entiende que la Misa sea el centro y la raíz de la vida espiritual del cristiano. Es el fin de todos los sacramentos. En la Misa se encamina hacia su plenitud la vida de la gracia, que fue depositada en nosotros por el Bautismo, y que crece, fortalecida por la Confirmación. Cuando participamos de la Eucaristía, escribe San Cirilo de Jerusalén, experimentamos la espiritualización deificante del Espíritu Santo, que no sólo nos configura con Cristo, como sucede en el Bautismo, sino que nos cristifica por entero, asociándonos a la plenitud de Cristo Jesús.


La efusión del Espíritu Santo, al cristificarnos, nos lleva a que nos reconozcamos hijos de Dios. El Paráclito, que es caridad, nos enseña a fundir con esa virtud toda nuestra vida; y consummati in unum, hechos una sola cosa con Cristo, podemos ser entre los hombres lo que San Agustín afirma de la Eucaristía: signo de unidad, vínculo del Amor.


No descubro nada nuevo si digo que algunos cristianos tienen una visión muy pobre de la Santa Misa, que para otros es un mero rito exterior, cuando no un convencionalismo social. Y es que nuestros corazones, mezquinos, son capaces de vivir rutinariamente la mayor donación de Dios a los hombres. En la Misa, en esta Misa que ahora celebramos, interviene de modo especial, repito, la Trinidad Santísima. Corresponder a tanto amor exige de nosotros una total entrega, del cuerpo y del alma: oímos a Dios, le hablamos, lo vemos, lo gustamos. Y cuando las palabras no son suficientes, cantamos, animando a nuestra lengua —Pange, lingua!— a que proclame, en presencia de toda la humanidad, las grandezas del Señor.


Vivir la Santa Misa es permanecer en oración continua; convencernos de que, para cada uno de nosotros, es éste un encuentro personal con Dios: adoramos, alabamos, pedimos, damos gracias, reparamos por nuestros pecados, nos purificamos, nos sentimos una sola cosa en Cristo con todos los cristianos.


Quizá, a veces, nos hemos preguntado cómo podemos corresponder a tanto amor de Dios; quizá hemos deseado ver expuesto claramente un programa de vida cristiana. La solución es fácil, y está al alcance de todos los fieles: participar amorosamente en la Santa Misa, aprender en la Misa a tratar a Dios, porque en este Sacrificio se encierra todo lo que el Señor quiere de nosotros.


Permitid que os recuerde lo que en tantas ocasiones habéis observado: el desarrollo de las ceremonias litúrgicas. Siguiéndolas paso a paso, es muy posible que el Señor haga descubrir a cada uno de nosotros en qué debe mejorar, qué vicios ha de extirpar, cómo ha de ser nuestro trato fraterno con todos los hombres.


El sacerdote se dirige hacia el altar de Dios, del Dios que alegra nuestra juventud. La Santa Misa se inicia con un canto de alegría, porque Dios está aquí. Es la alegría que, junto con el reconocimiento y el amor, se manifiesta en el beso a la mesa del altar, símbolo de Cristo y recuerdo de los santos: un espacio pequeño, santificado porque en esta ara se confecciona el Sacramento de la infinita eficacia.


El Confiteor nos pone por delante nuestra indignidad; no el recuerdo abstracto de la culpa, sino la presencia, tan concreta, de nuestros pecados y de nuestras faltas. Por eso repetimos: Kyrie eleison, Christe eleison, Señor, ten piedad de nosotros; Cristo, ten piedad de nosotros. Si el perdón que necesitamos estuviera en relación con nuestros méritos, en este momento brotaría en el alma una tristeza amarga. Pero, por bondad divina, el perdón nos viene de la misericordia de Dios, al que ya ensalzamos —Gloria!—, porque Tú solo eres santo, Tú solo Señor, Tú solo altísimo, Jesucristo, con el Espíritu Santo, en la gloria de Dios Padre.


Oímos ahora la Palabra de la Escritura, la Epístola y el Evangelio, luces del Paráclito, que habla con voces humanas para que nuestra inteligencia sepa y contemple, para que la voluntad se robustezca y la acción se cumpla. Porque somos un solo pueblo que confiesa una sola fe, un Credo; un pueblo congregado en la unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.


