"Hago todos los días mi "ratito" de oración: ¡si no fuera por eso!" (Camino, 106)

21 de marzo de 2022

La Eucaristía sacia nuestros anhelos.




Evangelio (Lc 4, 24-30)


Y añadió [Jesús]:


—En verdad os digo que ningún profeta es bien recibido en su tierra. Os digo de verdad que muchas viudas había en Israel en tiempos de Elías, cuando durante tres años y seis meses se cerró el cielo y hubo gran hambre por toda la tierra; y a ninguna de ellas fue enviado Elías, sino a una mujer viuda en Sarepta de Sidón. Muchos leprosos había también en Israel en tiempo del profeta Eliseo, y ninguno de ellos fue curado, más que Naamán el Sirio.


Al oír estas cosas, todos en la sinagoga se llenaron de ira y se levantaron, le echaron fuera de la ciudad y lo llevaron hasta la cima del monte sobre el que estaba edificada su ciudad para despeñarle. Pero él, pasando por medio de ellos, se marchó.




La Eucaristía sacia nuestros anhelos.

La conversión es tarea del presente.

Todos cooperamos en la santidad de todos.




«MI ALMA tiene sed de Dios» (Sal 41,3), «mi corazón y mi carne retozan por el Dios vivo» (Sal 83,3). Muchos salmos nos hablan de un Dios capaz de arrebatar y colmar los deseos, no solo de nuestra alma, sino también de nuestro corazón y hasta de nuestra carne. Hemos sido creados para gozar de Dios: con esta certeza nos acercamos a la Santa Misa, en donde Dios mismo se nos entrega para saciar esas ansias. Sin embargo, puede ocurrir que no siempre sintamos este entusiasmo cuando nos acercamos a la mesa de la Eucaristía. Quizás notamos el corazón enmarañado, el alma dispersa, el cuerpo agotado. Entonces, nos parece que estamos muy lejos de aquel regocijo del salmista.


Nuestra situación se puede parecer, a veces, a la de Naamán el sirio, rey y jefe de su ejército. «Era un hombre notable y muy estimado por su señor, pues por su medio el Señor había concedido la victoria a Siria. Pero, siendo un gran militar, era leproso» (2 Re 5,1). Era un hombre lleno de vigor, en el culmen de su carrera, pero para el que todos los goces de la vida se habían convertido, de la noche a la mañana, en un tormento. Y no es que las cosas hubiesen dejado de ser buenas, sino que Naamán estaba enfermo. Había perdido la capacidad de gozar, pero no el deseo.


En la Eucaristía encontramos todo lo que deseamos. La Eucaristía es el alimento que nos sacia, la medicina para nuestras enfermedades. «Señor, purifica y protege a tu Iglesia con misericordia continua –suplicamos– y, pues sin tu ayuda no puede mantenerse incólume, que tu protección la dirija y la sostenga siempre»1. «Si descuidáramos la Eucaristía, ¿cómo podríamos remediar nuestra indigencia?»2. San Josemaría aconsejaba: «Amad la Misa. Y comulgad con hambre, aunque estéis helados, aunque la emotividad no responda: comulgad con fe, con esperanza, con encendida caridad»3.


«MUCHOS LEPROSOS había en Israel en tiempos del profeta Eliseo, sin embargo, ninguno de ellos fue curado sino Naamán, el sirio» (Lc 4, 27). ¿Por qué Naamán, de entre tantos, fue escogido por Dios para ser salvado del mal que lo aquejaba? ¿Por qué a nosotros, de entre tantos, el Señor nos dirige una vez más su llamada cariñosa a la conversión? En gran parte, es un misterio. No lo sabemos. No hemos hecho méritos particulares. Incluso, nos puede parecer que lo que hemos puesto por nuestra parte son dificultades como, de hecho, le sucedió a Naamán, quien en primera instancia «se puso furioso y se marchó» (2 Re 5,11).


También nosotros hemos empezado la Cuaresma con grandes expectativas, y quizás nos hemos podido desanimar un poco al no notar grandes cambios en nuestra vida. A lo mejor nos pasa como a Naamán, o como a algunos paisanos de Jesús, que querían ver prodigios y no supieron darse cuenta de lo que tenían delante. Puede suceder que esperemos para nosotros mismos una conversión con más espectáculo, que llegue a dar un giro radical a nuestra vida. Y mientras aquello no se da, vamos retrasando nuestra verdadera conversión, esa que está verdaderamente al alcance de nuestra mano, en cosas más pequeñas.


Es verdad que no podemos hacernos santos de la noche a la mañana. «La santificación es obra de toda la vida»4, nos recuerda san Josemaría, y es Dios quien la va haciendo en nosotros, sin que sepamos muy bien cómo. Sin embargo, «la conversión es cosa de un instante»5, y eso sí que podemos hacerlo ahora, cada vez que nos disponemos a orar o que nos ponemos en presencia de Dios. Si Jesús está con nosotros, ¿qué más necesitamos para convertirnos, para dejarnos curar?


A NAAMÁN lo ayudaron a reaccionar. «Bajó, pues, y se lavó en el Jordán siete veces, conforme a la palabra del hombre de Dios. Y su carne volvió a ser como la de un niño pequeño: quedó limpio» (2 Re 5,14). ¿Por qué Naamán sí, y los leprosos de Israel, o quienes escuchaban a Jesús, no? No sabemos la respuesta totalmente, pero sí sabemos que para esta historia de elección cooperaron otras personas: «Unas bandas de arameos habían hecho una incursión trayendo de la tierra de Israel a una muchacha, que pasó al servicio de la mujer de Naamán –relata la Escritura–. Dijo ella a su señora: “Ah, si mi señor pudiera presentarse ante el profeta que hay en Samaría. Él lo curaría de la lepra”» (2 Re 5,2-3).


Naamán el sirio fue curado por la fe y el amor de esta muchacha de Israel. No deja de ser sorprendente que ella, arrebatada de su tierra y convertida en esclava, lejos de albergar sentimientos de odio, desea sinceramente que se cure su señor. La misma actitud la vemos después en los siervos de Naamán, que cuando este se marcha airado de la casa del profeta, lo ayudan a recapacitar. Si no fuera por todos ellos, su señor no se habría curado.


Toda historia de conversión, la nuestra también, encuentra cómplices entre personas sencillas y llenas de fe que el Señor ha ido poniendo a nuestro lado. Y nosotros podemos hacer lo mismo en la vida de quienes nos rodean. «Nadie se salva solo, esto es, ni como individuo aislado ni por sus propias fuerzas. Dios nos atrae teniendo en cuenta la compleja trama de relaciones interpersonales que supone la vida en una comunidad humana»6. Y, de entre todas las personas, quien más nos quiere y nos ayuda es santa María: ella nos empuja con suavidad hacia su hijo para que Jesús nos cure.


