"Hago todos los días mi "ratito" de oración: ¡si no fuera por eso!" (Camino, 106)

23 de agosto de 2023

Adeamus cum fiducia ad thronum gloriae

 


EVANGELIO Mt 20, 1-16

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos esta parábola: "El Reino de los cielos es semejante a un propietario que, al amanecer, salió a contratar trabajadores para su viña. Después de quedar con ellos en pagarles un denario por día, los mandó a su viña. Salió otra vez a media mañana, vio a unos que estaban ociosos en la plaza y les dijo: 'Vayan también ustedes a mi viña y les pagaré lo que sea justo'. Salió de nuevo a medio día y a media tarde e hizo lo mismo.

Por último, salió también al caer la tarde y encontró todavía a otros que estaban en la plaza y les dijo: '¿Por qué han estado aquí todo el día sin trabajar?' Ellos le respondieron: 'Porque nadie nos ha contratado'. El les dijo: 'Vayan también ustedes a mi viña'.

Al atardecer, el dueño de la viña le dijo a su administrador: 'Llama a los trabajadores y págales su jornal, comenzando por los últimos hasta que llegues a los primeros'. Se acercaron, pues, los que habían llegado al caer la tarde y recibieron un denario cada uno.

Cuando les llegó su turno a los primeros, creyeron que recibirían más; pero también ellos recibieron un denario cada uno. Al recibirlo, comenzaron a reclamarle al propietario, diciéndole: 'Esos que llegaron al último sólo trabajaron una hora, y sin embargo, les pagas lo mismo que a nosotros, que soportamos el peso del día y del calor'.

Pero él respondió a uno de ellos: 'Amigo, yo no te hago ninguna injusticia. ¿Acaso no quedamos en que te pagaría un denario? Toma, pues, lo tuyo y vete. Yo quiero darle al que llegó al último lo mismo que a ti. ¿Qué no puedo hacer con lo mío l


PARA TU RATO DE ORACION 

23 de agosto de 1971: Adeamus cum fiducia ad thronum gloriae

Poco sabemos de las gracias extraordinarias que recibió san Josemaría; pero sí algunas de ellas, como lo sucedido el 23 de agosto de 1971, mientras pasaba unos días en Caglio, en el norte de Italia.


Raramente comunicaba san Josemaría sucesos sobrenaturales. Tampoco sacaba a la luz pública episodios de esta índole, salvo si lo consideraba necesario para bien de la Obra y de sus hijos. De manera que, como es lógico, poco sabemos de las muchas gracias extraordinarias que recibió; pero sí algunas de ellas, como lo sucedido el 23 de agosto de 1971.

Pasaba unos días en Caglio, un pueblecito cercano a Como, en el norte de Italia. Esa mañana, después de celebrar misa y dar gracias, estaba leyendo el periódico cuando sintió que, con gran nitidez y fuerza irresistible, se imprimía en su alma una locución divina: Adeamus cum fiducia ad thronum gloriae ut misericordiam consequamur. Vayamos confiadamente al trono de la gloria para obtener misericordia.

La variante respecto al texto de la epístola a los Hebreos 4,16 es: “trono de la gloria”, en lugar de “trono de la gracia”. Explicaba el Fundador que la Señora es trono de la gloria en virtud de su constante e inseparable intimidad de amor con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Por medio de su intercesión nos dirigimos a Dios, apelando humildemente a su misericordia (cfr. Álvaro del Portillo, Sum. 1130).

El Fundador tenía por costumbre recurrir a la intercesión de Nuestra Señora; y esta locución «le confirmó en la necesidad de dirigirse siempre a ella» (Javier Echevarría, Sum. 3276).

El Padre mandó a don Álvaro comunicar por escrito esta locución a los del Consejo; la única ocasión —testimonia Ernesto Juliá Díaz— en que recuerda que procediese de esta forma.

Es interesante lo que refiere Mons. Julián Herranz, que oyó de labios del Padre este episodio sobrenatural a poco de regresar de Caglio. Por entonces ya se había comenzado a trabajar en Cavabianca (sede definitiva del Colegio Romano de la Santa Cruz), y el Padre pidió que se colocase allí un bajorrelieve en piedra, que representase a la Virgen sentada en un trono y coronada por la Santísima Trinidad; en la base irían grabadas las palabras de la locución. Mientras se esperaba la solución jurídica del problema institucional de la Obra, el Padre sugirió que se recitasen como jaculatoria para obtener de Nuestra Señora la deseada solución. Cosa que durante años hicieron sus hijos.

«Por eso —testimonia Mons. Julián Herranz Casado— fue muy grande nuestro gozo y nuestra gratitud a la Santísima Virgen cuando el Papa (que nada sabía de esto) hizo pública su decisión de erigir el Opus Dei en Prelatura personal el 23 de agosto de 1982, aniversario de la especial luz divina recibida por el Fundador once años antes» (Sum. 4030).


El Opus Dei, prelatura personal

Desde el punto de vista jurídico, el Opus Dei es una Prelatura personal de la Iglesia católica. Estructuradas jerárquicamente, las prelaturas tienen encomendada la realización de peculiares actividades pastorales.

La prelatura del Opus Dei

Antes de ser erigido en Prelatura, el Opus Dei era ya una unidad orgánica compuesta por laicos y sacerdotes que cooperan en una tarea pastoral y apostólica de ámbito internacional. Esa concreta tarea cristiana consiste en difundir el ideal de santidad en medio del mundo, en el trabajo profesional y en las circunstancias ordinarias de cada uno.

Pablo VI y los sucesivos Romanos Pontífices determinaron que se estudiara la posibilidad de dar al Opus Dei una configuración jurídica adecuada a su naturaleza, configuración que, a la luz de los documentos conciliares, había de ser la de prelatura personal.

En 1969 comenzaron los trabajos para realizar esa adecuación, con intervención tanto de la Santa Sede como del Opus Dei. Estos trabajos concluyeron en 1981. A continuación, la Santa Sede remitió un informe a los más de dos mil obispos de las diócesis donde estaba presente el Opus Dei, para que hiciesen llegar sus observaciones.

Cumplido este paso, el Opus Dei fue erigido por Juan Pablo II en prelatura personal de ámbito internacional, mediante la Constitución apostólica Ut sit del 28 de noviembre de 1982, que fue ejecutada el 19 de marzo de 1983. Con este documento el Romano Pontífice promulgó los Estatutos, que son la ley particular pontificia de la Prelatura del Opus Dei. Estos Estatutos son los preparados por el fundador años atrás, con los cambios imprescindibles para adaptarlos a la nueva legislación.

Relación con las diócesis

La Prelatura del Opus Dei es una estructura jurisdiccional perteneciente a la organización pastoral y jerárquica de la Iglesia. Tiene, al igual que las diócesis, las prelaturas territoriales, los vicariatos, los ordinariatos militares, etc., su propia autonomía y jurisdicción ordinaria para la realización de su misión al servicio de toda la Iglesia.

Por eso depende inmediata y directamente del Romano Pontífice, a través de la Congregación para los Obispos. La potestad del prelado se extiende a cuanto se refiere a la peculiar misión de la prelatura:

a) Los fieles laicos de la prelatura están sometidos a la potestad del prelado en todo lo relativo al cumplimiento de los peculiares compromisos —ascéticos, formativos y apostólicos— asumidos en la declaración formal de incorporación a la prelatura.

LOS FIELES LAICOS DEL OPUS DEI SIGUEN SIENDO FIELES DE LAS DIÓCESIS EN QUE RESIDEN Y SIGUEN SOMETIDOS A LA POTESTAD DEL OBISPO DIOCESANO DEL MISMO MODO Y EN LAS MISMAS CUESTIONES QUE LOS DEMÁS BAUTIZADOS

Estos compromisos, por su materia, no interfieren con la potestad del obispo diocesano. A la vez, los fieles laicos del Opus Dei siguen siendo fieles de las diócesis en que residen y, por tanto, siguen sometidos a la potestad del obispo diocesano del mismo modo y en las mismas cuestiones que los demás bautizados, sus iguales.

b) Según las disposiciones de la ley general de la Iglesia y del derecho particular del Opus Dei, los diáconos y presbíteros incardinados en la prelatura pertenecen al clero secular y están plenamente bajo la potestad del prelado.

Deben fomentar relaciones de fraternidad con los miembros del presbiterio diocesano y observar cuidadosamente la disciplina general del clero, y gozan de voz activa y pasiva para la constitución del consejo presbiteral de la diócesis.

