"Hago todos los días mi "ratito" de oración: ¡si no fuera por eso!" (Camino, 106)

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6 de junio de 2021

El rostro de Jesús



 "Que busque tu rostro, que aprenda a encontrarlo y a mostrarlo, que sepa descubrirte en las cosas corrientes de mi vida, que advierta realmente que eres Tú"


Varones de Galilea, ¿qué hacéis mirando al cielo? [1]. Los ojos de los Apóstoles habían quedado fijos en el lugar por donde Jesús se había marchado... Un ángel tuvo que advertirles de que la vida continuaba.


El mensajero de Dios no pretendía disminuir el interés de aquellos hombres por su Maestro, pero quizá sí hacerles pensar que a partir de entonces tendrían que aprender a verle de otra manera, a encontrarse con Él, con su mirada, en los demás y en las cosas ordinarias de la vida.


San Pablo entendió aquellos deseos de los Apóstoles, porque también él anhelaba estar con Cristo y verle cara a cara [2]. Pero, puestos a escoger, prefería seguir el tiempo que Dios quisiera contemplándole como en un espejo y borrosamente [3], si así podía ayudar a otros a vivir en esa Luz [4].


A los destinatarios de su misión apostólica, les aconsejaba con la fuerza de su ejemplo y de su palabra que, mientras estaban en este mundo, mantuviesen la mirada fija en el Cielo, donde está Cristo: si habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde Cristo está sentado a la derecha de Dios [5].


Quæ sursum sunt quærite! [6]. ¡Buscad las cosas de arriba! Queremos hacer nuestro ese grito, pero necesitamos aprender. En tantas ocasiones nos descubrimos con la mirada baja, excesivamente centrada en cosas pasajeras.


Echamos de menos una mayor agudeza para dar con el papel que Cristo desempeña en cada suceso de la existencia: amamos este mundo, que es el nuestro, el lugar donde nos encontramos con Dios [7], y desearíamos adquirir una mayor facilidad para percibir la mirada de Jesucristo mientras nos ocupamos de nuestras tareas habituales. Querríamos también que otros pudieran ver en nosotros a Cristo; nos ilusiona la maravillosa posibilidad de hacer presente a nuestros amigos el rostro de Jesús.


Vultum tuum, Domine, requiram! [8]. ¡Buscaré, Señor, tu rostro! Señor –le diremos–, que busque tu rostro, que aprenda a encontrarlo y a mostrarlo, que sepa descubrirte en las cosas corrientes de mi vida, que advierta realmente que eres Tú.


Tal vez oiremos aquel aviso de San Josemaría: Ese Cristo, que tú ves, no es Jesús. –Será, en todo caso, la triste imagen que pueden formar tus ojos turbios... –Purifícate. Clarifica tu mirada con la humildad y la penitencia. Luego... no te faltarán las limpias luces del Amor. Y tendrás una visión perfecta. Tu imagen será realmente la suya: ¡Él! [9]


Los Evangelios aluden en diversas ocasiones a la mirada de Jesucristo. Una mirada benévola y afectuosa, conmovedora y conmovida, una mirada profundamente conocedora, que penetra la intimidad, una mirada que enseña y corrige, que mueve al arrepentimiento, y llega a provocar un arranque de generosidad [10].


Quizás muchas veces hemos tratado de representárnosla en nuestra oración, con la intención de descubrir cómo podemos encontrarla y hacerla presente en nuestra vida ordinaria. Algunos personajes que se cruzan con Jesús en las horas de la Pasión nos pueden ayudar a avanzar en la realización de este deseo.




En el camino de la Cruz tres personas tienen una particular relación con el rostro de Cristo: sólo dos lo buscan, pero tres lo encuentran. De las tres podemos aprender; cada una de ellas sugiere una enseñanza distinta sobre el modo de dar forma al afán de ver el rostro de Jesús.


Con Santa María, un sólo corazón


Apenas se ha levantado Jesús de su primera caída, cuando encuentra a su Madre Santísima, junto al camino por donde Él pasa [11]. Nada nos dice el Evangelio de ese encuentro, pero el silencio de la Escritura no ha hecho más que estimular la imaginación de los cristianos a lo largo de los siglos. Nuestro Padre se lo representa así: Con inmenso amor mira María a Jesús, y Jesús mira a su Madre; sus ojos se encuentran, y cada corazón vierte en el otro su propio dolor [12].


El amor es tan intenso que basta el encuentro de los ojos para que cada uno sepa que cuenta con el otro, que puede verter en Ella, en Él, su inmenso dolor, porque aquel corazón es capaz de aceptarlo. En medio de ese sufrimiento, tienen el profundo consuelo de saberse acompañados, comprendidos.


El alma de María queda anegada en amargura, en la amargura de Jesucristo [13]. La amargura que llena el alma de María es la de su Hijo, como de María es la amargura que llena el alma de Jesús. Es tan fuerte la unión de sus corazones que el dolor de uno está hecho del sufrimiento del otro; así se apoyan y mutuamente se sostienen.


¡Quién nos diera a nosotros una identificación así con los sentimientos de Cristo! Nos queda –es cierto– muy lejos, pero la deseamos ardientemente. Sabemos que si avanzamos por ese camino no nos ahorraremos dolores en esta vida, porque toda existencia humana los conlleva, pero tendremos siempre una luz para afrontarlos, nunca nos faltará una base firme para no sucumbir, para encararlos con serenidad.


Simeón había profetizado a la Virgen que una espada atravesaría su alma [14]. Desde el anuncio de la Pasión, la herida de espada no abandonará nunca a la Madre de Jesús. Ella tendrá siempre presente que sólo pueden ofenderla a través de las afrentas hechas a su Hijo; es consciente de que todo sufrimiento, y también toda alegría, sólo puede tener su causa en relación con Él.


La Virgen enseña que en las amarguras y en los pequeños disgustos –profesionales, familiares, sociales...– podemos buscar y descubrir el rostro de Cristo; y, como consecuencia, estaremos llenos de paz incluso en medio del dolor.


Verónica, un corazón bueno


Cuenta una tradición de la Iglesia que, un poco más adelante, una mujer sale al paso del Señor con la intención de limpiarle el rostro. Es el único hecho que sabemos de Verónica, pues con este nombre es conocida.


Quizás no se había planteado nunca conscientemente ese anhelo –ver la faz de Jesucristo– e incluso si lo había hecho, pensaría que el motivo por el que ahora buscaba ese rostro era más sencillo: ella sólo pretendía tener una atención con aquel Hombre que sufría. Sin embargo, esta mujer, que ni siquiera aparece en los Evangelios, ha dado un nombre propio al deseo de contemplar la faz de Dios.




Bienaventurados, vuestros ojos porque ven (...). Porque en verdad os digo que muchos profetas y justos ansiaron ver lo que estáis viendo y no lo vieron [15]. Si a la Verónica se pueden aplicar especialmente estas palabras, si ella realizó esa aspiración que ha llenado el alma de tantos santos a lo largo de la historia, fue por su bondad sencilla, porque su corazón de mujer buena no se deja «contagiar por la brutalidad de los soldados, ni inmovilizar por el miedo de los discípulos» [16], no se frena ante la oportunidad de prestar un pequeño servicio. Y ese «acto de amor imprime en su corazón la verdadera imagen de Jesús» [17].


El rostro del Dios hecho Hombre queda grabado en aquel lienzo, sí; pero sobre todo queda grabado en sus entrañas de bondad. «El Redentor del mundo da a Verónica una imagen auténtica de su rostro. El velo, sobre el que queda impreso el rostro de Cristo, es un mensaje para nosotros. En cierto modo nos dice: he aquí cómo todo acto bueno, todo gesto de verdadero amor hacia el prójimo aumenta en quien lo realiza la semejanza con el Redentor del mundo. Los actos de amor no pasan. Cualquier gesto de bondad, de comprensión y de servicio deja en el corazón del hombre una señal indeleble, que lo asemeja un poco más a Aquél que “se despojó de sí mismo tomando condición de siervo” ( Flp 2,7). Así se forma la identidad, el verdadero nombre del ser humano» [18].


¿No es ésta una manera accesible de buscar el rostro de Jesucristo? ¿No es también un modo de hacerle presente entre quienes nos rodean?


Es posible que en la vida tengamos ocasión de prestar grandes servicios a otras personas; que podamos renunciar a algo valioso por ayudar a los demás. Pero, se nos presenten o no esas oportunidades, procuremos vivir cotidianamente con un corazón bueno, capaz de compadecerse de las penas de las criaturas, capaz de comprender que, para remediar los tormentos que acompañan y no pocas veces angustian las almas en este mundo, el verdadero bálsamo es el amor, la caridad: todos los demás consuelos apenas sirven para distraer un momento, y dejar más tarde amargura y desesperación [19].


Muchas veces lo que más ayuda a las almas a descubrir la mirada amorosa del Señor es precisamente ver cómo sus discípulos, en medio de sus limitaciones, saben advertir lo que los demás necesitan: son capaces de descubrir esos detalles que, si se pasaran por alto, nadie reclamaría; y que en cambio, cuando se reciben, se agradecen de todo corazón.


Si con sentido sobrenatural obramos de este modo, realizamos –cuanto es factible en esta vida– el deseo de contemplar el rostro de Jesucristo. Y al mismo tiempo facilitamos que otras personas se encuentren con Él.