A continuación, la ofrenda: el pan y el vino de los hombres. No es mucho, pero la oración acompaña: recíbenos, Señor, al presentarnos a Ti con espíritu de humildad y con el corazón contrito; y el sacrificio que hoy te ofrecemos, oh Señor Dios, llegue de tal manera a tu presencia, que te sea grato. Irrumpe de nuevo el recuerdo de nuestra miseria y el deseo de que todo lo que va al Señor esté limpio y purificado:lavaré mis manos, amo el decoro de tu casa.


Hace un instante, antes del lavabo, hemos invocado al Espíritu Santo, pidiéndole que bendiga el Sacrificio ofrecido a su santo Nombre. Acabada la purificación, nos dirigimos a la Trinidad —Suscipe, Sancta Trinitas—, para que acoja lo que presentamos en memoria de la vida, de la Pasión, de la Resurrección y de la Ascensión de Cristo, en honor de María, siempre Virgen, en honor de todos los santos.


Que la oblación redunde en salvación de todos —Orate, fratres, reza el sacerdote—, porque este sacrificio es mío y vuestro, de toda la Iglesia Santa. Orad, hermanos, aunque seáis pocos los que os encontráis reunidos; aunque sólo se halle materialmente presente nada más un cristiano, y aunque estuviese solo el celebrante: porque cualquier Misa es el holocausto universal, rescate de todas las tribus y lenguas y pueblos y naciones.


Todos los cristianos, por la Comunión de los Santos, reciben las gracias de cada Misa, tanto si se celebra ante miles de personas o si ayuda al sacerdote como único asistente un niño, quizá distraído. En cualquier caso, la tierra y el cielo se unen para entonar con los Ángeles del Señor:Sanctus, Sanctus, Sanctus...


Yo aplaudo y ensalzo con los Ángeles: no me es difícil, porque me sé rodeado de ellos, cuando celebro la Santa Misa. Están adorando a la Trinidad. Como sé también que, de algún modo, interviene la Santísima Virgen, por la intima unión que tiene con la Trinidad Beatísima y porque es Madre de Cristo, de su Carne y de su Sangre: Madre de Jesucristo, perfecto Dios y perfecto Hombre. Jesucristo concebido en las entrañas de María Santísima sin obra de varón, por la sola virtud del Espíritu Santo, lleva la misma Sangre de su Madre: y esa Sangre es la que se ofrece en sacrificio redentor, en el Calvario y en la Santa Misa.


Así se entra en el canon, con la confianza filial que llama a nuestro Padre Dios clementísimo. Le pedimos por la Iglesia y por todos en la Iglesia: por el Papa, por nuestra familia, por nuestros amigos y compañeros. Y el católico, con corazón universal, ruega por todo el mundo, porque nada puede quedar excluido de su celo entusiasta. Para que la petición sea acogida, hacemos presente nuestro recuerdo y nuestra comunicación con la gloriosa siempre Virgen María y con un puñado de hombres, que siguieron los primeros a Cristo y murieron por El.


Quam oblationem... Se acerca el instante de la consagración. Ahora, en la Misa, es otra vez Cristo quien actúa, a través del sacerdote: Este es mi Cuerpo. Este es el cáliz de mi Sangre. ¡Jesús está con nosotros! Con la Transustanciación, se reitera la infinita locura divina, dictada por el Amor. Cuando hoy se repita ese momento, que sepamos cada uno decir al Señor, sin ruido de palabras, que nada podrá separarnos de El, que su disponibilidad —inerme— de quedarse en las apariencias ¡tan frágiles! del pan y del vino, nos ha convertido en esclavos voluntarios: præsta meæ menti de te vivere, et te illi semper dulce sapere, haz que yo viva siempre de ti y que siempre saboree la dulzura de tu amor.