1 Lunes de la III semana de Cuaresma, Oración colecta.

2 San Juan Pablo II, Ecclesia de Eucharistia, n. 60.

3 San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 91.

4 San Josemaría, Camino, n. 285.

5 Ibíd.

6 Francisco, Evangelii Gaudium, n. 113.







20 de marzo de 2022

El estilo de Dios es cercanía.

 



Evangelio (Lc 13,1-9)


Estaban presentes en aquel momento unos que le contaban lo de los galileos, cuya sangre mezcló Pilato con la de sus sacrificios. Y en respuesta les dijo:


— ¿Pensáis que estos galileos eran más pecadores que todos los galileos, porque padecieron tales cosas? No, os lo aseguro; pero si no os convertís, todos pereceréis igualmente. O aquellos dieciocho sobre los que cayó la torre de Siloé y los mató, ¿pensáis que eran más culpables que todos los hombres que vivían en Jerusalén? No, os lo aseguro; pero si no os convertís, todos pereceréis igualmente.


Les decía esta parábola:


— Un hombre tenía una higuera plantada en su viña y fue a buscar en ella fruto y no lo encontró. Entonces le dijo al viñador: «Mira, hace tres años que vengo a buscar fruto en esta higuera sin encontrarlo; córtala, ¿para qué va a ocupar terreno en balde?» Pero él le respondió: «Señor, déjala también este año hasta que cave a su alrededor y eche estiércol, por si produce fruto; si no, ya la cortarás».



El estilo de Dios es cercanía.

Examinar nuestro corazón.

La humildad de la conversión.



MUCHOS AÑOS han transcurrido desde que Moisés había huido de Egipto. El faraón de entonces estaba ya muerto, pero la situación de los israelitas no mejoraba. La Sagrada Escritura nos dice que «los hijos de Israel se quejaban de la esclavitud y clamaron. Sus gritos, desde la esclavitud, subieron a Dios; y Dios escuchó» (Ex 2,23-24). Por aquel entonces, «Moisés pastoreaba el rebaño de su suegro Jetró» (Ex 3,1). Marchaba sin rumbo, por una tierra extraña, en busca de pastos para alimentar un rebaño ajeno.


Un día encuentra una zarza en llamas, algo normal en un paraje reseco por el sol. Moisés ha visto arder muchos matorrales, pero ninguno como este: «se fijó: la zarza ardía sin consumirse» (Ex 3,2). Intrigado, se acerca a contemplar ese «espectáculo admirable» (Ex 3,3). Entonces, Dios habla, y la vida de Moisés y la historia de los hombres cambian para siempre. Dios nuevamente está entrando en la historia. Ha decidido tomar partido, ha elegido un pueblo y le ha revelado su Nombre, mezclando su suerte con la de aquel. Dios asume el riesgo de hacerse cercano.


Los israelitas tendrán que recurrir a la poesía y al canto, para intentar dar voz a tanta maravilla: «Bendice alma mía, al Señor, y todo mi ser a su santo nombre. Bendice alma mía, al Señor, y no olvides sus beneficios» (Sal 102, 1-2). Comienzan a descubrir «el estilo de Dios, que fundamentalmente es un estilo de cercanía. Él mismo da al pueblo esta definición de Sí: “¿Díganme, qué nación tiene sus dioses tan cercanos como tú me tienes a mí?” (cfr. Dt 4,7)»1. «No dejarás de ver, aun en los momentos de mayor trepidación –decía san Josemaría–, que nuestro Padre del Cielo está siempre cerca, muy cerca»2.


«NO QUIERO que ignoréis, hermanos –escribe san Pablo–, que nuestros padres estuvieron todos bajo la nube, y todos cruzaron el mar, y para unirse a Moisés todos fueron bautizados en la nube y en el mar (...). Pero la mayoría de ellos no agradó a Dios» (1 Cor 10,1-5). Y el apóstol agrega que todas aquellas cosas «fueron escritas para escarmiento nuestro», para que fuéramos conscientes de lo que a nosotros, como nuevo pueblo de Dios, nos puede también suceder. El mismo Jesucristo, después de recordar a algunos que, por aquellos días, habían muerto de manera cruenta, pregunta: «¿Pensáis que estos galileos eran más pecadores que todos los galileos, porque padecieron tales cosas? No, os lo aseguro; pero si no os convertís, todos pereceréis igualmente» (Lc 13,2-3).


Nos hacen bien las palabras claras de Jesús y la advertencia de san Pablo, porque provocan en nosotros una reacción que no siempre nos surge de manera espontánea. A veces, cuando nos parece que las cosas van mal, buscamos las causas, necesitamos establecer una responsabilidad. Y si conseguimos encontrar un culpable, respiramos tranquilos, porque entonces podemos pensar que aquello no tiene que ver con nosotros.


Jesús corrige, en esta y en otras ocasiones, esa visión equivocada de sus discípulos. Nos anima a aprovechar esas coyunturas para buscar una conversión personal más profunda, en lugar de gastar tiempo y energías buscando culpables. Conversión, que significa volver la mirada a Dios y reconsiderar las cosas partiendo del amor que nos tiene, a nosotros y a los demás. «No juzguéis» (Mt 7,1), nos dice Jesús. Y «no murmuréis» (1 Cor 10,10), añade san Pablo. Porque cuando cedemos a esa visión negativa, podemos caer en la trampa de la murmuración. Si nos contentamos con culpar a los demás o a las circunstancias, perdemos la ocasión de examinar nuestro propio corazón, que es donde está el único mal que verdaderamente podemos ahogar con sobreabundancia de gracia.


«ÉRASE UNA VEZ un hombre que tenía una higuera plantada en su viña, y fue a buscar fruto en ella, y no lo encontró» (Lc 13, 6). Cuando dejamos de buscar los problemas fuera, entonces se nos hace evidente nuestra indigencia. Entonces somos más capaces de reconocer la generosidad de Dios con nosotros y que, en realidad, no tenemos con qué pagarle. Ya no aparecemos ante nuestros propios ojos tan buenos como cuando nos comparábamos con los demás: aprendemos a ser humildes.


