"Hago todos los días mi "ratito" de oración: ¡si no fuera por eso!" (Camino, 106)

19 de julio de 2024

DESCANSO



 Evangelio (Mt 12, 1-8)


En aquel tiempo pasaba Jesús un sábado por entre unos sembrados; sus discípulos tuvieron hambre y comenzaron a arrancar unas espigas y a comer. Los fariseos, al verlo, le dijeron:


Mira, tus discípulos hacen lo que no es lícito hacer el sábado.


Pero él les respondió: ¿No habéis leído lo que hizo David y los que le acompañaban cuando tuvieron hambre? ¿Cómo entró en la Casa de Dios y comió los panes de la proposición, que no les era lícito comer ni a él ni a los que le acompañaban, sino sólo a los sacerdotes? ¿Y no habéis leído en la Ley que, los sábados, los sacerdotes en el Templo quebrantan el descanso y no pecan? Os digo que aquí está el que es mayor que el Templo. Si hubierais entendido qué sentido tiene: Misericordia quiero y no sacrificio, no habríais condenado a los inocentes. Porque el Hijo del hombre, es señor del sábado.


PARA TU RATO DE ORACION 


EN CIERTA ocasión, mientras Jesús y sus discípulos atravesaban un espacioso sembrado, nos cuenta Mateo que tenían hambre (cft. Mt 12,1). Viéndose rodeados de alimento, los apóstoles comenzaron a arrancar algunas espigas, «las desgranaban con las manos y se las comían» (Lc 6,1). La ley judía permitía coger algunos granos de trigo con la mano en la mies del prójimo (cfr. Dt 23,25). La controversia surge, sin embargo, porque lo hacen en sábado. Cuando los fariseos tuvieron noticia de este suceso, le dijeron al Maestro: «Mira, tus discípulos hacen lo que no es lícito hacer en sábado» (Mt 12,2).


Se lee en el libro del Éxodo que Dios le pide al pueblo de la Alianza: «Recuerda el día del sábado para santificarlo» (Ex 20,8). Por iniciativa divina, el shabbat no se colocó junto a los preceptos que hacían referencia al culto, sino dentro del mismo Decálogo. El texto inspirado explica el motivo del mandamiento: «Pues en seis días hizo el Señor el cielo y la tierra, el mar y todo cuanto contienen, y el séptimo descansó; por eso bendijo el Señor el día del sábado y lo hizo sagrado» (Ex 20,11). Al precepto divino del shabbat, con el paso del tiempo, se le fueron añadiendo prescripciones humanas cada vez más rigurosas. En la época de Jesús se había concretado tanto el precepto, hasta el punto de que existía una clasificación de 39 especies de trabajos prohibidos.


Jesús, como auténtico intérprete de los preceptos divinos, responde a la queja de los fariseos subrayando el verdadero –y quizá olvidado– sentido del sábado: el servicio a Dios o al prójimo, por lo que la inactividad no debía ser el supremo criterio. Más que fijarse en una casuística sobre lo permitido o lo prohibido, Cristo invita a poner la mirada en la razón profunda por la que Yahvé ha establecido el descanso sabático: abstenerse de ciertas ocupaciones para poder honrar al Señor con más holgura. El mandamiento relativo al sábado hacía referencia al misterioso descanso de Dios después de la creación, y también a la salvación de Israel de la esclavitud de Egipto. Por eso puede decirse que la observancia de este día tiene un carácter liberador. El propósito de la ley divina no era atar a las personas a innumerables preceptos, sino liberarlas semanalmente de lo menos importante para que dirigieran su mirada hacia Dios: recordar que somos hijos del creador de todas las cosas y de quien nos libera de toda esclavitud.


EN EL CONTEXTO de la discusión sobre la cuestión del sábado, Jesús desvela la grandeza de su identidad. «¿No habéis leído en la Ley que, los sábados, los sacerdotes en el Templo quebrantan el descanso y no pecan? Os digo que aquí está el que es mayor que el Templo» (Mt 12,5-6). El Templo tenía la máxima dignidad por ser la casa donde habitaba Yahvé. Solo Dios mismo era superior al Templo. Cristo claramente proclama con estas palabras su divinidad. Al terminar la conversación, como colofón, añade: «Porque el Hijo del Hombre es señor del sábado» (Mt 12,8). Teniendo en cuenta que el precepto del sábado es de institución divina, Jesús se estaba presentando implícitamente como Dios: este es el gran acontecimiento cristiano.


Con sus palabras el Maestro no pretendía despreciar el descanso sabático. Sabemos que Jesús cumplía la ley, tanto la religiosa como la civil: acudía con sus discípulos cada sábado a la sinagoga, pagaba los impuestos, peregrinaba con los suyos al Templo y vivía las fiestas como cualquier judío devoto. De hecho, después de la Resurrección, sus discípulos continuaron yendo a la sinagoga los sábados, aunque comenzaron también a reunirse el primer día de la semana, haciendo memoria de Jesús Resucitado. El primer día de la semana había pasado a ser el día de la nueva creación y de la definitiva liberación.


Con el paso del tiempo, en la primitiva comunidad cristiana, el domingo fue sustituyendo paulatinamente al sábado como el dies Domini, el día del Señor. El domingo no era un día más para aquellos cristianos de los primeros siglos, sino que constituía el centro mismo de su vida. Por este motivo, siglos después, la Iglesia estableció el precepto dominical. De este modo, los fieles, absteniéndose de ciertas actividades que impiden dar culto a Dios, pueden «gozar de la alegría propia del día del Señor o disfrutar del debido descanso de la mente y del cuerpo»[1]. Jesús «nos entrega “su día” como un don siempre nuevo de su amor. (...) El tiempo ofrecido a Cristo nunca es un tiempo perdido, sino más bien ganado para la humanización profunda de nuestras relaciones y de nuestra vida»[2].


TESTIMONIOS del siglo II cuentan que los primeros cristianos se reunían el domingo para celebrar la Eucaristía: «El día que se llama día del sol tiene lugar la reunión en un mismo sitio de todos los que habitan en la ciudad o en el campo. Se leen las memorias de los Apóstoles y los escritos de los profetas. (...) Luego se lleva al que preside a los hermanos pan y una copa de agua y de vino mezclados»[3]. En la Misa del domingo nos dejamos encontrar por Dios: escuchamos su palabra y nos alimentamos con el Pan de vida, en comunión con toda la Iglesia. «Nos recuerda también, con el descanso de nuestras ocupaciones, que no somos esclavos sino hijos de un Padre que nos invita constantemente a poner la esperanza en él»[4].


De esta manera, el domingo es realmente el «día de Cristo» y, al mismo tiempo, es el «día del hombre». El reposo propio de esa jornada, compartido con Dios y con toda la Iglesia, nos ayuda a renovar nuestras fuerzas para llevar a cabo las tareas de la semana. Entregamos a Dios, a través del sacrificio de su Hijo, todos los sucesos de la semana que ha terminado, y aquellos de la semana que comienza. «Siempre he entendido el descanso –consideraba san Josemaría– como apartamiento de lo contingente diario, nunca como días de ocio. Descanso significa represar: acopiar fuerzas, ideales, planes... En pocas palabras: cambiar de ocupación, para volver después –con nuevos bríos– al quehacer habitual»[5]. La Virgen María, que habrá participado de aquellas primeras reuniones dominicales, puede interceder por nosotros para que Dios nos aumente el deseo de alimentarnos de su Pan y de su palabra.


18 de julio de 2024

Leer los signos del cansancio.

 



Evangelio (Mt 11,28-30)

Venid a mí todos los fatigados y agobiados, y yo os aliviaré. Llevad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas: porque mi yugo es suave y mi carga es ligera.


