"Hago todos los días mi "ratito" de oración: ¡si no fuera por eso!" (Camino, 106)

20 de agosto de 2022

PUERTA DEL CIELO

 



Evangelio (Mt 23, 1-12)


Entonces Jesús habló a las multitudes y a sus discípulos diciendo:


—En la cátedra de Moisés se han sentado los escribas y los fariseos. Haced y cumplid todo cuanto os digan; pero no obréis como ellos, pues dicen pero no hacen. Atan cargas pesadas e insoportables y las echan sobre los hombros de los demás, pero ellos ni con uno de sus dedos quieren moverlas. Hacen todas sus obras para que les vean los hombres. Ensanchan sus filacterias y alargan sus franjas. Anhelan los primeros puestos en los banquetes, los primeros asientos en las sinagogas y que les saluden en las plazas, y que la gente les llame rabbí. Vosotros, al contrario, no os hagáis llamar rabí, porque sólo uno es vuestro maestro y todos vosotros sois hermanos. No llaméis padre vuestro a nadie en la tierra, porque sólo uno es vuestro Padre, el celestial. Tampoco os dejéis llamar doctores, porque vuestro doctor es uno sólo: Cristo. Que el mayor entre vosotros sea vuestro servidor. El que se ensalce será humillado, y el que se humille será ensalzado”.


Comentario


Las palabras que el Señor pronuncia en el evangelio de hoy son duras. Son una denuncia clara y directa de un comportamiento que no es agradable a Dios: la hipocresía.


La cuestión es que la hipocresía tampoco es bien vista a ojos humanos. Por eso, es muy fácil empatizar con lo que dice Jesús y darle la razón. Sin embargo, lo que no es tan fácil es examinar el propio corazón y plantearse hasta qué punto lo que dice el Señor se nos aplica a nosotros. Porque la hipocresía es tan desagradable como sutil.


Atan cargas pesadas e insoportables. Podríamos preguntarnos: ¿mi vida, mis palabras, mis actitudes, hacen más fácil y andadero el camino de la santidad para los demás, o por el contrario lo hacen más insoportable? ¿La imagen del cristianismo que resulta de mi forma de comportarme es la de una carga pesada o la de un camino de felicidad?


Sin duda, es muy fácil decirle a los hijos, o al cónyuge, o a un hermano, que deben comportarse de determinada manera. Sin embargo, ¿lo hacemos nosotros? ¿Perciben los demás, no por nuestras palabras, sino por nuestras obras, la importancia de sonreír siempre, de tratar bien a todos, de no criticar a nadie a sus espaldas, de no decir mentiras?


San Josemaría cultivó a lo largo de su vida un deseo, al cual nos invitaba a sumarnos: “pongamos generosamente nuestro corazón en el suelo, de modo que los otros pisen en blando, y les resulte más amable su lucha” (Amigos de Dios, n. 228). Es a eso a lo que nos estimula Jesús con sus palabras: a darnos cuenta de que no estamos aquí para hacer más difícil la vida de los demás. Estamos llamados a ser facilitadores de la santidad de todos los que nos rodean.


¿Cuál es el mejor modo de hacerlo? Que el mayor entre vosotros sea vuestro servidor. En primer lugar, con nuestro ejemplo, con nuestra caridad traducida en obras de servicio.


Así lo entendió también san Pablo: “llevad los unos las cargas de los otros y así cumpliréis la ley de Cristo” (Gálatas 6, 2). Los fariseos aumentaban la carga de los demás, nosotros estamos llamados a aligerarla, tal como hace el Señor (cfr. Mateo 11, 28).


El que se ensalce será humillado, y el que se humille será ensalzado. María Santísima nos enseña que la humildad no se trata simplemente de sentirse humildes: se trata de poner real y efectivamente nuestra vida al servicio de los demás. Es por eso que Ella se convirtió en la mejor facilitadora del camino hacia Dios, hasta el punto de que la Iglesia la invoca como Puerta del Cielo.

19 de agosto de 2022

La ley perfecta de la libertad

 



Evangelio (Mt 22, 34-40)


“En aquel tiempo, los fariseos, al oír que había hecho callar a los saduceos, se pusieron de acuerdo, y uno de ellos, doctor de la ley, le preguntó para tentarle:


—Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la Ley?


Él le respondió: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con toda tu mente”. Éste es el mayor y el primer mandamiento. El segundo es como éste: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos dependen toda la Ley y los Profetas”.


Comentario


Por algún motivo, a los hombres nos cuesta creer a Dios, aceptar sus palabras. Nos dice las cosas una y otra vez, y sin embargo, parece como si no entendiéramos, o no quisiéramos entender. Le hacemos explicar lo mismo de manera reiterada.


La historia se repite desde Adán y Eva hasta hoy. A ellos se les dijo que tomar el fruto de un árbol les acarrearía la muerte, y sin embargo, lo hicieron. Las consecuencias se siguen notando todavía hoy.


Algo parecido sucede con los mandamientos. Hoy vemos que a Jesús se le cuestiona sobre cuál es el principal entre todos. Y el Señor no hace más que invocar la Shemá Israel, que todos los judíos aprendían desde niños y que tenían en los labios desde hace siglos: “Escucha, Israel: el Señor es nuestro Dios, el Señor es Uno. Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas” (Deuteronomio 6, 5). A esto añade otro precepto antiguo: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Levítico 19, 18).


Sabemos que la respuesta de Jesús es consecuencia de una pregunta que le hicieron para tentarle. Lamentablemente, muchas veces nosotros no estamos exentos de ese comportamiento.


¿No tenemos acaso todo lo que se ordena a nuestra salvación puesto por escrito y en la tradición? Tenemos la Sagrada Escritura, el Catecismo de la Iglesia, el Magisterio de los Romanos Pontífices. Tenemos, además, la posibilidad de acceder a los sacramentos y a la dirección espiritual. La vía la tenemos trazada, y sin embargo, no nos dejamos convencer por ella. Dios nos habla muchas veces y de muchos modos (cfr. Hebreos 1, 1), pero nosotros seguimos haciendo preguntas que ya están contestadas.


Por eso, el evangelio de hoy puede ser una llamada para que atendamos la invitación del apóstol Santiago: “quien considera atentamente la ley perfecta de la libertad y persevera en ella — no como quien la oye y luego se olvida, sino como quien la pone por obra — ése será bienaventurado al llevarla a la práctica” (Santiago 1, 25). De eso se trata la vida del cristiano: de conducirse por una lex perfecta libertatis, lo cual requiere estudiarla y asimilarla a fondo en la propia vida.


Lo que nos da libertad es amar a Dios y al prójimo, y es eso lo que nos lleva a la felicidad. Ese es el motivo por el cual el Señor nos da mandamientos. De hecho, antes de otorgar el precepto, Él mismo anuncia cuál es el destino de los que así viven: “ Escucha, pues, Israel, y esmérate en cumplir lo que te hará feliz” (Deuteronomio 6, 3). Ojalá nos convenzamos por fin.

18 de agosto de 2022

PRENDA DE VIDA ETERNA

 



Evangelio (Mt 22, 1-14)


En aquel tiempo, Jesús volvió a hablar en parábolas a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo, diciendo:


El Reino de los Cielos es como un rey que celebró las bodas de su hijo, y envió a sus siervos a llamar a los invitados a las bodas; pero éstos no querían acudir. Nuevamente envió a otros siervos diciéndoles: «Decid a los invitados: mirad que tengo preparado ya mi banquete, se ha hecho la matanza de mis terneros y mis reses cebadas, y todo está a punto; venid a las bodas». Pero ellos, sin hacer caso, se marcharon: quien a su campo, quien a su negocio. Los demás echaron mano a los siervos, los maltrataron y los mataron. El rey se encolerizó, y envió a sus tropas a acabar con aquellos homicidas y prendió fuego a su ciudad.


