"Hago todos los días mi "ratito" de oración: ¡si no fuera por eso!" (Camino, 106)

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19 de septiembre de 2021

Lógica divina y lógica humana.

 


Evangelio (Mc 9,30-37)


Salieron de allí y atravesaron Galilea. Y no quería que nadie lo supiese, porque iba instruyendo a sus discípulos. Y les decía:


– El Hijo del Hombre va a ser entregado en manos de los hombres, y lo matarán, y después de muerto resucitará a los tres días.


Pero ellos no entendían sus palabras y temían preguntarle.


Y llegaron a Cafarnaún. Estando ya en casa, les preguntó:


– ¿De qué hablabais por el camino?


Pero ellos callaban, porque en el camino habían discutido entre sí sobre quién sería el mayor. Entonces se sentó y, llamando a los doce, les dijo:


– Si alguno quiere ser el primero, que se haga el último de todos y servidor de todos.


Y acercó a un niño, lo puso en medio de ellos, lo abrazó y les dijo:


– El que reciba en mi nombre a uno de estos niños, a mí me recibe; y quien me recibe, no me recibe a mí, sino al que me ha enviado.


Comentario


Se va acercando el tiempo de emprender el último viaje hacia Jerusalén, donde Jesús culminará su misión. Se trata de un momento decisivo y, en esas circunstancias, el Maestro habla por segunda vez a los apóstoles de lo que le aguarda al cabo de unas semanas en la ciudad santa.


Allí se desencadenarán los sucesos dramáticos de su pasión que terminarán con la muerte en la Cruz, pero también llegará el acontecimiento glorioso de su resurrección. Las palabras del Señor son claras, pero el evangelista hace notar que “ellos no entendían sus palabras y temían preguntarle”. Se resisten a admitir lo que Jesús les está diciendo. ¡Qué distinta es la lógica de Dios, que cuenta con el sufrimiento como camino a la gloria, frente a la lógica humana que rehúsa aceptar lo que no se desea ni complace los propios gustos!


Resulta sorprendente lo que sucede en un momento tan importante y cargado de dramatismo. “ ¿De qué hablabais por el camino?” les preguntó Jesús, “pero ellos callaban, porque en el camino habían discutido entre sí sobre quién sería el mayor” (v. 33), comenta el evangelista.


Mientras Jesús se dirige decididamente hacia la Cruz ninguno de ellos se compadece de los padecimientos que aguardan al Maestro y se apresta a servirle de apoyo, sino que intrigan entre sí buscando egoístamente el propio provecho. ¡Qué torpes! Hubieran merecido justamente el rechazo de Jesús, pero no sucedió así. A pesar de sus evidentes limitaciones personales, Jesús no les retiró su confianza. “Qué decepción la de Cristo. Sin embargo –observa Mons. Ocáriz– les confió la Iglesia, como nos la confía ahora a nosotros, que también caemos en disputas y división”.


“¿Qué nos dice todo esto? –se preguntaba Benedicto XVI– Nos recuerda que la lógica de Dios es siempre ‘otra’ respecto a la nuestra, como reveló Dios mismo por boca del profeta Isaías: ‘Mis planes no son vuestros planes, vuestros caminos no son mis caminos’ (Is 55, 8). Por esto, seguir al Señor requiere siempre al hombre una profunda conversión –de todos nosotros–, un cambio en el modo de pensar y de vivir; requiere abrir el corazón a la escucha para dejarse iluminar y transformar interiormente”.


Jesús tiene paciencia con los defectos de aquellos hombres, y les explica su lógica, la lógica del amor que se hace servicio hasta la entrega total: “Si alguno quiere ser el primero, que se haga el último de todos y servidor de todos” (v. 35). Y para que les entre por los ojos esta enseñanza “acercó a un niño, lo puso en medio de ellos, lo abrazó y les dijo: El que reciba en mi nombre a uno de estos niños, a mí me recibe; y quien me recibe, no me recibe a mí, sino al que me ha enviado” (vv. 36-37)


“¿No os enamora este modo de proceder de Jesús? –comenta san Josemaría– Les enseña la doctrina y, para que entiendan, les pone un ejemplo vivo. Llama a un niño, de los que correrían por aquella casa, y le estrecha contra su pecho. ¡Este silencio elocuente de Nuestro Señor! Ya lo ha dicho todo: Él ama a los que se hacen como niños. Después añade que el resultado de esta sencillez, de esta humildad de espíritu es poder abrazarle a Él y al Padre que está en los cielos”.


Dios, que es realmente grande, no teme abajarse y hacerse el último. Jesús se identifica con el niño. Él mismo se ha hecho pequeño. En cambio, nosotros, que somos pequeños, nos creemos grandes y aspiramos a ser los primeros porque somos orgullosos. Seguir a Cristo es difícil, pero sólo el que se hace pequeño como él hará cosas grandes.


PARA LA ORACION PERSONAL


Y llegaron a Cafarnaún. Estando ya en casa, les preguntó: ¿De qué discutíais por el camino? Pero ellos callaban, porque en el camino habían discutido entre sí sobre quién sería el mayor. Entonces se sentó y, llamando a los doce, les dijo: Si alguno quiere ser el primero, hágase el último de todos y servidor de todos. Y tomando a un niño, lo puso en medio de ellos, lo abrazó y les dijo: El que reciba en mi nombre a uno de estos niños, a mí me recibe; y quien me recibe, no me recibe a mí, sino al que me envió. ( Mc 9, 33-37).


“¿No os enamora este modo de proceder de Jesús? Les enseña la doctrina y, para que entiendan, les pone un ejemplo vivo. Llama a un niño, de los que correrían por aquella casa, y le estrecha contra su pecho. ¡Este silencio elocuente de Nuestro Señor! Ya lo ha dicho todo: El ama a los que se hacen como niños. Después añade que el resultado de esta sencillez, de esta humildad de espíritu es poder abrazarle a El y al Padre que está en los cielos”.


Amigos de Dios, 102


En aquella ocasión se acercaron los discípulos a Jesús y le preguntaron: ¿Quién juzgas que es el mayor en el Reino de los Cielos? Entonces, llamando a un niño, lo puso en medio de ellos y dijo: En verdad os digo: si no os convertís y os hacéis como los niños no entraréis en el Reino de los Cielos. Pues todo el que se humille como este niño, ése es el mayor en el Reino de los Cielos ( Mt 18, 1-4) .


“Hacernos niños: renunciar a la soberbia, a la autosuficiencia; reconocer que nosotros solos nada podemos, porque necesitamos de la gracia, del poder de nuestro Padre Dios para aprender a caminar y para perseverar en el camino. Ser pequeños exige abandonarse como se abandonan los niños, creer como creen los niños, pedir como piden los niños.


Y todo eso lo aprendemos tratando a María. (...) Porque María es Madre, su devoción nos enseña a ser hijos: a querer de verdad, sin medida; a ser sencillos, sin esas complicaciones que nacen del egoísmo de pensar sólo en nosotros; a estar alegres, sabiendo que nada puede destruir nuestra esperanza. El principio del camino que lleva a la locura del amor de Dios es un confiado amor a María Santísima”.


Es Cristo que pasa, 143


“¡Qué buena cosa es ser niño! —Cuando un hombre solicita un favor, es menester que a la solicitud acompañe la hoja de sus méritos.


Cuando el que pide es un chiquitín —como los niños no tienen méritos—, basta con que diga: soy hijo de Fulano.


¡Ah, Señor! —díselo ¡con toda tu alma!—, yo soy... ¡hijo de Dios!”


Camino, n. 892


Nuestra voluntad, con la gracia, es omnipotente delante de Dios –Así, a la vista de tantas ofensas para el Señor, si decimos a Jesús con voluntad eficaz, al ir en tranvía por ejemplo: “Dios mío, querría hacer tantos actos de amor y de desagravio como vueltas da cada rueda de este coche”, en aquel mismo instante delante de Jesús realmente le hemos amado y desagraviado según era nuestro deseo.


