"Hago todos los días mi "ratito" de oración: ¡si no fuera por eso!" (Camino, 106)

Mostrando entradas con la etiqueta MANDAMIENTOS. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta MANDAMIENTOS. Mostrar todas las entradas

31 de octubre de 2021

LOS MANDAMIENTOS del AMOR A DIOS y al PROJIMO

 


Evangelio (Mc 12, 28b-34)


Se acercó uno de los escribas, que había oído la discusión y, al ver lo bien que les había respondido, le preguntó:


¿Cuál es el primero de todos los mandamientos?


Jesús respondió:


—El primero es: Escucha, Israel, el Señor Dios nuestro es el único Señor; y amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con toda tu mente y con todas tus fuerzas. El segundo es éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay otro mandamiento mayor que éstos.


Y le dijo el escriba:


—¡Bien, Maestro! Con verdad has dicho que Dios es uno solo y no hay otro fuera de Él; y amarle con todo el corazón y con toda la inteligencia y con toda la fuerza, y amar al prójimo como a sí mismo, vale más que todos los holocaustos y sacrificios.


Viendo Jesús que le había respondido con sensatez, le dijo:


—No estás lejos del Reino de Dios.


Y ninguno se atrevía ya a hacerle preguntas.


Comentario


El evangelio de la liturgia de hoy nos presenta un profundo e interesante diálogo entre un escriba, es decir, un experto en el conocimiento de las Escrituras y Jesús. La pregunta que le dirige es de gran importancia, porque se trata de saber cual es el sentido último de los mandamientos. Este hombre quizá sentía el peso de la gran variedad de cosas que debía cumplir como miembro del pueblo elegido y se preguntaba el porque de tanto esfuerzo. Con este fondo, podemos compartir su inquietud, y su pregunta al Maestro: ¿Cuál es el primero de todos los mandamientos?


La respuesta de Jesús no se hace esperar, y saliendo a su encuentro usa las Escrituras para responder. Le recuerda así unas palabras del Deuteronomio que todo varón piadoso repetía al menos dos veces al día: “Escucha Israel: el Señor es nuestro Dios, el Señor es Uno. Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas” (Dt 6, 4-5). Jesús usa esta oración, conocida como el Shema Israel (escucha Israel, en hebreo), señalando de este modo que en el centro de la fe de Israel se encuentra la razón última y el sentido de todos los mandamientos: el amor a Dios.


Y aunque el escriba solo había preguntado por el más importante, el Señor aprovecha para recordarle también el segundo en importancia, y usa nuevamente un libro de la Escritura. Esta vez toma prestadas unas palabras del Levítico: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Lv 19, 18).


Jesús recuerda así que el amor a Dios y al prójimo son la esencia de la fe y la fuente de la que manan todos los mandamientos. Nos invita así a levantar la mirada y a entender que estamos llamados no sólo a cumplir con unas determinadas obligaciones, sino a vivir un amor grande y generoso, que abarque todos los aspectos de nuestra vida, porque como recordaba san Josemaría: “Jesús no se satisface compartiendo, lo quiere todo” (Camino, n. 155).


Desde aquí se puede comenzar a entender que al igual que nuestra existencia es compleja y tiene muchas dimensiones, del mismo modo algunos mandamientos serán complejos y no evidentes en un primer momento. Lo importante es saber que todos los mandamientos, aún aquellos que nos parezcan más enrevesados, tienen como razón de fondo este amor intenso y grande que nos pide Dios. En otras palabras, que los mandamientos son modos concretos de amar a Dios y a las personas que tenemos al lado y modos de declinar el amor en las situaciones concretas.


Quizá podemos aprovechar el día de hoy para pensar el modo en que vivimos los deberes y mandamientos de la vida cristiana -en modo especial los que más nos cuesten-, y preguntarnos si los vemos como un peso con el que hay que cargar o si, por el contrario, sabemos poner en práctica lo que el Señor nos enseña hoy y los vemos como modos de concretizar nuestro amor por Dios y por los demás.


PARA TU RATO DE ORACION 

Los Diez Mandamientos o Decálogo son las «diez palabras» que recogen la Ley dada por Dios al pueblo de Israel durante la Alianza hecha por medio de Moisés (Ex 34, 28). El Decálogo, al presentar los mandamientos del amor a Dios (los tres primeros) y al prójimo (los otros siete), traza, para el pueblo elegido y para cada uno en particular, el camino de una vida liberada de la esclavitud del pecado.


¿Cuáles son los 10 mandamientos?

Primer Mandamiento

Amarás a Dios sobre todas las cosas.

Segundo Mandamiento

No tomarás el nombre de Dios en vano.

Tercer Mandamiento

Santificarás las fiestas.

Cuarto Mandamiento

Honrarás a tu padre y a tu madre.

Quinto Mandamiento

No matarás.

Sexto Mandamiento

No cometerás actos impuros.

Séptimo Mandamiento

No robarás.

Octavo Mandamiento

No darás falso testimonio ni mentirás.

Noveno Mandamiento

No consentirás pensamientos ni deseos impuros.

Décimo Mandamiento

No codiciarás los bienes ajenos.

Más información sobre los mandamientos

Fórmula catequética de los Diez Mandamientos con enlaces para profundizar en cada uno de ellos


¿En el Evangelio dónde habla Jesús de los Mandamientos?


¿A qué mandamientos se refiere Jesús? ¿Dónde están recogidos?


¿Cuáles son Los Diez Mandamientos?


¿Qué importancia tienen los Mandamientos en la vida cristiana?


¿Deben los cristianos vivir los Diez Mandamientos?


¿Cuál es el Mandamiento más importante?


¿Qué relación tienen los mandamientos de la ley de Dios y la Ley Natural?


Fórmula catequética de los Diez Mandamientos con enlaces para profundizar en cada uno de ellos


«Yo soy el Señor tu Dios:

Primer Mandamiento: Amarás a Dios sobre todas las cosas.

Segundo Mandamiento: No tomarás el nombre de Dios en vano.

Tercer Mandamiento: Santificarás las fiestas.

Cuarto Mandamiento: Honrarás a tu padre y a tu madre.

Quinto Mandamiento: No matarás.

Sexto Mandamiento: No cometerás actos impuros.

Séptimo Mandamiento: No robarás.

Octavo Mandamiento: No darás falso testimonio ni mentirás.

Noveno Mandamiento: No consentirás pensamientos ni deseos impuros.

Décimo Mandamiento: No codiciarás los bienes ajenos.»


¿En el Evangelio dónde habla Jesús de los Mandamientos?


Jesucristo se refiere a los Diez Mandamientos cuando un joven le pregunta cómo conseguir la vida eterna: “Maestro, ¿qué he de hacer yo de bueno para conseguir la vida eterna?”. Jesús responde: “Si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos”. Y cita a su interlocutor los preceptos que se refieren al amor del prójimo: “No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no levantarás testimonio falso, honra a tu padre y a tu madre”. Finalmente, Jesús resume estos mandamientos de una manera positiva: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Mt 19, 16-19). (Catecismo de la Iglesia Católica, 2052)


¿A qué mandamientos se refiere Jesús? ¿Dónde están recogidos?


Los 10 mandamientos o “Decálogo” que significa literalmente “diez palabras” son las que Dios reveló a su pueblo, Israel, cuando habló con Moisés en la montaña santa y están recogidas en los libros del Éxodo y del Deuteronomio del Antiguo Testamento (cfr. Ex 20, 1-17 y 34, 28 ; Dt 5, 6-22, y 4,13; 10, 4). Constituyen palabras de Dios en un sentido eminente. Pero su pleno sentido ha sido revelado por Jesucristo. (Leer Catecismo de la Iglesia Católica, 2056)


Textos de san Josemaría para meditar


Vias tuas, Domine, demonstra mihi, et semitas tuas edoce me: Señor, indícame tus caminos, enséñame tus sendas. Pedimos al Señor que nos guíe, que nos muestre sus pisadas, para que podamos dirigirnos a la plenitud de sus mandamientos, que es la caridad. (Es Cristo que pasa, 1)


José era un hombre corriente, en el que Dios se confió para obrar cosas grandes. Supo vivir, tal y como el Señor quería, todos y cada uno de los acontecimientos que compusieron su vida. Por eso, la Escritura Santa alaba a José, afirmando que era justo. Y, en el lenguaje hebreo, justo quiere decir piadoso, servidor irreprochable de Dios, cumplidor de la voluntad divina; otras veces significa bueno y caritativo con el prójimo. En una palabra, el justo es el que ama a Dios y demuestra ese amor, cumpliendo sus mandamientos y orientando toda su vida en servicio de sus hermanos, los demás hombres. (Es Cristo que pasa, 40)


¿Cuáles son Los Diez Mandamientos?


