"Hago todos los días mi "ratito" de oración: ¡si no fuera por eso!" (Camino, 106)

19 de julio de 2023

Descubrir a Dios en la creación;


Evangelio (Mt 11,25-27)


En aquella ocasión Jesús declaró:

- Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a los sabios y prudentes y las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, porque así te ha parecido bien. Todo me lo ha entregado mi Padre, y nadie conoce al Hijo sino el Padre, ni nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo quiera revelarlo.



PARA TU RATO DE ORACION 


TODOS hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios, y llevamos intrínseco un anhelo por unirnos a nuestro Creador. Esto, entre otras maneras, se manifiesta en una constante búsqueda por conocerle mejor. Sin embargo, nuestra inteligencia, por sí sola, no puede acceder a sus misterios más íntimos. De ahí que lo más profundo de lo que sabemos de Dios lo hayamos recibido por Revelación, a través de lo que él mismo nos ha dado a conocer por medio de los escritores inspirados, de los profetas y, sobre todo, de su propio Hijo.


Cuando el apóstol Felipe pidió a Jesús que les mostrara al Padre, la respuesta fue inmediata: «Quien me ha visto a mí ha visto al Padre» (Jn 14,9). Cristo es la imagen del Padre. El Dios invisible que se apareció en forma de zarza ardiente a Moisés, ahora tiene un rostro y unas manos. Además, se ha presentado como niño en Belén a los pastores (cfr. Lc 2,16-18), como adolescente entre los doctores de la Ley (Lc 2,41-50), como penitente ante Juan el Bautista (Mt 1,4-11). Sus numerosas expresiones son la imagen del Dios Trino que camina entre los hombres. Por eso, uno de los mejores modos que tenemos de conocer a Dios es a través de la lectura y la meditación del Evangelio.


Escribía san Josemaría: «He procurado siempre, al hablar delante del Belén, mirar a Cristo Señor nuestro de esta manera, envuelto en pañales, sobre la paja de un pesebre. Y cuando todavía es Niño y no dice nada, verlo como Doctor, como Maestro. Necesito considerarle de este modo: porque debo aprender de Él. Y para aprender de Él, hay que tratar de conocer su vida: leer el Santo Evangelio, meditar aquellas escenas que el Nuevo Testamento nos relata, con el fin de penetrar en el sentido divino del andar terreno de Jesús»[1]. Al leer el Evangelio es el mismo Espíritu Santo el que habla a nuestra alma; al mostrarnos cada vez con mayor profundidad quién es Dios, nos muestra también nuestra más profunda constitución: al revelarnos a Dios nos revela a nosotros mismos.


MUCHOS artistas, consciente o inconscientemente, suelen reflejar en sus obras una parte de sí mismos. De manera similar, Dios dejó impresa una parte de sí cuando creó el mundo. «Junto a la Revelación propiamente dicha, contenida en la sagrada Escritura, se da una manifestación divina cuando brilla el sol y cuando cae la noche»[2]. A través de la creación podemos adentrarnos en el conocimiento de Dios; aquello que nos fascina cuando contemplamos el mar, una montaña o una puesta de sol, refleja aspectos de su naturaleza. En la contemplación de lo creado podemos descubrir algo sobre sí mismo que el Señor desea transmitirnos. «La fe, por lo tanto, implica saber reconocer lo invisible distinguiendo sus huellas en el mundo visible. El creyente puede leer el gran libro de la naturaleza y entender su lenguaje (cf. Sal 19, 2-5)»[3].


«Todo el universo material es un lenguaje del amor de Dios, de su desmesurado cariño hacia nosotros. El suelo, el agua, las montañas, todo es caricia de Dios»[4]. San Francisco de Asís supo reconocer ese lenguaje en todo lo que existía. Por eso su corazón sintió la necesidad de agradecer a Dios todo lo que ha salido de sus manos: el sol, pues ilumina nuestro día; la luna y las estrellas, que nos muestran la belleza; el viento y las nubes, que nos dan sustento…[5] Como enseña el Catecismo de la Iglesia, «las distintas criaturas, queridas en su ser propio, reflejan, cada una a su manera, un rayo de la sabiduría y de la bondad infinitas de Dios»[6]. Ese espíritu contemplativo hizo cantar a los tres jóvenes cuando fueron salvados por Dios del martirio: «Bendecid, sol y luna, al Señor, alabadlo y ensalzadlo por los siglos. Bendecid, astros del cielo, al Señor, alabadlo y ensalzadlo por los siglos» (Dan 3,62-63); siguiendo con todos los montes, cumbres, aves, fieras y manantiales.


«TE DOY GRACIAS, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y se las has revelado a los pequeños» (Mt 11,25). Dios se ha querido revelar a todos, y la sencillez de corazón es el mejor camino para reconocerle. En el Antiguo Testamento, cuando el profeta Samuel buscaba un nuevo rey para Israel, el elegido fue David, el más joven de sus hermanos, a quien su padre ni siquiera consideró como un posible candidato. Jesús, a la hora de pensar en quiénes serían las columnas del nuevo pueblo de Dios, la Iglesia, escogió a unos hombres que no destacaban por su sabiduría: casi todos eran personas comunes y corrientes, que se ganaban la vida con su trabajo manual.


A veces podemos pensar que el Señor nos elige por nuestras cualidades. Además de que los textos bíblicos nos muestran lo contrario –que Dios elige precisamente a los débiles–, aquel planteamiento es peligroso, porque no nos puede sostener cuando experimentamos nuestra debilidad. Por eso, san Pablo invitaba a los cristianos de Corinto a considerar la particularidad de su vocación: «No hay entre vosotros muchos sabios según la carne, ni muchos poderosos, ni muchos nobles; sino que Dios escogió la necedad del mundo para confundir a los sabios, y Dios eligió la flaqueza del mundo para confundir a los fuertes» (1Cor 26-27).


Jesús no nos llama siguiendo criterios humanos. Él va más allá de las apariencias: conoce perfectamente nuestros defectos y, por eso, solamente nos pide sencillez de corazón. «Comprende Jesús nuestra debilidad y nos atrae hacia sí, como a través de un plano inclinado, deseando que sepamos insistir en el esfuerzo de subir un poco, día a día»[7]. La Virgen María fue elegida como Madre de Dios por su sencillez y discreción. Podemos acudir a ella para que nos gane un corazón cada día más parecido al suyo.

