"Hago todos los días mi "ratito" de oración: ¡si no fuera por eso!" (Camino, 106)

16 de noviembre de 2022

LOS FRUTOS ESTAN EN TUS MANOS



  • Poner en juego los dones que nos ha dado Dios.
  • Llamados a redimir el propio tiempo.
  • No desconfiar del propio talento.

SUBIENDO HACIA JERUSALÉN, ya cerca de la ciudad santa, Jesús contó la parábola de las minas al grupo que le acompañaba (cfr. Lc 19,1-27). Un rey se marcha a tierras lejanas y encarga sus bienes a un puñado de siervos para que les saquen rendimiento. Cada siervo recibe la misma cantidad de dinero: una mina, que equivalía a medio kilo de plata. A todos les da la misma indicación: «Negociad hasta mi vuelta» (Lc 19,13). Cada uno de estos siervos tiene en sus manos un regalo, y el amo les pide que lo pongan en juego para dar fruto.


Mirar nuestros propios talentos nos ayuda a comprender la confianza que el Señor tiene en nosotros. Son el modo único y personal que tenemos para participar en la misión de Dios. Nuestros talentos son dones que aportan a la Iglesia, al mundo y a la sociedad. Además, junto a todas nuestras características personales, hemos recibido el gran regalo de la fe en Cristo y la posibilidad de vivir su misma vida a través de los sacramentos, esos «tesoros inagotables de amor, de misericordia, de cariño»[1]. Cristo «nos ha regalado los preciosos y más grandes bienes prometidos, para que por estos lleguéis a ser partícipes de la naturaleza divina» (2 P 1,4).


El rey de la parábola confía en aquellos siervos, da mucho margen a su iniciativa. No les da instrucciones detalladas, diciéndoles exactamente qué hacer, sino que lo deja todo en sus manos. Dos de ellos lo entendieron rápidamente. Supieron actuar con libertad y generosidad dentro de los amplios planes de su señor. Experimentaron aquel gesto de confianza como una llamada a dinamizar el propio talento y a abrirse a sus conciudadanos: «Que cada uno ponga al servicio de los demás el don que ha recibido, como buenos administradores de la múltiple y variada gracia de Dios» (1 P 4,10-11).


«AL VOLVER, recibida ya la investidura real, mandó llamar ante sí a aquellos siervos a quienes había dado el dinero, para saber cuánto habían negociado» (Lc 19,15). Los dos primeros siervos recibieron un generoso premio por su trabajo: habían hecho rendir el tesoro recibido, dando abundante fruto. El rey se alegró y a ambos les dijo: «Muy bien, siervo bueno (...), has sido fiel en lo poco» (Lc 19,17).


Los dones «que Dios nos ha dado no son nuestros, nos han sido dados para que los usemos por la gloria de Dios –decía santa Teresa de Calcuta–. Seamos generosos y usemos todo lo que tenemos por el buen maestro»[2]. De manera habitual, ese «negocio» lo llevaremos a cabo entre las cosas normales de nuestra vida, en lo de cada día, en aquellas tareas y relaciones que a ojos del mundo podrían parecer sin relieve. «Hagamos lo que hagamos, aunque solo sea ayudar a alguien a atravesar la calle, se lo estamos haciendo a Jesús. Incluso ofrecer a alguien un vaso de agua es dárselo a Jesús», concluía la santa. «Dios cuenta con nuestra correspondencia diaria, hecha de cosas pequeñas que se engrandecen por la fuerza de su gracia»[3].


«¿Tiene el hombre algo que ofrecer a Dios? –se preguntaba, por su parte, un Padre de la Iglesia–. Sí, su fe y su amor. Es esto lo que Dios pide al hombre (…). El don de Dios existe, pero también debe existir la contribución del hombre»[4]. En realidad, el hecho de que Dios haya querido entregar en nuestras manos la posibilidad de hacer tantas cosas buenas, en lugar de hacerlas él mismo, es un misterioso regalo. Esa parábola muestra cómo el Señor desea que con nuestras capacidades le ayudemos a cuidar a las demás personas y a transformar el mundo; esa confianza divina en nosotros crea variedad y pluralidad. Como decía san Josemaría: «Cada generación de cristianos ha de redimir, ha de santificar su propio tiempo»[5].


EL TERCER siervo de la parábola no pensó en los afanes de su amo ni quiso invertir el dinero, sino que solamente se preocupó de su propia seguridad: escondió todo en un pañuelo para devolverlo intacto. «Señor, aquí está tu mina» (Lc 19,20). El tercer siervo, a diferencia de los otros dos, «ha decidido irresponsablemente optar por la comodidad de devolver solo lo que le entregaron. Se dedicará a matar los minutos, las horas, las jornadas, los meses, los años... ¡la vida!»[6]. Comparándose con sus compañeros, quizás pensó que la tarea le superaba y prefirió un camino sin riesgos. Sin duda se perdió la gran aventura de poner en juego sus valiosos talentos.


