"Hago todos los días mi "ratito" de oración: ¡si no fuera por eso!" (Camino, 106)

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14 de enero de 2022

AMISTAD ES PERDON




 Evangelio (Mc 2,1-12)


Al cabo de unos días, entró de nuevo en Cafarnaún. Se supo que estaba en casa y se juntaron tantos, que ni siquiera ante la puerta había ya sitio. Y les predicaba la palabra. Entonces vinieron trayéndole un paralítico, llevado entre cuatro. Y como no podían acercarlo el paralítico. Al ver Jesús la fe de ellos, le dijo al paralítico:


— Hijo, tus pecados te son perdonados.


Estaban allí sentados algunos de los escribas, y pensaban en sus corazones: «¿Por qué habla éste así? Blasfema. ¿Quién puede perdonar los pecados sino sólo Dios?»


Y enseguida, conociendo Jesús en su espíritu que pensaban para sus adentros de este modo, les dijo:


— ¿Por qué pensáis estas cosas en vuestros corazones? ¿Qué es más fácil, decirle al paralítico: «Tus pecados te son perdonados», o decirle: «Levántate, toma tu camilla y anda»?


Pues para que sepáis que el Hijo del Hombre tiene potestad en la tierra para perdonar los pecados — se dirigió al paralítico —, a ti te digo: levántate, toma tu camilla y vete a tu casa.


Y se levantó, y al instante tomó la camilla y salió en presencia de todos, de manera que todos quedaron admirados y glorificaron a Dios diciendo:


— Nunca hemos visto nada parecido.


Comentario


En la escena que se nos presenta hoy, un paralítico copa la atención de Jesús. Se trata de una persona dependiente, pues necesita de hasta cuatro personas para que le acerquen al Maestro y pedirle la curación. De hecho, las primeras palabras del Señor “Tus pecados te son perdonados” (v. 5) las pronuncia el Señor viendo la fe de esas personas que cargan con el inválido.


Más allá del gran milagro de sanación que realiza el Señor sobre el alma y el cuerpo del enfermo y de la tremenda dureza de corazón de los escribas que observan el prodigio, la actitud de estas cuatro personas que llevan al paralítico nos da una lección de cómo estamos llamados a actuar cristianamente con las personas que deseamos que se acerquen al Señor.


Podemos pensar que, antes de buscar una camilla y cargar con el enfermo, sortear a la multitud que se agolpaba en torno a Jesús y poder hacerse un hueco justo delante del Maestro, estas cuatro personas se convencieron de que el milagro de la curación era posible. Lo deseaban con todas sus fuerzas porque su amor hacia el enfermo –que probablemente sería su amigo– era grande y buscaban lo mejor para él. Después, ponerse manos a la obra y llegar hasta Jesús, no les resultó tan complicado.


Además, Jesús, como hace tantas veces con nosotros, nos sale al encuentro enseguida porque Él está deseando que le mostremos nuestras necesidades y anhelos profundos para colmarlos. A veces seremos capaces de hacerlo por nuestra cuenta… pero la mayoría de las veces, necesitaremos al lado a algún hermano o amigo que nos ayude a dar ese paso de encontrar a Jesús.


PARA TU ORACION 


LA ILUSIÓN de la gente por ver a Jesús va creciendo en la zona. El Evangelio nos dice que «ni siquiera ante la puerta había sitio» (Mc 2,2). Hace unos días veíamos cómo la gente se agolpaba fuera de la casa de Simón, pero ahora ya ni siquiera queda sitio allí. Se cumple lo que Pedro había dicho: todos buscan al maestro. Jesús ha caldeado sus corazones, ha hecho resurgir la esperanza en un pueblo ocupado y reprimido; pero esta vez se trata de una esperanza diferente, mucho más grande de lo que imaginaban. Las palabras y los milagros de Cristo han hecho que los sueños de un pueblo que lleva siglos esperando al Mesías parecieran, esta vez, posibles. ¿Y si es, de verdad, el Mesías?, se preguntan. ¿Y si tenemos la suerte de tenerlo en nuestra casa en Cafarnaún? Para la gente sencilla que rodeaba a Cristo, no cabe mayor privilegio que haber conocido quien les ha deslumbrado con la luz de su doctrina. Ellos, personajes secundarios en la sociedad de su tiempo, han encontrado el gran tesoro; los que siempre han sido los últimos han sido buscados para encabezar al pueblo de la promesa.


Entre toda esta multitud, hay cuatro amigos que han oído, o quizá visto, a Jesús. Tienen un quinto amigo que es paralítico y a uno de ellos se le ha ocurrido que, si consiguen llevarlo hasta Jesús, existen muchas posibilidades de que pueda ser curado. Sin embargo, al llegar a las inmediaciones, se encuentran con tanta gente agolpada allí que no saben qué hacer. En todos los grupos siempre hay alguno que suele tener ideas un poco más peregrinas, así que este sugiere descolgar a su amigo por el tejado de la casa. No ven otra forma de ponerlo frente a Jesús. Nosotros, en la oración, muchos siglos después, podemos seguir haciendo algo parecido con nuestros amigos. «No se puede comunicar la cercanía de Dios sin tener experiencia de ella, sin experimentarla cada día, sin dejarse contagiar por su ternura. Cada día, sin ahorrar tiempo, debemos estar frente a Jesús, llevarle las personas, las situaciones, como canales siempre abiertos entre él y nuestro pueblo»1.


DESCUBRIR A JESÚS y contárselo a los demás son dos caras de una misma moneda. Cada cristiano tiene la suerte de compartir la misma misión de Cristo. «La luz de la fe nos permite reconocer cuánto es infinita la misericordia de Dios, la gracia que obra por nuestro bien. Pero esa misma luz nos hace también ver la responsabilidad que se nos ha encomendado para colaborar con Dios en su obra de salvación»2.


Sin embargo, el apóstol no es mejor que los demás. Por eso se llena de agradecimiento y saberse elegido estimula su creatividad, como les sucede a estos amigos: «Levantaron la techumbre por el sitio en donde se encontraba y, después de hacer un agujero, descolgaron la camilla en la que yacía el paralítico» (Mc 2,4). Quieren poner a su amigo ante el Señor, piensan que eso bastará. «Al ver Jesús la fe de ellos, le dijo al paralítico: Hijo, tus pecados te son perdonados» (Mc 2,5). Desde arriba los amigos se sorprenden, se felicitan entre sí, y quizá Jesús los mira con complicidad porque se han salido con la suya. De alguna manera, han colado a su amigo en el corazón del maestro. Pueden ver la cara de alegría de su amigo, muy diferente a la angustia que seguramente contraía su rostro mientras era descolgado. Quizá también les sorprende que Jesús le perdone los pecados, pero la cara de su amigo lo dice todo: ahora se siente liberado.


De la misma manera quisiéramos sentirnos nosotros cada vez que somos curados por Jesús. «No os llevéis ningún chasco si hacéis una tontería, o doce seguidas –dice san Josemaría–. ¿Qué creéis? ¿Que sois impecables? Yo tengo sesenta y ocho años: bueno cuarenta y uno y un poco... Os voy a quitar la ilusión: no penséis que todo será calma cuando seáis viejos. Siguen las mismas pasiones, y quizá más retorcidas. Así, que toda la vida es lucha, ¡pero es fácil!»3.


