"Hago todos los días mi "ratito" de oración: ¡si no fuera por eso!" (Camino, 106)

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1 de octubre de 2021

'Si hoy escucháis su voz, no endurezcáis vuestro corazon'

 


Evangelio (Lc 10, 13-16)


" !Ay de ti Corazón! !Ay de ti Betsaida! Porque si en Tiro y en Sidón hubieran sido realizados los milagros que se han obrado en vosotras, hace tiempo que habrían hecho penitencia sentados en saco y ceniza. Sin embargo en el Juicio Tiro y Sidón serán tratadas con menos rigor que vosotras.


Y tú, Cafarnaúm, ¿acaso serás exaltada hasta el cielo? !Hasta los infiernos vas a descender!


Quién a vosotros os oye, a mí me oye; quién a vosotros os desprecia, a mí me desprecia; y que a mí me desprecia, desprecia al que me ha enviado.


Comentario


El Señor abre su corazón con lamentos de amor. Después de haber instruido a setenta y dos de sus discípulos para la primera misión apostólica, se lamenta de la dureza de corazón y de la ceguera ante el anuncio de la llegada del Reino de Dios de aquellas ciudades que habían presenciado tantos y tan grandes milagros. Para removerlos el Señor les habla del juicio y del infierno, de la reprobación de aquellos que rechazan la paz, que se manifiesta en Cristo, nuestro Señor.


Hoy seguimos siendo testigos de grandes milagros, no solamente en las causas de beatificación o de canonización, también de tantas maravillas que obra la gracia en nosotros y en personas cercanas y, si no fuera así, tendríamos que clamar: !Señor, que vea! (Marcos, 10, 51) Que vea las maravillas que realiza tu misericordia.


Es posible que Cristo pase con frecuencia a nuestro lado y nos hable con las palabras de un amigo o de un sacerdote, y no le prestemos atención o despreciemos lo que nos dicen, porque nuestros pensamientos son otros. Viene bien en tales casos recordar lo que nos dice el Espíritu Santo en la Sagrada Escritura: 'Si hoy escucháis su voz, no endurezcáis vuestros corazones' (Hebreos, 3, 15), abre de par en par las puertas a Cristo.


La voz del Señor se distingue porque nos invita a sacar nuestro mejor yo en los distintos momentos de nuestra vida con una exigencia amable. Y lo hace, porque está en juego nuestra felicidad y la de otros. No solo la mala voluntad es causa del endurecimiento del corazón, también la desidia, la pereza que conduce a rechazar los requerimientos divinos con un no o con un mañana, luego, después[1].

TEXTO PARA LA ORACION


Hoy en nuestra oración personal nos ponemos en las manos de Dios para «avanzar en la inteligencia del misterio de Cristo y vivirlo en su plenitud»[3].


«¡Qué capacidad tan extraña tiene el hombre para olvidarse de las cosas más maravillosas, para acostumbrarse al misterio!  El cristiano no puede ser superficial. Estando plenamente metido en su trabajo ordinario (…) ha de estar al mismo tiempo metido totalmente en Dios, porque es hijo de Dios»[4]. Por eso, es lógico que hoy consideremos en nuestra oración la necesidad de la conversión, de redirigir nuestros pasos hacia el Señor, y purificar nuestro corazón haciendo propios los sentimientos del salmista: «Cor mundum crea in me, Deus, et spiritum firmum innova in visceribus meis; Crea en mí, Dios mío, un corazón puro, y renueva en mi interior un espíritu firme»[5]. Son palabras del salmo Miserere, que la Iglesia nos propone con frecuencia en este tiempo litúrgico, y que San Josemaría rezó tanto.


El camino de Israel por el desierto


Se trata que en la oración personal echemos raíces profundas en varios episodios clave de la historia de la Salvación, que es también nuestra historia. Uno de ellos es la travesía del pueblo elegido por el desierto. Esos cuarenta años fueron para los israelitas un tiempo de prueba y de tentaciones. Yahveh les acompañaba de continuo y les iba haciendo entender que sólo debían apoyarse en Él: iba ablandando su duro corazón de piedra[6]. Fue además un tiempo de gracias constantes: aunque el pueblo sufría, era Dios quien les consolaba y les orientaba con la palabra de Moisés, les alimentaba con el maná y las codornices, les daba el agua en la Roca de Meribá[7].


¡Qué cercanas nos resultan las palabras, llenas de ternura, con las que Dios hace recapacitar a los israelitas sobre el sentido de su larga travesía! «Debes recordar todo el camino que el Señor, tu Dios, te ha hecho recorrer por el desierto durante estos cuarenta años, para hacerte humilde, para probarte y conocer lo que hay en tu corazón, si guardas o no sus mandamientos. Te humilló y te hizo pasar hambre. Luego te alimentó con el maná, que desconocíais tú y tus padres, para enseñarte que no sólo de pan vive el hombre, sino de todo lo que sale de la boca del Señor»[8]. El Señor nos dirige también hoy estas palabras; a nosotros que, en el desierto de nuestra vida, ciertamente experimentamos la fatiga y problemas de cada día, aunque no nos faltan los cuidados paternales de Dios, a veces a través de la ayuda desinteresada de nuestros familiares, de amigos o incluso de personas de buena voluntad que permanecen anónimas. Con su pedagogía inefable, el Señor nos va metiendo en su corazón, que es la verdadera tierra prometida: «Praebe, fili mi, cor tuum mihi… Dame, hijo, tu corazón, y que tus ojos guarden mis caminos»[9].


Muchos de los episodios del Éxodo eran sombra de realidades futuras. De hecho, no todos los que participaron en aquella primera peregrinación llegaron a entrar en la tierra prometida[10]. Por eso, la epístola a los Hebreos, citando el salmo 94, se duele de la rebeldía del pueblo y a la vez celebra la llegada de un nuevo éxodo: «Los primeros en recibir la buena nueva no entraron a causa de su desobediencia», y Dios «vuelve a fijar un día, hoy, cuando afirma por David al cabo de tanto tiempo (…): Si hoy escucháis su voz, no endurezcáis vuestros corazones»[11]. Ese hoy es el inaugurado por Jesucristo. Con su Encarnación, su vida y su glorificación, el Señor nos conduce por el éxodo definitivo, en el que las promesas encuentran perfecto cumplimiento: nos hace sitio en el cielo; consigue «un tiempo de descanso para el pueblo de Dios. Porque quien entra en el descanso de Dios, descansa también él de sus trabajos»[12].

El camino de Cristo por el desierto


En el pasaje de Jesús en el desierto que, en solidaridad con nosotros, quiso ser tentado al final de los cuarenta días. Ver su victoria sobre Satanás nos llena de esperanza, y nos hace saber que con Él podremos vencer también en las batallas de la vida interior. Nuestras tentaciones, entonces, ya no nos inquietan, sino que se convierten en ocasión para conocernos mejor y para fiarnos más de Dios. Descubrimos que el ideal de una vida acomodada es un espejismo de la auténtica felicidad y nos damos cuenta, con San Josemaría, de que «hace falta, sin duda, una nueva mudanza, una lealtad más plena, una humildad más profunda, de modo que, disminuyendo nuestro egoísmo, crezca Cristo en nosotros, ya que illum oportet crescere, me autem minui, hace falta que El crezca y que yo disminuya (Jn 3, 30)»[13].


La experiencia de nuestra fragilidad personal no acaba en el temor, sino en la petición humilde que pone en acto nuestra fe, nuestra esperanza y nuestro amor: «Aparta, Señor, de mí lo que me aparte de ti» podemos decir, con palabras que repitió con frecuencia san Josemaría[14]. Con Jesús, encontramos las fuerzas para rechazar decididamente la tentación, sin ceder al diálogo: «Mirad bien cómo responde Jesús. Él no dialoga con Satanás, como había hecho Eva en el paraíso terrenal. Jesús (...) elige refugiarse en la Palabra de Dios y responde con la fuerza de esta Palabra. Acordémonos de esto: en el momento de la tentación, de nuestras tentaciones, nada de diálogo con Satanás, sino siempre defendidos por la Palabra de Dios. Y esto nos salvará»[15].


