"Hago todos los días mi "ratito" de oración: ¡si no fuera por eso!" (Camino, 106)

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22 de enero de 2022

ENCONTRAR A JESUS EN LO NORMAL

 



Evangelio (Mc 3,20-21)


Entonces llegó a casa; y se volvió a juntar la muchedumbre, de manera que no podían ni siquiera comer. Se enteraron sus parientes y fueron a llevárselo porque decían que había perdido el juicio.


Comentario


La sobria pero cuidada narración de Marcos dice mucho con pocas palabras: Jesús llega a casa, pero ni en ella puede descansar. La muchedumbre tiene necesidad de oírle y de pedirle sanación cuanto antes, como si fuera a desaparecer pronto de sus vidas. ¡Qué fuerza de atracción tenía la mera presencia de Jesús! ¡Cómo debía ser su palabra! ¡Qué transformación interior debían experimentar los que le escuchaban con el corazón abierto! Es la fuerza arrolladora de la santidad, de la vida divina, esa misma de la que el Señor nos quiere hacer partícipes a todos.


El cuerpo humano no puede resistir mucho sin alimento. El texto bíblico nos dice que Jesús no tenía fácil ni satisfacer una necesidad tan perentoria. Pero él no tenía problema en acudir antes a otro tipo de alimento. Qué bien encajan aquí estas palabras suyas: “Jesús les dijo: —Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado y llevar a cabo su obra. ¿No decís vosotros que faltan cuatro meses para la siega? Pues yo os digo: levantad los ojos y mirad los campos que están dorados para la siega; el segador recibe ya su jornal y recoge el fruto para la vida eterna, para que se gocen juntos el que siembra y el que siega” (Jn 4,34-36).


No podemos saber cómo experimentaba Jesús el paso del tiempo. Pero sabemos de su ardor: “Fuego he venido a traer a la tierra, y ¿qué quiero sino que ya arda?” (Lc 12,49). Esto a algunos se les hacía incomprensible. Entre ellos, a algunos de sus parientes. Es duro que entre las personas que no comprenden ese fuego de amor que bulle en nuestro corazón se encuentren algunos de nuestros parientes. Pero, del mismo modo que nos imaginamos a Jesús siempre acogedor y cercano con ellos, nosotros vivimos nuestra fe con la convicción de que como más podemos ayudarlos es estando cada día un poco más cerca del Señor, haciéndoles así partícipes, con nuestro amor y nuestra oración, de los dones que Jesús nos ofrece y a los que intentamos corresponder con humildad y agradecimiento.


PARA TU ORACION PERSONAL 


Jesús está siempre a nuestra disposición.

Él es fuente de novedad.

La Eucaristía alimenta nuestra sed de almas.

TANTA GENTE se agolpaba en torno a Jesús y sus discípulos que, en no pocas ocasiones, «no los dejaban ni comer» (Mc 3,20). El Señor pasa horas y horas escuchando a personas, todas muy distintas. Para uno tiene palabras de perdón y de aliento; para otra, un gesto de ternura; para algunos, ese encuentro supone el final de una enfermedad o el principio de una nueva vida. Todo el que se acerca a Jesús se siente escuchado, atendido, querido, aunque sean encuentros de unos pocos segundos. Nosotros también estamos dentro de una de esas muchedumbres, esperando el momento de ver al Maestro cara a cara. ¿Qué le voy a pedir? ¿Qué me gustaría contarle? ¿Qué me preocupa? ¿Qué necesito sanar en mi alma? ¿A quiénes llevo hoy en el corazón de modo especial? Los ratos de oración son tan reales como esos encuentros que nos relata el Evangelio. El Señor nos espera con la misma atención.


Una humanidad necesitada consume las energías del Maestro y de sus discípulos. El amor por la muchedumbre puede más que el cansancio, más que el hambre, más que cualquier problema personal. Jesucristo se identifica de tal modo con su misión salvadora, que todo en él está supeditado a ella. Por estar un rato con nosotros, Jesús está dispuesto a quedarse sin comer o a permanecer en un sagrario sin que importe el tiempo. «Al recorrer las calles de alguna ciudad o de algún pueblo –confesaba san Josemaría–, me da alegría descubrir, aunque sea de lejos, la silueta de una iglesia; es un nuevo Sagrario, una ocasión más de dejar que el alma se escape para estar con el deseo junto al Señor Sacramentado»1.


NO TODO EL MUNDO participa del entusiasmo de aquella muchedumbre por Jesús. Algunos de sus paisanos y familiares, que le conocen desde que era un niño, no aceptan que haya alcanzado esa notoriedad. Conocen al hijo del carpintero desde siempre, piensan que ya saben lo que se puede esperar de él y, por eso, lo que está ocurriendo no entra dentro de sus expectativas. Quizá nosotros también hemos conocido a Jesús desde nuestra más tierna infancia. Y quizá, como sus paisanos, creemos también que ya sabemos lo que podemos esperar de él. Este puede ser un obstáculo para abrirnos a sus dones. Envejecer espiritualmente significa, precisamente, no esperar ya nada nuevo, ni siquiera de quien es la fuente de toda novedad. La presencia de Jesús rejuvenece el espíritu, hace siempre más audaz a la fe, más segura a la esperanza, más ardiente a la caridad.


«La Palabra de Dios en el libro del Apocalipsis dice así: “Mira que hago un mundo nuevo” (Ap. 21,5). La esperanza cristiana se basa en la fe en Dios que siempre crea novedad en la vida del hombre, crea novedad en el cosmos. Nuestro Dios es el Dios que crea novedad, porque es el Dios de las sorpresas»2. San Josemaría, cada vez que se acercaba al altar para celebrar la santa Misa, saboreaba interiormente el salmo 43, dirigiéndose a Dios como el Dios que alegra nuestra juventud. Si descubrimos síntomas de envejecimiento espiritual, podemos acudir al Banquete Eucarístico para renovarnos, para que Dios alegre nuestra vida con una fe siempre joven; entonces crecerá nuestra convicción de que para él no hay nada imposible (cfr. Lc 1, 37) y que su mano no se ha acortado (cfr. Is, 59, 1).


ES TARDE y todavía no han comido. Sin embargo, Jesús había hablado a sus discípulos de un alimento que ellos no conocían: mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado (Cfr. Jn 4,34). La muchedumbre que, por un lado, les deja sin comer, por otro lado les permite ver que la voluntad del Padre es salvar a todos. Y esa voluntad del Padre acabará siendo su alimento preferido.


«Al ver a las multitudes, se llenó de compasión por ellas» (Mt, 9, 36). Hacer la voluntad del Padre produce todavía más hambre de hacer la voluntad del Padre. El alimento material sacia cuando se come; el alimento espiritual, cuanto más se prueba, más hambre da. Después de una jornada haciendo el bien a tantas personas, los discípulos están exhaustos y hambrientos, pero también con más hambre de almas. Es lo que ocurre a quien sigue a Jesús: que ya no puede vivir de espaldas a la muchedumbre y se llena de ansias de hacerla feliz.


Al final del día, se habrán sentado por fin a comer algo. Habían comido juntos muchas veces, pero llegará un día, casi al final de su paso por esta tierra, en la Última Cena, en que Cristo les dará a comer su misma hambre. En la Eucaristía comemos y nos llenamos de la misma hambre de Cristo, de sus mismos deseos salvadores, de su misma sed de almas. Le podemos pedir ayuda a nuestra Madre para participar cada vez con más amor en ese Banquete; así, junto a ella, nuestro corazón se compadecerá con el sufrimiento de la muchedumbre y se llenará de ansias de hacerla feliz.

4 de diciembre de 2021

5 TIPS PARA SANTIFICAR LO ORDINARIO


Evangelio (Mt 9,35-38; 10,1.6-8)


Jesús recorría todas las ciudades y aldeas enseñando en sus sinagogas, predicando el Evangelio del Reino y curando todas las enfermedades y dolencias. Al ver a las multitudes se llenó de compasión por ellas, porque estaban maltratadas y abatidas como ovejas que no tienen pastor. Entonces les dijo a sus discípulos: — La mies es mucha, pero los obreros pocos. Rogad, por tanto, al señor de la mies que envíe obreros a su mies.


Habiendo llamado a sus doce discípulos, les dio potestad para expulsar a los espíritus impuros y para curar todas las enfermedades y dolencias. Id primero a las ovejas perdidas de la casa de Israel. Id y predicad: «El Reino de los Cielos está al llegar». Curad a los enfermos, resucitad a los muertos, sanad a los leprosos, expulsad los demonios. Gratuitamente lo recibisteis, dadlo gratuitamente.


Comentario


Recorriendo todas las ciudades y aldeas, Jesús se da cuenta de que hay muchos enfermos por curar y muchos oídos sedientos de escuchar el Evangelio del Reino. Nos dice Mateo que, al ver a toda la gente, el Señor se “llenó de compasión” y, con entrañas de misericordia, expresa el deseo de compartir este sentimiento con otros corazones. “Rogad al señor que envíe obreros a su mies”, personas que puedan ayudarle a cargar con el peso de las almas.


Cuando leemos estas palabras tal vez pensemos, en primer lugar, en la necesidad de que haya vocaciones a una entrega total en el sacerdocio, el celibato o a la vida consagrada; mientras nosotros colaboraremos como podamos.


Es verdad que, llamando a los Doce, Jesús transmite una potestad especial para algunas tareas determinadas y necesarias para la vida de la Iglesia, como la celebración de los sacramentos.


Pero es a todos los bautizados a quienes el Señor nos pide que participemos en la misión de llevar el Evangelio con nuestra vida hasta los confines de la tierra. “Si luchamos diariamente por alcanzar la santidad cada uno en su propio estado dentro del mundo y en el ejercicio de la propia profesión, en nuestra vida ordinaria, me atrevo a asegurar que también a nosotros el Señor nos hará instrumentos capaces de obrar milagros y, si fuera preciso, de los más extraordinarios”. (San Josemaría, Amigos de Dios n.262)


Podemos pedir a Dios que nos conceda una mirada sobre el mundo y sobre las personas a la medida de sus ojos misericordiosos. Así, nos llenaremos de una santa compasión hacia aquellos que están “maltratados y abatidos” y podremos acercarles el amor de Dios por ellos.


