"Hago todos los días mi "ratito" de oración: ¡si no fuera por eso!" (Camino, 106)

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16 de noviembre de 2021

Tesoros inagotables de amor, de misericordia, de cariño.


 

Evangelio (Lc 19, 1-10)


Entró en Jericó y atravesaba la ciudad. Había un hombre llamado Zaqueo, que era jefe de publicanos y rico. Intentaba ver a Jesús para conocerle, pero no podía a causa de la muchedumbre, porque era pequeño de estatura. Se adelantó corriendo y se subió a un sicómoro para verle, porque iba a pasar por allí. Cuando Jesús llegó al lugar, levantando la vista, le dijo:


—Zaqueo, baja pronto, porque conviene que hoy me quede en tu casa.


Bajó rápido y lo recibió con alegría. Al ver esto, todos murmuraban diciendo que había entrado a hospedarse en casa de un pecador. Pero Zaqueo, de pie, le dijo al Señor:


—Señor, doy la mitad de mis bienes a los pobres, y si he defraudado en algo a alguien le devuelvo cuatro veces más.


Jesús le dijo:


—Hoy ha llegado la salvación a esta casa, pues también éste es hijo de Abrahán; porque el Hijo del Hombre ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido.


Comentario


“Entró en Jericó y atravesaba la ciudad”. Pasa Jesús, pero no pasa de cualquier manera. Pasa buscando a las almas, una a una, porque ha venido a la tierra para facilitar a los hombres el encuentro con Dios.


Aquel día se iba a encontrar con Zaqueo. Este le buscaba y puso los medios para encontrarse con Jesús. “Intentaba ver a Jesús para conocerle, pero no podía a causa de la muchedumbre, porque era bajo de estatura”. Zaqueo quiere ver a Jesús y se sube a un sicomoro.Deja de lado los respetos humanos, el qué dirán, porque quiere ver al Maestro. Pone de su parte lo que puede. El resto lo pondrá Jesús.


Jesús, que lee en el corazón de las personas, porque es Dios, conoce todo lo que está haciendo Zaqueo y sale a su encuentro. “Cuando Jesús llegó al lugar, levantando la vista, le dijo: -Zaqueo, baja pronto, porque conviene que hoy me quede en tu casa”.


Jesús mira a Zaqueo. Su mirada no es superficial, sino que se dirige al corazón. Es fácil hacer una trasposición y pensar en que Jesús nos mira a cada uno y espera que le busquemos como Zaqueo. Él quiere vivir con nosotros, pero cuenta con nuestra libertad. No quiere meterse en la vida de las personas sin que se lo permitamos. Zaqueo le abre la puerta de su corazón de par en par: “bajó rápido y lo recibió con alegría”.


Zaqueo se llena de alegría cuando Jesús se dirige a Él y le llama por su nombre. Eso es lo mismo que sucede a todas las personas que dejan entrar a Jesús en su vida: que se se llenan de alegría. El motivo es sencillo, encontrarse con Jesús es encontrarse con Dios que es a quien busca el corazón humano, como enseñaba san Agustín: “nos hiciste, Señor, para ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti”[1].


El encuentro de Zaqueo con Jesús no sólo le llena de alegría, sino que le cambia la vida y se la cambia para bien. “Zaqueo, de pie, le dijo al Señor: -Señor, doy la mitad de mis bienes a los pobres, y si he defraudado en algo a alguien le devuelvo cuatro veces más”. Zaqueo sufre una verdadera transformación en su corazón que le hace darse cuenta de las necesidades de los demás y de querer remediar el daño que les haya podido causar.


Este cambio en Zaqueo nos puede ayudar a preguntarnos por la sinceridad de nuestro encuentro con Jesús. Si verdaderamente nos acercamos a Él, en nuestro corazón debe crecer la preocupación por los demás. Así lo enseñó el Papa emérito en su primera encíclica: “El programa del cristiano —el programa del buen Samaritano, el programa de Jesús— es un «corazón que ve». Este corazón ve dónde se necesita amor y actúa en consecuencia”[2].


PARA TU ORACION PERSONAL

El corazón de Cristo, paz de los cristianos


«En esto se concreta la verdadera devoción al Corazón de Jesús: en conocer a Dios y conocernos a nosotros mismos, y en mirar a Jesús y acudir a Él», dice San Josemaría en esta homilía con motivo de la Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús.


Dios Padre se ha dignado concedernos, en el Corazón de su Hijo, infinitos dilectionis thesauros (Oración de la misa del Sagrado Corazón.), tesoros inagotables de amor, de misericordia, de cariño. Si queremos descubrir la evidencia de que Dios nos ama –de que no sólo escucha nuestras oraciones, sino que se nos adelanta–, nos basta seguir el mismo razonamiento de San Pablo: El que ni a su propio Hijo perdonó, sino que le entregó a la muerte por todos nosotros, ¿cómo no nos dará con El todas las cosas? (Rom VIII, 32.).


La gracia renueva al hombre desde dentro, y le convierte –de pecador y rebelde– en siervo bueno y fiel (Cfr. Mt XXV, 21.). Y la fuente de todas las gracias es el amor que Dios nos tiene y que nos ha revelado, no exclusivamente con las palabras: también con los hechos. El amor divino hace que la segunda Persona de la Santísima Trinidad, el Verbo, el Hijo de Dios Padre, tome nuestra carne, es decir, nuestra condición humana, menos el pecado. Y el Verbo, la Palabra de Dios es Verbum spirans amorem, la Palabra de la que procede el Amor (S. Tomás de Aquino, S. Th. I, q. 43, a. 5 (citando a S. Agustín, De Trinitate, IX, 10).).


El amor se nos revela en la Encarnación, en ese andar redentor de Jesucristo por nuestra tierra, hasta el sacrificio supremo de la Cruz. Y, en la Cruz, se manifiesta con un nuevo signo: uno de los soldados abrió a Jesús el costado con una lanza, y al instante salió sangre y agua (Ioh XIX, 34.). Agua y sangre de Jesús que nos hablan de una entrega realizada hasta el último extremo, hasta el consummatum est (Ioh XIX, 30.), el todo está consumado, por amor.


En la fiesta de hoy, al considerar una vez más los misterios centrales de nuestra fe, nos maravillamos de cómo las realidades más hondas –ese amor de Dios Padre que entrega a su Hijo, y ese amor del Hijo que le lleva a caminar sereno hacia el Gólgota– se traducen en gestos muy cercanos a los hombres. Dios no se dirige a nosotros con actitud de poder y de dominio, se acerca a nosotros, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres (Phil II, 7.). Jesús jamás se muestra lejano o altanero, aunque en sus años de predicación le veremos a veces disgustado, porque le duele la maldad humana. Pero, si nos fijamos un poco, advertiremos en seguida que su enfado y su ira nacen del amor: son una invitación más para sacarnos de la infidelidad y del pecado. ¿Quiero yo acaso la muerte del impío, dice el Señor, Yavé, y no más bien que se convierta de su mal camino y viva? (Ez XVIII, 23.). Esas palabras nos explican toda la vida de Cristo, y nos hacen comprender por qué se ha presentado ante nosotros con un Corazón de carne, con un Corazón como el nuestro, que es prueba fehaciente de amor y testimonio constante del misterio inenarrable de la caridad divina.


Conocer el Corazón de Cristo Jesús


No puedo dejar de confiaros algo, que constituye para mí motivo de pena y de estímulo para la acción: pensar en los hombres que aún no conocen a Cristo, que no barruntan todavía la profundidad de la dicha que nos espera en los cielos, y que van por la tierra como ciegos persiguiendo una alegría de la que ignoran su verdadero nombre, o perdiéndose por caminos que les alejan de la auténtica felicidad. Qué bien se entiende lo que debió sentir el Apóstol Pablo aquella noche en la ciudad de Tróade cuando, entre sueños, tuvo una visión: un varón macedonio se le puso delante, rogándole: pasa a Macedonia y ayúdanos. Acabada la visión, al instante buscaron –Pablo y Timoteo– cómo pasar a Macedonia, seguros de que Dios los llamada para predicar el Evangelio a aquellas gentes (Act XVI, 9–10.).


¿No sentís también vosotros que Dios nos llama, que –a través de todo lo que sucede a nuestro alrededor– nos empuja a proclamar la buena nueva de la venida de Jesús? Pero a veces los cristianos empequeñecemos nuestra vocación, caemos en la superficialidad, perdemos el tiempo en disputas y rencillas. O, lo que es peor aún, no faltan quienes se escandalizan falsamente ante el modo empleado por otros para vivir ciertos aspectos de la fe o determinadas devociones y, en lugar de abrir ellos camino esforzándose por vivirlas de la manera que consideran recta, se dedican a destruir y a criticar. Ciertamente puede surgir, y surgen de hecho, deficiencias en la vida de los cristianos. Pero lo importante no somos nosotros y nuestras miserias: el único que vale es El, Jesús. Es de Cristo de quien hemos de hablar, y no de nosotros mismos.


Las reflexiones que acabo de hacer, están provocadas por algunos comentarios sobre una supuesta crisis en la devoción al Sagrado Corazón de Jesús. No hay tal crisis; la verdadera devoción ha sido y es actualmente una actitud viva, llena de sentido humano y de sentido sobrenatural. Sus frutos han sido y siguen siendo frutos sabrosos de conversión, de entrega, de cumplimiento de la voluntad de Dios, de penetración amorosa en los misterios de la Redención.