Al llegar el amo, echó en cara con dureza la negligencia de este siervo; ha sido un «siervo malo» (Lc 19,26), le dice, porque no ha hecho fructificar la herencia que le había encomendado. Esconder la moneda, comenta san Beda, «es tanto como sepultar los dones recibidos bajo el ocio de una muelle pereza (...). Es llamado “mal siervo” porque fue perezoso en el cumplimiento de su deber»[7]. Entre el miedo a fracasar y el deseo de no complicarse la vida, ha ahogado la felicidad a la que estaba llamado, mucho más grande de la que imaginó.


«Tenemos una gran tarea por delante –nos recordaba san Josemaría–. No cabe la actitud de permanecer pasivos, porque el Señor nos declaró expresamente: “Negociad, mientras vengo”. Mientras esperamos el retorno del Señor, que volverá a tomar posesión plena de su Reino, no podemos estar cruzados de brazos»[8]. Nuestra Madre bendita corrió a compartir su alegría con su prima; no enterró ni un segundo la gracia de la que le había llenado Dios. A ella podemos pedirle esa misma audacia para poner en juego los talentos que Dios nos ha dado.

14 de noviembre de 2022

Señor, que vea

 


  • El grito del ciego de Jericó.
  • La oración es manifestación de fe.
  • Crecer en nuestro deseo de Dios.

EL CIEGO DE JERICÓ realiza todos los días el mismo trayecto, desde su casa hasta el lugar en el que se sienta para mendigar. Cada jornada vuelve a su hogar con unas cuantas monedas, las que consigue de quienes se conmueven de su miseria. Nadie puede hacer nada por aliviar su ceguera. Pero un día Jesús pasa cerca de él, rodeado por una pequeña multitud. El ciego pregunta a los transeúntes por el motivo del alboroto y «le contestaron: es Jesús Nazareno, que pasa». Entonces, el ciego comenzó a gritar: «¡Jesús, hijo de David, ten compasión de mí!» (Lc 18,35-39). Aquella noticia inesperada, llena de fe y esperanza, abrió repentinamente su corazón.


Jesús pasa también por nuestras vidas cuando estamos sentados junto al camino, conscientes de que, como el ciego, necesitamos de una fe y de una esperanza que no surgen de nuestra fuerza sola. «El Señor nos busca en cada instante»[1], él se hace presente en nuestro trabajo, en nuestra casa, en las calles de nuestra ciudad, cuando nos sentimos necesitados de la compasión divina. Cristo está a nuestro lado en las personas que nos rodean, especialmente en los enfermos, los ancianos o los más débiles, en quienes miramos a Jesús. El Señor pasa sirviéndose también de nuestras fragilidades y nuestros defectos.


San Josemaría nos animaba a rezar con las palabras del personaje de Jericó: «Y entonces se le encendió tanto el alma en la fe de Cristo, que gritó: Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí. ¿No te entran ganas de gritar a ti, que estás también parado a la vera del camino, de ese camino de la vida, que es tan corta; a ti, que te faltan luces; a ti, que necesitas más gracias para decidirte a buscar la santidad? ¿No sientes la urgencia de clamar: Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí? ¡Qué hermosa jaculatoria, para que la repitas con frecuencia!»[2].


DESPUÉS DE SUPERAR múltiples dificultades –la distancia, el ruido, los vecinos que le mandan guardar silencio–, el ciego logró hacerse escuchar por Jesús. Es quizá la primera vez que se cruza con Cristo, pero ya en este primer encuentro arrancará de la misericordia de Dios el milagro de recobrar la vista. Es un ejemplo de fe audaz. Nada le frena porque es mucha su necesidad y su deseo de luz. «Los que iban delante le reprendían para que se estuviera callado. Pero él –nos lo dice el Evangelio– gritaba mucho más… Jesús, parándose, mandó que lo trajeran» (Lc 18,39-40). De la misma manera como el ciego, con sus gritos ardientes, detuvo al Señor, nosotros podemos «parar» a Jesús cada día con nuestra oración. Cuanto más necesitados nos sentimos, más debemos insistir, porque entonces el Señor estará ya obrando en nuestro interior; estaremos ya en camino de recobrar la luz perdida.


«La oración es el aliento de la fe, es su expresión más adecuada; es como un grito que sale del corazón de los que creen y se confían a Dios (...). La fe es un grito; la “no fe” es sofocar ese grito, es esa actitud que tenía la gente para que se callara. Sofocar ese grito es una especie de “ley del silencio”. La fe es una protesta contra una condición dolorosa de la cual no entendemos la razón; la “no fe” es limitarse a sufrir una situación a la cual nos hemos adaptado. La fe es la esperanza de ser salvado; la “no fe” es acostumbrarse al mal que nos oprime y seguir así (...). Todo invoca y suplica para que el misterio de la misericordia encuentre su cumplimiento definitivo. No rezan solo los cristianos: compartimos ese grito de la oración con todos los hombres y mujeres»[3].