18 de julio de 2023

Mira que estoy a la puerta y llamo




 Evangelio (Mt 11,20-24)


En aquel tiempo se puso a reprochar a las ciudades donde se habían realizado la mayoría de sus milagros, porque no se habían convertido:


-¡Ay de ti, Corazín, ay de ti, Betsaida! Porque si en Tiro y en Sidón se hubieran realizado los milagros que se han obrado en vosotras, hace tiempo que habrían hecho penitencia en saco y ceniza. Sin embargo, os digo que en el día del Juicio Tiro y Sidón serán tratadas con menos rigor que vosotras.


Y tú, Cafarnaún, ¿acaso serás exaltada hasta el cielo? ¡Hasta los infiernos vas a descender! Porque si en Sodoma hubieran sido realizados los milagros que se han obrado en ti, perduraría hasta hoy. En verdad os digo que en el día del Juicio la tierra de Sodoma será tratada con menos rigor que tú.



PARA TU RATO DE ORACION 



JESÚS recorrió Galilea para anunciar el Reino de Dios. No se limitó solo al territorio de Israel, sino que superó sus confines. En Tiro y en Sidón también obró conforme a su modo de hacer, pues hasta allí había llegado su fama. En aquellas ciudades de la costa mediterránea atendió a la mujer cananea que vino a rogarle que curase a su hija. Aun sabiendo que Jesús venía a anunciar la palabra al pueblo de Israel, ella se presentó de modo humilde, apelando a su misericordia, y diciéndole que «también los perrillos comen de las migajas que caen de las mesas de sus amos» (Mt 15,27). El Señor quedó conmovido por la fe y se hizo conforme ella pedía. También curó a un sordomudo y multiplicó los panes en su paso por la Decápolis, para dar de comer a un numeroso gentío con solo siete peces que llevaban. «Siento profunda compasión por la muchedumbre» (Mc 8,2) es una frase que escuchamos varias veces de la boca de Cristo.


El Señor hizo todo con amor y misericordia, atendiendo las necesidades de quienes se presentaron ante él. También en nuestra vida se presentan personas que buscan una ayuda en nosotros: alguien que arroje un poco de luz sobre un problema, un oído que sepa escuchar, un consuelo en medio del dolor, una mano amiga con la que se puede contar… A veces, como la cananea, esas personas presentaran explícitamente su necesidad; pero otras veces, al igual que la muchedumbre, lo harán de forma implícita, disimulando, esperando una mirada que se haga cargo de su dolor. «Solo se ve bien con la cercanía que da la misericordia»[1]. Conociendo a los demás, sabiendo cómo son –sus ilusiones y sus miedos, sus virtudes y sus defectos–, podemos anticiparnos y salir al encuentro de lo que necesitan.


EN COROZAÍN y Betsaida Jesús realizó numerosos milagros. Sin embargo, sus habitantes no se decidieron a cambiar de vida. Prefirieron seguir con sus días, igual que siempre, sin abrazar la Buena Nueva. Y Cristo, que sufría por la dureza de aquellos corazones, no pudo evitar expresar su tristeza: «Si en Tiro y en Sidón se hubieran realizado los milagros que se han obrado en vosotras, hace tiempo que habrían hecho penitencia en saco y ceniza» (Mt 11,21). Añadió que aquellas ciudades serán tratadas con menor rigor en el día del juicio, pues a ellas no se les dio la oportunidad de acoger al Hijo de Dios. Jesús lloró porque muchas personas no reconocieron su amor. «Existe una cerrazón interior, que concierne al núcleo profundo de la persona, al que la Biblia llama el “corazón”. Esto es lo que Jesús vino a “abrir”, a liberar, para hacernos capaces de vivir en plenitud la relación con Dios y con los demás»[2].


El Señor sigue pasando por nuestra vida, y espera ilusionado que le acojamos, que vivifiquemos nuestro corazón con su Evangelio. «Mira que estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo» (Ap 3,20). Si echamos una mirada atrás a nuestra vida, quizá nos daremos cuenta de los muchos prodigios que Jesús, como en Corozaín y Betsaida, ha obrado en nosotros. Sabemos que todos tenemos la tendencia a ser Corozaín y Betsaida si no nos mantenemos atentos a escuchar a Dios, a mirarlo en todos los milagros que realiza en nuestra alma. Por eso, podemos pedirle especialmente al Espíritu Santo que nos permita ver aquello que esconde la más ordinaria realidad de nuestros días, para percibir la grandeza de su acción en nosotros y así no endurecer nuestro corazón.


«DIOS es amor» (1 Jn 4,8). Así lo experimentaron quienes convivieron de modo más cercano a Jesús, y también nosotros podemos decirlo. No es que el Señor nos da su amor solamente si nos dirigimos a él o si hacemos las cosas como nos parecen bien: es él quien «nos primerea», es él quien tiene la iniciativa para acercarse a nosotros. El apóstol Juan, que sabía bien de esta experiencia, lo dejó escrito así en una de sus cartas: «En eso consiste el amor, no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó primero y envió a su Hijo, víctima expiatoria de nuestros pecados» (1 Jn 4,10). Toda la creación es la obra salida de la mano de Dios para que los hombres la disfrutemos en honor y alabanza a la Trinidad. Sin embargo, a veces nos puede costar percibir su presencia, advertir su brazo consolador en las dificultades o su gozo en nuestras alegrías.


A veces, quizá por falta de sensibilidad ante lo sobrenatural, por llenarnos de la lógica puramente humana, no descubrimos tantas cosas que nos vienen de Dios. De ahí que Jesús dijera: «¿Con quién compararé a esta generación? Se parece a unos niños que se sientan en las plazas y les reprochan a sus compañeros: Hemos tocado para vosotros la flauta, y no habéis bailado, os hemos entonado cantos fúnebres, y no os habéis lamentado» (Mt 11,16-17). Parece como si Dios no nos secundara en nuestros planes. Sin embargo, es él quien nos da gratuitamente su amor: él no ha puesto condiciones a su encarnación ni a su muerte. En el amor dulcísimo de María podemos encontrar refugio: ella, que tenía un corazón que batía al unísono con el de su Hijo, nos ayudará a acoger el amor de Dios en nuestra vida.

17 de julio de 2023

Las incomprensiones en el camino.