Cosa bien diversa, en cambio, son las manifestaciones de ese sentimentalismo ineficaz, ayuno de doctrina, con empacho de pietismo. Tampoco a mí me gustan las imágenes relamidas, esas figuras del Sagrado Corazón que no pueden inspirar devoción ninguna, a personas con sentido común y con sentido sobrenatural de cristiano. Pero no es una muestra de buena lógica convertir unos abusos prácticos, que acaban desapareciendo solos, en un problema doctrinal, teológico.


Si hay crisis, se trata de crisis en el corazón de los hombres, que no aciertan –por miopía, por egoísmo, por estrechez de miras– a vislumbrar el insondable amor de Cristo Señor Nuestro. La liturgia de la santa Iglesia, desde que se instituyó la fiesta de hoy, ha sabido ofrecer el alimento de la verdadera piedad, recogiendo como lectura para la misa un texto de San Pablo, en el que se nos propone todo un programa de vida contemplativa –conocimiento y amor, oración y vida–, que empieza con esta devoción al Corazón de Jesús. Dios mismo, por boca del Apóstol, nos invita a andar por ese camino: que Cristo habite por la fe en vuestros corazones; y que arraigados y cimentados en la caridad, podáis comprender con todos los santos, cuál sea la anchura y la grandeza, la altura y la profundidad del misterio; y conocer también aquel amor de Cristo, que sobrepuja todo conocimiento, para que os llenéis de toda la plenitud de Dios (Eph III, 17–19.).


La plenitud de Dios se nos revela y se nos da en Cristo, en el amor de Cristo, en el Corazón de Cristo. Porque es el Corazón de Aquel en quien habita toda la plenitud de la divinidad corporalmente (Col II, 9.). Por eso, si se pierde de vista este gran designio de Dios –la corriente de amor instaurada en el mundo por la Encarnación, por la Redención y por la Pentecostés–, no se comprenderán las delicadezas del Corazón del Señor.


La verdadera devoción al Corazón de Cristo


Tengamos presente toda la riqueza que se encierra en estas palabras: Sagrado Corazón de Jesús. Cuando hablamos de corazón humano no nos referimos sólo a los sentimientos, aludimos a toda la persona que quiere, que ama y trata a los demás. Y, en el modo de expresarse los hombres, que han recogido las Sagradas Escrituras para que podamos entender así las cosas divinas, el corazón es considerado como el resumen y la fuente, la expresión y el fondo último de los pensamientos, de las palabras, de las acciones. Un hombre vale lo que vale su corazón, podemos decir con lenguaje nuestro.


Al corazón pertenecen la alegría: que se alegre mi corazón en tu socorro (Ps XII, 6.); el arrepentimiento: mi corazón es como cera que se derrite dentro de mi pecho (Ps XXI, 15.); la alabanza a Dios: de mi corazón brota un canto hermoso (Ps XLIV, 2.); la decisión para oír al Señor: está dispuesto mi corazón (Ps LVI, 8.); la vela amorosa: yo duermo, pero mi corazón vigila (Cant V, 2.). Y también la duda y el temor: no se turbe vuestro corazón, creed en mí (Ioh XIV, 1.).


El corazón no sólo siente; también sabe y entiende. La ley de Dios es recibida en el corazón (Cfr. Ps XXXIX, 9.), y en él permanece escrita (Cfr. Prv VII, 3.). Añade también la Escritura: de la abundancia del corazón habla la boca (Mt XII, 34.). El Señor echó en cara a unos escribas: ¿por qué pensáis mal en vuestros corazones? (Mt IX, 4.). Y, para resumir todos los pecados que el hombre puede cometer, dijo: del corazón salen los malos pensamientos, los homicidios, adulterios, fornicaciones, hurtos, falsos testimonios, blasfemias (Mt XV, 19.).


Cuando en la Sagrada Escritura se habla del corazón, no se trata de un sentimiento pasajero, que trae la emoción o las lágrimas. Se habla del corazón para referirse a la persona que, como manifestó el mismo Jesucristo, se dirige toda ella –alma y cuerpo– a lo que considera su bien: porque donde está tu tesoro, allí estará también tu corazón (Mt VI, 21.).


Por eso al tratar ahora del Corazón de Jesús, ponemos de manifiesto la certidumbre del amor de Dios y la verdad de su entrega a nosotros. Al recomendar la devoción a ese Sagrado Corazón, estamos recomendando que debemos dirigirnos íntegramente –con todo lo que somos: nuestra alma, nuestros sentimientos, nuestros pensamientos, nuestras palabras y nuestras acciones, nuestros trabajos y nuestras alegrías– a todo Jesús.


En esto se concreta la verdadera devoción al Corazón de Jesús: en conocer a Dios y conocernos a nosotros mismos, y en mirar a Jesús y acudir a El, que nos anima, nos enseña, nos guía. No cabe en esta devoción más superficialidad que la del hombre que, no siendo íntegramente humano, no acierta a percibir la realidad de Dios encarnado.


Jesús en la Cruz, con el corazón traspasado de Amor por los hombres, es una respuesta elocuente –sobran las palabras– a la pregunta por el valor de las cosas y de las personas. Valen tanto los hombres, su vida y su felicidad, que el mismo Hijo de Dios se entrega para redimirlos, para limpiarlos, para elevarlos. ¿Quién no amará su Corazón tan herido?, preguntaba ante eso un alma contemplativa. Y seguía preguntando: ¿quién no devolverá amor por amor? ¿Quién no abrazará un Corazón tan puro? Nosotros, que somos de carne, pagaremos amor por amor, abrazaremos a nuestro herido, al que los impíos atravesaron manos y pies, el costado y el Corazón. Pidamos que se digne ligar nuestro corazón con el vínculo de su amor y herirlo con una lanza, porque es aún duro e impenitente (S. Buenaventura, Vitis mystica, 3, 11 (PL 184, 643).).


Son pensamientos, afectos, conversaciones que las almas enamoradas han dedicado a Jesús desde siempre. Pero, para entender ese lenguaje, para saber de verdad lo que es el corazón humano y el Corazón de Cristo y el amor de Dios, hace falta fe y hace falta humildad. Con fe y humildad nos dejó San Agustín unas palabras universalmente famosas: nos has creado, Señor, para ser tuyos, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti (S. Agustín, Confessiones, 1, 1, 1 (PL 32, 661).).


Cuando se descuida la humildad, el hombre pretende apropiarse de Dios, pero no de esa manera divina, que el mismo Cristo ha hecho posible, diciendo tomad y comed, porque esto es mi cuerpo (1 Cor XI, 24.): sino intentando reducir la grandeza divina a los limites humanos. La razón, esa razón fría y ciega que no es la inteligencia que procede de la fe, ni tampoco la inteligencia recta de la criatura capaz de gustar y amar las cosas, se convierte en la sinrazón de quien lo somete todo a sus pobres experiencias habituales, que empequeñecen la verdad sobrehumana, que recubren el corazón del hombre con una costra insensible a las mociones del Espíritu Santo. La pobre inteligencia nuestra estaría perdida, si no fuera por el poder misericordioso de Dios que rompe las fronteras de nuestra miseria: os dará un corazón nuevo y os revestiré de un nuevo espíritu; os quitaré vuestro corazón de piedra y os daré en su lugar un corazón de carne (Ez XXXVI, 26.). Y el alma recobra la luz y se llena de gozo, ante las promesas de la Escritura Santa.


Yo tengo pensamientos de paz y no de aflicción (Ier XXIX, 11.), declaró Dios por boca del profeta Jeremías. La liturgia aplica esas palabras a Jesús, porque en El se nos manifiesta con toda claridad que Dios nos quiere de este modo. No viene a condenarnos, a echarnos en cara nuestra indigencia o nuestra mezquindad: viene a salvarnos, a perdonarnos, a disculparnos, a traernos la paz y la alegría. Si reconocemos esta maravillosa relación del Señor con sus hijos, se cambiarán necesariamente nuestros corazones, y nos haremos cargo de que ante nuestros ojos se abre un panorama absolutamente nuevo, lleno de relieve, de hondura y de luz.


Llevar a los demás el amor de Cristo


Pero fijaos en que Dios no nos declara: en lugar del corazón, os daré una voluntad de puro espíritu. No: nos da un corazón, y un corazón de carne, como el de Cristo. Yo no cuento con un corazón para amar a Dios, y con otro para amar a las personas de la tierra. Con el mismo corazón con el que he querido a mis padres y quiero a mis amigos, con ese mismo corazón amo yo a Cristo, y al Padre, y el Espíritu Santo y a Santa María. No me cansaré de repetirlo: tenemos que ser muy humanos; porque, de otro modo, tampoco podremos ser divinos.


El amor humano, el amor de aquí abajo en la tierra cuando es verdadero, nos ayuda a saborear el amor divino. Así entrevemos el amor con que gozaremos de Dios y el que mediará entre nosotros, allá en el cielo, cuando el Señor sea todo en todas las cosas (1 Cor XV, 28.). Ese comenzar a entender lo que es el amor divino nos empujará a manifestarnos habitualmente más compasivos, más generosos, más entregados.


