"Hago todos los días mi "ratito" de oración: ¡si no fuera por eso!" (Camino, 106)

4 de septiembre de 2016

CARTA DEL PRELADO DEL OPUS DEI AGOSTO 2016

"Nuestra Madre nos invita a luchar para corresponder a Dios con alegría y generosidad total", dice el Prelado en su carta de agosto, donde también comenta una obra de misericordia espiritual: sufrir con paciencia los defectos del prójimo.

Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!
El 15 de agosto de 2007, Benedicto XVI, mencionando la Antífona de entrada de la Santa Misa —se apareció en el Cielo una mujer vestida de sol, con la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas sobre su cabeza [1]—, comentaba que esa mujer «es María, que vive totalmente en Dios, rodeada y vestida de sol, es decir, de Dios (...). Está coronada por doce estrellas, es decir, por las doce tribus de Israel, por todo el pueblo de Dios, por toda la comunión de los santos, y tiene bajo sus pies la luna, imagen de la muerte y de la mortalidad (...). Así, en la gloria, habiendo superado la muerte, nos dice: ¡ánimo, al final vence el amor! En mi vida dije: “¡he aquí la esclava del Señor!”. En mi vida me entregué a Dios y al prójimo. Y esta vida de servicio llega ahora a la vida verdadera» [2]. Este ensalzar a la Virgen trae a la memoria la fe con que san Josemaría, desde 1951, repitió Cor Mariæ dulcissimum, iter para tutum, acogiéndose a su intercesión.
Siete días después, en la fiesta de Santa María Reina, la liturgia presenta a Nuestra Señora a la derecha de Cristo, enjoyada con oro, vestida de perlas y brocado [3]. Son palabras llenas de contenido que, sin embargo, no alcanzan a expresar la grandeza de la Madre de Dios. Nos llenamos de admiración al contemplar, en el quinto misterio glorioso del Santo Rosario, que, a María, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo la coronan como Emperatriz que es del Universo. Y le rinden pleitesía de vasallos los Ángeles..., y los patriarcas y los profetas y los Apóstoles..., y los mártires y los confesores y las vírgenes y todos los santos..., y todos los pecadores y tú y yo [4].
La llena de gracia desde su Concepción inmaculada, fue creciendo más y más en santidad mediante su entrega plena a Dios, hasta venir coronada como Reina de cielos y tierra; una Reina del Cielo que es nuestra Madre, y que nos invita a luchar para corresponder a Dios, con alegría y generosidad total. ¡Aprovechémonos de su poderosa intercesión! y sigamos el consejo de nuestro Padre: con atrevimiento filial, únete a esa fiesta del Cielo. —Yo, a la Madre de Dios y Madre mía, la corono con mis miserias purificadas, porque no tengo piedras preciosas ni virtudes. —¡Anímate! [5].
A la Virgen corresponde el título de Maestra de todas las virtudes. ¡Qué buena ocasión nos ofrece este mes tan mariano, dentro del Año jubilar de la misericordia, para pedirle que nos obtenga de su Hijo un aumento grande de esta virtud en nuestra conducta personal! Acudamos a Santa María, Trono de la Gracia y de la Gloria, ut misericordiam consequamur [6], para alcanzar misericordia en nuestros quehaceres.
El evangelio de la Misa de la Asunción relata una escena encantadora de la vida de la Virgen: la visitación a su prima santa Isabel. «Estas dos mujeres se encuentran —decía el Santo Padre— y lo hacen con alegría: ¡ese momento es toda una fiesta! Si aprendiéramos este servicio de ir al encuentro de los demás, ¡cómo cambiaría el mundo! El encuentro es otro signo cristiano. Una persona que dice ser cristiana y no es capaz de ir al encuentro de los demás, no es totalmente cristiana. Tanto el servicio como el encuentro requieren salir de uno mismo: salir para servir y salir para encontrar, para abrazar a otra persona» [7].
En el repaso de las obras de misericordia, detengámonos ahora en una que elCatecismo de la Iglesia Católica enuncia así: sufrir con paciencia las adversidades [8], tanto las que provienen de nuestros propios límites, como las que proceden de fuera. Mantengamos una plena confianza en la misericordia del Señor que, de todos los acontecimientos, sabe sacar el bien. La paciencia crece también como uno de los frutos más sabrosos de la caridad con el prójimo. Lo advertía san Pablo en su magnífico himno a esta virtud: La caridad es paciente, la caridad es amable; no es envidiosa, no obra con soberbia, no se jacta, no es ambiciosa, no busca lo suyo, no se irrita, no toma en cuenta el mal, no se alegra por la injusticia, se complace en la verdad; todo lo aguanta, todo lo cree, todo lo espera, todo lo conlleva [9].
La misericordia nos ha de conducir a vivir cara hacia los demás con paciencia, también cuando se muestran inoportunos. Todos arrastramos defectos, aristas en el carácter y, aunque no lo busquemos voluntariamente, muchas veces provocamos roces que hieren a los demás: a los miembros de nuestra familia, a los colegas de trabajo, a los amigos, en los momentos de crispación que pueden sobrevenir, por ejemplo, en los atascos del tráfico ciudadano... Todas esas ocasiones nos facilitan una oportunidad para hacer grata la vida a los demás, no guiándonos por un carácter desordenado.
La paciencia nos impulsa a enfocar sin dramatismos las imperfecciones de los demás, sin caer en la tentación de echárselo en cara, ni buscar un desahogo comentándolo con terceros. De poco serviría, por ejemplo, callar ante ciertos defectos de alguno si después los pusiéramos en evidencia con un comentario irónico; o si nuestro disgusto nos condujera a tratarle con frialdad; o si cayéramos en formas sutiles de murmuración, que causan daño al que murmura, al que es objeto de la murmuración, y al que la escucha. Conllevar con paciencia los defectos de los demás nos invita a procurar que esas carencias no nos condicionen a la hora de quererles: no se trata de quererlesa pesar de esas limitaciones, sino de quererles con esas limitaciones. Es esta una gracia que podemos pedir al Señor: no detenernos ni justificar nuestras malas reacciones ante las diferencias con los demás que nos disgustan, porque cada una, cada uno, posee siempre mucha más riqueza, más bondad que sus defectos. Por eso, cuando notemos que el corazón no responde, metámoslo en el corazón del Señor: Cor Iesu sacratissimum et misericors, dona nobis pacem! Él convertirá nuestro corazón de piedra en un corazón de carne [10].
Vamos, pues, a esmerarnos en el cumplimiento de todos nuestros deberes, hasta de los que parecen menos importantes; vamos a aumentar nuestra paciencia en las contradicciones de cada instante, a cuidar los pequeños detalles. Hemos de hacer más vigoroso nuestro esfuerzo por mejorar; para eso, respondamos a Dios en las pequeñas luchas en que Él nos espera. ¿Por qué quedarse resentidos en los roces con caracteres distintos y opuestos, tan propios de la convivencia cotidiana? ¡A luchar, a vencer sobre nosotros mismos!; ahí es donde nos aguarda Dios [11].
Recibir con una sonrisa a quienes se nos acercan con un gesto adusto, o responden con palabras desabridas a nuestro interés por ellos, revela modos estupendos de vivir el espíritu de sacrificio. Muchas veces, aconsejaba nuestro Padre, una sonrisa es la mejor muestra de espíritu de penitencia. Ya en Camino, entre los ejercicios de mortificación que sugería en los años de 1930, apuntaba: esa palabra acertada, el chiste que no salió de tu boca; la sonrisa amable para quien te molesta; aquel silencio ante la acusación injusta; tu bondadosa conversación con los cargantes y los inoportunos; el pasar por alto cada día, a las personas que conviven contigo, un detalle y otro fastidiosos e impertinentes... Esto, con perseverancia, sí que es sólida mortificación interior [12].
La Jornada Mundial de la Juventud, que acaba de concluir en Cracovia, constituye otro motivo de dar gracias a Dios, al Santo Padre Francisco y a tantas personas que se han prodigado generosamente en su organización. Recemos para que los frutos apostólicos de esos días sean muy abundantes y permanentes, acudiendo también a la intercesión de san Juan Pablo II, que precisamente en Cracovia desarrolló una parte importante de su servicio a la Iglesia y al mundo, y en Czestochowa presidió una Jornada de la Juventud, en la que también participó el queridísimo don Álvaro.
Como todos los años, en la solemnidad de la Asunción, viviremos muy unidos a nuestro Padre al renovar, en los Centros de la Obra, la consagración del Opus Dei al Corazón dulcísimo de María. Meditad las palabras que escribió san Josemaría y meted en vuestra oración —como ya hacéis— mis intenciones por la Iglesia, por el Papa, por la Obra, por nuestros hermanos y hermanas enfermos o con dificultades de cualquier tipo, para que sepan sobrenaturalizarlas y unirlas a la Cruz del Señor, apoyados todos y todas en la intercesión segura de la Madre de Dios y Madre nuestra.
Con todo cariño, os bendice vuestro Padre + Javier
Cracovia, 1 de agosto de 2016.














