"Hago todos los días mi "ratito" de oración: ¡si no fuera por eso!" (Camino, 106)

21 de enero de 2024

Responder a la llamada de Dios

 




Evangelio (Mc 1,14-20)


Después de haber sido apresado Juan, vino Jesús a Galilea predicando el Evangelio de Dios, y diciendo:


— El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está al llegar; convertíos y creed en el Evangelio.


Y, mientras pasaba junto al mar de Galilea, vio a Simón y a Andrés, el hermano de Simón, que echaban las redes en el mar, pues eran pescadores. Y les dijo Jesús:


— Seguidme y haré que seáis pescadores de hombres.


Y, al momento, dejaron las redes y le siguieron. Y pasando un poco más adelante, vio a Santiago el de Zebedeo y a Juan, su hermano, que estaban en la barca remendando las redes; y enseguida los llamó. Y dejaron a su padre Zebedeo en la barca con los jornaleros y se fueron tras él.



PARA TU RATO DE ORACION 


LA PRIMERA lectura relata la misión que recibió Jonás por parte del Señor: «Levántate y vete a Nínive, la gran ciudad, y predícale el mensaje que te digo». Marchó entonces el profeta y comenzó a proclamar: «¡Dentro de cuarenta días Nínive será destruida!». Los ninivitas supieron acoger las palabras de Jonás y «proclamaron el ayuno y se vistieron de saco». Al ver Dios «su conversión de la mala vida, se compadeció y se arrepintió»: la catástrofe con que había amenazado a Nínive al final no tuvo lugar (cfr. Jon 3, 1-5. 10).


Toda conversión requiere una respuesta libre: el principal interesado en cambiar es uno mismo. Pero no se trata simplemente de modificar ciertos comportamientos externos, sino que es algo mucho más profundo: implica dejar que sea Dios el centro de la propia vida, y no los modelos del mundo. «Es un cambio decisivo de visión y de actitud. De hecho, el pecado –sobre todo el pecado de la mundanidad, que es como el aire, está por todas partes– trajo al mundo una mentalidad que tiende a la afirmación de uno mismo contra los demás, e incluso contra Dios»[1]. Los habitantes de Nínive dejaron atrás sus viejas seguridades, aquella perversidad que había llegado hasta la presencia del Señor (cfr. Jon 1,2), y abrazaron el sacrificio y la penitencia para ganarse el favor divino, que no era otro que el de ganar su propia felicidad.


El mensaje que el Señor dirigió a los ninivitas les invitaba a tomar distancia de las realidades mundanas y a reconocer que solo lo que proviene de él puede hacerles dichosos. Acoger esa llamada implica, ante todo, confiar en su palabra, dejarse curar por Dios y abrirnos a su compañía. De este modo, él actúa en nuestros buenos deseos y fortalece nuestros esfuerzos por seguirle. «Para un hijo de Dios –comentaba san Josemaría–, cada jornada ha de ser ocasión de renovarse, con la seguridad de que, ayudado por la gracia, llegará al fin del camino, que es el Amor. Por eso, si comienzas y recomienzas, vas bien. Si tienes moral de victoria, si luchas, con el auxilio de Dios, ¡vencerás! ¡No hay dificultad que no puedas superar!»[2].


EL EVANGELIO también nos habla de la invitación de Jesús a una nueva vida. En cuanto supo que Juan había sido arrestado, el Señor se marchó a Galilea a predicar: «El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está al llegar; convertíos y creed en el Evangelio». Y a continuación, san Marcos relata la vocación de los primeros discípulos: «Mientras pasaba junto al mar de Galilea, vio a Simón y a Andrés, el hermano de Simón, que echaban las redes en el mar, pues eran pescadores. Y les dijo Jesús: “Seguidme y haré que seáis pescadores de hombres”» (Mc 1,14-18).


Cristo es la «gran luz» (Is 9,1) que iluminó a los habitantes de Galilea y a los apóstoles. El fundamento de la conversión y de la vocación de los discípulos es él mismo. Si ahora aquellos hombres han cambiado sus vidas es precisamente porque Jesús les ha llamado. A veces puede parecer imposible «abandonar el camino del pecado porque el compromiso de conversión se centra solo en uno mismo y en las propias fuerzas, y no en Cristo y su Espíritu. (...) Nuestra fidelidad al Señor no puede reducirse a un esfuerzo personal, sino que debe expresarse en una apertura confiada de corazón y mente para recibir la Buena Nueva de Jesús»[3].


Los primeros discípulos supieron reconocer en Jesús esa gran luz que iluminaba sus vidas. Ese encuentro transformó la orientación de su futuro. Por eso, «al momento dejaron las redes y le siguieron» (Mt 4,22). Aquello que había sido parte esencial de su día a día –la pesca– queda entonces integrado y supeditado a los planes que el Maestro les confiere. Ciertamente, el Señor no pide a todos los hombres que dejen las redes de esa manera. Sin embargo, toda vocación «es un fenómeno que comunica al trabajo un sentido de misión, que ennoblece y da valor a nuestra existencia. Jesús se mete con un acto de autoridad en el alma, en la tuya, en la mía: esa es la llamada»[4].


ABRIR el corazón y responder a la llamada de Dios a la conversión es el primer paso en el camino hacia la santidad. Los apóstoles se decidieron a seguir a Jesús, pero todavía tenían mucho que cambiar en sus vidas. En este sentido, san Josemaría escribió: «La conversión es cosa de un instante; la santificación es tarea para toda la vida. La semilla divina de la caridad, que Dios ha puesto en nuestras almas, aspira a crecer, a manifestarse en obras, a dar frutos que respondan en cada momento a lo que es agradable al Señor. Es indispensable por eso estar dispuestos a recomenzar, a reencontrar –en las nuevas situaciones de nuestra vida– la luz, el impulso de la primera conversión»[5].