Hemos de dar lo que recibimos, enseñar lo que aprendemos; hacer partícipes a los demás –sin engreimiento, con sencillez– de ese conocimiento del amor de Cristo. Al realizar cada uno vuestro trabajo, al ejercer vuestra profesión en la sociedad, podéis y debéis convertir vuestra ocupación en una tarea de servicio. El trabajo bien acabado, que progresa y hace progresar, que tiene en cuenta los adelantos de la cultura y de la técnica, realiza una gran función, útil siempre a la humanidad entera, si nos mueve la generosidad, no el egoísmo, el bien de todos, no el provecho propio: si está lleno de sentido cristiano de la vida.


Con ocasión de esa labor, en la misma trama de las relaciones humanas, habéis de mostrar la caridad de Cristo y sus resultados concretos de amistad, de comprensión, de cariño humano, de paz. Como Cristo pasó haciendo el bien (Act X, 38.)p por todos los caminos de Palestina, vosotros en los caminos humanos de la familia, de la sociedad civil, de las relaciones del quehacer profesional ordinario, de la cultura y del descanso, tenéis que desarrollar también una gran siembra de paz. Será la mejor prueba de que a vuestro corazón ha llegado el reino de Dios: nosotros conocemos haber sido trasladados de la muerte a la vida –escribe el Apóstol San Juan– en que amamos a los hermanos (1 Ioh III, 14.).


Pero nadie vive ese amor, si no se forma en la escuela del Corazón de Jesús. Sólo si miramos y contemplamos el Corazón de Cristo, conseguiremos que el nuestro se libere del odio y de la indiferencia; solamente así sabremos reaccionar de modo cristiano ante los sufrimientos ajenos, ante el dolor.


Recordad la escena que nos cuenta San Lucas, cuando Cristo andaba cerca de la ciudad de Naím (Lc VII, 11–17.). Jesús ve la congoja de aquellas personas, con las que se cruzaba ocasionalmente. Podía haber pasado de largo, o esperar una llamada, una petición. Pero ni se va ni espera. Toma la iniciativa, movido por la aflicción de una mujer viuda, que había perdido lo único que le quedaba, su hijo.


El evangelista explica que Jesús se compadeció: quizá se conmovería también exteriormente, como en la muerte de Lázaro. No era, no es Jesucristo insensible ante el padecimiento, que nace del amor, ni se goza en separar a los hijos de los padres: supera la muerte para dar la vida, para que estén cerca los se quieren, exigiendo antes y a la vez la preeminencia del Amor divino que ha de informar la auténtica existencia cristiana.


Cristo conoce que le rodea una multitud, que permanecerá pasmada ante el milagro e irá pregonando el suceso por toda la comarca. Pero el Señor no actúa artificialmente, para realizar un gesto: se siente sencillamente afectado por el sufrimiento de aquella mujer, y no puede dejar de consolarla. En efecto, se acercó a ella y le dijo: no llores (Lc VII, 13.). Que es como darle a entender: no quiero verte en lágrimas, porque yo he venido a traer a la tierra el gozo y la paz. Luego tiene lugar el milagro, manifestación del poder de Cristo Dios. Pero antes fue la conmoción de su alma, manifestación evidente de la ternura del Corazón de Cristo Hombre.


Si no aprendemos de Jesús, no amaremos nunca. Si pensásemos, como algunos, que conservar un corazón limpio, digno de Dios, significa no mezclarlo, no contaminarlo con afectos humanos, entonces el resultado lógico sería hacernos insensibles ante el dolor de los demás. Seríamos capaces sólo de una caridad oficial, seca y sin alma, no de la verdadera caridad de Jesucristo, que es cariño, calor humano. Con esto no doy pie a falsas teorías, que son tristes excusas para desviar los corazones –apartándolos de Dios–, y llevarlos a malas ocasiones y a la perdición.


En la fiesta de hoy hemos de pedir al Señor que nos conceda un corazón bueno, capaz de compadecerse de las penas de las criaturas, capaz de comprender que, para remediar los tormentos que acompañan y no pocas veces angustian las almas en este mundo, el verdadero bálsamo es el amor, la caridad: todos los demás consuelos apenas sirven para distraer un momento, y dejar más tarde amargura y desesperación.


Si queremos ayudar a los demás, hemos de amarles, insisto, con un amor que sea comprensión y entrega, afecto y voluntaria humildad. Así entenderemos por qué el Señor decidió resumir toda la Ley en ese doble mandamiento, que es en realidad un mandamiento solo: el amor a Dios y el amor al prójimo, con todo nuestro corazón (Cfr. Mt XXII, 40.).


Quizá penséis ahora que a veces los cristianos –no los otros: tú y yo– nos olvidamos de las aplicaciones más elementales de ese deber. Quizá penséis en tantas injusticias que no se remedian, en los abusos que no son corregidos, en situaciones de discriminación que se trasmiten de una generación a otra, sin que se ponga en camino una solución desde la raíz.


No puedo, ni tengo por qué, proponeros la forma concreta de resolver esos problemas. Pero, como sacerdote de Cristo, es deber mío recordaros lo que la Escritura Santa dice. Meditad en la escena del juicio, que el mismo Jesús ha descrito: apartaos de mí, malditos, e id al fuego eterno, que ha sido preparado para el diablo y sus ángeles. Porque tuve hambre y no me disteis de comer; tuve sed y no me disteis de beber; fui peregrino y no me recibisteis; desnudo, y no me cubristeis; enfermo y encarcelado, y no me visitasteis (Mt XXV, 41–43.).


Un hombre o una sociedad que no reaccione ante las tribulaciones o las injusticias, y que no se esfuerce por aliviarlas, no son un hombre o una sociedad a la medida del amor del Corazón de Cristo. Los cristianos –conservando siempre la más amplia libertad a la hora de estudiar y de llevar a la práctica las diversas soluciones y, por tanto, con un lógico pluralismo–, han de coincidir en el idéntico afán de servir a la humanidad. De otro modo, su cristianismo no será la Palabra y la Vida de Jesús: será un disfraz, un engaño de cara a Dios y de cara a los hombres.


La paz de Cristo


Pero he de proponeros además otra consideración: que hemos de luchar sin desmayo por obrar el bien, precisamente porque sabemos que es difícil que los hombres nos decidamos seriamente a ejercitar la justicia, y es mucho lo que falta para que la convivencia terrena esté inspirada por el amor, y no por el odio o la indiferencia. No se nos oculta tampoco que, aunque consigamos llegar a una razonable distribución de los bienes y a una armoniosa organización de la sociedad, no desaparecerá el dolor de la enfermedad, el de la incomprensión o el de la soledad, el de la muerte de las personas que amamos, el de la experiencia de la propia limitación.


Ante esas pesadumbres, el cristiano sólo tiene una respuesta auténtica, una respuesta que es definitiva: Cristo en la Cruz, Dios que sufre y que muere, Dios que nos entrega su Corazón, que una lanza abrió por amor a todos. Nuestro Señor abomina de las injusticias, y condena al que las comete. Pero, como respeta la libertad de cada individuo, permite que las haya. Dios Nuestro Señor no causa el dolor de las criaturas, pero lo tolera porque —después del pecado original— forma parte de la condición humana. Sin embargo, su Corazón lleno de Amor por los hombres le hizo cargar sobre sí, con la Cruz, todas esas torturas: nuestro sufrimiento, nuestra tristeza, nuestra angustia, nuestra hambre y sed de justicia.


La enseñanza cristiana sobre el dolor no es un programa de consuelos fáciles. Es, en primer término, una doctrina de aceptación de ese padecimiento, que es de hecho inseparable de toda vida humana. No os puedo ocultar —con alegría, porque siempre he predicado y he procurado vivir que, donde está la Cruz, está Cristo, el Amor— que el dolor ha aparecido frecuentemente en mi vida; y más de una vez he tenido ganas de llorar. En otras ocasiones, he sentido que crecía mi disgusto ante la injusticia y el mal. Y he paladeado la desazón de ver que no podía hacer nada, que —a pesar de mis deseos y de mis esfuerzos— no conseguía mejorar aquellas inicuas situaciones.


Cuando os hablo de dolor, no os hablo sólo de teorías. Ni me limito tampoco a recoger una experiencia de otros, al confirmaros que, si —ante la realidad del sufrimiento— sentís alguna vez que vacila vuestra alma, el remedio es mirar a Cristo. La escena del Calvario proclama a todos que las aflicciones han de ser santificadas, si vivimos unidos a la Cruz.


Porque las tribulaciones nuestras, cristianamente vividas, se convierten en reparación, en desagravio, en participación en el destino y en la vida de Jesús, que voluntariamente experimentó por Amor a los hombres toda la gama del dolor, todo tipo de tormentos. Nació, vivió y murió pobre; fue atacado, insultado, difamado, calumniado y condenado injustamente; conoció la traición y el abandono de los discípulos; experimentó la soledad y las amarguras del castigo y de la muerte. Ahora mismo Cristo sigue sufriendo en sus miembros, en la humanidad entera que puebla la tierra, y de la que el es Cabeza, y Primogénito, y Redentor.


El dolor entra en los planes de Dios. Esa es la realidad, aunque nos cueste entenderla. También, como Hombre, le costó a Jesucristo soportarla: Padre, si quieres, aleja de mí este cáliz, pero no se haga mi voluntad, sino la tuya. En esta tensión de suplicio y de aceptación de la voluntad del Padre, Jesús va a la muerte serenamente, perdonando a los que le crucifican.