3 de septiembre de 2016

TIEMPO ORDINARIO 22a SEMANA SABADO

Lucas 6,1-5.

Un sábado, en que Jesús atravesaba unos sembrados, sus discípulos arrancaban espigas y, frotándolas entre las manos, las comían. 
Algunos fariseos les dijeron: "¿Por qué ustedes hacen lo que no está permitido en sábado?". 
Jesús les respondió: "¿Ni siquiera han leído lo que hizo David cuando él y sus compañeros tuvieron hambre,cómo entró en la Casa de Dios y, tomando los panes de la ofrenda, que sólo pueden comer los sacerdotes, comió él y dio de comer a sus compañeros?". 
Después les dijo: "El hijo del hombre es dueño del sábado". 

SABADO EL DIA DE LA VIRGEN

— El sábado, un día dedicado a la Virgen. 
— La obediencia de la fe.
— Vida de fe de Santa María.
I. Hoy, sábado, es un día apropiado para que meditemos la vida de fe de la Virgen y le pidamos su ayuda para crecer más y más en esta virtud teologal. Desde los primeros siglos, los cristianos han dedicado este día de la semana a honrar de modo muy particular a Nuestra Señora. Algunos teólogos, antiguos y recientes, señalan razones de conveniencia para honrar en este día a nuestra Madre del Cielo. Entre otras, porque el sábado fue para Dios el día de descanso, y la Virgen fue aquella en la que –como escribe San Pedro Damián– «por el misterio de la Encarnación, Dios descansó como en un lecho sacratísimo»1; el sábado es también preparación y camino del domingo, símbolo y signo de la fiesta del Cielo, y la Virgen Santísima es la preparación y el camino hacia Cristo, puerta de la felicidad eterna2. Santo Tomás señala que dedicamos el sábado a nuestra Madre porque «conservó en ese día la fe en el misterio de Cristo mientras Él estaba muerto»3. Y además está el argumento de amor: los cristianos necesitamos un día particular para honrar a Santa María.
Desde muy antiguo, en iglesias, capillas, ermitas y oratorios se reza o se canta la Salve, u otras preces marianas, en la tarde del sábado. Y muchos cristianos procuran esmerarse este día en honrar a la Reina del Cielo: escogen una jaculatoria para repetírsela muchas veces en el día, hacen una visita a alguna persona enferma o sola o necesitada, ofrecen una mortificación que marca ese día mariano, acuden a rezar a alguna ermita o iglesia dedicada a la Virgen, ponen más atención en las oraciones que le dirigen: Santo Rosario, Ángelus o Regina Coeli, la Salve...
Existen muchas devociones marianas, y el cristiano no tiene por qué vivirlas todas, pero «no posee la plenitud de la fe quien no vive alguna de ellas, quien no manifiesta de algún modo su amor a María.
»Los que consideran superadas las devociones a la Virgen Santísima, dan señales de que han perdido el hondo sentido cristiano que encierran, de que han olvidado la fuente de donde nacen: la fe en la voluntad salvadora de Dios Padre, el amor a Dios Hijo que se hizo realmente hombre y nació de una mujer, la confianza en Dios Espíritu Santo que nos santifica con su gracia»4.
«Si buscas a María, encontrarás “necesariamente” a Jesús, y aprenderás –siempre con mayor profundidad– lo que hay en el Corazón de Dios»5. Consideremos cómo vivimos el sábado habitualmente, y si tenemos específicos detalles de cariño hacia la Virgen.
II. Busquemos hoy a Nuestra Señora meditando su fe grande, mayor que la de cualquier otra criatura. Antes de que el Ángel anunciara a la Virgen que había sido elegida para ser la Madre de Dios, Ella meditaba la Sagrada Escritura y profundizaba en su conocimiento como nunca lo hizo otra inteligencia humana. Su entendimiento, que nunca había estado afectado por los daños del pecado, y además esclarecido por la fe y los dones del Espíritu Santo, meditaría con hondura las profecías referentes al Mesías. Esta luz divina, y su amor sin límites a Dios y a los hombres, le hacían anhelar y clamar por la venida del Salvador con mayor vehemencia que los Patriarcas y todos los justos que la habían precedido. Y el Señor se complacía en esa oración llena de fe y de esperanza. Ella, con esa oración, daba más gloria a Dios que el universo entero con todas las demás criaturas.
Cuando llegó la plenitud de los tiempos, bajo la mirada amorosa de la Santísima Trinidad, ante la expectación de los ángeles del Cielo, la Virgen recibe la embajada del Ángel: Dios te salve, llena de gracia, el Señor es contigo; bendita tú entre las mujeres6. Narra San Lucas que la Virgen se turbó al escuchar el mensaje del Ángel, y se puso a considerar qué significaría tal salutación7. En su alma nada se resiste, nada se opone, todo está abierto a la acción directa de Dios. En Ella no hay limitación alguna al querer divino. Dios había preparado su corazón llenándola de gracia, y su libre cooperación a estos dones la convierte en buena tierra para recibir la semilla divina. Inmediatamente prestó su asentimiento pleno, abandonada en el Señor: fiat mihi secundum verbum tuum, hágase en mí según tu palabra.