Luego les dijo a sus siervos: «Las bodas están preparadas pero los invitados no eran dignos. Así que marchad a los cruces de los caminos y llamad a las bodas a cuantos encontréis». Los siervos salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos; y se llenó de comensales la sala de bodas.


Entró el rey para ver a los comensales, y se fijó en un hombre que no vestía traje de boda; y le dijo: «Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin llevar traje de boda?» Pero él se calló. Entonces el rey les dijo a los servidores: «Atadlo de pies y manos y echadlo a las tinieblas de afuera; allí habrá llanto y rechinar de dientes». Porque muchos son los llamados, pero pocos los elegidos”.


Comentario


Las parábolas de Jesús son de una riqueza inagotable y de ninguna nos podemos sentir eximidos. Nadie puede decir: “no, esta parábola no tiene nada que ver conmigo”. Cada una es una invitación directa del Señor para que revisemos el estado de nuestra alma.


La que nos encontramos en el evangelio de hoy admite muchos niveles de lectura, pero esta vez podemos fijarnos en un detalle: el hecho de que un rey prepara un banquete para celebrar la boda de su hijo. ¿Quién es ese Rey? Dios Padre. ¿Quién es el Hijo? Evidentemente, Jesucristo. ¿Quién es la novia? La Iglesia.


Por lo tanto, ¿cuál es ese banquete? La Santa Misa.


Todos los días, justo antes de la comunión, escuchamos de boca del sacerdote: este es el cordero de Dios, que quita el pecado del mundo, dichosos los invitados a la cena del Señor. Estas palabras son una combinación de lo que dice san Juan Bautista a sus discípulos (cfr. Juan 1, 29) y lo que se proclama casi al final del Apocalipsis: “bienaventurados los llamados a la cena de las bodas del Cordero” (19, 9).


No perdamos de vista que el Señor está contando esta parábola a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo, es decir, a la gente considerada piadosa. Por eso, es importantísimo que los que intentamos vivir la Eucaristía diariamente nos sintamos interpelados por estas palabras de Jesús. En cada Misa el Señor espera que asistamos con las debidas disposiciones.


Porque, si hacemos un examen sincero, nos daremos cuenta de que a veces estamos en la Misa de cuerpo presente, pero nuestra cabeza está en otro lado: se marcharon, quien a su campo, quien a su negocio. Mientras suceden las Bodas del Cordero, tantas veces nosotros estamos pensando en nuestras triviales preocupaciones.


O también podemos ser ese hombre que no vestía traje de boda, ya sea porque nuestra apariencia externa parece delatar que no le damos la importancia que tiene, ya sea porque no hemos dedicado la atención suficiente a la preparación remota y próxima del alma, cuidando la confesión frecuente y la oración diaria.


En cualquier caso, el evangelio de hoy se nos presenta como una ocasión estupenda para volver a descubrir que la Eucaristía es pignus vitae eternae: prenda (que es sinónimo de garantía) de la vida eterna. Vivir la Misa como lo que es, como el Ci

17 de agosto de 2022

“¡Vale la pena!” (II): Bendito quien confía en el Señor


Evangelio (Mt 20, 1-16)


El Reino de los Cielos es como un hombre, dueño de una propiedad, que salió al amanecer a contratar obreros para su viña. Después de haber convenido con los obreros en un denario al día, los envió a su viña. Salió también hacia la hora tercia y vio a otros que estaban en la plaza parados, y les dijo: «Id también vosotros a mi viña y os daré lo que sea justo». Ellos marcharon. De nuevo salió hacia la hora sexta y de nona e hizo lo mismo. Hacia la hora undécima volvió a salir y todavía encontró a otros parados, y les dijo: «¿Cómo es que estáis aquí todo el día ociosos?». Le contestaron: «Porque nadie nos ha contratado». Les dijo: «Id también vosotros a mi viña».


A la caída de la tarde le dijo el amo de la viña a su administrador: «Llama a los obreros y dales el jornal, empezando por los últimos hasta llegar a los primeros». Vinieron los de la hora undécima y percibieron un denario cada uno. Y cuando llegaron los primeros pensaron que cobrarían más, pero también ellos recibieron un denario cada uno. Al recibirlo, se pusieron a murmurar contra el dueño: «A estos últimos que han trabajado sólo una hora los has hecho iguales a nosotros, que hemos soportado el peso del día y del calor». Él le respondió a uno de ellos: «Amigo, no te hago ninguna injusticia; ¿acaso no conviniste conmigo en un denario? Toma lo tuyo y vete; quiero dar a este último lo mismo que a ti. ¿No puedo yo hacer con lo mío lo que quiero? ¿O es que vas a ver con malos ojos que yo sea bueno?». Así los últimos serán primeros y los primeros últimos


PARA TU ORACION PERSONAL


En algún dispositivo para escuchar música, cuando se describen sus características, quizás hemos visto marcadas las letras «hi-fi». La high fidelity, alta fidelidad, es garantía de que el sonido que reproduce se acerca mucho al original. El objetivo, tanto del reproductor como de quien escucha, es poder tener contacto con el sonido inicial, con la primera grabación, sin alterarla. Es la fidelidad comprendida como exactitud, como la capacidad de mantener algo intacto. Sin embargo, en la cultura del antiguo Medio Oriente, en la que tuvo lugar la revelación de Dios al pueblo de Israel, la manera de comprender la fidelidad tiene algunas diferencias con respecto a este uso. La fidelidad no se asocia a la precisión, sino que se pone el énfasis en otros aspectos como son la solidez, estabilidad o permanencia a lo largo del tiempo; la confiabilidad, la lealtad y la veracidad. Además, en el lenguaje bíblico la fidelidad también está estrechamente vinculada con la misericordia paternal de Dios, un ámbito donde no tiene mucho sentido hablar de exactitud.


No como los otros dioses


Si buscamos en la Sagrada Escritura una definición completa de fidelidad, no la encontraremos. En cambio, si acudimos a los libros sagrados preguntándonos quién es fiel, tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento nos responden de manera rotunda: fiel es Dios (cfr. Dt 32,4; 1 Co 1,9; 1 Ts 5,24 y otros). ¿Qué quiere decir que Dios sea fiel? ¿Por qué la fidelidad es una característica del Señor tan repetidamente afirmada?


Por una parte, el Dios de Israel es fiel en contraste con los dioses de los pueblos vecinos. «Dios es el fundamento de la esperanza; pero no cualquier dios»[1]. Los mitos paganos nos muestran dioses que se comportan de manera voluble y caprichosa; a veces son buenos, a veces son malos, nunca se sabe cómo van a reaccionar. Por lo tanto, no es razonable confiar en ellos. En Egipto y Mesopotamia, por ejemplo, era frecuente representar a los dioses con forma de toro, león, águila, dragón, o de otros animales. En consecuencia, el culto a estas divinidades estaba empapado de actitudes que se asemejan a lo que haríamos frente a una bestia amenazante: satisfacer su hambre, aplacar su cólera, o simplemente no interrumpir su descanso.


