"Hago todos los días mi "ratito" de oración: ¡si no fuera por eso!" (Camino, 106)

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19 de octubre de 2021

Amigos íntimos del Señor

Evangelio (Lc 12, 35-38)


En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Tened ceñida vuestra cintura y encendidas las lámparas. Vosotros estad como los hombres que aguardan a que su señor vuelva de la boda, para abrirle apenas venga y llame. Bienaventurados aquellos criados a quienes el señor, al llegar, los encuentre en vela; en verdad os digo que se ceñirá, los hará sentar a la mesa y, acercándose, les irá sirviendo. Y, si llega a la segunda vigilia o a la tercera y los encuentra así, bienaventurados ellos».


Comentario


El evangelio de hoy recoge la primera de las parábolas en las que el Señor exhorta a la vigilancia. Está tomada del cuidado de los criados que esperan a su amo que viene de las bodas. El estar ceñidos indica tener levantados y ajustados los vestidos para servir; las lámparas encendidas aluden al cortejo nupcial que llega de noche.


Con esta parábola, Jesucristo nos enseña cuál debe ser la actitud fundamental del cristiano: estar en vela.


Esto es lo propio del alma sacerdotal de todo cristiano: alimentar espiritualmente al pueblo de Dios, mantener el mundo abierto a Dios. Todo cristiano es un guardián, que vela por sus hermanos, vigilando, rezando, custodiando.


Del mismo modo que Jesucristo estuvo en el huerto de los olivos velando; Él pide a cada cristiano que se haga cargo de las necesidades de los hombres, que no se deje llevar por la somnolencia y el descuido.


Y cuando el cristiano vive así, entonces sucede lo que Jesús sigue contando en la parábola: el esposo se ciñe como un siervo, le sienta a su mesa y se pone a servirle. Y entonces se produce la gran transformación: el criado se convierte en el amigo íntimo.


Este es el gran deseo de Jesucristo, llegar a una comunión de vida con cada cristiano.


La relación que Dios quiere tener con nosotros no es una relación de súbdito devoto con el rey o de siervos fieles del amo. Él quiere tener una relación de intimidad, amorosa, con nosotros: es Él quien nos desea, nos busca, nos invita a su fiesta y nos sirve.


Pobres, sencillos, sin méritos, sin talentos, somos los amados, los predilectos de Dios.


Y para entrar en esa fiesta, el cristiano debe hacerse cargo de lo que Cristo lleva en su corazón: todas y cada una de las personas de este mundo.


PARA TU RATO DE ORACION


Dios siempre ha buscado activamente la amistad con los hombres, ofreciéndonos vivir en comunión con Él. Ni la debilidad humana ni el polvo del camino le han hecho cambiar de opinión. Dejarnos abrazar por ese Amor incondicional nos llena de luz y de fuerza para ofrecerlo a los demás.


Una pregunta frecuente que seguramente se encuentre entre nuestros mensajes en el teléfono móvil es: «¿Dónde estás?». También la habremos enviado a nuestros amigos y familiares buscando su compañía, aunque sea a distancia, o simplemente por traer a la otra persona a nuestra imaginación de una manera más concreta. ¿Dónde estás? ¿Qué haces? ¿Todo va bien? Esa pregunta es también una de las primeras frases que Dios, mientras «paseaba por el jardín a la hora de la brisa» (Gn 3,8-9), dirige al hombre. El Creador, desde el inicio de los tiempos, quería caminar junto a Adán y Eva; podríamos pensar, con cierto atrevimiento, que Dios buscaba su amistad –y ahora la nuestra– para contemplar plenamente realizada su creación.


Una novedad que va in crescendo


Esta idea, que tal vez no es totalmente nueva para nosotros, ha causado bastante extrañeza en la historia del pensamiento humano. De hecho, en uno de sus momentos de mayor esplendor, se había aceptado con resignación la imposibilidad para el ser humano de ser amigo de Dios. La razón era que entre ambos media una absoluta desproporción, son demasiado distintos[1]. Se pensaba que podría haber, como mucho, una relación de sometimiento a la que, en el mejor de los casos, podríamos acceder lejanamente a través de ciertos ritos o de ciertos conocimientos. Pero una relación de amistad era inimaginable.


Sin embargo, la Escritura presenta una y otra vez nuestra relación con Dios en términos de amistad. El libro del Éxodo no deja lugar a dudas: «El Señor hablaba con Moisés cara a cara, como se habla con un amigo» (Ex 33,11). En el libro del Cantar de los Cantares, que recoge de manera poética la relación entre Dios y el alma que lo busca, a esta última la llama continuamente «amiga mía» (cfr. Ct 1,15 y otros). También el libro de la Sabiduría señala que Dios «se comunica a las almas santas de cada generación y las convierte en amigos» (Sb 7,27). Es importante notar que en todos los casos la iniciativa proviene del mismo Dios; la alianza que ha sellado con su creación no es simétrica, como podría ser un contrato entre iguales, sino más bien es asimétrica: nos ha sido regalada la desconcertante posibilidad de hablar de tú a tú con nuestro propio creador.


Esta manifestación de la amistad que nos ofrece Dios, la comunicación de esta novedad, continuó in crescendo a lo largo de la historia de la salvación. Todo lo que nos había dicho por medio de la alianza se ilumina definitivamente con la vida del Hijo de Dios en la tierra: «Dios nos ama no solo como criaturas, sino también como hijos a los que, en Cristo, ofrece una verdadera amistad»[2]. Toda la vida de Jesús es una invitación a la amistad con su Padre. Y uno de los momentos más intensos en los que nos transmite esta buena noticia es durante la Última Cena. Allí, en el Cenáculo, con cada uno de sus gestos, Jesús abre su corazón para llevar a sus discípulos –y a nosotros con ellos– a la verdadera amistad con Dios.


Del polvo a la vida


El evangelio de san Juan se divide en dos partes claras: la primera se centra en la predicación y en los milagros de Cristo, la segunda en su pasión, muerte y resurrección. El puente que las une es el siguiente versículo, que nos adentra en el Cenáculo: «Sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, como amase a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin» (Jn 13,1). Allí estaban Pedro y Juan, Tomás y Felipe, todos los doce juntos, apoyados cada uno hacia un costado, como era costumbre en la época. Por los sucesos que se narran, probablemente era una mesa de tres lados –con forma de U– en la que Jesús se encontraba casi en un extremo, el importante, y Pedro en el opuesto, el del sirviente; es posible que estuvieran frente a frente. Jesús, en un determinado momento, a pesar de que no era una tarea que le correspondía a quien estaba situado en ese lugar preferencial, se puso de pie para realizar un gesto que quizá su Madre habría realizado muchas veces con él: tomó una toalla y se la ciñó a la cintura para quitar el polvo de los pies de sus amigos.


La imagen del polvo está presente desde el inicio en la Sagrada Escritura. En la historia sobre la creación se nos cuenta que «el Señor Dios formó al hombre del polvo de la tierra» (Gn 2,7). Entonces, para que dejara de ser algo inanimado, muerto e incapaz de relacionarse, Dios «insufló en sus narices aliento de vida y el hombre se convirtió en un ser vivo» (Gn 2,7). Desde ese momento, el hombre experimentará una tensión que proviene de ser polvo y espíritu, una tensión entre sus límites radicales y sus deseos infinitos. Pero Dios es más fuerte que nuestra debilidad y que cualquiera de nuestras traiciones.


Ahora, en el Cenáculo, el polvo del hombre vuelve a aparecer. Cristo se dobla sobre el polvo de los pies de sus amigos, para recrearlos, devolviéndoles la relación con el Padre. Jesús nos lava los pies y, divinizando el polvo del que estamos hechos, nos regala la amistad íntima que tiene con su Padre. En medio de la emoción que le embarga, con los ojos de todos sus discípulos fijos en él, dice: «A vosotros, en cambio, os he llamado amigos, porque todo lo que oí de mi Padre os lo he dado a conocer» (Jn 15,15). Dios quiere compartirlo todo. Jesús nos comparte su vida, su capacidad de amar, de perdonar, de ser amigos hasta el fin.


Todos hemos tenido la experiencia de cómo las buenas relaciones de amistad nos han cambiado; tal vez no seríamos los mismos si no hubiésemos encontrado esas relaciones en nuestra vida. También ser amigos de Dios transforma nuestro modo de ser amigos de quienes nos rodean. Así, como Cristo, podremos lavar los pies de todos, sentarnos a la mesa de quien nos podría traicionar, ofrecer nuestro cariño a quien no nos comprende o incluso no acepta nuestra amistad. La misión de un cristiano en medio del mundo es precisamente «abrirse en abanico»[3] a todos, porque Dios sigue infundiendo su aliento al polvo del que estamos hechos y actúa en esas relaciones enviándonos su luz.


Dejarnos llevar hacia la comunión


Hemos visto que la amistad que nos ofrece Jesucristo es un acto de confianza incondicional de Dios en nosotros, que no termina nunca. A distancia de veinte siglos, en nuestra existencia diaria, Cristo nos cuenta todo lo que sabe sobre el Padre para continuar atrayéndonos a su amistad. Sin embargo, aunque esto no nos faltará, será siempre una parte, ya que «a esta amistad correspondemos uniendo nuestra voluntad a la suya»[4].


