"Hago todos los días mi "ratito" de oración: ¡si no fuera por eso!" (Camino, 106)

Mostrando entradas con la etiqueta BIENAVENTURANZAS. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta BIENAVENTURANZAS. Mostrar todas las entradas

7 de junio de 2021

BIENAVENTURANZAS

 


Evangelio (Mt 5, 1-12)


Al ver Jesús a las multitudes, subió al monte; se sentó y se le acercaron sus discípulos; y abriendo su boca les enseñaba diciendo:

Bienaventurados los pobres de espíritu, porque suyo es el Reino de los Cielos.

Bienaventurados los que lloran, porque serán consolados.

Bienaventurados los mansos, porque heredarán la tierra.

Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque quedarán saciados.

Bienaventurados los misericordiosos, porque alcanzarán misericordia.

Bienaventurados los limpios de corazón, porque verán a Dios.

Bienaventurados los pacíficos, porque serán llamados hijos de Dios.

Bienaventurados los que padecen persecución por causa de la justicia, porque suyo es el Reino de los Cielos.

Bienaventurados cuando os injurien, os persigan y, mintiendo, digan contra vosotros todo tipo de maldad por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo: de la misma manera persiguieron a los profetas de antes de vosotros.


Comentario


Las bienaventuranzas es un pasaje de una gran belleza que forma el maravilloso pórtico del sermón de la montaña.

Jesús se sienta, como maestro, para enseñar al pueblo la Palabra divina que trae de parte del Padre. Comienza diciéndoles: “bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos”.

Es necesario fijarse y asombrarse una y otra vez en la que la primera palabra que nos trae Jesús es bienaventurado, que significa feliz.

Jesús nos trae la Palabra de Dios y nos enseña que nos quiere felices, dichosos, con una vida llena. Que el camino que lleva a Dios es un camino de alegría. Y, con su Palabra, nos describe cuál es el camino que hemos de recorrer. Lo que hemos de vivir para encontrar la felicidad verdadera.

Al leer las bienaventuranzas descubrimos que es un camino paradójico. Jesús nos muestra el camino de la felicidad por donde parecería que no lo fuéramos a encontrar.

Detrás de cada bienaventuranza hay un camino de amor y de cruz. Jesús nos enseña que esta tierra el amor y la cruz se identifican. O dicho de otro modo, que si queremos amar de verdad, nos hemos de identificar con la Cruz.


Jesús llama bienaventurados a los que son pobres de espíritu es decir a los que viven en la confianza en Dios; a los que lloran es decir a quienes saben reconocer y se arrepienten de sus pecados; a los mansos es decir a los que saben llevar con paciencia los defectos de los demás; a los que sienten hambre y sed de justicia es decir a los que crecen en afán de santidad; a los misericordiosos es decir a los que acogen a los demás en su fragilidad sin juzgarles; a los limpios de corazón es decir a quienes se esfuerzan en que nada empañe su capacidad de amar; a los pacíficos es decir a los que luchan por sembrar la paz y la alegría y a los que padecen persecución por la justicia es decir aquellos que viven en la verdad y no transigen con ella.

En las bienaventuranzas descubrimos el rostro de Jesús y debemos descubrir el propio. Ayuda mucho en la vida cristiana confrontar la propia vida con las bienaventuranzas. Preguntarse: ¿Soy pobre?, ¿lloro?, etc.


PARA HACER UN RATO DE ORACIÓN.

Textos de San Josemaría sobre la Bienaventuranzas 

Al ver Jesús a las multitudes, subió al monte; se sentó y se le acercaron sus discípulos; y abriendo su boca les enseñaba diciendo: Bienaventurados los pobres de espíritu… (Mt, 5, 1 ss).


Como recuerda el Catecismo de la Iglesia Católica, las bienaventuranzas del Sermón de la Montaña están en el centro de la predicación de Jesús, y en ellas Dios nos llama a su propia bienaventuranza.


La predicación de san Josemaría Escrivá, que bebe directamente en las páginas del Evangelio, se detiene con frecuencia en las bienaventuranzas, proponiéndolas como un ideal asequible para todos. Son un ideal realizable —recuerda—, no una utopía; constituyen un apasionante programa de vida que todos podemos llevar a cabo en nuestra existencia, luchando cada día con propósitos concretos de conversión y mejora.


1. Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos.


“Si tú deseas alcanzar ese espíritu, te aconsejo que contigo seas parco, y muy generoso con los demás; evita los gastos superfluos por lujo, por veleidad, por vanidad, por comodidad...; no te crees necesidades. En una palabra, aprende con San Pablo a vivir en pobreza y a vivir en abundancia, a tener hartura y a sufrir hambre, a poseer de sobra y a padecer por necesidad: todo lo puedo en Aquel que me conforta[i]. Y como el Apóstol, también así saldremos vencedores de la pelea espiritual, si mantenemos el corazón desasido, libre de ataduras”.


Amigos de Dios, n. 123


2. Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados.


“Gozas de una alegría interior y de una paz, que no cambias por nada. Dios está aquí: no hay cosa mejor que contarle a El las penas, para que dejen de ser penas”.


Forja, n. 54


3. Bienaventurados los mansos, porque ellos heredarán la tierra.


“Me hizo pensar la frase dura, pero cierta, de aquel varón de Dios, al contemplar la altanería de aquella criatura: "se viste con la misma piel del diablo, la soberbia".


Y vino a mi alma, por contraste, el deseo sincero de revestirme con la virtud que predicó Jesucristo, “quia mitis sum et humilis corde”, –soy manso y humilde de corazón–; y que ha atraído la mirada de la Trinidad Beatísima sobre su Madre y Madre nuestra: la humildad, el sabernos y sentirnos nada”.


Surco, n. 726


4. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados.


“Grabémoslo bien en nuestra alma, para que se note en la conducta: primero, justicia con Dios. Esa es la piedra de toque de la verdadera hambre y sed de justicia[ii], que la distingue del griterío de los envidiosos, de los resentidos, de los egoístas y codiciosos... Porque negar a Nuestro Creador y Redentor el reconocimiento de los abundantes e inefables bienes que nos concede, encierra la más tremenda e ingrata de las injusticias. Vosotros, si de veras os esforzáis en ser justos, consideraréis frecuentemente vuestra dependencia de Dios —porque ¿qué cosa tienes tú que no hayas recibido?[iii]—, para llenaros de agradecimiento y de deseos de corresponder a un Padre que nos ama hasta la locura”.


Amigos de Dios, n. 167


5. Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.


“Jesucristo resume y compendia toda esta historia de la misericordia divina: bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia[iv]. Y en otra ocasión: sed misericordiosos, como vuestro Padre celestial es misericordioso[v]. Nos han quedado muy grabadas también, entre otras muchas escenas del Evangelio, la clemencia con la mujer adúltera, la parábola del hijo pródigo, la de la oveja perdida, la del deudor perdonado, la resurrección del hijo de la viuda de Naím (...). ¡Qué seguridad debe producirnos la conmiseración del Señor!”.


