"Hago todos los días mi "ratito" de oración: ¡si no fuera por eso!" (Camino, 106)

4 de junio de 2021

SOMOS HIJOS DE DIOS


 Evangelio (Mc 12,35-37)


En aquel tiempo, mientras enseñaba en el templo, Jesús preguntó:

— ¿Cómo es que dicen los escribas que el Cristo es hijo de David? El mismo David, movido por el Espíritu Santo, ha dicho: Dijo el Señor a mi Señor: «Siéntate a mi derecha, hasta que ponga a tus enemigos bajo tus pies». El mismo David le llama «Señor». Entonces, ¿cómo va a ser hijo suyo?


Y una inmensa muchedumbre le escuchaba con gusto.


Comentario


Ayer considerábamos la respuesta de Jesús ante una pregunta que le formulaba un escriba acerca de cuál era el primer mandamiento de la ley de Dios y cómo el Señor hacía referencia al conocido Shemá Israel unido al deber con el prójimo.


En el Evangelio de hoy, se recoge una enseñanza del Señor que supone una gran ayuda para comprender mejor el misterio de su identidad.


A lo largo del Evangelio, Jesús se ha ido revelando progresivamente a los hombres, por ejemplo, cuando San Pedro le confesó como el Mesías (cfr. Mc 8,29) o cuando el ciego Bartimeo le llamó el hijo de David misericordioso (cfr. Mc 10,47-48).


En el pasaje de hoy, Jesús enseña a sus discípulos, aunque todavía de una forma velada, que esos títulos que le atribuyen son correctos, pero todavía incompletos. Y es que es verdad que el Señor es el Mesías, el Hijo de David esperado, el enviado de Dios, pero, antes que nada,es Hijo de Dios.


Con la pregunta que formula el Señor, quiere orientarles hacia la trascendencia y hacerles caer en la cuenta de que el Mesías no era un simple hombre, sino alguien de naturaleza divina. Al decir que David escribió el salmo que les cita (cfr. Sal 109), Jesús expone el sentido mesiánico que tienen estas palabras: «dijo el Señor a mi Señor». Y es que ese segundo «Señor» es el Mesías, e implícitamente Jesús se identifica con él.


De esa manera, el carácter misteriosamente trascendente del Mesías queda expresado por la paradoja de que siendo hijo –entendido como descendiente de David–, sin embargo, éste le llama su Señor, porque no solo es hijo de David, sino que, principalmente, es el Hijo de Dios.


TEXTO PATA HACER UN RATO DE ORACION:


«Son momentos, hijas e hijos míos, para adentrarnos más y más por «caminos de contemplación» en medio del mundo»[1]. Con estas palabras señala el prelado del Opus Dei una de las prioridades del momento actual. El apostolado de los cristianos es, hoy como siempre, «una superabundancia de nuestra vida interior»[2]. Por una parte, porque consiste en comunicar precisamente esa Vida; por otra, porque para proponer la fe al mundo es necesario comprenderla y vivirla en profundidad. Se trata, en definitiva, como nos indicó san Josemaría, de «ahondar en la hondura del Amor de Dios, para poder así, con la palabra y con las obras, mostrarlo a los hombres»[3].

NO BASTA SER HIJOS DE DIOS, SINO QUE HEMOS DE SABERNOS HIJOS DE DIOS, DE MODO TAL QUE NUESTRA VIDA ADQUIERA ESE SENTIDO

Este camino hacia adentro tiene una peculiaridad. No transita de un lugar conocido a otro desconocido: consiste más bien en ahondar en lo que ya se conoce, en lo que parece obvio, de tan oído. Se descubre entonces algo que, en realidad, se sabía, pero que ahora se percibe con una fuerza y una profundidad nueva. San Josemaría se refiere a esa experiencia hablando de distintos «Mediterráneos» que se fueron abriendo ante sus ojos de manera inesperada. Así lo expone, por ejemplo, en Forja:


«En la vida interior, como en el amor humano, es preciso ser perseverante. Sí, has de meditar muchas veces los mismos argumentos, insistiendo hasta descubrir un nuevo Mediterráneo.


»–¿Y cómo no habré visto antes esto así de claro?, te preguntarás sorprendido. –Sencillamente, porque a veces somos como las piedras, que dejan resbalar el agua, sin absorber ni una gota.


»–Por eso, es necesario volver a discurrir sobre lo mismo, ¡que no es lo mismo!, para empaparnos de las bendiciones de Dios»[4].


«Discurrir sobre lo mismo» para intentar abrirnos a toda su riqueza y descubrir así «¡que no es lo mismo!» Ese es el camino de contemplación al que estamos llamados. Se trata de surcar un mar que, a primera vista, no tiene nada de nuevo, porque ya forma parte de nuestro paisaje cotidiano. Los romanos llamaban al Mediterráneo Mare nostrum: se trataba del mar conocido, del mar con el que convivían. San Josemaría habla de descubrir Mediterráneos porque, en cuanto nos adentramos en los mares que creemos conocer bien, se abren ante nuestros ojos horizontes amplios, insospechados. Podemos decir entonces al Señor, con palabras de santa Catalina de Siena: «eres como un mar profundo, en el que cuanto más busco más encuentro, y cuanto más encuentro más te busco»[5].


Estos descubrimientos responden a luces que Dios da cuando y como quiere. Con todo, nuestra consideración pausada nos pone en disposición de recibir esas luces del Señor. «Y como aquél que primero estaba en las tinieblas y después ve de pronto el sol que le ilumina la cara, y distingue claramente lo que hasta entonces no veía, del mismo modo el que recibe el Espíritu Santo queda con el alma iluminada»[6]. En los siguientes editoriales repasaremos algunos de estos Mediterráneos que san Josemaría descubrió en su vida interior, para ahondar con él «en la hondura del Amor de Dios».


Abba Pater!


Una de las convicciones más arraigadas en los primeros cristianos era que podían dirigirse a Dios como hijos amados. Jesús mismo les había enseñado: «Vosotros orad así: Padre nuestro que estás en el cielo…» (Mt 6,9). Él se había presentado ante los judíos como el Hijo amado del Padre, y había enseñado a sus discípulos a comportarse de igual modo. Los apóstoles le habían oído dirigirse a Dios con el término que usaban los niños hebreos para dirigirse a sus padres. Y, al recibir el Espíritu Santo, ellos mismos habían comenzado a usar esa fórmula. Se trataba de algo radicalmente nuevo, respecto a la piedad de Israel, pero San Pablo lo referiría como algo común y conocido por todos: «recibisteis un Espíritu de hijos de adopción, en el que clamamos: “¡Abbá, Padre!”. Pues el Espíritu mismo da testimonio junto con nuestro espíritu de que somos hijos de Dios» (Rm 8,15-16). Era una convicción que les llenaba de confianza y les daba una audacia insospechada: «si somos hijos, también herederos: herederos de Dios, coherederos de Cristo» (Rm 8,17). Jesús no es solo el Unigénito del Padre, sino también el Primogénito de muchos hermanos (cfr. Rm 8,29; Col 1,15). La Vida nueva, traída por Cristo, se presentaba ante los ojos de aquellos primeros creyentes como una vida de hijos amados de Dios. No era esta una verdad teórica o abstracta, sino algo real que les llenaba de una desbordante alegría. Buena muestra de ello es el grito que se le escapa al apóstol san Juan en su primera carta: «Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos!» (1 Jn 3,1).


La paternidad de Dios, su amor singularísimo y tierno por cada uno, es algo que los cristianos aprendemos desde pequeños. Y, sin embargo, estamos llamados a descubrirlo de un modo personal y vivo, que llegue a transformar nuestra relación con Dios. Al hacerlo, se abre ante nuestros ojos un Mediterráneo de paz y confianza, un horizonte inmenso en el que podremos ahondar a lo largo de toda la vida. Para san Josemaría, fue un hallazgo inesperado, la repentina apertura de un panorama que se encontraba en realidad como escondido en algo que conocía bien. Era el otoño de 1931; lo recordaba muchos años después: «Os podría decir hasta cuándo, hasta el momento, hasta dónde fue aquella primera oración de hijo de Dios. Aprendí a llamar Padre, en el Padrenuestro, desde niño; pero sentir, ver, admirar ese querer de Dios de que seamos hijos suyos…, en la calle y en un tranvía –una hora, hora y media, no lo sé–; Abba, Pater!, tenía que gritar»[7].


SAN JOSEMARÍA HABLA DE DESCUBRIR «MEDITERRÁNEOS» PORQUE, EN CUANTO NOS ADENTRAMOS EN LOS MARES QUE CREEMOS CONOCER BIEN, SE ABREN ANTE NUESTROS OJOS HORIZONTES AMPLIOS, INSOSPECHADOS

En los meses siguientes, san Josemaría volvió repetidamente sobre este punto. En el retiro que hizo un año más tarde, por ejemplo, apuntaba: «Día primero. Dios es mi Padre. –Y no salgo de esta consideración»[8]. ¡El día entero considerando la Paternidad de Dios! Aunque de entrada una contemplación tan dilatada en el tiempo pueda sorprendernos, de hecho señala la profundidad con la que caló en él la experiencia de la filiación divina. También nuestra primera actitud, en la oración y, en general, al dirigirnos a Dios, debe cifrarse en un confiado abandono y agradecimiento. Pero, para que nuestro trato con Dios adquiera esta forma, conviene descubrir personalmente, una vez más, que Él ha querido ser Padre nuestro.


¿Quién es Dios para mí?


Como san Josemaría, tal vez aprendimos siendo muy pequeños que Dios es Padre, pero quizá nos queda un buen trecho de camino para vivir nuestra condición de hijos en toda su radicalidad. ¿Cómo podemos facilitar ese descubrimiento?


En primer lugar, para descubrir la paternidad de Dios, es necesario muchas veces restaurar su auténtica imagen. ¿Quién es Él para mí? De modo consciente o inconsciente, hay quien piensa en Dios como Alguien que impone leyes y anuncia castigos para quienes no las cumplan; Alguien que espera que se acate su voluntad y se enfurece ante la desobediencia; en una palabra, un Amo del que nosotros no seríamos más que involuntarios súbditos. En otros casos –sucede también a algunos cristianos–, Dios es percibido fundamentalmente como el motivo por el que hay que portarse bien. Se piensa en Él como la razón por la que cada uno se mueve hacia donde realmente no quiere, pero debe ir. Sin embargo, Dios «no es un Dominador tiránico, ni un Juez rígido e implacable: es nuestro Padre. Nos habla de nuestros pecados, de nuestros errores, de nuestra falta de generosidad: pero es para librarnos de ellos, para prometernos su Amistad y su Amor»[9].


