"Hago todos los días mi "ratito" de oración: ¡si no fuera por eso!" (Camino, 106)

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19 de marzo de 2022

SOLEMNIDAD DE SAN JOSE


 Evangelio (Mt 1,16.18-21.24a)


Jacob engendró a José, el esposo de María, de la cual nació Jesús llamado Cristo.



La generación de Jesucristo fue así: María, su madre, estaba desposada con José, y antes de que conviviesen se encontró con que había concebido en su seno por obra del Espíritu Santo.


José, su esposo, como era justo y no quería exponerla a infamia, pensó repudiarla en secreto. Consideraba él estas cosas, cuando un ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo:


—José, hijo de David, no temas recibir a María, tu esposa, porque lo que en ella ha sido concebido es obra del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados.


Al despertarse, José hizo lo que el ángel del Señor le había ordenado.


JUNTO A SAN JOSE 


¿Cómo imaginaba san Josemaría a san José?


“Yo me lo imagino joven, fuerte, quizá con algunos años más que Nuestra Señora, pero en la plenitud de la edad y de la energía humana. Sabemos que no era una persona rica: era un trabajador, como millones de otros hombres en todo el mundo; ejercía el oficio fatigoso y humilde que Dios había escogido para sí, al tomar nuestra carne y al querer vivir treinta años como uno más entre nosotros.


La Sagrada Escritura dice que José era artesano. Varios Padres añaden que fue carpintero. De las narraciones evangélicas se desprende la gran personalidad humana de José: en ningún momento se nos aparece como un hombre apocado o asustado ante la vida; al contrario, sabe enfrentarse con los problemas, salir adelante en las situaciones difíciles, asumir con responsabilidad e iniciativa las tareas que se le encomiendan”. (Es Cristo que pasa, n. 40).


San José puede mucho con Santa María. Fue su esposo, es su esposo. Es la persona que más ha tratado a la Virgen y que más la ha querido, fuera de su Hijo, Dios Nuestro Señor. Y es san José el que más ha tratado a Dios. Por lo tanto, si quieres ir a la Virgen vete por san José, que te llevará de la mano (Catequesis en España, noviembre de 1972).


San José, hijo mío, es la criatura humana más excelente después de Santa María. No importa que el Señor echara todos los piropos al Bautista: no hay contradicción. Quiere mucho a San José; nosotros le amamos mucho en el Opus Dei, porque el Señor le escogió desde la eternidad para que le hiciera las veces de padre. Buscó un hombre joven, fuerte, bello en el alma y en el cuerpo, excelente en todas sus cualidades morales, trabajador; que no se sentía envilecido siendo de sangre real y dedicando sus manos a la labor diaria; que enseñó tantas cosas a Jesús y le protegió mientras fue niño. En el breviario y en las lecciones, en las lecturas, que recomienda la Iglesia antes y después de la celebración de la Misa, hay unas oraciones donde se habla del amor de San José para el Niño, de cómo lo abrazaría, de cómo lo besaría... Como tú con tus hijos. ¿Eres padre de familia?


- Sí, gracias a Dios.


- Dios te bendiga, hijo mío. Pues fíjate en la ternura de tu mujer y la tuya. Piensa en San José: ¿cómo no lo vamos a querer nosotros, que deseamos tener vida interior? La vida interior es el trato con María y con Jesús; el trato con Dios y con la Madre de Dios. ¿Quién ha tratado más a Dios y a la Madre de Dios que José, el Santo Patriarca? ¡Ninguno! Por eso le queremos tanto y acudimos a él. Y luego, porque es muy poderosa su intercesión... (Encuentro en el colegio Tabancura, Chile, 2 de julio de 1974).


Evidentemente el Señor, cuando escogió a su Madre desde la eternidad, ya pensó en aquel hombre que había de hacer las veces de padre. Y si a Ella la llenó -porque pudo y es decoroso que lo hiciera- de todas las gracias y de todos los privilegios..., inmediatamente después que a su Madre, a su padre.


Y el Señor nos ha dado la cabeza para discurrir y ha dicho: "Estos teologazos -por ejemplo, ese: que has hablado como un teólogo- dirán después, pensando por su cuenta, lo que yo no tengo necesidad de hacer que pongan en el Evangelio". Y de paso San José, aun siendo un personaje tan excelente -que, a mi juicio, viene después de la Santísima Virgen-, en el Evangelio desaparece: lo vemos un momentito y desaparece, para que nosotros seamos humildes, aunque estemos rodeados de tantas condiciones buenas como tendrás tú y otros que me escuchan aquí (Tertulia en el Auditorio de la Alameda, Chile, 4 de julio de 1974).


Debía de tener una autoridad extraordinaria. Luego, la pobreza...; eran pobres, pero eran relativamente pobres. ¿Me permitís que os diga que ser dueño de un borriquito en aquella época debía de ser una manifestación de cierta holgura? O sea que San José trabajaba para tener una casa bien… Era como disponer de una utilitaria -no sé cómo le llamáis aquí-, un coche barato. Esto es. Un borrico fue el trono de Jesús en Jerusalén, pero... nos parece muy modesto.


Volvamos a San José, hijo mío. Gracias por los piropos que has echado al Santo Patriarca San José. Tienes razón. No se entiende por qué pasa así de oscuro, pero en la Iglesia ha comenzado -desde el siglo XVI especialmente- una gran devoción. Yo se la tengo y mucha y la propago todo lo que puedo. Quiero decir por todos los sitios que, después de amar a Jesucristo y a Santa María, deberíamos amar mucho a San José, también por su humildad; porque esconde su gran autoridad. Jesús, sujeto a él; y María manifestaría también la misma sujeción, porque haría, por lo menos, lo que hacen vuestras mujeres: que exteriormente dicen “esto se hace porque quiere mi marido...”. La Madre de Dios lo haría por amor, por perfección, por virtud; manifestaría toda clase de veneración al jefe de la casa.


Quiere mucho a San José, que es verdaderamente poderoso. Y luego si quieres tener vida interior… La vida interior consiste en tratar a Dios; y a Dios Nuestro Señor y a la Madre de Dios nadie los ha tratado con más intimidad que San José. Cuando me obligáis a repetirlo todos los días, en estas tertulias, yo gozo. Lo invoco siempre, varias veces durante la jornada. No me importa nada decirlo. Si os puedo servir en eso, aunque no sea más que en eso... En otras cosas no os fijéis en mí, que no encontraréis más que pegas pero en eso, sí. Yo tengo mucho, mucho cariño a San José. Y le llamo mi Padre y mi Señor. Veo que tú estás tocado de la misma locura.


Te admira esa figura, colosal, que debe cumplir todo un programa divino en la tierra, y que se sabe esconder. A María la contemplamos junto al Señor y nos admira su poder, porque hace que Jesús ejecute el primer milagro. Sólo con advertir que falta vino -una indicación, una sugerencia-, “fecit initium signorum”, cuenta el evangelista “comenzó el Señor a obrar milagros”, ante una indicación de su Madre. José no aparece. Probablemente cuando el Señor va a la Pasión, San José ya estaba en el Cielo. O por lo menos esperando ir al Cielo con la resurrección de su Hijo. ¿Está claro? Eso lo dejaremos, porque la Iglesia no dice nada. Yo tengo un modo de pensar, que me callo. Un modo de pensar que se sujeta siempre al criterio de la Iglesia; pero imagino que la Iglesia, ni ahora ni dentro de veinte siglos, concretará nada de esto; porque no es necesario. De modo que tú, con tu cariño a San José, llénalo de preeminencias (Encuentro en el Auditorio de la Alameda, Chile, 4 de julio de 1974).