Es Cristo que pasa, 7


6. Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios


“Por vocación divina, unos habrán de vivir esa pureza en el matrimonio; otros, renunciando a los amores humanos, para corresponder única y apasionadamente al amor de Dios. Ni unos ni otros esclavos de la sensualidad, sino señores del propio cuerpo y del propio corazón, para poder darlos sacrificadamente a otros.(...)


La santa pureza no es ni la única ni la principal virtud cristiana: es, sin embargo, indispensable para perseverar en el esfuerzo diario de nuestra santificación y, si no se guarda, no cabe la dedicación al apostolado. La pureza es consecuencia del amor con el que hemos entregado al Señor el alma y el cuerpo, las potencias y los sentidos. No es negación, es afirmación gozosa”.


Es Cristo que pasa, n. 5


7. Bienaventurados los pacíficos, porque ellos serán llamados hijos de Dios.


“Tarea del cristiano: ahogar el mal en abundancia de bien. No se trata de campañas negativas, ni de ser antinada. Al contrario: vivir de afirmación, llenos de optimismo, con juventud, alegría y paz; ver con comprensión a todos: a los que siguen a Cristo y a los que le abandonan o no le conocen.


—Pero comprensión no significa abstencionismo, ni indiferencia, sino actividad”.


Surco, n. 864


8. Bienaventurados los que padecen persecución por la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos.


“El desprecio y la persecución son benditas pruebas de la predilección divina, pero no hay prueba y señal de predilección más hermosa que ésta: pasar ocultos”.


Camino, n. 959


9. Bienaventurados seréis cuando os injurien, os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el Cielo.


“Ante las acusaciones que consideramos injustas, examinemos nuestra conducta, delante de Dios, “cum gaudio et pace” —con alegre serenidad, y rectifiquemos, aunque se trate de cosas inocentes, si la caridad nos lo aconseja.


—Luchemos por ser santos, cada día más: y, luego, "que digan", siempre que a esos dichos se les pueda aplicar aquella bienaventuranza: “beati estis cum... dixerint omne malum adversus vos mentientes propter me” —bienaventurados seréis cuando os calumnien por mi causa” .


Forja, n. 795


¿Quieres ser santo? Muchas personas pueden dudar antes de responder a esta pregunta. Imaginan una existencia gris y llena sólo de sacrificios, una vida sin sueños en la que Dios impone a la fuerza Su voluntad.


¿Quieres ser feliz? En este caso, en cambio, la respuesta es clara: sí, todos queremos ser felices, todos queremos lograr una vida plena, mirar atrás al final de nuestros días y poder decir: ha valido la pena que yo existiera, no he resultado indiferente, he sido útil, he dejado poso...


El secreto que aprende quien se acerca a Jesucristo es que lo que nos hace felices también nos hace santos. Con razón dice san Josemaría que «la felicidad del Cielo es para los que saben ser felices en la tierra»[1], porque nuestros sueños son los del Señor: Él no desea otra cosa que ayudarnos a cumplir nuestras aspiraciones más altas, colmar e incluso superar los deseos de infinito que cada uno llevamos dentro.


EL SECRETO QUE APRENDE QUIEN SE ACERCA A JESUCRISTO ES QUE LO QUE NOS HACE FELICES TAMBIÉN NOS HACE SANTOS.

Cuentan que un sabio dijo un día a sus seguidores: «Cuando llegaréis a las puertas del Cielo, os harán una sola pregunta, ¡una sola!». Quienes le rodeaban, intentaban adivinar la cuestión: «¿Has cumplido los mandamientos?», le preguntaba uno; «¿Has ayudado a los pobres?», decía otro; «¿Has rezado mucho?, ¿ibas a la iglesia?, ¿has amado al prójimo?...». El sabio, sonriendo, señaló: «La única pregunta será, sencillamente, ésta: ‘¿Has sido feliz?’ Quien responda afirmativamente, tendrá un sitio ante Dios».


¿Has sido feliz? Es una cuestión que podemos anticipar ahora: tal y como he planteado mi vida, ¿seré feliz? Enseguida comprendemos que no es sencillo responder con un sí rotundo. El futuro no está completamente en nuestras manos y son muchas las elecciones que tendremos que tomar a lo largo de los años: ¿Acertaré con mi orientación profesional?, ¿seguiré la vocación que Dios quiere para mí?, ¿encontraré a una persona que me ame y que pueda amar?, ¿escogeré bien las amistades?, ¿y si llega la enfermedad?


El futuro de cada persona está abierto: no somos capaces de ver más allá de nuestro presente. Sin embargo, Dios –respetando nuestra libertad– conoce bien cuáles serán nuestros pasos. Por eso, en algunos momentos de la vida podremos orar así: Señor, no sé aún qué quieres de mi, ni qué retos voy a enfrentar. A veces dudo sobre el camino que debo emprender, pero sé que Tú tienes un plan para mí: conoces tan bien las dificultades que encontraré como los talentos que me has dado para superarlas. Por eso, ayúdame a vivir cerca de Ti y así, haga lo que haga, ocurra lo que ocurra, estaré caminando por el buen camino.


Fiarse, soñar


En efecto, confiar en Dios nos permitirá soñar con ambición y nos liberará del freno más fuerte: el miedo a fracasar. Pero, para ser verdaderamente libres, es necesario hacer las dos cosas: fiarse y soñar. Así lo confirma el Papa: «En Cristo, queridos jóvenes, encontrarán el pleno cumplimiento de sus sueños. Sólo Él puede satisfacer sus expectativas, muchas veces frustradas por falsas promesas mundanas»[2].


Como sugiere Francisco, basta echar la vista atrás para distinguir los momentos de verdadera plenitud de aquellos que, aun siendo agradables, pasaron por nuestra vida sin pena ni gloria. Una fiesta que esperábamos con gran deseo, ratos de diversión con los videojuegos o ante la televisión, un viaje con los amigos o una tarde de compras con las amigas son actividades que indudablemente pueden dejar un buen recuerdo, pero no una huella imborrable. No permanecerán en nuestro corazón para siempre porque, aun siendo positivas, no están proyectadas para la eternidad.


En una sociedad desencantada, que ha olvidado soñar, existe el peligro de conformarnos con esos sucedáneos de felicidad, es decir, con imitaciones baratas de nuestros deseos más profundos, que nos dan una recompensa inmediata, obtenida con poco esfuerzo y normalmente a un cierto precio (de dinero o tiempo). Entusiasmarnos con estar a la última en ropa o tecnología, arrastrarnos hasta el fin de semana, buscar la compañía de amigos a cualquier costo o concedernos compensaciones en esos ratos libres que reservamos para nosotros solos son actitudes que pueden ayudarnos a ir tirando en la vida, incluso durante años.


INTUIMOS QUE LA VERDADERA FELICIDAD ESTÁ AL FINAL DE UN LARGO CAMINO, EN EL QUE NO HAY ATAJOS. POR ESO, ES NECESARIO LLENAR LA VIDA DE IDEALES.