Esta constatación no nos entristecerá si hacemos lo que Jesús nos dice: poner nuestros ojos en Dios, que es nuestro Padre. Es este el don de la conversión, que pedimos al Señor especialmente en Cuaresma, apoyados en una penitencia que da forma poco a poco a nuestro corazón. «Oh, Dios –imploramos junto a toda la Iglesia–, autor de toda misericordia y bondad, que aceptas el ayuno, la oración y la limosna como remedio de nuestros pecados, mira con amor el reconocimiento de nuestra pequeñez y levanta con tu misericordia a los que nos sentimos abatidos por nuestra conciencia»3.


Descubrimos así, como lo hizo el pueblo elegido, que el mayor prodigio obrado por Dios es su increíble cercanía. «¡Estamos en las manos de Jesús!»4, solía repetir san Josemaría. Y Jesús no desespera, como tampoco lo hace su madre, Santa María, a quien le podemos pedir que ablande nuestro corazón siempre que lo necesitemos.


1 Francisco, Discurso, 17-II-2022.

2 San Josemaría, Forja, n. 240.

3 Domingo III semana de Cuaresma, Oración colecta.

4 San Josemaría, Mientras nos hablaba en el camino, p. 107.

19 de marzo de 2022

SOLEMNIDAD DE SAN JOSE


 Evangelio (Mt 1,16.18-21.24a)


Jacob engendró a José, el esposo de María, de la cual nació Jesús llamado Cristo.



La generación de Jesucristo fue así: María, su madre, estaba desposada con José, y antes de que conviviesen se encontró con que había concebido en su seno por obra del Espíritu Santo.


José, su esposo, como era justo y no quería exponerla a infamia, pensó repudiarla en secreto. Consideraba él estas cosas, cuando un ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo:


—José, hijo de David, no temas recibir a María, tu esposa, porque lo que en ella ha sido concebido es obra del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados.


Al despertarse, José hizo lo que el ángel del Señor le había ordenado.


JUNTO A SAN JOSE 


¿Cómo imaginaba san Josemaría a san José?


“Yo me lo imagino joven, fuerte, quizá con algunos años más que Nuestra Señora, pero en la plenitud de la edad y de la energía humana. Sabemos que no era una persona rica: era un trabajador, como millones de otros hombres en todo el mundo; ejercía el oficio fatigoso y humilde que Dios había escogido para sí, al tomar nuestra carne y al querer vivir treinta años como uno más entre nosotros.


La Sagrada Escritura dice que José era artesano. Varios Padres añaden que fue carpintero. De las narraciones evangélicas se desprende la gran personalidad humana de José: en ningún momento se nos aparece como un hombre apocado o asustado ante la vida; al contrario, sabe enfrentarse con los problemas, salir adelante en las situaciones difíciles, asumir con responsabilidad e iniciativa las tareas que se le encomiendan”. (Es Cristo que pasa, n. 40).


San José puede mucho con Santa María. Fue su esposo, es su esposo. Es la persona que más ha tratado a la Virgen y que más la ha querido, fuera de su Hijo, Dios Nuestro Señor. Y es san José el que más ha tratado a Dios. Por lo tanto, si quieres ir a la Virgen vete por san José, que te llevará de la mano (Catequesis en España, noviembre de 1972).


San José, hijo mío, es la criatura humana más excelente después de Santa María. No importa que el Señor echara todos los piropos al Bautista: no hay contradicción. Quiere mucho a San José; nosotros le amamos mucho en el Opus Dei, porque el Señor le escogió desde la eternidad para que le hiciera las veces de padre. Buscó un hombre joven, fuerte, bello en el alma y en el cuerpo, excelente en todas sus cualidades morales, trabajador; que no se sentía envilecido siendo de sangre real y dedicando sus manos a la labor diaria; que enseñó tantas cosas a Jesús y le protegió mientras fue niño. En el breviario y en las lecciones, en las lecturas, que recomienda la Iglesia antes y después de la celebración de la Misa, hay unas oraciones donde se habla del amor de San José para el Niño, de cómo lo abrazaría, de cómo lo besaría... Como tú con tus hijos. ¿Eres padre de familia?


- Sí, gracias a Dios.


- Dios te bendiga, hijo mío. Pues fíjate en la ternura de tu mujer y la tuya. Piensa en San José: ¿cómo no lo vamos a querer nosotros, que deseamos tener vida interior? La vida interior es el trato con María y con Jesús; el trato con Dios y con la Madre de Dios. ¿Quién ha tratado más a Dios y a la Madre de Dios que José, el Santo Patriarca? ¡Ninguno! Por eso le queremos tanto y acudimos a él. Y luego, porque es muy poderosa su intercesión... (Encuentro en el colegio Tabancura, Chile, 2 de julio de 1974).


Evidentemente el Señor, cuando escogió a su Madre desde la eternidad, ya pensó en aquel hombre que había de hacer las veces de padre. Y si a Ella la llenó -porque pudo y es decoroso que lo hiciera- de todas las gracias y de todos los privilegios..., inmediatamente después que a su Madre, a su padre.


Y el Señor nos ha dado la cabeza para discurrir y ha dicho: "Estos teologazos -por ejemplo, ese: que has hablado como un teólogo- dirán después, pensando por su cuenta, lo que yo no tengo necesidad de hacer que pongan en el Evangelio". Y de paso San José, aun siendo un personaje tan excelente -que, a mi juicio, viene después de la Santísima Virgen-, en el Evangelio desaparece: lo vemos un momentito y desaparece, para que nosotros seamos humildes, aunque estemos rodeados de tantas condiciones buenas como tendrás tú y otros que me escuchan aquí (Tertulia en el Auditorio de la Alameda, Chile, 4 de julio de 1974).


Debía de tener una autoridad extraordinaria. Luego, la pobreza...; eran pobres, pero eran relativamente pobres. ¿Me permitís que os diga que ser dueño de un borriquito en aquella época debía de ser una manifestación de cierta holgura? O sea que San José trabajaba para tener una casa bien… Era como disponer de una utilitaria -no sé cómo le llamáis aquí-, un coche barato. Esto es. Un borrico fue el trono de Jesús en Jerusalén, pero... nos parece muy modesto.


Volvamos a San José, hijo mío. Gracias por los piropos que has echado al Santo Patriarca San José. Tienes razón. No se entiende por qué pasa así de oscuro, pero en la Iglesia ha comenzado -desde el siglo XVI especialmente- una gran devoción. Yo se la tengo y mucha y la propago todo lo que puedo. Quiero decir por todos los sitios que, después de amar a Jesucristo y a Santa María, deberíamos amar mucho a San José, también por su humildad; porque esconde su gran autoridad. Jesús, sujeto a él; y María manifestaría también la misma sujeción, porque haría, por lo menos, lo que hacen vuestras mujeres: que exteriormente dicen “esto se hace porque quiere mi marido...”. La Madre de Dios lo haría por amor, por perfección, por virtud; manifestaría toda clase de veneración al jefe de la casa.


