"Hago todos los días mi "ratito" de oración: ¡si no fuera por eso!" (Camino, 106)

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15 de junio de 2021

Vivir para los demás


 

Evangelio (Mt 5,43-48)


»Habéis oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo. Pero yo os digo: amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persigan, para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos, que hace salir su sol sobre buenos y malos, y hace llover sobre justos y pecadores. Porque si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa tenéis? ¿No hacen eso también los publicanos? Y si saludáis solamente a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de más? ¿No hacen eso también los paganos? Por eso, sed vosotros perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto.


Comentario


¡Qué grande es el horizonte moral que el Señor nos propone en el Evangelio de hoy! «Sed vosotros perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto» (v. 48). Para entenderlo bien, lo hemos de leer a la luz de la nueva vida que Jesús nos trae. Se trata de una vida de gracia, en la que el Padre nos regala las fuerzas espirituales para aspirar a la perfección.


Esa perfección a la que Jesús nos llama no es perfeccionista: no se trata de que todas nuestras acciones exteriores sean óptimas y sin limitaciones, sino de que nuestro obrar esté empapado del amor de Dios, a pesar de nuestros defectos. Lo importante es ir perfeccionando la caridad. Dejar que el Señor cambie nuestro modo de ver y sentir, para que nuestro corazón sea más como el suyo. Y así, gradualmente, está transformación se irá reflejando en nuestras obras.


Precisamente este mismo Evangelio nos propone una clara manifestación de la caridad. Se trata de convivir con todos, sin clasificar el mundo entre “amigos” y “enemigos”. A veces ocurre que nos encontramos con personas que se oponen a nosotros y no acertamos a descubrir el motivo. Jesús nos invita a no desanimarnos y a seguir tratándolos con amabilidad. El Padre los sigue considerando sus hijos, y les da el sol y la lluvia, los cuida esperando el momento de su conversión. Y quizá nuestra paciencia pueda ser el instrumento para que cambien de vida.


Muchos malentendidos se resuelven a base de gestos de amor. Cuando alguien ha perdido la confianza, quizá las explicaciones no son bien recibidas. Es el momento de ir a lo concreto, de conquistar al otro con detalles diarios de afecto. San Josemaría decía que los demás pueden cambiar su opinión de nosotros «cuando se den cuenta de que “de verdad” les quieres. De ti depende» (San Josemaría, Surco, n. 734). Con la ayuda de Dios, procuremos encontrar esos gestos que hacen que los demás se sepan queridos.


TEXTO PARA TU RATO DE ORACION 

del Papa Benedicto XVI


Cada generación ha de pensar qué dejará a la sociedad, a los hombres que han de venir, qué hacer –y cómo– para que se encuentren mañana un mundo mejor. «La fe nos enseña que en Cristo Jesús, Verbo encarnado, logramos comprender la grandeza de nuestra propia humanidad, el misterio de nuestra vida en la tierra y el sublime destino que nos aguarda en el cielo (cfr. Gaudium et spes, n. 24). La fe nos enseña también que somos criaturas de Dios, hechas a su imagen y semejanza, dotadas de una dignidad inviolable y llamadas a la vida eterna»[2]. El mensaje cristiano permite reconocer la verdadera dignidad del hombre, y proporciona los medios para obrar de acuerdo a la verdad.


La sociedad necesita el espíritu evangelizador de la Iglesia, que nos transmite, siempre actuales, las enseñanzas de Jesucristo; y el Señor quiere –nos lo ha demostrado con el ejemplo de su vida– que los cristianos pensemos en quienes nos rodean, y sirvamos a la sociedad. Ahí está también el secreto de la felicidad cristiana: hacerse portador del mensaje de Jesús.


El apostolado, manifestación de la caridad


EL SEÑOR QUIERE QUE LOS CRISTIANOS PENSEMOS EN QUIENES NOS RODEAN, Y SIRVAMOS A LA SOCIEDAD. AHÍ ESTÁ TAMBIÉN EL SECRETO DE LA FELICIDAD CRISTIANA: HACERSE PORTADOR DEL MENSAJE DE JESÚS

El apostolado nace precisamente de la conciencia de la misión de caridad a la que Dios nos llama. El cristiano es testigo de la caridad de Cristo entre los demás hombres y de la comunión. Por eso, el apostolado no puede convertirse en una técnica, ni en una estrategia para llevar las almas a Dios; tampoco consiste en un conjunto de deberes, pues desde el amor sale natural, y siempre se tiene presente que la eficacia es divina, aunque Dios cuenta con la disposición de las personas.


Caridad y apostolado van de la mano; es más, se puede decir que son inseparables, pues la caridad agudiza el ingenio para descubrir cómo mejorar la categoría del servicio a los otros. El mensaje recibido por San Josemaría también habla de la relación entre caridad y apostolado, y nos indica que ambas –la caridad apostólica, el apostolado vivido por amor– se identifican con la amistad: La caridad exige que se viva (…) la amistad[3].


En un cristiano, en un hijo de Dios, amistad y caridad forman una sola cosa: luz divina que da calor[4]. La virtud de la caridad nos acerca profundamente al prójimo; con la ayuda de la gracia, el cristiano descubre en el otro al hermano, a un hijo de Dios, hermano de Jesucristo; encuentra a Dios mismo que nos entrega su imagen hecha hombre para que la respetemos y le demos la honra debida. El apostolado, que tiende a identificarse con la amistad, no es sino venerar –insisto– la imagen de Dios que hay en cada hombre, procurando que también él la contemple, para que sepa dirigirse a Cristo[5].


La caridad verdadera se distingue de la sociabilidad natural, y va mucho más allá de los lazos de sangre y de la camaradería entre amigos de diversión o de juego; también se distingue de la compasión que podemos sentir por la soledad y la miseria ajenas. Su medida es el amor que Cristo expresó en el “mandamiento nuevo”, el amor divino, un cariño como el que yo os he tenido y sigo manteniendo vivo, porque nace de las mismas entrañas de la Vida de la Trinidad. Un amor que no se para en los defectos físicos o de carácter, un deseo de estar con los hijos de los hombres que no ha frenado ni el pecado ni el rechazo ni la Cruz. La virtud de la caridad es el mismo Amor que Dios pone en el corazón del cristiano para asumir y elevar sobrenaturalmente los amores humanos, nuestros anhelos y aspiraciones.


El que no ama no conoce a Dios, porque Dios es amor[6]. Parafraseando a San Juan, podríamos añadir que quien no ama tampoco conoce a su prójimo, porque no es capaz de reconocer la imagen de Dios en los demás. La falta de caridad embota tanto la inteligencia y las demás potencias que le hace insensible a los requerimientos del Señor, y le impide dar el justo agradecimiento al prójimo. Pero, lo que es todavía más grave, le imposibilita que el Señor lo reconozca en calidad de hijo suyo: es como si se impidiese a Dios tocar el alma de quien se ha cerrado completamente a la gracia.


La importancia de cada persona


La caridad adquiere su pleno sentido cuando nos ponemos al servicio de los demás; cuando aceptamos que la vocación cristiana consiste en ser un don para los otros, de modo que muchos encuentren a Cristo.


Es el ejemplo que Jesús mismo nos ha dejado, y del que nos hablan los testigos de su paso por la tierra: se alegra con las alegrías de sus amigos[7], y sufre ante su dolor[8]. Siempre tuvo tiempo para detenerse con los demás: se sobrepuso al cansancio para hablar con la samaritana[9]; se detuvo con la hemorroísa, cuando le esperaban en la casa de Jairo[10]; y en el dolor de la Cruz, entabla con el buen ladrón un diálogo que abre las puertas del Cielo[11]. Además, el suyo fue un cariño concreto: le vemos preocupado por el alimento de quienes le rodean, y poniendo los medios para atender esa necesidad material[12]; se interesa por que los discípulos descansen, y los lleva a un lugar apartado para gozar de su compañía[13]. Los ejemplos podrían multiplicarse, pero en el fondo todos nos indican la categoría que Dios da a cada persona.


En esto se manifiesta la amistad, en poner en primer lugar a los demás, en dedicarles tiempo, es decir, trato personal. Esa fue la clave que nos dio nuestro Padre para mostrar a Cristo, y Jesús nos lo enseñó con su vida: siempre tuvo tiempo para dedicarse a cada uno, para detenerse con todos. La caridad conquista su verdadero sentido cuando la vida del otro se convierte en la prioridad de mi vida. Las personas que se acercan a un auténtico cristiano han de descubrir el amor personal de Dios, al palpar cómo se les trata, cómo se les valora, cómo se les escucha, cómo se tienen en cuenta sus virtudes, cómo se les hace partícipes de esta aventura sobrenatural.