Más peticiones: porque los hombres estamos casi siempre inclinados a pedir: por nuestros hermanos difuntos, por nosotros mismos. Aquí caben también todas nuestras infidelidades, nuestras miserias. La carga es mucha, pero El quiere llevarla por nosotros y con nosotros. Termina el canon con otra invocación a la Trinidad Santísima: per Ipsum, et cum Ipso, et in Ipso..., por Cristo, con Cristo y en Cristo, Amor nuestro, a Ti, Padre Todopoderoso, en unidad del Espíritu Santo, te sea dado todo honor y gloria por los siglos de los siglos.


Jesús es el Camino, el Mediador; en El, todo; fuera de El, nada. En Cristo, enseñados por El, nos atrevemos a llamar Padre Nuestro al Todopoderoso: el que hizo el cielo y la tierra es ese Padre entrañable que espera que volvamos a El continuamente, cada uno como un nuevo y constante hijo pródigo.


Ecce Agnus Dei... Domine, non sum dignus... Vamos a recibir al Señor. Para acoger en la tierra a personas constituidas en dignidad hay luces, música, trajes de gala. Para albergar a Cristo en nuestra alma, ¿cómo debemos prepararnos? ¿Hemos pensado alguna vez en cómo nos conduciríamos, si sólo se pudiera comulgar una vez en la vida?


Cuando yo era niño, no estaba aún extendida la práctica de la comunión frecuente. Recuerdo cómo se disponían para comulgar: había esmero en arreglar bien el alma y el cuerpo. El mejor traje, la cabeza bien peinada, limpio también físicamente el cuerpo, y quizá hasta con un poco de perfume... eran delicadezas propias de enamorados, de almas finas y recias, que saben pagar con amor el Amor.


Con Cristo en el alma, termina la Santa Misa: la bendición del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo nos acompaña durante toda la jornada, en nuestra tarea sencilla y normal de santificar todas las nobles actividades humanas.


Asistiendo a la Santa Misa, aprenderéis a tratar a cada una de las Personas divinas: al Padre, que engendra al Hijo; al Hijo, que es engendrado por el Padre; al Espíritu Santo que de los dos procede. Tratando a cualquiera de las tres Personas, tratamos a un solo Dios; y tratando a las tres, a la Trinidad, tratamos igualmente a un solo Dios único y verdadero. Amad la Misa, hijos míos, amad la Misa. Y comulgad con hambre, aunque estéis helados, aunque la emotividad no responda: comulgad con fe, con esperanza, con encendida caridad.


Tratar a Jesucristo


No ama a Cristo quien no ama la Santa Misa, quien no se esfuerza en vivirla con serenidad y sosiego, con devoción, con cariño. El amor hace a los enamorados finos, delicados; les descubre, para que los cuiden, detalles a veces mínimos, pero que son siempre expresión de un corazón apasionado. De este modo hemos de asistir a la Santa Misa. Por eso he sospechado siempre que, los que quieren oír una Misa corta y atropellada, demuestran con esa actitud poco elegante también, que no han alcanzado a darse cuenta de lo que significa el Sacrificio del altar.


El amor a Cristo, que se ofrece por nosotros, nos impulsa a saber encontrar, acabada la Misa, unos minutos para una acción de gracias personal, íntima, que prolongue en el silencio del corazón esa otra acción de gracias que es la Eucaristía. ¿Cómo dirigirnos a El, cómo hablarle, cómo comportarse?


No se compone de normas rígidas la vida cristiana, porque el Espíritu Santo no guía a las almas en masa, sino que, en cada una, infunde aquellos propósitos, inspiraciones y afectos que le ayudarán a percibir y a cumplir la voluntad del Padre. Pienso, sin embargo, que en muchas ocasiones el nervio de nuestro diálogo con Cristo, de la acción de gracias después de la Santa Misa, puede ser la consideración de que el Señor es, para nosotros, Rey, Médico, Maestro, Amigo.


Es Rey y ansía reinar en nuestros corazones de hijos de Dios. Pero no imaginemos los reinados humanos; Cristo no domina ni busca imponerse, porque no ha venido a ser servido sino a servir.


Su reino es la paz, la alegría, la justicia. Cristo, rey nuestro, no espera de nosotros vanos razonamientos, sino hechos, porque no todo aquel que dice ¡Señor!, ¡Señor! entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre celestial, ése entrará.


