"Hago todos los días mi "ratito" de oración: ¡si no fuera por eso!" (Camino, 106)

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4 de septiembre de 2021

“Para servir, servir”

 


Evangelio (Lc 6, 1-5)


Un sábado pasaba él por entre unos sembrados, y sus discípulos arrancaban espigas, las desgranaban con las manos y se las comían. Algunos fariseos les dijeron:


—¿Por qué hacéis en sábado lo que no es lícito?


Y Jesús respondiéndoles dijo:


—¿No habéis leído lo que hizo David, cuando tuvieron hambre él y los que le acompañaban? ¿Cómo entró en la Casa de Dios, tomó los panes de la proposición y comió y dio a los que le acompañaban, a pesar de que sólo a los sacerdotes les es lícito comerlos?


Y les decía:


—El Hijo del Hombre es señor del sábado.


Comentario


El evangelio de la misa de hoy, como el de ayer, nos recuerda otra controversia de algunos fariseos con Jesús. Estas controversias giraban en torno a elementos fundamentales de la religiosidad judía y Jesús tenía mucho interés en que sus interlocutores purificaran su forma de entenderlas. Cuando Dios pidió al pueblo de Israel vivir el sábado, y lo hizo de una forma especialmente solemne, no le impuso una carga, sino que le dio un don, porque la ley de Dios no es imposición sino una gracia, una ayuda singular dada a quien se ama de un modo especial. Pero el don es inferior al donador. Si no cuidamos los dones y profundizamos en su sentido, somos capaces de empequeñecer el don haciéndolo superior a su donador.


Para los cristianos, el precepto dominical es un don. La idea de dedicar ese día de un modo particular a dar centralidad a la Eucaristía y a dar gracias a Dios a través del descanso y el carácter festivo no es imponer, sino animar a considerar que todo lo que existe es regalo de Dios para nosotros, para que lo cuidemos, cosa que solo podremos hacer si lo miramos con agradecimiento. Al mismo tiempo, cuando este mundo pase, quien quedará es el Señor, nuestro verdadero Descanso, no el domingo, pues el domingo está al servicio del Señor. Ese es su sentido.


Dios anima a los fariseos a que no se escondan en preceptos, por muy importantes que sean, para no vivir el fundamental, el que resume toda la ley: amar a Dios con todo el corazón y amar al prójimo como a uno mismo. Si uno ama a Dios con todo el corazón, vivirá con alegría el precepto del sábado o del domingo, y comprenderá su sentido. Jesús se dirige también a nosotros a través de estas controversias, y nos pide que amamos sinceramente lo que vivimos. Que no seamos cumplidores externos. Y amar sinceramente no es sencillo, porque amar así significa implicarnos con toda nuestra persona en el objeto de nuestro amor, esto es, ponernos a su servicio: “No he venido a ser servido, sino a servir” (Mt 20,28).


PARA TU RATO DE ORACION 


Tú también tienes una vocación profesional, que te "aguijonea". –Pues, ese "aguijón" es el anzuelo para pescar hombres. Rectifica, por tanto, la intención, y no dejes de adquirir todo el prestigio profesional posible, en servicio de Dios y de las almas. El Señor cuenta también con "esto". (Surco, 491)


Por eso, como lema para vuestro trabajo, os puedo indicar éste: para servir, servir. Porque, en primer lugar, para realizar las cosas, hay que saber terminarlas. No creo en la rectitud de intención de quien no se esfuerza en lograr la competencia necesaria, con el fin de cumplir debidamente las tareas que tiene encomendadas. No basta querer hacer el bien, sino que hay que saber hacerlo. Y, si realmente queremos, ese deseo se traducirá en el empeño por poner los medios adecuados para dejar las cosas acabadas, con humana perfección.


Pero también ese servir humano, esa capacidad que podríamos llamar técnica, ese saber realizar el propio oficio, ha de estar informado por un rasgo que fue fundamental en el trabajo de San José y debería ser fundamental en todo cristiano: el espíritu de servicio, el deseo de trabajar para contribuir al bien de los demás hombres. El trabajo de José no fue una labor que mirase hacia la autoafirmación, aunque la dedicación a una vida operativa haya forjado en él una personalidad madura, bien dibujada. El Patriarca trabajaba con la conciencia de cumplir la voluntad de Dios, pensando en el bien de los suyos, Jesús y María, y teniendo presente el bien de todos los habitantes de la pequeña Nazaret. (Es Cristo que pasa, 50-51)


Cualquier actividad –sea o no humanamente muy importante– ha de convertirse para ti en un medio de servir al Señor y a los hombres: ahí está la verdadera dimensión de su importancia. (Forja, 684)


No me aparto de la verdad más rigurosa, si os digo que Jesús sigue buscando ahora posada en nuestro corazón. Hemos de pedirle perdón por nuestra ceguera personal, por nuestra ingratitud. Hemos de pedirle la gracia de no cerrarle nunca más la puerta de nuestras almas.


No nos oculta el Señor que esa obediencia rendida a la voluntad de Dios exige renuncia y entrega, porque el Amor no pide derechos: quiere servir. Él ha recorrido primero el camino. Jesús, ¿cómo obedeciste tú? Usque ad mortem, mortem autem crucis, hasta la muerte y muerte de la cruz. Hay que salir de uno mismo, complicarse la vida, perderla por amor de Dios y de las almas. He aquí que tú querías vivir, y no querías que nada te sucediera; pero Dios quiso otra cosa. Existen dos voluntades: tu voluntad debe ser corregida, para identificarse con la voluntad de Dios; y no la de Dios torcida, para acomodarse a la tuya.


Yo he visto con gozo a muchas almas que se han jugado la vida ‑como tú, Señor, usque ad mortem‑, al cumplir lo que la voluntad de Dios les pedía: han dedicado sus afanes y su trabajo profesional al servicio de la Iglesia, por el bien de todos los hombres.


Aprendamos a obedecer, aprendamos a servir: no hay mejor señorío que querer entregarse voluntariamente a ser útil a los demás. Cuando sentimos el orgullo que barbota dentro de nosotros, la soberbia que nos hace pensar que somos superhombres, es el momento de decir que no, de decir que nuestro único triunfo ha de ser el de la humildad. Así nos identificaremos con Cristo en la Cruz, no molestos o inquietos o con mala gracia, sino alegres: porque esa alegría, en el olvido de sí mismo, es la mejor prueba de amor. (Es Cristo que pasa, 19)


En medio del júbilo de la fiesta, en Caná, sólo María advierte la falta de vino... Hasta los detalles más pequeños de servicio llega el alma si, como Ella, se vive apasionadamente pendiente del prójimo, por Dios. (Surco, 631)


Servir, servir, hijos míos, es lo nuestro; ser criados de todos, para que en nuestros días el pueblo fiel aumente en mérito y número (Oración Super populum.).


Mirad a María. Jamás criatura alguna se ha entregado con más humildad a los designios de Dios. La humildad de la ancilla Domini (Lc I, 38.), de la esclava del Señor, es el motivo de que la invoquemos como causa nostrae laetitiae, causa de nuestra alegría. Eva, después de pecar queriendo en su locura igualarse a Dios, se escondía del Señor y se avergonzaba: estaba triste. María, al confesarse esclava del Señor, es hecha Madre del Verbo divino, y se llena de gozo. Que este júbilo suyo, de Madre buena, se nos pegue a todos nosotros: que salgamos en esto a Ella –a Santa María–, y así nos pareceremos más a Cristo. (Amigos de Dios, 108-109)


Estos días –me comentabas– han transcurrido más felices que nunca. –Y te contesté sin vacilar: porque "has vivido" un poco más entregado que de ordinario. (Surco, 7)


Recordad la parábola de los talentos. Aquel Siervo que recibió uno, podía -como sus compañeros- emplearlo bien, ocuparse de que rindiera, aplicando la cualidades que poseía. ¿Y qué delibera? Le preocupa el miedo a perderlo. Bien. Pero, ¿después? ¡Lo entierra! Y aquello no da fruto.

No olvidemos este caso de temor enfermizo a aprovechar honradamente la capacidad de trabajo, la inteligencia, la voluntad, todo el hombre. ¡Lo entierro -parece afirmar ese desgraciado-, pero mi libertad queda a salvo! No. La libertad se ha inclinado hacia algo muy concreto, hacia la sequedad más pobre y árida. Ha tomado partido, porque no tenía más remedio que elegir: pero ha elegido mal.

Nada más falso que oponer la libertad a la entrega, porque la entrega viene como consecuencia de la libertad. Mirad, cuando una madre se sacrifica por amor a sus hijos, ha elegido; y, según la medida de ese amor, así se manifestará su libertad. Si ese amor es grande, la libertad aparecerá fecunda, y el bien de los hijos proviene de esa bendita libertad, que supone entrega, y proviene de esa bendita entrega, que es precisamente libertad.

Pero, me preguntaréis, cuando alcanzamos lo que amamos con toda el alma ya no seguiremos buscando: ¿ha desaparecido la libertad? Os aseguro que entonces es más operativa que nunca, porque el amor no se contenta con un cumplimiento rutinario, ni se compagina con el hastío o con la apatía. Amar significa recomenzar cada día a servir, con obras de cariño.