La división y numeración de los mandamientos ha variado en el curso de la historia. El actual catecismo de la Iglesia sigue la división de los mandamientos establecida por san Agustín y que ha llegado a ser tradicional en la Iglesia católica. Es también la de las confesiones luteranas. Los Padres griegos hicieron una división algo distinta que se usa en las Iglesias ortodoxas y las comunidades reformadas. (Catecismo de la Iglesia Católica, 2066)


Vea la tabla los mandamientos dados por Dios a Moisés, según recoge el libro del Éxodo y del Deuteronomio y la formulación más sencilla de la catequesis de la Iglesia.


Textos de san Josemaría para meditar


La vida de Cristo es vida nuestra, según lo que prometiera Jesús a sus Apóstoles, el día de la Ultima Cena: Cualquiera que me ama, observará mis mandamientos, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos mansión dentro de él. El cristiano debe —por tanto— vivir según la vida de Cristo, haciendo suyos los sentimientos de Cristo, de manera que pueda exclamar con San Pablo, non vivo ego, vivit vero in me Christus , no soy yo el que vive, sino que Cristo vive en mí. (Es Cristo que pasa, 103)


Con agradecimiento, porque percibimos la felicidad a que estamos llamados, hemos aprendido que las criaturas todas han sido sacadas de la nada por Dios y para Dios: las racionales, los hombres, aunque con tanta frecuencia perdamos la razón; y las irracionales, las que corretean por la superficie de la tierra, o habitan en las entrañas del mundo, o cruzan el azul del cielo, algunas hasta mirar de hito en hito al sol. Pero, en medio de esta maravillosa variedad, sólo nosotros, los hombres —no hablo aquí de los ángeles— nos unimos al Creador por el ejercicio de nuestra libertad: podemos rendir o negar al Señor la gloria que le corresponde como Autor de todo lo que existe. Esa posibilidad compone el claroscuro de la libertad humana. El Señor nos invita, nos impulsa —¡porque nos ama entrañablemente!— a escoger el bien. Fíjate, hoy pongo ante ti la vida con el bien, la muerte con el mal. Si oyes el precepto de Yavé, tu Dios, que hoy te mando, de amar a Yavé, tu Dios, de seguir sus caminos y de guardar sus mandamientos, decretos y preceptos, vivirás... Escoge la vida, para que vivas.


¿Quieres tú pensar —yo también hago mi examen— si mantienes inmutable y firme tu elección de Vida? ¿Si al oír esa voz de Dios, amabilísima, que te estimula a la santidad, respondes libremente que sí? (Amigos de Dios, 24)


¿Qué importancia tienen los Mandamientos en la vida cristiana?


Fiel a la Escritura y siguiendo el ejemplo de Jesús, la Tradición de la Iglesia ha reconocido en el Decálogo una importancia y una significación primordiales.


Desde san Agustín, los “Diez Mandamientos” ocupan un lugar preponderante en la catequesis de los futuros bautizados y de los fieles. En el siglo XV se tomó la costumbre de expresar los preceptos del Decálogo en fórmulas rimadas, fáciles de memorizar, y positivas. Estas fórmulas están todavía en uso hoy. Los catecismos de la Iglesia han expuesto con frecuencia la moral cristiana siguiendo el orden de los “diez mandamientos”. (Catecismo de la Iglesia Católica, 2065)


Textos de san Josemaría para meditar


Si sabemos contemplar el misterio de Cristo, si nos esforzamos en verlo con los ojos limpios, nos daremos cuenta de que es posible también ahora acercarnos íntimamente a Jesús, en cuerpo y alma. Cristo nos ha marcado claramente el camino: por el Pan y por la Palabra, alimentándonos con la Eucaristía y conociendo y cumpliendo lo que vino a enseñarnos, a la vez que conversamos con El en la oración. Quien come mi carne y bebe mi sangre, en mí permanece y yo en él. Quien conoce mis mandamientos y los cumple, ése es quien me ama. Y el que me ame será amado por mi Padre, y yo le amaré y me manifestaré a él.


No son sólo promesas. Son la entraña, la realidad de una vida auténtica: la vida de la gracia, que nos empuja a tratar personal y directamente a Dios. Si cumplís mis preceptos, permaneceréis en mi amor, como yo he cumplido los mandatos de mi Padre y permanezco en su amor. (Es Cristo que pasa, 118)


¿Deben los cristianos vivir los Diez Mandamientos?


Los diez mandamientos, en su contenido fundamental, enuncian obligaciones para todos los hombres, ya que manifiestan la conducta digna del hombre. Los cristianos al conocerlos sin error, por el magisterio de la Iglesia, deben obedecerlos y vivirlos. La obediencia a estos preceptos es grave pero implica también obligaciones cuya materia es, en sí misma, leve. (Catecismo de la Iglesia Católica, 2081)


Aunque a veces pueda parecer difícil vivirlos, hay que tener en cuenta que Dios hace posible por su gracia lo que manda. (Catecismo de la Iglesia Católica, 2082)


Textos de san Josemaría para meditar


¿Qué importa tropezar, si en el dolor de la caída hallamos la energía que nos endereza de nuevo y nos impulsa a proseguir con renovado aliento? No me olvidéis que santo no es el que no cae, sino el que siempre se levanta, con humildad y con santa tozudez. Si en el libro de los Proverbios se comenta que el justo cae siete veces al día, tú y yo —pobres criaturas— no debemos extrañarnos ni desalentarnos ante las propias miserias personales, ante nuestros tropiezos, porque continuaremos hacia adelante, si buscamos la fortaleza en Aquel que nos ha prometido: venid a mí todos los que andáis agobiados con trabajos y cargas, que yo os aliviaré. Gracias, Señor, quia tu es, Deus, fortitudo mea, porque has sido siempre Tú, y sólo Tú, Dios mío, mi fortaleza, mi refugio, mi apoyo. (Amigos de Dios, 131)


En tu alma parece que materialmente oyes: "¡ese prejuicio religioso!"... —Y después la defensa elocuente de todas las miserias de nuestra pobre carne caída: "¡sus derechos!". Cuando esto te suceda di al enemigo que hay ley natural y ley de Dios, ¡y Dios! —Y también infierno. (Camino, 141)


¿Cuál es el Mandamiento más importante?


“Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente”.

San Mateo en el versículo 22, 36 de su Evangelio recoge cuando un escriba le hace esta pregunta a Jesús: “¿Cuál es el mandamiento mayor de la Ley?” y la respuesta de Jesús: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Este es el mayor y el primer mandamiento. El segundo es semejante a éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos penden toda la Ley y los Profetas” (Mt 22, 37-40; cf Dt 6, 5; Lv 19, 18). El Decálogo debe ser interpretado a la luz de este doble y único mandamiento de la caridad, plenitud de la Ley. (Catecismo de la Iglesia Católica, 2055)


Dios nos amó primero. El amor del Dios Único es recordado en la primera de las “diez palabras”. Los mandamientos explicitan a continuación la respuesta de amor que el hombre está llamado a dar a su Dios. (Catecismo de la Iglesia Católica, 2083)


Textos de san Josemaría para meditar


La caridad no la construimos nosotros; nos invade con la gracia de Dios: porque El nos amó primero. Conviene que nos empapemos bien de esta verdad hermosísima: si podemos amar a Dios, es porque hemos sido amados por Dios. Tú y yo estamos en condiciones de derrochar cariño con los que nos rodean, porque hemos nacido a la fe, por el amor del Padre. Pedid con osadía al Señor este tesoro, esta virtud sobrenatural de la caridad, para ejercitarla hasta en el último detalle.


Con frecuencia, los cristianos no hemos sabido corresponder a ese don; a veces lo hemos rebajado, como si se limitase a una limosna, sin alma, fría; o lo hemos reducido a una conducta de beneficencia más o menos formularia. Expresaba bien esta aberración la resignada queja de una enferma: aquí me tratan con caridad, pero mi madre me cuidaba con cariño. El amor que nace del Corazón de Cristo no puede dar lugar a esa clase de distinciones.


Para que se os metiera bien en la cabeza esta verdad, de una forma gráfica, he predicado en millares de ocasiones que nosotros no poseemos un corazón para amar a Dios, y otro para querer a las criaturas: este pobre corazón nuestro, de carne, quiere con un cariño humano que, si está unido al amor de Cristo, es también sobrenatural. Esa, y no otra, es la caridad que hemos de cultivar en el alma, la que nos llevará a descubrir en los demás la imagen de Nuestro Señor. (Amigos de Dios 229)


Pero fijaos en que Dios no nos declara: en lugar del corazón, os daré una voluntad de puro espíritu. No: nos da un corazón, y un corazón de carne, como el de Cristo. Yo no cuento con un corazón para amar a Dios, y con otro para amar a las personas de la tierra. Con el mismo corazón con el que he querido a mis padres y quiero a mis amigos, con ese mismo corazón amo yo a Cristo, y al Padre, y al Espíritu Santo y a Santa María. No me cansaré de repetirlo: tenemos que ser muy humanos; porque, de otro modo, tampoco podremos ser divinos.