Hijos míos, que tengáis en el alma deseos ardientes de reparar por vuestros pecados, por los míos y por los de todo el mundo. Que vayáis al Señor confiadamente, que vayamos a su Madre, como un niño pequeño a la suya en la tierra, sabiendo que la del Cielo nos quiere mucho más. Que vayamos a San José. Amadlo cada día más. Yo he llegado a perder la vergüenza, y les digo ingenuidades de niño: “Jesús, María y José, que esté siempre con los tres”. ¡Vaya aleluya! Pero dicha con amor… estoy al lado de tres poderosos (Encuentro en Altoclaro, Venezuela, 12 de febrero de 1975).


Hay que ver lo que fue en su tiempo: un Patriarca; lo que era, la autoridad que tenía, reconocida a toda hora por Dios mismo y por la Madre de Dios. Este hombre me enamora por su pureza, por su amor al trabajo, por su valentía, por su obediencia a las mociones divinas… (Encuentro en Ciudad Vieja, Guatemala, 18 de febrero de 1975).


Yo soy práctico, también en la piedad. San José llevó adelante la familia de Nazaret, y llevará la tuya lo mismo. Adquiere una imagencita de San José, tenle devoción, enciéndele piadosamente una luz de cuando en cuando, como nuestras madres, como nuestras abuelas: todas las viejas devociones son actuales, no hay ni una que no sea actual. Poniendo por obra lo que te he dicho, ahora, al llegar a la casa donde vivo aquí, me encontraré con una imagen de la Virgen que han puesto muy bonita, y otra de San José. A la Madre de Dios le echaré un piropo, y a San José le encenderé tres velas de tu parte (Encuentro en el Teatro Coliseo, Argentina, 26 de junio de 1974).

1 de mayo de 2021

SAN JOSÉ OBRERO

 

— El trabajo, un don de Dios.

— Sentido humano y sobrenatural del trabajo.

— Amar el propio quehacer profesional.


I. Comerás el fruto de tu trabajo.... La Iglesia, al presentarnos hoy a San José como modelo, no se limita a valorar una forma de trabajo, sino la dignidad y el valor de todo trabajo humano honrado. En la Primera lectura de la Misa2 leemos la narración del Génesis en la que se muestra al hombre como partícipe de la Creación. También nos dice la Sagrada Escritura que puso Dios al hombre en el jardín del Edén para que lo cultivara y guardase3. El trabajo, desde el principio, es para el hombre un mandato, una exigencia de su condición de criatura y expresión de su dignidad. Es la forma en la que colabora con la Providencia divina sobre el mundo. Con el pecado original, la forma de esa colaboración, el cómo, sufrió una alteración: Maldita sea la tierra por tu causa -leemos también en el Génesis4-; con fatiga te alimentarás de ella todos los días de tu vida... Con el sudor de tu frente comerás el pan...


Lo que habría de realizarse de un modo apacible y placentero, después de la caída original se volvió dificultoso, y muchas veces agotador. Con todo, permanece inalterado el hecho de que la propia labor está relacionada con el Creador y colabora en el plan de redención de los hombres. Las condiciones que rodean al trabajo han hecho que algunos lo consideren como un castigo, o que se convierta, por la malicia del corazón humano cuando se aleja de Dios, en una mera mercancía o en «instrumento de opresión», de tal manera que en ocasiones se hace difícil comprender su grandeza y su dignidad. Otras veces, el trabajo se considera como un medio exclusivo de ganar dinero, que se presenta como fin único, o como manifestación de vanidad, de propia autoafirmación, de egoísmo..., olvidando el trabajo en sí mismo, como obra divina, porque es colaboración con Dios y ofrenda a Él, donde se ejercen las virtudes humanas y las sobrenaturales.


Durante mucho tiempo se despreció el trabajo material como medio de ganarse la vida, considerándolo como algo sin valor o envilecedor. Y con frecuencia observamos cómo la sociedad materialista de hoy divide a los hombres «por lo que ganan», por su capacidad de obtener un mayor nivel de bienestar económico, muchas veces desorbitado. «Es hora de que los cristianos digamos muy alto que el trabajo es un don de Dios, y que no tiene ningún sentido dividir a los hombres en diversas categorías según los tipos de trabajo, considerando unas tareas más nobles que otras. El trabajo, todo trabajo, es testimonio de la dignidad del hombre, de su dominio sobre la creación. Es ocasión de desarrollo de la propia personalidad. Es vínculo de unión con los demás seres, fuente de recursos para sostener a la propia familia; medio de contribuir a la mejora de la sociedad, en la que se vive, y al progreso de toda la Humanidad»5. Esto es lo que nos recuerda la fiesta de hoy6, al proponernos como modelo y patrono a San José, un hombre que vivió de su oficio, al que debemos recurrir con frecuencia para que no se degrade ni se desdibuje la tarea que tenemos entre manos, pues no raras veces, cuando se olvida a Dios, «la materia sale del taller ennoblecida, mientras que los hombres se envilecen»7. Nuestro trabajo, con ayuda de San José, debe salir de nuestras manos como una ofrenda gratísima al Señor, convertido en oración.


II. El Evangelio de la Misa8 nos muestra, una vez más, cómo a Jesús le conocen en Nazareth por su trabajo. Cuando vuelve Jesús a su tierra, sus vecinos decían: ¿No es este el hijo del carpintero? ¿No es su madre María?... En otro lugar se dice que Jesús siguió el oficio del que le hizo las veces de padre aquí en la tierra, como ocurre en tantas ocasiones: ¿No es este el carpintero, hijo de María?...9. El trabajo quedó santificado al ser asumido por el Hijo de Dios y, desde entonces, puede convertirse en tarea redentora, al unirlo a Cristo Redentor del mundo. La fatiga, el esfuerzo, las condiciones duras y difíciles, consecuencia del pecado original, se convierten con Cristo en valor sobrenatural inmenso para uno mismo y para toda la humanidad. Sabemos que el hombre ha sido asociado a la obra redentora de Jesucristo, «que ha dado una dignidad eminente al trabajo ejecutándolo con sus propias manos en Nazareth»10.


Cualquier trabajo noble puede llegar a ser tarea que perfecciona a quien lo realiza, a la sociedad entera, y puede convertirse, con todas sus incidencias, en medio para ayudar a otros a través de la comunión que existe entre todos los miembros del Cuerpo Místico de Cristo, que es la Iglesia. Pero para esto es necesario no olvidar el fin sobrenatural, además del humano, que deben tener todos los actos de la vida, incluso los que se presentan como más duros y difíciles: «el condenado a galeras bien sabe que rema con el fin de mover un barco, pero para reconocer que esto da sentido a su existencia, tendría que profundizar en el significado que el dolor y el castigo tiene para un cristiano; es decir, tendría que ver su situación como una posibilidad de identificarse con Cristo. Ahora bien, si por ignorancia o por desprecio no lo logra, llegará a odiar su “trabajo”. Un efecto similar puede darse cuando el fruto o el resultado del trabajo (no su retribución económica, sino lo que se ha “trabajado”, “elaborado” o “hecho”) se pierde en una lejanía de la que casi no se tiene noticia»11. ¡Cuántos cada mañana, por desgracia, se dirigen a su «trabajo» como si fueran a galeras! A remar para un barco que no saben a dónde va, ni siquiera les importa. Solo esperan el fin de semana y la paga mensual. Ese trabajo, evidentemente, no dignifica, no santifica, difícilmente servirá para desarrollar la propia personalidad y ser un bien para la sociedad.


Pensemos hoy, junto a San José, en el amor y aprecio que tenemos a nuestra tarea, el cuidado que ponemos en acabarla con perfección, la puntualidad, el prestigio profesional, el sosiego –no reñido con la urgencia– con que lo llevamos a cabo, la consideración y el respeto que tenemos por todo trabajo, la laboriosidad... Si nuestro quehacer está humanamente bien hecho, podremos decir con la liturgia de la Misa de hoy: Señor, Dios nuestro, fuente de misericordia, acepta nuestra ofrenda en la fiesta de San José obrero, y haz que estos dones se transformen en fuente de gracia para los que te invocan12.