PARA TU RATO DE ORACIÓN 


JESÚS sabe que necesitamos descansar. Por eso, en una ocasión dijo a los apóstoles: «Venid a mí todos los fatigados y agobiados, y yo os aliviaré» (Mt 11,28). El mismo Dios experimentó el cansancio y, por tanto, la necesidad de recuperar las fuerzas. A san Josemaría le gustaba contemplar este aspecto de la humanidad del Señor: «Cuando nos cansemos –en el trabajo, en el estudio, en la tarea apostólica–, cuando encontremos cerrazón en el horizonte, entonces, los ojos a Cristo: a Jesús bueno, a Jesús cansado, a Jesús hambriento y sediento. ¡Cómo te haces entender, Señor! ¡Cómo te haces querer!»[1].


Durante las temporadas de intensa actividad, Jesús animaría a los discípulos a no dejarse llevar por el activismo, a no juzgar todo en términos de utilidad, a no pensar que todo dependía de lo que hacían: ir de prisa de un lugar a otro, estar siempre atareados… De ahí la invitación a descansar, pero no de cualquier manera, sino acudiendo a él. «No se trata solo de descanso físico, sino también de descanso del corazón. Porque no basta “desconectar”, es necesario descansar de verdad. ¿Y esto cómo se hace? Para hacerlo, es preciso regresar al corazón de las cosas: detenerse, estar en silencio, rezar»[2].


Puede ocurrir, incluso, que la presión por ser productivos solo desde el punto de vista humano se traslade también a los periodos de descanso. Queremos realizar tantas cosas durante ese tiempo que, al final, podemos acabar incluso más agotados que antes. Quizá hay personas que en cambio tienden a buscar un descanso en sentido opuesto, tratando de no organizar más que lo imprescindible. En cualquier caso, Jesús propone un descanso que lleva a mirar, con recogimiento, nuestro corazón en su presencia para sacar brillo a los ideales que mueven nuestro día a día. Ese silencio «es capaz de abrir un espacio interior en lo más íntimo de nosotros mismos, para hacer que allí habite Dios, para que su Palabra permanezca en nosotros, para que el amor a él arraigue en nuestra mente y en nuestro corazón, y anime nuestra vida»[3]. Y ese descanso está a nuestro alcance en cualquier momento del año.


HAY MOMENTOS de la vida que pueden resultar especialmente desgastantes. Estos normalmente ocurren cuando, a las exigencias normales del día a día, se añaden otras más extraordinarias que también requieren nuestro tiempo y dedicación: la enfermedad de un ser querido, el nacimiento de un nuevo hijo, proyectos complejos que hay que cerrar, un contratiempo económico… Todo esto, si se alarga, hace necesario defender modos de descanso, aunque sean pequeños, para evitar que el desgaste se convierta en un problema mayor: hacer deporte, leer, escuchar música, dedicar tiempo a una afición, disfrutar de la compañía de los demás, etc.


Una buena manera de descansar es aprender a no agotarse. Para eso a veces será necesario dejar momentáneamente en manos de otros la primera línea del frente en alguna tarea, aunque pueda costarnos. Esto no implica falta de esfuerzo: significa simplemente reconocer los propios límites, y también, a veces, desprenderse un poco de los resultados de nuestro trabajo. Dios quiere que nos gastemos por amor, no que nos desgastemos de modo que el amor se extinga por derrumbe del edificio, como sucede a la casa construida sobre arena (cfr. Mt 7,24-27). Escribía san Josemaría: «Decaimiento físico. –Estás... derrumbado. –Descansa. Para esa actividad exterior. –Consulta al médico. Obedece, y despreocúpate. –Pronto volverás a tu vida y mejorarás, si eres fiel, tus apostolados»[4].


«No dejes para mañana lo que puedas hacer hoy», aconseja la sabiduría popular. Aunque esta frase tiene su parte de verdad, pues nos invita a ser diligentes y a no retrasar nuestros trabajos, también conviene leerla al revés: «Deja para mañana lo que no puedas hacer hoy». Es decir, no cargues hoy más de lo que puedes hacer. El libro de la Sabiduría también expresa esta máxima: «Hijo, no te ocupes de muchos asuntos; si te desbordan, no estarás falto de culpa; por más que corras no los alcanzarás, y aunque huyas no te podrás escapar de ellos» (Si 11,10). En este sentido, san Josemaría también comentaba: «A mí siempre me quedan cosas para el día siguiente. Hemos de llegar a la noche, después de un día lleno de trabajo, con faena de sobra para la siguiente jornada. Hemos de llegar a la noche cargados, como borriquillos de Dios»[5].


UNO de los signos más frecuentes del cansancio es que las limitaciones de nuestro carácter se suelen hacer más evidentes. De algún modo es como si las defensas de nuestra personalidad se debilitaran y actuamos de una manera que quizá puede extrañar a los demás. Por ejemplo, una persona que suele ser optimista, de pronto reacciona con cierta apatía, o alguien que es habitualmente manso, responde con una brusquedad que no es habitual.


En esos momentos, en los que la vista se nubla un poco, una mano amiga nos puede ayudar a conocernos y a leer los signos del cansancio, para entonces descansar antes de agotarnos. San Josemaría aconsejaba así a una persona que pasaba por momentos de este tipo: «–¿Que te da todo igual? –No quieras engañarte (…) No te da todo igual: es que no eres incansable..., y necesitas más tiempo para ti: tiempo que será también para tus obras, porque, a última hora, tú eres el instrumento»[6].


Una muestra de amistad es ayudar a los demás, enseñarles con simpatía –sin condescendencia, poniéndose a su lado–, a decir que no a ciertas peticiones, sin cargarse por ello de remordimientos; a descartar proyectos que se les puedan ocurrir, si no es realista acometerlos; a aplicar la proporcionalidad y dejar quizá algunas cosas menos acabadas de lo que querrían; a ver que, más allá de lo que tienen entre manos en ese momento, o de los nuevos frentes que se les ocurren, está su deber de reponer fuerzas. Podemos pedir a la Virgen María que sepamos descansar y hacer descansar a los demás, para poder vivir así con la alegría de servir a su Hijo.



17 de julio de 2024

Contemplación de lo creado

 



Evangelio (Mt 11,25-27)


En aquella ocasión Jesús declaró:


- Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a los sabios y prudentes y las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, porque así te ha parecido bien. Todo me lo ha entregado mi Padre, y nadie conoce al Hijo sino el Padre, ni nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo quiera revelarlo.


PARA TU RATO DE ORACION 


TODOS hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios, y llevamos intrínseco un anhelo por unirnos a nuestro Creador. Esto, entre otras maneras, se manifiesta en una constante búsqueda por conocerle mejor. Sin embargo, nuestra inteligencia, por sí sola, no puede acceder a sus misterios más íntimos. De ahí que lo más profundo de lo que sabemos de Dios lo hayamos recibido por Revelación, a través de lo que él mismo nos ha dado a conocer por medio de los escritores inspirados, de los profetas y, sobre todo, de su propio Hijo.


Cuando el apóstol Felipe pidió a Jesús que les mostrara al Padre, la respuesta fue inmediata: «Quien me ha visto a mí ha visto al Padre» (Jn 14,9). Cristo es la imagen del Padre. El Dios invisible que se apareció en forma de zarza ardiente a Moisés, ahora tiene un rostro y unas manos. Además, se ha presentado como niño en Belén a los pastores (cfr. Lc 2,16-18), como adolescente entre los doctores de la Ley (Lc 2,41-50), como penitente ante Juan el Bautista (Mt 1,4-11). Sus numerosas expresiones son la imagen del Dios Trino que camina entre los hombres. Por eso, uno de los mejores modos que tenemos de conocer a Dios es a través de la lectura y la meditación del Evangelio.


Escribía san Josemaría: «He procurado siempre, al hablar delante del Belén, mirar a Cristo Señor nuestro de esta manera, envuelto en pañales, sobre la paja de un pesebre. Y cuando todavía es Niño y no dice nada, verlo como Doctor, como Maestro. Necesito considerarle de este modo: porque debo aprender de Él. Y para aprender de Él, hay que tratar de conocer su vida: leer el Santo Evangelio, meditar aquellas escenas que el Nuevo Testamento nos relata, con el fin de penetrar en el sentido divino del andar terreno de Jesús»1. Al leer el Evangelio es el mismo Espíritu Santo el que habla a nuestra alma; al mostrarnos cada vez con mayor profundidad quién es Dios, nos muestra también nuestra más profunda constitución: al revelarnos a Dios nos revela a nosotros mismos.