Comentando este pasaje, sugiere San Gregorio Magno: «El que tiene el poder de devolver la vista, ¿ignoraba lo que quería el ciego? Evidentemente, no. Pero él desea que le pidamos las cosas aunque lo sepa de antemano y nos lo vaya a conceder. Nos exhorta a pedir, incluso hasta ser molestos (...). Si pregunta, es para que se le pida; si pregunta, es para impulsar nuestro corazón a la oración»[4

«LO QUE PIDE el ciego al Señor, no es oro, sino luz»[5]. «Señor, que vea, respondió él. Y Jesús le dijo: Recobra la vista, tu fe te ha salvado. Y al instante recobró la vista» (Lc 18,41-42). Las murallas de la vieja Jericó se habían derrumbado cuando el Arca de la Alianza la rodeó siete veces. En esta ocasión, cuando Jesús atravesaba la ciudad, han sido suficientes unos cuantos gritos llenos de fe para alcanzar la curación. «La fe es fundamento de las cosas que se esperan, prueba de las que no se ven», dice el autor de la Carta a los hebreos (Heb 11,1).


¿Qué puede esperar con más ardor un pobre ciego sino recuperar la vista, para dejar de pedir en la calle, para finalmente contemplar el rostro de sus personas queridas, para pasearse con libertad por su ciudad o acudir en peregrinación al Templo de Jerusalén? Su deseo es paralelo a su audacia. San Juan de la Cruz solía repetir de diversas maneras que lo que alcanzamos es proporcional a lo que esperamos[6]. San Juan Crisóstomo, en el mismo sentido, comentaba que «así como sacan poca agua de una fuente los que van allí con vasos pequeños y sacan mucha los que los llevan mayores (...), y como sucede también con la luz, que extiende más o menos su claridad según las ventanas que se abren, así se recibe la gracia según la medida de la intención»[7].


Por eso el Señor, «que lo había escuchado desde el comienzo, le deja que persevere en su oración. Eso sirve igualmente para ti. Jesús percibe instantáneamente la llamada de nuestra alma, pero espera. Quiere que estemos del todo convencidos de la absoluta necesidad que tenemos de él. Quiere que le supliquemos, obstinadamente, como este ciego del borde del camino»[8]. Nuestra Madre, María, aun siendo llena de gracia, oraba incesantemente y lo sigue haciendo. Le podemos pedir a ella descubrir en nuestra oración esa dimensión de necesidad y deseo de Dios.

13 de noviembre de 2022

DIOS NO ES UN SER LEJANO



  • Confiar en la acción de Cristo. 
  • Dios cuenta con nuestro esfuerzo. 
  • El fundamento de nuestra seguridad.


JESÚS se encuentra en el Templo. Después de contemplar la belleza de sus adornos, se dirige a sus discípulos y les habla del tiempo de la persecución y de la destrucción del Templo. Y en medio de este discurso, el Señor intercala una serie de recomendaciones para afrontar esos acontecimientos. «Os echarán mano y os perseguirán, entregándoos a las sinagogas y a las cárceles. (...) Así pues, convenceos de que no debéis tener preparado de antemano cómo os vais a defender» (Lc 21, 12-14).


Este consejo puede resultar un poco extraño. ¿Qué sentido tiene no preparar una defensa ante una persecución injusta? En realidad, quizá Jesús quiere que no demos tanta importancia a lo que somos capaces de hacer, sino a lo que él puede obrar en nosotros, sobre todo en momentos de dificultades. «Yo os daré palabras y sabiduría que no podrán resistir ni contradecir todos vuestros adversarios» (Lc 21,15), dice a continuación. Nos pone delante de nuestros límites para que sea él quien luzca en nuestra vida. Son palabras que pueden encender aún más nuestra fe y nuestra esperanza porque nos recuerdan que no estamos solos.


Esto es algo que san Josemaría experimentó en su propia vida. En una ocasión paseaba por Londres. Al contemplar el ritmo frenético de la gente, el poderío material y financiero, se sintió tan desconcertado e incapaz que pensó: «Josemaría, aquí no puedes hacer nada». E inmediatamente tuvo la respuesta: «¡Tú, no!; ¡Yo, sí! Tú, ciertamente, no podrás; pero Yo sí que puedo»[1]. Tan grabado tenía esa convicción en su alma que en Camino dejó escrito: «Sientes una fe gigante... –El que te da esa fe, te dará los medios»[2].


SABER que Dios está siempre a nuestro lado nos lleva a vivir de manera serena y optimista. Esto no quiere decir, sin embargo, que nuestras acciones sean indiferentes, que sea lo mismo tomar una decisión u otra. Cristo, para extender su reinado en los corazones, cuenta con lo que hacemos y con lo que somos capaces de hacer. El Evangelio, de hecho, pone ejemplos de personas que colaboraron con Jesús a través de gestos concretos: llenar las tinajas de agua, abrir un agujero en un techo, presentar los panes y los peces, dar de beber al desconocido que tiene sed… Son detalles que estaban al alcance de cualquiera, pero que, al ponerlos por obra, tuvieron un resultado inimaginable: el mejor vino, la curación de un paralítico, abundancia de comida o un cambio de vida.