III. La obra bien hecha es la que se lleva a cabo con amor. Apreciar la propia profesión, el oficio al que nos dedicamos es, quizá, el primer paso para dignificarlo y para elevarlo al plano sobrenatural. Debemos poner el corazón en lo que tenemos entre manos, y no hacerlo «porque no hay más remedio». «Aquel hombre, hijo mío, que vino a verme esta mañana –¿sabes?, el de la cazadora color de tierra– no es un hombre honesto (...). Este hombre ejerce la profesión de caricaturista en un periódico ilustrado. Esto le da de qué vivir; esto le ocupa las horas de la jornada. Y, sin embargo, él habla siempre con asco de su oficio, y me dice: “¡Si yo pudiera ser pintor! Pero me es indispensable dibujar esas tonterías para comer. ¡No mires los muñecos, chico, no los mires! Comercio puro...”. Quiere decir que él cumple únicamente por la ganancia. Y que ha dejado que su espíritu se vaya lejos de la labor que le ocupa las manos. Porque él tiene su labor por muy vil. Pero dígote, hijo, que si la faena de mi amigo es tan vil, si sus dibujos pueden ser llamados tonterías, la razón está justamente en que él no metió allí su espíritu. Cuando el espíritu en ella reside, no hay faena que no se vuelva noble y santa. Lo es la del caricaturista, como la del carpintero y la del que recoge las basuras (...). Hay una manera de dibujar caricaturas, de trabajar la madera (...), que revela que en la actividad se ha puesto amor, cuidado de perfección y armonía, y una pequeña chispa de fuego personal: eso que los artistas llaman estilo propio, y que no hay obra ni obrilla humana en que no pueda florecer. Manera de trabajar que es la buena. La otra, la de menospreciar el oficio, teniéndolo por vil, en lugar de redimirlo y secretamente transformarlo, es mala e inmoral. El visitante de la cazadora color de tierra es, pues, un hombre inmoral, porque no ama su oficio»13.


San José nos enseña a amar el oficio en el que empleamos tantas horas: el hogar, el laboratorio, el arado o el ordenador, el traer y llevar paquetes o el cuidar de la portería de aquel gran edificio... La categoría de un trabajo reside en su capacidad de perfeccionarnos humana y sobrenaturalmente, en las posibilidades que nos ofrece de sacar la familia adelante y de colaborar en obras buenas en favor de los hombres, en la ayuda que a través de él prestamos a la sociedad...


San José tuvo delante a Jesús mientras trabajaba. A veces le pedía que le sostuviera una madera mientras aserraba y, otras, le enseñaba a manejar el formón o la garlopa... Cuando estaba cansado miraba a su hijo, que era el Hijo de Dios, y aquella tarea adquiría un nuevo vigor porque sabía que con su trabajo estaba colaborando en los planes misteriosos, pero reales, de la salvación. Pidámosle hoy que nos enseñe a tener esa presencia de Dios que él tuvo mientras ejercía su oficio. No olvidemos a Santa María, a la que vamos a dedicar, con mucho amor, este mes de mayo que hoy comenzamos. No olvidemos ofrecer cada día alguna hora de trabajo o de estudio, más intensa, mejor acabada, en su honor.

14 de marzo de 2021

7° DOMINGO DE SAN JOSÉ


Séptimo dolor: Lo estuvieron buscando entre los parientes y conocidos, y al no hallarlo, volvieron a Jerusalén en su busca (Lc 2, 44-45).

Séptimo gozo: Al cabo de tres días lo hallaron en el Templo, sentado en medio de los doctores, escuchándolos y haciéndoles preguntas (Lc 2,46).


Septima reflexión para meditar durante los siete domingos de san José. Los temas propuestos son: Jesús trabajó junto a José; redescubrir el valor del trabajo; trabajo y oración, oración y trabajo.

- Jesús trabajó junto a José

- Redescubrir el valor del trabajo

- Trabajo y oración, oración y trabajo


EL EVANGELISTA san Lucas resume la infancia de Jesús diciendo que «el niño iba creciendo y fortaleciéndose lleno de sabiduría, y la gracia de Dios estaba en él» (Lc 2,40). Un poco después, sintetiza los años de adolescencia del Señor señalando que «Jesús crecía en sabiduría, en edad y en gracia delante de Dios y de los hombres» (Lc 2,52). Sorprende que todo un Dios omnipotente haya querido experimentar el proceso normal de crecimiento humano. El Dios-hombre vivió una vida muy similar a la de los demás habitantes de Nazaret. Aprendió la ley y el oficio de labios y manos de san José, quizá imitándolo. Aprendió también cómo leer y escribir, cómo tratar a las personas, cómo descansar… Las jornadas de Jesús –al igual que las de sus vecinos o las nuestras– habrán girado en buena medida alrededor de las relaciones familiares, de amistad y del trabajo. Tal vez aquel taller de su padre fue el lugar en el que el Mesías pasó la mayor cantidad de tiempo de su vida.

«Así vivió Jesús durante seis lustros: era fabri filius, el hijo del carpintero. Después vendrán los tres años de vida pública, con el clamor de las muchedumbres. La gente se sorprende: ¿quién es éste?, ¿dónde ha aprendido tantas cosas? Porque había sido la suya, la vida común del pueblo de su tierra»[1], muy parecida a la de san José. Esta realidad nos muestra cómo el trabajo forma parte del designio divino para el hombre. En el libro del Génesis se presenta al ser humano como custodio de la creación, capaz de transformar y embellecer el mundo, en continuación a cómo lo hace el creador. El trabajo es pues una realidad humana con la que podemos contribuir crear un ambiente, una ciudad, una nación en donde se facilite a los hombres un diálogo íntimo con Dios.


«PARA LA GRAN mayoría de los hombres, ser santo supone santificar el propio trabajo, santificarse en su trabajo, y santificar a los demás con el trabajo»[2]. Con estas palabras, el fundador del Opus Dei resumía una parte del mensaje que Dios le había confiado para recordar a los cristianos. «Santificar el trabajo» es la expresión que quizá llama más la atención. Por un lado, eso quiere decir hacerlo bien, con amor, cuidando los detalles, como cualquier persona honesta. Por otro, hacerlo sabiendo que en la materialidad de ese obrar podemos compartir el modo que tiene Dios de amar su creación, es decir, las personas y la realidad tangible en la que se desenvuelven. Ese modo se expresa en la cercanía, en la ternura, en infundir siempre de nuevo aliento de vida a las criaturas. Participar de esta misión nos lleva, de alguna manera, a ser contemplativos en medio del mundo. «Todas las obras de los hombres se hacen como en un altar –decía san Josemaría–, y cada uno de vosotros, en esa unión de almas contemplativas que es vuestra jornada, dice de algún modo su misa, que dura veinticuatro horas»[3].

Consecuencia lógica de este encuentro divino será hacerlo siempre para servir a los demás como hijos de Dios que son y para hacer de nuestro mundo un mundo mejor. «El trabajo es un elemento fundamental para la dignidad de una persona. El trabajo, por usar una imagen, nos “unge” de dignidad, nos colma de dignidad; nos hace semejantes a Dios, que trabajó y trabaja, actúa siempre»[4]. Sin embargo, también aquí ha dejado su huella el pecado, por ejemplo, cuando nuestro trabajo se vuelve un fin solo para alcanzar reconocimiento social o económico. «Es indispensable que el hombre no se deje dominar por el trabajo, que no lo idolatre, pretendiendo encontrar en él el sentido último y definitivo de la vida»[5]. San Juan Pablo II nos ponía en guardia también frente a la comprensión del trabajo «exclusivamente como mercancía, con una fría lógica de ganancia para poder adquirir bienestar, consumir y así seguir produciendo»[6]. Mirar a san José, maestro de Jesús en el trabajo, puede ayudarnos a redescubrir siempre el verdadero valor de nuestras tareas diarias; a no convertirlas solo en un fin terreno, sino a descubrir allí ese quid divinum, ese algo divino que nos une a Dios y nos sitúa ante los demás cómo intermediarios de los bienes y del cuidado –también material– de Dios hacia cada persona.