DESPUÉS DE QUE JESÚS pronuncia sus palabras de perdón, se produce un pequeño altercado. Algunos de los que están dentro se enfadan. Les inquieta que Jesús diga que él perdona los pecados del paralítico, porque eso solo le corresponde a Dios. Llama la atención la postura física en que se encuentran estos personajes, que el evangelista ha recogido, inspirado por el Espíritu Santo: «Estaban allí sentados algunos de los escribas» (Mc 2,6). Sabemos que quienes de verdad quieren al paralítico están mirando la escena encaramados en el tejado. Los que, al contrario, se quejan de que Jesús perdone los pecados, están cómodamente sentados. El apóstol, como estos amigos del Evangelio, no espera sentado a que las cosas sucedan. Su fe en Dios le lleva a fiarse del Espíritu, verdadero protagonista de su misión, y se pone en marcha cada día.


De hecho, ellos ni siquiera le piden a Jesús que lo cure, ni se enfadan porque al principio solo le perdona los pecados. No le marcan a Dios el paso, sino que se ajustan al ritmo de Jesús. La conversación sigue manteniendo la expectación. Jesús les pregunta: «¿Por qué pensáis estas cosas en vuestros corazones?» (Mc 2,8). Quizá todos se sintieron interpelados, aunque la pregunta iba dirigida a los escribas. Estos últimos sabían perfectamente a qué se refería, pero Jesús no les dejó responder: «A ti te digo –dijo, dirigiéndose al paralítico–: levántate, toma tu camilla y vete a tu casa» (Mc 2,11).


La alegría de los que miraban desde el agujero estalla en gozo y agradecimiento. Ven caminar a su amigo, tomar su camilla y salir por su propio pie. Seguramente corrieron a abrazarlo. ¿Cómo sería el agradecimiento de quien fuera paralítico hacia sus amigos? ¿Cómo abrazó a cada uno y quizá especialmente al que tuvo la atrevida idea de descolgarlo? Todos necesitamos buenos amigos que nos pongan delante de Jesús. Y nadie como la madre de Jesús para cumplir esa misión. Su imaginación y su simpatía siempre harán atractivo el camino de vuelta a su compañía. «Madre nuestra, te damos gracias por tu intercesión por nosotros delante de Jesús; sin ti, no hubiéramos podido ir a Él. ¡Qué verdad es que a Jesús siempre se va y se vuelve por María!»4.

8 de noviembre de 2021

PERDONAR: Ahogar el mal en abundancia de bien



 Evangelio Lucas (17,1-6):


En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Es inevitable que sucedan escándalos; pero ¡ay del que los provoca! Al que escandaliza a uno de estos pequeños, más le valdría que le encajaran en el cuello una piedra de molino y lo arrojasen al mar. Tened cuidado. Si tu hermano te ofende, repréndelo; si se arrepiente, perdónalo; si te ofende siete veces en un día, y siete veces vuelve a decirte: "Lo siento", lo perdonarás.»

Los apóstoles le pidieron al Señor: «Auméntanos la fe.»

El Señor contestó: «Si tuvierais fe como un granito de mostaza, diríais a esa morera: "Arráncate de raíz y plántate en el mar." Y os obedecería.»


Comentario 


El gran escándalo se produce cuando un cristiano no es capaz de perdonar. Eso es que no cree lo suficiente. El perdón es el centro de la vida cristiana. Sin duda, es su origen. En Jesús Dios nos acoge a todos sin medida. Jesús es la imagen viva del Dios que cura y sana, del Dios que crea y recrea. Dios tiene el poder de crear la vida y lo usa con nosotros.


No deja de ser curioso que hay un punto en el que el hombre se ha igualado a Dios. Hoy tenemos la capacidad de destruir la vida en el planeta. De un golpe lo podemos hacer con la energía nuclear que está convertida en bombas en miles de cabezas nucleares de misiles repartidos entre unos cuantos países. Y más lentamente lo estamos haciendo entre todos con la contaminación de este planeta en el que vivimos. Nos hemos igualado a Dios en la capacidad de destrucción de la vida (curiosamente es un poder que nuestro “todopoderoso” Dios no ha utilizado nunca, quizá porque ama demasiado a su creación).


Pero no nos hemos igualado a él en su capacidad para crear y recrear la vida. Algo nos acercamos con la medicina. Pero un poco sólo. Algo también nos podemos acercar con el perdón. Cuando perdonamos, damos una nueva oportunidad a la persona perdonada –sea otra persona o nosotros mismos–. En realidad, la recreamos, le ayudamos a salir del laberinto que supone la culpa y el pecado. La ofensa es siempre y sobre todo una ofensa y una condena a nosotros mismos. El daño se lo hace más el ofensor a sí mismo que al ofendido. El ofensor hiere sobre todo su propia dignidad. El ofendido mantiene incólume su dignidad por más que física o psicológica o espiritualmente haya sido herido. El que necesita curarse es más el ofensor que el ofendido.


El perdón cura y sana. El perdón recrea la vida. El que perdona cree en la vida y por eso abre caminos al herido, al que se ha autolesionado con su forma de actuar. Aquí es donde se une crear y creer. Sólo puede crear el que cree. Dios nos crea porque cree en nosotros. Cree que valemos la pena a pesar de nuestra fragilidad. “Tanto amó Dios al mundo que mandó a su hijo para salvarnos...”


Para perdonar tenemos que creer que el que nos ha ofendido es también hijo de Dios. Y si creemos eso, podremos hacer algo mucho más importante que hacer que una planta se arroje a sí misma en el mar. Podremos recrear la vida en el ofensor, en el herido, podremos curarle y darle una nueva oportunidad. Basta con perdonar

TE INVITAMOS A HACER DESDE HOY LA NOVENA DEL PERDON

https://multimedia.opusdei.org/pdf/es/perdon.pdf 

PARA TU RATO DE ORACION

Deseemos vivamente que la decisión de perdonar y pedir perdón se convierta en una actitud habitual en nosotros, en cada familia, entre los amigos. Pensemos que, sin la disposición de perdonar, todos los escenarios en los que nos movemos -también la propia familia- se convierten en ambientes desoladores, egoístas, tristones, que emponzoñan las almas o las entristecen. Bien precisa es la lección de Jesucristo: amar sin descanso, también al que nos hiere.


Por tanto, si los demás corresponden a nuestro perdón, demos gracias a Dios; pero si no obtenemos esa respuesta que desearíamos, no nos desanimemos, porque la misericordia es gratuita, no espera nada a cambio. Jesucristo murió rezando por los que le crucificaban y le ofendían. Su muerte redentora fue causa de que el velo del odio cayera de los ojos de las almas. Y sólo entonces, al contemplar cómo expiró Jesucristo, el centurión que estaba junto a la Cruz pronunció este hermoso acto de fe: “Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios”.