 



Evangelio (Mt 10,34-11,1)


En aquel tiempo, dijo Jesús a sus Apóstoles:


- No penséis que he venido a traer la paz a la tierra. No he venido a traer la paz sino la espada. Porque he venido a enfrentar al hombre contra su padre, a la hija contra su madre y a la nuera contra su suegra. Y los enemigos del hombre serán los de su misma casa. Quien ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; y quien ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí. Quien no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí. Quien encuentre su vida, la perderá; pero quien pierda por mí su vida, la encontrará. Quien a vosotros os recibe, a mí me recibe, y quien me recibe a mí, recibe al que me ha enviado. Quien recibe a un profeta por ser profeta obtendrá recompensa de profeta, y quien recibe a un justo por ser justo obtendrá recompensa de justo. Y cualquiera que dé de beber tan sólo un vaso de agua fresca a uno de estos pequeños por el hecho de ser discípulo, en verdad os digo que no quedará sin recompensa.


Cuando terminó Jesús de dar instrucciones a sus doce discípulos, se fue de allí para enseñar y predicar en sus ciudades.



PARA TU RATO DE ORACION



LAS ENSEÑANZAS de Jesús no siempre son sencillas de comprender. A veces sus palabras son, incluso, provocadoras. Algunos se escandalizaban al oírle, o creían que aquello que decía era demasiado difícil de asumir. Sin embargo, «toda la vida de Cristo es Revelación del Padre: sus palabras y sus obras, sus silencios y sus sufrimientos, su manera de ser y de hablar»[1]. Jesús vino para mostrarnos el rostro de su Padre. Todos sus gestos, incluso aquellos que nos pueden parecer más complicados de entender, apuntan a darnos a conocer algún aspecto del misterio de Dios y de su proyecto de redención.


«No penséis que he venido a traer paz a la tierra –dijo el Señor en una ocasión–. No he venido a traer paz, sino espada. Sí, he venido a enfrentar al hombre con su padre, a la hija con su madre, a la nuera con su suegra; y enemigos de cada cual serán los que conviven con él» (Mt 10,34-36). ¿Cómo puede ser que el que traería la paz a los hombres –según dijeron los ángeles a los pastores de Belén– se presente ahora así? ¿Es este el príncipe de la paz que Isaías anunció? «Un hijo nos es dado, y el principado sobre su hombro; y se llamará su nombre Admirable, Consejero, Dios Fuerte, Padre Eterno, Príncipe de Paz» (Is 9,8). Jesús viene a establecer la paz de los hombres con Dios; pero a veces esa paz causa desconcierto o rechazo, sobre todo cuando no estamos preparados para su reinado o cuando preferimos evitarlo.


Las enseñanzas de Cristo causan división, en primer lugar, en uno mismo; es decir, ponen de manifiesto la falta de armonía en nuestro interior. En efecto, por las consecuencias del pecado, nos puede resultar difícil acoger algún aspecto de su mensaje. Nos gustaría secundar sus palabras e imitar su vida, pero al mismo tiempo encontramos una fuerza dentro de nosotros que nos lleva a hacer lo que no queremos (cfr. Rm 7,23). Esta es, precisamente, la guerra que Jesús quiere que emprendamos, y que en la mayoría de las veces se presenta en forma de pequeñas batallas. El Espíritu Santo nos recuerda interiormente lo que nos evita esa división; es «como un aviso silencioso que nos lleva a entrenarnos en este deporte sobrenatural del propio vencimiento. Que la luz de Dios nos ilumine –oraba san Josemaría–, para percibir sus advertencias; que nos ayude a pelear, que esté a nuestro lado en la victoria»[2].


LA PAZ de Jesús es fruto de la lucha constante contra el mal, impulsada por su misma gracia. Él nos muestra la lucha en la que nos toca batirnos contra el enemigo de Dios y del hombre, contra Satanás. «¿Pensáis que he venido a traer paz a la tierra? No, sino división» (Lc 12,51). «¿Qué significa esto? Significa que la fe no es una cosa decorativa, ornamental; vivir la fe no es decorar la vida con un poco de religión (...). No, la fe no es esto. La fe comporta elegir a Dios como criterio-base de la vida»[3]. Y esto, en ocasiones, puede acarrear incomprensiones por parte de nuestro entorno, en donde a veces ese criterio-base puede ser simplemente la comodidad material, el cuidado de la propia imagen o la diversión.


Desde los inicios de la Iglesia, el modo de actuar de los santos no siempre ha sido entendido o compartido por sus semejantes; muchas veces porque estos últimos no han recibido siquiera el anuncio cristiano. Sin embargo, en muchos casos esas diferencias fueron desapareciendo con el paso del tiempo. Y no tanto por la brillantez de ciertos argumentos, sino por la fuerza del testimonio. El cristiano es testigo de que las verdaderas riquezas son aquellas que se atesoran en el cielo; el cristiano se sabe hijo de Dios Padre, por lo que no tiene miedo de nada, ni tiene que aparentar algo que no es; el cristiano es testigo de que la felicidad no está en una vida cómoda, sino en un corazón enamorado[4]. Por eso, una vida cuyo criterio-base es Dios, aunque pueda causar cierto desconcierto inicial, acaba despertando atractivo por la alegría auténtica que desprende.


«Mirad como se aman. (...) Mirad cómo están dispuestos a morir el uno por el otro»[5], decían los no cristianos sobre los bautizados. Ese amor concreto, que les llevaba a compartir todo lo que tenían, suscitó en quienes les rodeaban el deseo por conocer al Señor.


A LO LARGO de nuestra vida experimentamos muy diversas dificultades. A veces están relacionadas con situaciones externas –un problema en el trabajo, la enfermedad de un ser querido, un revés económico– y otras con nuestro mundo interior –dudas que no se acallan, defectos que nos hacen perder la paz–. Jesús, que conoce de primera mano esas problemáticas, no nos invita a vivir como si no existieran, sino que nos invita a tomar esa cruz, a abrazarla con el corazón, y a seguir sus pasos. El Señor nos asegura que quien haga así, encontrará la verdadera vida (cfr. Mt 10,39).


Ciertamente, la vida de la que él habla es la vida del cielo, pero que comienza ya en esta tierra, y que no consiste en ausencia de sufrimiento. Se trata, más bien, de una felicidad que no está absolutamente determinada por las circunstancias externas ni por nuestro estado de ánimo, sino que se ancla en lo verdaderamente importante: su amor y la seguridad de que él está siempre con nosotros. Por supuesto, las contrariedades nos afectarán siempre, pero si nos fiamos de estas palabras de Jesucristo, no tendrán fuerza para quitarnos la alegría; es más, su gracia será la fuerza para ir integrando, poco a poco y del mejor modo posible, con realismo, cada uno de esos aspectos. Las contrariedades nos pueden ayudar a conocernos o a conocer a los demás, nos impulsan a ser más pacientes y a buscar otros caminos con creatividad. También pueden agrandar el corazón y fortalecer nuestras relaciones cuando pedimos ayuda o colaboración a otros. En cualquier caso, siempre nos permiten adentrarnos en el misterio de la providencia, que nos desvela algo de los modos de hacer y de los tiempos de Dios.