Jesús no nos exige llevar una vida perfecta. Él desea que no nos separemos de él: esa es la raíz de nuestra eficacia, y no tanto la ausencia de debilidades. Por eso, lo decisivo no es no caer nunca, sino querer recomenzar en cada momento y buscar siempre la unión con el Señor. Al reconocer nuestra fragilidad nos conocemos mejor a nosotros mismos y conocemos también la manera de actuar de Dios, que siempre sale de nuevo a nuestro encuentro, y lo hace con especial delicadeza cuando descubrimos y aceptamos nuestros defectos. El recuerdo de nuestra primera llamada, cuando dejamos que Jesús fuese el centro de nuestra vida, nos podrá ayudar cuando nuestros errores quizá sean más evidentes y nos llenen de confusión.


«Recuerda tu Galilea y camina hacia tu Galilea. Es el “lugar” en el que conociste a Jesús en persona; donde él para ti dejó de ser un personaje histórico como otros y se convirtió en la persona más importante de tu vida. No es un Dios lejano, sino el Dios cercano, que te conoce mejor que nadie y te ama más que nadie»[6]. Quizá Pedro, cuando lloró por haber negado tres veces a Jesús, recordó algunos momentos compartidos con él: el día de su llamada, las conversaciones íntimas, la alegría al presenciar los milagros… Y esto fue lo que tal vez le impulsó a no caer en la desesperación y le recordó algo que también nosotros tenemos experimentado: que necesitamos acoger con frecuencia la misericordia divina. En los momentos de dificultad, la Virgen María también nos ayudará a buscar la mirada de su Hijo y a recordar que Dios nos llama siempre.

20 de enero de 2024

El Señor nos espera




 Evangelio (Mc 3,20-21)


Entonces llegó a casa; y se volvió a juntar la muchedumbre, de manera que no podían ni siquiera comer. Se enteraron sus parientes y fueron a llevárselo porque decían que había perdido el juicio.


PARA TU RATO DE ORACION 


TANTA GENTE se agolpaba en torno a Jesús y sus discípulos que, en no pocas ocasiones, «no los dejaban ni comer» (Mc 3,20). El Señor pasa horas y horas escuchando a personas, todas muy distintas. Para uno tiene palabras de perdón y de aliento; para otra, un gesto de ternura; para algunos, ese encuentro supone el final de una enfermedad o el principio de una nueva vida. Todo el que se acerca a Jesús se siente escuchado, atendido, querido, aunque sean encuentros de unos pocos segundos. Nosotros también estamos dentro de una de esas muchedumbres, esperando el momento de ver al Maestro cara a cara. ¿Qué le voy a pedir? ¿Qué me gustaría contarle? ¿Qué me preocupa? ¿Qué necesito sanar en mi alma? ¿A quiénes llevo hoy en el corazón de modo especial? Los ratos de oración son tan reales como esos encuentros que nos relata el Evangelio. El Señor nos espera con la misma atención.


Una humanidad necesitada consume las energías del Maestro y de sus discípulos. El amor por la muchedumbre puede más que el cansancio, más que el hambre, más que cualquier problema personal. Jesucristo se identifica de tal modo con su misión salvadora, que todo en él está supeditado a ella. Por estar un rato con nosotros, Jesús está dispuesto a quedarse sin comer o a permanecer en un sagrario sin que importe el tiempo. «Al recorrer las calles de alguna ciudad o de algún pueblo –confesaba san Josemaría–, me da alegría descubrir, aunque sea de lejos, la silueta de una iglesia; es un nuevo Sagrario, una ocasión más de dejar que el alma se escape para estar con el deseo junto al Señor Sacramentado»1.


NO TODO EL MUNDO participa del entusiasmo de aquella muchedumbre por Jesús. Algunos de sus paisanos y familiares, que le conocen desde que era un niño, no aceptan que haya alcanzado esa notoriedad. Conocen al hijo del carpintero desde siempre, piensan que ya saben lo que se puede esperar de él y, por eso, lo que está ocurriendo no entra dentro de sus expectativas. Quizá nosotros también hemos conocido a Jesús desde nuestra más tierna infancia. Y quizá, como sus paisanos, creemos también que ya sabemos lo que podemos esperar de él. Este puede ser un obstáculo para abrirnos a sus dones. Envejecer espiritualmente significa, precisamente, no esperar ya nada nuevo, ni siquiera de quien es la fuente de toda novedad. La presencia de Jesús rejuvenece el espíritu, hace siempre más audaz a la fe, más segura a la esperanza, más ardiente a la caridad.


«La Palabra de Dios en el libro del Apocalipsis dice así: “Mira que hago un mundo nuevo” (Ap. 21,5). La esperanza cristiana se basa en la fe en Dios que siempre crea novedad en la vida del hombre, crea novedad en el cosmos. Nuestro Dios es el Dios que crea novedad, porque es el Dios de las sorpresas»2. San Josemaría, cada vez que se acercaba al altar para celebrar la santa Misa, saboreaba interiormente el salmo 43, dirigiéndose a Dios como el Dios que alegra nuestra juventud. Si descubrimos síntomas de envejecimiento espiritual, podemos acudir al Banquete Eucarístico para renovarnos, para que Dios alegre nuestra vida con una fe siempre joven; entonces crecerá nuestra convicción de que para él no hay nada imposible (cfr. Lc 1, 37) y que su mano no se ha acortado (cfr. Is, 59, 1).


ES TARDE y todavía no han comido. Sin embargo, Jesús había hablado a sus discípulos de un alimento que ellos no conocían: mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado (Cfr. Jn 4,34). La muchedumbre que, por un lado, les deja sin comer, por otro lado les permite ver que la voluntad del Padre es salvar a todos. Y esa voluntad del Padre acabará siendo su alimento preferido.