La dificultad para percibir que «Dios es Amor» (1 Jn 4,8) se debe a veces también a la crisis que atraviesa la paternidad en diversos países. Tal vez lo hemos comprobado al hablar con amigos o compañeros: su padre no les genera buenos recuerdos, y un Dios que es Padre no les parece particularmente atractivo. Al proponerles la fe, es bueno ayudarles a ver cómo su dolor por esa carencia muestra hasta qué punto llevan la paternidad inscrita en el corazón: una paternidad que les precede y que les llama. Por otra parte, un amigo, un sacerdote, pueden ayudarles con su cercanía a descubrir el amor del «Padre de quien toma nombre toda familia en los cielos y en la tierra» (Ef 3,14), y a experimentar esa ternura también en la «vocación de custodiar»[10] que palpita dentro de cada uno, y que se abre camino en el padre o la madre que ellos mismos ya son, o que quisieran ser un día. Así pueden ir descubriendo en el fondo de su alma el auténtico rostro de Dios y la manera en que sus hijos estamos llamados a vivir, sabiéndonos mirados por Él con infinito cariño. En efecto, un padre no quiere a su hijo por lo que hace, por sus resultados, sino sencillamente porque es su hijo. Al mismo tiempo, le lanza al mundo y procura sacar lo mejor de él, pero siempre partiendo de lo mucho que vale a sus ojos.


UN PADRE NO QUIERE A SU HIJO POR LO QUE HACE, POR SUS RESULTADOS, SINO SENCILLAMENTE PORQUE ES SU HIJO

Puede servirnos considerarlo, en particular, en los momentos de fracaso, o cuando la distancia entre nuestra vida y los modelos que nos presenta el mundo en que vivimos nos lleven a tener una baja consideración de nosotros mismos. Quizá deberíamos recordar más a menudo que «esta es nuestra “estatura”, esta es nuestra identidad espiritual: somos los hijos amados de Dios, siempre (…). No aceptarse, vivir descontentos y pensar en negativo significa no reconocer nuestra identidad más auténtica: es como darse la vuelta cuando Dios quiere fijar sus ojos en mí; significa querer impedir que se cumpla su sueño en mí. Dios nos ama tal como somos, y no hay pecado, defecto o error que lo haga cambiar de idea»[11].


Darnos cuenta de que Dios es Padre va de la mano con dejarnos mirar por Él como hijos muy amados. De este modo, comprendemos que nuestra valía no depende de lo que tengamos –nuestros talentos– o de lo que hagamos –nuestros éxitos–, sino del Amor que nos ha creado, que ha soñado con nosotros y nos ha afirmado «antes de la fundación del mundo» (Ef 1,4). Ante la fría idea de Dios que se hace a veces el mundo contemporáneo, Benedicto XVI quiso recordar desde el inicio de su pontificado que «no somos el producto casual y sin sentido de la evolución. Cada uno de nosotros es el fruto de un pensamiento de Dios. Cada uno de nosotros es querido, cada uno es amado, cada uno es necesario»[12]. ¿De verdad incide esta idea en nuestra vida diaria?


La confiada esperanza de los hijos de Dios


San Josemaría recordaba con frecuencia a los fieles del Opus Dei que «el fundamento de nuestra vida espiritual es el sentido de nuestra filiación divina»[13]. Lo comparaba al «hilo que une las perlas de un gran collar maravilloso. La filiación divina es el hilo, y ahí se van engarzando todas las virtudes, porque son virtudes de hijo de Dios»[14]. Por eso es crucial pedir a Dios que nos abra este Mediterráneo, que sostiene y da forma a toda nuestra vida espiritual.


El hilo de la filiación divina se traduce en «una actitud cotidiana de abandono esperanzado»[15], una actitud que es propia de los hijos, especialmente cuando son pequeños. Por eso en la vida y en los escritos de san Josemaría, la filiación divina iba a menudo unida a la infancia espiritual. Ciertamente, ¿qué le importan las sucesivas caídas al niño que está aprendiendo a ir en bicicleta? No valen nada, mientras vea a su padre cerca, animándole a volver a intentarlo. En eso consiste su abandono esperanzado: «Papá dice que puedo… ¡vamos!».


Sabernos hijos de Dios es también la seguridad sobre la que apoyarnos para llevar a cabo la misión que el Señor nos ha confiado. Nos sentiremos como aquel hijo a quien su padre dice: «Hijo mío, vete hoy a trabajar en la viña» (Mt 21,28). Tal vez nos asaltará primero la inseguridad, o mil ocurrencias de diverso tipo. Pero enseguida consideraremos que es nuestro Padre quien nos lo pide, demostrándonos una confianza inmensa. Como Cristo, aprenderemos a abandonarnos en las manos del Padre y a decirle desde el fondo de nuestra alma: «Que no sea lo que yo quiero, sino lo que quieres tú» (Mc 14,36). San Josemaría nos enseñó con su vida a comportarnos de este modo, a imagen de Cristo: «A lo largo de los años, he procurado apoyarme sin desmayos en esta gozosa realidad. Mi oración, ante cualquier circunstancia, ha sido la misma, con tonos diferentes. Le he dicho: Señor, Tú me has puesto aquí; Tú me has confiado eso o aquello, y yo confío en Ti. Sé que eres mi Padre, y he visto siempre que los pequeños están absolutamente seguros de sus padres»[16].


Desde luego, no podemos negar que habrá dificultades. Pero las encararemos desde la conciencia de que, pase lo que pase, ese Padre todopoderoso nos acompaña, está a nuestro lado y vela por nosotros. Él hará lo que nos proponemos, porque a fin de cuentas es obra suya; lo hará quizá de un modo distinto, pero más fecundo. «Cuando te abandones de verdad en el Señor, aprenderás a contentarte con lo que venga, y a no perder la serenidad, si las tareas –a pesar de haber puesto todo tu empeño y los medios oportunos– no salen a tu gusto... Porque habrán “salido” como le conviene a Dios que salgan»[17].


Cultivar el «sentido de la filiación divina»


San Josemaría, es preciso conviene notarlo, no señalaba como fundamento del espíritu del Opus Dei la filiación divina, sino el sentido de la filiación divina. No basta ser hijos de Dios, sino que hemos de sabernos hijos de Dios, de modo tal que nuestra vida adquiera ese sentido. Tener esa seguridad en el corazón es el fundamento más sólido; la verdad de nuestra filiación divina se convierte entonces en algo operativo, con repercusiones concretas en nuestra vida.


Para cultivar tal sentido, es bueno ahondar en esa realidad con la cabeza y con el corazón. Con la cabeza, primero, meditando en la oración los pasajes de la Escritura que hablan de la paternidad de Dios, de nuestra filiación, de la vida de los hijos de Dios. Esta meditación puede recibir luz de los muchos textos de san Josemaría sobre nuestra condición de hijos de Dios[18], o de las reflexiones de otros santos y escritores cristianos[19].


NO HAY DERROTA PARA QUIEN DESEA ACOGER CADA DÍA EL AMOR DE DIOS. INCLUSO EL PECADO PUEDE CONVERTIRSE EN OCASIÓN DE RECORDAR NUESTRA IDENTIDAD DE HIJOS

Con el corazón podemos ahondar en nuestra condición de hijos de Dios acudiendo al Padre confiadamente, abandonándonos en su Amor, actualizando con o sin palabras nuestra actitud filial, y procurando tener siempre presente el Amor que Él nos tiene. Un modo de hacerlo es acudir a Él con breves invocaciones o jaculatorias. San Josemaría sugería: «Llámale Padre muchas veces al día, y dile –a solas, en tu corazón– que le quieres, que le adoras: que sientes el orgullo y la fuerza de ser hijo suyo»[20]. También podemos acudir a alguna breve oración que nos ayude a afrontar la jornada desde la seguridad de sentirnos hijos de Dios, o a terminarla, con agradecimiento, contrición y esperanza. El papa Francisco proponía esta a los jóvenes: «“Señor, te doy gracias porque me amas; estoy seguro de que me amas; haz que me enamore de mi vida”. No de mis defectos, que hay que corregir, sino de la vida, que es un gran regalo: es el tiempo para amar y ser amado»[21].


Volver a la casa del Padre


Se ha descrito la familia como «el lugar al que se vuelve», donde hallamos reparo y descanso. Lo es de modo particular en cuanto «santuario del amor y de la vida»[22], como le gustaba decir a san Juan Pablo II. Allí reencontramos el Amor que da sentido y valía a nuestra vida, porque está en su mismo origen.


De igual modo, sentirnos hijos de Dios nos permite volver a Él confiadamente cuando estamos cansados, cuando nos han tratado mal o nos sentimos heridos… o también cuando le hemos ofendido. Volver al Padre es otro modo de vivir en esa actitud de «abandono esperanzado». Conviene meditar a menudo la parábola del padre que tenía dos hijos, recogida por san Lucas (Cfr. Lc 15,11-32): «Dios nos espera, como el padre de la parábola, extendidos los brazos, aunque no lo merezcamos. No importa nuestra deuda. Como en el caso del hijo pródigo, hace falta sólo que abramos el corazón, que tengamos añoranza del hogar de nuestro Padre, que nos maravillemos y nos alegremos ante el don que Dios nos hace de podernos llamar y de ser, a pesar de tanta falta de correspondencia por nuestra parte, verdaderamente hijos suyos»[23].


Aquel hijo quizá apenas pensó en el dolor que había causado a su Padre: sobre todo añoraba el buen trato que recibía en la casa paterna (cfr. Lc 15,17-19). Se dirige hacia allá con la idea de no ser más que un siervo entre otros. Sin embargo, su padre le recibe –¡sale a buscarle, se le echa al cuello y le llena de besos!– recordándole su identidad más profunda: es su hijo. Enseguida dispone que le devuelvan los vestidos, las sandalias, el anillo… las señales de esa filiación que ni siquiera su mal comportamiento podía borrar. «A fin de cuentas se trataba del propio hijo y tal relación no podía ser alienada, ni destruida por ningún comportamiento»[24].


Aunque a veces podamos ver a Dios como un Amo del que somos siervos, o como un frío Juez, Él se mantiene fiel a su Amor de Padre. La posibilidad de acercarnos a Él después de haber caído es siempre una ocasión magnífica para descubrirlo. Al mismo tiempo, eso nos revela nuestra propia identidad. No se trata solamente de que Él haya decidido amarnos, porque sí, sino de que verdaderamente somos –por gracia– hijos de Dios. Somos hijos de Dios y nada, ni nadie, podrá robarnos jamás esa dignidad. Ni siquiera nosotros mismos. Por eso, ante la realidad de nuestra debilidad y del pecado –consciente y voluntario– no dejemos que nos invada la desesperanza. Como señalaba san Josemaría, «esta conclusión no es la última palabra. La última palabra la dice Dios, y es la palabra de su amor salvador y misericordioso y, por tanto, la palabra de nuestra filiación divina»[25].


