"Hago todos los días mi "ratito" de oración: ¡si no fuera por eso!" (Camino, 106)

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8 de febrero de 2022

LA LEY ES LA CARIDAD

 


Evangelio (Mc 7, 1-13)


Se reunieron junto a él los fariseos y algunos escribas que habían llegado de Jerusalén, y vieron a algunos de sus discípulos que comían los panes con manos impuras, es decir, sin lavar. Pues los fariseos y todos los judíos nunca comen si no se lavan las manos muchas veces, observando la tradición de los mayores; y cuando llegan de la plaza no comen, si no se purifican; y hay otras muchas cosas que guardan por tradición: purificaciones de las copas y de las jarras, de las vasijas de cobre y de los lechos. Y le preguntaban los fariseos y los escribas:


—¿Por qué tus discípulos no se comportan conforme a la tradición de los mayores, sino que comen el pan con manos impuras?


Él les respondió:


—Bien profetizó Isaías de vosotros, los hipócritas, como está escrito: “Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está muy lejos de mí. Inútilmente me dan culto, mientras enseñan doctrinas que son preceptos humanos”. Abandonando el mandamiento de Dios, retenéis la tradición de los hombres.


Y les decía:


—¡Qué bien anuláis el mandamiento de Dios, para guardar vuestra tradición! Porque Moisés dijo: “Honra a tu padre y a tu madre”. Y “el que maldiga a su padre o a su madre, que sea castigado con la muerte”. Vosotros, en cambio, decís que si un hombre le dice a su padre o a su madre: «Que sea declarada “Corbán” -que significa “ofrenda”- cualquier cosa que pudieras recibir de mí», ya no le permitís hacer nada por el padre o por la madre. Con ello anuláis la palabra de Dios por vuestra tradición, que vosotros mismos habéis establecido; y hacéis otras muchas cosas parecidas a éstas.


El verdadero sentido de la Ley.

Dios nos pide la entrega del corazón.

La caridad es la Ley del Espíritu Santo.


A LO LARGO de su vida pública, Jesús era continuamente juzgado por los fariseos. En no pocas ocasiones, como no encontraban de qué acusarle (cfr. Lc 6,7), se fijaban en el comportamiento de sus discípulos: querían encontrar en ellos las fisuras que no encontraban en el Señor. En una ocasión, el escándalo farisaico se debió a que los apóstoles habían comido los panes sin haber llevado a cabo todos los ritos previstos para la purificación de las manos. Quizás recordamos a nuestras madres insistiéndonos en la importancia de lavarnos las manos antes de comer. Más de una vez lo habremos hecho a regañadientes, tal vez simplemente para evitar un mal rato. Pero, después, crecimos. Y ahora hemos descubierto que no se trataba de un simple capricho: era un gesto importante, tenía un sentido, porque la salud estaba en juego.




Podemos decir que en los fariseos que interpelan a Jesús jamás creció interiormente el sentido de la Ley. Seguían lavándose las manos, pero siempre por miedo al castigo. «El miedo oprime el corazón e impide salir al encuentro de los demás, al encuentro de la vida»1. Aquellos fariseos nunca entendieron que los mandamientos de Dios no eran un capricho, sino una orientación amorosa para el bien de sus almas. Nunca comprendieron que «la ley no fue hecha para convertirnos en esclavos, sino para hacernos libres, para hacernos hijos (...). La rigidez no es un don de Dios. La mansedumbre sí; la bondad sí; la benevolencia sí; el perdón sí. Pero la rigidez no»2. Detrás de cada mandamiento late el deseo de Dios de que tengamos el corazón limpio para poder contemplarlo a él (cfr. Mt 5,8). Esto último es lo importante.




EN LA VIDA CRISTIANA, estamos llamados a que nuestra adhesión a unos preceptos se dé cada vez con una mayor pureza de corazón, y no simplemente por afán de cumplir o de sentirnos satisfechos porque, supuestamente, hemos hecho nuestra parte. Ciertamente, podemos caer en el error de los fariseos y pensar que la vida cristiana consiste en una serie de cosas que «hay que cumplir», convirtiendo el amplio horizonte de la santidad en un reducido espacio, en donde lo único que cuenta es consumar a rajatabla una serie de deberes. Por otro lado, podemos también caer en la actitud contraria, la que interpreta que lo único que cuenta para obrar es «sentir amor» en un sentido abstracto, reduciéndolo simplemente a una sensación agradable que va y viene.




Es por eso que Jesús, en su diálogo con los fariseos, trae a colación unas palabras recogidas en el libro de Isaías, y que nos ofrecen un camino para entender lo que el Señor espera de nosotros: «Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está muy lejos de mí» (Is 29,13). El testimonio de la Sagrada Escritura, ya desde el Antiguo Testamento, es unánime en ese sentido: lo que Dios nos pide es la entrega sincera del corazón. Quien busca continuamente el diálogo sincero con Dios no cae en el escrúpulo, porque descubre su profundo amor misericordioso; ni tampoco cae en la laxitud, porque sabe que ese amor merece una correspondencia, y para eso no bastan simplemente las palabras. «“Obras son amores y no buenas razones” –solía recordar san Josemaría–. ¡Obras, obras! Propósito: seguiré diciéndote muchas veces que te amo –¡cuántas te lo he repetido hoy!–; pero, con tu gracia, será sobre todo mi conducta, serán las pequeñeces de cada día –con elocuencia muda– las que clamen delante de Ti, mostrándote mi Amor»3.




SAN PABLO ERA «fariseo, hijo de fariseos» (Hch 23,6). Fue criado en ese ambiente que buscaba dar gloria a Dios en el cumplimiento puntual de los mandamientos. «En lo que se refiere a la justicia de la Ley, llegué a ser irreprochable» (Flp 3,5), dice. Sin embargo, algo sucedió en la vida de Pablo que cambió radicalmente su visión de lo que Dios esperaba de él: el encuentro personal con Jesucristo. Lo que cambia a partir de entonces no es que san Pablo deje de cumplir la ley de Dios, sino que quiere «vivir en él, no por mi justicia, la que procede de la Ley, sino por la que viene de la fe en Cristo, justicia que procede de Dios, por la fe» (Flp 3,8-9).




San Pablo descubre que «la caridad es la plenitud de la Ley» (Rm 13,10). Vivir la caridad implica reconocer, en primer lugar, que solamente nos la puede dar Dios, que es un don del Señor. «El mandamiento del amor a Dios y al prójimo (...) está “escrito” en los corazones por el Espíritu Santo. Por esto se convierte en “la ley del Espíritu” (...). Es, más aún, el mismo Espíritu Santo que se hace así Maestro y guía del hombre desde el interior del corazón»4. A la Virgen, que en la Ley nunca vio esclavitud sino la libertad del amor, podemos pedirle ayuda para «vivir según el Espíritu Santo» que, en palabras de san Josemaría, supone «dejar que Dios tome posesión de nosotros y cambie de raíz nuestros corazones, para hacerlos a su medida»5.



26 de agosto de 2021

El cristiano no vive calculando




 Evangelio (Mt 25,1-13)


Entonces el Reino de los Cielos será como diez vírgenes, que tomaron sus lámparas y salieron a recibir al esposo. Cinco de ellas eran necias y cinco prudentes; pero las necias, al tomar sus lámparas, no llevaron consigo aceite; las prudentes, en cambio, junto con las lámparas llevaron aceite en sus alcuzas. Como tardaba en venir el esposo, les entró sueño a todas y se durmieron. A medianoche se oyó una voz: «¡Ya está aquí el esposo! ¡Salid a su encuentro!» Entonces se levantaron todas aquellas vírgenes y aderezaron sus lámparas. Y las necias les dijeron a las prudentes: «Dadnos aceite del vuestro porque nuestras lámparas se apagan». Pero las prudentes les respondieron: «Mejor es que vayáis a quienes lo venden y compréis, no sea que no alcance para vosotras y nosotras». Mientras fueron a comprarlo vino el esposo, y las que estaban preparadas entraron con él a las bodas y se cerró la puerta. Luego llegaron las otras vírgenes diciendo: «¡Señor, señor, ábrenos!» Pero él les respondió: «En verdad os digo que no os conozco». Por eso: velad, porque no sabéis el día ni la hora.