Si los cristianos perdonamos prontamente las ofensas recibidas, con alegría y sencillez de corazón, muchos se sentirán atraídos por el amor de los hijos de Dios, y llegarán a encontrar al Padre bueno que a todos desea abrazar con su misericordia. (Javier Echevarria)


1. Redescubrir la novedad liberadora del perdón

El mensaje de Cristo sobre el perdón fue revolucionario en su momento y lo sigue siendo ahora. Supone un cambio de paradigma con relación al ojo por ojo, diente por diente[1]. En el mensaje cristiano, al refundarse las relaciones humanas en el amor, el perdón, como el amor de Dios de donde éste surge, no tiene medida, no admite límites ¿Cómo debo perdonar? Como Él nos ha perdonado, “¿Cuántas veces debo perdonar? ¿Hasta siete veces? Hasta setenta veces siete”[2] ¿A quiénes debo perdonar? A todos, ya que el “amarás a tu prójimo”[3] de Jesús amplía el propio término, y abraza a toda persona, incluidos los enemigos[4] y cualquier acción ofensiva. Se pasa de la contención de la venganza, a la “lógica del amor”[5], al acto positivo de amar a quien ha ofendido.

La misericordia y el perdón se declaran en el Sermón de la Montaña[6]; de hecho es “tan importante que es la única (petición)de las Bienaventuranzas sobre la cual el Señor vuelve y explicita de nuevo”[7]. Viene también destacado en el Padrenuestro[8]. Es un aspecto nuclear del mensaje de Jesús[9], sellado con una de sus últimas acciones en la tierra, cuando perdona la violencia de muerte que se ejercía contra Él[10].

Debemos perdonar porque Dios nos ha perdonado primero. Hemos de amar “como Él nos ha amado”[11]. “El perdón de Dios se convierte también en nuestros corazones en fuente inagotable de perdón en las relaciones entre nosotros”[12]. Como Dios me ha perdonado a mí desde la Cruz, siendo un “Amor que ama hasta el extremo del amor”[13], así hemos de perdonar nosotros, llegando también al extremo.

El perdón forma parte de la misericordia divina y, como señala san Juan Crisóstomo, “nada nos asemeja tanto a Dios como estar siempre dispuestos a perdonar”[14]. Por eso quien perdona refleja con más nitidez la imagen de Dios.

Perdonar es dar un bien después de recibir un mal. Es un modo especialmente intenso de donación de uno mismo, que eleva a la persona. El perdón no deja las cosas como antes, sino que la relación queda renovada, y en cierta manera, purificada y más profunda. Así, la muerte de Cristo en la cruz renueva y eleva las relaciones de Dios con los hombres y de los hombres entre sí. Entre la cruz y la resurrección estuvo el perdón.

En toda ofensa se nos agrede con un mal que puede hacer nacer otro mal dentro de nosotros. Verdaderamente, ese es el mal que cada uno ha de superar. El perdón impide la revancha, aquieta la sensibilidad y purifica la memoria. Por parte de quien es perdonado, el perdón le capacita para superar tanto la ofensa cometida como la corresponsabilidad por el nuevo pecado que podría surgir en la persona ofendida.

La voluntad de perdonar y su aceptación hacen emerger la verdad y la justicia, “presupuestos del perdón”[15]. Se despeja el camino para el cierre de las heridas y hace posible la reconciliación. Si queremos construir una sociedad verdaderamente humana, uno de los medios ha de ser el de recuperar el perdón en su originaria naturaleza.

Es un verdadero desafío, pues hay culturas en las que el mensaje del perdón aún no ha llegado, y sociedades postcristianas en las que el perdón se ha desdibujado en sus rasgos esenciales, o es considerado como un consuelo superficial de tipo sentimental-religioso que ayuda a sobrellevar la ofensa sufrida. Por otra parte, perdonar puede ser difícil y en ocasiones puede parecer un imposible[16], sin embargo,“ninguna comunidad puede sobrevivir sin el perdón”[17].

Parece como si hoy, dos mil años después de la venida de Cristo, y de modo similar a lo que ocurrió con el matrimonio, Dios dijera: “al principio no era así”[18]. En un mundo surcado por conflictos, el ser humano es capaz de más, su dignidad de hijo de Dios reclama que supere el recurso a la venganza, al resentimiento y al odio. El don de sí debe alcanzar también el proceso de restauración de las relaciones cuando éstas se han roto o deteriorado.

Sin embargo, hay también desde principios de los años noventa del siglo pasado un nuevo interés por el perdón, un redescubrimiento[19]. La causa ha sido principalmente el conjunto de secuelas dejadas por conflictos armados, terrorismo, violaciones de la dignidad de la persona y de los derechos humanos, acaecidas en los últimos decenios. La violencia muchas veces ya ha cesado, pero no así todos sus efectos.

En el intento de rehacer vidas, los gobiernos, organizaciones internacionales, instituciones, comunidades, etc. han querido ofrecer respuestas basadas en la actuación de los tribunales, principalmente condenas y reparaciones económicas. Pronto se dieron cuenta de que para poder culminar procesos realmente curativos, las respuestas tenían que incidir plenamente en el nivel más profundo de la persona (el mismo al que llegó la ofensa). Ese nivel es el de la dignidad radical de todo ser humano. Al estrato más íntimo no se llega sólo con esas medidas, que a menudo se centran más en el ofensor y en el orden social del Estado que en el ofendido, y que además, muchas veces, son insuficientes por referirse a ofensas irreparables.

No bastan entonces, aun siendo necesarias, la justicia de los tribunales ni las reparaciones económicas[20]. La constatación de esta insuficiencia ha impulsado en los últimos años una importante evolución del derecho de reparaciones en el ámbito de los derechos humanos. La evolución consiste, entre otros aspectos, en que las reparaciones tratan de ofrecer respuestas globales al daño causado, incluyendo, además de las económicas, otras de distinta naturaleza y alcance[21].

Dentro de estos nuevos cauces surgieron conceptos como reconocimiento, verdad, arrepentimiento, transformación personal, dignificación, recuerdo, curación del dolor, necesidad de liberación de la culpa o del deseo de venganza, del odio, etc., elementos que, desbordando los moldes de la justicia humana, llevaban de la mano al perdón, hasta aquel momento olvidado, cuando no minusvalorado por su significación religiosa[22].

Por esta vía inesperada es por donde reaparece el perdón y su “novedad liberadora”[23]ycurativa que atrae el interés de instituciones, universidades y estudiosos, que lo abordan desde el punto de vista psicológico, antropológico, religioso o sociológico, aportando profundizaciones y proponiéndolo como solución, no sólo para los grandes conflictos, sino también como un recurso al que acudir en nuestras relaciones cotidianas[24].“Pedir y ofrecer perdón es una vía profundamente digna del hombre y, a veces, la única para salir de situaciones marcadas por odios antiguos y violentos”[25].

Partiendo de estas realidades y de las nuevas perspectivas presentes en nuestras sociedades, proponemos ahora la figura de san Josemaría como un hombre que sabía perdonar. En su mirada sobre el perdón y en el modo de vivirlo aparecen algunos trazos más acentuados, que servirán de armazón del presente estudio.