Jesús seguramente se conmueve al ver nuestros esfuerzos por ser santos. «El Dios de nuestra fe no es un ser lejano, que contempla indiferente la suerte de los hombres. Es un Padre que ama ardientemente a sus hijos, un Dios Creador que se desborda en cariño por sus criaturas»[3]. Él no nos va a poner delante de una tarea que no seamos capaces de realizar; nos invita a colaborar con las cosas ordinarias de nuestra vida, que nos pueden parecer pequeñas, pero en sus manos adquieren otra dimensión. Él supera nuestros límites de una manera que no podemos imaginar. «Jesús no nos pide lo que no tenemos, sino que nos hace ver que si cada uno ofrece lo poco que tiene, puede realizarse un milagro: Dios es capaz de multiplicar nuestro pequeño gesto de amor y hacernos partícipes de su don»[4].


ANTE los acontecimientos que anuncia el Señor, de persecuciones y dificultades, podemos sentir que «nuestra fe es pobre y nuestro camino puede ser perturbado, bloqueado por fuerzas adversas»[5]. En esas situaciones nos puede ayudar recordar que nuestra esperanza está fundada en «algo que ya ha sido cumplido y que realmente se realizará para cada uno de nosotros»[6]: el triunfo de Jesús sobre la muerte y el mal.


Desde los comienzos de la Iglesia, los cristianos han atravesado distintas dificultades. Nosotros, como ellos, podemos superar cualquier obstáculo porque, como reza el sacerdote muchas veces en la santa Misa, «Cristo ha vencido a la muerte y nos ha hecho partícipes de su vida inmortal»[7]. Él está verdaderamente presente en el mundo, en la Iglesia y en nuestra vida. El Señor hace una promesa a todos aquellos que colaboran en su misión, aunque muchas veces la alegría se mezcle con el cansancio: «Con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas» (Lc 21,19).


Aceptar las dificultades con la convicción de quien se sabe siempre en manos de Dios nos llevará a vivir con mayor serenidad. «Pediste al Señor que te dejara sufrir un poco por él –escribe san Josemaría–. Pero luego, cuando llega el padecimiento en forma tan humana, tan normal –dificultades y problemas familiares..., o esas mil pequeñeces de la vida ordinaria–, te cuesta trabajo ver a Cristo detrás de eso. –Abre con docilidad tus manos a esos clavos..., y tu dolor se convertirá en gozo»[8]. Podemos pedir a María que sepamos vivir las contradicciones de cada día con la seguridad de que su Hijo nos acompaña en todo momento.


12 de noviembre de 2022

LA ORACION DE PETICION



  • Jesús nos impulsa a la oración de petición.
  • Interceder por quienes nos rodean.
  • Oración y fe se fortalecen mutuamente.

AUNQUE MUCHAS VECES parezca difícil compaginar la idea de un Dios absolutamente perfecto, que conoce todo, con su disposición a dejarse conmover por nosotros, Jesús es claro en el Evangelio de hoy. Sí: Dios cuenta con nuestras oraciones. Cristo mismo relata «una parábola sobre la necesidad de orar siempre y no desfallecer, diciendo: Había en una ciudad un juez que no temía a Dios ni respetaba a los hombres. También había en aquella ciudad una viuda, que acudía a él diciendo: “Hazme justicia ante mi adversario”. Y durante mucho tiempo no quiso. Sin embargo, al final se dijo a sí mismo: “Aunque no temo a Dios ni respeto a los hombres, como esta viuda está molestándome, le haré justicia, para que no siga viniendo a importunarme”. Concluyó el Señor: Prestad atención a lo que dice el juez injusto. ¿Acaso Dios no hará justicia a sus elegidos que claman a Él día y noche, y les hará esperar?» (Lc 18,1-7).

La parábola nos presenta, con vivos colores, a un juez desalmado y a una viuda perseverante. La conclusión se saca por contraste: si hasta un personaje como ese juez, aunque sea a regañadientes, cede ante la porfiada insistencia de la viuda, ¿cómo no será eficaz nuestra oración perseverante, si quien nos escucha es nuestro Padre Dios, que nos ama infinitamente y desea más que nosotros mismos nuestro bien?

Cuando se descubre el amor de Dios, «se comprende que toda necesidad puede convertirse en objeto de petición. Cristo, que ha asumido todo para rescatar todo, es glorificado por las peticiones que ofrecemos al Padre en su Nombre (cfr. Jn 14,13). Con esta seguridad, Santiago (cfr. St 1,5-8) y Pablo nos exhortan a orar en toda ocasión (cfr. Ef 5,20; Flp 4,6-7; Col 3,16-17; 1 Ts 5,17-18)»[1]. Con la oración reconocemos el poder, la bondad y la misericordia de Dios. Y el primer fruto de la oración es que nos une más al Señor, que nos ayuda a aceptar su voluntad hasta identificarnos con ella, aunque no siempre la comprendamos del todo.