No sucede así en Israel. La ley mosaica, por su parte, prohíbe representar al Señor con figuras de cualquier tipo (cfr. Ex 20,4; Lv 19,4). El Dios de Israel acepta sacrificios y ofrendas, pero no lo hace porque padezca necesidad o porque de ello dependa su ánimo (cfr. Sal 50,7-15; Dn 14,1-27). Que el Señor sea fiel, en contraste con los falsos dioses, significa que no es caprichoso ni inconstante, que podemos intuir, de alguna manera, cómo va a actuar. Al mismo tiempo, esta fidelidad no implica que el Señor siga un patrón uniforme de conducta o que su modo de intervenir en la historia sea repetitivo. Dios es libre, trascendente y soberano, «es todo el movimiento y toda la belleza y toda la grandeza»[2], así que su fidelidad a la alianza no excluye la novedad (cfr. Is 43,16-19). Puede sorprendernos o desconcertarnos. Dice Dios por boca del profeta Isaías: «Mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos, mis caminos —oráculo del Señor—. Tan elevados como son los cielos sobre la tierra, así son mis caminos sobre vuestros caminos y mis pensamientos sobre vuestros pensamientos» (Is 55,8-9). Dios siempre salva a su pueblo, pero no lo hace siempre de la misma manera. Por eso «él siempre puede, con su novedad, renovar nuestra vida y nuestra comunidad y, aunque atraviese épocas oscuras y debilidades eclesiales, la propuesta cristiana nunca envejece»[3].


Además de aquella diferencia, una desviación frecuente de la relación de los hombres con Dios es aquella de querer controlarlo o usarlo a discreción nuestra. Por eso, la adivinación y otras prácticas semejantes estaban severamente prohibidas en Israel (cfr. Lv 19,26.31). Que Dios sea fiel a su palabra no quiere decir que su manera de comportarse sea siempre idéntica, y por tanto predecible y controlable por parte de los hombres. Podemos estar seguros de que nunca dejará de amarnos, aunque muchas veces no sabemos cómo. Su lógica siempre excede a la nuestra. En ocasiones puede darnos más de lo que había prometido, o puede cumplir una profecía de una forma inusitada. La «fidelidad no tiene nada de estéril ni de estático; es creativa»[4].


Un Dios «rico en misericordia y fidelidad»


La Biblia afirma que el Señor es fiel en contraste con los falsos dioses de los pueblos vecinos; aunque, en realidad, el texto sagrado lo afirma sobre todo en contraste con los seres humanos: «La gloria de Israel no miente ni se arrepiente, porque no es un hombre para arrepentirse» (1 Sm 15,29). A diferencia de nuestra experiencia humana, el Señor dice siempre la verdad, no se retracta de sus promesas: «No es Dios como un hombre capaz de mentir, ni un hijo de Adán para echarse hacia atrás. ¿Es que dice y no lo hace? ¿Es que habla y no cumple?» (Nm 23,19). Solo Dios es absolutamente sólido y confiable, en quien se puede construir con la seguridad de no quedar defraudado. Por eso puede decir Benedicto XVI: «Mientras todo pasa y cambia, la Palabra del Señor no pasa. Si las vicisitudes de la vida hacen que nos sintamos perdidos y parece que se derrumba toda certeza, contamos con una brújula para encontrar la orientación, tenemos un ancla para no ir a la deriva»[5].


Cuenta el libro del Éxodo que, tras el pecado del becerro de oro, Dios renovó la alianza con su pueblo en el monte Sinaí. Entonces, antes de entregar a Moisés por segunda vez las tablas de la ley, Dios pasó delante de él diciendo: «Señor, Señor, Dios compasivo y misericordioso, lento a la cólera y rico en misericordia y fidelidad» (Ex 34,6). Estas palabras se suelen considerar una segunda revelación del nombre de Dios, después de la que había tenido lugar tiempo atrás, también con Moisés. Esta descripción de cómo es Dios la encontramos repetida, con pequeñas variantes, en otros siete pasajes, de diversos libros del Antiguo Testamento[6] . Por eso dice san Josemaría: «Si recorréis las Escrituras Santas, descubriréis constantemente la presencia de la misericordia de Dios (…). ¡Qué seguridad debe producirnos la conmiseración del Señor!»[7].


Sin embargo, Israel sabe que su Señor es compasivo y fiel no simplemente porque lo haya dicho a Moisés en el Sinaí, sino sobre todo porque el pueblo lo ha comprobado en su propia historia, en su propia piel. Dios ha manifestado esta característica de su fidelidad no simplemente declarándola, sino mostrándola en sus obras. Que Dios sea fiel es una experiencia de salvación que vive Israel a lo largo del tiempo. «Señor, Tú eres mi Dios, quiero ensalzarte, alabar tu Nombre, porque has hecho maravillas –dice el profeta Isaías–. Tus designios desde antaño son fidelidad» (Is 25,1). Las obras de Dios muestran su fidelidad; Israel es testigo, una y otra vez, de que su misericordia no desaparece frente a las infidelidades humanas. «El Señor es bueno: su misericordia es eterna, y su fidelidad, por todas las generaciones» (Sal 100,5), canta el salmista. Y en otro pasaje: «Las misericordias del Señor cantaré eternamente; de generación en generación anunciaré con mi boca tu fidelidad» (Sal 89,2).


Santa María, en el Magníficat, expresa este modo de ser de Dios, tan claro para quien se acerca a la historia sagrada. La madre de Jesús alaba a Dios por haberse fijado en su humildad, por haber hecho cosas grandes en ella, «recordando su misericordia, como había prometido a nuestros padres, Abrahán y su descendencia para siempre» (Lc 1,54-55). Decía san Juan Pablo II que «en el Magníficat, cántico verdaderamente teológico porque revela la experiencia del rostro de Dios hecha por María, Dios no sólo es el Poderoso, para el que nada es imposible, como había declarado Gabriel (cfr. Lc 1,37), sino también el Misericordioso, capaz de ternura y fidelidad para con todo ser humano»[8]


Jesús es el cumplimiento de las promesas


La fidelidad es un atributo que define a Dios en su relación con los hombres, especialmente con su pueblo en virtud de la alianza. Y para describir la fuerza de esta alianza, los profetas acuden a algunas imágenes. Una de ellas es la del matrimonio, que encontramos desarrollada sobre todo en los libros de Oseas, Jeremías y Ezequiel. Esta imagen resalta la misericordia del Señor, que está dispuesto a perdonar y a restablecer la alianza pese a las repetidas infidelidades de Israel. Otra imagen es la de la paternidad y maternidad. El libro de Isaías la utiliza varias veces, de manera conmovedora, para subrayar cómo Dios no abandonará nunca a su pueblo: «Sion había dicho: “El Señor me ha abandonado, mi Señor me ha olvidado”. ¿Es que puede una mujer olvidarse de su niño de pecho, no compadecerse del hijo de sus entrañas? ¡Pues aunque ellas se olvidaran, Yo no te olvidaré! Mira: te he grabado en las palmas de mis manos» (Is 49,14-16).