Precisamente, esa admisión sobrenatural del dolor supone, al mismo tiempo, la mayor conquista. Jesús, muriendo en la Cruz, ha vencido la muerte; Dios saca, de la muerte, vida. La actitud de un hijo de Dios no es la de quien se resigna a su trágica desventura, es la satisfacción de quien pregusta ya la victoria. En nombre de ese amor victorioso de Cristo, los cristianos debemos lanzarnos por todos los caminos de la tierra, para ser sembradores de paz y de alegría con nuestra palabra y con nuestras obras. Hemos de luchar —lucha de paz— contra el mal, contra la injusticia, contra el pecado, para proclamar así que la actual condición humana no es la definitiva; que el amor de Dios, manifestado en el Corazón de Cristo, alcanzará el glorioso triunfo espiritual de los hombres.


Evocábamos antes los sucesos de Naím. Podríamos citar ahora otros, porque los Evangelios están llenos de escenas semejantes. Esos relatos han removido y seguirán removiendo siempre los corazones de las criaturas: ya que no entrañan sólo el gesto sincero de un hombre que se compadece de sus semejantes, porque presentan esencialmente la revelación de la caridad inmensa del Señor. El Corazón de Jesús es el Corazón de Dios encarnado, del Emmanuel, Dios con nosotros.


La Iglesia, unida a Cristo, nace de un Corazón herido. De ese Corazón, abierto de par en par, se nos trasmite la vida. ¡Cómo no recordar aquí, aunque sea de pasada, los sacramentos, a través de los cuales Dios obra en nosotros y nos hace partícipes de la fuerza redentora de Cristo? ¿Cómo no recordar con agradecimiento particular el Santísimo Sacramento de la Eucaristía, el Santo Sacrificio del Calvario y su constante renovación incruenta en nuestra Misa? Jesús que se nos entrega como alimento: porque Jesucristo viene a nosotros, todo ha cambiado, y en nuestro ser se manifiestan fuerzas —la ayuda del Espíritu Santo— que llenan el alma, que informan nuestras acciones, nuestro modo de pensar y de sentir. El Corazón de Cristo es paz para el cristiano.


El fundamento de la entrega que el Señor nos pide, no se concreta sólo en nuestros deseos ni en nuestras fuerzas, tantas veces cortos o impotentes: primeramente se apoya en las gracias que nos ha logrado el Amor del Corazón de Dios hecho Hombre. Por eso podemos y debemos perseverar en nuestra vida interior de hijos del Padre Nuestro que está en los cielos, sin dar cabida al desánimo ni al desaliento. Me gusta hacer considerar cómo el cristiano, en su existencia ordinaria y corriente, en los detalles más sencillos, en las circunstancias normales de su jornada habitual, pone en ejercicio la fe, la esperanza y la caridad, porque allí reposa la esencia de la conducta de un alma que cuenta con el auxilio divino; y que, en la práctica de esas virtudes teologales, encuentra la alegría, la fuerza y la serenidad.


Estos son los frutos de la paz de Cristo, de la paz que nos trae su Corazón Sacratísimo. Porque —digámoslo una vez más— el amor de Jesús a los hombres es un aspecto insondable del misterio divino, del amor del Hijo al Padre y al Espíritu Santo. El Espíritu Santo, el lazo de amor entre el Padre y el Hijo, encuentra en el Verbo un Corazón humano.


No es posible hablar de estas realidades centrales de nuestra fe, sin advertir la limitación de nuestra inteligencia y las grandezas de la Revelación. Pero, aunque no podamos abarcar esas verdades, aunque nuestra razón se pasme ante ellas, humilde y firmemente las creemos: sabemos, apoyados en el testimonio de Cristo, que son así. Que el Amor, en el seno de la Trinidad, se derrama sobre todos los hombres por el amor del Corazón de Jesús.


Vivir en el Corazón de Jesús, unirse a él estrechamente es, por tanto, convertirnos en morada de Dios. El que me ama será amado por mi Padre, nos anunció el Señor. Y Cristo y el Padre, en el Espíritu Santo, vienen al alma y hacen en ella su morada.


Cuando —aunque sea sólo un poco— comprendemos esos fundamentos, nuestra manera de ser cambia. Tenemos hambre de Dios, y hacemos nuestras las palabras del Salmo: Dios mío, te busco solícito, sedienta de ti está mi alma, mi carne te desea, como tierra árida, sin agua. Y Jesús, que ha fomentado nuestras ansias, sale a nuestro encuentro y nos dice: si alguno tiene sed, venga a mí y beba. Nos ofrece su Corazón, para que encontremos allí nuestro descanso y nuestra fortaleza. Si aceptamos su llamada, comprobaremos que sus palabras son verdaderas: y aumentará nuestra hambre y nuestra sed, hasta desear que Dios establezca en nuestro corazón el lugar de su reposo, y que no aparte de nosotros su calor y su luz.


Ignem veni mittere in terram, et quid volo nisi ut accendatur?, fuego he venido a traer a la tierra, y ¿qué he de querer sino que arda?. Nos hemos asomado un poco al fuego del Amor de Dios; dejemos que su impulso mueva nuestras vidas, sintamos la ilusión de llevar el fuego divino de un extremo a otro del mundo, de darlo a conocer a quienes nos rodean: para que también ellos conozcan la paz de Cristo y, con ella, encuentren la felicidad. Un cristiano que viva unido al Corazón de Jesús no puede tener otras metas: la paz en la sociedad, la paz en la Iglesia, la paz en la propia alma, la paz de Dios que se consumará cuando venga a nosotros su reino.


María, Regina pacis, reina de la paz, porque tuviste fe y creíste que se cumpliría el anuncio del Angel, ayúdanos a crecer en la fe, a ser firmes en la esperanza, a profundizar en el Amor. Porque eso es lo que quiere hoy de nosotros tu Hijo, al mostrarnos su Sacratísimo Corazón.




29 de octubre de 2021

Más que en "dar", la caridad está en "comprender"

 



Evangelio (Lc 14,1-6)


Un sábado, entró él a comer en casa de uno de los principales fariseos y ellos le estaban observando. Y resultó que delante de él había un hombre hidrópico. Y tomando la palabra, les dijo Jesús a los doctores de la Ley y a los fariseos:


—¿Es lícito curar en sábado o no?


Pero ellos callaron. Y tomándolo, lo curó y lo despidió.


Y les dijo:


—¿Quién de vosotros, si se le cae al pozo un hijo o un buey, no lo saca enseguida un día de sábado?


Y no pudieron responderle a esto.


Comentario


El Señor convive con todo tipo de personas. Acepta la invitación al banquete que Zaqueo organizó justo después de su conversión. También se reúne con un grupo más estrecho de amigos, como Marta, María y Lázaro en Betania. Y no deja de aceptar, incluso, las invitaciones a la casa de fariseos, como vemos en el Evangelio del día de hoy.


Jesús se encuentra ante un enfermo y los fariseos observan la escena. Para los fariseos, el enfermo es solo una ocasión para poner a prueba a Jesús: ¿lo curará en día de sábado? ¿cómo resolverá este problema? No parece que les importe mucho el estado de aquel pobre hombre. Jesús, sin embargo, no entra en esa lógica de sus adversarios. Él no ve en ese enfermo una excusa para tener una discusión sobre la ley. Ve, sobre todo, a una persona que necesita su ayuda: «¿Quién de vosotros, si se le cae al pozo un hijo o un buey, no lo saca enseguida un día de sábado?» (v. 5) Con esta pregunta, Jesús sugiere que los fariseos tienen que cambiar de perspectiva: el enfermo no es un caso para hacer una disquisición teórica, sino alguien ante quien no se puede permanecer indiferente.


En la acción de Cristo vemos cómo la caridad nos dirige hacia la persona concreta. Nos da esa mirada sencilla, que no se deja atrapar por prejuicios o ideologías que con frecuencia oscurecen las necesidades reales de los demás. La caridad nos hace conectar con las personas y entrar en su mundo interior. Una vez realizada esa conexión, es mucho más fácil y natural encontrar solución a las situaciones problemáticas que puedan atravesar. Por eso, san Josemaría decía: «Más que en "dar", la caridad está en "comprender"» (Camino, 463).


PARA TU ORACION PERSONAL 

Más que en "dar", la caridad está en "comprender". —Por eso busca una excusa para tu prójimo —las hay siempre—, si tienes el deber de juzgar.

La lógica del diálogo

Más que en "dar", la caridad está en "comprender". —Por eso busca una excusa para tu prójimo —las hay siempre—, si tienes el deber de juzgar.

Camino, 463

El cristiano ha de mostrarse siempre dispuesto a convivir con todos, a dar a todos —con su trato— la posibilidad de acercarse a Cristo Jesús. Ha de sacrificarse gustosamente por todos, sin distinciones, sin dividir las almas en departamentos estancos, sin ponerles etiquetas como si fueran mercancías o insectos disecados. No puede el cristiano separarse de los demás, porque su vida sería miserable y egoísta: debe hacerse todo para todos, para salvarlos a todos.

Es Cristo que pasa, 124

El amor a las almas, por Dios, nos hace querer a todos, comprender, disculpar, perdonar...

