"Hago todos los días mi "ratito" de oración: ¡si no fuera por eso!" (Camino, 106)

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4 de febrero de 2022

CORAZON LIMPIO



 Evangelio (Mc 6,14-29)


En aquel tiempo llegó esto a oídos del rey Herodes, pues su nombre se había hecho famoso, y decía:


— Juan el Bautista ha resucitado de entre los muertos, y por eso actúan en él unos poderes.


Otros decían:


— Es Elías.


Otros, en fin, decían:


— Es un profeta, igual que los demás profetas.


Pero cuando lo oyó Herodes decía:


— Éste es Juan, a quien yo decapité, que ha resucitado.


En efecto, el propio Herodes había mandado apresar a Juan y le había encadenado en la cárcel a causa de Herodías, la mujer de su hermano Filipo; porque se había casado con ella y Juan le decía a Herodes: «No te es lícito tener a la mujer de tu hermano». Herodías le odiaba y quería matarlo, pero no podía: porque Herodes tenía miedo de Juan, ya que se daba cuenta de que era un hombre justo y santo. Y le protegía y al oírlo le entraban muchas dudas; y le escuchaba con gusto.


Cuando llegó un día propicio, en el que Herodes por su cumpleaños dio un banquete a sus magnates, a los tribunos y a los principales de Galilea, entró la hija de la propia Herodías, bailó y gustó a Herodes y a los que con él estaban a la mesa. Le dijo el rey a la muchacha:


— Pídeme lo que quieras y te lo daré.


Y le juró varias veces:


— Cualquier cosa que me pidas te daré, aunque sea la mitad de mi reino.


Y, saliendo, le dijo a su madre:


— ¿Qué le pido?


— La cabeza de Juan el Bautista -contestó ella.


Y al instante, entrando deprisa donde estaba el rey, le pidió:


— Quiero que enseguida me des en una bandeja la cabeza de Juan el Bautista.


El rey se entristeció, pero por el juramento y por los comensales no quiso contrariarla. Y enseguida el rey envió a un verdugo con la orden de traer su cabeza. Éste se marchó, lo decapitó en la cárcel y trajo su cabeza en una bandeja, y se la dio a la muchacha y la muchacha la entregó a su madre. Cuando se enteraron sus discípulos, vinieron, tomaron su cuerpo muerto y lo pusieron en un sepulcro.


Juan Bautista es un mártir de la verdad.

Un corazón limpio para amar a Dios.

Buscar la gloria del Señor y no la propia.

CUANDO APENAS HAN regresado los apóstoles de su primera experiencia evangelizadora, el Nuevo Testamento nos relata la muerte de san Juan Bautista. Esta sucesión de hechos parece sugerir que la misión apostólica exige la misma vida, y que el martirio es la forma suprema de seguir a Jesucristo, por la semejanza entre ambas suertes1. Se nos ofrecen algunos detalles de la muerte de Juan, decapitado en uno de los palacios de Herodes durante la celebración del cumpleaños del rey. A causa de su predicación, valiente e incómoda, y a pesar de la alta estima que le guardaba Herodes, este lo había encarcelado. «No te es lícito tener a la mujer de tu hermano» (Mc 6,18), había dicho el Bautista. Quien motivó su martirio fue Herodías, la mujer con la que convivía el rey y que odiaba a Juan.


Ciertamente, el compromiso con la búsqueda de la verdad es exigente y afecta a lo más profundo de nuestro ser. «La verdad tiene que ver con la vida entera. En la Biblia tiene el significado de apoyo, solidez, confianza, como da a entender la raíz de la cual procede también el “Amén” litúrgico. La verdad es aquello sobre lo que uno se puede apoyar para no caer. En este sentido relacional, el único verdaderamente fiable y digno de confianza, sobre el que se puede contar siempre, es decir, “verdadero”, es el Dios vivo»2.


La verdad plena la alcanzamos solo en Jesucristo, quien dijo: «Yo soy la verdad» (Jn 14,6); la verdad plena es ese encuentro que sacia sin saciar. Al compás de una vida santa, llena de la misericordia de Dios, la verdad crecerá más y más en nosotros. Herodes, y lo mismo le pasará a Pilato durante la Pasión, sacrificó la verdad para evitar complicaciones. Aunque tenía aprecio por Juan y le escuchaba con agrado, se dejó arrastrar por las circunstancias. Es Herodes, más que Juan, quien estaba realmente encadenado: le faltaba el amor fuerte que mueve la libertad hacia el bien y hacia la verdad.


EL MARTIRIO del Bautista tuvo lugar en un ambiente de frivolidad y venganza: un banquete y un baile que llevaron al juramento imprudente; el odio y la rabia de Herodías; la brutalidad de una decapitación. Frente a la fidelidad de Juan se alza una superficialidad que acaba con el asesinato de un hombre inocente.


Herodes desperdició la ocasión de escuchar las palabras y consejos de Juan. Dos años después se encontró con Jesucristo en la mañana del viernes santo y volvió a desaprovechar otra oportunidad. Aunque, entonces, «se alegró mucho de ver a Jesús» porque «había oído muchas cosas sobre él» (Lc 23,8), no reconoció al Salvador. Le miró con curiosidad pero sin apertura de corazón. Teniéndole delante, solo buscó más espectáculo, un hombre que le pudiera asombrar con algún milagro. Jesús, que dialogaba con todo el mundo, sin embargo, «con Herodes, veleidoso e impuro, ni una palabra: (…) ni aun la voz del Salvador escucha»3.


A Juan, Herodes lo decapitó; a Jesucristo, «le despreció, se burló de él poniéndole un vestido blanco y se lo remitió a Pilato» (Lc 23,11). La situación en la que vivía quizás esconde, detrás de una máscara de risas, un profundo vacío de amor, falta de dominio de sí, escasa sensibilidad para lo sobrenatural. Nosotros, en cambio, queremos mirar a Jesús con ojos limpios, con un corazón delicado y abierto a lo sobrenatural. Porque «este corazón nuestro ha nacido para amar. Y cuando no se le da un afecto puro y limpio y noble, se venga y se inunda de miseria. El verdadero amor de Dios –la limpieza de vida, por tanto– se halla igualmente lejos de la sensualidad que de la insensibilidad, de cualquier sentimentalismo como de la ausencia o dureza de corazón»4.


«ES NECESARIO que él crezca y que yo disminuya» (Jn 3,29-30), había dicho Juan a sus discípulos cuando le llegaron noticias de la predicación de Jesús. Su misión estaba cumplida: había visto y señalado al Cordero de Dios. Ya podía dar paso al Mesías, haciéndose a un lado para que Cristo pudiera crecer, ser escuchado y seguido. Con esta misma disposición de ánimo, realista y humilde, se enfrentó a su martirio. «Puesto que derramó su sangre por la verdad –escribe san Beda–, ciertamente la derramó por Cristo»5. Y con su testimonio precedió a la muerte del Señor.


El Bautista, «con la libertad de los profetas, reprendió a Herodes. Encarcelado por esta audacia, no se preocupó de la muerte, ni de un juicio cuyo fin era incierto, sino que, en medio de sus cadenas, sus pensamientos iban dirigidos a Cristo a quien había anunciado»6. San Josemaría veía en la actitud san Juan un modelo para su vida: «Ocultarme y desaparecer es lo mío, que solo Jesús se luzca»7. Esa discreción de san Juan, esa sincera búsqueda de la gloria de Jesús y no la propia, son los rasgos que le permitieron dar el supremo testimonio del martirio.


«La vida cristiana exige, por decirlo así, el “martirio” de la fidelidad cotidiana al Evangelio, es decir, la valentía de dejar que Cristo crezca en nosotros, que sea Cristo quien oriente nuestro pensamiento y nuestras acciones»8. María, Reina de los mártires, presentará al Padre nuestro deseo de buscar la verdad y de compartir ese encuentro con valentía.


13 de enero de 2022

DIOS SABE LO QUE ES MEJOR PARA NOSOTROS

 



Evangelio (Mc 1, 40-45)


Y vino hacia él un leproso que, rogándole de rodillas, le decía: -Si quieres, puedes limpiarme.


Y, compadecido, extendió la mano, le tocó y le dijo: -Quiero, queda limpio.


Y al instante desapareció la lepra y quedó limpio. Enseguida le conminó y le despidió. Le dijo: -Mira, no digas nada a nadie; pero anda, preséntate al sacerdote y lleva la ofrenda que ordenó Moisés por tu curación, para que le sirva de testimonio.


Sin embargo, en cuanto se fue, comenzó a proclamar y a divulgar la noticia, hasta el punto de que ya no podía entrar abiertamente en ninguna ciudad, sino que se quedaba fuera, en lugares solitarios. Pero acudían a él de todas partes.


Comentario


Ya casi nadie quiere arrodillarse. Muy pocos pueden vislumbrar que, quizá, ese gesto es el único que nos abre la puerta de la esperanza. Y, mucho menos, que posiblemente sea el acto más decente y estimable que podamos realizar en nuestro breve paso por la tierra. Por eso, en el evangelio de hoy aprendemos de un leproso una maravillosa lección evangélica.


El leproso de Galilea sabe que es leproso, asume su condición de descartado y presenta sus heridas a la mirada de Jesús. Es precisamente la aceptación de su miseria la que le lleva a correr para postrarse de hinojos ante el nazareno que, aunque no lo sabía, es el verbo de Dios encarnado.


Porque arrodillarse también implica reconocer que no estoy solo con mis penalidades. Que hay alguien que puede librarme de mi inmundicia. Que hay alguien a quien puedo confiarle mi nada y mi pobreza. Un hombre, una mujer arrodillados son el mejor icono de la esperanza.


Arrodillarse ante Jesús significa que solamente Él justifica mi existencia. Queremos vivir arrodillados siempre: cada mañana y cada noche, nada más levantarnos y antes de acostarnos. Deseamos arrodillarnos también ante el Cuerpo y Sangre todos los días en la misa, cuando resuenan en el templo las campanillas durante la elevación de las sagradas especies. Y también delante del sacerdote en el sacramento de la Penitencia. Como el leproso queremos decir: Si quieres, puedes limpiarme. Porque deseamos escuchar la voz de Cristo, que dice: Sí, quiero, queda limpio.