Quiere mucho a San José, que es verdaderamente poderoso. Y luego si quieres tener vida interior… La vida interior consiste en tratar a Dios; y a Dios Nuestro Señor y a la Madre de Dios nadie los ha tratado con más intimidad que San José. Cuando me obligáis a repetirlo todos los días, en estas tertulias, yo gozo. Lo invoco siempre, varias veces durante la jornada. No me importa nada decirlo. Si os puedo servir en eso, aunque no sea más que en eso... En otras cosas no os fijéis en mí, que no encontraréis más que pegas pero en eso, sí. Yo tengo mucho, mucho cariño a San José. Y le llamo mi Padre y mi Señor. Veo que tú estás tocado de la misma locura.


Te admira esa figura, colosal, que debe cumplir todo un programa divino en la tierra, y que se sabe esconder. A María la contemplamos junto al Señor y nos admira su poder, porque hace que Jesús ejecute el primer milagro. Sólo con advertir que falta vino -una indicación, una sugerencia-, “fecit initium signorum”, cuenta el evangelista “comenzó el Señor a obrar milagros”, ante una indicación de su Madre. José no aparece. Probablemente cuando el Señor va a la Pasión, San José ya estaba en el Cielo. O por lo menos esperando ir al Cielo con la resurrección de su Hijo. ¿Está claro? Eso lo dejaremos, porque la Iglesia no dice nada. Yo tengo un modo de pensar, que me callo. Un modo de pensar que se sujeta siempre al criterio de la Iglesia; pero imagino que la Iglesia, ni ahora ni dentro de veinte siglos, concretará nada de esto; porque no es necesario. De modo que tú, con tu cariño a San José, llénalo de preeminencias (Encuentro en el Auditorio de la Alameda, Chile, 4 de julio de 1974).


Hijos míos, que tengáis en el alma deseos ardientes de reparar por vuestros pecados, por los míos y por los de todo el mundo. Que vayáis al Señor confiadamente, que vayamos a su Madre, como un niño pequeño a la suya en la tierra, sabiendo que la del Cielo nos quiere mucho más. Que vayamos a San José. Amadlo cada día más. Yo he llegado a perder la vergüenza, y les digo ingenuidades de niño: “Jesús, María y José, que esté siempre con los tres”. ¡Vaya aleluya! Pero dicha con amor… estoy al lado de tres poderosos (Encuentro en Altoclaro, Venezuela, 12 de febrero de 1975).


Hay que ver lo que fue en su tiempo: un Patriarca; lo que era, la autoridad que tenía, reconocida a toda hora por Dios mismo y por la Madre de Dios. Este hombre me enamora por su pureza, por su amor al trabajo, por su valentía, por su obediencia a las mociones divinas… (Encuentro en Ciudad Vieja, Guatemala, 18 de febrero de 1975).


Yo soy práctico, también en la piedad. San José llevó adelante la familia de Nazaret, y llevará la tuya lo mismo. Adquiere una imagencita de San José, tenle devoción, enciéndele piadosamente una luz de cuando en cuando, como nuestras madres, como nuestras abuelas: todas las viejas devociones son actuales, no hay ni una que no sea actual. Poniendo por obra lo que te he dicho, ahora, al llegar a la casa donde vivo aquí, me encontraré con una imagen de la Virgen que han puesto muy bonita, y otra de San José. A la Madre de Dios le echaré un piropo, y a San José le encenderé tres velas de tu parte (Encuentro en el Teatro Coliseo, Argentina, 26 de junio de 1974).

18 de marzo de 2022

LOS FRACASOS SON GRANDES OPORTUNIDADES

 



Evangelio (Mt 21,33-43.45-46)


Escuchad otra parábola:


—Había un hombre, dueño de una propiedad, que plantó una viña, la rodeó de una cerca y cavó en ella un lagar, edificó una torre, la arrendó a unos labradores y se marchó lejos de allí. Cuando se acercó el tiempo de los frutos, envió a sus siervos a los labradores para recibir sus frutos. Pero los labradores agarraron a los siervos y a uno lo golpearon, a otro lo mataron y a otro lo lapidaron. De nuevo envió a otros siervos, más numerosos que los primeros, pero les hicieron lo mismo. Por último, les envió a su hijo, pensando: «A mi hijo lo respetarán». Pero los labradores, al ver al hijo, se dijeron: «Éste es el heredero. Vamos, lo mataremos y nos quedaremos con su heredad». Y lo agarraron, lo sacaron fuera de la viña y lo mataron. Cuando venga el amo de la viña, ¿qué hará con aquellos labradores?


Le contestaron:


—A esos malvados les dará una mala muerte, y arrendará la viña a otros labradores que le entreguen los frutos a su tiempo.


Jesús les dijo:


—¿Acaso no habéis leído en las Escrituras:


La piedra que rechazaron los constructores,


ésta ha llegado a ser la piedra angular.


Es el Señor quien ha hecho esto


y es admirable a nuestros ojos?


»Por esto os digo que se os quitará el Reino de Dios y se entregará a un pueblo que rinda sus frutos.


Al oír los príncipes de los sacerdotes y los fariseos sus parábolas, comprendieron que se refería a ellos.


Y aunque querían prenderlo, tuvieron miedo a la multitud, porque lo tenían como profeta.



La viña, imagen de Israel.

Los fracasos son oportunidades de salvación.

Nuestros frutos son gloria de Dios.




UN HOMBRE «plantó una viña, la rodeó de una cerca y cavó en ella un lagar, edificó una torre, y la arrendó a unos labradores y se marchó de allí» (Mt 21,33). Pasado el tiempo, envía a sus criados a buscar el fruto que le pertenece. Los viñadores, sorprendentemente, maltratan a unos y matan a otros. El propietario de la viña, entonces, decide enviar a su propio hijo, pensando que así «tendrán respeto» (Mt 21,37). Pero los labradores razonan muy distinto. Al tratarse del heredero, piensan que al matarlo se podrán quedar definitivamente con su herencia. Y así lo hacen.