«Al ver a las multitudes, se llenó de compasión por ellas» (Mt, 9, 36). Hacer la voluntad del Padre produce todavía más hambre de hacer la voluntad del Padre. El alimento material sacia cuando se come; el alimento espiritual, cuanto más se prueba, más hambre da. Después de una jornada haciendo el bien a tantas personas, los discípulos están exhaustos y hambrientos, pero también con más hambre de almas. Es lo que ocurre a quien sigue a Jesús: que ya no puede vivir de espaldas a la muchedumbre y se llena de ansias de hacerla feliz.


Al final del día, se habrán sentado por fin a comer algo. Habían comido juntos muchas veces, pero llegará un día, casi al final de su paso por esta tierra, en la Última Cena, en que Cristo les dará a comer su misma hambre. En la Eucaristía comemos y nos llenamos de la misma hambre de Cristo, de sus mismos deseos salvadores, de su misma sed de almas. Le podemos pedir ayuda a nuestra Madre para participar cada vez con más amor en ese Banquete; así, junto a ella, nuestro corazón se compadecerá con el sufrimiento de la muchedumbre y se llenará de ansias de hacerla feliz.



19 de enero de 2024

Sobreabundancia de la vida interior

 


Evangelio (Mc 3,13-19)

Y subiendo al monte llamó a los que él quiso, y fueron donde él estaba. Y constituyó a doce, para que estuvieran con él y para enviarlos a predicar con potestad de expulsar demonios: a Simón, a quien le dio el nombre de Pedro; a Santiago el de Zebedeo y a Juan, el hermano de Santiago, a quienes les dio el nombre de Boanerges, es decir, «hijos del trueno»; a Andrés, a Felipe, a Bartolomé, a Mateo, a Tomás, a Santiago el de Alfeo, a Tadeo, a Simón el Cananeo y a Judas Iscariote, el que le entregó.


PARA TU RATO DE ORACION 


«JESÚS SUBIÓ AL MONTE, llamó a los que quiso y se fueron con Él» (Mc 3, 13). Es fácil darse cuenta de que se trata de un momento decisivo para el Señor, pues ellos serán quienes continuarán su misión. En la narración de san Marcos hay un detalle simbólico que nos introduce en la importancia sobrenatural del momento: «Jesús subió al monte». Por lo que nos cuenta el pasaje de la Escritura, el monte no se refiere solo a un lugar físico, sino que también es una imagen de la oración que está por encima del ajetreo y la actividad cotidiana: simboliza el lugar de la comunión con Dios.


Los apóstoles, por tanto, son engendrados en la oración de Jesús al Padre, proceden de la intimidad Trinitaria. «Su elección nace del diálogo del Hijo con el Padre, y está anclada en él»1. Por eso, Jesús considera a cada apóstol como un don del Padre y habla de sus discípulos como de «los que me has dado» (Jn 17,9). También, en otro momento, se refiere al Padre como el dueño de la mies, a quien hay que pedir obreros (cfr. Mt 9,38). La llamada y la misión del apóstol se origina y permanece en la conversación amorosa entre el Padre y el Hijo. De ahí, del seno de la Trinidad, de ese monte que es en realidad un volcán, brota el fuego que debe mover toda acción apostólica.


Al compartir el Evangelio con los demás, «ninguna motivación será suficiente si no arde en los corazones el fuego del Espíritu»2; el cristiano se convierte en apóstol en el monte de la oración. Ahí recibe el encargo de Jesús y ahí se renueva continuamente el calor de ese mandato. La ocupación más importante del apóstol consiste, por lo tanto, en frecuentar esa cima donde se transmite el fuego del amor de Dios. Si el apostolado pierde ese centro, es fácil que se torne en un conjunto de tareas vividas, quizás, como una pesada obligación que contradice los propios deseos, y no como algo natural que surge de nuestra identidad de apóstoles.


«INSTITUYÓ A DOCE, para que estuvieran con él, y para enviarlos a predicar» (Mc 3, 14-15). A primera vista, las dos finalidades por las que Jesús escoge a los suyos pueden parecer opuestas: estar junto a él y enviarlos lejos. Y, sin embargo, son dos aspectos de una misma misión. Para los doce, estar con Cristo va a ser, al principio, convivir con él. Pero, pasado el tiempo, estar con Jesús acabará adquiriendo un significado interior. Los apóstoles tendrán que pasar de la comunión exterior con Jesús, a la interior. Los doce tendrán que aprender a vivir con Jesús de tal modo que puedan estar continuamente con él, incluso cuando vayan hasta los confines de la tierra.


Solo quien vive en el amor de Cristo, puede anunciarlo a los demás con autenticidad. Si el apostolado no es auténtico, produce fatiga, hastío, desazón. No da calor porque le falta el fuego. «Ya hace muchos años considerando este modo de proceder de mi Señor –decía san Josemaría–, llegué a la conclusión de que el apostolado, cualquiera que sea, es una sobreabundancia de la vida interior»3.


De esa comunión con Cristo brota el poder para expulsar los demonios. Jesús los envió para predicar, y también «para que tuvieran autoridad para expulsar a los demonios» (Mc 3, 15). Un apostolado que no nace del amor de Cristo, por su parte, tiene sus propios demonios: los celos, las comparaciones, las envidias… El apostolado auténtico está marcado por el sello de la caridad, de la fraternidad, de la comprensión, de la unidad, porque nace de la misma fuente ardiente de comunión con Cristo.


EL GRUPO DE LOS DOCE tuvo que aprender a ejercitarse en la caridad. Cuando leemos la lista de los doce apóstoles, no nos encontramos con un grupo homogéneo. No se han elegido unos a otros, como se eligen los amigos. Dios ha elegido a cada uno, y son muy distintos unos de otros, en su origen, maneras de ser, costumbres… Al parecer, Simón el de Caná y Judas Iscariote pertenecían al grupo radical de los zelotes. Podemos imaginar cómo les hervía la sangre con todo lo que se refería a la ocupación romana. Mateo, sin embargo, era un recaudador de impuestos: trabajaba para los romanos. Los pescadores Pedro y Andrés, hermanos, mandaban en lo que podía ser una pequeña cooperativa de pesca, en la que los hijos de Zebedeo, Santiago y Juan, de carácter impetuoso, eran empleados. ¿Cómo sería la relación entre ellos? Probablemente tendría sus altibajos. Felipe y Andrés, por su parte, tienen nombre griego, y a ellos acuden los visitantes griegos venidos para la Pascua.