PARA TU ORACION PERSONAL


El cristiano está invitado a convertirse en alguien «contemplativo en medio del mundo». ¿Utópico? No, siempre y cuando se sigan los cinco pasos para santificar la vida ordinaria que propone el fundador del Opus Dei, san Josemaría Escrivá de Balaguer.


1. Amar la realidad de nuestras circunstancias presentes


“¿Quieres de verdad ser santo?”, preguntaba san Josemaría. “Cumple el pequeño deber de cada momento: haz lo que debes y está en lo que haces”. Más tarde, desarrollaría esta perspectiva realista y concreta de la santidad en medio del mundo en la homilía Amar al mundo apasionadamente: “Dejaos, pues, de sueños, de falsos idealismos, de fantasías, de eso que suelo llamar mística ojalatera —¡ojalá no me hubiera casado, ojalá no tuviera esta profesión, ojalá tuviera más salud, ojalá fuera joven, ojalá fuera viejo!…—, y ateneos, en cambio, sobriamente, a la realidad más material e inmediata, que es donde está el Señor”.


Este “santo de lo ordinario” nos invita a sumergirnos de verdad en la aventura de lo cotidiano: “No hay otro camino, hijos míos: o sabemos encontrar en nuestra vida ordinaria al Señor, o no lo encontraremos nunca”.


2. Descubrir ese “algo divino” oculto tras los detalles


“Dios está cerca”, afirmaba Benedicto XVI. Este es también el camino en el que san Josemaría acompañaba dulcemente a sus interlocutores: “Vivimos como si el Señor estuviera allá lejos, donde brillan las estrellas, y no consideramos que también está siempre a nuestro lado”.


¿Cómo encontrarlo, cómo establecer una relación con Él? “Sabedlo bien: hay algo santo, divino, escondido en las situaciones más comunes, que os toca a cada uno de vosotros descubrir”.


En el fondo, se trata de transformar todas las circunstancias de la vida corriente, agradables o menos agradables, en fuente de diálogo con Dios. Y por tanto de contemplación: “Pero esa tarea vulgar —igual que la que realizan tus compañeros de oficio— ha de ser para ti una continua oración, con las mismas palabras entrañables, pero cada día con música distinta. Es misión muy nuestra transformar la prosa de esta vida en endecasílabos, en poesía heroica”.


3. Buscar la unidad de vida


Para san Josemaría, la aspiración a una vida de oración auténtica está íntimamente ligada a una búsqueda de mejoría personal, a través de la adquisición de virtudes humanas “engarzadas en la vida de la gracia”. Paciencia ante el adolescente rebelde, sentido de amistad y capacidad de fascinación en las relaciones con los demás, serenidad ante un fracaso doloroso…


Aquí está, según san Josemaría, la “materia prima” del diálogo con Dios, el campo de ejercicio de la santificación. Se trata de “materializar la vida espiritual” para evitar la tentación de “llevar como una doble vida: la vida interior, la vida de relación con Dios, de una parte; y de otra, distinta y separada, la vida familiar, profesional y social, plena de pequeñas realidades terrenas”.


Un diálogo que aparece en Camino ilustra bien esta invitación: “Me preguntas: ¿por qué esa Cruz de palo? —Y copio de una carta: ‘Al levantar la vista del microscopio la mirada va a tropezar con la Cruz negra y vacía. Esta Cruz sin Crucificado es un símbolo. Tiene una significación que los demás no verán. Y el que, cansado, estaba a punto de abandonar la tarea, vuelve a acercar los ojos al ocular y sigue trabajando: porque la Cruz solitaria está pidiendo unas espaldas que carguen con ella’”.


4. Ver a Cristo en los demás


Nuestra vida cotidiana es esencialmente una vida de relaciones, familiares, amistosas, profesionales… Fuentes de alegría al igual que de tensiones inevitables. Según san Josemaría, el secreto es saber “reconocer a Cristo, que nos sale al encuentro, en nuestros hermanos los hombres. (…) Ninguna persona es un verso suelto, sino que formamos todos parte de un mismo poema divino, que Dios escribe con el concurso de nuestra libertad”.


Las relaciones cotidianas adquieren, desde ese momento, también, un relieve insospechado. “—Niño. —Enfermo. —Al escribir estas palabras, ¿no sentís la tentación de ponerlas con mayúscula? Es que, para un alma enamorada, los niños y los enfermos son Él”.


Y de ese diálogo íntimo y continuo con Cristo deriva también de forma natural las ganas de hablar a los demás de Él: “El apostolado es amor de Dios, que se desborda, dándose a los demás”.


5. Hacerlo todo por amor


“Todo lo que se hace por Amor adquiere hermosura y se engrandece”. Esta es sin duda la última palabra de la espiritualidad de san Josemaría. No se trata de intentar hacer grandes acciones o esperar circunstancias extraordinarias para comportarse de forma heroica. La cuestión es, más bien, esforzarse humildemente en el pequeño deber de cada momento poniendo todo el amor y toda la perfección humana de los que seamos capaces.


A san Josemaría le gustaba especialmente servirse de la imagen del pequeño burro de noria cuya vida, en apariencia insípida y monótona, resulta de una extraordinaria fecundidad: “¡Bendita perseverancia la del borrico de noria! —Siempre al mismo paso. Siempre las mismas vueltas. —Un día y otro: todos iguales. Sin eso, no habría madurez en los frutos, ni lozanía en el huerto, ni tendría aromas el jardín. Lleva este pensamiento a tu vida interior”.


24 de noviembre de 2021

SER SANTO EN LA VIDA COTIDIANA

 



Evangelio (Lc 21,12-19)


En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:


— Pero antes de todas estas cosas os echarán mano y os perseguirán, entregándoos a las sinagogas y a las cárceles, llevándoos ante reyes y gobernadores por causa de mi nombre: esto os sucederá para dar testimonio. Así pues, convenceos de que no debéis tener preparado de antemano cómo os vais a defender; porque yo os daré palabras y sabiduría que no podrán resistir ni contradecir todos vuestros adversarios. Seréis entregados incluso por padres y hermanos, parientes y amigos, y matarán a algunos de vosotros, y todos os odiarán a causa de mi nombre. Pero ni un cabello de vuestra cabeza perecerá. Con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas.


Comentario


Continúa el discurso escatológico de Jesús con sus vaticinios sobre los últimos tiempos. Esta vez, el presagio parece todavía más inquietante: la persecución a los propios discípulos de Jesús, por causa de su nombre.


Y así sucedió en la primitiva comunidad cristiana, poco después de que el Espíritu Santo descendiera sobre los Apóstoles. Ellos actuaban en nombre de Jesús, sin miedo, a pesar de los encarcelamientos, los malos tratos: nada los frenaba. Acudían a la oración, y recibían la fuerza del Espíritu Santo (cf. Hch 4,24-31).


El primer mártir, Esteban, “hacía grandes prodigios y señales entre el pueblo” (Hch 6,8), y los que le escuchaban “no podían resistir la sabiduría y el Espíritu con que hablaba” (8,10). Todo se cumplía tal como había vaticinado Jesús, porque aquellos discípulos confiaban profundamente en Él. Y valoraban más la salvación de las almas que su propia vida. No solo eso, estaban “gozosos (...) porque habían sido dignos de ser ultrajados a causa del Nombre” (Hch 5,41).


En verdad, aquel rechazo de la palabra evangelizadora de los apóstoles era el camino previsto por Dios para que su mensaje llegase a muchos hombres y mujeres: “la palabra de Dios se propagaba, y aumentaba considerablemente el número de discípulos en Jerusalén” (Hch 6,7).


Nos admiramos ante la perseverancia de los primeros cristianos, por medio de la cual no solo salvaron sus almas, sino la de miles de personas. Pero la persecución a la Iglesia no ha cesado a lo largo de los siglos: es como un signo de su vitalidad, de su perenne juventud.


Y hoy Jesús y su Espíritu siguen vivificando las almas de tantos cristianos que no temen dar su vida por el Evangelio, rezando también por sus perseguidores, pues los aman y los perdonan, fieles a las palabras y al ejemplo de Jesús: “amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen” (Mt 5,44); “Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen” (Lc 23,34).


Así hizo Esteban, antes de morir lapidado: “Señor, no les tengas en cuenta este pecado” (Hch 7,60). Necesitamos esa misma actitud de oración, perdón y perseverancia en el bien en nuestro vivir cotidiano cuando nos encontramos con quienes parecen oponerse a la misión de la Iglesia.


PARA TU ORACION PERSONAL

6mensajes de San Josemaría para vivir bien la visa cotidiana 


1. Ilusionarse con la vida ordinaria


Sabemos que nos encontramos en el plano de nuestra santificación frente al trabajo profesional o al estudio, en las realidades cotidianas… pero, día tras día, se pueden tornar repetitivas. Lo que empezamos con mucha ilusión luego acaba por aburrirnos, y lo que creíamos que era una tarea importante, parece no tener sentido.


Cuando a san Josemaría le preguntaron cómo llevar adelante el trabajo ordinario para santificarlo, cuando se presenta aparentemente sin brillo, él respondió que hay que convertir la prosa del día en endecasílabos, en poesía heroica, en una canción nueva. «¡No es verdad que tus días sean iguales! si pones amor en tus días, cada día es distinto», explicó con una sonrisa, añadiendo que en la vida hay que hacerlo todo por amor, porque el amor tiene alas, y así, volando a veces más alto o más bajo, las perspectivas del día, aun siendo parecidas, se presentarán siempre distintas.