«El hombre ha sido creado para la felicidad. Vuestra sed de felicidad, por tanto, es legítima. Cristo tiene la respuesta a vuestro deseo. Pero os pide que confiéis en él»[6]. La Virgen María confió en Dios. A ella, que fue la criatura más perfecta que salió de sus manos, tampoco le ahorró el sufrimiento, porque, de una manera misteriosa, allí, junto a la cruz, crece el amor. María halló la felicidad en la seguridad de que el Señor no se apartaría de ella jamás.




16 de julio de 2023

JESUS SE HACE ENTENDER

 



Evangelio (Mt 13,1-23)


Aquel día salió Jesús de casa y se sentó a la orilla del mar. Se reunió en torno a él una multitud tan grande, que tuvo que subir a sentarse en una barca, mientras toda la multitud permanecía en la orilla. Y se puso a hablarles muchas cosas con parábolas:


—Salió el sembrador a sembrar. Y al echar la semilla, parte cayó junto al camino y vinieron los pájaros y se la comieron. Otra parte cayó en terreno pedregoso, donde no había mucha tierra y brotó pronto por no ser hondo el suelo; pero al salir el sol, se agostó y se secó porque no tenía raíz. Otra parte cayó entre espinos; crecieron los espinos y la ahogaron. Otra, en cambio, cayó en buena tierra y comenzó a dar fruto, una parte el ciento, otra el sesenta y otra el treinta. El que tenga oídos, que oiga.


Los discípulos se acercaron a decirle:


—¿Por qué les hablas con parábolas?


Él les respondió:


—A vosotros se os ha concedido el conocer los misterios del Reino de los Cielos, pero a ellos no se les ha concedido. Porque al que tiene se le dará y tendrá en abundancia; pero al que no tiene incluso lo que tiene se le quitará. Por eso les hablo con parábolas, porque viendo no ven, y oyendo no oyen ni entienden. Y se cumple en ellos la profecía de Isaías, que dice:


Con el oído oiréis, pero no entenderéis; con la vista miraréis, pero no veréis.


Porque se ha embotado el corazón de este pueblo,


han hecho duros sus oídos, y han cerrado sus ojos;


no sea que vean con los ojos, y oigan con los oídos,


y entiendan con el corazón y se conviertan, y yo los sane.


Bienaventurados, en cambio, vuestros ojos porque ven y vuestros oídos porque oyen. Porque en verdad os digo que muchos profetas y justos ansiaron ver lo que estáis viendo y no lo vieron, y oír lo que estáis oyendo y no lo oyeron.


Escuchad, pues, vosotros la parábola del sembrador. A todo el que oye la palabra del Reino y no entiende, viene el Maligno y arrebata lo sembrado en su corazón: esto es lo sembrado junto al camino. Lo sembrado sobre terreno pedregoso es el que oye la palabra, y al momento la recibe con alegría; pero no tiene en sí raíz, sino que es inconstante y, al venir una tribulación o persecución por causa de la palabra, enseguida tropieza y cae. Lo sembrado entre espinos es el que oye la palabra, pero las preocupaciones de este mundo y la seducción de las riquezas ahogan la palabra y queda estéril. Y lo sembrado en buena tierra es el que oye la palabra y la entiende, y fructifica y produce el ciento, o el sesenta, o el treinta.



PARA TU RATO DE ORACION 



«DIOS construye su excelso palacio en el cielo y pone su cimiento en la tierra –dice el profeta Amós, describiendo al Señor, creador del universo–, llama a las aguas del mar y las derrama sobre la superficie de la tierra» (Am 9,6). Quizá Jesús, al leer estas palabras del profeta, también se pasmaría al considerar cómo la creación entera nos revela a su Padre. Tal vez por eso, con frecuencia el Evangelio nos presenta al Señor que sale al aire libre, a la orilla del lago, como si quisiera aprovechar el imponente marco de la naturaleza –de la obra de su Padre Dios– para hablar a quienes tiene cerca.


Aunque la orilla es espaciosa, esta vez el lugar se llena enseguida. Se ha difundido la voz de que Jesús está allí. La playa se hace pequeña, por lo que el Señor se tiene que subir a una barca. Desde esa tribuna balanceante e improvisada, se dirige a la multitud y cuenta la historia de un sembrador que salió a trabajar. «Al sembrar, un poco cayó al borde del camino; vinieron los pájaros y se lo comieron. Otro poco cayó en terreno pedregoso, donde apenas tenía tierra, y, como la tierra no era profunda, brotó en seguida; pero, en cuanto salió el sol, se abrasó y por falta de raíz se secó. Otro poco cayó entre zarzas, que crecieron y lo ahogaron. El resto cayó en tierra buena y dio grano: unos, ciento; otros, sesenta; otros, treinta» (Mt 13,1-23).


Para muchos de los presentes sería fácil imaginarse la escena, pues era una realidad que tenían a la mano. Probablemente a más de uno le habría ocurrido algo similar. Jesús busca modos de hacerse entender, intenta tocar la inteligencia y el corazón, habla a sus oyentes en el idioma de su propia experiencia. En definitiva, sabe ponerse en la piel de los que le escuchan, porque le mueve un profundo espíritu de servicio. «Dios no es (…) una inteligencia matemática muy apartada de nosotros. Dios se interesa por nosotros, nos ama, ha entrado personalmente en la realidad de nuestra historia, se ha auto-comunicado hasta encarnarse»[1]. ¿Damos también nosotros testimonio del mensaje cristiano con ese deseo de ponernos en la situación de los que nos rodean, conociendo sus preocupaciones e ilusiones?


EN LA parábola del sembrador, no todas las semillas corren la misma suerte. Aunque la simiente siempre es buena –pues se trata de los dones y de las gracias que Dios ha esparcido en nuestra vida–, necesita un terreno adecuado para crecer y dar fruto. Un corazón bloqueado por los miedos, por el deseo de tener todo bajo control o por el afán de acumular bienes materiales, es un lugar donde la semilla no puede acceder. En cambio, un alma sencilla, dispuesta a acoger el amor divino, hace que los talentos fructifiquen para contribuir así al bien de los demás.