Puede ser que no lo noten inmediatamente y necesiten un tiempo para descubrir al Señor, mas no dejarán de percibir desde el primer momento que hay algo especial en quienes les tratan con una bondad tan sencilla.


Si queremos descubrir a otros el semblante amabilísimo del Maestro, procuremos dispensar amabilidad, serenidad, paz, paciencia, respeto, cortesía, cariño; también cuando no esperemos ser correspondidos; si queremos ver en los demás el rostro de Jesús, acerquémonos a ellos con un corazón sencillo, un corazón que valora y admira y quiere a los padres, a los hijos, a los amigos uno por uno; que descubre cómo cada una de ellas refleja, a su modo, la bondad de Dios.


Simón de Cirene, un encuentro con la Cruz


Los Evangelios sinópticos nos hablan de un tercer personaje que se topa con Jesucristo en el camino del Calvario. Santa María y la Verónica le buscaron, salieron a su encuentro por propia iniciativa. Simón de Cirene, no. Simón fue forzado a llevar la Cruz [20] La misma expresión que usan los evangelistas indica que, quizá, hubo una resistencia inicial.



Resulta bien comprensible: a nadie le gusta que le obliguen a cargar con una cruz ajena, y menos después de una dura jornada de trabajo. San Marcos dará a entender que los hijos de este hombre eran conocidos como cristianos [21]: Todo empezó por un encuentro inopinado con la Cruz [22]. Una gran fortuna que tuvo su origen en un suceso aparentemente desafortunado.


El cambio de actitud del Cireneo no debió de ser repentino, sino gradual, y no es arriesgado suponer que tuvo que ver con el rostro de Jesucristo. Él pensaba que trataba con un malhechor, pero aquella mirada amable, agradecida, pacífica, le desarmó. Al principio se disgusta porque simplemente ve; después mira y va descubriendo que compartir la Cruz con ese condenado vale la pena.


Lo que al principio aparecía como un inconveniente que se interponía entre él y su descanso, fue progresivamente transformado por el rostro de aquel Hombre en una oportunidad única, que terminó por cambiar su vida.


Para él, como para todos los cristianos, la Cruz se convirtió en el signo distintivo de su fe, en el instrumento de la salvación; en una realidad redentora, inseparable de la misión de Cristo. A través de los siglos, los cristianos mirarán con cariño y esperanza la Cruz, que debería estar en el centro de su vida y que, por el mismo motivo, «debería estar en el centro del altar y ser el punto de referencia común del sacerdote y de la comunidad que ora» [23].


A veces la Cruz aparece sin buscarla: es Cristo que pregunta por nosotros [24] Ante la Cruz inesperada experimentaremos un movimiento de rechazo. Es la reacción habitual de nuestra naturaleza, que no nos debe preocupar, pero que no ha de impedir una progresiva aceptación.


Sabemos que en esas situaciones en las que podemos sentirnos solos, Dios no nos deja, está a nuestro lado; quizá incluso le vemos , somos capaces de dirigirnos a Él de algún modo. Pero demos un paso más: busquemos su mirada. Si no nos conformamos con ver , si procuramos mirar a Cristo que carga la Cruz con nosotros, si dejamos que nos hable, lo que parecía desafortunado va adquiriendo otro color, y termina por cambiar nuestra vida.


Darnos cuenta de que una contradicción puede significar un encuentro más profundo con Jesucristo nos ayudará a encararla de otro modo y entonces, nuestra Cruz no será una Cruz cualquiera: será... la Santa Cruz [25].


* * *


Vultum tuum, Domine, requiram! [26]. Tres personas tienen una particular relación con el rostro de Cristo en el camino del Calvario. Sólo dos le buscan, pero las tres le encuentran. Ninguna de ellas queda indiferente, ninguna se va de vacío. De cada una podemos aprender algo y deseamos hacerlo porque anhelamos contemplar y ayudar a otros a descubrir ese rostro en nuestro camino ordinario por el mundo.


Querríamos alcanzar la unidad de corazones que se da entre Santa María y su Hijo. Somos conscientes de que supera nuestras fuerzas, pero no abandonamos ese deseo, porque sería renunciar al Amor y porque sin duda podemos avanzar por ese camino.


Un modo de hacerlo es aprovechar las enseñanzas de los otros dos personajes: una bondad sencilla será la ocasión de que muchos –en primer lugar, nosotros mismos– se encuentren con el Señor; buscar esa mirada en las adversidades y amarguras de la vida, hará que vayamos gradualmente identificándonos con la Voluntad de Dios. Entonces seremos capaces de reflejar el rostro de Jesús.


16 de mayo de 2021

LA ASCENCION DEL SEÑOR A LOS CIELOS

 



Evangelio (Mc 16, 15-20)


Y les dijo: — Id al mundo entero y predicad el Evangelio a toda criatura. El que crea y sea bautizado se salvará; pero el que no crea se condenará. A los que crean acompañarán estos milagros: en mi nombre expulsarán demonios, hablarán lenguas nuevas, agarrarán serpientes con las manos y, si bebieran algún veneno, no les dañará; impondrán las manos sobre los enfermos y quedarán curados. El Señor, Jesús, después de hablarles, se elevó al cielo y está sentado a la derecha de Dios. Y ellos, partiendo de allí, predicaron por todas partes, y el Señor cooperaba y confirmaba la palabra con los milagros que la acompañaban.


Comentario


Cuarenta días después de la Resurrección, Jesucristo vuelve a reunirse con sus discípulos, los hombres y mujeres que le habían acompañado a lo largo de los tres últimos años, sus amigos íntimos.


Salen de Jerusalén camino de Betania. Atraviesan las calles y plazas de la ciudad y se dirigen al monte de los olivos.


En un momento dado, Jesús se para, los reúne en torno a él y les da un último mandato: “Id al mundo entero y predicad el Evangelio a toda criatura”. Les mira y elevándose se despide bendiciéndoles.


Ellos, llenos de alegría, vuelven a la ciudad santa y desde allí comienzan a predicar la buena nueva por todo el mundo.


Ahora bien, ¿cómo es posible que unos hombres y mujeres atemorizados, sin grandes cualidades, se lancen a semejante aventura? ¿Cómo es posible que vuelvan a Jerusalén llenos de alegría, si Jesucristo acaba de despedirse de ellos?


Lo lógico hubiera sido que estuvieran más desconcertados y más tristes. El mundo en el que viven no ha cambiado, Jesús se ha ido definitivamente y además les ha encargado una tarea aparentemente irrealizable. Deben ser testigos del amor de Dios por los hombres, testigos de su pasión, muerte y resurrección. Empezando por Jerusalén, la ciudad que lo ha condenado a muerte, el lugar del fracaso. Hasta los confines del mundo. Ese mundo alejado de Dios.


Y sin embargo, todo eso no les llena ni de desconcierto ni de tristeza. Todo lo contrario.


¿Por qué para ellos es un orgullo ser discípulos de Cristo? ¿Por qué no es una carga esa tarea?


Porque Jesucristo es su amigo íntimo, porque saben que Él está con ellos, que Él es fiel a sus promesas. Han aprendido a fiarse de Él. No ponen su confianza en ellos, ni en sus fuerzas, ni en sus capacidades.


La Ascensión del Señor no es un “adiós”, un “hasta luego”, sino, paradójicamente, un “me quedo”. Ellos se fían de la promesa hecha por Jesucristo: “Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28, 20). No dudan de su presencia en ellos y, de modo central, en la Eucaristía.


Ellos no se sienten gran cosa, conocedores de sus miserias, debilidades, falta de talento y capacidades. Pero saben que Cristo ha resucitado, que su Amor es más poderoso. Han aprendido que es Dios quien da el crecimiento. De ahí su alegría y entusiasmo.


Una alegría que se traduce en un abrirse en abanico para llevar ese Amor hasta el último rincón del mundo. Los discípulos del Señor eran hombres y mujeres a los que Dios confió todos los hombres. Y esa tarea les colmó de una alegría aún mayor.


Su vida estuvo llena de sufrimientos y dificultades. Pero siempre vivieron en la alegría del Señor. Reflejaban en su rostro la gloria del Señor: el brillo de su rostro enamorado.


Al igual que a los discípulos que estuvieron con Jesucristo el día de su Ascensión, Jesucristo nos reúne cada día en su corazón. Estamos bajo la protección de sus manos, en la inmensidad de su Amor. Y quiere servirse de cada uno para dar al mundo esa alegría verdadera que le falta. Quiere que seamos testigos de lo que hemos visto y oído, de sus llagas, de su Amor. Que con Él nada se pierde: trabajo, descanso, familia, amigos, pasado, presente, futuro, en Él todo adquiere eternidad.


También nos ha elegido y nos ha confiado a todos los hombres: a nuestros padres, hermanos, familiares, amigos, compañeros de trabajo, la humanidad entera.


El apostolado es una consecuencia lógica de la alegría de estar con Jesús. Como enseña san Josemaría, “el apostolado es amor de Dios, que se desborda, dándose a los demás. La vida interior supone crecimiento en la unión con Cristo, por el Pan y la Palabra. Y el afán de apostolado es la manifestación exacta, adecuada, necesaria, de la vida interior. Cuando se paladea el amor de Dios se siente el peso de las almas”[1].