Ocupados en amar


El sentido de la filiación divina lo cambia todo, como cambió la vida de san Josemaría cuando descubrió inesperadamente ese Mediterráneo. ¡Qué distinta es la vida interior cuando, en lugar de basarla en nuestros avances o en nuestros propósitos de mejora, la centramos en el Amor que nos precede y nos espera! Si uno da prioridad a lo que él mismo hace, su vida espiritual gira casi exclusivamente en torno a la mejora personal. A la larga, este modo de vivir no solo corre el riesgo de dejarse el amor de Dios olvidado en una esquina del alma, sino también de caer en el desánimo, porque se trata de una lucha en la que uno está solo ante el fracaso.


Cuando, en cambio, nos centramos en lo que Dios hace, en dejarnos amar cada día por Él, acogiendo diariamente su Salvación, la lucha adquiere otro temple. Si salimos vencedores, se abrirán paso con gran naturalidad el agradecimiento y la alabanza; si caemos derrotados, nuestro trato con Dios consistirá en volver confiadamente al Padre, pidiendo perdón y dejándonos abrazar por Él. Se entiende así que «la filiación divina no es una virtud particular, que tenga sus propios actos, sino la condición permanente del sujeto de las virtudes. Por eso no se obra como hijo de Dios con unas acciones determinadas: toda nuestra actividad, el ejercicio de nuestras virtudes, puede y debe ser ejercicio de la filiación divina»[26].


No hay derrota para quien desea acoger cada día el Amor de Dios. Incluso el pecado puede convertirse en ocasión de recordar nuestra identidad de hijos y de volver al Padre, que insiste en salir a nuestro encuentro clamando: «¡Hijo, hijo mío!». De esa misma conciencia nacerá –como nacía en san Josemaría– la fuerza que necesitamos para volver a caminar en pos del Señor: «Sé que vosotros y yo, decididamente, con el resplandor y la ayuda de la gracia, veremos qué cosas hay que quemar, y las quemaremos; qué cosas hay que arrancar, y las arrancaremos; qué cosas hay que entregar, y las entregaremos»[27]. Pero lo haremos sin agobio, y sin desánimo, procurando no confundir el ideal de la vida cristiana con el perfeccionismo[28]. Viviremos, así, pendientes del Amor que Dios nos tiene, ocupados en amar. Seremos como hijos pequeños que han descubierto un poco el amor de su Padre, y quieren agradecérselo de mil modos y corresponder con todo el amor –poco o mucho– que son capaces de expresar.

3 de junio de 2021

CORPUS CHRISTI

 


Evangelio (Mc 14, 12-16.22-26)


El primer día de los Ácimos, cuando sacrificaban el cordero pascual, le dicen sus discípulos:

—¿Dónde quieres que vayamos a prepararte la cena de Pascua?

Entonces envía dos de sus discípulos, y les dice:

—Id a la ciudad y os saldrá al encuentro un hombre que lleva un cántaro de agua. Seguidle, y allí donde entre decidle al dueño de la casa: «El Maestro dice: “¿Dónde tengo la sala, donde pueda comer la Pascua con mis discípulos?”». Y él os mostrará una habitación en el piso de arriba, grande, ya lista y dispuesta. Preparádnosla allí.


Y marcharon los discípulos, llegaron a la ciudad, lo encontraron todo como les había dicho, y prepararon la Pascua.


Mientras cenaban, tomó pan y, después de pronunciar la bendición, lo partió, se lo dio a ellos y dijo:

—Tomad, esto es mi cuerpo.


Y tomando el cáliz, habiendo dado gracias, se lo dio y todos bebieron de él. Y les dijo:

—Ésta es mi sangre de la nueva alianza, que es derramada por muchos. En verdad os digo que ya no beberé del fruto de la vid hasta aquel día en que lo beba de nuevo en el Reino de Dios.


Después de recitar el himno, salieron hacia el Monte de los Olivos. Y les dijo Jesús:


—Todos os escandalizaréis, porque está escrito:

Heriré al pastor y se dispersarán las ovejas


Comentario

“¿Dónde quieres que vayamos a prepararte la cena de Pascua?”. En el contexto de la Pascua Jesús instituye el sacramento de la Eucaristía y lo hace libremente.


A la pregunta de los discípulos: “¿Dónde quieres?”. Jesús responde: “Id a la ciudad y os saldrá al encuentro un hombre que lleva un cántaro de agua”. Jesús comunica a los discípulos, con todo detalle, la manera en la que celebraría la que sería la Última Cena, en la que instituiría el sacramento de su Cuerpo y de su Sangre. No lo hace obligado por las circunstancias, sino que lo lleva a cabo como cumplimiento del designio del Padre. Al hacerlo libremente lo hace por Amor porque sólo donde hay libertad hay Amor de verdad. Jesús, en su vida, todo lo ha llevado a cabo libremente y cuando se acercan los últimos momentos de su existencia resalta con más fuerza el valor de la libertad. Al hacerlo transparenta el Amor con que lo realiza.


Los hechos que van aconteciendo tienen lugar como Jesús les había indicado. “Y marcharon los discípulos, llegaron a la ciudad, lo encontraron todo como les había dicho, y prepararon la Pascua”.


“Mientras cenaban, tomó pan y, después de pronunciar la bendición, lo partió, se lo dio a ellos y dijo: -Tomad, esto es mi cuerpo”. Jesús antes de ofrecer su vida en la cruz, por la salvación del mundo, quiso quedarse entre nosotros. Lo hizo convirtiendo el pan en su Cuerpo. Las palabras de Jesús no admiten otra interpretación: “esto es mi cuerpo”.


La razón más alta que le lleva a Jesús a permanecer con nosotros bajo la apariencia de pan es el Amor. Así lo enseñaba san Josemaría: “Jesús se quedó en la Eucaristía por amor..., por ti.


—Se quedó, sabiendo cómo le recibirían los hombres... y cómo lo recibes tú.


—Se quedó, para que le comas, para que le visites y le cuentes tus cosas y, tratándolo en la oración junto al Sagrario y en la recepción del Sacramento, te enamores más cada día, y hagas que otras almas —¡muchas!— sigan igual camino”[1].


Después de convertir el pan en su cuerpo, “tomando el cáliz, habiendo dado gracias, se lo dio y todos bebieron de él. Y les dijo: -Ésta es mi sangre de la nueva alianza, que es derramada por muchos”. Jesús convierte el vino en su sangre que sería derramada enteramente en la cruz, al día siguiente. Con su muerte y posterior resurrección establece una nueva alianza entre Dios y los hombres. Lo hace dando su vida por nosotros que es la mayor muestra de amor: “Nadie tiene amor más grande que el de dar uno la vida por sus amigos” (Jn 15, 13).


Todo en la Eucaristía nos habla, a gritos silenciosos, del Amor de Cristo por nosotros. Son gritos silenciosos porque espera nuestra respuesta libre. El Amor no se puede imponer. La Eucaristía es el encuentro de dos libertades: la libertad de Jesús y la nuestra. Es un misterio de Amor profundo que estamos llamados a contemplar y la fiesta del Corpus Christi es una ocasión espléndida para hacerlo. Juan Pablo II en la última encíclica en la que trató de este misterio nos dijo que con ella lo que quería era suscitar el asombro eucarístico[2].


UN RATO DE ORACION en la fiesta del Corpus Christi

“Para mí el Sagrario ha sido siempre Betania, el lugar tranquilo y apacible donde está Cristo”, dice San Josemaría en esta homilía sobre la devoción al Santísimo Sacramento, que pronunció el 28 de mayo de 1964, fiesta del Corpus Christi.

Hoy, fiesta del Corpus Christi, meditamos juntos la profundidad del amor del Señor, que le ha llevado a quedarse oculto bajo las especies sacramentales, y parece como si oyésemos físicamente aquellas enseñanzas suyas a la muchedumbre: salió un sembrador a sembrar y, al esparcir los granos, algunos cayeron cerca del camino, y vinieron las aves del cielo y se los comieron; otros cayeron en pedregales, donde había poca tierra, y luego brotaron, por estar muy en la superficie, mas nacido el sol se quemaron y se secaron, porque no tenían raíces; otros cayeron entre espinas, las cuales crecieron y los sofocaron; otros granos cayeron en buena tierra, y dieron fruto, algunos el ciento por uno, otros el sesenta, otros el treinta.


La escena es actual. El sembrador divino arroja también ahora su semilla. La obra de la salvación sigue cumpliéndose, y el Señor quiere servirse de nosotros: desea que los cristianos abramos a su amor todos los senderos de la tierra; nos invita a que propaguemos el divino mensaje, con la doctrina y con el ejemplo, hasta los últimos rincones del mundo. Nos pide que, siendo ciudadanos de la sociedad eclesial y de la civil, al desempeñar con fidelidad nuestros deberes, cada uno sea otro Cristo, santificando el trabajo profesional y las obligaciones del propio estado.


Si miramos a nuestro alrededor, a este mundo que amamos porque es hechura divina, advertiremos que se verifica la parábola: la palabra de Jesucristo es fecunda, suscita en muchas almas afanes de entrega y de fidelidad. La vida y el comportamiento de los que sirven a Dios han cambiado la historia, e incluso muchos de los que no conocen al Señor se mueven —sin saberlo quizá— por ideales nacidos del cristianismo.


Vemos también que parte de la simiente cae en tierra estéril, o entre espinas y abrojos: que hay corazones que se cierran a la luz de la fe. Los ideales de paz, de reconciliación, de fraternidad, son aceptados y proclamados, pero —no pocas veces— son desmentidos con los hechos. Algunos hombres se empeñan inútilmente en aherrojar la voz de Dios, impidiendo su difusión con la fuerza bruta o con un arma menos ruidosa, pero quizá más cruel, porque insensibiliza al espíritu: la indiferencia.


El Pan de vida eterna

Me gustaría que, al considerar todo eso, tomáramos conciencia de nuestra misión de cristianos, volviéramos los ojos hacia la Sagrada Eucaristía, hacia Jesús que, presente entre nosotros, nos ha constituido como miembros suyos:vos estis corpus Christi et membra de membro, vosotros sois el cuerpo de Cristo y miembros unidos a otros miembros. Nuestro Dios ha decidido permanecer en el Sagrario para alimentarnos, para fortalecernos, para divinizarnos, para dar eficacia a nuestra tarea y a nuestro esfuerzo. Jesús es simultáneamente el sembrador, la semilla y el fruto de la siembra: el Pan de vida eterna.

