"Hago todos los días mi "ratito" de oración: ¡si no fuera por eso!" (Camino, 106)

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17 de enero de 2022

Movernos con soltura de hijos.

 


Evangelio:

Un sábado pasaba él por entre unos sembrados, y sus discípulos mientras caminaban comenzaron a arrancar espigas. Los fariseos le decían:

— Mira, ¿por qué hacen en sábado lo que no es lícito?

Y les dijo:

— ¿Nunca habéis leído lo que hizo David cuando se vio necesitado, y tuvieron hambre él y los que le acompañaban? ¿Cómo entró en la Casa de Dios en tiempos de Abiatar, sumo sacerdote, y comió los panes de la proposición –que sólo a los sacerdotes les es lícito comer– y los dio también a los que estaban con él?

Y les decía:

— El sábado fue hecho para el hombre, y no el hombre para el sábado. Por tanto, el Hijo del Hombre es señor hasta del sábado.

Comentario

Seguir a Jesús y compartir los días con Él implicaba para los apóstoles pasar por algunos momentos de estrecheces, porque “el Hijo del Hombre no tiene dónde reclinar la cabeza” (Mateo 8,20). Sin embargo, esto no quiere decir que se sintieran agobiados u oprimidos por las circunstancias, como vemos en la escena del Evangelio de la Misa de hoy.

Los compañeros de Jesús pasan por unos sembrados poblados de espigas que parecen ofrecer a los caminantes sus granos de trigo. Con espontaneidad, los apóstoles aceptan lo que la naturaleza les da, y arrancan sin mayor reparo las espigas, distrayendo quizá el hambre que podrían tener en esos momentos. Los discípulos no se plantean mayores problemas, porque saben que están junto al Maestro y lo realizan todo bajo su mirada. Es fácil imaginar la alegría de Jesús al ver cómo los suyos se sentían libres y sabían disfrutar con cosas sencillas.

Los fariseos, en cambio, no se mueven bajo la mirada del Señor, sino bajo la sombra de la ley. La ley a la que ellos acuden es simplemente humana y la aplican sin atender a las necesidades concretas de las personas. Se transforma así en una carga opresiva. Por eso, Jesús intenta levantar un poco la mirada de los fariseos, les pone el ejemplo de la libertad con que actuaba muchos años atrás el rey David y les recuerda que “el Hijo del Hombre es señor hasta del sábado” (v. 28).

Estar con Cristo lleva a moverse con una profunda libertad interior. Él nos hace valorar en su justa medida nuestras opiniones e ideas sobre cómo tendríamos que vivir uno u otro aspecto de nuestra fe. Y nos pone siempre ante los ojos la primacía de las necesidades reales de los demás.

PARA TU ORACION PERSONAL



MUCHAS DE LAS JORNADAS que pasaban los apóstoles junto a Jesús eran, seguramente, agotadoras. En numerosas ocasiones la muchedumbre se agolpaba en torno al maestro de Nazaret. A las curaciones y a los discursos llenos de vida, habría que sumarle los tantos kilómetros recorridos. Los discípulos debían de estar más o menos acostumbrados a momentos de cansancio y hambre. Por eso comprendemos la escena que nos relata el evangelio de la Misa de hoy: mientras pasan por un sembrado de trigo, los apóstoles no dudan un segundo en arrancar algunas espigas. Quizás también nosotros, después de un día de luchas y trabajos cotidianos, solo pensamos en un merecido descanso, y Jesús defiende esa actitud de sus apóstoles.

No es el propietario del sembrado el que se enfada con los apóstoles hambrientos; son los fariseos quienes, escandalizados de que hicieran tal cosa en sábado, empiezan a murmurar contra los discípulos de Jesús. «Mira, ¿por qué hacen en sábado lo que no está permitido?» (Mc 2,24). Puede llamar la atención la frecuencia con que vemos en la Sagrada Escritura a estas autoridades judías juzgar a los demás, intentar evaluar las actuaciones de quienes les rodean. No se dan cuenta que esos discípulos van caminando por los campos con Dios hecho hombre. También nosotros, en medio de nuestras tareas ordinarias, podemos sentir cercana y amable la presencia de Jesucristo que, lejos de quitarnos la libertad, nos ayuda a que nos movamos con más soltura en medio de este mundo que nos pertenece.

«Al ser fundamento, la filiación divina da forma a nuestra vida entera: nos lleva a rezar con confianza de hijos de Dios, a movernos por la vida con soltura de hijos de Dios, a razonar y decidir con libertad de hijos de Dios, a enfrentar el dolor y el sufrimiento con serenidad de hijos de Dios, a apreciar las cosas bellas como lo hace un hijo de Dios»1. Sentirnos hijos de Dios y, por lo tanto, hermanos de Jesucristo, nos permite trabajar y descansar en la tranquilidad de su amor.


AÚN CONSIDERANDO la actitud orgullosa de los fariseos, la respuesta de Jesús resulta sorprendente, sobre todo si se escucha con los oídos de los judíos de su tiempo: «El sábado se hizo para el hombre y no el hombre para el sábado; así que el Hijo del hombre es señor también del sábado» (Mc 2,27). La segunda parte de la frase realza la divinidad de Jesús. Si el sábado era el día divino por excelencia, el Señor, al ubicarse por encima de sus reglas y preceptos, está dejando en claro que el nuevo sentido del culto y de la vida moral es él. Esta verdad es de suma importancia para nuestra propia vida interior. Por eso podemos pedir a Jesús que nuestras prácticas de piedad y el cumplimiento de los mandamientos nunca sean algo vacío, sino que impliquen siempre una manifestación de la plenitud que experimentamos al seguirlo a él.

«Todos los que tienen fe en Jesucristo están llamados a vivir en el Espíritu Santo, que libera de la Ley y, al mismo tiempo, la lleva a cumplimiento según el mandamiento del amor»2. Estar enamorados de Jesucristo y pedir en todo momento al Espíritu Santo que nos ayude a discernir la voluntad de Dios para nosotros, nos hace muy libres. Superamos así la casuística de si podemos o no hacer esto o aquello —por ejemplo, comer de las espigas del sembrado—, porque sabemos que Dios no tiene la mirada enjuiciadora de los fariseos, sino el rostro amable y exigente de un buen padre.

Al sabernos amados por Dios, queremos también manifestarle en todo momento nuestro amor con pequeños actos de cariño. Así, nuestros días se transforman en oportunidades estupendas para arrancarle una sonrisa a Jesús. A veces nos cansaremos, no conseguiremos llevar a cabo todos los propósitos, incluso podemos caernos o alejarnos de ese amor de Dios. Pero si no olvidamos que lo realmente importante de nuestra vida es el cariño que Dios nos regala desinteresadamente, entonces siempre nos queda la libertad de volver a andar tras su amor. «Que el Señor nos ayude a caminar en la vía de los mandamientos, pero, mirando el amor de Cristo, con el encuentro de Cristo, sabiendo que el amor de Jesús es más importante que todos los mandamientos»3.


«EL SÁBADO se hizo para el hombre y no el hombre para el sábado; así que el Hijo del hombre es señor también del sábado» (Mc 2,27). La primera parte de la respuesta de Jesús esconde una importante enseñanza. El Señor no quiere que nuestro seguimiento a su llamada nos empequeñezca el alma o nos genere preocupaciones innecesarias. Todo lo que él ha dispuesto, también en los detalles más cotidianos de nuestra vida, está encaminado a que seamos felices. Por eso quiere, al mismo tiempo, que poseamos una grandeza de horizonte y de corazón propia de un hijo de rey, pues eso es lo que somos. Podemos pedir a Jesús una virtud muy querida por san Josemaría, y que es indispensable para experimentar el vértigo de una vida junto a Dios: la magnanimidad.