«Cuando nuestros corazones son superficiales, la semilla no logra germinar: el corazón superficial, que acoge al Señor, quiere rezar, amar y dar testimonio, pero no persevera, se cansa y no “despega” nunca»[2]. La simiente necesita tierra profunda donde echar raíces. Muchas veces los nutrientes necesarios para el crecimiento no se hallan en los estratos más superficiales: solo se pueden encontrar en lo hondo. Nuestro mundo interior tendrá esa profundidad si logra ir más allá de los estados de ánimo, si siembra en la estabilidad madura de las convicciones de fondo, en los ideales que queremos que inspiren nuestro día a día.


La buena simiente requiere un campo trabajado con esmero y constancia. Las zarzas crecen a veces cuando los terrenos se descuidan y quedan abandonados a su suerte. «La fidelidad es una donación continuada: un amor, una liberalidad, un desasimiento que perdura, y no simple resultado de la inercia»[3]. La buena semilla arraiga cuando encuentra un empeño habitual por tener un vida de oración, por conocer la riqueza espiritual del cristianismo, por cuidar las relaciones humanas en el trabajo y la familia, etc. Cada uno de esos ámbitos son como los distintos surcos que podemos trabajar para que, pacientemente, la vida contemplativa arraigue en la propia alma.


LA HISTORIA del sembrador continúa en la vida de cada uno de los hijos de Dios. El Señor sigue lanzando a voleo su semilla, deseoso de encontrar corazones que la reciban. Él, por medio de cada uno de nosotros, «prosigue su siembra divina. Cristo aprieta el trigo en sus manos llagadas, lo empapa con su sangre, lo limpia, lo purifica y lo arroja en el surco, que es el mundo. Echa los granos uno a uno, para que cada cristiano, en su propio ambiente, dé testimonio de la fecundidad de la muerte y de la resurrección del Señor»[4].


Es consolador saber que nuestra vida es semilla divina en manos del Señor, lanzada a este mundo que él creó y que es bueno. Cuando procuramos actuar buscando la gloria de Dios –errando algunas veces, cayendo otras, recomenzando siempre–, cuando nos mueve el afán de que otros descubran la alegría de la casa del Padre, la simiente germina aunque a veces no advirtamos su florecimiento. «Si eres fiel a los impulsos de la gracia – decía san Josemaría–, darás buenos frutos: frutos duraderos para la gloria de Dios. Ser santo entraña ser eficaz, aunque el santo no toque ni vea la eficacia»[5].


En ocasiones podemos desanimarnos al pensar, equivocadamente, que a nuestro alrededor no hay un terreno apropiado para que crezca la semilla divina. El Señor actúa en cualquier situación, es un sembrador omnipotente, además de que todos desean la felicidad de Dios en el fondo del alma. Quien trabaja junto al sembrador divino «sabe bien que su vida dará frutos, pero sin pretender saber cómo, ni dónde, ni cuándo. Tiene la seguridad de que no se pierde ninguno de sus trabajos realizados con amor, no se pierde ninguna de sus preocupaciones sinceras por los demás, no se pierde ningún acto de amor a Dios, no se pierde ningún cansancio generoso, no se pierde ninguna dolorosa paciencia»[6]. La Virgen María nos podrá ayudar a estar unidos a su Hijo, empapados en su sangre, haciendo cada vez más fecunda nuestra vida.




15 de julio de 2023

La víspera de la VIRGEN DEL CARMEN



EVANGELIO Mateo 10,24-33


En aquel tiempo, dijo Jesús a sus apóstoles:

«Un discípulo no es más que su maestro, ni un esclavo más que su amo; ya le basta al discípulo con ser como su maestro, y al esclavo como su amo. Si al dueño de la casa lo han llamado Belzebú, ¡cuánto más a los criados!

No les tengáis miedo, porque nada hay cubierto que no llegue a descubrirse; nada hay escondido que no llegue a saberse.

Lo que os digo de noche decidlo en pleno día, y lo que escuchéis al oído, pregonadlo desde la azotea.

No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. No, temed al que puede llevar a la perdición alma y cuerpo en la “gehenna”. ¿No se venden un par de gorriones por unos céntimos? Y, sin embargo, ni uno solo cae al suelo sin que lo disponga vuestro Padre. Pues vosotros hasta los cabellos de la cabeza tenéis contados. Por eso, no tengáis miedo; valéis más vosotros que muchos gorriones.

A quien se declare por mí ante los hombres, yo también me declararé por él ante mi Padre que está en los cielos. Y si uno me niega ante los hombres, yo también lo negaré ante mi Padre que está en los cielos».



PARA TU RATO DE ORACION 


Hoy es Sábado, el día de la semana que dedicamos a honrar a nuestra Madre la Virgen María. Mañana es la gran fiesta de la Virgen del Carmen, pero liturgicamente no se celebra pues este año cae en domingo por eso en un RATO DE ORACION os propongo en la víspera y sábado la oración con temas relacionados con esta gran fiesta de nuestra Madre.


Cinco textos de san Josemaría para la fiesta de la Virgen del Carmen


Madre! -Llámala fuerte, fuerte. -Te escucha, te ve en peligro quizá, y te brinda, tu Madre Santa María, con la gracia de su Hijo, el consuelo de su regazo, la ternura de sus caricias: y te encontrarás reconfortado para la nueva lucha.


Camino, 516


Lleva sobre tu pecho el santo escapulario del Carmen. —Pocas devociones —hay muchas y muy buenas devociones marianas— tienen tanto arraigo entre los fieles, y tantas bendiciones de los Pontífices. —Además ¡es tan maternal ese privilegio sabatino!


Camino, 500


No estás solo. -Lleva con alegría la tribulación. -No sientes en tu mano, pobre niño, la mano de tu Madre: es verdad. -Pero... ¿has visto a las madres de la tierra, con los brazos extendidos, seguir a sus pequeños, cuando se aventuran, temblorosos, a dar sin ayuda de nadie los primeros pasos? -No estás solo: María está junto a ti.


Camino, 900


Permíteme un consejo, para que lo pongas en práctica a diario. Cuando el corazón te haga notar sus bajas tendencias, reza despacio a la Virgen Inmaculada: ¡mírame con compasión, no me dejes, Madre mía! -Y aconséjalo a otros.