Es así que, aunque lo que hagamos, a los ojos humanos, parezca ser poca cosa, hecho por amor se convierte en algo grande a los ojos de Dios. Y nosotros, que buscamos la novedad para entusiasmarnos, descubriremos que solo necesitamos poner un amor nuevo para recuperar la ilusión que vamos empañando con el paso del tiempo. Si no se nos ocurre cómo hacer nuevo ese amor, siempre podemos acudir a Dios y pedírselo, que él nos renueve la ilusión con que comenzamos una tarea, para finalizarla de la misma manera. Aunque ilusiones humanas no hayan, que nuestra ilusión sea sobrenatural, que sea quererle más, agradarle mejor.


2. Supérate cada día


«Que no te de vergüenza ser un pobre cacharro, con defecto, pero lucharemos toda la vida para no tenerlos, hasta el final. ¡Eso es amor!», es otro consejo que dejó San Josemaría.


Sabemos que no podemos hacer todo bien, pero como que lo sabemos en teoría. Porque cuando de verdad nos vemos frente a frente con nuestros defectos, con nuestros errores, nos ponemos tristes. No tenemos que ponernos tristes. Sí, pueden dolernos las equivocaciones, pero la tristeza ya viene más bien como consecuencia de la vanidad: “¡cómo yo voy a fallar!”, o de la desconfianza en el amor de Dios: “no soy lo suficientemente bueno como para que Dios me quiera”.


Mientras queramos ser santos –y lo queremos– nos pasaremos la vida rectificando. Defectos los tenemos, simplemente Dios espera que los reconozcamos y, con humildad, nos pongamos delante de Él, pidiéndole que nos limpie, que nos ayude a sacárnoslos de encima.


Podemos acudir a la Virgen, presentarle nuestras intenciones: “Mira, yo quisiera hacer todo esto… pero ¡soy tan pequeño! Solo esto he alcanzado a hacer, esto otro ya no lo pude hacer, me equivoqué”. Con seguridad, Ella se encargará de ayudarnos a reparar en lo que fallamos, y le llevará lo bueno que hicimos al Padre y le dirá “¡Mira qué bonito esto que hizo este hijo Tuyo!”. Seríamos tontos si no acudiéramos a tan buena intercesora.


3. El mejor negocio es educar a los hijos


Hoy día, más que nunca, es necesario repetir este mensaje. Hay que volver a jugar con los hijos, hay que estar disponibles para ellos, presente en su educación. ¿Cómo podrían hacerse amigos de los hijos los padres ausentes? No quiere decir que haya que descuidar el trabajo, hay que hacerlo bien y en el tiempo suficiente como para equilibrarlo con la vida familiar, recordando el trabajo más importante es el matrimonio y la paternidad, que la formación de los hijos “es el mejor negocio”.


Al mismo tiempo, el mensaje también va dirigido a los hijos, quienes tienen que perder el miedo de acudir a sus padres. Hay que aprender, en cambio, a uno mismo buscar esa educación que los padres quieren transmitir. Pedir consejos, escuchar, y mostrar la apertura suficiente para asimilar los criterios que nos quieren inculcar.


4. Sonreír siempre


Un santo triste es un triste santo, diría en otra oportunidad San Josemaría. El cristiano contiene en sí la alegría de llevar consigo la Buena Nueva: Dios nos ha redimido, nos ha hecho hijos del Padre Eterno. Estamos creados para vivir esa felicidad, hasta encontrarnos con la felicidad plena del Cielo. No podemos andar con caras avinagradas, como recuerda continuamente el Papa Francisco. Es un desafío, porque a veces hay que sonreír incluso cuando tantas cosas duelen.


Y no lo hacemos por masoquistas, sino porque, como dije, conocemos una verdad más alta que supera nuestra pena temporal, y nos enseña a llevar cristianamente el sufrimiento, incluso cuando atravesamos situaciones por las que no esperábamos pasar, incluso en el dolor y en la enfermedad, es posible – y heroico- sonreír. O podemos estar alegres, incluso con el rostro serio, porque somos portadores de la alegría.


Es también un acto de generosidad sonreír para hacer más agradable la vida de los demás, saliendo de uno mismo, del egoísmo, de lo que a uno le parece más cómodo.


5. Dios no nos abandona


Incluso cuando parece que nada dura, que nadie permanece para siempre, podemos tener la confianza en que Dios no se va a ninguna parte. «El Señor es el de siempre, Él no nos abandonará», nos explicó san Josemaría en una tertulia. Cuando se ven tantas realidades difíciles, tanta gente alejada de Dios que, al mismo tiempo, procura alejarnos de Él, Él nos da la fortaleza para vivir nuestra fe y hacer un apostolado eficaz, con el deseo de arrojar algo de luz a quienes están en el error. No estamos solos. También cuando nosotros creemos que estamos “empujándole”, alejándole, por culpa de nuestros fracasos o nuestras faltas, sigue buscándonos. Él nos muestra su misericordia amante, compadeciéndonos e inventando todos los medios para que podamos volver a su casa.


Y así mismo está a nuestro lado cuando no le sentimos. Cuando las situaciones difíciles nos hacen exclamar como Cristo en la Cruz «Dios mío, ¿por qué me has abandonado?», Él está ahí. Jesús, cuando dijo esto sintió en su carne humana el absoluto despojo, porque quería experimentar desde su perfecta humanidad lo que nosotros también podemos llegar a sentir. Es decir, en nuestro dolor, Él no abandona, no nos abandonó. Tampoco el Padre abandonó al Hijo, ni nos abandona a nosotros, también hijos.


6. Los misterios de la fe


Creer en Dios comporta tener fe. Sí, pero además –aunque muchos no lo entiendan– también reconocemos a Dios por medio de la razón. Y es necesario formarla; conocer la doctrina, y por qué creemos lo que creemos. No obstante, existen misterios que no alcanzamos mediante la razón. Pero no porque no tengan sentido, sino porque nuestra comprensión se queda corta, y es lo más razonable al tener en cuenta que somos seres limitados que pretendemos entender lo ilimitado.« La vida de fe no consiste en entenderlo todo porque la razón es limitada y la sabiduría de Dios, infinita» (San Josemaría).


Ahí a donde no llegamos por medio de la razón, llegamos gracias a la revelación. Y ahí entra en juego la fe, creer en aquello que nos fue entregado porque por nosotros mismos no llegaríamos. Ante esta realidad, nuestra actitud debe ser: agradecer a Dios, por las luces que nos concede y por cuánto nos ha revelado. Y glorificarle por cuánto aún no entendemos, porque sería un Dios muy pequeño si entrase en nuestro entendimiento. Como dice San Josemaría: «Delante de Dios, me encontraría yo muy soberbio, si lo entendiera. Me pongo y digo: gloria al Padre, gloria al Hijo, gloria al Espíritu Santo. Sé que el Señor está muy contento de que yo le glorifique, de que yo crea. Y cuando tengo un atisbo de claridad, me pongo muy contento; y cuando no entiendo nada, me pongo más contento aún y digo: Señor, es justo, porque mi cabeza es muy poca cosa. Me alegro de tu grandeza, de tu hermosura, de tu poder, de tu belleza: ¡gloria al Padre, gloria al Hijo, gloria al Espíritu Santo!».


18 de mayo de 2021

BEATA GUADALUPE Ortiz de Landázuri


 Evangelio (Jn 17,1-11a)

Jesús, después de pronunciar estas palabras, elevó sus ojos al cielo y dijo:


—Padre, ha llegado la hora. Glorifica a tu Hijo para que tu Hijo te glorifique; ya que le diste potestad sobre toda carne, que él dé vida eterna a todos los que Tú le has dado. Ésta es la vida eterna: que te conozcan a Ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien Tú has enviado. Yo te he glorificado en la tierra: he terminado la obra que Tú me has encomendado que hiciera. Ahora, Padre, glorifícame Tú a tu lado con la gloria que tuve junto a Ti antes de que el mundo existiera.


»He manifestado tu nombre a los que me diste del mundo. Tuyos eran, Tú me los confiaste y ellos han guardado tu palabra. Ahora han conocido que todo lo que me has dado proviene de Ti, porque las palabras que me diste se las he dado, y ellos las han recibido y han conocido verdaderamente que yo salí de Ti, y han creído que Tú me enviaste. Yo ruego por ellos; no ruego por el mundo sino por los que me has dado, porque son tuyos. Todo lo mío es tuyo, y lo tuyo mío, y he sido glorificado en ellos.


»Ya no estoy en el mundo, pero ellos están en el mundo y yo voy a Ti.


COMENTARIO


Al dirigirse al Padre, Jesús se refiere a sus discípulos como aquellos que “han guardado” la palabra de Dios (cfr. Juan 17, 6). En efecto, hacía ya tres años que los apóstoles habían empezado a oír las palabras divinas que venían de los labios de Jesús. «Sobre tu palabra echaré las redes» (Lucas 5,5) le dijo un día Pedro a Jesús, y gracias a esa confianza milagrosamente pudo sacar sus redes repletas de peces. Los apóstoles habían sido atraídos hacia el Maestro por la fuerza de su palabra y así se les abrió un mundo nuevo, lleno de esperanza.


Nosotros también queremos ser de esos que guardan la palabra de Dios. Aquellos que no se conforman con una visión superficial del mundo, del hombre y su destino. Cuidamos la palabra cuando meditamos sobre ella en nuestra oración personal y nos preguntamos: ¿qué me quiere decir Jesús con el pasaje de la Misa de hoy? ¿qué me dice con ese comentario que me hizo un amigo y que no me dejó indiferente? ¿qué me sugiere a través de las oportunidades y problemas que encuentro en mi familia?


Las palabras de Jesús también nos cuidan. Si dejamos que crezcan en nuestro corazón se convierten en un árbol cuya sombra nos ofrece refugio y descanso. Cada uno puede tener un elenco de frases de la Escritura que le gustan especialmente: frases de los Salmos, de los Evangelios, de las cartas de san Pablo, etc. Esas frases nos sirven para hacer nuestra oración personal, recobrar ánimo en medio de las dificultades, pedir luz para juzgar problemas, etc.