En primer lugar resalta una caridad vivida en grado heroico. Después, el mensaje de la llamada universal a la santidad, sobre todo la concatenación entre mentalidad laical, libertad, compresión y perdón, y su repercusión en las relaciones individuales y sociales. En tercer lugar, las contradicciones que padeció durante toda su vida, principalmente en forma de calumnias e incomprensiones. Aquí nos detendremos en algunos aspectos de la homilía “El respeto cristiano a la persona y a su libertad”[26] que, de los textos editados de san Josemaría, es el que trata con un enfoque más amplio y general la cuestión de las incomprensiones e injusticias entre los hombres[27]. A continuación, siguiendo algunos testimonios de quienes le conocieron, analizaremos cada una de las actitudes que adoptaba ante las ofensas.

Fue también un hombre atento a las coordenadas históricas, culturales e intelectuales del siglo XX y se vio además inmerso en la guerra civil española. Desborda el propósito de nuestro estudio analizar la época de esa contienda, y más en general el contexto de su vida en el siglo XX, un siglo de conflictos armados y de violencia. Sí hay que decir, pues refuerza la coherencia de su caridad, que siempre mantuvo la misma actitud de buscar el perdón y la reconciliación entre las personas, sin excepciones al mandamiento de la caridad, por muy extraordinarias que fueran las situaciones[28].

Cerraremos el estudio con una referencia a la práctica del perdón en la sociedad contemporánea y la cultura de la paz.

2. El Gran Amor

a) Ahogar el mal en abundancia de bien

La raíz más profunda del perdón en san Josemaría hay que buscarla en el amor a Dios. Había interiorizado el doble precepto de la caridad[29]. Amaba a Dios sobre todas las cosas y por eso quería a todos de manera positiva y operativa[30].

En 1957, en una conversación con un hijo espiritual suyo, se refería así al doble mandamiento y a su coherencia interna: “parece como si escuchara a alguno, que me dice: amar a Dios sobre todas las cosas es fácil, pero amar al prójimo, a amigos y a enemigos… ¡eso es muy difícil! Si de veras amaras a Dios ‘ex toto corde tuo, ex tota anima tua, et ex tota fortitudine tua’; con todo el corazón, con toda tu mente y con todas tus fuerzas (Deut. VI, 5), ese amor al prójimo, que encuentras tan difícil, sería consecuencia del Gran Amor; y no te sentirías enemigo de nadie”[31].

Era sensible a cómo Dios le había amado y cómo le había perdonado durante toda su vida. Esto le llevaba al agradecimiento y a la identificación con Cristo en querer a todos al margen de cualquier otra consideración, echando por tierra las barreras, como en una inundación.

Transmitía a su alrededor una atmósfera de amor a los demás, de valorar a cada persona como hijo de Dios, como ser portador de un centro de dignidad que ni siquiera el pecado puede borrar. Sabía destacar en cada uno lo más sobresaliente. Detestaba la acepción de personas[32], y estaba muy lejos de considerarse titular de una patente de inocencia que le legitimara para mirar por encima a los demás.

En este contexto, el perdón se expresaba más como una consecuencia de la caridad que como un deber añadido, llegando a decir que “no he necesitado aprender a perdonar, porque el Señor me ha enseñado a querer”[33]. Resaltaba con estas palabras la caridad como fuente del perdón y éste como una forma de querer. Quizá como la forma más profunda, porque en ocasiones puede ser la más difícil de realizar. Era tal su caridad, que no necesitaba perdonar porque de hecho no se consideraba ofendido. Percibía y le dolía el mal que hay en la ofensa, como pecado contra Dios. Como hombre también la sentía, pero la caridad anegaba desde el primer momento el rencor, el odio o la venganza[34].

Seguía el consejo de san Pablo: “No te dejes vencer por el mal; antes bien, vence al mal con el bien”[35], que él parafraseaba diciendo que “hay que ahogar el mal en abundancia de bien”[36].

b) El hogar que yo he visto

El primer lugar donde Josemaría vivió experiencias de perdón concedido y otorgado fue en su familia, en casa. Sus padres, don José y doña Dolores, habían formado un hogar cristiano donde el perdón se integraba de manera natural en las relaciones interpersonales. Su familia fue, para él y para sus hermanos y hermanas, una escuela de perdón y misericordia, y allí aprendió en la práctica a perdonar. Josemaría niño fue testigo de cómo sus padres perdonaban injusticias graves. Un perdón otorgado con normalidad y discreción. Sus padres eludían también comentar los hechos injustos ante los hijos para evitar que en ellos surgieran faltas de caridad hacia los responsables[37].

Incorporó así, a través del ejemplo de sus padres, una caridad que iba más allá de la justicia, una particular apertura del corazón ante las personas más necesitadas[38], la disposición a pedir perdón y a perdonar, y todo con discreción. No será difícil, al cabo de los años, encontrar en el perdón de san Josemaría el eco de la actitud cristiana de sus padres ante las ofensas.

c) Unidad de vida

Vinculado íntimamente a la caridad se encuentra uno de los conceptos clave de su doctrina espiritual, la unidad de vida: recordar a los cristianos que el amor a Dios capacita para unificar todos los aspectos de la humana existencia. No debe darse un divorcio entre la fe y la existencia concreta[39]. San Josemaría decía que cabe el peligro “de llevar como una doble vida: la vida interior, la vida de relación con Dios, de una parte; y de otra, distinta y separada, la vida familiar, profesional y social, plena de pequeñas realidades terrenas”[40].

Aplicado al perdón significa que hay que llevar a la práctica, hacer posible, lo que el Catecismo denomina la “unidad del perdón”[41], “ya que el amor, como el Cuerpo de Cristo, es indivisible; no podemos amar a Dios a quien no vemos, si no amamos al hermano y a la hermana a quienes vemos”[42]. El Padrenuestro exige la coherencia del perdón en la relación más importante: la de la persona con Dios. De esta coherencia depende el resto de nuestras relaciones.

Son muchas las consecuencias de la unidad de vida aplicadas al perdón. Nos referiremos a algunas que nos parecen más relevantes en san Josemaría.

La primera es que perdonaba atodos y vivía esta exigencia en su forma más heroica, perdonando también a los enemigos. El perdón a los enemigos es especialmente difícil, por su carga emocional y por la falta de soportes humanos para darlo, y se funda entonces esencialmente en la caridad. San Josemaría llevaba el mandamiento del amor más allá, por decirlo así, del perdón, pues repetía que no tenía enemigos, que no se sentía enemigo de nadie. En su modo de perdonar se advierte una voluntad, no sólo de superar la reacción negativa ante la ofensa, sino de llegar al corazón del ofensor y convertirlo[43].

En sentido estricto, no consideraba enemigos a quienes efectivamente le atacaban[44] y en un sentido más amplio y cercano a la vida corriente, mucho menos consideraba enemigos a quienes estaban lejos de él por modos de pensar, creencias, actuaciones, situaciones personales, opiniones políticas o sociales, estilos de vida, etc. Estas cuestiones pueden ser con frecuencia motivo de distanciamiento y aun de ruptura entre las personas, en las familias y en la sociedad. En este segundo sentido se pueden tener más enemigos de los que a primera vista parece; o, al menos, si no enemigos, aquellos que quedan en el territorio de la indiferencia o el desprecio cuando, consciente o inconscientemente, se cae en la discriminación, dejando fuera del horizonte vital a personas o grupos de personas.

