"Hago todos los días mi "ratito" de oración: ¡si no fuera por eso!" (Camino, 106)

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12 de octubre de 2021

«¡Señora, que sea!»




 Evangelio (Lc 11,37-41)


En aquel tiempo, cuando Jesús terminó de hablar, cierto fariseo le rogó que comiera en su casa. Entró y se puso a la mesa. El fariseo se quedó extrañado al ver que Jesús no se había lavado antes de la comida. Pero el Señor le dijo:

— Así que vosotros, los fariseos, limpiáis por fuera la copa y el plato, pero vuestro interior está lleno de rapiña y de maldad.


¡Insensatos! ¿Acaso quien hizo lo de fuera no ha hecho también lo de dentro? Dad, más bien, limosna de lo que guardáis dentro, y así todo será puro para vosotros.


Comentario


Aquel fariseo debió de quedar maravillado de las enseñanzas que acababa de escuchar y tuvo la audacia de invitar a comer a Jesús, quien no pudo decir que no ante la insistente súplica. Debió de entablarse tal confianza entre los dos que Jesús rompió el habitual protocolo de la purificación de sus manos, pues, como él ya había dicho a algunos fariseos y escribas, “comer sin lavarse las manos, no hace impuro al hombre” (Mateo 15,20). Pero ese pequeño detalle escandalizó al fariseo: aquella sincera admiración ante el maestro por la grandeza de su doctrina se mutó repentinamente en severa crítica a causa de una minucia. A continuación viene el reproche de Jesús, con palabras que hacen resonar aquel oráculo del Señor, pronunciado por el profeta: “Aunque te laves con sosa y derroches lejía, la mancha de tu culpa queda en mi presencia” (Jeremías 2,22).


¡Cuántas veces Jesús se indigna ante la hipocresía, esa falta de coherencia en la conducta del hombre! Sobre todo, cuando hay mucho empeño en cuidar las apariencias descuidando la vida interior. Esa incoherencia es una ruptura de la unidad de la persona humana, una especie de esquizofrenia, pues “quien hizo lo de fuera hizo también lo de dentro”. ¿Qué sentido tiene mantener limpia solo por fuera una vasija? Nadie querría beber o comer de ella, por muy limpia que estuviera por fuera. Sería una vasija totalmente inútil para el fin con que la construyó el alfarero. Jesús toma esa imagen para prevenirnos de un terrible peligro: que en una misma persona conviva la maldad de corazón con una bondad que sea mera apariencia.


Dios es quien nos ha hecho por dentro y por fuera, y Él quiere vivir dentro de nosotros, de modo que nuestro actuar sea reflejo de esa vida interior. Solo del fondo de un corazón puro pueden salir obras buenas, y entre ellas destaca la limosna, que “libra de la muerte y purifica de todo pecado” (Tobías 12,9). Hacemos nuestras las palabras del salmista: “Crea en mí, Dios mío, un corazón puro, y renueva en mi interior un espíritu firme” (Salmo 51,12).


PARA TU ORACION HOY LA VIRGEN DEL PILAR


San Josemaría a la Virgen del Pilar: «¡Señora, que sea!»

A orillas del Ebro se levanta en Zaragoza la espléndida basílica del Pilar, en el sitio donde, en época musulmana, hubo un templo dedicado a Santa María. En los años que pasó en Zaragoza, en el seminario y estudiando Derecho civil, las visitas de san Josemaría al Pilar eran diarias.


A orillas del Ebro se levanta en Zaragoza la espléndida basílica del Pilar, en el sitio donde, en época musulmana, hubo un templo dedicado a Santa María. Comienza su construcción en tiempos del Renacimiento, atraviesa el barroco y remata, en pleno siglo XVIII, con soluciones neoclásicas. Dentro de la basílica está la Santa Capilla de Nuestra Señora del Pilar, magnífico estuche que encierra la columna en donde, según cuenta la tradición, posó sus plantas la Virgen.


Ese pilar está forrado de bronce y plata, y sostiene una estatuilla que representa a una Virgen de abultado manto con el Niño en brazos. Desde su llegada al seminario de Zaragoza, Josemaría se impuso la grata costumbre de visitar el Pilar, recortando los ratos libres entre clases. Y, mientras estuvo en Zaragoza, como refiere, vivió esa costumbre a diario:


La devoción a la Virgen del Pilar comienza en mi vida, desde que con su piedad de aragoneses la infundieron mis padres en el alma de cada uno de sus hijos. Más tarde, durante mis estudios sacerdotales, y también cuando cursé la carrera de Derecho en la Universidad de Zaragoza, mis visitas al Pilar eran diarias (1).


Al ir de visita a la basílica del Pilar tendría, frecuentemente, que guardar cola con los demás fieles, antes de besar el trozo de la columna al descubierto, desgastado por los labios de generaciones y generaciones de cristianos. Allí, en la Santa Capilla, repetía sus insistentes jaculatorias: Domine, ut sit!, ¡que sea eso que Tú quieres, que yo no sé qué es! Y lo mismo a la Santísima Virgen: Domina, ut sit! (2).


No contento con besar la columna, deseaba acercarse a la imagen. Según cuenta, meses antes se había valido de una treta para conseguirlo, porque no estaba permitido besar el manto con que revestían a la imagen nada más que a los niños o a las autoridades:


Actualmente, esta pequeña estatua de la Virgen se encuentra en la sede central del Opus Dei en Roma.

Actualmente, esta pequeña estatua de la Virgen se encuentra en la sede central del Opus Dei en Roma.

Como tenía buena amistad con varios de los clérigos que cuidaban de la Basílica, pude un día quedarme en la iglesia después de cerradas las puertas. Me dirigí hacia la Virgen, con la complicidad de uno de aquellos buenos sacerdotes ya difunto, subí las pocas escaleras que tan bien conocen los infanticos y, acercándome, besé la imagen de nuestra Madre (3).


En su habitación, en San Carlos, tenía Josemaría una reproducción en yeso de dicha imagen. No valía gran cosa. Provenía del familiar del cardenal Soldevila, y a ella acudía pidiendo, de manera incesante, su mediación para que se realizara cuanto antes la Voluntad divina:


A una sencilla imagen de la Virgen del Pilar confiaba yo por aquellos años mi oración, para que el Señor me concediera entender lo que ya barruntaba mi alma. Domina! —le decía con términos latinos, no precisamente clásicos, pero sí embellecidos por el cariño—, ut sit!, que sea de mí lo que Dios quiere que sea (4).


No la volvió a ver hasta 1960


Tan machacona era su oración, que terminó grabando la jaculatoria con la punta de un clavo en la base de la estatuilla. En Zaragoza quedó aquella imagen cuando Josemaría tuvo que salir de allí. Y no la volvió a ver hasta 1960, en Roma, cuando una de sus hijas en el Opus Dei le enseñó una estatua de la Virgen del Pilar, que había estado hasta entonces en casa de unos parientes suyos de Zaragoza. Se la enviaban porque había sido suya:


Base de la pequeña imagen de la Virgen del Pilar, donde san Josemaría escribió la jaculatoria Domina, Ut sit! - Señora, ¡que sea!-, con la punta de un clavo.

Base de la pequeña imagen de la Virgen del Pilar, donde san Josemaría escribió la jaculatoria Domina, Ut sit! - Señora, ¡que sea!-, con la punta de un clavo.

Padre, ha llegado aquí una imagen de la Virgen del Pilar, que tenía usted en Zaragoza. Le respondí: no, no me acuerdo. Y ella: sí, mírela; hay una cosa escrita por usted. Era una imagen tan horrible, que no me pareció posible que hubiese sido mía. Me la mostró y, debajo de la imagen, con un clavo, estaba escrito sobre el yeso: Domina, ut sit!, con una admiración, como suelo poner siempre las jaculatorias que escribo en latín. ¡Señora, que sea! Y una fecha: 24 5 924.