En esta parábola, Jesús describe la historia de Israel que, en palabras del Crisóstomo, repetidamente mancha «sus manos con la sangre»1 de los profetas enviados por Dios. Con la imagen de la viña se narran, por un lado, los esfuerzos continuos del Señor por hacer que su pueblo diera frutos; y, por otro, el rechazo repetido de los hombres, especialmente de los dirigentes del pueblo. Los príncipes de los sacerdotes y los fariseos que estaban presentes comprenden inmediatamente «que se refería a ellos» (Mt 21,45). Y su reacción frente a Jesús es parecida a la de los labradores de la parábola: aunque «querían prenderlo», no lo hicieron en este momento por miedo de la multitud, «porque lo tenían como profeta».


Sin embargo, «la desilusión de Dios por el comportamiento perverso de los hombres no es la última palabra. Está aquí la gran novedad del cristianismo: un Dios que, incluso desilusionado por nuestros errores y nuestros pecados, no pierde su palabra, no se detiene y sobre todo ¡no se venga! (...). La urgencia de responder con frutos de bien a la llamada del Señor, que nos llama a convertirnos en su viña, nos ayuda a entender qué hay de nuevo y de original en la fe cristiana»2.


PARA EXPLICAR el significado de la parábola, Jesús se refiere al salmo 117: «La piedra que desecharon los constructores, ésta ha llegado a ser la piedra angular. Es el Señor quien ha hecho esto, y es admirable a nuestros ojos» (Sal 117,22-23). Es el salmo Pascual por excelencia, que se canta o se reza durante la liturgia de la Vigilia Pascual. La muerte del hijo, que parece definitiva e incomprensible, se convierte en camino de Resurrección. En los planes divinos, los fracasos son también oportunidades de salvación y de vida.


La historia de José, por ejemplo, es también el relato de un rechazo y de un maltrato. Aunque sus hermanos no llegan a matarlo, es traicionado y vendido a unos mercaderes por veinte monedas de plata. Estas circunstancias servirán para que José llegue a Egipto, se convierta en un hombre importante, y los hijos de Jacob puedan sobrevivir. En la narración se destaca la infidelidad de Israel pero, sobre todo, queda patente el estilo que tiene Dios de sacar bien del mal. Lo que parecía una maldad sin sentido acabó siendo clave para la salvación de Israel.


Esto mismo se repite en Jesús. Hay un plan que el hombre traiciona, pero Dios busca una nueva solución para salvarnos. De nuestras caídas el Señor buscará siempre el modo de levantarnos. «Nuestro Padre Dios, cuando acudimos a él con arrepentimiento, saca, de nuestra miseria, riqueza; de nuestra debilidad, fortaleza. ¿Qué nos preparará, si no lo abandonamos, si lo frecuentamos cada día, si le dirigimos palabras de cariño confirmado con nuestras acciones, si le pedimos todo, confiados en su omnipotencia y en su misericordia?»3.


LA PARÁBOLA se asemeja a la canción de la viña del profeta Isaías (cfr. Is 5,1-7). La viña que ha sido cuidada con esmero no da los frutos esperados: «Esperó a que diera uvas, pero dio agraces». De sus sarmientos en vez de uva sabrosa brotó un fruto amargo. Entonces Dios se pregunta: «¿Qué más pude hacer por mi viña, que no lo hiciera?». Comenta un Padre de la Iglesia: «¡Qué tierra tan ingrata! La que tenía que dar a su amo frutos de dulzura, lo atravesó con espinas agudas. Vigilad, pues, que vuestra viña no produzca espinos en lugar de racimos, que vuestra vendimia no dé vinagre en lugar de vino»4.


Dios espera de nosotros frutos, pero no porque él los necesite, sino porque su gloria es la felicidad de los hombres. El más apetecible para él es, sin duda, nuestro amor. Ciertamente, en muchas ocasiones también nosotros hemos sido como la viña de la canción del profeta o como los viñadores de la parábola. «Si cada uno de nosotros hace un examen de conciencia, verá cuántas veces (...) ha echado a los profetas. Cuántas veces le ha dicho a Jesús: ‘vete’, cuántas veces se ha querido salvar a sí mismo, cuántas veces hemos pensado que nosotros éramos los justos»5.


Por eso escribía san Josemaría: «Dejadme que insista: sed fieles. Es algo que llevo clavado en el corazón. Si sois fieles, nuestro servicio a las almas y a la Santa Iglesia se llenará de abundantes frutos»6. Podemos acudir a María, que es madre fecunda porque fue dócil al Espíritu del Señor, que siempre encuentra nuevos caminos para fructificar.


1 San Juan Crisóstomo, Homilías sobre el evangelio de san Mateo, 68, 1-2.

2 Francisco, Ángelus, 8-X-2017.

3 San Josemaría, Amigos de Dios, n. 309.

4 San Máximo de Turín, Sermón para la fiesta de San Cipriano.

5 Francisco, Homilía, 1-VI-2015.

6 San Josemaría, Cartas 2, n. 46.

17 de marzo de 2022

El valor de los bienes terrenos.


 Evangelio (Lc 16,19-31)


«Había un hombre rico que vestía de púrpura y lino finísimo, y todos los días celebraba espléndidos banquetes. En cambio, un pobre llamado Lázaro yacía sentado a su puerta, cubierto de llagas, deseando saciarse de lo que caía de la mesa del rico. Y hasta los perros venían a lamerle las llagas. Sucedió, pues, que murió el pobre y fue llevado por los ángeles al seno de Abrahán; murió también el rico y fue sepultado. Estando en los infiernos, en medio de los tormentos, levantando sus ojos vio a lo lejos a Abrahán y a Lázaro en su seno; y gritando, dijo:


«Padre Abrahán, ten piedad de mí y envía a Lázaro para que moje la punta de su dedo en agua y me refresque la lengua, porque estoy atormentado en estas llamas».


Contestó Abrahán: «Hijo, acuérdate de que tú recibiste bienes durante tu vida y Lázaro, en cambio, males; ahora aquí él es consolado y tú atormentado. Además de todo esto, entre vosotros y nosotros se interpone un gran abismo, de modo que los que quieren atravesar de aquí hasta vosotros, no pueden; ni tampoco pueden pasar de ahí hasta nosotros».


Y él dijo: «Te ruego entonces, padre, que le envíes a casa de mi padre, porque tengo cinco hermanos, para que les advierta y no vengan también a este lugar de tormentos».


Pero replicó Abrahán: «Tienen a Moisés y a los Profetas. ¡Que los oigan!»


Él dijo: «No, padre Abrahán; pero si alguno de entre los muertos va a ellos, se convertirán».


Y le dijo: «Si no escuchan a Moisés y a los Profetas, tampoco se convencerán aunque uno resucite de entre los muertos».



El valor de los bienes terrenos.

Tener compasión por quienes nos rodean.

Ver los Lázaros a nuestra puerta.