¿Cómo ayudar a las almas en esa dirección espiritual que, quizá sin ese nombre, se da en el apostolado? Medita: los instrumentos más fuertes y eficaces, si se les trata mal, se mellan, se desgastan y se inutilizan[14]. Expresado en positivo, se trata de hacer ver a cada persona los talentos que ha recibido de Dios, y algunos modos de ponerlos al servicio de quienes le rodean; se estimula su iniciativa, como hizo Jesús con los apóstoles formándoles uno a uno, buscando que todos den lo mejor de sí; nos hacemos cargo de su situación, de sus imperativos familiares o laborales, situándonos en su lugar; compartimos los proyectos, los desafíos de la sociedad de hoy, la misión de la Iglesia y de la Obra en un mundo que clama sal y luz, aun sin saberlo.


Y todo ello, aderezado con la sal de la caridad. La caridad es paciente, la caridad es amable; no es envidiosa, no obra con soberbia, no se jacta, no es ambiciosa, no busca lo suyo, no se irrita, no toma en cuenta el mal, no se alegra por la injusticia, se complace en la verdad; todo lo aguanta, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta[15]. La caridad está dispuesta a buscar el bien de todos, por eso requiere un corazón grande, generoso, que aprenda a superar los propios defectos y los ajenos, los enfados, el malhumor, las contestaciones desagradables. Es paciente, con fortaleza de espíritu: sabe esperar, no humilla, por amor soporta cualquier cosa. No murmura ni se goza en el dolor o en las contrariedades que sufren los otros, no intenta sobresalir. Tiene siempre a mano una palabra amable de comprensión y serenidad.


El valor de la amistad


San Josemaría ha dado un ejemplo de cómo ser amigos de nuestro amigos. El amigo, como han dicho los clásicos, es como otro yo. Alguien que nos ayuda a hacer más llevadera la vida, que nos acompaña en los apuros y comparte alegrías y penas. Es alguien con quien nos confiamos, porque de él podemos fiarnos. Solía decir que necesitamos apoyarnos los unos en los otros, para recorrer el camino de la vida, convertir en realidad nuestras ilusiones, superar las dificultades, gozar del producto de nuestros afanes.


«EL CRISTIANISMO NO ES OBRA DE PERSUASIÓN, SINO DE GRANDEZA», DIJO SAN IGNACIO DE ANTIOQUÍA

La amistad es algo que se comunica, que se nota, que se puede casi palpar: se siente que estamos en sintonía con el amigo, que hay afinidad, que nos encontramos a gusto. Para un cristiano, la amistad es asumida y elevada por la gracia; consiste, en definitiva, en comunicar a los otros la vida de Cristo. La amistad se transforma así en un verdadero regalo de Dios, inseparable de la caridad.


Cada cual debe profundizar en el valor que da a la amistad, para salir del limitado círculo de personas que trata. El cristiano ha de fomentar un sano espíritu de diálogo con todo tipo de personas, evitando que las propias opiniones le lleven a discriminaciones injustas, o que su modo de ser o decir se haga odioso para quienes piensen de modo distinto. Para lograrlo, es importante escuchar las razones del otro, interiorizar sus argumentos; de otro modo no habría verdadero diálogo, porque notarían que no nos interesa lo que dicen: es preciso saber mirar también desde su punto de vista.


Esto no significa transigir en cuestiones que no nos pertenecen, pues son de Dios, o que –por temor a contristar– se oculten o tergiversen las enseñanzas de Jesús. Una actitud así supondría engañar a quienes queremos, o cerrarles el camino a la única verdad que puede satisfacer plenamente sus corazones y aplacar sus inquietudes. Antes bien, la caridad de Cristo robustece las propias opiniones, al tiempo que sosiega el corazón y dulcifica los modos de decir. De esta forma, hacemos más cercano el mensaje de Jesús, portador de esperanza y salvación: al dar un consejo, o al corregir una actitud, el cariño hace que nuestras palabras no hieran, ni presupongan que se está juzgando al interesado; hace, en definitiva, que sean percibidas como lo que son: sincero deseo de que nuestros amigos sean felices.Se experimenta, entonces, la profundidad de aquellas palabras de San Ignacio de Antioquía: «El cristianismo no es obra de persuasión, sino de grandeza»[16]. Esa grandeza es la caridad de Cristo, pues las personas se acercarán a Dios no tanto por nuestros argumentos, sino sobre todo por lo que somos, con la gracia de Dios.


Cada generación de cristianos ha de redimir, ha de santificar su propio tiempo: para eso, necesita comprender y compartir las ansias de los otros hombres, sus iguales, a fin de darles a conocer, con don de lenguas cómo deben corresponder a la acción del Espíritu Santo, a la efusión permanente de las riquezas del Corazón divino. A nosotros, los cristianos, nos corresponde anunciar en estos días, a ese mundo del que somos y en el que vivimos, el mensaje antiguo y nuevo del Evangelio[17].


23 de noviembre de 2020

LA VIUDA POBRE

 

—No tener miedo a ser generosos sin límite.

— Entrega sin condiciones. No negarle nada al Señor.

— Generosidad de Dios.


I. Eran muchas las ofrendas que cada día se presentaban al Señor en el Templo de Jerusalén. Unas correspondían a los productos de la tierra en señal del supremo dominio divino sobre todo lo creado. Consistían en harina y aceite, espigas o pan cocido, sobre las que se depositaba incienso, expresando el deseo de que fueran agradables al Señor1. Parte de la oblación se quemaba sobre el altar, y parte era consumida por el sacerdote en el interior del Templo2. El holocausto era un sacrificio en el que la víctima (un cordero, un ave...), previamente sacrificada, se destruía completamente, casi siempre a través del fuego. Holocausto significaba precisamente que en el sacrificio la víctima se quemaba enteramente. En tiempos del Señor se ofrecía mañana y tarde, y por eso se llamaba sacrificio perpetuo3. Era figura del que había de venir, el sacrificio eucarístico.


También los judíos, como ofrenda a Dios y para el sostenimiento del Templo, depositaban sus limosnas en un lugar visible por todos, el gazofilacio. Un día Jesús se encontraba cerca de este lugar y miraba cómo la gente echaba en él monedas de cobre, y bastantes ricos echaban mucho4. Vio también cómo se acercaba una viuda pobre y echó dos pequeñas monedas5. San Marcos incluso nos ha señalado el valor de estas monedas: la cuarta parte de un as, una cantidad insignificante. Sin embargo, el Señor se conmovió al paso de esta mujer, pues supo enseguida todo lo que representaba para ella. Su ofrenda fue más importante para Dios que la de todos los demás. Aquella pobre viuda dio todo lo que tenía para vivir. Los demás habían echado de lo que les sobraba, esta de lo que le era necesario. Haría la ofrenda con mucho amor, con una gran confianza en la Providencia divina, y Dios la recompensaría incluso en sus días aquí en la tierra. «Ellos echaron mucho de lo mucho que tenían –comenta San Agustín–; ella echó todo lo que poseía. Mucho tenía, pues tenía a Dios en su corazón. Es más poseer a Dios en el alma que oro en el arca. ¿Quién echó más que la viuda que no se reservó nada para Sí?»6. A nosotros nos enseña hoy este pasaje que se lee en el Evangelio de la Misa a no tener miedo a ser generosos con Dios y con las obras buenas en servicio del Señor y de los demás, incluso a sacrificar aquello que nos parece necesario para la vida. ¡Qué poco nos es realmente necesario! A Dios hemos de ofrecerle lo que somos y lo que tenemos, sin reservarnos ni siquiera una parte pequeña para nosotros. Existe un antiguo refrán que viene a decir que a Dios se le conquista con la última moneda. ¿Hay algo en nuestro corazón que no sea del Señor? ¿Tiempo, bienes, amigos...? ¿Qué nos pide Jesús ahora? ¿Qué cosas deberíamos quizá cortar o dejarlas en segundo plano?


Tanta alegría le produjo al Señor aquel gesto de la mujer que enseguida sintió la necesidad de comunicarlo a sus discípulos7. Es el mismo gozo que experimenta su Corazón cuando nos entregamos del todo. «El Reino de Dios no tiene precio, y sin embargo cuesta exactamente lo que tengas (...). A Pedro y a Andrés les costó el abandono de una barca y de unas redes; a la viuda le costó dos moneditas de plata (cfr. Lc 21, 2); a otro, un vaso de agua fresca (cfr. Mt 10, 42)...»8.