Pero no es eso a lo que estamos llamados: «Queridos jóvenes –ha dicho Papa Francisco–, ¡no enterréis vuestros talentos, los dones que Dios os ha regalado! ¡No tengáis miedo de soñar cosas grandes!». Cuando nos enamoramos, participamos en una actividad solidaria o prestamos un servicio valioso a un amigo, percibimos que son momentos que sacan a la luz un poco de la grandeza de la que somos capaces. Intuimos que la verdadera felicidad está al final de un largo camino, en el que no hay atajos. Por eso, es necesario llenar la vida de ideales, entusiasmarnos con objetivos que nos obliguen a estirarnos para dar más, a crecer con empeño para sacar lo mejor de nosotros mismos.


Puede ocurrir que verdaderamente queramos hacer cosas grandes y luchar por ellas, pero aún no hayamos encontrado un motivo o una persona a la altura de nuestros deseos. Es necesario buscar. Al contrario de aquellas marcas comerciales, filosofías baratas o personalidades públicas que nos indican claramente qué debemos hacer para vivir una vida satisfecha, la fe no nos da respuestas hechas ni fórmulas cerradas o paquetes de felicidad, sino que nos abre siempre nuevos interrogantes: «¿Qué he de hacer para alcanzar la vida eterna?» «¿Quién decís que soy Yo?» «¿Quién es mi prójimo?» «¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si después se pierde a sí mismo?»[3] En esas y otras preguntas que surgen de la lectura del Evangelio, la fe nos propone el reto más grande y radical: «Tomar el timón de nuestra vida y hacer de ella una obra maestra»[4].


Por eso, si nos faltan ideales que den sentido a una vida, ¿quién hay mejor que Dios para poder orientarnos? La fe nos abrirá esas inquietudes a las que el corazón necesita encontrar respuesta. Ante el Sagrario y con el alma en Gracia será fácil sintonizar con Dios: sólo ante Él obtendremos luz para seguir buscando y comprenderemos que «lo que se necesita para conseguir la felicidad, no es una vida cómoda, sino un corazón enamorado»[5].


En el monte de las bienaventuranzas


Cuenta el Evangelio que una mañana Jesús subió una colina situada cerca del lago de Galilea. Caminaba solo, pero a pocos metros le seguía una multitud de personas. «Le siguió mucha gente de Galilea, de Decápolis, de Jerusalén, de Judea y del otro lado del Jordán»[6]. Ellos, como nosotros veintiún siglos más tarde, buscaban en el Señor a alguien que les orientase, que les ayudase a volar alto, a superar sus miserias y colmar sus deseos.


«Viendo la multitud, subió al monte y sentándose, vinieron a él sus discípulos»[7]. En lo alto de algunos montes, el Señor realiza acciones importantes: elige a los Apóstoles, se transfigura, revela las bienaventuranzas, muere en una cruz, asciende al Cielo... Subir hasta arriba le costaría esfuerzo, pero en las cimas el Señor nos muestra mejor su intimidad con Dios Padre. También a nosotros puede costarnos esfuerzo pararnos a meditar, sacar unos minutos de nuestro día para hablar con Dios, apagar el teléfono y buscar la soledad. Pero una vez lograda la calma interior –con empeño–, nos elevaremos por encima del ajetreo diario, y –como desde lo alto de una montaña– podremos ver más lejos, más profundamente. En efecto, necesitamos la soledad, porque Dios habla en voz baja. Bien saben los enamorados que las frases más importantes se dicen así, para que lleguen al corazón.


«Sentándose, vinieron a él sus discípulos»[8]. El Señor se sentó en el suelo y la gente le imitó. Cuando un rabino –un maestro de la ley judía– se sentaba, quería indicar que estaba a punto de enseñar algo muy importante. Sus discípulos más cercanos, a quienes poco tiempo antes había elegido llamándolos por su nombre propio, se aproximaron para no perder ni una palabra de sus enseñanzas.


LAS BIENAVENTURANZAS «SON EL PLAN DE JESÚS PARA NOSOTROS. LÉANLAS Y MEDÍTENLAS, QUE LES VA A HACER BIEN» (PAPA FRANCISCO).

Aunque el Señor tendría una voz fuerte, sólo quienes le rodeaban podrían capturar cada gesto, cada sonrisa, cada entonación con las que Jesús llenaba su discurso. Así nosotros, tenemos la posibilidad de escuchar las bienaventuranzas con diferentes actitudes: desde lejos, oyéndolas sin más como las oirían quienes se sentaron entre los grupos más alejados, perdiendo quizá el hilo del discurso; o bien, aproximándonos al Maestro, escogiendo un lugar cercano, fijando sin distracciones nuestra mirada en Él, sentándonos entre los Apóstoles, para aprender junto a ellos algo nuevo.


«Y abriendo su boca les enseñaba, diciendo: Bienaventurados... »[9] En el silencio que reinaría en aquel monte, la voz del Señor fue desgranando las bienaventuranzas. «Son el Plan de Jesús para nosotros –ha dicho el Papa–. Léanlas y medítenlas, que les va a hacer bien»[10]. Sabemos que contienen el secreto de esa felicidad que no logramos apagar con las satisfacciones diarias. Ellas serán la guía de nuestra oración y procuraremos aplicarlas a nuestra vida ordinaria para obtener respuestas capaces de dar sentido a todo lo que hacemos.


Sólo de ese modo, dentro de muchos años, podremos sonreír cuando, al encontrarnos cara a cara con el Señor, Él nos pregunte: «Y tú, ¿has sido feliz?».


Preguntas para la oración personal


- ¿Me he planteado objetivos grandes en mi vida? ¿Qué obstáculos me impiden soñar? ¿He preguntado alguna vez a Dios qué espera de mí?


- ¿Llevo a cabo lo que me hace feliz (planes con amigos y amigas, el noviazgo, el deporte...) de tal manera que también me haga santo? ¿Me doy cuenta de que lo que me acerca a Dios (ratos de oración, servicio a los demás, superación de los defectos...) me ayuda a obtener la felicidad auténtica?


- ¿Qué talentos tengo? ¿Los estoy usando para ser mejor, es decir, los pongo al servicio de Dios y de los demás?


- ¿Busco cada día un rato de conversación con Jesús? ¿Reservo momentos de soledad –sin música, ni mensajes ni distracciones– para escuchar la voz de Dios?


2 de febrero de 2020

EL CAMINO DE LAS BIENAVENTURANZAS

— Las bienaventuranzas, camino de santidad y de felicidad.
— Nuestra felicidad viene de Dios.
— No perderemos la alegría si buscamos en todo al Señor.

I. Una inmensa multitud venida de todas partes rodea al Señor. De Él esperan su doctrina salvadora, que dará sentido a sus vidas. Viendo Jesús este gentío subió a un monte, donde, habiéndose sentado, se le acercaron sus discípulos, y abriendo su boca les enseñaba1.