«Magnanimidad: ánimo grande, alma amplia en la que caben muchos. Es la fuerza que nos dispone a salir de nosotros mismos, para prepararnos a emprender obras valiosas, en beneficio de todos. No anida la estrechez en el magnánimo; no media la cicatería, ni el cálculo egoísta, ni la trapisonda interesada. El magnánimo dedica sin reservas sus fuerzas a lo que vale la pena; por eso es capaz de entregarse él mismo. No se conforma con dar: se da. Y logra entender entonces la mayor muestra de magnanimidad: darse a Dios»4. El magnánimo no pierde sus energías reflexionando sobre cuánto dar o hasta dónde vale la pena llegar, porque se da por completo y solo le interesa llegar hasta la meta, que es Cristo.

«Proclama mi alma las grandezas del Señor, y se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador» (Lc 1,46). La vida de nuestra Madre fue dichosamente magnánima, porque supo alegrarse en la salvación de Dios. Santa María, puerta del cielo y estrella de la mañana, no se cansa de rogar por nosotros a Dios para que nos sintamos cada vez más hijos.

22 de diciembre de 2021

UNA HUELLA DE AMOR DIVINO



Evangelio (Lc 1, 46-56)


María exclamó:


—Engrandece mi alma al Señor, y se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador:


porque ha puesto los ojos en la humildad de su esclava;


por eso desde ahora me llamarán bienaventurada todas las generaciones.


Porque ha hecho en mí cosas grandes el Todopoderoso, cuyo nombre es Santo;


su misericordia se derrama de generación en generación sobre los que le temen.


Manifestó el poder de su brazo, dispersó a los soberbios de corazón.


Derribó de su trono a los poderosos y ensalzó a los humildes.


Colmó de bienes a los hambrientos y a los ricos los despidió vacíos.


Auxilió a Israel su siervo, recordando su misericordia,


como había prometido a nuestros padres, Abrahán y su descendencia para siempre.


María permaneció con ella unos tres meses, y se volvió a su casa.


Comentario


María se preguntaría muchas veces por qué ella era diferente a los demás. Diferente a sus familiares, a sus amigas, a sus vecinos.


En sus conversaciones con unos y otros vería el egoísmo de sus corazones, la vanidad de sus palabras, el rencor de sus juicios críticos, la pereza de sus trabajos y cuidados. Y se preguntaría por qué ella no era así.


Hasta que el ángel Gabriel le habla de cómo Dios la ha soñado, la ha creado, se ha enamorado de ella. Todo adquiere sentido, todo tiene una luz nueva.


El Magnificat es el fruto de su oración durante esos días de camino de Nazaret hasta la casa de Zacarías e Isabel. De su diálogo pausado y agradecido con Dios Padre.


María se da cuenta de su grandeza, de su poder: ser la amada de Dios. Desde siempre y para siempre amada por Dios. Toda su vida consistió en no ponerse a sí misma en el centro, sino dejar espacio a Dios, a quien encuentra en la oración y en el servicio a los que tiene alrededor.


María es grande no porque haya hecho cosas grandes por sí misma, sino porque ha estado disponible para que Dios actuara, porque se ha dejado tocar por Dios, porque se sabe amada incondicionalmente por Dios.


La vida de María es así revolucionaria. No se mira a sí misma, sino a Dios y, a través de Dios, a los demás.


Como señala el Papa Francisco, “las cosas grandes que el Todopoderoso ha hecho en la vida de María nos hablan también del viaje de nuestra vida, que no es un deambular sin sentido, sino una peregrinación que, aun con todas sus incertidumbres y sufrimientos, encuentra en Dios su plenitud” (Papa Francisco, Mensaje para la XXXII Jornada Mundial de la Juventud 2017).


Todos nosotros somos también los amados por Dios; los desde siempre y para siempre amados. Cuando Dios se fija en nosotros ve el amor con el que Él nos ha creado. Mira más allá de nuestras fragilidades y miserias. Desea purificarnos, encendernos, que no perdamos de vista su mirada.


Él está mirando todo lo que podemos dar, todo el amor que somos capaces de ofrecer. Nos llama a dejar una huella de amor divino en la vida, una huella que marque la historia, nuestra historia y la historia de muchos.


PARA TU ORACION PERSONAL 


MARÍA ha caminado deprisa hasta el lugar donde viven Isabel y Zacarías. Al llegar comprueba que es verdad todo lo que le ha dicho el ángel. Lo creía firmemente, pero ver a su prima esperando un hijo la llena de gozo. Se confirma nuevamente lo que ya siente en sus entrañas: la presencia del Mesías. Su alegría se desborda y se la contagia al mismo Juan. Podemos pensar que el Bautista, ya desde el vientre de su madre, espera ansioso el momento de proclamar la buena noticia: Juan no pierde un instante y se lo anuncia a su madre, que por ahora es la única que le escucha.


Para María fue posiblemente un gozo inmenso poder compartir con alguien lo que llenaba su corazón. Al saludar a Isabel se dio cuenta rápidamente de que ella ya sabía todo. Hasta ahora había mantenido la noticia en lo más íntimo de su corazón. La Madre de Jesús rompe a cantar y, en su alabanza, entrelaza la historia de Israel y las palabras que ha leído tantas veces en la Sagrada Escritura. Es tan grande el amor divino por ella que no sabe cómo expresarlo; tiene que tomar palabras prestadas del mismo Dios, como nosotros lo hacemos casi siempre en la liturgia de la Iglesia. Isabel le ha dicho cosas preciosas, pero ella enseguida las dirige al autor de tanta maravilla. Así será toda su vida: llevar a los hombres a Dios.


«Proclama mi alma las grandezas del Señor, y se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador» (Lc 1,46). A María le impresiona cómo hace Dios las cosas y la razón por la cual se sirve de ella: «Porque ha puesto los ojos en la humildad de su esclava» (Lc 1,48). María se siente mirada de una forma especial por Dios y esa convicción le lleva a dar gracias.


SEGURAMENTE María nunca había soñado con hallar tanta gracia delante de su Creador. Se da cuenta de que es la inmensa bondad de Dios la que se derrama sin más motivo que la misma libertad divina. No podemos salir de nuestro asombro. Nos resulta difícil imaginarnos y creer en un Dios así de complaciente con nosotros, pobres criaturas.


A la vez, por la experiencia del pecado, también puede suceder que a veces nos sintamos un poco ajenos a este agradecimiento, porque no podemos olvidar que «la capacidad perceptiva para con Dios parece casi una dote para la que algunos están negados. Y, en efecto, nuestra manera de pensar y actuar, la mentalidad del mundo actual, la variedad de nuestras diversas experiencias, son capaces de reducir la sensibilidad para con Dios, de dejarnos “sin oído musical” para Él»[1]. No nos ha de inquietar esa falta de oído. Santo Tomás de Aquino nos tranquiliza: «Tan espléndida es la gracia de Dios y su amor a nosotros, que hizo Él más por nosotros de lo que podemos comprender»[2]; es decir, aunque nuestra capacidad para sintonizar con Él pueda estar menguada, la gracia de Dios va mucho más allá y nos socorre.


Dios se vuelca con cada una de sus hijas e hijos con toda su intensidad. «No esperó a que fuéramos buenos para amarnos, sino que se dio a nosotros gratuitamente (...). Y la santidad no es sino custodiar esta gratuidad»[3]. Ser santo es dejarse querer por Dios así, porque le da la gana, sin ningún otro motivo. San Josemaría utilizaba palabras que quizá nos resultan sorprendentes: «Con la Fe y el Amor, somos capaces de chiflar a Dios, que se vuelve otra vez loco –ya fue loco en la Cruz, y es loco cada día en la Hostia–, mimándonos como un Padre a su hijo primogénito»[4]. Nosotros también somos objeto de esa mirada gratuita de Dios. María se da cuenta de que su alegría será proclamada por todas las generaciones y de ese agradecimiento brota su entrega.