Insisto, querría grabarlo a fuego en cada uno: la libertad y la entrega no se contradicen; se sostienen mutuamente. La libertad sólo puede entregarse por amor; otra clase de desprendimiento no la concibo. No es un juego de palabras, más o menos acertado. En la entrega voluntaria, en cada instante de esa dedicación, la libertad renueva el amor, y renovarse es ser continuamente joven, generoso, capaz de grandes ideales y de grandes sacrificios. (Amigos de Dios, 30-31)


Cuando te hablo del "buen ejemplo", quiero indicarte también que has de comprender y disculpar, que has de llenar el mundo de paz y de amor. (Forja, 560)


¡Si los cristianos supiésemos servir! Vamos a confiar al Señor nuestra decisión de aprender a realizar esta tarea de servicio, porque sólo sirviendo podremos conocer y amar a Cristo, y darlo a conocer y lograr que otros más lo amen.


¿Cómo lo mostraremos a las almas? Con el ejemplo: que seamos testimonio suyo, con nuestra voluntaria servidumbre a Jesucristo, en todas nuestras actividades, porque es el Señor de todas las realidades de nuestra vida, porque es la única y la última razón de nuestra existencia. Después, cuando hayamos prestado ese testimonio del ejemplo, seremos capaces de instruir con la palabra, con la doctrina. Así obró Cristo: coepit facere et docere, primero enseñó con obras, luego con su predicación divina.


Servir a los demás, por Cristo, exige ser muy humanos. Si nuestra vida es deshumana, Dios no edificará nada en ella, porque ordinariamente no construye sobre el desorden, sobre el egoísmo, sobre la prepotencia. Hemos de disculpar a todos, hemos de perdonar a todos. No diremos que lo injusto es justo, que la ofensa a Dios no es ofensa a Dios, que lo malo es bueno. Pero, ante el mal, no contestaremos con otro mal, sino con la doctrina clara y con la acción buena: ahogando el mal en abundancia de bien. (Es Cristo que pasa, 182).


26 de mayo de 2021

APRENDER A SERVIR

 


Evangelio (Mc 10, 32-45)


Iban de camino subiendo a Jerusalén. Jesús los precedía y ellos estaban sorprendidos: los que le seguían tenían miedo. Tomó de nuevo consigo a los doce y comenzó a decirles lo que le iba a suceder:

-Mirad, subimos a Jerusalén, y el Hijo del Hombre será entregado a los príncipes de los sacerdotes y a los escribas; le condenarán a muerte y le entregarán a los gentiles; se burlarán de él, le escupirán, lo azotarán y lo matarán, pero después de tres días resucitará.


Entonces se acercan a él Santiago y Juan, los hijos de Zebedeo, diciéndole:

—Maestro, queremos que nos concedas lo que te vamos a pedir.

Él les dijo:

—¿Qué queréis que os haga?

Y ellos le contestaron:

—Concédenos sentarnos uno a tu derecha y otro a tu izquierda en tu gloria.

Y Jesús les dijo:

—No sabéis lo que pedís. ¿Podéis beber el cáliz que yo bebo, o recibir el bautismo con que yo soy bautizado?


—Podemos -le dijeron ellos.

Jesús les dijo:

—Beberéis el cáliz que yo bebo y recibiréis el bautismo con que yo soy bautizado; pero sentarse a mi derecha o a mi izquierda no me corresponde concederlo, sino que es para quienes está dispuesto.

Al oír esto los diez comenzaron a indignarse contra Santiago y Juan. Entonces Jesús les llamó y les dijo:

—Sabéis que los que figuran como jefes de las naciones las oprimen, y los poderosos las avasallan. No tiene que ser así entre vosotros; al contrario: quien quiera llegar a ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor; y quien entre vosotros quiera ser el primero, que sea esclavo de todos: porque el Hijo del Hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida en redención de muchos.


Comentario


El evangelio de hoy nos presenta uno de los numerosos diálogos entre Jesús y sus discípulos mientras subían a Jerusalén. En esta ocasión, justo después de que el Señor anunciara lo que les esperaba en la ciudad santa, se acercan Santiago y Juan y le piden audazmente gozar de privilegios especiales cuando se proclame el Reino: “Concédenos sentarnos uno a tu derecha y otro a tu izquierda” (v. 37), a lo que el Maestro responde inmediatamente diciendo: “No sabéis lo que pedís” (v. 38).

Para Jesús, lo que hay que reprochar en la petición de los hijos de Zebedeo no es tanto el deseo de tener lugares de honor, sino que quieran saltarse y no tener en cuenta lo que está por suceder en Jerusalén, lugar en donde “el Hijo del Hombre será entregado” (v. 33). En pocas palabras, el Señor corrige su pretensión de querer obtener la victoria del Reino sin pasar por la cruz.


La cruz es parte esencial de la historia y del mensaje que Jesús quiere transmitir a sus discípulos de todos los tiempos. Significa por un lado que el Señor está dispuesto a ir al encuentro de aquellos que “se burlarán de él, le escupirán, lo azotarán y lo matarán” (v. 34). Pero sabemos también que lo hace para enseñarnos cómo debemos comportarnos en los momentos duros, y que a pesar de los pesares, siempre es posible “servir” y “dar vida” (cf. v. 45).

Si estamos dispuestos a seguir la enseñanza de Jesús, encontraremos lo que Santiago y Juan buscaban a tientas. La verdadera grandeza se alcanza cuando con la ayuda de Dios vivimos un amor dispuesto al servicio, que sabe perseverar en ese empeño, aún cuando las circunstancias sean difíciles y nos veamos rodeados de dificultades. Sabemos que Jesús lo ha conseguido, y sabemos también que no nos dejará abandonados si intentamos seguir sus pasos.

TEXTO PARA LA ORACION

— El ejemplo de Cristo. Servir es reinar.

— Distintos servicios que podemos prestar a la Iglesia, a la sociedad.

— Servir con alegría siendo competentes en la propia profesión.


I. El Evangelio de la Misa1 recoge la petición de los hijos de Zebedeo de ocupar los puestos primeros en el nuevo Reino. El resto de los discípulos, al enterarse de este deseo, se indignaron contra los dos hermanos. El disgusto no fue provocado, probablemente, por lo insólito de la demanda, sino porque todos se sentían con iguales o mejores derechos que Santiago y que Juan para ocupar esos puestos preeminentes. Jesús conoce la ambición de quienes habrán de ser los cimientos de su Iglesia, y les dice que ellos no han de comportarse como los reyezuelos que oprimen y avasallan a sus súbditos. No será así la autoridad de la Iglesia; por el contrario, quien quiera ser grande entre vosotros, sea vuestro servidor; y quien entre vosotros quiera ser el primero sea esclavo de todos. Es un nuevo señorío, una nueva manera de «ser grande»; y el Señor les muestra el fundamento de esta nueva nobleza y su razón de ser: porque el Hijo del Hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida en redención de muchos.


La vida de Cristo es una constante ayuda a los hombres, y su doctrina, una repetida invitación a servir a los demás. Él es el ejemplo que debe ser imitado por quienes ejerzan la autoridad en su Iglesia y por todos los cristianos; siendo Dios y Juez que ha de venir a juzgar al mundo, no se impone, sirve por amor hasta dar su vida por todos2: esta es su forma de ser el primero. Así lo entendieron los Apóstoles, especialmente después de la venida del Espíritu Santo. San Pedro exhortará más tarde a los presbíteros a que apacienten el rebaño de Dios a ellos confiado, no como dominadores, sino sirviendo de ejemplo3; y lo mismo San Pablo, que, sin estar sometido a nadie, se hizo siervo de todos para ganarlos a todos4.


Pero el Señor no solo se dirige a sus Apóstoles, sino a los discípulos de todos los tiempos. Nos enseña que existe un singular honor en el auxilio y asistencia a los hombres, imitando al Maestro. «Esta dignidad se expresa en la disponibilidad para servir, según el ejemplo de Cristo, que no ha venido a ser servido sino a servir. Si, por consiguiente, a la luz de esta actitud de Cristo se puede verdaderamente reinar solo sirviendo, a la vez, el servir exige tal madurez espiritual que es necesario definirla como el reinar. Para poder servir digna y eficazmente a los otros, hay que saber dominarse, es necesario poseer las virtudes que hacen posible tal dominio»5, virtudes como la humildad de corazón, la generosidad, la fortaleza, la alegría..., que nos capacitan para poner la vida al servicio de Dios, de la familia, de los amigos, de la sociedad.


II. La vida de Jesús es un incansable servicio –incluso material– a los hombres: los atiende, les enseña, los conforta..., hasta dar la vida. Si queremos ser sus discípulos, ¿cómo no vamos nosotros a fomentar esa disposición del corazón que nos impulsa a darnos constantemente a quienes están a nuestro lado?