Surco, 849


Nuestra Madre es modelo de correspondencia a la gracia y, al contemplar su vida, el Señor nos dará luz para que sepamos divinizar nuestra existencia ordinaria. A lo largo del año, cuando celebramos las fiestas marianas, y en bastantes momentos de cada jornada corriente, los cristianos pensamos muchas veces en la Virgen. Si aprovechamos esos instantes, imaginando cómo se conduciría Nuestra Madre en las tareas que nosotros hemos de realizar, poco a poco iremos aprendiendo: y acabaremos pareciéndonos a Ella, como los hijos se parecen a su madre.


Imitar, en primer lugar, su amor. La caridad no se queda en sentimientos: ha de estar en las palabras, pero sobre todo en las obras. La Virgen no sólo dijo fiat, sino que cumplió en todo momento esa decisión firme e irrevocable. Así nosotros: cuando nos aguijonee el amor de Dios y conozcamos lo que Él quiere, debemos comprometernos a ser fieles, leales, y a serlo efectivamente. Porque no todo aquel que dice Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos; sino aquel que hace la voluntad de mi Padre celestial.


Hemos de imitar su natural y sobrenatural elegancia. Ella es una criatura privilegiada de la historia de la salvación: en María, "el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros". Fue testigo delicado, que pasa oculto; no le gustó recibir alabanzas, porque no ambicionó su propia gloria. María asiste a los misterios de la infancia de su Hijo, misterios, si cabe hablar así, normales: a la hora de los grandes milagros y de las aclamaciones de las masas, desaparece. En Jerusalén, cuando Cristo —cabalgando un borriquito— es vitoreado como Rey, no está María. Pero reaparece junto a la Cruz, cuando todos huyen. Este modo de comportarse tiene el sabor, no buscado, de la grandeza, de la profundidad, de la santidad de su alma.


Tratemos de aprender, siguiendo su ejemplo en la obediencia a Dios, en esa delicada combinación de esclavitud y de señorío. En María no hay nada de aquella actitud de las vírgenes necias, que obedecen, pero alocadamente. Nuestra Señora oye con atención lo que Dios quiere, pondera lo que no entiende, pregunta lo que no sabe. Luego, se entrega toda al cumplimiento de la voluntad divina: "he aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra". ¿Veis la maravilla? Santa María, maestra de toda nuestra conducta, nos enseña ahora que la obediencia a Dios no es servilismo, no sojuzga la conciencia: nos mueve íntimamente a que descubramos la libertad de los hijos de Dios.


Es Cristo que pasa, 173


PD: Si alguien quiere que se le imponga el Escapulario del Carmen los días de retiro mensual de la próxima semana puede solicitalo al Padre Mario


El Escapulario se impone sólo una vez por algún sacerdote o persona autorizada. El escapulario puede ser reemplazado después por una medalla que en un lado tenga la imagen del Sagrado Corazón de Jesús y en el otro lado la imagen de María.


El escapulario nos obliga a vivir como auténticos cristianos en línea con las enseñanzas del evangelio, recibir los sacramentos, y profesar nuestra devoción especial a la Santísima Virgen. Dicha devoción debe expresarse cada día a través del rezo del Ave María, la lectura orante de las Escrituras y el servicio a una persona necesitada.


Forma Breve para Recibir el Escapulario


Recibe el escapulario como un signo de tu relación especial con María, la Madre de Jesús, a quien prometes imitar. Que sea un recuerdo de tu dignidad como cristiano al servir a otros e imitar a María. Vístelo como signo de su protección y de pertenencia a la familia del Carmelo, haciendo la voluntad de Dios y dedicándote a construir un mundo fiel a su plan de comunidad, justicia y paz.


El Escapulario Marrón no es:

  • un amuleto mágico para protegerte.
  • una garantía de salvación automática.
  • un pretexto para no vivir las exigencias de la vida cristiana.

INDULGENCIA 

Quienes  lleven el Escapulario Carmelita pueden ganarse Indulgencias en cualquier día del año, pero en especial durante las Fiestas Carmelitas. Sepa como ganarse las Indulgencias por el uso de este santo sacramental.


El 16 de julio de 1251 la Madre de Dios se apareció a san Simón Stock y le dijo: «El que muera con el Escapulario del Carmen no perecerá en el fuego eterno». El Escapulario del Carmen es un signo de la protección de la Santísima Virgen María a sus devotos.

No se trata de un asunto de poca importancia, decía el Venerable Papa Pio XII: «alcanzar la vida eterna en virtud de la promesa hecha por la Santísima Virgen María».

He aquí las Indulgencias Plenarias y Parciales concedidas a los que usen el Santo Escapulario.

Indulgencias Plenarias

El día que se recibe el Santo Escapulario.

En las Fiestas de:

– Virgen del Carmen (16 de julio o cuando se celebre)

– San Simón Stock (16 de mayo)

– San Elías, profeta (20 de julio)

– Santa Teresa del Niño Jesús (1 de octubre)

– Santa Teresa de Jesús (15 de octubre)

– Todos los Santos Carmelitas (14 de noviembre)

– San Juan de la Cruz (14 de diciembre).


Indulgencia Parcial:

Se gana Indulgencia Parcial por usar piadosamente el Santo Escapulario. Se puede ganar no sólo por besarlo, sino también por cualquier acto de afecto y devoción.


Recordando que junto con los actos indulgenciados hay que confesarse (con la intención de ganar las indulgencias); comulgar el día en que se realiza el acto indulgenciado o en las fiestas correspondientes, y tener un rechazo interior al gusto por el pecado; y rezar un Padrenuestro, un Ave María y Gloria, por las intenciones del Sumo Pontífice.



14 de julio de 2023

DIOS ACTÚA CON SENCILLEZ

 


EVANGELIO (Mt 10,16-23)

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus apóstoles: Mirad que Yo os envío como a ovejas en medio de lobos: ¡Sed sagaces como serpientes y sencillos como palomas!

Pero cuidado con los hombres, porque os entregarán a los tribunales y os azotarán en las sinagogas. A causa de mí, seréis llevados ante gobernadores y reyes, para dar testimonio delante de ellos y de los gentiles.