DE UN CORAZÓN agradecido brotan con facilidad deseos de correspondencia y de generosidad. Podremos alcanzar la verdadera felicidad y el compromiso total para devolver amor por amor solo cuando dejemos que nuestro corazón reaccione con agradecimiento. Nuestras fuerzas no pueden devolver a Dios algo proporcional a lo que Él nos ha dado. Esta incapacidad, de alguna manera, nos libera. Nuestra misma entrega es obra de quien «ha hecho en mí cosas grandes» (Lc 1,49) porque es todopoderoso, también para sacar de nosotros lo que inicialmente nos supera. «Su misericordia se derrama de generación en generación» (Lc 1,50), desde Abraham hasta hoy, hasta mi vida, concreta, ordinaria y escondida a tantas personas.


A Dios le gusta manifestar el poder de su brazo y así confundir a los que piensan que pueden por sí solos y que su voluntad es suficiente para ser felices. Dios ha mandado poner en lo más alto de su reino a los humildes, a los pequeños que se dejan hacer grandes. Hará temblar cualquier trono construido por manos humanas. A quien se siente necesitado, Dios lo quiere colmar de bienes, entre los cuales el primero de ellos es su amor incondicional e infinito: está decidido a desbordar nuestra imaginación y a superar nuestros deseos más optimistas.


Lamentablemente, a los que se sienten ricos sin serlo, Dios no los podrá llenar de su tesoro. Esto será un gran pesar para Él, ya que desea llenar de su amor a todos sus hijos. Pero así es la historia de su misericordia, de su tierno cariño por cada uno. Es la historia de la libertad de un Dios que ofrece todo su gozo de generación en generación, que continuamente busca caminos para que el hombre se deje querer. María, con su «fiat», lo ha conseguido como nadie, y estará encantada de enseñarnos y de acompañarnos en el camino.


30 de noviembre de 2021

Sencillez para comprender las enseñanzas de Dios

 



Evangelio (Mt 4, 18-22)


En aquel tiempo, paseando Jesús junto al mar de Galilea vio a dos hermanos, Simón el llamado Pedro y Andrés, que echaban la red al mar, pues eran pescadores. Y les dijo:


-Seguidme y os haré pescadores de hombres.


Ellos, al momento, dejaron las redes y le siguieron. Pasando adelante, vio a otros dos hermanos, Santiago el de Zebedeo y Juan, su hermano, que estaban en la barca con su padre Zebedeo remendando sus redes; y los llamó. Ellos, al momento, dejaron la barca y a su padre, y le siguieron.


Comentario


El día había comenzado como uno cualquiera. Andrés, junto con su hermano y otros colegas pescadores, estaban inmersos en la agotadora faena que traía el sustento a sus familias. Estaban, como siempre, echando las redes al mar, a la espera de que los peces entraran en la red. Sin embargo, esta vez la historia, que había comenzado igual que todos los días, terminaría de un modo muy diferente.


Ahí, en su trabajo, en pleno mar de Galilea, Andrés recibió una llamada atractiva, pero incierta: Jesús pasó y lo invitó a ser pescador de hombres. Sin más detalles, sin más especificaciones. No le dijo ni cómo sería su vida, ni cómo sería su muerte. El Señor le pidió que estuviera a su lado, y poco a poco, al calor del amor de su Corazón, lo fue forjando para que fuera capaz también de compartir su destino.


Así terminó la historia: san Andrés abrazando con deseo ardiente la misma Cruz de su Maestro. Nada cercano a lo que años antes, en el mar de Galilea, el joven pescador habría podido calcular.


Considerar así, en perspectiva, la vida de san Andrés, desde su llamada hasta su muerte en la cruz, puede ayudarnos a profundizar en la conciencia de que los planes de Dios están perfectamente alineados con nuestro deseo de felicidad. Seguramente, si ese día de pesca Jesús le hubiera anunciado a Andrés que iba a morir en una cruz, aquel hombre habría desfallecido. Sin embargo, a la vuelta de los años nos lo encontramos audaz y enamorado, deseoso de abrazar esa fuente de dolor, que para él era fuente de felicidad, como refleja el maravilloso testimonio que nos quedó con su himno ante la cruz.


Los planes de Dios están perfectamente alineados con nuestro deseo de felicidad, decíamos. Sin embargo, la experiencia de los apóstoles nos enseña que para que esa felicidad se realice necesitamos abandonarnos de verdad en el Señor y dejar de forzarlo a escribir la historia como a nosotros nos parece. La vida de san Andrés no fue como él la esperaba, como él la preveía: fue mucho más feliz.


Eso mismo podría sucedernos a nosotros, si nos decidimos a seguir al Señor hasta el fondo, sin querer controlarlo todo y sin decidir nosotros el final. Si seguimos a Jesús, nuestra vida no será como la vislumbramos: será mucho mejor. Incluso aunque sucedan cosas que nos parecen impensables, aunque el Señor nos pida cosas que ahora mismo nos parecen descabelladas.


Dios siempre cumple sus promesas, y a nosotros nos ha prometido que haremos obras cuyo alcance no podemos imaginar, porque incluso podremos hacer obras mayores que Él. Pero eso requiere de nuestra parte, como hizo Andrés, dejar atrás la seguridad de lo conocido para ir en pos de Aquel que nos ama.


PARA TU RATO DE ORACION 


GUIADOS por las enseñanzas y el ejemplo de san Josemaría, hemos aprendido a amar apasionadamente el mundo. Disfrutamos de todas las realidades nobles y buenas de la creación porque sabemos que son un don de Dios. Al mismo tiempo, no somos indiferentes ante el mal en el mundo, que disminuye su belleza y lo aleja de su plan amoroso.


Aunque las causas de estas situaciones son múltiples, entre ellas podemos identificar una que tiene especial relevancia: el desconocimiento que tienen muchas personas de la bondad de nuestro Creador. «Bien pudiera decirse que el mayor enemigo de Dios –porque se ama a Dios después de conocerlo– es la ignorancia: origen de tantos males y obstáculo grande para la salvación de las almas»[1]. Por el contrario, cuando conocemos su amor por nosotros, cuando descubrimos que Dios sueña con que seamos felices, es lógico quererle sobre todas las cosas, acercarnos a quien es el origen de todo bien. «Nadie hará mal ni causará daño en todo mi monte santo, porque la tierra estará llena del conocimiento del Señor» (Is 11,9).


Dios se sirvió de algunos hombres y mujeres de diversas épocas para darse a conocer y así dar la oportunidad al hombre de ser más libre. «Pero al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la Ley» (Ga 4,4), para llevar esta tarea hasta el fin. Es tan grande el deseo que tiene Dios de que le conozcamos que vino Él mismo, en persona, para indicarnos los proyectos de su amor.


Llenos de reconocimiento y gratitud, podemos unirnos a la oración de alabanza que, como recoge el evangelio de la Misa de hoy, Jesús elevó un día al Padre: «Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a los sabios y prudentes y las has revelado a los pequeños» (Lc 10,21).


«MIRAD, el Señor llega con poder e iluminará los ojos de sus siervos»[2]. Aquella promesa de sabiduría para los hombres se cumplió con la venida al mundo de Jesús, sobre quien reposó «el espíritu del Señor, espíritu de sabiduría y de entendimiento, espíritu de consejo y de fortaleza, espíritu de ciencia y de temor del Señor» (Is 1,2). Él sigue dispuesto a dialogar personalmente con cada uno de nosotros para instruirnos, para guiarnos, para alentarnos. Con frecuencia, Dios nos habla a través de personas y situaciones, convirtiendo toda la realidad de nuestra vida en un lugar de encuentro con Él. Si procuramos tener una vida contemplativa, en todos los acontecimientos del día a día podremos descubrir la voz de Dios que nos busca.