El amor humano, el amor de aquí abajo en la tierra cuando es verdadero, nos ayuda a saborear el amor divino. Así entrevemos el amor con que gozaremos de Dios y el que mediará entre nosotros, allá en el cielo, cuando el Señor sea todo en todas las cosas . Ese comenzar a entender lo que es el amor divino nos empujará a manifestarnos habitualmente más compasivos, más generosos, más entregados. (Es Cristo que pasa, 166)


No se ha limitado el Señor a decirnos que nos ama: sino que nos lo ha demostrado con las obras, con la vida entera. —¿Y tú? (Forja 62)


Pásmate ante la magnanimidad de Dios: se ha hecho Hombre para redimirnos, para que tú y yo —¡que no valemos nada, reconócelo!— le tratemos con confianza. (Forja, 30)


¿Qué relación tienen los mandamientos de la ley de Dios y la Ley Natural?


Los diez mandamientos pertenecen a la revelación de Dios y nos enseñan la verdadera humanidad del hombre. Ponen de relieve los deberes esenciales y, por tanto indirectamente, los derechos fundamentales, inherentes a la naturaleza de la persona humana. El Decálogo contiene una expresión privilegiada de la “ley natural”: «Desde el comienzo, Dios había puesto en el corazón de los hombres los preceptos de la ley natural. Primeramente se contentó con recordárselos. Esto fue el Decálogo, el cual, si alguien no lo guarda, no tendrá la salvación, y no les exigió nada más» (San Ireneo de Lyon, Adversus haereses, 4, 15, 1). (Catecismo de la Iglesia Católica, 2070)


Aunque accesibles a la sola razón, los preceptos del Decálogo han sido revelados. Para alcanzar un conocimiento completo y cierto de las exigencias de la ley natural, la humanidad herida por el pecado, con dificultad para alcanzar la verdad y el bien, necesitaba esta revelación: «En el estado de pecado, una explicación plena de los mandamientos del Decálogo resultó necesaria a causa del oscurecimiento de la luz de la razón y de la desviación de la voluntad» (San Buenaventura, In quattuor libros Sententiarum, 3, 37, 1, 3).


Conocemos los mandamientos de la ley de Dios por la revelación divina que nos es propuesta en la Iglesia, y por la voz de la con ciencia moral. (Catecismo de la Iglesia Católica, 2071)


Textos de san Josemaría para meditar


Si el mundo y todo lo que en él hay —menos el pecado— es bueno, porque es obra de Dios Nuestro Señor, el cristiano, luchando continuamente por evitar las ofensas a Dios —una lucha positiva de amor—, ha de dedicarse a todo lo terreno, codo a codo con los demás ciudadanos; debe defender todos los bienes derivados de la dignidad de la persona.


Y existe un bien que deberá siempre buscar especialmente: el de la libertad personal. Sólo si defiende la libertad individual de los demás con la correspondiente personal responsabilidad, podrá, con honradez humana y cristiana, defender de la misma manera la suya. Repito y repetiré sin cesar que el Señor nos ha dado gratuitamente un gran regalo sobrenatural, la gracia divina; y otra maravillosa dádiva humana, la libertad personal, que exige de nosotros —para que no se corrompa, convirtiéndose en libertinaje— integridad, empeño eficaz en desenvolver nuestra conducta dentro de la ley divina, porque donde está el Espíritu de Dios, allí hay libertad.


El Reino de Cristo es de libertad: aquí no existen más siervos que los que libremente se encadenan, por Amor a Dios. ¡Bendita esclavitud de amor, que nos hace libres! Sin libertad, no podemos corresponder a la gracia; sin libertad, no podemos entregarnos libremente al Señor, con la razón más sobrenatural: porque nos da la gana. (Es Cristo que pasa, 184)


5 de octubre de 2021

Cómo cuidamos el cuerpo

 



Evangelio (Lc 10,38-42)


En aquel tiempo, cuando iban de camino entró en cierta aldea, y una mujer que se llamaba Marta le recibió en su casa. Tenía ésta una hermana llamada María que, sentada a los pies del Señor, escuchaba su palabra. Pero Marta andaba afanada con numerosos quehaceres y poniéndose delante dijo:

—Señor, ¿no te importa que mi hermana me deje sola en las tareas de servir? Dile entonces que me ayude.


Pero el Señor le respondió:


—Marta, Marta, tú te preocupas y te inquietas por muchas cosas. Pero una sola cosa es necesaria: María ha escogido la mejor parte, que no le será arrebatada.


Comentario


El evangelio de la misa de hoy nos recuerda un breve pero significativo encuentro entre Jesús, Marta y María. Marta, anfitriona del Señor, anda de acá para allá, llena de preocupación –completamente ocupada– e inquietud por las labores domésticas. Su hermana, en cambio, se sienta al lado del Señor, a sus pies, en actitud de interés y escucha de lo que dice. El relato resalta el contraste entre la actitud externa de ambas; las palabras de Jesús apuntan a las actitudes. En lo externo, María está cerca del Señor, sentada a su lado, quieta y escuchando; Marta está lejos del Señor, de pie, agitada y hablando. Incluso, cuando Marta se acerca a Jesús, lo hace poniéndose delante, casi en actitud de desafío.


Tanto en lo exterior como en lo interior, el relato recuerda un poco al de la resurrección de Lázaro (Jn 11,1-44): Marta inquieta, confusa en sus ideas y con dificultad para escuchar; María tranquila, a la escucha dócil y con confianza a los pies de Jesús. En el texto de Lucas, Marta solo tiene en la cabeza el servicio, las necesidades inmediatas en relación con la mesa. Jesús aprovecha la situación para instruir a ambas. No se trata de un juicio sobre lo externo, sino sobre el corazón. La comida es necesaria, pero solo un alimento es imprescindible, y ese es la palabra del Señor, palabra de vida eterna –una vida que no pasa– que nos ilumina sobre el sentido de todo lo demás.


Jesús viene a nuestra casa. Y podríamos pensar que lo más importante es lo que podemos ofrecerle y contarle. Pero, en realidad, lo más importante es lo que él nos ofrece: «el reino de Dios y su justicia» (Mt 6,33), «el alimento que perdura para la vida eterna» (Jn 6,27). La vida del cuerpo es importante y, en general, está en nuestra mano cuidarla, pero ¿de qué sirve esa vida si uno no alcanza la vida eterna? Jesús no hace un juicio sobre nuestras obras sino sobre la actitud con la que las hacemos: nos pide que sean ocasión de diálogo verdadero con Dios y que sepamos discernir sobre su importancia.


PARA TU RATO DE ORACION

La vida del cuerpo es importante y en general, esta en nuestras manos cuidarlo... Cómo quiere Dios que cuidemos nuestro cuerpo, asi se nos explica en el 5° mandamiento.


1. “No matarás”


«La vida humana es sagrada, porque desde su inicio es fruto de la acción creadora de Dios y permanece siempre en una especial relación con el Creador, su único fin (...); nadie, en ninguna circunstancia, puede atribuirse el derecho de matar de modo directo a un ser humano inocente» (Catecismo, 2258).


El hombre es alguien singular: la única criatura de este mundo a la que Dios ama por sí misma [1]. Está destinado a conocer y amar eternamente a Dios, y su vida es sagrada. Ha sido creado a imagen y semejanza de Dios (cfr. Gn 1, 26-27), y éste es el fundamento último de la dignidad humana y del mandamiento no matarás.


El libro del Génesis presenta el abuso contra la vida humana como consecuencia del pecado original. Yahvé se manifiesta siempre como protector de la vida: incluso de la de Caín, después de haber matado a su hermano Abel; sangre de su sangre, imagen de todo homicidio. Nadie debe tomarse la justicia por su mano, y nadie puede abrogarse el derecho de disponer de la vida del prójimo (cfr. Gn 4, 13-15).


Este mandamiento hace referencia a los seres humanos. Es legítimo servirse de los animales para obtener alimento, vestido, etc.: Dios los puso en la tierra para que estuviesen al servicio del hombre. La conveniencia de no matarlos o maltratarlos proviene del desorden que puede implicar en las pasiones humanas, o de un deber de justicia (si son propiedad de otro) (cfr. Catecismo, 2417). Además, no hay que olvidar que el hombre no es “dueño” de la Creación, sino administrador y por tanto, tiene obligación de respetar y cuidar la naturaleza, de la que necesita para su propia existencia y desarrollo (cfr. Catecismo, 2418).


2. Plenitud de este mandamiento


El mandamiento de salvaguardar la vida del hombre «tiene su aspecto más profundo en la exigencia de la veneración y amor hacia la persona y su vida» [2].