«En la Anunciación María se ha abandonado en Dios completamente, manifestando “la obediencia de la fe” a aquel que le hablaba a través de su mensajero y prestando “el homenaje del entendimiento y de la voluntad” (Const. Dei Verbum, 5). Ha respondido, por tanto, con todo su “yo” humano, femenino, y en esta respuesta de fe estaban contenidas una cooperación perfecta con “la gracia de Dios que previene y socorre” y una disponibilidad perfecta a la acción del Espíritu Santo, que “perfecciona constantemente la fe por medio de sus dones” (Ibídem, 5; cfr. Const. Lumen gentium, 56)»8. En la Anunciación tiene lugar el momento culminante de la fe de María: tiene realidad lo que tantas veces había meditado en la intimidad de su corazón; «pero es además el punto de partida, de donde inicia todo su “camino hacia Dios”, todo su camino de fe»9.
Esta es la primera consecuencia de la fe de Santa María en su vida: una plena obediencia a los planes de Dios, que Ella ve con especial hondura. Mirando a nuestra Madre del Cielo vemos nosotros si la fe nos mueve a llevar a cabo la voluntad de Dios, sin poner límites; a querer lo que Él quiere, cuando quiera y del modo que quiera. Examinemos cómo aceptamos las contrariedades normales de la jornada, cómo amamos la enfermedad, el dolor, los planes que hemos de cambiar por circunstancias imprevistas, el fracaso, todo aquello que es contrario a los propios planes o modos de actuar... Pensemos si realmente los resultados positivos y también estas realidades penosas o difíciles de llevar nos santifican, o si, por el contrario, nos alejan del Señor.
III. La vida de Nuestra Señora no fue fácil. No le fueron ahorradas pruebas y dificultades, pero su fe saldrá siempre victoriosa y fortalecida, convirtiéndose en modelo para todos nosotros. «Como Madre, enseña; y, también como Madre, sus lecciones no son ruidosas. Es preciso tener en el alma una base de finura, un toque de delicadeza, para comprender lo que nos manifiesta, más que con promesas, con obras.
»Maestra de fe. ¡Bienaventurada tú, que has creído! (Lc 1, 45), así la saluda Isabel, su prima, cuando Nuestra Señora sube a la montaña para visitarla. Había sido maravilloso aquel acto de fe de Santa María: he aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra (Lc 1, 38). En el Nacimiento de su Hijo contempla las grandezas de Dios en la tierra: hay un coro de ángeles, y tanto los pastores como los poderosos de la tierra vienen a adorar al Niño. Pero después la Sagrada Familia ha de huir a Egipto, para escapar de los intentos criminales de Herodes. Luego, el silencio: treinta largos años de vida sencilla, ordinaria, como la de un hogar más de un pequeño pueblo de Galilea»10.
En los años de Nazaret brilla en silencio la fe de la Virgen. El Hijo que Dios le ha dado es un niño que crece y se desarrolla como el resto de los seres humanos, que aprende a hablar, a caminar y a trabajar como los demás. Pero sabe que aquel niño es el Hijo de Dios, el Mesías esperado durante siglos. Cuando lo contempla inerme en sus brazos, sabe que es el Omnipotente. Sus relaciones con Él están llenas de amor, porque es su hijo, y de respeto, porque es su Dios. Cuando salen de su boca las primeras palabras entrecortadas, lo mira como a la Sabiduría infinita; cuando lo ve entretenido en sus juegos de niño, o fatigado –después de una jornada de trabajo junto a José, cuando ya es un adolescente–, reconoce en Él al Creador del cielo y de la tierra.
La Virgen actualizaba su fe en los pequeños sucesos de los días normales; se encendía en el trato íntimo con Jesús, y fue creciendo de día en día con esa oración continua que era la relación permanente con su Hijo, enfocando con visión sobrenatural los pequeños y grandes acontecimientos de su vida, santificando «lo más menudo, lo que muchos consideran erróneamente como intrascendente y sin valor: el trabajo de cada día, los detalles de atención hacia las personas queridas, las conversaciones y las visitas con motivo de parentesco o de amistad»11.
La fe de Santa María alcanzó su punto culminante iuxta crucem Iesu. Sin palabras, con su sola presencia en el Calvario por designio divino12, manifiesta que la luz de la fe alumbra con esplendor incomparable en su corazón.
Toda la vida de María fue una obediencia a la fe. Contemplándola se comprende que «creer quiere decir “abandonarse” en la verdad misma de la palabra de Dios viviente, sabiendo y reconociendo humildemente “¡cuán insondables son sus designios einescrutables sus caminos!” (Rom 11, 33). María, que por la eterna voluntad del Altísimo se ha encontrado, puede decirse, en el centro mismo de aquellos “inescrutables caminos” y de los “insondables designios” de Dios, se conforma a ellos en la penumbra de la fe, aceptando plenamente y con corazón abierto todo lo que está dispuesto en el designio divino»13.
«Nos falta fe. El día en que vivamos esta virtud –confiando en Dios y en su Madre–, seremos valientes y leales. Dios, que es el Dios de siempre, obrará milagros por nuestras manos.
»—¡Dame, oh Jesús, esa fe, que de verdad deseo! Madre mía y Señora mía, María Santísima, ¡haz que yo crea!»14, que sepa enfocar y dirigir todos los acontecimientos con una fe serena e inconmovible.