Y es esta la ocasión que aprovecha el Señor para dar una imagen profunda del verdadero discípulo: Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos. Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán la tierra. Bienaventurados los que lloran...

No resulta difícil imaginar la impresión –quizá de desconcierto y, en algunos de los oyentes, incluso de decepción– que estas palabras del Señor debieron de causar en quienes escuchaban. Jesús acababa de formular el espíritu nuevo que había venido a traer a la tierra; un espíritu que constituía un cambio completo de las usuales valoraciones humanas, como la de los fariseos, que veían en la felicidad terrena la bendición y premio de Dios y, en la infelicidad y desgracia, el castigo2. En general, «el hombre antiguo, aun en el pueblo de Israel, había buscado la riqueza, el gozo, la estimación, el poder, considerando todo esto como la fuente de toda felicidad. Jesús propone otro camino distinto. Exalta y beatifica la pobreza, la dulzura, la misericordia, la pureza y la humildad»3.

Al volver a meditar ahora, en nuestra oración, estas palabras del Señor, vemos que aún hoy día se insinúa en las personas el desconcierto ante ese contraste: la tribulación que lleva consigo el camino de las Bienaventuranzas y la felicidad que Jesús promete. «El pensamiento fundamental que Jesús quería inculcar en sus oyentes era este: solo el servir a Dios hace al hombre feliz. En medio de la pobreza, del dolor, del abandono, el verdadero siervo de Dios puede decir con San Pablo: Sobreabundo de gozo en todas mis tribulaciones. Y, por el contrario, un hombre puede ser infinitamente desgraciado aunque nade en la opulencia y viva en posesión de todos los goces de la tierra»4. No en vano aparecen en el Evangelio de San Lucas, después de las Bienaventuranzas, aquellas exclamaciones del Señor: ¡Ay de vosotros, los ricos, porque ya habéis recibido vuestra consolación! ¡Ay de vosotros, los que os saciáis ahora! (...). ¡Ay de vosotros, todos los que sois aplaudidos por los hombres, porque así hicieron sus padres con los falsos profetas!5.

Quienes escuchaban al Señor entendieron bien que aquellas Bienaventuranzas no enumeraban distintas clases de personas, no prometían la salvación a determinados grupos de la sociedad, sino que señalaban inequívocamente las disposiciones religiosas y la conducta moral que Jesús exige a todo el que quiera seguirle. «Es decir, los pobres de espíritu, los mansos, los que lloran (...) no indican personas distintas entre sí, sino que son como diversas exigencias de santidad dirigidas a quien quiere ser discípulo de Cristo»6.

El conjunto de todas las Bienaventuranzas señala el mismo ideal: la santidad. Hoy, al escuchar de nuevo, en toda su radicalidad, las palabras del Señor, reavivamos el afán de santidad como eje de toda nuestra vida. Porque «Jesucristo Señor Nuestro predicó la buena nueva para todos, sin distinción alguna. Un solo puchero y un solo alimento: mi comida es hacer la voluntad del que me ha enviado, y dar cumplimiento a su obra (Jn 4, 34). A cada uno llama a la santidad, de cada uno pide amor: jóvenes y ancianos, solteros y casados, sanos y enfermos, cultos e ignorantes, trabajen donde trabajen, estén donde estén»7. Cualesquiera que sean las circunstancias que atraviese nuestra vida, hemos de sabernos invitados a vivir la plenitud de la vida cristiana. No puede haber excusas, no podemos decirle al Señor: espera a que se solucione este problema, a que me reponga de esta enfermedad, a que deje de ser calumniado o de ser perseguido..., y entonces comenzaré de verdad a buscar la santidad. Sería un triste engaño no aprovechar esas circunstancias duras para unirnos más al Señor.

II. No desagrada a Dios que pongamos los medios oportunos para evitar el dolor, la enfermedad, la pobreza, la injusticia..., pero las Bienaventuranzas nos enseñan que el verdadero éxito de nuestra vida está en amar y cumplir la voluntad de Dios sobre nosotros. Nos muestran, a la vez, el único camino capaz de llevar al hombre a vivir con la plena dignidad humana que conviene a su condición de persona. En una época en que tantas cosas empujan hacia el envilecimiento y la degradación personal, las Bienaventuranzas son una invitación a la rectitud y a la dignidad de vida8. Por el contrario, intentar a toda costa –como si se tratara de un mal absoluto– sacudir el peso del dolor, de la tribulación, o buscar el éxito humano como un fin en sí mismo, son caminos que el Señor no puede bendecir, y que no conducen a la felicidad.

«Bienaventurado» significa «feliz», «dichoso», y en cada una de las Bienaventuranzas «comienza Jesús prometiendo la felicidad y señalando los medios de conseguirla. ¿Por qué comenzará Nuestro Señor hablando de la felicidad? Porque en todos los hombres existe una tendencia irresistible a ser felices; este es el fin que todos sus actos se proponen; pero muchas veces buscan la felicidad donde no se encuentra, donde no hallarán sino miseria»9.

El Señor nos señala aquí los caminos para ser felices sin límite y sin fin en la vida eterna, y también para serlo en esta vida, viviendo con plena dignidad, como conviene a la condición de persona. Son caminos bien diferentes a los que, con frecuencia, suele escoger el hombre.

Buscad al Señor los humildes que cumplís sus mandamientos (...). Dejaré en medio de ti un pueblo pobre y humilde, que confiará en el nombre del Señor, se nos dice en la Primera lectura de la Misa10.

La pobreza de espíritu, el hambre de justicia, la misericordia, la limpieza de corazón y el soportar ser rechazados por causa del Evangelio manifiestan una misma actitud del alma: el abandono en Dios. Y esta es la actitud que nos impulsa a confiar en Dios de un modo absoluto e incondicional. Es la postura de quien no se contenta con los bienes y consuelos de las cosas de este mundo, y tiene puesta su esperanza última más allá de estos bienes, que resultan pobres y pequeños para una capacidad tan grande como es la del corazón humano.

Bienaventurados los pobres de espíritu... Y en el Magnificat de la Virgen escuchamos: Colmó de bienes a los hambrientos, y a los ricos los despidió sin nada11. ¡Cuántos se transforman en hombres vacíos, porque se sienten satisfechos con lo que ya tienen! El Señor nos invita a no contentarnos con la felicidad que nos pueden dar unos bienes pasajeros, y nos anima a desear aquellos que Él tiene preparados para nosotros.

III. Dice Jesús a quienes le siguen –en aquel tiempo y ahora– que no será obstáculo para ser felices el que los hombres os insulten, y os persigan, y os calumnien de cualquier modo por mi causa. Estad alegres y contentos, porque vuestra recompensa será grande en el Cielo12. Así como ninguna cosa de la tierra puede dar la felicidad que todo hombre busca, tampoco nada, si estamos unidos a Dios, puede quitárnosla. Nuestra felicidad y nuestra plenitud vienen de Dios. «¡Oh vosotros que sentís más pesadamente el peso de la cruz! Vosotros que sois pobres y desamparados, los que lloráis, los que estáis perseguidos por la justicia, vosotros sobre los que se calla, vosotros los desconocidos del dolor, tened ánimo; sois los preferidos del reino de Dios, el reino de la esperanza, de la bondad y de la vida; sois los hermanos de Cristo paciente, y con Él, si queréis, salváis el mundo»13.