-Debemos tener un amor que cubra la multitud de las deficiencias de las miserias humanas. Debemos tener una caridad maravillosa, veritatem facientes in caritate, defendiendo la verdad, sin herir.

Forja, 559

Diferencias que unen

Cada uno de nosotros tiene su carácter, sus gustos personales, su genio —su mal genio, a veces— y sus defectos. Cada uno tiene también cosas agradables en su personalidad, y por eso y por muchas más razones, se le puede querer. La convivencia es posible cuanto todos tratan de corregir las propias deficiencias y procuran pasar por encima de las faltas de los demás: es decir, cuando hay amor, que anula y supera todo lo que falsamente podría ser motivo de separación o de divergencia. En cambio, si se dramatizan los pequeños contrastes y mutuamente comienzan a echarse en cara los defectos y las equivocaciones, entonces se acaba la paz y se corre el riesgo de matar el cariño.

Conversaciones, n. 108

Si alguno dice que no puede aguantar esto o aquello, que le resulta imposible callar, está exagerando para justificarse. Hay que pedir a Dios la fuerza para saber dominar el propio capricho; la gracia, para saber tener el dominio de sí mismo. Porque los peligros de un enfado están ahí: en que se pierda el control y las palabras se puedan llenar de amargura, y lleguen a ofender y, aunque tal vez no se deseaba, a herir y a hacer daño.

Conversaciones, n. 108

¿Tendré yo toda la razón?

Otra cosa muy importante: debemos acostumbrarnos a pensar que nunca tenemos toda la razón. Incluso se puede decir que, en asuntos de ordinario tan opinables, mientras más seguro se está de tener toda la razón, tanto más indudable es que no la tenemos. Discurriendo de este modo, resulta luego más sencillo rectificar y, si hace falta, pedir perdón, que es la mejor manera de acabar con un enfado: así se llega a la paz y al cariño. No os animo a pelear: pero es razonable que peleemos alguna vez con los que más queremos, que son los que habitualmente viven con nosotros. No vamos a reñir con el preste Juan de las Indias. Por tanto, esas pequeñas trifulcas (...) si no son frecuentes —y hay que procurar que no lo sean—, no denotan falta de amor, e incluso pueden ayudar a aumentarlo.

Conversaciones, n. 108

La humildad nos lleva como de la mano a esa forma de tratar al prójimo, que es la mejor: la de comprender a todos, convivir con todos, disculpar a todos; no crear divisiones ni barreras; comportarse —¡siempre!— como instrumentos de unidad.

Amigos de Dios, 233

Un toque de buen humor

A veces nos tomamos demasiado en serio. Todos nos enfadamos de cuando en cuando; en ocasiones, porque es necesario; otras veces, porque nos falta espíritu de mortificación. Lo importante es demostrar que esos enfados no quiebran el afecto, reanudando la intimidad familiar con una sonrisa.

Conversaciones, n. 108

Cariño sincero

No poseemos un corazón para amar a Dios, y otro para querer a las criaturas: este pobre corazón nuestro, de carne, quiere con un cariño humano que, si está unido al amor de Cristo, es también sobrenatural. Esa, y no otra, es la caridad que hemos de cultivar en el alma, la que nos llevará a descubrir en los demás la imagen de Nuestro Señor.

Amigos de Dios, 229

Amar en cristiano significa querer querer, decidirse en Cristo a buscar el bien de las almas sin discriminación de ningún género.

Amigos de Dios, 231

Has de conducirte cada día, al tratar a quienes te rodean, con mucha comprensión, con mucho cariño, junto —claro está— con toda la energía necesaria: si no, la comprensión y el cariño se convierten en complicidad y en egoísmo.

Surco, 803

Caridad y verdad

Nuestro amor no se confunde con una postura sentimental, tampoco con la simple camaradería, ni con el poco claro afán de ayudar a los otros para demostrarnos a nosotros mismos que somos superiores. Es convivir con el prójimo, venerar —insisto— la imagen de Dios que hay en cada hombre, procurando que también él la contemple, para que sepa dirigirse a Cristo.

Amigos de Dios, 230

La parte positiva

Sólo serás bueno, si sabes ver las cosas buenas y las virtudes de los demás.

—Por eso, cuando hayas de corregir, hazlo con caridad, en el momento oportuno, sin humillar..., y con ánimo de aprender y de mejorar tú mismo en lo que corrijas.

Forja, 455

Murmurar, dicen, es muy humano. —He replicado: nosotros hemos de vivir a lo divino.

La palabra malvada o ligera de un solo hombre puede formar una opinión, y aun poner de moda que se hable mal de alguien... Luego, esa murmuración sube de abajo, llega a la altura, y quizá se condensa en negras nubes.

Surco, 909

Un discípulo de Cristo jamás tratará mal a persona alguna; al error le llama error, pero al que está equivocado le debe corregir con afecto: si no, no le podrá ayudar, no le podrá santificar. Hay que convivir, hay que comprender, hay que disculpar, hay que ser fraternos; y, como aconsejaba San Juan de la Cruz, en todo momento hay que poner amor, donde no hay amor, para sacar amor, también en esas circunstancias aparentemente intrascendentes que nos brindan el trabajo profesional y las relaciones familiares y sociales. Por lo tanto, tú y yo aprovecharemos hasta las más banales oportunidades que se presenten a nuestro alrededor, para santificarlas, para santificarnos y para santificar a los que con nosotros comparten los mismos afanes cotidianos, sintiendo en nuestras vidas el peso dulce y sugestivo de la corredención.

Amigos de Dios, 9


Cuando te hablo del "buen ejemplo", quiero indicarte también que has de comprender y disculpar, que has de llenar el mundo de paz y de amor. (Forja, 560)


¡Si los cristianos supiésemos servir! Vamos a confiar al Señor nuestra decisión de aprender a realizar esta tarea de servicio, porque sólo sirviendo podremos conocer y amar a Cristo, y darlo a conocer y lograr que otros más lo amen.

¿Cómo lo mostraremos a las almas? Con el ejemplo: que seamos testimonio suyo, con nuestra voluntaria servidumbre a Jesucristo, en todas nuestras actividades, porque es el Señor de todas las realidades de nuestra vida, porque es la única y la última razón de nuestra existencia. Después, cuando hayamos prestado ese testimonio del ejemplo, seremos capaces de instruir con la palabra, con la doctrina. Así obró Cristo: coepit facere et docere, primero enseñó con obras, luego con su predicación divina.

Servir a los demás, por Cristo, exige ser muy humanos. Si nuestra vida es deshumana, Dios no edificará nada en ella, porque ordinariamente no construye sobre el desorden, sobre el egoísmo, sobre la prepotencia. Hemos de disculpar a todos, hemos de perdonar a todos. No diremos que lo injusto es justo, que la ofensa a Dios no es ofensa a Dios, que lo malo es bueno. Pero, ante el mal, no contestaremos con otro mal, sino con la doctrina clara y con la acción buena: ahogando el mal en abundancia de bien. (Es Cristo que pasa, 182).



29 de agosto de 2021

CORAZON ENAMORADO


 Evangelio (Mc 7,1-8. 14-15. 21-23)


En aquel tiempo, se reunieron junto a Jesús los fariseos y algunos escribas venidos de Jerusalén; y vieron que algunos discípulos comían con manos impuras, es decir, sin lavarse las manos. (Pues los fariseos, como los demás judíos, no comen sin lavarse antes las manos, restregando bien, aferrándose a la tradición de sus mayores, y al volver de la plaza no comen sin lavarse antes, y se aferran a otras muchas tradiciones, de lavar vasos, jarras y ollas). Y los fariseos y los escribas le preguntaron: ¿Por qué no caminan tus discípulos según las tradiciones de los mayores y comen el pan con manos impuras? Él les contestó “Bien profetizó Isaías de vosotros, hipócritas, como está escrito: Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. El culto que me dan está vacío, porque la doctrina que enseñan son preceptos humanos”: Dejáis a un lado el mandamiento de Dios para aferraros a la tradición de los hombres. Llamó Jesús de nuevo a la gente y les dijo “Escuchad y entended todos: nada que entre de fuera puede hacer al hombre impuro; lo que sale de dentro es lo que hace impuro al hombre. Porque de dentro, del corazón del hombre, salen los pensamientos perversos, las fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, codicias, malicias, fraudes, desenfreno, envidia, difamación, orgullo, frivolidad. Todas esas maldades salen de dentro y hacen al hombre impuro”.


Comentario


En el Evangelio de hoy, meditamos las palabras del Señor acerca de la pureza en el corazón del hombre. Este pasaje está muy relacionado con Mt 5,8 «Dichosos los que tienen el corazón puro, porque ellos verán a Dios». Relacionar estos dos pasajes nos lleva a una conclusión: para ser felices, debemos mirar en el fondo del corazón y buscar amar a Dios y a los demás. El que hace esto, verá a Dios.


Los fariseos se muestran escandalizados porque los discípulos de Jesús no cumplen algunas de las tradiciones judías, como lavarse las manos antes de comer. Jesús, alienta a los fariseos, a no cumplir los preceptos por el hecho de que sean tradiciones sino porque son un instrumento para amar a Dios.