Comentario


Jesús sigue exhortando a una vida de vela activa. Lo hace ahora con una parábola sobre unas bodas. El esposo está por llegar y un cortejo de vírgenes está esperando para acompañarle con sus lámparas encendidas. El relato nos dice que el novio se retrasa, y con ello se aclara la idea general sobre la que Jesús quiere ofrecer su enseñanza: las bodas son el Reino de los Cielos; el esposo es Cristo que vendrá al final de los tiempos a juzgar y retribuir a cada uno según sus obras; el momento de la llegada es incierto y de ahí la necesidad de permanecer en vela. La parábola, así, nos interpela a través del tiempo: invitados a una vida de comunión con Dios, para poder acceder a su Reino debemos permanecer en vela, demostrando así nuestros deseos.


San Pablo dice a los de Tesalónica que no duden que Cristo vendrá en gloria, pero que la forma de esperar esa Parusía bien preparados es vivir con amor las obligaciones de cada instante (cfr. 1Ts 4,1-12). Tenemos una misión encomendada: dirigir a Cristo todas nuestras actividades, hacer que sea él el corazón de nuestro obrar, para que todo pueda ser en él recapitulado, vivificado y elevado al Padre. Dios cuenta con nosotros para avanzar en la instauración de su Reino entre los hombres. Para ello debemos tomarnos en serio esta vida, viviéndola con la conciencia de que el bautizado puede pensar como Cristo, puede pensar las cosas de arriba (cfr. Col 3,1-3), al mismo tiempo que ama este mundo, ya que Cristo, cabeza de la Iglesia, está sentado a la derecha del Padre.


No sabemos ni el día ni la hora. Pero sí sabemos que la caridad no tiene ni día ni hora: sabemos que toda nuestra existencia es vocación al amor y, por tanto, no tenemos que esperar ocasiones señaladas o especiales para amar. El cristiano no vive calculando o dividiendo su vida en compartimentos estancos, como si alguno de ellos fuese ajeno a Dios. Nada nuestro le es ajeno: nos espera en todo lo que hacemos, pensamos y sentimos, las veinticuatro horas del día. Si queremos ser luz de Cristo en el mundo, el amor de Cristo ha de estar presente en toda nuestra existencia: nuestro sentir ha de ser el sentir de Cristo.


PARA TU RATO DE ORACION


En estos meses en los que el mundo está siendo sometido a una dura prueba, a causa de la pandemia, hemos sido testigos de actitudes heroicas por parte de personas de todos los sectores de la sociedad. El personal sanitario de los cinco continentes ha manifestado un espíritu de sacrificio que arrancó aplausos desde los balcones de muchas ciudades; los medios de comunicación han transmitido noticias de profunda humanidad, al narrar iniciativas solidarias de muchas personas que se movilizaron –y lo siguen haciendo- para ofrecer remedio a las necesidades urgentes que se han presentado; la Iglesia también ha reaccionado con generosidad, y son varios centenares los sacerdotes que han dado la vida por acercar a los enfermos los auxilios espirituales. El dolor y el sufrimiento unen, y es frecuente que muchos vecinos que antes no se conocían ahora estén reunidos por lazos de amistad, pues se han ayudado en los momentos de mayor emergencia.


SI NO NOS UNIMOS, POR MÁS QUE SE SUPERE LA CRISIS SANITARIA PERMANECERÁN LAS HERIDAS DE UNA SOCIEDAD INDIVIDUALISTA

En la audiencia general del pasado 23 de septiembre, el papa Francisco recordaba que “o trabajamos juntos para salir de la crisis, a todos los niveles de la sociedad, o no saldremos nunca”. Si hemos comenzado estas líneas poniendo de manifiesto tantos ejemplos de entrega a los demás que se han dado durante la crisis sanitaria, no podemos cerrar los ojos ante realidades de signo opuesto.


La cultura contemporánea, que posee tantos valores positivos, al mismo tiempo está marcada por una enfermedad grave, a la que hace referencia el Santo Padre: el individualismo. Si no nos unimos, si no miramos a los demás como nuestros prójimos, como personas que tienen en sí mismas un valor único, que merecen respeto, comprensión, cercanía, por más que se supere la crisis sanitaria permanecerán las heridas de una sociedad individualista, anónima, que termina por convertirse en un campo de batalla entre los intereses egoístas.


El trabajo es una dimensión esencial de la vida social. La crisis sanitaria ha causado una crisis laboral de grandes proporciones. Los desafíos que se presentan son muchos y urgentes. En las circunstancias actuales cobran especial relieve algunas características del trabajo, que pueden paliar las consecuencias negativas de la crisis. Pienso, en primer lugar, en el espíritu de servicio. El trabajo está al servicio del bien común social y de la persona humana entendida en su integridad. La creación de nuevos puestos de trabajo, la conservación de los ya existentes, y, sobre todo, el cambio de mentalidad que pone siempre en el centro a la persona humana y no a una lógica meramente económica son un antídoto contra el individualismo imperante. Se impone, con palabras de san Juan Pablo II, hacer funcionar “la imaginación de la caridad”.


TRABAJAR BIEN ES MANIFESTAR CERCANÍA Y SUPERAR CON AMOR EL DISTANCIAMIENTO SOCIAL FÍSICO QUE IMPONEN LAS CIRCUNSTANCIAS

Todos soñamos con una sociedad justa. La situación de muchas sociedades se ha trastocado después de este largo sufrimiento de la humanidad. Si justicia es “dar a cada uno lo suyo”, es necesario que quienes tienen la responsabilidad de tomar decisiones en la vida social, ejerciten esa “imaginación de la caridad”. Porque, como decía san Josemaría Escrivá, “convenceos de que únicamente con la justicia no resolveréis nunca los grandes problemas de la humanidad”. Y añadía que la dignidad de la persona humana exige más: la caridad, que “es como un generoso desorbitarse de la justicia”. Caridad que implica realizar bien el trabajo que tenemos encomendado, puesto al servicio de las necesidades de los demás, que en este momento se han hecho más acuciantes. Trabajar bien es sacar todo el partido posible a nuestras capacidades –en la familia, en la empresa, en la escuela, en todos los ámbitos del quehacer humano– para manifestar cercanía y superar con amor el “distanciamiento social” físico que imponen las circunstancias.


Todos estamos llamados a vivir la “imaginación de la caridad”, para resolver juntos los desafíos que nos pone este mundo nuestro, que queremos mejorar siguiendo los pasos de Aquel que nos dio ejemplo de un olvido de sí hasta dar la vida por los demás.

HOMILIA DEL PRELADO DEL OPUS DEI EN TORRECIUDAD

Hemos escuchado la profecía de Isaías, que anuncia la venida del Redentor, de Jesús, dándole un nombre muy especial: Emmanuel, que significa “Dios con nosotros”. Realmente Dios está con nosotros, el mismo Señor -lo tenemos aquí, en el Sagrario, en la Eucaristía-, y está con nosotros la Trinidad, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo en nuestra alma en gracia. Verdaderamente, nos quiere tanto Jesús que ha querido que su mismo Nombre sea el de estar con nosotros.


De San Pablo, hemos escuchado que somos hijos de Dios. No sólo está con nosotros: está como Padre, como Padre que nos quiere, como Padre que nos quiere identificados con su Hijo unigénito, con Jesucristo, por la fuerza del Espíritu Santo. Y eso nos tiene que dar una gran esperanza y una gran confianza en el trato con el Señor, en nuestra oración.


Y con confianza, también agradecimiento. Que seamos personas agradecidas al Señor. También por motivos singulares, especiales, como es el caso del aniversario de la ordenación sacerdotal, para mí y para otros muchos sacerdotes. También para cada uno de vosotros y de vosotras, habrá momentos especiales en que os saldrá más espontáneo dar gracias al Señor. Pero esta realidad del agradecimiento a Dios tiene que ser algo constante. San Josemaría, hace muchos años, la víspera de un 1 de enero, nos daba como sugerencia, una especie de propósito, nos decía en latín: Ut in gratiarum semper actione maneamus!, que significa que permanezcamos siempre en acción de gracias. Tenemos que permanecer siempre en acción de gracias, para saber reconocer el bien que el Señor nos da directamente en nuestra alma y también el bien que nos da a través de tantísimas personas en la familia, en el trabajo, en las amistades. Saber reconocer el bien para ser agradecidos. Permanecer siempre en acción de gracias. Pero, a veces, no todo es muy bueno: hay sufrimiento, hay enfermedad, hay contrariedades, hay desgracias. Pues también ahí podemos ser agradecidos a Dios, podemos dar gracias porque, como también decía san Josemaría en un punto de Camino, el Señor nos hace entonces participar de su dulce Cruz (Camino, 658). Es cuestión de fe saber descubrir el amor de Dios, también en el dolor. Esto sólo es posible con la fe y mirando a la Cruz de Jesucristo, procurando identificarnos con Él. Esta fe nos da luz sobre esta maravillosa verdad: Dios es verdaderamente Amor; Dios nos quiere con locura, con una “locura” que le llevó a la Cruz para salvarnos.