La misericordia y el perdón son propios de Dios; y en la vida de los hijos de Dios también debe estar presente la misericordia, que nos lleva a compadecernos en nuestro corazón por la miseria ajena: «Bienaventurados los misericordiosos porque ellos alcanzarán misericordia» (Mt 5, 7) [3].


También es necesario aprender a perdonar las ofensas (cfr. Mt 5, 22). Al recibir una ofensa hay que procurar no encolerizarse, ni permitir que la ira invada el corazón. Es más, en el Paternoster –la oración que nos dejó Jesús como oración dominical–, el Señor liga su perdón –el perdón acerca de las ofensas que hemos cometido– al perdón de los que nos han ofendido (cfr. Mt 6, 9-13; Lc 11, 2-4). En esta lucha nos ayudará: contemplar la Pasión de Nuestro Señor, que nos ha perdonado y redimido llevando con amor y con paciencia las injusticias; considerar que nadie debe resultar, para el cristiano, un extraño o un enemigo (cfr. Mt 5, 44-45); pensar en el juicio que sigue a la muerte, en el que se nos juzgará del amor al prójimo; recordar que un cristiano debe vencer el mal con el bien (cfr. Rm 12, 21); y ver las injurias como ocasión para la propia purificación.


3. El respeto de la vida humana


El quinto precepto manda no matar. Condena también golpear, herir o hacer cualquier daño injusto a uno mismo y al prójimo en el cuerpo, ya por sí, ya por otros; así como agraviarle con palabras injuriosas o quererle mal. En este mandamiento se prohíbe igualmente darse a sí mismo la muerte (suicidio).


3.1. El homicidio voluntario


«El quinto mandamiento condena como gravemente pecaminoso el homicidio directo y voluntario . El que mata y los que cooperan voluntariamente con él cometen un pecado que clama venganza al cielo (cfr. Gn 4, 19)» (Catecismo , 2268) [4].


La encíclica Evangelium vitae ha formulado de modo definitivo e infalible la siguiente norma negativa: «con la autoridad conferida por Cristo a Pedro y a sus Sucesores, en comunión con los Obispos de la Iglesia católica, confirmo que la eliminación directa y voluntaria de un ser humano inocente es siempre gravemente inmoral. Esta doctrina, fundamentada en aquella ley no escrita que cada hombre, a la luz de la razón, encuentra en el propio corazón (cfr. Rm 2, 14-15), es corroborada por la Sagrada Escritura, transmitida por la Tradición de la Iglesia y enseñada por el Magisterio ordinario y universal» [5]. Así, el homicidio que es sin excepción gravemente inmoral es aquél que responde a una elección deliberada y se dirige a una persona inocente. Por tanto, la legítima defensa y la pena de muerte no se incluyen en esta formulación absoluta, y son objeto de un tratamiento específico [6].


El poner la vida en manos del hombre implica un poder de disposición, que conlleva saber administrarlo como una colaboración con Dios. Esto exige una actitud de amor y de servicio, y no de dominio arbitrario: se trata de un señorío ministerial, no absoluto, reflejo del señorío único e infinito de Dios [7].


3.2. El aborto


«La vida humana debe ser respetada y protegida de manera absoluta desde el momento de la concepción » (Catecismo , 2270). No es admisible ninguna discriminación, ni siquiera la fundada en las diferentes etapas del desarrollo de la vida. En situaciones conflictivas, es determinante la pertenencia natural a la especie biológica humana. Con esto no se imponen a la investigación biomédica límites distintos que los que la dignidad humana establece para cualquier otro campo de la actividad humana.


«El aborto directo, es decir, querido como fin o como medio, es siempre un desorden moral grave en cuanto eliminación deliberada de un ser humano inocente» [8]. La expresión como fin o como medio comprende las dos modalidades de la voluntariedad directa: en este caso, el que actúa quiere conscientemente matar, y por eso cumple la acción.


«Ninguna circunstancia, ninguna finalidad, ninguna ley del mundo podrá jamás hacer lícito un acto que es intrínsecamente ilícito, por ser contrario a la Ley de Dios, escrita en el corazón de cada hombre, reconocible por la misma razón y proclamada por la Iglesia» [9] . El respeto de la vida debe ser reconocido como el confín que ninguna actividad individual o estatal puede superar. El derecho inalienable de toda persona humana inocente a la vida es un elemento constitutivo de la sociedad civil y de su legislación y como tal debe ser reconocido y respetado tanto por parte de la sociedad como de la autoridad política (cfr. Catecismo, 2273) [10].


Así, podemos afirmar que «el derecho a mandar constituye una exigencia del orden espiritual [moral] y dimana de Dios. Por ello, si los gobernantes promulgan una ley o dictan una disposición cualquiera contraria a ese orden espiritual y, por consiguiente, opuesta a la voluntad de Dios, en tal caso ni la ley promulgada ni la disposición dictada pueden obligar en conciencia al ciudadano (...); más aún, en semejante situación, la propia autoridad se desmorona por completo y se origina una iniquidad espantosa» [11]. Tanto es así que «leyes de este tipo no sólo no crean ninguna obligación de conciencia, sino que, por el contrario, establecen una grave y precisa obligación de oponerse a ellas mediante la objeción de conciencia » [12].


«Puesto que debe ser tratado como una persona desde la concepción, el embrión deberá ser defendido en su integridad, cuidado y atendido médicamente en la medida de lo posible, como todo otro ser humano» (Catecismo, 2274).


3.3. La eutanasia


«Por eutanasia en sentido verdadero y propio se debe entender una acción o una omisión que por su naturaleza y en la intención causa la muerte, con el fin de eliminar cualquier dolor (...). Es una grave violación de la ley de Dios , en cuanto eliminación deliberada y moralmente inaceptable de una persona humana (...). Semejante práctica conlleva, según las circunstancias, la malicia propia del suicidio o del homicidio» [13]. Se trata de una de las consecuencias, gravemente contrarias a la dignidad de la persona humana, a las que puede llevar el hedonismo y la pérdida del sentido cristiano del dolor.


«La interrupción de tratamientos médicos onerosos, peligrosos, extraordinarios o desproporcionados a los resultados puede ser legítima. Interrumpir estos tratamientos es rechazar el encarnizamiento terapéutico . Con esto no se pretende provocar la muerte; se acepta no poder impedirla» (Catecismo, 2278) [14].


En cambio, «aunque la muerte se considere inminente, los cuidados ordinarios debidos a una persona no pueden ser legítimamente interrumpidos» ( Catecismo , 2279) [15]. La alimentación e hidratación artificiales son, en principio, cuidados ordinarios debidos a todo enfermo [16].


3.4. El suicidio


«Somos administradores y no propietarios de la vida que Dios nos ha confiado. No disponemos de ella» (Catecismo, 2280). «El suicidio contradice la inclinación natural del ser humano a conservar y perpetuar su vida. Es gravemente contrario al justo amor de sí mimo. Ofende también al amor del prójimo porque rompe injustamente los lazos de solidaridad con las sociedades familiar, nacional y humana con las cuales estamos obligados. El suicidio es contrario al amor del Dios vivo» (Catecismo, 2281) [17].


Preferir la propia muerte para salvar la vida de otro no es suicidio, antes bien, puede constituir un acto de extrema caridad.


3.5. La legítima defensa


La prohibición de causar la muerte no suprime el derecho de impedir que un injusto agresor cause daño [18] . La legítima defensa puede ser incluso un deber grave para quien es responsable de la vida de otro o del bien común (cfr. Catecismo , 2265).


3.6. La pena de muerte


Defender el bien común de la sociedad exige que se ponga al agresor en situación de no poder dañar. Por esto, la legítima autoridad puede infligir penas proporcionales a la gravedad de los delitos. Las penas tienen como fin compensar el desorden introducido por la falta, preservar el orden público y la seguridad de las personas, y la enmienda del culpable (cfr. Catecismo , 2266).


El Catecismo de la Iglesia Católica señala que: «durante mucho tiempo el recurso a la pena de muerte por parte de la autoridad legítima, después de un debido proceso, fue considerado una respuesta apropiada a la gravedad de algunos delitos y un medio admisible, aunque extremo, para la tutela del bien común.


Hoy está cada vez más viva la conciencia de que la dignidad de la persona no se pierde ni siquiera después de haber cometido crímenes muy graves. Además, se ha extendido una nueva comprensión acerca del sentido de las sanciones penales por parte del Estado. En fin, se han implementado sistemas de detención más eficaces, que garantizan la necesaria defensa de los ciudadanos, pero que, al mismo tiempo, no le quitan al reo la posibilidad de redimirse definitivamente.


Por tanto la Iglesia enseña, a la luz del Evangelio, que «la pena de muerte es inadmisible, porque atenta contra la inviolabilidad y la dignidad de la persona»[19], y se compromete con determinación a su abolición en todo el mundo» (cfr. Catecismo, 2267)*.