EL EVANGELIO nos presenta la parábola del rico Epulón y del pobre Lázaro. El primero es un hombre que vive en el lujo, pensando solamente en su propio bienestar. Jesús no nos dice que fuera un hombre injusto; simplemente, «que vestía de púrpura y lino finísimo, y todos los días celebraba espléndidos banquetes» (Lc 16,19). Junto a su casa, un pobre llamado Lázaro «yacía sentado a su puerta, cubierto de llagas». Epulón está tan atento a sus riquezas que ignora su existencia. Lázaro no recibe ningún cuidado y se alimenta únicamente de las sobras que caen «de la mesa del rico» (Lc 16,21). «Vanos eran sus pensamientos y vanos sus apetitos –dice san Agustín sobre Epulón–. Cuando murió, en ese mismo día perecieron sus planes»1. Efectivamente, Jesús nos cuenta que ambos mueren, pero su destino es abismalmente distinto.


«Señor, mira si mi camino se desvía y guíame por el camino eterno» (Sal 138, 23-24), suplicamos con el salmo. Sabemos que la vida plena, aquella en la que permanecemos siempre libres para amar, no depende exclusivamente de los bienes terrenos; allí no está nuestra seguridad ni nuestra felicidad. San Josemaría nos recuerda que nuestro «corazón no se satisface con las cosas creadas, sino que aspira al Creador»2. La Cuaresma es un buen momento «para descubrir de qué manera las cosas materiales de las que disponemos contribuyen a llevar adelante la misión que Dios nos ha confiado. Podremos, entonces, desprendernos más fácilmente de las que no lo hacen y caminar ligeros como el Señor, que no tenía “dónde reclinar la cabeza” (Lc 9,58). Con la pobreza, aprenderemos a apreciar las cosas del mundo en cuanto vemos en ellas su valor como camino de unión con Él y de servicio a los demás»3.


DURANTE su vida, Lázaro no tuvo ninguna de las ventajas de las que disfrutó Epulón. Del relato se desprende que es un hombre piadoso, que pone su esperanza en Dios, y por eso es llevado por los ángeles a la morada eterna. Bien se podría decir de él lo que rezamos en el salmo: «Dichoso el hombre que ha puesto su confianza en el Señor» (Sal 1). La clave que explica el destino eterno de uno y de otro, tan distintos entre sí, no es la riqueza en sí misma, sino lo que sucedía en el corazón de ambos. El rico es condenado no por lo que posee, sino por su total falta de compasión. «Aprended a ser ricos y pobres –comenta San Agustín–, tanto los que tenéis algo en este mundo como los que no tenéis nada. Pues también encontráis al mendigo que se ensoberbece y al acaudalado que se humilla. Dios resiste a los soberbios, ya estén vestidos de seda o de andrajos; pero da su gracia a los humildes ya tengan algunos haberes mundanos, ya carezcan de ellos. Dios mira al interior; allí pesa, allí examina»4.


Lázaro no cuenta para el mundo. Por su miseria y soledad, solamente el Señor cuida de él. «A quien está olvidado de todos, Dios no lo olvida; quien no vale nada a los ojos de los hombres, es valioso a los del Señor»5. La parábola nos invita también a vivir la virtud de la caridad, de manera especial con las personas que tenemos más cerca de nosotros y con quienes padecen más necesidades. «Nuestras cosas y nuestros problemas nunca deben absorber nuestro corazón hasta el punto de hacernos sordos al grito»6 de los demás. «Cada uno, sin ninguna excepción, debe considerar al prójimo como otro yo, cuidando, en primer lugar, de su vida y de los medios necesarios para vivirla dignamente, para que no imiten a aquel rico que se despreocupó totalmente del pobre Lázaro»7.


«YO, EL SEÑOR, examino el corazón, sondeo el corazón de los hombres para pagar a cada cual su conducta según el fruto de sus acciones» (Jer 17,9-10). Después de la muerte, Dios nos juzgará y nos «pesará» conforme a nuestras obras. Se presenta en nuestra vida esta alternativa: el camino seguro de quien confía en el Señor, como Lázaro; o la senda estéril del que pone toda su esperanza en las cosas materiales, aquellas que puede dominar, como el rico Epulón.


San Josemaría prevenía así ante «la mentalidad de quienes ven el cristianismo como un conjunto de prácticas o actos de piedad, sin percibir su relación con las situaciones de la vida corriente, con la urgencia de atender las necesidades de los demás y de esforzarse por remediar las injusticias»8. El amor a Dios se expresa en desvelo por los demás; no se queda en un sentimiento, se traduce necesariamente en servicio concreto, a personas concretas, aunque eso suponga despojarnos de ciertas aparentes seguridades personales.


«La misericordia de Dios con nosotros está estrechamente unida a nuestra misericordia con el prójimo; cuando falta nuestra misericordia con los demás, la de Dios no puede entrar en nuestro corazón»9. Le pedimos a santa María la gracia de ver con nitidez los Lázaros que hay a nuestra puerta, mendigando nuestra atención y cariño.


1 San Agustín, Sermón 33 A, 4 sobre el Antiguo Testamento.

2 San Josemaría, Conversaciones, n. 110.

3 Mon. Fernando Ocáriz, Mensaje, 20-II-2021.

4 San Agustín, Sobre el Salmo 85.

5 Benedicto XVI, Ángelus, 30-IX-2007.

6 Benedicto XVI, Mensaje para la Cuaresma 2012.

7 Concilio Vaticano II, Gaudium et spes, n. 27.

8 San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 98.

9 Francisco, Udienza, 18-V-2016.

16 de marzo de 2022

La grandeza de servir

 


Evangelio (Mt 20,17-28)


En aquel tiempo, Cuando subía Jesús camino de Jerusalén tomó aparte a sus doce discípulos y les dijo:


— Mirad, subimos a Jerusalén, y el Hijo del Hombre será entregado a los príncipes de los sacerdotes y a los escribas, le condenarán a muerte, y le entregarán a los gentiles para burlarse de él y azotarlo y crucificarlo, pero al tercer día resucitará.


Entonces se le acercó la madre de los hijos de Zebedeo con sus hijos, y se postró ante él para hacerle una petición. Él le preguntó:


— ¿Qué quieres?


Ella le dijo:


— Di que estos dos hijos míos se sienten en tu Reino, uno a tu derecha y otro a tu izquierda.


Jesús respondió:


— No sabéis lo que pedís. ¿Podéis beber el cáliz que yo he de beber?


— Podemos — le dijeron.