MUCHOS artistas, consciente o inconscientemente, suelen reflejar en sus obras una parte de sí mismos. De manera similar, Dios dejó impresa una parte de sí cuando creó el mundo. «Junto a la Revelación propiamente dicha, contenida en la sagrada Escritura, se da una manifestación divina cuando brilla el sol y cuando cae la noche»2. A través de la creación podemos adentrarnos en el conocimiento de Dios; aquello que nos fascina cuando contemplamos el mar, una montaña o una puesta de sol, refleja aspectos de su naturaleza. En la contemplación de lo creado podemos descubrir algo sobre sí mismo que el Señor desea transmitirnos. «La fe, por lo tanto, implica saber reconocer lo invisible distinguiendo sus huellas en el mundo visible. El creyente puede leer el gran libro de la naturaleza y entender su lenguaje (cf. Sal 19, 2-5)»3.


«Todo el universo material es un lenguaje del amor de Dios, de su desmesurado cariño hacia nosotros. El suelo, el agua, las montañas, todo es caricia de Dios»4. San Francisco de Asís supo reconocer ese lenguaje en todo lo que existía. Por eso su corazón sintió la necesidad de agradecer a Dios todo lo que ha salido de sus manos: el sol, pues ilumina nuestro día; la luna y las estrellas, que nos muestran la belleza; el viento y las nubes, que nos dan sustento…5 Como enseña el Catecismo de la Iglesia, «las distintas criaturas, queridas en su ser propio, reflejan, cada una a su manera, un rayo de la sabiduría y de la bondad infinitas de Dios»6. Ese espíritu contemplativo hizo cantar a los tres jóvenes cuando fueron salvados por Dios del martirio: «Bendecid, sol y luna, al Señor, alabadlo y ensalzadlo por los siglos. Bendecid, astros del cielo, al Señor, alabadlo y ensalzadlo por los siglos» (Dan 3,62-63); siguiendo con todos los montes, cumbres, aves, fieras y manantiales.


«TE DOY GRACIAS, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y se las has revelado a los pequeños» (Mt 11,25). Dios se ha querido revelar a todos, y la sencillez de corazón es el mejor camino para reconocerle. En el Antiguo Testamento, cuando el profeta Samuel buscaba un nuevo rey para Israel, el elegido fue David, el más joven de sus hermanos, a quien su padre ni siquiera consideró como un posible candidato. Jesús, a la hora de pensar en quiénes serían las columnas del nuevo pueblo de Dios, la Iglesia, escogió a unos hombres que no destacaban por su sabiduría: casi todos eran personas comunes y corrientes, que se ganaban la vida con su trabajo manual.


A veces podemos pensar que el Señor nos elige por nuestras cualidades. Además de que los textos bíblicos nos muestran lo contrario –que Dios elige precisamente a los débiles–, aquel planteamiento es peligroso, porque no nos puede sostener cuando experimentamos nuestra debilidad. Por eso, san Pablo invitaba a los cristianos de Corinto a considerar la particularidad de su vocación: «No hay entre vosotros muchos sabios según la carne, ni muchos poderosos, ni muchos nobles; sino que Dios escogió la necedad del mundo para confundir a los sabios, y Dios eligió la flaqueza del mundo para confundir a los fuertes» (1Cor 26-27).


Jesús no nos llama siguiendo criterios humanos. Él va más allá de las apariencias: conoce perfectamente nuestros defectos y, por eso, solamente nos pide sencillez de corazón. «Comprende Jesús nuestra debilidad y nos atrae hacia sí, como a través de un plano inclinado, deseando que sepamos insistir en el esfuerzo de subir un poco, día a día»7. La Virgen María fue elegida como Madre de Dios por su sencillez y discreción. Podemos acudir a ella para que nos gane un corazón cada día más parecido al suyo.



16 de julio de 2024

FESTIVIDAD DE LA VIRGEN DEL CARMEN


 


Evangelio (Mt 12,46-50)


Aún estaba él hablando a las multitudes, cuando su madre y sus hermanos se hallaban fuera intentando hablar con él. Alguien le dijo entonces:


-Mira, tu madre y tus hermanos están ahí fuera intentando hablar contigo.


Pero él respondió al que se lo decía:


-¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?


Y extendiendo su mano hacia sus discípulos, dijo:


-Éstos son mi madre y mis hermanos. Porque todo el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos, ése es mi hermano y mi hermana y mi madre.


PARA TU RATO DE ORACIÓN 


Madre! -Llámala fuerte, fuerte. -Te escucha, te ve en peligro quizá, y te brinda, tu Madre Santa María, con la gracia de su Hijo, el consuelo de su regazo, la ternura de sus caricias: y te encontrarás reconfortado para la nueva lucha.

Camino, 516

Lleva sobre tu pecho el santo escapulario del Carmen. —Pocas devociones —hay muchas y muy buenas devociones marianas— tienen tanto arraigo entre los fieles, y tantas bendiciones de los Pontífices. —Además ¡es tan maternal ese privilegio sabatino!

Camino, 500

No estás solo. -Lleva con alegría la tribulación. -No sientes en tu mano, pobre niño, la mano de tu Madre: es verdad. -Pero... ¿has visto a las madres de la tierra, con los brazos extendidos, seguir a sus pequeños, cuando se aventuran, temblorosos, a dar sin ayuda de nadie los primeros pasos? -No estás solo: María está junto a ti.

Camino, 900

Permíteme un consejo, para que lo pongas en práctica a diario. Cuando el corazón te haga notar sus bajas tendencias, reza despacio a la Virgen Inmaculada: ¡mírame con compasión, no me dejes, Madre mía! -Y aconséjalo a otros.

Surco, 849

Nuestra Madre es modelo de correspondencia a la gracia y, al contemplar su vida, el Señor nos dará luz para que sepamos divinizar nuestra existencia ordinaria. A lo largo del año, cuando celebramos las fiestas marianas, y en bastantes momentos de cada jornada corriente, los cristianos pensamos muchas veces en la Virgen. Si aprovechamos esos instantes, imaginando cómo se conduciría Nuestra Madre en las tareas que nosotros hemos de realizar, poco a poco iremos aprendiendo: y acabaremos pareciéndonos a Ella, como los hijos se parecen a su madre.

Imitar, en primer lugar, su amor. La caridad no se queda en sentimientos: ha de estar en las palabras, pero sobre todo en las obras. La Virgen no sólo dijo fiat, sino que cumplió en todo momento esa decisión firme e irrevocable. Así nosotros: cuando nos aguijonee el amor de Dios y conozcamos lo que Él quiere, debemos comprometernos a ser fieles, leales, y a serlo efectivamente. Porque no todo aquel que dice Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos; sino aquel que hace la voluntad de mi Padre celestial.

Hemos de imitar su natural y sobrenatural elegancia. Ella es una criatura privilegiada de la historia de la salvación: en María, "el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros". Fue testigo delicado, que pasa oculto; no le gustó recibir alabanzas, porque no ambicionó su propia gloria. María asiste a los misterios de la infancia de su Hijo, misterios, si cabe hablar así, normales: a la hora de los grandes milagros y de las aclamaciones de las masas, desaparece. En Jerusalén, cuando Cristo —cabalgando un borriquito— es vitoreado como Rey, no está María. Pero reaparece junto a la Cruz, cuando todos huyen. Este modo de comportarse tiene el sabor, no buscado, de la grandeza, de la profundidad, de la santidad de su alma.

Tratemos de aprender, siguiendo su ejemplo en la obediencia a Dios, en esa delicada combinación de esclavitud y de señorío. En María no hay nada de aquella actitud de las vírgenes necias, que obedecen, pero alocadamente. Nuestra Señora oye con atención lo que Dios quiere, pondera lo que no entiende, pregunta lo que no sabe. Luego, se entrega toda al cumplimiento de la voluntad divina: "he aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra". ¿Veis la maravilla? Santa María, maestra de toda nuestra conducta, nos enseña ahora que la obediencia a Dios no es servilismo, no sojuzga la conciencia: nos mueve íntimamente a que descubramos la libertad de los hijos de Dios.