4. El respeto de la dignidad de las personas


4.1. El respeto al alma del prójimo: el escándalo


Los cristianos estamos obligados a procurar la vida y la salud sobrenatural del alma del prójimo, además de la del cuerpo.


El escándalo es lo contrario: «es la actitud o el comportamiento que induce a otro a hacer el mal. El que escandaliza se convierte en tentador de su prójimo (...). El escándalo constituye una falta grave, si por acción u omisión, arrastra deliberadamente a otro a una falta grave» (Catecismo, 2284). Se puede causar escándalo por comentarios injustos, por la promoción de espectáculos, libros y revistas inmorales, por seguir modas contrarias al pudor, etc.


«El escándalo adquiere una gravedad particular según la autoridad de quienes lo causan o la debilidad de quienes lo padecen» (Catecismo, 2285): «al que escandalice a uno de estos pequeños que creen en mí, más le vale que le cuelguen al cuello una piedra de molino y le echen al mar» (Mt 18, 6) [20].


4.2. El respeto a la salud del cuerpo


El respeto al propio cuerpo es una exigencia de la caridad, pues el cuerpo es templo del Espíritu Santo (cfr. 1 Co 6, 19; 3, 16ss.; 2 Co 6, 16), y somos responsables –en lo que de nosotros depende– de procurar la salud corporal, que es un medio para servir a Dios y a los hombres. Pero la vida corporal no es un valor absoluto: la moral cristiana se opone a una concepción neopagana que promueve el culto al cuerpo , y que puede conducir a la perversión de las relaciones humanas (cfr. Catecismo, 2289).


«La virtud de la templanza conduce a evitar toda clase de excesos , el abuso de la comida, del alcohol, del tabaco y de las medicinas. Quienes en estado de embriaguez, o por afición inmoderada de velocidad, ponen en peligro la seguridad de los demás y la suya propia en las carreteras, en el mar o en el aire, se hacen gravemente culpables» ( Catecismo, 2290).


El uso de drogas es una falta grave, por el daño que representa para la salud, y por la huida de la responsabilidad de los actos que se pueden realizar bajo su influencia. La producción clandestina y el tráfico de drogas son prácticas inmorales (cfr. Catecismo, 2291).


La investigación científica no puede legitimar actos que en sí mismos son contrarios a la dignidad de las personas y a la ley moral. Ningún ser humano puede ser tratado como un medio para el progreso de la ciencia (cfr. Catecismo, 2295). Atentan contra este principio prácticas como la procreación artificial sustitutiva o el uso de embriones con fines experimentales.


4.3. El trasplante de órganos


La donación de órganos para trasplantes es legítima y puede ser un acto de caridad, si la donación es plenamente libre y gratuita [21], y respeta el orden de la justicia y de la caridad.


«Una persona sólo puede donar algo de lo que puede privarse sin serio peligro o daño para su propia vida o identidad personal, y por una razón justa y proporcionada. Resulta obvio que los órganos vitales sólo pueden donarse después de la muerte» [22].


Es preciso que el donante o sus representantes hayan dado su consentimiento consciente (cfr. Catecismo , 2296). Esta donación, «aun siendo lícita en sí misma, puede llegar a ser ilícita, si viola los derechos y sentimientos de terceros a quienes compete la tutela del cadáver: los parientes cercanos en primer término; pero podría incluso tratarse de otras personas en virtud de derechos públicos o privados» [23].


4.4. El respeto a la libertad física y a la integridad corporal


Los secuestros y el tomar rehenes son moralmente ilícitos: es tratar a las personas sólo como medios para obtener diversos fines, privándoles injustamente de la libertad. También son gravemente contrarios a la justicia y a la caridad el terrorismo y la tortura.


«Exceptuados los casos de prescripciones médicas de orden estrictamente terapéutico, las amputaciones, mutilaciones o esterilizaciones directamente voluntarias de personas inocentes son contrarias a la ley moral» (Catecismo, 2297). Por lo tanto, no son contrarias a la ley moral aquéllas que se siguen de una acción terapéutica necesaria para el bien del cuerpo tomado en su totalidad, y que no se quieren ni como fin ni como medio, sino que se sufren y se toleran.


4.5. El respeto a los muertos


«Los cuerpos de los difuntos deben ser tratados con respeto y caridad en la fe y la esperanza de la resurrección. Enterrar a los muertos es una obra de misericordia corporal (cfr. Tb 1, 16-18), que honra a los hijos de Dios, templos del Espíritu Santo» (Catecismo , 2300). «La Iglesia aconseja vivamente que se conserve la piadosa costumbre de sepultar el cadáver de los difuntos; sin embargo no prohíbe la cremación, a no ser que haya sido elegida por razones contrarias a la doctrina cristiana» (CIC, can. 1176).


5. La defensa de la paz


«Bienaventurados los pacíficos porque ellos serán llamados hijos de Dios» (Mt 5, 8). Característica del espíritu de filiación divina es ser sembradores de paz y de alegría [24]. «La paz no puede alcanzarse en la tierra, sin la salvaguardia de los bienes de las personas, la libre comunicación entre los seres humanos, el respeto de la dignidad de las personas y de los pueblos, la práctica asidua de la fraternidad (...). Es obra de la justicia (cfr. Is 32, 17) y efecto de la caridad» ( Catecismo , 2304).


«A causa de los males y de las injusticias que ocasiona toda guerra, la Iglesia insta constantemente a todos a orar y actuar para que la Bondad divina nos libre de la antigua servidumbre de la guerra (cfr. Concilio Vaticano II, Const. Gaudium et spes , 81,4)» ( Catecismo , 2307).


Existe una «legítima defensa mediante la fuerza militar». Pero «la gravedad de semejante decisión somete a ésta a condiciones rigurosas de legitimidad moral» (Catecismo, 2309) [25].


«Las injusticias, las desigualdades excesivas de orden económico o social, la envidia, la desconfianza y el orgullo, que existen entre los hombres y las naciones, amenazan sin cesar la paz y causan las guerras. Todo lo que se hace para superar estos desórdenes contribuye a edificar la paz y evitar la guerra» (Catecismo, 2317).


«Ama a tu patria: el patriotismo es una virtud cristiana. Pero si el patriotismo se convierte en un nacionalismo que lleva a mirar con desapego, con desprecio —sin caridad cristiana ni justicia— a otros pueblos, a otras naciones, es un pecado» [26].



12 de marzo de 2021

EL AMOR DE DIOS

— El amor infinito de Dios por cada hombre.

— El Señor nos ama siempre.

—El primer mandamiento. 



I. En toda la Sagrada Escritura se habla continuamente del amor de Dios por nosotros. Nos lo hace saber de muchas maneras. Nos asegura que, aunque una madre se olvidara del hijo de sus entrañas, Él jamás se olvidará de nosotros, pues nos lleva escritos en su mano para tenernos siempre a la vista1.


La Primera lectura de la Misa, del libro del profeta Oseas, es uno de esos textos que muestran el triunfo emocionante del amor de Dios sobre las infidelidades y las conversiones hipócritas de su pueblo. Israel reconoce al fin que no le salvarán alianzas humanas, ni dioses fabricados por sus manos2, ni holocaustos vacíos, sino el amor, expresado en la fidelidad a la Alianza. Se vislumbra entonces una felicidad sin límites. La misma conversión es obra del amor de Dios, pues todo nace de Él, que nos ama con largueza. Yo curaré sus extravíos –leemos–, los amaré sin que lo merezcan, mi cólera se apartará de ellos. Seré rocío para Israel, florecerá como azucena, arraigará como el álamo. Brotarán sus vástagos, como el olivo será su esplendor, su aroma como el Líbano. Volverán a descansar a su sombra: cultivarán el trigo, florecerán como la viña, será su fama como la del vino del Líbano3.


Jamás podremos imaginar lo que Dios nos ama. Para salvarnos, cuando estábamos perdidos, envió a su Unigénito para que, dando su vida, nos redimiera del estado en que habíamos caído: tanto amó Dios al mundo que le dio a su Hijo Unigénito, para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga la vida eterna4. Este mismo amor le mueve a dársenos por entero de un modo habitual, habitando en nuestra alma en gracia: Si alguno me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y en él haremos morada5, y a comunicarse con nosotros en lo más íntimo de nuestro corazón, durante estos ratos de oración y en cualquier momento del día.


«Hasta te serviré, porque vine a servir y no a ser servido. Yo soy amigo, y miembro y cabeza, y hermano y hermana, y madre; todo lo soy, y solo quiero contigo intimidad. Yo, pobre por ti, mendigo por ti, crucificado por ti, sepultado por ti; en el cielo intercedo por ti ante Dios Padre; y en la tierra soy legado suyo ante ti. Todo lo eres para Mí, hermano y coheredero, amigo y miembro. ¿Qué más quieres?»6. ¿Qué más podemos desear? Cuando contemplamos al Señor en cada una de las escenas del Vía Crucis es fácil que desde el corazón se nos venga a los labios el decir: «¿Saber que me quieres tanto, Dios mío, y... no me he vuelto loco?»7.