El relato de la Transfiguración del Señor, nos reafirma en esta convicción de la certeza de la victoria, a pesar de nuestras limitaciones. También nosotros participaremos de su gloria, si nos sabemos unir a su Cruz en nuestra vida cotidiana. Para eso, hemos de alimentar nuestra fe, como aquellos personajes del Evangelio : la samaritana, que supera el pecado para reconocer en Jesús al Mesías que calma, con el agua viva del Espíritu Santo, su sed de amor[16]; el ciego de nacimiento, que ve a Cristo como luz del mundo, venciendo la ignorancia, mientras los videntes del mundo se quedan ciegos[17]; Lázaro, cuya resurrección nos recuerda que Jesús ha venido a traernos una vida nueva[18]. Contemplando estos relatos como un personaje más, con la ayuda de los santos, encontraremos recursos para nuestra oración personal, y se fortificará la presencia de Dios más intensa que procuraremos mantener en estos días.


Nuestro camino penitencial como hijos


El camino del cristiano tiene un sentido penitencial: «Señor, Padre de misericordia y origen de todo bien, que aceptas el ayuno, la oración y la limosna como remedio de nuestros pecados, mira con amor a tu pueblo penitente y restaura con tu misericordia a los que estamos hundidos bajo el peso de las culpas». Con la humildad de quien se reconoce pecador, pedimos con toda la Iglesia la intervención que esperamos de la misericordia de Dios Padre: una mirada amorosa sobre nuestra vida, y su perdón reparador.


Tenemos que asumir nuestra parte en el proceso de conversión, al invitarnos a la práctica de las tradicionales obras penitenciales. Estas manifiestan un cambio de actitud en nuestra relación con Dios (oración), con los demás (limosna) y con nosotros mismos (ayuno)[19]. Es el «espíritu de penitencia», del que hablaba San Josemaría, y del que proponía tantos ejemplos prácticos: «penitencia es el cumplimiento exacto del horario (…). Eres penitente cuando te sujetas amorosamente a tu plan de oración, a pesar de que estés rendido, desganado o frío. Penitencia es tratar siempre con la máxima caridad a los otros (…), soportar con buen humor las mil pequeñas contrariedades de la jornada (…); comer con agradecimiento lo que nos sirven, sin importunar con caprichos»[20].


Sabemos a la vez que de nada cuentan las acciones meramente externas sin la gracia de Dios; no es posible identificarnos con Cristo sin su ayuda: «quia tibi sine te placere non possumus, ya que sin tu ayuda no podemos complacerte»[21]. Apoyado en Él, procuramos realizar estas obras «en lo oculto», donde sólo ve nuestro Padre Dios[22], rectificando con frecuencia la intención, y buscando de modo más claro la gloria de Dios y la salvación de todos. Escribe el apóstol Juan: «El que no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve»[23]. Son palabras que invitan a un examen profundo, porque no es posible separar ambos aspectos de la caridad. Si nos sabemos contemplados por Él, el sentido de nuestra filiación divina irá empapando la vida interior y el apostolado, con una contrición más confiada y filial, y con una entrega sincera a quienes nos rodean: familiares, colegas de trabajo, amigos.


El camino penitencial a través de los sacramentos


En nuestra lucha diaria contra el desorden del pecado, los sacramentos de la Penitencia y de la Eucaristía son también unos momentos privilegiados. Es lógico que nuestra penitencia interior se perfeccione gracias a la celebración del sacramento de la Confesión. Mucho depende de las disposiciones del penitente, aunque el protagonismo es de Dios, que nos mueve a la conversión. A través de este sacramento -verdadera obra maestra del Señor[24]- percibimos su buen hacer con nuestra libertad caída. San Josemaría presentaba así el papel que nos corresponde a nosotros: «Aconsejo a todos que tengan como devoción (…) hacer muchos actos de contrición. Y una manifestación externa, práctica, de esa devoción es tener un cariño particular al Santo Sacramento de la Penitencia»[25], en el que «nos revestimos de Jesucristo y de sus merecimientos»[26].




Cualquier tiempo es un momento estupendo para fomentar este «cariño particular» por la Confesión, viviéndola nosotros en primer lugar, y dándola a conocer a muchas personas.

Después de la absolución que el sacerdote da en el nombre de Dios, el Ritual propone, entre otras posibles, una bella oración de despedida del penitente: «La pasión de nuestro Señor Jesucristo, la intercesión de la Bienaventurada Virgen María y de todos los santos, el bien que hagas y el mal que puedas sufrir, te sirvan como remedio de tus pecados, aumento de gracia y premio de vida eterna. Vete en paz»[27]. Es una antigua plegaria en la que el sacerdote pide a Dios que extienda el fruto del sacramento a toda la vida del penitente, recordando de qué fuente mana su eficacia: los méritos de la Víctima inocente y de todos los Santos.


Como le sucedió al hijo menor de la parábola, tras el abrazo de nuestro Padre Dios somos admitidos al banquete[28]. ¡Qué alegría participar bien limpios en la Eucaristía! «Ama mucho al Señor. Custodia en tu alma, y foméntala, esta urgencia de quererle. Ama a Dios, precisamente ahora, cuando quizá bastantes de los que le tienen en sus manos no le quieren, le maltratan y le descuidan. ¡Trátame muy bien al Señor, en la Santa Misa y durante la jornada entera!»[29].


A través de la liturgia, la Iglesia nos invita a recorrer con garbo el camino de nuestra vida. La celebración frecuente de los sacramentos, la meditación asidua de la Palabra de Dios y las obras penitenciales, sin que falte esa alegría -Laetare Ierusalem!- , son prácticas que afinan nuestra alma, y nos preparan para participar con intensidad de la vida de cristiano, sobre todo cuando reviviremos los momentos cumbre de la existencia de Jesús en la tierra. «Hemos de hacer vida nuestra la vida y la muerte de Cristo. Morir por la mortificación y la penitencia, para que Cristo viva en nosotros por el Amor. Y seguir entonces los pasos de Cristo, con afán de corredimir a todas las almas»[31]. Contemplando al Señor que da la vida por nosotros, bien purificados de nuestros pecados, redescubriremos la alegría de la salvación que Dios nos trae: «Redde mihi laetitiam salutaris tui, devuélveme el gozo de tu salvación»[32].


1 de julio de 2021

Tus pecados te son perdonados




 Evangelio (Mt 9, 1-8)


Subió a una barca, cruzó de nuevo el mar y llegó a su ciudad. Entonces, le presentaron a un paralítico tendido en una camilla. Al ver Jesús la fe de ellos, le dijo al paralítico: —Ten confianza, hijo, tus pecados te son perdonados.


Entonces algunos escribas dijeron para sus adentros: «Éste blasfema».


Conociendo Jesús sus pensamientos, dijo: —¿Por qué pensáis mal en vuestros corazones? ¿Qué es más fácil decir: «Tus pecados te son perdonados», o decir: «Levántate, y anda»? Pues para que sepáis que el Hijo del Hombre tiene potestad en la tierra para perdonar los pecados —se dirigió entonces al paralítico—, levántate, toma tu camilla y vete a tu casa.


Él se levantó y se fue a su casa. Al ver esto, la gente se atemorizó y glorificó a Dios por haber dado tal potestad a los hombres.


Comentario


La fama de Jesús se va extendiendo y allá adónde va le presentan enfermos para que los cure. Este día llega a Cafarnaúm, su ciudad, y le presentan a un paralítico en una camilla.