II. El Señor, a lo largo de su predicación en los tres años de vida pública, y especialmente con su entrega a la Pasión y Muerte, llama a quienes le siguen a ofrecerse a Dios Padre, no ya por medio del sacrificio de animales, aves o frutos del campo, como en el Antiguo Testamento, sino de sí mismos. San Pablo lo recordará a los primeros cristianos de Roma: Os exhorto, pues, hermanos, por la misericordia de Dios, a que ofrezcáis vuestros cuerpos como hostia viva, santa, agradable a Dios: este es vuestro culto espiritual9. Especialmente en la Santa Misa, el cristiano puede y debe ofrecerse juntamente con Cristo, pues «para que la oblación, con la cual en este Sacrificio los fieles ofrecen al Padre celestial la víctima divina, alcance su pleno efecto (...) es preciso que se inmolen a sí mismos como hostias (...) y, deseosos de asemejarse a Jesucristo, que sufrió tan acerbos dolores, se ofrezcan como hostia espiritual con el mismo Sumo y eterno Sacerdote y por medio de Él mismo»10.


Esta entrega se realiza cada día, ordinariamente en pequeños actos que van desde el esmero en ofrecer el día al comenzar la jornada, hasta las atenciones que requiere la convivencia con los demás; con el corazón siempre dispuesto a lo que el Señor quiera pedirnos, con una disposición de no negarle nada. Nuestra entrega ha de ser plena, sin condiciones. En uno de los escritos más antiguos de la Cristiandad primitiva se dice que cuando un hombre llena de buen vino unas tinajas muy bien preparadas y de ellas deja algunas a medio llenar, si luego las revisa de nuevo, no examina las que dejó llenas –pues sabe que el vino allí guardado se conserva bien–, sino que mira las que están a medio llenar, pues teme con razón que se hayan agriado11. Lo mismo pasa con las almas. La «media entrega» acaba rompiendo la amistad con el Maestro. Solo una generosidad plena nos permitirá seguir el ritmo de sus pasos. De otra manera cada vez nos veríamos más distanciados y Él llegaría a ser solo una figura lejana y desdibujada. El cristiano, si quiere ser coherente con su fe, habrá de decidirse a ser de Dios sin reservas, sin dejar ningún campo fuera de Él. El Señor se constituye así en el centro de todos los afectos e ilusiones del discípulo. Esta entrega de lo que somos y tenemos se realiza cada día en la fidelidad, en pequeños detalles, a los compromisos que tenemos con el Señor y con los demás.


No temamos poner a disposición de Jesús todo lo que tenemos. No dudemos en darnos nosotros por entero. «Cuando los hipócritas planteen a vuestro alrededor la duda de si el Señor tiene derecho a pediros tanto, no os dejéis engañar. Al contrario, os pondréis en presencia de Dios sin condiciones, dóciles, como la arcilla en manos del alfarero (Jer 18, 6), y le confesaréis rendidamente: Deus meus et omnia! Tú eres mi Dios y mi todo»12.


III. Cuenta una antigua leyenda oriental que todo aquel que se encontraba con el rey estaba obligado a ofrecerle un presente. Un día un pobre campesino se encontró con el monarca. Y como no tenía cosa alguna que presentarle, tomó un poco de agua en el hueco de la mano y ofreció al soberano aquel sencillísimo obsequio. Al rey le agradó mucho la buena voluntad de aquel súbdito, y mandó –pues era un hombre espléndido– que le diesen como recompensa una escudilla llena de monedas de oro.


El Señor, más generoso que todos los reyes de la tierra, prometió el ciento por uno en esta vida, y luego la vida eterna13. Él nos quiere felices también en esta vida: quienes le siguen con generosidad obtienen, ya aquí en la tierra, un gozo y una paz que superan con mucho las alegrías y consuelos humanos. Esta alegría es un anticipo del Cielo, El tenerle cerca es ya la mejor retribución. «Es tan agradecido –escribe Santa Teresa–, que un alzar los ojos con acordarnos de Él no deja sin premio»14.


Cada día, el Señor espera la ofrenda sencilla de nuestros trabajos15 16, de las pequeñas dificultades que siempre encontraremos, de la caridad bien vivida, del tiempo gastado en favor de los demás, de la limosna generosa... En esta entrega diaria a los demás «es necesario andar más allá de la estricta justicia, según la ejemplar conducta de la viuda que nos enseña a dar con generosidad aun de aquello que pertenece a las propias necesidades. Sobre todo se debe tener presente que Dios no mide los actos humanos con una medida que se para en las apariencias del cuánto se ha dado. Dios mide según la medida de los valores interiores del cómo se pone a disposición del prójimo: medida según el grado de amor con el que nos damos libremente al servicio de los hermanos»17.


Nuestras ofrendas a Dios, muchas veces de tan poca importancia aparente, llegarán mejor hasta el Señor si lo hacemos a través de Nuestra Señora. «Aquello poco que desees ofrecer –recomienda San Bernardo–, procura depositarlo en aquellas manos de María, graciosísimas y dignísimas de todo aprecio, a fin de que sea ofrecido al Señor sin sufrir de Él repulsa»18.


21 de noviembre de 2020

PRESENTACION DE LA VIRGEN MARIA


— El sentido de la fiesta. 

— Correspondencia a la gracia.

— Imitar a Nuestra Señora en la entrega.


I. Nada sabemos de la vida de Nuestra Señora hasta el momento en que se le aparece el Arcángel para anunciarle que ha sido elegida para ser Madre de Dios. Llena de gracia desde el primer momento de su Concepción Inmaculada, la existencia de María es completamente singular Dios la miró y la custodió en cada instante con un amor único e irrepetible y a la vez fue una Niña normal, que llenó de gozo a todos cuantos la trataron en la vida corriente de un pueblo no demasiado grande.


San Lucas, tan diligente en examinar todas las fuentes que le pudieran aportar noticias y datos, omite cualquier referencia a María Niña. Muy probablemente, Nuestra Señora nada dijo de sus años primeros porque poco había que contar: todo transcurrió en la intimidad de su alma, y en un diálogo continuo con su Padre Dios, que esperaba, sin prisas, el momento inefable y único de la Encarnación. «¡Madre! ¿Por qué ocultaste los años de tu primera juventud? Luego vendrán los Evangelios apócrifos e inventarán mentiras; mentiras piadosas, sí, pero al fin y al cabo imágenes falsas de tu ser verdadero. Y nos dirán que vivías en el Templo, que los ángeles te traían de comer y hablaban contigo... Y así te alejan de nosotros»1, ¡cuando estás tan cerca de nuestro vivir cotidiano!


La fiesta que hoy celebramos no tiene su origen en el Evangelio, sino en una antigua tradición. La Iglesia no ha querido aceptar las narraciones apócrifas que suponían a Nuestra Madre en el Templo, desde la edad de tres años, consagrada a Dios con un voto de virginidad. Pero sí acepta el núcleo esencial de la fiesta2, la dedicación que la Virgen hizo de sí misma al Señor, ya desde su infancia, movida por el Espíritu Santo, de cuya gracia estaba llena desde el primer instante de su concepción. Esta entrega plena de María a Dios conforme va creciendo sí que es real y ejemplar para nosotros, pues nos mueve a no reservarnos nada.


Hoy es la fiesta de la absoluta pertenencia de la Virgen a Dios y de su plena entrega a los planes divinos. Por esta plena pertenencia, que incluye la dedicación virginal, Nuestra Señora podrá decir al Ángel: no conozco varón3. Desvela delicadamente una historia de entrega que había tenido lugar en la intimidad de su alma. María es ya una primicia del Nuevo Testamento, en el que la excelencia de la virginidad sobre el matrimonio cobrará todo su valor, sin menguar la santidad de la unión conyugal, que Cristo mismo elevará a la dignidad de sacramento4.


Hoy le pedimos a Ella que nos ayude a hacer realidad cada día esa entrega del corazón que Dios nos pide, según nuestra peculiar vocación recibida de Dios. «Ponte en coloquio con Santa María, y confíale: ¡oh, Señora!, para vivir el ideal que Dios ha metido en mi corazón, necesito volar... muy alto, ¡muy alto!


»No basta despegarte, con la ayuda divina, de las cosas de este mundo, sabiendo que son tierra. Más incluso: aunque el universo entero lo coloques en un montón bajo tus pies, para estar más cerca del Cielo... ¡no basta!


»Necesitas volar, sin apoyarte en nada de aquí, pendiente de la voz y del soplo del Espíritu. Pero, me dices, ¡mis alas están manchadas!: barro de años, sucio, pegadizo...


»Y te he insistido: acude a la Virgen. Señora repíteselo: ¡que apenas logro remontar el vuelo!, ¡que la tierra me atrae como un imán maldito! Señora; Tú puedes hacer que mi alma se lance al vuelo definitivo y glorioso, que tiene su fin en el Corazón de Dios.


»-Confía, que Ella te escucha»5.