El Señor no quiere un cumplimiento formal. Llama "hipócritas" a los fariseos por actuar cumpliendo tradiciones, pero con un corazón alejado de Dios y de las demás personas. En griego, hipócrita significa actor, artista o máscara (en una función teatral). Es decir, es aquel que vive de una manera, pero actúa de forma distinta de cara a los demás. Dios no quiere máscaras para nuestra vida. El espectador, no son las demás personas, sino Dios que ve todo lo que hacemos y no podemos llevar una máscara delante de Él.


Este mismo problema del “fariseísmo”, tiene una gran actualidad para los cristianos de hoy. Para muchos, ser cristiano puede limitarse a cumplir una serie de normas u obligaciones rígidas: acudir a la Misa dominical, confesarse de vez en cuando, etc... cosas buenas, sin duda alguna, pero que hechas sin un corazón enamorado, nos conducen a una actitud farisaica.


Recordemos el mandamiento nuevo “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente. Este es el primero y grande mandamiento. Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo.” (Mt 22, 37-39) Jesús va más allá. Nos invita a mirarnos por dentro. No quiere que cumplamos obligaciones, sino que amemos. El fin es amar, no cumplir. Si no se busca amar a Dios y a los demás, pierden totalmente su sentido.


Dios nos invita a mirar en el fondo de nuestro corazón “Porque de dentro, del corazón del hombre, salen los pensamientos perversos, las fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, codicias, malicias, fraudes, desenfreno, envidia, difamación, orgullo, frivolidad. Todas esas maldades salen de dentro y hacen al hombre impuro”. Pero también, es el lugar donde nace todo lo bueno que haya en el hombre: el servicio a los demás, la generosidad, la humildad, el amor por lo sagrado, la modestia, la caridad a Dios y al prójimo.


Y ¿cómo conozco la voluntad de Dios para mí? Para poder discernir entre lo bueno y lo malo, tenemos un medio de gran valor: la oración. Orar es hablar con Dios en fondo de nuestro corazón. Por este medio debe pasar toda nuestra vida. Durante la oración, se unen el Cielo y la tierra. Es en el fondo del corazón donde aprendemos la voluntad de Dios para nosotros.


Para orar con Dios es necesario liberar el corazón de los propios engaños, el pecado. Los pecados cambian la visión interior, cambian el modo de evaluar las cosas. Te hacen ver cosas que no son verdaderas. Nuestro peor enemigo está escondido dentro de nosotros mismos, y necesitamos convertirnos al Señor.


Acudamos al Señor en la oración, para que nos haga amarle a Él y a los demás en cada una de las circunstancias de la vida. Pidamos un corazón enamorado.


PARA TU ORACION PERSONAL

Memoria del Beato Josemaría Escrivá, entrevista de Salvador Bernal a Mons. Javier Echevarría.

Ha salido como de pasada aquel presagio de doña María Dolores Albás: "Josemaría, vas a sufrir mucho en la vida, pues pones todo el corazón en lo que haces". Y Vd. destacó este rasgo de su personalidad en el primer artículo que publicó sobre el Fundador del Opus Dei: Mons. Escrivá de Balaguer, un corazón que sabía amar. Pero se puede profundizar en esta dimensión, que anudaba múltiples facetas de su existencia.


Muy grabada le quedó la conversación con su padre, cuando se decidió a emprender el sacerdocio. Don José Escrivá le hizo considerar que los sacerdotes tienen que ser muy santos, y no dudó en afirmar, convencido: lo sé, papá. Luego añadió que seguir ese camino supone renunciar a los amores en la tierra. El Fundador del Opus Dei explicaría años después: era muy bueno mi padre, y tenía derecho a mirar las cosas desde un punto de vista de tejas abajo. Pero en este caso concreto se equivocaba. Yo, a pesar de mis pocos años, me daba cuenta, y sigo pensando lo mismo: los sacerdotes no estamos solos, tenemos el mejor Amor y vivimos enamorados; y, por este Amor, somos capaces de servir, precisamente porque estamos perennemente enamorados.


Un día, en 1962, recibí una consulta por teléfono, desde la dirección del Centro en que estábamos. Querían utilizar el único coche que había en la casa, con objeto de llevar a uno de los residentes al médico. Contesté que sí, sin decírselo a Mons. Escrivá de Balaguer, porque sabía que no iba a necesitar ese vehículo. Poco más tarde, le informé. Me preguntó inmediatamente quién era el enfermo y qué le ocurría. Habían salido ya, y no pude darle detalles. Me corrigió entonces, con mucho cariño y claridad: no dejes que vuelva a suceder en tu vida. Cualquier cosa de un hermano tuyo, aunque acabe de llegar a la Obra, te tiene que preocupar como algo de tu propia vida. Este espíritu hemos de vivirlo aunque seamos muy jóvenes de edad, porque el trato con Dios nos da la madurez de saber ocuparnos enteramente de las almas.


Nos sabíamos hijos de su oración y de su mortificación. Todos, y especialmente quienes vivíamos a su lado, podíamos comprobarlo: por sus conversaciones; por su disponibilidad; por su servicio; por su afán de ayudar a cada uno. Repetía que le importaban nuestras almas y nuestros cuerpos: nuestras almas, porque tenían que estar muy unidas a Dios; nuestros cuerpos, porque era necesario cuidar el borriquito, para exigirle rendimiento en servicio de la Iglesia.


Ante su disponibilidad, entendíamos mejor su predicación constante de sentir el orgullo santo de servir a los demás. En la Obra, no puede haber señoritos, comodones, hijos de familia pudiente con el orgullo tonto de no querer servir y de hacerse servir, en cambio, por los demás.


En sus escritos, surgen continuamente expresiones poéticas, referencias al amor humano, que muestran la amplitud de su corazón.


El Fundador del Opus Dei recordaba a menudo que hemos de querer al Señor con el mismo corazón con que amamos a nuestros padres, con el mismo con que habríamos amado -o con que se ama- a una criatura de la tierra: hijos míos, hay que amar a Dios con el alma entera, con todo el corazón, con el cuerpo y con el alma. Insisto: ¡que no falte la gracia humana en la correspondencia a la gracia divina que recibimos!


En una meditación en 1950, nos insistía con una imagen gráfica: ¿no os habéis fijado que, por ver a la persona amada, se pasan el tiempo debajo de la ventana, o cerca de la puerta por la que tiene que atravesar esa persona? ¡Hacen el oso!, dicen en mi tierra para indicar las múltiples maneras que se inventan los enamorados para ver y contemplar a la persona que aman. Pues a mí me gustaría que cada uno de vosotros hiciera el oso, para rondar a Dios como verdaderos enamorados.


Era muy suya la expresión "cortejar a Dios", ese hacer la corte, propio de los enamorados, como se afirma en la tierra aragonesa, y como se afirma por distintas regiones de la tierra española. Estas frases -andarse con contemplaciones, contemplar, cortejar, hacer el oso, rondar, etc.- que se emplean para describir a los enamorados en la vida corriente, le venían enseguida a la cabeza cuando explicaba nuestro trato con Dios. No eran ocurrencias de un entendimiento bien dotado, ni el recurso a figuras o comparaciones para atraer la atención: respondían a su modo personal de dar vueltas alrededor del Señor, ya que todo su comportamiento giraba en torno a su relación de amor a Dios.


Estas delicadezas de corazón joven, que arde en deseos de entrega, se verificaban en los últimos años de su vida todavía con mayor fuerza: reiteraba aún más las palabras del Apóstol Juan, qui autem timet non est perfectus in caritate!, que traducía libremente: ¡el que tiene miedo, el que anda con cautelas, no sabe querer!


Se sentía plenamente enamorado de la Bondad de Dios y quería honrarle por ser Él quien es. Nos hacía notar que la predilección que hemos recibido al incorporarnos a la Iglesia, debía constituir una raíz fundamental en la chifladura de amor que los hijos de Dios deberíamos manifestar a la Trinidad Santísima. En 1967, puntualizaba: el corazón de la criatura, con la gracia de Dios, es capaz de amar una inmensidad. ¡Vale la pena ser fieles!: no olvidéis que nosotros somos enamorados; ¡no somos gentes sin amor! Si no metemos completamente a Dios en nuestras vidas, ¡enamorados!, no podemos tirar para adelante. No hagáis nada sin poner por lo menos una chispa de amor, ¡aunque cueste!


Aprovechaba todo lo humano noble para referirlo al querer divino. Le gustaban las canciones que canta el pueblo, tonadas limpias, de amor humano, y las repetía llevándolas al amor de Dios. Sería muy largo enumerar las que recogió de la tradición popular de muchos países, y las incorporó a su vida interior; entre otras, repetía con alguna frecuencia esta jota de su tierra: "fuiste mi primer amor; / tú me enseñaste a querer, / no me enseñes a olvidar, / que no lo quiero aprender".


Me ha llamado la atención siempre que el texto -a mi juicio- más sugestivo de Mons. Escrivá de Balaguer sobre la virtud de la castidad, aparezca precisamente en una homilía sobre el matrimonio: La castidad -no simple continencia, sino afirmación decidida de una voluntad enamorada- es una virtud que mantiene la juventud del amor en cualquier estado de vida (cfr. Es Cristo que pasa, 25).