Los verdaderos amigos viven en comunión: en el fondo de su alma quieren las mismas cosas, se desean la felicidad el uno al otro, a veces ni siquiera necesitan utilizar palabras para comprenderse mutuamente; se ha dicho incluso que reírse de las mismas cosas es una de las mayores manifestaciones de compartir intimidad. Esta comunión, en el caso de Dios, más que un agotador esfuerzo en tratar de cumplir ciertos requisitos –esto no sucede entre amigos– se trata igualmente de estar el uno con el otro, de acompañarse mutuamente.


Un buen ejemplo puede ser precisamente el de san Juan, el cuarto evangelista: dejó que Jesús se acercara y le lavara los pies, se recostó tranquilamente en su pecho durante la Cena y, finalmente –tal vez sin comprender completamente lo que sucedía–, no se despegó de su mejor amigo para acompañarlo en los mayores sufrimientos. El discípulo amado se dejó transformar por Jesucristo y, de esa manera, Dios fue quitando poco a poco el polvo de su corazón: «En esta comunión de voluntades se realiza nuestra redención: ser amigos de Jesús, convertirse en amigos de Jesús. Cuanto más amamos a Jesús, cuanto más lo conocemos, tanto más crece nuestra verdadera libertad»[


Jesús, en esa Última Cena, nos muestra que el secreto de la amistad está en permanecer con Él: «Como el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo si no permanece en la vid, así tampoco vosotros si no permanecéis en mí» (Jn 15,4). Es Jesús quien quiere amar en nosotros. Sin él no podemos ser amigos hasta el fin. «Por mucho que ames, nunca querrás bastante», señala san Josemaría. Pero inmediatamente añade: «Si amas al Señor, no habrá criatura que no encuentre sitio en tu corazón»


«¿Dónde estás?» son las palabras que Dios, mientras paseaba por aquella espléndida creación que había salido de sus manos, dirigió al hombre. También ahora quiere entrar en diálogo con nosotros. Nadie, ni siquiera el más brillante de los pensadores, podía imaginar un Dios que pidiese nuestra compañía, que mendigase nuestra amistad hasta el extremo de dejarse clavar en una cruz para así no cerrarnos nunca sus brazos. Habiendo entrado en esa locura de amor, nos veremos impulsados también nosotros a abrirlos sin condiciones a todas las personas que nos rodean. Nos preguntaremos mutuamente: ¿Dónde estás? ¿Todo va bien? Y a través de esa amistad podremos devolver la belleza a la creación.

22 de junio de 2021

AMISTAD APOSTOLADO

 



Evangelio (Mc 7,6.12-14)


En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: ‘No deis las cosas santas a los perros, ni echéis vuestras perlas a los cerdos, no sea que las pisoteen con sus patas y al revolverse os despedacen.


Todo lo que queráis que hagan los hombres con vosotros, hacedlo también vosotros con ellos: ésta es la Ley y los Profetas.


Entrad por la puerta angosta, porque amplia es la puerta y ancho el camino que conduce a la perdición, y son muchos los que entran por ella.


¡Qué angosta es la puerta y estrecho el camino que conduce a la Vida, y qué pocos son los que la encuentran!’


Comentario


Este Evangelio está dividido en tres frases. Para entender la primera de ellas, hay que fijarse en lo que la precede inmediatamente. Jesús acaba de decir a los apóstoles que no deben juzgar a los demás, “porque los juicios con que juzguéis se os juzgará” (Mt 7,2). Jesús muestra ahora, en una digresión, que hay una diferencia entre el juicio y el discernimiento.


El discípulo debe hacer apostolado con todos sin excepción. Pero algunos no sólo no escuchan, sino que ridiculizan el Evangelio y cometen blasfemias. Si alguien no tiene otro propósito que burlarse del Evangelio y mofarse de su enseñanza, dice Jesús, el discípulo puede usar su discernimiento y centrar sus energías con otros. No hay escasez de personas que necesitan escuchar el Evangelio.


El discernimiento es, en cierta medida, dado a cada cristiano, y permite al discípulo llegar a aquellos que serán más receptivos al mensaje de Nuestro Señor.


El Señor vuelve de su digresión, y en su segunda frase se refiere al punto principal de no juzgar a los demás, y muestra cómo encaja en un marco más amplio de ética, “todo lo que queráis que hagan los hombres con vosotros, hacedlo también vosotros con ellos” (Mt 7,12).



La tercera y última frase, “entrad por la puerta angosta” (Mt 7,13) es una advertencia a los indiferentes de que la perdición es una posibilidad real, y al mismo tiempo es una invitación para sus discípulos. En palabras del Papa Francisco: “El Señor nos ofrece tantas ocasiones para salvarnos y entrar a través de la puerta de salvación. (…) Debemos aprovechar las ocasiones de salvación. Porque llegará el momento en que ‘el dueño de casa se levantará y cerrará la puerta’ (…). Nuestra vida no es un videojuego o una telenovela; nuestra vida es seria y el objetivo que hay que alcanzar es importante: la salvación eterna.” (Papa Francisco, Discurso del Ángelus, 21 de agosto de 2016).


EL DIA 26 es la fiesta de SAN JOSEMARIA podemos aprender de él

LA AMISTAD DE LLEVAR A LOS DEMAS A DIOS


Hace diez años, el 26 de junio de 1975, un repentino paro cardíaco dio fin a la vida terrena de Monseñor Josemaría Escrivá. Falleció al filo del mediodía en la sede central del Opus Dei en Roma, en su cuarto de trabajo en Viale Bruno Buozzi. En 1981 se incoó su causa de beatificación.


Hasta 1971 no le conocí personalmente en Roma. Desde el pri­mer momento nos unió una cordial amistad. Posteriormente estuve con frecuencia con él. Siempre quedé conmovido por el calor de su palabra y el cariño de su forma de ser. Y esto que vivía es lo que también enseñaba: «La santidad no es cosa para privilegiados, sino que pueden ser divinos todos los caminos de la tierra, todos los estados, todas las profesiones, todas las tareas honestas» (cf. 5. Bernal: Apuntes sobre la vida del fundador del Opus Dei, Madrid, 1976, pág. 123). Estas palabras suenan del mismo modo que la intención que las anima: algo normal y corriente; y precisamente por eso han llegado a ser revolucionarias. El cristiano «normal y corriente», el cristiano en el laboratorio, en la fábrica, en el bufete de abogado, en las tareas del hogar, en el taller, en el campo, ¿ése es el que ha de poder ser santo?


Puede y debe serlo por el hecho de estar bautizado. Esto es lo que Escrivá predicó desde 1928 cuando, a la edad de veintiséis años, vio la fundación y la extensión del Opus Dei como la tarea que


Dios quería que realizara con su vida. Desde entonces enseñó la vocación universal a la santidad para el «cristiano de una pieza» para el que no lleva una doble vida: «la vida interior, la vida de relación con Dios, de una parte; y de otra, distinta y separada, la vida familiar, profesional y social, plena de pequeñas realidades terrenas» (Conversaciones con Monseñor Escrivá de Balaguer, Madrid, 4ª ed., 1969, pág. 224). Por este motivo, a Escrivá se le ha denominado frecuentemente y con toda razón uno de los pio­neros del Concilio Vaticano II, como lo expresó hace algunos años el Papa Juan Pablo II ante miembros del Opus Dei: «Realmente es un gran ideal el vuestro, que desde los comienzos se ha anticipado a esa teología del laicado, que caracterizó después a la Iglesia del Concilio y del postconcilio» (L 'Osservatore Romano, 26–VIII–l979).


En la época inmediatamente anterior al Concilio. al preparar el Decreto sobre el apostolado de los laicos, sin saber aún muchos datos concretos sobre el Opus Dei, tuve que ocuparme de una de las ideas centrales en el espíritu de la Obra: de la santificación de la vida cotidiana, es decir, de la realización del encargo de Dios a cada cristiano de vivir esa vida cotidiana tal como pasó Jesucristo los treinta años de su vida en Nazaret. Al comenzar, a finales de los años sesenta, la labor del Opus Dei en nuestra diócesis de Essen fui sabiendo cada vez más de este gran empeño del fundador del Opus Dei. Como el grano de trigo, que cae en la tierra y da fruto, el grano de trigo sembrado por Josemaría Escrivá y extendido por sus hijos en todo el mundo ha dado frutos esperanzadores. A la Prelatura Opus Dei pertenecen hoy en día más de 74.000 fieles de 87 países.


A quien se acercara personalmente al fundador del Opus Dei no le quedaba más posibilidad que llegar a ser amigo suyo para siempre. Esta es mi experiencia y la de muchas personas, tal como constata uno de sus biógrafos en sus apuntes: «Era muy alegre y comprensivo, y muy sencillo y sin recámaras, se hacía amigo de todos, y todos le querían. Yo no supe de nadie que tuviera enemistad con él personalmente» (Apuntes..., pág. 147). Quería ser amigo de todos, incluso de aquéllos que no veían con simpatía al Opus Dei y a él mismo.