En ese diálogo, el Señor espera que nos dirijamos a Él con confianza para iluminar lo que no comprendemos. Por esto, con sencillez, nos ponemos en su presencia y le planteamos nuestras dudas de corazón a corazón, recordando que Dios se revela a los pequeños. En cambio, para los sabios según la carne, las palabras del Señor pueden sonar como frases inconexas. Por eso necesitamos poner de nuestra parte para permanecer abiertos a escuchar su palabra, aunque solo la entendamos parcialmente. «¡Cuántas contrariedades desaparecen, cuando interiormente nos colocamos bien próximos a ese Dios nuestro, que nunca abandona! Se renueva, con distintos matices, ese amor de Jesús por los suyos, por los enfermos, por los tullidos, que pregunta: ¿qué te pasa? Me pasa... Y, enseguida, luz o, al menos, aceptación y paz»[3].


Si nos acercamos al Señor con un atrevimiento de niños, entonces nos revelará su sabiduría y nos dará a conocer sus designios. También nos colmará de paz, de alegría, y nos concederá la fortaleza para sobrellevar las dificultades que la vida nos presenta.


EN JESUCRISTO se contiene la plenitud de la revelación. «Todo me lo ha entregado mi Padre, y nadie conoce quién es el Hijo sino el Padre, ni quién es el Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo quiera revelarlo» (Lc 10,22). «Jesús no nos dice algo sobre Dios, no habla simplemente del Padre, sino que es revelación de Dios, porque es Dios, y nos revela de este modo el rostro de Dios»[4]. Dios se hizo carne en Cristo para que pudiéramos verlo, entrar en relación directa con Él y para darnos a conocer los planes de su sabiduría. A la hora de buscar respuestas a los interrogantes de nuestra vida, haremos muy bien en acudir a Jesús. En nuestro diálogo con Cristo no existen inquietudes superfluas ni dudas inoportunas. Toda la sabiduría está contenida en el misterio del Verbo hecho hombre: Jesús es la Palabra de Dios.


Es fácil imaginarse a los apóstoles preguntando a Jesús el significado más profundo de alguna parábola que no habían comprendido, o acercándose a pedirle una explicación sobre un suceso determinado que conocían todos. Nosotros tenemos esa misma facilidad para entablar una conversación con el Señor. El trato personal y diario con Él nos lleva a conocerle cada vez mejor, a adquirir una connaturalidad con su manera de reaccionar frente a las diversas circunstancias de la vida. Por eso nos sirve pedirle al Espíritu Santo que nuestro diálogo con Jesús sea luz para nosotros y para los demás.


A lo largo de la vida aprendemos muchas cosas. Algunas de ellas son constitutivas de nuestro modo de pensar, de ser y de actuar. Es probable que varias de esas enseñanzas fundamentales las hayamos recibido de los labios o del ejemplo de nuestras madres. La vida de María constituye para nosotros una enseñanza maravillosa de diálogo con el Señor. ¡Ojalá aprendamos de la Virgen aquella confianza para mirar y escuchar a Jesús!


[1] San Josemaría, Carta 11-III-1940, n. 47.


[2] Misal romano, Martes de la I semana de Adviento, Antífona al evangelio.


[3] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 249.


[4] Benedicto XVI, Audiencia, 16-I-2013.

31 de octubre de 2021

LOS MANDAMIENTOS del AMOR A DIOS y al PROJIMO

 


Evangelio (Mc 12, 28b-34)


Se acercó uno de los escribas, que había oído la discusión y, al ver lo bien que les había respondido, le preguntó:


¿Cuál es el primero de todos los mandamientos?


Jesús respondió:


—El primero es: Escucha, Israel, el Señor Dios nuestro es el único Señor; y amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con toda tu mente y con todas tus fuerzas. El segundo es éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay otro mandamiento mayor que éstos.


Y le dijo el escriba:


—¡Bien, Maestro! Con verdad has dicho que Dios es uno solo y no hay otro fuera de Él; y amarle con todo el corazón y con toda la inteligencia y con toda la fuerza, y amar al prójimo como a sí mismo, vale más que todos los holocaustos y sacrificios.


Viendo Jesús que le había respondido con sensatez, le dijo:


—No estás lejos del Reino de Dios.


Y ninguno se atrevía ya a hacerle preguntas.


Comentario


El evangelio de la liturgia de hoy nos presenta un profundo e interesante diálogo entre un escriba, es decir, un experto en el conocimiento de las Escrituras y Jesús. La pregunta que le dirige es de gran importancia, porque se trata de saber cual es el sentido último de los mandamientos. Este hombre quizá sentía el peso de la gran variedad de cosas que debía cumplir como miembro del pueblo elegido y se preguntaba el porque de tanto esfuerzo. Con este fondo, podemos compartir su inquietud, y su pregunta al Maestro: ¿Cuál es el primero de todos los mandamientos?


La respuesta de Jesús no se hace esperar, y saliendo a su encuentro usa las Escrituras para responder. Le recuerda así unas palabras del Deuteronomio que todo varón piadoso repetía al menos dos veces al día: “Escucha Israel: el Señor es nuestro Dios, el Señor es Uno. Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas” (Dt 6, 4-5). Jesús usa esta oración, conocida como el Shema Israel (escucha Israel, en hebreo), señalando de este modo que en el centro de la fe de Israel se encuentra la razón última y el sentido de todos los mandamientos: el amor a Dios.


Y aunque el escriba solo había preguntado por el más importante, el Señor aprovecha para recordarle también el segundo en importancia, y usa nuevamente un libro de la Escritura. Esta vez toma prestadas unas palabras del Levítico: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Lv 19, 18).


Jesús recuerda así que el amor a Dios y al prójimo son la esencia de la fe y la fuente de la que manan todos los mandamientos. Nos invita así a levantar la mirada y a entender que estamos llamados no sólo a cumplir con unas determinadas obligaciones, sino a vivir un amor grande y generoso, que abarque todos los aspectos de nuestra vida, porque como recordaba san Josemaría: “Jesús no se satisface compartiendo, lo quiere todo” (Camino, n. 155).


Desde aquí se puede comenzar a entender que al igual que nuestra existencia es compleja y tiene muchas dimensiones, del mismo modo algunos mandamientos serán complejos y no evidentes en un primer momento. Lo importante es saber que todos los mandamientos, aún aquellos que nos parezcan más enrevesados, tienen como razón de fondo este amor intenso y grande que nos pide Dios. En otras palabras, que los mandamientos son modos concretos de amar a Dios y a las personas que tenemos al lado y modos de declinar el amor en las situaciones concretas.


Quizá podemos aprovechar el día de hoy para pensar el modo en que vivimos los deberes y mandamientos de la vida cristiana -en modo especial los que más nos cuesten-, y preguntarnos si los vemos como un peso con el que hay que cargar o si, por el contrario, sabemos poner en práctica lo que el Señor nos enseña hoy y los vemos como modos de concretizar nuestro amor por Dios y por los demás.


PARA TU RATO DE ORACION 

Los Diez Mandamientos o Decálogo son las «diez palabras» que recogen la Ley dada por Dios al pueblo de Israel durante la Alianza hecha por medio de Moisés (Ex 34, 28). El Decálogo, al presentar los mandamientos del amor a Dios (los tres primeros) y al prójimo (los otros siete), traza, para el pueblo elegido y para cada uno en particular, el camino de una vida liberada de la esclavitud del pecado.