Y es que muchas veces, hijos míos, el Señor me humilla. Mientras a menudo me da claridad abundante, otras muchas veces me la quita, para que no tenga ninguna seguridad en mí. Entonces viene, y me ofrece una dedada de miel. Yo os había hablado de esos barruntos muchas veces, aunque en ocasiones pensaba: Josemaría, eres un engañador, un mentiroso... Aquella imagen era la materialización de mi oración de años, de lo que os había contado tantas veces (5).


Textos extraídos de Andrés Vázquez de Prada, El Fundador del Opus Dei, (I): ¡Señor, que vea!, Ed. Rialp, Madrid, 2002


Notas


(1) La Virgen del Pilar, artículo publicado en AA. VV., Libro de Aragón, Zaragoza 1976, pp. 97 y ss. También hay referencias en otros escritos; por ejemplo: Durante el tiempo que pasé en Zaragoza haciendo mis estudios sacerdotales [...], mis visitas al Pilar eran por lo menos diarias (Recuerdos del Pilar, artículo publicado en “El Noticiero”, periódico de Zaragoza, 11 X 1970). Cfr. también Álvaro del Portillo, Sum. 142.


(2) Carta 29 XII 1947/14 II 1966, n. 19


(3) “Recuerdos del Pilar” (en “El Noticiero”, Zaragoza, 11 X 1970); cfr. también AGP, P03 1978, pp. 21 22.


(4) J. Escrivá de Balaguer, La Virgen del Pilar, en Libro de Aragón, ob. cit., p. 97.


(5) AGP, P03 1975, pp. 222 223; cfr. también Álvaro del Portillo, Sum. 141; Javier Echevarría; Sum. 2556; Jesús Alvarez Gazapo, Sum. 4281.


El primo, Pascual Albás Llanas, atestigua: «Aquella imagen provenía de la casa de D. Carlos Albás, y Manolita, su sobrina, se la entregó a mi mujer» (Pascual Albás, AGP, RHF, T 02848, p. 2).


Entre otros relatos del mismo suceso, cfr., por ejemplo, el de Encarnación Ortega: «Aprovechando un viaje de Roma a España [...], Mercedes Morado, en aquel momento Secretaria de la Asesoría Central de la Sección de mujeres de la Obra, recogió en Zaragoza —entregada por unos familiares de nuestro Padre— una imagen de la Virgen del Pilar de escayola que había pertenecido a nuestro Fundador.


En cuanto llegó a Roma quisimos entregársela al Padre:


— “Padre”, le dijimos, “ha llegado aquí una imagen de la Virgen del Pilar, que tenía usted en Zaragoza”.


Nuestro Padre respondió que no recordaba la imagen y yo le insistí:


— “Sí, mírela, hay una cosa escrita por usted”.


Le mostré la base de la imagen donde se podía leer una jaculatoria escrita con un clavo: Domina, ut sit!, seguida de una fecha: 24 5 924. Las palabras latinas se cerraban con una admiración, como acostumbraba a poner nuestro Padre siempre que escribía una jaculatoria en latín.

6 de octubre de 2021

ANIVERSARIO CANONIZACION de SAN JOSEMARÍA


 Evangelio (Lc 11,1-4)


Estaba haciendo oración en cierto lugar. Y cuando terminó, le dijo uno de sus discípulos:

—Señor, enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos.


Él les respondió:


—Cuando oréis, decid:


Padre,

santificado sea tu Nombre,

venga tu Reino;

sigue dándonos cada día nuestro pan cotidiano;

y perdónanos nuestros pecados,

puesto que también nosotros perdonamos

a todo el que nos debe;

y no nos pongas en tentación.


Comentario


Lucas evangelista nos dice que Jesús oraba con frecuencia. Lo hacía a menudo en lugares apartados y tranquilos. Y eso llamaba mucho la atención a los discípulos. Hay diferentes formas de dirigirse a Dios: como Creador, como Soberano, como Juez. Pero aquellos hombres que rodeaban y escuchaban a Jesús querían tener con Dios un trato similar al que veían en su Maestro, el trato confiado de un hijo con su padre.


Esto nos puede ayudar a considerar que las personas que nos rodean también podrían encontrar en nosotros maestros de oración si se sintiesen atraídos por nuestra forma de rezar. Los cristianos, de hecho, estamos llamados a ser transmisores de una tradición de oración cuyo inicio está en Jesús mismo y que ha sido hecha vida, a lo largo de más de dos mil años, por muchísimas personas que han tratado filialmente a Dios Padre.


La palabra “Padre” viene seguida, en la versión de Mateo, por “nuestro”. A Dios nos dirigimos personalmente, pero con la conciencia de que la persona vive y crece en el seno de una familia. Nadie camina solo. Nadie crece solo. Nuestra primera compañía es, lógicamente, la del Padre, la del Hijo y la del Espíritu Santo. Por eso, en el Padrenuestro expresamos el deseo de que todos reconozcan la santidad de Dios, le acojan como Padre y permitan a Cristo reinar en sus corazones, para que el amor sea motor de todos los deseos, pensamientos y obras.


No se puede tratar a Dios como Padre ignorando que tenemos hermanos. El amor a Dios y al prójimo van siempre juntos. Por eso, en el corazón de nuestra oración está también la petición del alimento que nos permite caminar y crecer como personas y que nos posibilita crecer en la comunión con los demás: acogiendo, perdonando, orando por ellos, acercándolos a Dios. Nuestro trato con el Padre incluye una expresión de abandono y confianza ante las dificultades y los ataques del enemigo: no permitas que caigamos en la tentación, no permitas que te cambiemos por nada, no permitas que pongamos a nada por encima de Ti.


PARA TU ORACION

Hoy es es el aniversario donde se proclamó Santo al fundador del Opus Dei. Un 6 de octubre de 2002, ante una muchedumbre de personas procedentes de todo el mundo, Juan Pablo II proclamó la santidad de Josemaría Escrivá de Balaguer.


HOMILÍA DEL PAPA JUAN PABLO II EN  LA CANONIZACION DE SAN JOSEMARIA 


Domingo 6 de octubre de 2002


 


1. "Todos los que son guiados por el Espíritu de Dios son hijos de Dios" (Rm 8, 14). Estas palabras del apóstol san Pablo, que acaban de resonar en nuestra asamblea, nos ayudan a comprender mejor el significativo mensaje de la canonización de Josemaría Escrivá de Balaguer, que celebramos hoy. Él se dejó guiar dócilmente por el Espíritu, convencido de que sólo así se puede cumplir plenamente la voluntad de Dios.


Esta verdad cristiana fundamental era un tema recurrente de su predicación. En efecto, no dejaba de invitar a sus hijos espirituales a invocar al Espíritu Santo para hacer que la vida interior, es decir, la vida de relación con Dios y la vida familiar, profesional y social, plena de pequeñas realidades terrenas, no estuvieran separadas, sino que constituyeran una sola existencia "santa y llena de Dios". "A ese Dios invisible —escribió— lo encontramos en las cosas más visibles y materiales" (Conversaciones con monseñor Escrivá de Balaguer, n. 114).


También hoy esta enseñanza suya es actual y urgente. El creyente, en virtud del bautismo, que lo incorpora a Cristo, está llamado a entablar con el Señor una relación ininterrumpida y vital. Está llamado a ser santo y a colaborar en la salvación de la humanidad.