Esta “bobería” no se sale de la infancia espiritual: es el diálogo eterno entre el niño inocente y el padre chiflado por su hijo: –¿Cuánto me quieres? ¡Dilo! –Y el pequeñín silabea: ¡Mu-chos mi-llo-nes! (Camino, 897)


SAN JOSEMARIA. "Lógica divina y lógica humana"


En la vida interior, nos conviene a todos ser quasi modo geniti infantes, como esos pequeñines, que parecen de goma, que disfrutan hasta con sus trastazos porque enseguida se ponen de pie y continúan sus correteos; y porque tampoco les falta –cuando resulta preciso– el consuelo de sus padres.


Si procuramos portarnos como ellos, los trompicones y fracasos –por lo demás inevitables– en la vida interior no desembocarán nunca en amargura. Reaccionaremos con dolor pero sin desánimo, y con una sonrisa que brota, como agua limpia, de la alegría de nuestra condición de hijos de ese Amor, de esa grandeza, de esa sabiduría infinita, de esa misericordia, que es nuestro Padre. He aprendido, durante mis años de servicio al Señor, a ser hijo pequeño de Dios. Y esto os pido a vosotros: que seáis quasi modo geniti infantes, niños que desean la palabra de Dios, el pan de Dios, el alimento de Dios, la fortaleza de Dios, para conducirnos en adelante como hombres cristianos. (Amigos de Dios, 146)


SAN JOSEMARIA ASI VEIA LA LOGICA DE DIOS


Lógica divina y lógica humana. Dios, como un Padre hace con su hijo, enseñó a Josemaría la "lógica divina", a veces tan desconcertante y lejos de la "lógica humana", porque ésta juzga y obra según criterios terrenales. Los juicios de Dios, por el contrario, reposan amorosamente en el sentido de la filiación divina; en la Cruz, signo gozoso de la victoria de Cristo; en el poder ilimitado de la oración, en la oculta fecundidad de las contradicciones... Aquella visión objetiva de la realidad histórica que poseía el Fundador, antes mencionada, es algo más que pura perspicacia clarividente; es el don de penetrar la esencia de la historia, sabiamente gobernada por la Providencia. A las realidades religiosas, a los hechos sobrenaturales aplicó categorías propias de la lógica divina, de acuerdo con su misión, divina y universal, dentro de la Iglesia.


La talla del Fundador. Para apreciar debidamente la grandeza de su persona es preciso acompañarle conforme fue adquiriendo madurez espiritual. Ese itinerario de crecimiento interior es a la vez fuente de amor y via crucis de sufrimiento, por una progresiva identificación con Cristo. No se requieren, pues, loas hagiográficas, porque su santidad es patente y se yergue, de modo impresionante, a nuestra vista.


A poco de recibir su misión divina don Josemaría se comparaba a un pobre pajarillo de vuelo corto. Lo arrebata un águila; y entre sus garras poderosas, el pajarillo sube, sube muy alto, por encima de las montañas de tierra y de los picos de nieve, por encima de las nubes blancas y azules y rosas, más arriba aún, hasta mirar de frente al sol... Y entonces el águila, soltando al pajarito, le dice: anda, ¡vuela!...


Señor, ¡que no vuelva a volar pegado a la tierra!, ¡que esté siempre iluminado por los rayos del divino Sol-Cristo-Eucaristía!, ¡que mi vuelo no se interrumpa hasta hallar el descanso de tu Corazón!


Padre de una gran familia. Dios ha suscitado un hombre, en el mundo de nuestro tiempo, para bien de la Iglesia y de las almas. Don divino que hay que agradecer; primeramente, a Dios; y, en parte, a don Josemaría, pues tomó dócilmente sobre sí el secundar los designios de Dios. No volvió las espaldas al mundo. Se interesó por su marcha y progreso. Puso audacia y optimismo en sus afanes apostólicos. Proclamó que la santidad no es tan sólo para los privilegiados. Abrió, en fin, con su mensaje los caminos divinos de la tierra. Caminos de santificación para todos los que, en medio del mundo, trabajan por amor a Dios y a los demás hombres.


Pero en la misión del Fundador va también el carisma de su paternidad: Padre y Pastor de una porción del pueblo de Dios (fieles de la Prelatura del Opus Dei). Ya en vida tuvo, como los antiguos patriarcas, larga descendencia espiritual. El 17 de mayo de 1992, día en que la Iglesia declaró oficialmente su subida a los altares, una inmensa multitud de hijos de su espíritu —gentes de todas las razas y condición de vida— llenaban apretadamente la plaza de San Pedro en Roma.

14 de agosto de 2021

“¡Que seáis muy niños!”




 Evangelio (Mt 19,13-15)


En aquel tiempo, le presentaron unos niños para que les impusiera las manos y orase; pero los discípulos les reñían. Ante esto, Jesús dijo:


—Dejad a los niños y no les impidáis que vengan conmigo, porque de los que son como ellos es el Reino de los Cielos.


Y después de imponerles las manos, se marchó de allí.


Comentario


Después de haber escuchado ayer la enseñanza de Jesús sobre la indisolubilidad del matrimonio, contemplamos a unos niños que son presentados a Jesús. Una significativa secuencia: una vez unidos para siempre el hombre y la mujer en el matrimonio, aparecen en escena los niños, fruto de esa unión. El evangelista no indica quiénes llevan a esos niños pero parece indicarlo con el episodio anterior: los padres. Y es que la fama de Jesús crecía: curaba a los más débiles, entre ellos a los niños. Es fácil imaginar, por lo tanto, a los padres que llevaban a Jesús a sus hijos pequeños, todavía débiles, para que los bendijera, para que, con la imposición de las manos, o con solo tocarlos, los protegiera de las enfermedades y del poder del maligno.


Pero los discípulos se creen con la autoridad de evitarlo. Y el Maestro no lo consiente, pues Él es el Camino para llegar al Padre. Así se lo dirá a uno de los discípulos: “Nadie va al Padre si no es a través de mí” (Jn 14,6). Los niños encuentran en Jesús el mejor camino para descubrir su filiación divina. Al mismo tiempo, los adultos –de modo especial, los padres– están llamados a facilitar ese encuentro, de modo que también ellos redescubren esa misma filiación: “El que reciba en mi nombre a uno de estos niños, a mí me recibe; y quien me recibe, no me recibe a mí, sino al que me ha enviado” (Mc 9,37).


Es conmovedor fijar la mirada en Jesús rodeado de niños, jugando con ellos, sonriéndoles, preguntándoles sus nombres, su edad...; instruyéndoles para que sean buenos hijos de sus padres, buenos hermanos…; y hablándoles de su Padre del Cielo. Una escena terrena y celestial a la vez: aquel momento fue una clara manifestación de lo que ha de ser en la tierra el Reino de los Cielos, y un reflejo de cómo será ese reino en el más allá para aquellos que en la tierra se han comportado como niños delante de Dios. Por eso acogemos con humildad la advertencia de San Josemaría: “No olvides que el Señor tiene predilección por los niños y por los que se hacen como niños” (Camino, n. 872).


PARA TU ORACION PERSONAL


“¿No os enamora este modo de proceder de Jesús? Les enseña la doctrina y, para que entiendan, les pone un ejemplo vivo. Llama a un niño, de los que correrían por aquella casa, y le estrecha contra su pecho. ¡Este silencio elocuente de Nuestro Señor! Ya lo ha dicho todo: El ama a los que se hacen como niños. Después añade que el resultado de esta sencillez, de esta humildad de espíritu es poder abrazarle a El y al Padre que está en los cielos”.


Amigos de Dios, 102


En aquella ocasión se acercaron los discípulos a Jesús y le preguntaron: ¿Quién juzgas que es el mayor en el Reino de los Cielos? Entonces, llamando a un niño, lo puso en medio de ellos y dijo: En verdad os digo: si no os convertís y os hacéis como los niños no entraréis en el Reino de los Cielos. Pues todo el que se humille como este niño, ése es el mayor en el Reino de los Cielos ( Mt 18, 1-4) .


“Hacernos niños: renunciar a la soberbia, a la autosuficiencia; reconocer que nosotros solos nada podemos, porque necesitamos de la gracia, del poder de nuestro Padre Dios para aprender a caminar y para perseverar en el camino. Ser pequeños exige abandonarse como se abandonan los niños, creer como creen los niños, pedir como piden los niños.


Y todo eso lo aprendemos tratando a María. (...) Porque María es Madre, su devoción nos enseña a ser hijos: a querer de verdad, sin medida; a ser sencillos, sin esas complicaciones que nacen del egoísmo de pensar sólo en nosotros; a estar alegres, sabiendo que nada puede destruir nuestra esperanza. El principio del camino que lleva a la locura del amor de Dios es un confiado amor a María Santísima”.