II. No tienes otros iguales, Señor: Grande eres y haces maravillas, tú eres el único Dios8. Una de las mayores maravillas es el amor que nos tiene. Nos ama con amor personal e individual, a cada uno en particular. Jamás ha dejado de amarnos, de ayudarnos, de protegernos, de comunicarse con nosotros; ni siquiera en los momentos de mayor ingratitud por nuestra parte o cuando cometimos los pecados más graves. Quizá, en esas tristes circunstancias, ha sido cuando más atenciones hemos recibido de Dios, como nos muestra en las parábolas en las que quiso expresar de modo singular su misericordia: la oveja perdida es la única que es llevada a hombros, la fiesta del padre de familia es para el hijo que dilapidó la herencia pero que supo volver arrepentido, la dracma perdida es cuidadosamente buscada por su dueña hasta encontrarla...9.


A lo largo de nuestra vida, la atención de Dios y su amor para cada uno de nosotros han sido constantes. Ha tenido presentes todas las circunstancias y sucesos por los que habíamos de pasar. Está junto a nosotros en cada situación y en todo momento: Yo estaré con vosotros siempre hasta la consumación del mundo10, hasta el último instante de nuestra vida.


¡Tantas veces se ha hecho el encontradizo! En la alegría y en el dolor, a través de lo que al principio nos pareció una gran desgracia, en un amigo, en un compañero de trabajo, en el sacerdote que nos atendía... «Considerad conmigo esta maravilla del amor de Dios: el Señor que sale al encuentro, que espera, que se coloca a la vera del camino, para que no tengamos más remedio que verle. Y nos llama personalmente, hablándonos de nuestras cosas, que son también las suyas, moviendo nuestra conciencia a la compunción, abriéndola a la generosidad, imprimiendo en nuestras almas la ilusión de ser fieles, de podernos llamar sus discípulos»11.


Como muestra de amor nos dejó los sacramentos, «canales de la misericordia divina». Entre ellos, por recibirlos con más frecuencia, le agradecemos ahora de modo particular la Confesión, donde nos perdona los pecados, y la Sagrada Eucaristía, donde quiso quedarse como una muestra singularísima de amor por los hombres.


Por amor nos ha dado a su Madre por Madre nuestra. Como manifestación de este amor nos ha dado también un Ángel para que nos proteja, nos aconseje y nos preste infinidad de favores hasta que llegue el fin de nuestro paso por la tierra, donde Él nos espera para darnos el Cielo prometido, una felicidad sin límites y sin término. Allí tenemos preparado un lugar.


A Él le decimos, con una de las oraciones de la Misa de hoy: Señor, que la acción de tu Espíritu en nosotros penetre íntimamente nuestro ser, para que lleguemos un día a la plena posesión de lo que ahora recibimos en la Eucaristía12. Y le damos gracias por tanto Amor, por tanta atención, que no merecemos. Y procuramos encendernos en deseos: Amor, con amor se paga. Poéticamente expresa esta idea Francisca Javiera del Valle: «Mil vidas si las tuviera daría por poseerte, y mil... y mil... más yo diera... por amarte si pudiera... con ese amor puro y fuerte con que Tú, siendo quien eres... nos amas continuamente»13.


III. Nos dice el Evangelio de la Misa: Uno de los letrados se acercó a Jesús y le preguntó: ¿Qué mandamiento es el primero de todos?


Respondió Jesús: El primero es: Escucha, Israel, el Señor nuestro Dios es el único Señor, y amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser14. Él espera de cada hombre una respuesta sin condiciones a su amor por nosotros.


Nuestro amor a Dios se muestra en las mil pequeñas incidencias de cada día: amamos a Dios a través del trabajo bien hecho, de la vida familiar, de las relaciones sociales, del descanso... Todo se puede convertir en obras de amor. «Mientras realizamos con la mayor perfección posible, dentro de nuestras equivocaciones y limitaciones, las tareas propias de nuestra condición y de nuestro oficio, el alma ansía escaparse. Se va hacia Dios, como el hierro atraído por la fuerza del imán. Se comienza a amar a Jesús, de forma más eficaz, con un dulce sobresalto»15.


Cuando correspondemos al amor a Dios los obstáculos se vencen; y al contrario, sin amor hasta las más pequeñas dificultades parecen insuperables. Todo se hace llevadero si hay unión con el Señor. «Todas estas cosas, sin embargo, hállanlas difíciles los que no aman; los que aman, al revés, eso mismo les parece liviano. No hay padecimiento, por cruel y desaforado que sea, que no lo haga llevadero y casi nulo el amor»16. La alegría mantenida aun en medio de las dificultades es la señal más clara de que el amor de Dios informa todas nuestras acciones, pues –como comenta San Agustín– «en aquello que se ama, o no se siente la dificultad o se ama la misma dificultad (...). Los trabajos de los que aman nunca son penosos»17.


El amor a Dios ha de ser supremo y absoluto. Dentro de este amor caben todos los amores nobles y limpios de la tierra, según la peculiar vocación recibida, y cada uno en su orden. «No sería justo decir: “O Dios o el hombre”. Deben amarse “Dios y el hombre”; a este último, nunca más que a Dios o contra Dios o igual que a Dios. En otras palabras: el amor a Dios es ciertamente prevalente, pero no exclusivo. La Biblia declara a Jacob santo y amado por Dios; lo muestra empleando siete años en conquistar a Raquel como mujer, y le parecen pocos años, aquellos años –tanto era su amor por ella–. Francisco de Sales comenta estas palabras: “Jacob –escribe– ama a Raquel con todas sus fuerzas y con todas sus fuerzas ama a Dios; pero no por ello ama a Raquel como a Dios, ni a Dios como a Raquel. Ama a Dios como su Dios sobre todas las cosas y más que a sí mismo; ama a Raquel como a su mujer sobre todas las otras mujeres y como a sí mismo. Ama a Dios con amor absoluto y soberanamente sumo, y a Raquel con su amor marital; un amor no es contrario al otro, porque el de Raquel no viola las supremas ventajas del amor de Dios”»18.


El amor a Dios se manifiesta necesariamente en el amor a los demás. La señal externa de nuestra unión con Dios es el modo como vivimos la caridad con quienes están junto a nosotros. En esto conocerán todos que sois mis discípulos...19, nos dejó dicho el Señor: en la delicadeza en el trato, en el respeto mutuo, en el pensar del modo más favorable de los otros, en las pequeñas ayudas en el hogar o en el trabajo, en la corrección fraterna amable y oportuna, en la oración por el más necesitado...


Pidámosle hoy a la Virgen que nos enseñe a corresponder al amor de su Hijo, y que sepamos también amar con obras a sus hijos, nuestros hermanos.

9 de febrero de 2021

Honra a tu padre y a tu madre

 

—El «dulcísimo precepto».

— Amor con obras a los padres. 

— Algunos deberes de los padres.




I. En el Evangelio de la Misa1, Nuestro Señor declara el verdadero alcance del Cuarto Mandamiento del Decálogo frente a las explicaciones erróneas de la casuística de escribas y fariseos. El mismo Dios, por boca de Moisés, había dicho: Honra a tu padre y a tu madre, y quien maldiga al padre o a la madre, será reo de muerte.


Es tan grato a Dios el cumplimiento de este mandamiento que lo adornó de incontables promesas de bendición: El que honra a su padre expía sus pecados; y cuando rece será escuchado. Y como el que atesora es el que honra a su madre. El que respeta a su padre tendrá larga vida2. Esta promesa de una larga vida a quien ame y honre a sus padres se repite una y otra vez. Honra a tu padre y a tu madre; así prolongarás la vida en la tierra que el Señor, tu Dios, te va a dar3. Y Santo Tomás de Aquino, al explicar este pasaje, enseña que la vida es larga cuando está llena, y esta plenitud no se mide por el tiempo, sino por las obras. Se vive una vida llena cuando está repleta de virtudes y de frutos; entonces se ha vivido mucho, aunque muera joven el cuerpo4. El Señor promete también la buena fama –a pesar de sufrir calumnias–, riquezas y una descendencia numerosa. En cuanto a la descendencia, sigue diciendo Santo Tomás de Aquino que no solo existen «hijos de la carne»: hay diversas razones por las cuales se originan otros modos de paternidad espiritual, que requieren su correspondiente respeto y aprecio5.