Este milagro, continuamente renovado, de la Sagrada Eucaristía, tiene todas las características de la manera de actuar de Jesús. Perfecto Dios y perfecto hombre, Señor de cielos y tierra, se nos ofrece como sustento, del modo más natural y ordinario. Así espera nuestro amor, desde hace casi dos mil años. Es mucho tiempo y no es mucho tiempo: porque, cuando hay amor, los días vuelan.


Viene a mi memoria una encantadora poesía gallega, una de esas Cantigas de Alfonso X el Sabio. La leyenda de un monje que, en su simplicidad, suplicó a Santa María poder contemplar el cielo, aunque fuera por un instante. La Virgen acogió su deseo, y el buen monje fue trasladado al paraíso. Cuando regresó, no reconocía a ninguno de los moradores del monasterio: su oración, que a él le había parecido brevísima, había durado tres siglos. Tres siglos no son nada, para un corazón amante. Así me explico yo esos dos mil años de espera del Señor en la Eucaristía. Es la espera de Dios, que ama a los hombres, que nos busca, que nos quiere tal como somos —limitados, egoístas, inconstantes—, pero con la capacidad de descubrir su infinito cariño y de entregarnos a El enteramente.


Por amor y para enseñarnos a amar, vino Jesús a la tierra y se quedó entre nosotros en la Eucaristía.Como hubiese amado a los suyos que vivían en el mundo, los amó hasta el fin; con esas palabras comienza San Juan la narración de lo que sucedió aquella víspera de la Pascua, en la que Jesús —nos lo refiere San Pablo— tomó el pan, y dando gracias, lo partió y dijo: tomad y comed; esto es mi cuerpo, que por vosotros será entregado; haced esto en memoria mía. Y de la misma manera el cáliz, después de haber cenado, diciendo: este cáliz es el nuevo testamento de mi sangre; haced esto cuantas veces lo bebiereis, en memoria mía.


Una vida nueva

Es el momento sencillo y solemne de la institución del Nuevo Testamento. Jesús deroga la antigua economía de la Ley y nos revela que el mismo será el contenido de nuestra oración y de nuestra vida.

Ved el gozo que inunda la liturgia de hoy: sea la alabanza plena, sonora, alegre. Es el júbilo cristiano, que canta la llegada de otro tiempo: ha terminado la antigua Pascua, se inicia la nueva. Lo viejo es sustituido por lo nuevo, la verdad hace que la sombra desaparezca, la noche es eliminada por la luz.


Milagro de amor. Este es verdaderamente el pan de los hijos: Jesús, el Primogénito del Eterno Padre, se nos ofrece como alimento. Y el mismo Jesucristo, que aquí nos robustece, nos espera en el cielo como comensales, coherederos y socios, porque quienes se nutren de Cristo morirán con la muerte terrena y temporal, pero vivirán eternamente, porque Cristo es la vida imperecedera.


La felicidad eterna, para el cristiano que se conforta con el definitivo maná de la Eucaristía, comienza ya ahora. Lo viejo ha pasado: dejemos aparte todo lo caduco; sea todo nuevo para nosotros: los corazones, las palabras y las obras.


Esta es la Buena Nueva. Es novedad, noticia, porque nos habla de una profundidad de Amor, que antes no sospechábamos. Es buena, porque nada mejor que unirnos íntimamente a Dios, Bien de todos los bienes. Esta es la Buena Nueva, porque, de alguna manera y de un modo indescriptible, nos anticipa la eternidad.


Tratar a Jesús en la Palabra y en el Pan

Jesús se esconde en el Santísimo Sacramento del altar, para que nos atrevamos a tratarle, para ser el sustento nuestro, con el fin de que nos hagamos una sola cosa con El. Al decir sin mí no podéis nada, no condenó al cristiano a la ineficacia, ni le obligó a una búsqueda ardua y difícil de su Persona. Se ha quedado entre nosotros con una disponibilidad total.

Cuando nos reunimos ante el altar mientras se celebra el Santo Sacrificio de la Misa, cuando contemplamos la Sagrada Hostia expuesta en la custodia o la adoramos escondida en el Sagrario, debemos reavivar nuestra fe, pensar en esa existencia nueva, que viene a nosotros, y conmovernos ante el cariño y la ternura de Dios.


Perseveraban todos en la doctrina de los Apóstoles, en la comunicación de la fracción del pan, y en las oraciones. Así nos describen las Escrituras la conducta de los primeros cristianos: congregados por la fe de los Apóstoles en perfecta unidad, al participar de la Eucaristía, unánimes en la oración. Fe, Pan, Palabra.


Jesús, en la Eucaristía, es prenda segura de su presencia en nuestras almas; de su poder, que sostiene el mundo; de sus promesas de salvación, que ayudarán a que la familia humana, cuando llegue el fin de los tiempos, habite perpetuamente en la casa del Cielo, en torno a Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo: Trinidad Beatísima, Dios Único. Es toda nuestra fe la que se pone en acto cuando creemos en Jesús, en su presencia real bajo los accidentes del pan y del vino.


No comprendo cómo se puede vivir cristianamente sin sentir la necesidad de una amistad constante con Jesús en la Palabra y en el Pan, en la oración y en la Eucaristía. Y entiendo muy bien que, a lo largo de los siglos, las sucesivas generaciones de fieles hayan ido concretando esa piedad eucarística. Unas veces, con prácticas multitudinarias, profesando públicamente su fe; otras, con gestos silenciosos y callados, en la sacra paz del templo o en la intimidad del corazón.


Ante todo, hemos de amar la Santa Misa que debe ser el centro de nuestro día. Si vivimos bien la Misa, ¿cómo no continuar luego el resto de la jornada con el pensamiento en el Señor, con la comezón de no apartarnos de su presencia, para trabajar como El trabajaba y amar como El amaba? Aprendemos entonces a agradecer al Señor esa otra delicadeza suya: que no haya querido limitar su presencia al momento del Sacrificio del Altar, sino que haya decidido permanecer en la Hostia Santa que se reserva en el Tabernáculo, en el Sagrario.


Os diré que para mí el Sagrario ha sido siempre Betania, el lugar tranquilo y apacible donde está Cristo, donde podemos contarle nuestras preocupaciones, nuestros sufrimientos, nuestras ilusiones y nuestras alegrías, con la misma sencillez y naturalidad con que le hablaban aquellos amigos suyos, Marta, María y Lázaro. Por eso, al recorrer las calles de alguna ciudad o de algún pueblo, me da alegría descubrir, aunque sea de lejos, la silueta de una iglesia; es un nuevo Sagrario, una ocasión más de dejar que el alma se escape para estar con el deseo junto al Señor Sacramentado.


Fecundidad de la Eucaristía

Cuando el Señor en la Ultima Cena instituyó la Sagrada Eucaristía, era de noche, lo que —comenta San Juan Crisóstomo— manifestaba que los tiempos habían sido cumplidos. Se hacía noche en el mundo, porque los viejos ritos, los antiguos signos de la misericordia infinita de Dios con la humanidad iban a realizarse plenamente, abriendo el camino a un verdadero amanecer: la nueva Pascua. La Eucaristía fue instituida durante la noche, preparando de antemano la mañana de la Resurrección.

También en nuestras vidas hemos de preparar esa alborada. Todo lo caduco, lo dañoso y lo que no sirve —el desánimo, la desconfianza, la tristeza, la cobardía— todo eso ha de ser echado fuera. La Sagrada Eucaristía introduce en los hijos de Dios la novedad divina, y debemos responder in novitate sensus, con una renovación de todo nuestro sentir y de todo nuestro obrar. Se nos ha dado un principio nuevo de energía, una raíz poderosa, injertada en el Señor. No podemos volver a la antigua levadura, nosotros que tenemos el Pan de ahora y de siempre.


En esta fiesta, en ciudades de una parte y otra de la tierra, los cristianos acompañan en procesión al Señor, que escondido en la Hostia recorre las calles y plazas —lo mismo que en su vida terrena—, saliendo al paso de los que quieren verle, haciéndose el encontradizo con los que no le buscan. Jesús aparece así, una vez más, en medio de los suyos: ¿cómo reaccionamos ante esa llamada del Maestro?


Porque las manifestaciones externas de amor deben nacer del corazón, y prolongarse con testimonio de conducta cristiana. Si hemos sido renovados con la recepción del Cuerpo del Señor, hemos de manifestarlo con obras. Que nuestros pensamientos sean sinceros: de paz, de entrega, de servicio. Que nuestras palabras sean verdaderas, claras, oportunas; que sepan consolar y ayudar, que sepan, sobre todo, llevar a otros la luz de Dios. Que nuestras acciones sean coherentes, eficaces, acertadas: que tengan ese bonus odor Christi, el buen olor de Cristo, porque recuerden su modo de comportarse y de vivir.


La procesión del Corpus hace presente a Cristo por los pueblos y las ciudades del mundo. Pero esa presencia, repito, no debe ser cosa de un día, ruido que se escucha y se olvida. Ese pasar de Jesús nos trae a la memoria que debemos descubrirlo también en nuestro quehacer ordinario. Junto a esa procesión solemne de este jueves, debe estar la procesión callada y sencilla, de la vida corriente de cada cristiano, hombre entre los hombres, pero con la dicha de haber recibido la fe y la misión divina de conducirse de tal modo que renueve el mensaje del Señor en la tierra. No nos faltan errores, miserias, pecados. Pero Dios está con los hombres, y hemos de disponernos para que se sirva de nosotros y se haga continuo su tránsito entre las criaturas.


Vamos, pues, a pedir al Señor que nos conceda ser almas de Eucaristía, que nuestro trato personal con El se exprese en alegría, en serenidad, en afán de justicia. Y facilitaremos a los demás la tarea de reconocer a Cristo, contribuiremos a ponerlo en la cumbre de todas las actividades humanas. Se cumplirá la promesa de Jesús: Yo, cuando sea exaltado sobre la tierra, todo lo atraeré hacia mí.


El pan y la siega: comunión con todos los hombres


Jesús, os decía al comienzo, es el sembrador. Y, por medio de los cristianos, prosigue su siembra divina. Cristo aprieta el trigo en sus manos llagadas, lo empapa con su sangre, lo limpia, lo purifica y lo arroja en el surco, que es el mundo. Echa los granos uno a uno, para que cada cristiano, en su propio ambiente, dé testimonio de la fecundidad de la Muerte y de la Resurrección del Señor.