San Juan, en una de sus epístolas, hace como una especie de resumen de su experiencia, la experiencia de los apóstoles, en el trato con Jesucristo, y dice en forma solemne: “nosotros -se refería a los apóstoles-, nosotros hemos conocido y creído el amor que Dios nos tiene”. Si, a veces, nos falta un poco la fe para saber descubrir el amor de Dios, pidámosla a Jesús, como los apóstoles le decían: “¡auméntanos la fe!”. Necesitamos la fe también para estar con la seguridad de que, por encima y por debajo y en medio de todos los acontecimientos, está nuestro Padre Dios, que cuida de nosotros, aunque no podamos entenderlo muchas veces.


El Señor quiere que estemos contentos, que seamos felices también aquí en la tierra, a pesar de las dificultades que podamos encontrar. Se lo dijo a los apóstoles, en ese momento tan especial de la Última Cena, como expresando su gran deseo: “Que mi alegría esté en vosotros y que vuestra alegría sea completa” (Jn 15, 9-11). Este es el deseo de Cristo para nosotros: que seamos felices. Pero necesitamos la fe. Vamos a pedirle al Señor: auméntanos la fe, hoy y ahora, auméntanos la fe, también para tener la fuerza de no centrarnos en lo nuestro, en nuestras dificultades, para tener el alma más abierta a los demás.


En el Evangelio, acabamos de escuchar esa escena, como tantas otras sorprendente, en la que la Virgen es la primera y la única que se da cuenta de las necesidades de la gente. Ni siquiera los encargados de las bodas, de la organización, se dieron cuenta. La Virgen se da cuenta que falta vino. Vamos a pedirle a Ella que nos ayude a saber descubrir las necesidades de los demás, que nos ayude a olvidarnos un poco más de nosotros mismos, porque así seremos más felices. Porque no hay modo más seguro de estar contentos, que darnos a los demás, que pensar en los demás.


Así lo decía también san Josemaría: El darnos al servicio de los demás es de tal eficacia que el Señor lo premia con una humildad llena de alegría (Forja, 591). Que la Virgen nos ayude a tener una fe más firme en que somos hijos e hijas de Dios, queridísimos por Dios, y que nos dé la seguridad de que en todas las circunstancia de nuestra vida nos acompaña el amor inmenso de Dios por nosotros. Así sea.



4 de agosto de 2021

CARIDAD CON OBRAS

 



Evangelio (Mt 15,21-28)


Después que Jesús salió de allí, se retiró a la región de Tiro y Sidón. En esto una mujer cananea, venida de aquellos contornos, se puso a gritar:


—¡Señor, Hijo de David, apiádate de mí! Mi hija está poseída cruelmente por el demonio.


Pero él no le respondió palabra. Entonces, se le acercaron sus discípulos para rogarle:


—Atiéndela y que se vaya, porque viene gritando detrás de nosotros.


Él respondió:


—No he sido enviado sino a las ovejas perdidas de la casa de Israel.


Ella, no obstante, se acercó y se postró ante él diciendo:


—¡Señor, ayúdame!


Él le respondió:


—No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perrillos.


Pero ella dijo:


—Es verdad, Señor, pero también los perrillos comen de las migajas que caen de la mesa de sus amos.


Entonces Jesús le respondió:


—¡Mujer, qué grande es tu fe! Que sea como tú quieres.


Y su hija quedó sana en aquel instante.


Comentario


Los verdaderos maestros se mueven por el deseo de llegar al corazón de la gente, y son capaces de ver más allá y más al fondo. Un maestro de verdad no se conforma con repetir unas cosas y exigir que se reciten de memoria. Es un buscador de caminos hacia quien tiene delante y sabe también guiar y corregir en un camino que, sí o sí, debe realizar el interesado como protagonista. El verdadero maestro sabe que debe estimular para que aquel al que ayuda haga sus propios descubrimientos. El verdadero maestro piensa en la persona y, por eso, busca ejercer su labor y ofrecer su enseñanza en un contexto amplio: como una auténtica roturación del terreno, un poner las bases, un abrir el corazón e ilusionar con miras amplias. Así hace Jesús con sus palabras y sus obras, y eso llamaba poderosamente la atención de los que le escuchaban, de los falsos maestros y también de nosotros hoy día.


Jesús ha venido a todos, pero en su misión hay una prioridad: las ovejas perdidas de la casa de Israel. Esas ovejas tienen un lugar muy especial en su corazón: son el Pueblo elegido, al que han sido hechas las promesas, al que han sido dados tantos dones. Pero lo que le ha pasado a Israel es que como Pueblo no ha sido fiel a su vocación, aunque de un pequeño resto suyo nacería la Iglesia. Esa fe que no ha tenido Israel ha de ser despertada, y Jesús lo intenta poniendo también como modelo a personas que, no perteneciendo a Israel, sí tienen fe. Una fe perseverante. Una fe que obra.


No queda duda, por las palabras de Jesús, de la dignidad de Israel. Al mismo tiempo, queda claro que es la fe la que lleva por el camino de la salvación. No se pueden aducir privilegios externos: allá donde hay fe hay vida. Y aquella mujer cananea, que amaba sinceramente a su hija y confiaba tanto en Jesús, adelantó a muchos israelitas en el camino de la santidad. Una de las frases clave del pasaje nos lo resume: “¡Mujer, qué grande es tu fe! Que sea como tú quieres”. Así lo expresa Pablo: “Trabajad por vuestra salvación con temor y temblor; porque Dios es quien obra en vosotros el querer y el actuar conforme a su beneplácito” (Flp 2,12-13). Dios nos estimula y empuja, pero la fe y la caridad se edifican sobre nuestra respuesta a esa llamada divina en el día a día. En realidad, alcanzaremos cuanto deseemos mostrándolo con obras.


TEXTO PARA LA ORACION 


La caridad es el mejor modo de informar sobre la Iglesia y sobre el Opus Dei: "querer es una forma de conocer y de darse a conocer". En este texto se explica cómo el perdón, la humildad y una vida recta son el camino para mostrar la verdad.


El 6 de octubre de 2002, el Papa Juan Pablo II incluyó a Josemaría Escrivá de Balaguer en el número de los santos.


A partir de ese día, se comenzó a escuchar un comentario que se ha hecho después habitual: San Josemaría ya no pertenece solamente al Opus Dei, sino a toda la Iglesia. Su ejemplo, sus enseñanzas, su intercesión están abiertos más que nunca a todos los católicos y a todos los hombres de buena voluntad, allí donde estén.


En lo humano, los hijos son el retrato de sus padres. En lo sobrenatural sucede también que muchas personas descubren a San Josemaría a través del trato con sus hijos.


Parientes, amigos y colegas entienden el mensaje de la santificación del trabajo cuando los fieles del Opus Dei logran expresarlo en obras de caridad, que guardan el más alto grado de elocuencia.


El descubrimiento intelectual viene precedido no pocas veces de un encuentro personal: muchos aprenden a querer a San Josemaría y llegan a interesarse por la profundidad de sus palabras cuando notan el cariño de sus hijos.


A veces, el interés por la Obra surge con ocasión de episodios aparentemente negativos. Falsedades que circulan de vez en cuando, que no son algo nuevo, porque forman parte de la vida de las personas y de las instituciones. Las leyendas acompañan siempre a la Iglesia, que es signo de contradicción desde sus primeros pasos.


San Josemaría explicaba con una metáfora bien expresiva la misteriosa relación entre el crecimiento de la labor apostólica y las contrariedades: «han hecho con la Obra —comentaba en una tertulia— como con un saco de trigo: le han dado golpes, lo han maltratado, pero la semilla es tan pequeña que no se ha roto; al contrario, se ha esparcido a los cuatro vientos, ha caído en todas las encrucijadas humanas donde hay corazones hambrientos de Verdad, bien dispuestos...»[1].


Por eso, las circunstancias aparentemente negativas no sorprenden, ni roban la serenidad. Más bien recuerdan aquel punto de Surco: «Todo lo que ahora te preocupa cabe dentro de una sonrisa, esbozada por amor de Dios»[2].



