"Hago todos los días mi "ratito" de oración: ¡si no fuera por eso!" (Camino, 106)

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23 de enero de 2021

EL PAPA ES EL CAMINO A LA UNIDAD

 

►Cristo elige a san Pedro y a sus sucesores.

►El Romano Pontífice afirma la catolicidad en la unidad.

►Unión al Papa también es unión a su magisterio.


JESÚS dedica los tres años de su vida pública a anunciar por el territorio de Israel la llegada del Reino de los Cielos. Lo hace con su predicación, con sus milagros y con su misma presencia. En un determinado momento, ante el endurecimiento de algunos jefes del pueblo, decidió retirarse con sus apóstoles hacia las regiones limítrofes. Estos viajes son considerados un preludio de la universalidad del Evangelio. Es precisamente en Cesarea de Filipo donde el Señor públicamente, delante de los suyos, dice a Pedro: «Y yo te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella» (Mt 16,18). En aquel momento se trataba de una promesa futura; aún quedaba por delante la Pasión y Muerte, la traición de Pedro y la cobardía del resto de apóstoles. Jesús resucitado, en una conversación junto al lago después de la milagrosa pesca de ciento cincuenta y tres peces grandes, retoma lo que había incoado a Pedro tiempo atrás. Allí le encarga oficialmente una tarea especial dentro del grupo que había escogido: «Apacienta mis corderos. (…). Pastorea mis ovejas» (Jn 21,15-16).


Benedicto XVI recuerda que, efectivamente, san Pedro «comenzó su ministerio en Jerusalén, después de la Ascensión del Señor y de Pentecostés». Más tarde se dirigió a Antioquía, que era la tercera ciudad más importante del Imperio romano, y «desde allí la Providencia llevó a Pedro a Roma. (…). Por eso, la sede de Roma, que había recibido el mayor honor, recogió también el oficio encomendado por Cristo a Pedro de estar al servicio de todas las Iglesias particulares para la edificación y la unidad de todo el pueblo de Dios» [1].


La institución del Primado pone de manifiesto que el Reino fundado por Jesucristo no es una utopía sino una realidad presente ya en este mundo, bajo la forma de una sociedad visible, formada ciertamente por personas llenas de defectos. Sin embargo, Jesucristo prometió que su gracia no faltaría a quien hubiera de representarle en la tierra a lo largo de los siglos: «He aquí que Satanás os ha reclamado para cribaros como el trigo. Pero Yo he rogado por ti para que no desfallezca tu fe; y tú, cuando te conviertas, confirma a tus hermanos» (Lc 22,31-32). Al considerar esta realidad no nos sorprende la emoción filial de san Josemaría al llegar a Roma. El 23 de junio de 1946, al divisar desde el coche la cúpula de san Pedro se conmovió visiblemente y rezó el Credo en voz alta. También, en la pequeña terraza de la casa en la que se alojaban junto al Vaticano, pasó esa primera noche romana en vela de oración por la Iglesia y el Romano Pontífice. «Pensad con cuanta confianza recé por el Papa (...) contemplando las ventanas de las habitaciones pontificias». San Josemaría repetía continuamente que «el amor al Romano Pontífice ha de ser en nosotros una hermosa pasión, porque en él vemos a Cristo» [2].


UNO DE los episodios más importantes que se narran en los Hechos de los Apóstoles es el Bautismo de Cornelio, un militar romano, que se hace cristiano junto a su familia. San Pedro, invitado a la casa del soldado, en donde estaban reunidos muchos parientes y amigos, señaló: «Dios me ha enseñado a no llamar profano o impuro a ningún hombre» (Hch 10,28). Después de responder algunas preguntas, agregó: «En verdad comprendo que Dios no hace acepción de personas, sino que en cualquier pueblo le es agradable todo el que le teme y obra justicia» (Hch 10,43). Se trata del primer discurso de san Pedro dirigido a personas no judías. En medio de su explicación, para sorpresa de todos, descendió el Espíritu Santo sobre los que estaban allí reunidos. Comentando este pasaje señala san Jerónimo: «Bautizado aquel por el Apóstol, consagró la salvación de los gentiles» [3].