Jesús, en cuanto le ve, le dice: “ten confianza, tus pecados te son perdonados”. Jesús mira al corazón de la persona y por eso le dice: tus pecados te son perdonados. Sí, aquella persona necesita ser curada, no puede valerse por sí misma, pero su corazón está necesitado del perdón de Dios.


Los fariseos, al escuchar a Jesús, piensan mal. Tienen un corazón mezquino, pequeño, cerrado, incapaz de abrirse a la verdad. Se creen poseedores de la verdad y terminan por no conocerla.


Jesús tiene con los fariseos una conducta acogedora, les dice: “¿Por qué pensáis mal en vuestros corazones? ¿Qué es más fácil decir: tus pecados te son perdonados o decir: levántate y anda?”


Y Jesús hace el milagro: “levántate, toma tu camilla y vete a tu casa”. El paralítico se levanta, coge la camilla y se marcha a su casa.


Vuelve a su casa totalmente curado. Vuelve con el corazón limpio y con la capacidad de hacer vida normal.


Los que asisten al milagro vuelven a su casa glorificando a Dios por las maravillas que han presenciado.


San Josemaría se maravillaba al contemplar el perdón de Dios. Decía en una ocasión: “Si consideramos las cosas despacio, veremos que un Dios Creador es admirable; un Dios, que viene hasta la Cruz para redimirnos, es una maravilla; ¡pero un Dios que perdona, un Dios que nos purifica, que nos limpia, es algo espléndido! ¿Cabe algo más paternal? ¿Vosotros guardáis rencor a vuestros hijos? ¿Verdad que no? Así Dios Nuestro Señor, en cuanto le pedimos perdón, nos perdona del todo. ¡Es estupendo!”[1].


Jesús nos espera en el sacramento de la penitencia para perdonarnos como perdonó al paralítico y llenar de paz nuestros corazones por el perdón.


Me escribes que te has llegado, por fin, al confesonario, y que has probado la humillación de tener que abrir la cloaca –así dices– de tu vida ante "un hombre". –¿Cuándo arrancarás esa vana estimación que sientes de ti mismo? Entonces, irás a la confesión gozoso de mostrarte como eres, ante "ese hombre" ungido –otro Cristo, ¡el mismo Cristo!–, que te da la absolución, el perdón de Dios. (Surco, 45)


“El perdón se pide, se pide a otro, y en la Confesión pedimos el perdón a Jesús. El perdón no es fruto de nuestros esfuerzos, sino que es un regalo, es un don del Espíritu Santo, que nos llena con el lavado de la misericordia y de la gracia que fluye incesantemente desde el corazón abierto de par en par de Cristo crucificado y resucitado” 


Papa Francisco, Audiencia 19 de febrero de 2014.


Para hacer una buena Confesión es necesario: un diligente examen de conciencia de los pecados cometidos desde la última Confesión; la contrición o arrepentimiento; la confesión, o la acusación de los pecados hecha delante del sacerdote y la satisfacción o penitencia impuesta por el confesor al penitente para reparar el daño causado por el pecado.


Para hacer el examen de conciencia ayuda repasar los pecados cometidos desde la última confesión a la luz de los diez mandamientos, del Sermón de la montaña y las enseñanzas apostólicas.


La contrición consiste en el dolor y la detestación del pecado cometido, porque es una ofensa a Dios y a los demás, e incluye el deseo de no volver a pecar.


Por la confesión o acusación el hombre se enfrenta a los pecados de que se siente culpable; asume su responsabilidad y, por ello, se abre de nuevo a Dios y a la comunión de la Iglesia. Se deben enumerar todos los pecados mortales de que tienen conciencia tras haberse examinado seriamente, incluso si estos pecados son muy secretos, pues, a veces, estos pecados hieren más gravemente el alma y son más peligrosos que los que han sido cometidos a la vista de todos.


La confesión de todos los pecados cometidos manifiesta la verdadera contrición y el anhelo de la misericordia divina. Es como cuando enfermo deja ver su llaga al médico para que le cure.


La satisfacción o penitencia. Si los pecados causan daño al prójimo, es preciso hacer lo posible para repararlo (por ejemplo, restituir las cosas robadas, restablecer la reputación del que ha sido calumniado, compensar las heridas). La simple justicia exige esto. Pero además el pecado hiere y debilita al pecador mismo, así como sus relaciones con Dios y con el prójimo. La absolución quita el pecado, pero no remedia todos los desórdenes que el pecado causó. Liberado del pecado, el pecador debe todavía recobrar la plena salud espiritual. Por tanto, debe hacer algo más para reparar sus pecados: debe "satisfacer" de manera apropiada o "expiar" sus pecados del modo que indique el confesor.


Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, 1451; 1455; 1456; 1459


Confesarnos, ¿por qué?


La Confesión es un sacramento instituido por Jesucristo para perdonar los pecados, cuando dijo a sus apóstoles: “A quienes perdonéis los pecados, les serán perdonados; a quienes retengáis los pecados, les serán retenidos”. Jn, 20,23.


Porque la vida nueva que nos fue dada por Él en el bautismo puede debilitarse y perderse a causa del pecado. Por ello, Cristo ha querido que la Iglesia continuase su obra de curación y de salvación mediante este sacramento.


Por la absolución sacramental del sacerdote, que actúa en nombre de Cristo, Dios concede al penitente el perdón y la paz, recupera la gracia por la que vive como hijo de Dios y puede llegar al cielo, la felicidad eterna. Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, 1420-1421; 1426; 1446.


2. ¿Qué es el pecado?


El pecado es una falta contra el amor verdadero para con Dios y para con el prójimo, a causa de un apego perverso a ciertos bienes. Hiere la naturaleza del hombre y atenta contra la solidaridad humana. San Agustín lo ha definido como el “amor de sí hasta el desprecio de Dios”. Por esta exaltación orgullosa de sí, el pecado es diametralmente opuesto a la obediencia de Jesús que realiza la salvación (cfr. Flp 2, 6-9).


Los pecados se distinguen según su gravedad en mortal y venial. El pecado mortal destruye la caridad en el corazón del hombre por una infracción grave de la ley de Dios; aparta al hombre de Dios, que es su fin último y su bienaventuranza, prefiriendo un bien inferior. El pecado venial deja subsistir la caridad, aunque la ofende y la hiere.


Para que un pecado sea mortal se requieren tres condiciones: una acción que tiene como objeto una materia grave, cometida con pleno conocimiento (plena conciencia) y deliberado consentimiento.



La materia grave es precisada por los Diez mandamientos según la respuesta de Jesús al joven rico: “No mates, no cometas adulterio, no robes, no levantes testimonio falso, no seas injusto, honra a tu padre y a tu madre” (Mc 10, 19). La gravedad de los pecados es mayor o menor: un asesinato es más grave que un robo. La cualidad de las personas lesionadas cuenta también: la violencia ejercida contra los padres es más grave que la ejercida contra un extraño.


Se comete un pecado venial cuando no se observa en una materia leve la medida prescrita por la ley moral, o cuando se desobedece a la ley moral en materia grave, pero sin pleno conocimiento o sin entero consentimiento. El pecado venial debilita la caridad; entraña un afecto desordenado a bienes creados; impide el progreso del alma en el ejercicio de las virtudes y la práctica del bien moral; merece penas temporales. El pecado venial deliberado y que permanece sin arrepentimiento, nos dispone poco a poco a cometer el pecado mortal. Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, 1849-1864.




25 de junio de 2021

BORRAR LA PIZARRA




 Evangelio (Mt 8, 1- 4)


Al bajar del monte le seguía una gran multitud.


En esto, se le acercó un leproso, se postró ante él y dijo: -Señor, si quieres, puedes limpiarme.