Es Cristo que pasa, 143


“¡Qué buena cosa es ser niño! —Cuando un hombre solicita un favor, es menester que a la solicitud acompañe la hoja de sus méritos.


Cuando el que pide es un chiquitín —como los niños no tienen méritos—, basta con que diga: soy hijo de Fulano.


¡Ah, Señor! —díselo ¡con toda tu alma!—, yo soy... ¡hijo de Dios!”


Camino, n. 892


Te aconsejo que intentes alguna vez volver... al comienzo de tu "primera conversión", cosa que, si no es hacerse como niños, se le parece mucho: en la vida espiritual, hay que dejarse llevar con entera confianza, sin miedos ni dobleces; hay que hablar con absoluta claridad de lo que se tiene en la cabeza y en el alma.


 Surco, 145

¡Qué seáis muy niños! Y cuanto más, mejor. Os lo dice la experiencia de este sacerdote, que se ha tenido que levantar muchas veces a lo largo de estos treinta y seis años –¡qué largos y qué cortos se me han hecho!–, que lleva tratando de cumplir una Voluntad precisa de Dios. Una cosa me ha ayudado siempre: que sigo siendo niño, y me meto continuamente en el regazo de mi Madre y en el Corazón de Cristo, mi Señor.


Las grandes caídas, las que causan serios destrozos en el alma, y en ocasiones con resultados casi irremediables, proceden siempre de la soberbia de creerse mayores, autosuficientes. En esos casos, predomina en la persona como una incapacidad de pedir asistencia al que la puede facilitar: no sólo a Dios; al amigo, al sacerdote. Y aquella pobre alma, aislada en su desgracia, se hunde en la desorientación, en el descamino. 

(Amigos de Dios, 147)


Nuestra voluntad, con la gracia, es omnipotente delante de Dios –Así, a la vista de tantas ofensas para el Señor, si decimos a Jesús con voluntad eficaz, al ir en tranvía por ejemplo: “Dios mío, querría hacer tantos actos de amor y de desagravio como vueltas da cada rueda de este coche”, en aquel mismo instante delante de Jesús realmente le hemos amado y desagraviado según era nuestro deseo.


Esta “bobería” no se sale de la infancia espiritual: es el diálogo eterno entre el niño inocente y el padre chiflado por su hijo: –¿Cuánto me quieres? ¡Dilo! –Y el pequeñín silabea: ¡Mu-chos mi-llo-nes! (Camino, 897)


En la vida interior, nos conviene a todos ser quasi modo geniti infantes, como esos pequeñines, que parecen de goma, que disfrutan hasta con sus trastazos porque enseguida se ponen de pie y continúan sus correteos; y porque tampoco les falta –cuando resulta preciso– el consuelo de sus padres.


Si procuramos portarnos como ellos, los trompicones y fracasos –por lo demás inevitables– en la vida interior no desembocarán nunca en amargura. Reaccionaremos con dolor pero sin desánimo, y con una sonrisa que brota, como agua limpia, de la alegría de nuestra condición de hijos de ese Amor, de esa grandeza, de esa sabiduría infinita, de esa misericordia, que es nuestro Padre. He aprendido, durante mis años de servicio al Señor, a ser hijo pequeño de Dios. Y esto os pido a vosotros: que seáis quasi modo geniti infantes, niños que desean la palabra de Dios, el pan de Dios, el alimento de Dios, la fortaleza de Dios, para conducirnos en adelante como hombres cristianos. 


(Amigos de Dios, 146)



4 de enero de 2021

NATURALIDAD Y SENCILLEZ

 

—La sencillez, manifestación externa de la humildad.

— Sencillez y rectitud de intención. Consecuencias de la «infancia espiritual». 

— Lo que se opone a la sencillez. Frutos de esta virtud. 


I. El Mesías llegó al Templo en brazos de su Madre. Nadie debió reparar en aquel matrimonio joven que llevaba a un niño pequeño para presentarlo al Señor.


Las madres tenían que esperar al sacerdote en la puerta oriental. Allá se fue María, junto con otras mujeres, y aguardó a que le llegara el turno para que el sacerdote tomara en sus brazos al Hijo. A su lado estaba José, dispuesto para pagar el rescate. La ceremonia de la purificación de María y del rescate del Niño del servicio del Templo en nada se diferenciaron exteriormente de lo que solía ocurrir en estas ocasiones.


Toda la vida de María está penetrada de una profunda sencillez. Su vocación de Madre del Redentor se realizó siempre con naturalidad. Aparece en casa de su prima Isabel para ayudarla, para servirla durante aquellos meses; prepara para su Hijo los pañales y la ropa; vive treinta años junto a Jesús, sin cansarse de mirarlo, con un trato amabilísimo, pero con toda sencillez. Cuando en Caná alcanza de su Hijo el primer milagro, lo hace con tal naturalidad que ni siquiera los novios se dan cuenta del hecho portentoso. En ningún momento alardea de especiales privilegios: «María Santísima, Madre de Dios, pasa inadvertida, como una más entre las mujeres de su pueblo.


»—Aprende de Ella a vivir con “naturalidad”»1. La sencillez y la naturalidad hicieron de la Virgen, en lo humano, una mujer especialmente atrayente y acogedora. Su Hijo, Jesús, es el modelo de la sencillez perfecta, durante treinta años de la vida oculta y en todo momento: cuando comienza a predicar la Buena Nueva no despliega una actividad ruidosa, llamativa, espectacular. Jesús es la misma sencillez cuando nace o es presentado en el Templo, o cuando manifiesta su divinidad por medio de milagros que solo Dios puede hacer.


El Salvador huye del espectáculo y de la vanagloria, de los gestos falsos y teatrales; se hace asequible a todos: a los enfermos desahuciados y a los más desamparados, que acuden confiadamente a Él para implorarle el remedio de sus dolencias; a los Apóstoles que le preguntan sobre el sentido de las parábolas; a niños que le abrazan con confianza.


La sencillez es una manifestación de la humildad. Se opone radicalmente a todo lo que es postizo, artificial, engañoso. Y es una virtud especialmente necesaria para el trato con Dios, para la dirección espiritual, para el apostolado y la convivencia con las personas con las que cada día hemos de relacionarnos.


«Naturalidad. —Que vuestra vida de caballeros cristianos, de mujeres cristianas –vuestra sal y vuestra luz– fluya espontáneamente, sin rarezas ni ñoñerías: llevad siempre con vosotros nuestro espíritu de sencillez»2.


II. Si tu ojo fuera sencillo, todo tu cuerpo estará iluminado3. La sencillez exige claridad, transparencia y rectitud de intención, que nos preserva de tener una doble vida, de servir a dos señores: a Dios, y a uno mismo. La sencillez, además, requiere una voluntad fuerte, que nos lleve a escoger el bien, y que se imponga a las tendencias desordenadas de una vida exclusivamente sensitiva, y domine lo turbio y complicado que hay en todo hombre. El alma sencilla juzga de las cosas, de las personas y de los acontecimientos según un juicio recto iluminado por la fe, y no por las impresiones del momento4.


La sencillez es una consecuencia y una característica de la llamada «infancia espiritual», a la que nos invita el Señor especialmente en estos días en que estamos contemplando su Nacimiento y su vida oculta: En verdad os digo que si no os volvéis y hacéis semejantes a los niños –en la sencillez y en la inocencia– no entraréis en el Reino de los Cielos5. Nos dirigimos al Señor como niños, sin actitudes rebuscadas ni ficticias, porque sabemos que Él no se fija tanto en la apariencia externa, sino que mira el corazón6. Sentimos sobre nosotros la mirada amable del Señor, que es una invitación a la autenticidad, a comportarnos con sencillez en su presencia, a tratarle en una oración personal, directa, confiada. Por eso hemos de huir de cualquier formalismo en el trato con Dios, aunque hay una «urbanidad de la piedad»7, que nos lleva a mostrarnos delicados, especialmente en el culto, en la liturgia; pero el respeto no es convencionalismo ni pura actitud externa, sino que hunde sus raíces en una auténtica piedad del corazón.


