"Hago todos los días mi "ratito" de oración: ¡si no fuera por eso!" (Camino, 106)

29 de enero de 2018

TIEMPO ORDINARIO 4a SEMANA LUNES

Marcos 5,1-20.

Llegaron a la otra orilla del mar, a la región de los gerasenos. 
Apenas Jesús desembarcó, le salió al encuentro desde el cementerio un hombre poseído por un espíritu impuro. 
El habitaba en los sepulcros, y nadie podía sujetarlo, ni siquiera con cadenas. 
Muchas veces lo habían atado con grillos y cadenas, pero él había roto las cadenas y destrozado los grillos, y nadie podía dominarlo. 
Día y noche, vagaba entre los sepulcros y por la montaña, dando alaridos e hiriéndose con piedras. 
Al ver de lejos a Jesús, vino corriendo a postrarse ante él, 
gritando con fuerza: "¿Qué quieres de mí, Jesús, Hijo de Dios, el Altísimo? ¡Te conjuro por Dios, no me atormentes!". 
Porque Jesús le había dicho: "¡Sal de este hombre, espíritu impuro!". 
Después le preguntó: "¿Cuál es tu nombre?". El respondió: "Mi nombre es Legión, porque somos muchos". 
Y le rogaba con insistencia que no lo expulsara de aquella región. 
Había allí una gran piara de cerdos que estaba paciendo en la montaña. 
Los espíritus impuros suplicaron a Jesús: "Envíanos a los cerdos, para que entremos en ellos". 
El se lo permitió. Entonces los espíritus impuros salieron de aquel hombre, entraron en los cerdos, y desde lo alto del acantilado, toda la piara -unos dos mil animales- se precipitó al mar y se ahogó. 
Los cuidadores huyeron y difundieron la noticia en la ciudad y en los poblados. La gente fue a ver qué había sucedido. 
Cuando llegaron adonde estaba Jesús, vieron sentado, vestido y en su sano juicio, al que había estado poseído por aquella Legión, y se llenaron de temor. 
Los testigos del hecho les contaron lo que había sucedido con el endemoniado y con los cerdos. 
Entonces empezaron a pedir a Jesús que se alejara de su territorio. 
En el momento de embarcarse, el hombre que había estado endemoniado le pidió que lo dejara quedarse con él. 
Jesús no se lo permitió, sino que le dijo: "Vete a tu casa con tu familia, y anúnciales todo lo que el Señor hizo contigo al compadecerse de ti". 
El hombre se fue y comenzó a proclamar por la región de la Decápolis lo que Jesús había hecho por él, y todos quedaban admirados. 

DESPRENDIMIENTO Y VIDA CRISTIANA


— La presencia de Jesús en nuestra vida puede significar, alguna vez, perder algo temporal. Jesús vale más.

— Todas las cosas deben ser medios que nos acerquen a Cristo.

— Desprendimiento. Algunos detalles.

I. Nos dice San Marcos en el Evangelio de la Misa1 que llegó Jesús a la región de los gerasenos, una tierra de gentiles, al otro lado del lago de Genesaret. Allí, nada más dejar la barca, le salió al encuentro un endemoniado que, postrado ante Él, gritaba: ¿Qué tienes que ver conmigo, Jesús, hijo de Dios Altísimo? Te pido por Dios que no me atormentes. Porque Jesús le estaba diciendo: Espíritu inmundo, sal de este hombre. Jesús le preguntó por su nombre, y él respondió: Me llamo Legión, porque somos muchos. Y le rogaba con insistencia que no los expulsara de aquella región. Cerca del lugar donde ellos se encontraban pacía una gran piara de cerdos.

La aparición del Mesías lleva consigo la derrota del reino de Satanás, que por eso muestra su resistencia de modo tan acentuado en numerosos pasajes del Evangelio. Como en los demás milagros, cuando Jesús expulsa a los demonios pone de relieve su poder redentor. El Señor se presenta siempre en la vida de los hombres librándolos de los males que les oprimen: Pasó haciendo el bien y sanando a todos los que habían caído bajo el poder del diablo2, dirá San Pedro en el discurso ante Cornelio y su familia, resumiendo esta y otras muchas expulsiones de demonios que hizo el Señor.

Aquí los demonios hablan por boca de este hombre y se quejan de que Jesús haya venido a destruir su reino en la tierra. Y le piden quedarse en aquel lugar. Por eso quieren entrar en los cerdos. Era también, quizá, una manera de perjudicar y de vengarse de aquellas gentes, y de alborotarlas contra Jesús. El Señor accede, con todo, a la petición de los demonios. Entonces, la piara corrió con ímpetu por la pendiente hacia el mar y pereció en el agua. Los porqueros huyeron y dieron la noticia en la ciudad y en el campo. Y la gente fue a ver lo que había pasado.

San Marcos nos indica expresamente que eran alrededor de dos mil los cerdos que se ahogaron. Debió de significar una gran pérdida para aquellos gentiles. Quizá sea el rescate pedido a este pueblo por librar a uno de los suyos del poder del demonio: han perdido unos cerdos, pero han recuperado a un hombre. Y este endemoniado, este hombre «rebelde y dividido, con dominio miserable de una multitud de espíritus impuros, ¿no ofrece por ventura algún parecido con un tipo humano que no es ajeno a nuestro tiempo? En todo caso, el alto costo pagado por la liberación de aquel hombre, la hecatombe de la piara de los dos mil cerdos ahogados en las aguas del mar de Galilea, tal vez sea el índice del elevado precio que tiene el rescate del hombre pagano contemporáneo. Un costo valorable también en riquezas que se pierden; un rescate cuyo precio es la pobreza del que generosamente intenta redimirle. La pobreza real de los cristianos quizá sea el valor que Dios haya fijado por el rescate del hombre de hoy. Y vale la pena pagarlo (...); un solo hombre vale mucho más que dos mil cerdos»3, vale más que todo el mundo creado con sus riquezas y sus maravillas.