«SUELO DECIR con frecuencia –son palabras de san Josemaría– que, en estos ratos de conversación con Jesús, que nos ve y nos escucha desde el sagrario, no podemos caer en una oración impersonal; y comento que, para meditar de modo que se instaure enseguida un diálogo con el Señor –no se precisa el ruido de palabras–, hemos de salir del anonimato, ponernos en su presencia tal como somos (...). Pues ahora añado que también el trabajo tuyo debe ser oración personal, ha de convertirse en una gran conversación con nuestro Padre del cielo. Si buscas la santificación en y a través de tu actividad profesional, necesariamente tendrás que esforzarte en que se convierta en una oración sin anonimato»[7].

Hacer que cada hora de nuestro trabajo sea una hora de oración no es necesariamente cuestión de añadir plegarias vocales o recordatorios piadosos durante nuestro ejercicio profesional. Orar con nuestro trabajo es –además de alimentarlo con una vida interior cultivada en otros momentos– ser conscientes de que, en cierto sentido, somos las manos y los oídos del Señor que, a través de una determinada tarea material o intelectual, escuchan, atienden, cuidan de las personas y de la creación que se nos ha confiado.

De hecho, en una ocasión, preguntaban a san Josemaría: «Soy cirujano y tengo diez hijos. Hace quince años que el espíritu de la Obra es mi guía y mi fuerza. Pero hay días que el deber profesional, me roba el tiempo para todo. ¿Qué puedo hacer para seguir santificándome, y dirigir la casa como Dios quiere?». A lo que el fundador del Opus Dei contestaba: «Pero, tú, ¿qué haces cuando atiendes a los enfermos si no es una labor cuasi sacerdotal? ¡Casi eres un sacerdote, y tienes alma de sacerdote! A la vez que las heridas y las enfermedades del cuerpo, curas las del alma, tan sólo con tu mirada, con tu modo de tratar a los enfermos, con una palabra oportuna, con una sonrisa de afecto (...). De la mañana a la noche y de la nochea la mañana, tú estás con Dios»[8]. Por eso, con la fiesta del patriarca tan cercana, podemos acudir a él para que podamos colaborar con el Señor de la mejor manera a través de nuestro trabajo. «A él dirijamos nuestra oración: (...) Oh, bienaventurado José, muéstrate padre también a nosotros y guíanos en el camino de la vida. Concédenos gracia, misericordia y valentía»[9].

CARTA APOSTÓLICA PATRIS CORDE del SANTO PADRE FRANCISCO

7. Padre en la sombra

El escritor polaco Jan Dobraczyński, en su libro La sombra del Padre[24], noveló la vida de san José. Con la imagen evocadora de la sombra define la figura de José, que para Jesús es la sombra del Padre celestial en la tierra: lo auxilia, lo protege, no se aparta jamás de su lado para seguir sus pasos. Pensemos en aquello que Moisés recuerda a Israel: «En el desierto, donde viste cómo el Señor, tu Dios, te cuidaba como un padre cuida a su hijo durante todo el camino» (Dt 1,31). Así José ejercitó la paternidad durante toda su vida[25].

Nadie nace padre, sino que se hace. Y no se hace sólo por traer un hijo al mundo, sino por hacerse cargo de él responsablemente. Todas las veces que alguien asume la responsabilidad de la vida de otro, en cierto sentido ejercita la paternidad respecto a él.

En la sociedad de nuestro tiempo, los niños a menudo parecen no tener padre. También la Iglesia de hoy en día necesita padres. La amonestación dirigida por san Pablo a los Corintios es siempre oportuna: «Podrán tener diez mil instructores, pero padres no tienen muchos» (1 Co 4,15); y cada sacerdote u obispo debería poder decir como el Apóstol: «Fui yo quien los engendré para Cristo al anunciarles el Evangelio» (ibíd.). Y a los Gálatas les dice: «Hijos míos, por quienes de nuevo sufro dolores de parto hasta que Cristo sea formado en ustedes» (4,19).

Ser padre significa introducir al niño en la experiencia de la vida, en la realidad. No para retenerlo, no para encarcelarlo, no para poseerlo, sino para hacerlo capaz de elegir, de ser libre, de salir. Quizás por esta razón la tradición también le ha puesto a José, junto al apelativo de padre, el de “castísimo”. No es una indicación meramente afectiva, sino la síntesis de una actitud que expresa lo contrario a poseer. La castidad está en ser libres del afán de poseer en todos los ámbitos de la vida. Sólo cuando un amor es casto es un verdadero amor. El amor que quiere poseer, al final, siempre se vuelve peligroso, aprisiona, sofoca, hace infeliz. Dios mismo amó al hombre con amor casto, dejándolo libre incluso para equivocarse y ponerse en contra suya. La lógica del amor es siempre una lógica de libertad, y José fue capaz de amar de una manera extraordinariamente libre. Nunca se puso en el centro. Supo cómo descentrarse, para poner a María y a Jesús en el centro de su vida.

La felicidad de José no está en la lógica del auto-sacrificio, sino en el don de sí mismo. Nunca se percibe en este hombre la frustración, sino sólo la confianza. Su silencio persistente no contempla quejas, sino gestos concretos de confianza. El mundo necesita padres, rechaza a los amos, es decir: rechaza a los que quieren usar la posesión del otro para llenar su propio vacío; rehúsa a los que confunden autoridad con autoritarismo, servicio con servilismo, confrontación con opresión, caridad con asistencialismo, fuerza con destrucción. Toda vocación verdadera nace del don de sí mismo, que es la maduración del simple sacrificio. También en el sacerdocio y la vida consagrada se requiere este tipo de madurez. Cuando una vocación, ya sea en la vida matrimonial, célibe o virginal, no alcanza la madurez de la entrega de sí misma deteniéndose sólo en la lógica del sacrificio, entonces en lugar de convertirse en signo de la belleza y la alegría del amor corre el riesgo de expresar infelicidad, tristeza y frustración.

La paternidad que rehúsa la tentación de vivir la vida de los hijos está siempre abierta a nuevos espacios. Cada niño lleva siempre consigo un misterio, algo inédito que sólo puede ser revelado con la ayuda de un padre que respete su libertad. Un padre que es consciente de que completa su acción educativa y de que vive plenamente su paternidad sólo cuando se ha hecho “inútil”, cuando ve que el hijo ha logrado ser autónomo y camina solo por los senderos de la vida, cuando se pone en la situación de José, que siempre supo que el Niño no era suyo, sino que simplemente había sido confiado a su cuidado. Después de todo, eso es lo que Jesús sugiere cuando dice: «No llamen “padre” a ninguno de ustedes en la tierra, pues uno solo es su Padre, el del cielo» (Mt 23,9).

Siempre que nos encontremos en la condición de ejercer la paternidad, debemos recordar que nunca es un ejercicio de posesión, sino un “signo” que nos evoca una paternidad superior. En cierto sentido, todos nos encontramos en la condición de José: sombra del único Padre celestial, que «hace salir el sol sobre malos y buenos y manda la lluvia sobre justos e injustos» (Mt 5,45); y sombra que sigue al Hijo.




7 de marzo de 2021

6° DOMINGO DE SAN JOSE



Sexto dolor: El se levantó, tomó al niño y a su madre y regresó a la tierra de Israel. Pero al oír que Arquelao reinaba en Judea en lugar de su padre Herodes, temió ir allá (Mt 2, 21-22).

Sexto gozo: Y fue a vivir a una ciudad llamada Nazaret, para que se cumpliera lo dicho por los profetas: será llamado Nazareno (Mt 2,23).