Desde los primeros momentos de la expansión del cristianismo, la misión de Pedro fue unir a sus hermanos, y afirmar la catolicidad de la Iglesia fundada por Jesucristo, encomendada a él como su principio visible. En este sentido Benedicto XVI indica que «el camino de san Pedro hacia Roma, como representante de los pueblos del mundo, se rige sobre todo por la palabra una: su tarea consiste en crear la unidad de la catholica, de la Iglesia formada por judíos y paganos, de la Iglesia de todos los pueblos. Esta es la misión permanente de san Pedro: hacer que la Iglesia no se identifique jamás con una sola nación, con una sola cultura o con un solo Estado. Que sea siempre la Iglesia de todos. Que reúna a la humanidad por encima de todas las fronteras y, en medio de las divisiones de este mundo, haga presente la paz de Dios, la fuerza reconciliadora de su amor» [4].


Jesús, al instituir una cabeza visible para su Iglesia peregrina en la tierra, no estaba encerrando a sus seguidores en un grupo ensimismado. Todo lo contrario. El Sumo Pontífice, sucesor de san Pedro, que preside a todos en la caridad, vela para que los llamados a seguir a Cristo tengan la certeza de escuchar su Palabra en cualquier lugar en el que se encuentren. Pedro y los demás apóstoles, el Papa y los obispos en comunión con él, constituyen una garantía para la transmisión de la verdadera Iglesia de Cristo. Al principio lo hacía con los gentiles del Imperio romano; hoy, con todas las naciones de la tierra. «Venero con todas mis fuerzas la Roma de Pedro y de Pablo —escribió san Josemaría—, bañada por la sangre de los mártires, centro de donde tantos han salido para propagar en el mundo entero la palabra salvadora de Cristo. Ser romano no entraña ninguna muestra de particularismo, sino de ecumenismo auténtico; supone el deseo de agrandar el corazón, de abrirlo a todos con las ansias redentoras de Cristo, que a todos busca y a todos acoge, porque a todos ha amado primero» [5].


SAN PABLO, en los meses y años posteriores a la revelación de Damasco, profundiza con audacia en el misterio de Cristo, hasta reconocerse a sí mismo como apóstol. Sin embargo, llama mucho la atención que al cabo de unos años de tarea apostólica viaja para ver a Pedro, cabeza de la Iglesia, y confrontar su doctrina con él: «Subí a Jerusalén para ver a Cefas —escribe a los Gálatas—, y permanecí a su lado quince días (...). Catorce años después, subí otra vez a Jerusalén con Bernabé, llevando conmigo a Tito. Subí movido por una revelación y les expuse, especialmente a los que gozaban de autoridad, el Evangelio que predico entre los gentiles, no fuera que corriese o hubiese corrido en vano» (Gal 1,18; 2,1-2). Desde los orígenes de la Iglesia, los cristianos vieron en Pedro –y en sus sucesores– la garantía de unidad, también en la articulación doctrinal del Evangelio que transmitían.


En ese sentido –señala san Josemaría–, «no cabe otra disposición en un católico: defender "siempre" la autoridad del Papa; y estar "siempre" dócilmente decidido a rectificar la opinión, ante el Magisterio de la Iglesia» [6]. Y, como es lógico, ese deseo de fidelidad ha de concretarse, entre otras cosas, en «conocer el pensamiento del Papa, manifestado en Encíclicas o en otros documentos, haciendo cuanto esté de nuestra parte para que todos los católicos atiendan al magisterio del Padre Santo, y acomoden a esas enseñanzas su actuación en la vida» [7]. Por eso, procuraremos que nuestra unión al sucesor de Pedro sea una unión afectiva y efectiva; no solo siguiendo con inteligencia sus indicaciones y su magisterio, sino procurando también desentrañar, con profundidad, lo que el Espíritu Santo quiere entregar al mundo a través de su persona.