Asimismo los obispos diocesanos, con la previa venia del prelado o, en su caso, de su vicario, pueden encomendar a los sacerdotes del presbiterio de la prelatura encargos u oficios eclesiásticos (párrocos, jueces, etc.) de los que sólo darán cuenta al obispo diocesano y que desempeñarán siguiendo sus directrices.

Los Estatutos del Opus Dei (título IV, capítulo V) establecen los criterios para las relaciones de armónica coordinación entre la prelatura y las diócesis en cuyo ámbito territorial la prelatura lleva a cabo su misión específica. Algunas características de esta relación son las siguientes:

a) No se inicia la labor del Opus Dei ni se procede a la erección canónica de un centro de la prelatura sin el consentimiento previo del obispo diocesano.

b) Para erigir iglesias de la prelatura, o cuando se encomiendan a ésta iglesias ya existentes en las diócesis —y, en su caso, parroquias— se estipula un convenio entre el obispo diocesano y el prelado o el vicario regional correspondiente; en estas iglesias se observan las disposiciones generales de la diócesis respecto a las iglesias llevadas por el clero secular.

c) Las autoridades regionales de la prelatura informan regularmente y mantienen relaciones habituales con los obispos de las diócesis donde la prelatura realiza su tarea pastoral y apostólica; y también con los obispos que ejercen cargos directivos en las Conferencias Episcopales y con sus respectivos organismos.

Normas jurídicas por las que se rige el Opus Dei

a) Normas del derecho general

1. El Opus Dei, como prelatura personal, se rige por las normas del derecho universal de la Iglesia para las circunscripciones eclesiásticas. Además, el Código del Derecho Canónico de 1983 contiene las normas básicas que regulan las prelaturas personales en sus cánones 294-297. En la Santa Sede, la Prelatura, como las demás estructuras jerárquicas seculares -diócesis, prelaturas, ordinariatos, etc.- depende de la Congregación para los Obispos.

b) Normas del derecho particular emanadas por el Romano Pontífice

1. El Opus Dei fue erigido por Juan Pablo II en prelatura personal de ámbito internacional mediante la Constitución Apostólica Ut sit del 28 de noviembre de 1982 (más información).

2. Según la Constitución Apostólica Ut sit, el Opus Dei se rige también por unos Estatutos propios, llamados Código de derecho particular del Opus Dei, que fueron otorgados por Juan Pablo II con esa Constitución apostólica.

3. La prelatura del Opus Dei está constituida por un prelado, un presbiterio propio, y fieles laicos (mujeres y hombres). Los fieles de la Obra, de acuerdo con el derecho particular, dependen del prelado en lo que se refiere a las tareas específicas de la prelatura. Como todos los laicos católicos, secundan las indicaciones del obispo de la diócesis a la que pertenecen.

4. Los sacerdotes que forman parte del presbiterio de la prelatura dependen plenamente del prelado, quien les señala sus cometidos pastorales, que desempeñan en cada lugar en comunión con el Obispo y con la pastoral diocesana. La prelatura se responsabiliza de sostenerles económicamente.

c) Normas jurídicas particulares del prelado y ejercicio de la potestad de gobierno

1. La potestad del prelado hace referencia a los tres ámbitos de la potestad de gobierno mencionadas por el canon 135, esto es: a la potestad legislativa -el poder de emanar leyes o decretos generales en las materias de propia competencia-, a la potestad ejecutiva, y a la potestad judicial.

2. El prelado tiene potestad para promulgar normas que desarrollen el derecho particular de la prelatura. También ejerce la potestad ejecutiva o administrativa: el Boletín Romana publica semestralmente decretos del prelado, así como un resumen de su actividad ordinaria. La potestad judicial se ejercita a través del tribunal erigido de acuerdo con las normas eclesiásticas.







22 de agosto de 2023

SANTA MARIA REINA

 



Evangelio (Lc 1, 26-38)


En el sexto mes fue enviado el ángel Gabriel de parte de Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen desposada con un varón que se llamaba José, de la casa de David. La virgen se llamaba María.


Y entró donde ella estaba y le dijo:


— Dios te salve, llena de gracia, el Señor es contigo.


Ella se turbó al oír estas palabras, y consideraba qué podía significar este saludo.


Y el ángel le dijo:


— No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios: concebirás en tu seno y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande y será llamado Hijo del Altísimo; el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará eternamente sobre la casa de Jacob y su Reino no tendrá fin.


María le dijo al ángel:


— ¿De qué modo se hará esto, pues no conozco varón?


Respondió el ángel y le dijo:


— El Espíritu Santo descenderá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso, el que nacerá Santo será llamado Hijo de Dios. Y ahí tienes a Isabel, tu pariente, que en su ancianidad ha concebido también un hijo, y la que llamaban estéril está ya en el sexto mes, porque para Dios no hay nada imposible.


Dijo entonces María:


— He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra.


Y el ángel se retiró de su presencia.



PARA TU RATO DE ORACION 


La coronación de la Virgen como Reina y Señora del universo es la última piedra de los privilegios concedidos a Santa María. Era sobrenaturalmente lógico que la Madre de Dios, una vez asunta en cuerpo y alma a la gloria del Cielo, fuera ensalzada por la Santísima Trinidad por encima de los coros de los ángeles y de toda la jerarquía de los santos. Más que Tú, sólo Dios , exclama el pueblo cristiano.


Un salmo de especial relieve mesiánico canta la gloria del rey y, unida a él, la gloria de la reina. Eres el más hermoso de los hijos de Adán, en tus labios se ha derramado la gracia, pues Dios te ha bendecido para siempre (...). Tu trono, ¡oh Dios!, es por siempre, sin fin; cetro de rectitud es el cetro de tu reino ( Sal 44 [45] 3-7). Enseguida, el salmista se dirige a la reina. Escucha, hija, y mira, presta tu oído, olvida tu pueblo y la casa de tu padre, y el rey se prendará de tu belleza; él es tu señor, inclínate a él (...). Radiante de gloria, la hija del rey enjoyada —de brocados de oro es su vestido, con bordados de colores—, es conducida ante el rey. Vírgenes, sus damas, forman su séquito (...), son conducidas en medio de alegría y regocijo; entran en el palacio del rey (Ibid., 11-16).


La liturgia aplica este salmo a Cristo y a María en la gloria celestial. Esta interpretación se funda en algunos textos del Evangelio que se refieren explícitamente a la Virgen. En la Anunciación, san Gabriel le revela que su Hijo reinará eternamente sobre la casa de Jacob y su reino no tendrá fin (Lc 1, 33). Va a ser madre de un hijo que, en el mismo instante de su concepción como hombre, es Rey y Señor de todas las cosas; Ella, que lo dará a luz, participa de su realeza. Lo mismo afirma santa Isabel, que, iluminada por el Espíritu Santo, confiesa en voz alta: ¿De dónde a mí tanto bien, que venga la Madre de mi Señor a visitarme? ( Lc 1, 43). También san Juan evangelista, en una gran visión del Apocalipsis, describe a una mujer vestida de sol, la luna a sus pies, y sobre su cabeza una corona de doce estrellas ( Ap 12, 1). Según la liturgia y la tradición de la Iglesia, esa mujer es María, vencedora con Cristo sobre el dragón infernal y entronizada como Reina del universo.


El pueblo cristiano confesó siempre esta suprema gloria de María, partícipe de la realeza de Cristo. Como Él, la tiene por nacimiento (es la madre del Rey) y por derecho de conquista (es su fiel compañera en la redención). En sus manos ha puesto el Señor los méritos sobreabundantes que ganó con su muerte en la Cruz, para que los distribuya según la Voluntad de Dios.


La realeza de María es una verdad consoladora para todos los hombres, especialmente cuando nos sentimos merecedores del castigo divino, como justa pena de los pecados. La Iglesia invita a recurrir a Ella, nuestra Madre y nuestra Reina, en todas nuestras necesidades. Ser Madre de Dios y Madre de los hombres es el fundamento sólido de la filial confianza en su intercesión poderosa, que nos conforta y nos impulsa a levantarnos de nuestras caídas.


Ahora, la invocamos con las palabras de una antigua oración: Salve, Regina, Mater misericordiæ; vita, dulcedo, spes nostra, salve! Dios te salve, Reina y Madre de misericordia... Ad te clamamus, exsules filii Evæ. Ad te suspiramus, gementes et flentes... Ponemos en Ella toda nuestra confianza, porque una madre escucha siempre las súplicas de sus hijos. Recordare, Virgo Mater Dei —le decimos—, dum steteris in conspectu Domini, ut loquaris pro nobis bona (cfr. Jr 18, 20). Ella habla siempre bien de nosotros delante del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, y alcanza del Señor las cosas buenas que necesitamos. Sobre todo, la gracia de la perseverancia final, que nos abrirá las puertas del Cielo: Ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.