LA VIDA DE san Josemaría, como la de otros muchos santos, es un ejemplo de perseverancia en la oración. «Yo soy muy tozudo, soy aragonés –decía en una ocasión con buen humor, recordando un rasgo que se suele atribuir a los de su tierra–: y eso, llevado a lo sobrenatural, no tiene importancia; al contrario, es bueno, porque hay que insistir en la vida interior»[2]. Y con gran frecuencia, ante las necesidades y urgencias que aparecían continuamente en la vida de la Iglesia y de la Obra, animaba a sus hijas e hijos a rezar con fe y sin desanimarse: «¡No hay más remedio que perseverar! ¡Pedid, pedid, pedid! ¿No veis lo que hago yo? Trato de practicar este espíritu. Y cuando quiero una cosa, hago rezar a todos mis hijos, y les digo que ofrezcan la Comunión, y el Rosario, y tantas mortificaciones y tantas jaculatorias, ¡miles! Y Dios nuestro Señor, si perseveramos con perseverancia personal, nos dará todos los medios necesarios para ser más eficaces y extender su Reino en el mundo»[3].

«La súplica es expresión del corazón que confía en Dios, que sabe que solo no puede. En la vida del pueblo fiel de Dios encontramos mucha súplica llena de ternura creyente y de profunda confianza. No quitemos valor a la oración de petición, que tantas veces nos serena el corazón y nos ayuda a seguir luchando con esperanza. La súplica de intercesión tiene un valor particular, porque es un acto de confianza en Dios y al mismo tiempo una expresión de amor al prójimo. Algunos, por prejuicios espiritualistas, creen que la oración debería ser una pura contemplación de Dios, sin distracciones, como si los nombres y los rostros de los hermanos fueran una perturbación a evitar. Al contrario, la realidad es que la oración será más agradable a Dios y más santificadora si en ella, por la intercesión, intentamos vivir el doble mandamiento que nos dejó Jesús. La intercesión expresa el compromiso fraterno con los otros cuando en ella somos capaces de incorporar la vida de los demás, sus angustias y sus sueños. De quien se entrega generosamente a interceder puede decirse con las palabras bíblicas: «Este es el que ama a sus hermanos, el que ora mucho por el pueblo» (2 M 15,14)»[4].


«CUANDO VENGA el Hijo del Hombre, ¿encontrará fe sobre la tierra?» (Lc 18,8). El colofón que Jesús da al relato de la parábola sobre la necesidad de orar siempre, pone de manifiesto el estrecho vínculo que existe entre fe y oración. «Creamos, pues, para poder orar –decía san Agustín– y oremos para que la fe, que es el principio de la oración, no nos falte. La fe difunde la oración, y la oración, al difundirse obtiene, a su vez, la firmeza de la fe»[5].


Tanto en nuestra vida personal como en el caminar de la Iglesia por la historia humana, podemos tener la seguridad de que «la lámpara de la fe estará siempre encendida sobre la tierra mientras esté el aceite de la oración»[6]. Los aparentes éxitos o fracasos individuales o colectivos tienen una importancia muy relativa porque la esencia del Evangelio es otra: «El Evangelio no es la promesa de éxitos fáciles. No promete a nadie una vida cómoda. Es exigente. Y al mismo tiempo es una Gran Promesa: la promesa de la vida eterna para el hombre, sometido a la ley de la muerte; la promesa de la victoria, por medio de la fe, a ese hombre atemorizado por tantas derrotas»[7].


Hemos de rezar siempre, dirigirnos al Señor «como se habla con un hermano, con un amigo, con un padre: lleno de confianza. Dile: ¡Señor, que eres toda la Grandeza, toda la Bondad, toda la Misericordia, sé que Tú me escuchas! Por eso me enamoro de Ti, con la tosquedad de mis maneras, de mis pobres manos ajadas por el polvo del camino»[8]. María es maestra de oración porque tenía siempre en mente a su hijo. «Mira cómo pide a su Hijo, en Caná. Y cómo insiste, sin desanimarse, con perseverancia. Y cómo logra»[9].

11 de noviembre de 2022

PARA SERVIR SERVIR


  • La realidad de la venida del Señor.
  • La visión sobrenatural descubre vida en lo que parece muerte.
  • El servicio es nuestro tesoro para la eternidad.


ALGUNAS VECES escuchamos a Jesús utilizar un lenguaje profético, lleno de símbolos y comparaciones. Lo hace hoy, por ejemplo, al hablarnos de su última venida y animarnos a vivir en consecuencia. Nos recuerda, primero, dos episodios del Antiguo Testamento: el diluvio universal en tiempos de Noé y el castigo a Sodoma tras la huida apresurada de Lot. El mensaje que quiere transmitir Jesús es claro: Dios llegará de forma repentina. Y nos dice que, tristemente, encontrará a muchos desprevenidos, ocupados o distraídos en los asuntos terrenos, sin mirar también a los eternos.


Al hacernos pensar en el fin de los tiempos, que quizá percibimos como un evento lejano, Jesús nos invita a reflexionar sobre el presente: también nosotros, quizás, estamos ocupados en mil cosas cada día; tal vez nuestras jornadas se repiten con cierta monotonía, sin dejarnos espacio para mirar hacia el cielo. Por eso, nos viene muy bien este recordatorio que el Evangelio presenta sin medias tintas: acuérdate de que eres mortal, y de que la muerte es cierta pero también incierta, imprevisible; aprovecha los días para hacer el bien, recordando que después llegará la verdadera vida, la eternidad.