2. "Tomó, pues, Yahveh Dios al hombre y lo dejó en el jardín de Edén, para que lo labrase y cuidase" (Gn 2, 15). El libro del Génesis, como hemos escuchado en la primera lectura, nos recuerda que el Creador ha confiado la tierra al hombre, para que la "labrase" y "cuidase". Los creyentes, actuando en las diversas realidades de este mundo, contribuyen a realizar este proyecto divino universal. El trabajo y cualquier otra actividad, llevada a cabo con la ayuda de la gracia, se convierten en medios de santificación cotidiana.


"La vida habitual de un cristiano que tiene fe —solía afirmar Josemaría Escrivá—, cuando trabaja o descansa, cuando reza o cuando duerme, en todo momento, es una vida en la que Dios siempre está presente" (Meditaciones, 3 de marzo de 1954). Esta visión sobrenatural de la existencia abre un horizonte extraordinariamente rico de perspectivas salvíficas, porque, también en el contexto sólo aparentemente monótono del normal acontecer terreno, Dios se hace cercano a nosotros y nosotros podemos cooperar a su plan de salvación. Por tanto, se comprende más fácilmente lo que afirma el concilio Vaticano II, esto es, que "el mensaje cristiano no aparta a los hombres de la construcción del mundo (...), sino que les obliga más a llevar a cabo esto como un deber" (Gaudium et spes, 34).


3. Elevar el mundo hacia Dios y transformarlo desde dentro:  he aquí el ideal que el santo fundador os indica, queridos hermanos y hermanas que hoy os alegráis por su elevación a la gloria de los altares. Él continúa recordándoos la necesidad de no dejaros atemorizar ante una cultura materialista, que amenaza con disolver la identidad más genuina de los discípulos de Cristo. Le gustaba reiterar con vigor que la fe cristiana se opone al conformismo y a la inercia interior.


Siguiendo sus huellas, difundid en la sociedad, sin distinción  de  raza, clase, cultura o edad, la conciencia de que todos estamos llamados a la santidad. Esforzaos por ser santos vosotros mismos en primer lugar, cultivando un estilo evangélico de humildad y servicio, de abandono en la Providencia y de escucha constante  de  la  voz  del Espíritu. De este modo, seréis "sal de la tierra" (cf. Mt 5, 13) y brillará "vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos" (Mt 5, 16).


4. Ciertamente, no faltan incomprensiones y dificultades para quien intenta servir con fidelidad a la causa del Evangelio. El Señor purifica y modela con la fuerza misteriosa de la cruz a cuantos llama a seguirlo; pero en la cruz —repetía el nuevo santo— encontramos luz, paz y gozo:  lux in cruce, requies in cruce, gaudium in cruce!


Desde que el 7 de agosto de 1931, durante la celebración de la santa misa, resonaron en su alma las palabras de Jesús:  "Cuando sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí" (Jn 12, 32), Josemaría Escrivá comprendió más claramente que la misión de los bautizados consiste en elevar la cruz de Cristo sobre toda realidad humana y sintió surgir de su interior la apasionante llamada a evangelizar todos los ambientes. Acogió entonces sin vacilar la invitación hecha por Jesús al apóstol Pedro y que hace poco ha resonado en esta plaza:  "Duc in altum!". Lo transmitió a toda su familia espiritual, para que ofreciese a la Iglesia una aportación válida de comunión y servicio apostólico. Esta invitación se extiende hoy a todos nosotros. "Rema mar adentro —nos dice el divino Maestro— y echad las redes para la pesca" (Lc 5, 4).


5. Pero para cumplir una misión tan ardua hace falta un incesante crecimiento interior alimentado por la oración. San Josemaría fue un maestro en la práctica de la oración, que consideraba una extraordinaria "arma" para redimir al mundo. Recomendaba siempre:  "Primero, oración; después, expiación; en tercer lugar, muy "en tercer lugar", acción" (Camino, n. 82). No es una paradoja, sino una verdad perenne:  la fecundidad del apostolado reside, ante todo, en la oración y en una vida sacramental intensa y constante. Este es, en el fondo, el secreto de la santidad y del verdadero éxito de los santos.


Que el Señor, queridos hermanos y hermanas, os ayude a recoger esta exigente herencia ascética y misionera. Os sostenga María, a quien el santo fundador invocaba como Spes nostra, Sedes Sapientiae, Ancilla Domini.


Que la Virgen haga de cada uno un testigo auténtico del Evangelio, dispuesto a dar en todo lugar una generosa contribución a la construcción del reino de Cristo. Que nos estimulen el ejemplo y la enseñanza de san Josemaría para que, al final de la peregrinación terrena, participemos también nosotros en la herencia bienaventurada del cielo. Allí, juntamente con los ángeles y con todos los santos, contemplaremos el rostro de Dios, y cantaremos su gloria por toda la eternidad.


 

26 de junio de 2021

FIESTA DE SAN JOSEMARIA FUNDADOR DEL OPUS DEI



Comentario de la fiesta de san Josemaría. “Subiendo a una de las barcas, que era de Simón, le rogó que la apartase un poco de tierra”. El Señor ha subido a nuestra barca para entablar una relación personal con cada uno. De nosotros depende que el desenlace sea una nueva historia de amor, como sucedió en la vida de san Josemaría.

Evangelio (Lc 5, 1-11)

Estaba Jesús junto al lago de Genesaret y la multitud se agolpaba a su alrededor para oír la palabra de Dios. Y vio dos barcas que estaban a la orilla del lago; los pescadores habían bajado de ellas y estaban lavando las redes. Entonces, subiendo a una de las barcas, que era de Simón, le rogó que la apartase un poco de tierra. Y, sentado, enseñaba a la multitud desde la barca.

Cuando terminó de hablar, le dijo a Simón:

—Guía mar adentro, y echad vuestras redes para la pesca.

Simón le contestó:

—Maestro, hemos estado bregando durante toda la noche y no hemos pescado nada; pero sobre tu palabra echaré las redes.

Lo hicieron y recogieron gran cantidad de peces. Tantos, que las redes se rompían. Entonces hicieron señas a los compañeros que estaban en la otra barca, para que vinieran y les ayudasen. Vinieron, y llenaron las dos barcas, de modo que casi se hundían. Cuando lo vio Simón Pedro, se arrojó a los pies de Jesús, diciendo:

—Apártate de mí, Señor, que soy un hombre pecador.

Pues el asombro se había apoderado de él y de cuantos estaban con él, por la gran cantidad de peces que habían pescado. Lo mismo sucedía a Santiago y a Juan, hijos de Zebedeo, que eran compañeros de Simón. Entonces Jesús le dijo a Simón:

—No temas; desde ahora serán hombres los que pescarás.

Y ellos, sacando las barcas a tierra, dejadas todas las cosas, le siguieron.


Comentario

En el lago de Genesaret confluyeron dos dimensiones. En un lado, estaba Dios. En otro lado, unos pescadores. El primero tenía un plan eterno. Los segundos, el plan de todos los días.

Y entonces, Dios decidió que el plan de todos los días había de convertirse en un plan eterno. Era el primer capítulo de una historia de amor.

Así que subió a la barca. Al principio, ellos pensaron que le estaban haciendo un favor. Poco a poco, fueron percibiendo que el gobierno de la barca lo iba tomando Él. Después, cayeron en la cuenta de que estaban presenciando algo extraordinario: una pesca milagrosa. Al final, cuando volvieron a la orilla, habían entendido que nunca nada sería igual. Era como si abrieran los ojos por primera vez. Entonces lo dejaron todo. Para ganarlo todo. Para ganarlo a Él.

Lo que pasó en Genesaret se ha repetido infinidad de veces, tantas como seres humanos han poblado la tierra. Muchos, por desgracia, no se dieron cuenta. Y entonces su vida se desarrolló siempre en una sola dimensión.