«Cabe imaginar, pues, lo difícil que fue introducirlos paso a paso en el misterioso nuevo camino de Jesús, así como las tensiones que tuvieron que superar; cuánta purificación necesitó, por ejemplo, el ardor de los zelotes para uniformarse al “celo” de Jesús, que se consumará en la cruz. Precisamente en esta diversidad de orígenes, de temperamentos y maneras de pensar, los doce representan a la Iglesia de todos los tiempos, y la dificultad de su tarea de purificar a los hombres y unirlos en el celo de Jesús»4. Sin embargo, a pesar de todas estas diferencias, la caridad entre los apóstoles ha sido, desde el principio, la piedra de toque del auténtico apostolado. Ubi divisio, ibi peccatum, decía Orígenes: donde hay división, ahí está el pecado. Por el contrario, como reza el canto, Ubi caritas est vera, Deus ibi est: donde hay caridad, ahí está el Señor. Mirar cómo se aman entre ellos ha sido, desde los inicios de la Iglesia, la señal inequívoca de la presencia de Cristo entre los cristianos. Y, también desde los inicios, santa María era el foco de unidad alrededor del cual todos se congregaban (cfr. Hch 1,14).

18 de enero de 2024

EL rostro de Jesús

 


Evangelio (Mc 3,7-12)


Jesús se alejó con sus discípulos hacia el mar. Y le siguió una gran muchedumbre de Galilea y de Judea. También de Jerusalén, de Idumea, de más allá del Jordán y de los alrededores de Tiro y de Sidón, vino hacia él una gran multitud al oír las cosas que hacía. Y les dijo a sus discípulos que le tuviesen dispuesta una pequeña barca, por causa de la muchedumbre, para que no le aplastasen; porque sanaba a tantos, que todos los que tenían enfermedades se le echaban encima para tocarle. Y los espíritus impuros, cuando lo veían, se arrojaban a sus pies y gritaban diciendo:


—¡Tú eres el Hijo de Dios!


Y les ordenaba con mucha fuerza que no le descubriesen.



PARA TU RATO DE ORACION 


EN DIVERSAS ocasiones Jesús lleva a sus apóstoles a lugares apartados para descansar con ellos. La predicación del Evangelio es un trabajo extenuante. Muchas veces no tienen tiempo ni para comer. Sin embargo, algunas veces esos intentos de retirarse en busca de tranquilidad no daban buen resultado, porque quienes buscaban a Jesús lograban descubrirlos. Así lo refleja san Marcos: «Jesús se retiró con sus discípulos a la orilla del mar y lo siguió una gran muchedumbre de Galilea. Al enterarse de las cosas que hacía, acudía mucha gente de Judea, Jerusalén, Idumea, Transjordania y cercanías de Tiro y Sidón» (Mc 3,7-8). Es tal el entusiasmo de las gentes, que Jesús tiene que protegerse para no ser aplastado: «Encargó a sus discípulos que le tuviesen preparada una barca, no lo fuera a estrujar el gentío» (Mc 3,9). La fama del Señor había traspasado fronteras: no son únicamente galileos, paisanos suyos, los que le escuchan con gusto, sino que son gentes de todas las comarcas, incluso de lugares más lejanos como Tiro o Sidón. Este recorrido que hace la Escritura por los lugares de procedencia de la muchedumbre es signo y preludio de la universalidad del Evangelio: la llamada de Dios no es para unos pocos, de cierto origen geográfico, pertenencia cultural o poseedores de algún bagaje intelectual concreto. La llamada es para la humanidad entera.


La alegría de llevar el Evangelio ha empujado a muchos santos a cruzar el planeta de un extremo a otro. San Josemaría soñaba con llevar el Evangelio hasta el último rincón de la tierra. La evangelización era para él un «mar sin orillas», una tarea que no tiene límites. A este respecto le gustaba utilizar el mapa del mundo como motivo decorativo, porque le ayudaba a rezar por la expansión de la fe tanto geográficamente como para encender a más gente en el lugar propio. «La universalidad de la Iglesia proviene de la universalidad del único plan divino de salvación del mundo. Este carácter universal aparece claramente el día de Pentecostés, cuando el Espíritu inunda de su presencia a la primera comunidad cristiana, para que el Evangelio se extienda a todas las naciones y haga crecer en todos los pueblos el único Pueblo de Dios. Así, ya desde sus comienzos, la Iglesia abraza a todo el universo. Los apóstoles dan testimonio de Cristo dirigiéndose a los hombres de toda la tierra, todos los comprenden como si hablaran en su lengua materna»1.


EN ESTOS primeros meses acompañando a Jesús, los apóstoles pudieron tocar con sus manos el fruto de su trabajo apostólico, vieron numerosas curaciones y conversiones. Todos ellos participan con gozo del entusiasmo que suscita Cristo a su alrededor. Sin embargo, más adelante el Señor les anuncia que no será siempre así, ya que también experimentarán la prueba de las contradicciones: «Os echarán mano y os perseguirán, entregándoos a las sinagogas y a las cárceles (…): esto os sucederá para dar testimonio (…). Pero ni un cabello de vuestra cabeza perecerá» (Lc 21,12-17). Con el tiempo se cumplieron estas palabras, y sus apóstoles experimentaron en propia carne el sabor del fracaso, al menos aparente; asistieron con dolor al abandono de muchos discípulos e incluso a la traición. Todos tuvieron que aprender a superar las dificultades que entrañaba la predicación del nombre de Jesús. Dios nos llama a «una maravillosa entrega llena de gozo, aunque vengan contradicciones, que a ninguna criatura faltan»2. Tanto en los momentos de gozo como en los de dolor, el discípulo no puede olvidar que está con Cristo, y que esto es lo verdaderamente decisivo.