II. La Virgen María ha sido la criatura que ha tenido la intimidad más grande con Dios, la que ha recibido más amor de Él, la llena de gracia6. Nunca negó a Dios nada, y su correspondencia a las gracias y mociones del Espíritu Santo fue siempre plena. De Ella debemos aprender a darnos por entero al Señor, con plenitud de correspondencia generosa, en el estado y en la vocación que Dios nos ha dado, en el quehacer concreto que tenemos encomendado en el mundo. Ella es el ejemplo a imitar. «Tal fue María -enseña a este respecto San Ambrosio, que su vida, por sí misma, es para todos una enseñanza». Y concluía: «Tened, pues, ante los ojos, pintadas como una imagen, la virginidad y la vida de la Bienaventurada Virgen, en la que se refleja como en un espejo el brillo de la pureza y la fuerza misma de la virtud»7.


Nuestra Madre Santa María correspondía y crecía en santidad y gracia. Habiendo estado llena de los dones divinos desde el primer instante, en la medida en que era fidelísima a las mociones que el Espíritu Santo le otorgaba, alcanzaba una nueva plenitud. Solo en Nuestro Señor no existió aumento o progreso de la gracia y de la caridad, porque Él tenía la plenitud absoluta en el momento de la Encarnación8; como enseña el II Concilio de Constantinopla, sería falsa y herética la afirmación: Jesucristo se hizo mejor por el progreso de las buenas obras9. María, por el contrario, fue creciendo en santidad en el curso de su vida terrena. Más aún, existió en su vida un progreso espiritual siempre creciente, que fue aumentando en la medida en que se acercaban los grandes acontecimientos de su vida aquí en la tierra: Encarnación de su Hijo, Corredención en el Calvario... Asunción a los Cielos.


Así ha ocurrido en el alma de los santos: cuanto más cerca van estando de Dios, más fieles son a las gracias recibidas y más rápidos caminan hacia Él. «Es el movimiento uniformemente acelerado, símbolo del progreso espiritual de la caridad en un alma que en nada se retrasa, y que camina cada vez más rápido hacia Dios cuanto más se le acerca, cuanto más es atraída por Él»10. Así ha de ser nuestra vida, pues el Señor nos llama a la santidad allí donde nos encontramos. Y serán precisamente las alegrías y las penas de la vida las que nos sirvan para ir cada vez más de prisa a Dios, correspondiendo a las gracias que recibimos. Las dificultades normales del trabajo, el trato con las personas que vemos todos los días, los pequeños servicios de la convivencia, las noticias que recibimos... han de ser motivos para amar cada día más al Señor. La Virgen nos invita hoy a no dejar nada escondido en el fondo del corazón que no sea de Dios por entero: «Señor, quita la soberbia de mi vida; quebranta mi amor propio, este querer afirmarme yo e imponerme a los demás. Haz que el fundamento de mi personalidad sea la identificación contigo»11, que cada día esté un poco más cerca de Ti. Dame esa prisa de los santos por crecer en tu Amor.


III. Nuestra Señora se dedicó por entero a Dios movida por el Espíritu Santo, y quizá lo hizo a esa edad en que los niños comienzan a tener uso de razón, que en Ella, llena de gracia, debió de ser de una particular luminosidad; o quizá desde siempre... sin que mediara ningún acto formal. «Sobrado conocido tenía afirma San Alfonso M.ª de Ligorio, la niña María, que Dios no acepta corazones divididos, sino que los quiere por completo consagrados a su amor en conformidad con el precepto divino: Amarás a Yahvé, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas (cfr. Dt 6, 5), por lo que, desde el momento en que empezó a vivir, comenzó a amar a Dios con todas sus fuerzas y se le entregó por completo»12. María siempre perteneció a Dios; y esta pertenencia cada vez debió de ser más consciente, con un amor que alcanzaba en toda ocasión y circunstancia una nueva plenitud.


Hoy puede ser una buena oportunidad todos los días lo son para que, meditando en esta fiesta de María, en la que se pone de manifiesto su completa dedicación al Señor, renovemos nosotros nuestra entrega a Dios en medio de los normales quehaceres cotidianos, en el lugar en el que nos ha puesto el Señor. Pero hemos de tener en cuenta que todo paso adelante en nuestra unión con Dios ha de pasar necesariamente por un trato más frecuente con el Espíritu Santo, Huésped de nuestra alma, a quien Nuestra Señora fue tan dócil a lo largo de su vida. Hoy, para pedir esta gracia, nos puede ayudar la oración que compuso para su devoción personal San Josemaría Escrivá: «Ven, ¡oh Santo Espíritu!: ilumina mi entendimiento, para conocer tus mandatos; fortalece mi corazón contra las insidias del enemigo; inflama mi voluntad... He oído tu voz, y no quiero endurecerme y resistir, diciendo: después... mañana. Nunc coepi! ¡Ahora!, no vaya a ser que el mañana me falte.


»¡Oh, Espíritu de verdad y de sabiduría, Espíritu de entendimiento y de consejo, Espíritu de gozo y de paz!: quiero lo que quieras, quiero porque quieres, quiero como quieras, quiero cuando quieras...»13.


Pidamos también a Nuestra Señora que haya mucha gente que, dócil al Espíritu Santo, se dé por entero al Señor, como Ella, desde su primera juventud.


*En este día se recuerda la consagración de la iglesia de Santa María la Nueva, construida cerca del Templo de Jerusalén, para conmemorar la dedicación que la Virgen -según una piadosa tradición- hizo de sí misma al Señor, ya desde su infancia, movida por el Espíritu Santo, de cuya gracia estaba llena desde su Concepción Inmaculada. En el siglo xiv se introdujo la fiesta en Occidente.

18 de septiembre de 2020

SERVIR A JESUS

 


— Las santas mujeres que aparecen en el Evangelio.

— Servir al Señor con las propias cualidades. 

— La entrega al servicio de los demás.

I. Sucedió -narra San Lucas en el Evangelio de la Misa- que Él recorría ciudades y aldeas predicando y anunciando el reino de Dios; le acompañaban los doce y algunas mujeres que habían sido libradas de espíritus malignos y de enfermedades: María, llamada Magdalena, de la que habían salido siete demonios; y Juana, mujer de Cusa, administrador de Herodes; y Susana, y otras muchas que les asistían con sus bienes.

En la vida pública de Jesús aparece este grupo de mujeres que desempeñan un papel conmovedor por su ternura y su adhesión al Maestro. Es hermoso considerar cómo el Señor quiso apoyarse en su generosidad y en su desprendimiento. Él, que nunca dejó nada sin agradecer, ¡cómo les pagaría tanto desvelo y delicadeza para atender sus necesidades domésticas y las de sus discípulos! En las horas de la Pasión parecen superarse y aventajan a los discípulos en constancia y valor; a excepción de Juan, fueron las únicas que tuvieron la firmeza de estar al pie de la cruz, contemplar de cerca los últimos instantes de Jesús y recoger sus postreras palabras. Y cuando, ya muerto, fue descendido del patíbulo, estarán presentes en el embalsamamiento y se aprestarán a completarlo el primer día de la semana, después del obligado reposo del sábado.

El Señor quiso apresurarse a recompensar esta decidida fidelidad, y en la aurora de la Resurrección no fue a sus discípulos sino a las mujeres a las que se apareció en primer lugar. Los ángeles también fueron vistos únicamente por ellas; Juan y Pedro comprobaron que el sepulcro estaba vacío, pero no vieron ángeles. Las mujeres fueron favorecidas con esta visión, tal vez porque estaban mejor preparadas que los hombres y, sobre todo, porque ellas tenían la misión de continuar el papel de los ángeles y de preparar la naciente fe de la Iglesia. Tienen un espíritu abierto y un celo inteligente. «Desde el principio de la misión de Cristo, la mujer demuestra hacia Él y hacia su misterio una sensibilidad especial, que corresponde a una característica de su feminidad. Hay que decir también que esto encuentra una confirmación particular en relación con el misterio pascual; no solo en el momento de la crucifixión, sino también el día de la resurrección». Ellas se apresuran a cumplir el encargo de avisar a los discípulos y de recordarles lo que Jesús había anunciado cuando aún estaba en vida. En las últimas manifestaciones de Jesús resucitado también están presentes. Son, sin duda, las mismas que han vuelto de Galilea la última vez con los discípulos y las de Jerusalén y sus alrededores, las hermanas de Lázaro de Betania. Con ellas está María, la Madre de Jesús.

El ejemplo de estas mujeres fieles, que sirven a Jesús con sus bienes y no le desamparan en los peores momentos, son una llamada a nuestra fidelidad y a nuestro servicio al Señor sin condiciones. Nuestra actitud ha de ser la de servir a Dios y a los demás con visión sobrenatural, sin esperar nada a cambio de nuestro servicio; servir incluso al que no agradece el servicio que se le presta, aunque esta actitud choque con los criterios humanos. Nos basta entender que cada favor en beneficio de otros es un servicio directo a Cristo. Lo que hicisteis por uno de estos mis hermanos más pequeños, por mí lo hicisteis. ¡Y son tantas las oportunidades de servir a lo largo del día! Serviam! Te serviré, Señor, todos los días de mi vida, desde el comienzo de la jornada. Dame tu ayuda.