La última noche, antes de la Pasión, Cristo quiso dejarnos un ejemplo particularmente significativo de cómo debíamos comportarnos: mientras celebraban la Cena, se levantó el Señor, se quitó el manto, tomó la toalla y se la ciñó. Después echó agua en una jofaina y empezó a lavarles los pies a los discípulos y a secárselos con la toalla que se había ceñido6. Realizó la tarea propia de los siervos de la casa. «De nuevo ha predicado con el ejemplo, con las obras. Ante los discípulos, que discutían por motivos de soberbia y de vanagloria, Jesús se inclina y cumple gustosamente el oficio de siervo (...). A mí me conmueve esta delicadeza de nuestro Cristo. Porque no afirma: si yo me ocupo de esto, ¿cuánto más tendríais que realizar vosotros? Se coloca al mismo nivel, no coacciona: fustiga amorosamente la falta de generosidad de aquellos hombres.


»Como a los primeros doce, también a nosotros el Señor puede insinuarnos y nos insinúa continuamente: exemplum dedi vobis (Jn 13, 15), os he dado ejemplo de humildad. Me he convertido en siervo, para que vosotros sepáis, con el corazón manso y humilde, servir a todos los hombres»7. Servimos al Señor cuando procuramos ser ejemplares en el cumplimiento de los propios deberes, y cuando nos esforzamos en dar a conocer las enseñanzas de la Iglesia con claridad y con valentía en un mundo confuso, ignorante y frecuentemente errado en puntos claves, incluso de la ley natural. En esta situación, en la que se encuentra buena parte de la sociedad, «el mejor servicio que podemos hacer a la Iglesia y a la humanidad es dar doctrina»8.


El ejercicio de la profesión hemos de entenderlo, no solo como un medio de ganar lo necesario y para desarrollar noblemente la propia personalidad, sino como un servicio a la sociedad, un medio de contribuir al desarrollo y al necesario bienestar. Algunas profesiones constituyen un servicio directo a las personas y dan mayor posibilidad de ejercitar una serie de virtudes que vuelven al corazón más generoso y humilde. La figura de Cristo atendiendo a quienes se le acercan, lavando los pies a los discípulos..., ha de ser un poderoso estímulo para atender a aquellos que, por deber profesional, nos son encomendados.


La meditación frecuente de las palabras del Señor –no he venido a ser servido, sino a servir– nos ayudará a no detenernos ante esos trabajos más molestos –a veces más necesarios–: así serviremos como Él lo hizo. La vida familiar es un excelente lugar para manifestar este espíritu de servicio en multitud de detalles que pasarán frecuentemente inadvertidos, pero que ayudan a fomentar una convivencia grata y amable, en la que está presente Cristo. Estos pequeños servicios –en los que procuramos adelantarnos– son también un ejercicio constante de la caridad, y un medio para no caer en el aburguesamiento y para crecer en la vida de unión con Dios, si los hacemos por Él. El Señor nos llama con ocasión de las necesidades ajenas, particularmente de los enfermos, los ancianos, y de quienes de alguna manera son más indigentes. Estas ayudas son particularmente gratas al Señor cuando se realizan con tal humildad y finura humana que apenas se advierten, y que no piden ser recompensadas.


III. No imaginamos al Señor con un gesto forzado o triste, quejoso, cuando las multitudes acuden a Él, o mientras lava los pies a los discípulos. El Señor sirve con alegría, amablemente, en tono cordial. Y así debemos hacer nosotros cuando realizamos esos quehaceres que son un servicio a Dios, a la sociedad o a quienes están próximos: Servid al Señor con alegría9, nos dice el Espíritu Santo por boca del Salmista; es más, el Señor promete la alegría, la felicidad, a quienes sirven a los demás: después de lavar los pies a sus discípulos, afirma: si aprendéis esto, seréis dichosos si lo practicáis10. Esta es, quizá, la primera cualidad del corazón que se da a Dios y que busca motivos –a veces muy pequeños– para darse a los demás. Aquello que entregamos con una sonrisa, con una actitud amable, parece como si adquiriera un valor nuevo y se apreciara también más. Y cuando se presente la oportunidad, o el deber, de prestar un servicio que en sí es desagradable y molesto, «hazlo con especial alegría y con la humildad con que lo harías si fueras el siervo de todos. De esta práctica sacarás tesoros inmensos de virtud y de gracia»11. Puede que nos resulte costoso, y entonces pediremos: «¡Jesús, que haga buena cara!»12.


Para servir, hemos de ser competentes en nuestro trabajo, en el oficio que realizamos. Sin esta competencia poco valdría la mejor buena voluntad: «para servir, servir. Porque, en primer lugar, para realizar las cosas, hay que saber terminarlas. No creo en la rectitud de intención de quien no se esfuerza en lograr la competencia necesaria, con el fin de cumplir debidamente las tareas que tiene encomendadas. No basta querer hacer el bien, sino que hay que saber hacerlo. Y, si realmente queremos, ese deseo se traducirá en el empeño por poner los medios adecuados para dejar las cosas acabadas, con humana perfección»13.


La ayuda y la atención a los demás hemos de prestarlas sin esperar nada a cambio, con generosidad, sabiendo que todo servicio ensancha el corazón y lo enriquece. Y, en todo caso, recordemos que Cristo es «buen pagador» y que, cuando le imitamos, Él tiene en cuenta hasta el menor gesto, el auxilio más pequeño que hemos prestado. Nos mira, y nos sentimos bien pagados.


Examinemos hoy junto al Señor si tenemos una disposición de servicio en el ejercicio de la profesión, si realmente servimos a la sociedad a través de ella, si en nuestro hogar, en el lugar de trabajo, imitamos al Señor, que no vino a ser servido, sino a servir. De modo particular, este espíritu de servicio se ha de poner de manifiesto si ejercemos un cargo de responsabilidad, de autoridad, de formación. Examinemos si procuramos evitar, de ordinario, que los demás nos presten servicios no debidos al cargo y que nosotros mismos podemos realizar. Hemos de tener una actitud muy distinta de aquellos que se valen de la autoridad, del prestigio, de la edad, para pedir o, mucho peor, exigir unas prestaciones que resultarían intolerables incluso desde un punto de vista exclusivamente humano.


Acudimos a San José, servidor fiel y prudente, que estuvo siempre dispuesto a sacar adelante la Sagrada Familia con múltiples sacrificios, y que prestó incontables ayudas a Jesús y a María. Le pedimos que sepamos tener también nosotros esa misma disposición de alma con la propia familia, con las personas con quienes convivimos, sea cual sea el puesto que ocupemos, con las personas que tratamos en el ejercicio de nuestra profesión o por razón de amistad..., con aquellas que se acercan a pedirnos una información o un pequeño favor en medio de la calle. Con la ayuda del Santo Patriarca, veremos en ellos a Jesús y a María. Así nos será fácil servirles.

7 de mayo de 2021

AMIGOS DE TODOS / Toda misión es misión de servicio.




Evangelio (Jn 15,12-17)

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

—Éste es mi mandamiento: que os améis los unos a los otros como yo os he amado. Nadie tiene amor más grande que el de dar uno la vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que os mando. Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor; a vosotros, en cambio, os he llamado amigos, porque todo lo que oí de mi Padre os lo he hecho conocer. No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os he elegido a vosotros, y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto permanezca, para que todo lo que pidáis al Padre en mi nombre os lo conceda. Esto os mando: que os améis los unos a los otros.


Comentario

Hace años se preguntaba Benedicto XVI en su primera encíclica: “¿Se puede mandar el amor?”[1]. Tantos lo consideran hoy un sentimiento, quizá el más noble, pero sujeto al fin y al cabo a los vaivenes del corazón humano. Pero podemos considerar ese amor primero en Dios hacia nosotros: “En la historia de amor que nos narra la Biblia, Él sale a nuestro encuentro, trata de atraernos, llegando hasta la Última Cena, hasta el Corazón traspasado en la cruz, hasta las apariciones del Resucitado y las grandes obras mediante las que Él, por la acción de los Apóstoles, ha guiado el caminar de la Iglesia naciente”[2]. En verdad, Jesús se ha manifestado como nuestro mejor amigo. Él encarna el oráculo del profeta: “Con amor eterno te he amado” (Jeremías 31,3).

En Jesús el amor no es frágil ni efímero. Es eterno, más fuerte que la muerte (cf. Cantar de los cantares 8,6). La amistad que Él nos ha manifestado, además de ser el mismo Amor increado, es también humana, un ejemplo que, con la gracia de Dios, es capaz de arrastrarnos para lanzarnos también nosotros a dar la vida por los demás, en multitud de detalles: escuchar, servir, aconsejar, perdonar, cuidar, etc., “especialmente a los hermanos en la fe” (Gálatas 6,10). Pero también “a todos” (ibid.), porque, con el amor de Cristo, todos pueden llegar a ser amigos: no solo aquellos con quienes más congeniamos; también quienes piensan de modo distinto, o actúan no conforme a nuestras expectativas. Cuando Judas entregó al Maestro con un beso, este le respondió: “Amigo, haz lo que has venido a hacer” (Mateo 26,50).

El Amor es prerrogativa de Dios, podríamos decir que Él tiene la “patente”: “No hay más amor que el Amor”, escribe San Josemaría[3]. El discípulo de Cristo, elegido por Dios con vocación divina, tiene esta hermosa carga: mientras va transformando su corazón a la medida del corazón del Maestro, aprende a querer a los demás y va produciendo los frutos sabrosos y duraderos del Amor de Dios en los demás.