Pidamos al Señor que transforme nuestras almas, que realice un cambio radical en nuestros criterios sobre la felicidad y la desgracia. Somos necesariamente felices si estamos abiertos a los caminos de Dios en nuestras vidas, y si aceptamos la buena nueva del Evangelio.

Y esto, también en el caso de que otras gentes parezcan conseguir todos los bienes que se pueden alcanzar en esta corta vida. No se debe tener al rico por dichoso solo por sus riquezas –dice San Basilio–; ni al poderoso por su autoridad y dignidad; ni al fuerte por la salud de su cuerpo; ni al sabio por su gran elocuencia. Todas estas cosas son instrumentos de la virtud para los que las usan rectamente; pero ellas, en sí mismas, no contienen la felicidad14. Sabemos que, muchas veces, estos mismos bienes se convierten en males y en desgracia para la persona que los posee y para los demás, cuando no están ordenados según el querer de Dios. Sin el Señor, el corazón se sentirá siempre insatisfecho y desgraciado.

Cuando para encontrar esa felicidad los hombres ensayamos otros caminos que no son los de la voluntad de Dios, que no son los que nos ha trazado el Maestro, al final solo se encuentra soledad y tristeza. La experiencia de todos los que no quisieron entender a Dios, que les hablaba de distintas maneras, ha sido siempre la misma: han comprobado que fuera de Dios no hay felicidad estable y duradera. Lejos del Señor solo se recogen frutos amargos y, de una forma u otra, se acaba como el hijo pródigo fuera de la casa paterna: comiendo bellotas y apacentando puercos15.

Son dichosos quienes buscan a Cristo, quienes piden y fomentan el deseo de santidad. En Cristo están ya presentes todos los bienes que constituyen la verdadera felicidad. «“Laetetur cor quaerentium Dominum” —Alégrese el corazón de los que buscan al Señor. »—Luz, para que investigues en los motivos de tu tristeza»16.

Cuando falta la alegría, ¿no estará la causa en que, en esos momentos, no buscamos de verdad al Señor en el trabajo, en quienes nos rodean, en las contradicciones? ¿No será que no estamos todavía desprendidos del todo? ¡Que se alegren los corazones que buscan al Señor!