- Dificultades y creatividad en la vida de José

- La actitud ante los problemas de una familia corriente

- Acoger la luz de Dios en lo ordinario


LA VIDA DE san José no estuvo libre de dificultades, grandes y pequeñas. De hecho, la costumbre de vivir de manera especial los siete domingos previos a su fiesta nace para contemplar sus siete gozos, pero también sus siete dolores. Por ejemplo, aquel cuando Jesús, a los doce años, se quedó en el Templo de Jerusalén sin que lo supieran sus padres. María, al encontrarlo tres días después, exclama: «¡Hijo, ¿por qué nos has hecho esto? Mira que tu padre y yo, angustiados, te buscábamos» (Lc 2,48). La Escritura es clara: san José había pasado muchas horas de tribulación, había experimentado la angustia de quien no halla lo más importante de su vida. También está, por ejemplo, aquel dolor del santo patriarca cuando el ángel le dice: «Levántate, toma al niño y a su madre, huye a Egipto y quédate allí hasta que yo te diga, porque Herodes va a buscar al niño para matarlo» (Mt 2,13). Son palabras fuertes, que asustan, más al ser recibidas en medio de la oscuridad de la noche.

¿Por qué un varón tan justo tenía que pasar por estos y otros momentos difíciles? ¿Por qué alguien que procura hacer las cosas con tanta delicadeza y honradez a veces puede parecer que experimenta incluso más dificultades que los demás? Al contemplar los problemas por los que pasó san José, como encontrar techo para Jesús o tener que vivir como forastero, muchas veces «nos preguntamos por qué Dios no intervino directa y claramente. Pero Dios actúa a través de eventos y personas. José era el hombre por medio del cual Dios se ocupó de los comienzos de la historia de la redención. Él era el verdadero “milagro” con el que Dios salvó al Niño y a su madre. El cielo intervino confiando en la valentía creadora de este hombre»[1].

San José sabía que las dificultades, además de que no son extrañas en los planes divinos, pueden ser momentos de crecimiento en intimidad con Dios y de crecimiento personal en muchos ámbitos. Aunque, lógicamente, no busquemos pasar por este tipo de circunstancias, estas inevitablemente llegan, y entonces el santo patriarca puede ser un buen modelo e intercesor; puede enseñarnos a sacar de nosotros la valentía y la creatividad para transformar nuestro entorno y nuestro corazón en un lugar más de Dios. Son momentos en los que el Señor tiene una especial misión para nosotros, aunque no siempre lo alcancemos a comprender del todo.


LOS PROBLEMAS DE Jesús, María y José también eran los problemas de una familia corriente, como los que solemos tener en la nuestra propia, a veces costosos: traslados entre ciudades, cambios de casa, pérdida de trabajo, amenazas, dudas... En tantos aspectos, la vida de san José fue una vida normal y eso lo hace cercano a nosotros. Por ejemplo, «el Evangelio no da ninguna información sobre el tiempo en que María, José y el Niño permanecieron en Egipto. Sin embargo, lo que es cierto es que habrán tenido necesidad de comer, de encontrar una casa, un trabajo. No hace falta mucha imaginación para llenar el silencio del Evangelio a este respecto. La Sagrada Familia tuvo que afrontar problemas concretos como todas las demás familias»[2]. Es verdad que Dios puede resolver muchos de esos conflictos, antes y ahora, pero en su divina sabiduría no ha querido hacerlo, nos lo ha dejado a nosotros. «De Dios es la sabiduría y la fuerza, suyos son la inteligencia y el consejo» (Jb 12,13). Su milagro son las capacidades que ha dado a cada uno, enriquecidas por los dones del Espíritu Santo.

San Josemaría también experimentó dificultades y sufrimiento para llevar adelante su misión de ser padre y guía de santos: la muerte sucesiva de tres hermanas pequeñas, la humillación de la bancarrota del negocio familiar, las incomprensiones de algunos parientes cercanos, el fallecimiento de su padre poco antes de recibir la ordenación sacerdotal, etc. Y, al mismo tiempo, el Señor lo bendijo con un temple humano y sobrenatural para hacer vida el proyecto que Dios le había encomendado. De esta manera actúa el Señor con los suyos. Seguro que también nosotros disponemos –con mayor o menor abundancia– de esos dones para «confirmar en las almas y en la sociedad la paz y la concordia: la tolerancia, la comprensión, el trato, el amor»[3].

Nos puede servir el ejemplo de san José, que era valiente, proactivo, atento, siempre dispuesto a poner en práctica los milagros ordinarios que Dios le pedía. Y también podemos fijarnos en la vida de san Josemaría; aunque nunca le faltaron los problemas, fue una profunda vida de fe la que hizo posible ver detrás de todo la mano de Dios, que nunca nos abandona.


SAN JOSEMARÍA enseñaba que la vida ordinaria puede ser ocasión de encuentro con Dios, con «algo santo, divino, escondido en las situaciones más comunes, que toca a cada uno de vosotros descubrir»[4]. Por tanto, la propia vida está imbuida de un sentido divino, no podemos ir hacia Dios sin encontrarnos con el milagro de lo ordinario. El Señor ha querido esconderse discretamente en las cosas normales de nuestro día, sin imposiciones, para dejarnos verdaderamente libres de buscarle. Y parte de la vida corriente son las pequeñas dificultades de cada día: eso que no salió como planeábamos, una relación que quisiéramos que sea mejor, las complejidades que surgen en nuestro trabajo, etc. «Cuando nos enfrentamos a un problema podemos detenernos y bajar los brazos, o podemos ingeniárnoslas de alguna manera. A veces las dificultades son precisamente las que sacan a relucir recursos en cada uno de nosotros que ni siquiera pensábamos tener»[5].

Estas circunstancias también pueden ser una ocasión para pedir más luz a Dios. Nos brindan la posibilidad de reforzar nuestro diálogo e intimidad con el Señor, para tomar fuerzas en llevar adelante su plan de amor en nuestras circunstancias. Así como José siempre recibió la palabra oportuna para afrontar las dificultades y cuidar así la Sagrada Familia, también nosotros podemos experimentar la cercanía y la voz del Señor que alienta e impulsa a brindar comprensión, paz, fortaleza, ánimo, a quien lo necesita. «De José debemos aprender el mismo cuidado y responsabilidad: amar al Niño y a su madre; amar los sacramentos y la caridad; amar a la Iglesia y a los pobres. En cada una de estas realidades está siempre el Niño y su madre»[6].

CARTA APOSTÓLICA PATRIS CORDE DEL SANTO PADRE FRANCISCO

6. Padre trabajador

Un aspecto que caracteriza a san José y que se ha destacado desde la época de la primera Encíclica social, la Rerum novarum de León XIII, es su relación con el trabajo. San José era un carpintero que trabajaba honestamente para asegurar el sustento de su familia. De él, Jesús aprendió el valor, la dignidad y la alegría de lo que significa comer el pan que es fruto del propio trabajo.

En nuestra época actual, en la que el trabajo parece haber vuelto a representar una urgente cuestión social y el desempleo alcanza a veces niveles impresionantes, aun en aquellas naciones en las que durante décadas se ha experimentado un cierto bienestar, es necesario, con una conciencia renovada, comprender el significado del trabajo que da dignidad y del que nuestro santo es un patrono ejemplar.

El trabajo se convierte en participación en la obra misma de la salvación, en oportunidad para acelerar el advenimiento del Reino, para desarrollar las propias potencialidades y cualidades, poniéndolas al servicio de la sociedad y de la comunión. El trabajo se convierte en ocasión de realización no sólo para uno mismo, sino sobre todo para ese núcleo original de la sociedad que es la familia. Una familia que carece de trabajo está más expuesta a dificultades, tensiones, fracturas e incluso a la desesperada y desesperante tentación de la disolución. ¿Cómo podríamos hablar de dignidad humana sin comprometernos para que todos y cada uno tengan la posibilidad de un sustento digno?