Sin embargo, sobre estas gentes pesa más el daño temporal que la liberación del endemoniado. En el cambio de un hombre por unos cerdos se inclinan por estos, por los cerdos. Ellos, al ver lo que había pasado, rogaron a Jesús que se marchara de su país. Cosa que el Señor hizo enseguida.

La presencia de Jesús en nuestras vidas puede significar, alguna vez, perder la ocasión de un buen negocio, porque no era del todo limpio, o por no poder competir con los mismos medios ilícitos que nuestros colegas..., o, sencillamente, porque quiere que ganemos su corazón con nuestra pobreza. Y siempre nos pedirá el Señor, para permanecer junto a Él, un desprendimiento efectivo de los bienes, una pobreza cristiana real, que señale con claridad la primacía de lo espiritual sobre lo material, y del fin último –la salvación, la nuestra y la del prójimo– sobre los fines temporales del bienestar humano.

II. Le pidieron a Jesús que se alejase de su región. No incurramos nosotros jamás en la aberración de decir a Jesús que se aleje de nuestra vida, porque por manifestarnos como cristianos perdamos en alguna circunstancia un cargo público, un puesto de trabajo, o debamos sufrir un perjuicio material de cualquier clase. Al contrario, hemos de decirle muchas veces al Señor, con las palabras que el sacerdote pronuncia en secreto antes de la Comunión en la Santa Misa: fac me tuis semper inhaerere mandatis, et a te numquam separari permittas: haz que cumpla siempre tus mandatos y no permitas que me separe nunca de Ti. Es preferible estar con Cristo sin nada, que estar sin Él y tener todos los tesoros del mundo juntos. «Bien sabe la Iglesia que solo Dios, al que ella sirve, responde a las aspiraciones más profundas del corazón humano, el cual nunca se sacia plenamente con solo los elementos humanos»4.

Todas las cosas de la tierra son medios para acercarnos a Dios. Si no sirven para eso, no sirven ya para nada. Más vale Jesús que cualquier negocio, más que la vida misma. «Si destierras de ti a Jesús y lo pierdes, ¿a dónde irás?, ¿a quién buscarás por amigo? Sin amigo no puedes vivir mucho; y si no fuere Jesús tu especialísimo amigo, estarás triste y desconsolado»5. Perderás mucho en esta vida, y todo en la otra.

Los primeros cristianos, y muchos hombres y mujeres a lo largo de los siglos, han preferido el martirio antes que perder a Cristo. «Durante las persecuciones de los primeros siglos, las penas habituales eran la muerte, la deportación y el exilio.

»Hoy, a la prisión, a los campos de concentración o de trabajos forzados, a la expulsión de la propia patria, se han unido otras penas menos llamativas pero más sutiles: no es ya una muerte sangrienta, sino una especie de muerte civil; no solo la segregación en una prisión o en un campo, sino la restricción permanente de la libertad personal o la discriminación social (...)»6. ¿Seremos nosotros capaces de perder, si fuera necesario, la honra o la fortuna, a cambio de permanecer con Dios?

Seguir a Jesús no es compatible con todo. Hay que elegir, y renunciar a todo lo que sea un impedimento para estar con Él. Para eso, debemos tener muy enraizada en el alma una clara disposición de horror al pecado, pidiendo al Señor y a su Madre que aparten de nosotros todo lo que nos separe de Él: «Madre, líbranos a tus hijos –a cada una, a cada uno– de toda mancha, de todo lo que nos aparte de Dios, aunque tengamos que sufrir, aunque nos cueste la vida»7. ¿Para qué queremos el mundo entero si perdiéramos a Jesús?

III. «Y que entre los moradores de aquella región había gentes necias –comenta San Juan Crisóstomo– bien claro se ve por el desenlace de todo este episodio. Porque cuando debían haberse postrado en adoración y admirar su poder, le mandaron recado suplicándole que se marchara de sus términos»8. Jesús fue a visitarles y no supieron comprender quién estaba allí, a pesar de los prodigios que había hecho. Esta fue la mayor necedad de estas gentes: no reconocer a Jesús.

El Señor pasa cerca de nuestra vida todos los días. Si tenemos el corazón apegado a las cosas materiales no le reconoceremos; y hay muchas formas, algunas muy sutiles, de decirle que se vaya de nuestros dominios, de nuestra vida, ya que nadie puede servir a dos señores, porque o tendrá aversión al uno y amor al otro, o prestará su adhesión al primero y menospreciará al segundo: no podéis servir a Dios y a las riquezas9.

Conocemos por propia experiencia el peligro que corremos de servir a los bienes terrenos, en sus múltiples manifestaciones de deseo desordenado de mayores bienes, aburguesamiento, comodidad, lujo, caprichos, gastos innecesarios, etc.; y vemos también lo que ocurre a nuestro alrededor: «Muchos hombres parecen guiarse por la economía, de tal manera que casi toda su vida personal y social está como teñida de cierto espíritu materialista»10. Piensan que su felicidad está en los bienes materiales y se llenan de ansiedad por conseguirlos.