II. Si alguien me sirve que me siga, y donde Yo estoy allí estará también mi servidor; si alguien me sirve, el Padre le honrará.

Desde los primeros momentos de la Iglesia destaca el servicio incomparable de la mujer a la extensión del Reino de Dios. «En primer lugar vemos a aquellas mujeres que personalmente se habían encontrado con Cristo y le habían seguido, y después de su partida eran asiduas en la oración juntamente con los Apóstoles en el Cenáculo de Jerusalén hasta el día de Pentecostés. Aquel día, el Espíritu Santo habló por medio de hijos e hijas del pueblo de Dios, cumpliéndose así el anuncio del profeta Joel (Hech 2, 17). Aquellas mujeres, y después otras, tuvieron una parte activa e importante en la vida de la Iglesia primitiva, en la edificación de la primera comunidad desde los comienzos –así como de las comunidades sucesivas– mediante los propios carismas y con su servicio multiforme».

Se puede afirmar que el Cristianismo comenzó en Europa con una mujer, Lidia, que enseguida inició su misión de convertir desde dentro el nuevo continente, empezando por su hogar. Algo parecido ocurrió entre los samaritanos, a quienes una mujer les habló por vez primera del Redentor. Los Apóstoles, que habían ido por alimentos a ese mismo pueblo, quizá no se atrevieron a decir por todas partes, como lo haría más tarde la mujer, que el Mesías estaba allí mismo, en las afueras de la ciudad. La Iglesia tuvo siempre una profunda comprensión del papel que la mujer cristiana como madre, esposa y hermana debía desempeñar en la propagación del Cristianismo. Los escritos apostólicos nos han dejado constancia de muchas de estas mujeres: Lidia en Filipo, Priscila y Cloe en Corinto, Febe en Cencreas, la madre de Rufo –que también para Pablo fue como una madre–, las hijas de Felipe el de Cesarea, etc.

Todos hemos de poner al servicio del Señor y de los demás lo que hemos recibido. «La mujer está llamada a llevar a la familia, a la sociedad civil, a la Iglesia, algo característico, que le es propio y que solo ella puede dar: su delicada ternura, su generosidad incansable, su amor por lo concreto, su agudeza de ingenio, su capacidad de intuición, su piedad profunda y sencilla, su tenacidad...». La Iglesia espera de la mujer su compromiso en favor de lo que constituye la verdadera dignidad de la persona humana. El Cuerpo místico de Cristo «no cesa de enriquecerse con el testimonio de tantas mujeres que realizan su vocación a la santidad. Las mujeres santas son una encarnación del ideal femenino, pero son también un modelo para todos los cristianos, un modelo de la sequela Christi -seguimiento de Cristo-, un ejemplo de cómo la esposa ha de responder con amor al amor del esposo».

El Señor nos pide a todos que le sirvamos a Él, a la Iglesia santa, a la sociedad, a nuestros hermanos los hombres, con nuestros bienes, con nuestra inteligencia, con todos los talentos que nos ha dado. Entonces entenderemos la hondura de esa verdad: servir es reinar.

III. «El hombre, única criatura terrestre a la que Dios ha amado por sí misma, no puede encontrar su plenitud si no es en la entrega sincera de sí mismo a los demás». El Papa Juan Pablo II aplica estas palabras del Concilio Vaticano II especialmente a la mujer, quien «no puede encontrase a sí misma si no es dando amor a los demás». Es en el amor, en la entrega, en el servicio a los demás donde la persona humana, y quizá de un modo especial la mujer, lleva a cabo la vocación recibida por Dios. Cuando la mujer pone en servicio de los demás las cualidades recibidas del Señor, entonces «su vida y su trabajo serán realmente constructivos y fecundos, llenos de sentido, lo mismo si pasa el día dedicada a su marido y a sus hijos que si, habiendo renunciado al matrimonio por alguna razón noble, se ha entregado de lleno a otras tareas. Cada una en su propio camino, siendo fiel a la vocación humana y divina, puede realizar y realiza de hecho la plenitud de la personalidad femenina. No olvidemos que Santa María, Madre de Dios y Madre de los hombres, es no solo modelo, sino también prueba del valor trascendente que puede alcanzar una vida en apariencia sin relieve»14.

Hoy, al considerar la generosidad y la fidelidad de estas mujeres, pensemos cómo es la nuestra. Examinemos si contribuimos, también materialmente –con medios económicos– a la extensión del Reino de Cristo, si somos generosos con nuestro tiempo, quizá escaso, en servicio de los demás... Y si todo lo llevamos a cabo impregnado de una profunda dicha, del gozo particular que da la generosidad. No olvidemos al terminar nuestra oración que tanto en la vida pública como en las horas de la Pasión, y muy probablemente en los días que siguieron a la Resurrección, estas mujeres de las que hoy nos habla San Lucas gozaron de un especial privilegio: permanecieron en un trato más asiduo y más íntimo con María que los mismos discípulos. Aquí encontraron el secreto de su generosidad y de su constancia en seguir al Maestro. A Ella acudimos nosotros para que nos ayude a ser fieles y desprendidos. Junto a Ella solo encontraremos ocasiones de servir, y así lograremos olvidarnos de nosotros mismos.

17 de agosto de 2020

ALEGRÍA Y GENEROSIDAD

— El joven rico. La alegría de la entrega.

— El Señor pasa y pide.

— La tristeza hace mucho daño al alma. 


I. Después de bendecir a unos niños, Jesús partió de aquel lugar, y cuando estaba en camino llegó un joven, se postró de rodillas1 y le preguntó: Maestro, ¿qué cosas buenas debo hacer para alcanzar la vida eterna? Jesús, de pie, contempla a aquel joven con una gran esperanza; los discípulos, que se han detenido, callan y miran. La escena, recogida en el Evangelio de la Misa2, es de una gran belleza. Quizá el joven ha escuchado a Jesús en alguna otra ocasión, y hasta ahora no se ha atrevido a comunicarse directamente con Él; en su alma hay deseos de entrega, de amar más..., quizá está insatisfecho con su vida. Por eso, cuando el Señor le dice que debe guardar los Mandamientos, él dice que ya los cumple, y pregunta: Quid adhuc mihi deest? ¿Qué me falta aún? Es la pregunta que tantos y tantas se han hecho al comprobar que no les llena la vida que llevan.


Jesús, tan atento a los menores movimientos de las almas, se conmovió al contemplar los deseos y la limpieza de aquel corazón. Fue entonces cuando le dirigió la mirada de la que nos habla San Marcos, y lo amó3. La mirada de Jesús, una mirada honda, imborrable, es por sí sola una llamada. Y le invitó a seguirle dejando atrás todos sus tesoros. Es una invitación a dejar libre el corazón para llenarlo todo de Dios. Se trata de cambiar el amor a los bienes por el amor a Jesús, se trata de dejar las posesiones materiales para enriquecerse, de una manera real y efectiva, con bienes eternos4.


No fue generoso este joven: se quedó con sus riquezas, de las que disfrutaría unos años, y perdió a Jesús, a quien tenemos para siempre, tesoro infinito, en este mundo y en la eternidad. En su egoísmo, el joven rico no esperaba esta respuesta del Maestro. Los planes de Dios no coinciden generalmente con los nuestros, con los que proyectamos en la imaginación, con aquellos que fabrica la vanidad o el egoísmo. Los planes divinos, forjados desde la eternidad para nosotros, son los más bellos que nunca pudimos imaginar, aunque alguna vez nos desconcierten.


Al oír el joven estas palabras de Jesús se marchó triste, pues tenía muchas posesiones. Todos vieron cómo resistía aquella amable y amorosa invitación del Señor y se marchaba con la huella de la tristeza en la cara. Posiblemente, más tarde, este joven encontraría falsas justificaciones a su falta de generosidad, que le devolverían al menos la tranquilidad perdida (nunca la paz, que es fruto de la entrega): quizá pensó que era muy joven, o que más tarde vería todo con más claridad y buscaría al Maestro... ¡Qué fracaso! ¡Qué ocasión desaprovechada!, pues a Jesús, o se le sigue o se le pierde. Cada encuentro con Él lleva consigo unas claras exigencias, y también un gran enriquecimiento de toda la persona. Jesús nunca nos deja indiferentes.