PARA TU ORACION PERSONAL 


Dios sabe lo que es mejor para nosotros.

También en las debilidades encontramos al Señor.

El amor es gratuito, no busca poseer.

A LO LARGO de toda la Sagrada Escritura, Dios nos enseña a orar, nos sugiere palabras y disposiciones. En el Evangelio de hoy vemos a un leproso que se acerca a Jesús y, de rodillas, le ruega: «Si quieres, puedes limpiarme» (Mc 1,40). Este modo de pedir ayuda a Dios encierra mucha riqueza. El mismo hecho de rezar ya supone que estamos confiando en que Dios quiere ayudarnos; sin embargo, afirmarlo expresamente supone, además, el reconocimiento de que solo él sabe en realidad lo que es bueno para nosotros. Y por la rapidez de la respuesta de Jesús podemos intuir que esa actitud del leproso le ha conquistado: «Quiero, queda limpio» (Mc 1,41). Aunque apenas han intercambiado cuatro palabras, la comprensión entre Jesús y el leproso ha sido total, Dios ha encontrado la puerta abierta en su corazón.


Cuando no exigimos cosas a Dios, como si nuestros designios fueran más sabios que los suyos, nos hacemos capaces de descubrir con mayor profundidad su amor por nosotros. Además, confiados en sus manos y en su sabiduría, nos sentiremos más seguros, comprenderemos nuestra verdadera dignidad: la de ser amados y deseados por Dios, no por lo que hemos hecho, sino por quienes somos, porque hemos salido de sus manos. «La libertad guiada por el amor es la única que hace libres a los otros y a nosotros mismos; la libertad que sabe escuchar sin imponer, que sabe querer sin forzar, que edifica y no destruye»1. Nadie nos conoce tanto como Jesús, y nadie como él se hace cargo de lo que necesitamos en cada instante. Por eso merece la pena pedir su ayuda con la disposición humilde y totalmente confiada de aquel leproso.


SAN JOSEMARÍA comentaba así las palabras del leproso del Evangelio: «Señor, si quieres –y Tú quieres siempre–, puedes curarme. Tú conoces mi flaqueza; siento estos síntomas, padezco estas otras debilidades. Y le mostramos sencillamente las llagas; y el pus, si hay pus. Señor, Tú, que has curado a tantas almas, haz que, al tenerte en mi pecho o al contemplarte en el Sagrario, te reconozca como Médico divino»2. Y entonces, escuchamos que el Señor quiere. Nos limpia y nos reviste con su traje, con su anillo, convoca a los músicos y mata el ternero cebado. Nos recuerda nuestra dignidad de hijos: «Pronto, sacad el mejor traje y vestidle» (Lc 19,22), dice la Sagrada Escritura.


A pesar de todo, puede suceder que tengamos la tentación de querer curarnos nosotros mismos, de considerarnos ya mayores, adultos, que no deberíamos necesitar de otro que nos limpie. Incluso soñamos con no mancharnos y quizás nos molestamos cuando eso sucede. De esta manera, confundimos la verdadera naturaleza de nuestra correspondencia al amor de Dios. Nos llenamos de autosuficiencia, nuestro peor enemigo. «Es el amor de Cristo que nos ha liberado y también es el amor que nos libera de la peor esclavitud: la del nuestro yo»3.


A veces podemos olvidar que el Señor nos espera pase lo que pase, no solo en las victorias. Quizá, confundidos por el desánimo, desaprovechamos esas oportunidades únicas: «¿Supe ofrecer al Señor, como expiación, el mismo dolor, que siento, de haberlo ofendido ¡tantas veces!? ¿Le ofrecí la vergüenza de mis interiores sonrojos y humillaciones, al considerar lo poco que adelanto en el camino de las virtudes?»4. Para Dios todo lo nuestro es importante, también nuestras derrotas. Él conoce lo grande y sincero que es nuestro deseo de amarle por encima de todo.


«SUS PALABRAS, “si quieres puedes curarme”, eran el testimonio de una voluntad dispuesta a aceptar lo que Jesús quisiera hacer con él. ¡Pero su fe en Jesús no quedó defraudada! Hermanos y hermanas –exhortaba san Juan Pablo II–: ¡que vuestra fe en Jesús no sea menos firme y constante que la de estos personajes de que nos hablan los Evangelios!»5. Le pedimos a Dios que nos de una fe así, queremos descubrir que todo lo recibimos continuamente de Dios.


«Mi pobre corazón está ansioso de ternura –decía san Josemaría– (...). Y esa ternura, que has puesto en el hombre, ¡cómo queda saciada, anegada, cuando el hombre te busca, por la ternura (que te llevó a la muerte) de tu divino Corazón!»6. Anhelamos el cariño de Dios, pero alguna vez puede suceder que tratemos de saciar esas ansias en sendas impuras, en donde se mira a los demás no como hijos de Dios que merecen un amor gratuito. Entonces, podemos buscar solo nuestro propio beneficio y nos quedamos todavía más vacíos.


Pidiendo perdón nos abrimos al verdadero amor incondicional de Dios. «Si quieres, puedes curarme». Ahí está la clave del amor puro. «La castidad está en ser libres del afán de poseer en todos los ámbitos de la vida. Solo cuando un amor es casto es un verdadero amor. El amor que quiere poseer, al final, siempre se vuelve peligroso, aprisiona, sofoca, hace infeliz. Dios mismo amó al hombre con amor casto, dejándolo libre incluso para equivocarse y ponerse en contra suya»7. Pidiendo perdón avanzamos por la senda de la santa pureza, que nos permite disfrutar del amor de Dios por cada uno. La Virgen Inmaculada nos ayuda a querer a todos con esa libertad que nos hará pregustar el amor de Cristo.

5 de enero de 2022

AMAR CON OBRAS



 Evangelio (Jn 1,43-51)


En aquel tiempo, determinó encaminarse hacia Galilea y encontró a Felipe. Y le dijo Jesús:


— Sígueme.


Felipe era de Betsaida, la ciudad de Andrés y de Pedro. Felipe encontró a Natanael y le dijo:


— Hemos encontrado a aquel de quien escribieron Moisés en la Ley y los Profetas: Jesús de Nazaret, el hijo de José.


Entonces le dijo Natanael: — ¿De Nazaret puede salir algo bueno?


— Ven y verás — le respondió Felipe.


Vio Jesús a Natanael acercarse y dijo de él:


— Aquí tenéis a un verdadero israelita en quien no hay doblez.


Le contestó Natanael: — ¿De qué me conoces?


Respondió Jesús y le dijo: — Antes de que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera, te vi.


Respondió Natanael: — Rabbí, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel.


Contestó Jesús:


— ¿Porque te he dicho que te vi debajo de la higuera crees? Cosas mayores verás.


Y añadió:


— En verdad, en verdad os digo que veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del Hombre.


Comentario


El evangelio que la Iglesia nos invita a considerar hoy es la continuación del que se proponía para ayer. El Señor continúa llamando a sus apóstoles y hoy es el turno de Felipe y de Natanael, que luego será conocido como Bartolomé.


Al igual que sucedió con Andrés, que fue enseguida a contar a su hermano Pedro su encuentro con Jesús, hoy es Felipe quien, después de ser amado y llamado por el Maestro, corre a decírselo a su amigo Natanael. Y es que la Sagrada Escritura está llena de ejemplos de personas que ejercieron de mediadores para el encuentro de otros con el Señor.


En una sociedad como la actual, estos ejemplos de mediadores entre Dios y las personas nos pueden ayudar a llenarnos de confianza en la fuerza salvadora que tiene Dios sobre el mundo y sobre cada uno de nosotros.


Los cristianos estamos llamados a amar a Dios sobre todas las cosas y, por tanto, a mostrar la belleza de este don que nos invade y nos llena. Pero no podemos olvidar que es el Señor el único que puede mover los corazones y que lo hace como quiere y cuando quiere, contando siempre con la libertad de cada uno.


Con Natanael, “un verdadero israelita en quien no hay doblez” (v. 47), el Señor lo logra gracias a un comentario misterioso que llega a lo más profundo de su ser. No sabemos qué ocurrió debajo de la higuera –Felipe probablemente tampoco lo sabría– pero Natanael sí. El Señor nos conoce mejor que nosotros mismos y Él, Señor del tiempo, sabe cuándo y de qué manera tocar el corazón de cada persona.


PARA TU ORACION PERSONAL 


MAÑANA celebraremos la Epifanía. Los Magos de Oriente hacen un largo viaje buscando al Niño. Al encontrarle en Belén «le adoraron; abrieron sus tesoros y le ofrecieron presentes» (Mt 2,11). Los Magos entregan a María y José unos regalos que están cargados de significado. La Tradición ha interpretado que el oro simboliza la realeza del recién nacido, el incienso su divinidad y la mirra su muerte redentora: Rey, Dios y Salvador. Este Niño, encarnación del Creador, viene a morir por nosotros.


Desde la cuna está ya incoada la cruz. En cierto sentido se puede atisbar esa relación comparando unas palabras de san Lucas al inicio y al final de su evangelio. Ante el nacimiento, señala: «Y dio a luz a su hijo primogénito; lo envolvió en pañales y lo recostó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en el aposento» (Lc 2,7); y, en el momento de la muerte, escribe: «Lo descolgó, lo envolvió en una sábana y lo puso en un sepulcro excavado en la roca, donde nadie había sido colocado todavía» (Lc 23,53). El cuerpo de Jesús es recostado dos veces: en el pesebre y en el sepulcro. También en la primera carta de san Juan que estamos leyendo estos días en la Misa se expresa, de manera distinta, el mismo misterio: «En esto hemos conocido el amor: en que Él dio su vida por nosotros» (1Jn 3,16). Esta afirmación tiene la fuerza del testigo directo: Juan estuvo en el Gólgota, vio cómo el Maestro se abrazaba a la cruz, palpó de primera mano su amor hasta el último suspiro. Juan sabe que el amor de Cristo no son solo palabras.