Problemas en la vida siempre hay, lo importante es que la reacción sea sobrenatural, cristiana, llena de caridad. Es posible desde la fe, con la certeza de la filiación divina y de que, por lo tanto, la victoria ya es del cristiano. En el mundo tendréis sufrimientos, pero confiad: yo he vencido al mundo[3].


Las falsedades no forman la imagen de la Iglesia. Más bien ayudan a comprender mejor su belleza, por contraste con su santidad, y las iniciativas de caridad que difunden sus fieles.


Algo similar sucede con la Obra: su imagen es la que damos los miembros de la Prelatura. La belleza del Opus Dei se expresa también en el interés con que procuramos tratar a quienes nos rodean, incluso en momentos de contradicción o cuando es necesario aclarar malentendidos.


Exponer la verdad con caridad es el mejor modo de desarmar a la mentira. Como enseña San Pablo, noli vinci a malo, sed vince in bono malum[4]: no te dejes vencer por el mal; al contrario, vence el mal con el bien. Sólo la luz de la caridad es capaz de iluminar las tinieblas del rencor.


La caridad está unida al trabajo positivo de comunicar la verdad, de poner todos los talentos al servicio de la difusión de la buena doctrina. La misión de los cristianos incluye una labor argumentativa: acompañar a colegas y amigos hacia la verdad, de manera que la descubran con su propia inteligencia, y se adhieran a ella con libertad.


Benedicto XVI lo ha señalado en su primera encíclica: en la tarea de "realizar la sociedad más justa posible", la Iglesia desea contribuir "a través de la argumentación racional", a la vez que se propone "despertar las fuerzas espirituales, sin las cuales la justicia, que siempre exige también renuncias, no puede afirmarse ni prosperar".



A la Iglesia "le interesa sobremanera trabajar por la justicia esforzándose por abrir la inteligencia y la voluntad a las exigencias del bien"[5].


La labor de abrir las inteligencias y mover las voluntades, en un contexto de libertad, requiere de los cristianos un esfuerzo de explicaderas, por usar una palabra que gustaba a San Josemaría, que esté a la altura de los problemas, con frecuencia complejos, que es preciso esclarecer.


Mostrar que la fe es razonable, que la moral conduce a la felicidad, que Cristo ha venido a liberarnos, son algunas de las convicciones que nuestro tiempo necesita con urgencia, porque hay muchas personas que anhelan esos descubrimientos en el fondo de su corazón.


Para los católicos, el mejor argumento es la propia vida. La Iglesia convence cuando acierta a mostrar las maravillas que la gracia ha operado a lo largo de su historia.


En ese sentido, la mejor forma de responder a las falsedades sobre la Iglesia y sobre la Prelatura del Opus Dei es precisamente poner de manifiesto la realidad, con modestia, con sencillez. Con humildad personal y colectiva, buscando sólo la gloria de Dios.


Éste es el juicio: que vino la luz al mundo y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas. Pues todo el que obra mal odia la luz y no viene a la luz, para que sus obras no le acusen. Pero el que obra según la verdad viene a la luz, para que sus obras se pongan de manifiesto, porque han sido hechas según Dios[6]. En distintos lugares del Evangelio, el Señor se refiere a sus discípulos como los hijos de la luz, que no tienen miedo a la verdad, y que saben que es Dios el autor de todo bien.



La caridad es el mejor modo de informar sobre la Iglesia y sobre el Opus Dei: querer es una forma de conocer y de darse a conocer. Estamos ante una labor eminentemente práctica y positiva, propia de personas «con el corazón grande y los brazos abiertos, dispuestos a ahogar el mal en abundancia de bien: porque el Opus Dei no es antinada: es afirmación, juventud, optimismo, victoria siempre, y caridad con todos»[7].

9 de julio de 2021

AHOGAR EL MAL CON ABUNDACIA DE BIEN


 

Evangelio (Mt 10,16-23)


En aquel tiempo, dijo Jesús a sus apóstoles: Mirad que Yo os envío como a ovejas en medio de lobos: ¡Sed sagaces como serpientes y sencillos como palomas!


Pero cuidado con los hombres, porque os entregarán a los tribunales y os azotarán en las sinagogas. A causa de mí, seréis llevados ante gobernadores y reyes, para dar testimonio delante de ellos y de los gentiles.


Cuando os entreguen, no os preocupéis de cómo vais a hablar o qué vais a decir: lo que debáis decir se os dará a conocer en ese momento, porque no serán vosotros los que hablaréis, sino que el Espíritu de vuestro Padre hablará por vosotros. El hermano entregará a su hermano para que sea condenado a muerte, y el padre a su hijo; los hijos se rebelarán contra sus padres y los matarán. Seréis odiados por todos a causa de mi Nombre, pero aquel que persevere hasta el fin se salvará. Cuando os persigan en una ciudad, huid a otra, y si os persiguen en esta, huid a una tercera. Os aseguro que no acabaréis de recorrer las ciudades de Israel, antes que llegue el Hijo del hombre.


Comentario


Jesús nos previene de las dificultades, somos “ovejas en medio de lobos”. La vida del cristiano, muchas veces, no es sencilla, conlleva sufrimiento, dolor, contradicción. Hoy día, nos movemos en un ambiente que no es cristiano, igual que en tiempos de los apóstoles. Pero el ambiente no puede ser una excusa para no evangelizar.


Ante esta situación, Jesús nos da la receta: dar testimonio. Tantas veces, los cristianos nos vemos cohibidos por un ambiente adverso que nos sirve como excusa para no evangelizar. Jesús conoce que nos envía a los lobos, aun así, nos alienta a ser testigos suyos.


Ante esta situación, Jesús nos anima a hacer el bien. La violencia es derrotada por el amor, la muerte por la vida. San Josemaría, decía “tenemos que ahogar el mal en abundancia de bien” (864 Surco).


Jesús nos anima a confiar en el Espíritu Santo, sin miedo a ir contracorriente. Es una gracia que debemos pedir al Señor. Ser coherentes, vivir como cristianos.


Ante esta aparente paradoja que supone ser ovejas en medio de lobos, Jesús nos hace mirar más allá. El cristiano es oveja, pero cuenta con la ayuda del Espíritu Santo, cuenta con la ayuda de la gracia. Y Dios puede más que cualquier manada de lobos.


En los momentos en que perdamos la visión positiva y nos sintamos abatidos por el mal del mundo o de nuestra vida, dirijamos nuestra oración al Cielo y mantengamos la confianza en que Dios ha vencido al mundo.


PARA TU ORACION PERSONAL 


Respeto y caridad


Nos sorprendía al principio la actitud de los discípulos de Jesús ante el ciego de nacimiento. Se movían en la línea de ese refrán desgraciado: piensa mal, y acertarás. Después, cuando conocen más al Maestro, cuando se dan cuenta de lo que significa ser cristiano, sus opiniones están inspiradas en la comprensión.


En cualquier hombre —escribe Santo Tomás de Aquino— existe algún aspecto por el que los otros pueden considerarlo como superior, conforme a las palabras del Apóstol "llevados por la humildad, teneos unos a otros por superiores" (Philip. II, 3). Según esto, todos los hombres deben honrarse mutuamente. La humildad es la virtud que lleva a descubrir que las muestras de respeto por la persona —por su honor, por su buena fe, por su intimidad—, no son convencionalismos exteriores, sino las primeras manifestaciones de la caridad y de la justicia.


La caridad cristiana no se limita a socorrer al necesitado de bienes económicos; se dirige, antes que nada, a respetar y comprender a cada individuo en cuanto tal, en su intrínseca dignidad de hombre y de hijo del Creador. Por eso, los atentados a la persona —a su reputación, a su honor— denotan, en quien los comete, que no profesa o que no practica algunas verdades de nuestra fe cristiana, y en cualquier caso la carencia de un auténtico amor de Dios. La caridad por la que amamos a Dios y al prójimo es una misma virtud, porque la razón de amar al prójimo es precisamente Dios, y amamos a Dios cuando amamos al prójimo con caridad.


Espero que seremos capaces de sacar consecuencias muy concretas de este rato de conversación, en la presencia del Señor. Principalmente el propósito de no juzgar a los demás, de no ofender ni siquiera con la duda, de ahogar el mal en abundancia de bien, sembrando a nuestro alrededor la convivencia leal, la justicia y la paz.