¿Cuáles son los 10 mandamientos?

Primer Mandamiento

Amarás a Dios sobre todas las cosas.

Segundo Mandamiento

No tomarás el nombre de Dios en vano.

Tercer Mandamiento

Santificarás las fiestas.

Cuarto Mandamiento

Honrarás a tu padre y a tu madre.

Quinto Mandamiento

No matarás.

Sexto Mandamiento

No cometerás actos impuros.

Séptimo Mandamiento

No robarás.

Octavo Mandamiento

No darás falso testimonio ni mentirás.

Noveno Mandamiento

No consentirás pensamientos ni deseos impuros.

Décimo Mandamiento

No codiciarás los bienes ajenos.

Más información sobre los mandamientos

Fórmula catequética de los Diez Mandamientos con enlaces para profundizar en cada uno de ellos


¿En el Evangelio dónde habla Jesús de los Mandamientos?


¿A qué mandamientos se refiere Jesús? ¿Dónde están recogidos?


¿Cuáles son Los Diez Mandamientos?


¿Qué importancia tienen los Mandamientos en la vida cristiana?


¿Deben los cristianos vivir los Diez Mandamientos?


¿Cuál es el Mandamiento más importante?


¿Qué relación tienen los mandamientos de la ley de Dios y la Ley Natural?


Fórmula catequética de los Diez Mandamientos con enlaces para profundizar en cada uno de ellos


«Yo soy el Señor tu Dios:

Primer Mandamiento: Amarás a Dios sobre todas las cosas.

Segundo Mandamiento: No tomarás el nombre de Dios en vano.

Tercer Mandamiento: Santificarás las fiestas.

Cuarto Mandamiento: Honrarás a tu padre y a tu madre.

Quinto Mandamiento: No matarás.

Sexto Mandamiento: No cometerás actos impuros.

Séptimo Mandamiento: No robarás.

Octavo Mandamiento: No darás falso testimonio ni mentirás.

Noveno Mandamiento: No consentirás pensamientos ni deseos impuros.

Décimo Mandamiento: No codiciarás los bienes ajenos.»


¿En el Evangelio dónde habla Jesús de los Mandamientos?


Jesucristo se refiere a los Diez Mandamientos cuando un joven le pregunta cómo conseguir la vida eterna: “Maestro, ¿qué he de hacer yo de bueno para conseguir la vida eterna?”. Jesús responde: “Si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos”. Y cita a su interlocutor los preceptos que se refieren al amor del prójimo: “No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no levantarás testimonio falso, honra a tu padre y a tu madre”. Finalmente, Jesús resume estos mandamientos de una manera positiva: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Mt 19, 16-19). (Catecismo de la Iglesia Católica, 2052)


¿A qué mandamientos se refiere Jesús? ¿Dónde están recogidos?


Los 10 mandamientos o “Decálogo” que significa literalmente “diez palabras” son las que Dios reveló a su pueblo, Israel, cuando habló con Moisés en la montaña santa y están recogidas en los libros del Éxodo y del Deuteronomio del Antiguo Testamento (cfr. Ex 20, 1-17 y 34, 28 ; Dt 5, 6-22, y 4,13; 10, 4). Constituyen palabras de Dios en un sentido eminente. Pero su pleno sentido ha sido revelado por Jesucristo. (Leer Catecismo de la Iglesia Católica, 2056)


Textos de san Josemaría para meditar


Vias tuas, Domine, demonstra mihi, et semitas tuas edoce me: Señor, indícame tus caminos, enséñame tus sendas. Pedimos al Señor que nos guíe, que nos muestre sus pisadas, para que podamos dirigirnos a la plenitud de sus mandamientos, que es la caridad. (Es Cristo que pasa, 1)


José era un hombre corriente, en el que Dios se confió para obrar cosas grandes. Supo vivir, tal y como el Señor quería, todos y cada uno de los acontecimientos que compusieron su vida. Por eso, la Escritura Santa alaba a José, afirmando que era justo. Y, en el lenguaje hebreo, justo quiere decir piadoso, servidor irreprochable de Dios, cumplidor de la voluntad divina; otras veces significa bueno y caritativo con el prójimo. En una palabra, el justo es el que ama a Dios y demuestra ese amor, cumpliendo sus mandamientos y orientando toda su vida en servicio de sus hermanos, los demás hombres. (Es Cristo que pasa, 40)


¿Cuáles son Los Diez Mandamientos?


La división y numeración de los mandamientos ha variado en el curso de la historia. El actual catecismo de la Iglesia sigue la división de los mandamientos establecida por san Agustín y que ha llegado a ser tradicional en la Iglesia católica. Es también la de las confesiones luteranas. Los Padres griegos hicieron una división algo distinta que se usa en las Iglesias ortodoxas y las comunidades reformadas. (Catecismo de la Iglesia Católica, 2066)


Vea la tabla los mandamientos dados por Dios a Moisés, según recoge el libro del Éxodo y del Deuteronomio y la formulación más sencilla de la catequesis de la Iglesia.


Textos de san Josemaría para meditar


La vida de Cristo es vida nuestra, según lo que prometiera Jesús a sus Apóstoles, el día de la Ultima Cena: Cualquiera que me ama, observará mis mandamientos, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos mansión dentro de él. El cristiano debe —por tanto— vivir según la vida de Cristo, haciendo suyos los sentimientos de Cristo, de manera que pueda exclamar con San Pablo, non vivo ego, vivit vero in me Christus , no soy yo el que vive, sino que Cristo vive en mí. (Es Cristo que pasa, 103)


Con agradecimiento, porque percibimos la felicidad a que estamos llamados, hemos aprendido que las criaturas todas han sido sacadas de la nada por Dios y para Dios: las racionales, los hombres, aunque con tanta frecuencia perdamos la razón; y las irracionales, las que corretean por la superficie de la tierra, o habitan en las entrañas del mundo, o cruzan el azul del cielo, algunas hasta mirar de hito en hito al sol. Pero, en medio de esta maravillosa variedad, sólo nosotros, los hombres —no hablo aquí de los ángeles— nos unimos al Creador por el ejercicio de nuestra libertad: podemos rendir o negar al Señor la gloria que le corresponde como Autor de todo lo que existe. Esa posibilidad compone el claroscuro de la libertad humana. El Señor nos invita, nos impulsa —¡porque nos ama entrañablemente!— a escoger el bien. Fíjate, hoy pongo ante ti la vida con el bien, la muerte con el mal. Si oyes el precepto de Yavé, tu Dios, que hoy te mando, de amar a Yavé, tu Dios, de seguir sus caminos y de guardar sus mandamientos, decretos y preceptos, vivirás... Escoge la vida, para que vivas.


¿Quieres tú pensar —yo también hago mi examen— si mantienes inmutable y firme tu elección de Vida? ¿Si al oír esa voz de Dios, amabilísima, que te estimula a la santidad, respondes libremente que sí? (Amigos de Dios, 24)


¿Qué importancia tienen los Mandamientos en la vida cristiana?


Fiel a la Escritura y siguiendo el ejemplo de Jesús, la Tradición de la Iglesia ha reconocido en el Decálogo una importancia y una significación primordiales.