«También nosotros debemos dar nuestra vida por los hermanos», añade, a continuación (1Jn, 3,16). Estas palabras de la liturgia de hoy señalan el camino que los discípulos de Jesús hemos de seguir. Nos confiaba san Josemaría: «¡Con cuánta insistencia el Apóstol San Juan predicaba el mandatum novum! –“¡Que os améis los unos a los otros!”–. Me pondría de rodillas, sin hacer comedia –me lo grita el corazón–, para pediros por amor de Dios que os queráis, que os ayudéis, que os deis la mano, que os sepáis perdonar. –Por lo tanto, a rechazar la soberbia, a ser compasivos, a tener caridad; a prestaros mutuamente el auxilio de la oración y de la amistad sincera»[1].


«HIJOS MÍOS, no amemos de palabra y de boca, sino de verdad y con obras. En esto conoceremos que somos de la verdad» (1 Jn 3,18), dice san Juan en su carta. «El amor no admite excusas: el que quiere amar como Jesús amó, ha de hacer suyo su ejemplo (...). El modo de amar del Hijo de Dios lo conocemos bien, y Juan lo recuerda con claridad. Se basa en dos pilares: Dios nos amó primero (cfr. 1Jn 4,10.19); y nos amó dando todo, incluso su propia vida (cfr. 1Jn 3,16). Un amor así no puede quedar sin respuesta. Aunque se dio de manera unilateral, es decir, sin pedir nada a cambio, sin embargo inflama de tal manera el corazón que cualquier persona se siente impulsada a corresponder, a pesar de sus limitaciones y pecados»[2].


Movidos por la fuerza del amor de Jesús, los primeros discípulos salen inmediatamente a contar a sus amigos y familiares el encuentro que han tenido. Así vemos a Andrés que, después de pasar un día en el Jordán en su compañía, llevó a su hermano Simón hasta donde estaba Cristo (cfr. Jn 1,42). El evangelio de hoy, por su parte, nos narra el encuentro de Felipe con Jesús y su reacción inmediata al tropezarse con su amigo Natanael. Felipe «le dice: Aquel de quien escribieron Moisés en la ley y los profetas, lo hemos encontrado: Jesús, hijo de José, de Nazaret» (Jn 1,45). Ante la indiferencia de Natanael, que considera Nazaret un pueblo insignificante, que no estaba ni siquiera citado en la Escritura, «Felipe le contestó: ven y verás» (Jn 1,43-51).


Llevar a las personas hacia su encuentro personal con Jesús es quizá la manifestación más grande de amor. Felipe no se puede contener después de haber escuchado de labios del Maestro la llamada: «Sígueme» (Jn 1,43). El fuego de su corazón le pide que hable, que anime, que comparta esa alegría que le llena. Necesita contarle a Natanael que –sin saber muy bien cómo, ni por qué motivo– le ha tocado inesperadamente el mayor de los regalos.


A SAN JOSEMARÍA le gustaba recordar que el Señor hace las cosas «antes, más y mejor» de lo que nosotros pensamos. Su bondad infinita supera nuestras expectativas y nuestros sueños. Sus discípulos partimos de esta seguridad a la hora de dar testimonio de nuestra fe. No hacemos una labor nuestra: las almas son suyas, nosotros sencillamente trabajamos para su viña. Felipe habla con su amigo porque está convencido de que Jesús no defrauda a nadie y esta es también nuestra certeza. Sabemos bien que es Jesús quien atrae a las almas, es la experiencia de la vida con el Señor la que transforma la vida. Del mismo modo que nos ha sucedido a nosotros, confiamos en que las personas que amamos también serán ganadas por Él. Esa es la esperanza que nos impulsa al apostolado.


Los discípulos «desde aquel día se transformaron en “testimonios” tan apresados por el amor (cf. Flp 3,12) hacia su Maestro y por la belleza seductora de su mensaje que se hallaron dispuestos a afrontar incluso la muerte, con tal de no traicionar el compromiso con Él (...). Cristo no sólo continúa dirigiendo a algunos la invitación al don total de sí con una palabra personal y secreta, que despierta ecos profundos en el corazón, sino que sale también al encuentro de todos los hombres, de cada uno de vosotros, para plantearle personalmente la pregunta que dirigió al joven ciego: “¿Crees en el Hijo del Hombre?” (Jn 9,35). A quien responde afirmativamente, Él da el encargo de hacerse testigo en el mundo de esta elección»[3].


Desde su cátedra de Belén, Dios Niño nos abre los ojos con una lección de entrega completa a los demás, haciéndose así de pequeño para atraer a todos. María es testigo de ese amor divino; lo tiene, de hecho, en sus manos.

29 de agosto de 2021

CORAZON ENAMORADO


 Evangelio (Mc 7,1-8. 14-15. 21-23)


En aquel tiempo, se reunieron junto a Jesús los fariseos y algunos escribas venidos de Jerusalén; y vieron que algunos discípulos comían con manos impuras, es decir, sin lavarse las manos. (Pues los fariseos, como los demás judíos, no comen sin lavarse antes las manos, restregando bien, aferrándose a la tradición de sus mayores, y al volver de la plaza no comen sin lavarse antes, y se aferran a otras muchas tradiciones, de lavar vasos, jarras y ollas). Y los fariseos y los escribas le preguntaron: ¿Por qué no caminan tus discípulos según las tradiciones de los mayores y comen el pan con manos impuras? Él les contestó “Bien profetizó Isaías de vosotros, hipócritas, como está escrito: Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. El culto que me dan está vacío, porque la doctrina que enseñan son preceptos humanos”: Dejáis a un lado el mandamiento de Dios para aferraros a la tradición de los hombres. Llamó Jesús de nuevo a la gente y les dijo “Escuchad y entended todos: nada que entre de fuera puede hacer al hombre impuro; lo que sale de dentro es lo que hace impuro al hombre. Porque de dentro, del corazón del hombre, salen los pensamientos perversos, las fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, codicias, malicias, fraudes, desenfreno, envidia, difamación, orgullo, frivolidad. Todas esas maldades salen de dentro y hacen al hombre impuro”.


Comentario


En el Evangelio de hoy, meditamos las palabras del Señor acerca de la pureza en el corazón del hombre. Este pasaje está muy relacionado con Mt 5,8 «Dichosos los que tienen el corazón puro, porque ellos verán a Dios». Relacionar estos dos pasajes nos lleva a una conclusión: para ser felices, debemos mirar en el fondo del corazón y buscar amar a Dios y a los demás. El que hace esto, verá a Dios.


Los fariseos se muestran escandalizados porque los discípulos de Jesús no cumplen algunas de las tradiciones judías, como lavarse las manos antes de comer. Jesús, alienta a los fariseos, a no cumplir los preceptos por el hecho de que sean tradiciones sino porque son un instrumento para amar a Dios.


El Señor no quiere un cumplimiento formal. Llama "hipócritas" a los fariseos por actuar cumpliendo tradiciones, pero con un corazón alejado de Dios y de las demás personas. En griego, hipócrita significa actor, artista o máscara (en una función teatral). Es decir, es aquel que vive de una manera, pero actúa de forma distinta de cara a los demás. Dios no quiere máscaras para nuestra vida. El espectador, no son las demás personas, sino Dios que ve todo lo que hacemos y no podemos llevar una máscara delante de Él.


Este mismo problema del “fariseísmo”, tiene una gran actualidad para los cristianos de hoy. Para muchos, ser cristiano puede limitarse a cumplir una serie de normas u obligaciones rígidas: acudir a la Misa dominical, confesarse de vez en cuando, etc... cosas buenas, sin duda alguna, pero que hechas sin un corazón enamorado, nos conducen a una actitud farisaica.


Recordemos el mandamiento nuevo “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente. Este es el primero y grande mandamiento. Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo.” (Mt 22, 37-39) Jesús va más allá. Nos invita a mirarnos por dentro. No quiere que cumplamos obligaciones, sino que amemos. El fin es amar, no cumplir. Si no se busca amar a Dios y a los demás, pierden totalmente su sentido.


Dios nos invita a mirar en el fondo de nuestro corazón “Porque de dentro, del corazón del hombre, salen los pensamientos perversos, las fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, codicias, malicias, fraudes, desenfreno, envidia, difamación, orgullo, frivolidad. Todas esas maldades salen de dentro y hacen al hombre impuro”. Pero también, es el lugar donde nace todo lo bueno que haya en el hombre: el servicio a los demás, la generosidad, la humildad, el amor por lo sagrado, la modestia, la caridad a Dios y al prójimo.


Y ¿cómo conozco la voluntad de Dios para mí? Para poder discernir entre lo bueno y lo malo, tenemos un medio de gran valor: la oración. Orar es hablar con Dios en fondo de nuestro corazón. Por este medio debe pasar toda nuestra vida. Durante la oración, se unen el Cielo y la tierra. Es en el fondo del corazón donde aprendemos la voluntad de Dios para nosotros.


Para orar con Dios es necesario liberar el corazón de los propios engaños, el pecado. Los pecados cambian la visión interior, cambian el modo de evaluar las cosas. Te hacen ver cosas que no son verdaderas. Nuestro peor enemigo está escondido dentro de nosotros mismos, y necesitamos convertirnos al Señor.


Acudamos al Señor en la oración, para que nos haga amarle a Él y a los demás en cada una de las circunstancias de la vida. Pidamos un corazón enamorado.


PARA TU ORACION PERSONAL

Memoria del Beato Josemaría Escrivá, entrevista de Salvador Bernal a Mons. Javier Echevarría.