2 de septiembre de 2016

TIEMPO ORDINARIO 22a SEMANA VIERNES


Lucas 5,33-39:

En aquel tiempo, dijeron a Jesús los fariseos y los escribas: «Los discípulos de Juan ayunan a menudo y oran, y los de los fariseos también; en cambio, los tuyos, a comer y a beber.» 
Jesús les contestó: «¿Queréis que ayunen los amigos del novio mientras el novio está con ellos? Llegará el día en que se lo lleven, y entonces ayunarán.» 
Y añadió esta parábola: «Nadie recorta una pieza de un manto nuevo para ponérsela a un manto viejo; porque se estropea el nuevo, y la pieza no le pega al viejo. Nadie echa vino nuevo en odres viejos; porque el vino nuevo revienta los odres, se derrama, y los odres se estropean. A vino nuevo, odres nuevos. Nadie que cate vino añejo quiere del nuevo, pues dirá: "Está bueno el añejo."»

UN AMIGO ES UN TESORO

— El Señor nos cuenta entre sus íntimos.
— El cristiano está siempre abierto a los demás.
— La caridad mejora y fortalece la amistad.
I. Después del banquete que ofreció Mateo al Señor y a sus amigos con motivo de su llamamiento, algunos judíos se acercaron a Jesús y le preguntaron por qué sus discípulos no ayunaban como lo hacían los fariseos y los discípulos de Juan. Y Jesús les contestó:¿Podéis acaso hacer ayunar a los amigos del esposo, mientras el esposo está con ellos? Y haciendo mención expresa de la muerte que Él había de padecer, les dice que cuando les sea arrebatado el esposo, entonces ayunarán1.
El esposo, entre los hebreos, iba acompañado por otros jóvenes de su edad, sus íntimos, como una escolta de honor. Se llamaban los amigos del esposo2, y su misión era honrar al que iba a contraer nupcias, alegrarse con sus alegrías, participar de un modo muy particular en los festejos que se organizaban con motivo de la boda. La imagen nupcial aparece frecuentemente en la Sagrada Escritura para expresar las relaciones de Dios con su pueblo3. También la Nueva Alianza del Mesías con su nuevo pueblo, la Iglesia, se describe bajo esta imagen. Ya el Bautista había llamado a Cristo, esposo, y a sí mismo amigo del esposo4.
Jesús llama amigos íntimos –los amigos del esposo– a quienes le siguen, a nosotros; hemos sido invitados a participar más entrañablemente de sus alegrías, al banquete nupcial, figura de los bienes sin fin del Reino de los Cielos. En diversas ocasiones el Señor distinguió a los suyos con el honroso título de amigos. Un día el Maestro, extendiendo sobre sus discípulos su mano, pronunció estas consoladoras palabras: He aquí a mi madre y a mis hermanos...5. Y nos enseñó que quienes creen y le siguen con obras –los que cumplen la voluntad de mi Padre– ocupan en su corazón un lugar de predilección y le están unidos con lazos más estrechos que los de la sangre. En el discurso de la Última Cena les dirá, con sencillez y sinceridad conmovedoras: Como el Padre me ha amado, así también Yo os he amado... Os he llamado amigos, porque os he dado a conocer todas las cosas que he oído a mi Padre6.
El Señor quiso ser ejemplo de amistad verdadera y estuvo abierto a todos, a quienes atraía con particular ternura y afecto. «Dejaba escapar entonces –comenta bellamente San Bernardo– toda la suavidad de su corazón; se abría su alma por entero y de ella se esparcía como vapor invisible el más delicado perfume, el perfume de un alma hermosa, de un corazón generoso y noble»7. Y se convertía en amigo fiel y abnegado de todos. De su ser provenía aquel poder de atracción que San Jerónimo comparó a un imán extraordinario8.
Jesús nos llama amigos. Y nos enseña a acoger a todos, a ampliar y desarrollar constantemente nuestra capacidad de amistad. Y solo aprenderemos si le tratamos en la intimidad de una oración confiada: «Para que este mundo nuestro vaya por un cauce cristiano –el único que merece la pena–, hemos de vivir una leal amistad con los hombres, basada en una previa leal amistad con Dios»9.
II. Jesús tuvo amigos en todas las clases sociales y en todas las profesiones: eran de edad y de condición bien diversas. Desde personas de gran prestigio social, como Nicodemo o José de Arimatea, hasta mendigos como Bartimeo. En la mayor parte de las ciudades y aldeas encontraba gentes que le querían y que se sentían correspondidas por el Maestro, amigos que no siempre el Evangelio menciona por sus nombres, pero cuya existencia se deja entrever. En Betania, las hermanas de Lázaro, con el mensaje confiado y doloroso a un tiempo que le hacen llegar a Jesús, dejan bien claro el lazo que unía aquella familia con el Maestro: Señor, mira, el que amas está enfermo10Jesús amaba a Marta y María y a Lázaro. Cuando llegó el Maestro a Betania, Lázaro había muerto. Y, ante la sorpresa de todos, Jesús comenzó a llorar. Decían entonces los judíos: Mirad cómo le amaba11. ¡Jesús llora por un amigo!, no permanece impasible ante el dolor de quienes más aprecia, ni ante la experiencia del hombre frente a la muerte; la muerte de una persona particularmente amada. Jesús llora en silencio lágrimas de hombre; los que estaban allí quedaron asombrados.