Si guardamos las palabras de Jesús podemos permanecer en el mundo sin miedo, porque sabemos que todo fue hecho por Él mismo, el Verbo Divino. Nos damos cuenta de que todo tiene un sentido, y que nuestro camino se dirige hacia «la libertad gloriosa de los hijos de Dios» (Romanos 8,21).

TEXTO PARA TU RATO DE ORACION:

- Guadalupe y la vida ordinaria.

- Cada santo es una hazaña de Dios.

-La alegría de seguir al Señor.


«LA VIDA es como un viaje por el mar de la historia, a menudo oscuro y borrascoso, un viaje en el que escudriñamos los astros que nos indican la ruta. Las verdaderas estrellas de nuestra vida son las personas que han sabido vivir rectamente. Ellas son luces de esperanza. Jesucristo es ciertamente la luz por antonomasia, el sol que brilla sobre todas las tinieblas de la historia. Pero para llegar hasta él necesitamos también luces cercanas, personas que dan luz reflejando la luz de Cristo, ofreciendo así orientación para nuestra travesía»[1]. En el día de su fiesta, miramos a Guadalupe Ortiz de Landázuri para alegrarnos: ella nos muestra hasta qué punto Dios desea hacernos partícipes de su santidad aquí en la tierra en lo ordinario; por esto, su vida supone una luz especialmente cercana para nosotros.


«Guadalupe Ortiz de Landázuri es el primer fiel laico del Opus Dei propuesto por la Iglesia como modelo de santidad. Antes ya lo habían sido su fundador, san Josemaría, y su primer sucesor, el beato Álvaro. Esto nos recuerda especialmente la llamada que Dios nos hace a todos para que seamos santos, como predicó san Josemaría desde 1928 y constituye una de las principales enseñanzas del Concilio Vaticano II (cfr. Lumen Gentium, cap. V). Esto es lo que la nueva beata procuró llevar a las personas que le rodeaban: la convicción de que la unión con Dios está, con la gracia divina, al alcance de todos, en las circunstancias de la vida ordinaria»[2].


El Señor no quiere que vayamos solos por la senda que nos conduce a la felicidad. Él «nunca abandona a su Iglesia (...), sigue suscitando en ella ejemplos de santidad que embellecen su rostro, nos llenan de esperanza y nos señalan con claridad el camino que hemos de recorrer»[3]. De Guadalupe aprendemos que «la santidad supone abrir el corazón a Dios y dejar que nos transforme con su amor»[4]. La felicidad tiene mucho que ver con esa capacidad de dejar entrar a la novedad y el impulso de Dios. ¿Qué hay más seguro que dejar la propia vida en sus manos? Esto no significa desentenderse de las cosas, sino todo lo contrario: ir al fondo de las personas y los sucesos porque allí está el Señor.


«A SUS TREINTA y siete años, desde México, Guadalupe explicaba en una carta al fundador del Opus Dei: “Quiero ser fiel, quiero ser útil y quiero ser santa. La realidad es que todavía me falta mucho (…). Pero no me desanimo, y con la ayuda de Dios y el apoyo de usted y de todos, espero que llegue a vencer” (Carta, 1-II-1954). Ese breve apunte, “Quiero ser santa”, es el desafío que aceptó Guadalupe para su vida y que la llenó de felicidad. Y para conseguirlo no tuvo que hacer cosas extraordinarias. A los ojos de las personas que le rodeaban era una persona común: preocupada por su familia, yendo de aquí para allá, terminando una tarea para empezar otra, tratando de corregir poco a poco sus defectos. Allí, en esas batallas que parecen pequeñas, Dios realiza grandes hazañas. También las quiere realizar en la vida de cada una y cada uno de nosotros»[5].


San Pablo dice a los de Corinto: «Que cada uno dé según se ha propuesto en su corazón, no de mala gana ni forzado, porque Dios ama al que da con alegría. Y poderoso es Dios para colmaros de toda gracia, para que, teniendo siempre en todas las cosas todo lo necesario, tengáis abundancia en toda obra buena» (2 Co 9,7-8). Al considerar la vida de Guadalupe, qué atractiva es su decisión por cumplir las insinuaciones del Señor, su valentía para darse a los demás, su optimismo sobrenatural. Esa inmensa alegría brotaba de un corazón enamorado y en vela constante.


«Las hazañas de Dios no han terminado; su poder se sigue manifestando en la historia. A san Josemaría le gustaba recordar, con las palabras del profeta Isaías: Non est abbreviata manus Domini (Is 59,1): “No se ha hecho más corta la mano de Dios: no es menos poderoso Dios hoy que en otras épocas” (Es Cristo que pasa, n. 130). El mismo Señor quiere seguir manifestándose de muchos modos; también a través de los santos. Cada santo es una hazaña de Dios; una manera de hacerse presente en nuestro mundo; es “el rostro más bello de la Iglesia” (Gaudete et exultate, n. 9)»[6] y que estamos llamados a reflejar también en nuestra propia vida.


«GUADALUPE estaba siempre alegre porque dejó que Jesús la guiara y que él se encargara de llenar su corazón. Desde el momento en que vio que Dios le llamaba a santificarse en el camino del Opus Dei, fue consciente de que esa misión no era simplemente un nuevo plan terreno, ciertamente ilusionante. Se dio cuenta de que era algo sobrenatural, preparado por Dios desde siempre para ella. Y, dejándose llevar por esta certeza de fe, Dios la premió con una fecundidad que no podía siquiera sospechar y con una felicidad –el ciento por uno, que prometió Jesús a sus discípulos– que podemos percibir en sus cartas (...).


Buscar en todo los propios gustos y la propia comodidad podría parecer la clave para estar alegres. Sin embargo, no es así. Jesucristo señala que quien quiera ser el primero, que sea el servidor de todos (cfr. Mc 9,35); que él mismo había venido a la tierra para servir (cfr. Mt 20, 28); e insistió, en otro momento, en que su lugar entre los hombres es “como el que sirve” (Lc 22, 27). Y en la Última Cena, se arrodilló ante sus apóstoles y lavó los pies de cada uno, y les dijo después: “Vosotros también debéis lavaros los pies unos a otros. (…). Si comprendéis esto y lo hacéis, seréis bienaventurados” (Jn 13,14-17). Guadalupe pudo alcanzar esa alegría que se desprende de sus escritos y de su vida, también porque cada mañana, al despertarse, su primera palabra, dirigida al Señor, era: ¡Serviam! ¡Serviré! Y se trataba de un propósito que quería vivir en cada momento del día. La alegría de Guadalupe estaba en la unión con Jesucristo, que le llevaba a olvidarse de sí misma, procurando comprender a cada persona»[7].


Queremos nosotros también seguir así al Señor. Guadalupe va de un lado a otro, de una ocupación a otra, de modo resuelto, como si escuchase, de nuevo cada vez, en el fondo de su alma, aquel sígueme de la vocación. «Cuando descubrimos, por la fe, la grandeza del querer de Dios, “recibimos ojos nuevos, experimentamos que en él hay una gran promesa de plenitud y se nos abre la mirada al futuro” (Lumen fidei, n. 4). Guadalupe, recordando el momento en que se encontró por primera vez con san Josemaría, escribía: “Tuve la sensación clara de que Dios me hablaba a través de aquel sacerdote. (…). Sentí una fe grande, fuerte reflejo de la suya”. Pidámosle al Señor, por intercesión de Guadalupe, que nos dé y nos perfeccione esos ojos nuevos de la fe, para poder mirar nuestro futuro tal como él lo hace»[8].


[1] Benedicto XVI, Spe Salvi, n. 49.


[2] Mons. Fernando Ocáriz, Homilía, 19-V-2019.


[3] Francisco, Carta a Mons. Fernando Ocáriz, 12-IV-2019.


[4] Ibíd.


[5] Mons. Fernando Ocáriz, Homilía, 19-V-2019.


[6] Ibíd.


[7] Mons. Fernando Ocáriz, Homilía, 21-V-2019.


[8] Ibíd.


12 de abril de 2021

MUY DIVINO Y MUY HUMANO


Una constante búsqueda de Dios. Así fue la vida de san Agustín: una búsqueda apasionada, que no siempre daba con los senderos que verdaderamente lo llevaban hacia él. En sus años de juventud lo movía fuertemente su interés por las letras y la admiración que sus capacidades retóricas suscitaban en los demás. Algunas veces sus impulsos más bien lo alejaban, e incluso abrazó modos de pensar que lo alejaban de la fe. Sin embargo, la búsqueda de la verdad y la lectura de la Sagrada Escritura poco a poco lo acercaron al cristianismo. Tal vez teniendo este proceso en mente, y conociendo a muchas personas sabias con quienes compartió inquietudes pero que no llegaron a Cristo, san Agustín escribió que por más razonamientos adecuados que se consiga alcanzar, «no todos encuentran el camino. Los sabios del mundo comprenden que Dios es una cierta vida eterna, inmutable, pero lo ven de lejos (…). El Hijo de Dios que es siempre la Verdad y la Vida en el Padre, al asumir al hombre, se hizo camino por nosotros, que no teníamos por dónde ir a la verdad. Camina por el hombre y llegas a Dios»[1].

Llegamos a Dios a través de Cristo


Quizá no sea difícil intuir que es a Dios a quien buscamos, que es él quien nos espera al final del viaje. Lo mismo sucede con el origen: identificamos en nuestro interior un impulso, y sospechamos que viene de él. Sin embargo, puede ser más complicado experimentar que Dios también es el camino: a Dios se llega a través de él. Y es precisamente para que podamos recorrer ese camino por lo que envió al mundo a su propio Hijo; a él no solo podemos escucharlo, mirarlo o tocarlo, sino incluso participar de su vida. Jesús «no se ha limitado a mostrarnos el camino para encontrar a Dios, un camino que podríamos seguir por nuestra cuenta, obedeciendo sus palabras e imitando su ejemplo. Cristo, más bien, para abrirnos la puerta de la liberación, se ha convertido él mismo en el camino: “Yo soy el camino” (Jn 14,6)»[2].