Jesús recoge toda esta herencia de fidelidad y de misericordia, plasmada en el Antiguo Testamento, para revelar la continuación de ese obrar divino en su persona. Por eso, de frente a la muchedumbre, el Señor hace eco con su lamento a aquel oráculo de Isaías en el que nos recordaba que Dios nunca nos olvida: «¡Jerusalén, Jerusalén!, que matas a los profetas y lapidas a los que te son enviados. Cuántas veces he querido reunir a tus hijos, como la gallina reúne a sus polluelos bajo las alas, y no quisiste» (Mt 23,37). A Jesucristo le duele la rebeldía de los hombres, su dureza de corazón, frente a la insistencia –la fidelidad– del amor de Dios.


También inspirándose en un pasaje del profeta Isaías en el que se afirma que Israel es la viña del Señor (cfr. Is 5,7), Jesús resume la historia de la fidelidad de Dios de frente a la infidelidad humana al relatar la parábola de los viñadores homicidas (cfr. Mc 12,1-12). Allí, tras los sucesivos rechazos para tomar los frutos que le correspondían a través de varios siervos, el dueño de la viña decide enviar a su hijo como último recurso. Pero los viñadores lo matan. De la misma manera, la venida de Jesús, el Hijo único de Dios, y su muerte en la cruz, es la manifestación plena de la fidelidad y misericordia del Dios de Israel; después de enviarlo para que muriera por nosotros, Dios ya no puede hacer nada más grande (cfr. Hb 1,1-2).


Los apóstoles, durante su predicación, eran conscientes de la relación entre el misterio pascual de Cristo –su pasión, muerte y resurrección– con la fidelidad de Dios a sus antiguas promesas. Jesús es «el Amén, el testigo fiel y veraz» (Ap 3,14), nos dice el libro del Apocalipsis. En la segunda carta de san Pablo a los Corintios, hallamos la declaración más explícita al respecto: «Por la fidelidad de Dios, que la palabra que les dirigimos no es sí y no. Porque Jesucristo, el Hijo de Dios –que les predicamos Silvano, Timoteo y yo– no fue sí y no, sino que en él se ha hecho realidad el sí. Porque cuantas promesas hay de Dios, en él tienen su sí» (2 Co 1,18-20). Y esta convicción ha pasado a la fe de la Iglesia, que ha proclamado constantemente que Jesús es el fiel cumplimiento de todo cuanto Dios había prometido (cfr. 1 Co 15,3-4).


Si no somos fieles, él permanece fiel


A propósito de quienes no creyeron en Cristo durante su paso por la tierra, san Pablo se expresa así, poniendo el foco en la grandeza del Señor: «¿Es que la incredulidad de estos frustrará la fidelidad de Dios? ¡De ninguna manera!» (Rm 3,3-4). En Dios podemos poner nuestra confianza de manera plena. «Unos confían en los carros, otros en los caballos; nosotros invocamos el Nombre del Señor, nuestro Dios» (Sal 20,8), dice el salmista, expresando su confianza en el Señor más que en las estrategias humanas para la batalla. «¿Quién es Dios fuera del Señor? ¿Quién es Roca, fuera de nuestro Dios?» (2 Sm 22,32), dice la Sagrada Escritura, en el llamado Himno de David. Solo de Dios se puede afirmar que es la Roca en donde apoyarse sin miedo y buscar protección. La aplicación a Dios del término «Roca» es tan frecuente en el Antiguo Testamento[9] que a veces se dice simplemente «la Roca» y se entiende que se está hablando de él.


Al insistir en la fidelidad de Dios poniéndola en contraste, muchas veces, con la inconstancia de los hombres, la Sagrada Escritura no parece dejar mucho espacio a la fidelidad humana. Pero más que una visión pesimista sobre las fuerzas humanas, se trata de una afirmación realista y profunda sobre nuestra poquedad frente a su potencia. Así se comprende mejor este duro oráculo transmitido por Jeremías: «Maldito el varón que confía en el hombre y pone en la carne su apoyo, mientras su corazón se aparta del Señor. Será como matojo de la estepa, que no verá venir la dicha, pues habita en terrenos resecos del desierto, en tierra salobre e inhóspita. Bendito el varón que confía en el Señor, y el Señor es su confianza. Será como árbol plantado junto al agua, que extiende sus raíces a la corriente, no teme que llegue el calor, y sus hojas permanecerán lozanas, no se inquietará en año de sequía, ni dejará de dar frutos» (Jr 17,5-8).


Lo importante es comprender que el ser humano no puede ser fiel en el mismo sentido en que lo es Dios. La respuesta humana a la fidelidad del Señor no es una conducta intachable, sin fisuras, sino la fe (cfr. Gn 15,6; Hb 11,1). De hecho, en hebreo se emplea el mismo verbo para decir que Dios es fiel y para decir que un hombre cree en él. El Nuevo Testamento llama «fieles» a quienes creen en Jesucristo y lo siguen (cfr. Hch 10,45). Lo que el Señor quiere de nosotros no es que seamos firmes y sólidos como él, lo cual sería imposible, sino que depositemos en él toda nuestra confianza, como lo hizo María y como lo han hecho los santos, «porque fiel es el que hizo la promesa» (Hb 10,23). Y, sobre todo, el Señor quiere que reconozcamos nuestras ofensas y le pidamos perdón. «Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros –señala la primera carta de san Juan–. Si confesamos nuestros pecados, fiel y justo es Él para perdonarnos los pecados y purificarnos de toda iniquidad” (1 Jn 1,8-9). Aunque seamos pecadores, el Señor no nos deja nunca solos. «Si no somos fieles, él permanece fiel, pues no puede negarse a sí mismo» (2 Tm 2,13).


«Nuestra fidelidad no es más que una respuesta a la fidelidad de Dios. Dios que es fiel a su palabra, que es fiel a su promesa»[10]. Y, en ese mismo sentido, el prelado del Opus Dei ha comentado: «La fe en la fidelidad divina da fuerza a nuestra esperanza, a pesar de que nuestra personal debilidad nos lleve a veces a no ser del todo fieles, en lo pequeño y quizá, en alguna ocasión, en lo grande. Entonces, la fidelidad consiste en recorrer —con la gracia de Dios— el camino del hijo pródigo»[11]. Lo importante es siempre volver a quien cumple la promesa, regresar con fe a la Roca que siempre nos espera.



16 de agosto de 2022

PARA SIEMPRE PARA SIEMPRE

 



Evangelio (Mt 19, 23-30)


Jesús les dijo entonces a sus discípulos: —En verdad os digo: difícilmente entrará un rico en el Reino de los Cielos. Es más, os digo que es más fácil a un camello pasar por el ojo de una aguja, que a un rico entrar en el Reino de Dios.


Cuando oyeron esto sus discípulos, se quedaron muy asombrados y decían: —Entonces, ¿quién puede salvarse?


Jesús, con la mirada fija en ellos, les dijo: —Para el hombre esto es imposible; para Dios, sin embargo, todo es posible.


Entonces Pedro tomó la palabra y le dijo: —Ya ves que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido, ¿qué recompensa tendremos?


Jesús les respondió: —En verdad os digo que, en la regeneración, cuando el Hijo del Hombre se siente en su trono de gloria, vosotros, los que me habéis seguido, también os sentaréis sobre doce tronos para juzgar a las doce tribus de Israel. Y todo el que haya dejado casa, hermanos o hermanas, padre o madre, o hijos, o campos, por causa de mi nombre, recibirá el ciento por uno y heredará la vida eterna. Porque muchos primeros serán últimos y muchos últimos serán primeros.