Ellas nos necesitan. Necesitan de nuestra alegría para que, a través de ella, descubran a Jesús en sus vidas. En nuestro quehacer cotidiano, en nuestras miradas limpias, en nuestras conversaciones llenas de comprensión, en nuestros afanes por servir, comprender, animar y perdonar, Jesucristo resucitado se hace presente llenándolo todo de su alegría. Este mundo, no tan distinto del mundo de los hombres y mujeres que acompañaron al Señor, necesita de cristianos que lleven en su rostro ese brillo de un Dios enamorado.


[1] San Josemaría, “La Ascensión del Señor a los cielos”, Es Cristo que pasa, n. 122a.


TEXTOS PARA TU RATO DE ORACION

- Jesús envía en misión a sus discípulos y a nosotros.

- Se va al cielo, pero no nos abandona.

- Cristo nos precede como cabeza.


CUARENTA DÍAS después de la Pascua, la Iglesia celebra la Ascensión de Jesús a los cielos. Como enseña el Prefacio de la Misa, «el Señor, rey de la gloria, vencedor del pecado y de la muerte, ha ascendido hoy –ante el asombro de los ángeles– a lo más alto de los cielos como Mediador entre Dios y los hombres, como Juez del mundo y Señor del universo»[1]. San Marcos narra que, antes de subir al cielo, Jesús ratificó la misión apostólica de sus discípulos: «Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación» (Mc 16,15). Es un encargo ambicioso: no se trata de evangelizar al pueblo de Israel, o al imperio romano, sino al mundo entero, a toda la creación. «Parece de verdad demasiado audaz el encargo que Jesús confía a un pequeño grupo de hombres sencillos y sin grandes capacidades intelectuales. Sin embargo, esta reducida compañía, irrelevante frente a las grandes potencias del mundo, es invitada a llevar el mensaje de amor y de misericordia de Jesús a cada rincón de la tierra. Pero este proyecto de Dios solo puede ser realizado con la fuerza que Dios mismo concede a los apóstoles»[2].


Después de lo que habían vivido en aquellos cuarenta días posteriores a la resurrección de Jesús, los discípulos respondieron a su mandato misionero con fe operativa: «Se fueron a predicar por todas partes, y el Señor cooperaba confirmando la palabra con las señales que los acompañaban» (Mc 16,20). La misión apostólica no es tarea exclusiva para aquellos primeros discípulos, sino que también nosotros recibimos el mismo encargo divino; por eso sentimos tan cercano aquel día en el que Jesús subió al cielo. «El apostolado es como la respiración del cristiano: no puede vivir un hijo de Dios, sin ese latir espiritual. Nos recuerda la fiesta de hoy que el celo por las almas es un mandato amoroso del Señor, que, al subir a su gloria, nos envía como testigos suyos por el orbe entero. Grande es nuestra responsabilidad: porque ser testigo de Cristo supone, antes que nada, procurar comportarnos según su doctrina, luchar para que nuestra conducta recuerde a Jesús, evoque su figura amabilísima. Hemos de conducirnos de tal manera, que los demás puedan decir, al vernos: este es cristiano, porque no odia, porque sabe comprender, porque no es fanático, porque está por encima de los instintos, porque es sacrificado, porque manifiesta sentimientos de paz, porque ama»[3].


SAN LUCAS cuenta que, poco antes de subir a los cielos, Jesús «los sacó hasta cerca de Betania y, levantando sus manos, los bendijo» (Lc 24,50). En cierta manera, desde aquel día «sus manos quedan extendidas sobre este mundo. Las manos de Cristo que bendicen son como un techo que nos protege (…). En el marcharse, él viene para elevarnos por encima de nosotros mismos y abrir el mundo a Dios. Por eso los discípulos pudieron alegrarse cuando volvieron de Betania a casa. Por la fe sabemos que Jesús, bendiciendo, tiene sus manos extendidas sobre nosotros. Esta es la razón permanente de la alegría cristiana»[4]. La liturgia de las horas medita hoy las palabras de san Agustín sobre este misterio: «No se alejó del cielo, cuando descendió hasta nosotros; ni de nosotros, cuando regresó hasta él (...). Bajó, pues, del cielo, por su misericordia, pero ya no subió él solo, puesto que nosotros subimos también en él por la gracia»[5].


San Marcos, por su parte, concluye su evangelio diciendo que, «después de hablarles, el Señor Jesús fue llevado al cielo y se sentó a la derecha de Dios» (Mc 16,19). La escena es fácil de imaginar si seguimos lo que de ellas escribe san Josemaría: «Es justo que la santa humanidad de Cristo reciba el homenaje, la aclamación y adoración de todas las jerarquías de los ángeles y de todas las legiones de los bienaventurados de la gloria»[6].


Jesús asciende al cielo, pero no nos abandona. «Puesto que Jesús está junto al Padre, no está lejos sino cerca de nosotros. Ahora ya no se encuentra en un solo lugar del mundo, como antes de la Ascensión; con su poder supera todo espacio, (…) está presente al lado de todos, y todos lo pueden evocar en todo lugar y a lo largo de la historia»[7]. Jesús permanece con nosotros: el Espíritu Santo habita en nuestra alma en gracia y el Señor nos acompaña también físicamente en la Eucaristía. «Es posible también ahora acercarnos íntimamente a Jesús, en cuerpo y alma. Cristo nos ha marcado claramente el camino: por el Pan y por la Palabra, alimentándonos con la Eucaristía y conociendo y cumpliendo lo que vino a enseñarnos, a la vez que conversamos con él en la oración»[8].


«CUANDO MIRABAN fijos al cielo, mientras él se iba marchando, se les presentaron dos hombres vestidos de blanco, que les dijeron: “Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo? El mismo Jesús que ha sido tomado de entre vosotros y llevado al cielo, volverá como lo habéis visto marcharse al cielo”» (Hch 1,10-11). La solemnidad de la Ascensión nos enciende en la esperanza de compartir la gloria de la que goza Jesús, a la que somos llamados como miembros de su cuerpo. «No se ha ido para desentenderse de este mundo, sino que ha querido precedernos como cabeza nuestra para que nosotros, miembros de su cuerpo, vivamos con la ardiente esperanza de seguirlo en su reino»[9].


«Este “éxodo” hacia la patria celestial, que Jesús vivió personalmente, lo afrontó del todo por nosotros. Por nosotros descendió del cielo y por nosotros ascendió a él, después de haberse hecho semejante en todo a los hombres, humillado hasta la muerte de cruz, y después de haber tocado el abismo de la máxima lejanía de Dios. Precisamente por eso, el Padre se complació en él y lo “exaltó”, restituyéndole la plenitud de su gloria, pero ahora con nuestra humanidad. Dios en el hombre, el hombre en Dios: ya no se trata de una verdad teórica, sino real. Por eso la esperanza cristiana, fundamentada en Cristo, no es un espejismo, sino que, como dice la carta a los Hebreos, “es para nosotros como un ancla del alma” (Hb 6,19), un ancla que penetra en el cielo, donde Cristo nos ha precedido»[10].


El Señor nos espera en el cielo y nos envía el Espíritu Santo, sus dones y sus frutos, para que lleguemos también nosotros a la meta. «Después de subir el Señor al cielo, los discípulos se reunieron en oración en el Cenáculo, con la Madre de Jesús, invocando juntos al Espíritu Santo, que los revestiría de fuerza para dar testimonio de Cristo resucitado. Toda comunidad cristiana, unida a la Virgen santísima, revive en estos días esa singular experiencia espiritual en preparación de la solemnidad de Pentecostés»[11].


[1] Misal Romano, Prefacio, Misa de la Ascensión del Señor.


[2] Francisco, Regina coeli, 13-V-2018.


[3] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 122.


[4] Benedicto XVI-Joseph Ratzinger, Jesús de Nazaret, p. 400.


[5] San Agustín, Sermón de la Ascensión.


[6] San Josemaría. Santo Rosario, II misterio glorioso.


[7] Benedicto XVI-Joseph Ratzinger, Jesús de Nazaret, p. 329.


[8] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 118.


[9] Misal Romano, Prefacio, Misa de la Ascensión del Señor.


[10] Benedicto XVI, Ángelus, 4-V-2008


[11] Benedicto XVI, Ángelus, 8-V-2005.

6 de mayo de 2021

AMAR EN EL PRESENTE

 


Evangelio (Jn 15,9-11)  En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:


—Como el Padre me amó, así os he amado yo. Permaneced en mi amor. Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor, como yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor. Os he dicho esto para que mi alegría esté en vosotros y vuestra alegría sea completa.


Comentario:


Permanecemos muy atentos a estas palabras de Jesús, pronunciadas durante la Última Cena. Son como su testamento espiritual, dirigido a sus discípulos más cercanos. Imaginamos su mirada que acompaña las confidencias que salen de lo más hondo de su corazón, para que queden grabadas en el nuestro. Jesús nos ha hablado también de la unión total entre Él y el Padre; por eso, el Amor del Padre y el del Hijo es el mismo. Un Amor que ha sido derramado en nuestros corazones (cf. Romanos 5,5), para que sea correspondido, pues amar es desear el bien del amado. Jesús, con su Amor, desea nuestro bien y nosotros, con ese mismo Amor, deseamos también su bien. ¡Qué importante es no salirse de esa corriente de amor!