1 de noviembre de 2017

TODOS LOS SANTOS

— Personas que se santificaron a través de una vida corriente.
— Todos hemos sido llamados a la santidad.
— La caridad, distintivo de los que han alcanzado la bienaventuranza.
IAlegrémonos todos en el Señor, al celebrar este día de fiesta en honor de todos los santos: de esta solemnidad se alegran los ángeles y alaban al Hijo de Dios1.
La fiesta de hoy recuerda y propone a la meditación común algunos componentes fundamentales de nuestra fe cristiana señalaba el Papa Juan Pablo II-. En el centro de la Liturgia están sobre todo los grandes temas de la Comunión de los Santos, del destino universal de la salvación, de la fuente de toda santidad que es Dios mismo, de la esperanza cierta en la futura e indestructible unión con el Señor, de la relación existente entre salvación y sufrimiento y de una bienaventuranza que ya desde ahora caracteriza a aquellos que se hallan en las condiciones descritas por Jesús. Pero la clave de la fiesta que hoy celebramos «es la alegría, como hemos rezado en la antífona de entrada: Alegrémonos todos en el Señor al celebrar este día de fiesta en honor de todos los Santos; y se trata de una alegría genuina, límpida, corroborante, como la de quien se encuentra en una gran familia donde sabe que hunde sus propias raíces...»2. Esta gran familia es la de los santos: los del Cielo y los de la tierra.
La Iglesia, nuestra Madre, nos invita hoy a pensar en aquellos que, como nosotros, pasaron por este mundo con dificultades y tentaciones parecidas a las nuestras, y vencieron. Es esa muchedumbre inmensa que nadie podría contar, de toda nación, raza, pueblo y lengua, según nos recuerda la Primera lectura de la Misa3. Todos están marcados en la frente y vestidos con vestiduras blancas, lavadas en la sangre del Cordero4. La marca y los vestidos son símbolos del Bautismo, que imprime en el hombre, para siempre, el carácter de la pertenencia a Cristo, y la gracia renovada y acrecentada por los sacramentos y las buenas obras.
Muchos Santos de toda edad y condición- han sido reconocidos como tales por la Iglesia, y cada año los recordamos en algún día preciso y los tomamos como intercesores para tantas ayudas como necesitamos. Pero hoy festejamos, y pedimos su ayuda, a esa multitud incontable que alcanzó el Cielo después de pasar por este mundo sembrando amor y alegría, sin apenas darse cuenta de ello; recordamos a aquellos que, mientras estuvieron entre nosotros, hicieron, quizá, un trabajo similar al nuestro: oficinistas, labriegos, catedráticos, comerciantes, secretarias...; también tuvieron dificultades parecidas a las nuestras y debieron recomenzar muchas veces, como nosotros procuramos hacer; y la Iglesia no hace una mención nominal de ellos en el Santoral. A la luz de la fe, forman «un grandioso panorama: el de tantos y tantos fieles laicos a menudo inadvertidos o incluso incomprendidos; desconocidos por los grandes de la tierra, pero mirados con amor por el Padre, hombres y mujeres que, precisamente en la vida y actividad de cada jornada, son los obreros incansables que trabajan en la viña del Señor; son los humildes y grandes artífices por la potencia de la gracia, ciertamente del crecimiento del Reino de Dios en la historia»5. Son, en definitiva, aquellos que supieron «con la ayuda de Dios conservar y perfeccionar en su vida la santificación que recibieron»6 en el Bautismo.
Todos hemos sido llamados a la plenitud del Amor, a luchar contra las propias pasiones y tendencias desordenadas, a recomenzar siempre que sea preciso, porque «la santidad no depende del estado soltero, casado, viudo, sacerdote, sino de la personal correspondencia a la gracia, que a todos se nos concede»7. La Iglesia nos recuerda que el trabajador que toma cada mañana su herramienta o su pluma, o la madre de familia dedicada a los quehaceres del hogar, en el sitio que Dios les ha designado, deben santificarse cumpliendo fielmente sus deberes8.
Es consolador pensar que en el Cielo, contemplando el rostro de Dios, hay personas con las que tratamos hace algún tiempo aquí abajo, y con las que seguimos unidas por una profunda amistad y cariño. Muchas ayudas nos prestan desde el Cielo, y nos acordamos de ellas con alegría y acudimos a su intercesión.
Hacemos hoy nuestra aquella petición de Santa Teresa, que también ella misma escuchará, en esta Solemnidad: «¡Oh ánimas bienaventuradas, que tan bien os supisteis aprovechar, y comprar heredad tan deleitosa...! Ayudadnos, pues estáis tan cerca de la fuente; coged agua para los que acá perecemos de sed»9.
II. En la Solemnidad de hoy, el Señor nos concede la alegría de celebrar la gloria de la Jerusalén celestial, nuestra madre, donde una multitud de hermanos nuestros le alaban eternamente. Hacia ella, como peregrinos, nos encaminamos alegres, guiados por la fe y animados por la gloria de los Santos; en ellos, miembros gloriosos de su Iglesia, encontramos ejemplo y ayuda para nuestra debilidad10.
Nosotros somos todavía la Iglesia peregrina que se dirige al Cielo; y, mientras caminamos, hemos de reunir ese tesoro de buenas obras con el que un día nos presentaremos ante nuestro Dios. Hemos oído la invitación del Señor: Si alguno quiere venir en pos de Mí... Todos hemos sido llamados a la plenitud de la vida en Cristo. Nos llama el Señor en una ocupación profesional, para que allí le encontremos, realizando aquella tarea con perfección humana y, a la vez, con sentido sobrenatural: ofreciéndola a Dios, ejercitando la caridad con las personas que tratamos, viviendo la mortificación en su realización, buscando ya aquí en la tierra el rostro de Dios, que un día veremos cara a cara. Esta contemplación trato de amistad con nuestro Padre Dios podemos y debemos adquirirla a través de las cosas de todos los días, que se repiten muchas veces, con aparente monotonía, pues «para amar a Dios y servirle, no es necesario hacer cosas raras. A todos los hombres sin excepción, Cristo les pide que sean perfectos como su Padre celestial es perfecto (Mt 5, 48). Para la gran mayoría de los hombres, ser santo supone santificar el propio trabajo, santificarse en su trabajo, y santificar a los demás con el trabajo, y encontrar así a Dios en el camino de sus vidas»11.
¿Qué otra cosa hicieron esas madres de familia, esos intelectuales o aquellos obreros..., para estar en el Cielo? Porque a él queremos ir nosotros; es lo único que, de modo absoluto, nos importa. Esta santa decisión tiene mucha importancia para los demás. Si, con la gracia de Dios y la ayuda de tantos, alcanzamos el Cielo, no iremos solos: arrastraremos a muchos con nosotros.
Quienes han llegado ya, procuraron santificar las realidades pequeñas de todos los días; y si alguna vez no fueron fieles, se arrepintieron y recomenzaron el camino de nuevo. Eso hemos de hacer nosotros: ganarnos el Cielo cada día con lo que tenemos entre manos, entre las personas que Dios ha querido poner a nuestro lado.
III. Muchos de los que ahora contemplan la faz de Dios quizá no tuvieron ocasión, a su paso por la tierra, de realizar grandes hazañas, pero cumplieron lo mejor posible sus deberes diarios, sus pequeños deberes diarios. Tuvieron errores y faltas de paciencia, de pereza, de soberbia, tal vez pecados graves. Pero amaron la Confesión, y se arrepintieron, y recomenzaron. Amaron mucho y tuvieron una vida con frutos, porque supieron sacrificarse por Cristo. Nunca se creyeron santos; todo lo contrario: siempre pensaron que iban a necesitar en gran medida de la misericordia divina. Todos conocieron, en mayor o menor grado, la enfermedad, la tribulación, las horas bajas en las que todo les costaba; sufrieron fracasos y tuvieron éxitos. Quizá lloraron, pero conocieron y llevaron a la práctica las palabras del Señor, que hoy también nos trae la Liturgia de la Misa: Venid a Mí, todos los que estáis trabajados y cargados, y Yo os aliviaré12. Se apoyaron en el Señor, fueron muchas veces a verle y a estar con Él junto al Sagrario; no dejaron de tener cada día un encuentro con Él.
Los bienaventurados que alcanzaron ya el Cielo son muy diferentes entre sí, pero tuvieron en esta vida terrena un común distintivo: vivieron la caridad con quienes les rodeaban. El Señor dejó dicho: en esto conocerán todos que sois mis discípulos, si os amáis unos a otros13. Esta es la característica de los Santos, de aquellos que están ya en la presencia de Dios.
Nosotros nos encontramos caminando hacia el Cielo y muy necesitados de la misericordia del Señor que es grande y nos mantiene día a día. Hemos de pensar muchas veces en él y en las gracias que tenemos, especialmente en los momentos de tentación o de desánimo.
Allí nos espera una multitud incontable de amigos. Ellos «pueden prestarnos ayuda, no solo porque la luz del ejemplo brilla sobre nosotros y hace más fácil a veces que veamos lo que tenemos que hacer, sino también porque nos socorren con sus oraciones, que son fuertes y sabias, mientras las nuestras son tan débiles y ciegas. Cuando os asoméis en una noche de noviembre y veáis el firmamento constelado de estrellas, pensad en los innumerables santos del Cielo, que están dispuestos a ayudarnos...»14. Nos llenará de esperanza en los momentos difíciles. En el Cielo nos espera la Virgen para darnos la mano y llevarnos a la presencia de su Hijo, y de tantos seres queridos como allí nos aguardan.