Desde san Agustín, los “Diez Mandamientos” ocupan un lugar preponderante en la catequesis de los futuros bautizados y de los fieles. En el siglo XV se tomó la costumbre de expresar los preceptos del Decálogo en fórmulas rimadas, fáciles de memorizar, y positivas. Estas fórmulas están todavía en uso hoy. Los catecismos de la Iglesia han expuesto con frecuencia la moral cristiana siguiendo el orden de los “diez mandamientos”. (Catecismo de la Iglesia Católica, 2065)


Textos de san Josemaría para meditar


Si sabemos contemplar el misterio de Cristo, si nos esforzamos en verlo con los ojos limpios, nos daremos cuenta de que es posible también ahora acercarnos íntimamente a Jesús, en cuerpo y alma. Cristo nos ha marcado claramente el camino: por el Pan y por la Palabra, alimentándonos con la Eucaristía y conociendo y cumpliendo lo que vino a enseñarnos, a la vez que conversamos con El en la oración. Quien come mi carne y bebe mi sangre, en mí permanece y yo en él. Quien conoce mis mandamientos y los cumple, ése es quien me ama. Y el que me ame será amado por mi Padre, y yo le amaré y me manifestaré a él.


No son sólo promesas. Son la entraña, la realidad de una vida auténtica: la vida de la gracia, que nos empuja a tratar personal y directamente a Dios. Si cumplís mis preceptos, permaneceréis en mi amor, como yo he cumplido los mandatos de mi Padre y permanezco en su amor. (Es Cristo que pasa, 118)


¿Deben los cristianos vivir los Diez Mandamientos?


Los diez mandamientos, en su contenido fundamental, enuncian obligaciones para todos los hombres, ya que manifiestan la conducta digna del hombre. Los cristianos al conocerlos sin error, por el magisterio de la Iglesia, deben obedecerlos y vivirlos. La obediencia a estos preceptos es grave pero implica también obligaciones cuya materia es, en sí misma, leve. (Catecismo de la Iglesia Católica, 2081)


Aunque a veces pueda parecer difícil vivirlos, hay que tener en cuenta que Dios hace posible por su gracia lo que manda. (Catecismo de la Iglesia Católica, 2082)


Textos de san Josemaría para meditar


¿Qué importa tropezar, si en el dolor de la caída hallamos la energía que nos endereza de nuevo y nos impulsa a proseguir con renovado aliento? No me olvidéis que santo no es el que no cae, sino el que siempre se levanta, con humildad y con santa tozudez. Si en el libro de los Proverbios se comenta que el justo cae siete veces al día, tú y yo —pobres criaturas— no debemos extrañarnos ni desalentarnos ante las propias miserias personales, ante nuestros tropiezos, porque continuaremos hacia adelante, si buscamos la fortaleza en Aquel que nos ha prometido: venid a mí todos los que andáis agobiados con trabajos y cargas, que yo os aliviaré. Gracias, Señor, quia tu es, Deus, fortitudo mea, porque has sido siempre Tú, y sólo Tú, Dios mío, mi fortaleza, mi refugio, mi apoyo. (Amigos de Dios, 131)


En tu alma parece que materialmente oyes: "¡ese prejuicio religioso!"... —Y después la defensa elocuente de todas las miserias de nuestra pobre carne caída: "¡sus derechos!". Cuando esto te suceda di al enemigo que hay ley natural y ley de Dios, ¡y Dios! —Y también infierno. (Camino, 141)


¿Cuál es el Mandamiento más importante?


“Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente”.

San Mateo en el versículo 22, 36 de su Evangelio recoge cuando un escriba le hace esta pregunta a Jesús: “¿Cuál es el mandamiento mayor de la Ley?” y la respuesta de Jesús: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Este es el mayor y el primer mandamiento. El segundo es semejante a éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos penden toda la Ley y los Profetas” (Mt 22, 37-40; cf Dt 6, 5; Lv 19, 18). El Decálogo debe ser interpretado a la luz de este doble y único mandamiento de la caridad, plenitud de la Ley. (Catecismo de la Iglesia Católica, 2055)


Dios nos amó primero. El amor del Dios Único es recordado en la primera de las “diez palabras”. Los mandamientos explicitan a continuación la respuesta de amor que el hombre está llamado a dar a su Dios. (Catecismo de la Iglesia Católica, 2083)


Textos de san Josemaría para meditar


La caridad no la construimos nosotros; nos invade con la gracia de Dios: porque El nos amó primero. Conviene que nos empapemos bien de esta verdad hermosísima: si podemos amar a Dios, es porque hemos sido amados por Dios. Tú y yo estamos en condiciones de derrochar cariño con los que nos rodean, porque hemos nacido a la fe, por el amor del Padre. Pedid con osadía al Señor este tesoro, esta virtud sobrenatural de la caridad, para ejercitarla hasta en el último detalle.


Con frecuencia, los cristianos no hemos sabido corresponder a ese don; a veces lo hemos rebajado, como si se limitase a una limosna, sin alma, fría; o lo hemos reducido a una conducta de beneficencia más o menos formularia. Expresaba bien esta aberración la resignada queja de una enferma: aquí me tratan con caridad, pero mi madre me cuidaba con cariño. El amor que nace del Corazón de Cristo no puede dar lugar a esa clase de distinciones.


Para que se os metiera bien en la cabeza esta verdad, de una forma gráfica, he predicado en millares de ocasiones que nosotros no poseemos un corazón para amar a Dios, y otro para querer a las criaturas: este pobre corazón nuestro, de carne, quiere con un cariño humano que, si está unido al amor de Cristo, es también sobrenatural. Esa, y no otra, es la caridad que hemos de cultivar en el alma, la que nos llevará a descubrir en los demás la imagen de Nuestro Señor. (Amigos de Dios 229)


Pero fijaos en que Dios no nos declara: en lugar del corazón, os daré una voluntad de puro espíritu. No: nos da un corazón, y un corazón de carne, como el de Cristo. Yo no cuento con un corazón para amar a Dios, y con otro para amar a las personas de la tierra. Con el mismo corazón con el que he querido a mis padres y quiero a mis amigos, con ese mismo corazón amo yo a Cristo, y al Padre, y al Espíritu Santo y a Santa María. No me cansaré de repetirlo: tenemos que ser muy humanos; porque, de otro modo, tampoco podremos ser divinos.


El amor humano, el amor de aquí abajo en la tierra cuando es verdadero, nos ayuda a saborear el amor divino. Así entrevemos el amor con que gozaremos de Dios y el que mediará entre nosotros, allá en el cielo, cuando el Señor sea todo en todas las cosas . Ese comenzar a entender lo que es el amor divino nos empujará a manifestarnos habitualmente más compasivos, más generosos, más entregados. (Es Cristo que pasa, 166)


No se ha limitado el Señor a decirnos que nos ama: sino que nos lo ha demostrado con las obras, con la vida entera. —¿Y tú? (Forja 62)


Pásmate ante la magnanimidad de Dios: se ha hecho Hombre para redimirnos, para que tú y yo —¡que no valemos nada, reconócelo!— le tratemos con confianza. (Forja, 30)


¿Qué relación tienen los mandamientos de la ley de Dios y la Ley Natural?


Los diez mandamientos pertenecen a la revelación de Dios y nos enseñan la verdadera humanidad del hombre. Ponen de relieve los deberes esenciales y, por tanto indirectamente, los derechos fundamentales, inherentes a la naturaleza de la persona humana. El Decálogo contiene una expresión privilegiada de la “ley natural”: «Desde el comienzo, Dios había puesto en el corazón de los hombres los preceptos de la ley natural. Primeramente se contentó con recordárselos. Esto fue el Decálogo, el cual, si alguien no lo guarda, no tendrá la salvación, y no les exigió nada más» (San Ireneo de Lyon, Adversus haereses, 4, 15, 1). (Catecismo de la Iglesia Católica, 2070)


Aunque accesibles a la sola razón, los preceptos del Decálogo han sido revelados. Para alcanzar un conocimiento completo y cierto de las exigencias de la ley natural, la humanidad herida por el pecado, con dificultad para alcanzar la verdad y el bien, necesitaba esta revelación: «En el estado de pecado, una explicación plena de los mandamientos del Decálogo resultó necesaria a causa del oscurecimiento de la luz de la razón y de la desviación de la voluntad» (San Buenaventura, In quattuor libros Sententiarum, 3, 37, 1, 3).