Es Cristo que pasa, 173



En las palabras de Benedicto XVI, 15,VII,06:

"El Carmelo, alto promontorio que se yergue en la costa oriental del Mar Mediterráneo, a la altura de Galilea, tiene en sus faldas numerosas grutas naturales, predilectas de los eremitas. El más célebre de estos hombres de Dios fue el gran profeta Elías, quien en el siglo IX antes de Cristo defendió valientemente de la contaminación de los cultos idolátricos la pureza de la fe en el Dios único y verdadero. Inspirándose en la figura de Elías, surgió al Orden contemplativa de los «Carmelitas», familia religiosa que cuenta entre sus miembros con grandes santos, como Teresa de Ávila, Juan de la Cruz, Teresa del Niño Jesús y Teresa Benedicta de la Cruz (en el siglo, Edith Stein). Los Carmelitas han difundido en el pueblo cristiano la devoción a la Santísima Virgen del Monte Carmelo, señalándola como modelo de oración, de contemplación y de dedicación a Dios. María, en efecto, antes y de modo insuperable, creyó y experimentó que Jesús, Verbo encarnado, es el culmen, la cumbre del encuentro del hombre con Dios. Acogiendo plenamente la Palabra, «llegó felizmente a la santa montaña» (Oración de la colecta de la Memoria), y vive para siempre, en alma y cuerpo, con el Señor. A la Reina del Monte Carmelo deseo hoy confiar todas las comunidades de vida contemplativa esparcidas por el mundo, de manera especial las de la Orden Carmelitana, entre las que recuerdo el monasterio de Quart, no muy lejano de aquí [Valle de Aosta]. Que María ayude a cada cristiano a encontrar a Dios en el silencio de la oración.


La estrella del Mar y los Carmelitas

Los marineros, antes de la edad de la electrónica, dependían de las estrellas para marcar su rumbo en el inmenso océano. De aquí la analogía con La Virgen María quien como, estrella del mar, nos guía por las aguas difíciles de la vida hacia el puerto seguro que es Cristo.


Por la invasión de los sarracenos, los Carmelitas se vieron obligados a abandonar el Monte Carmelo. Una antigua tradición nos dice que antes de partir se les apareció la Virgen mientras cantaban el Salve Regina y ella prometió ser para ellos su Estrella del Mar. Por ese bello nombre conocían también a la Virgen porque el Monte Carmelo se alza como una estrella junto al mar.


Los Carmelitas y la devoción a la Virgen del Carmen se difunden por el mundo

La Virgen Inmaculada, Estrella del Mar, es la Virgen del Carmen, es decir a la que desde tiempos remotos se venera en el Carmelo. Ella acompañó a los Carmelitas a medida que la orden se propagó por el mundo. A los Carmelitas se les conoce por su devoción a la Madre de Dios, ya que en ella ven el cumplimiento del ideal de Elías. Incluso se le llamó: "Los hermanos de Nuestra Señora del Monte Carmelo". En su profesión religiosa se consagraban a Dios y a María, y tomaban el hábito en honor ella, como un recordatorio de que sus vidas le pertenecían a ella, y por ella, a Cristo.


La devoción a la Virgen del Carmen se propagó particularmente en los lugares donde los carmelitas se establecieron.


España

Entre los lugares en que se venera en España la Virgen de España como patrona está Beniaján, Murcia. Vea ahí mas imágenes.


América

Es patrona de Bolivia, Chile; en el Ecuador es reina de la región de Cuenca y del Azuay, recibiendo la coronación pontificia el 16 de Julio del 2002. En la iglesia del monasterio de la Asunción en Cuenca se venera hace más de 300 años. Es además venerada por muchos en todo el continente.

A petición de los obispos bolivianos, la Virgen del Carmelo el Papa Pío IX la proclamó “Patrona de Bolivia”, siendo ratificada  por el gobierno boliviano en 1852. Posteriormente, por Ley del 11 de octubre de 1948 se la dio el título de «General y Patrona de las Fuerzas Armadas de la Nación». Pidamos para que proteja a nuestro país , no haya enfrentamientos y vivamos en justicia y paz.

Los carmelitas tienen, entre otros, el mérito de haber llevado esta advocación mariana a todos los estratos del pueblo cristiano.


En el siglo XII algunos eremitas se retiraron al Monte Carmelo, con San Simón Stock.


La Virgen Santísima prometió a este santo un auxilio especial en la hora de la muerte a los miembros de la orden carmelitana y a cuantos participaran de su patrocinio llevando su santo escapulario.


Los Carmelitas han sido conocidos por su profunda devoción a la Santísima Virgen. Ellos interpretaron la nube de la visión de Elías (1 Reyes 18, 44) como un símbolo de la Virgen María Inmaculada. Ya en el siglo XIII, cinco siglos antes de la proclamación del dogma, el misal Carmelita contenía una Misa para la Inmaculada Concepción.


La estrella del Mar y los Carmelitas.

Los marineros, antes de la edad de la electrónica, dependían de las estrellas para marcar su rumbo en el inmenso océano. De aquí la analogía con La Virgen María quien como, estrella del mar, nos guía por las aguas difíciles de la vida hacia el puerto seguro que es Cristo.


Por la invasión de los sarracenos, los Carmelitas se vieron obligados a abandonar el Monte Carmelo. Una antigua tradición nos dice que antes de partir se les apareció la Virgen mientras cantaban el Salve Regina y ella prometió ser para ellos su Estrella del Mar. Por ese bello nombre conocían también a la Virgen porque el Monte Carmelo se alza como una estrella junto al mar.


Los Carmelitas y la Virgen del Carmen se difunden por Europa.

La Virgen Inmaculada, Estrella del Mar, es la Virgen del Carmen, es decir a la que desde tiempos remotos allí se venera. Ella acompañó a los Carmelitas a medida que la orden se propagó por el mundo. A los Carmelitas se les conoce por su devoción a la Madre de Dios, ya que en ella ven el cumplimiento del ideal de Elías. Incluso se le llamó: "Los hermanos de Nuestra Señora del Monte Carmelo". En su profesión religiosa se consagraban a Dios y a María, y tomaban el hábito en honor ella, como un recordatorio de que sus vidas le pertenecían a ella, y por ella, a Cristo.


¿Qué es el Escapulario carmelita?

Los seres humanos nos comunicamos por símbolos. Así como tenemos banderas, escudos y también uniformes que nos identifican. Las comunidades religiosas llevan su hábito como signo de su consagración a Dios.


Los laicos no pueden llevar hábito, pero los que desean asociarse a los religiosos en su búsqueda de la santidad pueden usar el escapulario. La Virgen dio a los Carmelitas el escapulario como un hábito miniatura que todos los devotos pueden llevar para significar su consagración a ella. Consiste en un cordón que se lleva al cuello con dos piezas pequeñas de tela color café, una sobre el pecho y la otra sobre la espalda. Se usa bajo la ropa. Junto con el rosario y la medalla milagrosa, el escapulario es uno de los mas importantes sacramentales marianos.


Dice San Alfonso Ligorio, doctor de la Iglesia: "Así como los hombres se enorgullecen de que otros usen su uniforme, así Nuestra Señora Madre María está satisfecha cuando sus servidores usan su escapulario como prueba de que se han dedicado a su servicio, y son miembros de la familia de la Madre de Dios."


El escapulario es un sacramental.

Un sacramental es un objeto religioso que la Iglesia haya aprobado como signo que nos ayuda a vivir santamente y a aumentar nuestra devoción. Los sacramentales deben mover nuestros corazones a renunciar a todo pecado, incluso al venial.


El escapulario, al ser un sacramental, no nos comunica gracias como hacen los sacramentos. Las gracias nos vienen por nuestra respuesta de amor a Dios y de verdadera contrición del pecado, lo cual el sacramental debe motivar.


¿Cómo surgió el escapulario?