Dentro del despliegue de la unidad de vida, san Josemaría había adquirido también la actitud de pedir perdón y de rectificar si había ofendido. Mons. Álvaro Del Portillo, su más estrecho colaborador durante casi cuarenta años, recordaba que “cuando se equivocaba, rectificaba inmediatamente y si era el caso, pedía perdón. (…) Realmente, era llamativa la prontitud con que rectificaba: y no vacilaba en hacerlo en público si era necesario. Era una característica muy destacada de su comportamiento, y deseaba para todos la alegría de rectificar”[45].

No se escudaba en la autoridad que como fundador tenía para no solicitar el perdón, es más, entendía que precisamente por su autoridad debía estar más atento a hacerlo. En coherencia con su mensaje de santidad en lo ordinario, pedía también perdón por las pequeñas ofensas, equivocaciones o malentendidos que pueden surgir en la vida de un hombre de gobierno, que tuvo que trabajar con muchas personas y tomar decisiones relativas a la formación y al desarrollo del Opus Dei.

Otra dimensión de la unidad es que san Josemaría exigía a los fieles de la Obra y a las personas que se le acercaban, o se acercaban a los apostolados del Opus Dei, lo mismo que él trataba de vivir. No rebajaba el mensaje: todos debían aprender a perdonar y a pedir perdón y hacerlo efectivamente, por amor a Dios[46].

En la unidad del perdón así vivida, se manifiesta la estrecha relación que hay entre ser perdonados y el crecimiento de nuestra disposición para perdonar. Quien es perdonado está más dispuesto a perdonar. Si es Dios quien perdona, esa disposición se intensifica, al experimentar la necesidad de amarle más. Asimismo, cuando perdonamos a los demás, percibimos con más claridad que nosotros también necesitamos el perdón, y en este caso crece el propio conocimiento. Es lo que se podría llamar el juego de la unidad del perdón que impulsa al bien en todas las direcciones posibles de nuestras relaciones. Quien perdona siempre, hace crecer en su interior una disposición habitual a perdonar, se conoce a sí mismo, maneja mejor la propia fragilidad y aprende a comprender la ajena.

El perdón es uno de los terrenos donde de forma más evidente se muestra la quiebra de la unidad de vida entre los cristianos. La ausencia de perdón, o un perdón filtrado por la acepción de personas, es un síntoma de paganización, de carencia de amor de Dios, un termómetro de la debilidad de la vida cristiana. Por eso quizá hoy más que en otras épocas, al tratar de mostrar el verdadero rostro de Dios, es preciso subrayar que los testimonios de perdón tienen gran fuerza evangelizadora.

d) Sacerdote de Jesucristo

La condición sacerdotal de san Josemaría es también una razón determinante para captar la hondura de su enseñanza y de su ejemplo personal sobre la centralidad de la caridad y del perdón en la vida cristiana.

Entre otros aspectos que podrían ser analizados, mencionaremos dos. El primero queda bien formulado en una de sus homilías: “¿cúal es la identidad del sacerdote? La de Cristo”[47]. Y en su identificación con Cristo, el sacerdote, que ha sido ordenado para servir a todos, ha de saber abrir sus brazos a toda la humanidad, amando, comprendiendo, perdonando.

“Ni a la derecha, ni a la izquierda, ni al centro. Yo, como sacerdote, procuro estar con Cristo, que sobre la cruz abrió los dos brazos y no sólo uno de ellos: tomo con libertad, de cada grupo, aquello que me convence, y que me hace tener el corazón y los brazos acogedores, para toda la humanidad”[48]. El cultivo y crecimiento de esta identificación en su alma sacerdotal son la fuente y la razón última de su querer a los demás y de que todos los que se acercaban a él encontraban la acogida misericordiosa y la fortaleza que necesitaban.

El segundo es su amor al sacramento de la reconciliación. A administrarlo y a recibirlo. Como ha escrito Mons. Álvaro Del Portillo: “Tuvo una auténtica pasión por administrar el sacramento de la penitencia (…) y predicó incesantemente sobre este sacramento”[49]. Confesó a miles de personas a lo largo de toda su vida, y él mismo acudía semanalmente a recibirlo. Insistía en que los sacerdotes debían confesarse con frecuencia y dedicar tiempo a administrar el sacramento del perdón.

El sacerdote pide perdón a Dios por sus pecados en la confesión; perdona en nombre de Cristo los pecados de los hombres al administrar el sacramento del perdón; solicita el perdón a los demás si ha ofendido al prójimo y lo otorga si le han ofendido a él. El sacerdote es un asiduo del perdón, y es el ser humano que roza con más cercanía tanto la misericordia de Dios, como la debilidad humana. Esta cercanía modela el alma y el corazón del sacerdote, configurándole con “un Dios que perdona”[50].

Como conclusión podemos decir que san Josemaría percibía, y así lo vivió siempre, que la identidad del ministerio sacerdotal se asienta sobre dos características: el amor a la misa y al sacramento del perdón. Cristo es clavado en la cruz y desde ahí, como fruto del sacrificio, perdona. En la misa se identifica con el Cristo de los brazos abiertos a toda la humanidad y, al administrar el perdón, con Cristo perdonando desde la cruz.


22 de julio de 2021

SANTA MARIA MAGDALENA



 Evangelio (Jn 20, 1-2; 11-18)


El día siguiente al sábado, muy temprano, cuando todavía estaba oscuro, fue María Magdalena al sepulcro y vio quitada la piedra del sepulcro. Entonces echó a correr, llegó hasta donde estaban Simón Pedro y el otro discípulo, el que Jesús amaba, y les dijo: -Se han llevado al Señor del sepulcro y no sabemos dónde lo han puesto.


María estaba fuera, llorando junto al sepulcro. Mientras lloraba se inclinó hacia el sepulcro, y vio a dos ángeles de blanco, sentados uno a la cabecera y otro a los pies, donde había sido colocado el cuerpo de Jesús. Ellos dijeron:


-Mujer, ¿por qué lloras?


-Se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto -les respondió.


Dicho esto, se volvió hacia atrás y vio a Jesús de pie, pero no sabía que era Jesús. Le dijo Jesús:


-Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?


Ella, pensando que era el hortelano, le dijo:


-Señor, si te lo has llevado tú, dime dónde lo has puesto y yo lo recogeré.


Jesús le dijo:


-¡María!


Ella, volviéndose, exclamó en hebreo:


-¡”Rabbuni”! -que quiere decir: «Maestro».


Jesús le dijo:


-Suéltame, que aún no he subido a mi Padre; pero vete donde están mis hermanos y diles: «Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios».


Fue María Magdalena y anunció a los discípulos:


-¡He visto al Señor!, y me ha dicho estas cosas.


Comentario


En el Cantar de los cantares se dice que “si alguien quisiera comprar el amor con toda la fortuna de su casa, hallaría el mayor desprecio” (8,7).


Quien pretendiera que hay riqueza superior al amor, sencillamente no ha entendido nada.