Cuando os entreguen, no os preocupéis de cómo vais a hablar o qué vais a decir: lo que debáis decir se os dará a conocer en ese momento, porque no seréis vosotros los que hablaréis, sino que el Espíritu de vuestro Padre hablará por vosotros. El hermano entregará a su hermano para que sea condenado a muerte, y el padre a su hijo; los hijos se rebelarán contra sus padres y los matarán. Seréis odiados por todos a causa de mi Nombre, pero aquel que persevere hasta el fin se salvará. Cuando os persigan en una ciudad, huid a otra, y si os persiguen en esta, huid a una tercera. Os aseguro que no acabaréis de



PARA TU RATO DE ORACION 


JESÚS CONOCÍA profundamente a los apóstoles. Había pasado con ellos largas horas hablando, caminando y rezando. Era consciente de las ilusiones y de los miedos que ocupaban sus corazones. Aunque alguno quisiera aparentar ante él un modo de ser que no correspondía con su personalidad, Jesús sabía cuáles eran las virtudes y los defectos de cada uno. Quizá por eso, cuando les envió a predicar, les animó a llevar a cabo su misión huyendo de estrategias complejas y de deseos de figurar. Para llevar a Jesús a los corazones de los demás, debían ser «sencillos como las palomas» (Mt 10,16).


Sin embargo, a veces puede suceder que nuestra misma relación con Dios sea un poco compleja. Creemos que no terminamos de descubrir lo que él quiere de nosotros, o bien nos sentimos un poco apagados cuando tratamos de hablar con él. A pesar de que intentamos pensar en los sucesos de la jornada o discernir los sentimientos que invaden nuestro corazón, parece que no logramos sintonizar con el Señor. Desearíamos entonces que la oración fuese más simple, y nuestros razonamientos más directos. Anhelamos poseer esa sencillez que es capaz de iluminar la mente y de aligerar el alma.


En todos los casos, conviene recordar que la complicación no viene de Dios. Desde que el diablo tentó a Adan y Eva, sigue tratando de hacernos tener una lectura desfigurada de la realidad: juega con nuestros miedos para angustiarnos con el futuro, o para que imaginemos intenciones rebuscadas en las palabras y en las acciones de los demás. Esta es su trampa, y nos hace más difícil percibir dónde está el bien. Pero Jesús nos ha mostrado que la vida cristiana es mucho más sencilla de lo que a veces nos imaginamos. Pensamos que es necesario hacer razonamientos complicados para descubrir su voluntad, cuando en realidad se presenta en las cosas ordinarias de la vida. «Él actúa siempre en la sencillez: en la sencillez de la casa de Nazaret, en la sencillez del trabajo cotidiano, en la sencillez de la oración»[1].


TRATAR DE entrar en la mirada de Dios a través de la oración, nos ayudará a ver el mundo, y a nosotros mismos, con ojos cada vez más sencillos. Sabernos mirados por él nos da seguridad: entendemos que Dios nos quiere en nuestra verdad, en el bien del que somos capaces aquí y ahora, y que todo lo demás tiene una importancia relativa. Al margen de esa mirada, en cambio, sentimos la necesidad de esconder nuestra fragilidad o de aparentar algo que no somos. Quien se refugia en esa mirada de amor, quien encuentra en Dios su fundamento, goza de la serenidad de los sencillos, porque no depende de las muchas circunstancias que, a fin de cuentas, escapan a su control, o que ya no podemos cambiar. «Somos de la verdad –dice san Juan– y en su presencia tranquilizaremos nuestro corazón» (1 Jn 3,19).


San Josemaría resumía en dos palabras los motivos que tiene un cristiano para hacer oración: «conocerle y conocerte»[2]. En efecto, nuestros ratos de conversación con Dios son el momento adecuado para ganar esa visión serena de los problemas y de nosotros mismos, para que el ovillo de nuestros pensamientos se pueda deshacer con la gracia divina. En este camino, también nos ayudarán las orientaciones que podamos recibir en el acompañamiento espiritual o en los medios de formación. Confiar en alguien que nos conoce puede servirnos para descomplicar la realidad y para restar importancia a esa voz interior que muchas veces se empeña en retorcer nuestros pensamientos.


San Josemaría señalaba que un rasgo de la formación cristiana que se ofrece en el Opus Dei es precisamente la sencillez: «Nuestra ascética tiene la sencillez del evangelio. La complicaríamos si fuéramos complicados, si dejáramos el corazón oscuro»[3]. Toda la ayuda externa que recibimos nos lleva, generalmente, a aceptarnos tal como nos ha hecho Dios. Así comprendemos el bien concreto que podemos hacer hoy y ahora, sin pensar que necesitamos una realidad diferente para ser santos.


LA DIFICULTAD para ser sencillo y abandonarse en las manos de Dios puede tener varias causas relacionadas con nuestro modo de ser: el perfeccionismo, que lleva a la frustración por no lograr los objetivos propuestos y a la parálisis por el miedo a equivocarse; el sentimentalismo, que se guía principalmente por la primera y superficial resonancia que algo genera en nuestro interior; el voluntarismo, que reflexiona poco y encuentra satisfacción en un simple cumplimiento… Además, el ritmo de trabajo no siempre facilita la situación: al poder hacer más cosas cada día, las decisiones que tenemos que tomar aumentan; las prioridades no siempre se presentan con una claridad neta; la competitividad social a veces introduce ambiciones que acaban pesando en el alma… Desearíamos vivir una vida sencilla, pero parece que la realidad es demasiado complicada para permitírnoslo.


Ante este panorama, san Josemaría nos invita a ocuparnos del presente, que es el tiempo oportuno de nuestra santidad. Al fin y al cabo, el ahora es el único tiempo en el que podemos recibir la gracia de Dios: «Pórtate bien “ahora”, sin acordarte de “ayer”, que ya pasó, y sin preocuparte de “mañana”, que no sabes si llegará para ti»[4]. En efecto, el pasado o el futuro pueden acabar convirtiéndose en pesos que nos impiden discernir claramente la voluntad del Señor. Él mismo nos dice: «No os preocupéis por el mañana, porque el mañana traerá su propia preocupación. A cada día le basta su contrariedad» (Mt 6,33).


Concentrarnos en una tarea, sin detenernos excesivamente a valorar qué pensarán los demás o qué efectos tendrá en nuestra vida, nos ayudará a enfocar la voluntad y a sacar mayor partido de los propios talentos. Sin duda, es también necesario sopesar los acontecimientos vividos y planificar el futuro, pero eso no debe impedir que, de la mano de Dios, nos concentremos en amar aquí y ahora, porque el amor solo lo podemos dar y recibir en este instante. La Virgen María, que se abandonó con sencillez a los planes de Dios, nos podrá ayudar a vivir cada momento como el instante preciso para amar a Dios y a los demás.