La palabra escapulario viene del Latín "scapulae" que significa "hombros". Originalmente era un vestido superpuesto que cae de los hombros y lo llevaban los monjes durante su trabajo. Con el tiempo se le dio el sentido de ser la cruz de cada día que, como discípulos de Cristo llevamos sobre nuestros hombros. Para los Carmelitas particularmente, pasó a expresar la dedicación especial a la Virgen Santísima y el deseo de imitar su vida de entrega a Cristo y a los demás.


La Virgen María entrega el escapulario el 16 de julio de 1251.

En el año 1246 nombraron a San Simón Stock general de la Orden Carmelita. Este comprendió que, sin una intervención de la Virgen, a la orden le quedaba poco tiempo. Simón recurrió a María poniendo la orden bajo su amparo, ya que ellos le pertenecían. En su oración la llamó "La flor del Carmelo" y la "Estrella del Mar" y le suplicó la protección para toda la comunidad.


En respuesta a esta ferviente oración, el 16 de julio de 1251 se le aparece la Virgen a San Simón Stock y le da el escapulario para la orden con la siguiente promesa:


"Este debe ser un signo y privilegio para ti y para todos los Carmelitas: quien muera usando el escapulario no sufrirá el fuego eterno"


Aunque el escapulario fue dado a los Carmelitas, muchos laicos con el tiempo fueron sintiendo el llamado de vivir una vida mas comprometida con la espiritualidad carmelita y así se comenzó la cofradía del escapulario, donde se agregaban muchos laicos por medio de la devoción a la Virgen y al uso del escapulario. La Iglesia ha extendido el privilegio del escapulario a los laicos.


Explicación de la Promesa:

Muchos Papas, santos como San Alfonso Ligorio, San Juan Bosco, San Claudio de la Colombiere, y San Pedro Poveda, tenían una especial devoción a la Virgen del Carmen y llevaban el escapulario. Santos y teólogos católicos han explicado que, según esta promesa, quien tenga la devoción al escapulario y lo use, recibirá de María Santísima a la hora de la muerte, la gracia de la perseverancia en el estado de gracia (sin pecado mortal) o la gracia de la contrición (arrepentimiento). Por parte del devoto, el escapulario es una señal de su compromiso a vivir la vida cristiana siguiendo el ejemplo perfecto de la Virgen Santísima.


El escapulario tiene 3 significados:

El amor y la protección maternal de María: El signo es una tela o manto pequeño. Vemos como María cuando nace Jesús lo envuelve en un manto. La Madre siempre trata de cobijar a sus hijos.


Envolver en su manto es una señal muy maternal de protección y cuidado. Señal de que nos envuelve en su amor maternal. Nos hace suyos. Nos cubre de la ignominia de nuestra desnudes espiritual.


Vemos en la Biblia:


-Dios cubrió con un manto a Adán y Eva después de que pecaron. (manto - signo de perdón)


-Jonás le dio su manto a David: símbolo de amistad -Elías dio su manto a Eliseo y lo llenó de su espíritu en su partida.


-S. Pablo: revístanse de Cristo: vestirnos con el manto de sus virtudes.


Pertenencia a María: Llevamos una marca que nos distingue como sus hijos escogidos. El escapulario se convierte en el símbolo de nuestra consagración a María.


Consagración: ´pertenecer a María´ es reconocer su misión maternal sobre nosotros y entregarnos a ella para dejarnos guiar, enseñar, moldear por Ella y en su corazón. Así podremos ser usados por Ella para la extensión del Reino de su Hijo.


-En 1950 Papa Pío XII escribió acerca del escapulario: "que el escapulario sea tu signo de consagración al Inmaculado Corazón de María, lo cual estamos particularmente necesitando en estos tiempos tan peligrosos". Quien usa el escapulario debe ser consciente de su consagración a Dios y a la Virgen y ser consecuente en sus pensamientos, palabras y obras. Dice Jesús: "Cargad con mi yugo y aprended de mi, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso. Porque mi yugo es suave y mi carga ligera". (Mt 11:29). El escapulario simboliza ese yugo que Jesús nos invita a cargar, pero que María nos ayuda a llevar. El escapulario es un signo de nuestra identidad como cristianos, vinculados íntimamente a la Virgen María con el propósito de vivir plenamente nuestro bautismo. Representa nuestra decisión de seguir a Jesús por María en el espíritu de los religiosos pero adaptado a la propia vocación, lo que exige que seamos pobres, castos y obedientes por amor.


Al usar el escapulario constantemente estamos haciendo silenciosa petición de asistencia a la Madre, y ella nos enseña e intercede para conseguirnos las gracias para vivir como ella, abiertos de corazón al Señor, escuchando su Palabra, orando, descubriendo a Dios en la vida diaria y cercanos a las necesidades de nuestros hermanos, y nos está recordando que nuestra meta es el cielo y que todo lo de este mundo pasa. En la tentación, tomamos el escapulario en nuestras manos e invocamos la asistencia de la Madre. Kilian Lynch, antiguo general de la Orden dice: "No lleguemos a la conclusión de que el escapulario está dotado de alguna clase de poder sobrenatural que nos salvará a pesar a pesar de lo que hagamos o de cuanto pequemos...Una voluntad pecadora y perversa puede derrotar la omnipotencia suplicante de la Madre de la Misericordia."


El suave yugo de Cristo: "Carguen sobre ustedes mi yugo y aprendan de mi, porque soy paciente y humilde de corazón, y así encontrarán alivio. Porque mi yugo es suave y mi carga liviana". (Mt 11:29-30)


-El escapulario simboliza ese yugo que Jesús nos invita a cargar pero que María nos ayuda a llevar.


Quién lleva el escapulario debe identificarse como católico sin temor a los rechazos y dificultades que ese yugo le traiga.


Se debe vivir lo que significa

El escapulario es un signo de nuestra identidad como católicos, vinculados de íntimamente a la Virgen María con el propósito de vivir plenamente según nuestro bautismo. Representa nuestra decisión de seguir a Jesús por María en el espíritu de los religiosos pero adaptado a la propia vocación. Esto requiere que seamos pobres (un estilo de vida sencillo sin apegos materiales), castos y obedientes por amor a Dios.


En momentos de tentación, tomamos el escapulario en nuestras manos e invocamos la asistencia de la Madre, resueltos a ser fieles al Señor.


Ella nos dirige hacia el Sagrado Corazón de su Hijo Divino y el demonio es forzado a retroceder vencido.


Imposición del Escapulario:

El primer escapulario debe ser bendecido por un sacerdote e impuesto por él mientras dice:


"Recibe este escapulario bendito y pide a la Virgen Santísima que por sus méritos, lo lleves sin ninguna mancha de pecado y que te proteja de todo mal y te lleve a la vida eterna"


¿Puede darse el escapulario a quien no es católico?


Sí. El escapulario es signo de la Maternidad Espiritual de María y debemos recordar que ella es madre de todos. Muchos milagros de conversión se han realizado en favor de buenos no-católicos que se han decidido a practicar la devoción al escapulario.


Conversiones.

Un anciano fue llevado al Hospital de San Simón Stock en la ciudad de Nueva York, inconsciente y moribundo. La enfermera al ver al paciente con el Escapulario Carmelita llamó a un sacerdote. Mientras rezada las oraciones por el moribundo, éste recobró el conocimiento y dijo: "Padre, yo no soy católico". "¿Entonces, ¿por qué está usando el Escapulario Carmelita?", preguntó el sacerdote. "He prometido a mis amigos usarlo", explicó el paciente. "Además rezo un Ave María diariamente." "Usted se está muriendo" replicó el sacerdote. "¿Quiere hacerse católico?" ´Toda mi vida lo he deseado", contestó el moribundo. Fue bautizado, recibió la Unción de los Enfermos antes de fallecer en paz.


Alerta contra abusos:

El escapulario NO salva por sí solo como si fuera algo mágico o de buena suerte, ni es una excusa para evadir las exigencias de la vida cristiana. Mons. Kilian Lynch, antiguo general de la Orden Carmelita nos dice: "No lleguemos a la conclusión que el escapulario está dotado de alguna clase de poder sobrenatural que nos salvará a pesar a pesar de lo que hagamos o de cuanto pequemos... Una voluntad pecadora y perversa puede derrotar la ´omnipotencia suplicante´ de la madre de la misericordia."