El año anterior a su marcha al Cielo, nos insistía con claridad: el corazón de los hombres -a tu edad y a la mía: ¡siempre!- es de carne y, si no procuramos mantenerlo limpio, se llena de carne. Para estar con Dios, pon sacrificio en tu amor. No hemos de ver la vida como una Cruz, aunque -pensándolo bien- no estaríamos mal allí, porque la Cruz es un trono, que ayuda a buscar el rostro de Jesús.


Nos animaba a que rechazásemos la tristeza, porque da paso a la búsqueda de compensaciones que apartan de Dios. El 26 de septiembre de 1971, nos indicaba: la tristeza, si no se abre enseguida el corazón, acaba siempre -¡no lo olvidéis!- en la lujuria. Cortad con ese modo de vivir, con la tristeza, porque es impropia de un hijo de Dios. Y, al revés, la falta de delicadeza es fuente de pesadumbres, como señalaba en 1969:hijos míos, el Señor no quiere que haya en nuestros corazones nada que no sea de Él. Por eso, cuando aceptamos algo, aunque sea muy pequeño, que no es de Él, viene la inquietud, la falta de paz, porque nuestro camino -que es siempre actual- nos recuerda que somos enteramente del Señor. Si alguna vez se ha abierto la mano, aunque sea muy poco, hay que ir a la dirección espiritual, para que nos ayuden, para que nos hagan reaccionar y, si es preciso, para que cautericen. Un corazón cauterizado, ¡cauterizado por el amor de Dios!, es algo que no se puede cambiar por todos los tesoros del mundo.


Trataba con intimidad a Santa María, pidiéndole para él y para todos la limpieza de corazón. Repetía aquella invocación de vieja raigambre cristiana, sub tuum praesidium... ["bajo tu protección..."], y nos aconsejaba que la rezásemos piadosamente, cuando sintiésemos la rebelión de la carne. Quiso que se dedicase la imagen de la Virgen del campus de la Universidad de Navarra a la advocación de Madre del Amor Hermoso. Deseaba que las almas obtuviesen de Ella una vida limpia, y la pidiesen para tantas otras personas en el mundo entero. Comentaba el Fundador del Opus Dei: el reverso estupendo de la medalla de la pureza es el amor más intenso que se puede conocer aquí en la tierra. Ama mucho, y con esto vencerás en tu lucha cotidiana; y después, paladeaba la estrofa del himno dedicado a María: vitam praesta puram, iter para tutum, ut videntes Iesum, semper collaetemur ["haz casta nuestra vida, y prepáranos un camino seguro, para que seamos siempre felices con la visión de Jesús": Himno Ave maris Stella, 6].


La persona enamorada sabe anticiparse: piensa en su amor, no en sí misma, y advierte qué puede necesitar, incluso antes que el propio interesado. Cuando se trata de querer a los hombres, a veces, sólo resulta posible compartir el sufrimiento.


Mons. Escrivá de Balaguer me ha ratificado que -desde los comienzos del Opus Dei- pidió al Señor, también para sus hijos de todos los tiempos, que no les resultara indiferente nada de lo que se refiriese a los demás, por pequeño que pudiera parecer: precisamente a través de esas circunstancias ordinarias y extraordinarias habíamos de estimular a las almas a santificarse.


Le interesaba, como cosa propia, lo de los demás; hasta el punto de que, cuando sufrían un gran disgusto, una grave contradicción, le afectaba incluso físicamente. Quitando importancia a su reacción, nos explicaba: no os preocupéis, me viene de familia, porque mi buena madre, cuando ocurría una cosa semejante, se veía afectada inmediatamente.


Como manifestación de su desvelo, cavilaba muchas veces a lo largo del día: ¿qué harán ahora estos hijos míos aquí, allá, en aquel otro país?, ¿qué estará pasando en esta nación donde sufren esa tribulación?, ¿cómo se estarán resolviendo las dificultades que atraviesa aquella sociedad?, ¿cómo se estará estudiando el modo de afrontar las necesidades materiales de tantas personas, ante esta o aquella calamidad?


Con un convencimiento palpable, repetía que en cada uno de nosotros veía a Cristo joven, a Cristo que trabaja, a Cristo enfermo, a Cristo que sufre, a Cristo que hace apostolado, a Cristo que ama, a Cristo que se entrega, a Cristo que cumple la Voluntad del Padre. Por eso, se unía a la lucha espiritual de cada uno de los miembros del Opus Dei, y alzaba su oración al Señor por su fidelidad.


Recuerdo que, en 1971, atendió en dos ocasiones a una hija suya, desahuciada por el cáncer. Mientras estaba con la enferma, demostraba una fortaleza extraordinaria. Pero, a la salida de una de aquellas visitas, cercana la Navidad, Mons. Escrivá de Balaguer hubo de refugiarse en la capilla de la clínica, para enjugarse las lágrimas, deshecho por los sufrimientos de su hija. Se acomodaba con fortaleza a las necesidades de las almas, de acuerdo con lo que nos describía en 1958: hijos, nosotros estamos para servir a los demás, haciéndoles amable el camino que lleva a Dios. Hemos de servir a todas las almas. ¡Servir! Este es el secreto, si de verdad queremos ser humildes; y así veremos siempre con alegría los dones que los otros han recibido de Dios y sus buenas cualidades. Si no reaccionamos de esta forma, conviene que echemos una mirada sincera a nuestra alma porque quizá -y sin quizá- todavía andamos detrás de nuestro yo, de nuestra vanagloria, de esa gloria vana que nos hace susceptibles con todos y por todo.


Al comenzar este epígrafe, pensé en titularlo simplemente un corazón grande.


Le he escuchado repetir el mismo consejo en todos los ambientes, con gente de relieve cultural, económico o social, con personas de clase media, con enfermos, con pobres, con quienes no se distinguían por sus cualidades intelectuales ni por su preparación humana: a Dios hay que quererle con el corazón entero, entregado, sabiendo que el Señor se conforma con este pobre corazón nuestro si se lo damos de veras, como se lo hubiéramos dado a una criatura aquí en la tierra.


Tenía la convicción de que hemos de querer al Señor con amor ardiente de enamorados. Su tensión -llena de paz- por amar más a Dios le llevaba a exclamar en 1967: la persona que busca sinceramente, ¡de verdad!, la perfección cristiana, siempre encuentra defectos en sus obras, como el artista a su trabajo: ¡no, no!, comenta, me ha faltado amor; me falta más identificación con Él; no he sabido expresarme como debía; no he sabido amar, como podía y debía. Tenemos que ser otros cristos; es más, ipse Christus ["el mismo Cristo"], sobre todo, cuando nos hemos comprometido a buscar la perfección cristiana a través de los acontecimientos ordinarios de nuestra vida.


Predomina en su biografía este amor al Señor sobre todas las cosas, que le llevaba a tener una familiaridad y una confianza absoluta en los designios divinos. Se conmovía al considerar la perfecta Humanidad de Nuestro Señor Jesucristo, que no dejaba de agradecer los servicios que le prestaban. Le atraía la felicidad que se respiraba junto al Maestro, que no rechaza las pruebas de cariño de los que le rodean. Y de estas lecciones sacaba consecuencias: el Señor no tenía un corazón seco, tenía un corazón de hondura infinita que sabía agradecer, que sabía amar.


No me extrañó escucharle, en 1962, mientras rezaba por unos hijos suyos: si yo no estuviera en carne viva por los demás, a pesar de mis errores, de mis tonterías, sería un desgraciado. Estoy convencido de que, con Él, somos luz en la oscuridad, fortaleza en la debilidad.


No se cansó nunca de pedir intensamente a Dios, a través de nuestra Madre Santísima, la purificación del corazón, para que allí solamente cupiera el Señor y, por Él, todas las almas. No pensaba que la madurez, la edad o la experiencia, fueran motivo para disminuir -ni siquiera un poco- el esfuerzo en la pelea ascética. En 1960 nos aconsejaba: pedid a la Madre bendita del Cielo que purifique vuestro corazón, y Ella lo alcanzará del Padre. ¡Jesús, guarda nuestro corazón! ¡Guárdalo para Ti! Un corazón recio, fuerte, duro y tierno y afectuoso y delicado, lleno de caridad por Ti, con mis hermanos y con todas las almas.


Se explica -también desde una perspectiva teológica- que manifestara especial predilección por los enfermos. Es muy conocida su dedicación a los hospitales de Madrid. Me gustaría saber algún detalle de cómo cuidaba a quienes estaban a su lado.


Quería que se atendiera a los enfermos con extrema delicadeza y sentido sobrenatural, pensando que se sirve al mismo Jesucristo. Sintetizaba esta dedicación con frases tan gráficas como: que ese hermano vuestro no se acuerde de su madre y de su padre, al ver vuestra caridad humana y sobrenatural. O: para los enfermos, no tenemos que regatear esfuerzos. Si alguno necesita un trozo de Cielo, subiremos a robarlo, con la certeza de que a Nuestro Padre Dios le agrada.


Personalmente, he tenido la fortuna de contar con la compañía de Mons. Escrivá de Balaguer cuando he estado enfermo. Si no podía hablar, por la fiebre o por la debilidad, me bastaba verle sentado en una silla, rezando, mirándome fijamente, para advertir la necesidad de ofrecer aquella dolencia al Señor y agradecer el beneficio de contar con esa bendición del Cielo que se presentaba a través de las molestias. Si en todas las personas veía a Cristo, se comprobaba en esos momentos que encarnaba lo que escribió en Camino: los enfermos son... Él.