Pero afortunadamente, muchos otros sí se dieron cuenta. Antes de Genesaret, Dios había ido a Nazaret a contarle a María su plan eterno. Siglos después, fue a Milán a remover a Agustín. A Siena a avisar a Catalina. A Pamplona a sacudir a Íñigo. A Uganda a llamar a Carlos. Todos dijeron que sí, y como aquellos primeros pescadores, cambiaron el curso de la historia.

“Parece que os han escogido uno a uno..., decía. —¡Y así es!” (Surco 220).

Pasados los siglos, decidió también ir a Logroño, a despertar con unas huellas en la nieve a un chico nacido en Barbastro llamado Josemaría. El procedimiento fue el mismo, el de siempre: subir a la barca y, si la respuesta es positiva, ir haciéndose poco a poco amo y Señor. La conclusión fue la misma: el chico entendió que ya nada sería igual. Que el amor es jugarse la vida a una carta. Y dejándolo todo, lo siguió.

Como ya dijimos, Dios había decidido que el plan de todos los días había de convertirse en un plan eterno. La vida ordinaria de los hombres y de las mujeres había de ser el lugar de su encuentro permanente con el Creador.

Sin embargo, a fuerza de no vivirlo, a muchos se les había olvidado. Así que la misión de este nuevo pescador de hombres fue precisamente esa: gritarle al mundo, con palabras, pero sobre todo con la vida, que cada instante tiene valor de eternidad. Que Cristo pisó esta tierra y la santificó. Que Jesús trabajó, que Jesús Resucitado cocinó un pez (cfr. Juan 21, 9), y, por lo tanto, toda actividad humana puede ser divina.

La fiesta de san Josemaría es un motivo de acción de gracias a Dios porque nos recuerda con particular fuerza ese deseo que tiene el Señor de unir su vida a la nuestra, ese anhelo que tiene desde siempre de que escribamos la historia de nuestra vida a cuatro manos, dejando que Él sea también autor y protagonista.

“Si respondes a la llamada que te ha hecho el Señor, tu vida —¡tu pobre vida!— dejará en la historia de la humanidad un surco hondo y ancho, luminoso y fecundo, eterno y divino” (Forja 59).

La vida de Josemaría Escrivá de Balaguer puede ser para cada cristiano un estímulo maravilloso para recordar que nuestra existencia, independientemente de cómo y dónde se desarrolle, puede recibir la luz de Cristo y reflejar también esa luz para los demás. No hay excusas que valgan: podemos decir que no a la invitación, pero ya no podemos fingir que estamos sordos, que nadie nos avisó. “Yo tampoco pensaba que Dios me cogiera como lo hizo. Pero el Señor —déjame que te lo repita— no nos pide permiso para "complicarnos la vida". Se mete y... ¡ya está!” (Forja 902).

Todos, sin excepción, estamos llamados a ser santos. Esa es la voluntad de Dios, y ese es el único camino que conduce a la felicidad plena.

Cristo ha subido a tu barca, a la mía. De nosotros depende que el desenlace sea una nueva historia de amor. Como la de Josemaría y todos los santos que existieron antes que él.


San Josemaría Escrivá, maestro de oración en la vida ordinaria

Entre los maestros de espiritualidad de la historia de la Iglesia, San Josemaría Escrivá ocupa un lugar propio por varios motivos. Ante todo, por tratarse de un santo de nuestros días (fue canonizado por Juan Pablo II en el año 2002), que ha difundido la llamada universal a la santidad, de manera concreta, entre millares y millares de cristianos- dice el Prelado del Opus Dei al comienzo de este artículo publicado en 2006.

Entre los maestros de espiritualidad de la historia de la Iglesia, San Josemaría Escrivá ocupa un lugar propio por varios motivos. Ante todo, por tratarse de un santo de nuestros días (fue canonizado por Juan Pablo II en el año 2002), que ha difundido la llamada universal a la santidad, de manera concreta, entre millares y millares de cristianos.


Para alcanzar la santidad resulta imprescindible mantener un trato habitual con Dios; o dicho de otro modo: rezar. Pero este medio no consiste sólo en desgranar plegarias vocales; es hablar con Dios, poniendo en ejercicio todas las capacidades humanas: el alma y el cuerpo, la cabeza y el corazón, la doctrina y los afectos. Ser santos significa parecerse a Jesucristo: cuanto más le imitemos, cuanto más nos asemejemos a Él, desarrollando con la gracia y nuestro esfuerzo la identificación sacramental recibida en el Bautismo, mayor santidad, mayor identificación con el Maestro alcanzaremos. De ahí la importancia de esa "conversación habitual" con Él. «¿Santo, sin oración?», se pregunta San Josemaría en uno de sus libros más difundidos. Y responde concisamente: «No creo en esa santidad» (Camino, 107).


Contemplativo itinerante


Dios concedió al Fundador del Opus Dei, entre otros, el don de enseñar de modo práctico que los hombres y las mujeres que se desenvuelven en medio de las actividades terrenas —en el trabajo, en la familia, en los más variados y honrados ambientes profesionales y sociales—, pueden y deben aspirar a la santidad sin descuidar los quehaceres temporales; al contrario, han de servirse precisamente de esas incidencias para buscar a Dios, encontrarle y amarle. Ha merecido, por eso, que la Santa Sede le llamara «contemplativo itinerante», en el Decreto con el que se reconoce que practicó, en grado heroico, todas las virtudes cristianas, paso previo para la canonización.


"NO HAY NINGÚN GÉNERO DE VIDA —SI NO SE OPONE A LA LEY DE DIOS— QUE NO PUEDA SER SANTIFICADO"

Este resumen de lo que fue la vida de San Josemaría comporta consecuencias muy importantes. En primer lugar, que no hay ningún género de vida —si no se opone a la ley de Dios— que no pueda ser santificado; que a nadie se le niega la gracia para llegar a ser verdaderamente contemplativo; que resulta posible mantener la presencia de Dios en medio de las tareas más absorbentes, relacionarnos con Él en el fragor del mundo, sin abandonar el lugar que cada uno ocupa en la sociedad. En definitiva: conducirse como un hombre o una mujer de oración no está reservado sólo a quienes —acogiendo una llamada especial— siguen la vida sacerdotal o religiosa. La vida contemplativa, precisamente por tratarse de un requisito en el camino de la santidad, se nos presenta como camino al alcance de todos.


San Josemaría Escrivá fue llamado por Dios, no sólo para proclamar este mensaje, sino para enseñar a asumirlo, sin rebajar ninguna de sus exigencias. Su ejemplo, las enseñanzas que transmite en sus escritos y, sobre todo, la realidad de innumerables personas que se inspiran en su espíritu para santificarse en medio de los asuntos terrenos, constituyen una expresión clara de la validez de lo que afirmó después el Concilio Vaticano II sobre la llamada universal a la santidad. También reflejan un modo concreto de llevar a la práctica la propuesta de Juan Pablo II, de cara al nuevo milenio, cuando exhortó a los cristianos a profundizar en el "arte de la oración" para aspirar a una "medida alta" de la santidad en la situación de cada día.


Antes de mostrar algunos de los puntos fundamentales de las enseñanzas sobre la oración de este maestro de vida cristiana, recojo el comienzo de una homilía que lleva el significativo título de "Vida de oración". Escribe San Josemaría: «Siempre que sentimos en nuestro corazón deseos de mejorar, de responder más generosamente al Señor, y buscamos una guía, un norte claro para nuestra existencia cristiana, el Espíritu Santo trae a nuestra memoria las palabras del Evangelio: conviene orar perseverantemente y no desfallecer (Lc 18, 1). La oración es el fundamento de toda labor sobrenatural; con la oración somos omnipotentes y, si prescindiésemos de este recurso, no lograríamos nada» (Amigos de Dios, 238).