13 de julio de 2023

LA LOGICA DE LA AMISTAD

 


Evangelio (Mt 10,7-15)


En aquel tiempo, dijo Jesús a sus Apóstoles: Id y proclamad que el Reino de los Cielos está cerca: curad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, echad demonios. Lo que habéis recibido gratis, dadlo gratis. No llevéis en la faja oro, plata ni calderilla; ni tampoco alforja para el camino, ni otra túnica, ni sandalias, ni bastón; bien merece el obrero su sustento.


Cuando entréis en un pueblo o aldea, averiguad quién hay allí de confianza y quedaos en su casa hasta que os vayáis. Al entrar en una casa saludad; si la casa se lo merece, la paz que deseáis vendrá a ella. Si no se lo merece, la paz volverá a vosotros. Si alguno no os recibe o no os escucha, al salir de su casa o del pueblo, sacudid el polvo de los pies. Os aseguro que el día del juicio les será más llevadero a Sodoma y Gomorra, que a aquel pueblo.


PARA TU RATO DE ORACION 


UNA de las características que marcó la vida de los apóstoles fue experimentar la entrega generosa de Jesús a cada persona, sin exigir nada a cambio. «Gratuitamente lo recibisteis, dadlo gratuitamente» (Mt 10,8), les había dicho. Se sentían afortunados por haber compartido tanto tiempo con Jesús y por haber acogido la llamada a difundir su Evangelio por todo el mundo. No era algo merecido, ni algo que se hubiesen ganado a base de esfuerzo: fue, sencillamente, un don gratuito que Dios les había regalado.


También la vida de los primeros cristianos estuvo caracterizada por esa gratuidad. Tenían «un solo corazón y una sola alma» (Hch 4,32) que les llevaba a estar pendientes los unos de los otros. No dudaban en poner a disposición sus propias posesiones para velar por las necesidades de la Iglesia y de los más pobres. Todos deseaban colaborar con quien lo necesitase, porque ahora todos eran apóstoles: con su propia vida entregada, con su hospitalidad, con ayudas materiales, o poniéndose al servicio de quienes organizaban esa primera evangelización, como los compañeros de viaje de san Pablo.


Esta misma imagen se dibuja también en la Iglesia de hoy. Laicos, sacerdotes y religiosos que viven para recordarnos, con su testimonio o con los sacramentos, que Dios vive entre los hombres. Enfermos y ancianos que, en nombre de todos, unen sus molestias y limitaciones al sufrimiento del Señor. Hombres y mujeres que, con su generosidad, contribuyen a cuidar de los más necesitados. Padres y madres de familia que hacen de su hogar una escuela de amor, como el de la Sagrada Familia, para mejorar a toda la sociedad. Cada uno, desde su sitio, trata de encarnar la misión para la que Dios le ha llamado, y desea comunicar gratuitamente el don que ha recibido sin merecerlo.


LA LÓGICA DE la gratuidad que vivió Cristo se encuentra presente en cualquier relación de amistad. Difícilmente podría ser considerada amiga una persona que lleva cuenta de todo lo que ha hecho por alguien, para poder exigir a cambio una contraprestación. Forjar una buena amistad conlleva «mucho tiempo de hablar, de estar juntos, de conocerse»[1], sin preocuparse demasiado por lo que uno da o recibe. Por eso es todo lo contrario al egoísmo, busca siempre en primer lugar el bien del otro, es sensible a sus necesidades. «Un propósito firme en la amistad –apuntaba san Josemaría–: que en mi pensamiento, en mi palabra, en mis obras respecto a mi prójimo –sea quien sea–, no me conduzca como hasta ahora: es decir, que nunca deje de practicar la caridad, que jamás dé paso en mi alma a la indiferencia»[2].


Es propio de la amistad dar al otro lo mejor que tenemos, eso es lo que a un buen amigo o a una buena amiga le ilusiona naturalmente. Alguien que ha experimentado el contacto auténtico con Cristo sabe que el don más precioso que tiene es precisamente ese, el de haber conocido a Jesús. Por eso, el apostolado no es algo forzado, sino espontáneo, manifestación del afecto que tenemos hacia la otra persona, siendo conscientes de su situación concreta. Por eso «la amistad misma es apostolado; la amistad misma es un diálogo, en el que damos y recibimos luz; en el que surgen proyectos, en un mutuo abrirse horizontes; en el que nos alegramos por lo bueno y nos apoyamos en lo difícil; en el que lo pasamos bien, porque Dios nos quiere contentos»[3]. Podemos preguntarnos: ¿cómo cuido a mis amigos? ¿Son mis amistades verdaderos espacios en los que doy y recibo el amor de Cristo a través de los demás? ¿Es mi experiencia de Dios lo más valioso que puedo compartir con las personas que más quiero?


LOS APÓSTOLES no se conformaron con anunciar el Evangelio a los más cercanos. Habían recibido de Jesús el mandato de difundirlo por todo el mundo, pero podemos suponer que incluso antes ya sentían esta necesidad. Un mensaje tan crucial para la propia vida, un evento que cambiaba el sentido de la existencia, no podía limitarse a los territorios próximos a Israel.


San Pablo, durante sus viajes, experimentaba cómo su corazón se encendía a medida que percibía la sed de Dios a su alrededor. En Atenas, mientras esperaba a sus compañeros, cuenta san Lucas que «se consumía en su interior al ver la ciudad llena de ídolos» (Hch 17,16). Se dirigió en primer lugar –como solía– a la sinagoga. Pero no era suficiente, y en cuanto pudo fue también al ágora, hasta que los mismos atenienses le pidieron que se dirigiera a todos para exponer «esa doctrina nueva de la que hablas» (Hch 17,19).


También alrededor de nosotros encontramos a muchas personas que tienen sed de un Dios a quien no conocen. Todos, de una manera más o menos velada, buscamos a Dios, llevamos dentro esa nostalgia de nuestro Padre del cielo. Con el testimonio de una vida llena de la alegría del Evangelio podemos manifestar a Cristo a través del ejercicio de nuestras propias tareas[4]. En este sentido, san Josemaría describía el apostolado de sus hijas e hijos como «una inyección intravenosa en el torrente circulatorio de la sociedad»[5]: en la fábrica, en el laboratorio, en el taller, en la propia casa, en las pequeñas y grandes ciudades… En todos esos lugares podemos mostrar el rostro del Señor mediante la amistad sincera. La Virgen María nos ayudará a tener el mismo deseo de los apóstoles por hacer llegar el Evangelio a todas las personas que nos rodean.