Textos de san Josemaría sobre Santa María Reina


Eres toda hermosa, y no hay en ti mancha. —Huerto cerrado eres, hermana mía, Esposa, huerto cerrado, fuente sellada. —Veni: coronaberis. —Ven: serás coronada. (Cant., IV, 7, 12 y 8.) Si tú y yo hubiéramos tenido poder, la hubiéramos hecho también Reina y Señora de todo lo creado. (…) Y le rinden pleitesía de vasallos los Ángeles..., y los patriarcas y los profetas y los Apóstoles..., y los mártires y los confesores y las vírgenes y todos los santos..., y todos los pecadores y tú y yo.

Santo Rosario, Quinto misterio glorioso


Es justo que el Padre y el Hijo y el Espíritu Santo coronen a la Virgen como Reina y Señora de todo lo creado. —¡Aprovéchate de ese poder! y, con atrevimiento filial, únete a esa fiesta del Cielo. —Yo, a la Madre de Dios y Madre mía, la corono con mis miserias purificadas, porque no tengo piedras preciosas ni virtudes. —¡Anímate!

Forja, 285


La Maternidad divina de María es la raíz de todas las perfecciones y privilegios que la adornan. Por ese título, fue concebida inmaculada y está llena de gracia, es siempre virgen, subió en cuerpo y alma a los cielos, ha sido coronada como Reina de la creación entera, por encima de los ángeles y de los santos. Más que Ella, sólo Dios. La Santísima Virgen, por ser Madre de Dios, posee una dignidad en cierto modo infinita, del bien infinito que es Dios. No hay peligro de exagerar. Nunca profundizaremos bastante en este misterio inefable; nunca podremos agradecer suficientemente a Nuestra Madre esta familiaridad que nos ha dado con la Trinidad Beatísima.

Amigos de Dios, 276


Llénate de seguridad: nosotros tenemos por Madre a la Madre de Dios, la Santísima Virgen María, Reina del Cielo y del Mundo.

Forja, 273


Señora, Madre de Dios y Madre mía, ni por asomo quiero que dejes de ser la Dueña y Emperatriz de todo lo creado.

Forja, 376


Ella intercede por nosotros


Santa María es —así la invoca la Iglesia— la Reina de la paz. Por eso, cuando se alborota tu alma, el ambiente familiar o el profesional, la convivencia en la sociedad o entre los pueblos, no ceses de aclamarla con ese título: Regina pacis, ora pro nobis! —Reina de la paz, ¡ruega por nosotros! ¿Has probado, al menos, cuando pierdes la tranquilidad?... —Te sorprenderás de su inmediata eficacia.

Surco, 874


Cuando te veas con el corazón seco, sin saber qué decir, acude con confianza a la Virgen. Dile: Madre mía Inmaculada, intercede por mí. Si la invocas con fe, Ella te hará gustar —en medio de esa sequedad— de la cercanía de Dios.

Surco, 695


REINA DE LA PAZ, ¡RUEGA POR NOSOTROS! ¿HAS PROBADO, AL MENOS, CUANDO PIERDES LA TRANQUILIDAD?

Si nuestra fe es débil, acudamos a María. Cuenta San Juan que por el milagro de las bodas de Caná, que Cristo realizó a ruegos de su Madre, creyeron en Él sus discípulos. Nuestra Madre intercede siempre ante su Hijo para que nos atienda y se nos muestre, de tal modo, que podamos confesar: Tú eres el Hijo de Dios.

Amigos de Dios 285


Sed audaces. Contáis con la ayuda de María, Regina apostolorum. Y Nuestra Señora, sin dejar de comportarse como Madre, sabe colocar a sus hijos delante de sus precisas responsabilidades. (…) Muchas conversiones, muchas decisiones de entrega al servicio de Dios han sido precedidas de un encuentro con María. Nuestra Señora ha fomentado los deseos de búsqueda, ha activado maternalmente las inquietudes del alma, ha hecho aspirar a un cambio, a una vida nueva. Y así el haced lo que Él os dirá se ha convertido en realidades de amoroso entregamiento, en vocación cristiana que ilumina desde entonces toda nuestra vida personal.

Es Cristo que pasa, 149



La voz de los poetas



Dios te salve, preciosa reina de gran valía,


esfuerço e conorte de quien en ti se fia;


a ti viene tu siervo a ofreçerte este día


una pequeña prosa, e diz Ave María.


En mis cuytas siempre te llamo, Señora


e dulçe abogada mía.


A mi Señora, la Virgen María


saludo siempre con grant deboçión


ca ésta me vale, valió e valdría.


La mi alma engrandesçe


al Señor de cada día,


quando nombrar me acaesçe


tu nombre, Señora mía.


Pedro López de Ayala (siglos XIV-XV). Libro Rimado de Palacio.


Antes santa que engendrada,


preservada,


antes Reina que nacida;


eternalmente escogida,


muy querida,


por Madre de Dios guardada,


por virtud reina radiosa,


generosa;


por gracia emperadora,


por humildad gran señora,


y hasta ahora


no se vio tan alta cosa.


Gil Vicente (siglos XV-XVI). Auto de la Sibila Casandra.


Madre de misericordia,


alba en cuya luz benigna


baña en piedades sus rayos


el claro Sol de justicia.


Paloma que desplegaste


aquella triunfante oliva,


cuyas pacíficas ramas


el óleo santo destilan.


Nube en cuyos sacros visos


el iris dulce rubrica,


que entre Dios y entre los hombres


el piadoso pacto firma.


Tus castos brazos ofrece


aquella dulce primicia


que dio de infinita deuda


satisfacción infinita.


Salve, Regina.


Gabriel Álvarez de Toledo (siglos XVII-XVIII). (Citado por Laurentino María Herrán,


Mariología poética española, p. 716).


J.A. Loarte

Dios te salve, preciosa reina de gran valía,


esfuerço e conorte de quien en ti se fia;


a ti viene tu siervo a ofreçerte este día


una pequeña prosa, e diz Ave María.


En mis cuytas siempre te llamo, Señora


e dulçe abogada mía.


A mi Señora, la Virgen María


saludo siempre con grant deboçión


ca ésta me vale, valió e valdría.


La mi alma engrandesçe


al Señor de cada día,


quando nombrar me acaesçe


tu nombre, Señora mía.


Pedro López de Ayala (siglos XIV-XV). Libro Rimado de Palacio.


Antes santa que engendrada,


preservada,


antes Reina que nacida;


eternalmente escogida,


muy querida,


por Madre de Dios guardada,


por virtud reina radiosa,


generosa;


por gracia emperadora,


por humildad gran señora,


y hasta ahora


no se vio tan alta cosa.


Gil Vicente (siglos XV-XVI). Auto de la Sibila Casandra.


Madre de misericordia,


alba en cuya luz benigna


baña en piedades sus rayos


el claro Sol de justicia.


Paloma que desplegaste


aquella triunfante oliva,


cuyas pacíficas ramas


el óleo santo destilan.


Nube en cuyos sacros visos


el iris dulce rubrica,


que entre Dios y entre los hombres


el piadoso pacto firma.


Tus castos brazos ofrece


aquella dulce primicia


que dio de infinita deuda


satisfacción infinita.


Salve, Regina.


Gabriel Álvarez de Toledo (siglos XVII-XVIII). (Citado por Laurentino María Herrán,


Mariología poética española, p. 716).


J.A. Loarte

21 de agosto de 2023

SAN PIO X Papa

 



EVANGELIO S JUAN 15 - 27


Habiéndose aparecido Jesús a sus discípulos, después de comer, dijo a Simón Pedro:


 «Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que estos?»


El le respondió:

 «Sí, Señor, tú sabes que te quiero.»
Jesús le dijo: 

«Apacienta mis corderos.»


Le volvió a decir por segunda vez: 

«Simón, hijo de Juan, ¿me amas?»


El le respondió: «Sí, Señor, sabes que te quiero.»


Jesús le dijo: 

«Apacienta mis ovejas.»


Le preguntó por tercera vez: 

«Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?»

Pedro se entristeció de que por tercera vez le preguntara si lo quería, y le dijo: «Señor, tú lo sabes todo; sabes que te quiero.»
Jesús le dijo: «Apacienta mis ovejas.»