Él añadió:


— Beberéis mi cáliz; pero sentarse a mi derecha o a mi izquierda no me corresponde concederlo, sino que es para quienes está dispuesto por mi Padre.


Al oír esto, los diez se indignaron contra los dos hermanos. Pero Jesús les llamó y les dijo:


— Sabéis que los que gobiernan las naciones las oprimen y los poderosos las avasallan. No tiene que ser así entre vosotros; al contrario: quien entre vosotros quiera llegar a ser grande, que sea vuestro servidor; y quien entre vosotros quiera ser el primero, que sea vuestro esclavo. De la misma manera que el Hijo del Hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y dar su vida en redención de muchos.




La grandeza de servir.

El servicio como llamada de Dios.

Jesús quiere unirnos a su Pasión.




TODA MADRE desea lo mejor para sus hijos. Por eso, no sorprende que la de Santiago y Juan se acerque a Jesús para pedirle un puesto de honor para ellos: «Di que estos dos hijos míos se sienten en tu Reino, uno a tu derecha y otro a tu izquierda» (Mt 20,21). Estas palabras pueden sorprendernos, pues recogen prácticamente lo contrario de lo que el Mesías les había enseñado desde el principio a los apóstoles. No es de extrañar que los otros diez se enfadaran con los hermanos Zebedeo. Sin embargo, en el fondo de sus corazones, quizás ellos querían lo mismo.


El Maestro entonces aprovecha esta situación, como en otras ocasiones, para formar el corazón de los apóstoles. ¿Quién es el más importante? La respuesta del Señor es sencilla y, al mismo tiempo, exigente: «Quien entre vosotros quiera llegar a ser grande, que sea vuestro servidor; y quien entre vosotros quiera ser el primero, que sea vuestro esclavo» (Mt 20,26-27). Jesucristo corrige con paciencia divina unas ambiciones excesivamente humanas, superando su escala de valores: el primero pasa a ser el último y el último se convierte en el primero.


Al seguir esa escala, al vivir con aquel parámetro, no hacemos otra cosa que imitar al mismo Señor. Él «tomó el último puesto en el mundo –la cruz– y precisamente con esta humildad radical nos redimió y nos ayuda constantemente»1. Su actitud de servicio llega hasta la entrega de sí mismo: «Esto es mi cuerpo», «esta es mi sangre» (Mt 26,26-27). «Quien quiera ser grande, que sirva a los demás, no que se sirva de los demás. Y esta es la gran paradoja de Jesús. Los discípulos discutían quién ocuparía el lugar más importante, quién sería seleccionado como el privilegiado (...). Y Jesús les trastoca su lógica diciéndoles sencillamente que la vida auténtica se vive en el compromiso concreto con el prójimo. Es decir, sirviendo»2.


EN LA BIBLIA, el servicio está unido a una misión de Dios. Así lo vemos en Jesús, que «no ha venido a ser servido, sino a servir y dar su vida en redención de muchos» (Mt 20,28). Él ha lavado los pies de los apóstoles y ha hecho suyo el plan de su Padre, hasta la muerte en la cruz. «¿Cómo no leer en el tema del “siervo Jesús” la historia de cada vocación, la historia pensada por el Creador para cada ser humano, historia que inevitablemente pasa a través de la llamada a servir (...)?»3.


El servicio es lo que caracteriza a quienes tratan de caminar junto al Señor. «Mientras los grandes de la Tierra construyen “tronos” para el poder propio, Dios elige un trono incómodo, la cruz, de donde reinar dando la vida»4. Experimentar este “poder” desde el servicio, nos lleva a encarnar el estilo de vida de Jesús. No se trata de algo humillante, sino que es lo más elevado que podemos hacer en la vida: el servicio es un arte que practican los que se han descubierto destinatarios del amor de Cristo crucificado y han visto agrandarse su corazón en el suyo.


«Servir es una cosa deliciosa –decía san Josemaría–: yo tengo por orgullo de mi vida ser servidor de todo el mundo. Quiero servir a Dios y, por amor a Dios, servir con amor a todas las criaturas de la tierra»5. Descubrir esta realidad nos hace sensibles a las necesidades de los demás, especialmente de los más necesitados: «Ante un mundo que exige de los cristianos un testimonio renovado de amor y fidelidad al Señor, todos han de sentir la urgencia de ponerse a competir en la caridad, en el servicio y en las buenas obras. Esta llamada es especialmente intensa en el tiempo santo de preparación a la Pascua»6.


DESPUÉS de escuchar a la madre de los Zebedeo, Jesús dice a Santiago y a Juan: «No sabéis lo que pedís. ¿Podéis beber el cáliz que yo he de beber? Podemos, le dijeron. Él añadió: Beberéis mi cáliz» (Mt 20, 22-23). Esta conversación tiene lugar mientras suben hacia Jerusalén. Jesús sabe lo que va a ocurrir en la ciudad santa al cabo de unos días. Se lo acababa de anunciar a sus apóstoles un poco antes: el Hijo del hombre «será entregado», «le condenarán a muerte, y le entregarán a los gentiles para burlarse de él y azotarlo y crucificarlo» (Mt 20,18-19).


Es el tercer y último anuncio de la Pasión. Los discípulos, asustados, se inquietan: no entienden o quizá no quieren entender demasiado sobre incomprensiones y dificultades. No les cabe en la cabeza que el reinado del que habla el Maestro se alcance por la derrota. Y también hoy seguimos necesitando una conversión para comprender los caminos del Señor. La Cuaresma renueva esta oportunidad: nos invita a transformar nuestro modo de entender a Jesús, nuestro modo de ver el mundo y los valores que rigen las relaciones, para mirar con sus ojos redentores.


La imagen del cáliz evoca el dolor y la muerte (cfr. Jn 26,39). «Beber mi cáliz» es participar en su pasión por la salvación del mundo, soportando los sufrimientos. ¿Cabe un servicio mayor para introducirnos en lo más alto de su Reino? En la Eucaristía renovamos ese camino que nos lleva a lo más alto del amor de Dios y al servicio de las personas. Comemos a Cristo, el Pan partido que ha derramado su sangre por todos. María recorrió el camino a la cruz junto a su Jesús y, durante esta Cuaresma, nos acompaña como una buena madre que desea alcanzar lo mejor para sus hijos.


1 Benedicto XVI, Deus caritas est, n. 35.

2 Francisco, Homilía, 20-IX-2015.

3 San Juan Pablo II, Mensaje, 11-V-2003.

4 Francisco, Ángelus, 21-X-2018.

5 San Josemaría, Cartas 36, n. 5.




15 de marzo de 2022

Vida coherente reflejo de Cristo

 



Evangelio (Mt 23,1-12)


En aquel tiempo, Jesús habló a la gente y a los discípulos, diciendo:


— En la cátedra de Moisés se han sentado los escribas y los fariseos. Haced y cumplid todo cuanto os digan; pero no obréis como ellos, pues dicen, pero no hacen.