Comentario


Jesús aprovecha el encuentro con el joven rico para enseñar a sus apóstoles la necesidad de tener un corazón desprendido. “En verdad os digo: difícilmente entrará un rico en el Reino de los Cielos. Es más, os digo que es más fácil a un camello pasar por el ojo de una aguja, que a un rico entrar en el Reino de Dios”.


Rico es aquel que está apegado a sus riquezas de tal manera que no es capaz de ver más allá. Que tiene el corazón tan invadido de preocupaciones terrenas que no le cabe nada más. En un corazón así no entra Dios por la sencilla razón de que ya está lleno.


Jesús no se refiere únicamente a las riquezas materiales sino también a todo aquello que llena el corazón de sí mismo: la soberbia, la vanidad, el orgullo, el egoísmo, el individualismo, etc. Es más difícil mantener el corazón desprendido de uno mismo que de las cosas materiales.


Los Apóstoles, que escuchan, se dan cuenta de la dificultad de la empresa: “Entonces, ¿quién puede salvarse?”. Es como si le preguntaran: ¿quién puede llenar su corazón de Dios? Les responde: “Para el hombre esto es imposible, para Dios, sin embargo, todo es posible”.


Alta es la meta, pero más poderosa es la gracia. Dios es exigente, pero al mismo tiempo hace que sus deseos se vayan haciendo realidad, en la vida de los hombres que dejan entrar al Señor en su corazón.


Pedro quiere saber, qué le corresponderá por su generosidad al seguir al Señor.


Jesús le contesta con sencillez. “Todo el que haya dejado casa, hermanos o hermanas, padre o madre, o hijos o campos, por causa de mi nombre, recibirá el ciento por uno y heredará la vida eterna”. Dios no se deja ganar en generosidad. Todo lo que hagamos por Él nos lo recompensa con creces en esta vida y en la eternidad. A veces pensar en el premio que nos espera, si somos fieles, anima a luchar contra las dificultades que encontramos en el camino.


PARA MEDITAR


Mienten los hombres, cuando dicen para siempre en cosas temporales. Sólo es verdad, con una verdad total, el para siempre cara a Dios; y así has de vivir tú, con una fe que te ayude a sentir sabores de miel, dulzuras de cielo, al pensar en la eternidad que de verdad es para siempre.


1 Hablamos de una sabiduría de Dios, misteriosa, escondida, destinada por Dios desde antes de los siglos para gloria nuestra, desconocida de todos los príncipes de este mundo -pues de haberla conocido no hubieran crucificado al Señor de la Gloria -. Anunciamos: lo que ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni al corazón del hombre llegó lo que Dios preparó para los que le aman.


1 Co 2, 6-9


2 El mismo Dios estará con ellos y enjugará las lágrimas de sus ojos y la muerte no existirá más, ni habrá duelo ni gritos ni trabajo, porque todo esto es ya pasado.


Ap 21,3-4


Los elegidos verán el rostro de Dios y llevarán su nombre sobre la frente. No habrá ya noche ni tendrán necesidad de luz de antorchas ni de luz del sol, porque el Señor Dios los alumbrará y reinarán por los siglos de los siglos.


Ap 22,4-5


3 El amor humano, el amor de aquí abajo en la tierra cuando es verdadero, nos ayuda a saborear el amor divino. Así entrevemos el amor con que gozaremos de Dios y el que mediará entre nosotros, allá en el cielo, cuando el Señor sea todo en todas las cosas. Ese comenzar a entender lo que es el amor divino nos empujará a manifestarnos habitualmente más compasivos, más generosos, más entregados.


Es Cristo que pasa, 166


4 ¿De qué le sirve al hombre ganar todo el mundo si pierde el alma? ¿Qué aprovecha al hombre todo lo que puebla la tierra, todas las ambiciones de la inteligencia y de la voluntad? ¿Qué vale esto, si todo se acaba, si todo se hunde, si son bambalinas de teatro todas las riquezas de este mundo terreno; si después es la eternidad para siempre, para siempre, para siempre?


Mienten los hombres, cuando dicen para siempre en cosas temporales. Sólo es verdad, con una verdad total, el para siempre cara a Dios; y así has de vivir tú, con una fe que te ayude a sentir sabores de miel, dulzuras de cielo, al pensar en la eternidad que de verdad es para siempre.


Amigos de Dios, 200


5 Mirad: lo que hemos de pretender es ir al cielo. Si no, nada vale la pena. Para ir al cielo, es indispensable la fidelidad a la doctrina de Cristo. Para ser fiel, es indispensable porfiar con constancia en nuestra contienda contra los obstáculos que se oponen a nuestra eterna felicidad.


Es Cristo que pasa, 76


6 Frecuentemente nos habla el Señor del premio que nos ha ganado con su Muerte y su Resurrección. Yo voy a preparar un lugar para vosotros. Y cuando habré ido, y os haya preparado lugar, vendré otra vez y os llevaré conmigo, para que donde yo estoy estéis también vosotros. El Cielo es la meta de nuestra senda terrena. Jesucristo nos ha precedido y allí, en compañía de la Virgen y de San José —a quien tanto venero—, de los Angeles y de los Santos, aguarda nuestra llegada.


Amigos de Dios, 220


7 En la hora de la tentación, ejercita la virtud de la Esperanza, diciendo: para descansar y gozar, una eternidad me aguarda; ahora, lleno de Fe, a ganar con el trabajo, el descanso; y, con el dolor, el goce... ¿Qué será el Amor, en el Cielo?


Mejor aún, ejercita el Amor, reaccionando así: quiero dar gusto a mi Dios, a mi Amado, cumpliendo su Voluntad en todo..., como si no hubiera premio ni castigo: solamente por agradarle.


Forja, 1008


8 “Este hombre se muere. Ya no hay nada que hacer... Fue hace años, en un hospital de Madrid. Después de confesarse, cuando el sacerdote le daba a besar su crucifijo, aquel gitano decía a gritos, sin que lograsen hacerle callar:


—¡Con esta boca mía podrida no puedo besar al Señor!


—Pero, ¡si le vas a dar un abrazo y un beso muy fuerte en seguida, en el Cielo!


...¿Has visto una manera más hermosamente tremenda de manifestar la contrición?


Via Crucis, III Estación


9 ¡Cómo amaba la Voluntad de Dios aquella enferma a la que atendí espiritualmente!: veía en la enfermedad, larga, penosa y múltiple (no tenía nada sano), la bendición y las predilecciones de Jesús: y, aunque afirmaba en su humildad que merecía castigo, el terrible dolor que en todo su organismo sentía no era un castigo, era una misericordia.


—Hablamos de la muerte. Y del Cielo. Y de lo que había de decir a Jesús y a Nuestra Señora... Y de cómo desde allí "trabajaría" más que aquí... Quería morir cuando Dios quisiera..., pero —exclamaba, llena de gozo— ¡ay, si fuera hoy mismo! Contemplaba la muerte con la alegría de quien sabe que, al morir, se va con su Padre.


Forja, 1034


10 Suelo afirmar que tres son los puntos que nos llenan de contento en la tierra y nos alcanzan la felicidad eterna del Cielo: un fidelidad firme, delicada, alegre e indiscutida a la fe, a la vocación que cada uno ha recibido y a la pureza. El que se quede agarrado a las zarzas del camino —la sensualidad, la soberbia...—, se quedará por su propia voluntad y, si no rectifica, será un desgraciado por haber dado la espalda al Amor de Cristo”


Amigos de Dios, 187


11 Los hombres —ha ocurrido siempre en la historia— coaligan sus vidas, para cumplir una misión y un destino colectivos.


—¿Valdrá menos, para los hombres y las mujeres de hoy, el “único destino” de la felicidad eterna?