Ha salido como de pasada aquel presagio de doña María Dolores Albás: "Josemaría, vas a sufrir mucho en la vida, pues pones todo el corazón en lo que haces". Y Vd. destacó este rasgo de su personalidad en el primer artículo que publicó sobre el Fundador del Opus Dei: Mons. Escrivá de Balaguer, un corazón que sabía amar. Pero se puede profundizar en esta dimensión, que anudaba múltiples facetas de su existencia.


Muy grabada le quedó la conversación con su padre, cuando se decidió a emprender el sacerdocio. Don José Escrivá le hizo considerar que los sacerdotes tienen que ser muy santos, y no dudó en afirmar, convencido: lo sé, papá. Luego añadió que seguir ese camino supone renunciar a los amores en la tierra. El Fundador del Opus Dei explicaría años después: era muy bueno mi padre, y tenía derecho a mirar las cosas desde un punto de vista de tejas abajo. Pero en este caso concreto se equivocaba. Yo, a pesar de mis pocos años, me daba cuenta, y sigo pensando lo mismo: los sacerdotes no estamos solos, tenemos el mejor Amor y vivimos enamorados; y, por este Amor, somos capaces de servir, precisamente porque estamos perennemente enamorados.


Un día, en 1962, recibí una consulta por teléfono, desde la dirección del Centro en que estábamos. Querían utilizar el único coche que había en la casa, con objeto de llevar a uno de los residentes al médico. Contesté que sí, sin decírselo a Mons. Escrivá de Balaguer, porque sabía que no iba a necesitar ese vehículo. Poco más tarde, le informé. Me preguntó inmediatamente quién era el enfermo y qué le ocurría. Habían salido ya, y no pude darle detalles. Me corrigió entonces, con mucho cariño y claridad: no dejes que vuelva a suceder en tu vida. Cualquier cosa de un hermano tuyo, aunque acabe de llegar a la Obra, te tiene que preocupar como algo de tu propia vida. Este espíritu hemos de vivirlo aunque seamos muy jóvenes de edad, porque el trato con Dios nos da la madurez de saber ocuparnos enteramente de las almas.


Nos sabíamos hijos de su oración y de su mortificación. Todos, y especialmente quienes vivíamos a su lado, podíamos comprobarlo: por sus conversaciones; por su disponibilidad; por su servicio; por su afán de ayudar a cada uno. Repetía que le importaban nuestras almas y nuestros cuerpos: nuestras almas, porque tenían que estar muy unidas a Dios; nuestros cuerpos, porque era necesario cuidar el borriquito, para exigirle rendimiento en servicio de la Iglesia.


Ante su disponibilidad, entendíamos mejor su predicación constante de sentir el orgullo santo de servir a los demás. En la Obra, no puede haber señoritos, comodones, hijos de familia pudiente con el orgullo tonto de no querer servir y de hacerse servir, en cambio, por los demás.


En sus escritos, surgen continuamente expresiones poéticas, referencias al amor humano, que muestran la amplitud de su corazón.


El Fundador del Opus Dei recordaba a menudo que hemos de querer al Señor con el mismo corazón con que amamos a nuestros padres, con el mismo con que habríamos amado -o con que se ama- a una criatura de la tierra: hijos míos, hay que amar a Dios con el alma entera, con todo el corazón, con el cuerpo y con el alma. Insisto: ¡que no falte la gracia humana en la correspondencia a la gracia divina que recibimos!


En una meditación en 1950, nos insistía con una imagen gráfica: ¿no os habéis fijado que, por ver a la persona amada, se pasan el tiempo debajo de la ventana, o cerca de la puerta por la que tiene que atravesar esa persona? ¡Hacen el oso!, dicen en mi tierra para indicar las múltiples maneras que se inventan los enamorados para ver y contemplar a la persona que aman. Pues a mí me gustaría que cada uno de vosotros hiciera el oso, para rondar a Dios como verdaderos enamorados.


Era muy suya la expresión "cortejar a Dios", ese hacer la corte, propio de los enamorados, como se afirma en la tierra aragonesa, y como se afirma por distintas regiones de la tierra española. Estas frases -andarse con contemplaciones, contemplar, cortejar, hacer el oso, rondar, etc.- que se emplean para describir a los enamorados en la vida corriente, le venían enseguida a la cabeza cuando explicaba nuestro trato con Dios. No eran ocurrencias de un entendimiento bien dotado, ni el recurso a figuras o comparaciones para atraer la atención: respondían a su modo personal de dar vueltas alrededor del Señor, ya que todo su comportamiento giraba en torno a su relación de amor a Dios.


Estas delicadezas de corazón joven, que arde en deseos de entrega, se verificaban en los últimos años de su vida todavía con mayor fuerza: reiteraba aún más las palabras del Apóstol Juan, qui autem timet non est perfectus in caritate!, que traducía libremente: ¡el que tiene miedo, el que anda con cautelas, no sabe querer!


Se sentía plenamente enamorado de la Bondad de Dios y quería honrarle por ser Él quien es. Nos hacía notar que la predilección que hemos recibido al incorporarnos a la Iglesia, debía constituir una raíz fundamental en la chifladura de amor que los hijos de Dios deberíamos manifestar a la Trinidad Santísima. En 1967, puntualizaba: el corazón de la criatura, con la gracia de Dios, es capaz de amar una inmensidad. ¡Vale la pena ser fieles!: no olvidéis que nosotros somos enamorados; ¡no somos gentes sin amor! Si no metemos completamente a Dios en nuestras vidas, ¡enamorados!, no podemos tirar para adelante. No hagáis nada sin poner por lo menos una chispa de amor, ¡aunque cueste!


Aprovechaba todo lo humano noble para referirlo al querer divino. Le gustaban las canciones que canta el pueblo, tonadas limpias, de amor humano, y las repetía llevándolas al amor de Dios. Sería muy largo enumerar las que recogió de la tradición popular de muchos países, y las incorporó a su vida interior; entre otras, repetía con alguna frecuencia esta jota de su tierra: "fuiste mi primer amor; / tú me enseñaste a querer, / no me enseñes a olvidar, / que no lo quiero aprender".


Me ha llamado la atención siempre que el texto -a mi juicio- más sugestivo de Mons. Escrivá de Balaguer sobre la virtud de la castidad, aparezca precisamente en una homilía sobre el matrimonio: La castidad -no simple continencia, sino afirmación decidida de una voluntad enamorada- es una virtud que mantiene la juventud del amor en cualquier estado de vida (cfr. Es Cristo que pasa, 25).


El año anterior a su marcha al Cielo, nos insistía con claridad: el corazón de los hombres -a tu edad y a la mía: ¡siempre!- es de carne y, si no procuramos mantenerlo limpio, se llena de carne. Para estar con Dios, pon sacrificio en tu amor. No hemos de ver la vida como una Cruz, aunque -pensándolo bien- no estaríamos mal allí, porque la Cruz es un trono, que ayuda a buscar el rostro de Jesús.


Nos animaba a que rechazásemos la tristeza, porque da paso a la búsqueda de compensaciones que apartan de Dios. El 26 de septiembre de 1971, nos indicaba: la tristeza, si no se abre enseguida el corazón, acaba siempre -¡no lo olvidéis!- en la lujuria. Cortad con ese modo de vivir, con la tristeza, porque es impropia de un hijo de Dios. Y, al revés, la falta de delicadeza es fuente de pesadumbres, como señalaba en 1969:hijos míos, el Señor no quiere que haya en nuestros corazones nada que no sea de Él. Por eso, cuando aceptamos algo, aunque sea muy pequeño, que no es de Él, viene la inquietud, la falta de paz, porque nuestro camino -que es siempre actual- nos recuerda que somos enteramente del Señor. Si alguna vez se ha abierto la mano, aunque sea muy poco, hay que ir a la dirección espiritual, para que nos ayuden, para que nos hagan reaccionar y, si es preciso, para que cautericen. Un corazón cauterizado, ¡cauterizado por el amor de Dios!, es algo que no se puede cambiar por todos los tesoros del mundo.


Trataba con intimidad a Santa María, pidiéndole para él y para todos la limpieza de corazón. Repetía aquella invocación de vieja raigambre cristiana, sub tuum praesidium... ["bajo tu protección..."], y nos aconsejaba que la rezásemos piadosamente, cuando sintiésemos la rebelión de la carne. Quiso que se dedicase la imagen de la Virgen del campus de la Universidad de Navarra a la advocación de Madre del Amor Hermoso. Deseaba que las almas obtuviesen de Ella una vida limpia, y la pidiesen para tantas otras personas en el mundo entero. Comentaba el Fundador del Opus Dei: el reverso estupendo de la medalla de la pureza es el amor más intenso que se puede conocer aquí en la tierra. Ama mucho, y con esto vencerás en tu lucha cotidiana; y después, paladeaba la estrofa del himno dedicado a María: vitam praesta puram, iter para tutum, ut videntes Iesum, semper collaetemur ["haz casta nuestra vida, y prepáranos un camino seguro, para que seamos siempre felices con la visión de Jesús": Himno Ave maris Stella, 6].


La persona enamorada sabe anticiparse: piensa en su amor, no en sí misma, y advierte qué puede necesitar, incluso antes que el propio interesado. Cuando se trata de querer a los hombres, a veces, sólo resulta posible compartir el sufrimiento.


Mons. Escrivá de Balaguer me ha ratificado que -desde los comienzos del Opus Dei- pidió al Señor, también para sus hijos de todos los tiempos, que no les resultara indiferente nada de lo que se refiriese a los demás, por pequeño que pudiera parecer: precisamente a través de esas circunstancias ordinarias y extraordinarias habíamos de estimular a las almas a santificarse.


Le interesaba, como cosa propia, lo de los demás; hasta el punto de que, cuando sufrían un gran disgusto, una grave contradicción, le afectaba incluso físicamente. Quitando importancia a su reacción, nos explicaba: no os preocupéis, me viene de familia, porque mi buena madre, cuando ocurría una cosa semejante, se veía afectada inmediatamente.