Si estamos en las manos de Cristo, debemos impregnarnos de su Sangre redentora, dejarnos lanzar a voleo, aceptar nuestra vida tal y como Dios la quiere. Y convencernos de que, para fructificar, la semilla ha de enterrarse y morir. Luego se levanta el tallo y surge la espiga. De la espiga, el pan, que será convertido por Dios en Cuerpo de Cristo. De esa forma nos volvemos a reunir en Jesús, que fue nuestro sembrador. Porque el pan es uno, y aunque seamos muchos, somos un solo cuerpo, pues todos participamos de ese único pan.


No perdamos nunca de vista que no hay fruto, si antes no hay siembra: es preciso —por tanto— esparcir generosamente la Palabra de Dios, hacer que los hombres conozcan a Cristo y que, conociéndole, tengan hambre de El. Es buena ocasión esta fiesta del Corpus Christi —Cuerpo de Cristo, Pan de vida— para meditar en esas hambres que se advierten en el pueblo: de verdad, de justicia, de unidad y de paz. Ante el hambre de paz, hemos de repetir con San Pablo: Cristo es nuestra paz, pax nostra. Los deseos de verdad deben recordarnos que Jesús es el camino, la verdad y la vida. A quienes aspiran a la unidad, hemos de colocarles frente a Cristo que ruega para que estemos consummati in unum, consumados en la unidad. El hambre de justicia debe conducirnos a la fuente originaria de la concordia entre los hombres: el ser y saberse hijos del Padre, hermanos.


Paz, verdad, unidad, justicia. ¡Qué difícil parece a veces la tarea de superar las barreras, que impiden la convivencia humana! Y, sin embargo, los cristianos estamos llamados a realizar ese gran milagro de la fraternidad: conseguir, con la gracia de Dios, que los hombres se traten cristianamente,llevando los unos las cargas de los otros, viviendo el mandamiento del Amor, que es vínculo de la perfección y resumen de la ley.


No se nos puede ocultar que resta mucho por hacer. En cierta ocasión, contemplando quizá el suave movimiento de las espigas ya granadas, dijo Jesús a sus discípulos: la mies es mucha, pero los obreros son pocos. Rogad, pues, al dueño de la mies que envíe trabajadores a su campo. Como entonces, ahora siguen faltando peones que quieran soportar el peso del día y del calor. Y si los que trabajamos no somos fieles, sucederá lo que escribe el profeta Joel: destruida la cosecha, la tierra en luto: porque el trigo está seco, desolado el vino, perdido el aceite. Confundíos, labradores; gritad, viñadores, por el trigo y la cebada. No hay cosecha.


No hay cosecha, cuando no se está dispuesto a aceptar generosamente un constante trabajo, que puede resultar largo y fatigoso: labrar la tierra, sembrar la simiente, cuidar los campos, realizar la siega y la trilla... En la historia, en el tiempo, se edifica el Reino de Dios. El Señor nos ha confiado a todos esa tarea, y ninguno puede sentirse eximido. Al adorar y mirar hoy a Cristo en la Eucaristía, pensemos que aún no ha llegado la hora del descanso, que la jornada continúa.


Se ha recogido en el libro de los Proverbios; el que labra su campiña tendrá pan a saciedad. Tratemos de aplicarnos espiritualmente este pasaje: el que no labra el terreno de Dios, el que no es fiel a la misión divina de entregarse a los demás, ayudándoles a conocer a Cristo, difícilmente logrará entender lo que es el Pan eucarístico. Nadie estima lo que no le ha costado esfuerzo. Para apreciar y amar la Sagrada Eucaristía, es preciso recorrer el camino de Jesús: ser trigo, morir para nosotros mismos, resurgir llenos de vida y dar fruto abundante: ¡el ciento por uno!


Ese camino se resume en una única palabra: amar. Amar es tener el corazón grande, sentir las preocupaciones de los que nos rodean, saber perdonar y comprender: sacrificarse, con Jesucristo, por las almas todas. Si amamos con el corazón de Cristo aprenderemos a servir, y defenderemos la verdad claramente y con amor. Para amar de ese modo, es preciso que cada uno extirpe, de su propia vida, todo lo que estorba la Vida de Cristo en nosotros: el apego a nuestra comodidad, la tentación del egoísmo, la tendencia al lucimiento propio. Sólo reproduciendo en nosotros esa Vida de Cristo, podremos trasmitirla a los demás; sólo experimentando la muerte del grano de trigo, podremos trabajar en las entrañas de la tierra, transformarla desde dentro, hacerla fecunda.


El optimismo cristiano

Quizá alguna vez pueda venir la tentación de pensar que todo eso es hermoso, como lo es un sueño irrealizable. Os he hablado de renovar la fe y la esperanza; permaneced firmes, con la seguridad absoluta de que nuestras ilusiones se verán colmadas por las maravillas de Dios. Pero resulta indispensable que nos anclemos, de verdad, en la virtud cristiana de la esperanza.

Que no nos acostumbremos a los milagros que se operan ante nosotros: a este admirable portento de que el Señor baje cada día a las manos del sacerdote. Jesús nos quiere despiertos, para que nos convenzamos de la grandeza de su poder, y para que oigamos nuevamente su promesa: venite post me, et faciam vos fieri piscatores hominum, si me seguís, os haré pescadores de hombres; seréis eficaces, y atraeréis las almas hacia Dios. Debemos confiar, por tanto, en esas palabras del Señor: meterse en la barca, empuñar los remos, izar las velas, y lanzarse a ese mar del mundo que Cristo nos entrega como heredad. Duc in altum et laxate retia vestra in capturam!: bogad mar adentro, y echad vuestras redes para pescar.


Ese celo apostólico, que Cristo ha puesto en nuestro corazón, no debe agotarse —extinguirse—, por una falsa humildad. Si es verdad que arrastramos miserias personales, también lo es que el Señor cuenta con nuestros errores. No escapa a su mirada misericordiosa que los hombres somos criaturas con limitaciones, con flaquezas, con imperfecciones, inclinadas al pecado. Pero nos manda que luchemos, que reconozcamos nuestros defectos; no para acobardarnos, sino para arrepentirnos y fomentar el deseo de ser mejores.


Además, hemos de recordar siempre que somos sólo instrumentos: ¿qué es Apolo?, ¿qué es Pablo? Unos ministros de aquel en quien habéis creído, y eso según el don que a cada uno ha concedido el Señor. Yo planté, regó Apolo, pero Dios es quien ha dado el crecer. La doctrina, el mensaje que hemos de propagar, tiene una fecundidad propia e infinita, que no es nuestra, sino de Cristo. Es Dios mismo quien está empeñado en realizar la obra salvadora, en redimir el mundo.


Fe, pues, sin permitir que nos domine el desaliento; sin pararnos en cálculos meramente humanos. Para superar los obstáculos, hay que empezar trabajando, metiéndose de lleno en la tarea, de manera que el mismo esfuerzo nos lleve a abrir nuevas veredas. Ante cualquier dificultad, ésta es la panacea: santidad personal, entrega al Señor.

Ser santos es vivir tal y como nuestro Padre del cielo ha dispuesto que vivamos. Me diréis que es difícil. Sí, el ideal es muy alto. Pero a la vez es fácil: está al alcance de la mano. Cuando una persona se pone enferma, ocurre en ocasiones que no se logra encontrar la medicina. En lo sobrenatural, no sucede así. La medicina está siempre cerca: es Cristo Jesús, presente en la Sagrada Eucaristía, que nos da además su gracia en los otros Sacramentos que instituyó.


Repitamos, con la palabra y con las obras: Señor, confío en Ti, me basta tu providencia ordinaria, tu ayuda de cada día. No tenemos por qué pedir a Dios grandes milagros. Hemos de suplicar, en cambio, que aumente nuestra fe, que ilumine nuestra inteligencia, que fortalezca nuestra voluntad. Jesús permanece siempre junto a nosotros, y se comporta siempre como quien es.


Desde el comienzo de mi predicación, os he prevenido contra un falso endiosamiento. No te turbe conocerte como eres: así, de barro. No te preocupe. Porque tú y yo somos hijos de Dios —y éste es endiosamiento bueno—, escogidos por llamada divina desde toda la eternidad: nos eligió el Padre, por Jesucristo, antes de la creación del mundo para que seamos santos en su presencia. Nosotros que somos especialmente de Dios, instrumentos suyos a pesar de nuestra pobre miseria personal, seremos eficaces si no perdemos el conocimiento de nuestra flaqueza. Las tentaciones nos dan la dimensión de nuestra propia debilidad.


Si sentís decaimiento, al experimentar —quizá de un modo particularmente vivo— la propia mezquindad, es el momento de abandonarse por completo, con docilidad en las manos de Dios. Cuentan que un día salió al encuentro de Alejandro Magno un pordiosero, pidiendo una limosna. Alejandro se detuvo y mandó que le hicieran señor de cinco ciudades. El pobre, confuso y aturdido, exclamó: ¡yo no pedía tanto! Y Alejandro repuso: tú has pedido como quien eres; yo te doy como quien soy.


Aun en los momentos en los que percibamos más profundamente nuestra limitación, podemos y debemos mirar a Dios Padre, a Dios Hijo, a Dios Espíritu Santo, sabiéndonos partícipes de la vida divina. No existe jamás razón suficiente para volver la cara atrás: el Señor está a nuestro lado. Hemos de ser fieles, leales, hacer frente a nuestras obligaciones, encontrando en Jesús el amor y el estímulo para comprender las equivocaciones de los demás y superar nuestros propios errores. Así todos esos decaimientos —los tuyos, los míos, los de todos los hombres—, serán también soporte para el reino de Cristo.


Reconozcamos nuestras enfermedades, pero confesemos el poder de Dios. El optimismo, la alegría, el convencimiento firme de que el Señor quiere servirse de nosotros, han de informar la vida cristiana. Si nos sentimos parte de esta Iglesia Santa, si nos consideramos sostenidos por la roca firme de Pedro y por la acción del Espíritu Santo, nos decidiremos a cumplir el pequeño deber de cada instante: sembrar cada día un poco. Y la cosecha desbordará los graneros.


Acabemos este rato de oración. Recordad —saboreando, en la intimidad del alma, la infinita bondad divina— que, por las palabras de la Consagración, Cristo se va a hacer realmente presente en la Hostia, con su Cuerpo, con su Sangre, con su Alma y con su Divinidad. Adoradle con reverencia y con devoción; renovad en su presencia el ofrecimiento sincero de vuestro amor; decidle sin miedo que le queréis; agradecedle esta prueba diaria de misericordia tan llena de ternura, y fomentad el deseo de acercaros a comulgar con confianza. Yo me pasmo ante este misterio de Amor: el Señor busca mi pobre corazón como trono, para no abandonarme si yo me aparto de El.