PARA HACER UN RATO DE ORACION

- El don de ser amados por Dios.

- Jesús permanece cerca de nosotros.

- Toda misión es misión de servicio.


A LO LARGO de los años, al echar la mirada atrás, los apóstoles recordarían las palabras de Jesús en la Última Cena. En el Cenáculo, tantas aventuras de los últimos tres años parecerían lejanas, incluso de poca importancia, porque ahora vislumbraban que el Señor los quería para algo mayor. Sus vidas tendrán un sentido más profundo, un alcance más largo: el mundo entero. Las palabras del Señor se quedarían para siempre en sus almas: «Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando» (Jn 15,14). Amigos del mismo Hijo de Dios. Quizá costaba creerlo, pero era cierto. El Señor afirmaría enseguida que nadie tiene amor más grande que quien da la vida por sus amigos. Y es precisamente lo que Jesús ha hecho por nosotros: nos reconoce amigos y nos da su propia vida, especialmente en el tesoro de los sacramentos. Por eso hablamos de “gracia”, porque se trata de un don inmerecido. Brota en nosotros una respuesta de confianza total cuando vislumbramos el «amor gratuito y “apasionado” que Dios tiene por nosotros y que se manifiesta plenamente en Jesucristo»[1].


Tenemos fe en el amor del Señor por cada una y por cada uno. Ese hecho embellece la vida, le da un sentido, una dirección y un fundamento. Nos permite teñir nuestra existencia de felicidad y de santidad. Se va expandiendo a lo largo de los años. El eco de la voz de Cristo en el Cenáculo nos devuelve, una y otra vez, también hoy, a la seguridad de ese amor. «No es difícil imaginar en parte los sentimientos del corazón de Jesucristo en aquella tarde, la última que pasaba con los suyos, antes del sacrificio del Calvario. Considerad la experiencia, tan humana, de la despedida de dos personas que se quieren. Desearían estar siempre juntas, pero el deber –el que sea– les obliga a alejarse. Su afán sería continuar sin separarse, y no pueden. El amor del hombre, que por grande que sea es limitado, recurre a un símbolo: los que se despiden se cambian un recuerdo, quizá una fotografía, con una dedicatoria tan encendida, que sorprende que no arda la cartulina. No logran hacer más porque el poder de las criaturas no llega tan lejos como su querer. Lo que nosotros no podemos, lo puede el Señor. Jesucristo, perfecto Dios y perfecto Hombre, no deja un símbolo, sino la realidad: se queda él mismo»[2].


CADA UNO puede hacer memoria del momento en que Cristo se metió más de lleno en su vida, cuando ya no se podía estar sin él. Para todo cristiano, esa compañía del Señor que no nos faltará supone el punto de partida de la misión apostólica. Pedro, Juan, Judas Tadeo, Santiago, Felipe… Todos los apóstoles entienden que esa misión de horizonte amplio constituye la razón de su vivir. No pueden ocultar la alegría de la amistad y de la elección de Cristo. Se adentrarán por caminos polvorientos y surcarán mares en tormenta y en bonanza, serán perseguidos y serán testigos de conversiones… Todo valdrá la pena porque nada les aparta del amor de Dios.


«Cuando, en el Evangelio, Jesús invita a los discípulos en misión, no les ilusiona con espejismos de éxito fácil; al contrario, les advierte claramente que el anuncio del Reino de Dios conlleva siempre una oposición (...). La única fuerza del cristiano es el Evangelio. En los tiempos de dificultad, Jesús está delante de nosotros y no cesa de acompañar a sus discípulos (...). En medio del torbellino, el cristiano no pierde la esperanza pensando en que ha sido abandonado. Jesús nos tranquiliza diciendo: «Hasta los cabellos de vuestra cabeza están todos contados» (Mt 10,30). Ninguno de los sufrimientos del hombre, ni siquiera los más pequeños y escondidos, son invisibles ante los ojos de Dios. Dios ve, protege y donará su recompensa. Efectivamente, en medio de nosotros hay alguien que es más fuerte que el mal»[3].


Daréis fruto duradero, nos viene a decir el Señor; porque os he destinado a algo grande, hermoso, a compartir lo que habéis visto y oído, a llevarlo hasta el último rincón de esta tierra. Y como es misión que Dios mismo nos encomienda, su eficacia permanece firme, aunque los resultados no siempre podamos medirlos con nuestros propios parámetros. Decía san Josemaría que «Jesús es simultáneamente el sembrador, la semilla y el fruto de la siembra»[4]. Así atravesaremos las incidencias de la historia con esperanza firme y renovada.


TODA MISIÓN confiada por Cristo es una misión de amor y servicio. Cualquier cristiano, desde el último bautizado hasta los sucesores de los apóstoles, viven su llamada como verdadera entrega a los demás. «Nunca olvidemos que el verdadero poder es el servicio, y que también el Papa, para ejercer el poder, debe entrar cada vez más en ese servicio que tiene su culmen luminoso en la cruz»[5]. Servir es una palabra hermosa: Cristo es siervo doliente, María es sierva del Señor. Solo sirve quien sabe querer y, a la vez, solo quiere quien ha aprendido a servir. Ponerse en el lugar del otro, pensar en los demás, no imponerse, abrirse a puntos de vista diferentes, a gustos distintos, advertir el cariño del Señor por cada alma, cuidar a los demás a través de nuestro trabajo… Todo eso es aprender a querer.


«Todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer» (Jn 15,15), nos dice Jesús. Por eso, estamos llamados también a un servicio que es vibración apostólica, la misma que nos transmite el Señor; compartir lo que vivimos y lo que nos llena de entusiasmo y de paz. «Dios ha hecho al hombre de tal manera que no puede dejar de compartir con otros los sentimientos de su corazón: si ha recibido una alegría, nota en él una fuerza que le lleva a cantar y a sonreír, a hacer –del modo que sea– que otros participen de su felicidad»[6].


«Con obras de servicio –escribía san Josemaría–, podemos preparar al Señor un triunfo mayor que el de su entrada en Jerusalén... Porque no se repetirán las escenas de Judas, ni la del Huerto de los Olivos, ni aquella noche cerrada... ¡Lograremos que arda el mundo en las llamas del fuego que vino a traer a la tierra!...»[7]. Como en la Santísima Virgen, se enciende en nosotros, a pesar de las normales dificultades, el afán de servir a cada persona. «¡Oh, Madre!: que sea la nuestra, como la tuya, la alegría de estar con él y de tenerlo»[8].


[1] Benedicto XVI, Mensaje, 15-X-2012.


[2] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 83.


[3] Francisco, Audiencia general, 28-VI-2017.


[4] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 151.


[5] Francisco, Homilía, 19-III-2013.


[6] San Josemaría, Cartas 37, n. 16.


[7] San Josemaría, Forja, n. 947.


[8] San Josemaría, Surco, n. 95.

3 de marzo de 2021

BEBER EL CÁLIZ DEL SEÑOR

 


— Identificar en todo nuestra voluntad con la del Señor. 

— Ofrecimiento del dolor y de la mortificación voluntaria. 

— Mortificaciones que nacen del servicio a los demás.


I. Jesús habla por tercera vez a sus discípulos de su Pasión y Muerte, y de su Resurrección gloriosa, mientras se encamina a Jerusalén. En un alto del camino, cerca ya de Jericó, una mujer, la madre de Santiago y Juan, se le acerca para hacerle una petición en favor de sus hijos. Se postró, cuenta San Mateo, para hacerle una petición. Con toda sencillez le dice a Jesús: Ordena que estos hijos míos se sienten en tu Reino uno a tu derecha y otro a tu izquierda1. El Señor le respondió enseguida: No sabéis lo que pedís. ¿Podéis beber el cáliz que yo he de beber? Ellos dijeron: —Podemos2.


Los dos hermanos no debieron entender mucho, pues poco antes, cuando Jesús hablaba de la Pasión, dice San Lucas: Ninguna de estas cosas comprendían; al contrario, para ellos era un lenguaje desconocido, y no entendían lo que les decía3.


Es difícil de entender el lenguaje de la Cruz. Sin embargo, ellos están dispuestos, aunque sea con una intención general, a querer todo lo que Jesús quiera. No habían puesto ningún límite a su Señor; tampoco nosotros lo hemos puesto. Por eso, cuando pedimos algo en nuestra oración debemos estar dispuestos a aceptar, por encima de todo, la Voluntad de Dios; también, cuando no coincida con nuestros deseos. «Su majestad –dice Santa Teresa– sabe mejor lo que nos conviene; no hay para qué le aconsejar lo que nos ha de dar, que nos puede con razón decir que no sabemos lo que pedimos»4. Quiere que le pidamos lo que necesitamos y deseemos pero, sobre todo, que conformemos nuestra voluntad con la suya. Él nos dará siempre lo mejor.