Nosotros debemos estar desprendidos de todo cuanto tenemos. De este modo, sabremos utilizar todos los bienes de la tierra según lo dispuesto por Dios, y tendremos el corazón en Él y en los bienes que nunca se agotan. El desasimiento hace de la vida un sabroso camino de austeridad y eficacia. El cristiano ha de examinar con frecuencia si se mantiene vigilante para no caer en la comodidad, o en un aburguesamiento que no se compagina de ninguna forma con ser discípulo de Cristo; si procura no crearse necesidades superfluas; si las cosas de la tierra le acercan o le separan de Dios. Siempre podemos y debemos ser parcos en las necesidades personales, frenando los gastos superfluos, no cediendo a los caprichos, venciendo la tendencia a crearse falsas necesidades, siendo generosos en la limosna.

También podemos considerar hoy en nuestra oración si estamos dispuestos a tirar lejos de nosotros lo que nos estorbe para acercarnos a Cristo, como hizo Bartimeo, aquel ciego que pedía limosna en las afueras de Jericó11.

El Señor vale infinitamente más que todos los bienes creados. No ocurrirá en nuestra vida como en la de aquellos gerasenos: toda la ciudad salió al encuentro de Jesús y, al verle, le rogaron que se alejara de su región12. Nosotros, por el contrario, digámosle, con las palabras de la oración de San Buenaventura para después de la Comunión: que Tú seas siempre (...) mi herencia, mi posesión, mi tesoro, en el cual esté siempre fija y firme e inconmoviblemente arraigada mi alma y mi corazón13. Señor, ¿a dónde iría yo sin Ti?

28 de enero de 2018

TIEMPO ORDINARIO 4a SEMANA DOMINGO

Marcos 1,21-28.

Entraron en Cafarnaún, y cuando llegó el sábado, Jesús fue a la sinagoga y comenzó a enseñar. 
Todos estaban asombrados de su enseñanza, porque les enseñaba como quien tiene autoridad y no como los escribas. 
Y había en la sinagoga un hombre poseído de un espíritu impuro, que comenzó a gritar: 
"¿Qué quieres de nosotros, Jesús Nazareno? ¿Has venido para acabar con nosotros? Ya sé quién eres: el Santo de Dios". 
Pero Jesús lo increpó, diciendo: "Cállate y sal de este hombre". 
El espíritu impuro lo sacudió violentamente y, dando un gran alarido, salió de ese hombre. 
Todos quedaron asombrados y se preguntaban unos a otros: "¿Qué es esto? ¡Enseña de una manera nueva, llena de autoridad; da órdenes a los espíritus impuros, y estos le obedecen!". 
Y su fama se extendió rápidamente por todas partes, en toda la región de Galilea. 

LA ESCLAVITUD DEL PECADO

— Cristo ha venido a librarnos del demonio y del pecado.

— La malicia del pecado.

— El carácter liberador de la Confesión. La lucha para evitar los pecados veniales.

I. El Evangelio de la Misa de este domingo1 nos habla de la curación de un endemoniado. La victoria sobre el espíritu inmundo –eso significa Belial o Belcebú, nombre que se asigna en la Escritura al demonio2– es una señal más de la llegada del Mesías, que viene a liberar a los hombres de su más temible esclavitud: la del demonio y el pecado.

Este hombre atormentado de Cafarnaún decía a gritos: ¿Qué hay entre nosotros y tú, Jesús Nazareno? ¿Has venido a perdernos? ¡Sé quién eres tú, el Santo de Dios! Y Jesús le mandó con imperio: Calla, y sal de él. Y se quedaron todos estupefactos.

No se excluye –enseña Juan Pablo II– que en ciertos casos el espíritu maligno llegue incluso a ejercitar su influjo no solo sobre las cosas materiales, sino también sobre el cuerpo del hombre, por lo que se habla de «posesiones diabólicas»3. No resulta siempre fácil discernir lo que hay de preternatural en estos casos, ni la Iglesia condesciende o secunda fácilmente la tendencia a atribuir muchos hechos o intervenciones directas al demonio; pero en principio no se puede negar que, en su afán de dañar y conducir al mal, Satanás pueda llegar a esta extrema expresión de su superioridad4. La posesión diabólica aparece en el Evangelio acompañada ordinariamente de manifestaciones patológicas: epilepsia, mudez, sordera... Los posesos pierden frecuentemente el dominio sobre sí mismos, sobre sus gestos y palabras; en ocasiones son instrumentos del demonio. Por eso, estos milagros que realiza el Señor manifiestan la llegada del reino de Dios y la expulsión del diablo fuera de los dominios del reino: Ahora el príncipe de este mundo va a ser arrojado fuera5. Cuando vuelven los setenta y dos discípulos, llenos de alegría por los resultados de su misión apostólica, le dicen a Jesús: Señor, hasta los demonios se nos someten en tu nombre. Y el Maestro les contesta: Veía yo a Satanás caer del cielo como un rayo6. Desde la llegada de Cristo el demonio se bate en retirada, aunque es mucho su poder y «su presencia se hace más fuerte a medida que el hombre y la sociedad se alejan de Dios»7; mediante el pecado mortal muchos hombres quedan sujetos a la esclavitud del demonio8, se alejan del reino de Dios para penetrar en el reino de las tinieblas, del mal; en un grado u otro, se convierten en instrumento del mal en el mundo, y quedan sometidos a la peor de las esclavitudes. En verdad os digo: todo el que comete pecado, esclavo es del pecado9. Y el dominio del diablo puede adoptar otras formas de apariencia más normal, menos llamativa.