Reconfortados por la presencia de Cristo, alimentados de su Cuerpo, seremos fieles durante esta vida terrena, y luego, en el cielo, junto a Jesús y a su Madre, nos llamaremos vencedores. ¿Dónde está, ¡oh muerte!, tu victoria? ¿Dónde está, ¡oh muerte!, tu aguijón? Demos gracias a Dios que nos ha traído la victoria, por la virtud de nuestro Señor Jesucristo.

2 de junio de 2021

Alma sacerdotal, Alma de Cristo

 


Evangelio (Mc 12,18-27)


Después se le acercan unos saduceos —que niegan la resurrección— y comenzaron a preguntarle:


—Maestro, Moisés nos dejó escrito: Si muere el hermano de alguien y deja mujer pero no deja hijos, su hermano la tomará por mujer y dará descendencia a su hermano. Eran siete hermanos. El primero tomó mujer y murió sin dejar descendencia. Lo mismo el segundo: la tomó por mujer y murió sin dejar descendencia. De igual manera el tercero. Los siete no dejaron descendencia. Después de todos murió también la mujer. En la resurrección, cuando resuciten, ¿de cuál de ellos será esposa?, porque los siete la tuvieron por esposa.


Y Jesús les contestó:


—¿No estáis equivocados precisamente por no entender las Escrituras ni el poder de Dios? Cuando resuciten de entre los muertos, no se casarán ni ellas ni ellos, sino que serán como los ángeles en el cielo. Y sobre que los muertos resucitan, ¿no habéis leído en el libro de Moisés, en el pasaje de la zarza, cómo le habló Dios diciendo: Yo soy el Dios de Abrahán, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob? No es Dios de muertos, sino de vivos. Estáis muy equivocados.

Comentario


Es razonable un sano preguntarse por la vida tras la resurrección. Nos resulta tan misteriosa que el camino más normal para explicárnosla es aplicarle algo de lo que vivimos aquí y ahora. Sin embargo, el mismo Pablo nos recuerda: “ni ojo vio, ni oído oyó, ni pasó por el corazón del hombre, las cosas que preparó Dios para los que le aman” (1Co 2,9). El Apóstol dice haber sido arrebatado al paraíso y haber oído palabras inefables “que al hombre no es lícito pronunciar” (2Co 12,4). Pero, ¿qué puede entender de las cosas de Dios una persona “carnal”, esto es, una persona que no es aún “espiritual”, que no se deja instruir por el Espíritu? (cfr. 1Co 3,1-3).


Todo lo que aquí experimentamos y vivimos nos dice algo de la vida gloriosa. Y, sin embargo, esa novedad que nos aguarda –“mira, hago nuevas todas las cosas” (Ap 21,5)–, esa gloria, supera por completo nuestra comprensión: “estoy convencido de que los padecimientos del tiempo presente no son comparables con la gloria futura que se va a manifestar en nosotros” (Rm 8,18). ¿Qué podríamos decir sobre el “hombre perfecto, a la medida de la plenitud de Cristo” (Ef 4,13)? Y, sin embargo, ¡qué fácil resulta hacer mezquino lo más grande, hablar con trivialidad de lo más excelso!


Las saduceos plantean a Jesús una cuestión que, en su opinión, reduce a lo absurdo la creencia en la resurrección. Para ello, se basan en la Ley mosaica (cfr. Dt 25,5-6; Gn 38,8). Y Jesús les responde usando la misma Ley para decirles que no la han entendido (cfr. Ex 3,6). Para quien no quiere creer, los textos no son ningún obstáculo, porque siempre se pueden retorcer para hacerles decir lo que uno quiere, obviando otros. El pasaje de hoy trae a la memoria estas palabras: “Pero sus inteligencias se embotaron. En efecto, hasta el día de hoy perdura en la lectura del Antiguo Testamento ese mismo velo, sin haberse descorrido, porque solo en Cristo desaparece” (2Co 3,14). Mirar a Cristo, abrirse a él por la fe, nos transforma. En Cristo vemos la sabiduría y el poder del Dios vivo y de la vida. Sólo su Espíritu es capaz de abrir nuestro corazón y nuestro entendimiento. ¡Qué importante es tratarle para poder abrirnos a los misterios de Dios y vivir de ellos!

TEXTO PARA HACER UN RATO DE ORACIÓN

Cada mañana, al comenzar la jornada, podemos decir al Señor que queremos que el nuevo día sea también para él, le ofrecemos nuestra vida, nuestro corazón, nuestro trabajo... Esta oferta es posible porque cada cristiano tiene un alma sacerdotal.

Entre las preguntas del catecismo que en algunos lugares servía para preparar a los niños a la Primera Comunión, figuraba la siguiente: ¿para qué ha creado Dios a los hombres? La respuesta era sencilla y fácil de memorizar: «Dios ha creado a los hombres para que le amemos y obedezcamos en la tierra y seamos felices con Él en el cielo».


Ahí está dicho lo esencial de nuestro destino en la tierra. El Compendio del actual Catecismo de la Iglesia Católica explicita, sin embargo, un aspecto importante: «el hombre ha sido creado para conocer, servir y amar a Dios, para ofrecerle en este mundo toda la creación en acción de gracias, y para ser elevado a la vida con Dios en el cielo» (1).


Pertenece, en efecto, al sentido general de la creación del hombre, de su llamada a la existencia, el dirigir a Dios su actividad en el mundo y ofrecerle toda la creación en acción de gracias. En cierta manera, puesto que Dios lo ha asociado a su obra creadora, toda actividad humana debe tender a cooperar y reflejar la bondad y la belleza de la acción de Dios. «Creado el hombre a imagen de Dios, recibió el mandato de gobernar el mundo en justicia y santidad, sometiendo a sí la tierra y cuanto en ella se contiene, y de orientar a Dios la propia persona y el universo entero, reconociendo a Dios como creador de todo» (2).


Pero, tras el pecado original, esa tarea de colaboración en el diseño divino encontró un obstáculo insuperable: la falta de rectitud del corazón del hombre. Como narra la Biblia, más que cooperar con Dios en la construcción del cosmos, le estábamos comunicando nuestro propio desorden, estábamos construyendo un mundo egoísta. Entonces, por su gran misericordia, Dios nos envió a su Hijo para introducir de nuevo en la creación la rectitud de vida, la justicia del corazón, las palabras y acciones que le agradaran de verdad. Y a esa obra de Redención, prevista por Dios eternamente, fuimos asociados los cristianos. El sacrificio y la gracia de Cristo nos devolvieron a Dios e hicieron posible que nuestras obras pudieran colaborar en la salvación de las criaturas.


El espíritu del Opus Dei subraya esa llamada a cooperar con Cristo en la obra creadora y redentora. Propone además un camino específico: realizar con perfección lo cotidiano, el trabajo ordinario, la vida familiar, las relaciones sociales. Ofrecer a Dios lo de cada día, la vida corriente, hasta llegar a reconocer Su presencia en mil detalles pequeños.


Y esto exige una profunda disposición interior: el deseo sobrenatural de servir a Dios en lo que hacemos, de llevarle las personas que tratamos, de glorificarle y, para eso, de librarnos de las miserias que tienen su raíz en el pecado. Es como un poso en el alma que la acción del Espíritu Santo va dejando poco a poco, contando con nuestra correspondencia; un modo de ser que procede de Cristo y nos liga a su Sacerdocio.


El alma sacerdotal es propia de todos los cristianos, pues por el Bautismo hemos sido constituidos sacerdotes de nuestra propia existencia (...), para realizar cada una de nuestras acciones en espíritu de obediencia a la voluntad de Dios (3). Por eso, cada mañana, al comenzar la jornada, decimos al Señor que queremos que el nuevo día sea también para Él, le ofrecemos nuestra vida, nuestro corazón, nuestro trabajo, todo nuestro ser.


ASENTADA EN LA GRACIA


Podemos agradar a Dios y hacer que nuestras obras reflejen la caridad y la bondad divinas no en virtud de nuestros méritos, sino por la gracia de Cristo que nos hace justos por dentro. Porque, como dice San Pablo, el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo que se nos ha dado (4).


Por eso, el alma sacerdotal nace desde arriba (5), desde nuestra condición de hijos de Dios: despliega en el cristiano la vida de Cristo, sacerdote eterno. Actuar con alma sacerdotal requerirá vencerse frecuentemente, y sobrepasar los límites de dedicación y esfuerzo que parecen razonables; exigirá ignorar o resolver dificultades originadas por el propio carácter o por las circunstancias, porque vemos que algo conviene para la gloria de Dios o el bien de nuestro prójimo; requerirá sacar el tiempo necesario para obrar el bien, o superar el miedo de no ser capaz de realizarlo.


En estas cosas hemos de ejercitarnos cotidianamente, buscando obtener pequeños logros, ampliando la generosidad en algún detalle, evitando desánimos al comprobar que no pudimos o no quisimos; es así como podemos cimentar nuestra vida interior cada vez más profundamente. Nuestra generosidad y correspondencia nunca nos parecerán suficientes si miramos hacia adelante, hacia esa meta que está siempre más allá: si nos miramos en el espejo de la vida de Jesús.


El alma sacerdotal de Cristo queda bien reflejada en la breve afirmación sobre el sentido de su venida: el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida en redención de muchos (6). Es como si en esas palabras Jesús hubiera querido manifestar la propia disponibilidad a rebasar todo límite con el fin de librar a muchos del pecado y de darles la vida, para que el Padre sea glorificado con la salvación de esas personas.


En esta tierra, fuera de Jesús, sólo de la Virgen tenemos la certeza de que fue capaz de no decir nunca basta, guiada por su deseo de ser en toda circunstancia la sierva del Señor. Ella acompañó a Jesús crucificado más que ninguna otra persona, y el Señor la asoció a su Sacerdocio de un modo especialísimo y superior al de los demás hombres.


Santa María pudo ejercitar el alma sacerdotal con esa perfección por su particular plenitud de gracia del Espíritu Santo. No podemos, por eso, contemplar su ejemplo simplemente con ojos humanos: se inundaría nuestra imaginación con la dificultad que tanta renuncia y sacrificio suponen; juzgaríamos que ese camino es imposible para nosotros, y nos conformaríamos con buscar, consciente o inconscientemente, sendas más cómodas.