En la lucha ascética hemos de reconocernos como en realidad somos y aceptar las propias limitaciones, comprender que Dios las abarca con su mirada y cuenta con ellas. Y esto, lejos de inquietarnos, nos llevará a confiar más en Él, a pedirle su ayuda para vencer los defectos y para alcanzar las metas que vemos necesarias en nuestra vida interior en este momento, aquellos puntos que más estamos siguiendo en nuestro examen particular y en nuestro examen general de conciencia.


Si somos sencillos con Dios sabremos serlo con quienes tratamos cada día, con nuestros parientes, amigos y compañeros. Y es sencillo quien actúa y habla en íntima armonía con lo que piensa y desea; quien se muestra a los demás tal como es, sin aparentar lo que no es o lo que no posee. Produce siempre una gran alegría encontrar un alma llana, sin pliegues ni recovecos, en quien se puede confiar, como Natanael, que mereció el elogio del Señor: he aquí un verdadero israelita, en quien no hay doblez ni engaño8. Por el contrario, en otro lugar el Señor nos pone en guardia contra los falsos profetas que van a vosotros disfrazados9, contra los que piensan de un modo y actúan de otro.


En la convivencia diaria, toda complicación pone obstáculos entre nosotros y los demás, y nos aleja de Dios: «Ese énfasis y ese engolamiento te sientan mal: se ve que son postizos. —Prueba, al menos, a no emplearlos ni con tu Dios, ni con tu director, ni con tus hermanos: y habrá, entre ellos y tú, una barrera menos»10.


De modo especial, hemos de mostrarnos con una sencillez plena en la oración, en la dirección espiritual y en la Confesión, hablando con claridad y transparencia, con el deseo de que nos conozcan bien, huyendo de las generalidades, de los circunloquios y medias verdades, sin ocultar nada. El Señor quiere que manifestemos con llaneza lo que nos pasa, las alegrías y las preocupaciones, los motivos de nuestra conducta.


III. La sencillez y la naturalidad son virtudes extraordinariamente atrayentes: para comprenderlo, basta mirar a Jesús, a María y a José. Pero hemos de saber que son virtudes difíciles, a causa de la soberbia, que nos lleva a tener una idea desmesurada sobre nosotros mismos, y a querer aparentar ante los demás por encima de lo que somos o tenemos. Nos sentimos humillados tantas veces por desear ser el centro de la atención y de la estima de quienes nos rodean; por no reconocer que, en ocasiones, actuamos mal; por no conformarnos con hacer y desaparecer, sin buscar la recompensa de una palabra de alabanza o de gratitud. Muchas veces nos complicamos la vida por no aceptar las propias limitaciones, por tomarnos demasiado en serio. La soberbia puede inducirnos a hablar demasiado sobre nosotros mismos, a pensar casi exclusivamente en nuestros problemas personales, o a procurar llamar la atención por caminos a veces complejos y enrevesados: hasta puede hacernos simular enfermedades inexistentes, o alegrías y tristezas que no se corresponden con nuestro estado de ánimo.


La pedantería, la afectación, la jactancia, la hipocresía y la mentira se oponen a la sencillez y, por tanto, a la amistad; también dificultan una convivencia amable. Son un verdadero obstáculo para la vida de familia.


Pero la sencillez que nos enseña el Señor no es ingenuidad: Mirad, nos dice, que os envío como ovejas en medio de lobos. Por tanto, habéis de ser prudentes como serpientes, y sencillos como palomas11. Los cristianos hemos de ir por el mundo con estas dos virtudes –la sencillez y la prudencia–, que se perfeccionan mutuamente.


Para ser sencillos es preciso cuidar la rectitud de intención en nuestras acciones, que deben estar dirigidas a Dios. Solo así podrán prevalecer sobre nuestros complejos sentimientos, sobre las impresiones del momento o la confusa vida de los sentidos. Y junto a la rectitud de intención, la sinceridad clara, escueta –ruda, si fuese necesario– para exponer nuestras propias flaquezas, sin tratar de disimularlas o negarlas: «Mira: los apóstoles, con todas sus miserias patentes e innegables, eran sinceros, sencillos..., transparentes.


»Tú también tienes miserias patentes e innegables. —Ojalá no te falte sencillez»12.


Para aprender a ser sencillos contemplemos a Jesús, a María y a José en todas las escenas de la infancia del Señor, en medio de su vida corriente. Pidámosles que nos hagan como niños delante de Dios, para tratarle personalmente, sin anonimato, sin miedo.

18 de diciembre de 2020

INFANCIA ESPIRITUAL

— Hacerse como niños delante de Dios.

— Infancia espiritual y filiación divina. Humildad y abandono en Dios.

— Virtudes propias de este camino de infancia: docilidad y sencillez.



I. Nos dice San Marcos que le presentaban a Jesús unos niños para que les impusiera las manos; pero los discípulos les reñían1.


Detrás de estos niños podemos ver a sus madres, empujando suavemente a los pequeños delante de ellas. Jesús debía crear a su alrededor un clima de bondad y de sencillez atrayente. Estas mujeres se sienten dichosas de que Jesús imponga sus manos sobre ellos y estén cerca de Él.


La pugna entre estas mujeres y los discípulos, que querían mantener un cierto orden, es el prólogo a una enseñanza profunda de Cristo. En medio del forcejeo de unas y las protestas de los otros, que quieren alejar a los niños, Jesús se enfada con los discípulos. Él está a gusto con estas criaturas: Dejad que los niños se acerquen a mí, y no se lo impidáis, dice, porque de estos es el Reino de Dios. En verdad os digo: quien no reciba el Reino de Dios como un niño, no entrará en él. Y abrazándolos, los bendecía, imponiéndoles las manos2. Los niños y sus madres habían ganado la partida: aquel día se marcharon felices a sus casas.


Hemos de acercarnos a Belén con las disposiciones de los niños: con sencillez, sin prejuicios, con el alma abierta de par en par. Es más, es necesario hacerse como un niño para entrar en el Reino de los Cielos: si no os convertís y os hacéis como los niños no entraréis en el Reino de los Cielos3, dirá el Señor en otra ocasión, mientras coloca a un pequeño delante de todos.


El Señor no recomienda la puerilidad, sino la inocencia y la sencillez. Ve en los niños rasgos y actitudes esenciales para alcanzar el Cielo y, en esta vida, para entrar en el reino de la fe. El niño carece de todo sentimiento de suficiencia.


El niño necesita constantemente de sus padres, y lo sabe; es fundamentalmente un ser necesitado. Así debe ser el cristiano delante de su Padre Dios: un ser que es todo necesidad. El niño vive con plenitud el presente y nada más; la enfermedad del adulto es vivir con excesiva inquietud por el «mañana», dejando vacío el «hoy», que es lo que debe vivir con toda intensidad.


Aquel gesto con los pequeños debió ganar a más de una mujer de las presentes que, quizá, con el afán de situar a sus hijos en primera fila, no habían prestado demasiada atención a las palabras que Jesús dirigía al auditorio.


Jesús nos enseña en este pasaje el camino de la infancia espiritual, para que nos abramos del todo a Dios y seamos eficaces en el apostolado:


«Ser pequeño: las grandes audacias son siempre de los niños. —¿Quién pide... la luna? —¿Quién no repara en peligros para conseguir su deseo?


»—“Poned” en un “niño” así, mucha gracia de Dios, el deseo de hacer su Voluntad (de Dios), mucho amor a Jesús, toda la ciencia humana que su capacidad le permita adquirir... y tendréis retratado el carácter de los apóstoles de ahora, tal como indudablemente Dios los quiere»4.


II. Pocos días antes de la Pasión, los príncipes de los sacerdotes y los escribas, al ver los milagros que hacía, y a los niños que le aclamaban..., se irritaron y le dijeron: ¿Oyes lo que dicen estos? Jesús les respondió: Sí; ¿no habéis leído nunca: de la boca de los pequeños y de los niños de pecho te preparaste la alabanza?5. A lo largo de todo el Evangelio encontramos este mismo pensamiento: se escoge lo pequeño para confundir a lo grande. Abre la boca de los que saben menos, y cierra la de los que parecían sabios.


Jesús acepta abiertamente la confesión mesiánica de estos niños; ellos son los que ven con claridad el misterio de Dios allí presente. Solo puede recibirse el reino de Dios con esta actitud.