Mirar el cielo nos ayuda a sintonizar nuestra vida con el proyecto de Dios, con la verdad más profunda de nuestra condición humana. Saber que la vida no termina con la muerte nos llena de esperanza. El mismo Dios que se ha hecho cercano en la tierra, nos espera también ardientemente en el cielo, nos ha preparado una morada. Allí nos aguarda –utilizando palabras de san Josemaría– «todo el amor, toda la belleza, toda la grandeza, toda la ciencia… Y sin empalago: te saciará sin saciar»[1].


«¡VISIÓN SOBRENATURAL! ¡Calma! ¡Paz! Mira así las cosas, las personas y los sucesos... con ojos de eternidad.Entonces, cualquier muro que te cierre el paso –aunque, humanamente hablando, sea imponente–, en cuanto alces los ojos de veras al cielo, ¡qué poca cosa es!»[2]. Tener visión sobrenatural significa poner en la ecuación de nuestra vida el factor de la vida eterna, el cielo que Dios ha preparado para nosotros cuando concluirán nuestros días en la tierra. Esta perspectiva de fe, amplia y profunda, redimensiona los problemas a los que nos enfrentamos en nuestra familia, en la Iglesia, en el mundo…


Considerar la realidad con visión sobrenatural –que significa verla más con los ojos de Dios, es decir, como realmente es– nos introduce en la sabiduría de Dios y por tanto nos ayuda a descubrir el sentido positivo de las renuncias que a veces hemos de hacer. «El que pretenda guardar su vida, la perderá; y el que la pierda, la recobrará» (Lc 17,33), dice el Señor en el Evangelio. En la vida cristiana, con frecuencia es necesario perder para ganar, morir para dar fruto, desprenderse de lo que impide seguir de cerca a Cristo para purificarse y que el alma pueda volar cada vez más alto. Mirando a Jesús nos damos cuenta de que vale la pena luchar con alegría y con esfuerzo, sabiéndonos poca cosa, pero conscientes también de que «todo es bueno para los que aman a Dios: en esta tierra se puede arreglar todo menos la muerte: y para nosotros la muerte es Vida»[3].


LA FE EN LA VIDA eterna nos revela el auténtico valor del tiempo presente. El Señor, en su amor, nos puso en la tierra, y al final volveremos a él. Nuestros años están contados: son un don de Dios en el cual también nos ha regalado la libertad para utilizarlos como nos parezca mejor. Por eso el tiempo es un valioso tesoro que Dios deja en nuestras manos. Podemos malgastarlo o, por el contrario, hacer un buen uso de él, y vivir «cada instante con vibración de eternidad»[4].


Podemos concentrar el uso del tiempo en nosotros mismos: salud, prestigio, trabajo, bienestar, estatus… O podemos buscar frutos de eternidad a través del servicio. El afán de servir lleva a poner nuestro tiempo a disposición del Señor, a no preocuparnos con ansia por el futuro, a sentirnos colaboradores de Dios para edificar su reino en los corazones. Por medio del servicio, nuestro tiempo supera sus límites y se transforma en el «para siempre» de la eternidad.


«Entiendo muy bien aquella exclamación que san Pablo escribe a los de Corinto –dice san Josemaría–: tempus breve est! ¡Qué breve es la duración de nuestro paso por la tierra! (...). Verdaderamente es corto nuestro tiempo para amar, para dar, para desagraviar»[5]. En María, que tiene el tesoro más grande en el cielo, podemos mirar el mejor ejemplo de servicio a Jesús y a todas las personas que se cruzan en nuestro camino.


10 de noviembre de 2022

EL Reino de Dios está dentro de nosotros.




  • El Reino de Dios está dentro de nosotros.
  • Permanecer unidos a la vid para dar fruto.
  • Dios reina también en nuestras relaciones con los demás.


EN EL EVANGELIO de la Misa de hoy, algunos fariseos preguntan a Jesús cuándo llegará el reino de Dios. Tienen la idea de que la llegada del Mesías estaría acompañada de manifestaciones prodigiosas y de un castigo para quienes se le oponen. La respuesta de Cristo, sin duda, los desconcertó por completo: «El Reino de Dios no viene con espectáculo; ni se podrá decir: “Mirad, está aquí”, o “está allí”; porque daos cuenta de que el Reino de Dios está ya en medio de vosotros» (Lc 17,20-21).


El Señor, que nació en el silencio de Belén y vivió durante treinta años como un habitante más de Palestina, instaura su reino en la tierra con la misma discreción que caracterizó su existencia terrena. «Lo que define al cristiano no son tanto las condiciones exteriores de su existencia, cuanto la actitud de su corazón»[1], dice san Josemaría; es allí donde la apertura a Dios instaura un nuevo orden, una nueva paz.


Pensar en el reino de Dios es, en primer lugar, considerar cómo sabemos encontrar al Señor en nuestra vida ordinaria: en la familia, el trabajo, las pequeñas cosas de cada día; cómo entendemos que la redención nos alcanza no por estrategias humanas externas, sino en lo más íntimo de nuestra vida. «Cuando Cristo inicia su predicación en la tierra –sigue san Josemaría–, no ofrece un programa político, sino que dice: “ haced penitencia, porque está cerca el reino de los cielos”; encarga a sus discípulos que anuncien esa buena nueva, y enseña que se pida en la oración el advenimiento del reino. Esto es el reino de Dios y su justicia, una vida santa: lo que hemos de buscar primero, lo único verdaderamente necesario»[2].