Atan cargas pesadas e insoportables y las echan sobre los hombros de los demás, pero ellos ni con uno de sus dedos quieren moverlas.


Hacen todas sus obras para que les vean los hombres. Ensanchan sus filacterias y alargan sus franjas. Anhelan los primeros puestos en los banquetes, los primeros asientos en las sinagogas y que les saluden en las plazas, y que la gente les llame rabbí.


Vosotros, al contrario, no os hagáis llamar rabbí, porque sólo uno es vuestro maestro y todos vosotros sois hermanos.


No llaméis padre vuestro a nadie en la tierra, porque sólo uno es vuestro Padre, el celestial.


Tampoco os dejéis llamar doctores, porque vuestro doctor es uno sólo: Cristo. Que el mayor entre vosotros sea vuestro servidor.


El que se ensalce será humillado, y el que se humille será ensalzado.





«EN LA CÁTEDRA de Moisés se han sentado los escribas y los fariseos. Haced y cumplid todo cuanto os digan; pero no obréis como ellos, pues dicen pero no hacen» (Mt 23,2-3). En las sinagogas había una silla especial donde se sentaba el rabino que explicaba la Escritura. En sentido figurado, «la cátedra de Moisés» designaba el magisterio de los maestros del pueblo, que enseñaban e interpretaban la ley, pero, como muestra el Señor en el Evangelio, actuaban con tal incoherencia de vida que incumplían las prescripciones que ellos mismos establecían.

La gente sencilla, por el contrario, buscaba a Jesús precisamente porque en él todo era verdadero. Caminaban detrás del Señor con entusiasmo porque cumplía lo que predicaba. Mientras el Maestro iba por delante abriendo camino, los fariseos y los escribas colocaban sobre los hombros de los demás «cargas pesadas e insoportables», pero «ellos ni con uno de sus dedos quieren moverlas» (Mt 23,4). Jesús pide a los suyos que cada día abracen «su cruz» (Lc 9,23), porque él va en cabeza con la cruz más pesada de todas. Las autoridades, por el contrario, eran exigentes con los demás y permisivas consigo mismas; hablan, pero en ellos no vemos el buen fruto.

Aunque la vida cristiana no se trata de hacer las cosas para que las vean los demás, es verdad que una vida coherente ayuda más que las solas palabras. El espíritu con el que afrontamos las ocupaciones diarias –en la familia, en el trabajo, en las amistades–, si refleja el atractivo de la paz y la alegría de Cristo, será auténtica transmisión del Evangelio. «Depende de nuestra coherencia que nuestros hermanos reconozcan a Jesucristo, el único salvador y la esperanza del mundo»1.


JESÚS recriminaba a las autoridades que vivieran más pendientes de las apariencias que de la verdad. «Hacen todas sus obras para que les vean los hombres» (Mt 23,5): corren detrás de alabanzas humanas, buscan los primeros puestos en las reuniones, ansían recibir reverencias… Todo lo hacen para granjearse un buen nombre. Siguen un estilo de vida cara a la galería, como en un escenario, contentándose con guardar unas formas exteriores que no nacen del amor: siguen «la letra» pero «no conocen su espíritu»2.

Es natural que nos importe la opinión de los demás, pues vivimos en sociedad. De algún modo, necesitamos ser aceptados y valorados por las personas que nos rodean, en especial por las que nos quieren. Pero la rectitud de intención nos lleva a poner el mayor peso de nuestros esfuerzos en la alegría que damos a Dios y en el bien de los demás. Nos importa agradar solo en cuanto queremos hacer felices a las personas que amamos.

Decía san Josemaría que «la rectitud de intención está en buscar “solo y en todo” la gloria de Dios»3. Este es el criterio decisivo que marca nuestras acciones. «Es la indicación que nos orienta cuando no estamos seguros de qué es lo correcto; nos ayuda a reconocer la voz de Dios dentro de nosotros (...). La gloria de Dios es la aguja de la brújula de nuestra conciencia»4. Aunque en nuestro corazón se mezclen intenciones y deseos variados, examinar los motivos por los que actuamos nos liberará, poco a poco, de actuar cara a los hombres, para entrar en la paz que da obrar cara a Dios.


FRENTE a la actitud de los escribas y fariseos, el Señor hace su propuesta: «Que el mayor entre vosotros sea vuestro servidor. El que se ensalce será humillado, y el que se humille será ensalzado» (Mt 23,11-12). La humildad resulta una virtud indispensable para que Dios nos llene de dones, porque «a pasos de humildad es como se sube a lo alto de los cielos»5, comentaba san Agustín. Rememorando la escalera que el patriarca Jacob vio en sueños, por la que subían y bajaban ángeles de la tierra al cielo (cfr. Gn 28,12), escribe otro Padre de la Iglesia: «Por la altivez se baja y por la humildad se sube. (...) Cuando el corazón se abaja, el Señor lo levanta hasta el cielo»6.

La humildad nos hace descubrir nuestra miseria y nuestra grandeza. Nos permite «mirarnos como somos, sin paliativos, con la verdad. Y al comprender que apenas valemos algo, nos abrimos a la grandeza de Dios»7. Esta actitud humilde y generosa permite la acción del Señor. Donde hay humildad hay sabiduría, explica el libro de los Proverbios. «Hazte pequeño en las grandezas humanas y alcanzarás el favor de Dios, que revela sus secretos a los humildes» (Ecl 3, 17).

«Dios únicamente desea nuestra humildad, que nos vaciemos de nosotros mismos, para poder llenarnos; pretende que no le pongamos obstáculos, para que —hablando al modo humano— quepa más gracia suya en nuestro pobre corazón»8. María, la esclava del Señor, nos ayudará como buena madre a limpiar en nuestro corazón aquello que impida recibir algo mejor; así, el Señor nos podrá enriquecer cada vez más con sus dones.


Francisco, Homilía, 3-VIII-2018.
Orígenes, Catena aurea, Homilía 23 in Matthaeum.
San Josemaría, Forja, n. 921.
Francisco, Homilía, 3-VIII-2018.
San Agustín, Sermón sobre la humildad y el temor de Dios.
San Benito de Nursia, Regla Monástica, capítulo 7.
San Josemaría, Amigos de Dios, n. 96.
Ibíd., n. 103.