Una vez que alguien ha sentido posarse sobre él la mirada del Señor, ya nunca la olvida, ya no es posible vivir como antes. La alegría es fruto de la generosidad, de responder a las sucesivas llamadas que a cada uno en su estado dirige Cristo que pasa. La vida se llena de gozo y de paz en esa disponibilidad absoluta ante la voluntad de Dios que se manifiesta en momentos bien precisos de nuestra vida; quizá ahora.


II. «Aquel muchacho rechazó la insinuación, y cuenta el Evangelio que abiit tristis (Mt 19, 22), que se retiró entristecido (...): perdió la alegría porque se negó a entregar su libertad a Dios»5. Libertad que, si no le había servido para llegar a la meta, a Cristo que pasaba por su vida, para bien poco habría ya de servirle.


La tristeza nace en el corazón, como una planta dañina, cuando nos alejamos de Cristo, cuando le negamos aquello que de una vez, o poco a poco, nos va pidiendo, cuando nos falta generosidad. Esta mala enfermedad del alma «es un vicio causado por el amor desordenado de sí Mismo»6. Puede haber enfermedad, puede existir cansancio y dolor, pero la tristeza del corazón es distinta. En su origen encontramos siempre la soberbia y el egoísmo: detrás de esa desgana, sin causa aparente, en el propio quehacer, puede estar la imposibilidad de afirmar el propio criterio, la propia personalidad, la vanidad; detrás de ese dolor puede esconderse la rebeldía de no querer aceptar la voluntad de Dios; en ese desaliento, al ver una y otra vez las propias faltas, puede ocultarse más la humillación sufrida que el dolor por haber ofendido al Señor... «Si Dios me ha perdonado, si su amor misericordioso, siempre presente, se vuelca en mí, ¿cómo puedo estar yo triste? Si alguien alimentara su tristeza en el dolor de sus pecados, agarrado a su culpa, ese hombre debe saber que se trata posiblemente de un pretexto y, siempre, de un error»7. Las mismas faltas y pecados nos deben llevar a la alegría del arrepentimiento y del amor que nace de nuevo con más fuerza aún.


El Señor pasa cerca de nuestra vida en incontables ocasiones. Alguna vez nos pedirá mucho, para darnos más; otras, cosas pequeñas: el cumplimiento del deber, llevar a cabo en la hora prevista las prácticas de piedad que tenemos señaladas en nuestro plan de vida, sin dar cabida a la pereza; mortificar la imaginación y el recuerdo en asuntos banales; vivir con esmero la caridad con quienes están a nuestro lado; indicar con afabilidad la dirección que nos han pedido... Quizá se presente el Señor –tal vez cuando menos lo esperábamos– para invitarnos a seguirle aún más de cerca, quizá sin abandonar nuestros quehaceres en medio del mundo, pero con la plena entrega del corazón, según el propio estado, sin poner límites ni condiciones. «Hay que saber entregarse, arder delante de Dios como esa luz, que se pone sobre el candelero, para iluminar a los hombres que andan en tinieblas; como esas lamparillas que se queman junto al altar, y se consumen alumbrando hasta gastarse»8. Y esto nos lo pide a todos: cada uno en su lugar y en el estado al que es llamado, en la peculiar vocación que de Dios ha recibido. Esta vocación es el asunto más importante de la vida, y, una vez conocida, el negocio en el que debemos empeñarnos con tenacidad, con la ayuda de la gracia, hasta el último instante de nuestros días.


III. Se marchó triste. Nada más sabemos de él. Su historia termina envuelta en un manto de tristeza; quizá podría haber sido uno de los Doce. Pero no quiso; y Jesús respetó su libertad. Una libertad que no supo emplear. «El mercader –comenta San Basilio– no se entristece gastando en las ferias lo que posee para adquirir sus mercancías; pero tú (hace referencia a este joven rico) te entristeces dando polvo a cambio de la vida eterna»9: prefirió conservar el polvo –eso son todas las posesiones y riquezas– en vez de elegir la vida perdurable que le ofrecía Cristo, prefirió quedarse con el polvo en que se convirtieron estas al cabo de unos años, no demasiados.


La tristeza hace mucho daño al alma. Como la polilla al vestido y la carcoma a la madera, así la tristeza daña el corazón del hombre10, y predispone al mal. Por eso hemos de luchar enseguida, si alguna vez hiciera su aparición en el alma: Anímate, pues, y alegra tu corazón, y echa lejos de ti la congoja; porque a muchos mató la tristeza. Y no hay utilidad alguna en ella11. De ese estado solo cabe esperar males.


Si nuestra vida consiste realmente en seguir a Cristo, es lógico que siempre estemos alegres: es la única alegría verdadera del mundo, sin límite y sin medida; compatible, por otra parte, con el dolor, con la enfermedad, con el fracaso... «La alegría cristiana excluye de modo definitivo y combate implacablemente toda tristeza enfermiza o imaginaria: la envidia, el desaliento, el repliegue sobre sí mismo no pueden emparejarse con ella, y uno de sus beneficios es el de excluir todas esas penas, llenas de veneno y fuentes de muerte»12.


Un alma triste está a merced de muchas tentaciones. ¡Cuántos pecados han tenido su origen en la tristeza! ¡Cuántos ideales ha roto! Si alguna vez sentimos el zarpazo de la tristeza, examinemos su causa con sinceridad en la oración. Muchas veces encontraremos falta de generosidad con Dios o con los demás. «“Laetetur cor quaerentium Dominum” —Alégrese el corazón de los que buscan al Señor.


»—Luz, para que investigues en los motivos de tu tristeza»13. Preguntémonos, si esa situación llegara, y ahora, porque siempre podemos crecer en alegría, si estamos buscando seriamente al Señor en lo que cada día nos sucede, en la oración, en el empeño por mantener la presencia de Dios. Examinemos nuestra generosidad con los demás: a la hora de interesarnos por su salud, por sus ilusiones, en el sacrificio pequeño pero continuo que exige una fraternidad bien vivida, en los bienes y talentos que poseemos...


Si alguna vez nos sentimos con el alma entristecida, preguntémonos: ¿en qué no estoy yo siendo generoso con Dios?, ¿en qué no soy desprendido con los demás?, ¿me preocupo excesivamente de mí mismo, de mis cosas, de mi salud, de mi futuro, de mis pequeñeces?... Es posible que encontremos enseguida la causa y el remedio. Mientras tanto, procuremos afinar en el trato con el Señor, intentemos darnos sin cálculo a quienes están cerca, aunque sea en pequeños servicios; abramos el corazón a quien nos conoce y aprecia, a quien tenemos encomendada la dirección espiritual del alma.


Con la alegría que Cristo nos da, hacemos mucho bien a nuestro alrededor. Comunicarla a los demás será frecuentemente una de las mayores muestras de caridad hacia ellos. Muchas personas pueden encontrar a Dios en esa alegría honda; procuremos no perderla. Santa María, Causa de nuestra alegría, ruega por nosotros, concédenos seguir a Cristo de cerca, danos la gracia de no volverle nunca la espalda, ni siquiera en lo pequeño de todos los días.