Nos lo confirma la liturgia de la santa Misa cuando, al terminar la plegaria eucarística, el sacerdote proclama, levantando el Pan y el Vino: «Por Cristo, con él y en él…». A Dios solo podemos llegar por Cristo, con Cristo y en Cristo. Su persona es el camino por el que hemos de transitar, la verdad con la que podemos llegar a la meta y la vida en la que podemos vivir la nuestra propia. Por eso, desde aquella primera vez en el cenáculo, cada una de las celebraciones de la Eucaristía culmina en la comunión con el cuerpo de Jesús: Dios se hace alimento para el camino; el camino que es él mismo.


Emprender esta ruta hace posible la plenitud de la vida. «La fe nace del encuentro con el Dios vivo que nos llama (…). Se presenta como luz en el sendero, que orienta nuestro camino en el tiempo»[3]. San Josemaría paladeaba de manera especial la certeza de haber encontrado al mismo Cristo de los evangelios: «Jesús es el camino. Él ha dejado sobre este mundo las huellas limpias de sus pasos (…). ¡Cuánto me gusta recordarlo!: Jesucristo, el mismo que fue ayer para los apóstoles y las gentes que le buscaban, vive hoy para nosotros»[4].



Tres haces de luz


De Juan Bautista nos dice el cuarto evangelio que «vino como testigo, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por medio de él. Él no era la luz, sino el testigo de la luz» (Jn 1,6-8). Esa luz de la que Juan daba testimonio quiere manifestarse también en cada bautizado. En efecto, si Cristo, como proclamamos en una de las versiones del credo, es «Luz de Luz», puede también decirse que los cristianos que lo reciben y «creen en su nombre» (Jn 1,12) son al mismo tiempo luz de esa Luz. Por eso, cuando pedimos a Dios luz para ver, estamos pidiendo a la vez ser nosotros mismos, como el Bautista, testigos de la Luz en el mundo.


No nos basta con el fogonazo que nos permitió ponernos en marcha; tampoco es suficiente aquel brillo que, proyectado al fondo de la vida, nos permite orientarnos. Necesitamos una luz que nos acompañe desde dentro. Necesitamos una fuerza que avive la nuestra. Y ese es el papel que ejercen en nuestra alma las virtudes teologales: la fe, la esperanza y la caridad, que son como tres haces de luz, como los tres colores primarios de la vida de Dios en nosotros. Estas tres virtudes, en efecto, «adaptan las facultades del hombre a la participación de la naturaleza divina»[5]; con ellas «nuestro Señor nos hace suyos, nos endiosa»[6].


Fe, esperanza y caridad corresponden, en cierto sentido, a «las tres dimensiones del tiempo: la obediencia de la fe acepta la Palabra que viene de la eternidad, y, promulgada en la historia, se transforma en amor, en presente, y abre así la puerta de la esperanza»[7]. La fe nos precede: nos dice de dónde venimos, pero también adónde vamos; no es solo memoria del pasado, sino también luz que ilumina el futuro: nos abre a la esperanza, nos proyecta hacia la vida. Y, en el centro del hilo tendido entre estos dos polos, se despliega la caridad, que se conjuga siempre en tiempo presente. Con la fuerza de la fe y la confianza de la esperanza, podemos decirnos: aquí y ahora, en esta persona, en esta situación, yo puedo ser, con todas mis limitaciones, luz de Dios, amor de Dios.


La novedad viene de vivir con él


«El mundo padece mucha necesidad, hijos míos –decía en una ocasión san Josemaría–, porque millones y millones de almas no conocen a Dios, no han visto todavía la luz del Redentor. Cada uno de vosotros debe ser –lo quiere el Señor– quasi lucernæ lucenti in caliginoso loco, como un farol encendido en medio de las tinieblas»[8].


La luz que enciende este farol tiene dos fuentes. La primera nos pertenece por el simple hecho de haber sido creados a imagen y semejanza de Dios. Esa fuente nunca nos abandona y se manifiesta en nuestra capacidad para comprender lo verdadero, en nuestra inclinación a querer lo bueno e, incluso más profundamente, en nuestra dignidad por haber salido de la mano de un creador sumamente inteligente, amoroso, libre, y no de un ciego azar. A esta fuente de luz se añade el torrente de nuestra «regeneración obrada en el Bautismo, que hace que todo cristiano tenga, ontológicamente, una nueva vida que late en su interior»[9]. Este sacramento sana la herida del pecado que heredamos de nuestros padres y nos hace más capaces de iluminar nuestro entorno.


Estas dos grandes fuentes –el ser creados a imagen de Dios y nuestro Bautismo– nos impulsan a reflejar la luz de Dios. Cuando un maestro de la ley, escondiéndose de los demás, se acercó hasta Jesús para preguntarle cómo vivir realmente cerca de Dios, le respondió: «El que obra según la verdad viene a la luz» (Jn 3,21). También nuestras acciones, llevadas por la misericordia de Dios, generan luz si nos dejamos impulsar por nuestra bondad y por su gracia, si nos despojamos de lo que nos lleva a movernos, a veces, en una dirección contraria. Esa familiaridad con la luz de Dios, esa facilidad para optar por sus bienes mayores antes que por otros aparentes, se transforma poco a poco en una «connaturalidad entre el hombre y el verdadero bien. Tal connaturalidad se fundamenta y se desarrolla en las actitudes virtuosas del hombre mismo: la prudencia y las otras virtudes cardinales, y en primer lugar las virtudes teologales de la fe, la esperanza y la caridad»[10].


La identificación con Jesucristo consiste en el desarrollo, por la gracia y por la acogida que le damos en nuestra alma, de esa connaturalidad cada vez más grande con él, de modo que podamos llegar a tener sus mismos sentimientos (cfr. Flp 2,5), sus mismas actitudes. Cuanto más se avanza en la intimidad con Jesús, más nos damos cuenta de que buscar la santidad no consiste principalmente en la lucha por alcanzar la altura de un determinado estándar moral, sino en un camino confiado con Dios, por el que sentimos con él, sufrimos con él, vibramos con él. Qué bien lo ilustraba san Josemaría: «En momentos de agotamiento, de hastío, acude confiadamente al Señor, diciéndole, como aquel amigo nuestro: “Jesús: Tú verás lo que haces...: antes de comenzar la lucha, ya estoy cansado”»[11]. En eso consiste la responsabilidad del cristiano: en responder con él. «Jesús, aquí estoy. Contigo. Tú verás lo que haces…».


***


La vida cristiana, así comprendida, no consiste en asentir a un sistema de ideas, sino en confiar en una persona: en Cristo. Así lo han vivido tantos hombres y mujeres a lo largo de la historia. Hoy no poseemos ni otro mensaje ni otros medios. Como ellos, tenemos la tarea de iluminar el mundo desde dentro, como gráficamente lo describían los escritos de los primeros siglos: «Los cristianos son en el mundo lo que el alma es en el cuerpo (…). Tan importante es el puesto que Dios les ha asignado, del que no les es lícito desertar»[12]. Ser alma del mundo: ese es nuestro camino, y el camino lo tenemos dentro. Es Jesucristo, que nos quiere, como él, muy humanos y muy divinos.

10 de marzo de 2021

CRECIMIENTO ESPIRITUAL

 


— Las virtudes y la santidad.

— Su ejercicio en la vida ordinaria.

— Vivir la fe cristiana en toda su plenitud.


I. Me enseñarás el sendero de la vida, me saciarás de gozo en tu presencia, Señor1.


Jesús nos enseña con diversas imágenes que el camino que conduce a la Vida, a la santidad, consiste en el pleno desarrollo de la vida espiritual: el grano de mostaza, que crece hasta llegar a ser un gran arbusto, donde se posan las aves del cielo; el trigo, que llega a la madurez y produce espigas con abundantes granos... Ese crecimiento, no exento de dificultades y que en ocasiones puede parecer lento, es el desarrollo de las virtudes. La santificación de cada jornada comporta el ejercicio de muchas virtudes humanas y sobrenaturales: la fe, la esperanza, la caridad, la justicia, la fortaleza..., la laboriosidad, la lealtad, el optimismo...


Las virtudes exigen para su crecimiento repetición de actos, pues cada uno de ellos deja una disposición en el alma que facilita el siguiente. Por ejemplo, la persona que ya al levantarse vive el «minuto heroico», venciendo la pereza desde el primer momento de la jornada2, tendrá más facilidad para ser diligente con otros deberes, pequeños o grandes, de la misma manera que el deportista mejora su forma física cuando se entrena, y adquiere mayor aptitud para repetir sus ejercicios. Las virtudes perfeccionan cada vez más al hombre, al mismo tiempo que le facilitan hacer buenas obras y el dar una pronta y adecuada respuesta al querer de Dios en cada momento. Sin las virtudes –esos hábitos buenos adquiridos por la repetición de actos y con la ayuda de la gracia– cada actuación buena se hace costosa y difícil, se queda solo como acto aislado, y es más fácil caer en faltas y pecados, que nos alejan de Dios. La repetición de actos en una misma dirección deja su huella en el alma, en forma de hábitos, que predisponen al bien o al mal en las actuaciones futuras, según hayan sido buenos o malos. De quien actúa bien habitualmente, se puede esperar que ante una dificultad lo seguirá haciendo: ese hábito, esa virtud le sostiene. Por eso es tan importante que la penitencia borre las huellas de los pecados de la vida pasada: para que no la vuelvan a inclinar al mal; penitencia más intensa cuanto más graves hayan sido las caídas o más largo el tiempo en que se haya estado separado de Dios, pues la huella que habrán dejado será mayor.