Nosotros los cristianos, al reconocer a Jesús en la gruta de Belén como al Mesías prometido desde antiguo, hemos de hacerlo con el espíritu, la sencillez y la audacia de los pequeños: «Niño, enciéndete en deseos de reparar las enormidades de tu vida de adulto»6. Esas «enormidades» que cometimos cuando, por la dureza de nuestro corazón, perdimos la sencillez interior y la visión clara de Jesucristo, y le dejamos de alabar, cuando más esperaba Él nuestra confesión abierta de la fe en un clima de tanta incomprensión para las cosas de Dios.


Hacerse interiormente como niños, siendo mayores, puede ser tarea costosa: requiere reciedumbre y fortaleza en la voluntad, y un gran abandono en Dios. Este abandono, que lleva consigo una inmensa paz, solo se consigue cuando quedamos indefensos ante el Señor. «Hacernos niños: renunciar a la soberbia, a la autosuficiencia: reconocer que nosotros solos nada podemos, porque necesitamos de la gracia, del poder de nuestro Padre Dios para aprender a caminar y para perseverar en el camino. Ser pequeños exige abandonarse como se abandonan los niños, creer como creen los niños, pedir como piden los niños»7.


III. Esta vida de infancia es posible si tenemos enraizada nuestra conciencia de hijos de Dios. El misterio de la filiación divina, fundamento de nuestra vida espiritual, es una de las consecuencias de la Redención. Nosotros somos ya ahora hijos de Dios8 e importa mucho hacernos conscientes de esta realidad maravillosa, para tratar a Dios con espíritu filial, de buen hijo. La adopción divina implica una transformación que sobrepasa inmensamente la simple adopción humana: esto tiene de más la adopción divina que la humana: «por medio del don de la gracia, Dios hace idóneo al hombre que adopta, para recibir la herencia celestial; el hombre, por el contrario, no hace idóneo a aquel a quien adopta, sino más bien elige para adoptar a quien era ya idóneo»9.


Al ser hijos de Dios somos herederos de la gloria. Vamos a procurar ser dignos de tal herencia y tener con Dios una piedad filial, tierna y sincera.


El camino de la infancia espiritual lleva consigo un trato de una confianza sin límites en Dios nuestro Padre. En una familia, el padre interpreta al hijo pequeño el mundo extraño; el pequeño se siente débil, pero sabe que su padre lo defenderá y por eso vive y camina confiado. El niño sabe que junto a su padre nada le puede faltar, nada malo puede sucederle. Su alma y su mente están abiertas sin prejuicios ni recelos a la voz de su padre. Sabe que, aunque se hayan burlado de él, cuando llegue a casa su padre nunca se burla, porque lo comprende.


Los niños no son demasiado sensibles al ridículo, que tantas empresas paraliza, ni tienen esos temores y falsos respetos humanos que engendran la soberbia y la preocupación por el «qué dirán».


El niño cae frecuentemente, pero se levanta con prontitud y ligereza; cuando se vive vida de infancia, las mismas caídas y las flaquezas son medios de santificación. Su amor es siempre joven porque olvida con facilidad las experiencias negativas: no las almacena en su alma, como hace quien tiene alma de adulto.


«Se llaman niños –comenta San Juan Crisóstomo– no por su edad, sino por la sencillez de su corazón»10.


La sencillez es quizá la virtud que resume y coordina las demás facetas de esa vida de infancia que el Señor nos pide. Hemos de ser –dice San Jerónimo– «como el niño que os propongo de ejemplo... no piensa una cosa y dice otra distinta, así también vosotros, porque si no tuvieseis tal inocencia y pureza de intención no podréis entrar en el reino de los cielos»11.


Se manifiesta la sencillez en el trato amable, cordial y sin afectación con los demás. Es virtud muy apreciada en las relaciones humanas, pero a veces difícil de encontrar.


Consecuencia de la vida de infancia es la docilidad. «Niño, el abandono exige docilidad»12. Según su etimología, es dócil quien está dispuesto y preparado a ser enseñado; y así debe estar el cristiano ante los misterios de Dios y de las cosas que a Él se refieren. Se sabe muy en el comienzo de esos conocimientos y tiene el alma abierta a la formación, con deseos siempre de conocer la verdad. Quien tiene alma de adulto da por sabidas muchas cosas, que en realidad desconoce; cree saber, pero se ha quedado en lo externo, en la apariencia, sin ahondar en el saber profundo, que influye inmediatamente en las obras. Cuando Dios lo mira, lo ve repleto de su ignorancia y cerrado al verdadero conocimiento.


Qué maravilla sería si un día, niños al fin, aprendiéramos cosas tan corrientes para un cristiano como, por ejemplo, rezar bien el Padrenuestro, o participar verdaderamente en la Santa Misa, o santificar el trabajo de cada día, o ver en las personas que nos rodean almas que se deben salvar, o... ¡tantas cosas que damos por sabidas con demasiada frecuencia!


Aprendamos a ser niños delante de Dios. «Y todo eso lo aprendemos tratando a María (...). Porque María es Madre, su devoción nos enseña a ser hijos: a querer de verdad, sin medida; a ser sencillos, sin esas complicaciones que nacen del egoísmo de pensar solo en nosotros; a estar alegres, sabiendo que nada puede destruir nuestra esperanza. El principio del camino que lleva a la locura del amor de Dios es un confiado amor a María Santísima».


4 de enero de 2020

NATURALIDAD Y SENCILLEZ

— La sencillez, manifestación externa de la humildad.
— Sencillez y rectitud de intención consecuencias de la «infancia espiritual». 
— Lo que se opone a la sencillez.Medios para alcanzarla.

I. El Mesías llegó al Templo en brazos de su Madre. Nadie debió reparar en aquel matrimonio joven que llevaba a un niño pequeño para presentarlo al Señor.

Las madres tenían que esperar al sacerdote en la puerta oriental. Allá se fue María, junto con otras mujeres, y aguardó a que le llegara el turno para que el sacerdote tomara en sus brazos al Hijo. A su lado estaba José, dispuesto para pagar el rescate. La ceremonia de la purificación de María y del rescate del Niño del servicio del Templo en nada se diferenciaron exteriormente de lo que solía ocurrir en estas ocasiones.

Toda la vida de María está penetrada de una profunda sencillez. Su vocación de Madre del Redentor se realizó siempre con naturalidad. Aparece en casa de su prima Isabel para ayudarla, para servirla durante aquellos meses; prepara para su Hijo los pañales y la ropa; vive treinta años junto a Jesús, sin cansarse de mirarlo, con un trato amabilísimo, pero con toda sencillez. Cuando en Caná alcanza de su Hijo el primer milagro, lo hace con tal naturalidad que ni siquiera los novios se dan cuenta del hecho portentoso. En ningún momento alardea de especiales privilegios: «María Santísima, Madre de Dios, pasa inadvertida, como una más entre las mujeres de su pueblo.

»—Aprende de Ella a vivir con “naturalidad”»1. La sencillez y la naturalidad hicieron de la Virgen, en lo humano, una mujer especialmente atrayente y acogedora. Su Hijo, Jesús, es el modelo de la sencillez perfecta, durante treinta años de la vida oculta y en todo momento: cuando comienza a predicar la Buena Nueva no despliega una actividad ruidosa, llamativa, espectacular. Jesús es la misma sencillez cuando nace o es presentado en el Templo, o cuando manifiesta su divinidad por medio de milagros que solo Dios puede hacer.

El Salvador huye del espectáculo y de la vanagloria, de los gestos falsos y teatrales; se hace asequible a todos: a los enfermos desahuciados y a los más desamparados, que acuden confiadamente a Él para implorarle el remedio de sus dolencias; a los Apóstoles que le preguntan sobre el sentido de las parábolas; a niños que le abrazan con confianza.

La sencillez es una manifestación de la humildad. Se opone radicalmente a todo lo que es postizo, artificial, engañoso. Y es una virtud especialmente necesaria para el trato con Dios, para la dirección espiritual, para el apostolado y la convivencia con las personas con las que cada día hemos de relacionarnos.

«Naturalidad. —Que vuestra vida de caballeros cristianos, de mujeres cristianas –vuestra sal y vuestra luz– fluya espontáneamente, sin rarezas ni ñoñerías: llevad siempre con vosotros nuestro espíritu de sencillez»2.