10 de marzo de 2020

HUMILDAD Y ESPIRITU DE SERVICIO

— Sin humildad no es posible servir a los demás.
— Jesús, ejemplo de humildad y de entrega a los demás.
—  Aprender de la Virgen.
I. En el Evangelio de la Misa de hoy plantea el Señor, con toda su cruda realidad, cómo los escribas y fariseos se habían sentado en la cátedra de Moisés y, preocupados solo de sí mismos, habían abandonado a quienes se les había encomendado, a las gentes sencillas que andaban maltratadas y abatidas como ovejas sin pastor. Ellos andan preocupados de los primeros puestos en los banquetes, de sus filacterias y franjas, de ser saludados en las plazas, de ser llamados maestros. Habían sido constituidos sal y luz para el pueblo de Israel, y dejaron al pueblo sin la sal y sin la luz. También ellos mismos se han quedado a oscuras. Cambiaron la gloria de Dios por su propia gloria: Hacen todas sus obras para ser vistos por los hombres. La soberbia personal y la búsqueda de la vanagloria les habían hecho perder la humildad y el espíritu de servicio que caracteriza a quienes desean seguir al Señor.
Cristo advierte a sus discípulos: Vosotros, en cambio, no queráis que os llamen maestros: ... el mayor entre vosotros sea vuestro servidor. Y Él mismo nos señaló repetidamente el camino: Porque ¿quién es el mayor, el que está a la mesa o el que sirve? ¿No es el que está a la mesa? Sin embargo, yo estoy en medio de vosotros como quien sirve.
Sin humildad y espíritu de servicio no hay eficacia, no es posible vivir la caridad. Sin humildad no hay santidad, pues Jesús no quiere a su servicio amigos engreídos: «los instrumentos de Dios son siempre los humildes».
En el apostolado y en los pequeños servicios que prestamos a los demás no hay motivo de complacencia ni de altanería, ya que es el Señor quien hace verdaderamente las cosas. Cuando servimos, nuestra capacidad no guarda relación con los frutos sobrenaturales que buscamos. Sin la gracia, de nada servirían los mayores esfuerzos: nadie, si no es por el Espíritu Santo, puede decir Señor Jesús. La gracia es lo único que puede potenciar nuestros talentos humanos para realizar obras que están por encima de nuestras posibilidades. Y Dios resiste a los soberbios y da su gracia a los humildes.
Cuando luchamos por alcanzar esta virtud somos eficaces y fuertes. «La humildad nos empujará a que llevemos a cabo grandes labores; pero a condición de que no perdamos de vista la conciencia de nuestra poquedad, con un convencimiento de nuestra pobre indigencia que crezca cada día».
Debemos estar vigilantes, porque la peor ambición es la de buscar la propia excelencia, como hicieron los escribas y los fariseos; la de buscarnos a nosotros mismos en las cosas que hacemos o proyectamos. «Arremete (la soberbia) por todos los flancos y su vencedor la encuentra en todo cuanto le circunda».
Si no somos humildes podemos hacer desgraciados a quienes nos rodean, porque la soberbia lo inficiona todo. Donde hay un soberbio, todo acaba maltratado: la familia, los amigos, el lugar donde trabaja... Exigirá un trato especial porque se cree distinto, habrá que evitar con cuidado herir su susceptibilidad... Su actitud dogmática en las conversaciones, sus intervenciones irónicas –no le importa dejar en mal lugar a los demás por quedar él bien–, la tendencia a poner punto final a las conversaciones que surgieron con naturalidad, etcétera, son manifestaciones de algo más profundo: un gran egoísmo que se apodera de la persona cuando ha puesto el horizonte de la vida en sí misma.
Estos momentos de oración pueden servirnos para examinar, en la presencia del Señor, cómo es nuestro trato con los demás y si está lleno de espíritu de servicio.
II. Jesús es el ejemplo supremo de humildad y de entrega a los demás. Nadie tuvo jamás dignidad comparable a la de Él, nadie sirvió con tanta solicitud a los hombres: yo estoy en medio de vosotros como quien sirve. Sigue siendo esa su actitud hacia cada uno de nosotros. Dispuesto a servirnos, a ayudarnos, a levantarnos de las caídas. ¿Servimos nosotros a los demás, en la familia, en el trabajo, en esos favores anónimos que quizá jamás van a ser agradecidos? El Señor, por boca del profeta Isaías, nos dice hoy en la primera lectura de la Misa: Discite benefacere: Aprended a hacer el bien... Y solo aprenderemos si nos fijamos en Jesús, nuestro Modelo, si meditamos frecuentemente su ejemplo constante y sus enseñanzas.
Ejemplo os he dado –dice el Señor después de lavarles los pies a sus discípulos– para que como yo he hecho con vosotros, así hagáis vosotros. Nos deja una suprema lección para que entendamos que si no somos humildes, si no estamos dispuestos a servir, no podemos seguir al Maestro.
El Señor nos invita a seguirle y a imitarle, y nos deja una regla sencilla, pero exacta, para vivir la caridad con humildad y espíritu de servicio: Todo lo que queráis que hagan los hombres con vosotros, hacedlo también vosotros con ellos12. La experiencia de lo que me agrada o me molesta, de lo que me ayuda o me hace daño, es una buena norma de aquello que debo hacer o evitar en el trato con los demás.
Todos deseamos una palabra de aliento cuando las cosas no han ido bien, y comprensión de los demás cuando, a pesar de la buena voluntad, nos hemos vuelto a equivocar; y que se fijen en lo positivo más que en los defectos; y que haya un tono de cordialidad en el lugar donde trabajamos o al llegar a casa; y que se nos exija en nuestro trabajo, pero de buenas maneras; y que nadie hable mal a nuestras espaldas; y que haya alguien que nos defienda cuando se nos critica y no estamos presentes; y que se preocupen de verdad por nosotros cuando estamos enfermos; y que se nos haga la corrección fraterna de las cosas que hacemos mal, en vez de comentarlas con otros; y que recen por nosotros y... Estas son las cosas que, con humildad y espíritu de servicio, hemos de hacer por los demás. Discite benefacere.
Si nos comportamos así, sigue diciendo el profeta Isaías, entonces: Aunque vuestros pecados fueran como la grana, quedarán blancos como la nieve. Aunque fueren rojos como la púrpura quedarán como la blanca lana.
III. El primero entre vosotros sea vuestro servidor, nos dice el Señor. Para eso hemos de dejar nuestro egoísmo a un lado y descubrir esas manifestaciones de la caridad que hacen felices a los demás. Si no lucháramos por olvidarnos cada vez más de nosotros mismos, pasaríamos una y otra vez al lado de quienes nos rodean y no nos daríamos cuenta de que necesitan una palabra de aliento, valorar lo que hacen, animarles a ser mejores y servirles.
El egoísmo ciega y nos cierra el horizonte de los demás; la humildad abre constantemente camino a la caridad en detalles prácticos y concretos de servicio. Este espíritu alegre, de apertura a los demás, y de disponibilidad es capaz de transformar cualquier ambiente. La caridad cala, como el agua en la grieta de la piedra, y acaba por romper la resistencia más dura. «Amor saca amor», decía Santa Teresa, y San Juan de la Cruz aconsejaba: «Donde no hay amor, pon amor y sacarás amor».
Os tratamos con delicadeza, como una madre cuida de sus hijos. Os teníamos tanto cariño que deseábamos entregaros no solo el Evangelio de Dios, sino hasta nuestras propias personas, manifestaba San Pablo a los cristianos de Tesalónica. Si le imitamos, tendremos frutos parecidos a los suyos.
De modo particular hemos de vivir este espíritu del Señor con los más próximos, en la propia familia: «el marido no busque únicamente sus intereses, sino también los de su mujer, y esta los de su marido; los padres busquen los intereses de sus hijos y estos a su vez busquen los intereses de sus padres. La familia es la única comunidad en la que todo hombre “es amado por sí mismo”, por lo que es y no por lo que tiene (...).
»El respeto de esta norma fundamental explica, como enseña el mismo Apóstol, que no se haga nada por espíritu de rivalidad o por vanagloria, sino con humildad, por amor. Y este amor, que se abre a los demás, hace que los miembros de la familia sean auténticos servidores de la “iglesia doméstica”, donde todos desean el bien y la felicidad a cada uno; donde todos y cada uno dan vida a ese amor con la premurosa búsqueda de tal bien y tal felicidad».
Si actuamos así no veremos, como en tantas ocasiones sucede, la paja en el ojo ajeno sin ver la viga en el propio. Las faltas más pequeñas del otro se ven aumentadas, las mayores faltas propias tienden a disminuirse y a justificarse.
Por el contrario, la humildad nos hace reconocer en primer lugar los propios errores y las propias miserias. Estamos en condiciones entonces de ver con comprensión los defectos de los demás y de poder prestarles ayuda. También estamos en condiciones de quererles y aceptarlos con esas deficiencias.
La Virgen, Nuestra Señora, Esclava del Señor, nos enseñará a entender que servir a los demás es una de las formas de encontrar la alegría en esta vida y uno de los caminos más cortos para encontrar a Jesús. Para eso hemos de pedirle que nos haga verdaderamente humildes.

16 de agosto de 2019

MATRIMONIO CAMINO DE ENTREGA

— El matrimonio, camino vocacional, Dignidad, unidad, indisolubilidad.
— La fecundidad de la virginidad y del celibato apostólico.
— La santa pureza, defensora del amor humano y del divino.

I. El Evangelio de la Misa1 nos presenta a unos fariseos que se acercaron a Jesús para hacerle una pregunta con ánimo de tentarle: ¿Es lícito a un hombre repudiar a su mujer por cualquier motivo? Era una cuestión que dividía a las diferentes escuelas de interpretación de la Escritura. El divorcio era comúnmente admitido; la cuestión que plantean aquí a Jesús se refiere a la casuística sobre los motivos. Pero el Señor se sirve de esta pregunta banal para entrar en el problema de fondo: la indisolubilidad. Cristo, Señor absoluto de toda legislación, restaura el matrimonio a su esencia y dignidad originales, tal como fue concebido por Dios: ¿No habéis leído -les contesta Jesús- que al principio el Creador los hizo varón y hembra, y que dijo: Por esto dejará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer, y serán los dos una sola carne? Así, pues, ya no son dos, sino una sola carne. Por tanto, lo que Dios unió no lo separe el hombre (...).