Nunca debemos cansarnos de considerar lo que el Señor nos quiere. «Jesús es tu amigo. —El Amigo. —Con corazón de carne, como el tuyo. —Con ojos, de mirar amabilísimo, que lloraron por Lázaro...
»—Y tanto como a Lázaro, te quiere a ti»12.
A Jesús le gustaba conversar con las personas que acudían a Él o con las que encontraba en el camino. Aprovechaba esas conversaciones, que en ocasiones se iniciaban sobre temas intrascendentes, para llegar al fondo de sus almas y llenarlas de amor. Todas las circunstancias fueron buenas para hacer amigos y llevarles el mensaje divino que había traído a la tierra. Nosotros no debemos olvidar que «amistad y caridad forman una sola cosa: luz divina que da calor»13.
De Cristo aprendemos a tener muchos amigos, aprovechando las relaciones de vecindad, de trabajo, de estudio, encuentros fortuitos y otros buscados. El cristiano está siempre abierto a los demás. Con el amigo se comparte lo mejor que se posee; nosotros no tenemos nada que valga tanto como la amistad con Jesucristo, afianzada a lo largo de los años, después de tantos ratos de oración –cuántas cosas le hemos dicho– y de tantos momentos junto al Sagrario. El afán apostólico y las virtudes humanas de la convivencia nos ayudarán a encontrar los puntos de unión y de entendimiento con los compañeros, con los clientes, con las demás personas, y sabremos prescindir y olvidar lo que desune, cediendo con elegancia en nuestros puntos de vista cuando se trate de asuntos de poca importancia que separan y van creando distancias que hacen difícil la confianza y el mutuo entendimiento.
Si nos sabemos amigos de Jesús, sus amigos íntimos, ¿no es lógico que aprendamos lo que es la amistad verdadera y que sepamos, como Él, llegar al fondo de las almas? ¿Sabemos comunicar el amor a Cristo que llevamos en el corazón?
III. Un amigo fiel es poderoso protector; el que lo encuentra halla un tesoro. Nada vale tanto como un amigo fiel; su precio es incalculable14. Así nos habla la Sagrada Escritura del valor de la amistad, y a la vez nos enseña que es necesario buscarla, poner los medios para encontrarla. Y, una vez hallada, es necesario cultivarla por encima del tiempo, de las distancias, de todo aquello que tienda a separar: la diversidad de gustos, de opiniones, de intereses...
La amistad requiere que ayudemos al amigo. «Si descubres algún defecto en el amigo corrígele en secreto (...). Las correcciones hacen bien y son de más provecho que una amistad muda»15, que calla mientras ve que el amigo se hunde. La amistad ha de ser perseverante: «No cambiemos de amigos como hacen los niños, que se dejan llevar por la ola fácil de los sentimientos»16No te avergüences de defender al amigo17. «No le abandones en el momento de la necesidad, no le olvides, no le niegues tu afecto, porque la amistad es el soporte de la vida. Llevemos los unos las cargas de los otros, como nos enseñó el Apóstol... Si la prosperidad de uno aprovecha a todos sus amigos, ¿por qué en la adversidad no va a encontrar la ayuda de todos sus amigos? Ayudémosle con nuestros consejos, unamos nuestros esfuerzos a los suyos, participemos de sus aflicciones.
»Cuando sea necesario, soportemos incluso grandes sacrificios por lealtad hacia el amigo. Quizá haya que afrontar enemistades para defender la causa del amigo inocente, y muy a menudo recibir insultos cuando trates de responder y rebatir a aquellos que le atacan y le acusan (...). En la adversidad se prueban los amigos verdaderos, pues en la prosperidad todos parecen fieles»18.
La caridad sobrenatural fortalece y enriquece la amistad. El amor a Cristo nos vuelve más humanos, con más capacidad de comprensión, más abiertos a todos. Si Cristo es el mejor amigo, aprenderemos a fortalecer una relación que quizá se estaba rompiendo, a quitar un obstáculo, a superar el egoísmo y la comodidad de quedarnos en nosotros mismos. Junto al Señor sabremos hacer mejores, llevar a la santidad, a quienes tenemos más cerca, porque les transmitiremos la fe en Él. A lo largo de los siglos, ¡cuántos han transitado por la senda de la amistad hacia el Señor!
Mira a Cristo. Bien sabes que te considera entre sus íntimos. Somos los amigos del Esposo, pues nos llama a participar de su predilección y de sus bienes. Referidas a Cristo, tienen su plenitud aquellas palabras del Libro del Eclesiástico: El amigo fiel no hay con qué pagarlo19. Mostró su fidelidad hasta dar su vida por cada uno de nosotros. Aprendamos de Él a ser amigos de nuestros amigos, y no dejemos de dar a estos lo mejor que tenemos: el amor a Jesús.