Es Médico y cura nuestro egoísmo, si dejamos que su gracia penetre hasta el fondo del alma. Jesús nos ha advertido que la peor enfermedad es la hipocresía, el orgullo que lleva a disimular los propios pecados. Con el Médico es imprescindible una sinceridad absoluta, explicar enteramente la verdad y decir: Domine, si vis, potes me mundare, Señor, si quieres —y Tú quieres siempre—, puedes curarme. Tú conoces mi flaqueza; siento estos síntomas, padezco estas otras debilidades. Y le mostramos sencillamente las llagas; y el pus, si hay pus. Señor, Tú, que has curado a tantas almas, haz que, al tenerte en mi pecho o al contemplarte en el Sagrario, te reconozca como Médico divino.


Es Maestro de una ciencia que sólo El posee: la del amor sin límites a Dios y, en Dios, a todos los hombres. En la escuela de Cristo se aprende que nuestra existencia no nos pertenece: El entregó su vida por todos los hombres y, si le seguimos, hemos de comprender que tampoco nosotros podemos apropiarnos de la nuestra de manera egoísta, sin compartir los dolores de los demás. Nuestra vida es de Dios y hemos de gastarla en su servicio, preocupándonos generosamente de las almas, demostrando, con la palabra y con el ejemplo, la hondura de las exigencias cristianas.


Jesús espera que alimentemos el deseo de adquirir esa ciencia, para repetirnos: el que tenga sed, venga a mi y beba. Y contestamos: enséñanos a olvidarnos de nosotros mismos, para pensar en Ti y en todas las almas. De este modo el Señor nos llevará adelante con su gracia, como cuando comenzábamos a escribir —¿recordáis aquellos palotes de la infancia, guiados por la mano del maestro?—, y así empezaremos a saborear la dicha de manifestar nuestra fe, que es ya otra dádiva de Dios, también con trazos inequívocos de conducta cristiana, donde todos puedan leer las maravillas divinas.


Es Amigo, el Amigo: vos autem dixi amicos, dice. Nos llama amigos y El fue quien dio el primer paso; nos amó primero. Sin embargo, no impone su cariño: lo ofrece. Lo muestra con el signo más claro de la amistad: nadie tiene amor más grande que el que entrega su vida por su amigos. Era amigo de Lázaro y lloró por él, cuando lo vio muerto: y lo resucitó. Si nos ve fríos, desganados, quizá con la rigidez de una vida interior que se extingue, su llanto será para nosotros vida: Yo te lo mando, amigo mío, levántate y anda, sal fuera de esa vida estrecha, que no es vida.


Termina nuestra meditación del Jueves Santo. Si el Señor nos ha ayudado —y El está siempre dispuesto, basta con que le franqueemos el corazón—, nos veremos urgidos a corresponder en lo que es más importante: amar. Y sabremos difundir esa caridad entre los demás hombres, con una vida de servicio. Os he dado ejemplo, insiste Jesús, hablando a sus discípulos después de lavarles los pies, en la noche de la Cena. Alejemos del corazón el orgullo, la ambición, los deseos de predominio; y, junto a nosotros y en nosotros, reinarán la paz y la alegría, enraizadas en el sacrificio personal.


Finalmente un filial pensamiento amoroso para María, Madre de Dios y Madre nuestra. Perdonad que de nuevo os cuente un recuerdo de mi infancia: una imagen que se difundió mucho en mi tierra, cuando S. Pío X impulsó la práctica de la comunión frecuente. Representaba a María adorando la Hostia santa. Hoy, como entonces y como siempre, Nuestra Señora nos enseña a tratar a Jesús, a reconocerle y a encontrarle en las diversas circunstancias del día y, de modo especial, en ese instante supremo —el tiempo se une con la eternidad— del Santo Sacrificio de la Misa: Jesús, con gesto de sacerdote eterno, atrae hacia si todas las cosas, para colocarlas, divino afflante Spiritu, con el soplo del Espíritu Santo, en la presencia de Dios Padre.