Juan y Santiago piden un puesto de honor en el nuevo reino, y Jesús les habla de la redención. Les pregunta si están dispuestos a padecer con Él. Utiliza la imagen hebrea del cáliz, que simboliza la voluntad de Dios sobre un hombre5. El del Señor es un cáliz amarguísimo que se trocará en cáliz de bendición6 para todos los hombres.


Beber la copa de otro era la señal de una profunda amistad y la disposición de compartir un destino común. A esta estrecha participación invita el Señor a quienes quieran seguirle. Para participar en su Resurrección gloriosa es necesario compartir con Él la Cruz. ¿Estáis dispuestos a padecer conmigo? ¿Podéis beber mi cáliz conmigo? Podemos, le respondieron aquellos dos Apóstoles.


Santiago murió pocos años más tarde, decapitado por orden de Herodes Agripa7. San Juan padeció innumerables sufrimientos y persecuciones por amor a su Señor.


«También a nosotros nos llama, y nos pregunta, como a Santiago y a Juan: Potestis bibere calicem quem ego bibiturus sum? (Mt 20, 22): ¿Estáis dispuestos a beber el cáliz –este cáliz de la entrega completa al cumplimiento de la voluntad del Padre– que yo voy a beber? Possumus (Mt 20, 22); ¡Sí, estamos dispuestos!, es la respuesta de Juan y de Santiago. Vosotros y yo, ¿estamos seriamente dispuestos a cumplir, en todo, la voluntad de nuestro Padre Dios? ¿Hemos dado al Señor nuestro corazón entero, o seguimos apegados a nosotros mismos, a nuestros intereses, a nuestra comodidad, a nuestro amor propio? ¿Hay algo que no responde a nuestra condición de cristianos, y que hace que no queramos purificarnos? Hoy se nos presenta la ocasión de rectificar»8.


II. Cuando aquella mujer hizo su petición de madre, Jesús preguntó a sus discípulos: «¿podéis beber el cáliz...? El Señor sabía que podrían imitar su pasión, y sin embargo les pregunta, para que todos oigamos que nadie puede reinar con Cristo si no ha imitado antes su pasión; porque las cosas de mucho valor no se consiguen más que a un precio muy alto»9. No existe vida cristiana sin mortificación: es su precio. «El Señor nos ha salvado con la Cruz; con su muerte nos ha vuelto a dar la esperanza, el derecho a la vida. No podemos honrar a Cristo si no lo reconocemos como nuestro Salvador, si no lo honramos en el misterio de la Cruz... El Señor hizo del dolor un medio de redención; con su dolor nos ha redimido, siempre que nosotros no rehusemos unir nuestro dolor al suyo y hacer de este con el suyo un medio de redención»10.


El dolor tendrá ya para siempre la posibilidad de sumarse al cáliz del Señor, unirse a su pasión, para la salvación de toda la humanidad. Lo que no tenía sentido ya lo tiene en Cristo. También nosotros podemos decir: Todo lo sufro por amor de los escogidos, a fin de que consigan también ellos la salvación, adquirida por Jesucristo, con la gloria celestial11; no hay día, hermanos, en que yo no muera por la gloria vuestra y también mía, que está en Jesucristo nuestro Señor12.


La mortificación y la vida de penitencia, a la que nos llama la Cuaresma, tiene como motivo principal la corredención, «la participación en los sufrimientos de Cristo»13, participar del mismo cáliz del Señor. Nosotros somos los primeros beneficiados, pero la eficacia sobrenatural de nuestro dolor ofrecido y de la mortificación voluntaria alcanzan a toda la Iglesia, y aun al mundo entero. Esta voluntaria mortificación es medio de purificación y de desagravio, necesario para poder tratar al Señor en la oración e indispensable para la eficacia apostólica, porque «la acción nada vale sin la oración: la oración se avalora con el sacrificio»14.


El espíritu de penitencia y de mortificación lo manifestamos en nuestra vida corriente, en el quehacer de cada día, sin necesidad de esperar ocasiones extraordinarias. «Penitencia es el cumplimiento exacto del horario que te has fijado, aunque el cuerpo se resista o la mente pretenda evadirse con ensueños quiméricos. Penitencia es levantarse a la hora. También, no dejar para más tarde, sin un motivo justificado, esa tarea que te resulta más difícil o costosa.


»La penitencia está en saber compaginar tus obligaciones con Dios, con los demás y contigo mismo, exigiéndote de modo que logres encontrar el tiempo que cada cosa necesita. Eres penitente cuando te sujetas amorosamente a tu plan de oración a pesar de que estés rendido, desganado o frío.


»Penitencia es tratar siempre con la máxima caridad a los otros, empezando por los tuyos. Es atender con la mayor delicadeza a los que sufren, a los enfermos, a los que padecen. Es contestar con paciencia a los cargantes e inoportunos. Es interrumpir o modificar nuestros programas, cuando las circunstancias –los intereses buenos y justos de los demás, sobre todo– así lo requieran.


»La penitencia consiste en soportar con buen humor las mil pequeñas contrariedades de la jornada; en no abandonar la ocupación, aunque de momento se te haya pasado la ilusión con que la comenzaste; en comer con agradecimiento lo que nos sirven, sin importunar con caprichos.


»Penitencia, para los padres y, en general, para los que tienen una misión de gobierno o educativa, es corregir cuando hay que hacerlo, de acuerdo con la naturaleza del error y con las condiciones del que necesita esa ayuda, por encima de subjetivismos necios y sentimentales.


»El espíritu de penitencia lleva a no apegarse desordenadamente a ese boceto monumental de los proyectos futuros, en el que ya hemos previsto cuáles serán nuestros trazos y pinceladas maestras. ¡Qué alegría damos a Dios cuando sabemos renunciar a nuestros garabatos y brochazos de maestrillo, y permitimos que sea Él quien añada los rasgos y colores que más le plazcan!»15.


III. Los demás discípulos, que habían oído el diálogo de Jesús con los dos hermanos, comenzaron a indignarse. Entonces les dijo el Señor: Sabéis que los jefes de los pueblos los oprimen, y los poderosos los avasallan. No ha de ser así entre vosotros; el que quiera llegar a ser grande, sea vuestro servidor; y quien entre vosotros quiera ser el primero, sea el esclavo de todos; porque el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida en redención por muchos16.


El servicio de Cristo a la humanidad va encaminado a la salvación. Nuestra actitud ha de ser servir a Dios y a los demás con visión sobrenatural, especialmente en lo referente a la salvación, pero también en todas las ocasiones que se presentan cada día. Servir incluso al que no lo agradece, sin esperar nada a cambio. Es la mejor ocasión de dar la vida por los demás, de un modo eficaz y discreto, que apenas se nota, y de combatir el propio egoísmo, que tiende a robarnos la alegría.


La mayoría de las profesiones suponen un servicio directo a los demás: amas de casa, comerciantes, profesores, empleadas de hogar, y todas, aunque sea de modo menos directo, son un servicio. Ojalá no perdamos de vista este aspecto, que contribuirá a santificarnos en el trabajo.


Servir a los demás requiere mortificación y presencia de Dios, y olvido de uno mismo. En ocasiones, este espíritu de servicio chocará con la mentalidad de muchos que solo piensan en sí mismos. Para nosotros los cristianos es «nuestro orgullo» y nuestra dignidad, porque así imitamos a Cristo, y porque para servir voluntariamente, por amor, es necesario poner en juego muchas virtudes humanas y sobrenaturales. «Esta dignidad se expresa en la disponibilidad para servir, según el ejemplo de Cristo, que no ha venido a ser servido, sino a servir. Si, por consiguiente, a la luz de esta actitud de Cristo se puede verdaderamente reinar solo sirviendo, a la vez, el servir exige tal madurez espiritual que es necesario definirlo como el reinar. Para poder servir digna y eficazmente a los otros, hay que saber dominarse, es necesario poseer las virtudes que hacen posible tal dominio»17.


No nos importe servir y ayudar mucho a quienes están a nuestro lado, aunque no recibamos ningún pago ni recompensa. Servir, junto a Cristo y por Cristo, es reinar con Él. Nuestra Madre Santa María, que sirvió a su Hijo y a San José, nos ayudará a darnos sin medida ni cálculo.


21 de diciembre de 2020

GENEROSIDAD Y ESPIRITU DE SERVICIO

 — Espíritu de servicio de María.

— Detalles de generosidad 

— El premio a la generosidad.


I. Por aquellos días, María se levantó, y marchó deprisa a la montaña, a una ciudad de Judá; y entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel1.


La Virgen se da del todo a lo que Dios le pide. En un momento sus planes personales –los tendría– quedan en un rincón para hacer lo que Dios le propone. No puso excusas. Desde el primer momento, Jesús es el ideal único y grandioso para el que vive.


Nuestra Señora manifestó una generosidad sin límites a lo largo de toda su existencia aquí en la tierra. De los pocos pasajes del Evangelio que se refieren a su vida, dos de ellos nos hablan directamente de su atención a los demás: fue generosa con su tiempo para atender a su prima Santa Isabel hasta que nació Juan2; estuvo preocupada por el bienestar de los demás, como nos muestra su intervención en las bodas de Caná3. Fueron actitudes habituales en Ella. Mucho tendrían que decirnos sus paisanos de Nazaret de los incontables detalles de María con ellos en la convivencia diaria.