¿Qué es lo que animaba a este Siervo de Dios a querer tener tantos amigos y no sólo unos pocos, como suele ser corriente? Se había dado cuenta de que una amistad verdadera es más que la sim­patía personal, que siempre está enraizada en Jesucristo, el verda­dero Amigo, que murió en la Cruz por cada persona. Por eso, cada persona vale toda la Sangre de Jesucristo, como solía decir Escrivá. Y por eso, no había persona que le fuera indiferente, no podía dejar de lado a nadie. Le urgía acercar a Jesucristo a todo aquel con quien tuviera que ver. «Al amar al amigo, se ama también lo que para él es un bien», decía Aristóteles. Y para el fundador del Opus Dei no existía un bien mayor que el Amor de Dios. Por eso quería lle­varlo a los hombres como lo mejor que tenía.


Cuando pienso en mi amistad con él (y lo mismo podría decir de mi amistad con su sucesor en la dirección de la Obra, el Prelado Alvaro del Portillo), necesariamente me vienen a la cabeza las pala­bras de Nuestro Señor en la Última Cena: «Os he llamado amigos, porque todo lo que oí de mi Padre os lo he dado a conocer» (Ioh 15,15).


Monseñor Escrivá estaba lleno del espíritu de una tal amistad. Medía la calidad de la amistad por la mirada conjunta hacia Jesu­cristo. «Los amigos no se miran el uno al otro (...), su mirada se dirige hacia las cosas por las que se interesan en común» –dice Josef Pieper. Y ya Cicerón definía la amistad como «un acuerdo en lo humano y lo divino en simpatía y cariño». Donde no hay metas comunes, no hay amistad. La amistad necesita un contenido. Quien nada tiene, no tiene nada que compartir; quien no tiene una meta, no puede tener un acompañante. La amistad sólo surge cuando se comparte lo que es personal, cuando se da al otro lo que es propio de uno, cuando se abre como Jesucristo: «Os he llamado amigos, porque todo os lo he dado a conocer» (Ioh 15,15).


Amistad y apostolado: para Monseñor Escrivá estas dos pala­bras formaban una sola realidad. No conocía diferencia alguna entre amistad y apostolado. Le era extraño el denigrar lo uno con­virtiéndolo en instrumento de lo otro. Seria algo que contradiría radicalmente la esencia de la amistad y la esencia del apostolado. Él amaba real y verdaderamente a las personas por amor de Cristo. Por eso, nada había que deseara más que el hacer posible que cada uno encontrara a Jesucristo. De este modo, su apostolado pasaba a ser una prueba de su amistad; lo llamaba el «apostolado de amistad y confidencia». Por el contrario, cualquier empeño apostólico sin un cariño verdadero para cada persona en particular hubiera estado condenado radicalmente al fracaso. La amistad y el apostolado para el fundador del Opus Dei eran las dos caras de una misma moneda.


Amistosa y abiertamente hablaba de lo divino y de lo humano: «Esas palabras, deslizadas tan a tiempo en el oído del amigo que vacila; aquella conversación orientadora, que supiste provocar oportunamente; y el consejo profesional que mejora su labor uni­versitaria; y la discreta indiscreción, que te hace sugerirle insospe­chados horizontes de celo... Todo eso es apostolado de la con­fidencia"» (Camino 973).


Monseñor Escrivá abrió este camino ayudando a meditar sobre la amistad que Jesucristo mantuvo con los Apóstoles, con sus dis­cípulos, con la familia de Betania y con tantas otras figuras de los Evangelios. Jesús era el Amigo de sus amigos un Amigo verdadero, y ellos lo sabían. Con toda confianza se dirigen a El cuando no han entendido algo. Y El les revela los misterios del Reino de los Cielos. Otras veces es El quien en conversaciones personales comparte sus alegrías y sus preocupaciones con sus amigos Les da ánimos y les abre los ojos para los amplios horizontes de la te de la esperanza y de la caridad


La amistad entre los hombres solo encuentra su sentido pleno en la amistad con Jesucristo. Nadie puede dar lo que no tiene: «Como el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo si no permanece en la vid, así tampoco vosotros sino permanecéis en mí» (Ioh. 15,4). Convencido de la verdad de estas palabras, el Siervo de Dios bus–caba la amistad personal con Jesucristo, es decir, el trato con Él en la oración y en los sacramentos, meditando su vi da, para apren­der de Él cómo ha de tratar un hombre de fe a sus amigos.


Hablar de Cristo, difundir su doctrina con la palabra y con el ejemplo: ésta es una parte fundamental, irrenunciable de la voca­ción cristiana. «id al mundo entero y predicad el Evangelio a toda criatura» (Mc 16,15). En esta tarea no se dejaba dominar por falsos respetos humanos, no confundía la prudencia con la cobardía y el respeto por la libertad de los demás con la indiferencia. También en este aspecto Monseñor Escrivá puede ser considerado como heraldo del Concilio Vaticano II: «La vocación cristiana es, por su misma naturaleza, vocación también al apostolado (...). El deber y el derecho del seglar al apostolado deriva de su misma unión con Cristo Cabeza. Insertos por el bautismo en el Cuerpo místico de Cristo, robustecidos por la confirmación en la fortaleza del Espíritu Santo, es el mismo Señor el que los destina al apostolado (...). Son los sacramentos, y sobre todo la Eucaristía, los que comunican y alimentan en los fieles la caridad, que es como el alma de todo apos­tolado» (Decreto Apostolicam Actuositatem, núm. 2-3).


Escrivá no se limitó a señalar ideales. Describió también el cami­no para llegar a ser apóstol de Jesucristo en medio de la vida coti­diana: « ¿Quién ha dispuesto que para hablar de Cristo, para difun­dir su doctrina, sea preciso hacer cosas raras, extrañas? Vive tu vida ordinaria; trabaja donde estás, procurando cumplir los deberes de tu estado, acabar bien la labor de tu profesión o de tu oficio, cre­ciéndote, mejorando cada jornada. Sé leal, comprensivo con los demás y exigente contigo mismo. Sé mortificado y alegre. Ese será tu apostolado» (Amigos de Dios, Madrid, 1977, pág. 384).


Los cristianos de la Prelatura del Opus Dei y muchas otras per­sonas intentan recorrer este camino. Y, siendo iguales a los demás, trabajadores, estudiantes, empleados, funcionarios, etcétera, no se les ocurre por ello hacer cosas extravagantes para encontrar a Dios o para llevar los demás a Dios. Se limitan a trabajar, a cumplir sus deberes profesionales, a ser amigos de sus amigos, a comportarse lo más ejemplarmente posible en la vida familiar. A pesar de ello, la labor apostólica de la Prelatura ha experimentado la contradic­ción, por ejemplo, cuando se acusa de abusar de la confianza propia de la amistad, porque siempre estaría involucrado el empeño por acercar alguien a Cristo. ¿Es posible hablar así cuando existe la expe­riencia de la verdadera amistad y de la vida de fe?

7 de mayo de 2021

AMIGOS DE TODOS / Toda misión es misión de servicio.




Evangelio (Jn 15,12-17)

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

—Éste es mi mandamiento: que os améis los unos a los otros como yo os he amado. Nadie tiene amor más grande que el de dar uno la vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que os mando. Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor; a vosotros, en cambio, os he llamado amigos, porque todo lo que oí de mi Padre os lo he hecho conocer. No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os he elegido a vosotros, y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto permanezca, para que todo lo que pidáis al Padre en mi nombre os lo conceda. Esto os mando: que os améis los unos a los otros.


Comentario

Hace años se preguntaba Benedicto XVI en su primera encíclica: “¿Se puede mandar el amor?”[1]. Tantos lo consideran hoy un sentimiento, quizá el más noble, pero sujeto al fin y al cabo a los vaivenes del corazón humano. Pero podemos considerar ese amor primero en Dios hacia nosotros: “En la historia de amor que nos narra la Biblia, Él sale a nuestro encuentro, trata de atraernos, llegando hasta la Última Cena, hasta el Corazón traspasado en la cruz, hasta las apariciones del Resucitado y las grandes obras mediante las que Él, por la acción de los Apóstoles, ha guiado el caminar de la Iglesia naciente”[2]. En verdad, Jesús se ha manifestado como nuestro mejor amigo. Él encarna el oráculo del profeta: “Con amor eterno te he amado” (Jeremías 31,3).

En Jesús el amor no es frágil ni efímero. Es eterno, más fuerte que la muerte (cf. Cantar de los cantares 8,6). La amistad que Él nos ha manifestado, además de ser el mismo Amor increado, es también humana, un ejemplo que, con la gracia de Dios, es capaz de arrastrarnos para lanzarnos también nosotros a dar la vida por los demás, en multitud de detalles: escuchar, servir, aconsejar, perdonar, cuidar, etc., “especialmente a los hermanos en la fe” (Gálatas 6,10). Pero también “a todos” (ibid.), porque, con el amor de Cristo, todos pueden llegar a ser amigos: no solo aquellos con quienes más congeniamos; también quienes piensan de modo distinto, o actúan no conforme a nuestras expectativas. Cuando Judas entregó al Maestro con un beso, este le respondió: “Amigo, haz lo que has venido a hacer” (Mateo 26,50).

El Amor es prerrogativa de Dios, podríamos decir que Él tiene la “patente”: “No hay más amor que el Amor”, escribe San Josemaría[3]. El discípulo de Cristo, elegido por Dios con vocación divina, tiene esta hermosa carga: mientras va transformando su corazón a la medida del corazón del Maestro, aprende a querer a los demás y va produciendo los frutos sabrosos y duraderos del Amor de Dios en los demás.