El ejercicio de las virtudes nos indica en todo momento el sendero que conduce al Señor. Cuando un cristiano, con la ayuda de la gracia, se esfuerza no solo por alejarse de las ocasiones de pecar y resistir con fortaleza las tentaciones, sino por alcanzar la santidad que Dios le pide, es cada vez más consciente de que la vida cristiana exige el desarrollo de las virtudes y también la purificación de los pecados y de las faltas de correspondencia a la gracia en la vida pasada. Especialmente en este tiempo de Cuaresma, la Iglesia nos invita precisamente a crecer en las virtudes: hábitos de obrar el bien.


II. La santidad es ejercicio de virtudes un día y otro, con constancia, en el ambiente y en las circunstancias en que vivimos. Las «virtudes humanas (...) son el fundamento de las sobrenaturales; y estas proporcionan siempre un nuevo empuje para desenvolverse con hombría de bien. Pero, en cualquier caso, no basta el afán de poseer esas virtudes: es preciso aprender a practicarlas. Discite benefacere (Is 1, 17), aprended a hacer el bien. Hay que ejercitarse habitualmente en los actos correspondientes –hechos de sinceridad, de veracidad, de ecuanimidad, de serenidad, de paciencia–, porque obras son amores, y no cabe amar a Dios solo de palabra, sino con obras y de verdad (1 Jn 3, 18)»3.


Aunque la santificación es enteramente de Dios, en su bondad infinita, Él ha querido que sea necesaria la correspondencia humana, y ha puesto en nuestra naturaleza la capacidad de disponernos a la acción sobrenatural de la gracia. Mediante el cultivo de las virtudes humanas –la reciedumbre, la lealtad, la veracidad, la cordialidad, la afabilidad...– disponemos nuestra alma, de la mejor manera posible, a la acción del Espíritu Santo. Se entiende bien así que «no es posible creer en la santidad de quienes fallan en las virtudes humanas más elementales»4.


Las virtudes del cristiano hay que ejercitarlas en la vida ordinaria, en todas las circunstancias: fáciles, difíciles o muy difíciles. «Hoy, como ayer, del cristiano se espera heroísmo. Heroísmo en grandes contiendas, si es preciso. Heroísmo –y será lo normal– en las pequeñas pendencias de cada jornada»5. De la misma manera que la planta se alimenta de la tierra en la que está, así la vida sobrenatural del cristiano, sus virtudes, hunden sus raíces en el mundo concreto en donde está inmerso: trabajo, familia, alegrías y desgracias, buenas y malas noticias... Todo debe servir para amar a Dios y hacer apostolado. Unos acontecimientos fomentarán más las acciones de gracias, otros la filiación divina; determinadas circunstancias harán crecer la fortaleza y otras la confianza en Dios... Teniendo en cuenta que las virtudes forman un entramado: cuando se crece en una, se adelanta en todas las demás. Y «la caridad es la que da unidad a todas las virtudes que hacen al hombre perfecto»6.


No podemos esperar situaciones ideales, circunstancias más propicias, para buscar la santidad y para hacer apostolado: «(...) cuando un cristiano desempeña con amor lo más intrascendente de las acciones diarias, aquello rebosa de la trascendencia de Dios (...). Dejaos, pues, de sueños, de falsos idealismos, de fantasías, de eso que suelo llamar mística ojalatera –¡ojalá no me hubiera casado, ojalá no tuviera esta profesión, ojalá tuviera más salud, ojalá fuera joven, ojalá fuera viejo!...–, y ateneos, en cambio, sobriamente, a la realidad más material e inmediata, que es donde está el Señor»7.


El esperar situaciones y circunstancias que a nosotros nos parezcan buenas y propicias para ser santos, equivaldría a ir dejando pasar la vida vacía y perdida. Este rato de oración de hoy nos puede servir para preguntarnos junto al Señor: ¿es real mi deseo de identificarme cada vez más con Cristo?, ¿aprovecho verdaderamente las incidencias de cada día para ejercitarme en las virtudes humanas y, con la gracia de Dios, en las sobrenaturales?, ¿procuro amar más a Dios, haciendo mejor las mismas cosas, con una intención más recta?


III. El Señor no pide imposibles. Y de todos los cristianos espera que vivan en su integridad las virtudes cristianas, también si están en ambientes que parecen alejarse cada vez más de Dios. Él dará las gracias necesarias para ser fieles en esas situaciones difíciles. Es más, esa ejemplaridad que espera de todos será en muchas ocasiones el medio para hacer atrayente la doctrina de Cristo y reevangelizar de nuevo el mundo.


Muchos cristianos, al perder el sentido sobrenatural y, por tanto, la influencia real de la gracia en sus vidas, piensan que el ideal propuesto por Cristo necesita adaptaciones para poder ser vivido por hombres corrientes de este tiempo nuestro. Ceden ante compromisos morales en el trabajo, o en temas de moral matrimonial, o ante el ambiente de permisivismo y de sensualidad, ante un aburguesamiento más o menos generalizado, etcétera.


Con nuestra vida –que puede tener fallos, pero que no se conforma a ellos– debemos enseñar que las virtudes cristianas se pueden vivir en medio de todas las tareas nobles; y que ser compasivos con los defectos y errores ajenos no es rebajar las exigencias del Evangelio.


Para crecer en las virtudes humanas y en las sobrenaturales necesitaremos, junto a la gracia, el esfuerzo personal por desplegar la práctica de estas virtudes en la vida ordinaria, hasta conseguir auténticos hábitos, y no solo apariencia de virtud: «La fachada es de energía y reciedumbre. —Pero ¡cuánta flojera y falta de voluntad por dentro!


»—Fomenta la decisión de que tus virtudes no se transformen en disfraz, sino en hábitos que definan tu carácter»8.


San Juan Crisóstomo nos anima a luchar en la vida interior como hacen «los párvulos en la escuela. Primero –dice el Santo– aprenden la forma de las letras; luego empiezan a distinguir las torcidas, y así, paso a paso, acaban por aprender a leer. Dividiendo la virtud en partes, aprendamos primero, por ejemplo, a no hablar mal; luego, pasando a otra letra, a no envidiar a nadie, a no ser esclavos del cuerpo en ninguna situación, a no dejarnos llevar por la gula... Luego, pasando de ahí a las letras espirituales, estudiemos la continencia, la mortificación de los sentidos, la castidad, la justicia, el desprecio de la gloria vana; procuremos ser modestos, contritos de corazón. Enlazando unas virtudes con otras escribámoslas en nuestra alma. Y hemos de ejercitar esto en nuestra misma casa: con los amigos, con la mujer, con los hijos»9.


Lo importante es que nos decidamos con firmeza y con amor a buscar las virtudes en nuestro quehacer ordinario. Cuanto más nos ejercitemos en estos actos buenos, más facilidad tendremos para realizar los siguientes, identificándonos así cada vez más con Cristo. Nuestra Señora, «modelo y escuela de todas las virtudes»10, nos enseñará a llevar a cabo nuestro empeño si acudimos a Ella en petición de ayuda y consejo, y nos facilitará alcanzar los resultados que deseamos en nuestro examen particular de conciencia, que frecuentemente estará orientado hacia adquirir una virtud bien concreta y determinada.

7 de marzo de 2021

6° DOMINGO DE SAN JOSE



Sexto dolor: El se levantó, tomó al niño y a su madre y regresó a la tierra de Israel. Pero al oír que Arquelao reinaba en Judea en lugar de su padre Herodes, temió ir allá (Mt 2, 21-22).

Sexto gozo: Y fue a vivir a una ciudad llamada Nazaret, para que se cumpliera lo dicho por los profetas: será llamado Nazareno (Mt 2,23).


- Dificultades y creatividad en la vida de José

- La actitud ante los problemas de una familia corriente

- Acoger la luz de Dios en lo ordinario


LA VIDA DE san José no estuvo libre de dificultades, grandes y pequeñas. De hecho, la costumbre de vivir de manera especial los siete domingos previos a su fiesta nace para contemplar sus siete gozos, pero también sus siete dolores. Por ejemplo, aquel cuando Jesús, a los doce años, se quedó en el Templo de Jerusalén sin que lo supieran sus padres. María, al encontrarlo tres días después, exclama: «¡Hijo, ¿por qué nos has hecho esto? Mira que tu padre y yo, angustiados, te buscábamos» (Lc 2,48). La Escritura es clara: san José había pasado muchas horas de tribulación, había experimentado la angustia de quien no halla lo más importante de su vida. También está, por ejemplo, aquel dolor del santo patriarca cuando el ángel le dice: «Levántate, toma al niño y a su madre, huye a Egipto y quédate allí hasta que yo te diga, porque Herodes va a buscar al niño para matarlo» (Mt 2,13). Son palabras fuertes, que asustan, más al ser recibidas en medio de la oscuridad de la noche.

¿Por qué un varón tan justo tenía que pasar por estos y otros momentos difíciles? ¿Por qué alguien que procura hacer las cosas con tanta delicadeza y honradez a veces puede parecer que experimenta incluso más dificultades que los demás? Al contemplar los problemas por los que pasó san José, como encontrar techo para Jesús o tener que vivir como forastero, muchas veces «nos preguntamos por qué Dios no intervino directa y claramente. Pero Dios actúa a través de eventos y personas. José era el hombre por medio del cual Dios se ocupó de los comienzos de la historia de la redención. Él era el verdadero “milagro” con el que Dios salvó al Niño y a su madre. El cielo intervino confiando en la valentía creadora de este hombre»[1].

San José sabía que las dificultades, además de que no son extrañas en los planes divinos, pueden ser momentos de crecimiento en intimidad con Dios y de crecimiento personal en muchos ámbitos. Aunque, lógicamente, no busquemos pasar por este tipo de circunstancias, estas inevitablemente llegan, y entonces el santo patriarca puede ser un buen modelo e intercesor; puede enseñarnos a sacar de nosotros la valentía y la creatividad para transformar nuestro entorno y nuestro corazón en un lugar más de Dios. Son momentos en los que el Señor tiene una especial misión para nosotros, aunque no siempre lo alcancemos a comprender del todo.