La Virgen no piensa en sí misma, sino en los demás. Trabaja en las faenas de la casa con la mayor sencillez y con mucha alegría; también con gran recogimiento interior, porque sabe que el Señor está en Ella. Todo queda santificado en la casa de Isabel por la presencia de la Virgen y del Niño que va en su seno.


En María comprobamos que la generosidad es la virtud de las almas grandes, que saben encontrar la mejor retribución en el haber dado: habéis recibido gratis, dad gratis4. La persona generosa sabe dar cariño, comprensión, ayudas materiales..., y no exige que la quieran, la comprendan, la ayuden. Da, y se olvida de que ha dado. Ahí está toda su riqueza. Ha comprendido que es mejor dar que recibir5. Descubre que amar «es esencialmente entregarse a los demás. Lejos de ser una inclinación instintiva, el amor es una decisión consciente de la voluntad de ir hacia los otros. Para poder amar de verdad conviene desprenderse de todas las cosas y, sobre todo, de uno mismo, dar gratuitamente... Esta desposesión de uno mismo (...) es fuente de equilibrio. Es el secreto de la felicidad»6.


El dar ensancha el corazón y lo hace más joven, con más capacidad de amar. El egoísmo empobrece, hace el propio horizonte más pequeño. Cuanto más damos, más nos enriquecemos.


A la Virgen le suplicamos hoy que nos enseñe a ser generosos, en primer lugar con Dios, y luego con los demás, con quienes conviven o trabajan junto a nosotros, con quienes nos encontramos en las diversas circunstancias de la vida. Que sepamos darnos en el servicio a los demás, en la vida ordinaria de cada día.


II. Si sentimos que a pesar de nuestra lucha, aún nos puede el egoísmo, miremos hoy a la Virgen para imitarla en su generosidad y poder sentir la alegría de darnos y de dar. Necesitamos entender mejor que la generosidad enriquece y agranda el corazón y la posibilidad de recibir; el egoísmo, por el contrario, es como un veneno que destruye, con lentitud a veces y siempre con seguridad.


Junto a María percibimos que Dios nos ha hecho para la entrega, y que cada vez que nos «reservamos» para nuestros planes y para nuestras cosas, a espaldas de Él, morimos un poco. «El Reino de Dios no tiene precio, y sin embargo cuesta exactamente lo que tengas (...). A Pedro y a Andrés les costó el abandono de una barca y de unas redes; a la viuda le costó dos moneditas de plata...»7. Todo lo que tenían, como en nuestro caso.


Lo «nuestro» se salva precisamente cuando lo entregamos. «Tu barca –tus talentos, tus aspiraciones, tus logros– no vale para nada, a no ser que la dejes a disposición de Jesucristo, que permitas que Él pueda entrar ahí con libertad, que no la conviertas en un ídolo. Tú solo, con tu barca, si prescindes del Maestro, sobrenaturalmente hablando, marchas derecho al naufragio. Únicamente si admites, si buscas, la presencia y el gobierno del Señor, estarás a salvo de las tempestades y de los reveses de la vida. Pon todo en las manos de Dios: que tus pensamientos, las buenas aventuras de tu imaginación, tus ambiciones humanas nobles, tus amores limpios, pasen por el corazón de Cristo. De otro modo, tarde o temprano, se irán a pique con tu egoísmo»8.


Cada uno, donde y como Dios le llame, ha de hacer como aquella mujer de Betania que muestra su gran amor por el Señor rompiendo un frasco de nardo puro de gran precio9. Es la muestra exterior de su gran amor por el Señor. Esta mujer no quiere reservarse nada, ni para sí, ni para nadie. Es un gesto de entrega sin reservas, de amistad, de ternura profunda por Cristo. La casa se llenó de la fragancia del perfume. De nosotros también quedarán las muestras de amor y entrega a Cristo. Solo eso. Lo demás se irá perdiendo y pasará como agua de río.


La generosidad con Dios se ha de manifestar en la generosidad con los demás: lo que hicisteis con uno de estos, conmigo lo hicisteis10.


Es propio de la generosidad saber olvidar con prontitud los pequeños agravios que se pueden producir durante la convivencia diaria; sonreír y hacer la vida más amable a los demás, aunque se estén padeciendo contradicciones; juzgar con medida ancha y comprensiva a los demás; adelantarse en los servicios menos agradables del trabajo y de la convivencia; aceptar a los demás como son, sin estar excesivamente pendientes de sus defectos; un pequeño elogio, con el que, en ocasiones, podemos hacer mucho bien; dar un tono positivo a nuestra conversación y, si es el caso, a alguna posible corrección que debamos hacer; evitar la crítica negativa, frecuentemente inútil e injusta; abrir horizontes –humanos y sobrenaturales– a nuestros amigos, etc. Sobre todo, hay que facilitar el camino a quienes nos rodean para que se acerquen más a Cristo. Es lo mejor que podemos dar.


Todos los días tenemos un tesoro para distribuir. Si no lo damos, lo perdemos; si lo repartimos, el Señor lo multiplica. Si estamos atentos, si contemplamos su vida, Él nos descubrirá ocasiones de servir voluntariamente donde, quizá, pocos quieran hacerlo. Como Jesús en la Última Cena, que lavó los pies a sus discípulos11, no nos detendremos ante los trabajos más molestos, que son con frecuencia los más necesarios, y cargaremos con las ocupaciones menos gratas. Aprenderemos que las ocasiones de servir se hacen realidad con sacrificio, como fruto de una actitud interior de abnegación y de renuncia; nos daremos cuenta de que para encontrar estas oportunidades de servicio es necesario buscarlas: pensando en el modo de ser de quienes conviven o trabajan con nosotros, en aquello que necesitan, en qué podemos serles útiles. El egoísta, que pasa el día lejos de Dios, solo se da cuenta de sus propias necesidades y de sus caprichos.


La Virgen no solo fue generosa con Dios en grado sumo, sino también con todas aquellas personas con las que se encontró en su vida terrena. También de Ella se puede decir que pasó haciendo el bien12. Lo mismo deberían decir de cada uno de nosotros.


III. El Señor recompensa aquí, y luego en el Cielo, nuestras muestras, siempre pobres, de generosidad. Pero siempre colmando la medida. «Es tan agradecido, que un alzar los ojos con acordarnos de Él no deja sin premio»13.


En la Sagrada Escritura encontramos múltiples testimonios de la generosidad sobrenatural de Dios en relación a la generosidad del hombre. La viuda de Sarepta dio un puñado de harina... y un poco de aceite14 y recibe harina y aceite inagotables. La viuda del Templo echa dos monedas pequeñas, y Jesús comenta: ha echado en el cepillo más que nadie15. El siervo que procuró hacer rendir los talentos recibidos, oirá de boca del Señor: Puesto que has sido fiel en lo poco, recibirás el gobierno de diez ciudades16.


Un día Pedro le dijo: Ya ves que nosotros hemos dejado todo y te hemos seguido. Y Jesús le contestó: En verdad os digo que ninguno que haya dejado casa, mujer, hermanos, padres o hijos por amor al reino de Dios, dejará de recibir mucho más en este siglo y la vida eterna en el venidero17.


Quien tiene en cuenta hasta la más pequeña de nuestras oraciones, ¿cómo podrá olvidar la fidelidad de un día tras otro? Quien multiplicó panes y peces por una multitud que le sigue unos días, ¡qué no hará por los que hayan dejado todo para seguirle siempre! Si estos necesitaran un día una gracia especial para seguir adelante, ¿cómo podrá negarse Jesús? Él es buen pagador.


El Señor da el ciento por uno por cada cosa dejada por su amor. Además, quien sigue a Jesús así, no solo se está enriqueciendo cien veces en esta vida, sino que está predestinado. Al final oirá la voz de Jesús a quien ha servido a lo largo de su vida: Ven, bendito de mi Padre, al cielo que te tenía prometido18. Oír estas palabras de bienvenida a la eternidad ya habría compensado la generosidad. Se entra en la eternidad de la mano de Jesús y de María.

15 de noviembre de 2020

REDIR PARA DIOS

 — Administradores de los dones recibidos.

— La vida, un servicio gustoso a Dios.

— Aprovechar bien el tiempo.


I. La liturgia de la Iglesia continúa en estas semanas finales del año litúrgico alentándonos para que consideremos las verdades eternas. Verdades que deben ser de gran provecho para nuestra alma. Leemos en la Segunda lectura de la Misa1 que el encuentro con el Señor llegará como un ladrón en la noche, inesperadamente. La muerte, aunque estemos preparados, será siempre una sorpresa.