Debemos permanecer vigilantes, para discernir y rechazar las insidias del tentador, que no se concede pausa en su afán de dañarnos, ya que, tras el pecado original, hemos quedado sujetos a las pasiones y expuestos al asalto de la concupiscencia y del demonio: fuimos vendidos como esclavos al pecado10. «Toda la vida humana, individual y colectiva, se presenta como lucha –lucha dramática– entre el bien y el mal, entre la luz y las tinieblas. Es más: el hombre se siente incapaz de someter con eficacia por sí solo los ataques del mal, hasta el punto de sentirse como aherrojado entre cadenas»11. Por eso, hemos de dar todo su sentido a la última de las peticiones que Cristo nos enseñó en el Padrenuestro: líbranos del mal, manteniendo a raya la concupiscencia y combatiendo, con la ayuda de Dios, la influencia del demonio, siempre al acecho, que inclina al pecado.

Además del hecho histórico concreto que nos muestra el Evangelio, con la luz de la fe podemos ver en este poseso a todo pecador que quiere convertirse a Dios, librándose de Satanás y del pecado, pues Jesús no ha venido a liberarnos «de los pueblos dominadores, sino del demonio; no de la cautividad del cuerpo, sino de la malicia del alma»12.

«Líbranos, oh Señor, del Mal, del Maligno; no nos dejes caer en la tentación. Haz, por tu infinita misericordia, que no cedamos ante la infidelidad a la cual nos seduce aquel que ha sido infiel desde el comienzo»13.

II. La experiencia de la ofensa a Dios es una realidad. Y con facilidad el cristiano descubre esa huella profunda de mal y ve un mundo esclavizado por el pecado14. La Iglesia nos enseña que existen pecados mortales por naturaleza –que causan la muerte espiritual, la pérdida de la vida sobrenatural–, mientras otros son veniales, los cuales, aunque no se oponen radicalmente a Dios, obstaculizan el ejercicio de las virtudes sobrenaturales y disponen para caer en pecados graves.

San Pablo nos recuerda que fuimos rescatados a un precio muy alto15 y nos exhorta con firmeza a no volver de nuevo a la esclavitud; hemos de ser sinceros con nosotros mismos, para evitar reincidir, avivando en nuestras almas el afán de santidad. «El primer requisito para desterrar ese mal (...), es procurar conducirse con la disposición clara, habitual y actual, de aversión al pecado. Reciamente, con sinceridad, hemos de sentir –en el corazón y en la cabeza– horror al pecado grave. Y también ha de ser nuestra la actitud, hondamente arraigada, de abominar del pecado venial deliberado, de esas claudicaciones que no nos privan de la gracia divina, pero debilitan los cauces por los que nos llega»16.

El pecado mortal es la peor desgracia que le puede suceder a un cristiano. Cuando este se mueve por el amor, todo sirve a la gloria de Dios y para servicio de sus hermanos los hombres, y las mismas realidades terrenas son santificadas: el hogar, la profesión, el deporte, la política... Por el contrario, cuando se deja seducir por el demonio, su pecado introduce en el mundo un principio de desorden radical, que lo aleja de su Creador y es causa de todos los horrores que en él se encuentran. Pidamos al Señor esa pureza de conciencia que nos lleve a no cohonestar, a no acostumbrarnos, a abominar de toda ofensa a Dios; hemos de hacer nuestro aquel lamento –de fuerte sentido de desagravio– del profeta Jeremías: Pasmaos, cielos, de esto y horrorizaos sobremanera, dice Yahvé. Un doble crimen ha cometido mi pueblo: dejarme a mí, fuente de agua viva, para excavarse cisternas agrietadas incapaces de retener el agua17. Aquí reside la maldad del pecado: en que los hombres, habiendo conocido a Dios, no lo glorificaron como a Dios, sino que se envanecieron con sus razonamientos y quedó su insensato corazón lleno de tinieblas..., dando culto y sirviendo a las criaturas en lugar de adorar al Creador18.

El pecado, un solo pecado, ejerce, de una forma a veces oculta y otras visible y palpable, una misteriosa influencia sobre la familia, los amigos, la Iglesia y sobre la entera humanidad. Si un sarmiento enferma, todo el organismo se resiente; si un sarmiento queda estéril, la vid no produce ya el fruto que de ella se esperaba; es más, otros sarmientos pueden también enfermar y morir.

Renovemos hoy el firme propósito de alejarnos de todo aquello (espectáculos, lecturas inconvenientes, ambientes donde desentona la presencia de un hombre, de una mujer que sigue a Cristo...) que pueda ser ocasión de ofender a Dios. Amemos mucho el sacramento de la Penitencia y enseñemos a amarlo con una profunda catequesis sobre este sacramento, y meditemos con frecuencia la Pasión del Señor para entender más la malicia del pecado. Pidamos al Señor que sea una realidad en nuestras vidas esa sentencia popular llena de sentido: «antes morir que pecar».

III. Si nos percatamos –nunca penetraremos bastante en la realidad del mysterium iniquitatis que es el pecado– de la malicia de la ofensa a Dios, nunca plantearemos la lucha en la frontera de lo grave y lo leve, pues el pecado mayor está en «despreciar la pelea en esas escaramuzas, que calan poco a poco en el alma, hasta volverla blanda, quebradiza e indiferente, insensible a las voces de Dios»19. Los pecados veniales realizan este funesto efecto en las almas que no luchan con firmeza para evitarlos, y constituyen un excelente aliado del demonio, empeñado en dañar. Sin matar la vida de la gracia, la debilitan, hacen más difícil el ejercicio de las virtudes y apenas se oyen las insinuaciones del Espíritu Santo y, si no se reacciona con energía, disponen para faltas y pecados graves. «¡Qué pena me das mientras no sientas dolor de tus pecados veniales! —Porque, hasta entonces, no habrás comenzado a tener verdadera vida interior»20. Pidamos al Señor su luz, su amor, su fuego que nos purifique, para no empequeñecer nunca la grandeza de nuestra vocación, para no quedar atrapados en la mediocridad espiritual a la que lleva la lucha lánguida, floja, ante las faltas veniales.