Y extendiendo Jesús la mano, le tocó diciendo: -Quiero, queda limpio. Y al instante quedó limpio de la lepra.


Entonces le dijo Jesús: -Mira, no lo digas a nadie; pero anda, preséntate al sacerdote y lleva la ofrenda que ordenó Moisés, para que les sirva de testimonio.


Comentario


El evangelio de hoy nos sitúa en el momento inmediatamente posterior al sermón de la montaña. Al bajar el Señor del monte “le seguía una gran multitud. En esto, se le acercó un leproso” (vv. 1-2). Sabemos que la lepra era una enfermedad que obligaba al que la padecía a apartarse de la sociedad y era considerada por muchos como un castigo divino (Lev 13-14). A pesar de los obstáculos, este hombre consigue acercarse a Jesús, y pide con total sencillez ser curado de su mal.


Además del rechazo social, el leproso debió superar también la vergüenza de mostrarse vulnerable y necesitado de ayuda. Muchas veces, esto es lo que más cuesta cuando se trata de abrir el alma a alguien que nos pueda ayudar. Tememos ser rechazados o mal comprendidos y que al final la herida sea más profunda que al inicio. A veces, nos falta la sencillez del leproso y preferimos conservar en secreto nuestras miserias y pecados.


El leproso del evangelio de hoy nos enseña como tenemos que actuar cuando notamos nuestros límites y flaquezas. Nos indica que el camino más simple es arrodillarnos delante de Jesús, decir sin afectación cuál es nuestro problema y pedir humilde y confiadamente la ayuda de Dios, sabiendo ser muy respetuosos del misterio de la libertad de Dios, que sabe mejor que es lo que nos conviene: Señor, si quieres, puedes limpiarme (v. 2).


Esta actitud, que podremos poner por obra tantas veces en la intimidad de nuestra oración, es también la que se nos invita a tener en el sacramento de la confesión, ya que es ahí donde el Señor quiere seguir limpiando la suciedad de nuestros corazones. En el confesionario tenemos la oportunidad de imitar al leproso, arrodillándonos, confesando nuestra suciedad y esperando con alegría aquellas palabras de Jesús: Quiero, queda limpio (v. 3).


PARA HACER LA ORACIÓN:


“Acude prontamente a la confesión”

Si alguna vez caes, hijo, acude prontamente a la Confesión y a la dirección espiritual: ¡enseña la herida!, para que te curen a fondo, para que te quiten todas las posibilidades de infección, aunque te duela como en una operación quirúrgica. (Forja, 192)


Voy a resumirte tu historia clínica: aquí caigo y allá me levanto...: esto último es lo importante. –Pues sigue con esa íntima pelea, aunque vayas a paso de tortuga. ¡Adelante! –Bien sabes, hijo, hasta dónde puedes llegar, si no luchas: el abismo llama a otros abismos. (Surco, 173)


Has entendido en qué consiste la sinceridad cuando me escribes: "estoy tratando de acostumbrarme a llamar a las cosas por su nombre y, sobre todo, a no buscar apelativos para lo que no existe". (Surco, 332) «Abyssus, abyssum invocat...» –un abismo llama a otro abismo, te he recordado ya. Es la descripción exacta del modo de comportarse de los mentirosos, de los hipócritas, de los renegados, de los traidores: como están a disgusto con su propio modo de conducirse, ocultan a los demás sus trapacerías, para ir de mal en peor, creando un despeñadero entre ellos y el prójimo. (Surco, 338)


La sinceridad es indispensable para adelantar en la unión con Dios. –Si dentro de ti, hijo mío, hay un "sapo", ¡suéltalo! Di primero, como te aconsejo siempre, lo que no querrías que se supiera. Una vez que se ha soltado el "sapo" en la Confesión, ¡qué bien se está! (Forja, 193)


A la hora del examen ve prevenido contra el demonio mudo. (Camino, 236)


10 PUNTOS SOBRE LA CONFESION DEL Papa FRANCISCO


1. Me oigo decir a los confesores: Hablad, escuchad con paciencia y sobre todo decidles a las personas que Dios las quiere bien. Y si el confesor no puede absolver, que explique por qué, pero que dé de todos modos una bendición, aunque sea sin absolución sacramental. El amor de Dios también existe para quien no está en la disposición de recibir el sacramento: también ese hombre o esa mujer, ese joven o esa chica son amados por Dios, son buscados por Dios, están necesitados de bendición.


2. Los apóstoles y sus sucesores —los obispos y los sacerdotes que son sus colaboradores— se convierten en instrumentos de la misericordia de Dios. Actúan in persona Christi. Esto es muy hermoso.


3. Confesarse con un sacerdote es un modo de poner mi vida en las manos y en el corazón de otro, que en ese momento actúa en nombre y por cuenta de Jesús. Es una manera de ser concretos y auténticos: estar frente a la realidad mirando a otra persona y no a uno mismo reflejado en un espejo.




4. Es cierto que puedo hablar con el Señor, pedirle enseguida perdón a Él, implorárselo. Y el Señor perdona, enseguida. Pero es importante que vaya al confesionario, que me ponga a mí mismo frente a un sacerdote que representa a Jesús, que me arrodille frente a la Madre Iglesia llamada a distribuir la misericordia de Dios. Hay una objetividad en este gesto, en arrodillarme frente al sacerdote, que en ese momento es el trámite de la gracia que me llega y me cura.


5. Como confesor, incluso cuando me he encontrado ante una puerta cerrada, siempre he buscado una fisura, una grieta, para abrir esa puerta y poder dar el perdón, la misericordia.


6. El que se confiesa está bien que se avergüence del pecado: la vergüenza es una gracia que hay que pedir, es un factor bueno, positivo, porque nos hace humildes.




7. Está también la importancia del gesto. El solo hecho de que una persona vaya al confesionario indica que ya hay un inicio de arrepentimiento, aunque no sea consciente. Si no hubiera existido ese movimiento inicial, la persona no hubiera ido. Que esté allí puede evidenciar el deseo de un cambio. La palabra es importante, explicita el gesto. Pero el propio gesto es importante.


8. ¿Qué consejos le daría a un penitente para hacer una buena confesión? Que piense en la verdad de su vida frente a Dios, qué siente, qué piensa. Que sepa mirarse con sinceridad a sí mismo y a su pecado. Y que se sienta pecador, que se deje sorprender, asombrar por Dios.




9. La misericordia existe, pero si tú no quieres recibirla… Si no te reconoces pecador quiere decir que no la quieres recibir, quiere decir que no sientes la necesidad.


10. Hay muchas personas humildes que confiesan sus recaídas. Lo importante, en la vida de cada hombre y de cada mujer, no es no volver a caer jamás por el camino. Lo importante es levantarse siempre, no quedarse en el suelo lamiéndose las heridas. El Señor de la misericordia me perdona siempre, de manera que me ofrece la posibilidad de volver a empezar siempre.

Frases extraídas del libro entrevista al Papa Francisco "El nombre de Dios es misericordia, conversación con Andrea Tornielli". Selección realizada por la página web Lexicon Canonicum.


En estos días de cuarentena, la mayoría de nosotros tenemos muy difícil acudir a la confesión. Tal vez esté aún lejos el momento del retorno a la normalidad; sin embargo, cuando nos ve arrepentidos, Él mismo corre hacia nosotros, emocionado, feliz y orgulloso de que regresemos a casa.


Jesús piensa que ha llegado el momento de manifestar hasta qué extremo ama su Padre a los hombres. Quiere introducirles en la antesala del cielo, y aspira a que disfruten del gozo que embarga a Dios cada vez que un pecador decide volver a casa. Les narra una parábola. No es fácil imaginar la emoción y el asombro de los discípulos al escuchar por primera vez la historia del hijo pródigo (cfr. Lc 15,11-32). Debió sorprenderles la desproporción entre la desfachatez del hijo pequeño y el cariño del padre, o la reacción airada de su hermano mayor.