La vida en la tierra, como nos enseña el Señor en el Evangelio2, es un tiempo para administrar la herencia del Señor, y así ganar el Cielo. Un hombre que se iba al extranjero llamó a sus empleados y los dejó encargados de sus bienes: a uno le dejó cinco talentos de plata; a otro, dos; a otro, uno; a cada cual según su capacidad. Luego se marchó. Él conocía bien a sus siervos, y por eso no dejó a todos la misma parte de la herencia. Hubiera sido injusto echar sobre todos el mismo peso. Distribuyó su hacienda según la capacidad de cada uno. Con todo, aun al que recibió un solo talento le fue confiado mucho. Pasado algún tiempo, el señor regresó de su viaje y pidió rendición de cuentas a sus servidores. Los que habían tenido la oportunidad de comerciar con cinco y con dos talentos pudieron devolver el doble; aprovecharon el tiempo en negociar con los bienes de su señor, mientras este llegaba. Luego, tuvieron la gran dicha de ver la alegría del amo de la hacienda, y se hicieron acreedores de una alabanza y de un premio insospechados: Muy bien, siervo bueno y fiel -les dijo a cada uno-; puesto que has sido fiel en lo poco, yo te confiaré lo mucho: entra en el gozo de tu señor.


El significado de la parábola es claro. Los siervos somos nosotros; los talentos son las condiciones con que Dios ha dotado a cada uno (la inteligencia, la capacidad de amar, de hacer felices a los demás, los bienes temporales...); el tiempo que dura el viaje del amo es la vida; el regreso inesperado, la muerte; la rendición de cuentas, el juicio; entrar al banquete, el Cielo. No somos dueños, sino –como repite constantemente el Señor a lo largo del Evangelio– administradores de unos bienes de los que hemos de dar cuenta. Hoy podemos examinar en la presencia del Señor si realmente tenemos mentalidad de administradores y no de dueños absolutos, que pueden disponer a su antojo de lo que tiene y poseen.


Podemos preguntarnos hoy acerca del uso que hacemos del cuerpo y de los sentidos, del alma y de sus potencias. ¿Sirven realmente para dar gloria a Dios? Pensemos si hacemos el bien con los talentos recibidos: con los bienes materiales, con la capacidad de trabajo, con la amistad... El Señor quiere ver bien administrada su hacienda. Lo que Él espera es proporcional a lo que hemos recibido. A quien mucho se le da mucho se le reclamará, y a quien mucho se le ha entregado, mucho se le pedirá3.


Ven, siervo bueno y fiel... porque has sido fiel en lo poco, dice el señor a quien había recibido cinco talentos. Lo «mucho» –cinco talentos– recibido aquí es considerado por Dios como lo «poco». Entrar en el gozo del Señor, eso es lo mucho...: ni ojo vio, ni oído oyó, ni mente alguna es capaz de imaginar lo que Dios tiene preparado para los que le aman4. Vale la pena ser fieles aquí mientras aguardamos la llegada del Señor, que no tardará, aprovechando este corto tiempo con responsabilidad. ¡Qué alegría cuando nos presentemos ante Él con las manos llenas! Mira, Señor –le diremos–, he procurado gastar la vida en tu hacienda. No he tenido otro fin que tu gloria.


II. El que había recibido un talento fue, cavó en la tierra y escondió el dinero de su señor. Cuando este le pidió cuentas, el siervo intenta excusarse y arremete contra quien le había dado todo lo que poseía: Señor, le dice, sé que eres hombre duro, que cosechas donde no sembraste y recoges donde no esparciste; por eso tuve miedo, fui y escondí tu talento en tierra: aquí tienes lo tuyo. Este último siervo «manifiesta cómo se comporta el hombre cuando no vive una fidelidad activa en relación a Dios. Prevalece el miedo, la estima de sí, la afirmación del egoísmo que trata de justificar la propia conducta con las pretensiones injustas del dueño, que siega donde no ha sembrado»5. Siervo malo y perezoso, le llama su señor al escuchar las excusas. Ha olvidado una verdad esencial: que «el hombre ha sido creado para conocer, amar y servir a Dios en esta vida, y después verle y gozarle en la otra». Cuando se conoce a Dios resulta fácil amarle y servirle; «cuando se ama, servir no solo no es costoso, ni humillante: es un placer. Una persona que ama jamás considera un rebajamiento o una indignidad servir al objeto de su amor; nunca se siente humillada por prestarle servicios. Ahora bien: el tercer siervo conocía a su señor; por lo menos tenía tantos motivos para conocerle como los otros dos servidores. Con todo, es evidente que no le amaba. Y cuando no se ama, servir cuesta mucho»6. No solo no le aprecia, sino que se atreve a llamarle hombre duro que quiere cosechar donde ni siquiera sembró.


Este siervo no sirvió a su señor por falta de amor. Lo contrario de la pereza es precisamente la diligencia, que tiene su origen en el verbo latino diligere, que significa amar, elegir después de un estudio atento. El amor da alas para servir a la persona amada. La pereza, fruto del desamor, lleva a un desamor más grande, El Señor condena en esta parábola a quienes no desarrollan los dones que Él les dio y a quienes los emplean en su propio servicio, en vez de servir a Dios y a sus hermanos los hombres. Examinemos hoy nosotros cómo aprovechamos el tiempo, que es parte muy importante de la herencia recibida; si cuidamos la puntualidad y el orden en nuestro quehacer, si procuramos excedernos en el trabajo, llenando bien las horas; si dedicamos la atención debida a nuestros deberes familiares; si ponemos en práctica la capacidad de amistad y aprecio por los demás, para hacer un apostolado fecundo; si procuramos extender el Reino de Cristo en las almas y en la sociedad con los talentos recibidos.


III. Nuestra vida es breve. Por eso hemos de aprovecharla hasta el último instante, para ganar en el amor, en el servicio a Dios. Con frecuencia la Sagrada Escritura nos advierte de la brevedad de nuestra existencia aquí en la tierra. Se la compara con el humo7, con una sombra8, con el paso de las nubes9, con la nada10. ¡Qué pena perder el tiempo o malgastarlo como si no tuviera valor! «¡Qué pena vivir, practicando como ocupación la de matar el tiempo, que es un tesoro de Dios! (...). ¡Qué tristeza no sacar partido, auténtico rendimiento de todas las facultades, pocas o muchas, que Dios concede al hombre para que se dedique a servir a las almas y a la sociedad!


»Cuando el cristiano mata su tiempo en la tierra, se coloca en peligro de matar su Cielo: cuando por egoísmo se retrae, se esconde, se despreocupa»11.


Aprovechar el tiempo es llevar a cabo lo que Dios quiere que hagamos en ese momento. A veces, aprovechar una tarde será «perderla» a los pies de la cama de un enfermo o dedicando un rato a un amigo a preparar el examen del día siguiente. La habremos perdido para nuestros planes, muchas veces para nuestro egoísmo, pero la hemos ganado para esas personas necesitadas de ayuda o de consuelo y para la eternidad. Aprovechar el tiempo es vivir con plenitud el momento actual, poniendo la cabeza y el corazón en lo que hacemos, aunque humanamente parezca que tiene poca entidad, sin preocuparnos excesivamente por el pasado, sin inquietarnos demasiado por el futuro. El Señor quiere que vivamos y santifiquemos el momento presente, cumpliendo con responsabilidad ese deber que corresponde al instante que vivimos, librándonos de preocupaciones inútiles futuras, que quizá nunca llegarán, y si llegan... ya nos dará nuestro Padre Dios la gracia sobrenatural para superarlas y la gracia humana para llevarlas con garbo. Él mismo nos dijo: No os agobiéis por el mañana, porque el mañana traerá su propio peso. A cada día le basta su afán12. Vivir con plenitud el presente nos hace más eficaces y nos libra de muchas ansiedades inútiles. Cuenta Santa Teresa que al llegar a Salamanca, acompañada de otra monja llamada María del Sacramento, para fundar allí un nuevo convento, se encontró con una casa destartalada, de la que habían sido desalojados unos estudiantes algunas horas antes. Las viajeras entraron en la casa ya de noche, exhaustas y ateridas de frío. Las campanas de la ciudad doblaban a muerto, pues era la víspera del Día de los difuntos. En la oscuridad, solo rota por un candil oscilante, las paredes se llenaban de sombras inquietantes. Con todo, se acostaron pronto, sobre unos haces de paja que habían llevado consigo. Una vez echadas en aquellas camas improvisadas, María del Sacramento, llena de grandes temores, dijo a la Santa: «—Madre, estoy pensando si ahora me muriese yo aquí, ¿qué haríais vos sola?».


«Aquello, si viniera a suceder, me parecía recia cosa», comentaba años más tarde la Santa; «hízome pensar un poco en ello y aun haber miedo, porque siempre los cuerpos muertos me enflaquecen el corazón, aunque no esté sola.


»Y como el doblar de las campanas ayudaba, que, como he dicho, era noche de ánimas, buen principio llevaba el demonio para hacernos perder el pensamiento con niñerías.


»—Hermana –le dije –, de que eso sea, pensaré lo que he de hacer; ahora déjeme dormir»13. En muchas ocasiones, cuando lleguen preocupaciones sobre hechos futuros que roban la paz y el tiempo, y sobre los que nada podemos hacer en el momento actual, nos vendrá muy bien decir, como la Santa, «de que eso sea –cuando ocurra–, pensaré lo que he de hacer». Entonces contaremos con la gracia de Dios para santificar lo que Él dispone o permite.