Para luchar contra los pecados veniales el cristiano ha de darles la importancia que tienen: son los causantes de la mediocridad espiritual, de la tibieza, y los que hacen realmente dificultoso el camino de la vida interior. Los santos han recomendado siempre la Confesión frecuente, sincera y contrita como medio eficaz contra estas faltas y pecados, y camino seguro para ir adelante. «Ten siempre verdadero dolor de los pecados que confiesas, por leves que sean –aconsejaba San Francisco de Sales–, y haz firme propósito de la enmienda para en adelante. Muchos hay que pierden grandes bienes y mucho aprovechamiento espiritual porque, confesándose de los pecados veniales como por costumbre y cumplimiento, sin pensar enmendarse, permanecen toda la vida cargados de ellos»21.

Ojalá escuchéis hoy su voz: no endurezcáis vuestros corazones22, nos exhorta el Salmo responsorial de la Misa. Pidamos al Espíritu Santo que nos ayude a tener un corazón cada vez más limpio y más fuerte, capaz de rechazar todo lazo que oprima y de abrirse a Dios, como Él espera de cada cristiano.

27 de enero de 2018

CORRECCION FRATERNA

— El deber de la corrección fraterna. Su eficacia sobrenatural.

— Ayuda que prestamos.

— Virtudes que han de vivirse al hacer la corrección. Modo de recibirla.

I. Desde el Antiguo Testamento, nos muestra la Sagrada Escritura cómo Dios se vale frecuentemente de hombres llenos de fortaleza y de caridad para advertir a otros de su alejamiento del camino que conduce al Señor. El Libro de Samuel nos presenta al profeta Natán, enviado por Dios al rey David1 para que le hable de los pecados gravísimos que había cometido. A pesar de la evidencia de esos pecados tan graves (adulterio con la mujer de su fiel servidor y el procurar la muerte de este) y de ser el rey un buen conocedor de la Ley, «el deseo se había apoderado de todos sus pensamientos y su alma estaba completamente aletargada, como por un sopor. Necesitó de la luz del profeta, que con sus palabras le hiciera caer en la cuenta de lo que había hecho»2. En aquellas semanas, David vivía con la conciencia adormecida por el pecado.

Natán, para hacerle caer en la cuenta de la gravedad de su delito, le expone una parábola: Había dos hombres en un pueblo: uno rico y pobre el otro. El rico tenía muchos rebaños de ovejas y de bueyes; el pobre solo tenía una corderilla que había comprado; la iba criando, y ella crecía con él y sus hijos, comiendo de su pan, bebiendo de su vaso, durmiendo en su regazo: era como una hija. Llegó una visita a casa del rico; y, no queriendo perder una oveja o un buey para invitar a su huésped, cogió la cordera del pobre y convidó a su huésped. David se puso furioso contra aquel hombre y dijo a Natán: ¡Vive Dios que el que ha hecho eso es reo de muerte!

Natán respondió entonces al rey: ese hombre eres tú. Y David recapacitó sobre sus pecados, se arrepintió y expresó su dolor en un Salmo que la Iglesia nos propone como modelo de contrición. Comienza así: Apiádate de mí, ¡oh Dios!, según tu piedad; según la muchedumbre de tu misericordia, borra mi iniquidad...3. David hizo penitencia y fue grato a Dios. Todo, gracias a una corrección fraterna, a una advertencia, oportuna y llena de fortaleza, como fue la de Natán.

Uno de los mayores bienes que podemos prestar a quienes más queremos, y a todos, es la ayuda, en ocasiones heroica, de la corrección fraterna. En la convivencia diaria podemos observar que nuestros parientes, amigos o conocidos –como nosotros mismos– pueden llegar a formar hábitos que desdicen de un buen cristiano y que les separan de Dios (faltas habituales de laboriosidad, chapuzas, impuntualidades, modos de hablar que rozan la murmuración o la difamación, brusquedades, impaciencias...). Pueden ser también faltas contra la justicia en las relaciones laborales, faltas de ejemplaridad en el modo de vivir la sobriedad o la templanza (gastos ostentosos, faltas de gula o de ebriedad, dilapidación de dinero en el juego o loterías), relaciones que ponen en situación arriesgada la fidelidad conyugal o la castidad... Es fácil comprender que una corrección fraterna a tiempo, oportuna, llena de caridad y de comprensión, a solas con el interesado, puede evitar muchos males: un escándalo, el daño a la familia difícilmente reparable...; o, sencillamente, puede ser un eficaz estímulo para que alguno corrija sus defectos o se acerque más a Dios.

Esta ayuda espiritual nace de la caridad, y es una de las principales manifestaciones de esta virtud. En ocasiones, es también una exigencia de la justicia, cuando existen especiales obligaciones de prestar ayuda a la persona que debe ser corregida. Con frecuencia debemos pensar en cómo ayudamos a los que están más cerca. «¿Por qué no te decides a hacer una corrección fraterna? —Se sufre al recibirla, porque cuesta humillarse, por lo menos al principio. Pero, hacerla, cuesta siempre. Bien lo saben todos.

»El ejercicio de la corrección fraterna es la mejor manera de ayudar, después de la oración y del buen ejemplo»4. ¿La practicamos con frecuencia? ¿Es nuestro amor a los demás un amor con obras?