En estos días de cuarentena, la mayoría de nosotros tenemos muy difícil acudir a la confesión, y mucho más difícil es acercarse a ese sacramento con la frecuencia que quizá nos gustaría. Las restricciones de la circulación física de las personas para prevenir nuevos contagios pueden comportar el retraso por un tiempo indeterminado de la recepción del sacramento de la Misericordia divina. Esta contrariedad, junto a otras que estamos viviendo, son también un modo de crecer para adentro: «Es bueno recordar que el Señor nos da su gracia para santificarnos también en esas circunstancias de incertidumbre»[1]. No sabemos cuándo podremos volver a confesarnos, pero no debemos dudar de que nuestro Padre Dios, si acudimos a Él con un corazón «contrito y humillado» (Sal 50,19), siempre nos ofrece su perdón, por grande que haya sido nuestra fragilidad (cfr. Lc 15,20-24).



Un regalo que no se merece


El hijo menor añora su casa: «¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen pan abundante mientras yo aquí me muero de hambre!» (Lc 15,17). Aunque no piensa en la angustia y el dolor de su padre, no exige el perdón —¿cómo va a hacer eso?—; lo implora. Espera y confía en la bondad de su padre. Y ese es ya un primer cambio en su corazón.


SENTIMOS LA NECESIDAD DE PEDIR PERDÓN A DIOS (...) PERO ¿PENSAMOS EN EL EFECTO QUE PRODUCE EN ÉL NUESTRO ARREPENTIMIENTO?

A nosotros nos sucede a veces algo parecido. Luchamos por confesarnos con la regularidad que hace bien a nuestra alma. Somos muy conscientes de cuánto bien nos hace y la alegría que nos transmite una confesión contrita. Es verdad que no la consideramos un derecho ante Dios —¡faltaría más!; nadie tiene derecho al perdón. Como escribía san Bernardo: «Nadie tiene una misericordia más grande que el que da su vida por los sentenciados a muerte y a la condenación. Luego mi único mérito es la misericordia del Señor. No seré pobre en méritos, mientras él no lo sea en misericordia»[2].


Estamos convencidos de que todo es gracia. Sentimos la necesidad de pedir perdón a Dios, quizá incluso aumentada en estos días, pero ¿pensamos en el efecto que produce en Él nuestro arrepentimiento?



Un Dios que corre a nuestro encuentro


El corazón del hijo pródigo tenía aún mucho por descubrir. «Cuando aún estaba lejos, le vio su padre y se compadeció. Y corriendo a su encuentro, se le echó al cuello y le cubrió de besos» (Lc 15,20). San Josemaría se conmovía al contemplar esta imagen: «Ante un Dios que corre hacia nosotros, no podemos callarnos, y le diremos con San Pablo, Abba, Pater!, Padre, ¡Padre mío!, porque, siendo el Creador del universo, no le importa que no utilicemos títulos altisonantes, ni echa de menos la debida confesión de su señorío»[3]. No es solo que su padre sea bueno, es que sigue considerándole hijo, el hijo de su alma. No es que no quiera castigarnos, es que quiere abrazarnos fuerte, y llenarnos de besos, y susurrarnos al oído: «Hijo mío, hija mía,…».


Dios no va a esperar a que lleguemos, a que logremos efectivamente confesarnos. Tal vez esté aún lejos el momento del retorno a la normalidad; sin embargo, cuando nos ve arrepentidos, Él mismo corre hacia nosotros, emocionado, feliz y orgulloso de que regresemos a casa. Por eso, no merece la pena detenernos demasiado en nuestros pecados: «Siguiendo los impulsos del Espíritu, que ahonda en lo más íntimo de Dios, pensemos en la dulzura del Señor, qué bueno es en sí mismo. Pidamos también, con el salmista, gozar de la dulzura del Señor, contemplando, no nuestro propio corazón, sino su templo, diciendo con el mismo salmista: Cuando mi alma se acongoja, te recuerdo»[4].



Regálame tus pecados


Al papa Francisco le gusta mucho narrar una historia: «Me acuerdo de un pasaje de la vida de un gran santo, Jerónimo, que tenía muy mal genio, y trató de ser manso, pero con ese genio… porque era un dálmata y los de Dalmacia son fuertes… Había logrado dominar su forma de ser, y así ofrecía al Señor tantas cosas, tanto trabajo, y le preguntaba al Señor: "¿Qué quieres de mí?" –"Todavía no me has dado todo". –"Pero Señor, te he dado esto, esto y esto…" –"Falta algo". –"¿Qué falta?" –"Dame tus pecados". Es hermoso escuchar esto: "Dame tus pecados, tus debilidades, te curaré, tú sigue adelante"»[5].


EN ESTOS DÍAS ECHAREMOS EN FALTA ESAS PALABRAS, PERO, AGUZANDO EL OÍDO, OIREMOS LA VOZ CARIÑOSA Y SUAVE DE JESÚS QUE NOS CONSUELA

Nuestro sufrimiento y nuestra tristeza es lo que causa dolor a Dios, porque es el principal resultado de la estafa que supone cualquier pecado. Por eso, si regresamos a Él, su dolor cesa, y cesa también nuestro mal. El poder del pecado es limitado, la Cruz le ha robado su veneno: estamos salvados, si somos humildes y nos dejamos salvar.


A menudo podremos decir: «Me basta examinar las pocas horas que llevo de pie en este día, para descubrir tanta falta de amor, de correspondencia fiel. Me apena de veras este comportamiento mío, pero no me quita la paz. Me postro ante Dios, y le expongo con claridad mi situación. Enseguida recibo la seguridad de su asistencia, y escucho en el fondo de mi corazón que Él me repite despacio: meus es tu!; sabía —y sé— cómo eres, ¡adelante!»[6].


En la confesión escuchamos la voz tierna y serena de Dios que nos dice: «Yo te absuelvo de tus pecados». En estos días echaremos en falta esas palabras, pero, aguzando el oído, oiremos la voz cariñosa y suave de Jesús que nos consuela.


La mejor de las devociones


A san Josemaría le encantaba comparar los actos de contrición con algo que había aprendido de los italianos. Afirman, respecto a las tazas de café, que hay que tomar no menos de tres y no más de treinta y tres: «¡cuantos más, mejor!»[7].


La contrición es el dolor que experimentamos frente a los pecados cometidos. La Iglesia ha distinguido tradicionalmente entre una contrición perfecta y otra imperfecta. El Catecismo enseña que la contrición perfecta es el dolor que «brota del amor de Dios amado sobre todas las cosas»[8]. Por ser un acto de Amor, se entiende que es ya una obra de la gracia, y por eso «perdona las faltas veniales» y puede obtener «también el perdón de los pecados mortales, si comprende la firme resolución de recurrir tan pronto sea posible a la confesión sacramental»[9].


Existe también una contrición imperfecta, que «nace de la consideración de la fealdad del pecado o del temor de la condenación eterna y de las demás penas con que es amenazado el pecador»[10]. Podría parecer un dolor inmaduro, y sin embargo «es también un don de Dios, un impulso del Espíritu Santo»[11], que nos prepara para la confesión y la absolución de los pecados, aunque no alcance por sí misma el perdón de los pecados graves.


El Papa Francisc lo ha resaltado en una homilía de estos días: «si no encuentras un sacerdote para confesarte, habla con Dios, que es tu Padre, y dile la verdad: “Señor, he hecho esto, esto, esto... Perdóname”, y pídele perdón con todo tu corazón, con el Acto de Dolor, y prométele: “Me confesaré más tarde, pero perdóname ahora”. Y de inmediato, volverás a la gracia de Dios. Tú mismo puedes acercarte, como nos enseña el Catecismo, al perdón de Dios sin tener un sacerdote a mano. Piensa en ello: ¡es la hora! Y este es el momento adecuado, el momento oportuno. Un acto de dolor bien hecho, y así nuestra alma se volverá blanca como la nieve»[12] .