19 de junio de 2017

Las Bienaventuranzas

Al ver Jesús a las multitudes, subió al monte; se sentó y se le acercaron sus discípulos; y abriendo su boca les enseñaba diciendo: Bienaventurados los pobres de espíritu… (Mt, 5, 1 ss).
Como recuerda el Catecismo de la Iglesia Católica, las bienaventuranzas del Sermón de la Montaña están en el centro de la predicación de Jesús, y en ellas Dios nos llama a su propia bienaventuranza.
La predicación de san Josemaría Escrivá, que bebe directamente en las páginas del Evangelio, se detiene con frecuencia en las bienaventuranzas, proponiéndolas como un ideal asequible para todos. Son un ideal realizable —recuerda—, no una utopía; constituyen un apasionante programa de vida que todos podemos llevar a cabo en nuestra existencia, luchando cada día con propósitos concretos de conversión y mejora.
1. Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos.
“Si tú deseas alcanzar ese espíritu, te aconsejo que contigo seas parco, y muy generoso con los demás; evita los gastos superfluos por lujo, por veleidad, por vanidad, por comodidad...; no te crees necesidades. En una palabra, aprende con San Pablo a vivir en pobreza y a vivir en abundancia, a tener hartura y a sufrir hambre, a poseer de sobra y a padecer por necesidad: todo lo puedo en Aquel que me conforta[i]. Y como el Apóstol, también así saldremos vencedores de la pelea espiritual, si mantenemos el corazón desasido, libre de ataduras”.
Amigos de Dios, n. 123
2. Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados.
“Gozas de una alegría interior y de una paz, que no cambias por nada. Dios está aquí: no hay cosa mejor que contarle a El las penas, para que dejen de ser penas”.
Forja, n. 54
3. Bienaventurados los mansos, porque ellos heredarán la tierra.
“Me hizo pensar la frase dura, pero cierta, de aquel varón de Dios, al contemplar la altanería de aquella criatura: "se viste con la misma piel del diablo, la soberbia".
Y vino a mi alma, por contraste, el deseo sincero de revestirme con la virtud que predicó Jesucristo, “quia mitis sum et humilis corde”, –soy manso y humilde de corazón–; y que ha atraído la mirada de la Trinidad Beatísima sobre su Madre y Madre nuestra: la humildad, el sabernos y sentirnos nada”.
Surco, n. 726
4. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados.
“Grabémoslo bien en nuestra alma, para que se note en la conducta: primero, justicia con Dios. Esa es la piedra de toque de la verdadera hambre y sed de justicia[ii], que la distingue del griterío de los envidiosos, de los resentidos, de los egoístas y codiciosos... Porque negar a Nuestro Creador y Redentor el reconocimiento de los abundantes e inefables bienes que nos concede, encierra la más tremenda e ingrata de las injusticias. Vosotros, si de veras os esforzáis en ser justos, consideraréis frecuentemente vuestra dependencia de Dios —porque ¿qué cosa tienes tú que no hayas recibido?[iii]—, para llenaros de agradecimiento y de deseos de corresponder a un Padre que nos ama hasta la locura”.
Amigos de Dios, n. 167
5. Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.
“Jesucristo resume y compendia toda esta historia de la misericordia divina: bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia[iv]. Y en otra ocasión: sed misericordiosos, como vuestro Padre celestial es misericordioso[v]. Nos han quedado muy grabadas también, entre otras muchas escenas del Evangelio, la clemencia con la mujer adúltera, la parábola del hijo pródigo, la de la oveja perdida, la del deudor perdonado, la resurrección del hijo de la viuda de Naím (...). ¡Qué seguridad debe producirnos la conmiseración del Señor!”.
Es Cristo que pasa, 7
6. Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios
“Por vocación divina, unos habrán de vivir esa pureza en el matrimonio; otros, renunciando a los amores humanos, para corresponder única y apasionadamente al amor de Dios. Ni unos ni otros esclavos de la sensualidad, sino señores del propio cuerpo y del propio corazón, para poder darlos sacrificadamente a otros.(...)
La santa pureza no es ni la única ni la principal virtud cristiana: es, sin embargo, indispensable para perseverar en el esfuerzo diario de nuestra santificación y, si no se guarda, no cabe la dedicación al apostolado. La pureza es consecuencia del amor con el que hemos entregado al Señor el alma y el cuerpo, las potencias y los sentidos. No es negación, es afirmación gozosa”.
Es Cristo que pasa, n. 5
7. Bienaventurados los pacíficos, porque ellos serán llamados hijos de Dios.
“Tarea del cristiano: ahogar el mal en abundancia de bien. No se trata de campañas negativas, ni de ser antinada. Al contrario: vivir de afirmación, llenos de optimismo, con juventud, alegría y paz; ver con comprensión a todos: a los que siguen a Cristo y a los que le abandonan o no le conocen.
—Pero comprensión no significa abstencionismo, ni indiferencia, sino actividad”.
Surco, n. 864
8. Bienaventurados los que padecen persecución por la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos.
“El desprecio y la persecución son benditas pruebas de la predilección divina, pero no hay prueba y señal de predilección más hermosa que ésta: pasar ocultos”.
Camino, n. 959
9. Bienaventurados seréis cuando os injurien, os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el Cielo.
“Ante las acusaciones que consideramos injustas, examinemos nuestra conducta, delante de Dios, “cum gaudio et pace” —con alegre serenidad, y rectifiquemos, aunque se trate de cosas inocentes, si la caridad nos lo aconseja.
—Luchemos por ser santos, cada día más: y, luego, "que digan", siempre que a esos dichos se les pueda aplicar aquella bienaventuranza: “beati estis cum... dixerint omne malum adversus vos mentientes propter me” —bienaventurados seréis cuando os calumnien por mi causa” .