«YO SOY LA VID, vosotros los sarmientos –dice el Señor–; el que permanece en mí y yo en él, ese da fruto abundante» (Jn 15,5). Estas palabras que hoy recita la Iglesia antes del Evangelio nos sirven para seguir meditando en la instauración del Reino de Dios en nuestra alma y, desde ella, en el mundo que nos rodea. Permanecer unidos a la vid, que es Cristo, en todo momento y en toda ocasión, cada día, cada hora, cuando es fácil y cuando es más arduo: tenemos aquí un ideal apasionante y fecundo.


¿Cómo reina el Señor en mi trabajo?, podemos preguntarnos, examinando la actividad que ocupa la mayor parte de nuestro tiempo; la actividad que transforma el mundo y que, como enseñaba san Josemaría, es la materia de nuestra santidad. Y quizá nos damos cuenta de tantas cosas que podemos mejorar en la realización del propio trabajo: concentración, buen humor, pensar en los demás… También puede suceder que trabajemos mucho y bien, pero no por amor a Dios y como expresión de servicio a las otras personas, sino pensando casi exclusivamente en nosotros mismos.


Un modo concreto de saber hasta qué punto reina el Señor en nosotros es examinar cómo cuidamos nuestro plan de vida espiritual, el tiempo que dedicamos a la Santa Misa, la oración mental o vocal, la lectura de la Biblia y de algún libro espiritual… Si lo primero en nuestra existencia cotidiana es el Señor y los deseos de colaborar en la redención del mundo, estos tiempos gozarán de una real y efectiva prioridad, pues nos ayudarán a ser levadura en medio de la masa, sal en el mundo. Como es obvio, a veces podrán surgir imprevistos, y no habrá otro remedio que cambiar de planes; pero nuestras prácticas de piedad no quedarán habitualmente en el olvido a la mínima que se presenten contratiempos. El Reino de Dios llega a nosotros y a quienes nos rodean solo si estamos habitualmente unidos a la verdadera vid.


OTRO ÁMBITO en donde el Reino de Dios se construye sin espectáculo es el de la relación con los demás y, especialmente, en la propia familia. En el hogar, podemos practicar continuamente las virtudes de la convivencia: buen humor, no darse demasiada importancia a uno mismo, cordialidad, empatía, escucha; paciencia, mansedumbre, delicadeza… Si buscamos decididamente la santidad de la vida cotidiana en el hogar, pidiendo al Espíritu Santo que nos ayude a permanecer en su amor, sabremos llevar después esa caridad cristiana a nuestras relaciones profesionales y sociales; también a aquellas personas que se hallen en especial necesidad: solas, abandonadas, descartadas u obligadas a dejar su tierra.


En efecto, el modo en que Dios ha deseado concedernos sus dones se lleva a cabo de un modo sorprendentemente humano: a través de las relaciones de unos con otros. En cierto sentido, este es el motivo por el que vivimos juntos y por el que deseamos servirnos mutuamente. San Josemaría nos animaba a dejar que Cristo reine en nuestra alma para, de esa manera, como él y con él, ser servidores de todos: «Servicio. ¡Cómo me gusta esta palabra! Servir a mi Rey y, por él, a todos los que han sido redimidos con su sangre. ¡Si los cristianos supiésemos servir! Vamos a confiar al Señor nuestra decisión de aprender a realizar esta tarea de servicio, porque sólo sirviendo podremos conocer y amar a Cristo, y darlo a conocer y lograr que otros más lo amen»[3].


Pidamos a nuestra Madre del cielo que sepamos ser dóciles al Espíritu Santo, para que instaure el Reino de Dios en nuestro corazón y nos convierta en servidores de todos los hombres.

9 de noviembre de 2022

DEDICACION BASILICA DE SAN JUAN DE LETRAN



  • La primera cátedra papal.
  • Adorar en el corazón y en el templo.
  • El cuidado de lo que está destinado al culto.

EN LOS COMIENZOS del cristianismo, la celebración de la Eucaristía tenía lugar en casas privadas que algunas familias cristianas –habitualmente las que contaban con mayores medios económicos y, por tanto, con viviendas más amplias– ponían a disposición de la comunidad. Eran las primitivas iglesias domésticas o domus ecclesiae. En Roma, el primer templo cristiano que se edificó fue la basílica Lateranense, en los terrenos hasta entonces ocupados por un cuartel de la guardia privada del emperador. El Papa Silvestre la consagró en el año 318. Al principio, recibió el nombre de Basílica del Salvador, pero en época medieval se dedicó también a san Juan Bautista y san Juan Evangelista. Durante bastantes siglos, hasta el periodo de Aviñón, allí estuvo la cátedra papal, por lo que esta basílica mereció el título de cunctarum mater et caput ecclesiarum, madre y cabeza de todas las iglesias, que aún puede leerse en una inscripción junto a la entrada.