Por otra parte, la dificultad actual puede servirnos para pedir a Dios por las personas que quisiéramos que se confesaran, o por aquellos que están atravesando situaciones graves y necesitan reconciliarse con Dios. Viviremos así esta particular comunión de los santos que tanto consuelo ha dado a los cristianos en momentos difíciles.


Saber todo esto puede que no sea suficiente en algún momento para restaurar la paz y la alegría en nuestros corazones. Es entonces el turno de nuestra Madre, de sus caricias que todo lo arreglan: «Todos los pecados de tu vida parece como si se pusieran de pie. —No desconfíes. —Por el contrario, llama a tu Madre Santa María, con fe y abandono de niño. Ella traerá el sosiego a tu alma»[13].

13 de septiembre de 2020

EL PERDÓN ILIMITADO

 


— Perdonar siempre con prontitud y de corazón,

— Aprender a querer a todos y a disculpar.

— El Sacramento del perdón nos mueve a ser misericordiosos con los demás.


I. Dios concede su perdón a quien perdona. La indulgencia que empleemos con los demás es la que tendrán con nosotros. Esta es la medida. Y este, el sentido de los textos de la Misa de hoy. La Primera lectura1 nos dice: Del vengativo se vengará el Señor y llevará estrecha cuenta de sus culpas. Perdona la ofensa a tu prójimo, y se te perdonarán los pecados cuando lo pidas. ¿Cómo puede un hombre guardar rencor y pedir la salud al Señor?


El Señor perfecciona esta ley extendiéndola a todo hombre y a cualquier ofensa, porque con su Muerte en la Cruz nos ha hecho a todos los hombres hermanos y ha saldado el pecado de todos. Por eso, cuando Pedro –convencido de que proponía algo desproporcionado– le pregunta a Jesús si debe perdonar hasta siete veces a su hermano que le ofende, el Señor le responde: No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete2, es decir, siempre. La caridad de Cristo no es setenta veces superior al comportamiento más esmerado de los mejores cumplidores de la Ley, sino que es de otra naturaleza, infinitamente más alta. Es otro su origen y su fin. Nos enseña Jesús que el mal, los resentimientos, el rencor, el deseo de venganza, han de ser vencidos por esa caridad ilimitada que se manifiesta en el perdón incansable de las ofensas. Él nos alentó a pedir en el Padrenuestro de esta manera: Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden. Por eso, como recuerda hoy la Liturgia de las Horas3, cuando rezamos el Padrenuestro hemos de estar unidos entre nosotros y con Jesucristo, y dispuestos a perdonarnos siempre unos a otros. Solo así atraeremos sobre nosotros la misericordia infinita de Dios.


Para perdonar de corazón, con total olvido de la injuria recibida, hace falta en ocasiones una gran fe que alimente la caridad. Por eso las almas que han estado muy cerca de Cristo ni siquiera han tenido necesidad de perdonar porque, por grandes que hayan sido las injurias, las calumnias..., no se sintieron personalmente ofendidas, pues sabían que el único mal es el mal moral, el pecado; los demás agravios no llegaban a herirles.


Examinemos hoy si guardamos en el corazón algún agravio, algo de rencor por una injuria real o imaginada. Pensemos si nuestro perdón es rápido, sincero, de corazón, y si pedimos al Señor por aquellas personas que, quizá sin darse cuenta, nos hicieron algún daño o nos ofendieron. «Cincuenta mil enojos que te hagan, tantos has de perdonar (...). Más adelante ha de ir tu paciencia que su malicia; antes se ha de cansar el otro de hacerte mal que tú de sufrirlo»4.


II. A veces son cosas pequeñas las que nos pueden herir: un favor que no nos agradecen, una recompensa que esperábamos y nos es negada, una palabra que nos llega en un momento malo o de cansancio... Otras, pueden ser más graves: calumnias sobre lo que más queremos en este mundo, interpretaciones torcidas de aquello que hemos procurado hacer con rectitud de intención... Sea lo que fuere, para perdonar con rapidez, sin que nada quede en el alma, necesitamos desprendimiento y un corazón grande orientado hacia Dios. Esa grandeza de alma nos llevará a pedir por las personas que, de una forma u otra, nos ocasionaron algún perjuicio. «¿No suelen ser amados más tiernamente los enfermos que los sanos?», se pregunta un clásico castellano. Y a continuación aconseja: «Sé médico de tus enemigos y los bienes que les hagas serán brasas que pongas sobre sus cabezas y les enciendan en el amor (Col 3, 13). Piensa en los medios de perfección que te suministra el que te persigue... Más aprovechó Herodes a los niños (Mt 2, 16) con su odio que el amor de sus propios padres, pues los hizo mártires»5. La actitud del perdón cristiano y, cuando sea necesario, la defensa justa y serena de los propios derechos o los de aquellos que nos están encomendados, servirán para acercar a Dios a quienes hayan podido cometer injusticias. Así lo hicieron los primeros cristianos cuando hubieron de soportar calumnias y persecuciones. «Permitidles –aconsejaba San Ignacio de Antioquía a los primeros fieles, mientras él se encaminaba al martirio– que, al menos por vuestras obras, reciban instrucción de vosotros. A sus arrebatos de ira responded con vuestra mansedumbre. Oponed a sus blasfemias vuestras oraciones; a su extravío, vuestra firmeza en la fe; a su fiereza, vuestra dulzura, y no pongáis empeño alguno en comportaros como ellos. Mostrémonos hermanos suyos por nuestra amabilidad; en cuanto a imitar, solo hemos de esforzarnos en imitar al Señor»6. Él está dispuesto a perdonarlo todo de todos. San Pablo, siguiendo al Maestro, exhortaba así a los cristianos de Tesalónica: Estad atentos para que nadie devuelva mal por mal, al contrario, procurad siempre el bien Mutuo7. Y a los de Colosas les apremiaba: Sobrellevaos mutuamente y perdonaos cuando alguno tenga queja contra otro; como el Señor os ha perdonado, hacedlo también vosotros8. Si aprendemos a disculpar ni siquiera tendremos que perdonar, porque no nos sentiremos ofendidos. Mal viviríamos nuestro camino de discípulos de Cristo si al menor roce –en el hogar, en la oficina, en el tráfico...– se enfriase nuestra caridad y nos sintiéramos ofendidos y separados. A veces –en materias más graves, donde se hace más difícil la disculpa– haremos nuestra la oración de Jesús: Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen9. Otras veces bastará con sonreír, devolver el saludo, tener un detalle amable para restablecer la amistad o la paz perdida. Las pequeñeces diarias no pueden ser motivo para que –casi siempre por soberbia, por susceptibilidad– perdamos la alegría, que debe ser algo habitual y profundo en nuestra vida.


III. El Señor, después de responder a Pedro sobre la capacidad ilimitada de perdón que hemos de tener, expuso la parábola de los dos deudores para enseñarnos el fundamento de esta manifestación de la caridad. Debemos perdonar siempre y todo, porque es mucho –sin medida– lo que Dios nos perdona, ante lo cual lo que debemos tolerar a los demás apenas tiene importancia: cien denarios (un talento equivalía a unos seis mil denarios). De ahí que solo sepan perdonar las almas humildes, conscientes de lo mucho que se les ha remitido. «Del mismo modo que el Señor está siempre dispuesto a perdonarnos, también nosotros debemos estar prontamente dispuestos a perdonarnos mutuamente. Y ¡qué grande es la necesidad de perdón y reconciliación en nuestro mundo de hoy, en nuestras comunidades y familias, en nuestro mismo corazón! Por esto el sacramento específico de la Iglesia para perdonar, el sacramento de la penitencia, es un don sumamente preciado.