PARA HACER UN RATO DE ORACION

- El don de ser amados por Dios.

- Jesús permanece cerca de nosotros.

- Toda misión es misión de servicio.


A LO LARGO de los años, al echar la mirada atrás, los apóstoles recordarían las palabras de Jesús en la Última Cena. En el Cenáculo, tantas aventuras de los últimos tres años parecerían lejanas, incluso de poca importancia, porque ahora vislumbraban que el Señor los quería para algo mayor. Sus vidas tendrán un sentido más profundo, un alcance más largo: el mundo entero. Las palabras del Señor se quedarían para siempre en sus almas: «Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando» (Jn 15,14). Amigos del mismo Hijo de Dios. Quizá costaba creerlo, pero era cierto. El Señor afirmaría enseguida que nadie tiene amor más grande que quien da la vida por sus amigos. Y es precisamente lo que Jesús ha hecho por nosotros: nos reconoce amigos y nos da su propia vida, especialmente en el tesoro de los sacramentos. Por eso hablamos de “gracia”, porque se trata de un don inmerecido. Brota en nosotros una respuesta de confianza total cuando vislumbramos el «amor gratuito y “apasionado” que Dios tiene por nosotros y que se manifiesta plenamente en Jesucristo»[1].


Tenemos fe en el amor del Señor por cada una y por cada uno. Ese hecho embellece la vida, le da un sentido, una dirección y un fundamento. Nos permite teñir nuestra existencia de felicidad y de santidad. Se va expandiendo a lo largo de los años. El eco de la voz de Cristo en el Cenáculo nos devuelve, una y otra vez, también hoy, a la seguridad de ese amor. «No es difícil imaginar en parte los sentimientos del corazón de Jesucristo en aquella tarde, la última que pasaba con los suyos, antes del sacrificio del Calvario. Considerad la experiencia, tan humana, de la despedida de dos personas que se quieren. Desearían estar siempre juntas, pero el deber –el que sea– les obliga a alejarse. Su afán sería continuar sin separarse, y no pueden. El amor del hombre, que por grande que sea es limitado, recurre a un símbolo: los que se despiden se cambian un recuerdo, quizá una fotografía, con una dedicatoria tan encendida, que sorprende que no arda la cartulina. No logran hacer más porque el poder de las criaturas no llega tan lejos como su querer. Lo que nosotros no podemos, lo puede el Señor. Jesucristo, perfecto Dios y perfecto Hombre, no deja un símbolo, sino la realidad: se queda él mismo»[2].


CADA UNO puede hacer memoria del momento en que Cristo se metió más de lleno en su vida, cuando ya no se podía estar sin él. Para todo cristiano, esa compañía del Señor que no nos faltará supone el punto de partida de la misión apostólica. Pedro, Juan, Judas Tadeo, Santiago, Felipe… Todos los apóstoles entienden que esa misión de horizonte amplio constituye la razón de su vivir. No pueden ocultar la alegría de la amistad y de la elección de Cristo. Se adentrarán por caminos polvorientos y surcarán mares en tormenta y en bonanza, serán perseguidos y serán testigos de conversiones… Todo valdrá la pena porque nada les aparta del amor de Dios.


«Cuando, en el Evangelio, Jesús invita a los discípulos en misión, no les ilusiona con espejismos de éxito fácil; al contrario, les advierte claramente que el anuncio del Reino de Dios conlleva siempre una oposición (...). La única fuerza del cristiano es el Evangelio. En los tiempos de dificultad, Jesús está delante de nosotros y no cesa de acompañar a sus discípulos (...). En medio del torbellino, el cristiano no pierde la esperanza pensando en que ha sido abandonado. Jesús nos tranquiliza diciendo: «Hasta los cabellos de vuestra cabeza están todos contados» (Mt 10,30). Ninguno de los sufrimientos del hombre, ni siquiera los más pequeños y escondidos, son invisibles ante los ojos de Dios. Dios ve, protege y donará su recompensa. Efectivamente, en medio de nosotros hay alguien que es más fuerte que el mal»[3].


Daréis fruto duradero, nos viene a decir el Señor; porque os he destinado a algo grande, hermoso, a compartir lo que habéis visto y oído, a llevarlo hasta el último rincón de esta tierra. Y como es misión que Dios mismo nos encomienda, su eficacia permanece firme, aunque los resultados no siempre podamos medirlos con nuestros propios parámetros. Decía san Josemaría que «Jesús es simultáneamente el sembrador, la semilla y el fruto de la siembra»[4]. Así atravesaremos las incidencias de la historia con esperanza firme y renovada.


TODA MISIÓN confiada por Cristo es una misión de amor y servicio. Cualquier cristiano, desde el último bautizado hasta los sucesores de los apóstoles, viven su llamada como verdadera entrega a los demás. «Nunca olvidemos que el verdadero poder es el servicio, y que también el Papa, para ejercer el poder, debe entrar cada vez más en ese servicio que tiene su culmen luminoso en la cruz»[5]. Servir es una palabra hermosa: Cristo es siervo doliente, María es sierva del Señor. Solo sirve quien sabe querer y, a la vez, solo quiere quien ha aprendido a servir. Ponerse en el lugar del otro, pensar en los demás, no imponerse, abrirse a puntos de vista diferentes, a gustos distintos, advertir el cariño del Señor por cada alma, cuidar a los demás a través de nuestro trabajo… Todo eso es aprender a querer.


«Todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer» (Jn 15,15), nos dice Jesús. Por eso, estamos llamados también a un servicio que es vibración apostólica, la misma que nos transmite el Señor; compartir lo que vivimos y lo que nos llena de entusiasmo y de paz. «Dios ha hecho al hombre de tal manera que no puede dejar de compartir con otros los sentimientos de su corazón: si ha recibido una alegría, nota en él una fuerza que le lleva a cantar y a sonreír, a hacer –del modo que sea– que otros participen de su felicidad»[6].


«Con obras de servicio –escribía san Josemaría–, podemos preparar al Señor un triunfo mayor que el de su entrada en Jerusalén... Porque no se repetirán las escenas de Judas, ni la del Huerto de los Olivos, ni aquella noche cerrada... ¡Lograremos que arda el mundo en las llamas del fuego que vino a traer a la tierra!...»[7]. Como en la Santísima Virgen, se enciende en nosotros, a pesar de las normales dificultades, el afán de servir a cada persona. «¡Oh, Madre!: que sea la nuestra, como la tuya, la alegría de estar con él y de tenerlo»[8].


[1] Benedicto XVI, Mensaje, 15-X-2012.


[2] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 83.


[3] Francisco, Audiencia general, 28-VI-2017.


[4] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 151.


[5] Francisco, Homilía, 19-III-2013.


[6] San Josemaría, Cartas 37, n. 16.


[7] San Josemaría, Forja, n. 947.


[8] San Josemaría, Surco, n. 95.

30 de noviembre de 2020

SAN ANDRÉS APOSTOL*


— El primer encuentro con Jesús.

— Apostolado de la amistad,

— Desprendimiento y prontitud para seguir al Señor.


I. Fueron y vieran dónde vivía, y permanecieron aquel día con Él. Era alrededor de la hora décima1.


Andrés y Juan fueron los primeros Apóstoles llamados por Jesús, según nos relata el Evangelio. El Maestro ha comenzado su ministerio público y enseguida, al día siguiente, comienza a llamar a los que estarán más cercanos a su Persona. Se encontraba el Bautista con dos de sus discípulos y, fijándose en Jesús que pasaba, dijo: He aquí el Cordero de Dios2. Y los dos se fueron detrás del Señor. Se volvió Jesús y, viendo que le seguían, les preguntó: ¿Qué buscáis? Ellos le dijeron: Rabí (que significa Maestro), ¿dónde vives? Les respondió: Venid y veréis. Era en realidad una amable invitación a que le acompañaran. Durante aquel día Jesús les hablaría de mil cosas con sabiduría divina y encanto humano, y quedaron ya para siempre unidos a su Persona. Andrés, el hermano de Simón Pedro, era uno de los dos que habían oído a Juan y le siguieron. Juan, después de muchos años, pudo anotar en su Evangelio la hora del encuentro: Era alrededor de la hora décima, hacia las cuatro de la tarde. Jamás olvidó aquel momento en que Jesús les dijo: ¿Qué buscáis? Andrés también recordaría siempre aquel día definitivo.


Nunca se olvida el encuentro decisivo con Jesús. Aceptar la llamada del Señor, ser recibido en el círculo de sus más íntimos, es la mayor gracia que se puede recibir en este mundo. Representa ese día feliz, inolvidable, en el que somos invadidos por la clara invitación del Maestro, ese don inmerecido, tanto más valioso por cuanto viene de Dios, que da sentido a la vida e ilumina el futuro. Hay llamadas de Dios que son como una invitación dulce y silenciosa; otras, como la de San Pablo, fulminantes como un rayo que rasga la oscuridad, y también hay llamadas en las que el Maestro pone sencillamente la mano sobre el hombro, mientras dice: ¡Tú eres mío! ¡Sígueme! Entonces, el hombre, lleno de alegría, va, vende cuanto tiene y compra aquel Campo3, porque en él está su tesoro. Ha descubierto, entre los muchos dones de la vida, como un experto que busca perlas finas4, la de mayor valor5.