Para ello, nos comprometemos a guardar los mandamientos de Jesús, que Él mismo ha practicado antes de predicarlos: la oración continua, las buenas obras hechas cara a Dios, el perdón a los enemigos, la pureza de corazón, la mirada limpia, la atención a las necesidades del otro como si fueran propias, el desprendimiento de los bienes terrenos, etc. Practicar todas estas enseñanzas, que podemos encontrar resumidas en el sermón de la montaña (cf. Mt 5-7), es permanecer en el amor de Dios.


Podemos pensar que valemos poco, y menos todavía nos parece valer lo que podemos hacer por corresponder al amor divino. Así lo consideraba San Josemaría en Camino: ¡Qué poco es una vida para ofrecerla a Dios!1, pero Jesús no espera grandes hazañas. Es más, siente un amor de predilección por los pequeños, incapaces de casi nada por sí mismos. Por eso nos consuela la parábola de los talentos: “Muy bien, siervo bueno y fiel; porque has sido fiel en lo poco, yo te confiaré lo mucho: entra en la alegría de tu señor” (Mateo 25,21), en el gozo inefable del amor divino. Nunca nos faltará la gracia del Espíritu Santo para permanecer fieles, y poder así rezar con el salmista: “Me enseñas la senda de la vida, saciedad de gozo en tu presencia, dicha perpetua a tu derecha” (Sal 16,11).


PARA TU ORACION PERSONAL: 


- Como Cristo nos ha amado.

- Renovar el amor a lo largo del tiempo.

- Amar en el presente.


DURANTE la Última Cena, Jesús confiesa: «Como el Padre me ha amado, así os he amado yo» (Jn 15,9). Posiblemente los apóstoles no acababan de comprender aquellas palabras, ya que todavía no habían vivido la Pasión del Señor. Les sorprenderá, después, esa donación de Dios hasta la muerte, ese misterio enorme que sobrepasa nuestra capacidad. «Jesús se entregó voluntariamente a la muerte para corresponder al amor de Dios Padre, en perfecta unión con su voluntad, para demostrar su amor por nosotros. En la cruz, Jesús “me amó y se entregó por mí” (Ga 2, 20). Cada uno de nosotros puede decir: me amó y se entregó por mí. ¿Qué significa todo esto para nosotros? Significa que este es también mi camino»[1].


Como fuimos testigos hace algunas semanas, en el Triduo Pascual «Jesús no solo habló; no solo nos dejó palabras. Se entrega a sí mismo. Nos lava con la fuerza sagrada de su sangre, es decir, con su entrega “hasta el extremo”, hasta la cruz. Su palabra es algo más que un simple hablar; es carne y sangre “para la vida del mundo”. En los santos sacramentos, el Señor se arrodilla siempre ante nuestros pies y nos purifica. Pidámosle que el baño sagrado de su amor verdaderamente nos penetre y nos purifique cada vez más»[2].


La vida cristiana nos lleva a procurar querer y servir a los demás como Cristo lo ha hecho. Entregarse del todo, con decisión y generosidad. Al final, lo único importante será cuánto y cómo hemos amado en el tiempo del que disponemos en este mundo. A la vez, no desconocemos nuestra limitación: sin la ayuda de Dios, no somos capaces de un amor así. Esta tarea de amar como Cristo siempre es nueva «en el sentido de que no lo alcanzamos plenamente; nunca llegamos a amar “como yo os he amado”, cuando quien lo dice es la caridad infinita, el amor mismo»[3]. Necesitamos que Cristo nos encienda y nos dé su propia vida, su capacidad de amar hasta el fin.


EN LA ESCENA que leemos en el evangelio de hoy, sigue el Señor hablando de su llamada, de su predilección por nosotros, nos quiere siempre junto a sí: «Permaneced en mi amor» (Jn 15,9). El amor que Dios ha tenido por nosotros es el que fundamenta nuestra vida y nuestra capacidad de amar. Él ha querido nuestro concreto temperamento, nuestro entorno, nuestra libertad, nuestras capacidades y también cuenta con nuestros límites y defectos. Permanecer en ese primer amor es alargar durante toda la vida aquella inquietud de corazón tan propia de los jóvenes, aunque pase el tiempo.


En el caminar de la vida, podemos sentir que el corazón anhela expandir el amor que recibimos y que damos. Quizá lo encontramos en tantas cosas buenas del mundo: la naturaleza, los amigos, la belleza de lo verdadero, etc. El deseo que en esos momentos se abre paso apunta a algo más grande, pues comprobamos que, aunque sean realidades nobles, no son suficientes para colmar nuestros anhelos. «Es a Jesús a quien buscáis cuando soñáis la felicidad; es él quien os espera cuando no os satisface nada de lo que encontráis; es él la belleza que tanto os atrae; es él quien os provoca con esa sed de radicalidad que no os permite dejaros llevar del conformismo; es él quien os empuja a dejar las máscaras que falsean la vida; es él quien os lee en el corazón las decisiones más auténticas que otros querrían sofocar. Es Jesús el que suscita en vosotros el deseo de hacer de vuestra vida algo grande, la voluntad de seguir un ideal, el rechazo a dejaros atrapar por la mediocridad, la valentía de comprometeros con humildad y perseverancia para mejoraros a vosotros mismos y a la sociedad, haciéndola más humana y fraterna»[4].



Decía san Josemaría que «la libertad renueva el amor, y renovarse es ser continuamente joven, generoso, capaz de grandes ideales y de grandes sacrificios. Recuerdo que me llevé una alegría cuando me enteré de que en portugués llaman a los jóvenes os novos. Y eso son. Os cuento esta anécdota porque he cumplido ya bastantes años, pero al rezar al pie del altar al Dios que llena de alegría mi juventud, me siento muy joven y sé que nunca llegaré a considerarme viejo; porque, si permanezco fiel a mi Dios, el amor me vivificará continuamente: se renovará, como la del águila, mi juventud»[5].


DESDE QUE EL Señor entró con mayor intensidad en nuestra vida, procuramos seguirlo con el entusiasmo de los apóstoles; ellos, al descubrir el auténtico sentido de sus vidas, se pusieron inmediatamente en camino. «¿Por qué inmediatamente? Porque se sintieron atraídos. No fueron rápidos y dispuestos porque habían recibido una orden, sino porque habían sido atraídos por el amor. Los buenos compromisos no son suficientes para seguir a Jesús, sino que es necesario escuchar su llamada todos los días. Sólo él, que nos conoce y nos ama hasta el final, nos hace salir al mar de la vida. Como lo hizo con aquellos discípulos que lo escucharon. Por eso necesitamos su Palabra: en medio de tantas palabras diarias, necesitamos escuchar esa Palabra que no nos habla de cosas, sino de vida»[6].


En cada etapa de la vida, en las nuevas circunstancias en que nos movemos, podemos descubrir manifestaciones distintas de ese mismo amor que dio inicio a nuestra entrega. Es cada vez más maduro, pues sabe con quién camina y por quién se entrega; sabe que vale la pena; en cierto sentido, lleva adelante su misión con una mayor conciencia y libertad. San Josemaría nos recuerda que «la entrega de cada uno de nosotros fue don de sí mismo, generoso y desprendido; porque conservamos esa entrega, la fidelidad es una donación continuada: un amor, una liberalidad, un desasimiento que perdura, y no simple resultado de la inercia»[7]. Amamos al Señor en el presente, con la juventud del amor primero y fundamental que no pasa, porque Jesucristo es el mismo ayer, hoy y siempre. Y aunque pasen los años y cambien nuestras circunstancias, ese amor que contiene nuestro corazónsigue siendo fuente de vida, porque Jesús nos ama de manera nueva cada día.


En ese recorrido, «la experiencia de la debilidad personal propia y ajena, en comparación con la estupenda propuesta que la fe cristiana y el espíritu de la Obra nos presentan, no nos debe producir desánimo. Ante el desencanto que pueda producirnos la desproporción entre el ideal y la pobre realidad de nuestra vida, tengamos la seguridad de que podemos recomenzar cada día con la fuerza de la gracia del Espíritu Santo»[8] y con la ayuda de nuestra Madre, María.


[1] Francisco, Audiencia general, 27-III-2013.


[2] Benedicto XVI, Homilía, 20-III-2008.


[3] Mons. Fernando Ocáriz, A la luz del Evangelio, p. 192.


[4] San Juan Pablo II, Discurso, 19-VIII-2000.


[5] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 31.


[6] Francisco, Homilía, 26-I-2020.


[7] San Josemaría, Cartas 2, n. 12.


[8] Mons. Fernando Ocáriz, Mensaje, 20-VII-2020.




7 de abril de 2021

DE CAMINO A EMAUS

 

— Jesús vive y está a nuestro lado.

— La virtud de la fidelidad. Ser fieles en lo pequeño.

— La virtud de la fidelidad debe informar al cristiano.




I. El Evangelio de la Misa de hoy nos presenta otra aparición de Jesús el mismo día de Pascua por la tarde.


Dos discípulos se dirigen a su aldea, Emaús, perdida la virtud de la esperanza porque Cristo, en quien habían puesto todo el sentido de su vida, ha muerto. El Señor, como si también Él fuese de camino, les da alcance y se une a ellos sin ser reconocido1. La conversación tiene un tono entrecortado, como cuando se habla mientras se camina. Hablan entre sí de lo que les preocupa: lo ocurrido en Jerusalén la tarde del viernes, la muerte de Jesús de Nazaret. La crucifixión del Señor había supuesto una grave prueba para las esperanzas de todos aquellos que se consideraban sus discípulos y que, en un grado o en otro, habían depositado en Él su confianza. Todo se había desarrollado con gran rapidez, y aún no se han recobrado de lo que habían visto sus ojos.