Y la decisión de no entristecernos nunca, si nuestra conducta recta es mal entendida por otros; si el bien que —con la ayuda continua del Señor— procuramos realizar, es interpretado torcidamente, atribuyéndonos, a través de un ilícito proceso a las intenciones, designios de mal, conducta dolosa y simuladora. Perdonemos siempre, con la sonrisa en los labios. Hablemos claramente, sin rencor, cuando pensemos en conciencia que debemos hablar. Y dejemos todo en las manos de Nuestro Padre Dios, con un divino silencio —Iesus autem tacebat, Jesús callaba—, si se trata de ataques personales, por brutales e indecorosos que sean. Preocupémonos sólo de hacer buenas obras, que El se encargará de que brillen delante de los hombres.


A nuestra reincidencia en el mal, responde Jesús con su insistencia en redimirnos, con abundancia de perdón (Via Crucis, VII estación). Valen tanto los hombres, su vida y su felicidad, que el mismo Hijo de Dios se entrega para redimirlos, para limpiarlos, para elevarlos (Es Cristo que pasa, 165). Tarea del cristiano: ahogar el mal en abundancia de bien (Surco, 864). Acostúmbrate a apedrear a esos pobres «odiadores», como respuesta a sus pedradas, con Avemarías (Forja, 650).


Buen Jesús, yo reconozco que, cuando me siento ofendido, comienza a hervir dentro de mí el deseo del desquite. ¡Exactamente lo que Tú no hiciste! ¡Qué difícil es contener la fantasía de las venganzas pequeñas o grandes que mi imaginación construye. Y, sin embargo, sé que debería pensar en perdonar! Haz, Señor, que, cuando me sienta así, vengan a mi memoria tus palabras: “Amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persigan” (Mt 5, 44), y las de San Pablo: “no te dejes vencer por el mal; al contrario, vence el mal con el bien” (Rm 12, 21). Yo te suplico, Señor, que la meditación de las palabras de San Josemaría para el día de hoy despierten en mí, por su intercesión, decisiones de rezar siempre por los que me causan un mal y de desearles el bien, de “ahogar el mal en abundancia de bien”.


“Habéis oído que se dijo: ‘Ojo por ojo, diente por diente’. Pero yo os digo: no hagáis frente al que os agravia”. En esta expresión de Jesús “habéis oído”, ciertamente se refiere a los preceptos en los que “traducen” la ley los sacerdotes y maestros de la Ley, un modo de entender e interpretar la Ley de Dios que queda desautorizada por lo que les dice enseguida: “pero yo os digo”. Cristo con la misma autoridad de quien dio la Ley al pueblo de Israel la explica y da su sentido pleno. La justicia que proponían no tiene su origen en la caridad, lejos de estar animada por ella, sino más bien parece que tiene su fundamento en la venganza, eso sí, tratando de ordenarla para que no se exceda: “ojo por ojo” pone un límite a la venganza; pero ese es ámbito en el que mueve esa interpretación de la Ley de Dios, que se convierte en ley – así, en minúscula – humana. “El que quiere vengarse, jamás produce justicia. Tan pronto como uno comienza a defenderse contra la injusticia, despierta el odio en el propio corazón, y el resultado es una nueva injusticia” (Romano Guardini, “El Señor. Meditaciones sobre la persona y la vida de Jesucristo”).


Pero también podemos leer una enseñanza más onda para cada uno: “has oído: ojo por ojo”, pero esa es la voz del pecado, del amor de generosidad destruido por el pecado que habita en nosotros. “Yo”, la voz del Espíritu Santo en tu conciencia te digo: renuncia al odio y a la venganza, recorre el camino del perdón y la misericordia, como nos dice San Pablo: “No te dejes vencer por el mal, sino vence el mal con el bien (Rm 12, 21). Sólo el amor vence al odio, “el amor vence siempre, como Cristo ha vencido; el amor ha vencido”. Con cuanta fuerza e insistencia nos ha enseñado San Juan Pablo II esto con su vida y su palabra. No debemos dejarnos engañar por nuestra debilidad, por el maligno. Aquel que es la Verdad, y que la Verdad nos trae la auténtica libertad nos insiste, porque sabe lo que hay en el corazón del hombre y conoce su verdadero bien: No hagáis frente al que os agravia, si uno te abofetea en la mejilla derecha, preséntale la otra; al que quiera ponerte pleito para quitarte la túnica, dale también el manto; a quien te requiera para caminar una milla, acompáñale dos; a quien te pide, dale, y al que te pide prestado, no lo rehúyas.


“El que quiere vengarse, jamás produce justicia. Tan pronto como uno comienza a defenderse contra la injusticia, despierta el odio en el propio corazón, y el resultado es una nueva injusticia” -Pasaje de: Guardini, Romano. “El Señor. Meditaciones sobre la persona y la vida de Jesucristo.” –


La cuestión es cómo podemos vivir así, según este programa de vida, vivir vida verdaderamente humana, una vida que nos conduce por el camino de felicidad porque nos conduce la vida eterna. Sólo hay un modo: “mirar a Cristo”, no apartar nuestros ojos de él, de quien inicia y consuma nuestra fe, de aquel que, despreciando la ignominia, soportó en la cruz la violencia de nuestros pecados, y que está sentado a la diestra del trono de Dios (cf. Hb 12,2). Viviendo de la gracia de Cristo que nos renueva cada día desde dentro y nos convierte de pecador en siervos buenos y fieles (cfr. Mt 25, 21). “La gracia de Dios no es tanto objeto de conquista, cuanto de disponible y gozosa aceptación, como para recibir un don, sin ponerle impedimentos. Esto es posible concretamente, ante todo, mediante una actitud de profunda oración, que lleva consigo precisamente entablar un diálogo con el Señor; luego, mediante una actitud de sincera humildad, puesto que la fe es precisamente la adhesión de la mente y del corazón a la Palabra de Dios; y, finalmente, mediante un comportamiento de auténtica caridad, que deje traslucir todo el amor, del que nosotros ya hemos sido objetos por parte del Señor” (San Juan Pablo II, homilía en la parroquia de Nuestra Señora de Coromoto (15-III-1981)


Madre Nuestra, intercede por nosotros para que tu Hijo nos haga partícipes de su fuerza, para que la gracia de su bondad apresure la salvación que retrasan nuestros pecados.



21 de junio de 2021

QUIEN ES EL PROJIMO

 



Evangelio (Mt 5,38-42)


»Habéis oído que se dijo: Ojo por ojo y diente por diente. Pero yo os digo: no repliquéis al malvado; por el contrario, si alguien te golpea en la mejilla derecha, preséntale también la otra. Al que quiera entrar en pleito contigo para quitarte la túnica, déjale también el manto. A quien te fuerce a andar una milla, vete con él dos. A quien te pida, dale; y no rehúyas al que quiera de ti algo prestado.


Comentario


En el Evangelio de hoy, el Señor nos hace ver que para ser sal de la tierra y luz del mundo hemos de vivificar la justicia por el amor. Vivir la ley de Cristo en plenitud implica saber perdonar, renunciando si es necesario a exigir que se aplique “milimétricamente” la justicia cuando alguien nos ha causado un daño.


En sus palabras, Jesús hace una alusión a la ley del talión: ojo por ojo y diente por diente. En el libro del Éxodo, se menciona esta ley para regular el modo en que se hacía justicia, evitando que se convierta en una venganza desproporcionada: nadie podía excederse, cobrándose el doble, o siete o diez veces más, sino que el castigo sería igual a la ofensa. Ese mismo libro hace una larga lista de posibles agravios (dejar tuerto a alguien, golpear a un esclavo, recibir la cornada de un buey, etc.) y de cómo tendría que ser la reparación.


La solución que nos propone Jesús está por encima de toda casuística. Es una ley de amor, que nos indica el camino para que alcancemos una justicia duradera. Este camino es el perdón. Lógicamente, en la medida de lo posible se debe reparar el daño. Pero en ocasiones, aunque el otro está arrepentido, no está en condiciones de reparar todos sus errores. Y podría suceder que al exigir sin clemencia justicia para nosotros perdamos la capacidad de sanar la relación y perpetuemos los ciclos del odio.


El Señor nos invita a mirar la situación de cada uno. Muchas veces, para conseguir su conversión, será mejor dejarle el manto de nuestra misericordia, que cubre sus defectos, y seguir andando con él pacientemente las millas que hagan falta para que recapacite.


TEXTO PARA TU RATO DE ORACION


¿Quién es mi prójimo? El Señor responde a esta pregunta de un doctor de la Ley con la parábola del buen samaritano. Abre así ante él, y ante nosotros, el horizonte de las bienaventuranzas, que muestran la profundidad de la Ley de Dios. Nuevo editorial sobre la misericordia.