Los Papas y Santos han muchas veces alertado acerca de no abusar de la promesa de nuestra madre como si nos pudiéramos salvar llevando el escapulario sin conversión. El Papa Pío XI nos advierte: "aunque es cierto que la Virgen María ama de manera especial a quienes son devotos de ella, aquellos que desean tenerla como auxilio a la hora de la muerte, deben en vida ganarse dicho privilegio con una vida de rechazo al pecado y viviendo para darle honor."


Vivir en pecado y usar el escapulario como ancla de salvación es cometer pecado de presunción ya que la fe y la fidelidad a los mandamientos es necesaria para todos los que buscan el amor y la protección de Nuestra Señora.


San Claude de la Colombiere advierte: "Tu preguntas: ¿y si yo quisiera morir con mis pecados?, yo te respondo, entonces morirás en pecado, pero no morirás con tu escapulario."

15 de julio de 2024

CREADOS PARA LA FELICIDAD




EVANGELIO Mateo 10, 34 – 11, 1


En aquel tiempo, dijo Jesús a sus apóstoles:

«No penséis que he venido a la tierra a sembrar paz:

no he venido a sembrar paz, sino espada. He venido a enemistar al hombre con su padre, a la hija con su madre, a la nuera con su suegra; los enemigos de cada uno serán los de su propia casa.

El que quiere a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí; y el que no carga con su cruz y me sigue, no es digno de mí. El que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí, la encontrará.

El que os recibe a vosotros, me recibe a mí, y el que me recibe, recibe al que me ha enviado; el que recibe a un profeta porque es profeta, tendrá recompensa de profeta; y el que recibe a un justo porque es justo, tendrá recompensa de justo.

El que dé a beber, aunque no sea más que un vaso de agua fresca, a uno de estos pequeños, solo porque es mi discípulo, en verdad os digo que no perderá su recompensa».

Cuando Jesús acabó de dar instrucciones a sus doce discípulos, partió de allí para enseñar y predicar en sus ciudades.



PARA TU RATO DE ORACION 



LAS ENSEÑANZAS de Jesús no siempre son sencillas de comprender. A veces sus palabras son, incluso, provocadoras. Algunos se escandalizaban al oírle, o creían que aquello que decía era demasiado difícil de asumir. Sin embargo, «toda la vida de Cristo es Revelación del Padre: sus palabras y sus obras, sus silencios y sus sufrimientos, su manera de ser y de hablar»[1]. Jesús vino para mostrarnos el rostro de su Padre. Todos sus gestos, incluso aquellos que nos pueden parecer más complicados de entender, apuntan a darnos a conocer algún aspecto del misterio de Dios y de su proyecto de redención.


«No penséis que he venido a traer paz a la tierra –dijo el Señor en una ocasión–. No he venido a traer paz, sino espada. Sí, he venido a enfrentar al hombre con su padre, a la hija con su madre, a la nuera con su suegra; y enemigos de cada cual serán los que conviven con él» (Mt 10,34-36). ¿Cómo puede ser que el que traería la paz a los hombres –según dijeron los ángeles a los pastores de Belén– se presente ahora así? ¿Es este el príncipe de la paz que Isaías anunció? «Un hijo nos es dado, y el principado sobre su hombro; y se llamará su nombre Admirable, Consejero, Dios Fuerte, Padre Eterno, Príncipe de Paz» (Is 9,8). Jesús viene a establecer la paz de los hombres con Dios; pero a veces esa paz causa desconcierto o rechazo, sobre todo cuando no estamos preparados para su reinado o cuando preferimos evitarlo.


Las enseñanzas de Cristo causan división, en primer lugar, en uno mismo; es decir, ponen de manifiesto la falta de armonía en nuestro interior. En efecto, por las consecuencias del pecado, nos puede resultar difícil acoger algún aspecto de su mensaje. Nos gustaría secundar sus palabras e imitar su vida, pero al mismo tiempo encontramos una fuerza dentro de nosotros que nos lleva a hacer lo que no queremos (cfr. Rm 7,23). Esta es, precisamente, la guerra que Jesús quiere que emprendamos, y que la mayoría de las veces se presenta en forma de pequeñas batallas. El Espíritu Santo nos recuerda interiormente lo que nos evita esa división; es «como un aviso silencioso que nos lleva a entrenarnos en este deporte sobrenatural del propio vencimiento. Que la luz de Dios nos ilumine –oraba san Josemaría–, para percibir sus advertencias; que nos ayude a pelear, que esté a nuestro lado en la victoria»[2].


LA PAZ de Jesús es fruto de la lucha constante contra el mal, impulsada por su misma gracia. Él nos muestra la lucha en la que nos toca batirnos contra el enemigo de Dios y del hombre, contra Satanás. «¿Pensáis que he venido a traer paz a la tierra? No, sino división» (Lc 12,51). «¿Qué significa esto? Significa que la fe no es una cosa decorativa, ornamental; vivir la fe no es decorar la vida con un poco de religión (...). No, la fe no es esto. La fe comporta elegir a Dios como criterio-base de la vida»[3]. Y esto, en ocasiones, puede acarrear incomprensiones por parte de nuestro entorno, en donde a veces ese criterio-base puede ser simplemente la comodidad material, el cuidado de la propia imagen o la diversión.


Desde los inicios de la Iglesia, el modo de actuar de los santos no siempre ha sido entendido o compartido por sus semejantes; muchas veces porque estos últimos no han recibido siquiera el anuncio cristiano. Sin embargo, en muchos casos esas diferencias fueron desapareciendo con el paso del tiempo. Y no tanto por la brillantez de ciertos argumentos, sino por la fuerza del testimonio. El cristiano es testigo de que las verdaderas riquezas son aquellas que se atesoran en el cielo; el cristiano se sabe hijo de Dios Padre, por lo que no tiene miedo de nada, ni tiene que aparentar algo que no es; el cristiano es testigo de que la felicidad no está en una vida cómoda, sino en un corazón enamorado[4]. Por eso, una vida cuyo criterio-base es Dios, aunque pueda causar cierto desconcierto inicial, acaba despertando atractivo por la alegría auténtica que desprende.


«Mirad como se aman. (...) Mirad cómo están dispuestos a morir el uno por el otro»[5], decían los no cristianos sobre los bautizados. Ese amor concreto, que les llevaba a compartir todo lo que tenían, suscitó en quienes les rodeaban el deseo por conocer al Señor.


A LO LARGO de nuestra vida experimentamos muy diversas dificultades. A veces están relacionadas con situaciones externas –un problema en el trabajo, la enfermedad de un ser querido, un revés económico– y otras con nuestro mundo interior –dudas que no se acallan, defectos que nos hacen perder la paz–. Jesús, que conoce de primera mano esas problemáticas, no nos invita a vivir como si no existieran, sino que nos invita a tomar esa cruz, a abrazarla con el corazón, y a seguir sus pasos. El Señor nos asegura que quien haga así, encontrará la verdadera vida (cfr. Mt 10,39).


Ciertamente, la vida de la que él habla es la vida del cielo, pero que comienza ya en esta tierra, y que no consiste en ausencia de sufrimiento. Se trata, más bien, de una felicidad que no está absolutamente determinada por las circunstancias externas ni por nuestro estado de ánimo, sino que se ancla en lo verdaderamente importante: su amor y la seguridad de que él está siempre con nosotros. Por supuesto, las contrariedades nos afectarán siempre, pero si nos fiamos de estas palabras de Jesucristo, no tendrán fuerza para quitarnos la alegría; es más, su gracia será la fuerza para ir integrando, poco a poco y del mejor modo posible, con realismo, cada uno de esos aspectos. Las contrariedades nos pueden ayudar a conocernos o a conocer a los demás, nos impulsan a ser más pacientes y a buscar otros caminos con creatividad. También pueden agrandar el corazón y fortalecer nuestras relaciones cuando pedimos ayuda o colaboración a otros. En cualquier caso, siempre nos permiten adentrarnos en el misterio de la providencia, que nos desvela algo de los modos de hacer y de los tiempos de Dios.