Estos que regresan a su aldea, después de haber celebrado la fiesta de la Pascua en Jerusalén, muestran su inmensa tristeza, su desesperanza y desconcierto a través de la conversación: Nosotros esperábamos que había de redimir a Israel, dicen. Ahora hablan de Jesús como de una realidad pasada: Lo de Jesús el Nazareno, que fue un profeta poderoso... «Fijaos en este contraste. Ellos dicen: (...) “¡Que fue!”... ¡Y lo tienen al lado, está caminando con ellos, está en su compañía indagando la razón, las raíces íntimas de su tristeza!


»“Que fue...”, dicen ellos. Nosotros, si hiciéramos un sincero examen, un detenido examen de nuestra tristeza, de nuestros desalientos, de nuestro estar de vuelta de la vida, encontraríamos una clara vinculación con ese pasaje evangélico. Comprobaríamos que espontáneamente decimos: “Jesús fue...”, “Jesús dijo...”, porque olvidamos que, como en el camino de Emaús, Jesús está vivo a nuestro lado ahora mismo. Este redescubrimiento aviva la fe, resucita la esperanza, es hallazgo que nos señala a Cristo como gozo presente: Jesús es, Jesús prefiere; Jesús dice; Jesús manda, ahora, ahora mismo»2. Jesús vive.


Conocían estos hombres la promesa de Cristo acerca de su Resurrección al tercer día. Habían oído por la mañana el mensaje de las mujeres que han visto el sepulcro vacío y a los ángeles. Habían tenido suficiente claridad para alimentar su fe y su esperanza; sin embargo, hablan de Cristo como de algo pasado, como de una ocasión perdida. Son la imagen viva del desaliento. Su inteligencia está a oscuras y su corazón embotado.


Cristo mismo –a quien al principio no reconocen, pero cuya compañía y conversación aceptan– les interpreta aquellos acontecimientos a la luz de las Escrituras. Con paciencia, les devuelve la fe y la esperanza. Y aquellos dos recuperan también la alegría y el amor: ¿No es verdad –dicen más tarde– que sentíamos abrasarse nuestro corazón, mientras nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?3.


Es posible que nosotros también nos encontremos alguna vez con el desaliento y la falta de esperanza ante defectos que no acabamos de desarraigar, ante dificultades en el apostolado o en el trabajo que nos parecen insuperables... En esas ocasiones, si nos dejamos ayudar, Jesús no permitirá que nos alejemos de Él. Quizá sea en la dirección espiritual donde, al abrir el alma con sinceridad, veamos de nuevo al Señor. Con Él vienen siempre la alegría y los deseos de recomenzar cuanto antes: Y se levantaron a toda prisa y regresaron a Jerusalén... Pero es necesario dejarse ayudar, estar dispuestos a ser dóciles a los consejos que recibimos.


II. La esperanza es la virtud del caminante que, como nosotros, todavía no ha llegado a la meta, pero sabe que siempre tendrá los medios para ser fiel al Señor y perseverar en la propia vocación recibida, en el cumplimiento de los propios deberes. Pero hemos de estar atentos a Cristo, que se acerca a nosotros en medio de nuestras ocupaciones, y «agarrarnos a esa mano fuerte que Dios nos tiende sin cesar, con el fin de que no perdamos el punto de mira sobrenatural; también cuando las pasiones se levantan y nos acometen para aherrojarnos en el reducto mezquino de nuestro yo, o cuando –con vanidad pueril– nos sentimos el centro del universo. Yo vivo persuadido de que, sin mirar hacia arriba, sin Jesús, jamás lograré nada; y sé que mi fortaleza, para vencerme y para vencer, nace de repetir aquel grito: todo lo puedo en Aquel que me conforta (Flp 4,13), que recoge la promesa segura de Dios de no abandonar a sus hijos, si sus hijos no le abandonan»4.


El Señor nos habla con frecuencia de fidelidad a lo largo del Evangelio: nos pone como ejemplo al siervo fiel y prudente, al criado bueno y leal en lo pequeño, al administrador fiel, etcétera. La idea de la fidelidad penetra tan hondo dentro del cristiano que el título de fieles bastará para designar a los discípulos de Cristo5.


A la perseverancia se opone la inconstancia, que inclina a desistir fácilmente de la práctica del bien o del camino emprendido, al surgir las dificultades y tentaciones. Entre los obstáculos más frecuentes que se oponen a la perseverancia fiel está, en primer lugar, la soberbia, que oscurece el fundamento mismo de la fidelidad y debilita la voluntad para luchar contra las dificultades y tentaciones. Sin humildad, la perseverancia se torna endeble y quebradiza. Otras veces, lo que dificulte la lealtad a los compromisos contraídos, será el propio ambiente, la conducta de personas que tendrían que ser ejemplares y no lo son y, por eso mismo, parece querer dar a entender que el ser fiel no es un valor fundamental de la persona.


En otras ocasiones, los obstáculos pueden tener su origen en el descuido de la lucha en lo pequeño. El mismo Señor nos ha dicho: Quien es fiel en lo pequeño, también lo es en lo grande6. El cristiano que cuida hasta los pequeños deberes de su trabajo profesional (puntualidad, orden...); el que lucha por mantener la presencia de Dios durante la jornada; el que guarda con naturalidad los sentidos; el marido leal con su esposa en los pequeños incidentes de la vida diaria; el estudiante que prepara sus clases cada día..., esos están en camino de ser fieles cuando sus compromisos requieran un auténtico heroísmo.


La fidelidad hasta el final de la vida exige la fidelidad en lo pequeño de cada jornada, y saber recomenzar de nuevo cuando por fragilidad hubo algún descamino. Perseverar en la propia vocación es responder a las llamadas que Dios hace a lo largo de una vida, aunque no falten obstáculos y dificultades y, a veces, incidentes aislados de cobardía o derrota. El llamamiento de Cristo exige una respuesta firme y continuada y, a la vez, penetrar más profundamente en el sentido de la Cruz y en la grandeza y en las exigencias del propio camino.


III. Esta virtud de la fidelidad debe informar todas las manifestaciones de la vida del cristiano: relaciones con Dios, con la Iglesia, con el prójimo en el trabajo, en sus deberes de estado y consigo mismo. Es más, el hombre vive la fidelidad en todas sus formas cuando es fiel a su vocación, y es de su fidelidad al Señor de donde se deduce, y a la que se reduce, la fidelidad a todos sus compromisos verdaderos. Fracasar, pues, en la vocación que Dios ha querido para nosotros es fracasar en todo. Al faltar la fidelidad al Señor, todo queda desunido y roto. Aunque luego Él, en su misericordia, puede recomponerlo todo, si el hombre, humildemente, se lo pide.


Dios mismo sostiene constantemente nuestra fidelidad, y cuenta siempre con la flaqueza humana, los defectos y las equivocaciones. Está dispuesto a darnos las gracias necesarias, como a aquellos dos de Emaús, para salir adelante en todo momento, si hay sinceridad de vida y deseos de lucha. Y ante el aparente fracaso de muchas tentativas (si lo hubiera), debemos recordar que Dios, más que el «éxito», lo que mira con ojos amorosos es el esfuerzo continuado en la lucha.


De este modo, perseverando con la ayuda de Dios en lo poco de cada día, lograremos oír al final de nuestra vida, con gozosísima dicha, aquellas palabras del Señor: Muy bien, siervo bueno y fiel; has sido fiel en lo poco, te constituiré sobre lo mucho; entra en el gozo de tu Señor7.


Es muy posible que nosotros también nos encontremos con personas que han perdido el sentido sobrenatural de su vida, y tendremos que llevarlas –en nombre del Señor– a la luz y a la esperanza. Porque es mucha la tibieza en el mundo, mucha la oscuridad, y la misión apostólica del cristiano es continuación de la de Jesús, concretada en aquellas personas entre las que transcurre su vida.


Al terminar nuestra oración también le decimos nosotros a Jesús: Quédate con nosotros, porque se hace de noche. Quédate con nosotros, Señor, porque sin Ti todo es oscuridad y nuestra vida carece de sentido. Sin Ti, andamos desorientados y perdidos. Y contigo todo tiene un sentido nuevo: hasta la misma muerte es otra realidad radicalmente diferente. Mane nobiscum, quoniam advesperascit et inclinatus est iam dies. Quédate, Señor, con nosotros..., recuérdanos siempre las cosas esenciales de nuestra existencia..., ayúdanos a ser fieles y a saber escuchar con atención el consejo sabio de aquellas personas en las que Tú te haces presente en nuestro continuo caminar hacia Ti. «“Quédate con nosotros, porque ha oscurecido...” Fue eficaz la oración de Cleofás y su compañero.


»—¡Qué pena, si tú y yo no supiéramos “detener” a Jesús que pasa!, ¡qué dolor, si no le pedimos que se quede!»8.


6 de abril de 2021

JESUCRISTO VIVE PARA SIEMPRE

 

—Jesús en nuestra vida.