A pesar de la claridad con que se expone este mandamiento en estos y otros muchos pasajes del Antiguo Testamento, los doctores y los sacerdotes del templo habían tergiversado su sentido y cumplimiento6. Enseñaban que si alguien decía a su padre o a su madre: lo que de mi parte pudieras recibir o necesitar, sea «corban», que significa ofrenda7, los padres no podían ya tomar nada de esos bienes aunque estuvieran muy necesitados, pues, como habían sido declarados ofrenda para el altar, constituiría entonces un sacrilegio. Esta costumbre era frecuentemente un mero artificio legal para seguir gozando de sus bienes y quedar desligados de la obligación natural de ayudar a sus padres necesitados8. El Señor, Mesías y Legislador, explica en su justo sentido el alcance del Cuarto Mandamiento, deshaciendo los profundos errores que había en aquella época sobre esta materia.


El Cuarto Mandamiento, que es también de derecho natural, requiere de todos los hombres, pero especialmente de aquellos que quieren ser buenos cristianos, la ayuda abnegada y llena de cariño a los padres, que se realiza cada día en mil pequeños detalles y se pone particularmente de relieve cuando los progenitores son ancianos o están más necesitados9. Cuando hay verdadero amor a Dios, quien nunca nos pide cosas contradictorias, se encuentra el modo oportuno de vivir el amor a los padres, incluso en el caso de que esos hijos tengan que cumplir primero con otras obligaciones familiares, sociales o religiosas. Hay aquí un campo grande de responsabilidades filiales, que los hijos deben examinar con frecuencia delante de Dios, en su oración personal. Dios paga con la felicidad, ya en esta vida, a quien cumple con amor esos deberes para con sus padres, aunque alguna vez puedan resultar costosos. San Josemaría Escrivá solía llamar a este mandamiento el «dulcísimo precepto del Decálogo», porque es una de las más gratas obligaciones que el Señor nos ha dejado.


II. El cumplimiento amoroso del Cuarto Mandamiento tiene sus raíces más firmes en el sentido de nuestra filiación divina. El único que puede considerarse Padre en toda su plenitud es Dios, de quien se deriva toda paternidad en el cielo y en la tierra10. Nuestros padres, al engendrarnos, participaron de esa paternidad de Dios que se extiende a toda la creación. En ellos vemos como un reflejo del Creador, y al amarles y honrarles rectamente, en ellos estamos honrando y amando también al mismo Dios, como Padre.


En el tiempo litúrgico de la Navidad hemos contemplado a la Sagrada Familia –Jesús, María y José– como modelo y prototipo de amor y espíritu de servicio para todas las familias. Jesús nos ha dejado el ejemplo y la doctrina que debemos seguir para cumplir como Dios quiere el dulce precepto del Cuarto Mandamiento. Ante todo, Jesús reafirmó que el amor a Dios tiene unos derechos absolutos, y a él deben subordinarse todos los amores humanos: Quien ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; y quien ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí11. Por eso, es contrario a la voluntad de Dios, y, en consecuencia, no es verdadero amor, el apegamiento desordenado a la propia familia, que se convierte en obstáculo para cumplir la voluntad de Dios: Y Jesús le dijo: Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú vete a anunciar el Reino de Dios12.


Jesús nos dejó un ejemplo acabado de entrega plena a la voluntad de su Padre celestial –¿no sabíais que es necesario que Yo esté en las cosas de mi Padre?13, les dirá a María y a José cuando le encuentran en Jerusalén–, y al mismo tiempo es el perfecto Modelo de cómo hemos de cumplir este precepto y del aprecio que debemos tener por los vínculos familiares: vivió sujeto a la autoridad de sus padres14, y aprendió de San José su oficio15, ayudándole a sostener el hogar; realizó el primero de sus milagros a ruegos de su Madre16; escogió entre sus parientes a tres de sus discípulos17; y, antes de morir por nosotros en la Cruz, confió a Juan el cuidado de su Madre Santísima18; sin contar los innumerables milagros que realiza movido por las lágrimas o las palabras de una madre19 o de un padre20: al Señor le llegan con especial acento las oraciones de los padres cuando rezan por sus hijos.


Son muchas las manifestaciones en las que se hace realidad el Cuarto Mandamiento, en las que mostramos nuestra honra y nuestro amor hacia nuestros padres. «Los honramos cuando pedimos rendidamente a Dios que todas las cosas les sucedan próspera y felizmente, que gocen de la estima y respeto de los demás y que alcancen gracia ante el mismo Dios y ante los Santos que están en el Cielo.


»Además, honramos a nuestros padres cuando los socorremos con lo necesario para su sustento y una vida digna, como se comprueba por el testimonio de Cristo, al reprobar la impiedad de los fariseos... Ese deber es más exigente cuando se encuentran enfermos de peligro. Entonces hay que poner todos los medios para que no omitan la confesión, ni los demás sacramentos que deben recibir los cristianos (...).


»Por último, una vez difuntos, se honra a los padres cuidando sus exequias, sepulturas y funerales, elevando por ellos sufragios y las misas de aniversarios, y ejecutando fielmente cuanto mandaron en su testamento». Así se expresa y resume el Catecismo Romano21.


Si, por desgracia, los padres estuvieran lejos de la fe, el Señor nos dará gracia para realizar con ellos un apostolado lleno de aprecio y respeto, que consistirá, de ordinario, en oración y mortificación por ellos, y en el ejemplo de una conducta filial alegre, ejemplar, llena de cariño, junto con el empeño de buscar ocasiones para acercarles a quienes les puedan hablar de Dios con más autoridad, porque los hijos no pueden constituirse por iniciativa propia en maestros de sus padres.


III. El primer deber de los padres es amar a los hijos, con amor verdadero: interno, generoso, ordenado, con independencia de sus cualidades físicas, intelectuales o morales, y les sabrán querer con sus defectos. Deben amarlos en cuanto son sus hijos y porque lo son; y también porque son hijos de Dios. De ahí que sea deber fundamental de los padres amar y respetar la voluntad de Dios sobre sus hijos, más aún cuando reciben una vocación de entrega plena a Dios –incluso muchas veces la pedirán al Señor y la desearán para esos hijos–, porque «no es sacrificio entregar los hijos al servicio de Dios: es honor y alegría»22. Este amor debe ser operativo, que se traduzca eficazmente en obras. El verdadero amor se manifestará en el empeño esforzado para que sus hijos sean trabajadores, austeros, educados en el sentido pleno de la palabra... y, sobre todo, buenos cristianos. Que arraiguen en ellos los fundamentos de las virtudes humanas: la reciedumbre, la sobriedad en el uso de los bienes, la responsabilidad, la generosidad, la laboriosidad, que aprendan a gastar sabiendo las necesidades que muchos padecen actualmente en el mundo...


El amor verdadero llevará a los padres a preocuparse por el colegio donde estudian sus hijos, a estar muy pendientes de la calidad de la enseñanza que reciben, y de modo particular de la enseñanza religiosa, pues de ella puede depender su misma salvación. El amor a los hijos les moverá a buscar un lugar adecuado para la época de vacaciones y el descanso –con frecuencia sacrificando otros gustos o intereses–, evitando aquellos ambientes que harían imposible, o al menos muy difícil, la práctica de una verdadera vida cristiana. Los padres no deben olvidar que son administradores de un inmenso tesoro de Dios y que, por ser cristianos, no constituyen una familia más –y así lo enseñarán con oportunidad a sus hijos–, sino que forman una familia en la que Cristo está presente, lo cual les da unas características completamente nuevas. Esta realidad viva impulsará a los padres a ser ejemplares en toda ocasión (vida de familia, deberes profesionales, sobriedad, orden...). Y los hijos encontrarán en ellos el camino que conduce a Dios. «En el rostro de toda madre se puede captar un reflejo de la dulzura, de la intuición, de la generosidad de María. Honrando a vuestra madre, honraréis también a la que, siendo Madre de Cristo, es igualmente Madre de cada uno de nosotros»23.


Terminemos nuestra oración poniendo a nuestras familias bajo la protección de la Santísima Virgen y de los santos Ángeles Custodios.


23 de agosto de 2019

CON TODO EL CORAZÓN

— 1er mandamiento Amar a Dios con todo nuestro ser.
— Amar a Dios también con el corazón.
— Manifestaciones de piedad.

I. Amar a Dios no es simplemente algo muy importante para el hombre: es lo único que importa absolutamente, aquello para lo que fue creado y, por tanto, su quehacer fundamental aquí en la tierra y, luego, su único quehacer eterno en el Cielo; aquello en lo que alcanza su felicidad y su plenitud. Sin esto, la vida del hombre queda vacía. Verdaderamente acertadas fueron aquellas palabras que, después de una vida de muchos sufrimientos físicos, dejó escritas un alma que amó mucho al Señor: «lo que frustra una vida –escribió en una pequeña nota– no es el dolor, sino la falta de amor». Este es el gran fracaso: no haber amado. Haber hecho quizá muchas cosas en la vida, pero no haber llevado a cabo lo que realmente importaba: el Amor a Dios.