Todos los hombres y mujeres, consciente o inconscientemente, buscamos el rostro de Jesús. Esta certeza nos mueve a no detenernos cuando arrecien los obstáculos. «Es a Jesús a quien buscáis cuando soñáis la felicidad», exclamaba san Juan Pablo II a una multitud de jóvenes que había llegado a Roma desde todas las partes del mundo. «Es Él quien os espera cuando no os satisface nada de lo que encontráis; es Él la belleza que tanto os atrae; es Él quien os provoca con esa sed de radicalidad que no os permite dejaros llevar del conformismo; es Él quien os empuja a dejar las máscaras que falsean la vida; es Él quien os lee en el corazón las decisiones más auténticas que otros querrían sofocar. Es Jesús el que suscita en vosotros el deseo de hacer de vuestra vida algo grande, la voluntad de seguir un ideal, el rechazo a dejaros atrapar por la mediocridad, la valentía de comprometeros con humildad y perseverancia para mejoraros a vosotros mismos y a la sociedad, haciéndola más humana y fraterna»3. Encontrar a Jesús es un regalo más grande que cualquier obstáculo del camino.


«COMO había curado a muchos, todos los que sufrían de algo se le echaban encima para tocarlo» (Mc 3,10). La gente, que ha venido de los cuatro puntos cardinales, se agolpa en torno al Señor y quieren tocarlo. Esta es una imagen de lo que queremos hacer los cristianos sobre todo al recibir los sacramentos, pero también al pasar un tiempo de oración delante del sagrario, o simplemente al besar un crucifijo. Buscamos ese contacto con Cristo también cuando cuidamos de los enfermos, de las personas necesitadas o de los ancianos: tocando sus «llagas, acariciándolas, es posible adorar al Dios vivo en medio de nosotros»4.


Jesús es el camino para nuestra salvación. Su humanidad atrae nuestros corazones porque sabemos que no cansa ni decepciona. Es verdad que en el amor radica nuestra felicidad, pero incluso en las relaciones humanas más profundas podemos encontrar «una cierta medida de desilusión»5, porque nadie nos puede dar lo que nos ofrece Dios en su Hijo. «Solo Jesús de Nazaret, el Hijo de Dios y de María, la Palabra eterna del Padre, que nació hace dos mil años en Belén de Judá, puede satisfacer las aspiraciones más profundas del corazón humano»6.


Para continuar atrayendo a muchos a Cristo, necesitamos acercarnos a él en los sacramentos, en la oración y en las demás personas, para recibir allí la vida sobrenatural. Encontrar siempre a Jesús nos dará energía y consuelo en nuestro apostolado. «Siendo Cristo, enviado por el Padre, fuente y origen del apostolado de la Iglesia, es evidente que la fecundidad del apostolado (…) depende de su unión vital con Cristo»7. Al descubrir a Cristo en lo que nos rodea nos llenaremos de fecundidad apostólica, quizás distinta a la que imaginábamos. María es testigo feliz de la marea de personas que corren detrás de su Hijo, buscando luz y salvación. Con el aliento de quien es Reina de los apóstoles iremos al encuentro con Cristo para, después, poder compartirlo con los demás.



17 de enero de 2024

Todos los días son buenos para hacer el bien



Evangelio (Mc 3,1-6)


De nuevo entró en la sinagoga. Había allí un hombre que tenía la mano seca. Le observaban de cerca por si lo curaba en sábado, para acusarle. Y le dice al hombre que tenía la mano seca:


— Ponte de pie en medio.


Y les dice:


— ¿Es lícito en sábado hacer el bien o hacer el mal, salvar la vida de un hombre o quitársela?


Ellos permanecían callados. Entonces, mirando con ira a los que estaban a su alrededor, entristecido por la ceguera de sus corazones, le dice al hombre:


— Extiende la mano.


La extendió, y su mano quedó curada.


Nada más salir, los fariseos con los herodianos llegaron a un acuerdo contra él, para ver cómo perderle.


 PARA TU RATO DE ORACION 


SIGUIENDO lo establecido por la ley de Moisés, Jesús acudía todos los sábados con sus discípulos a la sinagoga. Allí se congregaba el pueblo de Dios para escuchar y meditar la ley del Señor. En el Evangelio de hoy contemplamos que un hombre, con la mano paralítica, se presenta allí precisamente un sábado, tal vez con la esperanza de encontrarse con el Señor. Jesús, al observarlo, se conmueve por su enfermedad y decide realizar el milagro. Podemos imaginar que la curación de este enfermo tendría que haber sido para todos un motivo de alegría; sin embargo, para algunos, fue ocasión de sospecha y discusión.


Los fariseos espiaban los movimientos del Señor y le criticaban por hacer milagros en sábado. Jesús conocía muy bien la desviada jerarquía que reinaba en sus corazones: preferían el cumplimento de una disposición, que ellos mismos habían establecido, al alivio de una persona que sufría. Muchas prescripciones, desprendidas de su espíritu inicial, se habían convertido en una pesada carga de formalidades. El sábado era importante para Cristo, pero el sufrimiento de este hombre no le resultaba indiferente. En su corazón, muy humano y muy divino, el amor prevalece siempre. Podemos mirar y aprender de Jesús a cultivar una buena jerarquía de valores porque, como se ve en la discusión, no todo tiene el mismo nivel de importancia.


Antes de realizar el milagro, Jesús había planteado el problema a los fariseos: «¿Es lícito en sábado hacer el bien o hacer el mal, salvar la vida de un hombre o quitársela? (Mc 3,4). El silencio de la respuesta entristece al Señor. «Entonces, mirando con ira a los que estaban a su alrededor», le dijo al enfermo: «extiende la mano» (Mc 3,5). Y su mano recuperó inmediatamente el movimiento. Jesús pone de relieve que por encima de cualquier precepto o costumbre está el valor y el bien de la persona. «La ordenación de las cosas debe someterse al orden personal y no al contrario»1. La prioridad es siempre cada uno, cada una. Así se comportó Cristo y así queremos vivir sus discípulos.