PARA TU RATO DE ORACION 


El 21 de agosto se celebra la fiesta de San Pío X. San Josemaría le encomendó lo referente a las relaciones de la Obra con la Santa Sede. 


Hay dos hechos de su vida infantil que vale la pena indicar y se sitúan dentro del discurso que hemos hecho. El primero guarda relación con un premio de buena conducta infantil que el pequeño Josemaría Escrivá recibió el 4 de octubre de 1908: el premio provenía de un concurso realizado con ocasión del cincuentenario de la ordenación sacerdotal de Pío X, para premiar a los niños de mejor conducta en la diócesis de Barbastro, en la que residía entonces con sus padres. En la entrega del premio estuvo presente el obispo administrador diocesano Mons. Isidro Badía y Sarradell y, al terminar, fue enviado un telegrama al Santo Padre en nombre de toda la diócesis manifestando el amor filial de todos sus miembros. Esto motivó una respuesta, también con un telegrama, del cardenal secretario de estado Rafael Merry del Val. Otro suceso importante de aquella época fue el decreto de 1910 por el que el papa permitió que se diera la Primera Comunión a los niños de siete años en adelante, motivo por el cual san Josemaría pudo hacer la suya poco tiempo después, el 23 de abril de 1912. Esa fecha quedó grabada para siempre en su memoria y, a lo largo de su vida, se refirió muchas veces a este decreto de Pío X con agradecimiento y veneración.


En nuestra investigación, no hemos encontrado ningún documento jurídico en el que el fundador del Opus Dei haya dejado constancia de haber nombrado a san Pío X como intercesor del Opus Dei. Para poder determinar la fecha de lo ocurrido, consultamos diversas fuentes, como los testimonios recogidos con ocasión del proceso de beatificación y canonización de san Josemaría Escrivá, los diarios de las estancias romanas del fundador del Opus Dei y, en la medida de lo posible, las notas o referencias formuladas por él mismo. De esa consulta emerge que la decisión de nombrar a san Pío X intercesor de la Obra no responde a un hecho aislado. Los datos que hemos recogido muestran que se explica mejor dentro de la devoción de san Josemaría Escrivá a san Pío X, que se amplía y extiende a lo largo del tiempo, hasta el final de su vida. A continuación, expondremos en orden cronológico los elementos que hemos encontrado.


El primer registro que tenemos de una referencia en la que manifiesta su convencimiento de la santidad de Pío X está en la predicación de san Josemaría Escrivá en mayo de 1937, mientras permanecía recluido en la Legación de Honduras, durante la guerra civil española. En aquella ocasión, el fundador del Opus Dei asoció el lema del pontificado instaurare omnia in Christo a la misión de reconducir la creación a Cristo según la luz que había recibido el día 7 de agosto de 1931: et ego si exaltatus fuero a terra omnia traham ad meipsum. Del mismo año 1937, tenemos otra referencia a Pío X; una breve anécdota ocurrida en Lourdes después de la celebración de la Santa Misa en el santuario, o sea, en una de las últimas etapas del paso de los Pirineos. La situamos, por tanto, en los primeros días de diciembre de aquel año. A la salida de la Cripta de la Basílica del Rosario, san Josemaría se encontró delante de una estatua de Pío X muy bella y allí renovó su amor y fidelidad al papa. «¡Con qué honda satisfacción le besé la mano!», escribió.


Pasada la guerra civil española, encontramos el relato de un testigo: «Un día de aquella primavera o verano de 1940, estaba hablándonos el Padre, en el oratorio de Jenner, de la Sagrada Eucaristía y, de pasada, se refirió a la decisiva influencia que había tenido Pío X en promover la comunión frecuente. Al hacerlo, dijo de una manera tan firme y segura que no dejó en mí lugar a dudas, que Pío X había sido un papa muy santo y que le veríamos pronto en los altares. Esto sucedía bastantes años antes de que se le canonizara». Entre los escritos que se conservan hay una dedicatoria que puso en el libro de Ferruccio de Carli, Pío X y su tiempo, regalado a una hermana de D. Eliodoro Gil el día 6 de enero de 1944.


Podemos concluir que antes de viajar a Roma y de trasladarse definitivamente a vivir en la Ciudad Eterna, el fundador del Opus Dei ya consideraba a Pío X como santo y le tenía una devoción particular, manifestada en su oración y en la difusión de su vida. Entre los aspectos de la vida y obras de este papa más presentes en la mente de san Josemaría, la Eucaristía tiene un lugar destacado, seguida del amor a la Iglesia y del deseo de que el Reino de Cristo sea instaurado en todas las personas. No consta ninguna referencia al modernismo, a la libertad de la Iglesia, a la reforma de la música sacra o a otros asuntos. Si tenemos en cuenta lo dicho antes sobre la devoción a san Pío X en España, se puede concluir que los datos disponibles muestran que la devoción de san Josemaría converge y es coherente, en sus líneas principales, con la que hemos podido comprobar en el país desde las fuentes documentales del proceso de san Pío X.


El siguiente grupo de pruebas documentales se refiere a los primeros años de la vida de san Josemaría Escrivá en Roma, antes de la canonización de Pío X, o sea, entre junio de 1946 y mayo de 1954. Como hemos visto, cuando llegó a la Ciudad Eterna, el piso inferior de la Basílica de San Pedro estaba en profunda remodelación, motivada por el hallazgo de la tumba de san Pedro y de la Necrópolis vaticana, pero el cuerpo de Pío X ya había sido trasladado provisionalmente a un nicho en la pared del lado derecho de la capilla de la Presentación de la misma Basílica, por lo tanto, ya estaba accesible a todos los peregrinos. Con la beatificación, la urna con los restos mortales del papa fue colocada en el altar de Cristo Rey, en la Cripta de los Papas y, el 17 de febrero de 1952, trasladada al altar de la Capilla de la Presentación.


Hay abundante documentación relativa a las frecuentes visitas de san Josemaría Escrivá a la Basílica, y a su costumbre de rezar un Credo delante del altar de la Confesión. En los diarios de los centros de Roma de esos primeros años consta claramente esta devoción de «acudir a rezar un Credo en San Pedro», aunque en términos muy genéricos y variados, por lo que el Símbolo podía ser rezado también en la Plaza —a veces se indica que fue rezado desde el foco de una de las elipses del Colonnato— o dentro de la Basílica. Como en aquella época era posible entrar habitualmente con el coche hasta dentro de la Plaza, consta que alguna vez san Josemaría no llegaba a bajar del automóvil: aprovechaba estar de paso cerca de San Pedro para parar en la misma Plaza y rezar un Credo sin salir del coche. Desde octubre de 1953, esos mismos diarios relatan de vez en cuando que los miembros del Opus Dei que viajaban a Roma eran acompañados por el fundador o por otra persona de la Obra al interior de la Basílica, quedándose algunos minutos dentro para rezar. En fechas posteriores aparece con más claridad el recorrido que san Josemaría Escrivá aconsejaba hacer al entrar en San Pedro: primero, hacer una visita al Santísimo Sacramento; luego, rezar una Salve junto de una de las imágenes de la Virgen; en tercer lugar, rezar un Credo de rodillas delante del altar de la Confesión; y en cuarto lugar, rezar un Padrenuestro junto a la tumba de san Pío X, que estaba en la capilla de la Presentación, para pedir por el papa, por la Iglesia y por alguna intención especial unida a las relaciones de la Obra con la Santa Sede.


Los diarios del centro de Piazza della Città Leonina y, más tarde, del Colegio Romano de la Santa Cruz, relatan que san Josemaría procuraba ir a celebrar la Santa Misa en San Pedro en uno de los días siguientes a sus llegadas a Roma y en uno de los días anteriores a sus salidas de Roma. No disponemos de un registro de los altares en los que pudo celebrar cada una de esas misas, pero consta en el diario que el 31 de agosto de 1946, fecha en la que regresaba a España, san Josemaría fue con el beato Álvaro del Portillo a San Pedro, por la mañana, a rezar. Sabemos por esa fuente que don Álvaro celebró la Santa Misa «en el altar de Pío X» y san Josemaría regresó y celebró la Misa en casa. Sabemos también, de un modo genérico, que san Josemaría celebró en la Basílica de San Pedro en otras fechas y que fue a rezar varias veces junto a la tumba de Pío X antes de su canonización. Por lo que parece, alrededor del día 12 de febrero de 1953, san Josemaría fue varias veces a la Basílica o a la Plaza de San Pedro para rezar. El día 26 de febrero de ese mismo año, el diario recoge que san Josemaría y el beato Álvaro del Portillo fueron al dentista y, de paso, a la Basílica de San Pedro, en donde entraron, ya que el fundador «quería rezar a san Pío X [sic]». El texto del diario parece cometer un error, ya que Pío X era solo beato entonces. Este error vuelve a aparecer en el día siguiente, 27 de febrero:


En octubre de ese mismo año, en la fiesta de Cristo Rey, el fundador del Opus Dei volvió a consagrar la Obra y sus apostolados, esta vez al Sagrado Corazón de Jesús. Sabemos, por último, que al final de ese año, san Josemaría había pedido a todos los miembros del Opus Dei que se prepararan bien para las bodas de plata de la Obra, que se celebrarían el 2 de octubre de 1953.