La persona que trabaja, cualquiera que sea su tarea, colabora con Dios mismo, se convierte un poco en creador del mundo que nos rodea. La crisis de nuestro tiempo, que es una crisis económica, social, cultural y espiritual, puede representar para todos un llamado a redescubrir el significado, la importancia y la necesidad del trabajo para dar lugar a una nueva “normalidad” en la que nadie quede excluido. La obra de san José nos recuerda que el mismo Dios hecho hombre no desdeñó el trabajo. La pérdida de trabajo que afecta a tantos hermanos y hermanas, y que ha aumentado en los últimos tiempos debido a la pandemia de Covid-19, debe ser un llamado a revisar nuestras prioridades. Imploremos a san José obrero para que encontremos caminos que nos lleven a decir: ¡Ningún joven, ninguna persona, ninguna familia sin trabajo!

21 de febrero de 2021

4° DOMINGO DE SAN JOSÉ



4° dolor: Simeón los bendijo, y dijo a María, su madre: Mira, éste ha sido puesto como signo de contradicción para que se descubran los pensamientos de muchos corazones (Lc 2, 34-35).

4° gozo: Porque han visto mis ojos tu salvación, la que preparaste ante todos los pueblos; luz para iluminar a las naciones (Lc 2, 30-31).


Cuarta reflexión para meditar durante los siete domingos de san José. Los temas propuestos son: ​cómo obedece san José; el recogimiento necesario para escuchar a Dios; con su obediencia anticipa la de Jesús.

 Cómo obedece san José

- El recogimiento necesario para escuchar a Dios

- Con su obediencia anticipa la de Jesús


DESPUÉS DE LA ANUNCIACIÓN del ángel a María, la tradición cristiana ha identificado una anunciación similar a José: «Hijo de David, no temas recibir a María, tu esposa, porque lo que en ella ha sido concebido es obra del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados» (Mt 1,20-21). El santo patriarca estuvo «siempre dispuesto a hacer la voluntad de Dios manifestada en su ley y a través de los cuatro sueños que tuvo»[1]. El hecho de que José haya escuchado los designios divinos mientras dormía, y los haya puesto rápidamente en práctica, nos habla de su sintonía permanente con Dios; es una manifestación de que la vida contemplativa nos lleva normalmente a descubrir los planes buenos del Padre y a querer asociarnos a ellos de manera magnánima. Este modo de proceder es el fundamento de la obediencia al Señor. De hecho, la palabra «obedecer» viene justamente de esa capacidad de escucha –ob audire–, de esa capacidad de oír de manera inteligente lo que otro tiene que decirme; en este caso, es Dios quien introduce a José en la grandeza de su obra misericordiosa de salvación.

Por eso, la obediencia está muy lejos del cumplimiento ciego. Un requisito para obedecer, en toda su riqueza, es saber escuchar, tener el espíritu abierto; solo el que piensa puede ser obediente. San Josemaría reflexionaba en estos términos durante una homilía del año 1963: «La fe de José no vacila, su obediencia es siempre estricta y rápida. Para comprender mejor esta lección que nos da aquí el Santo Patriarca, es bueno que consideremos que su fe es activa, y que su docilidad no presenta la actitud de la obediencia de quien se deja arrastrar por los acontecimientos. Porque la fe cristiana es lo más opuesto al conformismo, o a la falta de actividad y de energía interiores. José se abandonó sin reservas en las manos de Dios, pero nunca rehusó reflexionar sobre los acontecimientos, y así pudo alcanzar del Señor ese grado de inteligencia de las obras de Dios, que es la verdadera sabiduría»[2].

En las páginas del Antiguo Testamento encontramos varias veces que Dios habla en sueños; sucede, por ejemplo, con Adán, Jacob o Samuel. Son testimonios de personas que han querido estar en constante diálogo divino, han dejado que Dios les hablase en todas las circunstancias. Y esos sueños son también una muestra de que, a través de la auténtica obediencia, podremos captar nuevas dimensiones de la existencia, nuevos nombres, lugares y planes.


SABEMOS QUE DIOS nos habla; sabemos que está a nuestro lado y que nos convoca sin cesar para que nos unamos a su amor –con todo lo que somos– a través de situaciones muy concretas. El Señor se dirige a nosotros cada día, cada momento, a través de las personas que nos rodean y de los sucesos que atravesamos. En todo se esconde parte del plan divino que podemos personalmente descubrir y desarrollar. Una plegaria que Jesús repitió por lo menos dos veces al día, según las enseñanzas judías, era la oración Shemá Israel, que comienza así: «Escucha, Israel: el Señor es nuestro Dios» (Dt 6,4). Entonces y ahora, lo primero será percibir esa voz divina que nos llama. «San José, como ningún hombre antes o después de él, ha aprendido de Jesús a estar atento para reconocer las maravillas de Dios, a tener el alma y el corazón abiertos»[3].

Para oír la voz de Dios debemos aprender a hacer silencio, sobre todo interior. La Sagrada Escritura nos dice que el profeta Elías no escuchó a Yahvé en el viento poderoso, ni en terremoto, ni en el fuego, sino en «un susurro de brisa suave» (1R 19,12). La vida de oración requiere que acallemos las voces que nos distraen para poder escuchar a Dios y también a nuestra voz interior, para compartir allí nuestros deseos o capacidades. En esa intimidad descubrimos quiénes somos, aprendemos a entrar en diálogo con la voz de Dios y a identificarnos con ella.

Los evangelistas no nos han dejado constancia de ninguna de las palabras pronunciadas por san José, pero sí conocemos sus acciones, que son fruto de la obediencia a Dios, de aquella escucha inteligente y de ese diálogo en la intimidad de su alma. «El silencio de san José no manifiesta un vacío interior, sino, al contrario, la plenitud de fe que lleva en su corazón y que guía todos sus pensamientos y todos sus actos»[4]. Esta actitud del patriarca fue la que hizo posible que, a partir de aquellos cuatro sueños, Dios pudiera orientar el rumbo de su vida. El recogimiento y la sensibilidad de José para detectar los planes divinos hizo que pudiera custodiar a María y a Jesús de los peligros y conducirlos a lugares más seguros. También nosotros podemos fomentar esta actitud de silencio y escucha para acercar a nuestra vida la voz y los proyectos de Dios.


A SAN JOSEMARÍA le gustaba decir que en el Nuevo Testamento hay dos frases que, en muy pocas palabras, resumen lo que fue la vida de Jesús. Por un lado, san Pablo nos dice que Jesús fue «obediente hasta la muerte, y muerte de cruz» (Flp 2,8); por otro lado, el evangelio de san Lucas dice que Jesús «vino a Nazaret y les estaba sujeto» (Lc 2,51), refiriéndose a su crecimiento en el hogar de María y José. En ambos pasajes notamos que el Señor realizó su plan de salvación obedeciendo por amor a Dios Padre y a su familia terrena. San Juan Pablo II notaba que «esta obediencia nazarena de Jesús a María y a José ocupa casi todos los años que él vivió en la tierra, y constituye, por tanto, el período más largo de esa total e ininterrumpida obediencia (...). Pertenece así a la Sagrada Familia una parte importante de ese divino misterio, cuyo fruto es la redención del mundo»[5] .

En el ambiente familiar, con las personas que convivimos cada día, es donde aprendemos a escuchar y a obedecer, dentro de los planes de amor de Dios. Allí todos están en sintonía porque cada uno busca sinceramente el bien del otro. En la familia se experimenta el servicio mutuo, aprendemos a escuchar, a descubrir lo que conviene a todos. La obediencia es fruto del amor. Podemos imaginar con qué delicadeza José daría indicaciones a Jesús. Y, al mismo tiempo, podemos pensar cómo el Verbo encarnado desearía comprender y llevar a cabo, grata y gustosamente, lo que decía su padre terreno. En realidad «los tres miembros de esta familia se ayudan mutuamente a descubrir el plan de Dios. Rezaban, trabajaban, se comunicaban»[6].