Quien a cambio de amor diera algo que no fuera amor, sencillamente no ha dado nada.


Es eso lo que nos enseña santa María Magdalena: que, como decía san Josemaría, “¡No hay más amor que el Amor!” (Camino, 417).


El prefacio que la Iglesia emplea para alabar a Dios en la Misa de hoy sintetiza el itinerario vital de esta santa: allí leemos que Cristo resucitado se apareció visiblemente a María Magdalena en el huerto, pues ella lo amó en vida, lo vio morir en la Cruz, lo buscó yacente en el sepulcro, y por tanto fue la primera en adorarlo después de resucitar de entre los muertos. El texto concluye que ese camino derivó en que Dios la honrara con la misión de ser “apostolorum apostola”, apóstol de los apóstoles, para que la buena noticia de la vida nueva llegara hasta los confines del mundo.


“Si quieres conocer a una persona, no le preguntes lo que piensa sino lo que ama”. Esta conocida frase, atribuida a san Agustín, nos permite darnos cuenta de que de María Magdalena lo sabemos todo: quizás no conocemos muchos rasgos de su biografía, excepto que de ella Jesús había expulsado siete demonios (cfr. Lucas 8, 2), pero lo fundamental lo descubrimos en los días cruciales de la vida del Señor: no se separó de Él ni en la Cruz ni en el sepulcro, y por eso Dios la unió a ella para siempre en el feliz acontecimiento de la Resurrección.


No deja de ser sugerente que la única mujer que comparte y supera todos estos rasgos de la Magdalena lleva el mismo nombre: María, la Madre de Jesús. En efecto, estas dos mujeres fueron elegidas por el Señor para una misión concreta: para amar viviendo, para vivir amando. Y para que el fuego de esos corazones dejara marcada la senda para todos los que vendríamos después.

texto para TU ORACION PERSONAL

Textos de san Josemaría sobre santa María Magdalena

Qué buena razón la de aquel sacerdote, cuando predicaba así: "Jesús me ha perdonado toda la muchedumbre de mis pecados —¡cuánta generosidad!—, a pesar de mi ingratitud. Y, si a María Magdalena le fueron perdonados muchos pecados, porque amó mucho, a mí, que todavía me ha perdonado más, ¡qué gran deuda de amor me queda!"

¡Jesús, hasta la locura y el heroísmo! Con tu gracia, Señor, aunque me sea preciso morir por Ti, ya no te abandonaré.

Forja, 210

Jesús Nazareno, Rey de los judíos, tiene dispuesto el trono triunfador. Tú y yo no lo vemos retorcerse, al ser enclavado: sufriendo cuanto se pueda sufrir, extiende sus brazos con gesto de Sacerdote Eterno.

Los soldados toman las santas vestiduras y hacen cuatro partes. —Por no dividir la túnica, la sortean para ver de quién será. —Y así, una vez más, se cumple la Escritura que dice: Partieron entre sí mis vestidos, y sobre ellos echaron suertes. (Joann., XIX, 23 y 24.)

Ya está en lo alto... —Y, junto a su Hijo, al pie de la Cruz, Santa María... y María, mujer de Cleofás, y María Magdalena. Y Juan, el discípulo que Él amaba. Ecce mater tua! —¡Ahí tienes a tu madre!: nos da a su Madre por Madre nuestra.

Le ofrecen antes vino mezclado con hiel, y habiéndolo gustado, no lo tomó. (Math., XXVII, 34.)

Ahora tiene sed... de amor, de almas.

Consummatum est. —Todo está consumado. (Joann., XIX, 30.)

Niño bobo, mira: todo esto..., todo lo ha sufrido por ti... y por mí. —¿No lloras?

Santo Rosario, 10

Al caer la tarde del sábado, María Magdalena y María, madre de Santiago, y Salomé compraron aromas para ir a embalsamar el cuerpo muerto de Jesús. —Muy de mañana, al otro día, llegan al sepulcro, salido ya el sol. (Marc., XVI, 1 y 2.) Y entrando, se quedan consternadas porque no hallan el cuerpo del Señor. —Un mancebo, cubierto de vestidura blanca, les dice: No temáis: sé que buscáis a Jesús Nazareno: non est hic, surrexit enim sicut dixit, —no esta aquí, porque ha resucitado, según predijo. (Math., XXVIII, 5.)

¡Ha resucitado! —Jesús ha resucitado. No está en el sepulcro. —La Vida pudo más que la muerte.

Se apareció a su Madre Santísima. —Se apareció a María de Magdala, que está loca de amor. —Y a Pedro y a los demás Apóstoles. —Y a ti y a mí, que somos sus discípulos y más locos que la Magdalena: ¡qué cosas le hemos dicho!

Que nunca muramos por el pecado; que sea eterna nuestra resurrección espiritual. —Y, antes de terminar la decena, has besado tú las llagas de sus pies..., y yo más atrevido —por más niño— he puesto mis labios sobre su costado abierto.

Santo Rosario, 11

No pidas a Jesús perdón tan sólo de tus culpas: no le ames con tu corazón solamente...

Desagráviale por todas las ofensas que le han hecho, le hacen y le harán..., ámale con toda la fuerza de todos los corazones de todos los hombres que más le hayan querido.

Sé audaz: dile que estás más loco por Él que María Magdalena, más que Teresa y Teresita..., más chiflado que Agustín y Domingo y Francisco, más que Ignacio y Javier.

Camino, 402

"Algún tiempo después —se lee en el capítulo VIII de San Lucas— andaba Jesús por las ciudades y aldeas predicando, y anunciando el reino de Dios, acompañado de los doce y de algunas mujeres, que habían sido libradas de los espíritus malignos y curadas de varias enfermedades, de María, por sobrenombre Magdalena, de la cual había echado siete demonios, y de Juana, mujer de Cusa, mayordomo del rey Herodes, y de Susana y de otras que le asistían con sus bienes".

Copio. Y pido a Dios que, si alguna mujer me lee, se llene de una santa envidia, llena de eficacia.

Camino, 981


Los datos que nos ofrecen los evangelios sobre María Magdalena son escuetos. Lc 8,2 nos informa que entre las mujeres que seguían a Jesús y le asistían con sus bienes estaba María Magdalena, es decir, una mujer llamada María, que era oriunda de Migdal Nunayah, en griego Tariquea, una pequeña población junto al lago de Galilea, a 5,5 km al norte de Tiberias.


De ella Jesús había expulsado siete demonios (Lc 8,2; Mc 16,9), que es lo mismo que decir “todos los demonios”. La expresión puede entenderse como una posesión diabólica, pero también como una enfermedad del cuerpo o del espíritu.


Los evangelios sinópticos la mencionan como la primera de un grupo de mujeres que contemplaron de lejos la crucifixión de Jesús (Mc 15,40-41 y par.) y que se quedaron sentadas frente al sepulcro (Mt 27,61) mientras sepultaban a Jesús (Mc 15,47). Señalan que en la madrugada del día después del sábado María Magdalena y otras mujeres volvieron al sepulcro a ungir el cuerpo con los aromas que habían comprado (Mc 16,1-7 y par); entonces un ángel les comunica que Jesús ha resucitado y les encarga ir a comunicarlo a los discípulos (cf. Mc 16,1-7 y par).