El Señor proclamó para siempre la unidad y la indisolubilidad del matrimonio por encima de cualquier consideración humana. Existen muchas razones en favor de la indisolubilidad del vínculo matrimonial: la misma naturaleza del amor conyugal, el bien de los hijos, el bien de la sociedad... Pero la raíz honda de la indisolubilidad matrimonial está en la misma voluntad del Creador, que así lo hizo: uno e indisoluble. Es tan fuerte este vínculo que se contrae, que solo la muerte puede romperlo. Con esta imagen gráfica lo explica San Francisco de Sales: «Cuando se pegan dos trozos de madera de abeto formando ensambladura, si la cola es fina, la unión llega a ser tan sólida, que las piezas se romperán por otra parte, pero nunca por el sitio de la juntura»2; así el matrimonio.

Para sacar adelante esa empresa es necesaria la vocación matrimonial, que es un don de Dios3, de tal forma que la vida familiar y los deberes conyugales, la educación de los hijos, el empeño por sacar adelante y mejorar económicamente a la familia, son situaciones que los esposos deben sobrenaturalizar4, viviendo a través de ellas una vida de entrega a Dios; han de tener la persuasión de que Dios provee su asistencia para que puedan cumplir adecuadamente los deberes del estado matrimonial, en el que se han de santificar.

Por la fe y la enseñanza de la Iglesia, los cristianos tenemos un conocimiento más hondo y perfecto de lo que es el matrimonio, de la importancia que tiene la familia para cada hombre, para la Iglesia y para la sociedad. De aquí nuestra responsabilidad en estos momentos en los que los ataques a esta institución humana y divina no cesan en ningún frente: a través de revistas, de escándalos llamativos a los que se da una especial publicidad, de seriales de televisión que alcanzan a un gran público que poco a poco va deformando su conciencia... Al dar la doctrina verdadera –la de la ley natural, iluminada por la fe– estamos haciendo un gran bien a toda la sociedad.

Pensemos hoy en nuestra oración si defendemos la familia –especialmente a los miembros más débiles, a los que pueden sufrir más daño– de esas agresiones externas, y si nos esmeramos en vivir delicadamente esas virtudes que son ayuda para todos: el respeto mutuo, el espíritu de servicio, la amabilidad, la comprensión, el optimismo, la alegría que supera los estados de ánimo, las atenciones para con todos pero especialmente para el más necesitado...

II. La doctrina del Señor acerca de la indisolubilidad y dignidad del matrimonio resultó tan chocante a los oídos de todos que hasta sus mismos discípulos le dijeron: Si tal es la condición del hombre respecto a su mujer, no trae cuenta casarse. Y Jesús proclamó a continuación el valor del celibato y de la virginidad por amor al Reino de los Cielos, la entrega plena a Dios, indiviso corde5, sin la mediación del amor conyugal, que es uno de los dones más preciados de la Iglesia.

Quienes han recibido la llamada a servir a Dios en el matrimonio, se santifican precisamente en el cumplimiento abnegado y fiel de los deberes conyugales, que para ellos se hace camino cierto de unión con Dios. Los que han recibido la vocación al celibato apostólico encuentran en la entrega total a Dios, y a los demás por Dios, la gracia para vivir felices y alcanzar la santidad en medio de sus quehaceres temporales, si allí los buscó y los dejó el Señor: ciudadanos corrientes, con una vocación profesional definida, entregados a Dios y al apostolado, sin límites y sin condicionamientos. Es una llamada en la que Dios muestra una particular predilección y para la que da unas ayudas muy determinadas. La Iglesia crece así en santidad con la fidelidad de los cristianos, respondiendo a la llamada peculiar que el Señor hizo a cada uno. Entre estas «sobresale el don precioso de la gracia divina, que el Padre concede a algunos (Mt 19, 11; 1 Cor 7, 7) para que con mayor facilidad se puedan entregar solo a Dios en la virginidad o en el celibato»6. Esta plena entrega a Dios «siempre ha tenido un lugar de honor en la Iglesia, como señal y estímulo de la caridad y como manantial peculiar de espiritual fecundidad en el mundo»7.

La virginidad y el matrimonio son necesarios para el crecimiento de la Iglesia, y ambos suponen una vocación específica de parte del Señor. La virginidad y el celibato no solo no contradicen la dignidad del matrimonio, sino que la presuponen y la confirman. El matrimonio y la virginidad «son dos modos de expresar y de vivir el único misterio de la Alianza de Dios con su pueblo»8. Y si no se estima la virginidad, no se comprende con toda hondura la dignidad matrimonial; también «cuando la sexualidad humana no se considera un gran valor dado por el Creador, pierde significado la renuncia por el Reino de los Cielos»9. «Quien condena el matrimonio –decía ya San Juan Crisóstomo–, priva también a la virginidad de su gloria; en cambio, quien lo alaba, hace la virginidad más admirable y luminosa»10.

El amor vivido en la virginidad o en un celibato apostólico es el gozo de los hijos de Dios, porque les posibilita de un modo nuevo ver al Señor en este mundo, contemplar Su rostro a través de las criaturas. Es para los cristianos y para los no creyentes un signo luminoso de la pureza de la Iglesia. Lleva consigo una particular juventud interior y una eficacia gozosa en el apostolado. «Aun habiendo renunciado a la fecundidad física, la persona virgen se hace espiritualmente fecunda, padre y madre de muchos, cooperando a la realización de la familia según el designio de Dios.

»Los esposos cristianos tienen, pues, el derecho de esperar de las personas vírgenes el buen ejemplo y el testimonio de la fidelidad a su vocación hasta la muerte. Así como para los esposos la fidelidad se hace a veces difícil y exige sacrificio, mortificación y renuncia de sí, así también puede ocurrir a las personas vírgenes. La fidelidad de estas incluso ante eventuales pruebas, debe edificar la fidelidad de aquellos»11.

Dios, dice San Ambrosio, «amó tanto a esta virtud, que no quiso venir al mundo sino acompañado de ella, naciendo de Madre virgen»12. Pidamos con frecuencia a Santa María que haya siempre en el mundo personas que respondan a esta llamada concreta del Señor; que sepan ser generosas para entregar al Señor un amor que no comparten con nadie, y que les posibilita el darse sin medida a los demás.

III. Para llevar a cabo la propia vocación es necesario vivir la santa pureza, de acuerdo con las exigencias del propio estado. Dios da las gracias necesarias a quienes han sido llamados en el matrimonio y a quienes les ha pedido el corazón entero, para que sean fieles y vivan esta virtud, que no es la principal, pero sí es indispensable para entrar en la intimidad de Dios. Puede ocurrir que, en algunos ambientes, esta virtud no esté de moda, y que vivirla con todas sus consecuencias sea, a los ojos de muchos, algo incomprensible o utópico. También los primeros cristianos hubieron de hacer frente a un ambiente hostil y agresivo en este y en otros campos.

Después, los pastores de la Iglesia se vieron obligados a pronunciar palabras como estas de San Juan Crisóstomo, que parecen dirigidas a muchos cristianos de nuestros días: «¿Qué quieres que hagamos? ¿Subirnos al monte y hacernos monjes? Y eso que decís es lo que me hace llorar: que penséis que la modestia y la castidad son propias de los monjes. No. Cristo puso leyes comunes para todos. Y así, cuando dijo: el que mira a una mujer para desearla (Mt 5, 28), no hablaba con el monje, sino con el hombre de la calle (...). Yo no te prohíbo casarte, ni me opongo a que te diviertas. Solo quiero que se haga con templanza, no con impudor, no con culpas y pecados sin cuento. No pongo por ley que os vayáis a los montes y desiertos, sino que seáis buenos, modestos y castos aun viviendo en medio de las ciudades»13.

¡Qué bien tan grande podemos realizar en el mundo viviendo delicadamente esta santa virtud! Llevaremos a todos los lugares que habitualmente frecuentamos nuestro propio ambiente, con el bonus odor Christi14, el buen aroma de Cristo, que es propio del alma recia que vive la castidad.

A esta virtud acompañan otras, que apenas llaman la atención pero que marcan un modo de comportamiento siempre atractivo. Así son, por ejemplo, los detalles de modestia y de pudor en el vestir, en el aseo, en el deporte; la negativa, clara y sin paliativos, a participar en conversaciones que desdicen de un cristiano y de cualquier persona de bien, el rechazo de espectáculos inmorales, un planteamiento de las vacaciones que evita la ociosidad y el deterioro moral...; y, sobre todo, el ejemplo alegre de la propia vida, el optimismo ante los acontecimientos, el deseo de vivir...

Esta virtud, tan importante en todo apostolado en medio del mundo, es guardiana del Amor, del que a la vez se nutre y en el que encuentra su sentido; protege y defiende tanto el amor divino como el humano. Y si el amor se apaga sería muy difícil, quizá imposible, vivirla, al menos en su verdadera plenitud y juventud.