Surco, 729


12 En esta tierra, la contemplación de las realidades sobrenaturales, la acción de la gracia en nuestras almas, el amor al prójimo como fruto sabroso del amor a Dios, suponen ya un anticipo del Cielo, una incoación destinada a crecer día a día. No soportamos los cristianos una doble vida: mantenemos una unidad de vida, sencilla y fuerte en la que se funden y compenetran todas nuestras acciones.


Es Cristo que pasa, 126


Puntos Catecismo de la Iglesia Católica


"Dios, nuestro Salvador... quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento pleno de la verdad" (1Tm 2,3-4). "No hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres por el que nosotros debamos salvarnos" (Hch 4,12), sino el nombre de Jesús.


Prólogo


El deseo de Dios está inscrito en el corazón del hombre, porque el hombre ha sido creado por Dios y para Dios; y Dios no cesa de atraer al hombre hacia sí, y sólo en Dios encontrará el hombre la verdad y la dicha que no cesa de buscar (...)


CIC, 27


Creemos que la multitud de aquellas almas que con Jesús y María se congregan en el paraíso, forma la Iglesia celestial, donde ellas, gozando de la bienaventuranza eterna, ven a Dios como Él es, y participan también, ciertamente en grado y modo diverso, juntamente con los santos ángeles, en el gobierno divino de las cosas, que ejerce Cristo glorificado, como quiera que interceden por nosotros y con su fraterna solicitud ayudan grandemente a nuestra flaqueza.



15 de agosto de 2022

Gran Slemnidad. Asunción de nuestra Señora en cuerpo y alma a los cielos

 



Evangelio (Lc 1,39-56)


Por aquellos días, María se levantó y marchó deprisa a la montaña, a una ciudad de Judá; y entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel. Y cuando oyó Isabel el saludo de María, el niño saltó en su seno, e Isabel quedó llena del Espíritu Santo; y exclamando en voz alta, dijo:


—Bendita tú entre las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre. ¿De dónde a mí tanto bien, que venga la madre de mi Señor a visitarme? Pues en cuanto llegó tu saludo a mis oídos, el niño saltó de gozo en mi seno; y bienaventurada tú, que has creído, porque se cumplirán las cosas que se te han dicho de parte del Señor.


María exclamó:


—Proclama mi alma las grandezas del Señor,


y se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador:


porque ha puesto los ojos en la humildad de su esclava;


por eso desde ahora me llamarán bienaventurada todas las


generaciones.


Porque ha hecho en mí cosas grandes el Todopoderoso,


cuyo nombre es Santo;


su misericordia se derrama de generación en generación


sobre los que le temen.


Manifestó el poder de su brazo,


dispersó a los soberbios de corazón.


Derribó de su trono a los poderosos


y ensalzó a los humildes.


Colmó de bienes a los hambrientos


y a los ricos los despidió vacíos.


Protegió a Israel su siervo,


recordando su misericordia,


como había prometido a nuestros padres,


Abrahán y su descendencia para siempre.


María permaneció con ella unos tres meses, y se volvió a su casa.


Comentario


En el gozoso día en el que la Iglesia celebra la Asunción de nuestra Señora en cuerpo y alma a los cielos, el evangelio de esta solemnidad narra la escena de la visitación de María a su prima santa Isabel.


La Virgen percibe enseguida que Isabel es de edad avanzada y necesitará ayuda en el último tramo de su embarazo y en el parto. Y, sin reparar en todas las posibles incomodidades del viaje, “por aquellos días” acude “deprisa a la montaña” (v. 39). El evangelista no especifica si José acompaña a la Virgen, pero es lógico que así fuera, ya que estaban desposados y la estancia duraría varios meses.


Todo en María refleja la alegría de un amor diligente, humilde y desprendido de sí. En efecto, la doncella de Nazaret acaba de aceptar su excelsa vocación como Madre de Dios. Pero este don inefable no la retrae sobre sí misma, sino que la vemos rebosante de espíritu de servicio e interés cariñoso por los demás.


San Josemaría gustaba de meditar esta escena y aprender de la naturalidad de María las virtudes cristianas: “Bienaventurada eres porque has creído, dice Isabel a nuestra Madre. —La unión con Dios, la vida sobrenatural, comporta siempre la práctica atractiva de las virtudes humanas: María lleva la alegría al hogar de su prima, porque “lleva” a Cristo”1. Y en otra ocasión san Josemaría sugería: “Vuelve tus ojos a la Virgen y contempla cómo vive la virtud de la lealtad. Cuando la necesita Isabel, dice el Evangelio que acude «cum festinatione», —con prisa alegre. ¡Aprende!”2.


Cuando María llega a su destino, en medio de la alegría de las madres, el Bautista salta de gozo en el vientre de Isabel, iniciando así su misión de Precursor que anuncia la llegada del Mesías. E Isabel se goza humildemente de que la visitaba “la Madre de mi Señor” (v. 43). Es el Espíritu Santo, del cual están llenos Isabel y el Bautista (cfr. 1,15.41), el que les hace percibir la presencia divina, aunque venga escondida y humilde. Y será el Paráclito el que nos enseñará a reconocer al Señor cuando venga a nosotros, en los sacramentos y en las necesidades de los demás.


Así como el pasaje de la visitación nos muestra a María llena de diligencia y afán de ayudar a los demás, para llevarles a su Hijo, también ahora sigue viviendo con nosotros los desvelos que demostró con Isabel.


El papa Francisco lo expresaba así: “La fiesta de la Asunción de María es una llamada para todos nosotros, especialmente para los que están afligidos por las dudas y la tristeza, y miran hacia abajo, no pueden levantar la mirada. Miremos hacia arriba, el cielo está abierto; no infunde miedo, ya no está distante, porque en el umbral del cielo hay una madre que nos espera y es nuestra madre. Nos ama, nos sonríe y nos socorre con delicadeza”3.


“Como toda madre, quiere lo mejor para sus hijos y nos dice: “Sois preciosos a los ojos de Dios; no estáis hechos para las pequeñas satisfacciones del mundo, sino para las grandes alegrías del cielo”. Sí, porque Dios es alegría, no aburrimiento. Dios es alegría. Dejémonos llevar por la mano de la Virgen”.


La Virgen Inmaculada, preservada libre de toda mancha de pecado original, terminado el curso de su vida en la tierra, fue llevada a la gloria del cielo y elevada al trono por el Señor como Reina del universo" Catecismo de la Iglesia Católica, n. 966


Para MEDITAR


Assumpta est Maria in coelum: gaudent angeli! —María ha sido llevada por Dios, en cuerpo y alma, a los cielos: ¡y los Angeles se alegran!


     Así canta la Iglesia. —Y así, con ese clamor de regocijo, comenzamos la contemplación en esta decena del Santo Rosario:


     Se ha dormido la Madre de Dios. —Están alrededor de su lecho los doce Apóstoles. —Matías sustituyó a Judas.


     Y nosotros, por gracia que todos respetan, estamos a su lado también.


     Pero Jesús quiere tener a su Madre, en cuerpo y alma, en la Gloria. —Y la Corte celestial despliega todo su aparato, para agasajar a la Señora. —Tú y yo —niños, al fin— tomamos la cola del espléndido manto azul de la Virgen, y así podemos contemplar aquella maravilla.