II. La corrección fraterna tiene entraña evangélica; los primeros cristianos la llevaban a cabo frecuentemente, tal como había establecido el Señor –Ve y corrígele a solas5–, y ocupaba en sus vidas un lugar muy importante6; sabían bien de su eficacia. San Pablo escribe a los fieles de Tesalónica: si alguno no obedece a lo que decimos en esta carta... no le miréis como enemigo, sino corregidle como a hermano7. En la Epístola a los Gálatas dice el Apóstol que esta corrección ha de hacerse con espíritu de mansedumbre8. Del mismo modo, el Apóstol Santiago alienta también a los primeros cristianos, recordándoles la recompensa que el Señor les dará: si alguno de vosotros se desvía de la verdad y otro hace que vuelva a ella, debe saber que quien hace que el pecador se convierta de su extravío, salvará su alma de la muerte y cubrirá la muchedumbre de sus propios pecados9. No es pequeña recompensa. No podemos excusarnos y repetir otra vez aquellas palabras de Caín: ¿acaso soy yo el guardián de mi hermano?10.

Entre las excusas que pueden instalarse en nuestro ánimo para no hacer o para retrasar la corrección fraterna está el miedo a entristecer a quien hemos de hacer esa advertencia. Resulta paradójico que el médico no deje de decir al paciente que, si quiere curar, debe sufrir una dolorosa operación, y sin embargo los cristianos tengamos a veces reparos en decir a quienes nos rodean que está en juego la salud, ¡cuánto más valiosa!, de su alma. «Por desgracia, es grande el número de los que, por no desagradar o por no impresionar a alguien que está viviendo sus últimos días y los últimos momentos de su existencia terrena, le callan su estado real, haciéndole así un mal de incalculables dimensiones. Pero todavía es más elevado el número de los que ven a sus amigos en el error o en el pecado, o a punto de caer en uno o en otro, y permanecen mudos, y no mueven un dedo para evitarles estos males. ¿Concederíamos, a quienes de tal modo se portasen con nosotros, el título de amigos? Ciertamente, no. Y, sin embargo, suelen hacerlo para no desagradarnos»11.

Con la práctica de la corrección fraterna se cumple verdaderamente lo que nos dice la Sagrada Escritura: el hermano ayudado por su hermano, es como una ciudad amurallada12. Nada ni nadie puede vencer contra la caridad bien vivida. Con esta muestra de amor cristiano no solo mejoran las personas, sino también la misma sociedad. A la vez, se evitan críticas y murmuraciones que quitan la paz del alma y enturbian las relaciones entre los hombres. La amistad, si es verdadera, se hace más profunda y auténtica con la corrección sincera. La amistad con Cristo crece también cuando ayudamos a un amigo, a un familiar, a un colega, con ese remedio eficaz que es la corrección amable, pero clara y valiente.

III. Al hacer la corrección fraterna se han de vivir una serie de virtudes, sin las cuales no sería una verdadera manifestación de caridad. «Cuando hayas de corregir, hazlo con caridad, en el momento oportuno, sin humillar..., y con ánimo de aprender y de mejorar tú mismo en lo que corrijas»13. Como Cristo la practicaría si estuviera ocupando nuestro lugar, con la misma delicadeza, con la misma fortaleza.

A veces, una cierta animosidad y falta de paz interior nos puede llevar a ver, en otros, defectos que en realidad son nuestros. «Debemos corregir, pues, por amor; no con deseos de hacer daño, sino con la cariñosa intención de lograr su enmienda (...). ¿Por qué le corriges? ¿Porque te apena haber sido ofendido por él? No lo quiera Dios. Si lo haces por amor propio, nada haces. Si es el amor lo que te mueve, obras bien»14.

La humildad nos enseña, quizá más que cualquier otra virtud, a encontrar las palabras justas y el modo que no ofende, al recordarnos que también nosotros necesitamos muchas ayudas parecidas. La prudencia nos lleva a hacer la advertencia con prontitud y en el momento más oportuno; nos es necesaria esta virtud para tener en cuenta el modo de ser de la persona y las circunstancias por las que pasa, «como los buenos médicos, que no curan de un solo modo»15, no dan la misma receta a todos los pacientes.

Después de avisar a alguien con la corrección, si parece que no reacciona, es preciso ayudarle todavía un poco más con el ejemplo, con la oración y mortificación por él, con una mayor comprensión.

Por nuestra parte, hemos de recibirla con humildad y silencio, sin excusarnos, conociendo la mano del Señor en ese buen amigo, que al menos lo es desde aquel momento; con un sentimiento de viva gratitud, porque alguien se interesa de verdad por nosotros; con la alegría de pensar que no estamos solos para enderezar nuestros caminos, que deben conducir siempre al Señor. «Después que hayas recibido con muestras de alegría y de reconocimiento sus advertencias, imponte como un deber el seguirlas, no solo por el beneficio que reporta el corregirse, sino también para hacerle ver que no han sido vanos sus desvelos y que tienes en mucho su benevolencia. El soberbio, aunque se corrija, no quiere aparentar que ha seguido los consejos que le han dado, antes bien los desprecia; quien es verdaderamente humilde tiene a honra someterse a todos por amor a Dios, y observa los sabios consejos que recibe como venidos de Dios mismo, cualquiera que sea el instrumento de que Él se haya servido»16.

Acudamos, al terminar nuestra oración, a la Santísima Virgen, Mater boni consilii, para que nos ayude a vivir siempre que sea necesaria esta muestra de caridad fraterna, de amistad verdadera, de aprecio sincero por aquellos con quienes nos relacionamos más frecuentemente.