AUNQUE EN SÁBADO no se podían realizar la mayoría de las actividades ordinarias, Jesús aprovecha las visitas a las sinagogas para curar. No hay nada que pueda frenar su corazón misericordioso. «Considerado místicamente –comenta san Beda– este hombre que tenía la mano seca representa al género humano infecundo para el bien, pero curado por la misericordia de Dios»2. Todos los milagros de Jesús son momentos para manifestar su misericordia y hacernos más capaces de disfrutar de su acción salvadora. No están circunscritos a unos días concretos o a lugares especiales. Todos los días son buenos para hacer el bien, para aliviar una pena, para dar esperanza; también lo es una sinagoga o un sábado cualquiera.


En este pasaje del Evangelio podemos ver una doble esclavitud: la del hombre con la mano paralizada, esclavo de su enfermedad; y la de los fariseos, esclavos de su religiosidad formalista. Jesús «libera a ambos: hace ver a los rígidos que aquella no es la vía de la libertad; y al hombre de la mano paralizada le libera de la enfermedad»3. Dios está incluso por encima de las cosas de Dios, quiere que busquemos nuestra seguridad solamente en él porque así seremos verdaderamente libres. Con esta forma de actuar, el Señor va revelando poco a poco su identidad; va depurando la imagen de Dios que se habían forjado sus contemporáneos y la que nos hemos forjado también nosotros. Jesús es el Mesías que el pueblo llevaba tantos siglos esperando, es quien viene definitivamente a cortar la distancia de Dios con los hombres.


EN EL NUEVO pueblo de Dios, la Iglesia, el sábado ha dado paso al domingo. Desde el principio, los cristianos le dieron un valor muy especial al día después del sábado. En él se reunían para recordar la resurrección del Señor, de la que muchos habían sido testigos. Aunque durante los primeros años mantuvieron la costumbre judía, con la llegada de los primeros gentiles comienzan a considerar el primer día de la semana como dies Domini, el día del Señor.


El domingo es el día de Cristo porque celebramos su resurrección. Es un día de alegría y de esperanza. «Es la Pascua de la semana, en la que se celebra la victoria de Cristo sobre el pecado y la muerte, la realización en él de la primera creación y el inicio de la nueva creación»4. Es un día dedicado a Dios y, al mismo tiempo, es también el «día del hombre»5, en el que aprovechamos para descansar cultivando la vida familiar, cultural, social. Los cristianos santificamos el domingo dedicando a nuestras familias «el tiempo y los cuidados difíciles de prestar los otros días de la semana»6. Y el Catecismo de la Iglesia recuerda que el domingo también «está tradicionalmente consagrado por la piedad cristiana a obras buenas y a servicios humildes para con los enfermos, débiles y ancianos»7, tal como lo hizo el Maestro en la sinagoga.


La «perla preciosa» que está en el centro de esta jornada es la Eucaristía. «La participación en la Misa dominical no tiene que ser experimentada por el cristiano como una imposición o un peso, sino como una necesidad y una alegría. Reunirse con los hermanos, escuchar la Palabra de Dios, alimentarse de Cristo, inmolado por nosotros, es una experiencia que da sentido a la vida»8. La Madre de Jesús, como es lógico, está especialmente presente en este día. «De domingo en domingo, el pueblo peregrino sigue las huellas de María»9. Nosotros no queremos dejar de unirnos a su gozo por la resurrección de Cristo.

16 de enero de 2024

Magnanimidad

 



Evangelio (Mc 2, 23-28)


Un sábado pasaba él por entre unos sembrados, y sus discípulos mientras caminaban comenzaron a arrancar espigas. Los fariseos le decían:


— Mira, ¿por qué hacen en sábado lo que no es lícito?


Y les dijo:


— ¿Nunca habéis leído lo que hizo David cuando se vio necesitado, y tuvieron hambre él y los que le acompañaban? ¿Cómo entró en la Casa de Dios en tiempos de Abiatar, sumo sacerdote, y comió los panes de la proposición –que sólo a los sacerdotes les es lícito comer– y los dio también a los que estaban con él?


Y les decía:


— El sábado fue hecho para el hombre, y no el hombre para el sábado. Por tanto, el Hijo del Hombre es señor hasta del sábado.



PARA TU RATO DE ORACION 



MUCHAS DE LAS JORNADAS que pasaban los apóstoles junto a Jesús eran, seguramente, agotadoras. En numerosas ocasiones la muchedumbre se agolpaba en torno al maestro de Nazaret. A las curaciones y a los discursos llenos de vida, habría que sumarle los tantos kilómetros recorridos. Los discípulos debían de estar más o menos acostumbrados a momentos de cansancio y hambre. Por eso comprendemos la escena que nos relata el evangelio de la Misa de hoy: mientras pasan por un sembrado de trigo, los apóstoles no dudan un segundo en arrancar algunas espigas. Quizás también nosotros, después de un día de luchas y trabajos cotidianos, solo pensamos en un merecido descanso, y Jesús defiende esa actitud de sus apóstoles.


No es el propietario del sembrado el que se enfada con los apóstoles hambrientos; son los fariseos quienes, escandalizados de que hicieran tal cosa en sábado, empiezan a murmurar contra los discípulos de Jesús. «Mira, ¿por qué hacen en sábado lo que no está permitido?» (Mc 2,24). Puede llamar la atención la frecuencia con que vemos en la Sagrada Escritura a estas autoridades judías juzgar a los demás, intentar evaluar las actuaciones de quienes les rodean. No se dan cuenta que esos discípulos van caminando por los campos con Dios hecho hombre. También nosotros, en medio de nuestras tareas ordinarias, podemos sentir cercana y amable la presencia de Jesucristo que, lejos de quitarnos la libertad, nos ayuda a que nos movamos con más soltura en medio de este mundo que nos pertenece.