Finalmente, consta también sin duda que en aquel momento —febrero de 1953— Pío X era solo beato y la aprobación de los milagros para la canonización, como ya hemos visto, es del 17 de enero de 1954, casi un año después. El diario del Colegio Romano lo llama «santo» varias veces, por lo que parece imposible que sea un error. Probablemente el diario refleja un tono oral de conversación con el que se hace referencia a un santo, sin la intención de precisar su situación específica (beato o santo).

El siguiente evento que nos interesa es la canonización de Pío X, registrada oportunamente en el diario, porque en ese día, que era sábado, el horario de la casa cambió para facilitar la asistencia al acto. L’Osservatore Romano y el diario del Colegio Romano refieren la gran afluencia de personas, que llenó la Plaza de San Pedro. L’Osservatore Romano dice que Pío XII celebró la canonización en la Plaza, a causa del gran número de peregrinos, y ofrece también el texto íntegro de su homilía. El diario del Colegio Romano narra las peripecias de varios miembros de la Obra para estar lo más cerca posible del papa durante la ceremonia, relata que vinieron de España varias personas conocidas para la celebración y detalla que san Josemaría pudo ver la canonización en Villa Tevere por la televisión. El día anterior a la canonización, el fundador dijo a los que vivían con él que Pío X era intercesor de la Obra en lo referente a las relaciones con la Santa Sede.

En cuanto a la devoción de san Josemaría Escrivá a este papa, las fuentes que hemos consultado muestran que es cada vez más explícito el recorrido que aconsejaba que hicieran los peregrinos en la Basílica de San Pedro.

Hemos encontrado también alguna referencia a los elogios que el fundador del Opus Dei hacía a este papa cuando hablaba de él a los miembros de la Obra a fines de los años 50 y, por último, hemos encontrado un testimonio explícito de una visita de san Josemaría Escrivá a la tumba de san Pío X en 1962, para pedir por alguna intención. Esta misma oración a san Pío X la pidió a los miembros de la Obra en distintas ocasiones antes del inicio del Concilio Vaticano II, y se recogen en las fuentes que hemos podido consultar.190 Es también de ese tiempo el interés del fundador del Opus Dei en disponer de alguna reliquia de este papa para guardarla en un relicario en el Oratorio de la Santísima Trinidad, en Villa Tevere; consta que en el verano de 1958 ya tenía una.

Además, hay tres referencias de tipo arquitectónico o artístico, todas de la segunda mitad de los años 50, en las que se manifiesta la presencia de san Pío X entre los intercesores del Opus Dei. La primera es el sagrario del oratorio de Pentecostés, situado en la sede central del Opus Dei en Roma, que contiene cuatro pequeñas estatuas de los intercesores. Sabemos que el fundador del Opus Dei dedicó el altar de ese oratorio el lunes, 11 de marzo de 1957, por la noche. Sobre este sagrario hay una referencia en el diario de las obras de Villa Tevere que cuenta que se ha encargado un «coprifilo» para los peldaños del Tabernáculo de ese oratorio el día 12 de enero de aquel año. Se trata de una especie de medallón que cubre las uniones de los aros que ornamentan los tres peldaños de la base circular del sagrario. La principal biografía de san Josemaría recoge que el sagrario del oratorio de Pentecostés llegó a Roma el día 29 de septiembre de 1956, y sabemos que había sido encargado a «Talleres de Arte Granda» dos años antes.

La segunda es el conjunto de cinco relicarios que actualmente está en el oratorio de la Santísima Trinidad, que también se encuentra en los edificios que componen la sede central del Opus Dei en Roma. En el diario de las obras de Villa Tevere del año 1957 aparece por primera vez una alusión a los relicarios por parte de san Josemaría Escrivá: «el Padre le ha dicho a Jesús A. G. [Jesús Álvarez Gazapo] que en el altar del oratorio del Padre [oratorio de la Santísima Trinidad, utilizado por el prelado] haremos unas pruebas para poner unas arquetas, entre los candelabros, que contendrán reliquias de los patronos [sic]: el cura de Ars, santo Tomás Moro, Pío X, etc. Se podrían hacer en plata dorada o en ottone [latón] dorado». La fecha de esta anotación es el 22 de enero de aquel año. La tercera es el retablo del oratorio del Aula, situado también en la sede de la curia prelaticia del Opus Dei en Roma, que tiene sendos relieves de los cuatro intercesores existentes entonces. La fecha de dedicación de ese oratorio es 1959.

Podemos concluir que la devoción de san Josemaría Escrivá a san Pío X era ya muy grande antes de su canonización, le rezaba, visitaba su tumba con frecuencia, difundía su devoción, y había incluso confiado las relaciones de la Obra con la Santa Sede a su intercesión cuando era todavía beato, en la segunda mitad de febrero de 1953. Su canonización fue vivida por el fundador del Opus Dei y por sus miembros con gran alegría. San Josemaría Escrivá recuerda a este papa principalmente por la Eucaristía, pero también por sus virtudes y otras acciones. Su intercesión está muy unida a las relaciones de la Obra con la Santa Sede en el período de 1946-1965, o sea, los años en que se obtuvieron varias aprobaciones pontificias y se hicieron diversos intentos para lograr una solución jurídica más adecuada. Como es sabido, esta quedó aplazada para después del Concilio Vaticano II.



20 de agosto de 2023

Sin Él nada podemos

 



Evangelio (Mt 15,21-28)


Después que Jesús salió de allí, se retiró a la región de Tiro y Sidón. En esto una mujer cananea, venida de aquellos contornos, se puso a gritar:


— ¡Señor, Hijo de David, apiádate de mí! Mi hija está poseída cruelmente por el demonio.


Pero él no le respondió palabra. Entonces, se le acercaron sus discípulos para rogarle:


— Atiéndela y que se vaya, porque viene gritando detrás de nosotros.


Él respondió:


— No he sido enviado sino a las ovejas perdidas de la casa de Israel.


Ella, no obstante, se acercó y se postró ante él diciendo:


— ¡Señor, ayúdame!


Él le respondió:


— No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perrillos.


Pero ella dijo:


— Es verdad, Señor, pero también los perrillos comen de las migajas que caen de la mesa de sus amos.


Entonces Jesús le respondió:


— ¡Mujer, qué grande es tu fe! Que sea como tú quieres.


Y su hija quedó sana en aquel instante.


PARA TU RATO DE ORACION


La actividad de Jesús era muy intensa, y ocasionalmente se retiraba con sus discípulos a lugares donde encontrar más sosiego para el descanso y más tiempo para formarlos. En esta ocasión, sale fuera de los confines de Galilea, a la región de Tiro y Sidón, una zona que no estaba poblada por judíos sino por gentes cananeas de cultura helenística.


Pero la fama de Jesús había llegado hasta allí, y una mujer sale a su encuentro para pedirle que ayude a su hija: “¡Señor, Hijo de David, apiádate de mí! Mi hija está poseída cruelmente por el demonio” (v. 22). Ella, que no pertenecía al pueblo elegido, lo reconoce como el Hijo de David, el Mesías largamente esperado, y con gran confianza le pide que ayude a su hija.


Observa san Agustín que esta mujer cananea “nos ofrece un ejemplo de humildad y un camino de piedad”[1]. Jesús, al principio, parece que no le hace caso, pero ella “clamaba al Señor, que no escuchaba, pero que planeaba en silencio lo que iba a ejecutar”[2]. Cuando ella insiste, el Maestro le responde que ha venido a buscar las ovejas perdidas de la casa de Israel. Jesús vino a salvar a todos, como lo señaló claramente en otra ocasión ante sus discípulos: “Tengo otras ovejas que no son de este redil, a ésas también es necesario que las traiga, y oirán mi voz y formarán un solo rebaño, con un solo pastor” (Jn 10,16), pero su misión redentora debía comenzar por su propio pueblo, los judíos.