1 de septiembre de 2016

TIEMPO ORDINARIO 22a SEMANA JUEVES



Lucas 5,1-11.


En una oportunidad, la multitud se amontonaba alrededor de Jesús para escuchar la Palabra de Dios, y él estaba de pie a la orilla del lago de Genesaret. 
Desde allí vio dos barcas junto a la orilla del lago; los pescadores habían bajado y estaban limpiando las redes. 
Jesús subió a una de las barcas, que era de Simón, y le pidió que se apartara un poco de la orilla; después se sentó, y enseñaba a la multitud desde la barca. 
Cuando terminó de hablar, dijo a Simón: "Navega mar adentro, y echen las redes". 
Simón le respondió: "Maestro, hemos trabajado la noche entera y no hemos sacado nada, pero si tú lo dices, echaré las redes". 
Así lo hicieron, y sacaron tal cantidad de peces, que las redes estaban a punto de romperse. 
Entonces hicieron señas a los compañeros de la otra barca para que fueran a ayudarlos. Ellos acudieron, y llenaron tanto las dos barcas, que casi se hundían. 
Al ver esto, Simón Pedro se echó a los pies de Jesús y le dijo: "Aléjate de mí, Señor, porque soy un pecador". 
El temor se había apoderado de él y de los que lo acompañaban, por la cantidad de peces que habían recogido; 
y lo mismo les pasaba a Santiago y a Juan, hijos de Zebedeo, compañeros de Simón. Pero Jesús dijo a Simón: "No temas, de ahora en adelante serás pescador de hombres". 
Ellos atracaron las barcas a la orilla y, abandonándolo todo, lo siguieron. 