II. Si tu ojo fuera sencillo, todo tu cuerpo estará iluminado3. La sencillez exige claridad, transparencia y rectitud de intención, que nos preserva de tener una doble vida, de servir a dos señores: a Dios, y a uno mismo. La sencillez, además, requiere una voluntad fuerte, que nos lleve a escoger el bien, y que se imponga a las tendencias desordenadas de una vida exclusivamente sensitiva, y domine lo turbio y complicado que hay en todo hombre. El alma sencilla juzga de las cosas, de las personas y de los acontecimientos según un juicio recto iluminado por la fe, y no por las impresiones del momento4.

La sencillez es una consecuencia y una característica de la llamada «infancia espiritual», a la que nos invita el Señor especialmente en estos días en que estamos contemplando su Nacimiento y su vida oculta: En verdad os digo que si no os volvéis y hacéis semejantes a los niños –en la sencillez y en la inocencia– no entraréis en el Reino de los Cielos5. Nos dirigimos al Señor como niños, sin actitudes rebuscadas ni ficticias, porque sabemos que Él no se fija tanto en la apariencia externa, sino que mira el corazón6. Sentimos sobre nosotros la mirada amable del Señor, que es una invitación a la autenticidad, a comportarnos con sencillez en su presencia, a tratarle en una oración personal, directa, confiada. Por eso hemos de huir de cualquier formalismo en el trato con Dios, aunque hay una «urbanidad de la piedad»7, que nos lleva a mostrarnos delicados, especialmente en el culto, en la liturgia; pero el respeto no es convencionalismo ni pura actitud externa, sino que hunde sus raíces en una auténtica piedad del corazón.

En la lucha ascética hemos de reconocernos como en realidad somos y aceptar las propias limitaciones, comprender que Dios las abarca con su mirada y cuenta con ellas. Y esto, lejos de inquietarnos, nos llevará a confiar más en Él, a pedirle su ayuda para vencer los defectos y para alcanzar las metas que vemos necesarias en nuestra vida interior en este momento, aquellos puntos que más estamos siguiendo en nuestro examen particular y en nuestro examen general de conciencia.

Si somos sencillos con Dios sabremos serlo con quienes tratamos cada día, con nuestros parientes, amigos y compañeros. Y es sencillo quien actúa y habla en íntima armonía con lo que piensa y desea; quien se muestra a los demás tal como es, sin aparentar lo que no es o lo que no posee. Produce siempre una gran alegría encontrar un alma llana, sin pliegues ni recovecos, en quien se puede confiar, como Natanael, que mereció el elogio del Señor: he aquí un verdadero israelita, en quien no hay doblez ni engaño8. Por el contrario, en otro lugar el Señor nos pone en guardia contra los falsos profetas que van a vosotros disfrazados9, contra los que piensan de un modo y actúan de otro.

En la convivencia diaria, toda complicación pone obstáculos entre nosotros y los demás, y nos aleja de Dios: «Ese énfasis y ese engolamiento te sientan mal: se ve que son postizos. —Prueba, al menos, a no emplearlos ni con tu Dios, ni con tu director, ni con tus hermanos: y habrá, entre ellos y tú, una barrera menos»10.

De modo especial, hemos de mostrarnos con una sencillez plena en la oración, en la dirección espiritual y en la Confesión, hablando con claridad y transparencia, con el deseo de que nos conozcan bien, huyendo de las generalidades, de los circunloquios y medias verdades, sin ocultar nada. El Señor quiere que manifestemos con llaneza lo que nos pasa, las alegrías y las preocupaciones, los motivos de nuestra conducta.

III. La sencillez y la naturalidad son virtudes extraordinariamente atrayentes: para comprenderlo, basta mirar a Jesús, a María y a José. Pero hemos de saber que son virtudes difíciles, a causa de la soberbia, que nos lleva a tener una idea desmesurada sobre nosotros mismos, y a querer aparentar ante los demás por encima de lo que somos o tenemos. Nos sentimos humillados tantas veces por desear ser el centro de la atención y de la estima de quienes nos rodean; por no reconocer que, en ocasiones, actuamos mal; por no conformarnos con hacer y desaparecer, sin buscar la recompensa de una palabra de alabanza o de gratitud. Muchas veces nos complicamos la vida por no aceptar las propias limitaciones, por tomarnos demasiado en serio. La soberbia puede inducirnos a hablar demasiado sobre nosotros mismos, a pensar casi exclusivamente en nuestros problemas personales, o a procurar llamar la atención por caminos a veces complejos y enrevesados: hasta puede hacernos simular enfermedades inexistentes, o alegrías y tristezas que no se corresponden con nuestro estado de ánimo.

La pedantería, la afectación, la jactancia, la hipocresía y la mentira se oponen a la sencillez y, por tanto, a la amistad; también dificultan una convivencia amable. Son un verdadero obstáculo para la vida de familia.

Pero la sencillez que nos enseña el Señor no es ingenuidad: Mirad, nos dice, que os envío como ovejas en medio de lobos. Por tanto, habéis de ser prudentes como serpientes, y sencillos como palomas11. Los cristianos hemos de ir por el mundo con estas dos virtudes –la sencillez y la prudencia–, que se perfeccionan mutuamente.

Para ser sencillos es preciso cuidar la rectitud de intención en nuestras acciones, que deben estar dirigidas a Dios. Solo así podrán prevalecer sobre nuestros complejos sentimientos, sobre las impresiones del momento o la confusa vida de los sentidos. Y junto a la rectitud de intención, la sinceridad clara, escueta –ruda, si fuese necesario– para exponer nuestras propias flaquezas, sin tratar de disimularlas o negarlas: «Mira: los apóstoles, con todas sus miserias patentes e innegables, eran sinceros, sencillos..., transparentes.

»Tú también tienes miserias patentes e innegables. —Ojalá no te falte sencillez»12.

Para aprender a ser sencillos contemplemos a Jesús, a María y a José en todas las escenas de la infancia del Señor, en medio de su vida corriente. Pidámosles que nos hagan como niños delante de Dios, para tratarle personalmente, sin anonimato, sin miedo.

19 de diciembre de 2019

INFANCIA ESPIRITUAL

— Hacerse como niños delante de Dios.
— Infancia espiritual y filiación divina. 
— Camino de infancia: docilidad y sencillez.

I. Nos dice San Marcos que le presentaban a Jesús unos niños para que les impusiera las manos; pero los discípulos les reñían1.

Detrás de estos niños podemos ver a sus madres, empujando suavemente a los pequeños delante de ellas. Jesús debía crear a su alrededor un clima de bondad y de sencillez atrayente. Estas mujeres se sienten dichosas de que Jesús imponga sus manos sobre ellos y estén cerca de Él.

La pugna entre estas mujeres y los discípulos, que querían mantener un cierto orden, es el prólogo a una enseñanza profunda de Cristo. En medio del forcejeo de unas y las protestas de los otros, que quieren alejar a los niños, Jesús se enfada con los discípulos. Él está a gusto con estas criaturas: Dejad que los niños se acerquen a mí, y no se lo impidáis, dice, porque de estos es el Reino de Dios. En verdad os digo: quien no reciba el Reino de Dios como un niño, no entrará en él. Y abrazándolos, los bendecía, imponiéndoles las manos2. Los niños y sus madres habían ganado la partida: aquel día se marcharon felices a sus casas.

Hemos de acercarnos a Belén con las disposiciones de los niños: con sencillez, sin prejuicios, con el alma abierta de par en par. Es más, es necesario hacerse como un niño para entrar en el Reino de los Cielos: si no os convertís y os hacéis como los niños no entraréis en el Reino de los Cielos3, dirá el Señor en otra ocasión, mientras coloca a un pequeño delante de todos.

El Señor no recomienda la puerilidad, sino la inocencia y la sencillez. Ve en los niños rasgos y actitudes esenciales para alcanzar el Cielo y, en esta vida, para entrar en el reino de la fe. El niño carece de todo sentimiento de suficiencia.

El niño necesita constantemente de sus padres, y lo sabe; es fundamentalmente un ser necesitado. Así debe ser el cristiano delante de su Padre Dios: un ser que es todo necesidad. El niño vive con plenitud el presente y nada más; la enfermedad del adulto es vivir con excesiva inquietud por el «mañana», dejando vacío el «hoy», que es lo que debe vivir con toda intensidad.