Leemos hoy en el Evangelio de la Misa1 que, con ánimo de tentarle, de tergiversar sus palabras, se acercó a Cristo un fariseo y le preguntó: Maestro, ¿cuál es el principal mandamiento de la Ley? Quizá esperaba oír algo que le permitiera acusar a Jesús de ir contra la Escritura. Pero Jesús le respondió: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Este es el mayor y el primer mandamiento. Dios no pide para Sí un puesto más en nuestro corazón, en nuestra alma, en nuestra mente, junto a otros amores: quiere la totalidad del querer. No un poco de amor, un poco de la vida, sino que quiere la totalidad del ser. «Dios es Todo, el Único, lo Absoluto, y debe ser amado ex toto corde, absolutamente»2, sin poner término ni medida.

Cristo, el Dios hecho hombre que viene a salvarnos, nos ama con amor único y personal, «es un amante celoso» que pide todo nuestro querer. Espera que le demos lo que tenemos, siguiendo la personal vocación a la que nos llamó un día y nos sigue llamando diariamente en medio de nuestros quehaceres y a través de las circunstancias –gratas o no– que suceden en cada jornada. «Dios tiene derecho a decirnos: ¿piensas en Mí?, ¿tienes presencia mía?, ¿me buscas como apoyo tuyo?, ¿me buscas como Luz de tu vida, como coraza..., como todo?

»—Por tanto, reafírmate en este propósito: en las horas que la gente de la tierra califica de buenas, clamaré: ¡Señor! En las horas que llama malas, repetiré: ¡Señor!»3. Toda circunstancia nos debe servir para amarle con todo el corazón, con toda el alma, con toda la mente..., con la existencia entera. No solo cuando vamos al templo a visitarle, a comulgar..., sino en medio del trabajo, cuando llega el dolor, el fracaso, o una buena noticia inesperada. Muchas veces hemos de decirle en la intimidad de nuestro corazón: «Jesús, te amo», acepto esta contradicción con paz por Ti, terminaré esta tarea acabadamente porque sé que a Ti te agrada, que no Te es indiferente el que lo haga de un modo u otro... Ahora, en nuestra oración, podemos decirle: Jesús, te amo..., pero enséñame a amarte; que yo aprenda a quererte con el corazón y con obras.

II. Dame, hijo mío, tu corazón y pon tus ojos en mis caminos4.

Al comentar el precepto de amar a Dios con todo el corazón, enseña Santo Tomás que el principio del amor es doble, pues se puede amar tanto con el sentimiento como por lo que nos dice la razón. Con el sentimiento, cuando el hombre no sabe vivir sin aquello que ama. Por el dictado de la razón, cuando ama lo que el entendimiento le dice. Y nosotros debemos amar a Dios de ambos modos: también con nuestro corazón humano, con el afecto con que queremos a las criaturas de la tierra5, con el único corazón que tenemos. El corazón, la afectividad, es parte integrante de nuestro ser. «Siendo hombres –comenta San Juan Crisóstomo contra la secta maniquea, que consideraba los sentimientos humanos esencialmente malos– no es posible carecer por completo de las emociones; podemos dominarlas, pero no vivir sin ellas. Además, la pasión puede ser provechosa, si sabemos usarla cuando es necesaria»6. Humano y sobrenatural es el amor que contemplamos en Jesucristo cuando leemos el Evangelio: lleno de calor, de vibración, de ternura...; cuando se dirige a su Padre celestial y cuando está con los hombres: se conmueve ante una madre viuda que ha perdido a su único hijo, llora por un amigo que ha muerto, echa de menos la gratitud de unos leprosos que habían sido curados de su enfermedad, se muestra siempre cordial, abierto a todos, incluso en los momentos terribles y sublimes de la Pasión... Nosotros, que ansiamos seguir a Cristo muy de cerca, ser de veras discípulos suyos, hemos de recordar que la vida cristiana no consiste «en pensar mucho, sino en amar mucho»7.

En las emociones y sentimientos experimentamos muchas veces nuestra indigencia, la necesidad de ayuda, de protección, de cariño, de felicidad... Y esos sentimientos, a veces muy profundos, pueden y deben ser cauce para buscar a Dios, para decirle que le amamos, que tenemos necesidad de su ayuda, para permanecer junto a Él. Si nuestra conducta fuera solo fruto de elecciones racionales y frías, o pretendiéramos ignorar la vertiente afectiva de nuestro ser, no viviríamos íntegramente como Dios quiere, y a la larga sería posible que ni siquiera le amáramos de ningún modo. Dios nos hizo con cuerpo y alma, y con nuestro ser entero –corazón, mente, fuerzas– nos dice Jesús Maestro que debemos amarle.

Puede ocurrir que alguna vez nos encontremos fríos y desganados, como si el corazón se hubiera adormecido, pues los sentimientos se presentan y desaparecen de manera a veces imprevisible. No podemos entonces conformarnos con seguir al Señor de mala gana, como quien cumple una obligación onerosa o se toma una medicina amarga. Es necesario entonces poner los medios para salir de ese estado, por si en vez de ser una purificación pasiva, que el Señor puede permitir, fuese únicamente tibieza, falta de amor verdadero. Hemos de amar a Dios con la voluntad firme, y siempre que sea posible con los sentimientos nobles que encierra el corazón; con la ayuda del Señor, la mayor parte de las veces será posible despertar los afectos, encender de nuevo el corazón, aunque falte una resonancia interior de complacencia.

En otras ocasiones, Dios nos trata como una madre cariñosa que, sin el hijo esperarlo, le premia dándole un dulce o, sencillamente, se lo da porque quiere tener una especial manifestación de cariño con el pequeño. Y él, que siempre ha querido a su madre, se vuelve loco de contento e incluso se ofrece voluntario para lo que sea preciso, en su afán de mostrarse agradecido. Pero ese hijo rechazará todo pensamiento que le induzca a considerar que su madre no le quiere cuando no le regale con golosinas, y, si tiene algo de sentido común, sabrá ver el amor de su madre también detrás de una corrección o cuando lo ha de llevar al médico. Así nosotros con nuestro Padre Dios, que nos quiere mucho más. En esas épocas debemos aprovechar esos consuelos más sensibles para acercarnos más al Señor, para corresponder con más generosidad en la lucha diaria, aunque sabemos que no está en los sentimientos la esencia del amor.

III. Mi corazón se vuelve como la cera, se me derrite entre mis entrañas8, dice la Escritura.

Es necesario cultivar el amor, protegerlo, alimentarlo. Evitando el amaneramiento, debemos practicar las manifestaciones afectivas de piedad –sin reducir el amor a estas manifestaciones–, poner el corazón al besar un crucifijo o al mirar una imagen de Nuestra Señora..., y no querer ir a Dios solo «a fuerza de brazos», que a la larga fatiga y empobrece el trato con Cristo. No debemos olvidar que en las relaciones con Dios el corazón es un auxiliar precioso. «Tu inteligencia está torpe, inactiva: haces esfuerzos inútiles para coordinar las ideas en la presencia del Señor: ¡un verdadero atontamiento!

»No te esfuerces, ni te preocupes. -Óyeme bien: es la hora del corazón»9. Es el momento quizá de decirle unas pocas palabras sencillas, como cuando teníamos pocos años de edad; repetir con atención jaculatorias llenas de piedad, de cariño; porque los que andan por los caminos del amor de Dios saben hasta qué punto es importante el hacer todos los días lo mismo: palabras, acciones, gestos que el Amor transfigura diariamente en otros tantos por estrenar10.

Para amar a Dios con todo el corazón hemos de acudir con frecuencia a la Humanidad Santísima de Jesús –y quizá leer durante una temporada una vida de Cristo–: contemplarle como perfecto Dios y como Hombre perfecto. Observar su comportamiento con quienes acuden a Él: su compasión misericordiosa, su amor por todos. De modo particular, meditaremos su Pasión y Muerte en la Cruz, su generosidad sin límites cuando más sufre. Otras veces nos dirigiremos a Dios con las mismas palabras con que se expresa el amor humano, y podremos convertir incluso las canciones que hablan de ese amor limpio y noble en verdadera oración.

El amor a Dios –como todo amor verdadero– no es solo sentimiento; no es sensiblería, ni sentimentalismo vacío, pues ha de conducir a múltiples manifestaciones operativas; es más, debe dirigir todos los aspectos de la vida del hombre. «“Obras son amores y no buenas razones”. ¡Obras, obras! –Propósito: seguiré diciéndote muchas veces que te amo –¡cuántas te lo he repetido hoy!-; pero, con tu gracia, será sobre todo mi conducta, serán las pequeñeces de cada día –con elocuencia muda– las que clamen delante de Ti, mostrándote mi Amor»11.