LA TRADICIÓN DE LA IGLESIA LA HA LLAMADO EN ORIENTE “ISAPÓSTOLOS” (IGUAL QUE UN APÓSTOL) Y EN OCCIDENTE “APOSTOLA APOSTOLORUM” (APÓSTOL DE APÓSTOLES)

San Juan presenta los mismos datos con pequeñas variantes. María Magdalena está junto a la Virgen María al pie de la cruz (Jn 19,25). Después del sábado, cuando todavía era de noche se acerca al sepulcro, ve la losa quitada y avisa a Pedro, pensando que alguien había robado el cuerpo de Jesús (Jn 20,1-2). De vuelta al sepulcro se queda llorando y se encuentra con Jesús resucitado, quien le encarga anunciar a los discípulos su vuelta al Padre (Jn 20,11-18). Esa es su gloria. Por eso, la tradición de la Iglesia la ha llamado en Oriente “isapóstolos” (igual que un apóstol) y en Occidente “apostola apostolorum” (apóstol de apóstoles). En Oriente hay una tradición que dice que fue enterrada en Éfeso y que sus reliquias fueron llevadas a Constantinopla en el siglo IX.


María Magdalena y la confusión con otras mujeres de los evangelios

María Magdalena ha sido identificada a menudo con otras mujeres que aparecen en los evangelios. A partir de los siglos VI y VII, en la Iglesia Latina se tendió a identificar a María Magdalena con la mujer pecadora que, en Galilea, en casa de Simón el fariseo, ungió los pies de Jesús con sus lágrimas (Lc 7,36-50).


Por otra parte, algunos Padres y escritores eclesiásticos, armonizando los evangelios, habían identificado ya a esta mujer pecadora con María, la hermana de Lázaro, que, en Betania, unge con un perfume la cabeza de Jesús (Jn 12,1-11; Mateo y Marcos, en el pasaje paralelo no dan el nombre de María, sino que dicen que fue una mujer y que la unción ocurrió en casa de Simón el leproso: Mt 26,6-13 y par.).


Como consecuencia, debido en buena parte a San Gregorio Magno, en Occidente se extendió la idea de que las tres mujeres eran la misma persona. Sin embargo, los datos evangélicos no sugieren que haya que identificar a María Magdalena con María, la que le unge a Jesús en Betania, pues parece que ésta es la hermana de Lázaro (Jn 12,2-3).


Tampoco permiten deducir que sea la misma que la pecadora que según Lc 7,36-49 ungió a Jesús, aunque la identificación es comprensible por el hecho de que San Lucas, inmediatamente después del relato en que Jesús perdona a esta mujer, señala que le asistían algunas mujeres, entre ellas María Magdalena, de la que había expulsado siete demonios (Lc 8,2). Además, Jesús alaba el amor de la mujer pecadora: “Le son perdonados sus muchos pecados, porque ha amado mucho” (Lc 7,47) y también se descubre un gran amor en el encuentro de María con Jesús después de la resurrección (Jn 20,14-18).


En todo caso, aun cuando se tratara de la misma mujer, su pasado pecador no es un desdoro. Pedro fue infiel a Jesús y Pablo un perseguidor de los cristianos. Su grandeza no está en su impecabilidad sino en su amor.


María Magdalena, la Iglesia primitiva y las sectas gnósticas

Por su papel de relieve en el evangelio fue una figura que recibió especial atención en algunos grupos marginales de la primitiva Iglesia. Son fundamentalmente sectas gnósticas, cuyos escritos recogen revelaciones secretas de Jesús después de la resurrección y recurren a la figura de María para trasmitir sus ideas. Son relatos que no tienen fundamento histórico. Padres de la Iglesia, escritores eclesiásticos y otras obras destacan el papel de María como discípula del Señor y proclamadora del Evangelio.


A partir del siglo X surgieron narraciones ficticias que ensalzaban su persona y que se difundieron sobre todo por Francia. Allí nace la leyenda que no tiene ningún fundamento histórico de que la Magdalena, Lázaro y algunos más, cuando se inició la persecución contra los cristianos, fueron de Jerusalén a Marsella y evangelizaron la Provenza. Conforme a esta leyenda, María murió en Aix-en- Provence o Saint Maximin y sus reliquias fueron llevadas a Vézelay.


10 de junio de 2021

¿Cómo ser capaces de perdonar?



 Evangelio (Mt 5, 20-26)


Os digo, pues, que si vuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el Reino de los Cielos.


Habéis oído que se dijo a los antiguos: No matarás, y el que mate será reo de juicio. Pero yo os digo: todo el que se llene de ira contra su hermano será reo de juicio; y el que insulte a su hermano será reo ante el Sanedrín; y el que le maldiga será reo del fuego del infierno.


Por lo tanto, si al llevar tu ofrenda al altar recuerdas que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda delante del altar, vete primero a reconciliarte con tu hermano, y vuelve después para presentar tu ofrenda. Ponte de acuerdo cuanto antes con tu adversario mientras vas de camino con él; no sea que tu adversario te entregue al juez y el juez al alguacil y te metan en la cárcel. Te aseguro que no saldrás de allí hasta que restituyas la última moneda.


Comentario


Jesucristo sigue desgranando sus enseñanzas en el monte de las bienaventuranzas. Los discípulos a sus pies. Y una multitud de personas de toda condición le escucha sin perder palabra.


Les abre todo un horizonte de vida, un horizonte que da vida.


Y para ello, les habla del perdón. No tiene sentido presentarse ante Dios si primero uno no se ha reconciliado con su hermano. Adelantarse con un gesto de reconciliación, salir a su encuentro, tener un corazón misericordioso que ve más allá de las torpezas del otro, es una condición para dar culto a Dios.


Porque toda ofensa entre los hombres es una ofensa a Dios. Es un modo de decirle a Dios, “esa persona que está ante mí (marido, mujer, hermano, amigo, compañero de trabajo, vecino, sea quien sea) no es buena, no es un regalo, un don para mí. Te has equivocado al crearla y ponerla junto a mí”.


Y la ofensa solo se supera mediante el perdón. Pero el perdón no consiste en olvidar, en ignorar lo que ha sucedido. La ofensa tiene que ser reparada, sanada. Ya que es una herida causada en el propio corazón y en el de los demás.


El perdón nos lleva a la reconciliación, a una renovación de la relación que se ha roto. A poder mirar de nuevo a los ojos de la otra persona y rehacerla en esa mirada. Cuando perdonamos le estamos dando la posibilidad de nacer de nuevo, de renovarla, de devolverle la originalidad perdida. Le estamos diciendo: “Esa torpeza, esa ofensa, no te identifica. Tú eres un don de Dios para mí y quiero renovarte con mi perdón”.


Perdonar se convierte así en un acto que da gloria y alabanza a Dios.


Ahora bien, el perdón solo se puede conseguir mediante la comunión con aquel que ha cargado con nuestras culpas y nos ha perdonado total y radicalmente. Como señala Benedicto XVI, el perdón es una oración cristológica: “Nos recuerda a Aquel que por el perdón ha pagado el precio de descender a las miserias de la existencia humana y a la muerte en la cruz”[1].