«Ubi Petrus, ibi Ecclesia, ibi Deus» [8], solía repetir san Josemaría. «Queremos estar con Pedro, porque con él está la Iglesia, con él está Dios; y sin él no está Dios. Por eso yo he querido romanizar la Obra. Amad mucho al Padre Santo. Rezad mucho por el Papa. Queredlo mucho, ¡queredlo mucho! Porque necesita de todo el cariño de sus hijos» [9]. Parte importante y necesaria de nuestra labor apostólica es unir a los cristianos con quien el Espíritu Santo ha puesto en cada momento histórico al frente del Pueblo de Dios. Todos, con Pedro, llevaremos almas a Jesús, con la mediación maternal de María. Le pedimos a ella, Madre de la Iglesia, que, como en Pentecostés, nos reúna a su alrededor y acerque con lazos estrechos a todos los discípulos de su Hijo. En especial le rogamos el regalo de una comunión afectiva y efectiva con el Dulce Cristo en la tierra, expresión que empleaba santa Catalina de Siena para referirse al sucesor de Pedro.


[1] Benedicto XVI, Audiencia general, 22-II-2006.


[2] San Josemaría, Lealtad a la Iglesia, 4-VI-1972.


[3] San Jerónimo, Epístola 79,2.


[4] Benedicto XVI, Homilía, 29-VI-2008.


[5] San Josemaría, Lealtad a la Iglesia, 4-VI-1972.


[6] San Josemaría, Forja, n. 581.


[7] Ibid., n. 633.


[8] San Ambrosio, In Ps. 40, 30.


[9] San Josemaría, Notas tomadas en una reunión familiar, 11-V-1965.