Cuando una vida ha llegado a su fin, no podemos pensar solo en una vela que ya se ha consumido, sino también en un tapiz que se ha terminado de tejer. Tapiz que nosotros vemos por el revés, donde solo se pueden observar una figura desdibujada y unos hilos sueltos. Nuestro Padre Dios lo contemplará por el lado bueno, y sonreirá y se gozará al ver una obra acabada, resultado de haber aprovechado bien el tiempo cada día, hora a hora, minuto a minuto.


18 de septiembre de 2020

SERVIR A JESUS

 


— Las santas mujeres que aparecen en el Evangelio.

— Servir al Señor con las propias cualidades. 

— La entrega al servicio de los demás.

ISucedió -narra San Lucas en el Evangelio de la Misa- que Él recorría ciudades y aldeas predicando y anunciando el reino de Dios; le acompañaban los doce y algunas mujeres que habían sido libradas de espíritus malignos y de enfermedades: María, llamada Magdalena, de la que habían salido siete demonios; y Juana, mujer de Cusa, administrador de Herodes; y Susana, y otras muchas que les asistían con sus bienes.

En la vida pública de Jesús aparece este grupo de mujeres que desempeñan un papel conmovedor por su ternura y su adhesión al Maestro. Es hermoso considerar cómo el Señor quiso apoyarse en su generosidad y en su desprendimiento. Él, que nunca dejó nada sin agradecer, ¡cómo les pagaría tanto desvelo y delicadeza para atender sus necesidades domésticas y las de sus discípulos! En las horas de la Pasión parecen superarse y aventajan a los discípulos en constancia y valor; a excepción de Juan, fueron las únicas que tuvieron la firmeza de estar al pie de la cruz, contemplar de cerca los últimos instantes de Jesús y recoger sus postreras palabras. Y cuando, ya muerto, fue descendido del patíbulo, estarán presentes en el embalsamamiento y se aprestarán a completarlo el primer día de la semana, después del obligado reposo del sábado.

El Señor quiso apresurarse a recompensar esta decidida fidelidad, y en la aurora de la Resurrección no fue a sus discípulos sino a las mujeres a las que se apareció en primer lugar. Los ángeles también fueron vistos únicamente por ellas; Juan y Pedro comprobaron que el sepulcro estaba vacío, pero no vieron ángeles. Las mujeres fueron favorecidas con esta visión, tal vez porque estaban mejor preparadas que los hombres y, sobre todo, porque ellas tenían la misión de continuar el papel de los ángeles y de preparar la naciente fe de la Iglesia. Tienen un espíritu abierto y un celo inteligente. «Desde el principio de la misión de Cristo, la mujer demuestra hacia Él y hacia su misterio una sensibilidad especial, que corresponde a una característica de su feminidad. Hay que decir también que esto encuentra una confirmación particular en relación con el misterio pascual; no solo en el momento de la crucifixión, sino también el día de la resurrección». Ellas se apresuran a cumplir el encargo de avisar a los discípulos y de recordarles lo que Jesús había anunciado cuando aún estaba en vida. En las últimas manifestaciones de Jesús resucitado también están presentes. Son, sin duda, las mismas que han vuelto de Galilea la última vez con los discípulos y las de Jerusalén y sus alrededores, las hermanas de Lázaro de Betania. Con ellas está María, la Madre de Jesús.

El ejemplo de estas mujeres fieles, que sirven a Jesús con sus bienes y no le desamparan en los peores momentos, son una llamada a nuestra fidelidad y a nuestro servicio al Señor sin condiciones. Nuestra actitud ha de ser la de servir a Dios y a los demás con visión sobrenatural, sin esperar nada a cambio de nuestro servicio; servir incluso al que no agradece el servicio que se le presta, aunque esta actitud choque con los criterios humanos. Nos basta entender que cada favor en beneficio de otros es un servicio directo a Cristo. Lo que hicisteis por uno de estos mis hermanos más pequeños, por mí lo hicisteis. ¡Y son tantas las oportunidades de servir a lo largo del día! Serviam! Te serviré, Señor, todos los días de mi vida, desde el comienzo de la jornada. Dame tu ayuda.

IISi alguien me sirve que me siga, y donde Yo estoy allí estará también mi servidor; si alguien me sirve, el Padre le honrará.

Desde los primeros momentos de la Iglesia destaca el servicio incomparable de la mujer a la extensión del Reino de Dios. «En primer lugar vemos a aquellas mujeres que personalmente se habían encontrado con Cristo y le habían seguido, y después de su partida eran asiduas en la oración juntamente con los Apóstoles en el Cenáculo de Jerusalén hasta el día de Pentecostés. Aquel día, el Espíritu Santo habló por medio de hijos e hijas del pueblo de Dios, cumpliéndose así el anuncio del profeta Joel (Hech 2, 17). Aquellas mujeres, y después otras, tuvieron una parte activa e importante en la vida de la Iglesia primitiva, en la edificación de la primera comunidad desde los comienzos –así como de las comunidades sucesivas– mediante los propios carismas y con su servicio multiforme».

Se puede afirmar que el Cristianismo comenzó en Europa con una mujer, Lidia, que enseguida inició su misión de convertir desde dentro el nuevo continente, empezando por su hogar. Algo parecido ocurrió entre los samaritanos, a quienes una mujer les habló por vez primera del Redentor. Los Apóstoles, que habían ido por alimentos a ese mismo pueblo, quizá no se atrevieron a decir por todas partes, como lo haría más tarde la mujer, que el Mesías estaba allí mismo, en las afueras de la ciudad. La Iglesia tuvo siempre una profunda comprensión del papel que la mujer cristiana como madre, esposa y hermana debía desempeñar en la propagación del Cristianismo. Los escritos apostólicos nos han dejado constancia de muchas de estas mujeres: Lidia en Filipo, Priscila y Cloe en Corinto, Febe en Cencreas, la madre de Rufo –que también para Pablo fue como una madre–, las hijas de Felipe el de Cesarea, etc.

Todos hemos de poner al servicio del Señor y de los demás lo que hemos recibido. «La mujer está llamada a llevar a la familia, a la sociedad civil, a la Iglesia, algo característico, que le es propio y que solo ella puede dar: su delicada ternura, su generosidad incansable, su amor por lo concreto, su agudeza de ingenio, su capacidad de intuición, su piedad profunda y sencilla, su tenacidad...». La Iglesia espera de la mujer su compromiso en favor de lo que constituye la verdadera dignidad de la persona humana. El Cuerpo místico de Cristo «no cesa de enriquecerse con el testimonio de tantas mujeres que realizan su vocación a la santidad. Las mujeres santas son una encarnación del ideal femenino, pero son también un modelo para todos los cristianos, un modelo de la sequela Christi -seguimiento de Cristo-, un ejemplo de cómo la esposa ha de responder con amor al amor del esposo».

El Señor nos pide a todos que le sirvamos a Él, a la Iglesia santa, a la sociedad, a nuestros hermanos los hombres, con nuestros bienes, con nuestra inteligencia, con todos los talentos que nos ha dado. Entonces entenderemos la hondura de esa verdad: servir es reinar.

III. «El hombre, única criatura terrestre a la que Dios ha amado por sí misma, no puede encontrar su plenitud si no es en la entrega sincera de sí mismo a los demás». El Papa Juan Pablo II aplica estas palabras del Concilio Vaticano II especialmente a la mujer, quien «no puede encontrase a sí misma si no es dando amor a los demás». Es en el amor, en la entrega, en el servicio a los demás donde la persona humana, y quizá de un modo especial la mujer, lleva a cabo la vocación recibida por Dios. Cuando la mujer pone en servicio de los demás las cualidades recibidas del Señor, entonces «su vida y su trabajo serán realmente constructivos y fecundos, llenos de sentido, lo mismo si pasa el día dedicada a su marido y a sus hijos que si, habiendo renunciado al matrimonio por alguna razón noble, se ha entregado de lleno a otras tareas. Cada una en su propio camino, siendo fiel a la vocación humana y divina, puede realizar y realiza de hecho la plenitud de la personalidad femenina. No olvidemos que Santa María, Madre de Dios y Madre de los hombres, es no solo modelo, sino también prueba del valor trascendente que puede alcanzar una vida en apariencia sin relieve»14.

Hoy, al considerar la generosidad y la fidelidad de estas mujeres, pensemos cómo es la nuestra. Examinemos si contribuimos, también materialmente –con medios económicos– a la extensión del Reino de Cristo, si somos generosos con nuestro tiempo, quizá escaso, en servicio de los demás... Y si todo lo llevamos a cabo impregnado de una profunda dicha, del gozo particular que da la generosidad. No olvidemos al terminar nuestra oración que tanto en la vida pública como en las horas de la Pasión, y muy probablemente en los días que siguieron a la Resurrección, estas mujeres de las que hoy nos habla San Lucas gozaron de un especial privilegio: permanecieron en un trato más asiduo y más íntimo con María que los mismos discípulos. Aquí encontraron el secreto de su generosidad y de su constancia en seguir al Maestro. A Ella acudimos nosotros para que nos ayude a ser fieles y desprendidos. Junto a Ella solo encontraremos ocasiones de servir, y así lograremos olvidarnos de nosotros mismos.