— Presencia de Cristo entre nosotros.

— Buscar a Cristo y tratarle. 

I. María de Magdala ha vuelto al sepulcro. Conmueven el cariño y la devoción de esta mujer por Jesús aun después de muerto. Ella había sido fiel en los momentos durísimos del Calvario, y el amor de la que estuvo poseída por siete demonios1 sigue siendo muy grande. La gracia había arraigado y fructificado en su corazón después de haber sido librada de tantos males.


María se queda fuera del sepulcro llorando. Unos ángeles, que ella no reconoce como tales, le preguntan por qué llora. Se han llevado a mi Señor, les dice, y no sé dónde lo han puesto2. Es lo único que le importa en el mundo. A nosotros también es lo único que nos interesa por encima de cualquier otra cosa.


Dicho esto –nos sigue narrando el Evangelio de la Misa–, se volvió hacia atrás y vio a Jesús de pie, pero no sabía que era Jesús. María no ha dejado de llorar la ausencia del Señor. Y sus lágrimas no le dejan verlo cuando lo tiene tan cerca. Le dijo Jesús: Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas? Vemos a Cristo resucitado sonriente, amable y acogedor. Ella, pensando que era el hortelano, le dijo: Señor, si te lo has llevado tú, dime dónde lo has puesto y yo lo recogeré.


Bastó una sola palabra de Cristo para que sus ojos y su corazón se aclarasen. Jesús le dijo: ¡María! La palabra tiene esa inflexión única que Jesús da a cada nombre –también al nuestro– y que lleva aparejada una vocación, una amistad muy singular. Jesús nos llama por nuestros nombres, y su entonación es inconfundible.


La voz de Jesús no ha cambiado. Cristo resucitado conserva los rasgos humanos de Jesús pasible: la cadencia de su voz, el modo de partir el pan, los agujeros de los clavos en las manos y en los pies.


María se volvió, vio a Jesús, se arrojó a sus pies, y exclamó en arameo: ¡Rabbuni!, que quiere decir Maestro. Sus lágrimas, ahora incontenibles como río desbordado, son de alegría y de felicidad. San Juan ha querido dejarnos la palabra hebraica original –Rabbuni– con que tantas veces le llamaron. Es una palabra familiar, intocable. No es Jesús un «maestro», entre tantos, sino el Maestro, el único capaz de enseñar el sentido de la vida, el único que tiene palabras de vida eterna.


María fue a los Apóstoles a cumplir el encargo que le dio Jesús, y les dijo: ¡He visto al Señor! En sus palabras se transparenta una inmensa alegría. ¡Qué distinta su vida ahora que sabe que Cristo ha resucitado, de cuando solo buscaba honrar el Cuerpo muerto de Jesús!


¡Qué distinta también nuestra existencia cuando procuramos comportarnos según esta consoladora realidad: Jesucristo sigue entre nosotros! El mismo a quien aquella mañana María de Magdala confundió con el hortelano del lugar. «Cristo vive: Cristo no es una figura que pasó, que existió en un tiempo y que se fue, dejándonos un recuerdo y un ejemplo maravillosos (...).


»Su Resurrección nos revela que Dios no abandona a los suyos. ¿Puede la mujer olvidarse del fruto de su vientre, no compadecerse del hijo de sus entrañas? Pues aunque ella se olvidare, yo no me olvidaré de ti (Is 49, 14-15), había prometido. Y ha cumplido su promesa. Dios sigue teniendo sus delicias entre los hijos de los hombres (Cfr. Prov 8, 31)»3.


Jesús nos llama muchas veces por nuestro nombre, con su acento inconfundible. Está muy cerca de cada uno. Que las circunstancias externas –quizá las lágrimas, como a María Magdalena, por el dolor, el fracaso, la decepción, las penas, el desconsuelo– no nos impidan ver a Jesús que nos llama. Que sepamos purificar todo aquello que pueda hacer turbia nuestra mirada.


II. Cristo Jesús, la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, que se hizo hombre en el seno virginal de María, está en el Cielo con aquel mismo Cuerpo que asumió en la Encarnación, que murió en la Cruz y resucitó al tercer día. También nosotros, como María Magdalena, contemplaremos un día la Humanidad Santísima del Señor, y mientras tanto hemos de fomentar el deseo de verle: Oigo en mi corazón: «Buscad mi rostro». Tu rostro buscaré, Señor4. En el Cielo veremos a Jesús como es, sin imágenes oscuras; será el encuentro con quien nos conoce y a quien conocemos porque ya le hemos tratado en muchas ocasiones.


Además de estar en el Cielo, Cristo está realmente presente en la Sagrada Eucaristía. «La única e indivisible existencia de Cristo, el Señor glorioso en los cielos, no se multiplica, pero por el Sacramento se hace presente en varios lugares del orbe de la tierra, donde se realiza el sacrificio eucarístico. La misma existencia, después de celebrado el sacrificio, permanece presente en el Santísimo Sacramento, el cual, en el tabernáculo del altar, es como el corazón vivo de nuestros templos. Por lo cual estamos obligados, por obligación ciertamente suavísima, a honrar y a adorar en la Hostia Santa que nuestros ojos ven, al mismo Verbo encarnado que ellos no pueden ver, y que, sin embargo, se ha hecho presente delante de nosotros sin haber dejado los cielos»5. «La presencia de Jesús vivo en la Hostia Santa es la garantía, la raíz y la consumación de su presencia en el mundo»6.


Cristo vive, y está también presente con su virtud en los sacramentos; está en su Palabra, cuando en la Iglesia se lee la Sagrada Escritura; está presente cuando la Iglesia ora y se reúne en su nombre7. Vive en el cristiano de una manera íntima, profunda e inefable. Cumplió la promesa que hizo a los Apóstoles cuando se despedía de ellos en la Última Cena: Si alguno me ama, guardará mi palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él y en él haremos morada8. Dios habita en nuestra alma en gracia y ahí debemos buscarle, ahí debemos escucharle, pues nos habla, y le entenderemos, si tenemos el oído atento y el corazón limpio. A esa presencia se refiere San Pablo cuando afirma que cada uno de nosotros es templo del Espíritu Santo9.


San Agustín, al considerar la cercanía inefable de Dios en el alma, exclamaba: «¡Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé!; he aquí que tú estabas dentro de mí y yo fuera, y por fuera te buscaba (...). Tú estabas conmigo, mas yo no estaba contigo. Me tenían lejos de Ti las cosas que, si no estuviesen en Ti, no serían. Tú me llamaste claramente y rompiste mi sordera; brillaste, resplandeciste y curaste mi ceguedad»10.


En el alma en gracia, el Señor está más cerca que cualquier persona que esté a nuestro lado, más cerca que el hijo o el hermano que tenéis en vuestros brazos o lleváis de la mano; está más presente que el propio corazón. No dejemos de tratarle.


III. Cristo vive, y de diversos modos está entre nosotros y aun dentro de nosotros. Por eso debemos salir a su encuentro, esforzarnos por tener más conciencia de esa presencia inefable para que, teniéndole más presente, le tratemos más, y su amor crezca en nosotros. «Hay que tratar a Cristo, en la Palabra y en el Pan, en la Eucaristía y en la Oración. Y tratarlo como se trata a un amigo, a un ser real y vivo como Cristo lo es, porque ha resucitado. Cristo, leemos en la epístola a los Hebreos, como siempre permanece, posee eternamente el sacerdocio. De aquí que puede perpetuamente salvar a los que por medio suyo se presentan a Dios, puesto que está siempre vivo para interceder por nosotros (Heb 7, 24-25).


»Cristo, Cristo resucitado, es el compañero, el Amigo. Un compañero que se deja ver solo entre sombras, pero cuya realidad llena toda nuestra vida, y que nos hace desear su compañía definitiva»11. Si contemplamos a Cristo resucitado, si nos esforzamos en mirarlo con mirada limpia, comprenderemos hondamente que también ahora es posible seguirle de cerca, vivir junto a Él nuestra vida, que entonces se engrandece y adquiere un sentido nuevo.


Con el tiempo, entre Jesús y nosotros se irá estableciendo una relación personal –una fe amorosa– que puede ser hoy, al cabo de veinte siglos, tan auténtica y cierta como la de aquellos que le contemplaron resucitado y glorioso con las señales de la Pasión en su Cuerpo. Notaremos que, cada vez con más naturalidad, vamos refiriendo al Señor todas las cosas de nuestra existencia, y que no podríamos vivir sin Él. Encontrar al Señor nos supondrá en ocasiones una paciente y laboriosa búsqueda, comenzar y recomenzar cada día, quizá con la impresión de que estamos en la vida interior como al principio. Sin embargo, si luchamos, siempre estaremos más cerca de Jesús. Pero es preciso no dejar jamás que penetre el desaliento en nuestra alma por posibles retrocesos, muchas veces aparentes.


El ejemplo de María Magdalena, que persevera en la fidelidad al Señor en momentos difíciles, nos enseña que quien busca con sinceridad y constancia a Jesucristo acaba encontrándolo. En cualquier circunstancia de nuestra vida le hallaremos mucho más fácilmente si iniciamos nuestra búsqueda de la mano de la Virgen, nuestra Madre, a quien le decimos en la Salve: muéstranos a Jesús, fruto bendito de tu vientre.