Venid y veréis. Es en el trato personal con el Señor donde Andrés y Juan conocieron, por experiencia personal, aquello que con las solas palabras no hubieran entendido, del todo6. Es en la oración personal, en la intimidad con Cristo, donde conocemos sus múltiples invitaciones y llamadas a seguirle más de cerca. Ahora, mientras hablamos con Él, nos podríamos preguntar si tenemos el oído atento a su voz inconfundible, si estamos respondiendo hasta el fondo a lo que nos pide, porque Cristo pasa junto a nosotros y llama. Él sigue presente en el mundo, con la misma realidad de hace veinte siglos, y busca colaboradores que le ayuden a salvar almas. Vale la pena decir que sí a esta empresa divina.


II. Dijo Andrés a su hermano Simón: ¡Hemos encontrado al Mesías! (que significa Cristo). Y lo llevó a Jesús7.


El encuentro con Jesús dejó a Andrés con el alma llena de felicidad y de gozo; una alegría nueva que era necesario comunicar enseguida. Parece como si no pudiera retener tanta dicha. Al primero que encontró fue a su hermano Pedro. Y comenta San Juan Crisóstomo que, después de haber estado con Jesús, después de haberle tratado durante aquel día, «no guardó para sí este tesoro, sino que se apresuró a acudir a su hermano, para hacerle partícipe de su dicha»8. Andrés debió hablar a Pedro con entusiasmo de su descubrimiento: ¡Hemos encontrado al Mesías!, le dice con ese tono especial del que está convencido, pues logra que Pedro, quizá cansado después de una jornada de trabajo, vaya hasta el Maestro, que ya le esperaba: Y lo llevó hasta Jesús. Esa es nuestra tarea: llevar a Cristo a nuestros parientes, amigos y conocidos, hablándoles con ese convencimiento que persuade. Este anuncio es propio del alma que «se llena de gozo con su aparición y que se apresura a anunciar a los demás algo tan grande. Esta es la prueba del verdadero y sincero amor fraternal, el mutuo intercambio de bienes espirituales»9. Verdaderamente, quien encuentra a Cristo lo encuentra para todos y, en primer lugar, para los más cercanos: parientes, amigos, colegas...


Nosotros hemos tratado con intimidad ¡quizá desde hace no pocos años! a Cristo, que pasó cerca de nuestra vida: «como Andrés, también nosotros, por la gracia de Dios, hemos descubierto al Mesías y el significado de la esperanza que hay que transmitir a nuestro pueblo»10. El Señor se vale con frecuencia de los lazos de la sangre, de la amistad... para llamar a otras almas a seguirle. Esos vínculos pueden abrir la puerta del corazón de nuestros parientes y amigos a Jesús, que a veces no puede entrar debido a los prejuicios, los miedos, la ignorancia, la reserva mental o la pereza. Cuando la amistad es verdadera no son necesarios grandes esfuerzos para hablar de Cristo: la confidencia surgirá como algo normal. Entre amigos es fácil intercambiar puntos de vista, comunicar hallazgos... ¡Sería tan poco natural que no habláramos de Cristo, siendo lo más importante que hemos descubierto y el motor de nuestro actuar!


La amistad, con la gracia de Dios, puede ser el cauce natural y divino a un mismo tiempo para un apostolado hondo, capilar, hecho uno a uno. Muchos descubrirán por nuestras palabras llenas de esperanza y de alegría a Jesús cercano, como lo encontró Pedro, como quizá lo hallamos en otro tiempo nosotros. «Un día no quiero generalizar, abre tu corazón al Señor y cuéntale tu historia, quizá un amigo, un cristiano corriente igual a ti, te descubrió un panorama profundo y nuevo, siendo al mismo tiempo viejo como el Evangelio. Te sugirió la posibilidad de empeñarte seriamente en seguir a Cristo, en ser apóstol de apóstoles. Tal vez perdiste entonces la tranquilidad y no la recuperaste, convertida en paz, hasta que libremente, porque te dio la gana que es la razón más sobrenatural-, respondiste que sí a Dios. Y vino la alegría, recia, constante, que solo desaparece cuando te apartas de Él»11. Esa alegría que solo hemos encontrado al seguir los pasos del Maestro, y que deseamos que muchos participen.


III. Un tiempo más tarde, mientras caminaban junto al mar de Galilea, vio a dos hermanos, Simón el llamado Pedro y Andrés su hermano, que echaban la red al mar, pues eran pescadores. Y les dijo Jesús: Seguidme y os haré pescadores de hombres. Ellos, al instante dejaron las redes y le siguieron12. Es la llamada definitiva, culminación de aquel primer encuentro con el Maestro. Andrés, como los demás Apóstoles, respondió al instante, con prontitud. San Gregorio Magno, al comentar esta llamada definitiva de Jesús y el desprendimiento de todo lo que poseían con que respondieron aquellos pescadores, enseña que el reino de los cielos «vale tanto cuanto tienes»13. Ante Jesús que pasa no podemos reservarnos nada. Mucho dejaron Pedro y Andrés, «puesto que ambos dejaron los deseos de poseer»14. El Señor necesita corazones limpios y desprendidos. Y cada cristiano que sigue a Cristo ha de vivir, según su peculiar vocación, este espíritu de entrega. No puede haber algo en nuestra vida que no sea de Dios. ¿Qué nos vamos a reservar cuando el Maestro está tan cerca, cuando le vemos y le tratamos todos los días?


Este desprendimiento nos permitirá acompañar a Jesús que continúa su camino con paso rápido, que no sería posible seguir con demasiados fardos. El paso de Dios puede ser ligero, y sería triste que nos quedásemos atrás por cuatro cosas que no valen la pena. Él, de una forma u otra, pasa siempre cerca de nosotros y nos llama. Una veces lo hace a una edad temprana, otras en la madurez, y también cuando ya falta un trayecto más corto para llegar hasta Él, como se desprende de aquella parábola de los jornaleros que fueron contratados a diversas horas del día15. En cualquier caso, es necesario responder a esa llamada con la alegría estremecida que nos han dejado los Evangelistas cuando recuerdan su llamada. Es el mismo Jesús el que pasa ahora, el que nos ha invitado a seguirle.


Cuenta la tradición que San Andrés murió alabando la cruz, pues le acercaba definitivamente a su Maestro: «Oh cruz buena, que has sido glorificada por causa de los miembros del Señor, cruz por largo tiempo deseada, ardientemente amada, buscada sin descanso y ofrecida a mis ardientes deseos (...), devuélveme a mi Maestro, para que por ti me reciba el que por ti me redimió»16. No nos importarán los mayores sacrificios si vemos a Jesús detrás de ellos.


*San Andrés Apóstol era natural de Betsaida, hermano de Simón y pescador como él. Fue al principio discípulo de Juan el Bautista, y luego uno de los primeros que conoció a Jesús, y quien llevó a Pedro al encuentro con el Maestro. En la multiplicación de los panes, Andrés es quien dice a Jesús que había un muchacho con unos panes y unos peces. Según la tradición, predicó el Evangelio en Grecia y murió crucificado en Acaya en una cruz en forma de aspa.

29 de julio de 2020

SANTA MARTA *

— Confianza y amor al Maestro.
— La Humanidad Santísima de Jesús.
— La amistad con el Señor nos hace fácil el camino.

I. La festividad de Santa Marta nos permite entrar una vez más en el hogar de Betania, bendecido tantas veces por la presencia de Jesús. Allí, en la familia formada por aquellos hermanos, Marta, María y Lázaro, el Señor encontraba cariño, y también descanso para su cuerpo fatigado por recorridos interminables por aldeas y ciudades. Jesús buscaba refugio entre sus amigos, especialmente cuando en los últimos días tropezaba más frecuentemente con la incomprensión y el desprecio, por parte principalmente de los fariseos. Los sentimientos del Maestro hacia los hermanos de Betania vienen expresados por San Juan en su Evangelio: Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro1. ¡Eran amigos!

El Evangelio de la Misa2 nos relata la llegada de Jesús al hogar de esta familia, cuando hacía cuatro días que Lázaro había muerto. Poco tiempo antes, cuando ya Lázaro estaba muy grave, las hermanas enviaron al Maestro este recado lleno de confianza: Señor, mira, aquel a quien amas está enfermo3. Y Jesús, que se encontraba en Galilea, a varias jornadas de camino, cuando oyó que estaba enfermo, se quedó aún dos días en el mismo lugar. Después, pasados estos, dijo a sus discípulos: Vamos otra vez a Judea4. Cuando llegó a Betania, Lázaro llevaba ya cuatro días sepultado.