(II)


Una de las "pasiones" de San Josemaría consistía en el amor a la libertad de las conciencias. Fue un defensor decidido de la libertad personal —con la consiguiente responsabilidad personal— en todos los órdenes de la vida. En el aspecto espiritual, su constante enseñanza se tradujo en que hay muchos caminos para llegar a la santidad, porque «cada alma es una obra maestra de Dios» (Amigos de Dios, 83), y el Señor traza su vía personalísima a la criatura para que se identifique con Cristo. Por eso, sin despreciar las enseñanzas de otros santos, no era partidario de métodos rígidos para enseñar a hacer oración.

Su propia experiencia, y la de tantas almas a las que ayudó en la vida interior, le reafirmaron en la opinión de que cada uno ha esforzarse —bajo la guía del Espíritu Santo y con los consejos recibidos en la dirección espiritual personal— por encontrar su propia senda: «Cada caminante siga su camino», solía repetir; un camino que, además, irá variando según las necesidades y las circunstancias de cada alma.


Buscar, encontrar, amar a Cristo


A la vez, dentro de esa gran variedad de situaciones personales, ya desde los años 30 solía señalar unos grandes tramos —válidos para todos— que se han de recorrer para llegar a ser almas de oración: «Que busques a Cristo: Que encuentres a Cristo: Que ames a Cristo. —Son tres etapas clarísimas. ¿Has intentado, por lo menos, vivir la primera?» (Camino, 382).


No se trata —como señala el mismo Fundador del Opus Dei— de etapas claramente diferenciadas, ni el hecho de haber superado una lleva consigo automáticamente la instalación en la siguiente. En otras ocasiones, por ejemplo, apuntaba a «cuatro escalones» para llegar a identificarse con Cristo: «buscarle, encontrarle, tratarle, amarle». Y añadía: «Quizá comprendéis que estáis como en la primera etapa. Buscadlo con hambre, buscadlo en vosotros mismos con todas vuestras fuerzas. Si obráis con este empeño, me atrevo a garantizar que ya lo habéis encontrado, y que habéis comenzado a tratarlo y a amarlo, y a tener vuestra conversación en los cielos» (Amigos de Dios, 300).


En definitiva, la senda de la oración no es algo que se adquiere de una vez por todas: siempre hay que estar comenzando, recomenzando, con la ilusión humana y sobrenatural de mejorar en el trato con Dios; se requiere considerarse siempre discípulo, y nunca maestro. Esta actitud, además de revelarse como un fuerte contrapeso a la posible tentación de soberbia espiritual, ayuda a no desanimarse, a no abandonar la práctica de la meditación porque nos parece que no avanzamos.

En el curso de la oración mental o meditación, lo más importante consiste en llegar al trato personal con Jesús. Todo lo demás —como leer algún párrafo del Evangelio o de un libro piadoso, reflexionar sobre lo que se ha leído, confrontarlo con la propia vida, etc.—, sabiendo que resulta muy conveniente e incluso necesario, se encamina a mover la voluntad, que debe prorrumpir en afectos: actos de amor o de dolor, acciones de gracias, peticiones, propósitos..., que constituyen el fruto en sazón de la oración verdadera. Se trata de decisiones de amar más a Dios y al prójimo, concretadas quizá en puntos muy pequeños, pero que dejan en el alma un regusto —no necesariamente de naturaleza sensible— que se manifiesta en paz interior y en serenidad para afrontar con nueva energía, y con el gozo de los hijos de Dios, los deberes y las ocupaciones inherentes a la propia situación.


El Catecismo de la Iglesia Católica afirma que la práctica de la oración supone un verdadero "combate" espiritual (n. 2725). Lo enseñó con las mismas palabras el Fundador del Opus Dei; y añadía que esa lucha, aunque esforzada, no es triste ni antipática, sino que posee la alegría y la juventud del deporte. Un "combate" en el que siempre estamos a la expectativa del "premio" —el mismo Dios— que se entrega íntimamente a quien persevera en buscarle, tratarle y amarle.


(III)


«Me has escrito: "orar es hablar con Dios. Pero, ¿de qué?" —¿De qué? De Él, de ti: alegrías, tristezas, éxitos y fracasos, ambiciones nobles, preocupaciones diarias..., ¡flaquezas!: y hacimientos de gracias y peticiones: y Amor y desagravio. En dos palabras: conocerle y conocerte: "¡tratarse!"» (Camino, 91).


Estas palabras resumen bien el contenido de la oración de los hijos de Dios. Un buen hijo, sobre todo si es pequeño, conversa abiertamente con su padre o con su madre sobre cualquier asunto. Tiene una confianza inquebrantable en ellos, pues sabe que todo lo suyo les interesa grandemente. Y si, en el trato humano, cristiano, conviene tener en cuenta las circunstancias de cada uno, en el trato con Dios, este criterio ha de aplicarse con absoluta confianza. No importa tanto lo que le vamos a decir o cómo nos vamos a expresar, sino ante todo el deseo de dialogar con Quien nos ama inmensamente y sólo desea nuestro bien.

Unos consejos para hacer oración


«¿Que no sabes orar? —Ponte en la presencia de Dios, y en cuanto comiences a decir: "Señor, ¡que no sé hacer oración!...", está seguro de que has empezado a hacerla» (Camino, 90).


Los que comienzan, suelen necesitar de ayudas especiales, de algunos apoyos. San Josemaría las llamaba "muletas", porque sirven de puntos de referencia para comenzar el diálogo con el Señor: la consideración de un pasaje del Evangelio, de otros libros sagrados o de un texto litúrgico; la meditación atenta de las palabras de una oración vocal, como el padrenuestro o el avemaría; la lectura de un libro que proponga temas para la oración... Con el tiempo se podrán dejar esas "muletas", aunque nunca conviene abandonarlas del todo. No es raro, en efecto, que se precisen de nuevo al cabo de los años, o de cuando en cuando. Entonces se utilizan como asidero para superar las dificultades que, antes o después, quizá se presenten: distracciones, aridez interior, preocupaciones que pugnan por salir a flote en esos momentos, cansancio físico o intelectual...


Conviene recordar que la oración se desarrolla como un combate en el que nunca hay que darse por vencido. Porque, entre las excusas para abandonar los ratos diarios de oración, una de las más frecuentes es el desánimo. Al no advertir progresos claros, puede sobrevenir la tentación de limitarse a rezar oraciones vocales, o ni siquiera esto. ¡Qué gran error sería! Lo importante en este "negocio" no se mide por los resultados contabilizables (que por otra parte resulta imposible calcular en una actividad de tipo sobrenatural), sino la perseverancia para seguir hasta el fin en el tiempo dedicado a la meditación, sin ceder en el afán de superar los obstáculos.

Entre los consejos prácticos que sugería San Josemaría, unos versaban sobre el lugar y el tiempo de la meditación: buscar un sitio que facilite el recogimiento interior (delante del Sagrario, siempre que sea posible), y sujetarse a un horario, sabiendo que es mejor adelantarla que retrasarla, cuando se prevé algún inconveniente; pedir ayuda a nuestros aliados, los Ángeles Custodios; tratar de convertir incluso las distracciones en materia del diálogo con Dios. Esto tiene máxima importancia, porque rezar es mantener una conversación con el Señor, no con nosotros mismos.


En esta línea se inscribe la recomendación de "meterse" en las escenas del Evangelio. «Te aconsejo —decía— que, en tu oración, intervengas en los pasajes del Evangelio, como un personaje más. Primero te imaginas la escena o el misterio, que te servirá para recogerte y meditar. Después aplicas el entendimiento, para considerar aquel rasgo de la vida del Maestro: su Corazón enternecido, su humildad, su pureza, su cumplimiento de la Voluntad del Padre. Luego cuéntale lo que a ti en estas cosas te suele suceder, lo que te pasa, lo que te está ocurriendo. Permanece atento, porque quizá El querrá indicarte algo: y surgirán esas mociones interiores, ese caer en la cuenta, esas reconvenciones» (Amigos de Dios, 253).