Como manifestación de su desvelo, cavilaba muchas veces a lo largo del día: ¿qué harán ahora estos hijos míos aquí, allá, en aquel otro país?, ¿qué estará pasando en esta nación donde sufren esa tribulación?, ¿cómo se estarán resolviendo las dificultades que atraviesa aquella sociedad?, ¿cómo se estará estudiando el modo de afrontar las necesidades materiales de tantas personas, ante esta o aquella calamidad?


Con un convencimiento palpable, repetía que en cada uno de nosotros veía a Cristo joven, a Cristo que trabaja, a Cristo enfermo, a Cristo que sufre, a Cristo que hace apostolado, a Cristo que ama, a Cristo que se entrega, a Cristo que cumple la Voluntad del Padre. Por eso, se unía a la lucha espiritual de cada uno de los miembros del Opus Dei, y alzaba su oración al Señor por su fidelidad.


Recuerdo que, en 1971, atendió en dos ocasiones a una hija suya, desahuciada por el cáncer. Mientras estaba con la enferma, demostraba una fortaleza extraordinaria. Pero, a la salida de una de aquellas visitas, cercana la Navidad, Mons. Escrivá de Balaguer hubo de refugiarse en la capilla de la clínica, para enjugarse las lágrimas, deshecho por los sufrimientos de su hija. Se acomodaba con fortaleza a las necesidades de las almas, de acuerdo con lo que nos describía en 1958: hijos, nosotros estamos para servir a los demás, haciéndoles amable el camino que lleva a Dios. Hemos de servir a todas las almas. ¡Servir! Este es el secreto, si de verdad queremos ser humildes; y así veremos siempre con alegría los dones que los otros han recibido de Dios y sus buenas cualidades. Si no reaccionamos de esta forma, conviene que echemos una mirada sincera a nuestra alma porque quizá -y sin quizá- todavía andamos detrás de nuestro yo, de nuestra vanagloria, de esa gloria vana que nos hace susceptibles con todos y por todo.


Al comenzar este epígrafe, pensé en titularlo simplemente un corazón grande.


Le he escuchado repetir el mismo consejo en todos los ambientes, con gente de relieve cultural, económico o social, con personas de clase media, con enfermos, con pobres, con quienes no se distinguían por sus cualidades intelectuales ni por su preparación humana: a Dios hay que quererle con el corazón entero, entregado, sabiendo que el Señor se conforma con este pobre corazón nuestro si se lo damos de veras, como se lo hubiéramos dado a una criatura aquí en la tierra.


Tenía la convicción de que hemos de querer al Señor con amor ardiente de enamorados. Su tensión -llena de paz- por amar más a Dios le llevaba a exclamar en 1967: la persona que busca sinceramente, ¡de verdad!, la perfección cristiana, siempre encuentra defectos en sus obras, como el artista a su trabajo: ¡no, no!, comenta, me ha faltado amor; me falta más identificación con Él; no he sabido expresarme como debía; no he sabido amar, como podía y debía. Tenemos que ser otros cristos; es más, ipse Christus ["el mismo Cristo"], sobre todo, cuando nos hemos comprometido a buscar la perfección cristiana a través de los acontecimientos ordinarios de nuestra vida.


Predomina en su biografía este amor al Señor sobre todas las cosas, que le llevaba a tener una familiaridad y una confianza absoluta en los designios divinos. Se conmovía al considerar la perfecta Humanidad de Nuestro Señor Jesucristo, que no dejaba de agradecer los servicios que le prestaban. Le atraía la felicidad que se respiraba junto al Maestro, que no rechaza las pruebas de cariño de los que le rodean. Y de estas lecciones sacaba consecuencias: el Señor no tenía un corazón seco, tenía un corazón de hondura infinita que sabía agradecer, que sabía amar.


No me extrañó escucharle, en 1962, mientras rezaba por unos hijos suyos: si yo no estuviera en carne viva por los demás, a pesar de mis errores, de mis tonterías, sería un desgraciado. Estoy convencido de que, con Él, somos luz en la oscuridad, fortaleza en la debilidad.


No se cansó nunca de pedir intensamente a Dios, a través de nuestra Madre Santísima, la purificación del corazón, para que allí solamente cupiera el Señor y, por Él, todas las almas. No pensaba que la madurez, la edad o la experiencia, fueran motivo para disminuir -ni siquiera un poco- el esfuerzo en la pelea ascética. En 1960 nos aconsejaba: pedid a la Madre bendita del Cielo que purifique vuestro corazón, y Ella lo alcanzará del Padre. ¡Jesús, guarda nuestro corazón! ¡Guárdalo para Ti! Un corazón recio, fuerte, duro y tierno y afectuoso y delicado, lleno de caridad por Ti, con mis hermanos y con todas las almas.


Se explica -también desde una perspectiva teológica- que manifestara especial predilección por los enfermos. Es muy conocida su dedicación a los hospitales de Madrid. Me gustaría saber algún detalle de cómo cuidaba a quienes estaban a su lado.


Quería que se atendiera a los enfermos con extrema delicadeza y sentido sobrenatural, pensando que se sirve al mismo Jesucristo. Sintetizaba esta dedicación con frases tan gráficas como: que ese hermano vuestro no se acuerde de su madre y de su padre, al ver vuestra caridad humana y sobrenatural. O: para los enfermos, no tenemos que regatear esfuerzos. Si alguno necesita un trozo de Cielo, subiremos a robarlo, con la certeza de que a Nuestro Padre Dios le agrada.


Personalmente, he tenido la fortuna de contar con la compañía de Mons. Escrivá de Balaguer cuando he estado enfermo. Si no podía hablar, por la fiebre o por la debilidad, me bastaba verle sentado en una silla, rezando, mirándome fijamente, para advertir la necesidad de ofrecer aquella dolencia al Señor y agradecer el beneficio de contar con esa bendición del Cielo que se presentaba a través de las molestias. Si en todas las personas veía a Cristo, se comprobaba en esos momentos que encarnaba lo que escribió en Camino: los enfermos son... Él.


Su caridad paterna y materna le llevaba a estar en los detalles. Conocía enseguida, por la cara de las personas, si tenían alguna molestia física. Y era exigente también con los médicos que les atendían. En una caída me disloqué yo un brazo. Me pusieron una escayola y me dijeron que duraría quince días. Fui al cabo de ese plazo, y el médico, sin darle más importancia, me indicó que volviera dentro de otros quince días. Como me habían puesto la escayola sin haberme limpiado el brazo, y tenía ciertas molestias debidas a un prurito continuo, Mons. Escrivá de Balaguer me aconsejó que acudiera inmediatamente al médico, acompañado por otra persona, y le rogara que, si no había ningún inconveniente o una necesidad perentoria, me quitara el yeso, como se había comprometido cuando me hizo la cura. Aquel médico comprendió la razón de lo que le decía, y efectivamente, rompió la escayola y se evitaron así las molestias de un eczema que se estaba formando.


En 1971, padecí el síndrome de Menière, que produce una gran inestabilidad. Venía a atenderme a diario, y se ofrecía para darme de comer, con la excusa de que estuviera más tranquilo, sin preocuparme de la pérdida de equilibrio. Y hacía lo mismo cuando don Álvaro del Portillo padecía ataques de alergia. En todos los casos, procuraba que al enfermo se le hiciera más llevadera su debilidad, ocupándose de los indispensables servicios materiales: limpiar los vasos de noche, hacer la cama mientras estaba un momento levantado, ventilar o limpiar las habitaciones, etc.


En 1972, una persona del Opus Dei, aquejada de una grave insuficiencia renal -sometida a diálisis varias veces a la semana-, tuvo que hacer un viaje a Roma, con otro miembro de la Obra. Mons. Escrivá de Balaguer le recibió y le invitó a la tertulia con los Consultores del Consejo General. Allí apreció cómo aquel otro hijo suyo que le acompañaba estaba muy pendiente de todo: lo que podía tomar, las posturas, el sol, etc. Cuando terminó aquella reunión, mientras estábamos Mons. Álvaro del Portillo y yo con el Fundador, nos preguntó conmovido: ¿habéis visto con qué cuidado le trataba?


Desde el primer día en Roma, observé cómo gozaba al ver que se vivía la caridad con los enfermos. Me impresionó siempre que, además de la ayuda y de los servicios que se prestaba a cada uno, insistía en la atención espiritual. Se ocupaba también de mantener la vibración interior de esos hijos suyos, facilitándoles el cumplimiento de las normas de piedad y la frecuencia -si lo solicitaban- de la Eucaristía y la Penitencia.


Sin dar lugar a ningún tipo de comodidad o de capricho, sabía enterarse de las aficiones y gustos de cada persona. No se olvidaba de esas preferencias y, cuando surgía la ocasión, recordaba esos detalles que alegraban al interesado. Una vez comentó don Álvaro del Portillo que en su familia eran muy aficionados al arroz con leche: cuando se indisponía, si el médico lo autorizaba, Mons. Escrivá de Balaguer se ocupaba de que le preparasen ese plato, para que comiese con más apetito, y se restableciera.


Vivía esta misma atención con todos. En 1956 llegó a Roma de Argentina un hijo suyo, joven, que al poco tiempo estuvo muy mal de salud. Quedó inapetente. El Fundador del Opus Dei supo, a través de otro argentino, que un tipo de comida corriente en su país de origen, especialmente apetitosa, es el "bife a caballo": un trozo de carne con un huevo frito encima; y encargó que lo cocinaran y se lo llevaran al enfermo, que desde entonces empezó a vencer su inapetencia. El interesado no supo de quién había partido la iniciativa.


Lógicamente, esa preocupación se hacía más intensa cuando la enfermedad era grave. La aceptación de la Voluntad divina no eliminaba el sufrimiento humano, especialmente ante la muerte de las personas queridas.