EL SECRETO: SABER VOLVER A EMPEZAR

— La obediencia da fuerzas y frutos.
— Necesidad de esta virtud para seguir a Cristo.
— No poner límites al querer de Dios.
I. Estaba Jesús junto al lago de Genesaret con una gran muchedumbre que deseaba oír la Palabra de Dios. Pedro y sus compañeros de trabajo lavaban las redes después de bregar una noche sin pescar nada. Y Jesús, que quiere meterse hondamente en el alma de Simón, le pidió la barca y le rogó que la apartase un poco de tierra. Y, sentado, enseñaba desde la barca a la multitud1. Quizá Pedro siguió con la tarea de dejar a punto el aparejo de la pesca mientras escuchaba al Maestro, a quien ya conocía desde que le llevó hasta Él su hermano Andrés2; no sospecha los planes tan grandiosos del Señor.
Cuando terminó de hablar, Jesús dijo a Simón: Guía mar adentro, y echad vuestras redes para la pesca. Quizá han terminado de limpiar las redes de las algas y del fango del lago. Todo invita a la excusa: el cansancio, que es mayor cuando no se ha pescado nada, las redes lavadas y preparadas para la noche siguiente, la inoportunidad de la hora para la pesca... Pero la mirada de Jesús, el modo imperativo y a la vez amable de dar la orden, el supremo atractivo que Cristo ejerce sobre las almas nobles... llevaron a Pedro a embarcarse de nuevo. El único motivo de echarse al agua con las barcas es Jesús:Maestro -le dice Pedro-, hemos estado fatigándonos durante toda la noche y nada hemos pescado; pero, no obstante, sobre tu palabra echaré las redes. In verbo autem tuo..., sobre tu palabra. Esta es la gran razón.
En muchos momentos, cuando hace su aparición esa fatiga peculiar que origina el no ver frutos en la vida interior personal o en el apostolado, cuando nos parece que todo ha sido un fracaso y encontramos motivos humanos para abandonar la tarea, debemos oír la voz de Jesús que nos dice: Duc in altum, guía mar adentro, recomienza de nuevo, vuelve a empezar... en mi Nombre.
«El secreto de todos los avances y de todas las victorias está en saber “volver a empezar”, en sacar la lección de un fracaso y después intentar una vez más»3. A través de esos aparentes fracasos, quizá quiera decirnos el Señor que debemos actuar por motivos más sobrenaturales, por obediencia, por Él y solo por Él. «¡Oh poder de la obediencia! -El lago de Genesaret negaba sus peces a las redes de Pedro. Toda una noche en vano.
»—Ahora, obediente, volvió la red al agua y pescaron “piscium multitudinem copiosam” -una gran cantidad de peces.
»—Créeme: el milagro se repite cada día»4.
Si alguna vez nos encontramos cansados y sin fuerzas para recomenzar, miraremos al Señor que nos acompaña en esta barca nuestra. Entonces Jesús nos invita a poner en práctica, con docilidad interior, con empeño, esos consejos que hemos recibido en la Confesión, en la dirección espiritual, y encontraremos las fuerzas. «Muchas veces –dice Santa Teresa– me parecía no poder sufrir el trabajo conforme a mi bajo natural; me dijo el Señor: Hija, la obediencia da fuerzas»5.
II. Pedro se adentró en el lago con Jesús en su barca y pronto se dio cuenta de que las redes se llenaban de peces; tantos, que parecía que se iban a romper. Entonces hicieron señas a los compañeros que estaban en la otra barca para que vinieran y les ayudasen. Vinieron y llenaron las dos barcas de modo que casi se hundían. Hubo pescado para todos; Dios premia siempre la obediencia con frutos incontables.
Este pasaje del Evangelio está lleno de enseñanzas: por la noche, en ausencia de Cristo, la labor había sido estéril. Lo mismo ocurre en la vida de los cristianos cuando pretenden sacar adelante tareas apostólicas sin contar con el Señor, en la oscuridad más grande, dejándose llevar exclusivamente de la propia experiencia o de esfuerzos demasiado humanos. «Te empeñas en andar solo, haciendo tu propia voluntad, guiado exclusivamente por tu propio juicio... y, ¡ya lo ves!, el fruto se llama “infecundidad”.
»Hijo, si no rindes tu juicio, si eres soberbio, si te dedicas a “tu” apostolado, trabajarás toda la noche –¡toda tu vida será una noche!–, y al final amanecerás con las redes vacías»6.
Pedro mostró su humildad al obedecer a quien, por no ser hombre de mar, bien se podría pensar que poco o nada sabía de aquel trabajo en el que, día tras día, él, Simón, había conseguido tanta experiencia y un gran saber. Sin embargo, se fía del Señor, tiene más confianza en la palabra de Jesús que en sus años de brega. Esto nos indica también que el Señor ya lo había ganado para Sí, que ya poco faltaba para que lo dejara todo por Él.