Solo en Jesucristo somos capaces de perdonar, y dar así el culto agradable a Dios en nuestro día a día. Por el perdón nos introducimos en el amor de Dios.


TEXTOS PARA TU RATO DE ORACION

«Hay que unir, hay que comprender, hay que disculpar. No levantes jamás una cruz sólo para recordar que unos han matado a otros. Sería el estandarte del diablo. La Cruz de Cristo es callar, perdonar y rezar por unos y por otros, para que todos alcancen la paz».

Hay que unir, hay que comprender, hay que disculpar. No levantes jamás una cruz sólo para recordar que unos han matado a otros. Sería el estandarte del diablo. La Cruz de Cristo es callar, perdonar y rezar por unos y por otros, para que todos alcancen la paz.


Via Crucis, 8


Serenos porque siempre hay perdón, porque todo encuentra remedio, menos la muerte y, para los hijos de Dios, la muerte es vida.


Amigos de Dios, 79


¡Mira qué entrañas de misericordia tiene la justicia de Dios! —Porque en los juicios humanos, se castiga al que confiesa su culpa: y, en el divino, se perdona. ¡Bendito sea el santo Sacramento de la Penitencia!


Camino, 309


Desde el primer instante


Esfuérzate, si es preciso, en perdonar siempre a quienes te ofendan, desde el primer instante, ya que, por grande que sea el perjuicio o la ofensa que te hagan, más te ha perdonado Dios a ti.


Camino, 452


Quisiera que cada uno de vosotros también pidiera perdón. A la vista de nuestras infidelidades, a la vista de tantas equivocaciones, de flaquezas, de cobardías —cada uno las suyas—, repitamos de corazón al Señor aquellas contritas exclamaciones de Pedro: Domine, tu omnia nosti, tu scis quia amo te!; ¡Señor!, ¡Tú lo sabes todo, Tú sabes que te amo, a pesar de mis miserias! Y me atrevo a añadir: Tú conoces que te amo, precisamente por esas miserias mías, pues me llevan a apoyarme en Ti, que eres la fortaleza: quia Tu es, Deus, fortitudo mea. Y desde ahí, recomencemos.


Amigos de Dios, 17


El Maestro pasa, una y otra vez, muy cerca de nosotros. Nos mira... Y si le miras, si le escuchas, si no le rechazas, El te enseñará cómo dar sentido sobrenatural a todas tus acciones... Y entonces tú también sembrarás, donde te encuentres, consuelo y paz y alegría.


Via Crucis, 8


Por mucho que ames, nunca querrás bastante. El corazón humano tiene un coeficiente de dilatación enorme. Cuando ama, se ensancha en un crescendo de cariño que supera todas las barreras. Si amas al Señor, no habrá criatura que no encuentre sitio en tu corazón.


Via Crucis, 8


¡Con cuánta insistencia el Apóstol San Juan predicaba el “mandatum novum”! –“¡Que os améis los unos a los otros!” –Me pondría de rodillas, sin hacer comedia –me lo grita el corazón–, para pediros por amor de Dios que os queráis, que os ayudéis, que os deis la mano, que os sepáis perdonar. –Por lo tanto, a rechazar la soberbia, a ser compasivos, a tener caridad; a prestaros mutuamente el auxilio de la oración y de la amistad sincera. (Forja, 454)

Jesucristo, Señor Nuestro, se encarnó y tomó nuestra naturaleza, para mostrarse a la humanidad como el modelo de todas las virtudes. Aprended de mí, invita, que soy manso y humilde de corazón.

Más tarde, cuando explica a los Apóstoles la señal por la que les reconocerán como cristianos, no dice: porque sois humildes. Él es la pureza más sublime, el Cordero inmaculado. Nada podía manchar su santidad perfecta, sin mancilla. Pero tampoco indica: se darán cuenta de que están ante mis discípulos porque sois castos y limpios.

Pasó por este mundo con el más completo desprendimiento de los bienes de la tierra. Siendo Creador y Señor de todo el universo, le faltaba incluso el lugar donde reclinar la cabeza. Sin embargo, no comenta: sabrán que sois de los míos, porque no os habéis apegado a las riquezas. Permanece cuarenta días con sus noches en el desierto, en ayuno riguroso, antes de dedicarse a la predicación del Evangelio. Y, del mismo modo, no asegura a los suyos: comprenderán que servís a Dios, porque no sois comilones ni bebedores.

La característica que distinguirá a los apóstoles, a los cristianos auténticos de todos los tiempos, la hemos oído: en esto -precisamente en esto- conocerán todos que sois mis discípulos, en que os tenéis amor unos a otros. (Amigos de Dios, 224)

Ahogar el mal en abundancia de bien

La raíz más profunda del perdón en san Josemaría hay que buscarla en el amor a Dios. Había interiorizado el doble precepto de la caridad[29]. Amaba a Dios sobre todas las cosas y por eso quería a todos de manera positiva y operativa[30].

En 1957, en una conversación con un hijo espiritual suyo, se refería así al doble mandamiento y a su coherencia interna: “parece como si escuchara a alguno, que me dice: amar a Dios sobre todas las cosas es fácil, pero amar al prójimo, a amigos y a enemigos… ¡eso es muy difícil! Si de veras amaras a Dios ‘ex toto corde tuo, ex tota anima tua, et ex tota fortitudine tua’; con todo el corazón, con toda tu mente y con todas tus fuerzas (Deut. VI, 5), ese amor al prójimo, que encuentras tan difícil, sería consecuencia del Gran Amor; y no te sentirías enemigo de nadie”[31].

Era sensible a cómo Dios le había amado y cómo le había perdonado durante toda su vida. Esto le llevaba al agradecimiento y a la identificación con Cristo en querer a todos al margen de cualquier otra consideración, echando por tierra las barreras, como en una inundación.

Transmitía a su alrededor una atmósfera de amor a los demás, de valorar a cada persona como hijo de Dios, como ser portador de un centro de dignidad que ni siquiera el pecado puede borrar. Sabía destacar en cada uno lo más sobresaliente. Detestaba la acepción de personas[32], y estaba muy lejos de considerarse titular de una patente de inocencia que le legitimara para mirar por encima a los demás.

En este contexto, el perdón se expresaba más como una consecuencia de la caridad que como un deber añadido, llegando a decir que “no he necesitado aprender a perdonar, porque el Señor me ha enseñado a querer”[33]. Resaltaba con estas palabras la caridad como fuente del perdón y éste como una forma de querer. Quizá como la forma más profunda, porque en ocasiones puede ser la más difícil de realizar. Era tal su caridad, que no necesitaba perdonar porque de hecho no se consideraba ofendido. Percibía y le dolía el mal que hay en la ofensa, como pecado contra Dios. Como hombre también la sentía, pero la caridad anegaba desde el primer momento el rencor, el odio o la venganza[34].

Seguía el consejo de san Pablo: “No te dejes vencer por el mal; antes bien, vence al mal con el bien”[35], que él parafraseaba diciendo que “hay que ahogar el mal en abundancia de bien”[36].