Se demuestra también muy eficaz el recurso a la Virgen, Maestra de oración, y a San José, al empezar y acabar los ratos de oración. «Ellos presentarán nuestra debilidad a Jesús, para que Él la convierta en fortaleza» (Amigos de Dios, 255).


"SI EL ALMA CRISTIANA ES FIEL Y PERSEVERANTE EN EL TRATO CON DIOS, SU ORACIÓN NO QUEDARÁ CONFINADA SÓLO A LOS MOMENTOS ESPECIALMENTE DEDICADOS A HABLAR CON ÉL"

IV


Si el alma cristiana es fiel y perseverante en el trato con Dios, su oración no quedará confinada sólo a los momentos especialmente dedicados a hablar con Él. Se prolongará durante la jornada entera, día y noche, haciendo posible que el trabajo y el descanso, la alegría y el dolor, la tranquilidad y las preocupaciones, la vida entera se convierta en oración. Así, casi sin darse cuenta, el cristiano coherente con su vocación de hijo de Dios se va convirtiendo en un contemplativo itinerante, en alma de oración.


Vida de oración


«Recomendar esa unión continua con Dios, ¿no es presentar un ideal, tan sublime, que se revela inasequible para la mayoría de los cristianos? Verdaderamente es alta la meta, pero no inasequible. El sendero, que conduce a la santidad, es sendero de oración; y la oración debe prender poco a poco en el alma, como la pequeña semilla que se convertirá más tarde en árbol frondoso» (Amigos de Dios, 295).


En la homilía "Hacia la santidad", San Josemaría describe a grandes rasgos el itinerario de su propio camino espiritual, y ofrece como la falsilla para convertir toda la existencia en oración. «Empezamos con oraciones vocales, que muchos hemos repetido de niños: son frases ardientes y sencillas, enderezadas a Dios y a su Madre, que es Madre nuestra (...). ¿No es esto —de alguna manera— un principio de contemplación, demostración evidente de confiado abandono? (...).


»Primero una jaculatoria, y luego otra, y otra..., hasta que parece insuficiente ese fervor, porque las palabras resultan pobres...: y se deja paso a la intimidad divina, en un mirar a Dios sin descanso y sin cansancio. Vivimos entonces como cautivos, como prisioneros. Mientras realizamos con la mayor perfección posible, dentro de nuestras equivocaciones y limitaciones, las tareas propias de nuestra condición y de nuestro oficio, el alma ansía escaparse. Se va hacia Dios, como el hierro atraído por la fuerza del imán. Se comienza a amar a Jesús, de forma más eficaz, con un dulce sobresalto» (Amigos de Dios, 296).


Un paso importante en esta senda es el "descubrimiento" de la Humanidad Santísima de Jesús, que es siempre el único camino para llegar a la Trinidad. «Seguir a Cristo: éste es el secreto. Acompañarle tan de cerca, que vivamos con Él, como aquellos primeros doce; tan de cerca, que con Él nos identifiquemos. No tardaremos en afirmar, cuando no hayamos puesto obstáculos a la gracia, que nos hemos revestido de Nuestro Señor Jesucristo» (Amigos de Dios, 299).

Distintivo del discípulo de Cristo es el encuentro con la Cruz. No hay que rehuirla, ni tampoco buscarla temerariamente en cosas grandes. El Espíritu Santo nos la presenta sirviéndose habitualmente del acontecer cotidiano, concediendo al mismo tiempo la gracia para amarla. La Cruz entonces no pesa: Jesús mismo, buen cirineo, la lleva sobre sus espaldas. El alma comienza a caminar por la senda de la contemplación y descubre al Señor en cada paso. Momentos de prueba se alternan con otros de calma, pero la alegría interior —compatible con el sufrimiento— no falta nunca: aquí descubriremos la señal más clara de que marchamos junto al Maestro.


Así, correspondiendo a la gracia, se llega a descubrir, tratar y amar a la Santísima Trinidad. «Hemos corrido como el ciervo, que ansía las fuentes de las aguas (Sal 41, 2); con sed, rota la boca, con sequedad. Queremos beber en ese manantial de agua viva. Sin rarezas, a lo largo del día nos movemos en ese abundante y claro venero de frescas linfas que saltan hasta la vida eterna (cfr. Jn 4, 14). Sobran las palabras, porque la lengua no logra expresarse; ya el entendimiento se aquieta. No se discurre, ¡se mira! Y el alma rompe otra vez a cantar con cantar nuevo, porque se siente y se sabe también mirada amorosamente por Dios, a todas horas.


»No me refiero a situaciones extraordinarias. Son, pueden muy bien ser, fenómenos ordinarios de nuestra alma: una locura de amor que, sin espectáculo, sin extravagancias, nos enseña a sufrir y a vivir, porque Dios nos concede la Sabiduría (...). Es merced de Dios. Si tú procuras meditar, el Señor no te negará su asistencia. Fe y hechos de fe: hechos, porque el Señor (...) es cada día más exigente. Eso es ya contemplación y es unión; ésta ha de ser la vida de muchos cristianos, cada uno yendo adelante por su propia vía espiritual —son infinitas—, en medio de los afanes del mundo, aunque ni siquiera hayan caído en la cuenta» (Amigos de Dios, 308).

6 de octubre de 2020

ANIVERSARIO DE LA CANONIZACION DE SAN JOSEMARIA



Tal día como hoy era canonizado San Josemaría, por este motivo en "Un rato de oración" recordamos la homilía del santo padre Juan Pablo II en la misa de canonización del beato Josemaría Escrivá de Balaguer. “Elevar el mundo hacia Dios y transformarlo desde dentro: he aquí el ideal que el Santo Fundador os indica” ha dicho el Papa a los asistentes de más de 80 países presentes en la Plaza de San Pedro.

1. "Todos los que son guiados por el Espíritu de Dios son hijos de Dios" (Rm 8,14). Estas palabras del apóstol Pablo que acaban de resonar en nuestra asamblea, nos ayudan a comprender mejor el significativo mensaje de la canonización de Josemaría Escrivá de Balaguer, que celebramos hoy. Él se dejó guiar dócilmente por el Espíritu, convencido de que sólo así se puede cumplir plenamente la voluntad de Dios.

Esta verdad cristiana fundamental era un tema recurrente de su predicación. En efecto, no dejaba de invitar a sus hijos espirituales a invocar al Espíritu Santo para hacer que la vida interior, es decir, la vida de relación con Dios y la vida familiar, profesional y social, plena de pequeñas realidades terrenas, no estuvieran separadas, sino que constituyeran una única existencia "santa y llena de Dios". "A ese Dios invisible —escribió—, lo encontramos en las cosas más visibles y materiales" (Conversaciones con Monseñor Escrivá de Balaguer, 114).

También hoy esta enseñanza suya es actual y urgente. El creyente, en virtud del bautismo, que lo incorpora a Cristo, está llamado a entablar con el Señor una relación ininterrumpida y vital.

2. "Tomó, pues, Yahveh Dios al hombre y lo dejó en el jardín de Edén, para que lo labrase y cuidase" (Gn 2, 15). El libro del Génesis, como hemos escuchado en la primera lectura, nos recuerda que el Creador ha confiado la tierra al hombre, para que la ‘labrase’ y ‘cuidase’. Los creyentes, actuando en las diversas realidades de este mundo, contribuyen a realizar este proyecto divino universal. El trabajo y cualquier otra actividad, llevada a cabo con la ayuda de la gracia, se convierten en medios de santificación cotidiana.