La liturgia de la Iglesia dice del Espíritu Santo -que se nos ha dado- que es «Padre de los pobres, Dador de los dones, Luz de los corazones» (7). Si somos fieles y confiamos en Él, obtendremos también todos sus dones: «el premio de la virtud, la realidad de la salvación, el gozo perenne» (8). Y de esa manera, nos llenarán de alegría todas las ocasiones de ejercitar el alma sacerdotal. Precisamente cuando cueste, sentiremos inexplicablemente una alegría mayor, que procede de dentro, de esa fuente de agua que salta hasta la vida eterna (9).


Communicatio Christi


Tened entre vosotros, dice San Pablo, los mismos sentimientos que tuvo Cristo Jesús (10). El Evangelio nos deja ver con frecuencia muchos de los deseos y modos de pensar del Señor. Se nota que el primer lugar de su alma es siempre para Dios Padre: le consume el deseo de hacer lo que el Padre le pide, le devora el celo por la Casa de Dios… Un celo que se manifestó, ya siendo adolescente, cuando sintió en el Templo la imperiosa necesidad de ocuparse de las cosas de su Padre. Años más tarde, declararía que esa Voluntad era la sustancia de la que vivía, su alimento, y que sentía verdaderas ansias de ver cumplido el plan divino (11).


Empujado por este afán, Jesús Señor Nuestro deseaba profundamente la conversión de los hombres, que se abrieran al amor de Dios, a la caridad los unos con los otros. Podía descubrir en los corazones esa sed de felicidad, aherrojada muchas veces por las cadenas del pecado: Zaqueo, la samaritana, la adúltera, son testigos elocuentes.


Las necesidades humanas, la indigencia y el dolor movían profundamente su Corazón amabilísimo. La resurrección de su amigo Lázaro, de la hija de Jairo –uno de los jefes de la sinagoga–, del hijo de la viuda de Naín; la miseria de aquellos leprosos, del ciego de nacimiento, de la hemorroisa enferma y arruinada.


Apreciaba Cristo la pureza del corazón de los niños, la humildad de la cananea, la nobleza de sus discípulos. Sentía profundamente la amistad de los suyos, la alegría de verlos crecer en la fe y de compartir sus afanes. Vosotros sois, les decía, los que habéis permanecido junto a mí en mis tribulaciones… (12). Le dolería hondamente la traición de Judas, la apostasía de los que le abandonarían, la cerrazón de sus enemigos. Lloró Jesús ante el duro destino que aguardaba a Jerusalén.


Nos hemos asomado al alma de Cristo porque en ella encontramos las principales manifestaciones del alma sacerdotal que todo cristiano ha de poseer, participación de aquella voluntad de Redención que llevó a Jesús a morir por nosotros en la Cruz. El alma sacerdotal lleva a cumplir en todo momento la Voluntad divina, ofreciéndose a Dios Padre, en unión con Cristo, gracias a la acción del Espíritu Santo; es tener sentimientos que dispensa en nuestro corazón el Espíritu Santo, que es, como decía San Ireneo, communicatio Christi, comunicación de Jesús y por eso transmisión de su intimidad, de sus pensamientos y afanes, que se hacen cada vez más nuestros. «En la Iglesia se ha asentado el Espíritu Santo, es decir, la comunicación de Cristo» (13).


En la oración, fomentamos nuestros deseos de que así sea. Con frecuencia, nos ayudará a esto la lectura del Evangelio, poniendo empeño por situarnos en aquellas escenas y fijarnos en Jesús, en lo que Él nos quiere comunicar, en lo que lleva en su corazón. Y eso, aunque tal vez tengamos que comenzar diciéndole que estamos faltos de ideas o fríos, o insensibles…, o rogándole que nos conceda al menos aquellos deseos de tener deseos de santidad, que San Josemaría incitaba a pedir. Si lo hacemos con humildad, seguros de que estamos solicitando lo mejor, el Señor tendrá compasión de nuestra pobreza, premiará nuestra fe y obrará en nosotros el milagro: su poder divino, que transformó la vida de los personajes que desfilan por el Evangelio, imprimirá en nuestra alma sus mismos sentimientos redentores.


Y así, mirando el mundo, las personas, la vida nuestra con esos ojos que nos presta Cristo, le pediremos humildemente que nos ayude a acertar, a hacer lo que a Él le agrada, a servirle en las tareas que nos ocupan, a llevarle las personas que nos rodean sin miedo a gastarnos.


En los momentos de oración –y siempre en nuestra vida– volvemos nuestros ojos a María, Madre nuestra, y le pedimos que crezcan impetuosos en el corazón de todos los cristianos estas ambiciones santas, que nos dejemos transformar por el Alma de Cristo para llegar así a ser verdaderamente conformes a la imagen de su Hijo, a fin de que él sea primogénito entre muchos hermanos (14).


1 de junio de 2021

La coherencia cristiana



 Evangelio (Mc 12,13-17)

Le enviaron a algunos de los fariseos y de los herodianos para atraparle en alguna palabra. Acercándose, le dijeron:

—Maestro, sabemos que eres veraz y que no te dejas llevar por nadie, pues no haces acepción de personas, sino que enseñas el camino de Dios según la verdad. ¿Es lícito dar tributo al César, o no? ¿Pagamos o no pagamos?


Pero él, advirtiendo su hipocresía, les dijo:


—¿Por qué me tentáis? Traedme un denario para que lo vea.


Ellos se lo trajeron.

Y les dijo:

—¿De quién es esta imagen y esta inscripción?

—Del César —le contestaron ellos.

Jesús les dijo:

—Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios.


Y se admiraban de él.


Comentario


El programa narrativo de los evangelios se construye en parte sobre el creciente endurecimiento de corazón de los que primero debían haber aceptado a Jesús. Vista con la perspectiva que nos da ser lectores y espectadores con una cierta distancia y recorrido, su actitud se nos antoja no solo necia sino hasta incomprensible. Sin embargo, ¿podemos decir, acaso, que nosotros no nos hemos comportado en ocasiones como ellos? Dice Pablo en su Carta a los Romanos: “a ellos pertenece la adopción de hijos y la gloria y la alianza y la legislación y el culto y las promesas” (Rm 9,4) ¿Cómo es posible que después de haber recibido tanto estén como ciegos ante las palabras y las obras de nuestro Señor?


Es constante de toda la Sagrada Escritura la afirmación de que, quien se cierra voluntaria y conscientemente a la verdad, al Evangelio, cae en manos de una fuerza de engaño que le lleva a creer en la mentira (Rm 11,8; 2Ts 2,11). La consecuencia es que la propia vida se construye sobre unos cimientos que no existen y con una meta errónea. La actitud de estos que se acercan a Jesús refleja bien esto. Hacen una alabanza hipócrita y, al mismo tiempo, una pregunta capciosa. ¡Qué contraste entre la verdad y la mentira!


“La verdad os hará libres” (Jn 8,32), “el que crea y sea bautizado se salvará” (Mc 16,16). Estas afirmaciones nos muestran el camino. De los que se acercan a Jesús en el evangelio de hoy se podría predicar la “impiedad e injusticia de los hombres que tienen aprisionada la verdad en la injusticia” (Rm 1,18). Pero al final la verdad siempre se impone y toda mentira será revelada como tal: “nada hay oculto que no vaya a ser descubierto” (Mt 10,26). Esa verdad es y será juicio para los que amaron la mentira y la injusticia. Aunque la verdadera actitud del corazón quede maquillada por cuestiones de palabras, Dios sabe lo que hay ahí de verdad. Y según eso se construye. Jesús nos muestra ese camino de Dios según la verdad, el camino que lleva a la vida: “hijos míos, no amemos de palabra ni con la boca, sino con obras y de verdad” (1Jn 3,18), como Jesús nos ha dicho y mostrado con su vida.


TEXTO PARA UN RATO DE ORACION 

Cuando San Agustín, ya anciano, escribía «pax omnium rerum tranquillitas ordinis, la paz de todas las cosas es la tranquilidad del orden»[1], lo hacía desde la experiencia de quien llevaba años viéndose requerido constantemente por todo tipo de tareas: el gobierno pastoral de la porción del Pueblo de Dios que tenía encomendado; su abundante predicación; los retos que presentaba una época convulsa, de cambios sociales y culturales. No es este, pues, un aforismo escrito en el sosiego del retiro, sino en el fragor de la vida diaria, con todos sus imprevistos y vaivenes. La coherencia de este santo era una conquista cotidiana; con el paso de los días, su esfuerzo por “centrar el tiro” afianzaba más y más su carácter.


Una de las notas de la personalidad madura es la capacidad de conjugar el despliegue de una actividad intensa con el orden y la paz interior. Alcanzar este equilibrio implica cierto esfuerzo: también San Josemaría hablaba de su lucha en este campo. «¡Dentro de mi sotana te querría ver! -decía a uno que le hablaba de las dificultades que le generaba el trabajo para cuidar de su formación- Porque también yo tengo pluriempleo. Encima de ese desorden hemos de edificar el orden»[2]. El orden, la coherencia de nuestra vida, es un botín que vamos ganando, moneda a moneda, en la batalla de todos los días: «ese comenzar por el quehacer menos agradable pero más urgente (…), con perseverancia en el cumplimiento del deber cuando tan fácil sería abandonarlo, ese no dejar para mañana lo que hemos de terminar hoy: ¡Todo por darle gusto a Él, a Nuestro Padre Dios!»[3].


El señorío de sí


Esta batalla serena no sólo tiene que ver con las cosas que manejamos y las tareas que llenan nuestro día, sino también con nuestro corazón. Sin ese latido interior, el orden sería sólo gestión del tiempo, “optimización de procesos”, eficacia empresarial, pero no demostraría auténtica madurez cristiana. La coherencia del cristiano se edifica en un flujo constante, de adentro hacia afuera y de afuera hacia adentro; crece con el dominio de sí, el orden de la actividad exterior, el recogimiento interior y la prudencia.


No se nos escapan los obstáculos que existen para alcanzar esta armonía interior. Si bien apreciamos el enorme atractivo de una vida cristiana plena, muchas veces experimentamos tendencias diversas y, a veces, contrarias. San Pablo lo expresó con fuerza: «al querer yo hacer el bien encuentro esta ley: que el mal está en mí; pues me complazco en la ley de Dios según el hombre interior, pero veo otra ley en mis miembros que lucha contra la ley de mi espíritu»[4]. Sentimos una cosa y queremos otra, notamos que estamos divididos entre lo que nos apetece y lo que debemos hacer, y a veces acaba por nublársenos la vista; incluso puede llegar a parecernos entonces que, a fin de cuentas, tampoco pasa nada por ser un poco incoherentes, lo que en el fondo denota un amor vacilante.