En el pobre hombre asaltado en el camino de Jerusalén a Jericó, los Padres de la Iglesia veían a Adán, y con él -porque Adán significa precisamente “hombre”- a la humanidad maltratada por su propio pecado, por nuestro propio pecado. En el buen samaritano reconocían a Jesús, que viene con paciencia a curarnos, después de que pasaran de largo quienes en realidad no eran capaces de traer al mundo la salvación. Él, en cambio, sí puede, y quiere. Así imagina una antigua y venerable homilía su encuentro con Adán -que es también encuentro con cada uno de nosotros- en su descenso a los infiernos: «Yo soy tu Dios, que por ti y por todos los que han de nacer de ti me he hecho tu hijo; y ahora te digo que tengo el poder de anunciar a los que están encadenados: “Salid”, y a los que se encuentran en las tinieblas: “Iluminaos”, y a los que duermen: “Levantaos”»[9]. Con Jesús, son llamados a llevar su salvación -a ser buenos samaritanos- sus ungidos: los cristianos. Como su Señor, también ellos deben vendar las heridas de los hombres y echar en ellas aceite y vino[10]: deben ser buenos posaderos hasta la vuelta del Samaritano. «Esa posada, si lo advertís, es la Iglesia. Ahora es posada, porque nuestra vida es un ir de paso; será casa que nunca abandonaremos, una vez que hayamos llegado sanos al reino de los cielos. Mientras tanto, aceptamos gustosos la cura en la posada»[11].

Este es el horizonte que el Señor quiere abrir al doctor de la Ley, y con él a todos los cristianos, y a todos los hombres. No le reprocha su estrechez: le hace pensar primero, y después, soñar: «Pues anda (…), y haz tú lo mismo»[12] Como sucede con frecuencia en los Evangelios, es bueno no pasar demasiado deprisa sobre la concisión del relato. La respuesta a la pregunta de Jesús -«¿quién fue su prójimo?»- resulta ciertamente obvia: «el que tuvo misericordia con él»[13]. Lo que no es evidente, en cambio, es por qué el Señor hace esa pregunta, que da la vuelta al planteamiento del doctor de la Ley: «Jesús invierte la perspectiva: no se trata de reconocer al otro como mi semejante, sino de ser capaz de hacerme semejante al otro»[14]. Ante una actitud estrecha, que delimita el campo de acción para hacer el bien -sopesando por ejemplo si los demás pertenecen a mi grupo, o me devolverán después el favor-, el Señor responde invitando a levantar la vista, a ser él mismo prójimo.


La palabra prójimo pasa así, de calificar a un tipo de personas que merecerían mi atención, a convertirse en una cualidad del corazón. Pedagogía de Dios, que da la vuelta a la pregunta ¿a quién hacer el bien?, y así la transfigura: lo que era materia de discusión y casuística en las escuelas rabínicas -dónde estaba el límite, hasta dónde tenía que compadecerme de los demás- se convierte en un reto audaz. El cristiano, decía san Juan Pablo II, «no se pregunta a quién debe amar, porque preguntarse “¿quién es mi prójimo?” ya implica poner límites y condiciones (…) La pregunta legítima no es “¿quién es mi prójimo?”, sino “¿de quién debo hacerme prójimo?”. Y la respuesta es: “cualquiera que sufra necesidad, aunque me sea desconocido, se convierte para mí en prójimo, al que debo ayudar”»[15]. Es la projimidad[16], neologismo del Papa Francisco que nos recuerda nuestra vocación a ser próximos a nuestro prójimo, a ser «islas de misericordia en medio del mar de la indiferencia»[17].

El camino hacia la plenitud de la Ley

CON JESÚS, SON LLAMADOS A LLEVAR SU SALVACIÓN -A SER BUENOS SAMARITANOS- SUS UNGIDOS: LOS CRISTIANOS. COMO SU SEÑOR, TAMBIÉN ELLOS DEBEN VENDAR LAS HERIDAS DE LOS HOMBRES Y ECHAR EN ELLAS ACEITE Y VINO.

Se podría decir que este diálogo con el doctor de la Ley compendia el camino que lleva desde las enseñanzas morales del Antiguo Testamento hasta la plenitud de la vida moral en Cristo. Y es que, como recuerda san Pablo, la Ley del Pueblo Elegido es buena y santa[18], pero no definitiva. Se ordenaba, sobre todo, a preparar los corazones para la llegada de Nuestro Señor.

La pregunta del fariseo -«¿cuál es el mandamiento principal de la Ley?»[19]- parece reflejar cierto agobio ante la multitud de preceptos que, con una visión legalista, se habían ido introduciendo en la vida religiosa israelita. En otro momento, Jesucristo se queja de los doctores de la Ley «porque imponéis a los hombres cargas insoportables, pero vosotros ni con uno de vuestros dedos las tocáis»[20] Aún más, en ocasiones las tradiciones humanas habían acabado por ser una excusa para no sujetarse a un mandato divino: así, el Señor denuncia la actitud de quienes se escudaban con las ofrendas del Templo para no ayudar a sus padres[21]

Por eso, Jesucristo apunta a lo fundamental: el Amor a Dios y al prójimo. De este modo, se cumple lo que dice de Él mismo: que no ha venido «a abolir la Ley o los Profetas; no he venido a abolirlos sino a darles su plenitud»[22]. La Alianza que Dios había celebrado con su Pueblo incluía unas prescripciones que no tenían el sentido original de imponerles cargas sino, muy al contrario, el de llevarles por caminos de libertad: «Hoy pongo ante ti la vida y el bien, o la muerte y el mal. Si escuchas los mandamientos del Señor, tu Dios, que yo te ordeno hoy (…), entonces vivirás y te multiplicarás: el Señor, tu Dios, te bendecirá en la tierra que vas a tomar en posesión»[23]

La tierra prometida a los hebreos es una figura de la tierra interior en la que los hombres y mujeres de todos los tiempos podemos entrar, si vivimos en su auténtico sentido los mandamientos del Señor. Son una puerta para llegar a la comunión con Dios, porque fuera de ella cualquier otra tierra resulta inhóspita: «lo que se necesita para conseguir la felicidad, no es una vida cómoda, sino un corazón enamorado»[24].

Si los preceptos rituales y legales del Pueblo de Israel cesaron con la venida de Jesucristo, los Diez Mandamientos, conocidos también como el Decálogo, son perennes: recogen los principios fundamentales para poder amar a Dios -poniéndolo por encima de todo, respetando su nombre santo, dedicándole los días de fiesta, como hacemos los cristianos el domingo- y a los demás -fomentando el cariño y reverencia a los padres, protegiendo la vida, la pureza de corazón, etc.- ¡Cuántas generaciones de israelitas meditaron la verdad y la solicitud de Padre que entrañan esas diez palabras! «Tus preceptos son mi herencia perpetua, la alegría de mi corazón»[25], una muestra de la misericordia divina, que no quiere que nos extraviemos, que desea que tengamos una vida plena. El mundo puede rebelarse a veces contra los Mandamientos, como si fueran imposiciones trasnochadas, propias de un estadio infantil de la humanidad; pero no faltan ejemplos de cómo se desmoronan las sociedades y las personas cuando creen que pueden ignorarlos. Las diez palabras del Señor son las constantes del universo interior del hombre; si se alteran, su corazón se desfigura.

Para que seáis hijos de vuestro Padre

«PROJIMIDAD»: CON ESTE NEOLOGISMO, EL PAPA FRANCISCO NOS RECUERDA NUESTRA VOCACIÓN A SER PRÓXIMOS A NUESTRO PRÓJIMO, A SER «ISLAS DE MISERICORDIA EN MEDIO DEL MAR DE LA INDIFERENCIA».

El Decálogo queda como englobado en la Nueva Ley que Jesucristo ha instaurado al salvarnos dando su vida en la Cruz. Esta Ley Nueva es la gracia del Espíritu Santo dada mediante la fe en Cristo[26]. Ahora, por tanto, ya no tenemos solo un horizonte moral al que aspirar: se trata de vivir en Jesús, de parecernos cada vez más a Él, dejando que el Espíritu Santo nos transforme, para cumplir así sus mandamientos.

¿Cómo ser más parecidos a Jesucristo? ¿Dónde podemos ver su modo de ser? Dice el Catecismo que «Las bienaventuranzas dibujan el rostro de Jesucristo y describen su caridad»[27] En esas enseñanzas que recogen los evangelios, vemos el retrato de Nuestro Señor, su rostro que revela el amor compasivo el Padre hacia todos los hombres. Estas recogen las promesas hechas al Pueblo Elegido, pero las perfeccionan ordenándolas no ya a la posesión de la tierra, sino al Reino de los Cielos[28].