     La Trinidad beatísima recibe y colma de honores a la Hija, Madre y Esposa de Dios... —Y es tanta la majestad de la Señora, que hace preguntar a los Angeles: ¿Quién es ésta?


En cuerpo y alma ha subido a los Cielos nuestra Madre. Repítele que, como hijos, no queremos separarnos de Ella... ¡Te escuchará!


Surco, 898


Más que Ella, sólo Dios

Assumpta est Maria in clum, gaudent angeli. María ha sido llevada por Dios, en cuerpo y alma, a los cielos. Hay alegría entre los ángeles y entre los hombres. ¿Por qué este gozo íntimo que advertimos hoy, con el corazón que parece querer saltar del pecho, con el alma inundada de paz? Porque celebramos la glorificación de nuestra Madre y es natural que sus hijos sintamos un especial júbilo, al ver cómo la honra la Trinidad Beatísima (...).


Todos somos sus hijos; ella es Madre de la humanidad entera. Y ahora, la humanidad conmemora su inefable Asunción: María sube a los cielos, hija de Dios Padre, madre de Dios Hijo, esposa de Dios Espíritu Santo. Más que Ella, sólo Dios.


Es Cristo que pasa, 171


Naturalidad. Así vivió María


Si Dios ha querido ensalzar a su Madre, es igualmente cierto que durante su vida terrena no fueron ahorrados a María ni la experiencia del dolor, ni el cansancio del trabajo, ni el claroscuro de la fe. A aquella mujer del pueblo, que un día prorrumpió en alabanzas a Jesús exclamando: bienaventurado el vientre que te llevó y los pechos que te alimentaron, el Señor responde: bienaventurados más bien los que escuchan la palabra de Dios y la ponen en práctica. Era el elogio de su Madre, de su fiat, del hágase sincero, entregado, cumplido hasta las últimas consecuencias, que no se manifestó en acciones aparatosas, sino en el sacrificio escondido y silencioso de cada jornada (...).


Para ser divinos, para endiosarnos, hemos de empezar siendo muy humanos, viviendo cara a Dios nuestra condición de hombres corrientes, santificando esa aparente pequeñez. Así vivió María. La llena de gracia, la que es objeto de las complacencias de Dios, la que está por encima de los ángeles y de los santos llevó una existencia normal.


María es una criatura como nosotros, con un corazón como el nuestro, capaz de gozos y de alegrías, de sufrimientos y de lágrimas. Antes de que Gabriel le comunique el querer de Dios, Nuestra Señora ignora que había sido escogida desde toda la eternidad para ser Madre del Mesías. Se considera a sí misma llena de bajeza: por eso reconoce luego, con profunda humildad, que en Ella ha hecho cosas grandes el que es Todopoderoso.


Es Cristo que pasa, 172


Servir con alegría


Servid al Señor, con alegría: no hay otro modo de servirle. Dios ama al que da con alegría, al que se entrega por entero en un sacrificio gustoso, porque no existe motivo alguno que justifique el desconsuelo.


Quizá estimaréis que este optimismo parece excesivo, porque todos los hombres conocen sus insuficiencias y sus fracasos, experimentan el sufrimiento, el cansancio, la ingratitud, quizá el odio. Los cristianos, si somos iguales a los demás, ¿cómo podemos estar exentos de esas constantes de la condición humana? (...)


La fiesta de la Asunción de Nuestra Señora nos propone la realidad de esa esperanza gozosa. Somos aún peregrinos, pero Nuestra Madre nos ha precedido y nos señala ya el término del sendero: nos repite que es posible llegar y que, si somos fieles, llegaremos. Porque la Santísima Virgen no sólo es nuestro ejemplo: es auxilio de los cristianos. Y ante nuestra petición —Monstra te esse Matrem-, no sabe ni quiere negarse a cuidar de sus hijos con solicitud maternal. Es Cristo que pasa, 177


Hoy, en unión con toda la Iglesia, celebramos el triunfo de la Madre, Hija y Esposa de Dios. (...) Nos sentimos alegres porque María, después de acompañar a Jesús desde Belén hasta la Cruz, está junto a El en cuerpo y alma, disfrutando de la gloria por toda la eternidad.


Es Cristo que pasa, 176



14 de agosto de 2022

Signo de contradicción

 



Evangelio (Lc 12,49-53)


En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: “Fuego he venido a traer a la tierra, y ¿qué quiero sino que ya arda? Tengo que ser bautizado con un bautismo, y ¡qué ansioso estoy hasta que se lleve a cabo! ¿Pensáis que he venido a traer paz a la tierra? No, os digo, sino división. Pues desde ahora, habrá cinco en una casa divididos: tres contra dos y dos contra tres, se dividirán el padre contra el hijo y el hijo contra el padre, la madre contra la hija y la hija contra la madre, la suegra contra la nuera y la nuera contra la suegra”.


Comentario


Cuenta san Lucas que cuando Jesús se acercaba a Jerusalén para sufrir la pasión, reveló a los discípulos los profundos anhelos de su corazón y se refirió entre exclamaciones al inminente bautismo “en el Espíritu Santo y en fuego” que iba a consumar y que había anunciado tiempo atrás el Bautista (cfr. Lc 2,16). Con un tono paradójico que desconcierta, Jesús predice también el profundo cambio sobre la tierra que iba a establecer, generando reacciones muy diversas, incluso en el seno de las familias.


En la Sagrada Escritura el fuego simboliza la presencia divina, como en el episodio de la zarza ardiente (cfr. Ex 3,14) y también simboliza, explica el Catecismo de la Iglesia, “la energía transformadora de los actos del Espíritu Santo”[1]. Gracias a su sacrificio en la cruz, Jesús iba a enviar al mundo esta energía, este fuego. Pero como aclara san Ambrosio “desde luego no es un fuego que destruye, sino aquel que genera una voluntad bien dispuesta. (…) Este fuego es el que quema los huesos de los profetas, como lo declara Jeremías: “Era dentro de mí como un fuego devorador encerrado en mis huesos.” (Jr 20,9); (…) el que, según el testimonio de los discípulos de Emaús, encendió el mismo Señor en sus corazones: “No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?” (Lc 24,32)”[2].


Este anhelo de Jesús por hacer arder los corazones ha contagiado a innumerables personas a lo largo de la historia que han sabido corresponder generosamente. Por ejemplo, san Josemaría narraba en primera persona cómo le sucedió a él y cómo reaccionó: “cuando yo tenía barruntos de que el Señor quería algo y no sabía lo que era, decía gritando, cantando, ¡como podía!, unas palabras que seguramente, si no las habéis pronunciado con la boca, las habéis paladeado con el corazón: ignem veni mittere in terram et quid volo nisi ut accendatur? (Lc 12, 49); he venido a poner fuego a la tierra, ¿y qué quiero sino que arda? Y la contestación: ecce ego quia vocasti me! (1 Reg 3, 9), aquí estoy, porque me has llamado”[3]. Podemos preguntarnos si tenemos habitualmente esta valentía y disponibilidad de los santos para favorecer la acción divina en nosotros; si nuestro diálogo diario con Dios hace arder nuestro corazón como a los discípulos de Emaús; si permitimos al Espíritu Santo que nos mueva como a ellos a anunciarlo a otros llenos de alegría y del mismo afán apostólico.