"La vida habitual de un cristiano que tiene fe - solía afirmar Josemaría Escrivá -, cuando trabaja o descansa, cuando reza o cuando duerme, en todo momento, es una vida en la que Dios siempre está presente" (Meditaciones, 3 de marzo de 1954). Esta visión sobrenatural de la existencia abre un horizonte extraordinariamente rico de perspectivas salvíficas, porque, también en el contexto sólo aparentemente monótono del normal acontecer terreno, Dios se hace cercano a nosotros y nosotros podemos cooperar a su plan de salvación. Por tanto, se comprende más fácilmente, lo que afirma el concilio Vaticano II, esto es, que "el mensaje cristiano no aparta a los hombres de la construcción del mundo [...], sino que les obliga más a llevar a cabo esto como un deber" (Gaudium et spes, 34).

3. Elevar el mundo hacia Dios y transformarlo desde dentro: he aquí el ideal que el santo fundador os indica, queridos hermanos y hermanas que hoy os alegráis por su elevación a la gloria de los altares. Él continúa recordándoos la necesidad de no dejaros atemorizar ante una cultura materialista, que amenaza con disolver la identidad más genuina de los discípulos de Cristo. Le gustaba reiterar con vigor que la fe cristiana se opone al conformismo y a la inercia interior.

Siguiendo sus huellas, difundid en la sociedad, sin distinción de raza, clase, cultura o edad, la conciencia de que todos estamos llamados a la santidad. Esforzaos por ser santos vosotros mismos en primer lugar, cultivando un estilo evangélico de humildad y servicio, de abandono en la Providencia y de escucha constante de la voz del Espíritu. De este modo, seréis "sal de la tierra" (cf. Mt 5, 13) y brillará "vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos" (Mt., 5, 16).

4. Ciertamente, no faltan incomprensiones y dificultades para quien intenta servir con fidelidad la causa del Evangelio. El Señor purifica y modela con la fuerza misteriosa de la Cruz a cuantos llama a seguirlo; pero en la Cruz – repetía el nuevo Santo - encontramos luz, paz y gozo: Lux in Cruce, requies in Cruce, gaudium in Cruce!

Desde que el 7 de agosto de 1931, durante la celebración de la santa misa, resonaron en su alma las palabras de Jesús: "Cuando sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí" (Jn 12, 32), Josemaría Escrivá comprendió más claramente que la misión de los bautizados consiste en elevar la Cruz de Cristo sobre toda realidad humana, y sintió surgir de su interior la apasionante llamada a evangelizar todos los ambientes. Acogió entonces sin vacilar la invitación hecha por Jesús al apóstol Pedro y que hace poco ha resonado en esta plaza: "Duc in altum!". Lo transmitió a toda su familia espiritual, para que ofreciese a la Iglesia una aportación válida de comunión y servicio apostólico. Esta invitación se extiende hoy a todos nosotros. "Rema mar adentro - nos dice el divino Maestro - y echad las redes para la pesca" (Lc 5, 4).

5. Pero para cumplir una misión tan ardua hace falta un incesante crecimiento interior alimentado por la oración. San Josemaría fue un maestro en la práctica de la oración, que consideraba una extraordinaria "arma" para redimir el mundo. Aconsejaba siempre: "Primero, oración; después, expiación; en tercer lugar, muy en «tercer lugar», acción" (Camino, 82). No es una paradoja, sino una verdad perenne: la fecundidad del apostolado reside, ante todo, en la oración y en una vida sacramental intensa y constante. Éste es, en el fondo, el secreto de la santidad y del verdadero éxito de los santos.

Que el Señor os ayude, queridísimos hermanos y hermanas, a acoger esta exigente herencia ascética y evangelizadora. Os sostenga María, a quien el santo fundador invocaba como Spes nostra, Sedes Sapientiae, Ancilla Domini.

Que la Virgen haga de cada uno un testigo auténtico del Evangelio, dispuesto a dar en todo lugar una generosa contribución a la construcción del reino de Cristo. Que nos estimulen el ejemplo y las enseñanzas de san Josemaría para que, al final de nuestro peregrinar terreno, participemos también nosotros en la herencia bienaventurada del cielo. Allí, juntamente con los ángeles y con todos los santos, contemplaremos el rostro de Dios, y cantaremos su gloria por toda la eternidad.





26 de junio de 2018

SER SANTO EN LA VIDA CORRIENTE

— Llamada universal a la santidad.

— Filiación divina. Omnia in bonum!

— Apostolado. Trascendencia de nuestra vida.


I. Os daré pastores conforme a mi corazón, que os apacentarán con ciencia y experiencia (Antífona de entrada).

El Señor ha querido dar a su Iglesia a San Josemaría como un buen pastor conforme a su corazón, para recordar a todos los hombres que somos llamados por Dios a ser santos, a una amistad creciente con Él. Esta cercanía con el Señor se traduce en un deseo ardiente de acercar a muchos a Cristo, para que le amen y le sirvan en la entraña misma de la sociedad. A todos nos pide Dios convertir nuestras ocupaciones ordinarias en medio y camino que nos lleve a Él: la familia, el trabajo, la amistad, el deporte, el dolor y la enfermedad, los éxitos y los fracasos... Del mismo modo, nos pide el Señor a todos señalar el camino de santidad a otros, con el ejemplo y la palabra. Este fue el mensaje fundamental de este Santo sacerdote, fundador del Opus Dei.

El que escribe estas líneas pudo oír de sus labios comentar aquel mandato del Señor: Sed, pues, perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto1. Nos decía, con una convicción profunda, que Dios nos quería santos no a pesar del trabajo en medio del mundo, de las dificultades..., sino a través de esas realidades. Nos inculcaba que para todos, cada uno según sus propias circunstancias, tiene el Señor grandes planes. El Maestro llama a la santidad sin distinción de edad, profesión, raza o condición social. Todos podemos y debemos ser seguidores de Cristo, con una llamada personal y única. Dios nos escogió para ser santos y sin mancha en su presencia2.

Esta doctrina de la llamada universal de todos los bautizados a la santidad y a la santificación del trabajo profesional en la vida ordinaria, fue, por inspiración divina, uno de los puntos centrales de su mensaje espiritual. Volvió a recordar en nuestro tiempo que el cristiano, por su Bautismo, está llamado a la plenitud de la vida cristiana.

El Concilio Vaticano II declaró para toda la Iglesia esta «vieja y nueva» doctrina evangélica: «Todos los fieles, cualesquiera que sean su estado y condición, están llamados por Dios, cada uno en su camino, a la perfección de la santidad, por la que el mismo Padre es perfecto»3. Todos y cada uno de los fieles. Nosotros y quienes nos rodean.

Llama el Señor a los cristianos que están en medio del mundo en plena ocupación profesional, para que allí le encuentren, realizando aquella tarea según el espíritu de Jesucristo; es decir, con perfección humana y, a la vez, con sentido sobrenatural: ofreciéndola a Dios, viviendo la caridad con las personas que tratan, con espíritu de servicio..., y así contribuir a la santificación del mundo.

Hoy podemos preguntarnos en nuestra oración ante el Señor si le damos gracias con frecuencia por esta llamada a seguirle de cerca, si estamos correspondiendo a las gracias recibidas mediante una lucha ascética clara y vibrante por adquirir las virtudes, si estamos vigilantes para rechazar todo aburguesamiento, que enflaquece los deseos de santidad y deja el alma sumida en la mediocridad espiritual y en la tibieza. No basta con querer ser buenos; el Señor nos pide que nos esforcemos decididamente por ser santos. Hoy puede ser un buen día para recomenzar en nuestro camino hacia el Señor.