Marta, siempre atenta y activa, probablemente antes de que Jesús llegara a la casa se enteró de que se aproximaba, y salió enseguida a recibirlo. Y a pesar de que, aparentemente, el Señor no había acudido a la llamada, su confianza y su amor no han disminuido. Señor le dice Marta, si hubieses estado aquí, no habría muerto mi hermano...5. Le reprocha con suma delicadeza no haber llegado antes. Marta esperaba la curación de su hermano cuando estaba todavía enfermo. Y Jesús, con un gesto amable, quizá con una sonrisa en los labios, la sorprende: Tu hermano resucitará6. Marta acoge estas palabras como un consuelo y piensa en la resurrección definitiva, y contesta: Ya sé que resucitará en la resurrección, en el último día7. Estas palabras provocan una portentosa declaración de Jesús acerca de su divinidad: Yo soy la Resurrección y la Vida, el que cree en Mí, aunque hubiera muerto, vivirá, y todo el que vive y cree en Mí no morirá para siempre8. Y le pregunta: ¿Crees tú esto? ¿Quién podría sustraerse a la autoridad soberana de esta declaración? ¡Yo soy la Resurrección y la Vida! ¡Yo...! ¡Yo soy la razón de ser de todo cuanto existe! Jesús es la Vida, no solo la que empieza en el más allá, sino también la vida sobrenatural que la gracia opera en el alma del hombre que todavía se encuentra en camino. Son palabras extraordinarias que nos llenan de seguridad, que nos acercan cada vez más a Cristo, y que nos llevan a hacer nuestra la respuesta de Marta: Yo he creído que Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, que has venido a este mundo9. El Señor, momentos después, resucitará a Lázaro.

Admiramos en Marta su fe, y querríamos imitarla en su amistad confiada con el Maestro. «¿Has visto con qué cariño, con qué confianza trataban sus amigos a Cristo? Con toda naturalidad le echan en cara las hermanas de Lázaro su ausencia: ¡te hemos avisado! ¡Si Tú hubieras estado aquí!...

»-Confíale despacio: enséñame a tratarte con aquel amor de amistad de Marta, de María y de Lázaro; como te trataban también los primeros Doce, aunque al principio te seguían quizá por motivos no muy sobrenaturales»10.

II. Un tiempo después, estando ya cercana la Pascua, Jesús visitó de nuevo a estos amigos: fue a Betania donde vivía Lázaro, al que Jesús resucitó de entre los muertos. Allí le prepararon una cena. Marta servía y Lázaro era uno de los que estaban a la mesa con Él11.

Marta servía... ¡Con qué amor agradecido lo haría! Allí, en su casa, estaba el Mesías, allí estaba Dios necesitado de sus atenciones. Y ella podía servirle. Dios se ha hecho Hombre para estar muy cerca de nuestras necesidades, para que aprendamos a amarle a través de su Humanidad Santísima, para que podamos ser sus amigos entrañables. No podemos dejar de considerar una y otra vez que el mismo Jesús de Nazareth, de Cafarnaún, de Betania, es el mismo que nos espera en el Sagrario más próximo, «necesitado» de nuestras atenciones. «Es verdad que a nuestro Sagrario le llamo siempre Betania... Hazte amigo de los amigos del Maestro: Lázaro, Marta, María. Y después ya no me preguntarás por qué llamo Betania a nuestro Sagrario»12. Allí está Él. No podemos pasar indiferentes, no debemos dejar de visitarle cada día..., y permanecer en su compañía esos minutos de acción de gracias, después de la Comunión, sin prisas, sin inquietud. Nada hay más importante.

Enseña Santo Tomás que no hubo otro modo más conveniente para redimir a los hombres que el de su Encarnación13. Y aduce estas razones: en cuanto a la fe, porque se hacía más fácil creer, ya que Dios mismo era el que hablaba; en cuanto a la esperanza, por la prueba tan grande de su voluntad salvífica que esto representaba; en cuanto a la caridad, porque nadie tiene amor más grande que aquel que da la vida por sus amigos14; en cuanto a las obras, porque el mismo Dios nos iba a servir de modelo: asumiendo nuestra carne nos mostraba la importancia de la criatura humana, con su humillación curaba nuestra soberbia...

En la Humanidad Santísima de Jesús toma forma humana el amor que Dios nos tiene, abriéndose así un plano inclinado que nos lleva suavemente a Dios Padre. Por eso, la vida cristiana consiste en querer a Cristo, en imitarle, en seguirle de cerca, atraídos por su vida. La santificación no tiene su centro en la lucha contra el pecado, no es algo negativo; está centrada en Jesucristo, objeto de nuestro amor: no se trata solo de evitar el mal, sino de amar al Maestro y de imitarle a Él, que pasó haciendo el bien...15. La vida cristiana es profundamente humana: el corazón tiene un importante lugar en la obra de nuestra santidad porque Dios se ha puesto a su alcance. Y cuando se descuida la vida de piedad, la amistad personal con el Maestro, dejando que el corazón ande desparramado en las criaturas, la fuerza de la voluntad no basta para ir hacia adelante en el camino de la santidad. Por eso, hemos de esforzarnos en verle siempre cercano a nuestra vida, y servirnos de la imaginación para representarnos a Cristo vivo: el que nació en Belén, trabajó en Nazareth, tuvo amigos durante su vida mortal a los que apreciaba de verdad y a quienes acudió muchas veces porque su compañía lo confortaba.

Aprendamos de los amigos de Jesús a tratarle con inmenso respeto, porque es Dios, y con gran confianza, por ser el Amigo de siempre, que busca continuamente nuestro trato.

III. En otra ocasión, Jesús y sus discípulos se detuvieron en casa de estos amigos de Betania, antes de llegar a Jerusalén. Las dos hermanas se dispusieron a preparar todo lo necesario para dar hospitalidad al Maestro y al grupo de los que le acompañaban. Pero María, quizá al poco tiempo de llegar Jesús, se sentó a sus pies, y escuchaba su palabra16, y Marta quedó sola en el trabajo de la casa. María se despreocupa de lo mucho que aún falta por disponer y se entrega por completo a escuchar al Maestro. «La familiaridad con que se instala a sus pies, el hábito que tiene de escucharle, el hambre de oír sus palabras, demuestran que no es este un primer encuentro, sino que hay una verdadera intimidad»17. Marta no es ciertamente indiferente a las palabras de Jesús; ella también atiende, pero está más ocupada en las tareas domésticas. Sin darse cuenta, Jesús ha pasado a un segundo plano: la absorbe aquello mismo que ha de disponer para atenderle bien. Y se inquieta al sentirse sola, con más trabajo quizá del que puede realizar. Mientras, contempla a su hermana a los pies de Jesús. Quizá un tanto desasosegada, y con gran confianza, se puso delante de Jesús, precisa San Lucas, y le dijo: Señor, ¿no te importa nada que mi hermana me deje sola en el trabajo de la casa? Dile, pues, que me ayude18. ¡Qué confianza tan grande tiene con el Maestro!: Dile que me ayude...

Jesús le responde en el mismo tono familiar, como parece indicar la misma repetición del nombre: Marta, Marta le dice, tú te preocupas y te inquietas por muchas cosas. En verdad una sola cosa es necesaria19. María, que con toda seguridad tendría que haber estado ayudando a su hermana, no ha olvidado con todo lo esencial, lo verdaderamente necesario: tener a Cristo como centro de su atención y de su vida. No alaba el Señor toda su actitud, sino lo principal: su amor.

Ni siquiera las cosas que se refieren al Señor nos deben hacer olvidar al Señor de las cosas. Nunca olvidaría Marta esta amable reconvención de Jesús. A pesar de lo indispensable que era su trabajo, mayor aún era el esmero que debía tener por no dejar a Jesús en segundo plano.

Ni siquiera en las tareas que se refieren directamente al Señor debemos olvidar nosotros que lo principal, lo necesario, es su Persona. También en nuestra vida ordinaria debemos tener presente que asuntos que parecen primordiales, como es el trabajo, tampoco se han de anteponer a la familia misma; de poco servirían otras ayudas mejoras económicas, relaciones sociales... si la misma vida familiar se fuera deteriorando por quedar en segundo plano, excepto en casos excepcionales que pueden llevar a que, por ejemplo, sea necesario que el cabeza de familia trabaje en un lugar distante de donde reside el resto de la familia (emigrantes, marinos...). Si un padre o una madre de familia gana más dinero, pero descuida el trato con los hijos, ¿de qué servirá?

Santa Marta, que goza en el Cielo para siempre de la presencia inefable de Cristo, nos alcanzará la gracia de apreciar más la amistad con el Maestro; nos enseñará a cuidar con diligencia de las cosas del Señor, sin olvidar al Señor de las cosas; ella intercederá ante Jesús para que nosotros aprendamos a no posponer tampoco la familia a esos logros buenos que queremos alcanzar en favor de la familia misma.

*Santa Marta vivía en Betania, cerca de Jerusalén, con sus hermanos María y Lázaro. En la última etapa de la vida pública, Jesús se hospedó con frecuencia en su casa. Fuertes lazos de amistad unían a aquellos hermanos con Jesús.

28 de julio de 2020

AMIGOS DE DIOS

— Amistad con Jesús.
— Jesucristo, ejemplo de toda amistad verdadera.
— Fomentar una amistad cordial y optimista.

I. En la larga travesía del desierto, el pueblo de Dios instalaba, fuera del lugar donde acampaba, la llamada Tienda de la reunión o del encuentro. Se trataba de un sitio sagrado, santo, un lugar aparte. El que visitaba al Señor salía fuera del campamento y se dirigía a la Tienda del encuentro. Allí iba Moisés para exponer al Señor las necesidades del pueblo, y Dios hablaba a Moisés cara a cara, como habla un hombre con su amigo1.