La mujer cananea no se da por vencida y continúa importunándolo. En aquel tiempo, los judíos llamaban despectivamente “perros” a los paganos, ya que el perro era un animal impuro. Por eso las palabras con las que Jesús le responde suenan muy duras: “No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perrillos” (v. 26). Pero la mujer, no se enfada ni se manifiesta dolida por el tono de la respuesta. “Reiteró su petición y, ante lo que parecía un insulto, demostró su humildad y alcanzó misericordia”[3].


El papa Francisco observa que “el aparente distanciamiento de Jesús no desanima a esta madre, que insiste en su invocación. La fuerza interior de esta mujer, que permite superar todo obstáculo, hay que buscarla en su amor materno y en la confianza de que Jesús puede satisfacer su petición. Y esto me hace pensar en la fuerza de las mujeres. Con su fortaleza son capaces de obtener cosas grandes. ¡Hemos conocido muchas! Podemos decir que es el amor lo que mueve la fe y la fe, por su parte, se convierte en el premio del amor. El amor conmovedor por la propia hija la induce a gritar: ‘¡Ten piedad de mí, Señor, hijo de David!’. Y la fe perseverante en Jesús le permite no desanimarse ni siquiera ante su inicial rechazo”[4].


La perseverancia de esta mujer inasequible al desánimo es toda una lección de fe viva y operativa. Nos enseña a no desanimarnos ante las dificultades de la vida y a perseverar en la oración, aunque parezca que Dios no nos hace caso. A veces “imaginamos –dice san Josemaría- que el Señor, además, no nos escucha, que andamos engañados, que sólo se oye el monólogo de nuestra voz. Como sin apoyo sobre la tierra y abandonados del cielo, nos encontramos (…) Con la tozudez de la cananea, nos postramos rendidamente como ella, que le adoró, implorando: ‘Señor, socórreme’. Desaparecerá la oscuridad, superada por la luz del Amor (…). Nuestro Señor quiere que contemos con Él, para todo: vemos con evidencia que sin Él nada podemos, y que con Él podemos todas las cosas”[5].


19 de agosto de 2023

HACERSE COMO NIÑOS

 


Evangelio (Mt 19,13-15)


En aquel tiempo, le presentaron unos niños para que les impusiera las manos y orase; pero los discípulos les reñían. Ante esto, Jesús dijo:

—Dejad a los niños y no les impidáis que vengan conmigo, porque de los que son como ellos es el Reino de los Cielos.

Y después de imponerles las manos, se marchó de allí.


PARA TU RATO DE ORACION 


Después de haber escuchado ayer la enseñanza de Jesús sobre la indisolubilidad del matrimonio, contemplamos a unos niños que son presentados a Jesús. Una significativa secuencia: una vez unidos para siempre el hombre y la mujer en el matrimonio, aparecen en escena los niños, fruto de esa unión. El evangelista no indica quiénes llevan a esos niños pero parece indicarlo con el episodio anterior: los padres. Y es que la fama de Jesús crecía: curaba a los más débiles, entre ellos a los niños. Es fácil imaginar, por lo tanto, a los padres que llevaban a Jesús a sus hijos pequeños, todavía débiles, para que los bendijera, para que, con la imposición de las manos, o con solo tocarlos, los protegiera de las enfermedades y del poder del maligno.

Pero los discípulos se creen con la autoridad de evitarlo. Y el Maestro no lo consiente, pues Él es el Camino para llegar al Padre. Así se lo dirá a uno de los discípulos: “Nadie va al Padre si no es a través de mí” (Jn 14,6). Los niños encuentran en Jesús el mejor camino para descubrir su filiación divina. Al mismo tiempo, los adultos –de modo especial, los padres– están llamados a facilitar ese encuentro, de modo que también ellos redescubren esa misma filiación: “El que reciba en mi nombre a uno de estos niños, a mí me recibe; y quien me recibe, no me recibe a mí, sino al que me ha enviado” (Mc 9,37).

Si alguno quiere ser el primero, hágase el último de todos y servidor de todos. Y tomando a un niño, lo puso en medio de ellos, lo abrazó y les dijo: El que reciba en mi nombre a uno de estos niños, a mí me recibe; y quien me recibe, no me recibe a mí, sino al que me envió.

Es conmovedor fijar la mirada en Jesús rodeado de niños, jugando con ellos, sonriéndoles, preguntándoles sus nombres, su edad...; instruyéndoles para que sean buenos hijos de sus padres, buenos hermanos…; y hablándoles de su Padre del Cielo. Una escena terrena y celestial a la vez: aquel momento fue una clara manifestación de lo que ha de ser en la tierra el Reino de los Cielos, y un reflejo de cómo será ese reino en el más allá para aquellos que en la tierra se han comportado como niños delante de Dios. Por eso acogemos con humildad la advertencia de San Josemaría: “No olvides que el Señor tiene predilección por los niños y por los que se hacen como niños” (Camino, n. 872).


Y llegaron a Cafarnaún. Estando ya en casa, les preguntó: ¿De qué discutíais por el camino? Pero ellos callaban, porque en el camino habían discutido entre sí sobre quién sería el mayor. Entonces se sentó y, llamando a los doce, les dijo: Si alguno quiere ser el primero, hágase el último de todos y servidor de todos.

Y tomando a un niño, lo puso en medio de ellos, lo abrazó y les dijo: El que reciba en mi nombre a uno de estos niños, a mí me recibe; y quien me recibe, no me recibe a mí, sino al que me envió (Mc 9,33-37).

¿No os enamora este modo de proceder de Jesús? Les enseña la doctrina y, para que entiendan, les pone un ejemplo vivo. Llama a un niño, de los que correrían por aquella casa, y le estrecha contra su pecho. ¡Este silencio elocuente de Nuestro Señor! Ya lo ha dicho todo: El ama a los que se hacen como niños. Después añade que el resultado de esta sencillez, de esta humildad de espíritu es poder abrazarle a El y al Padre que está en los cielos.

Amigos de Dios, 102

En aquella ocasión se acercaron los discípulos a Jesús y le preguntaron: ¿Quién juzgas que es el mayor en el Reino de los Cielos?Entonces, llamando a un niño, lo puso en medio de ellos y dijo: En verdad os digo: si no os convertís y os hacéis como los niños no entraréis en el Reino de los Cielos. Pues todo el que se humille como este niño, ése es el mayor en el Reino de los Cielos (Mt 18,1-4).

Hacernos niños: renunciar a la soberbia, a la autosuficiencia; reconocer que nosotros solos nada podemos, porque necesitamos de la gracia, del poder de nuestro Padre Dios para aprender a caminar y para perseverar en el camino. Ser pequeños exige abandonarse como se abandonan los niños, creer como creen los niños, pedir como piden los niños.

Y todo eso lo aprendemos tratando a María. (...) Porque María es Madre, su devoción nos enseña a ser hijos: a querer de verdad, sin medida; a ser sencillos, sin esas complicaciones que nacen del egoísmo de pensar sólo en nosotros; a estar alegres, sabiendo que nada puede destruir nuestra esperanza.

Es Cristo que pasa, 143

¡Qué buena cosa es ser niño! —Cuando un hombre solicita un favor, es menester que a la solicitud acompañe la hoja de sus méritos.

Cuando el que pide es un chiquitín —como los niños no tienen méritos—, basta con que diga: soy hijo de Fulano.




18 de agosto de 2023

Mutua santificación de los esposos

 



Evangelio (Mt 19,3-12)


En aquel tiempo, se acercaron entonces a él unos fariseos y le preguntaron para tentarle:


—¿Le es lícito a un hombre repudiar a su mujer por cualquier motivo?


Él respondió:


—¿No habéis leído que al principio el Creador los hizo hombre y mujer, y que dijo: Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y serán los dos una sola carne? De modo que ya no son dos, sino una sola carne. Por tanto, lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre.


Ellos le replicaron:


—¿Por qué entonces Moisés mandó dar el libelo de repudio y despedirla?


Él les respondió:


—Moisés os permitió repudiar a vuestras mujeres a causa de la dureza de vuestro corazón; pero al principio no fue así. Sin embargo, yo os digo: cualquiera que repudie a su mujer —a no ser por fornicación— y se case con otra, comete adulterio.


Le dicen los discípulos:


—Si esa es la condición del hombre con respecto a su mujer, no trae cuenta casarse.