Entre otros muchísimos sucesos, recuerdo que en 1962 le comunicaron que iban a efectuar una operación quirúrgica a Juan Antonio Lagunilla. Le expusieron la gravedad de la intervención: podía no salir con vida del quirófano. Mons. Escrivá de Balaguer no paró de rezar por él. En más de una ocasión, a lo largo de la jornada, comentó espontáneamente: ¡me han llegado estas noticias, y yo no vivo! Pedía a Dios por la recuperación de ese hijo suyo y que llevara los sufrimientos con mucho sentido sobrenatural: ruego a Dios, como Padre de este hijo mío, que no me lo quite; y que, si me lo quita, me haga aceptar cuanto antes su Voluntad, porque me costará.


La muerte de hijas e hijos suyos le suponía una prueba muy dura, por su intenso cariño, también hacia aquellos que no había llegado a conocer personalmente. Lo sentía como un auténtico mazazo. Se quedaba anonadado, aunque le hubieran advertido la gravedad de la dolencia. Esa angustia de su corazón no le impedía reaccionar con esperanza y, después de protestar filialmente al Señor por llevarse a esas personas que tanto podían rendir, repetía despacio, paladeándola, esa oración que tantos miles de personas han aprendido de sus labios: fiat, adimpleatur, laudetur et in aeternum superexaltetur iustissima atque amabilissima Voluntas Dei super omnia. Amen. Amen ["Hágase, cúmplase, sea alabada y eternamente ensalzada la justísima y amabilísima Voluntad de Dios, sobre todas las cosas. Amén. Amén"].


En 1968, cuando falleció un sacerdote, don Álvaro Calleja, después de haber rezado esa plegaria, y un responso por el eterno descanso de su alma, reconocía: me ha costado mucho, como me ocurre siempre, cuando muere una hija o un hijo mío; pero después he aceptado con paz la Voluntad del Señor. Y veo con mucha claridad que ahora tenemos a ese hermano vuestro en el Cielo, amando a Dios, adorando a Dios, y pidiendo por todas las necesidades de la Iglesia, de la Obra. He sabido que ha muerto lleno de alegría, y es que no puede ser de otra manera: ¡así mueren los hijos de Dios: con la paz, con la tranquilidad del Señor!


Pero su corazón sufría quizá más ante los peligros espirituales, ante posibles infidelidades. Por esto, ponía un especial acento en la atención esmerada, en el cuidado delicadísimo de la vida cristiana de las personas del Opus Dei.


Le interesaban todas las cosas de cada uno, aunque llevase unos instantes en la Obra. Se podía comprobar por su espíritu de servicio y su interés en formar a las personas más recientes en el Opus Dei; les dedicaba el mismo afán y la misma exigencia que a quienes llevaban trabajando mucho tiempo en la Obra, pues veía detrás a Cristo. Y nos enseñaba que es a Cristo a quien llega nuestra sonrisa, nuestro servicio, nuestra caridad, o bien, nuestro desaire, nuestras desganas, nuestras palabras duras o indiferentes: por eso hemos de cuidar y de estar en todos los detalles.


Me consta que, por atender a un hijo o a una hija, no dudaba en ofrecer su propia vida al Señor. Hizo viajes que duraron días y noches enteras; practicó ayunos y severas mortificaciones corporales; empleó horas en conversar con quien lo necesitaba. Actuaba con esta entrega heroica, pensando en servir al Señor. A los que nos ocupábamos de la formación de otros, nos preguntaba con frecuencia: ¿cuánto has rezado por las almas que dependen de ti?, ¿cuánto te has mortificado?, ¿las conoces a fondo?, ¿sabes adelantarte a sus necesidades? Hasta tal punto exigía que nos ocupásemos de ayudarles a ser santos que, cuando alguno no seguía adelante en su camino, ponderaba: yo no disculpo de pecado, y a veces de pecado grave, a los que han convivido con esa persona, si no han puesto todos los medios a su alcance para ayudarle a salir de esa dificultad. Como afinaba mucho en la caridad, nos hacía notar que una decisión tan radical no se presenta repentinamente: aparecen unos síntomas, y luego otros, hasta que la situación precipita. Por eso, cuando hay cariño vigilante, se advierten enseguida las primeras señales y puede atajarse el avance de la enfermedad.


Toda su labor de apostolado y de formación estaba basada en una oración llena de fe, de esperanza y de amor. Muchas de las mujeres y de los hombres que vinieron en los comienzos, han sabido que el Fundador de la Obra llevaba encomendándoles años antes de conocerles: desde que algún pariente, compañero o amigo de los interesados, le había hablado de sus buenas cualidades o de su posibilidad de entender el Opus Dei. Hasta el último día, subrayó que era necesario conseguir vocaciones del Señor con mucha oración y mortificación; pero agregaba que concedía más importancia aún a la ayuda y a la exigencia espiritual que se prestaba a los que habían llegado. Aducía el ejemplo de la atención que los padres prestan al hijo recién nacido, sabiendo prescindir de su propio yo. También señalaba que no podía ocurrir lo que cuentan, como leyenda, de una comarca española: la gente es muy fuerte, porque la primera noche después de su nacimiento dejan a la criatura al aire libre -en esa región la temperatura nocturna es bajísima-; si no fallece, comentan, "¡ya no le parte un rayo!". Y, con fuerza, insistía: ¡esto no puede ocurrir en el Opus Dei!: hay que cuidar cada vocación con primor.

18 de junio de 2021

¿Dónde está tu corazón?

 


Evangelio (Mt 6,19-23)


En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: “No amontonéis tesoros en la tierra, donde la polilla y la herrumbre los corroen y donde los ladrones socavan y los roban. Amontonad en cambio tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni la herrumbre corroen, y donde los ladrones no socavan ni roban. Porque donde está tu tesoro allí estará tu corazón. La lámpara del cuerpo es el ojo. Por eso, si tu ojo es sencillo, todo tu cuerpo estará iluminado. Pero si tu ojo es malicioso, todo tu cuerpo estará en tinieblas. Y si la luz que hay en ti es tinieblas, ¡qué grande será la oscuridad!”.


Comentario


Muchas veces las enseñanzas de Jesús manifiestan la sabiduría humana, característica de la tradición sapiencial de Israel. Ya en los Proverbios se lee: “No te afanes por adquirir riqueza, ten la prudencia de desistir” (Pr 23,4).


Sin embargo, en este pasaje del evangelio el Señor no nos invita a dejar la natural inclinación humana a acumular tesoros, a la prudencia de preparar el futuro guardando algo de dinero para cuando lo necesitaremos. Él insiste más bien en qué tipo de riquezas conviene amontonar: tesoros celestiales.


En otro momento, cuando un joven le pregunta qué tiene que hacer para ser perfecto, Jesús le contesta: “Si quieres ser perfecto, anda, vende tus bienes y dáselos a los pobres, y tendrás un tesoro en los cielos” (Mt 19,21).


La única riqueza que nunca se puede perder es el amor que cada uno de nosotros ha puesto durante el tiempo que se le ha dado. San Juan de la Cruz decía que al final de nuestra vida seremos juzgados en el amor, es decir en nuestro empeño concreto de amor y servicio a Dios y a nuestros hermanos los hombres.


Si es verdad que “donde está tu tesoro allí estará tu corazón”, es verdad también lo contrario: “donde está tu corazón, es allí donde estás acumulando tu tesoro”. Por eso de vez en cuando ayuda pensar en qué está metido nuestro corazón, en cómo invertimos nuestro tiempo, en cuáles son nuestras preocupaciones. Nos daremos cuenta si estamos sólo en nuestras cosas o hay espacio para los demás. Si el motivo de nuestro existir es un generoso servicio a Dios y a los hombres.


Así explicaba san Josemaría el secreto de la felicidad: “Lo que se necesita para conseguir la felicidad, no es una vida cómoda, sino un corazón enamorado” (Surco n. 795).


TEXTOS PARA TU ORACION PERSONAL 


“Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas”, dice la Escritura. Y san Josemaría invita a considerar: "Lo que se necesita para conseguir la felicidad, no es una vida cómoda, sino un corazón enamorado".



“Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas” (Mt 22, 37; Lc 10, 27).


Con todo el corazón, con el cuerpo y con el alma


Lo que se necesita para conseguir la felicidad, no es una vida cómoda, sino un corazón enamorado.


Surco, 795


Hijos míos, hay que amar a Dios con el alma entera, con todo el corazón, con el cuerpo y con el alma. Insisto: ¡que no falte la gracia humana en la correspondencia a la gracia divina que recibimos!


Memoria del Beato Josemaría, 101, 1


El corazón de la criatura, con la gracia de Dios, es capaz de amar una inmensidad. ¡Vale la pena ser fieles!: no olvidéis que nosotros somos enamorados; ¡no somos gentes sin amor! Si no metemos completamente a Dios en nuestras vidas, ¡enamorados!, no podemos tirar para adelante. No hagáis nada sin poner por lo menos una chispa de amor, ¡aunque cueste!


Memoria del Beato Josemaría, 102, 1


Amar es... no albergar más que un solo pensamiento, vivir para la persona amada, no pertenecerse, estar sometido venturosa y libremente, con el alma y el corazón, a una voluntad ajena... y a la vez propia.


Surco 797


Hay corazones duros, pero nobles, que —al acercarse al calor del Corazón de Jesucristo— se derriten como el bronce en lágrimas de amor, de desagravio. ¡Se encienden! En cambio, los tibios tienen el corazón de barro, de carne miserable... y se resquebrajan. Son polvo. Dan pena. Di conmigo: ¡Jesús nuestro, lejos de nosotros la tibieza! ¡Tibios, no! Forja, 490


Alguno ha comparado el corazón a un molino, que se mueve por el viento del amor, de la pasión... Efectivamente, ese “molino” puede moler trigo, cebada, estiércol... —¡Depende de nosotros! Surco, 811


CUANDO SE AMA DE VERDAD, SE DA CON ALEGRÍA, SIN LLEVAR LA CUENTA Y SIN BUSCAR AGRADECIMIENTO

Cuando se ama de verdad, se da con alegría, sin llevar la cuenta y sin buscar agradecimiento: ¡es suficiente, entonces, para el alma, la oportunidad de gastarse gustosamente! No se piensa si ya se ha hecho mucho, o si cuesta: en el trato con Dios no se repara en los obstáculos porque, como en el amor humano, no hay dificultades ni defectos que impidan la conversación con la persona amada.