Esta obediencia, esta confianza en las palabras de Jesús fue la última preparación de Pedro para recibir su llamamiento definitivo. Parece como si el Señor hubiera dispuesto su llamada después de un acto de obediencia y de confianza plena.
La necesidad de la obediencia para quien quiere ser discípulo de Cristo –por encima de toda razón de conveniencia, de eficacia– está en que forma parte del misterio de la Redención, pues Cristo mismo «reveló su misterio y realizó la redención con su obediencia»7. Por eso, el que quiera seguir los pasos del Maestro no puede limitar su obediencia; Él nos enseñó a obedecer en lo fácil y en lo heroico, «pues obedeció en cosas gravísimas y dificilísimas: hasta la muerte de Cruz»8.
La obediencia nos lleva a querer identificar en todo nuestra voluntad con la voluntad de Dios, que se manifiesta a través de los padres, de los superiores, de los deberes que llevan consigo los quehaceres familiares, sociales y profesionales. La voluntad de Dios en lo que hace referencia al alma se revela de modo muy particular en los consejos de la dirección espiritual.
El Señor espera de nosotros, por tanto, una conducta enteriza que incluye –en toda circunstancia– una obediencia delicada y alegre: sujeción, por Dios, a la autoridad legítima en los diversos órdenes de la vida humana, primordialmente al Romano Pontífice y al Magisterio de la Iglesia.
Si permanecemos con Cristo, Él llena siempre nuestras redes. Junto a Él, incluso lo que parecía estéril y sin sentido se vuelve eficaz y fructuoso. «La obediencia hace meritorios nuestros actos y sufrimientos, de tal modo que, de inútiles que estos últimos pudieran parecer, pueden llegar a ser muy fecundos. Una de las maravillas realizadas por nuestro Señor es haber hecho que fuera provechosa la cosa más inútil, como es el dolor. Él lo ha glorificado mediante la obediencia y el amor»9.
III. Pedro quedó asombrado ante la captura que habían realizado. El Señor se manifestó en este milagro de modo muy particular a él. Pedro miró a Jesús, y entonces se arrojó a sus pies, diciendo: Apártate de mí, que soy un hombre pecador. Comprendió su pequeñez ante la suprema dignidad de Cristo. Entonces Jesús dijo a Simón: No temas: desde ahora serán hombres los que has de pescar. Pedro y quienes le habían acompañado en la pesca, sacando las barcas a tierra, dejadas todas las cosas, le siguieron.
Jesús comenzó pidiéndole prestada una barca y se quedó con su vida. Y Pedro dejaría tras de sí una huella imborrable en tantas almas que Cristo mismo puso a su alcance. Comenzó a obedecer en lo pequeño y el Señor le manifestó los grandiosos planes que para él, pobre pescador de Galilea, tenía desde la eternidad. Nunca pudo sospechar la trascendencia y el valor de su vida. Miles y miles de personas encendieron su fe en la de aquellos que siguieron aquel día a Jesús, y muy particularmente en la de Pedro, que sería la roca, el cimiento inconmovible de la Iglesia.
Tampoco nosotros podemos sospechar las consecuencias de nuestro seguimiento fiel a Cristo. Cada vez nos pide más correspondencia, más docilidad y más obediencia a lo que, de modo diferente, nos va manifestando. Si somos fieles, un día nos hará contemplar el Señor la trascendencia de nuestro seguirle con obras. «Eres, entre los tuyos –alma de apóstol–, la piedra caída en el lago. —Produce, con tu ejemplo y tu palabra un primer círculo... y este, otro... y otro... y otro... Cada vez más ancho.
»¿Comprendes ahora la grandeza de tu misión?»10.
No pongamos límites al Señor, como no los puso Pedro. «Si eres de los de mar adentro, clava con firmeza tu timón. Si te das a Dios, date como los santos se dieron. Que no haya nada ni nadie que merezca tu atención para frenar tu marcha; eres de Dios. Si te das, date para la eternidad. Ni el oleaje ni la resaca conmoverán tus cimientos. Dios se apoya en ti; arrima tú también el hombro, y navega contra corriente (...). Duc in altum. Lánzate a las aguas con la audacia de los enamorados de Dios»11.
Nuestra Madre Santa María, Stella maris, Estrella del mar, nos enseñará a ser generosos con el Señor cuando nos pida prestada una barca y cuando quiera que le demos la vida entera. Ninguna condición hemos puesto para seguirle.