—No todos son capaces de entender esta doctrina —les respondió él—, sino aquellos a quienes se les ha concedido.


En efecto, hay eunucos que nacieron así del vientre de su madre; también hay eunucos que han quedado así por obra de los hombres; y los hay que se han hecho eunucos a sí mismos por el Reino de los Cielos. Quien sea capaz de entender, que entienda.


PARA TU RATO DE ORACION 

Muy actual nos resulta esta cuestión que unos fariseos plantearon a Jesús. Parece que, al igual que hoy, por entonces, en los tiempos y culturas antiguas, el divorcio estaba a la orden del día, incluso “por cualquier motivo”. Y en un pasado más remoto, debió de ser algo tan difundido, que hasta Moisés, en Israel, tuvo que legislarlo, para ponerle freno, como mal menor. Sin embargo, Jesús, en su respuesta, se remonta no ya al pasado, sino al origen de todo, cuando el mismo Dios estableció la unión indisoluble entre hombre y mujer. El modelo de esta alianza será la fidelidad de Dios con su pueblo. Así lo expresa el profeta: “Te desposaré conmigo para siempre, te desposaré conmigo en justicia y derecho, en amor y misericordia. Te desposaré conmigo en fidelidad, y conocerás al Señor” (Oseas 2,21-22). La expresión “a no ser por fornicación” no expresa que una infidelidad podría ser causa de divorcio. El término utilizado en griego, la lengua original del texto evangélico, se refiere más bien a una unión ilegítima que no se puede sanar, (por ejemplo, el incesto), y que, por lo tanto, hay que disolverla. No se trataría de una excepción a la indisolubilidad.

El Creador quiere y bendice el matrimonio, para la felicidad de los esposos y de los hijos, y el bien de la entera comunidad humana. Es una vocación divina y, como tal, exige discernimiento, preparación, y una voluntad decidida de buscar el bien del otro y de la familia, de perseverar un día y otro en el amor mutuo. Todo con la ayuda de la gracia divina, para superar las dificultades del camino. Podríamos decir que Jesús “sufre” con cada infidelidad y ruptura: “El Señor es testigo entre ti y la esposa de tu juventud (...), siendo ella tu compañera, la esposa comprometida por tu alianza. ¿Es que no hizo una sola cosa de carne y espíritu? Y ¿qué busca esta unidad? Una posteridad concedida por Dios (Malaquías 2,14-16).


El Matrimonio, sacramento de la mutua santificación de los esposos


Cada uno de los sacramentos hace que la santidad de Cristo llegue hasta la humanidad del hombre; es decir, penetra el hombre —el cuerpo y el alma, la feminidad y la masculinidad— con la fuerza de la santidad. (Nada más contrario a una doctrina sacramental auténtica que una concepción maniquea o dualista del cuerpo y del hombre). En el Matrimonio la santificación sacramental alcanza a la humanidad del hombre y de la mujer, precisamente en cuanto esposos, como marido y mujer.

El sacramento —en cuanto tal— es una acción transitoria, que pasa; tiene lugar en un momento determinado, cuando los que se casan, celebran el sacramento por medio del mutuo consentimiento matrimonial (el matrimonio in fieri). Pero hace posible que la alianza iniciada entonces pueda verificarse a lo largo de toda la vida, precisamente en cuanto realidad sagrada y sacramental, porque por el sacramento está insertada en la alianza de Cristo con la Iglesia. Efecto del sacramento es que la vida conyugal —la relación interpersonal propia de marido y mujer, de la que es inseparable la disposición a la paternidad y a la maternidad— esté elevada a una dimensión de santidad real y objetiva. La corporalidad —el lenguaje de la corporalidad— está en la base y raíz de la vocación matrimonial a la santidad, como el ámbito y la materia de su santificación: «Todos los cristianos —enseña en este sentido el Concilio Vaticano II— en cualquier condición de vida, de oficio o circunstancias, y precisamente por medio de todo eso se podrán santificar día a día con tal de recibirlo todo con fe de la mano del Padre celestial, con tal de cooperar con la voluntad divina, manifestando a todos, incluso en una servidumbre temporal, la caridad con que Dios amó al mundo»[23].

El matrimonio es fuente y medio original de la santificación de los esposos. Pero lo es —sobre ello interesa llamar la atención ahora— «como sacramento de la mutua santificación»[24]. Lo que quiere decir fundamentalmente que: a) el sacramento del matrimonio concede a cada cónyuge la capacidad necesaria para llevar a su plenitud existencial la vocación a la santidad que ha recibido en el bautismo; y b) a la esencia de esa capacitación pertenece ser, al mismo tiempo e inseparablemente, instrumento y mediador de la santificación del otro cónyuge y de toda la familia. En la tarea de la propia y personal santificación —la santificación se resuelve siempre y en última instancia en el diálogo de la libertad personal y la gracia de Dios— el marido y la mujer han de tener siempre presente su condición de esposos y, por eso, al otro cónyuge y a la familia[25].

La Revelación se sirve de las analogías "marido-mujer" y "cuerpo-cabeza" para expresar el misterio y la naturaleza de la unión de Cristo con la Iglesia. Y estas mismas analogías, por ser signo e imagen de la realidad representada, sirven a su vez, para revelar e iluminar la verdad sobre el matrimonio[26] y también la mutua función santificadora de los cónyuges. «En virtud del pacto de amor conyugal el hombre y la mujer no son ya dos, sino una sola carne (Mt 19,6; cfr. Gn 2,24)[27]. A partir de ese momento, permaneciendo los dos como personas singulares —cada uno de los esposos es en sí una naturaleza completa, individualmente distinta— son en lo conyugal, en cuanto masculinidad y feminidad —modalidad a la que es inherente la condición personal— una única unidad. Ha surgido entre ellos el vínculo conyugal por el que constituyen en lo conyugal una unidad de tal naturaleza que el marido pasa a pertenecer a la mujer, en cuanto esposo, y la mujer al marido, en cuanto esposa. Hasta tal punto que cada uno debe amar al otro cónyuge no sólo como a sí mismo —como a los demás hombres— sino con el amor de sí mismo. Un deber que, por ser derivación y manifestación de la "unidad en la carne", convertida a su vez por el sacramento en «imagen viva y real de la singularísima unidad que hace de la Iglesia el indivisible Cuerpo Místico del Señor Jesús»[28], abarca todos los niveles —cuerpo, espíritu, afectividad...— y ha de desarrollarse más y mas cada día. En la tarea de reflejar la unión entre Cristo y la Iglesia, de la que participan, los esposos —es obvio— siempre pueden crecer más.

Las mutuas relaciones entre los esposos reflejan la verdad esencial del matrimonio —y consiguientemente los esposos viven su matrimonio de acuerdo con su vocación cristiana— tan sólo si brotan de la común relación con Cristo y adoptan la modalidad del amor nupcial con el que Cristo se donó y ama a la Iglesia. La peculiaridad de su participación en el misterio del amor de Cristo es la razón de que la manera de relacionarse los esposos sea —objetiva y realmente— materia y motivo de santidad; y también, de que la reciprocidad sea componente esencial de esas relaciones[29]. Por el Matrimonio los casados se convierten «como en un sólo sujeto tanto en todo el matrimonio como en la unión en virtud de la cual vienen a ser una sola carne»[30]. Es claro que —como se decía antes— los esposos, después de la unión matrimonial, siguen permaneciendo como sujetos distintos: el cuerpo de la mujer no es el cuerpo del marido, ni el del marido es el de la mujer. Sin embargo ha surgido entre ellos una relación de tal naturaleza que la mujer en tanto vive la condición de esposa en cuanto está unida a su marido y viceversa. De la misma manera que la Iglesia sólo es ella misma en virtud de su unión con Cristo.

Ahora bien, «el amor de Cristo a la Iglesia tiene como finalidad esencialmente su santificación: "Cristo amó a la Iglesia y se entregó por ella... para santificarla" (Ef 5, 25-26)»[31]. Por eso, dado que el sacramento del matrimonio hace partícipes a los esposos de ese mismo amor de Cristo y los convierte realmente en sus signos y testigos permanentes, el amor y relaciones mutuas de los esposos son en sí santos y santificadores; pero únicamente lo son —desde el punto de vista objetivo— si expresan y reflejan el carácter y condición nupcial. Si esta condición faltara tampoco llevaría a la santidad, porque ni siquiera se podría hablar de amor conyugal auténtico. La santificación del otro cónyuge —el cuidado por su santificación— desde la rectitud y fidelidad a la verdad del matrimonio, es, por tanto, una exigencia interior del mismo amor matrimonial y, consiguientemente, forma parte de la propia y personal santificación.