En diversas ocasiones nos muestra la Sagrada Escritura a Dios como amigo de los hombres. También Abrahán es llamado el amigo de Dios2, y el pueblo apelaba con frecuencia a esta amistad para invocar el perdón y la protección divina. Es más, toda la revelación tiende a formar un pueblo amigo de Dios, enlazado con Él por una estrecha Alianza, que es continuamente renovada. «Dios invisible, movido de amor, habla a los hombres como amigos, trata con ellos para invitarlos y recibirlos en su compañía»3. Este designio divino tuvo su pleno cumplimiento cuando, llegada la plenitud de los tiempos, el Hijo de Dios, la Segunda Persona de la Trinidad Santa, se hizo hombre. Como la amistad supone cierta igualdad y comunidad de vida4, y la distancia entre Dios y el hombre es infinita, Dios tomó la naturaleza humana, y el hombre se hizo partícipe de la divinidad mediante la gracia santificante5.

«El amigo es amigo para el amigo», la amistad exige benevolencia mutua. Primero nos amó Dios, y así pudimos corresponder; nosotros le amamos porque Él nos amó primero6. El hombre manifiesta su correspondencia aceptando este amor de Dios, abriéndole su alma, dejándose amar, expresando en obras su amor.

La esencia de la amistad entre Dios y los hombres se fundamenta en la naturaleza de la caridad, que es sobrenatural y se derrama en nuestros corazones7 para que podamos amar a Dios con el mismo amor con el que Él nos ama. Jesús nos dice: Como el Padre me amó a Mí, Yo también os he amado a vosotros; permaneced en mi amor8. Y dirigiéndose al Padre: el amor con que Tú me has amado esté en ellos, y Yo en ellos9. La seguridad de que Dios nos ama es la raíz de la alegría y gozo del cristiano: Vosotros sois mis amigos...10. ¡Qué inmensa alegría podernos llamar amigos de Dios!

A lo largo de su vida terrena, Nuestro Señor estuvo siempre abierto a una amistad sincera con quienes se le acercaban; es más, en muchas ocasiones fue Él quien tomó la iniciativa para atraerse a todos a Sí: con Zaqueo, con la mujer samaritana..., con todos. Era amigo de sus discípulos, que son conscientes de este particular aprecio. Cuando no entendían algo, se acercaban a Él con confianza, como nos muestra el Evangelio de la Misa de hoy11: explícanos la parábola, le piden con toda naturalidad. Y el Señor les toma aparte y les desvela el contenido de sus enseñanzas de una manera más íntima. También participaban de sus alegrías y de sus preocupaciones; y recibían aliento y ánimo cuando lo necesitaban.

Del mismo modo, el Señor nos ofrece ahora su amistad desde el Sagrario. Allí nos consuela, nos anima, nos perdona. En el Sagrario, como en aquella Tienda del encuentro, habla el Señor con todos, cara a cara, como un hombre habla con su amigo. Con la gran diferencia de que aquí, en nuestros templos, está Dios hecho Hombre: Jesús, el mismo que nació de Santa María, el que murió por nosotros en una cruz.

II. A Jesús le gustaba conversar con quienes acudían a Él o con quienes encontraba en el camino. Aprovechaba estas ocasiones para llegar al fondo del alma y levantar el corazón hasta un plano más alto, muchas veces –cuando sus interlocutores estaban bien dispuestos– hasta la conversión y la entrega plena. También quiere hablar con nosotros en la intimidad de la oración. Y para eso debemos estar abiertos al diálogo, a la amistad sincera. «Él mismo nos ha cambiado de siervos en amigos, como claramente lo dijo: vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que os he mandado (Jn 15, 14). Nos ha dejado el modelo que debemos imitar. Por tanto, hemos de compartir la voluntad del amigo, revelarle confidencialmente lo que tenemos en el alma y no ignorar nada de cuanto Él lleva en su corazón. Abrámosle nuestra alma, y Él nos abrirá la suya. En efecto, el Señor declara: os he llamado mis amigos porque os he comunicado todo lo que he oído a mi Padre (Jn 15, 14). El verdadero amigo, pues, no oculta nada al amigo; le descubre todo su ánimo, así como Jesús derramaba en el corazón de los Apóstoles los misterios del Padre»12.

Los cristianos podemos ser hombres y mujeres con más capacidad de amistad, porque el trato habitual con Jesucristo nos dispone a salir de nuestro egoísmo, de la preocupación excesiva por los problemas personales, y así estar abiertos a quienes frecuentan nuestro trato, aunque sean de diferente edad, aficiones, cultura o posición. La amistad, con todo, no nace de un simple encuentro ocasional, ni de la mutua necesidad de ayuda. Ni siquiera la camaradería, el trabajo en común o la misma convivencia llevan necesariamente a la amistad. No son amigas dos personas que se encuentran todos los días en la misma escalera, en el transporte público o en la oficina. Ni la mutua simpatía es, por sí misma, amistad.

Afirma Santo Tomás13 que no todo amor indica amistad, sino el amor que entraña benevolencia, es decir, cuando apreciamos a alguien de tal manera que deseamos para él el bien. Existe más posibilidad de amistad cuanto más grande es la ocasión de difundir el bien que se posee: «solo son verdaderos amigos aquellos que tienen algo que dar y, al mismo tiempo, la humildad suficiente para recibir. Por eso es más propia de los hombres virtuosos. El vicio compartido no produce amistad sino complicidad, que no es lo mismo. Nunca podrá ser legitimado el mal con una pretendida amistad»14; el mal, el pecado, no une jamás en la amistad y en el amor.

Nosotros, los cristianos, podemos dar a nuestros amigos comprensión, tiempo, ánimo y aliento en las dificultades, optimismo y alegría, muchos detalles de servicio..., pero, sobre todo, podemos y debemos darles el bien más grande que poseemos: Cristo mismo, el Amigo por excelencia. Por eso la amistad verdadera lleva al apostolado, en el que comunicamos los bienes inmensos de la fe.

III. ...Y conversaba con Moisés, cara a cara, como habla un hombre con su amigo. Quien vive en amistad con Dios entenderá con más facilidad el valor de la amistad en sí misma y, sin instrumentalizarla, será cauce de un apostolado fecundo, como exigencia que le es natural, que pide comunicar al amigo los bienes propios.

Un amigo fiel es poderoso protector; el que lo encuentra halla un tesoro. Nada vale tanto como un amigo fiel; su precio es incalculable15. Por eso mismo la amistad necesita ser protegida y defendida contra el paso del tiempo, que lleva al olvido, al distanciamiento; contra la envidia, que es frecuentemente lo que más corrompe la amistad16. Ojalá podamos decir como aquel hombre, que terminaba así unos apuntes autobiográficos: «De algo puedo ufanarme: no creo haber perdido jamás un amigo».

Al amigo se le pide que sea fiel, que se mantenga firme en las dificultades, que resista la prueba del tiempo y de las contradicciones, que salga en defensa de su amigo en cualquier situación que se presente: «ser fieles a la amistad verdadera –aconsejaba San Ambrosio–, porque nada hay más hermoso en las relaciones humanas. Ciertamente consuela mucho en esta vida tener un amigo a quien abrir el corazón, desvelar la propia intimidad y manifestar las penas del alma; alivia mucho tener un amigo fiel que se alegre contigo en la prosperidad, comparta tu dolor en la adversidad y te sostenga en los momentos difíciles»17.

Fomentemos la amistad cordial y sincera, optimista, con quienes nos relacionamos todos los días: con los vecinos, con los compañeros de trabajo o de estudio, con esas personas de las que recibimos o a quienes prestamos cada día un servicio exigido por el quehacer profesional o voluntario... Seamos amigos de modo particular de nuestro Ángel Custodio. «Todos necesitamos mucha compañía: compañía del Cielo y de la tierra. ¡Sed devotos de los Santos Ángeles! Es muy humana la amistad, pero también es muy divina; como la vida nuestra, que es divina y humana»18. El Ángel Custodio no se aleja por nuestros caprichos y defectos; sabe las flaquezas y miserias, y tal vez por eso nos ame más19.

Pero, sobre toda amistad, debemos hacer fuerte y piadosa la amistad «con el Gran Amigo, que nunca traiciona»20. A Él lo encontramos con suma facilidad; está siempre dispuesto a recibirnos, a permanecer con nosotros el tiempo que deseemos. «Id a cualquier parte del mundo donde queráis, cambiad de casa cuantas veces lo deseéis, en la iglesia católica más próxima vuestro Amigo está siempre esperándoos, día tras día»21. Allí le podemos hablar cara a cara, como un hombre habla con su Amigo; nos espera siempre y desea que vayamos a verle... y a oírle. En Él aprendemos de verdad a ser amigos de nuestros amigos, a estar siempre prontos y abiertos a toda amistad sincera, que será camino natural por el que Cristo, nuestro Amigo, llegue hasta lo más profundo de sus almas.

15 de mayo de 2020

EL VERDADERO SENTIDO DE LA AMISTAD

— Jesús, nos enseña la verdadera amistad.
— Cualidades de la verdadera amistad.
— Llevar a nuestros amigos a Jesús

I. Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos (...). Ya no os llamo siervos (...), a vosotros os llamo amigos1, nos dice el Señor en el Evangelio de la Misa.