18 de abril de 2015

NUESTRA MADRE LA IGLESIA QUERERLA Y DEFENDERLA

— Indefectibilidad de la Iglesia, a pesar de las persecuciones, de las herejías, de las infidelidades.
— Los ataques a la Iglesia nos llevarán a amarla más, a desagraviar.
— Tampoco en nuestra vida faltarán momentos de oscuridad, de tribulación y de prueba. Seguridad junto al Señor. Ayuda de la Virgen.
I. Inmediatamente después de la multiplicación de los panes y de los peces, y cuando la multitud se hubo saciado, Jesús mismo la despidió y ordenó a sus discípulos que embarcaran. La tarde estaba ya muy avanzada.
Narra el Evangelio de la Misa1 que los Apóstoles se dirigieron hacia la otra orilla, hacia Cafarnaún. Ya había oscurecido y Jesús no estaba con ellos. Por el Evangelio de San Mateo sabemos que se despidió también de ellos y subió a un monte a orar2. El mar estaba agitado por el fuerte viento que soplaba3, y la barca estaba batida fuertemente por las olas, por tener el viento en contra4.
La tradición ha visto en esta barca la imagen de la Iglesia5 en medio del mundo, zarandeada a lo largo de los siglos por el oleaje de las persecuciones, de las herejías, de las infidelidades. «Aquel viento –comenta Santo Tomás– es figura de las tentaciones y de las persecuciones que padecerá la Iglesia por falta de amor. Porque como dice San Agustín, cuando se enfría el amor aumentan las olas... Sin embargo, el viento, la tempestad, las olas y las tinieblas no conseguirán que la nave se aparte de su rumbo y quede destrozada»6. Desde los primeros momentos tuvo que afrontar contradicciones de dentro y de fuera. También en nuestros días sufre esos embates nuestra Madre la Iglesia, y con ella sus hijos. «No es algo nuevo. Desde que Jesucristo Nuestro Señor fundó la Santa Iglesia, esta Madre nuestra ha sufrido una persecución constante. Quizá en otras épocas las agresiones se organizaban abiertamente; ahora, en muchos casos, se trata de una persecución solapada. Hoy como ayer, se sigue combatiendo a la Iglesia (...).
»Cuando oímos voces de herejía (...), cuando observamos que se ataca impunemente la santidad del matrimonio, y la del sacerdocio; la concepción inmaculada de Nuestra Madre Santa María y su virginidad perpetua, con todos los demás privilegios y excelencias con que Dios la adornó; el milagro perenne de la presencia real de Jesucristo en la Sagrada Eucaristía, el primado de Pedro, la misma Resurrección de Nuestro Señor, ¿cómo no sentir toda el alma llena de tristeza? Pero tened confianza: la Santa Iglesia es incorruptible»7.
Nos hacen sufrir los ataques a la Iglesia, pero a la vez nos da una inmensa seguridad y una gran paz que Cristo mismo esté dentro de la barca; vive para siempre en la Iglesia, y por eso las puertas del Infierno no prevalecerán contra ella8; durará hasta el fin de los tiempos. Todo lo demás, todo lo humano pasa; pero la Iglesia permanece siempre tal como Cristo la quiso. El Señor está presente, y la barca no se hundirá, aunque a veces se vea zarandeada de un lado para otro. Esta asistencia divina fundamenta nuestra inquebrantable fe: la Iglesia, frente a todas las contingencias humanas, siempre permanecerá fiel a Cristo en medio de todas las tempestades, y será el sacramento universal de salvación. Su historia es un milagro moral permanente en el que podemos fortalecer siempre nuestra esperanza.
Ya en tiempos de San Agustín los paganos afirmaban: «La Iglesia va a perecer, los cristianos ya han terminado». A lo cual respondía el Santo Doctor: «Sin embargo, yo os veo morir cada día y la Iglesia permanece siempre en pie, anunciando el poder de Dios a las sucesivas generaciones»9.
¡Qué poca fe la nuestra si se insinúa la duda, porque ha arreciado la tempestad contra Ella, contra sus instituciones o contra el Romano Pontífice y los obispos! No nos dejemos impresionar por las circunstancias adversas, porque perderíamos la serenidad, la paz y la visión sobrenatural. Cristo está siempre muy cerca de nosotros y nos pide confianza. Está junto a cada uno, y no debemos temer nada. Hemos de rezar más por su Iglesia, ser más fieles a nuestra propia vocación, hacer más apostolado entre nuestros amigos, desagraviar más.
II. La indefectibilidad de la Iglesia significa que esta tiene carácter imperecedero, es decir, que durará hasta el fin del mundo, e igualmente que no sufrirá ningún cambio sustancial en su doctrina, en su constitución o en su culto.
El Concilio Vaticano I dice de la Iglesia que posee «una estabilidad invicta», y que, «edificada sobre una roca, subsistirá firme hasta el fin de los tiempos»10.
La razón de la permanencia de la Iglesia está en su íntima unión a Cristo, que es su Cabeza y Señor. Después de subir a los cielos envió a los suyos el Espíritu Santo para que les enseñase toda la verdad11, y cuando les encargó predicar el Evangelio a todas las gentes, les aseguró que Él estaría siempre con ellos todos los días hasta el fin del mundo12.