Su caridad paterna y materna le llevaba a estar en los detalles. Conocía enseguida, por la cara de las personas, si tenían alguna molestia física. Y era exigente también con los médicos que les atendían. En una caída me disloqué yo un brazo. Me pusieron una escayola y me dijeron que duraría quince días. Fui al cabo de ese plazo, y el médico, sin darle más importancia, me indicó que volviera dentro de otros quince días. Como me habían puesto la escayola sin haberme limpiado el brazo, y tenía ciertas molestias debidas a un prurito continuo, Mons. Escrivá de Balaguer me aconsejó que acudiera inmediatamente al médico, acompañado por otra persona, y le rogara que, si no había ningún inconveniente o una necesidad perentoria, me quitara el yeso, como se había comprometido cuando me hizo la cura. Aquel médico comprendió la razón de lo que le decía, y efectivamente, rompió la escayola y se evitaron así las molestias de un eczema que se estaba formando.


En 1971, padecí el síndrome de Menière, que produce una gran inestabilidad. Venía a atenderme a diario, y se ofrecía para darme de comer, con la excusa de que estuviera más tranquilo, sin preocuparme de la pérdida de equilibrio. Y hacía lo mismo cuando don Álvaro del Portillo padecía ataques de alergia. En todos los casos, procuraba que al enfermo se le hiciera más llevadera su debilidad, ocupándose de los indispensables servicios materiales: limpiar los vasos de noche, hacer la cama mientras estaba un momento levantado, ventilar o limpiar las habitaciones, etc.


En 1972, una persona del Opus Dei, aquejada de una grave insuficiencia renal -sometida a diálisis varias veces a la semana-, tuvo que hacer un viaje a Roma, con otro miembro de la Obra. Mons. Escrivá de Balaguer le recibió y le invitó a la tertulia con los Consultores del Consejo General. Allí apreció cómo aquel otro hijo suyo que le acompañaba estaba muy pendiente de todo: lo que podía tomar, las posturas, el sol, etc. Cuando terminó aquella reunión, mientras estábamos Mons. Álvaro del Portillo y yo con el Fundador, nos preguntó conmovido: ¿habéis visto con qué cuidado le trataba?


Desde el primer día en Roma, observé cómo gozaba al ver que se vivía la caridad con los enfermos. Me impresionó siempre que, además de la ayuda y de los servicios que se prestaba a cada uno, insistía en la atención espiritual. Se ocupaba también de mantener la vibración interior de esos hijos suyos, facilitándoles el cumplimiento de las normas de piedad y la frecuencia -si lo solicitaban- de la Eucaristía y la Penitencia.


Sin dar lugar a ningún tipo de comodidad o de capricho, sabía enterarse de las aficiones y gustos de cada persona. No se olvidaba de esas preferencias y, cuando surgía la ocasión, recordaba esos detalles que alegraban al interesado. Una vez comentó don Álvaro del Portillo que en su familia eran muy aficionados al arroz con leche: cuando se indisponía, si el médico lo autorizaba, Mons. Escrivá de Balaguer se ocupaba de que le preparasen ese plato, para que comiese con más apetito, y se restableciera.


Vivía esta misma atención con todos. En 1956 llegó a Roma de Argentina un hijo suyo, joven, que al poco tiempo estuvo muy mal de salud. Quedó inapetente. El Fundador del Opus Dei supo, a través de otro argentino, que un tipo de comida corriente en su país de origen, especialmente apetitosa, es el "bife a caballo": un trozo de carne con un huevo frito encima; y encargó que lo cocinaran y se lo llevaran al enfermo, que desde entonces empezó a vencer su inapetencia. El interesado no supo de quién había partido la iniciativa.


Lógicamente, esa preocupación se hacía más intensa cuando la enfermedad era grave. La aceptación de la Voluntad divina no eliminaba el sufrimiento humano, especialmente ante la muerte de las personas queridas.


Entre otros muchísimos sucesos, recuerdo que en 1962 le comunicaron que iban a efectuar una operación quirúrgica a Juan Antonio Lagunilla. Le expusieron la gravedad de la intervención: podía no salir con vida del quirófano. Mons. Escrivá de Balaguer no paró de rezar por él. En más de una ocasión, a lo largo de la jornada, comentó espontáneamente: ¡me han llegado estas noticias, y yo no vivo! Pedía a Dios por la recuperación de ese hijo suyo y que llevara los sufrimientos con mucho sentido sobrenatural: ruego a Dios, como Padre de este hijo mío, que no me lo quite; y que, si me lo quita, me haga aceptar cuanto antes su Voluntad, porque me costará.


La muerte de hijas e hijos suyos le suponía una prueba muy dura, por su intenso cariño, también hacia aquellos que no había llegado a conocer personalmente. Lo sentía como un auténtico mazazo. Se quedaba anonadado, aunque le hubieran advertido la gravedad de la dolencia. Esa angustia de su corazón no le impedía reaccionar con esperanza y, después de protestar filialmente al Señor por llevarse a esas personas que tanto podían rendir, repetía despacio, paladeándola, esa oración que tantos miles de personas han aprendido de sus labios: fiat, adimpleatur, laudetur et in aeternum superexaltetur iustissima atque amabilissima Voluntas Dei super omnia. Amen. Amen ["Hágase, cúmplase, sea alabada y eternamente ensalzada la justísima y amabilísima Voluntad de Dios, sobre todas las cosas. Amén. Amén"].


En 1968, cuando falleció un sacerdote, don Álvaro Calleja, después de haber rezado esa plegaria, y un responso por el eterno descanso de su alma, reconocía: me ha costado mucho, como me ocurre siempre, cuando muere una hija o un hijo mío; pero después he aceptado con paz la Voluntad del Señor. Y veo con mucha claridad que ahora tenemos a ese hermano vuestro en el Cielo, amando a Dios, adorando a Dios, y pidiendo por todas las necesidades de la Iglesia, de la Obra. He sabido que ha muerto lleno de alegría, y es que no puede ser de otra manera: ¡así mueren los hijos de Dios: con la paz, con la tranquilidad del Señor!


Pero su corazón sufría quizá más ante los peligros espirituales, ante posibles infidelidades. Por esto, ponía un especial acento en la atención esmerada, en el cuidado delicadísimo de la vida cristiana de las personas del Opus Dei.


Le interesaban todas las cosas de cada uno, aunque llevase unos instantes en la Obra. Se podía comprobar por su espíritu de servicio y su interés en formar a las personas más recientes en el Opus Dei; les dedicaba el mismo afán y la misma exigencia que a quienes llevaban trabajando mucho tiempo en la Obra, pues veía detrás a Cristo. Y nos enseñaba que es a Cristo a quien llega nuestra sonrisa, nuestro servicio, nuestra caridad, o bien, nuestro desaire, nuestras desganas, nuestras palabras duras o indiferentes: por eso hemos de cuidar y de estar en todos los detalles.


Me consta que, por atender a un hijo o a una hija, no dudaba en ofrecer su propia vida al Señor. Hizo viajes que duraron días y noches enteras; practicó ayunos y severas mortificaciones corporales; empleó horas en conversar con quien lo necesitaba. Actuaba con esta entrega heroica, pensando en servir al Señor. A los que nos ocupábamos de la formación de otros, nos preguntaba con frecuencia: ¿cuánto has rezado por las almas que dependen de ti?, ¿cuánto te has mortificado?, ¿las conoces a fondo?, ¿sabes adelantarte a sus necesidades? Hasta tal punto exigía que nos ocupásemos de ayudarles a ser santos que, cuando alguno no seguía adelante en su camino, ponderaba: yo no disculpo de pecado, y a veces de pecado grave, a los que han convivido con esa persona, si no han puesto todos los medios a su alcance para ayudarle a salir de esa dificultad. Como afinaba mucho en la caridad, nos hacía notar que una decisión tan radical no se presenta repentinamente: aparecen unos síntomas, y luego otros, hasta que la situación precipita. Por eso, cuando hay cariño vigilante, se advierten enseguida las primeras señales y puede atajarse el avance de la enfermedad.


Toda su labor de apostolado y de formación estaba basada en una oración llena de fe, de esperanza y de amor. Muchas de las mujeres y de los hombres que vinieron en los comienzos, han sabido que el Fundador de la Obra llevaba encomendándoles años antes de conocerles: desde que algún pariente, compañero o amigo de los interesados, le había hablado de sus buenas cualidades o de su posibilidad de entender el Opus Dei. Hasta el último día, subrayó que era necesario conseguir vocaciones del Señor con mucha oración y mortificación; pero agregaba que concedía más importancia aún a la ayuda y a la exigencia espiritual que se prestaba a los que habían llegado. Aducía el ejemplo de la atención que los padres prestan al hijo recién nacido, sabiendo prescindir de su propio yo. También señalaba que no podía ocurrir lo que cuentan, como leyenda, de una comarca española: la gente es muy fuerte, porque la primera noche después de su nacimiento dejan a la criatura al aire libre -en esa región la temperatura nocturna es bajísima-; si no fallece, comentan, "¡ya no le parte un rayo!". Y, con fuerza, insistía: ¡esto no puede ocurrir en el Opus Dei!: hay que cuidar cada vocación con primor.