En el evangelio de Mateo, las primeras cuatro bienaventuranzas se refieren a una actitud o forma de ser que se centra en las palabras de Jesús[29]: «Bienaventurados los pobres de espíritu», «los que lloran», «los mansos», «los que tienen hambre y sed de justicia». Invitan a confiar totalmente en Dios y no en nuestros recursos humanos, a enfrentar con sentido cristiano los sufrimientos, a ser pacientes día a día. A estas bienaventuranzas se añaden otras que ponen el acento en la acción: «Bienaventurados los misericordiosos», «los limpios de corazón», «los pacíficos», y otras más que advierten que para seguir a Jesús hemos de sufrir algunas contradicciones[30], siempre con alegría, pues «la felicidad del Cielo es para los que saben ser felices en la tierra»[31]

EL MUNDO PUEDE REBELARSE A VECES CONTRA LOS MANDAMIENTOS, COMO SI FUERAN IMPOSICIONES TRASNOCHADAS, PROPIAS DE UN ESTADIO INFANTIL DE LA HUMANIDAD; PERO NO FALTAN EJEMPLOS DE CÓMO SE DESMORONAN LAS SOCIEDADES Y LAS PERSONAS CUANDO CREEN QUE PUEDEN IGNORARLOS.

Las bienaventuranzas ciertamente manifiestan la misericordia de Dios, que se empeña en dar un gozo sin límites a quienes lo siguen: «Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo»[32]. No son, sin embargo, una colección de aforismos para imaginar un utópico mundo mejor que alguien se ocupará de hacer posible, o para consolarse falsamente ante las dificultades del momento Por eso, las bienaventuranzas son también llamadas exigentes de Dios al corazón de cada hombre, que empujan a comprometerse a trabajar por el bien y la justicia ya en esta tierra.

Considerar con frecuencia las bienaventuranzas, quizás en la oración personal, ayuda a saber cómo aplicarlas en la vida diaria. Por ejemplo, la mansedumbre se concreta tantas veces en «la sonrisa amable para quien te molesta; aquel silencio ante la acusación injusta; tu bondadosa conversación con los cargantes y los inoportunos; el pasar por alto cada día, a las personas que conviven contigo, un detalle y otro fastidiosos e impertinentes...»[33].

Al mismo tiempo, quien procura vivir según el espíritu de las bienaventuranzas, va incorporando a su personalidad unas actitudes y modos de juzgar las cosas que le dan mayor facilidad para cumplir los mandamientos. La limpieza de corazón le permite ver la imagen de Dios en cada persona, considerándola como alguien digna de respeto y no como objeto para satisfacer unos deseos retorcidos. Ser pacíficos nos lleva a vivir como hijos de Dios, y a reconocer a los demás como hijos suyos, siguiendo ese «camino más excelente»[34] de la caridad, que «todo lo aguanta, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta»[35], transformando los agravios en una ocasión de amar y rezar por quienes hacen daño[36]. En definitiva, amoldar nuestro corazón según los contornos que trazan las bienaventuranzas hace realidad el ideal que Jesucristo nos propone de ser «misericordiosos como vuestro Padre celestial es misericordioso»[37] Nos transformamos en portadores del amor de Dios, aprendemos a ver en los demás a ese prójimo que necesita nuestra ayuda; somos en Cristo ese buen samaritano que sabe conducirse por la misericordia para cumplir en plenitud la ley de la caridad. Nuestro corazón se ensancha entonces, como ocurrió con el de la Virgen Santísima.

15 de junio de 2021

Vivir para los demás


 

Evangelio (Mt 5,43-48)


»Habéis oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo. Pero yo os digo: amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persigan, para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos, que hace salir su sol sobre buenos y malos, y hace llover sobre justos y pecadores. Porque si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa tenéis? ¿No hacen eso también los publicanos? Y si saludáis solamente a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de más? ¿No hacen eso también los paganos? Por eso, sed vosotros perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto.


Comentario


¡Qué grande es el horizonte moral que el Señor nos propone en el Evangelio de hoy! «Sed vosotros perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto» (v. 48). Para entenderlo bien, lo hemos de leer a la luz de la nueva vida que Jesús nos trae. Se trata de una vida de gracia, en la que el Padre nos regala las fuerzas espirituales para aspirar a la perfección.


Esa perfección a la que Jesús nos llama no es perfeccionista: no se trata de que todas nuestras acciones exteriores sean óptimas y sin limitaciones, sino de que nuestro obrar esté empapado del amor de Dios, a pesar de nuestros defectos. Lo importante es ir perfeccionando la caridad. Dejar que el Señor cambie nuestro modo de ver y sentir, para que nuestro corazón sea más como el suyo. Y así, gradualmente, está transformación se irá reflejando en nuestras obras.


Precisamente este mismo Evangelio nos propone una clara manifestación de la caridad. Se trata de convivir con todos, sin clasificar el mundo entre “amigos” y “enemigos”. A veces ocurre que nos encontramos con personas que se oponen a nosotros y no acertamos a descubrir el motivo. Jesús nos invita a no desanimarnos y a seguir tratándolos con amabilidad. El Padre los sigue considerando sus hijos, y les da el sol y la lluvia, los cuida esperando el momento de su conversión. Y quizá nuestra paciencia pueda ser el instrumento para que cambien de vida.


Muchos malentendidos se resuelven a base de gestos de amor. Cuando alguien ha perdido la confianza, quizá las explicaciones no son bien recibidas. Es el momento de ir a lo concreto, de conquistar al otro con detalles diarios de afecto. San Josemaría decía que los demás pueden cambiar su opinión de nosotros «cuando se den cuenta de que “de verdad” les quieres. De ti depende» (San Josemaría, Surco, n. 734). Con la ayuda de Dios, procuremos encontrar esos gestos que hacen que los demás se sepan queridos.


TEXTO PARA TU RATO DE ORACION 

del Papa Benedicto XVI


Cada generación ha de pensar qué dejará a la sociedad, a los hombres que han de venir, qué hacer –y cómo– para que se encuentren mañana un mundo mejor. «La fe nos enseña que en Cristo Jesús, Verbo encarnado, logramos comprender la grandeza de nuestra propia humanidad, el misterio de nuestra vida en la tierra y el sublime destino que nos aguarda en el cielo (cfr. Gaudium et spes, n. 24). La fe nos enseña también que somos criaturas de Dios, hechas a su imagen y semejanza, dotadas de una dignidad inviolable y llamadas a la vida eterna»[2]. El mensaje cristiano permite reconocer la verdadera dignidad del hombre, y proporciona los medios para obrar de acuerdo a la verdad.


La sociedad necesita el espíritu evangelizador de la Iglesia, que nos transmite, siempre actuales, las enseñanzas de Jesucristo; y el Señor quiere –nos lo ha demostrado con el ejemplo de su vida– que los cristianos pensemos en quienes nos rodean, y sirvamos a la sociedad. Ahí está también el secreto de la felicidad cristiana: hacerse portador del mensaje de Jesús.


El apostolado, manifestación de la caridad


EL SEÑOR QUIERE QUE LOS CRISTIANOS PENSEMOS EN QUIENES NOS RODEAN, Y SIRVAMOS A LA SOCIEDAD. AHÍ ESTÁ TAMBIÉN EL SECRETO DE LA FELICIDAD CRISTIANA: HACERSE PORTADOR DEL MENSAJE DE JESÚS

El apostolado nace precisamente de la conciencia de la misión de caridad a la que Dios nos llama. El cristiano es testigo de la caridad de Cristo entre los demás hombres y de la comunión. Por eso, el apostolado no puede convertirse en una técnica, ni en una estrategia para llevar las almas a Dios; tampoco consiste en un conjunto de deberes, pues desde el amor sale natural, y siempre se tiene presente que la eficacia es divina, aunque Dios cuenta con la disposición de las personas.


Caridad y apostolado van de la mano; es más, se puede decir que son inseparables, pues la caridad agudiza el ingenio para descubrir cómo mejorar la categoría del servicio a los otros. El mensaje recibido por San Josemaría también habla de la relación entre caridad y apostolado, y nos indica que ambas –la caridad apostólica, el apostolado vivido por amor– se identifican con la amistad: La caridad exige que se viva (…) la amistad[3].