26 de enero de 2018

MEMORIA SANTOS TIMOTEO Y TITO

Lucas 10,1-9.

El Señor designó a otros setenta y dos, y los envió de dos en dos para que lo precedieran en todas las ciudades y sitios adonde él debía ir. 
Y les dijo: "La cosecha es abundante, pero los trabajadores son pocos. Rueguen al dueño de los sembrados que envíe trabajadores para la cosecha. 
¡Vayan! Yo los envío como a ovejas en medio de lobos. 
No lleven dinero, ni alforja, ni calzado, y no se detengan a saludar a nadie por el camino. 
Al entrar en una casa, digan primero: '¡Que descienda la paz sobre esta casa!'. 
Y si hay allí alguien digno de recibirla, esa paz reposará sobre él; de lo contrario, volverá a ustedes. 
Permanezcan en esa misma casa, comiendo y bebiendo de lo que haya, porque el que trabaja merece su salario. No vayan de casa en casa. 
En las ciudades donde entren y sean recibidos, coman lo que les sirvan; 
curen a sus enfermos y digan a la gente: 'El Reino de Dios está cerca de ustedes'." 

Discípulos y colaboradores de San Pablo, fueron Obispos de Éfeso y Creta, respectivamente. Son los destinatarios de las Cartas llamadas «pastorales» del Apóstol.

Timoteo nació en Listra, en Asia Menor, de madre judía y padre gentil, y se convirtió en el primer viaje de San Pablo a aquella ciudad. Destaca en él la fidelidad con que siguió al Apóstol; debía de ser muy joven cuando San Pablo ruega a los cristianos de Corinto que le traten con respeto, y aún no tenía muchos años cuando fue nombrado Obispo de Éfeso. La tradición nos ha transmitido que murió mártir en esta ciudad.

Tito fue uno de los discípulos más apreciados por San Pablo. Hijo de padres paganos, fue convertido seguramente por el mismo Apóstol. Asistió con él y con Bernabé al Concilio de Jerusalén. En las Cartas de San Pablo aparece como un hombre lleno de fortaleza ante los falsos maestros y las erróneas doctrinas que ya comenzaban a aparecer. Murió, casi centenario, hacia el año 105.

DAR A CONOCER LA BUENA DOCTRINA

— Conservar la buena doctrina.

— Conocer con profundidad las verdades de la fe.

— Difundir la Buena Nueva custodiada por la Iglesia.

I. Tito y Timoteo fueron discípulos y colaboradores de San Pablo. Timoteo acompañó al Apóstol en muchas de sus tareas misionales como un hijo a su padre1. San Pablo le tuvo siempre un especial afecto. En su último viaje por Asia Menor le encargó el gobierno de la Iglesia de Éfeso, mientras que a Tito le confió la de Creta. Desde la prisión de Roma les escribe a ambos encareciéndoles el cuidado de la grey a ellos confiada, el encargo de mantener la doctrina recibida y de estimular la vida cristiana de los fieles, amenazada por el ambiente pagano que les rodeaba y por las doctrinas heréticas de algunos falsos maestros. En primer lugar, han de conservar intacto el depósito de la fe2 que les ha sido confiado y dedicarse con esmero a la enseñanza de la doctrina3, conscientes de que la Iglesia es columna y fundamento de la verdad4; por esto, deben rechazar con firmeza los errores y refutar a quienes los propagan5.

Desde los comienzos, la Iglesia ha procurado que la formación doctrinal de sus hijos se dirija a los contenidos fundamentales, expuestos con claridad, evitando pérdidas de tiempo y posibles confusiones que podrían seguirse de enseñar teorías poco probadas o marginales a la fe. Ya te encarecí –escribe el Apóstol a Timoteo– al marcharme a Macedonia, que permanecieras en Éfeso para que mandases a algunos que no enseñaran doctrinas diferentes, ni prestaran atención a mitos y genealogías interminables, que más bien fomentan discusiones que de nada sirven al plan salvífico de Dios en la fe6. El Papa Juan Pablo II, comentando este pasaje de la Escritura, indica a todos aquellos que se dedican a la formación de otros que «se abstengan de turbar el espíritu de los niños y de los jóvenes en esta etapa de su catequesis, con teorías extrañas, problemas inútiles o discusiones estériles...»7.

Quienes se presentan como maestros, pero no enseñan las verdades de la fe sino sus teorías personales, que siembran dudas o confusión, son un peligro grande para los fieles. A veces, con la intención de adaptar los contenidos de la fe al «mundo moderno» para hacerla más comprensible, no solo cambian el modo de explicarla sino su esencia misma, de tal manera que ya no enseñan la verdad revelada.

Hoy, también hay en medio del trigo una abundante siembra de cizaña, de mala doctrina. La radio, televisión, literatura, conferencias..., son medios poderosos de difusión y comunicación social, para el bien y el mal: junto con mensajes buenos, difunden errores que afectan de modo más o menos directo a la doctrina católica sobre la fe y las costumbres. Los cristianos no nos podemos considerar inmunes al contagio de esta enorme epidemia que sufrimos. Los maestros del error han aumentado en relación a aquella primera época en la que San Pablo escribe estas fuertes recomendaciones. Y sus advertencias, a pesar del tiempo transcurrido, son de plena actualidad. Pablo VI hablaba de «un terremoto brutal y universal»8: terremoto, porque subvierte; brutal, porque va a los fundamentos; universal, porque lo encontramos por todas partes9.