La tarea de los esposos —en la que se cifra su santificación— consiste en advertir el carácter sagrado y santo de su alianza conyugal —participación del amor esponsal de Cristo por la Iglesia— y modelar el existir de sus vidas sobre la base y como una prolongación de esa realidad participada. Algo que tan sólo es dado hacer con el ejercicio de las virtudes sobrenaturales y humanas, en un contexto de amor a la Cruz, condición indispensable para el seguimiento de Cristo. La alianza conyugal, en sí misma santa, es entonces santificada subjetivamente por los esposos a la vez que es fuente de su propia santificación. De esta manera, además, sirve para santificar a los demás, porque —entre otras cosas— gracias al testimonio visible de su fidelidad, se convierten ante los otros matrimonios y los demás hombres en signos vivos y visibles del valor santificante y profundamente liberador del matrimonio. El matrimonio es el sacramento que llama de modo explícito a un hombre y una mujer determinados a dar testimonio abierto del amor nupcial y procreador.

Podemos imaginar el hogar de Nazaret: allí, Jesús niño y adolescente, fue testigo del amor delicado de María y José. En su perfecta humanidad, “crecía en sabiduría, en edad y en gracia delante de Dios y de los hombres” (Lucas 2,52), bajo el amparo del ejemplo de sus padres.





17 de agosto de 2023

EL PERDON

 



Evangelio (Mt 18,21-19,1)

Entonces, se acercó Pedro a preguntarle:

-Señor, ¿cuántas veces tengo que perdonar a mi hermano cuando peque contra mí? ¿Hasta siete?

Jesús le respondió:

— No te digo que hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete. Por eso el Reino de los Cielos viene a ser como un rey que quiso arreglar cuentas con sus siervos. Puesto a hacer cuentas, le presentaron uno que le debía diez mil talentos. Como no podía pagar, el señor mandó que fuese vendido él con su mujer y sus hijos y todo lo que tenía, y que así pagase. Entonces el siervo, se echó a sus pies y le suplicaba: ‘Ten paciencia conmigo y te pagaré todo’. El señor, compadecido de aquel siervo, lo mandó soltar y le perdonó la deuda. Al salir aquel siervo, encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios y, agarrándole, lo ahogaba y le decía: ‘Págame lo que me debes’. Su compañero, se echó a sus pies y se puso a rogarle: ‘Ten paciencia conmigo y te pagaré’. Pero él no quiso, sino que fue y lo hizo meter en la cárcel, hasta que pagase la deuda. Al ver sus compañeros lo ocurrido, se disgustaron mucho y fueron a contar a su señor lo que había pasado. Entonces su señor lo mandó llamar y le dijo: ‘Siervo malvado, yo te he perdonado toda la deuda porque me lo has suplicado. ¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo la he tenido de ti?’ Y su señor, irritado, lo entregó a los verdugos, hasta que pagase toda la deuda. Del mismo modo hará con vosotros mi Padre celestial, si cada uno no perdona de corazón a su hermano.

Cuando terminó Jesús estos discursos, partió de Galilea y fue a la región de Judea, al otro lado del Jordán.


PARA TU RATO DE ORACIÓN 


¿Cuántas veces tengo que perdonar a mi hermano o hermana? ¿Hasta siete veces? Jesús responde a la pregunta de Pedro con palabras de misericordia y perdón que van más allá de la lógica humana.


Pedro se anticipó en cierto modo a la respuesta de Jesús. El número siete no significa un número exacto; simbolizaba para el pueblo judío, en aquella época, la perfección, la abundancia y la plenitud. En otras palabras, Pedro está sugiriendo que debemos perdonar a nuestro hermano siempre, dentro de lo razonable.


La respuesta de Jesús es mucho más generosa: debemos perdonar siempre a nuestro hermano, pero absolutamente siempre, pase lo que pase. La cuidadosa formulación de Pedro se muestra, de hecho, demasiado estrecha. Es una lección sobre el amor y un gran corazón.


Jesús lo explicó con una historia sobre dos siervos. El primero debía una cantidad enorme, 10.000 talentos, que era el salario anual de 10.000 trabajadores. Movido por la misericordia, el señor del primer siervo le perdonó. Por supuesto, el rey es Dios Padre, que nos perdona todo.


Pero ahora Jesús nos dice qué hacer con un hermano necesitado de perdón. Pues el deudor perdonado se encuentra con un compañero de trabajo, que le debía cien denarios, es decir, el salario diario de cien trabajadores. No lo perdona, sino que lo mete en la cárcel. El deudor al que se le habían perdonado 10.000 sueldos anuales no fue capaz de perdonar 100 jornales. Mientras que Dios es compasivo y bondadoso con nosotros, nosotros somos mezquinos y exigentes con los que nos rodean.


Lo que tengo que perdonar a mi hermano es poco comparado con lo que Dios me ha perdonado, es más, si fuéramos conscientes de ello, es poco comparado con lo que Jesús me perdona cada día. Como observa el Rey, “¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo la he tenido de ti?” Y revoca su perdón.


Puede ser difícil perdonar. Aun así, el perdón está en el corazón del Evangelio, es nuestra forma de vida. Jesús vivió, murió y resucitó para ofrecernos el perdón de Dios. Primero, lo recibimos, luego estamos llamados a hacer posible que otros lo experimenten también. Así, el círculo del amor de Cristo se extiende cada vez más para abarcar a más personas, a más hermanas y hermanos, a más ovejas perdidas, y a otro y otra.


Perdonar así requiere caridad, requiere humildad y oración. Nuestra fe católica es también el evangelio del amor, y sólo la caridad sin límites y sin condiciones puede perdonar.


respuestas globales al daño causado, incluyendo, además de las económicas, otras de distinta naturaleza y alcance[21].


Dentro de estos nuevos cauces surgieron conceptos como reconocimiento, verdad, arrepentimiento, transformación personal, dignificación, recuerdo, curación del dolor, necesidad de liberación de la culpa o del deseo de venganza, del odio, etc., elementos que, desbordando los moldes de la justicia humana, llevaban de la mano al perdón, hasta aquel momento olvidado, cuando no minusvalorado por su significación religiosa[22].


Por esta vía inesperada es por donde reaparece el perdón y su “novedad liberadora”[23]ycurativa que atrae el interés de instituciones, universidades y estudiosos, que lo abordan desde el punto de vista psicológico, antropológico, religioso o sociológico, aportando profundizaciones y proponiéndolo como solución, no sólo para los grandes conflictos, sino también como un recurso al que acudir en nuestras relaciones cotidianas[24].“Pedir y ofrecer perdón es una vía profundamente digna del hombre y, a veces, la única para salir de situaciones marcadas por odios antiguos y violentos”[25].


Partiendo de estas realidades y de las nuevas perspectivas presentes en nuestras sociedades, proponemos ahora la figura de san Josemaría como un hombre que sabía perdonar. En su mirada sobre el perdón y en el modo de vivirlo aparecen algunos trazos más acentuados, que servirán de armazón del presente estudio.


En primer lugar resalta una caridad vivida en grado heroico. Después, el mensaje de la llamada universal a la santidad, sobre todo la concatenación entre mentalidad laical, libertad, compresión y perdón, y su repercusión en las relaciones individuales y sociales. En tercer lugar, las contradicciones que padeció durante toda su vida, principalmente en forma de calumnias e incomprensiones. Aquí nos detendremos en algunos aspectos de la homilía “El respeto cristiano a la persona y a su libertad”[26] que, de los textos editados de san Josemaría, es el que trata con un enfoque más amplio y general la cuestión de las incomprensiones e injusticias entre los hombres[27]. A continuación, siguiendo algunos testimonios de quienes le conocieron, analizaremos cada una de las actitudes que adoptaba ante las ofensas.


Fue también un hombre atento a las coordenadas históricas, culturales e intelectuales del siglo XX y se vio además inmerso en la guerra civil española. Desborda el propósito de nuestro estudio analizar la época de esa contienda, y más en general el contexto de su vida en el siglo XX, un siglo de conflictos armados y de violencia. Sí hay que decir, pues refuerza la coherencia de su caridad, que siempre mantuvo la misma actitud de buscar el perdón y la reconciliación entre las personas, sin excepciones al mandamiento de la caridad, por muy extraordinarias que fueran las situaciones[28].