«El hombre ha sido creado para la felicidad. Vuestra sed de felicidad, por tanto, es legítima. Cristo tiene la respuesta a vuestro deseo. Pero os pide que confiéis en él»[6]. La Virgen María confió en Dios. A ella, que fue la criatura más perfecta que salió de sus manos, tampoco le ahorró el sufrimiento, porque, de una manera misteriosa, allí, junto a la cruz, crece el amor. María halló la felicidad en la seguridad de que el Señor no se apartaría de ella jamás.

14 de julio de 2024

ES COMO LA RESPIRACIÓN

 



Evangelio (Mc 6,7-13)


Y llamó a los doce y comenzó a enviarlos de dos en dos, dándoles potestad sobre los espíritus impuros. Y les mandó que no llevasen nada para el camino, ni pan, ni alforja, ni dinero en la bolsa, sino solamente un bastón; y que fueran calzados con sandalias y que no llevaran dos túnicas. Y les decía:


—Si entráis en una casa, quedaos allí hasta que salgáis de aquel lugar. Y si en algún sitio no os acogen ni os escuchan, al salir de allí sacudíos el polvo de los pies en testimonio contra ellos.

Se marcharon y predicaron que se convirtieran. Y expulsaban muchos demonios, y ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban.



PARA TU RATO DE ORACION 



«NO SOY profeta ni hijo de profeta» (Am 7,4). Esta frase se ha hecho proverbial. La pronunció Amós cuando, como se cuenta en la primera lectura de la Misa, el sacerdote del templo real de Betel trataba de convencerle de que no predicase en Israel. En respuesta, Amós le explica que él es un hombre del todo normal, ganadero y cultivador de sicomoros. Si profetiza es porque Dios irrumpió en su vida y le confió esa misión, no porque se considere con cualidades de sabiduría o elocuencia, ni porque pertenezca a una clase especial de personas dentro del pueblo elegido.


Así como Amós era profeta por designio divino, con la gracia del Bautismo los cristianos hemos sido llamados a participar de la misión profética de Cristo. Nuestra vida tiene un sentido de misión. Nos sabemos enviados por el Señor para llevar su amor a quienes tenemos en torno. El Espíritu Santo nos impulsa a actuar en cada momento de acuerdo con esa misión que da contenido y sentido a nuestra vida. El apostolado no ocupa solo determinados tiempos o aspectos de nuestra existencia, sino que «es como la respiración del cristiano: no puede vivir un hijo de Dios, sin ese latir espiritual»[1]. Como señala el prelado del Opus Dei: «No hacemos apostolado, ¡somos apóstoles!»[2]. Y lo somos porque el Señor ha confiado a todo bautizado esa tarea como dimensión esencial de su vida. Así lo recordaba san Josemaría a los fieles de la Obra: «No olvidéis, hijos míos, que no somos almas que se unen a otras almas, para hacer una cosa buena. Esto es mucho... pero es poco. Somos apóstoles que cumplimos un mandato imperativo de Cristo»[3].


En la segunda lectura, se lee el himno que san Pablo escribió al comienzo de su carta a los Efesios. Se trata de una plegaria de bendición dirigida a Dios Padre, en la que se considera la vocación del cristiano a la santidad y se habla del plan divino de salvación, que culminará en la plenitud de los tiempos con la recapitulación «en Cristo de todas las cosas, las de los cielos y las de la tierra» (Ef 1,10). El Señor, concediéndonos el don de la filiación divina, nos ha invitado a colaborar en este designio de salvación para toda la humanidad: «Nuestra vocación de hijos de Dios, en medio del mundo nos exige que no busquemos solamente nuestra santidad personal, sino que vayamos por los senderos de la tierra, para convertirlos en trochas que, a través de los obstáculos, lleven las almas al Señor; que tomemos parte como ciudadanos corrientes en todas las actividades temporales, para ser levadura que ha de informar la masa entera»[4].


«LLAMÓ A LOS DOCE y comenzó a enviarlos» (Mc 6,7). Hasta entonces los apóstoles, junto con otros discípulos, habían acompañado a Jesús cuando recorría las aldeas y escuchado sus enseñanzas. Ahora el Señor quiere contar con su colaboración para que prediquen en su nombre, expulsen a los demonios y curen a los enfermos. En otra ocasión similar, les había aconsejado que, ante todo, pidieran la ayuda divina: «La mies es mucha, pero los obreros pocos. Rogad, por tanto, al Señor de la mies que envíe obreros a su mies» (Lc 10,2). Esta vez, en cambio, pone el acento en el desprendimiento que debe caracterizar la vida del apóstol.


«Les mandó que no llevasen nada para el camino, ni pan, ni alforja, ni dinero en la bolsa, sino solamente un bastón; y que fueran calzados con sandalias y que no llevaran dos túnicas» (Mc 6,8-9). Jesús quiere dejar claro a sus discípulos que, a la hora de evangelizar, ellos son instrumentos de Dios. Por tanto, el fruto no depende en mayor medida de los medios humanos a su disposición, de las cualidades que posean o de las estrategias que planifiquen, por muy geniales que sean. Todo eso, ciertamente, puede servir si se pone al servicio de la misión, pero también podría convertirse en un obstáculo que ralentiza o incluso contradice el diseño divino. Siempre nos conviene volver a considerar nuestra pequeñez y la grandeza de Dios, para que resplandezca el valor infinito de los dones con los que nos ha enriquecido; y para que nos resulte clara la importancia relativa de aspectos que una mentalidad humana tiende a poner en primer plano: los bienes materiales, el dominio, el prestigio, el halago de los sentidos...


Con la ayuda del Señor, quien desea hacer un amplio y profundo apostolado amará de todo corazón la pobreza, la templanza, la sobriedad, la sencillez... La presencia de estas virtudes en su vida le harán auténtico y creíble. Así, podrá ayudar a muchas almas a acercarse a Dios porque trasmitirá, en primer lugar, la alegría de quien procura poner a Jesús en el centro de la propia vida: «Los destinatarios de la evangelización no son solamente los otros, aquellos que profesan otros credos o que no los profesan, sino también nosotros mismos, creyentes en Cristo y miembros activos del Pueblo de Dios. Y debemos convertirnos cada día, acoger la palabra de Dios y cambiar de vida: cada día. Y así se hace la evangelización del corazón»[5].


JESÚS ENVÍA a los apóstoles «de dos en dos» (Mc 6,7). Con esto, como afirma entre otros san Gregorio Magno, quería poner de manifiesto la relación que existe entre apostolado y caridad: «Los mandamientos de la caridad son dos: el amor de Dios y el del prójimo. El Señor envía a predicar a sus discípulos de dos en dos para sugerirnos, aunque sin decirlo, que el que no tiene caridad para con los demás no debe, de ninguna manera, iniciar el ministerio de la predicación»[6].


Con la misma convicción, san Josemaría enseñaba que «el principal apostolado que los cristianos hemos de realizar en el mundo, el mejor testimonio de fe, es contribuir a que dentro de la Iglesia se respire el clima de la auténtica caridad. Cuando no nos amamos de verdad, cuando hay ataques, calumnias y rencillas, ¿quién se sentirá atraído por los que sostienen que predican la Buena Nueva del Evangelio?»[7]. El apostolado no es otra cosa que el desbordarse de la caridad con todas las personas que encontramos en nuestra vida, empezando por los más cercanos. Por eso, para un cristiano corriente el apostolado comienza en la familia. Por ejemplo, con el amor mutuo, lleno de delicadeza, entre el marido y la mujer: su testimonio de unidad y entrega mutua es el principal medio con el que Dios cuenta para transmitir la fe a los hijos. Y también es apostolado la atención y el servicio a los demás en el trabajo, en las relaciones sociales, en los distintos ámbitos comunitarios, en el deporte u otros momentos de ocio...