En un cristiano, en un hijo de Dios, amistad y caridad forman una sola cosa: luz divina que da calor[4]. La virtud de la caridad nos acerca profundamente al prójimo; con la ayuda de la gracia, el cristiano descubre en el otro al hermano, a un hijo de Dios, hermano de Jesucristo; encuentra a Dios mismo que nos entrega su imagen hecha hombre para que la respetemos y le demos la honra debida. El apostolado, que tiende a identificarse con la amistad, no es sino venerar –insisto– la imagen de Dios que hay en cada hombre, procurando que también él la contemple, para que sepa dirigirse a Cristo[5].


La caridad verdadera se distingue de la sociabilidad natural, y va mucho más allá de los lazos de sangre y de la camaradería entre amigos de diversión o de juego; también se distingue de la compasión que podemos sentir por la soledad y la miseria ajenas. Su medida es el amor que Cristo expresó en el “mandamiento nuevo”, el amor divino, un cariño como el que yo os he tenido y sigo manteniendo vivo, porque nace de las mismas entrañas de la Vida de la Trinidad. Un amor que no se para en los defectos físicos o de carácter, un deseo de estar con los hijos de los hombres que no ha frenado ni el pecado ni el rechazo ni la Cruz. La virtud de la caridad es el mismo Amor que Dios pone en el corazón del cristiano para asumir y elevar sobrenaturalmente los amores humanos, nuestros anhelos y aspiraciones.


El que no ama no conoce a Dios, porque Dios es amor[6]. Parafraseando a San Juan, podríamos añadir que quien no ama tampoco conoce a su prójimo, porque no es capaz de reconocer la imagen de Dios en los demás. La falta de caridad embota tanto la inteligencia y las demás potencias que le hace insensible a los requerimientos del Señor, y le impide dar el justo agradecimiento al prójimo. Pero, lo que es todavía más grave, le imposibilita que el Señor lo reconozca en calidad de hijo suyo: es como si se impidiese a Dios tocar el alma de quien se ha cerrado completamente a la gracia.


La importancia de cada persona


La caridad adquiere su pleno sentido cuando nos ponemos al servicio de los demás; cuando aceptamos que la vocación cristiana consiste en ser un don para los otros, de modo que muchos encuentren a Cristo.


Es el ejemplo que Jesús mismo nos ha dejado, y del que nos hablan los testigos de su paso por la tierra: se alegra con las alegrías de sus amigos[7], y sufre ante su dolor[8]. Siempre tuvo tiempo para detenerse con los demás: se sobrepuso al cansancio para hablar con la samaritana[9]; se detuvo con la hemorroísa, cuando le esperaban en la casa de Jairo[10]; y en el dolor de la Cruz, entabla con el buen ladrón un diálogo que abre las puertas del Cielo[11]. Además, el suyo fue un cariño concreto: le vemos preocupado por el alimento de quienes le rodean, y poniendo los medios para atender esa necesidad material[12]; se interesa por que los discípulos descansen, y los lleva a un lugar apartado para gozar de su compañía[13]. Los ejemplos podrían multiplicarse, pero en el fondo todos nos indican la categoría que Dios da a cada persona.


En esto se manifiesta la amistad, en poner en primer lugar a los demás, en dedicarles tiempo, es decir, trato personal. Esa fue la clave que nos dio nuestro Padre para mostrar a Cristo, y Jesús nos lo enseñó con su vida: siempre tuvo tiempo para dedicarse a cada uno, para detenerse con todos. La caridad conquista su verdadero sentido cuando la vida del otro se convierte en la prioridad de mi vida. Las personas que se acercan a un auténtico cristiano han de descubrir el amor personal de Dios, al palpar cómo se les trata, cómo se les valora, cómo se les escucha, cómo se tienen en cuenta sus virtudes, cómo se les hace partícipes de esta aventura sobrenatural.


¿Cómo ayudar a las almas en esa dirección espiritual que, quizá sin ese nombre, se da en el apostolado? Medita: los instrumentos más fuertes y eficaces, si se les trata mal, se mellan, se desgastan y se inutilizan[14]. Expresado en positivo, se trata de hacer ver a cada persona los talentos que ha recibido de Dios, y algunos modos de ponerlos al servicio de quienes le rodean; se estimula su iniciativa, como hizo Jesús con los apóstoles formándoles uno a uno, buscando que todos den lo mejor de sí; nos hacemos cargo de su situación, de sus imperativos familiares o laborales, situándonos en su lugar; compartimos los proyectos, los desafíos de la sociedad de hoy, la misión de la Iglesia y de la Obra en un mundo que clama sal y luz, aun sin saberlo.


Y todo ello, aderezado con la sal de la caridad. La caridad es paciente, la caridad es amable; no es envidiosa, no obra con soberbia, no se jacta, no es ambiciosa, no busca lo suyo, no se irrita, no toma en cuenta el mal, no se alegra por la injusticia, se complace en la verdad; todo lo aguanta, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta[15]. La caridad está dispuesta a buscar el bien de todos, por eso requiere un corazón grande, generoso, que aprenda a superar los propios defectos y los ajenos, los enfados, el malhumor, las contestaciones desagradables. Es paciente, con fortaleza de espíritu: sabe esperar, no humilla, por amor soporta cualquier cosa. No murmura ni se goza en el dolor o en las contrariedades que sufren los otros, no intenta sobresalir. Tiene siempre a mano una palabra amable de comprensión y serenidad.


El valor de la amistad


San Josemaría ha dado un ejemplo de cómo ser amigos de nuestro amigos. El amigo, como han dicho los clásicos, es como otro yo. Alguien que nos ayuda a hacer más llevadera la vida, que nos acompaña en los apuros y comparte alegrías y penas. Es alguien con quien nos confiamos, porque de él podemos fiarnos. Solía decir que necesitamos apoyarnos los unos en los otros, para recorrer el camino de la vida, convertir en realidad nuestras ilusiones, superar las dificultades, gozar del producto de nuestros afanes.


«EL CRISTIANISMO NO ES OBRA DE PERSUASIÓN, SINO DE GRANDEZA», DIJO SAN IGNACIO DE ANTIOQUÍA

La amistad es algo que se comunica, que se nota, que se puede casi palpar: se siente que estamos en sintonía con el amigo, que hay afinidad, que nos encontramos a gusto. Para un cristiano, la amistad es asumida y elevada por la gracia; consiste, en definitiva, en comunicar a los otros la vida de Cristo. La amistad se transforma así en un verdadero regalo de Dios, inseparable de la caridad.


Cada cual debe profundizar en el valor que da a la amistad, para salir del limitado círculo de personas que trata. El cristiano ha de fomentar un sano espíritu de diálogo con todo tipo de personas, evitando que las propias opiniones le lleven a discriminaciones injustas, o que su modo de ser o decir se haga odioso para quienes piensen de modo distinto. Para lograrlo, es importante escuchar las razones del otro, interiorizar sus argumentos; de otro modo no habría verdadero diálogo, porque notarían que no nos interesa lo que dicen: es preciso saber mirar también desde su punto de vista.


Esto no significa transigir en cuestiones que no nos pertenecen, pues son de Dios, o que –por temor a contristar– se oculten o tergiversen las enseñanzas de Jesús. Una actitud así supondría engañar a quienes queremos, o cerrarles el camino a la única verdad que puede satisfacer plenamente sus corazones y aplacar sus inquietudes. Antes bien, la caridad de Cristo robustece las propias opiniones, al tiempo que sosiega el corazón y dulcifica los modos de decir. De esta forma, hacemos más cercano el mensaje de Jesús, portador de esperanza y salvación: al dar un consejo, o al corregir una actitud, el cariño hace que nuestras palabras no hieran, ni presupongan que se está juzgando al interesado; hace, en definitiva, que sean percibidas como lo que son: sincero deseo de que nuestros amigos sean felices.Se experimenta, entonces, la profundidad de aquellas palabras de San Ignacio de Antioquía: «El cristianismo no es obra de persuasión, sino de grandeza»[16]. Esa grandeza es la caridad de Cristo, pues las personas se acercarán a Dios no tanto por nuestros argumentos, sino sobre todo por lo que somos, con la gracia de Dios.


Cada generación de cristianos ha de redimir, ha de santificar su propio tiempo: para eso, necesita comprender y compartir las ansias de los otros hombres, sus iguales, a fin de darles a conocer, con don de lenguas cómo deben corresponder a la acción del Espíritu Santo, a la efusión permanente de las riquezas del Corazón divino. A nosotros, los cristianos, nos corresponde anunciar en estos días, a ese mundo del que somos y en el que vivimos, el mensaje antiguo y nuevo del Evangelio[17].