LOS PROBLEMAS DE Jesús, María y José también eran los problemas de una familia corriente, como los que solemos tener en la nuestra propia, a veces costosos: traslados entre ciudades, cambios de casa, pérdida de trabajo, amenazas, dudas... En tantos aspectos, la vida de san José fue una vida normal y eso lo hace cercano a nosotros. Por ejemplo, «el Evangelio no da ninguna información sobre el tiempo en que María, José y el Niño permanecieron en Egipto. Sin embargo, lo que es cierto es que habrán tenido necesidad de comer, de encontrar una casa, un trabajo. No hace falta mucha imaginación para llenar el silencio del Evangelio a este respecto. La Sagrada Familia tuvo que afrontar problemas concretos como todas las demás familias»[2]. Es verdad que Dios puede resolver muchos de esos conflictos, antes y ahora, pero en su divina sabiduría no ha querido hacerlo, nos lo ha dejado a nosotros. «De Dios es la sabiduría y la fuerza, suyos son la inteligencia y el consejo» (Jb 12,13). Su milagro son las capacidades que ha dado a cada uno, enriquecidas por los dones del Espíritu Santo.

San Josemaría también experimentó dificultades y sufrimiento para llevar adelante su misión de ser padre y guía de santos: la muerte sucesiva de tres hermanas pequeñas, la humillación de la bancarrota del negocio familiar, las incomprensiones de algunos parientes cercanos, el fallecimiento de su padre poco antes de recibir la ordenación sacerdotal, etc. Y, al mismo tiempo, el Señor lo bendijo con un temple humano y sobrenatural para hacer vida el proyecto que Dios le había encomendado. De esta manera actúa el Señor con los suyos. Seguro que también nosotros disponemos –con mayor o menor abundancia– de esos dones para «confirmar en las almas y en la sociedad la paz y la concordia: la tolerancia, la comprensión, el trato, el amor»[3].

Nos puede servir el ejemplo de san José, que era valiente, proactivo, atento, siempre dispuesto a poner en práctica los milagros ordinarios que Dios le pedía. Y también podemos fijarnos en la vida de san Josemaría; aunque nunca le faltaron los problemas, fue una profunda vida de fe la que hizo posible ver detrás de todo la mano de Dios, que nunca nos abandona.


SAN JOSEMARÍA enseñaba que la vida ordinaria puede ser ocasión de encuentro con Dios, con «algo santo, divino, escondido en las situaciones más comunes, que toca a cada uno de vosotros descubrir»[4]. Por tanto, la propia vida está imbuida de un sentido divino, no podemos ir hacia Dios sin encontrarnos con el milagro de lo ordinario. El Señor ha querido esconderse discretamente en las cosas normales de nuestro día, sin imposiciones, para dejarnos verdaderamente libres de buscarle. Y parte de la vida corriente son las pequeñas dificultades de cada día: eso que no salió como planeábamos, una relación que quisiéramos que sea mejor, las complejidades que surgen en nuestro trabajo, etc. «Cuando nos enfrentamos a un problema podemos detenernos y bajar los brazos, o podemos ingeniárnoslas de alguna manera. A veces las dificultades son precisamente las que sacan a relucir recursos en cada uno de nosotros que ni siquiera pensábamos tener»[5].

Estas circunstancias también pueden ser una ocasión para pedir más luz a Dios. Nos brindan la posibilidad de reforzar nuestro diálogo e intimidad con el Señor, para tomar fuerzas en llevar adelante su plan de amor en nuestras circunstancias. Así como José siempre recibió la palabra oportuna para afrontar las dificultades y cuidar así la Sagrada Familia, también nosotros podemos experimentar la cercanía y la voz del Señor que alienta e impulsa a brindar comprensión, paz, fortaleza, ánimo, a quien lo necesita. «De José debemos aprender el mismo cuidado y responsabilidad: amar al Niño y a su madre; amar los sacramentos y la caridad; amar a la Iglesia y a los pobres. En cada una de estas realidades está siempre el Niño y su madre»[6].

CARTA APOSTÓLICA PATRIS CORDE DEL SANTO PADRE FRANCISCO

6. Padre trabajador

Un aspecto que caracteriza a san José y que se ha destacado desde la época de la primera Encíclica social, la Rerum novarum de León XIII, es su relación con el trabajo. San José era un carpintero que trabajaba honestamente para asegurar el sustento de su familia. De él, Jesús aprendió el valor, la dignidad y la alegría de lo que significa comer el pan que es fruto del propio trabajo.

En nuestra época actual, en la que el trabajo parece haber vuelto a representar una urgente cuestión social y el desempleo alcanza a veces niveles impresionantes, aun en aquellas naciones en las que durante décadas se ha experimentado un cierto bienestar, es necesario, con una conciencia renovada, comprender el significado del trabajo que da dignidad y del que nuestro santo es un patrono ejemplar.

El trabajo se convierte en participación en la obra misma de la salvación, en oportunidad para acelerar el advenimiento del Reino, para desarrollar las propias potencialidades y cualidades, poniéndolas al servicio de la sociedad y de la comunión. El trabajo se convierte en ocasión de realización no sólo para uno mismo, sino sobre todo para ese núcleo original de la sociedad que es la familia. Una familia que carece de trabajo está más expuesta a dificultades, tensiones, fracturas e incluso a la desesperada y desesperante tentación de la disolución. ¿Cómo podríamos hablar de dignidad humana sin comprometernos para que todos y cada uno tengan la posibilidad de un sustento digno?

La persona que trabaja, cualquiera que sea su tarea, colabora con Dios mismo, se convierte un poco en creador del mundo que nos rodea. La crisis de nuestro tiempo, que es una crisis económica, social, cultural y espiritual, puede representar para todos un llamado a redescubrir el significado, la importancia y la necesidad del trabajo para dar lugar a una nueva “normalidad” en la que nadie quede excluido. La obra de san José nos recuerda que el mismo Dios hecho hombre no desdeñó el trabajo. La pérdida de trabajo que afecta a tantos hermanos y hermanas, y que ha aumentado en los últimos tiempos debido a la pandemia de Covid-19, debe ser un llamado a revisar nuestras prioridades. Imploremos a san José obrero para que encontremos caminos que nos lleven a decir: ¡Ningún joven, ninguna persona, ninguna familia sin trabajo!

28 de febrero de 2021

5° DOMINGO DE SAN JOSE


Quinto dolor: El ángel del Señor se apareció en sueños a José y le dijo: Levántate, toma al niño y a su madre, y huye a Egipto, y estate allí hasta que yo te avise, porque Herodes va a buscar al niño para matarlo (Mt 2,13).

Quinto gozo: Y estuvo allí hasta la muerte de Herodes, para que se cumpliera lo que dice el Señor por el profeta: "De Egipto llamé a mi hijo" (Mt 2,15).

Quinta reflexión para meditar durante los siete domingos de san José. Los temas propuestos son: José acoge los planes divinos; descubrir a Dios en la realidad diaria; la coherencia del modo de hacer de Dios.

- José acoge los planes divinos

- Descubrir a Dios en la realidad diaria

- La coherencia del modo de hacer de Dios


LA VIDA ORDINARIA está llena de ocasiones y decisiones que marcan un determinado rumbo, y algunas de ellas tienen una importancia trascendental para nuestro futuro. Si habitualmente necesitamos ponderar las cosas en la presencia de Dios, con mayor motivo en esas situaciones especiales. «José, hijo de David, no temas acoger a María, tu esposa» (Mt 1,21), dijo el ángel al patriarca. El evangelio de san Mateo nos dice que José ponderó en su oración lo que sucedía para ver de qué manera actuar. Eso hace posible que se nos presente «como figura de varón respetuoso, delicado que, aun no teniendo toda la información, se decide por la fama, dignidad y vida de María. Y, en su duda de cómo hacer lo mejor, Dios lo ayudó a optar iluminando su juicio»[1].

Santa María concibió a Cristo por la fe, pues acogió los planes del Señor, creyó que se cumplirían las palabras dichas por el ángel. Podemos aplicar el mismo razonamiento a san José, quien acogió también lo que le fue comunicado de parte de Dios. El santo patriarca se fio de aquellas palabras y se implicó personalmente en lo que le fue anunciado. Hizo suyo el plan de Dios confiando en que se trataba de algo bueno, no solo para la humanidad en general, sino también para sí mismo: se veía feliz en aquella historia; se había convertido en el plan que él deseaba llevar adelante. En el lenguaje común decimos que es «fiel» la reproducción de una obra de arte cuando refleja el proyecto original del artista. Pero Dios entra en relación con criaturas que poseen una auténtica libertad; el arte, entonces, está en aprender a lo largo de nuestra vida a acoger sus planes y en reconocer en ellos una bondad para nosotros y para quienes nos rodean.

San José se desenvuelve en situaciones normales: en el trabajo, en la familia, en la vida ordinaria... y allí es donde aprende a acoger y a hacer vida el don de Dios. Esta actitud es necesaria para todos los cristianos. Al santo patriarca podemos pedirle que renueve nuestra mirada y nuestro corazón para tener la frescura de abrirnos a los dones y planes divinos.