«Al ser fundamento, la filiación divina da forma a nuestra vida entera: nos lleva a rezar con confianza de hijos de Dios, a movernos por la vida con soltura de hijos de Dios, a razonar y decidir con libertad de hijos de Dios, a enfrentar el dolor y el sufrimiento con serenidad de hijos de Dios, a apreciar las cosas bellas como lo hace un hijo de Dios»1. Sentirnos hijos de Dios y, por lo tanto, hermanos de Jesucristo, nos permite trabajar y descansar en la tranquilidad de su amor.


AÚN CONSIDERANDO la actitud orgullosa de los fariseos, la respuesta de Jesús resulta sorprendente, sobre todo si se escucha con los oídos de los judíos de su tiempo: «El sábado se hizo para el hombre y no el hombre para el sábado; así que el Hijo del hombre es señor también del sábado» (Mc 2,27). La segunda parte de la frase realza la divinidad de Jesús. Si el sábado era el día divino por excelencia, el Señor, al ubicarse por encima de sus reglas y preceptos, está dejando en claro que el nuevo sentido del culto y de la vida moral es él. Esta verdad es de suma importancia para nuestra propia vida interior. Por eso podemos pedir a Jesús que nuestras prácticas de piedad y el cumplimiento de los mandamientos nunca sean algo vacío, sino que impliquen siempre una manifestación de la plenitud que experimentamos al seguirlo a él.


«Todos los que tienen fe en Jesucristo están llamados a vivir en el Espíritu Santo, que libera de la Ley y, al mismo tiempo, la lleva a cumplimiento según el mandamiento del amor»2. Estar enamorados de Jesucristo y pedir en todo momento al Espíritu Santo que nos ayude a discernir la voluntad de Dios para nosotros, nos hace muy libres. Superamos así la casuística de si podemos o no hacer esto o aquello —por ejemplo, comer de las espigas del sembrado—, porque sabemos que Dios no tiene la mirada enjuiciadora de los fariseos, sino el rostro amable y exigente de un buen padre.


Al sabernos amados por Dios, queremos también manifestarle en todo momento nuestro amor con pequeños actos de cariño. Así, nuestros días se transforman en oportunidades estupendas para arrancarle una sonrisa a Jesús. A veces nos cansaremos, no conseguiremos llevar a cabo todos los propósitos, incluso podemos caernos o alejarnos de ese amor de Dios. Pero si no olvidamos que lo realmente importante de nuestra vida es el cariño que Dios nos regala desinteresadamente, entonces siempre nos queda la libertad de volver a andar tras su amor. «Que el Señor nos ayude a caminar en la vía de los mandamientos, pero, mirando el amor de Cristo, con el encuentro de Cristo, sabiendo que el amor de Jesús es más importante que todos los mandamientos»3.


«EL SÁBADO se hizo para el hombre y no el hombre para el sábado; así que el Hijo del hombre es señor también del sábado» (Mc 2,27). La primera parte de la respuesta de Jesús esconde una importante enseñanza. El Señor no quiere que nuestro seguimiento a su llamada nos empequeñezca el alma o nos genere preocupaciones innecesarias. Todo lo que él ha dispuesto, también en los detalles más cotidianos de nuestra vida, está encaminado a que seamos felices. Por eso quiere, al mismo tiempo, que poseamos una grandeza de horizonte y de corazón propia de un hijo de rey, pues eso es lo que somos. Podemos pedir a Jesús una virtud muy querida por san Josemaría, y que es indispensable para experimentar el vértigo de una vida junto a Dios: la magnanimidad.


«Magnanimidad: ánimo grande, alma amplia en la que caben muchos. Es la fuerza que nos dispone a salir de nosotros mismos, para prepararnos a emprender obras valiosas, en beneficio de todos. No anida la estrechez en el magnánimo; no media la cicatería, ni el cálculo egoísta, ni la trapisonda interesada. El magnánimo dedica sin reservas sus fuerzas a lo que vale la pena; por eso es capaz de entregarse él mismo. No se conforma con dar: se da. Y logra entender entonces la mayor muestra de magnanimidad: darse a Dios»4. El magnánimo no pierde sus energías reflexionando sobre cuánto dar o hasta dónde vale la pena llegar, porque se da por completo y solo le interesa llegar hasta la meta, que es Cristo.


«Proclama mi alma las grandezas del Señor, y se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador» (Lc 1,46). La vida de nuestra Madre fue dichosamente magnánima, porque supo alegrarse en la salvación de Dios. Santa María, puerta del cielo y estrella de la mañana, no se cansa de rogar por nosotros a Dios para que nos sintamos cada vez más hijos.

15 de enero de 2024

La libertad de los hijos de Dios

 


Evangelio (Mc 2,18-22)

Los discípulos de Juan y los fariseos estaban de ayuno; y vinieron a decirle:

—¿Por qué los discípulos de Juan y los de los fariseos ayunan y, en cambio, tus discípulos no ayunan?

Jesús les respondió:

—¿Acaso pueden ayunar los amigos del esposo, mientras el esposo está con ellos? Durante el tiempo en que tienen al esposo con ellos no pueden ayunar. Ya vendrán días en que les será arrebatado el esposo; entonces, en aquel día, ya ayunarán.

»Nadie cose un remiendo de paño nuevo a un vestido viejo; porque entonces lo añadido tira de él, lo nuevo de lo viejo, y se produce un desgarrón peor. Tampoco echa nadie vino nuevo en odres viejos; porque entonces el vino hace reventar los odres, y se pierden el vino y los odres. Para vino nuevo, odres nuevos.


PARA TU RATO DE ORACION 


«AL QUE SIGUE buen camino le haré ver la salvación de Dios» (Sal 49,23). Este versículo del Salmo 49 expresa, de forma condensada, la meta a la que aspiramos y el medio para alcanzarla. Deseamos de todo corazón experimentar la salvación de un Dios que nos ama y que no quiere para nosotros ni el mal ni la muerte. Por lo tanto, estamos convencidos de que tanto las alegrías cotidianas como los momentos de dificultad pueden abrirse a esa nueva vida que quiere regalarnos. Dios nos está salvando en todo momento.