Aquel gesto con los pequeños debió ganar a más de una mujer de las presentes que, quizá, con el afán de situar a sus hijos en primera fila, no habían prestado demasiada atención a las palabras que Jesús dirigía al auditorio.

Jesús nos enseña en este pasaje el camino de la infancia espiritual, para que nos abramos del todo a Dios y seamos eficaces en el apostolado:

«Ser pequeño: las grandes audacias son siempre de los niños. —¿Quién pide... la luna? —¿Quién no repara en peligros para conseguir su deseo?

»—“Poned” en un “niño” así, mucha gracia de Dios, el deseo de hacer su Voluntad (de Dios), mucho amor a Jesús, toda la ciencia humana que su capacidad le permita adquirir... y tendréis retratado el carácter de los apóstoles de ahora, tal como indudablemente Dios los quiere»4.

II. Pocos días antes de la Pasión, los príncipes de los sacerdotes y los escribas, al ver los milagros que hacía, y a los niños que le aclamaban..., se irritaron y le dijeron: ¿Oyes lo que dicen estos? Jesús les respondió: Sí; ¿no habéis leído nunca: de la boca de los pequeños y de los niños de pecho te preparaste la alabanza?5. A lo largo de todo el Evangelio encontramos este mismo pensamiento: se escoge lo pequeño para confundir a lo grande. Abre la boca de los que saben menos, y cierra la de los que parecían sabios.

Jesús acepta abiertamente la confesión mesiánica de estos niños; ellos son los que ven con claridad el misterio de Dios allí presente. Solo puede recibirse el reino de Dios con esta actitud.

Nosotros los cristianos, al reconocer a Jesús en la gruta de Belén como al Mesías prometido desde antiguo, hemos de hacerlo con el espíritu, la sencillez y la audacia de los pequeños: «Niño, enciéndete en deseos de reparar las enormidades de tu vida de adulto»6. Esas «enormidades» que cometimos cuando, por la dureza de nuestro corazón, perdimos la sencillez interior y la visión clara de Jesucristo, y le dejamos de alabar, cuando más esperaba Él nuestra confesión abierta de la fe en un clima de tanta incomprensión para las cosas de Dios.

Hacerse interiormente como niños, siendo mayores, puede ser tarea costosa: requiere reciedumbre y fortaleza en la voluntad, y un gran abandono en Dios. Este abandono, que lleva consigo una inmensa paz, solo se consigue cuando quedamos indefensos ante el Señor. «Hacernos niños: renunciar a la soberbia, a la autosuficiencia: reconocer que nosotros solos nada podemos, porque necesitamos de la gracia, del poder de nuestro Padre Dios para aprender a caminar y para perseverar en el camino. Ser pequeños exige abandonarse como se abandonan los niños, creer como creen los niños, pedir como piden los niños»7.

III. Esta vida de infancia es posible si tenemos enraizada nuestra conciencia de hijos de Dios. El misterio de la filiación divina, fundamento de nuestra vida espiritual, es una de las consecuencias de la Redención. Nosotros somos ya ahora hijos de Dios8 e importa mucho hacernos conscientes de esta realidad maravillosa, para tratar a Dios con espíritu filial, de buen hijo. La adopción divina implica una transformación que sobrepasa inmensamente la simple adopción humana: esto tiene de más la adopción divina que la humana: «por medio del don de la gracia, Dios hace idóneo al hombre que adopta, para recibir la herencia celestial; el hombre, por el contrario, no hace idóneo a aquel a quien adopta, sino más bien elige para adoptar a quien era ya idóneo»9.

Al ser hijos de Dios somos herederos de la gloria. Vamos a procurar ser dignos de tal herencia y tener con Dios una piedad filial, tierna y sincera.

El camino de la infancia espiritual lleva consigo un trato de una confianza sin límites en Dios nuestro Padre. En una familia, el padre interpreta al hijo pequeño el mundo extraño; el pequeño se siente débil, pero sabe que su padre lo defenderá y por eso vive y camina confiado. El niño sabe que junto a su padre nada le puede faltar, nada malo puede sucederle. Su alma y su mente están abiertas sin prejuicios ni recelos a la voz de su padre. Sabe que, aunque se hayan burlado de él, cuando llegue a casa su padre nunca se burla, porque lo comprende.

Los niños no son demasiado sensibles al ridículo, que tantas empresas paraliza, ni tienen esos temores y falsos respetos humanos que engendran la soberbia y la preocupación por el «qué dirán».

El niño cae frecuentemente, pero se levanta con prontitud y ligereza; cuando se vive vida de infancia, las mismas caídas y las flaquezas son medios de santificación. Su amor es siempre joven porque olvida con facilidad las experiencias negativas: no las almacena en su alma, como hace quien tiene alma de adulto.

«Se llaman niños –comenta San Juan Crisóstomo– no por su edad, sino por la sencillez de su corazón»10.

La sencillez es quizá la virtud que resume y coordina las demás facetas de esa vida de infancia que el Señor nos pide. Hemos de ser –dice San Jerónimo– «como el niño que os propongo de ejemplo... no piensa una cosa y dice otra distinta, así también vosotros, porque si no tuvieseis tal inocencia y pureza de intención no podréis entrar en el reino de los cielos»11.

Se manifiesta la sencillez en el trato amable, cordial y sin afectación con los demás. Es virtud muy apreciada en las relaciones humanas, pero a veces difícil de encontrar.

Consecuencia de la vida de infancia es la docilidad. «Niño, el abandono exige docilidad»12. Según su etimología, es dócil quien está dispuesto y preparado a ser enseñado; y así debe estar el cristiano ante los misterios de Dios y de las cosas que a Él se refieren. Se sabe muy en el comienzo de esos conocimientos y tiene el alma abierta a la formación, con deseos siempre de conocer la verdad. Quien tiene alma de adulto da por sabidas muchas cosas, que en realidad desconoce; cree saber, pero se ha quedado en lo externo, en la apariencia, sin ahondar en el saber profundo, que influye inmediatamente en las obras. Cuando Dios lo mira, lo ve repleto de su ignorancia y cerrado al verdadero conocimiento.

Qué maravilla sería si un día, niños al fin, aprendiéramos cosas tan corrientes para un cristiano como, por ejemplo, rezar bien el Padrenuestro, o participar verdaderamente en la Santa Misa, o santificar el trabajo de cada día, o ver en las personas que nos rodean almas que se deben salvar, o... ¡tantas cosas que damos por sabidas con demasiada frecuencia!

Aprendamos a ser niños delante de Dios. «Y todo eso lo aprendemos tratando a María (...). Porque María es Madre, su devoción nos enseña a ser hijos: a querer de verdad, sin medida; a ser sencillos, sin esas complicaciones que nacen del egoísmo de pensar solo en nosotros; a estar alegres, sabiendo que nada puede destruir nuestra esperanza. El principio del camino que lleva a la locura del amor de Dios es un confiado amor a María Santísima»13.