»En el sacramento de la penitencia, el Señor nos concede su perdón de modo muy personal. Por medio del ministerio del sacerdote, vamos a nuestro Salvador con el peso de nuestros pecados. Manifestamos nuestro dolor y pedimos perdón al Señor. Entonces, a través del sacerdote, oímos a Cristo que nos dice: Tus pecados quedan perdonados (Mc 2, 5): Anda y en adelante no peques más (Jn 8, 11). ¿No podemos oír también que nos dice al llenarnos de su gracia salvífica: “Derrama sobre los otros setenta veces siete este mismo perdón y misericordia”?»10. ¡Qué gran escuela de amor y de generosidad es la Confesión! ¡Cómo agranda el corazón para comprender los defectos y errores de los demás! Del confesonario debemos salir con capacidad de querer, con más capacidad de perdonar11. La tarea de la Iglesia y de cada cristiano en todos los tiempos, aunque ahora en nuestros días parece más urgente, es «profesar y proclamar la misericordia en toda su verdad»12, derramar sobre todos los que cada día encontramos en los diversos caminos la misericordia ilimitada que hemos recibido de Cristo.


Pidamos a Nuestra Señora un corazón grande, como el suyo, para no detenernos demasiado en aquello que nos puede herir, y para aumentar nuestro espíritu de desagravio y de reparación por las ofensas al Corazón misericordioso de Jesús.

22 de marzo de 2020

LAS CARRERAS DE DIOS

En estos días de cuarentena, la mayoría de nosotros tenemos muy difícil acudir a la confesión. Tal vez esté aún lejos el momento del retorno a la normalidad; sin embargo, cuando nos ve arrepentidos, Él mismo corre hacia nosotros, emocionado, feliz y orgulloso de que regresemos a casa.

Jesús piensa que ha llegado el momento de manifestar hasta qué extremo ama su Padre a los hombres. Quiere introducirles en la antesala del cielo, y aspira a que disfruten del gozo que embarga a Dios cada vez que un pecador decide volver a casa. Les narra una parábola. No es fácil imaginar la emoción y el asombro de los discípulos al escuchar por primera vez la historia del hijo pródigo (cfr. Lc 15,11-32). Debió sorprenderles la desproporción entre la desfachatez del hijo pequeño y el cariño del padre, o la reacción airada de su hermano mayor.

En estos días de cuarentena, la mayoría de nosotros tenemos muy difícil acudir a la confesión, y mucho más difícil es acercarse a ese sacramento con la frecuencia que quizá nos gustaría. Las restricciones de la circulación física de las personas para prevenir nuevos contagios pueden comportar el retraso por un tiempo indeterminado de la recepción del sacramento de la Misericordia divina. Esta contrariedad, junto a otras que estamos viviendo, son también un modo de crecer para adentro: «Es bueno recordar que el Señor nos da su gracia para santificarnos también en esas circunstancias de incertidumbre»[1]. No sabemos cuándo podremos volver a confesarnos, pero no debemos dudar de que nuestro Padre Dios, si acudimos a Él con un corazón «contrito y humillado» (Sal 50,19), siempre nos ofrece su perdón, por grande que haya sido nuestra fragilidad (cfr. Lc 15,20-24).


Un regalo que no se merece

El hijo menor añora su casa: «¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen pan abundante mientras yo aquí me muero de hambre!» (Lc 15,17). Aunque no piensa en la angustia y el dolor de su padre, no exige el perdón —¿cómo va a hacer eso?—; lo implora. Espera y confía en la bondad de su padre. Y ese es ya un primer cambio en su corazón.

A nosotros nos sucede a veces algo parecido. Luchamos por confesarnos con la regularidad que hace bien a nuestra alma. Somos muy conscientes de cuánto bien nos hace y la alegría que nos transmite una confesión contrita. Es verdad que no la consideramos un derecho ante Dios —¡faltaría más!; nadie tiene derecho al perdón. Como escribía san Bernardo: «Nadie tiene una misericordia más grande que el que da su vida por los sentenciados a muerte y a la condenación. Luego mi único mérito es la misericordia del Señor. No seré pobre en méritos, mientras él no lo sea en misericordia»[2].

Estamos convencidos de que todo es gracia. Sentimos la necesidad de pedir perdón a Dios, quizá incluso aumentada en estos días, pero ¿pensamos en el efecto que produce en Él nuestro arrepentimiento?


Un Dios que corre a nuestro encuentro

El corazón del hijo pródigo tenía aún mucho por descubrir. «Cuando aún estaba lejos, le vio su padre y se compadeció. Y corriendo a su encuentro, se le echó al cuello y le cubrió de besos» (Lc 15,20). San Josemaría se conmovía al contemplar esta imagen: «Ante un Dios que corre hacia nosotros, no podemos callarnos, y le diremos con San Pablo, Abba, Pater!, Padre, ¡Padre mío!, porque, siendo el Creador del universo, no le importa que no utilicemos títulos altisonantes, ni echa de menos la debida confesión de su señorío»[3]. No es solo que su padre sea bueno, es que sigue considerándole hijo, el hijo de su alma. No es que no quiera castigarnos, es que quiere abrazarnos fuerte, y llenarnos de besos, y susurrarnos al oído: «Hijo mío, hija mía,…».

Dios no va a esperar a que lleguemos, a que logremos efectivamente confesarnos. Tal vez esté aún lejos el momento del retorno a la normalidad; sin embargo, cuando nos ve arrepentidos, Él mismo corre hacia nosotros, emocionado, feliz y orgulloso de que regresemos a casa. Por eso, no merece la pena detenernos demasiado en nuestros pecados: «Siguiendo los impulsos del Espíritu, que ahonda en lo más íntimo de Dios, pensemos en la dulzura del Señor, qué bueno es en sí mismo. Pidamos también, con el salmista, gozar de la dulzura del Señor, contemplando, no nuestro propio corazón, sino su templo, diciendo con el mismo salmista: Cuando mi alma se acongoja, te recuerdo»[4].


Regálame tus pecados

Al papa Francisco le gusta mucho narrar una historia: «Me acuerdo de un pasaje de la vida de un gran santo, Jerónimo, que tenía muy mal genio, y trató de ser manso, pero con ese genio… porque era un dálmata y los de Dalmacia son fuertes… Había logrado dominar su forma de ser, y así ofrecía al Señor tantas cosas, tanto trabajo, y le preguntaba al Señor: "¿Qué quieres de mí?" –"Todavía no me has dado todo". –"Pero Señor, te he dado esto, esto y esto…" –"Falta algo". –"¿Qué falta?" –"Dame tus pecados". Es hermoso escuchar esto: "Dame tus pecados, tus debilidades, te curaré, tú sigue adelante"»[5].