Conocemos los mandamientos de la ley de Dios por la revelación divina que nos es propuesta en la Iglesia, y por la voz de la con ciencia moral. (Catecismo de la Iglesia Católica, 2071)


Textos de san Josemaría para meditar


Si el mundo y todo lo que en él hay —menos el pecado— es bueno, porque es obra de Dios Nuestro Señor, el cristiano, luchando continuamente por evitar las ofensas a Dios —una lucha positiva de amor—, ha de dedicarse a todo lo terreno, codo a codo con los demás ciudadanos; debe defender todos los bienes derivados de la dignidad de la persona.


Y existe un bien que deberá siempre buscar especialmente: el de la libertad personal. Sólo si defiende la libertad individual de los demás con la correspondiente personal responsabilidad, podrá, con honradez humana y cristiana, defender de la misma manera la suya. Repito y repetiré sin cesar que el Señor nos ha dado gratuitamente un gran regalo sobrenatural, la gracia divina; y otra maravillosa dádiva humana, la libertad personal, que exige de nosotros —para que no se corrompa, convirtiéndose en libertinaje— integridad, empeño eficaz en desenvolver nuestra conducta dentro de la ley divina, porque donde está el Espíritu de Dios, allí hay libertad.


El Reino de Cristo es de libertad: aquí no existen más siervos que los que libremente se encadenan, por Amor a Dios. ¡Bendita esclavitud de amor, que nos hace libres! Sin libertad, no podemos corresponder a la gracia; sin libertad, no podemos entregarnos libremente al Señor, con la razón más sobrenatural: porque nos da la gana. (Es Cristo que pasa, 184)


25 de agosto de 2021

SABOREAR EL AMOR DE DIOS


 

Evangelio (Mt 23, 27-32)


¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que os parecéis a sepulcros blanqueados, que por fuera aparecen hermosos, pero por dentro están llenos de huesos de muertos y de toda podredumbre! Así también vosotros por fuera os mostráis justos ante los hombres, pero por dentro estáis llenos de hipocresía y de iniquidad.


¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que edificáis las tumbas de los profetas y adornáis los sepulcros de los justos, y decís: «Si hubiéramos vivido en tiempos de nuestros padres, no habríamos sido sus cómplices en la sangre de los profetas!». Así pues, atestiguáis contra vosotros mismos que sois hijos de los que mataron a los profetas. Y vosotros, colmad la medida de vuestros padres.


Comentario


El Evangelio de hoy recoge los dos últimos reproches de Jesús a los escribas y fariseos, centrados en la hipocresía. El Señor utiliza una imagen potente y visual: les compara a los sepulcros que por fuera están limpios, pintados de blanco, hermosos, pero que por dentro, como no puede ser de otra manera, están llenos de huesos y podredumbre.


Aquellos hombres se han puesto una careta para ocultar sus miserias, para poder ser admirados, para aparentar otra vida. Quizá por eso Jesucristo no soporta la hipocresía, porque es un modo de huir de uno mismo.


Por un lado, no amamos en nosotros lo que Dios ama. Es como si le dijéramos a Dios que no nos ha hecho bien, que no somos amables, que no somos valiosos, que debería habernos hecho de otra manera.


Y, sin embargo, Dios no se ha equivocado. Ha volcado todo su Amor en cada uno de nosotros, dándonos una originalidad y una belleza propias.


Por otro lado, al ocultar nuestras miserias no le permitimos a Dios que nos rehaga y renueve; que vaya al fondo de nuestro corazón y lo habite. Por eso, para romper hipocresías necesitamos aprender a acusarnos a nosotros mismos.


Como dice el papa Francisco, tenemos que abrirle el alma a Dios y decirle con sencillez: “He hecho esto, yo pienso así, malamente.... Tengo envidia, me gustaría destruir aquello..., lo que está dentro, lo nuestro, y decirlo ante Dios. Este es un ejercicio espiritual que no es común, no es habitual, pero tratamos de hacerlo: acusarnos a nosotros mismos, vernos en el pecado, en las hipocresías y en la maldad que hay en nuestro corazón. Porque el diablo siembra la maldad y decirle al Señor: "¡Mira, Señor, cómo soy!", y decirlo con humildad”.


Tenemos miserias, pero a la vez tenemos toda la Misericordia de un Dios que nos da novedad de su Vida y Amor cada vez que se lo pedimos con un corazón contrito. Así, nuestro corazón no estará habitado por egoísmos y soberbias, sino por el fuego enamorado de Cristo.


PARA TU RATO DE ORACION


El Reino de los Cielos es como un comerciante que busca perlas finas y, cuando encuentra una perla de gran valor, va y vende todo cuanto tiene y la compra.


Mt 13, 44-52


Nada vale nada al lado de Dios


Considera lo más hermoso y grande de la tierra..., lo que place al entendimiento y a las otras potencias..., y lo que es recreo de la carne y de los sentidos... Y el mundo, y los otros mundos, que brillan en la noche: el Universo entero. —Y eso, junto con todas las locuras del corazón satisfechas..., nada vale, es nada y menos que nada, al lado de ¡este Dios mío! —¡tuyo!— tesoro infinito, margarita preciosísima, humillado, hecho esclavo, anonadado con forma de siervo en el portal donde quiso nacer, en el taller de José, en la Pasión y en la muerte ignominiosa... y en la locura de Amor de la Sagrada Eucaristía.


Camino, 432


El Señor no cambia; no necesita moverse para ir detrás de cosas que no tenga; es todo el movimiento y toda la belleza y toda la grandeza. Hoy como antes.


Amigos de Dios, 190


Los enamorados no saben decirse adiós: se acompañan siempre. —Tú y yo, ¿amamos así al Señor?


Surco 666


¡Dios mío!: encuentro gracia y belleza en todo lo que veo: guardaré la vista a todas horas, por Amor.


Forja, 415


Dios nos quiere infinitamente más de lo que tú mismo te quieres... ¡Déjale, pues, que te exija!


Forja, 813


EL SACRIFICIO ES SÓLO APARENTE: PORQUE AL VIVIR ASÍ —CON SACRIFICIO— SE LIBRA DE MUCHAS ESCLAVITUDES Y LOGRA, EN LO ÍNTIMO DE SU CORAZÓN, SABOREAR TODO EL AMOR DE DIOS

Si la palabra amor sale muchas veces de la boca, sin estar respaldada con pequeños sacrificios, llega a cansar.


Surco, 979


No se ha limitado el Señor a decirnos que nos ama: sino que nos lo ha demostrado con las obras, con la vida entera. —¿Y tú?


Forja, 62


Templanza


Tomemos ejemplos de la vida corriente. San Pablo los menciona: los que han de competir en la palestra, guardan en todo una exacta continencia; y no es sino para alcanzar una corona perecedera, al paso que nosotros la esperamos eterna. Os basta echar una mirada a vuestro alrededor. Fijaos a cuántos sacrificios se someten de buena o de mala gana, ellos y ellas, por cuidar el cuerpo, por defender la salud, por conseguir la estimación ajena... ¿No seremos nosotros capaces de removernos ante ese inmenso amor de Dios tan mal correspondido por la humanidad, mortificando lo que haya de ser mortificado, para que nuestra mente y nuestro corazón vivan más pendientes del Señor?


Amigos de Dios, 135


Si hasta ahora, antes de encontrarle, querías correr en tu vida con los ojos abiertos, para enterarte de todo; desde este momento..., ¡a correr con la mirada limpia!, para ver con El lo que verdaderamente te interesa.