La Iglesia da muestras de su fortaleza resistiendo, inconmovible, todos los embates de las persecuciones y de las herejías. El Señor mismo mira por ella, «ya sea iluminando y fortificando a la jerarquía para que cumpla fiel y fructuosamente su cargo, ya sea –en circunstancias muy graves sobre todo– suscitando en el seno de la Madre Iglesia, hombres y mujeres insignes por su santidad, a fin de que sirvan de ejemplo a los demás cristianos para acrecentamiento de su Cuerpo místico. Añádase a esto que Cristo desde el Cielo mira siempre con particular afecto a su Esposa inmaculada, que sufre en el desierto de este mundo, y, cuando la ve en peligro, por sí mismo o por sus ángeles o por Aquella que invocamos como auxilio de los cristianos y por otros abogados celestiales, la libra de las oleadas de la tempestad y, una vez calmado y apaciguado el mar, la consuela con aquella paz que sobrepuja todo entendimiento (Flp 4, 7)»13. La fe nos atestigua que esta firmeza en su constitución y en su doctrina durará siempre, hasta que Él venga14.
«En ciertos ambientes, sobre todo en los de la esfera intelectual, se aprecia y se palpa como una consigna de sectas, servida a veces hasta por católicos, que –con cínica perseverancia– mantiene y propaga la calumnia, para echar sombras sobre la Iglesia, o sobre personas y entidades, contra toda verdad y toda lógica.
»Reza a diario, con fe: “ut inimicos Sanctae Ecclesiae –enemigos, porque así se proclaman ellos– humiliare digneris, te rogamus audi nos!”. Confunde, Señor, a los que te persiguen, con la claridad de tu luz, que estamos decididos a propagar»15.
Los ataques a la Iglesia, los malos ejemplos, los escándalos nos llevarán a amarla más, a pedir por esas personas y a desagraviar. Permanezcamos siempre en comunión con Ella, fieles a su doctrina, unidos a sus sacramentos, dóciles a la jerarquía.
III. Cuando ya los Apóstoles habían remado unas tres millas, Jesús llega inesperadamente caminando sobre las aguas, para robustecer su fe débil y para darles ánimos en medio de la tempestad. Se acercó y les dijo: Soy yo, no temáis. Entonces ellos quisieron recibirle en la barca; y al instante la barca llegó a tierra, a donde iban16.
En nuestra vida personal quizá no falten tempestades –momentos de oscuridad, de turbación interior, de incomprensiones...– y, con más o menos frecuencia, situaciones en las que deberemos rectificar el rumbo, porque nos hayamos desviado. Entonces, procuremos ver al Señor que viene siempre entre la tormenta de los sufrimientos, sepamos aceptar las contrariedades con fe, como bendiciones del Cielo, para purificarnos y acercarnos más a Dios.
Soy yo, no temáis. Quien reconoce la voz tranquilizadora de Cristo en medio de los sinsabores, del tipo que sean, encuentra enseguida la seguridad de llegar a tierra firme:ellos quisieron recibirle en la barca; y al instante la barca llegó a tierra, a donde iban, a donde quería el Señor que fueran. Basta estar en su compañía para sentirnos seguros siempre. La inseguridad nace cuando se debilita nuestra fe, cuando no acudimos al Señor porque parece que no nos oye o que se despreocupa de nosotros. Él sabe bien lo que nos pasa, y quiere que acudamos a Él en demanda de ayuda. Nunca nos dejará en un apuro. ¡Qué confianza deben darnos las palabras de Jesús que hoy recoge la Antífona de comunión!: Padre, este es mi deseo: que los que me confiaste estén conmigo donde yo estoy...17.
Puede parecer, en algunos tiempos más o menos largos, que Cristo no está, como si nos hubiera abandonado o no escuchara nuestra oración. Pero Él nunca abandona. Los ojos del Señor están puestos en sus fieles... –escucharemos en el Salmo responsorial–,para librar sus vidas de la muerte18.
Si permanecemos cerca del Señor, mediante la oración personal y los sacramentos, lo podremos todo. Con Él, las tempestades interiores y de fuera, se tornan ocasiones de crecer en fe, en esperanza, en caridad, en fortaleza... Quizá con el paso del tiempo comprendamos el sentido de esas dificultades.
De todas las pruebas, tentaciones y tribulaciones por las que hemos de pasar, si estamos junto a Cristo, saldremos con más humildad, más purificados, con más amor a Dios. Y siempre contaremos con la ayuda de nuestra Madre del Cielo. «No estás solo. —Lleva con alegría la tribulación. —No sientes en tu mano, pobre niño, la mano de tu Madre: es verdad. —Pero... ¿has visto a las madres de la tierra, con los brazos extendidos, seguir a sus pequeños, cuando se aventuran, temblorosos, a dar sin ayuda de nadie los primeros pasos? —No estás solo: María está junto a ti»19. Está en todo momento, pero particularmente cuando, por los motivos que sean, lo pasamos mal. No dejemos de acudir a Ella.