Memoria del Beato Josemaría, 52, 2


No lo dudes: el corazón ha sido creado para amar. Metamos, pues, a Nuestro Señor Jesucristo en todos los amores nuestros. Si no, el corazón vacío se venga, y se llena de las bajezas más despreciables.


Surco 800


A Dios hay que quererle con el corazón entero, entregado, sabiendo que el Señor se conforma con este pobre corazón nuestro si se lo damos de veras.


Memoria del Beato Josemaría, 106, 1


Enamorados del Amor


Somos enamorados del Amor. Por eso, el Señor no nos quiere secos, tiesos, como una cosa sin vida: ¡nos quiere impregnados de su cariño!


Forja 492


El Señor no tenia un corazón seco, tenía un corazón de hondura infinita que sabia agradecer, que sabía amar.


Memoria del Beato Josemaría, 106, 3


Jesús hará que tomes a todos los que tratas un cariño grande, que en nada empañará el que a El le tienes. Al contrario: cuanto más quieras a Jesús, más gente cabrá en tu corazón.


ÉL NOS MIRA CONSTANTEMENTE Y VE NUESTROS DESEOS MÁS ÍNTIMOS, «PENETRANDO LOS CORAZONES»: NADA DE NUESTRA VIDA -ASÍ DE GRANDE ES SU PREDILECCIÓN- LE RESULTA DESCONOCIDO

Forja 876


Mira: tenemos que amar a Dios no sólo con nuestro corazón, sino con el “Suyo”, y con el de toda la humanidad de todos los tiempos...: si no, nos quedaremos cortos para corresponder a su Amor. Surco 809


Somos gente comprometida por el amor. Por eso, hemos de vivir una fidelidad continua y siempre más exigente, también cuando debemos caminar a contrapelo. Nos movemos en la presencia del Señor: Él nos mira constantemente y ve nuestros deseos más íntimos, scrutans corda [«penetrando los corazones»]: nada de nuestra vida -así de grande es su predilección- le resulta desconocido. Por eso os digo en tantas ocasiones que le deis el corazón entero, como justa correspondencia a sus desvelos.


Memoria del Beato Josemaría, 171, 3


Si de verdad deseas que tu corazón reaccione de un modo seguro, yo te aconsejo que te metas en una Llaga del Señor: así le tratarás de cerca, te pegarás a El, sentirás palpitar su Corazón..., y le seguirás en todo lo que te pida.


Forja 755


¡Gracias, Jesús mío!, porque has querido hacerte perfecto Hombre, con un Corazón amante y amabilísimo, que ama hasta la muerte y sufre; que se llena de gozo y de dolor; que se entusiasma con los caminos de los hombres, y nos muestra el que lleva al Cielo; que se sujeta heroicamente al deber, y se conduce por la misericordia; que vela por los pobres y por los ricos; que cuida de los pecadores y de los justos... —¡Gracias, Jesús mío, y danos un corazón a la medida del Tuyo!


Surco 813


El corazón! De vez en cuando, sin poder evitarlo, se proyecta una sombra de luz humana, un recuerdo torpe, triste, “pueblerino”...


—Acude enseguida al Sagrario, física o espiritualmente: y tornarás a la luz, a la alegría, a la Vida.


Surco, 817


Con la ayuda de la Virgen


No se puede llevar una vida limpia sin la ayuda divina. Dios quiere nuestra humildad, quiere que le pidamos su ayuda, a través de nuestra Madre y Madre suya. Tienes que decir a la Virgen, ahora mismo, en la soledad acompañada de tu corazón, hablando sin ruido de palabras: Madre mía, este pobre corazón mío se rebela algunas veces... Pero si tú me ayudas... —Y te ayudará, para que lo guardes limpio y sigas por el camino a que Dios te ha llamado: la Virgen te facilitará siempre el cumplimiento de la Voluntad de Dios.


Forja 315


Pedid a la Madre bendita del Cielo que purifique vuestro corazón, y Ella lo alcanzará del Padre. ¡Jesús, guarda nuestro corazón! ¡Guárdalo para Ti! Un corazón recio, fuerte, duro y tierno y afectuoso y delicado, lleno de caridad por Ti, con mis hermanos y con todas las almas.


COMPRENSIÓN, CARIDAD REAL. CUANDO DE VERAS LA HAYAS CONSEGUIDO, TENDRÁS EL CORAZÓN GRANDE CON TODOS, SIN DISCRIMINACIONES

Memoria del Beato Josemaría, 107, 1


Un corazón que ama desordenadamente las cosas de la tierra está como sujeto por una cadena, o por un "hilillo sutil", que le impide volar a Dios.


Forja, 486


Comprensión, caridad real. Cuando de veras la hayas conseguido, tendrás el corazón grande con todos, sin discriminaciones, y vivirás —también con los que te han maltratado— el consejo de Jesús: "venid a mí todos los que andáis agobiados..., que Yo os aliviaré".


Forja, 867


Poniendo el amor de Dios en medio de la amistad, este afecto se depura, se engrandece, se espiritualiza; porque se queman las escorias, los puntos de vista egoístas, las consideraciones excesivamente carnales. No lo olvides: el amor de Dios ordena mejor nuestros afectos, los hace más puros, sin disminuirlos.


Surco, 828


¿Quién no devolverá amor por amor?


PARA SABER DE VERDAD LO QUE ES EL CORAZÓN HUMANO Y EL CORAZÓN DE CRISTO Y EL AMOR DE DIOS, HACE FALTA FE Y HACE FALTA HUMILDAD

Jesús en la Cruz, con el corazón traspasado de Amor por los hombres, es una respuesta elocuente —sobran las palabras— a la pregunta por el valor de las cosas y de las personas. Valen tanto los hombres, su vida y su felicidad, que el mismo Hijo de Dios se entrega para redimirlos, para limpiarlos, para elevarlos. ¿Quién no amará su Corazón tan herido?, preguntaba ante eso un alma contemplativa. Y seguía preguntando: ¿quién no devolverá amor por amor? ¿Quién no abrazará un Corazón tan puro? Nosotros, que somos de carne, pagaremos amor por amor, abrazaremos a nuestro herido, al que los impíos atravesaron manos y pies, el costado y el Corazón. Pidamos que se digne ligar nuestro corazón con el vínculo de su amor y herirlo con una lanza, porque es aún duro e impenitente.


Son pensamientos, afectos, conversaciones que las almas enamoradas han dedicado a Jesús desde siempre. Pero, para entender ese lenguaje, para saber de verdad lo que es el corazón humano y el Corazón de Cristo y el amor de Dios, hace falta fe y hace falta humildad. Con fe y humildad nos dejó San Agustín unas palabras universalmente famosas: nos has creado, Señor, para ser tuyos, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti.


Es Cristo que pasa, 165


En vuestro corazón sois como un Sagrario en el que el Señor ha querido refugiarse. El Señor nos ama con su Amor infinito, nos ama mucho; y de nuestra parte espera amor, desagravio, por nuestras faltas personales de correspondencia y por las de todos los hombres. Cuando hay amor de verdad, no hay zafiedad; lo zafio y lo sucio suponen desamor.


Memoria del Beato Josemaría, 221, 2


AFECTIVIDAD UN CORAZON PARA MAR DE VERDAD


Desde muy antiguo se pensó que eran malos aquellos sentimientos que disminuyeran o anularan la libertad. Ésta fue la gran preocupación de la época griega, del pensamiento oriental y de muchas de las religiones antiguas. En todas las grandes tradiciones sapienciales de la humanidad encontramos una advertencia sobre la importancia de educar la libertad del hombre ante sus deseos y sentimientos. Parece como si todas ellas hubieran experimentado, ya desde tiempos muy remotos, que en el interior del corazón del hombre hay fuerzas y solicitaciones contrapuestas que con frecuencia pugnan violentamente entre sí.

Todas esas tradiciones hablan de la agitación de las pasiones; desean la paz de una conducta prudente, guiada por una razón que se impone sobre los deseos; apuntan hacia una libertad interior en el hombre, a una libertad que no es un punto de partida sino una conquista que cada hombre ha de realizar. Cada uno debe adquirir dominio de sí mismo, imponiéndose la regla de la razón, y ése es el camino de lo que empezó a llamarse virtud: la alegría y la felicidad vendrán como fruto de una vida conforme a ella.

Conversión del corazón

La moral cristiana enseña que el desorden de nuestro mundo afectivo hunde sus raíces en el pecado original. El corazón humano es capaz de indudable nobleza, de los más altos grados de heroísmo y de santidad, pero también de las más grandes bajezas y de los instintos más deshumanizados.

El Nuevo Testamento recoge en varias ocasiones diversas palabras de Jesucristo en las que insistía pidiendo con fuerza la conversión interior del corazón y de los deseos: Habéis oído que se dijo: No cometerás adulterio. Pero yo os digo que todo el que mira a una mujer deseándola, ya ha cometido adulterio en su corazón[1].

Nuestro Señor subraya que no basta con abstenerse de obrar mal, o con atenerse a unas normas en la conducta exterior, sino que hay que cambiar el corazón, porque del interior del corazón de los hombres proceden los malos pensamientos, fornicaciones, hurtos, homicidios, adulterios, codicias, maldades, fraude, deshonestidad, envidia, blasfemia, soberbia, insensatez. Todas estas cosas malas proceden del interior y hacen impuro al hombre[2].

Sus enseñanzas son una constante apelación a la conversión del corazón, la única que hace realmente bueno al hombre: El hombre bueno del buen tesoro de su corazón saca cosas buenas, y el malo de su mal saca cosas malas: porque de la abundancia del corazón habla su boca.[3] Remarcan la necesidad radical de purificarse interiormente: Vosotros os hacéis pasar por justos delante de los hombres; pero Dios conoce vuestros corazones[4].