Jesús es nuestro Amigo. En Él encontraron los Apóstoles su mejor amistad. Era alguien que les quería, con quien podían comunicar sus penas y alegrías, a quien podían preguntar con entera confianza. Sabían bien lo que deseaba expresar cuando les decía: amaos los unos a los otros... como Yo os he amado2. Las hermanas de Lázaro no encuentran mejor título que el de la amistad para solicitar su presencia: tu amigo está enfermo3, le mandan decir. Es el mayor argumento que tienen a mano.

Jesús buscó y facilitó la amistad a todos aquellos que encontró por los caminos de Palestina. Aprovechaba siempre el diálogo para llegar al fondo de las almas y llenarlas de amor. Y además de su infinito amor por todos los hombres, manifestó su amistad con personas bien determinadas: los Apóstoles, José de Arimatea, Nicodemo, Lázaro y su familia... Al mismo Judas no le negó el honroso título de amigo en el mismo momento en que este le entregaba en manos de sus enemigos. Estimaba mucho la amistad de sus amigos; a Pedro le preguntará después de las negaciones: ¿me amas?4, ¿eres mi amigo?, ¿puedo confiar en ti? Y le entrega su Iglesia: Apacienta mis corderos... apacienta mis ovejas.

«Cristo, Cristo resucitado, es el compañero, el Amigo. Un compañero que se deja ver solo entre sombras, pero cuya realidad llena toda nuestra vida, y que nos hace desear su compañía definitiva»5. Él, que ha compartido nuestra vida, quiere compartir también nuestras cargas: Yo os aliviaré6, nos dice a todos. Es el mismo que desea ardientemente que compartamos su gloria por toda la eternidad.

Jesucristo es el Amigo que nunca traiciona7, que cuando vamos a verle, a hablarle, está siempre disponible, que nos espera con el mismo calor de bienvenida, aunque por nuestra parte haya habido olvido y frialdad. Él ayuda siempre, anima siempre, consuela en toda ocasión.

La amistad con el Señor, que nace y se acrecienta en la oración y en la digna recepción de los sacramentos, nos hace entender mejor el significado de la amistad humana, que la Sagrada Escritura califica como un tesoro: Un amigo fiel –dice el Eclesiastés– es poderoso protector; el que lo encuentra halla un tesoro. Nada vale tanto como un amigo fiel; su precio es incalculable8. Los Apóstoles aprendieron de Cristo el verdadero sentido de la amistad. Y los Hechos de los Apóstoles nos muestran cómo San Pablo tuvo muchos amigos, a quienes quería entrañablemente, los echa de menos cuando están ausentes y se llena de alegría cuando tiene noticias de ellos9. La antigüedad cristiana nos ha dejado testimonios de grandes amistades entre los primeros hermanos en la fe.

II. El trato diario y la amistad con Jesucristo nos llevan a una actitud abierta, comprensiva, que aumenta la capacidad de tener amigos. La oración afina el alma y la hace especialmente apta para comprender a los demás, aumenta la generosidad, el optimismo, la cordialidad en la convivencia, la gratitud..., virtudes que facilitan al cristiano el camino de la amistad.

La amistad verdadera es desinteresada, pues más consiste en dar que en recibir; no busca el provecho propio, sino el del amigo: «El amigo verdadero no puede tener, para su amigo, dos caras: la amistad, si ha de ser leal y sincera, exige renuncias, rectitud, intercambio de favores, de servicios nobles y lícitos. El amigo es fuerte y sincero en la medida en que, de acuerdo con la prudencia sobrenatural, piensa generosamente en los demás, con personal sacrificio. Del amigo se espera la correspondencia al clima de confianza, que se establece con la verdadera amistad; se espera el reconocimiento de lo que somos y, cuando sea necesaria, también la defensa clara y sin paliativos»10.

Para que haya verdadera amistad es necesario que exista correspondencia, es preciso que el afecto y la benevolencia sean mutuos11. Si es verdadera, la amistad tiende siempre a hacerse más fuerte: no se deja corromper por la envidia, no se enfría por las sospechas, crece en la dificultad12, «hasta sentir al amigo como otro yo, por lo que dice San Agustín: Bien dijo de su amigo el que le llamó la mitad de su alma»13. Entonces se comparten con naturalidad las alegrías y las penas.

La amistad es un bien humano y, a su vez, ocasión para desarrollar muchas virtudes humanas, porque crea «una armonía de sentimientos y gustos que prescinde del amor de los sentidos, pero, en cambio, desarrolla hasta grados muy elevados, e incluso hasta el heroísmo, la dedicación del amigo al amigo. Creemos –enseñaba Pablo VI– que los encuentros (...) dan ocasión a almas nobles y virtuosas para gozar de esta relación humana y cristiana que se llama amistad. Lo cual supone y desarrolla la generosidad, el desinterés, la simpatía, la solidaridad y, especialmente, la posibilidad de mutuos sacrificios»14.

El buen amigo no abandona en las dificultades, no traiciona; nunca habla mal del amigo, ni permite que, ausente, sea criticado, porque sale en su defensa. Amistad es sinceridad, confianza, compartir penas y alegrías, animar, consolar, ayudar con el ejemplo.

III. A lo largo de los siglos, la amistad ha sido un camino por el que muchos hombres y mujeres se han acercado –se están acercando– a Dios y han alcanzado el Cielo. Es un sendero natural y sencillo, que elimina muchos obstáculos y dificultades. El Señor tiene en cuenta con frecuencia este medio para darse a conocer. Los primeros que le conocieron fueron a comunicar esta buena nueva a quienes amaban. Andrés trajo a Pedro, su hermano; Felipe, a su amigo Natanael; Juan seguramente llevó al Señor a su hermano Santiago...

Así se difundió la fe en Cristo en la primera cristiandad: a través de los hermanos, de padres a hijos, de los hijos a los padres, del siervo a su señor y a la inversa, del amigo al amigo. La amistad es una base excepcional para dar a conocer a Cristo, porque es el medio natural para comunicar sentimientos, compartir penas y alegrías de quienes están junto a nosotros por razones de familia, de trabajo, de aficiones...

Es propio de la amistad dar al amigo lo mejor que se posee. Nuestro más alto valor, sin comparación posible, es el haber encontrado a Cristo. No tendríamos verdadera amistad si no comunicáramos el inmenso don de nuestra fe cristiana. Nuestros amigos deben encontrar en nosotros, los cristianos que quieren seguir de cerca a Jesús, apoyo y fortaleza y un sentido sobrenatural para su vida. La seguridad de encontrar comprensión, interés, atención les moverá a abrir su corazón confiadamente, con la seguridad de que se les quiere, de que se está dispuesto a ayudarles. Y esto, mientras realizamos nuestras tareas normales de todos los días, procurando ser ejemplares en la profesión o en el estudio, fomentando siempre la amistad, estando abiertos al trato y al afecto con todos, impulsados por la caridad.

La amistad nos lleva a iniciar a nuestros amigos en una verdadera vida cristiana si están lejos de la Iglesia, o a que reemprendan el camino que un mal día abandonaron, si dejaron de practicar la fe que recibieron. Con paciencia y constancia, sin prisa, sin pausa, se irán acercando al Señor, que les espera. En ocasiones podremos hacer junto con ellos un rato de oración, una obra de misericordia visitando a un enfermo o a una persona necesitada, les pediremos que nos acompañen a hacer una visita a Jesús sacramentado... Cuando sea oportuno les hablaremos del sacramento de la misericordia divina, la Confesión, y les ayudaremos a prepararse para recibirlo. ¡Cuántas confidencias al abrigo de la amistad son caminos abiertos al apostolado por el Espíritu Santo! «Esas palabras, deslizadas tan a tiempo en el oído del amigo que vacila; aquella conversación orientadora, que supiste provocar oportunamente; y el consejo profesional, que mejora su labor universitaria; y la discreta indiscreción, que te hace sugerirle insospechados horizontes de celo... Todo eso es “apostolado de la confidencia”»15.

La amistad todo lo puede con la ayuda de la gracia; ayuda que debemos implorar del Señor con oración y mortificación. Como nunca les hemos ocultado nuestra fe en Cristo, les parecerá natural que les hablemos con frecuencia de lo más esencial de nuestra vida, lo mismo que ellos nos hablan de los asuntos que consideran de más importancia.

El Señor desea que tengamos muchos amigos porque es infinito su amor por los hombres y nuestra amistad es un instrumento para llegar a ellos. ¡Cuántas personas con las que cada día nos relacionamos están esperando, aun sin saberlo, que les llegue la luz de Cristo! ¡Qué alegría la nuestra cada vez que un amigo nuestro se hace amigo del Amigo!

Jesús, que pasó haciendo el bien16, y que se ganó el corazón de tantas personas, es nuestro Modelo. Así hemos de pasar nosotros por la familia, el trabajo, los vecinos, los amigos. Hoy es un día oportuno para que nos preguntemos si las personas que habitualmente se relacionan con nosotros se sienten movidas por nuestro ejemplo y nuestra palabra a estar más cerca del Señor, si nos preocupa su alma, si se puede decir con verdad que, como Jesús, estamos pasando por su vida haciendo el bien.