Y sin embargo, ¡cómo resuena el halago que nuestro Señor hizo a Natanael! «Aquí tenéis a un verdadero israelita en quien no hay doblez»[5]. Quien procura conducirse de acuerdo con la voz de Dios que resuena en su conciencia, inspira espontáneamente un gran respeto: las personas de una pieza atraen, porque todo en ellas dice autenticidad. En cambio, la doble vida, las compensaciones -aunque sean pequeñas-, la falta de sinceridad, hacen que se nos enturbie el rostro del alma. Como todos estamos expuestos a estas pequeñas desviaciones del rumbo, se trata de que seamos sencillos, y las corrijamos con perseverancia; así se evita el riesgo de acabar a la deriva en el alta mar de la vida.

Para tocar la melodía de Dios


AL PONER ORDEN EN NUESTRO INTERIOR NO SE TRATA SÓLO DE QUE NUESTRA INTELIGENCIA “DOMINE” LA IMAGINACIÓN Y ENCAUCE LA FUERZA DE LOS SENTIMIENTOS Y AFECTOS: TIENE QUE DESCUBRIR TODO LO QUE ESTOS COMPAÑEROS DE VIAJE PUEDEN Y QUIEREN DECIRLE.

Al poner orden en nuestro interior no se trata sólo de que nuestra inteligencia “domine” la imaginación y encauce la fuerza de los sentimientos y afectos: tiene que descubrir todo lo que estos compañeros de viaje pueden y quieren decirle. Dicho de otro modo, no podemos corregir la disonancia suprimiendo una de las melodías: Dios nos ha hecho polifónicos. El señorío de sí, también conocido desde siempre como templanza, no es frialdad cerebral: Dios nos quiere con un corazón que sea «grande, fuerte y tierno y afectuoso y delicado»[6].


Con el corazón podemos tocar una música para el Señor. Si queremos interpretarla bien, conviene ponerlo a tono, como se afinan los instrumentos para que den la nota adecuada. Se trata de educar los afectos, de fomentar una sensibilidad por lo que es auténticamente bueno, porque responde a nuestro ser personal, con todas sus dimensiones. Los sentimientos dan el colorido a nuestra vida, y permiten percibir con mayor riqueza lo que sucede a nuestro alrededor. Sin embargo, del mismo modo como un cuadro saturado de colores sin balance no es agradable, o un instrumento desafinado resulta molesto, el corazón abandonado al vaivén sentimental resquebraja la armonía de nuestra personalidad, y erosiona, a veces de modo importante, nuestras relaciones con los demás.


San Josemaría aconsejaba poner «siete cerrojos»[7] al corazón. En una ocasión, lo explicaba así: «ciérralo con los siete cerrojos que yo recomiendo: uno para cada pecado capital. Pero no dejes de tener corazón»[8]. La experiencia acumulada de siglos, también en los lugares adonde no ha llegado el cristianismo, muestra que los afectos y los instintos, sin control, pueden arrastrarnos como las aguas de una riada que siembra destrucción por donde pasa. No se trata de anular la corriente, sino de hacer un trabajo parecido al de los ingenieros que entuban el agua que baja de los torrentes de las montañas para que mueva una turbina y produzca electricidad. Una vez encauzada la corriente -que podría haber arrasado árboles y casas-, todos pueden vivir tranquilos y aprovechar esa electricidad para iluminar y calentar sus viviendas. Si nuestro espíritu no logra encauzar de manera estable esas fuerzas instintivas y afectivas de nuestra naturaleza, no puede tener paz ni sosiego: no puede existir vida interior.


Tomar las riendas de nuestro día


UN PASO IMPORTANTE PARA SER SEÑORES DE NOSOTROS MISMOS ES EL DE SOBREPONERNOS A LA PEREZA, UN VIRUS SILENCIOSO PERO EFICAZ

Un paso importante para ser señores de nosotros mismos es el de sobreponernos a la pereza, un virus silencioso pero eficaz, que puede paralizarnos poco a poco si no lo mantenemos a raya. La pereza se hace fuerte en quien no tiene un norte, o también en quien, teniéndolo, no se pone a andar en esa dirección. «No confundas la serenidad con la pereza, con el abandono, con el retraso en las decisiones o en el estudio de los asuntos»[9]. Poner la cabeza en lo que requiere nuestra atención, evitar huir de lo que suponga un poco de esfuerzo; no dejar para después lo que podemos hacer ahora… sobre esos hábitos sí se construye una personalidad ágil, recia y serena.




También conviene estar atentos al otro extremo, el activismo desordenado: «Hijo, no te ocupes de muchos asuntos; si te desbordan, no estarás falto de culpa; por más que corras no los alcanzarás, y aunque huyas no te podrás escapar de ellos»[10]. Madurez de la personalidad significa aquí ponderación, orden en nuestra actividad. Para que la vida no se nos lleve por delante con sus infinitos requerimientos, nos servirá tomar la iniciativa para distribuir nuestra actividad en los tiempos adecuados, es decir, planificar -sin cuadricularnos- dando prioridad a lo que debe estar en primer lugar y no a lo que surge en cada momento. Así evitamos que lo urgente se coma lo importante. Lógicamente, no es preciso programarlo todo, pero sí evitar que la improvisación lleve a perder tiempo porque simplemente nos dedicamos a salir al paso de lo que nos ocurre durante el día. En este sentido decía San Josemaría que «es preciso ordenarse porque no tenemos tiempo de hacerlo todo enseguida».

En nuestro día hay algunos momentos clave que podemos fijar de antemano: la hora de acostarnos, la hora de levantarnos, los tiempos que vamos a dedicar exclusivamente a Dios, la hora de trabajar, la hora de las comidas… Después está todo el campo de hacer bien lo que debemos hacer, con rendimiento, atención y perfección, es decir, con amor. «Cumple el pequeño deber de cada momento: haz lo que debes y está en lo que haces»[11]. Se trata, a fin de cuentas, de un programa de santidad que no encorseta, porque se ordena a un fin grande: hacer feliz a Dios y a los demás. A la vez, ese mismo amor que nos mueve a regirnos por un horario nos indicará cuándo el plan tiene que “saltar”, porque lo exige el bien de otras personas, o por tantos otros motivos que se presentan con claridad a quien vive cara a Dios.


El cultivo del espacio interior


La interioridad es el centro vivo de la persona, lo que hace que sus fuerzas, cualidades, disposiciones de ánimo y acciones formen una unidad. Quien es capaz de vivir dentro de sí, de recoger sus sentidos y potencias hasta sosegar el alma, desarrolla una personalidad más rica, porque es más capaz de relación, de diálogo. «El silencio -decía Benedicto XVI- es parte integrante de la comunicación y sin él no existen palabras con densidad de contenido»[12].


PARA QUE LA VIDA NO SE NOS LLEVE POR DELANTE CON SUS INFINITOS REQUERIMIENTOS, NOS SERVIRÁ TOMAR LA INICIATIVA PARA DISTRIBUIR NUESTRA ACTIVIDAD

Para no limitarse a nadar en la superficie de la vida, es preciso dedicar tiempo a pensar lo que nos ha pasado, lo que hemos leído, lo que nos han dicho, y sobre todo las luces que hemos recibido de Dios. Reflexionar ensancha y enriquece nuestro espacio interior: nos ayuda a integrar las diversas facetas de nuestra vida -trabajo, relaciones sociales, ocio, etc.- con el proyecto de vida cristiana que realizamos de la mano del Señor. Este hábito implica aprender a entrar dentro de nuestra alma, superando la prisa, la impaciencia, la dispersión. Se abre así un espacio de meditación en la presencia de Dios: «Quién de nosotros, a la noche, antes de terminar el día, cuando se queda solo, no se pregunta: ¿qué sucedió hoy en mi corazón? ¿Qué sucedió? ¿Qué cosas pasaron por mi corazón?»[13].


Ese sosiego del espíritu se consigue cuando cortamos con las tensiones de la vida y detenemos las solicitaciones de los asuntos pendientes, y la imaginación; cuando detenemos el ritmo de la vida exterior y callamos tanto por fuera como por dentro. De esa manera, nuestros conocimientos y experiencias adquieren profundidad, aprendemos a asombrarnos, a contemplar, a saborear los bienes del espíritu, a escuchar a Dios. Con esta riqueza interior, cuando salimos fuera podremos disfrutar más al comunicamos con los demás, pues tendremos algo personal, algo nuestro, que aportar.


En el silencio, podremos escuchar la voz del Señor. Cuando Dios quiere pasar ante Elías en el monte Horeb, la Sagrada Escritura nos dice que no estaba en la violencia del huracán que partía las rocas, ni en el espanto del terremoto, ni en el fuego que le siguió, sino en una brisa que apenas se notaba[14]. Callar es hermoso; no es ningún vacío, sino vida auténtica y plena, si permite establecer un diálogo íntimo con Dios. «Un hilo sonoro de silencio: así se acerca el Señor, con la sonoridad del silencio que es propia del amor»[15].


La sabiduría de corazón


ES PRECISO DEDICAR TIEMPO A PENSAR LO QUE NOS HA PASADO, LO QUE HEMOS LEÍDO, LO QUE NOS HAN DICHO...

«El sabio de corazón será llamado prudente»[16]. La capacidad de recogimiento nos permite asentar cada vez con más profundidad los motivos que guían nuestra vida. La coherencia madura entonces como la fruta al sol, y se vierte en nosotros el licor de una sabiduría que nos ayuda a acertar en nuestras decisiones.


No siempre es necesario dar respuestas inmediatas a lo que se nos plantea. La prudencia, muchas veces, llevará a informarse bien antes de enjuiciar o tomar una decisión, porque con frecuencia las cosas no son como aparecen a primera vista. Una persona madura se caracteriza por estudiar los asuntos con atención, acudir a la memoria de experiencias pasadas de temas parecidos y pedir consejo a quienes están en condiciones de darlo. Y, antes que nada, algo que para un cristiano resulta muy natural, casi como un reflejo: pedir consejo a Dios: «no tomes una decisión sin detenerte a considerar el asunto delante de Dios»[17]. Así es más fácil aplicar a la situación concreta un juicio ponderado, sin ceder a la ligereza, la comodidad, el peso de la vida pasada, o la presión del ambiente. Y tener la valentía de tomar una decisión -aunque toda decisión entrañe un riesgo- y de ejecutarla sin demoras, con la disposición de rectificar, si más tarde nos damos cuenta de que nos hemos equivocado.


 -fruto de una interioridad cultivada- nos pone, en definitiva, en condiciones de entregarnos a un ideal, y de perseverar en él. «Dame gracia para dejar todo lo que se refiere a mi persona. Yo no debo tener más preocupaciones que tu Gloria..., en una palabra, tu Amor. ¡Todo por Amor!»[18].