Jesús habrá visto tantas veces el modo de desenvolverse de José en los años de Nazaret: hombre obediente por la fe. El santo patriarca obedeció y, de esa manera, anticipó la obediencia de Jesús hasta la cruz. La Sagrada Familia es una escuela en la podemos aprender que escuchar a Dios y asociarnos a su misión son dos caras de una misma moneda. Así comprenderemos «la fe de san José: plena, confiada, íntegra, manifestada en una entrega eficaz a la voluntad de Dios, en una obediencia inteligente»[7].


CARTA APOSTÓLICA PATRIS CORDE DEL SANTO PADRE FRANCISCO

4. Padre en la acogida

José acogió a María sin poner condiciones previas. Confió en las palabras del ángel. «La nobleza de su corazón le hace supeditar a la caridad lo aprendido por ley; y hoy, en este mundo donde la violencia psicológica, verbal y física sobre la mujer es patente, José se presenta como figura de varón respetuoso, delicado que, aun no teniendo toda la información, se decide por la fama, dignidad y vida de María. Y, en su duda de cómo hacer lo mejor, Dios lo ayudó a optar iluminando su juicio»[18].

Muchas veces ocurren hechos en nuestra vida cuyo significado no entendemos. Nuestra primera reacción es a menudo de decepción y rebelión. José deja de lado sus razonamientos para dar paso a lo que acontece y, por más misterioso que le parezca, lo acoge, asume la responsabilidad y se reconcilia con su propia historia. Si no nos reconciliamos con nuestra historia, ni siquiera podremos dar el paso siguiente, porque siempre seremos prisioneros de nuestras expectativas y de las consiguientes decepciones.

La vida espiritual de José no nos muestra una vía que explica, sino una vía que acoge. Sólo a partir de esta acogida, de esta reconciliación, podemos también intuir una historia más grande, un significado más profundo. Parecen hacerse eco las ardientes palabras de Job que, ante la invitación de su esposa a rebelarse contra todo el mal que le sucedía, respondió: «Si aceptamos de Dios los bienes, ¿no vamos a aceptar los males?» (Jb 2,10).

José no es un hombre que se resigna pasivamente. Es un protagonista valiente y fuerte. La acogida es un modo por el que se manifiesta en nuestra vida el don de la fortaleza que nos viene del Espíritu Santo. Sólo el Señor puede darnos la fuerza para acoger la vida tal como es, para hacer sitio incluso a esa parte contradictoria, inesperada y decepcionante de la existencia.

La venida de Jesús en medio de nosotros es un regalo del Padre, para que cada uno pueda reconciliarse con la carne de su propia historia, aunque no la comprenda del todo.

Como Dios dijo a nuestro santo: «José, hijo de David, no temas» (Mt 1,20), parece repetirnos también a nosotros: “¡No tengan miedo!”. Tenemos que dejar de lado nuestra ira y decepción, y hacer espacio —sin ninguna resignación mundana y con una fortaleza llena de esperanza— a lo que no hemos elegido, pero está allí. Acoger la vida de esta manera nos introduce en un significado oculto. La vida de cada uno de nosotros puede comenzar de nuevo milagrosamente, si encontramos la valentía para vivirla según lo que nos dice el Evangelio. Y no importa si ahora todo parece haber tomado un rumbo equivocado y si algunas cuestiones son irreversibles. Dios puede hacer que las flores broten entre las rocas. Aun cuando nuestra conciencia nos reprocha algo, Él «es más grande que nuestra conciencia y lo sabe todo» (1 Jn 3,20).

El realismo cristiano, que no rechaza nada de lo que existe, vuelve una vez más. La realidad, en su misteriosa irreductibilidad y complejidad, es portadora de un sentido de la existencia con sus luces y sombras. Esto hace que el apóstol Pablo afirme: «Sabemos que todo contribuye al bien de quienes aman a Dios» (Rm 8,28). Y san Agustín añade: «Aun lo que llamamos mal (etiam illud quod malum dicitur)»[19]. En esta perspectiva general, la fe da sentido a cada acontecimiento feliz o triste.

Entonces, lejos de nosotros el pensar que creer significa encontrar soluciones fáciles que consuelan. La fe que Cristo nos enseñó es, en cambio, la que vemos en san José, que no buscó atajos, sino que afrontó “con los ojos abiertos” lo que le acontecía, asumiendo la responsabilidad en primera persona.

La acogida de José nos invita a acoger a los demás, sin exclusiones, tal como son, con preferencia por los débiles, porque Dios elige lo que es débil (cf. 1 Co 1,27), es «padre de los huérfanos y defensor de las viudas» (Sal 68,6) y nos ordena amar al extranjero[20]. Deseo imaginar que Jesús tomó de las actitudes de José el ejemplo para la parábola del hijo pródigo y el padre misericordioso (cf. Lc 15,11-32).

14 de febrero de 2021

TERCER DOMINGO DE SAN JOSE

 

Tercer dolor: Cuando se cumplieron los ocho días para circuncidarle, le pusieron por nombre Jesús, como lo había llamado el ángel antes de que fuera concebido en el seno materno (Lc 2,21).

Tercer gozo: Dará a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados (Mt 1, 21).


- San José enseña a Jesús

- Jesús escucha la ley de labios de José

- José experimenta la ternura de Dios


VER CÓMO CRECEN los hijos es una de las alegrías más grandes que ofrece la vida. Ese gozo lo experimentó san José al ver que Jesús crecía «en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres» (Lc 2,52). La misión principal de los padres es preparar a los hijos para que ellos, a su vez, puedan encontrar y llevar adelante la suya propia. José, a través de su tierno cuidado, preparó a Jesús en sus primeros pasos en la tierra. Por eso, durante su vida oculta y durante su vida pública, «Jesús debía parecerse a José: en el modo de trabajar, en rasgos de su carácter, en la manera de hablar. En el realismo de Jesús, en su espíritu de observación, en su modo de sentarse a la mesa y de partir el pan, en su gusto por exponer la doctrina de una manera concreta, tomando ejemplo de las cosas de la vida ordinaria, se refleja lo que ha sido la infancia y la juventud de Jesús y, por tanto, su trato con José»[1].

«En la sinagoga, durante la oración de los Salmos, José ciertamente habrá oído el eco de que el Dios de Israel es un Dios de ternura»[2]. Y esa fue su actitud de padre con Jesús. El santo patriarca probablemente no acompañó a su hijo cuando ya eran visibles algunas manifestaciones de la llegada del Reino de Dios: cuando le siguen numerosos discípulos, durante las milagrosas curaciones o cuando las multitudes escuchan las palabras de quien él había visto crecer. San José, al contrario, siempre se desenvolvió en la discreción de la educación familiar, en ese ámbito tan doméstico, tan escondido pero a la vez tan fecundo y lleno de amor. Los frutos de aquellos años no tardaron en llegar: «Ese Jesús que es hombre, que habla con el acento de una región determinada de Israel, que se parece a un artesano llamado José, ése es el Hijo de Dios. Y ¿quién puede enseñar algo a Dios? Pero es realmente hombre, y vive normalmente: primero como niño, luego como muchacho, que ayuda en el taller de José; finalmente como un hombre maduro, en la plenitud de su edad»[3]. La ternura de José sigue viva a través de aquel Hijo que creció bajo su techo y que tanto se le parece.


LA ENSEÑANZA de la ley de Moisés era obligación y privilegio del padre de familia. Por eso, fue José quien tuvo la peculiar tarea de enseñar al Mesías la historia de Israel y la fe de la Alianza. María y su esposo veían que Jesús era un niño como tantos otros pero, a la vez, sabían que todo el misterio de Dios habitaba en él. A ellos les fue confiada la responsabilidad de poner el nombre de «Jesús» a la segunda persona de la Santísima Trinidad encarnada y de educarlo en la tradición del pueblo elegido. El profeta escribe: «Cuando Israel era niño, Yo lo amé, y de Egipto llamé a mi hijo (...). Era para ellos como quien alza a un niño hasta sus mejillas, y me inclinaba a él y le daba de comer» (Os 11,1-4). Si la tradición cristiana ha visto en este oráculo la referencia a Cristo, se puede ver también una referencia a María y a José. El amor de Dios a Israel se compara al amor de un padre y de una madre hacia su hijo. Era Dios quien cuidaba siempre de su Hijo, pero lo hacía a través de la Sagrada Familia; es Dios quien enseña, pero a través de los hombres.