Para llevar a cabo el incendio de amor que Jesús quería, debía sufrir primero la pasión, a la que Él llama “bautismo” y que le hace exclamar “¡qué ansioso estoy hasta que se lleve a cabo!”, no tanto por el miedo a la muerte como por el deseo amoroso de que se cumpliera. Y Jesús añade que ha venido a traer división y no paz; división incluso dentro de la familia. Pero “no es que Jesús quiera dividir a los hombres entre sí —afirma el Papa Francisco—, al contrario: Jesús es nuestra paz, nuestra reconciliación. Pero esta paz no es la paz de los sepulcros, no es neutralidad, Jesús no trae neutralidad, esta paz no es una componenda a cualquier precio. Seguir a Jesús comporta renunciar al mal, al egoísmo y elegir el bien, la verdad, la justicia, incluso cuando esto requiere sacrificio y renuncia a los propios intereses. Y esto sí, divide; lo sabemos, divide incluso las relaciones más cercanas. Pero atención: no es Jesús quien divide. Él pone el criterio: vivir para sí mismos, o vivir para Dios y para los demás; hacerse servir, o servir; obedecer al propio yo, u obedecer a Dios. He aquí en qué sentido Jesús es «signo de contradicción» (Lc 2, 34)”[4].


Todos recordamos la polémica que surgió en 1987 sobre si se debía quitar o dejar en Tres Cruces la cruz conmemorativa de la visita del papa Juan Pablo II. 30 años después surgió el debate sobre la pequeña imagen de la Virgen que un grupo de personas deseaba colocar en la Aduana de Oribe (Rambla del Buceo).


En Estados Unidos recientemente hubo un caso similar. La Asociación Humanista Americana solicitó quitar en Bladensburg (Maryland) una cruz de 10 metros de altura, erigida hace 90 años para conmemorar a los muertos de ese condado en la Primera Guerra Mundial. En 2017, un tribunal federal de apelaciones juzgó que la cruz significaba una inadmisible admisión oficial del cristianismo.


El pasado 28 de junio el Tribunal Supremo revocó esa sentencia, acepando claramente la memoria histórica reflejada en monumentos, símbolos y prácticas de origen religioso. Se reconoce que, “aunque la cruz tiene obviamente un significado cristiano, durante la Primera Guerra Mundial se le añadió un significado secular”, conmemorativo de los soldados muertos en el conflicto, compatible con la constitución. Y explica: “un gobierno que recorriera su territorio, derribando monumentos con simbolismo religioso y borrando cualquier referencia a lo divino fomentaría que muchos fueran agresivamente hostiles a la religión". Esa hostilidad no sería coherente con el objetivo constitucional de que haya “una sociedad en la que personas de todas las creencias puedan vivir juntas armoniosamente”.


La armonía constituye el núcleo positivo de la laicidad. En Uruguay, en cambio, muchos tienden a acentuar la dimensión negativa (libertad de no creer en ninguna religión) y a negar su dimensión positiva y, con ella, el derecho a la presencia de símbolos religiosos en espacios públicos. En el fondo, se sustituye unas creencias por otras: en este caso, el cristianismo por el agnosticismo o el ateísmo.


La laicidad, en cambio, no impide las manifestaciones externas de lo religioso. Ni es indiferencia del Estado ante las religiones, que llevada al extremo exigiría admitir que solo cabe democracia allí donde desaparecen los símbolos religiosos, ignorando el hecho de que las personas forman parte de una historia, de una sociedad y de una cultura. La laicidad no consiste en una “neutralidad homologadora”, en multiplicar prohibiciones o en eliminar valores en nombre de la igualdad, sino en garantizar la compatibilidad de las diversas manifestaciones religiosas que no afecten el orden público.


Joseph Weiler, profesor de la New York University, defiende la auténtica laicidad, señalando el derecho de cada pueblo a expresar su propia historia con sus propios símbolos. Advierte que, si esto no se protege, “no solo desaparecerían las cruces de los espacios públicos, sino que se alentaría un fenómeno de desmontaje de infinidad de símbolos históricos. No habría razón para salvar ninguno, tampoco la señal de la cruz que aparece en diversas banderas nacionales europeas, o en tantos monumentos artísticos del viejo Continente e incluso en himnos que se escuchan en los estadios. En Inglaterra el jefe del Estado es también cabeza de la Iglesia, y los líderes religiosos son miembros del poder legislativo; su bandera lleva la cruz, y el himno nacional es una plegaria a Dios para que salve al rey y le conceda victoria y gloria”. Desde luego, no todos los que cantan ‘God save the Queen’ creen en Dios, pero Weiler entiende que “considerarían una sandez decir que esa frase se cambiará o suprimirá porque ofende a alguien”.


El Consejo de Estado italiano, tribunal supremo en la jurisdicción administrativa, afirmó en una sentencia publicada el 13 de febrero de 2006, que la presencia del crucifijo en las aulas de una escuela pública no es contraria a la laicidad ya que las condiciones de aplicación de la laicidad se definen también con arreglo a la tradición cultural y a las costumbres de cada pueblo. La sentencia menciona los casos de Gran Bretaña, Francia y Estados Unidos. Distingue: "en un lugar de culto, el crucifijo es propia y exclusivamente un símbolo religioso". En cambio, en una sede no religiosa, como la escuela pública, destinada a la educación de los jóvenes, “exponerlo estará justificado y tomará un significado no discriminatorio en el plano religioso, si es apto para representar y recordar de modo sintético, inmediatamente perceptible e intuitivo (como todo símbolo), valores civilmente relevantes, sobre todo los que sustentan e inspiran nuestro orden constitucional".


Los valores de origen cristiano –tolerancia, respeto mutuo, estima por la persona y afirmación de sus derechos y su libertad, autonomía de la conciencia moral ante la autoridad, solidaridad humana, rechazo de toda discriminación- "son vividos en la sociedad civil de modo autónomo”, de modo que “pueden ser aprobados ‘laicamente’ por todos, con independencia de que pertenezcan a la religión que los ha inspirado y propugnado". Por tanto, concluía el Tribunal, si el crucifijo en la escuela tiene la función de expresar el fundamento de los citados valores civiles, "en el contexto cultural italiano parece en verdad difícil encontrar otro símbolo que se preste mejor a hacerlo".


En los juzgados de la mayoría de los países latinos hay un crucifijo. En 2010, un conocido penalista uruguayo, intervino como expositor en un Congreso sobre Delitos de Corrupción en San Pablo. Los ponentes asistieron a una visita guiada al Tribunal Federal, cuya sala principal está presidida por un gran crucifijo. Como buen uruguayo, preguntó a la guía cómo se explicaba la presencia de ese símbolo religioso en un edificio público de Brasil, que no tiene religión oficial. La guía contestó que era para recordar a los jueces que no deben juzgar en función de la presión popular, sino de acuerdo al principio de Justicia: precisamente la muerte de Jesús era un símbolo elocuente de la injusticia a la que se llega cuando la autoridad se deja llevar por temor a la multitud.


Afirmar la laicidad de las instituciones es algo muy distinto a negar el papel del cristianismo en la sociedad occidental. Si a alguien le molestara una cruz o una imagen de la Virgen, ¿por qué no cambiar entonces el nombre de las ciudades de Dolores, Mercedes, Carmelo, todas dedicadas a advocaciones de la Virgen? O las de Trinidad, San José,y sin ir más lejos Santa Cruz etc. Por supuesto, se puede, pero sería —por lo menos— ignorar nuestras raíces.