17 de agosto de 2019

SER COMO NIÑOS

— El amor de Jesús por los niños  por ser hijos de Dios.
— Vida de infancia y filiación divina.
— Infancia espiritual y humildad.
I. Jesús amó con predilección –así nos lo muestra el Evangelio en repetidas ocasiones– a los enfermos, a quienes más le necesitaban y a los niños. A estos los amó con verdadera ternura porque, además de estar siempre precisados de ayuda, reúnen las cualidades que Él exige como condiciones indispensables para formar parte de su Reino.
Dos veces en el Evangelio de la vida pública aparece Jesús bendiciendo a los niños y presentándolos a sus discípulos como ejemplo. Una fue en Galilea, en Cafarnaún, y la otra en Judea, probablemente cerca de Jericó, cuando se disponía a subir a Jerusalén. El relato de esta última lo leemos en el Evangelio de la Misa: le presentaron unos niños, refiere San Mateo. Quienes los llevan son, seguramente, las mujeres: las madres, abuelas o hermanas. Han entrado en la casa donde está Jesús, empujando probablemente a los pequeños delante de ellas, y los colocan cerca del Señor, para que les impusiera las manos y orase por ellos, como si fueran los gestos y atenciones habituales de Jesús con los niños. Quizá han distraído a los oyentes que escuchan al Maestro; por eso, los discípulos les reñían. Pero el Señor interviene: Dejad a los niños y no les impidáis que vengan a Mí, porque de estos es el Reino de los Cielos. Y después de imponerles las manos, se marchó de allí.
Al declarar que el Reino de los Cielos pertenece a los niños, en primer lugar nos enseña, con el sentido propio de las palabras, que los niños no están excluidos en absoluto del Reino y que, por tanto, hemos de tener gran cuidado en prepararlos y conducirlos a Él. Ante todo, deben ser bautizados cuanto antes, como repetidas veces, en todas las épocas, ha urgido Nuestra Madre la Iglesia, que desea tenerlos cuanto antes en su seno. «El común sentir y la autoridad de los Santos Padres –enseña el Catecismo Romano– prueba que esta ley debe entenderse no solo de los que están en edad adulta, sino también de los niños en la infancia, y que esta la ha recibido la Iglesia por Tradición apostólica. Se debe creer, además, que Cristo Nuestro Señor no quiso que se negase el sacramento y la gracia del Bautismo a los niños, de quienes decía: dejad a los niños y no les impidáis que vengan a Mí...». El deber de los padres se inicia con «la obligación de hacer que los hijos sean bautizados en las primeras semanas».
En el Bautismo reciben la misma vida de Cristo, se hacen hijos de Dios de una manera completamente nueva, y reciben el Cielo como herencia. El Señor mirará con especial aprecio y benevolencia a las madres que procuraron que sus hijos recibieran este sacramento con prontitud y, más tarde, supieron poner todos los medios, incluso extraordinarios, para que recibieran la oportuna catequesis de los misterios de la fe.
Nos dice el Señor también en este pasaje del Evangelio que su Reino pertenece a quienes, como los niños, tienen una mirada limpia y un corazón puro, sin complicaciones, sencillo, sin pretensiones ni orgullo: ante Dios somos como niños pequeños, y así nos debemos comportar ante Él. «El niño está, al principio de la vida, abierto a cualquier aventura. También tú; no pongas ningún obstáculo para avanzar en la vida del Evangelio y para continuar durante tu vida en esa novedad».
II. En su primera venida a la tierra, en la Encarnación, el Hijo de Dios se nos presenta no como un ángel, ni como un poderoso; viene bajo la débil y frágil condición de un niño. Aunque pudo manifestarse de otra forma, quiso escoger la debilidad de un niño; como si necesitara protección y amor.
Dios ha querido que nosotros, a imitación de su Hijo, nos comportemos como aquello que somos: hijos débiles, que necesitan continuamente su ayuda. El Padre quiere que nos llamemos hijos de Dios y que lo seamos, y en estas pocas palabras se encierra uno de los puntos centrales de nuestra fe, que nos da la pauta para comportarnos ante Dios. Para ser como niños, se requiere un cambio profundo, que comporta dejar de pensar, de juzgar, de actuar de aquel modo menos propio de un hijo pequeño; y asimilar la enseñanza divina, para ejercitarse en ella de continuo. ¿Qué se nos pide en este proceso de hacernos como niños? En primer lugar, una firme voluntad de comportarse como hijos de Dios, dócil a su Voluntad, con pureza de mente y de cuerpo, humilde y sencillo de espíritu. Ese empeño se manifiesta en la lucha que vivieron los Apóstoles y los santos: a medida que iban siendo transformados por el Espíritu Santo, se iban reconociendo, cada vez más claramente, como hijos de Dios. Hacerse como niños en la vida espiritual es más que una buena devoción: es un querer expreso del Señor. Aunque no todos los santos lo hayan manifestado de una manera explícita, esa ha sido la actitud de todos ellos, porque el Espíritu Santo la origina siempre, inspirándonos esa rectitud de corazón que los niños tienen en su inocencia.
«El niño bobo llora y patalea, cuando su madre cariñosa hinca un alfiler en su dedo para sacar la espina que lleva clavada... El niño discreto, quizá con los ojos llenos de lágrimas –porque la carne es flaca–, mira agradecido a su madre buena, que le hace sufrir un poco, para evitar mayores males.
»—Jesús, que sea yo un niño discreto», le pedimos en este rato de oración: que sepa comprender que en la enfermedad, el dolor, el aparente fracaso profesional..., se encuentra la mano providente de un Padre que nunca ha dejado de velar por sus hijos. Aceptemos con corazón alegre y agradecido todo cuanto la vida quiera ofrecernos, lo dulce y lo amargo, como enviado, o permitido, por quien es infinitamente sabio, por quien más nos quiere.
Esta vida de infancia espiritual comporta sencillez, humildad, abandono, pero no es inmadurez. «El niño bobo llora y patalea...»: el infantilismo es inmadurez de la mente, del corazón, de las emociones, está estrechamente ligado a la falta de autodisciplina, a la falta de lucha. Esa actitud puede acompañar a muchas personas durante toda su vida, hasta la vejez, hasta la muerte, sin ser de verdad niños delante de Dios. La verdadera infancia espiritual lleva consigo madurez en la mente –visión sobrenatural, ponderación de los acontecimientos a la luz de la fe y con la asistencia de los dones del Espíritu Santo– y, junto a esta madurez, la sencillez, la descomplicación: «El niño discreto mira agradecido...». Por contraste, no progresa en esa senda de la vida de infancia quien vive en la maraña de la complicación, con todas las fluctuaciones de la inmadurez en sus deseos, sus ideas, sus ocurrencias, sus emociones, con una conducta variable a cada momento y permanentemente preocupada por su «yo»... En cambio, el niño discreto, en su sencillez, en su debilidad, está totalmente ocupado en la gloria de su Padre Dios, como vivió siempre su Maestro en su vida terrena: el verdadero niño, el hijo verdadero, vive y habla con su «Abba», con su Padre.
III. Nuestra piedad debe ser filial, llena de amor, y ¿cómo podríamos servir a Dios con amor, si no se comienza por reconocerle como un Padre lleno de amor hacia sus hijos? Quizá muchos cristianos viven alejados de Dios, o con unas relaciones obstaculizadas por la inmadurez de los caprichos o señaladas por la rigidez y la frialdad, porque no han descubierto en su vida el sentido de la filiación divina y el camino de la infancia espiritual, que para tantas almas ha sido el comienzo definitivo de una verdadera vida interior. Danos, Señor, el sentido de la filiación divina, ayúdanos a considerarla frecuentemente.
En verdad os digo: quien no reciba el Reino de Dios como un niño, no entrará en él. «¿Por qué se dice –se pregunta San Ambrosio– que los niños son aptos para el Reino de los Cielos? Quizá porque de ordinario no tienen malicia, ni saben engañar, ni se atreven a engañarse; desconocen la lujuria, no apetecen las riquezas e ignoran la ambición. Pero la virtud de todo esto no consiste en el desconocimiento del mal, sino en su repulsa; no consiste en la imposibilidad de pecar, sino en no consentir en el pecado. Por tanto, el Señor no se refiere a la niñez como tal, sino a la inocencia que tienen los niños en su sencillez».
En la vida cristiana, la madurez se da precisamente cuando nos hacemos niños delante de Dios, hijos suyos que confían y se abandonan en Él como un niño pequeño en brazos de su padre. Entonces vemos los acontecimientos del mundo como son, en su verdadero valor, y no tenemos otra preocupación que agradar a nuestro Padre y Señor.
Hacerse como niños, la vida de infancia, es un camino espiritual que exige la virtud sobrenatural de la fortaleza para vencer la tendencia al orgullo y a la autosuficiencia, que impide que nos comportemos como hijos de Dios y conduce, al ver una y otra vez los propios fracasos, al desaliento, a la aridez y a la soledad. La piedad filial, por el contrario, fortalece la esperanza, la certeza de llegar a la meta, y da la paz y la alegría en esta vida. Ante las dificultades de la vida no nos sentiremos jamás solos, por muy grandes que sean. El Señor no nos abandona, y esta confianza será para nosotros como el agua para el viajero en el desierto. Sin ella no podríamos seguir adelante.
Pidamos a la Virgen, nuestra Madre, que nos lleve siempre de la mano como a hijos pequeños, con más cuidado cuanto mayor sea la madurez que los años y la experiencia nos van dando.