«Yo soy el camino, la verdad y la vida» (Jn 14,6), dice Jesús. Por eso, seguir el buen camino que nos propone el salmista no consiste en llenar nuestra jornada de reglas formales o, menos aún, en vivir con el temor de que quizás no consigamos el ideal al que Dios nos llama. Gran parte de la madurez y vitalidad de nuestra vida interior depende de que descubramos, en toda su profundidad, lo que significa que nuestra existencia sea caminar junto a una persona: Jesucristo. Entonces, no nos agobiará la preocupación de si vamos o no por el camino correcto, sino que nos abriremos permanentemente a su palabra para saber por dónde quiere llevarnos. Nuestra vida se convierte en una aventura divina.


«La oración, que comenzó con esa ingenuidad pueril, se desarrolla ahora en cauce ancho, manso y seguro, porque sigue el paso de la amistad con Aquel que afirmó: Yo soy el camino»1. Solo podemos abrirnos a Jesucristo a través del diálogo con él. Queremos que toda nuestra vida vaya pasando a través del tamiz de su mirada para transformar la nuestra. Somos conscientes de que no es lo mismo una sonrisa o un detalle de servicio que nacen por el impulso de sabernos acompañados por Jesús, que una vida en la que él está ausente. De esta forma, todo lo que hacemos adquiere una dimensión mucho más profunda: es manifestación del amor de Dios.


EN UN PASAJE de la Escritura, el profeta Samuel se presenta ante el rey de Israel con un mensaje importante y sorpresivo. Saúl pensaba que había hecho lo que Dios le había pedido: vencer al pueblo enemigo. Sin embargo, su obediencia no había sido plena porque había decidido quedarse con el botín. Había escondido ese pequeño acto de rebeldía a las palabras del Señor bajo un manto de razones sobrenaturales: se justificaba pensando que los animales del pueblo enemigo podrían servir para los sacrificios a Dios. Samuel le hace ver el autoengaño en que ha incurrido: «¿Le complacen al Señor los sacrificios y los holocaustos tanto como obedecer su voz? La obediencia vale más que el sacrificio, y la docilidad, más que la grasa de carneros» (1 Sa 15,22).


Uno de los grandes desafíos de nuestra vida es unir nuestras ocupaciones cotidianas a la voz de Dios que surge en la oración. Nos gustaría que todo lo que realizamos, desde que nos despertamos hasta el último segundo antes de caer dormidos por la noche, fuese una respuesta libre y amorosa a las insinuaciones divinas. La obediencia no es una virtud que tenga como fin doblegar nuestra libertad a una autoridad que da órdenes. La obediencia cristiana consiste, más bien, en nuestro esfuerzo por leer en los labios de Jesús sus invitaciones constantes a hacer el bien.


«En la oración debemos ser capaces de llevar ante Dios nuestros cansancios, el sufrimiento de ciertas situaciones, de ciertas jornadas, el compromiso cotidiano de seguirlo, de ser cristianos, así como el peso del mal que vemos en nosotros y en nuestro entorno, para que él nos dé esperanza, nos haga sentir su cercanía, nos proporcione un poco de luz»2. Podemos pedir con fe al Señor que toda nuestra vida sea como un gran río que surge en nuestros ratos de oración. Así, en la tierra de nuestro entorno, quizá aparentemente reseca en algún momento, irán brotando flores que ni siquiera intuíamos que necesitaban un poco de agua para florecer.


UNA PERMANENTE RELACIÓN amorosa con Cristo, caldeada en la oración, nos lleva a un constante deseo de convertirnos. No queremos que nuestra vida interior sea un mero cumplimiento externo, sino que estamos deseosos de conocer en todo momento lo que Dios espera de nosotros en lo más íntimo de nuestra alma. La vida de oración se transforma así en una constante llamada a vivir «la creatividad del amor»3 y a alejarnos de una rutina mal entendida. Quizás es hora de ponerse en disposición de volver a oír las insinuaciones de Dios para llevar a cabo ese trabajo, para esa forma de tratar a un familiar, o para esa iniciativa apostólica. El Señor, como el viento, nunca se repite.


Es Jesús quien en el Evangelio de la Misa de hoy nos invita a atrevernos a seguir caminos inexplorados: «Nadie echa un remiendo de paño sin remojar a un manto pasado; porque la pieza tira del manto –lo nuevo de lo viejo– y deja un roto peor. Tampoco se echa vino nuevo en odres viejos; porque el vino revienta los odres, y se pierden el vino y los odres; a vino nuevo, odres nuevos» (Mc 2,21-22). En cada rato de oración tenemos la oportunidad de preguntarnos si el vino nuevo de las enseñanzas de Jesús lo estamos recibiendo verdaderamente en odres nuevos, es decir, en un corazón que está llamado a ser joven en todo momento.


San Josemaría repetía que «nuestra Madre es modelo de correspondencia a la gracia y, al contemplar su vida, el Señor nos dará luz para que sepamos divinizar nuestra existencia ordinaria (…). Tratemos de aprender, siguiendo su ejemplo en la obediencia a Dios, en esa delicada combinación de esclavitud y de señorío. En María no hay nada de aquella actitud de las vírgenes necias, que obedecen, pero alocadamente. Nuestra Señora oye con atención lo que Dios quiere, pondera lo que no entiende, pregunta lo que no sabe. Luego, se entrega toda al cumplimiento de la voluntad divina: he aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra. ¿Veis la maravilla? Santa María, maestra de toda nuestra conducta, nos enseña ahora que la obediencia a Dios no es servilismo, no sojuzga la conciencia: nos mueve íntimamente a que descubramos la libertad de los hijos de Dios»4.