TODOS ESTAMOS llamados a formar hogares que, imitando al de Cristo, abran sus puertas de par en par. Acoger es tener la valentía de recibir con ternura, reconocer lo bueno, promover, tener iniciativa, no resignarse a la comodidad de lo conocido ni ceder a la pasividad. Acoger es tener una disposición habitual de estar siempre abierto a las necesidades de los demás. José «es un protagonista valiente y fuerte. La acogida es un modo por el que se manifiesta en nuestra vida el don de la fortaleza que nos viene del Espíritu Santo»[2]. El santo patriarca es un hombre fiel que se abre, en primer lugar, a la voz de Dios. Pero también acoge el claroscuro de la historia en la que se ve inserto, acoge los desafíos que el mundo y las personas que le rodean plantean a su misión. «El realismo cristiano, que no rechaza nada de lo que existe, vuelve una vez más. La realidad, en su misteriosa irreductibilidad y complejidad, es portadora de un sentido de la existencia con sus luces y sombras. Esto hace que el apóstol Pablo afirme: “Sabemos que todo contribuye al bien de quienes aman a Dios” (Rm 8,28). Y san Agustín añade: “Aun lo que llamamos mal”. En esta perspectiva general, la fe da sentido a cada acontecimiento feliz o triste»[3].

A san Josemaría le gustaba fijarse en que san José busca continuamente la mejor manera de cumplir los planes divinos, que han pasado también a ser los suyos; «coloca al servicio de la fe toda su experiencia humana. Cuando vuelve de Egipto oyendo que Arquelao reinaba en Judea en lugar de su padre Herodes, temió ir allá. Ha aprendido a moverse dentro del plan divino y, como confirmación de que efectivamente Dios quiere eso que él entrevé, recibe la indicación de retirarse a Galilea»[4]. En nuestro camino por llevar adelante la misión que Dios nos ha encomendado tendremos tanto avances como retrocesos. Pero también en los momentos que pueden parecer malos podemos descubrir la voz de Dios que nos consuela, nos instruye y nos ilumina. «Acoger la vida de esta manera nos introduce en un significado oculto. La vida de cada uno de nosotros puede comenzar de nuevo milagrosamente, si encontramos la valentía para vivirla según lo que nos dice el Evangelio. Y no importa si ahora todo parece haber tomado un rumbo equivocado y si algunas cuestiones son irreversibles. Dios puede hacer que las flores broten entre las rocas»[5].


«MIRAD CUÁL es el ambiente donde Cristo nace –nos sugería san Josemaría–. Todo allí nos insiste en esta entrega sin condiciones: José –una historia de duros sucesos, combinados con la alegría de ser el custodio de Jesús– pone en juego su honra, la serena continuidad de su trabajo, la tranquilidad del futuro; toda su existencia es una pronta disponibilidad para lo que Dios le pide (...). En Belén nadie se reserva nada. Allí no se oye hablar de mi honra, ni de mi tiempo, ni de mi trabajo, ni de mis ideas, ni de mis gustos, ni de mi dinero. Allí se coloca todo al servicio del grandioso juego de Dios con la humanidad»[6]. Para poder acoger la realidad y a las demás personas tal como lo hizo el santo patriarca, necesitamos abandonarnos en la seguridad de Dios antes que en la nuestra; así nos dispondremos a aprender de todos y de todo, también de nuestros errores, porque detrás siempre descubriremos un susurro divino. «La vida espiritual de José no nos muestra una vía que explica, sino una vía que acoge. Solo a partir de esta acogida, de esta reconciliación, podemos también intuir una historia más grande, un significado más profundo»[7].

San José no desoyó el anuncio del ángel y se puso en camino hacia los que le parecían mejores lugares para Jesús; tampoco discutió con su esposa sobre cuál debía haber sido su reacción cuando supo que iba a dar a luz un hijo. Al buscar posada para el Niño que iba a nacer, san José no se lamentaba en cada lugar en el que no podían quedarse, y tampoco quiso quedarse por terquedad en Belén, ante la amenaza de Herodes, por más injusto que fuese tener que emprender camino hacia Egipto. En cada uno de estos acontecimientos, san Josemaría nota que el santo patriarca «aprendió poco a poco que los designios sobrenaturales tienen una coherencia divina, que está a veces en contradicción con los planes humanos»[8]. Por esto, necesitamos pedir la sabiduría del padre terreno de Jesús para aprender a comprender esa lógica divina; y así acoger, como venidos de Dios, a las personas y los eventos que nos rodean.

CARTA APOSTÓLICA "PATRIS CORDE" Papa FRANCISCO

5. Padre de la valentía creativa

Si la primera etapa de toda verdadera curación interior es acoger la propia historia, es decir, hacer espacio dentro de nosotros mismos incluso para lo que no hemos elegido en nuestra vida, necesitamos añadir otra característica importante: la valentía creativa. Esta surge especialmente cuando encontramos dificultades. De hecho, cuando nos enfrentamos a un problema podemos detenernos y bajar los brazos, o podemos ingeniárnoslas de alguna manera. A veces las dificultades son precisamente las que sacan a relucir recursos en cada uno de nosotros que ni siquiera pensábamos tener.

Muchas veces, leyendo los “Evangelios de la infancia”, nos preguntamos por qué Dios no intervino directa y claramente. Pero Dios actúa a través de eventos y personas. José era el hombre por medio del cual Dios se ocupó de los comienzos de la historia de la redención. Él era el verdadero “milagro” con el que Dios salvó al Niño y a su madre. El cielo intervino confiando en la valentía creadora de este hombre, que cuando llegó a Belén y no encontró un lugar donde María pudiera dar a luz, se instaló en un establo y lo arregló hasta convertirlo en un lugar lo más acogedor posible para el Hijo de Dios que venía al mundo (cf. Lc 2,6-7). Ante el peligro inminente de Herodes, que quería matar al Niño, José fue alertado una vez más en un sueño para protegerlo, y en medio de la noche organizó la huida a Egipto (cf. Mt 2,13-14).

De una lectura superficial de estos relatos se tiene siempre la impresión de que el mundo esté a merced de los fuertes y de los poderosos, pero la “buena noticia” del Evangelio consiste en mostrar cómo, a pesar de la arrogancia y la violencia de los gobernantes terrenales, Dios siempre encuentra un camino para cumplir su plan de salvación. Incluso nuestra vida parece a veces que está en manos de fuerzas superiores, pero el Evangelio nos dice que Dios siempre logra salvar lo que es importante, con la condición de que tengamos la misma valentía creativa del carpintero de Nazaret, que sabía transformar un problema en una oportunidad, anteponiendo siempre la confianza en la Providencia.

Si a veces pareciera que Dios no nos ayuda, no significa que nos haya abandonado, sino que confía en nosotros, en lo que podemos planear, inventar, encontrar.

Es la misma valentía creativa que mostraron los amigos del paralítico que, para presentarlo a Jesús, lo bajaron del techo (cf. Lc 5,17-26). La dificultad no detuvo la audacia y la obstinación de esos amigos. Ellos estaban convencidos de que Jesús podía curar al enfermo y «como no pudieron introducirlo por causa de la multitud, subieron a lo alto de la casa y lo hicieron bajar en la camilla a través de las tejas, y lo colocaron en medio de la gente frente a Jesús. Jesús, al ver la fe de ellos, le dijo al paralítico: “¡Hombre, tus pecados quedan perdonados!”» (vv. 19-20). Jesús reconoció la fe creativa con la que esos hombres trataron de traerle a su amigo enfermo.

El Evangelio no da ninguna información sobre el tiempo en que María, José y el Niño permanecieron en Egipto. Sin embargo, lo que es cierto es que habrán tenido necesidad de comer, de encontrar una casa, un trabajo. No hace falta mucha imaginación para llenar el silencio del Evangelio a este respecto. La Sagrada Familia tuvo que afrontar problemas concretos como todas las demás familias, como muchos de nuestros hermanos y hermanas migrantes que incluso hoy arriesgan sus vidas forzados por las adversidades y el hambre. A este respecto, creo que san José sea realmente un santo patrono especial para todos aquellos que tienen que dejar su tierra a causa de la guerra, el odio, la persecución y la miseria.

Al final de cada relato en el que José es el protagonista, el Evangelio señala que él se levantó, tomó al Niño y a su madre e hizo lo que Dios le había mandado (cf. Mt 1,24; 2,14.21). De hecho, Jesús y María, su madre, son el tesoro más preciado de nuestra fe[21].

En el plan de salvación no se puede separar al Hijo de la Madre, de aquella que «avanzó en la peregrinación de la fe y mantuvo fielmente su unión con su Hijo hasta la cruz»[22].

Debemos preguntarnos siempre si estamos protegiendo con todas nuestras fuerzas a Jesús y María, que están misteriosamente confiados a nuestra responsabilidad, a nuestro cuidado, a nuestra custodia. El Hijo del Todopoderoso viene al mundo asumiendo una condición de gran debilidad. Necesita de José para ser defendido, protegido, cuidado, criado. Dios confía en este hombre, del mismo modo que lo hace María, que encuentra en José no sólo al que quiere salvar su vida, sino al que siempre velará por ella y por el Niño. En este sentido, san José no puede dejar de ser el Custodio de la Iglesia, porque la Iglesia es la extensión del Cuerpo de Cristo en la historia, y al mismo tiempo en la maternidad de la Iglesia se manifiesta la maternidad de María[23]. José, a la vez que continúa protegiendo a la Iglesia, sigue amparando al Niño y a su madre, y nosotros también, amando a la Iglesia, continuamos amando al Niño y a su madre.

Este Niño es el que dirá: «Les aseguro que siempre que ustedes lo hicieron con uno de estos mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicieron» (Mt 25,40). Así, cada persona necesitada, cada pobre, cada persona que sufre, cada moribundo, cada extranjero, cada prisionero, cada enfermo son “el Niño” que José sigue custodiando. Por eso se invoca a san José como protector de los indigentes, los necesitados, los exiliados, los afligidos, los pobres, los moribundos. Y es por lo mismo que la Iglesia no puede dejar de amar a los más pequeños, porque Jesús ha puesto en ellos su preferencia, se identifica personalmente con ellos. De José debemos aprender el mismo cuidado y responsabilidad: amar al Niño y a su madre; amar los sacramentos y la caridad; amar a la Iglesia y a los pobres. En cada una de estas realidades está siempre el Niño y su madre.