II. Sabemos que todas las cosas cooperan para el bien de los que aman a Dios4, leemos en la segunda lectura de su Misa.

El sentido de la filiación divina nos ayuda a descubrir que todos los acontecimientos de nuestra vida son dirigidos, o permitidos para nuestro bien, para nuestra santidad, por la amabilísima Voluntad de Dios. Él, que es nuestro Padre, nos concede lo que más nos conviene y espera que sepamos ver su amor paternal tanto en los acontecimientos favorables como en los adversos. Este espíritu de confianza en Dios, de filiación, estuvo siempre en el núcleo de las enseñanzas de San Josemaría, «el santo de lo normal», como lo calificó Juan Pablo II.

El que ama a Dios con obras sabe que, pase lo que pase, todo será para bien, si no busca más que la gloria de Dios. Y, precisamente porque ama, pone los medios para que el resultado sea bueno. Y, después, se abandona en Dios y descansa en su providencia amorosa. Ante los acontecimientos en los que nada podemos hacer, diremos en la intimidad de nuestro corazón: Omnia in bonum, todo es para bien. Era esta una jaculatoria que San Josemaría empleó en muchas ocasiones: resuena aún en mis oídos. Expresaba su confianza en Dios Padre, fundamento de su vida y de sus enseñanzas.

Con esta convicción, también nosotros viviremos con optimismo y esperanza y superaremos así muchas dificultades en nuestro camino de santidad: «Parece que el mundo se te viene encima. A tu alrededor no se vislumbra una salida. Imposible, esta vez, superar las dificultades.

»Pero, ¿me has vuelto a olvidar que Dios es tu Padre?: omnipotente, infinitamente sabio, misericordioso. Él no puede enviarte nada malo. Eso que te preocupa, te conviene, aunque los ojos tuyos de carne estén ahora ciegos.

»Omnia in bonum! ¡Señor, que otra vez y siempre se cumpla tu sapientísima Voluntad!»5.

Omnia in bonum! ¡Todo es para bien! Todo lo podemos convertir en algo agradable a Dios, y en bien del alma. Esta expresión, que resume la de San Pablo, puede servirnos para repetirla a modo de jaculatoria, como una pequeña oración, que nos dará paz en momentos difíciles.

III. El Evangelio de la Misa6 nos muestra a Jesús junto al lago de Genesaret con una gran muchedumbre que deseaba oír la Palabra de Dios. Pedro y sus compañeros de trabajo lavaban las redes después de bregar una noche sin pescar nada. Y Jesús, que quiere meterse hondamente en el alma de Simón, le pidió la barca y le rogó que la apartase un poco de tierra.

Cuando terminó de hablar, Jesús dijo a Simón: Guía mar adentro, y echad vuestras redes para la pesca. Quizá han terminado de limpiar las redes de las algas y del fango del lago. Todo invita a la excusa: el cansancio, las redes lavadas y preparadas para la noche siguiente, la inoportunidad de la hora... Pero la mirada de Jesús, el modo imperativo y a la vez amable de dar la orden, el supremo atractivo que Cristo ejerce sobre las almas nobles... llevaron a Pedro a embarcarse de nuevo. El único motivo de echarse al agua con las barcas es Jesús: Maestro –le dice Pedro–, hemos estado fatigándonos durante toda la noche y nada hemos pescado; pero no obstante, sobre tu palabra echaré las redes. In verbo autem tuo..., sobre tu palabra. Esta es la gran razón de los santos, la que movió a San Josemaría en todos los momentos de su vida. In verbo autem tuo... En tu palabra; porque Tú lo quieres, porque esa es Tu voluntad...

Si en alguna ocasión aparece esa fatiga peculiar que origina el no ver frutos en la vida interior personal o en el apostolado, en la familia, cuando encontramos motivos humanos para abandonar la tarea, debemos oír la voz de Jesús que nos dice: Duc in altum, guía mar adentro, deja la orilla, recomienza de nuevo, vuelve a empezar... en mi Nombre.

¡Cuántas veces nos dijo San Josemaría que en la vida interior, en el apostolado habíamos de estar siempre recomenzando! El secreto de la victoria definitiva está en saber «volver a empezar», en intentarlo una vez más con la ayuda de la gracia, acudiendo con más confianza a la intercesión de la Virgen, que es garantía de que todo saldrá adelante.

Pedro se adentró en el lago con Jesús en su barca y pronto se dio cuenta de que las redes se llenaban de peces; tantos, que parecía que se iban a romper. Entonces hicieron señas a los compañeros que estaban en la otra barca para que vinieran y les ayudasen. Vinieron y llenaron las dos barcas de modo que casi se hundían. Dios premia siempre, con frutos incontables, el deseo de hacer su voluntad.

Así ha sucedido con el Opus Dei, que San Josemaría fundó por inspiración divina7 el 2 de octubre de 1928. Su fe operativa consiguió, con la ayuda del Señor, que se removiesen los obstáculos que se levantaban. Será también nuestra fe y el deseo de hacer la voluntad de Dios, con la ayuda de la gracia y la intercesión de la Virgen, la que vencerá los obstáculos que podamos encontrar en nuestra vida, en el apostolado, en el ambiente...También nosotros podremos decir: Omnia possum in eo qui me confortat!8, ¡todo lo puedo en Aquel que me conforta! Y «para cumplir una misión tan comprometedora, es necesario un incesante crecimiento interior, alimentado por la oración. San Josemaría fue un maestro en la práctica de la oración, a la que consideraba como una extraordinaria «arma» para redimir el mundo (...). Este es el fondo, el secreto de la santidad y del auténtico éxito de los santos»9.

Después de aquel milagro, Jesús dijo a Simón: No temas: desde ahora serán hombres los que has de pescar. Pedro y quienes le habían acompañado en la pesca, sacando las barcas a tierra, dejadas todas las cosas, le siguieron.

Jesús comenzó pidiendo a Pedro una barca y se quedó con su vida. Algo parecido a lo que hizo con nosotros. El Apóstol dejaría tras de sí una huella imborrable en tantas almas que Cristo mismo puso a su alcance. Comenzó correspondiendo en lo pequeño y el Señor le manifestó los grandes planes que para él, pobre pescador de Galilea, tenía desde la eternidad. Nunca pudo sospechar la trascendencia y el valor de su vida. Miles y miles de personas encendieron su fe en la de aquellos que siguieron a Jesús, y muy particularmente en la de Pedro, que sería la roca, el cimiento inconmovible de la Iglesia.

La correspondencia fiel de San Josemaría, tuvo unas consecuencias insospechadas en pocos años: gracias a su oración y mortificación, y al influjo espiritual, miles de personas de los cinco continentes de toda condición social han dedicado su vida, en las circunstancias ordinarias, a seguir de cerca al Señor al servicio de la Iglesia y de todas las almas. La Prelatura del Opus Dei es como un río de paz para tantas personas en medio del mundo, en la entraña misma de la sociedad.

Tampoco nosotros podemos sospechar las consecuencias de nuestro seguimiento fiel a Cristo. Cada vez nos pide más correspondencia a lo que, de modo diferente, nos va manifestando. Si somos fieles, un día nos hará contemplar el Señor la trascendencia de nuestro seguirle con obras:

«Eres, entre los tuyos –alma de apóstol–, la piedra caída en el lago. -Produce, con tu ejemplo y tu palabra un primer círculo... y este, otro... y otro, y otro... Cada vez más ancho.

»¿Comprendes ahora la grandeza de tu misión?»10.

No pongamos límites al Señor, como no los puso Pedro, ni los santos, ni tampoco San Josemaría, cuya fiesta litúrgica celebramos hoy.

Nuestra Madre Santa María, Stella maris, Estrella del mar, nos enseñará a ser generosos con el Señor cuando nos pida prestada una barca y cuando quiera que le demos la vida entera. Ninguna condición hemos puesto para seguirle.