Conocedores de que la fe es un inmenso tesoro, hemos de poner los medios necesarios para conservarla en nosotros y en los demás, y para enseñarla con especial responsabilidad a aquellos que de alguna manera tenemos a nuestro cargo. La humildad de saber que también podemos sufrir el contagio nos moverá a ser prudentes, a no comprar o leer un libro de moda por el solo hecho de estar de moda, a pedir información y consejo sobre espectáculos, programas de televisión, lecturas, etc. La fe vale más que todo.

II. Guarda el precioso depósito por medio del Espíritu Santo que habita en nosotros10.

En el Derecho romano el depósito eran aquellos bienes que se entregaban a una persona con la obligación de custodiarlos para devolverlos íntegros cuando el que los había depositado lo requería11. San Pablo aplica el mismo término al contenido de la Revelación, y así ha pasado a la tradición católica. Este conjunto de verdades que es entregado a cada generación, que a su vez los transmite a la siguiente, no es fruto –como hemos meditado muchas veces del ingenio y de la reflexión humanos, sino que procede de Dios. Por eso, a quienes no son fieles a su enseñanza se podrían dirigir las palabras que el Profeta Jeremías pone en labios de Yahvé: Dos pecados ha cometido mi pueblo: me ha abandonado a Mí, fuente de las aguas vivas, para excavarse aljibes agrietados que no pueden retener las aguas12. Quienes dejan a un lado el Magisterio de la Iglesia, solo pueden enseñar doctrinas de hombres, que resultan no solo vanas y vacías, sino también dañinas –a veces demoledoras para la fe y la salvación. El verdadero evangelizador es aquel que, «aun a costa de renuncias y sacrificios, busca siempre la verdad que debe transmitir a los demás. No vende ni disimula jamás la verdad por el deseo de agradar a los hombres, de causar asombro, ni por originalidad o deseo de aparentar»13.

Dentro de las verdades que componen el depósito de la fe, la Iglesia ha señalado con todo cuidado las definiciones dogmáticas. Muchas de ellas fueron formuladas y precisadas ante ataques de los enemigos de la fe, en épocas de oscuridad, o para acrecentar la piedad de los fieles. En unas charlas a los universitarios católicos de Oxford, R. Knox explicaba que estas verdades venían a ser para nosotros, que recorremos el camino de la vida, lo que para los navegantes las boyas puestas a la desembocadura de un río. Señalan los límites entre los cuales se puede navegar con seguridad y sin miedo; fuera de ellos, siempre existe el peligro de tropezar con algún banco de arena y encallar. Mientras se discurre dentro del camino señalado, tan cuidadosamente marcado, en aquellas materias que se refieren a la fe y a la moral, se puede avanzar tranquilo y a buena marcha. Salirse de él equivale a naufragar. Cuando nos encontramos con estas verdades, nuestro pensamiento, lejos de sentirse coartado, discurre más seguro, porque la verdad se ha hecho más nítida14.

Desde muy antiguo, la Iglesia, maternalmente, ha procurado resumir las verdades de la fe en pequeños Catecismos, en los que de una manera clara y sin ambigüedad ha hecho asequible el tesoro de la Revelación divina –explicado por el Magisterio a lo largo de los siglos–, al alcance de todos. La catequesis, obra de misericordia cada vez más necesaria, es uno de los principales cometidos de la Iglesia, y en ella, en la medida de nuestras posibilidades, hemos de participar todos. A nosotros mismos, cuando ya han pasado los años de la infancia y quizá de la adolescencia, nos puede ser de gran ayuda el repaso de las verdades contenidas y explicitadas de modo sencillo en el Catecismo. Pero no basta con recordar estas ideas fundamentales que un día aprendimos: «poco a poco -señala Juan Pablo II se crece en años y en cultura, se asoman a la conciencia problemas nuevos y exigencias nuevas de claridad y certeza. Es necesario, pues, buscar responsablemente las motivaciones de la propia fe cristiana. Si no se llega a ser personalmente conscientes y no se tiene una comprensión adecuada de lo que se debe creer y de los motivos de la fe, en cualquier momento todo puede hundirse fatalmente...»15. Sin fidelidad a la doctrina no se puede ser fiel al Maestro, y en la medida en que penetramos más y más en el conocimiento de Dios se hace más fácil la piedad y el trato con Cristo.

III. Attende tibi et doctrinae... Cuida de ti mismo –aconseja San Pablo a Timoteo– y de la enseñanza; persevera en esta disposición, pues actuando así te salvarás a ti mismo y a los que te escuchan16. Debemos aprovechar con empeño los medios de formación que tenemos a nuestro alcance: estudio de obras de la Sagrada Teología que nos recomiende quien sabe y nos conoce bien, aprovechamiento de los retiros, de la lectura espiritual... Se trata de adquirir una buena formación doctrinal según nuestras peculiares circunstancias, para conocer mejor a Dios, para darlo a conocer, para evitar el contagio de tantas falsas doctrinas como cada día, por un medio u otro, nos llegan.

La doctrina nos da luz para la vida, y la vida cristiana dispone el corazón para penetrar en el conocimiento de Dios. Él nos pide constantemente una respuesta de la inteligencia a todas aquellas verdades que, en su amor eterno, nos ha revelado. Este no es un conocimiento teórico: debe desplegarse en la totalidad de la existencia, para permitirnos actuar, hasta en lo más pequeño, de acuerdo con el querer del Señor. Hemos de vivir con arreglo a la fe que profesamos: sabiéndonos hijos de Dios en todas las situaciones, contando con un Ángel Custodio que el Señor ha querido que nos ampare, animados siempre con la ayuda sobrenatural que nos prestan todos los demás cristianos... Con esta vida de fe, casi sin darnos cuenta, daremos a conocer a otros muchos el espíritu de Cristo.