Nuestro sufrimiento y nuestra tristeza es lo que causa dolor a Dios, porque es el principal resultado de la estafa que supone cualquier pecado. Por eso, si regresamos a Él, su dolor cesa, y cesa también nuestro mal. El poder del pecado es limitado, la Cruz le ha robado su veneno: estamos salvados, si somos humildes y nos dejamos salvar.
A menudo podremos decir: «Me basta examinar las pocas horas que llevo de pie en este día, para descubrir tanta falta de amor, de correspondencia fiel. Me apena de veras este comportamiento mío, pero no me quita la paz. Me postro ante Dios, y le expongo con claridad mi situación. Enseguida recibo la seguridad de su asistencia, y escucho en el fondo de mi corazón que Él me repite despacio: meus es tu!; sabía —y sé— cómo eres, ¡adelante!»[6].
En la confesión escuchamos la voz tierna y serena de Dios que nos dice: «Yo te absuelvo de tus pecados». En estos días echaremos en falta esas palabras, pero, aguzando el oído, oiremos la voz cariñosa y suave de Jesús que nos consuela.
La mejor de las devociones
A san Josemaría le encantaba comparar los actos de contrición con algo que había aprendido de los italianos. Afirman, respecto a las tazas de café, que hay que tomar no menos de tres y no más de treinta y tres: «¡cuantos más, mejor!»[7].
La contrición es el dolor que experimentamos frente a los pecados cometidos. La Iglesia ha distinguido tradicionalmente entre una contrición perfecta y otra imperfecta. El Catecismo enseña que la contrición perfecta es el dolor que «brota del amor de Dios amado sobre todas las cosas»[8]. Por ser un acto de Amor, se entiende que es ya una obra de la gracia, y por eso «perdona las faltas veniales» y puede obtener «también el perdón de los pecados mortales, si comprende la firme resolución de recurrir tan pronto sea posible a la confesión sacramental»[9].
Existe también una contrición imperfecta, que «nace de la consideración de la fealdad del pecado o del temor de la condenación eterna y de las demás penas con que es amenazado el pecador»[10]. Podría parecer un dolor inmaduro, y sin embargo «es también un don de Dios, un impulso del Espíritu Santo»[11], que nos prepara para la confesión y la absolución de los pecados, aunque no alcance por sí misma el perdón de los pecados graves.
El Papa Francisco lo ha resaltado en una homilía de estos días: «si no encuentras un sacerdote para confesarte, habla con Dios, que es tu Padre, y dile la verdad: “Señor, he hecho esto, esto, esto... Perdóname”, y pídele perdón con todo tu corazón, con el Acto de Dolor, y prométele: “Me confesaré más tarde, pero perdóname ahora”. Y de inmediato, volverás a la gracia de Dios. Tú mismo puedes acercarte, como nos enseña el Catecismo, al perdón de Dios sin tener un sacerdote a mano. Piensa en ello: ¡es la hora! Y este es el momento adecuado, el momento oportuno. Un acto de dolor bien hecho, y así nuestra alma se volverá blanca como la nieve»[12] .
Por otra parte, la dificultad actual puede servirnos para pedir a Dios por las personas que quisiéramos que se confesaran, o por aquellos que están atravesando situaciones graves y necesitan reconciliarse con Dios. Viviremos así esta particular comunión de los santos que tanto consuelo ha dado a los cristianos en momentos difíciles.
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Saber todo esto puede que no sea suficiente en algún momento para restaurar la paz y la alegría en nuestros corazones. Es entonces el turno de nuestra Madre, de sus caricias que todo lo arreglan: «Todos los pecados de tu vida parece como si se pusieran de pie. —No desconfíes. —Por el contrario, llama a tu Madre Santa María, con fe y abandono de niño. Ella traerá el sosiego a tu alma»[13].
Diego Zalbidea

Nota de la Penitenciaría Apostólica sobre el Sacramento de la Reconciliación en la actual situación de pandemia.                                                                 20.03.2020

“Yo estoy con vosotros todos los días”(Mt 28,20)

La gravedad de las circunstancias actuales exige una reflexión sobre la urgencia y la centralidad del Sacramento de la Reconciliación, junto con algunas aclaraciones necesarias, tanto para los fieles laicos como para los ministros llamados a celebrar el Sacramento.

También en la época de Covid-19, el Sacramento de la Reconciliación se administra de acuerdo con el derecho canónico universal y según lo dispuesto en el Ordo Paenitentiae.

La confesión individual representa el modo ordinario de celebrar este sacramento (cf. c. 960 del Código de Derecho Canónico), mientras que la absolución colectiva, sin la confesión individual previa, no puede impartirse sino en caso de peligro inminente de muerte, por falta de tiempo para oír las confesiones de los penitentes individuales (cf. c. 961 § 1 del Código de Derecho Canónico) o por grave necesidad (cf. c. 961 § 1 del Código de Derecho Canónico). 961 § 1, 2 CIC), cuya consideración corresponde al obispo diocesano, teniendo en cuenta los criterios acordados con los demás miembros de la Conferencia Episcopal (cf. c. 455 § 2 CIC), y sin perjuicio de la necesidad, para la válida absolución, del votum sacramenti por parte del penitente individual, es decir, del propósito de confesar a su debido tiempo los pecados graves que en su momento no pudieron ser confesados (cf. c. 962 § 1 CIC).

Esta Penitenciaría Apostólica cree que, sobre todo en los lugares más afectados por el contagio de la pandemia y hasta que el fenómeno no remita, se producirán los casos de grave necesidad citados en el can. 961, § 2 CIC arriba mencionado.

Cualquier otra especificación se delega según el derecho a los obispos diocesanos, teniendo siempre en cuenta el bien supremo de la salvación de las almas (cf. c. 1752 C.I.C.).

En caso de que surja la necesidad repentina de impartir la absolución sacramental a varios fieles juntos, el sacerdote está obligado a avisar, en la medida de lo posible, al obispo diocesano o, si no puede, a informarle cuanto antes (cf. Ordo Paenitentiae, n. 32).

En la presente emergencia pandémica, corresponde por tanto al obispo diocesano indicar a los sacerdotes y penitentes las prudentes atenciones que deben adoptarse en la celebración individual de la reconciliación sacramental, tales como la celebración en un lugar ventilado fuera del confesionario, la adopción de una distancia adecuada, el uso de mascarillas protectoras, sin perjuicio de la absoluta atención a la salvaguardia del sigilo sacramental y la necesaria discreción.

Además, corresponde siempre al obispo diocesano determinar, en el territorio de su propia circunscripción eclesiástica y en relación con el nivel de contagio pandémico, los casos de grave necesidad en los que es lícito impartir la absolución colectiva: por ejemplo, a la entrada de las salas de hospital, donde estén ingresados los fieles contagiados en peligro de muerte, utilizando en lo posible y con las debidas precauciones los medios de amplificación de la voz para que se pueda oír la absolución.

Hay que considerar la necesidad y la conveniencia de establecer, cuando sea necesario, de acuerdo con las autoridades sanitarias, grupos de "capellanes extraordinarios de hospitales", también con carácter voluntario y en cumplimiento de las normas de protección contra el contagio, para garantizar la necesaria asistencia espiritual a los enfermos y moribundos.

Cuando el fiel se encuentre en la dolorosa imposibilidad de recibir la absolución sacramental, debe recordarse que la contrición perfecta, procedente del amor del Dios amado sobre todas las cosas, expresada por una sincera petición de perdón (la que el penitente pueda expresar en ese momento) y acompañada de votum confessionis, es decir, del firme propósito de recurrir cuanto antes a la confesión sacramental, obtiene el perdón de los pecados, incluso mortales (cf. Catecismo, n. 1452).

Nunca como en este tiempo la Iglesia experimenta el poder de la comunión de los santos, eleva a su Señor Crucificado y Resucitado votos y oraciones, en particular el Sacrificio de la Santa Misa, celebrada diariamente, incluso sin el pueblo, por los sacerdotes.

Como buena madre, la Iglesia implora al Señor que la humanidad sea liberada de tal flagelo, invocando la intercesión de la Santísima Virgen María, Madre de la Misericordia y Salud de los Enfermos, y de su esposo San José, bajo cuyo patrocinio la Iglesia camina siempre por el mundo.

Que María Santísima y San José nos obtengan abundantes gracias de reconciliación y salvación, en la escucha atenta de la Palabra del Señor, que hoy repite a la humanidad: "Basta ya; sabed que yo soy Dios" (Sal 46, 11), "Yo estoy con vosotros todos los días" (Mt 28, 20).

Dado en Roma, desde la sede de la Penitenciaría Apostólica, el 19 de marzo de 2020,

Solemnidad de San José, Esposo de la Santísima Virgen María, Patrono de la Iglesia Universal.