Un niño pequeño en Israel pasaría la mayor parte de su tiempo jugando con otros chicos de su edad en la calle o en las plazas. «Las plazas de la ciudad se llenarán de niños y niñas jugando en ellas» (Za 8,5), dice el profeta; y el Señor habla también de los niños que se sientan en las plazas (cfr. Mt 11,16). La vida en Nazaret era una vida al aire libre. En este contexto, los padres impartían a sus pequeños los primeros rudimentos de la instrucción en la fe: «Escucha, hijo mío, la instrucción de tu padre, y no abandones la enseñanza de tu madre, que son diadema de gracia para tu cabeza y collares para tu cuello» (Pr 1,8). Jesús Niño grababa en su corazón las enseñanzas de José y las instrucciones de María. Esas enseñanzas que daba san José a su hijo son lo que hoy llamamos «catequesis familiar», la transmisión de la fe, tanto vivida como en palabras. «El hogar debe seguir siendo el lugar donde se enseñe a percibir las razones y la hermosura de la fe, a rezar y a servir al prójimo»[4]. Es en ese clima familiar en donde Dios, imperceptiblemente, entra a formar parte de la vida de los hijos; aquellas primeras oraciones y manifestaciones de piedad que hemos heredado permanecen para siempre en lo más profundo de nuestra alma.


SANTA MARÍA y san José no solamente enseñaron a Cristo las costumbres y la ley de Moisés sino que, descubriendo el misterio de Dios en su Hijo, se dieron cuenta de que ellos mismos aprenderían mucho de Jesús. El evangelista san Lucas nos repite dos veces que María guardaba y meditaba en su corazón los acontecimientos y las palabras de su Hijo. ¡Qué importancia tiene saber mirar y escuchar, de un modo similar a como lo hicieron la Virgen Santísima y su esposo José!

Cuántas veces, al ver a Jesús, el santo patriarca se habrá asombrado pensando: ¡qué bueno es Dios! ¡Qué amable y tierno! ¡Qué paciente y cercano a nosotros! La paciencia y la comprensión son características fundamentales que todo padre –y, en general, todo maestro– debe tener, especialmente ante los defectos propios y ajenos; pues «debemos aprender a aceptar nuestra debilidad con intensa ternura. El Maligno nos hace mirar nuestra fragilidad con un juicio negativo»[5]. Al contrario, debemos descubrir, una y otra vez, lo positivo en nosotros y en los demás, pues así se acerca Dios a nuestra vida: «La verdad que viene de Dios no nos condena, sino que nos acoge, nos abraza, nos sostiene, nos perdona. La verdad siempre se nos presenta como el Padre misericordioso de la parábola: viene a nuestro encuentro, nos devuelve la dignidad, nos pone nuevamente de pie»[6]. No hay nada que anime más a mejorar la conducta que el aliento, la palabra amable, la comprensión ante la debilidad.

San José aprendió de su hijo, que era Dios, a ver el mundo con compasión y ternura. Decía san Josemaría: «José era un gran cariño de Jesucristo; María era su Madre, a la que quería con locura. Pues vamos a tener nosotros una devoción grande a San José, una devoción tierna, delicada, fina, afectuosa. Le llamamos Padre y Señor nuestro: ¡pues vayamos a él como hijos, constantemente! Y, por él, a María, dialogando con los dos. ¿Habéis visto esas representaciones de la Sagrada Familia con el Niño en el centro, la Virgen a la derecha y San José a la izquierda, dándose la mano? Pues esta vez somos nosotros los que nos cogemos de la mano de María y de José, y así nos llevarán hasta Jesús»[7].

CARTA APOSTÓLICA PATRIS CORDE DEL SANTO PADRE FRANCISCO

3. Padre en la obediencia

Así como Dios hizo con María cuando le manifestó su plan de salvación, también a José le reveló sus designios y lo hizo a través de sueños que, en la Biblia, como en todos los pueblos antiguos, eran considerados uno de los medios por los que Dios manifestaba su voluntad[13].

José estaba muy angustiado por el embarazo incomprensible de María; no quería «denunciarla públicamente»[14], pero decidió «romper su compromiso en secreto» (Mt 1,19). En el primer sueño el ángel lo ayudó a resolver su grave dilema: «No temas aceptar a María, tu mujer, porque lo engendrado en ella proviene del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados» (Mt 1,20-21). Su respuesta fue inmediata: «Cuando José despertó del sueño, hizo lo que el ángel del Señor le había mandado» (Mt 1,24). Con la obediencia superó su drama y salvó a María.

En el segundo sueño el ángel ordenó a José: «Levántate, toma contigo al niño y a su madre, y huye a Egipto; quédate allí hasta que te diga, porque Herodes va a buscar al niño para matarlo» (Mt 2,13). José no dudó en obedecer, sin cuestionarse acerca de las dificultades que podía encontrar: «Se levantó, tomó de noche al niño y a su madre, y se fue a Egipto, donde estuvo hasta la muerte de Herodes» (Mt 2,14-15).

En Egipto, José esperó con confianza y paciencia el aviso prometido por el ángel para regresar a su país. Y cuando en un tercer sueño el mensajero divino, después de haberle informado que los que intentaban matar al niño habían muerto, le ordenó que se levantara, que tomase consigo al niño y a su madre y que volviera a la tierra de Israel (cf. Mt 2,19-20), él una vez más obedeció sin vacilar: «Se levantó, tomó al niño y a su madre y entró en la tierra de Israel» (Mt 2,21).

Pero durante el viaje de regreso, «al enterarse de que Arquelao reinaba en Judea en lugar de su padre Herodes, tuvo miedo de ir allí y, avisado en sueños —y es la cuarta vez que sucedió—, se retiró a la región de Galilea y se fue a vivir a un pueblo llamado Nazaret» (Mt 2,22-23).

El evangelista Lucas, por su parte, relató que José afrontó el largo e incómodo viaje de Nazaret a Belén, según la ley del censo del emperador César Augusto, para empadronarse en su ciudad de origen. Y fue precisamente en esta circunstancia que Jesús nació y fue asentado en el censo del Imperio, como todos los demás niños (cf. Lc 2,1-7).

San Lucas, en particular, se preocupó de resaltar que los padres de Jesús observaban todas las prescripciones de la ley: los ritos de la circuncisión de Jesús, de la purificación de María después del parto, de la presentación del primogénito a Dios (cf. 2,21-24)[15].

En cada circunstancia de su vida, José supo pronunciar su “fiat”, como María en la Anunciación y Jesús en Getsemaní.

José, en su papel de cabeza de familia, enseñó a Jesús a ser sumiso a sus padres, según el mandamiento de Dios (cf. Ex 20,12).

En la vida oculta de Nazaret, bajo la guía de José, Jesús aprendió a hacer la voluntad del Padre. Dicha voluntad se transformó en su alimento diario (cf. Jn 4,34). Incluso en el momento más difícil de su vida, que fue en Getsemaní, prefirió hacer la voluntad del Padre y no la suya propia[16] y se hizo «obediente hasta la muerte […] de cruz» (Flp 2,8). Por ello, el autor de la Carta a los Hebreos concluye que Jesús «aprendió sufriendo a obedecer» (5,8).

Todos estos acontecimientos muestran que José «ha sido llamado por Dios para servir directamente a la persona y a la misión de Jesús mediante el ejercicio de su paternidad; de este modo él coopera en la plenitud de los tiempos en el gran misterio de la redención y es verdaderamente “ministro de la salvación”»[17].