Los actos inmorales surgen de los pensamientos torcidos que incuba el corazón. Por eso tiene tanta importancia la educación de sus afectos. Y por eso el Apóstol Pedro dice a Ananías, cuando es sorprendido en su falsedad: ¿Por qué has admitido esta acción en tu corazón?[5]

La moral cristiana no observa con recelo a los sentimientos. Al contrario, da una importancia fundamental a su cuidado y su educación, pues tienen una enorme trascendencia en la vida moral. Orientar y educar la afectividad supone un trabajo de purificación, porque el pecado ha introducido la cizaña del desorden en el corazón de todos los hombres y es por tanto necesario sanarlo. Por eso escribió San Josemaría: No te digo que me quites lo afectos, Señor, porque con ellos puedo servirte, sino que los acrisoles[6].

Se trata de construir sobre el fundamento firme de las exigencias de la dignidad del hombre, del respeto y la sintonía con todo lo que exige su naturaleza y le es propio. Y el mejor estilo afectivo, el mejor carácter, será el que nos sitúe en una órbita más próxima a esa singular dignidad que al ser humano corresponde. En la medida que lo logremos, se nos hará más accesible la felicidad y la santidad.

Sentimientos y virtud

Cada sentimiento favorece unas acciones y entorpece otras. Por tanto, los sentimientos favorecen o entorpecen una vida psicológicamente y espiritualmente sana, y también favorecen o entorpecen la práctica de las virtudes o valores que deseamos alcanzar. No puede olvidarse que la envidia, el egoísmo, la soberbia o la pereza, son ciertamente carencias de virtud, pero también son carencias de la adecuada educación de los sentimientos que favorecen o entorpecen esa virtud. Puede decirse por tanto que la práctica de las virtudes favorece la educación del corazón, y viceversa.

Muchas veces se olvida que los sentimientos son una poderosa realidad humana, una realidad que —para bien o para mal— es habitualmente lo que con más fuerza nos impulsa o retrae en nuestro actuar. En ocasiones se ha tendido a descuidar su educación, quizá por la confusa impresión de que son algo oscuro y misterioso, poco racional, casi ajeno a nuestro control; o quizá por confundir sentimiento con sentimentalismo o sensiblería; o porque la educación de la afectividad es una tarea difícil, que requiere discernimiento y constancia, y quizá por eso se elude casi sin darnos cuenta.

Los sentimientos aportan a la vida gran parte de su riqueza, y resultan decisivos para una vida lograda y feliz. Lo que se necesita para conseguir la felicidad, no es una vida cómoda sino un corazón enamorado[7]. Y para ello hay que educar el corazón, aunque no siempre sea un tarea fácil. Todos contamos con la posibilidad de conducir en bastante grado nuestros sentimientos. No debemos caer en el fatalismo de pensar que apenas pueden educarse, y considerar por eso que las personas son indefectiblemente de una manera o de otra, y que son generosas o envidiosas, tristes o alegres, cariñosas o frías, optimistas o pesimistas, como si eso fuera algo que responde a una inexorable naturaleza casi imposible de modificar.

Es cierto que las disposiciones sentimentales tienen una componente innata, cuyo alcance resulta difícil precisar. Pero está también el poderoso influjo de la familia, de la escuela, de la cultura en que se vive, de la fe. Y está, sobre todo, el propio esfuerzo personal por mejorar, con la gracia de Dios.

Ejemplo, exigencia, buena comunicación

En el aprendizaje emocional, el ejemplo tiene un particular protagonismo. Basta pensar, por ejemplo, en cómo se transmite de padres a hijos la capacidad de reconocer el dolor ajeno, de comprender a los demás, de brindar ayuda a quien lo necesita. Son estilos emocionales que todos aprendemos de modo natural y los registramos en nuestra memoria sin apenas darnos cuenta, observando a quienes nos rodean.

Pero no por eso todo es cuestión de buen ejemplo. Hay hijos egoístas e insensibles cuyos padres son personas de gran corazón. Y esto es así porque el modelo es importante, pero, además de ello (por ejemplo, de padres atentos a las necesidades de los demás), es preciso sensibilizar frente a esos valores (hacerles descubrir esas necesidades en los demás, señalarles el atractivo de un estilo de vida basado en la generosidad) y, además, educar en un clima de exigencia personal, porque, si no hay autoexigencia, la pereza y el egoísmo ahogan fácilmente cualquier proceso de maduración emocional. La disciplina y la autoridad son decisivas para educar, pues sin un poco de disciplina difícilmente se pueden aprender la mayoría de las cuestiones importantes para la vida.

Junto a eso, es esencial que haya un clima distendido, de buena comunicación; que en la familia sea fácil crear momentos de mayor intimidad, en los que puedan aflorar con confianza los sentimientos de cada uno y así ser compartidos y educados; que no haya un excesivo pudor a la hora de manifestar los propios sentimientos; que haya facilidad para expresar a los demás con lealtad y cariño lo que de ellos nos ha disgustado; etc.

Cuando falta esa sintonía frente a algún tipo de sentimientos (de misericordia ante el sufrimiento ajeno, de deseo de superarse ante una contrariedad, de alegría ante el éxito de otros, etc.), o en la medida en que esos sentimientos no se fomentan, o incluso se dificultan o se desprestigian, cada uno tiende a restringirlos y, poco a poco, los sentirá cada vez menos: se van desdibujando y desaparecen poco a poco del repertorio emocional.

La fuerza de la educación

Entre el sentimiento y la conducta hay un paso importante. Por ejemplo, se puede sentir miedo y actuar valientemente. O sentir odio y perdonar. En ese espacio entre sentimientos y acción está la libertad personal. Se produce entonces una decisión personal, que está en parte en ese momento concreto y en parte antes, en el proceso previo de educación y autoeducación. A lo largo de la vida se va creando un estilo de sentir, y también un estilo de actuar. Siguiendo con el ejemplo, una persona miedosa o rencorosa se ha acostumbrado a reaccionar cediendo al miedo o al rencor que espontáneamente le producen determinados estímulos, y esto ha creado en él un hábito más o menos permanente. Ese hábito le lleva a tener un estilo de responder afectivamente a esas situaciones, hasta acabar constituyéndose en un rasgo de su carácter.

En definitiva, no podemos cambiar nuestra herencia genética, ni nuestra educación hasta el día de hoy, pero sí podemos pensar en el presente y en el futuro, con una confianza profunda en la gran capacidad de transformación del hombre a través de la formación, del esfuerzo personal y de la gracia de Dios.

Sentimientos y educación moral

La educación debe prestar una atención muy particular a la educación moral, y no puede quedarse sólo en cuestiones como el desarrollo intelectual, la fuerza de voluntad o la estabilidad emocional. Y una buena educación sentimental ha de ayudar, entre otras cosas, a aprender, en lo posible, a disfrutar haciendo el bien y sentir disgusto haciendo el mal. Se trata, por tanto, de aprender a querer lo que de verdad merece ser querido.

En nuestro interior hay sentimientos que nos empujan a obrar bien, y, junto a ellos, pululan también otros que amenazan nuestra vida moral. Por eso debemos procurar modelar nuestros sentimientos para que nos ayuden lo más posible a sentirnos bien con aquello que nos ayuda a construir una vida personal armónica, plena, lograda; y a sentirnos mal en caso contrario. Porque la educación moral nos ayuda —entre otras cosas— a sentir óptimamente.

Para los primeros cristianos, el sentido positivo de la afectividad humana era algo connatural y muy cercano. Prueba de ello es el consejo de San Pablo: Tened entre vosotros los mismos sentimientos que tuvo Cristo Jesús[8]. El Catecismo de la Iglesia Católica habla también de la importancia de implicar la vida afectiva en la santidad: «La perfección moral consiste en que el hombre no sea movido al bien sólo por su voluntad, sino también por su apetito sensible según estas palabras del salmo: ‘Mi corazón y mi carne gritan de alegría hacia el Dios vivo’ (Sal 84,3)»[9].

Es verdad que a veces hacer el bien no será atractivo. Por eso los sentimientos no son siempre una guía moral segura. Pero no hay que desdeñar su fuerza y su influencia, sino comprender que conviene educarlos para que ayuden lo más posible a la vida moral. Si una persona, por ejemplo, siente desagrado al mentir y satisfacción cuando es sincera, eso sin duda le será de gran ayuda. Y si se siente molesta cuando es desleal, o egoísta, o perezosa, o injusta, esos sentimientos le alejarán de esos errores, y a veces con bastante más fuerza que otros argumentos.

Con una buena educación de los sentimientos, cuesta menos esfuerzo llevar una vida de virtud y alcanzar la santidad. De todas formas, por muy buena que sea la educación de una persona, hacer el bien supondrá con frecuencia un vencimiento, y a veces grande. Pero siempre se sale ganando con el buen obrar. En cambio, elegir el mal supone autoengañarse y, a la larga, una vida mucho más difícil y decepcionante. Por eso, no se trata de ganarnos la felicidad del Cielo siendo desgraciados en la tierra, sino de buscar ambas felicidades a la vez: Cada vez estoy más persuadido: la felicidad del Cielo es para los que saben ser felices en la tierra[10].

La libertad interior

A veces tendemos a identificar obligación con coacción, percibimos la idea del deber como una pérdida de libertad, y eso es un error en el desarrollo emocional. Actuar conforme al deber es algo que nos perfecciona. Si aceptamos nuestro deber como una voz amiga, acabaremos asumiéndolo de modo gustoso y cordial, y descubriremos poco a poco que el gran logro de la educación afectiva es conseguir unir en lo posible el querer y el deber. Así, además, se alcanza un grado de libertad mucho mayor, porque la felicidad no está en hacer lo que uno quiere, sino en querer lo que uno debe hacer.

Así nos sentiremos ligados al buen obrar moral, pero no obligados, ni forzados, ni coaccionados, porque lo percibiremos como un ideal que nos lleva a la plenitud, y eso constituye una de las mayores conquistas de la verdadera libertad.