4 de abril de 2021

PASCUA: RESURRECCION EL EJE DE NUESTRA FE


— La Resurrección del Señor, fundamento de nuestra fe. 

— La luz de Cristo, llamada al apostolado.

— Vivir la Pascua muy cerca de la Virgen.


I. En verdad ha resucitado el Señor, aleluya. A él la gloria y el poder por toda la eternidad.


«Al caer la tarde del sábado, María Magdalena y María, madre de Santiago, y Salomé compraron aromas para ir a embalsamar el cuerpo muerto de Jesús. —Muy de mañana, al otro día, llegan al sepulcro, salido ya el sol (Mc 16, 1-2). Y entrando, se quedan consternadas porque no hallan el cuerpo del Señor. —Un mancebo, cubierto de vestidura blanca, les dice: No temáis: sé que buscáis a Jesús Nazareno: non est hic, surrexit enim sicut dixit, —no está aquí, porque ha resucitado, según predijo (Mt 28, 5).


»¡Ha resucitado! —Jesús ha resucitado. No está en el sepulcro. —La Vida pudo más que la muerte».


La Resurrección gloriosa del Señor es la clave para interpretar toda su vida, y el fundamento de nuestra fe. Sin esa victoria sobre la muerte, dice San Pablo, toda predicación sería inútil y nuestra fe vacía de contenido3. Además, en la Resurrección de Cristo se apoya nuestra futura resurrección. Porque Dios, rico en misericordia, movido del gran amor con que nos amó, aunque estábamos muertos por el pecado, nos dio vida juntamente con Cristo... y nos resucitó con Él4. La Pascua es la fiesta de nuestra redención y, por tanto, fiesta de acción de gracias y de alegría.


La Resurrección del Señor es una realidad central de la fe católica, y como tal fue predicada desde los comienzos del Cristianismo. La importancia de este milagro es tan grande, que los Apóstoles son, ante todo, testigos de la Resurrección de Jesús5. Anuncian que Cristo vive, y este es el núcleo de toda su predicación. Esto es lo que, después de veinte siglos, nosotros anunciamos al mundo: ¡Cristo vive! La Resurrección es el argumento supremo de la divinidad de Nuestro Señor.


Después de resucitar por su propia virtud, Jesús glorioso fue visto por los discípulos, que pudieron cerciorarse de que era Él mismo: pudieron hablar con Él, le vieron comer, comprobaron las huellas de los clavos y de la lanza... Los Apóstoles declaran que se manifestó con numerosas pruebas6, y muchos de estos hombres murieron testificando esta verdad.


Jesucristo vive. Y esto nos colma de alegría el corazón. «Esta es la gran verdad que llena de contenido nuestra fe. Jesús, que murió en la cruz, ha resucitado, ha triunfado de la muerte, del poder de las tinieblas, del dolor y de la angustia (...): en Él, lo encontramos todo; fuera de Él, nuestra vida queda vacía»7.


«Se apareció a su Madre Santísima. —Se apareció a María de Magdala, que está loca de amor. —Y a Pedro y a los demás Apóstoles. —Y a ti y a mí, que somos sus discípulos y más locos que la Magdalena: ¡qué cosas le hemos dicho!


»Que nunca muramos por el pecado; que sea eterna nuestra resurrección espiritual. —Y (...) has besado tú las llagas de sus pies..., y yo más atrevido –por más niño– he puesto mis labios sobre su costado abierto»8.


II. Dice bellamente San León Magno9 que Jesús se apresuró a resucitar cuanto antes porque tenía prisa en consolar a su Madre y a los discípulos: estuvo en el sepulcro el tiempo estrictamente necesario para cumplir los tres días profetizados. Resucitó al tercer día, pero lo antes que pudo, al amanecer, cuando aún estaba oscuro10, anticipando el amanecer con su propia luz.


El mundo había quedado a oscuras. Solo la Virgen María era un faro en medio de tantas tinieblas. La Resurrección es la gran luz para todo el mundo: Yo soy la luz11, había dicho Jesús; luz para el mundo, para cada época de la historia, para cada sociedad, para cada hombre.


Ayer noche, mientras participábamos –si nos fue posible– en la liturgia de la Vigilia pascual, vimos cómo al principio reinaba en el templo una oscuridad total, imagen de las tinieblas en las que se debate la humanidad sin Cristo, sin la revelación de Dios. En un instante el celebrante proclamó la conmovedora y feliz noticia: La luz de Cristo, que resucita glorioso, disipe las tinieblas del corazón y del espíritu12. Y de la luz del cirio pascual, que simboliza a Cristo, todos los fieles recibieron la luz: el templo quedó iluminado con la luz del cirio pascual y de todos los fieles. Es la luz que la Iglesia derrama sobre toda la tierra sumida en tinieblas.


La Resurrección de Cristo es una fuerte llamada al apostolado: ser luz y llevar la luz a otros. Para eso hemos de estar unidos a Cristo. «Instaurare omnia in Christo, da como lema San Pablo a los cristianos de Éfeso (Ef 1, 10); informar el mundo entero con el espíritu de Jesús, colocar a Cristo en la entraña de todas las cosas. Si exaltatus fuero a terra, omnia traham ad meipsum (Jn 12, 32), cuando sea levantado en alto sobre la tierra, todo lo atraeré hacia mí. Cristo con su Encarnación, con su vida de trabajo en Nazareth, con su predicación y milagros por las tierras de Judea y de Galilea, con su muerte en la Cruz, con su Resurrección, es el centro de la creación, Primogénito y Señor de toda criatura.


»Nuestra misión de cristianos es proclamar esa Realeza de Cristo, anunciarla con nuestra palabra y con nuestras obras. Quiere el Señor a los suyos en todas las encrucijadas de la tierra. A algunos los llama al desierto, a desentenderse de los avatares de la sociedad de los hombres, para hacer que esos mismos hombres recuerden a los demás, con su testimonio, que existe Dios. A otros, les encomienda el ministerio sacerdotal. A la gran mayoría, los quiere en medio del mundo, en las ocupaciones terrenas. Por lo tanto, deben estos cristianos llevar a Cristo a todos los ámbitos donde se desarrollan las tareas humanas: a la fábrica, al laboratorio, al trabajo de la tierra, al taller del artesano, a las calles de las grandes ciudades y a los senderos de montaña»13.


III. La Virgen, que estuvo acompañada por las santas mujeres en las horas tremendas de la crucifixión de su Hijo, no acompañó a estas en el piadoso intento de terminar de embalsamar el Cuerpo muerto de Jesús. María Magdalena y las demás mujeres que le habían seguido desde Galilea han olvidado las palabras del Señor acerca de su Resurrección al tercer día. La Virgen Santísima sabe que resucitará. En un clima de oración, que nosotros no podemos describir, Ella espera a su Hijo glorificado.


«Los evangelios no nos hablan de una aparición de Jesús resucitado a María. De todos modos, como Ella estuvo de manera especialmente cercana a la cruz del Hijo, hubo de tener también una experiencia privilegiada de su resurrección»14. Una tradición antiquísima de la Iglesia nos transmite que Jesús se apareció en primer lugar y a solas a su Madre. En primer término, porque Ella es la primera y principal corredentora del género humano, en perfecta unión con su Hijo. A solas, puesto que esta aparición tenía una razón de ser muy diferente de las demás apariciones a las mujeres y a los discípulos. A estos había que reconfortarlos y ganarlos definitivamente para la fe. La Virgen, que ya había sido constituida Madre del género humano reconciliado con Dios, no dejó en ningún momento de estar en perfecta unión con la Trinidad Beatísima. Toda la esperanza en la Resurrección de Jesús que quedaba sobre la tierra se había cobijado en su corazón.


No sabemos de qué manera tuvo lugar la aparición de Jesús a su Madre. A María Magdalena se le apareció de forma que ella no le reconoció en un primer momento. A los dos discípulos de Emaús se les unió como un hombre que iba de viaje. A los Apóstoles reunidos en el Cenáculo se les apareció con las puertas cerradas... A su Madre, en una intimidad que podemos imaginar, se le mostró en tal forma que Ella conociera, en todo caso, su estado glorioso y que ya no continuaría la misma vida de antes sobre la tierra15. La Virgen, después de tanto dolor, se llenó de una inmensa alegría. «No sale tan hermoso el lucero de la mañana –dice fray Luis de Granada–, como resplandeció en los ojos de la Madre aquella cara llena de gracias y aquel espejo sin mancilla de la gloria divina. Ve el cuerpo del Hijo resucitado y glorioso, despedidas ya todas las fealdades pasadas, vuelta la gracia de aquellos ojos divinos y resucitada y acrecentada su primera hermosura. Las aberturas de las llagas, que eran para la Madre como cuchillos de dolor, verlas hechas fuentes de amor; al que vio penar entre ladrones, verle acompañado de ángeles y santos; al que la encomendaba desde la cruz al discípulo ve cómo ahora extiende sus amorosos brazos y le da dulce paz en el rostro; al que tuvo muerto en sus brazos, verle ahora resucitado ante sus ojos. Tiénele, no le deja; abrázale y pídele que no se le vaya; entonces, enmudecida de dolor, no sabía qué decir; ahora, enmudecida de alegría, no puede hablar»16. Nosotros nos unimos a esta inmensa alegría.