Hoy conmemoramos la dedicación de esta basílica. Es una ocasión para reforzar nuestra comunión con la sede de Pedro y también para profundizar en el significado que tienen en la vida cristiana los edificios sagrados, los espacios dedicados exclusivamente al culto. Uno de los prefacios que pueden rezarse en la Misa de hoy resume el sentido de esta celebración cuando da gracias a Dios con estas palabras: «Porque generosamente te dignas habitar en toda casa consagrada a la oración, para hacer de nosotros, con la ayuda constante de tu gracia, templo del Espíritu Santo, resplandeciente por la santidad de vida. Con tu acción constante, santificas a la Iglesia, esposa de Cristo, representada en edificios visibles, para colocarla en el cielo para gloria tuya, como madre gozosa por la multitud de tus hijos»[1]. Las iglesias visibles son símbolo de la Iglesia invisible, formada por todos los bautizados como «piedras vivas y elegidas»[2]. Por eso, en una fiesta como la de hoy, pedimos al Señor que, con su ayuda, sepamos edificar la Iglesia y así alcancemos la morada definitiva en la Jerusalén del cielo[3].


«LOS VERDADEROS ADORADORES adorarán al Padre en espíritu y en verdad» (Jn 4,23), respondió Jesús a la mujer samaritana que planteaba cuál era el lugar adecuado para el culto divino. Cristo señala que, más allá del lugar material, lo más importante es que Dios vive en el corazón de cada hombre (cfr. Jn 14,23), y también asegura su presencia cada vez que dos o tres se reúnan en su nombre (cfr. Mt 18,20). Como después enseñará san Pablo en el Areópago, «el Dios que hizo el mundo y todo lo que hay en él, que es Señor del cielo y de la tierra, no habita en templos fabricados por hombre, ni es servido por manos humanas como si necesitara de algo el que da a todos la vida, el aliento y todas las cosas» (Hch 17,24-25).


Poner en primer lugar la trascendencia de Dios y la importancia de la interioridad en nuestro trato con él, no contradice, sin embargo, el hecho de que los hombres necesitemos lugares donde la cercanía del Señor hacia nosotros se manifieste de modo más patente. Y a esto se añade la realidad de que no nos salvamos individualmente, sino como Iglesia, como pueblo de Dios. No por casualidad, la palabra iglesia, en su origen griego, significa asamblea o reunión. Efectivamente, en la iglesia, grande o pequeña, nos reunimos con otros fieles cristianos y Cristo se hace presente entre nosotros, especialmente en la Eucaristía. «Mi casa será llamada casa de oración» (Mt 21,13). Hemos leído estás palabras de Jesús en el evangelio de la Misa. Nos pueden servir para considerar cómo es nuestra actitud cuando entramos en una iglesia, capilla u oratorio. ¿Nos sentimos realmente en la casa de Dios y dirigimos enseguida nuestra mirada al sagrario, donde se custodia la Eucaristía? ¿Somos capaces de instaurar un silencio interior que nos permita orar? ¿Buscamos adorarle y agradecerle su cercanía, su paciencia, haber querido mantener una familiaridad a la vez tan humana como asombrosa?


SAN FRANCISCO DE ASÍS rogaba encarecidamente a los custodios de su orden –quienes guiaban la comunidad de cada lugar– que suplicasen con toda humildad a los clérigos «que veneren sobre todas las cosas el santísimo cuerpo y sangre de nuestro Señor Jesucristo (…). Los cálices, los corporales, los ornamentos del altar y todo lo que concierne al sacrificio, deben tenerlos preciosos»[4]. El cuidado de los edificios y de los objetos relacionados con el culto surge de la fe, del amor y de la gratitud hacia un Dios que se ha hecho tan cercano. Junto con la razón, también nuestros sentidos y nuestros sentimientos nos ayudan a llegar a Dios.


El fundador del Opus Dei explicaba, con un ejemplo gráfico, que el amor humano era la explicación para ofrecer al culto los objetos más hermosos al alcance de la mano: «Cuando un hombre a la mujer amada le regale, como muestra de afecto, un saco de cemento y tres barras de hierro –os tengo dicho–, haremos nosotros lo mismo con el Señor Nuestro, que está en los cielos y en nuestros Tabernáculos»[5]. También solía comentar que comprendía con facilidad cualquier clase de falta debida a la flaqueza, pero que le era más difícil entender el descuido negligente: «Pienso –decía– que a las personas que ponen amor en todo lo que se refiere al culto, que hacen que las iglesias estén digna y decorosamente conservadas y limpias, los altares resplandecientes, los ornamentos sagrados pulcros y cuidados, Dios las mirará con especial cariño, y les pasará más fácilmente por alto sus flaquezas, porque demuestran en esos detalles que creen y aman»[6].


Seguramente María llenó de delicadezas y atenciones a Jesús en Belén, en Nazaret, y a lo largo de toda su vida. Hoy, día de la dedicación de la basílica de San Juan de Letrán, podemos pedir a nuestra madre un poco de ese amor suyo.