Surco, 682


¿NO SEREMOS NOSOTROS CAPACES DE REMOVERNOS ANTE ESE INMENSO AMOR DE DIOS TAN MAL CORRESPONDIDO POR LA HUMANIDAD, MORTIFICANDO LO QUE HAYA DE SER MORTIFICADO, PARA QUE NUESTRA MENTE Y NUESTRO CORAZÓN VIVAN MÁS PENDIENTES DEL SEÑOR?

Templanza es señorío. No todo lo que experimentamos en el cuerpo y en el alma ha de resolverse a rienda suelta. No todo lo que se puede hacer se debe hacer. Resulta más cómodo dejarse arrastrar por los impulsos que llaman naturales; pero al final de ese camino se encuentra la tristeza, el aislamiento en la propia miseria. (…) Quiero considerar los frutos de la templanza, quiero ver al hombre verdaderamente hombre, que no está atado a las cosas que brillan sin valor, como las baratijas que recoge la urraca. Ese hombre sabe prescindir de lo que produce daño a su alma, y se da cuenta de que el sacrificio es sólo aparente: porque al vivir así —con sacrificio— se libra de muchas esclavitudes y logra, en lo íntimo de su corazón, saborear todo el amor de Dios.


La vida recobra entonces los matices que la destemplanza difumina; se está en condiciones de preocuparse de los demás, de compartir lo propio con todos, de dedicarse a tareas grandes. La templanza cría al alma sobria, modesta, comprensiva; le facilita un natural recato que es siempre atractivo, porque se nota en la conducta el señorío de la inteligencia. La templanza no supone limitación, sino grandeza. Hay mucha más privación en la destemplanza, en la que el corazón abdica de sí mismo, para servir al primero que le presente el pobre sonido de unos cencerros de lata.


Amigos de Dios, 84


De ordinario comes más de lo que necesitas. —Y esa hartura, que muchas veces te produce pesadez y molestia física, te inhabilita para saborear los bienes sobrenaturales y entorpece tu entendimiento. ¡Qué buena virtud, aun para la tierra, es la templanza!


Camino, 682


Desprendimiento


El amor gustoso, que hace feliz al alma, está basado en el dolor: no cabe amor sin renuncia.


Forja, 760


Hemos de exigirnos en la vida cotidiana, con el fin de no inventarnos falsos problemas, necesidades artificiosas, que en último término proceden del engreimiento, del antojo, de un espíritu comodón y perezoso. Debemos ir a Dios con paso rápido, sin pesos muertos ni impedimentas que dificulten la marcha. Precisamente porque no consiste la pobreza de espíritu en no tener, sino en estar de veras despegados, debemos permanecer atentos para no engañarnos con imaginarios motivos de fuerza mayor. Buscad lo suficiente, buscad lo que basta. Y no queráis más. Lo que pasa de ahí, es agobio, no alivio; apesadumbra, en vez de levantar.


Amigos de Dios, 125


A veces bastará como remedio la pequeña mortificación de prescindir del uso de algo por una temporada corta. O, en otro orden, no pasa nada si un día renuncias al medio de transporte que habitualmente empleas, y entregas como limosna la cantidad que ahorras, aunque sea muy poco dinero. De todos modos, si tienes espíritu de desprendimiento, no dejarás de descubrir ocasiones continuas, discretas y eficaces, de ejercitarlo.


Amigos de Dios, 125


¿No has contrariado, alguna vez, en algo, tus gustos, tus caprichos? —Mira que Quien te lo pide está enclavado en una Cruz —sufriendo en todos sus sentidos y potencias—, y una corona de espinas cubre su cabeza... por ti.


Surco, 989


Para llegar al fin


Ser fiel a Dios exige lucha. Y lucha cuerpo a cuerpo, hombre a hombre —hombre viejo y hombre de Dios—, detalle a detalle, sin claudicar.


Surco, 126


Necesito prevenirte contra una argucia de “satanás” —así, ¡con minúscula!, porque no se merece más—, que intenta servirse de las circunstancias más normales, para desviarnos poco o mucho del camino que nos lleva a Dios. Si luchas, y más aun si luchas de veras, no debes extrañarte de que sobrevenga el cansancio o el tiempo de “marchar a contrapelo”, sin ningún consuelo espiritual ni humano. Mira lo que me escribían hace tiempo, y que recogí pensando en algunos que ingenuamente consideran que la gracia prescinde de la naturaleza: “Padre: desde hace unos días estoy con una pereza y una apatía tremendas, para cumplir el plan de vida; todo lo hago a la fuerza y con muy poco espíritu. Ruegue por mí para que pase pronto esta crisis, que me hace sufrir mucho pensando en que puede desviarme del camino”.


EL SEÑOR PERMITE ESA ARIDEZ TUYA, QUE TAN DURA SE TE HACE, PARA QUE LE AMES MÁS, PARA QUE CONFÍES SÓLO EN ÉL

—Me limité a contestar: ¿no sabías que el Amor exige sacrificio? Lee despacio las palabras del Maestro “quien no toma su Cruz «cotidie» —cada día, no es digno de Mí”. Y más adelante: “no os dejaré huérfanos...”. El Señor permite esa aridez tuya, que tan dura se te hace, para que le ames más, para que confíes sólo en El, para que con la Cruz corredimas, para que le encuentres.


Surco, 149


No sabes si será decaimiento físico o una especie de cansancio interior lo que se ha apoderado de ti, o las dos cosas a la vez...: luchas sin lucha, sin el afán de una auténtica mejora positiva, para pegar la alegría y el amor de Cristo a las almas. Quiero recordarte las palabras claras del Espíritu Santo: sólo será coronado el que haya peleado «legitime» —de verdad, a pesar de los pesares.


Surco, 163


Sí, tienes razón: ¡qué hondura, la de tu miseria! Por ti, ¿dónde estarías ahora, hasta dónde habrías llegado?... "Solamente un Amor lleno de misericordia puede seguir amándome", reconocías. —Consuélate: Él no te negará ni su Amor ni su Misericordia, si le buscas.


Forja 897


Porque María es Madre, su devoción nos enseña a ser hijos: a querer de verdad, sin medida; a ser sencillos, sin esas complicaciones que nacen del egoísmo de pensar sólo en nosotros; a estar alegres, sabiendo que nada puede destruir nuestra esperanza. El principio del camino que lleva a la locura del amor de Dios es un confiado amor a María Santísima. Así lo escribí hace ya muchos años, en el prólogo a unos comentarios al santo rosario, y desde entonces he vuelto a comprobar muchas veces la verdad de esas palabras. No voy a hacer aquí muchos razonamientos, con el fin de glosar esa idea: os invito más bien a que hagáis la experiencia, a que lo descubráis por vosotros mismos, tratando amorosamente a María, abriéndole vuestro corazón, confiándole vuestras alegrías y vuestra penas, pidiéndole que os ayude a conocer y a seguir a Jesús.


Es Cristo que pasa, 143


EL PRINCIPIO DEL CAMINO QUE LLEVA A LA LOCURA DEL AMOR DE DIOS ES UN CONFIADO AMOR A MARÍA SANTÍSIMA

Disipación. —Dejas que se abreven tus sentidos y potencias en cualquier charca. —Así andas tú luego: sin fijeza, esparcida la atención, dormida la voluntad y despierta la concupiscencia. —Vuelve con seriedad a sujetarte a un plan, que te haga llevar vida de cristiano, o nunca harás nada de provecho.


Camino, 375


Procura lograr diariamente unos minutos de esa bendita soledad que tanta falta hace para tener en marcha la vida interior.


Camino, 304