29 de enero de 2017

BIENAVENTURANZAS

— Las bienaventuranzas, camino de santidad y de felicidad.
— Nuestra felicidad viene de Dios.
— No perderemos la alegría si buscamos en todo al Señor.
I. Una inmensa multitud venida de todas partes rodea al Señor. De Él esperan su doctrina salvadora, que dará sentido a sus vidas. Viendo Jesús este gentío subió a un monte, donde, habiéndose sentado, se le acercaron sus discípulos, y abriendo su boca les enseñaba1.
Y es esta la ocasión que aprovecha el Señor para dar una imagen profunda del verdadero discípulo: Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos. Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán la tierra. Bienaventurados los que lloran...
No resulta difícil imaginar la impresión –quizá de desconcierto y, en algunos de los oyentes, incluso de decepción– que estas palabras del Señor debieron de causar en quienes escuchaban. Jesús acababa de formular el espíritu nuevo que había venido a traer a la tierra; un espíritu que constituía un cambio completo de las usuales valoraciones humanas, como la de los fariseos, que veían en la felicidad terrena la bendición y premio de Dios y, en la infelicidad y desgracia, el castigo2. En general, «el hombre antiguo, aun en el pueblo de Israel, había buscado la riqueza, el gozo, la estimación, el poder, considerando todo esto como la fuente de toda felicidad. Jesús propone otro camino distinto. Exalta y beatifica la pobreza, la dulzura, la misericordia, la pureza y la humildad»3.
Al volver a meditar ahora, en nuestra oración, estas palabras del Señor, vemos que aún hoy día se insinúa en las personas el desconcierto ante ese contraste: la tribulación que lleva consigo el camino de las Bienaventuranzas y la felicidad que Jesús promete. «El pensamiento fundamental que Jesús quería inculcar en sus oyentes era este: solo el servir a Dios hace al hombre feliz. En medio de la pobreza, del dolor, del abandono, el verdadero siervo de Dios puede decir con San Pablo: Sobreabundo de gozo en todas mis tribulaciones. Y, por el contrario, un hombre puede ser infinitamente desgraciado aunque nade en la opulencia y viva en posesión de todos los goces de la tierra»4. No en vano aparecen en el Evangelio de San Lucas, después de las Bienaventuranzas, aquellas exclamaciones del Señor: ¡Ay de vosotros, los ricos, porque ya habéis recibido vuestra consolación! ¡Ay de vosotros, los que os saciáis ahora! (...). ¡Ay de vosotros, todos los que sois aplaudidos por los hombres, porque así hicieron sus padres con los falsos profetas!5.
Quienes escuchaban al Señor entendieron bien que aquellas Bienaventuranzas no enumeraban distintas clases de personas, no prometían la salvación a determinados grupos de la sociedad, sino que señalaban inequívocamente las disposiciones religiosas y la conducta moral que Jesús exige a todo el que quiera seguirle. «Es decir, los pobres de espíritu, los mansos, los que lloran (...) no indican personas distintas entre sí, sino que son como diversas exigencias de santidad dirigidas a quien quiere ser discípulo de Cristo»6.
El conjunto de todas las Bienaventuranzas señala el mismo ideal: la santidad. Hoy, al escuchar de nuevo, en toda su radicalidad, las palabras del Señor, reavivamos el afán de santidad como eje de toda nuestra vida. Porque «Jesucristo Señor Nuestro predicó la buena nueva para todos, sin distinción alguna. Un solo puchero y un solo alimento: mi comida es hacer la voluntad del que me ha enviado, y dar cumplimiento a su obra (Jn 4, 34). A cada uno llama a la santidad, de cada uno pide amor: jóvenes y ancianos, solteros y casados, sanos y enfermos, cultos e ignorantes, trabajen donde trabajen, estén donde estén»7. Cualesquiera que sean las circunstancias que atraviese nuestra vida, hemos de sabernos invitados a vivir la plenitud de la vida cristiana. No puede haber excusas, no podemos decirle al Señor: espera a que se solucione este problema, a que me reponga de esta enfermedad, a que deje de ser calumniado o de ser perseguido..., y entonces comenzaré de verdad a buscar la santidad. Sería un triste engaño no aprovechar esas circunstancias duras para unirnos más al Señor.
II. No desagrada a Dios que pongamos los medios oportunos para evitar el dolor, la enfermedad, la pobreza, la injusticia..., pero las Bienaventuranzas nos enseñan que el verdadero éxito de nuestra vida está en amar y cumplir la voluntad de Dios sobre nosotros. Nos muestran, a la vez, el único camino capaz de llevar al hombre a vivir con la plena dignidad humana que conviene a su condición de persona. En una época en que tantas cosas empujan hacia el envilecimiento y la degradación personal, las Bienaventuranzas son una invitación a la rectitud y a la dignidad de vida8. Por el contrario, intentar a toda costa –como si se tratara de un mal absoluto– sacudir el peso del dolor, de la tribulación, o buscar el éxito humano como un fin en sí mismo, son caminos que el Señor no puede bendecir, y que no conducen a la felicidad.
«Bienaventurado» significa «feliz», «dichoso», y en cada una de las Bienaventuranzas «comienza Jesús prometiendo la felicidad y señalando los medios de conseguirla. ¿Por qué comenzará Nuestro Señor hablando de la felicidad? Porque en todos los hombres existe una tendencia irresistible a ser felices; este es el fin que todos sus actos se proponen; pero muchas veces buscan la felicidad donde no se encuentra, donde no hallarán sino miseria»9.
El Señor nos señala aquí los caminos para ser felices sin límite y sin fin en la vida eterna, y también para serlo en esta vida, viviendo con plena dignidad, como conviene a la condición de persona. Son caminos bien diferentes a los que, con frecuencia, suele escoger el hombre.
Buscad al Señor los humildes que cumplís sus mandamientos (...). Dejaré en medio de ti un pueblo pobre y humilde, que confiará en el nombre del Señor, se nos dice en la Primera lectura de la Misa10.
La pobreza de espíritu, el hambre de justicia, la misericordia, la limpieza de corazón y el soportar ser rechazados por causa del Evangelio manifiestan una misma actitud del alma: el abandono en Dios. Y esta es la actitud que nos impulsa a confiar en Dios de un modo absoluto e incondicional. Es la postura de quien no se contenta con los bienes y consuelos de las cosas de este mundo, y tiene puesta su esperanza última más allá de estos bienes, que resultan pobres y pequeños para una capacidad tan grande como es la del corazón humano.
Bienaventurados los pobres de espíritu... Y en el Magnificat de la Virgen escuchamos: Colmó de bienes a los hambrientos, y a los ricos los despidió sin nada11. ¡Cuántos se transforman en hombres vacíos, porque se sienten satisfechos con lo que ya tienen! El Señor nos invita a no contentarnos con la felicidad que nos pueden dar unos bienes pasajeros, y nos anima a desear aquellos que Él tiene preparados para nosotros.
III. Dice Jesús a quienes le siguen –en aquel tiempo y ahora– que no será obstáculo para ser felices el que los hombres os insulten, y os persigan, y os calumnien de cualquier modo por mi causa. Estad alegres y contentos, porque vuestra recompensa será grande en el Cielo12. Así como ninguna cosa de la tierra puede dar la felicidad que todo hombre busca, tampoco nada, si estamos unidos a Dios, puede quitárnosla. Nuestra felicidad y nuestra plenitud vienen de Dios. «¡Oh vosotros que sentís más pesadamente el peso de la cruz! Vosotros que sois pobres y desamparados, los que lloráis, los que estáis perseguidos por la justicia, vosotros sobre los que se calla, vosotros los desconocidos del dolor, tened ánimo; sois los preferidos del reino de Dios, el reino de la esperanza, de la bondad y de la vida; sois los hermanos de Cristo paciente, y con Él, si queréis, salváis el mundo»13.
Pidamos al Señor que transforme nuestras almas, que realice un cambio radical en nuestros criterios sobre la felicidad y la desgracia. Somos necesariamente felices si estamos abiertos a los caminos de Dios en nuestras vidas, y si aceptamos la buena nueva del Evangelio.
Y esto, también en el caso de que otras gentes parezcan conseguir todos los bienes que se pueden alcanzar en esta corta vida. No se debe tener al rico por dichoso solo por sus riquezas –dice San Basilio–; ni al poderoso por su autoridad y dignidad; ni al fuerte por la salud de su cuerpo; ni al sabio por su gran elocuencia. Todas estas cosas son instrumentos de la virtud para los que las usan rectamente; pero ellas, en sí mismas, no contienen la felicidad14. Sabemos que, muchas veces, estos mismos bienes se convierten en males y en desgracia para la persona que los posee y para los demás, cuando no están ordenados según el querer de Dios. Sin el Señor, el corazón se sentirá siempre insatisfecho y desgraciado.
Cuando para encontrar esa felicidad los hombres ensayamos otros caminos que no son los de la voluntad de Dios, que no son los que nos ha trazado el Maestro, al final solo se encuentra soledad y tristeza. La experiencia de todos los que no quisieron entender a Dios, que les hablaba de distintas maneras, ha sido siempre la misma: han comprobado que fuera de Dios no hay felicidad estable y duradera. Lejos del Señor solo se recogen frutos amargos y, de una forma u otra, se acaba como el hijo pródigo fuera de la casa paterna: comiendo bellotas y apacentando puercos15.
Son dichosos quienes buscan a Cristo, quienes piden y fomentan el deseo de santidad. En Cristo están ya presentes todos los bienes que constituyen la verdadera felicidad. «“Laetetur cor quaerentium Dominum” —Alégrese el corazón de los que buscan al Señor.
»—Luz, para que investigues en los motivos de tu tristeza»16.
Cuando falta la alegría, ¿no estará la causa en que, en esos momentos, no buscamos de verdad al Señor en el trabajo, en quienes nos rodean, en las contradicciones? ¿No será que no estamos todavía desprendidos del todo? ¡Que se alegren los corazones que buscan al Señor!