A partir de la caridad, tanto en el propio hogar como en otros ámbitos, nacerán e irán creciendo de modo natural amistades con muchas personas. Este será el cauce para dar razón de nuestra esperanza a todo el que la pida, siempre con mansedumbre y respeto (cfr. 1 Pe 3,15-16). De este modo, como escribió san Josemaría, soñando en los frutos con largo alcance de este apostolado capilar, «contribuiremos a que desaparezcan suspicacias y rivalidades, entre los católicos que trabajan juntos; empaparemos de espíritu cristiano el mundo de la industria y del comercio; ayudaremos a dar unidad al pensamiento moderno, para defensa y servicio de Jesucristo y de su Iglesia; procuraremos hacer comprender a los católicos que ninguna diferencia de costumbres, razas o lenguas puede separar a los que son uno en Cristo Jesús; trataremos con delicada caridad a todas las almas, sin distinción de estirpe ni de credos –dentro del orden debido–, acercándolas al Señor Dios Nuestro con esa luz y ese calor de nuestra vida cristiana; cooperaremos a crear un ambiente de serenidad, de limpieza y de comprensión en las relaciones internacionales, que facilitará la labor del Espíritu Santo en las mentes y en la vida de los estadistas, y traerá la paz y el bienestar a los pueblos»[8]. Podemos pedir a la Virgen María que, con el calor de la caridad bien custodiada en nuestra vida cotidiana, sepamos trasmitir a muchas personas la luz y el calor de la fe.

13 de julio de 2024

ACOMPAÑAMIENTO

 



Evangelio (Mt 10, 24-33)


En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos “No está el discípulo por encima del maestro, ni el siervo por encima de su amo. Ya le basta al discípulo ser como su maestro, y al siervo como su amo. Si al dueño de la casa le han llamado Beelzebul, ¡cuánto más a sus criados! «No les tengáis miedo. Pues no hay nada encubierto que no llegue a descubrirse, ni oculto que no llegue a saberse. Lo que os digo en la oscuridad, decidlo vosotros a la luz; y lo que oís al oído, proclamadlo desde la azotea.


«No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma; temed más bien a Aquel que puede llevar a la perdición alma y cuerpo en la gehenna. ¿No se venden dos pajarillos por un céntimo? Pues bien, ni uno solo cae al suelo sin que lo disponga vuestro Padre.


En cuanto a vosotros, hasta los cabellos de vuestra cabeza están todos contados. No temáis, pues; vosotros valéis más que muchos pajarillos. «Todo aquel que se declare por mí ante los hombres, yo también me declararé por él ante mi Padre que está en los cielos; pero a quien me niegue ante los hombres, le negaré yo también ante mi Padre que está en los cielos.



PARA TU RATO DE ORACION 



DURANTE su paso por la tierra, Jesús conoció a mucha gente sencilla que le decía con sinceridad lo que llevaba en su corazón. Sin embargo, también se encontró con otros que no manifestaban el mismo amor por la verdad; quizá realizaban obras buenas, pero sus intenciones no siempre eran las más rectas. Por eso, en una ocasión el Señor exclamó: «Nada hay oculto que no vaya a ser descubierto, ni secreto que no llegue a saberse» (Mt 10,26).


Cristo sabe perfectamente cómo somos. Para él no hay un maquillaje que disimule nuestros defectos o ensalce nuestras virtudes: él quiere que nuestro trato con él esté marcado por la sinceridad. Así es como el salmista, modelo de oración para nosotros los cristianos, se dirige a Dios: «Tú me examinas y me conoces. Tú sabes cuándo me siento y me levanto. Penetras desde lejos mis pensamientos. Camine o descanse, tú lo adviertes; todas mis sendas te son familiares» (Sal 139,1-4).


Todas nuestras luchas y nuestros esfuerzos le resultan familiares al Señor. Incluso en nuestros tropiezos podemos conservar la paz, porque el Señor conoce las intenciones más profundas de nuestro corazón. Por eso, san Josemaría procuraba ponernos en guardia frente a la posibilidad de tener miedo de mirarnos tal como somos delante de Dios: «¿Un medio para ser franco y sencillo?... Escucha y medita estas palabras de Pedro: «Domine, Tu omnia nosti...» –Señor, ¡Tú lo sabes todo!»[1]. Nada nos da más paz que esta cercanía de Dios, a quien no se le escapa ni nuestra más pequeña intención de amor.


La SINCERIDAD en el trato con Dios nos lleva a conocernos en profundidad, a saber cómo es nuestra personalidad y nuestro modo de ser, con sus posibilidades para servir a los demás y sus limitaciones. «Has entendido en qué consiste la sinceridad –apuntaba san Josemaría– cuando me escribes: “estoy tratando de acostumbrarme a llamar a las cosas por su nombre y, sobre todo, a no buscar apelativos para lo que no existe”»[2].


Escribe el apóstol san Juan que «si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros» (1 Jn 1,8). En efecto, es difícil encontrar a alguien que afirme no tener defectos y que asegure que no se equivoca nunca. «Pero aquí hay una cosa que nos puede engañar: diciendo “todos somos pecadores”, como quien dice “buenos días”, como algo habitual o social, no tenemos una verdadera conciencia del pecado»[3]. Cuando se nos mete esta velada rutina, puede resultar más complicado admitir las faltas puntuales y mostrarnos necesitados. Pero san Juan añade que precisamente en ese reconocimiento sincero encontramos el perdón y la ayuda de Dios para purificarnos (cfr. 1 Jn 1,9).


La sinceridad lleva a la concreción. El pecado no es algo abstracto, sino una realidad que tiene manifestaciones específicas en el día a día. En nuestro diálogo con Dios podemos dar nombre a las actitudes que nos alejan de él y de los demás, y en muchas ocasiones esto se podrá traducir en propósitos que alimentarán nuestra lucha por la santidad. Podemos pedir al Señor la sabiduría de lo concreto, para que sepamos ser sinceros con nosotros mismos y así amar cada día mejor a Dios y a quienes nos rodean.


A LA HORA de conocernos a nosotros mismos, podemos encontrar cierta dificultad por la falta de perspectiva. La sabiduría popular expresa esta realidad con un refrán: «El médico mal se cura a sí mismo». Por el pecado, o simplemente por falta de distancia suficiente, a veces los juicios sobre nosotros mismos no son del todo certeros: nos falta el espacio para valorar con calma y serenidad cómo recorrer determinadas etapas de la vida. Por eso, Dios pone a nuestro lado personas que pueden iluminar ciertas partes del camino. Cuando hablamos de nuestra vida con alguien que se ha ganado nuestra confianza, se establece «una de las formas de comunicación más hermosas e íntimas. (...) Esto permite descubrir cosas desconocidas hasta ese momento, pequeñas y sencillas, pero, como dice el Evangelio, es precisamente de las cosas pequeñas que nacen las cosas grandes»[4].


En la dirección espiritual encontramos el acompañamiento de una persona que, a veces con su sola presencia, y otras con la sabiduría de su experiencia, nos puede ayudar a conocer mejor a Dios y a nosotros mismos. San Josemaría daba un pequeño consejo para esas conversaciones: «Al abrir tu alma, cuenta en primer lugar lo que no querrías que se supiera. Así el diablo resulta siempre vencido. ¡Abre tu alma con claridad y sencillez, de par en par, para que entre –hasta el último rincón– el sol del Amor de Dios!»[5].


La ayuda de la dirección espiritual no siempre se traducirá en sugerencias concretas para abordar un problema. En ocasiones encontraremos luz con el mero hecho de ser sinceros, de poner palabras a una preocupación y de reconocer con humildad que necesitamos ayuda. Anotaba también san Josemaría, tras la experiencia de varios años de acompañar y de ser acompañado espiritualmente: «Abriste sinceramente el corazón a tu Director, hablando en la presencia de Dios..., y fue estupendo comprobar cómo tú solo ibas encontrando respuesta adecuada a tus intentos de evasión»[6]. Podemos pedir a María que nos alcance de Dios esa sinceridad con Dios, con nosotros mismos y con los demás, que nos haga almas cada vez más sencillas.