Se cuenta que Santo Tomás de Aquino, cada año en esta fiesta, aconsejaba a sus oyentes que no dejaran de felicitar a la Virgen por la Resurrección de su Hijo17. Es lo que hacemos nosotros, comenzando hoy a rezar el Regina Coeli, que ocupará el lugar del Ángelus durante el tiempo Pascual: Alégrate, Reina del cielo, ¡aleluya!, porque Aquel a quien mereciste llevar dentro de ti ha resucitado, según predijo... Y le pedimos que nosotros resucitemos en íntima unión con Jesucristo. Hagamos el propósito de vivir este tiempo pascual muy cerca de Santa María.

22 de noviembre de 2020

EL REINADO DE CRISTO

 


— Un reinado de justicia y de amor.

— Que Cristo reine en nuestra inteligencia, en nuestra voluntad, en todas las acciones...

— Extender el Reino de Cristo.


I. El Señor se sienta como rey eterno, el Señor bendice a su pueblo con la paz1, nos recuerda una de las Antífonas de la Misa.


La Solemnidad que celebramos «es como una síntesis de todo el misterio salvífico»2. Con ella se cierra el año litúrgico, después de haber celebrado todos los misterios de la vida del Señor, y se presenta a nuestra consideración a Cristo glorioso, Rey de toda la creación y de nuestras almas. Aunque las fiestas de Epifanía, Pascua y Ascensión son también de Cristo Rey y Señor de todo lo creado, la de hoy fue especialmente instituida para mostrar a Jesús como el único soberano ante una sociedad que parece querer vivir de espaldas a Dios3.


En los textos de la Misa se pone de manifiesto el amor de Cristo Rey, que vino a establecer su reinado, no con la fuerza de un conquistador, sino con la bondad y mansedumbre del pastor: Yo mismo en persona buscaré a mis ovejas siguiendo su rastro. Como un pastor sigue el rastro de su rebaño cuando se encuentran las ovejas dispersas, así seguiré Yo el rastro de mis ovejas; y las libraré, sacándolas de todos los lugares donde se desperdigaron el día de los nubarrones y de la oscuridad4. Con esta solicitud buscó el Señor a los hombres dispersos y alejados de Dios por el pecado. Y como estaban heridos y enfermos, los curó y vendó sus heridas. Tanto los amó que dio la vida por ellos. «Como Rey viene para revelar el amor de Dios, para ser el Mediador de la Nueva Alianza, el Redentor del hombre. El Reino instaurado por Jesucristo actúa como fermento y signo de salvación para construir un mundo más justo, más fraterno, más solidario, inspirado en los valores evangélicos de la esperanza y de la futura bienaventuranza, a la que todos estamos llamados. Por esto en el Prefacio de la celebración eucarística de hoy se habla de Jesús que ha ofrecido al Padre un reino de verdad y de vida, de santidad y de gracia, de justicia, de amor y de paz»5. Así es el Reino de Cristo, al que somos llamados para participar en él y para extenderlo a nuestro alrededor con un apostolado fecundo. El Señor ha de estar presente en familiares, amigos, vecinos, compañeros de trabajo... «Ante los que reducen la religión a un cúmulo de negaciones, o se conforman con un catolicismo de media tinta; ante los que quieren poner al Señor de cara a la pared, o colocarle en un rincón del alma...: hemos de afirmar, con nuestras palabras y con nuestras obras, que aspiramos a hacer de Cristo un auténtico Rey de todos los corazones.... también de los suyos»6.


II. Oportet autem illum regnare..., es necesario que Él reine...7.


San Pablo enseña que la soberanía de Cristo sobre toda la creación se cumple ya en el tiempo, pero alcanzará su plenitud definitiva tras el juicio universal. El Apóstol presenta este acontecimiento, misterioso para nosotros, como un acto de solemne homenaje al Padre: Cristo ofrecerá como un trofeo toda la creación, le brindará el Reino que hasta entonces le había encomendado8. Su venida gloriosa al fin de los tiempos, cuando haya establecido el cielo nuevo y la tierra nueva9, llevará consigo el triunfo definitivo sobre el demonio, el pecado, el dolor y la muerte10.


Mientras tanto, la actitud del cristiano no puede ser pasiva ante el reinado de Cristo en el mundo. Nosotros deseamos ardientemente ese reinado: ¡Oportet illum regnare...! Es necesario que reine en primer lugar en nuestra inteligencia, mediante el conocimiento de su doctrina y el acatamiento amoroso de esas verdades reveladas; es necesario que reine en nuestra voluntad, para que obedezca y se identifique cada vez más plenamente con la voluntad divina; es preciso que reine en nuestro corazón, para que ningún amor se interponga al amor a Dios; es necesario que reine en nuestro cuerpo, templo del Espíritu Santo11; en nuestro trabajo, camino de santidad... «¡Qué grande eres Señor y Dios nuestro! Tú eres el que pones en nuestra vida el sentido sobrenatural y la eficacia divina. Tú eres la causa de que, por amor de tu Hijo, con todas las fuerzas de nuestro ser, con el alma y con el cuerpo podamos repetir: oportet illum regnare!, mientras resuena la copla de nuestra debilidad, porque sabes que somos criaturas»12.


La fiesta de hoy es como un adelanto de la segunda venida de Cristo en poder y majestad, la venida gloriosa que llenará los corazones y secará toda lágrima de infelicidad. Pero es a la vez una llamada y acicate para que a nuestro alrededor el espíritu amable de Cristo impregne todas las realidades terrenas, pues «la esperanza de una tierra nueva no debe atenuar, sino más bien estimular, el empeño por cultivar esta tierra, en donde crece ese cuerpo de la nueva familia humana que ya nos puede ofrecer un cierto esbozo del mundo nuevo. Por lo tanto, aunque haya que distinguir con cuidado el progreso terreno del desarrollo del Reino de Cristo, sin embargo, el progreso terreno, en cuanto que puede ayudar a organizar mejor la sociedad humana, es de gran importancia para el Reino de Dios.


»Los bienes de la dignidad humana, de la comunión fraterna y de la libertad –es decir, todos los bienes de la naturaleza y los frutos de nuestro esfuerzo– los volveremos a encontrar, después de que los hayamos propagado (...), y esta vez ya limpios de toda mancha, iluminados y transfigurados, cuando Cristo devuelva al Padre el Reino eterno y universal (...). El Reino está ya presente misteriosamente en esta tierra; y cuando el Señor venga alcanzará su perfección»13. Nosotros colaboramos en la extensión del reinado de Jesús cuando procuramos hacer más humano y más cristiano el pequeño mundo que nos rodea, el que cada día frecuentamos.


III. A la pregunta de Pilato, contestó Jesús: Mi reino no es de este mundo... Y ante la nueva interpelación del Procurador, respondió: Yo soy Rey. Para esto he nacido...14. No siendo de este mundo, el Reino de Cristo comienza ya aquí. Se extiende su reinado en medio de los hombres cuando estos se sienten hijos de Dios, se alimentan de Él y viven para Él. Cristo es un Rey a quien se le ha dado todo poder en el Cielo y en la tierra, y gobierna siendo manso y humilde de corazón15, sirviendo a todos, porque ha venido no a ser servido, sino a servir, y dar su vida para la redención de muchos. Su trono fue primero el pesebre de Belén, y luego la Cruz del Calvario. Siendo el Príncipe de los reyes de la tierra16, no exige más tributos que la fe y el amor.


Un ladrón fue el primero en reconocer su realeza: Jesús -le decía con una fe sencilla y humilde-, acuérdate de mí cuando estés en tu Reino17. El título que para muchos fue motivo de escándalo y de injurias, será la salvación de este hombre en el que ha ido arraigando la fe, cuando más oculta parecía estar la divinidad del Salvador, que «concede siempre más de lo que se le pide: el ladrón solo pedía que se acordase de él; pero el Señor le dice: En verdad te digo: hoy estarás conmigo en el Paraíso. La vida consiste en habitar con Jesucristo, y donde está Jesucristo allí está su Reino»18.


En la fiesta de hoy oímos al Señor que nos dice en la intimidad de nuestro corazón: Yo tengo sobre ti pensamientos de paz y no de aflicción19, y hacemos el propósito de arreglar en nuestro corazón lo que no sea conforme con el querer de Cristo. A la vez, le pedimos poder colaborar en esa tarea grande de extender su reinado a nuestro alrededor y en tantos lugares donde aún no le conocen. «A esto hemos sido llamados los cristianos, esa es nuestra tarea apostólica y el afán que nos debe comer el alma: lograr que sea realidad el reino de Cristo, que no haya más odios ni más crueldades, que extendamos en la tierra el bálsamo fuerte y pacífico del amor». Esto solo lo lograremos acercando a muchos a Jesús, mediante un apostolado constante y eficaz entre las personas que diariamente pasan cerca de nuestra vida.


Para hacer realidad nuestros deseos acudimos, una vez más, a Nuestra Señora. «María, la Madre santa de nuestro Rey, la Reina de nuestro corazón, cuida de nosotros como solo Ella sabe hacerlo. Madre compasiva, trono de la gracia: te pedimos que sepamos componer en nuestra vida y en la vida de los que nos rodean, verso a verso, el poema sencillo de la caridad, quasi fluvium pacis (Is 66, 12), como un río de paz. Porque Tú eres mar de inagotable misericordia».