"Hago todos los días mi "ratito" de oración: ¡si no fuera por eso!" (Camino, 106)

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10 de noviembre de 2021

Coherencia

 



Evangelio (Lc 17, 11-19)


Al ir de camino a Jerusalén, atravesaba los fines de Samaría y Galilea; y, cuando iba a entrar en un pueblo, le salieron al paso diez leprosos, que se detuvieron a distancia y le dijeron gritando:


–¡Jesús, Maestro, ten piedad de nosotros!


Al verlos, les dijo:


–Id y presentaos a los sacerdotes.


Y mientras iban quedaron limpios. Uno de ellos, al verse curado, se volvió glorificando a Dios a gritos, y fue a postrarse a sus pies dándole gracias. Y este era samaritano. Ante lo cual dijo Jesús:


–¿No son diez los que han quedado limpios? Los otros nueve, ¿dónde están? ¿No ha habido quien volviera a dar gloria a Dios más que este extranjero?


Y le dijo:


–Levántate y vete; tu fe te ha salvado


Comentario


Jesús va con sus discípulos camino de Jerusalén y se encuentra con estos diez leprosos. Ellos le gritan a la distancia porque según la ley de Moisés los leprosos vivían apartados[1] para evitar contagios. Por ese motivo mantienen la distancia.


El Señor al indicarles que vayan al sacerdote, que era lo previsto en la misma ley[2] para aquellos que hayan sido curados de la lepra, les muestra que serán curados. Se nos relata que eran diez y que sólo vuelve uno, que además era samaritano (entre samaritanos y judíos estaban enemistados y no se hablaban)[3]. Solo regresa uno para dar gracias y gloria a Dios. De los otros nueve no se nos dice nada. En cambio al que regresa para agradecer el Señor le dice que su fe lo ha salvado.


En ocasiones puede sucedernos lo mismo que esos nueve. Acostumbrarnos a la acción de Dios en nosotros, quizá desde la infancia, podemos perder de vista la grandeza inconmensurable de los dones de Dios. Por el contrario, hay personas que han vivido mucho tiempo distantes de Dios, muchas veces simplemente por ignorancia, y al descubrir la acción de Dios en ellos se sienten removidos y se postran interiormente delante de Dios para agradecer.


Pidamos al Señor aprender del leproso samaritano. Que no dejemos de sorprendernos, de maravillarnos, de la acción de Dios en nosotros.


PARA TU RATO DE ORACION


Una de las notas de la personalidad madura es la capacidad de conjugar el despliegue de una actividad intensa con el orden y la paz interior.

Cuando San Agustín, ya anciano, escribía «pax omnium rerum tranquillitas ordinis, la paz de todas las cosas es la tranquilidad del orden»[1], lo hacía desde la experiencia de quien llevaba años viéndose requerido constantemente por todo tipo de tareas: el gobierno pastoral de la porción del Pueblo de Dios que tenía encomendado; su abundante predicación; los retos que presentaba una época convulsa, de cambios sociales y culturales. No es este, pues, un aforismo escrito en el sosiego del retiro, sino en el fragor de la vida diaria, con todos sus imprevistos y vaivenes. La coherencia de este santo era una conquista cotidiana; con el paso de los días, su esfuerzo por “centrar el tiro” afianzaba más y más su carácter.


Una de las notas de la personalidad madura es la capacidad de conjugar el despliegue de una actividad intensa con el orden y la paz interior. Alcanzar este equilibrio implica cierto esfuerzo: también San Josemaría hablaba de su lucha en este campo. «¡Dentro de mi sotana te querría ver! -decía a uno que le hablaba de las dificultades que le generaba el trabajo para cuidar de su formación- Porque también yo tengo pluriempleo. Encima de ese desorden hemos de edificar el orden»[2]. El orden, la coherencia de nuestra vida, es un botín que vamos ganando, moneda a moneda, en la batalla de todos los días: «ese comenzar por el quehacer menos agradable pero más urgente (…), con perseverancia en el cumplimiento del deber cuando tan fácil sería abandonarlo, ese no dejar para mañana lo que hemos de terminar hoy: ¡Todo por darle gusto a Él, a Nuestro Padre Dios!»[3].


El señorío de sí


Esta batalla serena no sólo tiene que ver con las cosas que manejamos y las tareas que llenan nuestro día, sino también con nuestro corazón. Sin ese latido interior, el orden sería sólo gestión del tiempo, “optimización de procesos”, eficacia empresarial, pero no demostraría auténtica madurez cristiana. La coherencia del cristiano se edifica en un flujo constante, de adentro hacia afuera y de afuera hacia adentro; crece con el dominio de sí, el orden de la actividad exterior, el recogimiento interior y la prudencia.


No se nos escapan los obstáculos que existen para alcanzar esta armonía interior. Si bien apreciamos el enorme atractivo de una vida cristiana plena, muchas veces experimentamos tendencias diversas y, a veces, contrarias. San Pablo lo expresó con fuerza: «al querer yo hacer el bien encuentro esta ley: que el mal está en mí; pues me complazco en la ley de Dios según el hombre interior, pero veo otra ley en mis miembros que lucha contra la ley de mi espíritu»[4]. Sentimos una cosa y queremos otra, notamos que estamos divididos entre lo que nos apetece y lo que debemos hacer, y a veces acaba por nublársenos la vista; incluso puede llegar a parecernos entonces que, a fin de cuentas, tampoco pasa nada por ser un poco incoherentes, lo que en el fondo denota un amor vacilante.


Y sin embargo, ¡cómo resuena el halago que nuestro Señor hizo a Natanael! «Aquí tenéis a un verdadero israelita en quien no hay doblez»[5]. Quien procura conducirse de acuerdo con la voz de Dios que resuena en su conciencia, inspira espontáneamente un gran respeto: las personas de una pieza atraen, porque todo en ellas dice autenticidad. En cambio, la doble vida, las compensaciones -aunque sean pequeñas-, la falta de sinceridad, hacen que se nos enturbie el rostro del alma. Como todos estamos expuestos a estas pequeñas desviaciones del rumbo, se trata de que seamos sencillos, y las corrijamos con perseverancia; así se evita el riesgo de acabar a la deriva en el alta mar de la vida.

Para tocar la melodía de Dios

Al poner orden en nuestro interior no se trata sólo de que nuestra inteligencia “domine” la imaginación y encauce la fuerza de los sentimientos y afectos: tiene que descubrir todo lo que estos compañeros de viaje pueden y quieren decirle. Dicho de otro modo, no podemos corregir la disonancia suprimiendo una de las melodías: Dios nos ha hecho polifónicos. El señorío de sí, también conocido desde siempre como templanza, no es frialdad cerebral: Dios nos quiere con un corazón que sea «grande, fuerte y tierno y afectuoso y delicado»[6].

Con el corazón podemos tocar una música para el Señor. Si queremos interpretarla bien, conviene ponerlo a tono, como se afinan los instrumentos para que den la nota adecuada. Se trata de educar los afectos, de fomentar una sensibilidad por lo que es auténticamente bueno, porque responde a nuestro ser personal, con todas sus dimensiones. Los sentimientos dan el colorido a nuestra vida, y permiten percibir con mayor riqueza lo que sucede a nuestro alrededor. Sin embargo, del mismo modo como un cuadro saturado de colores sin balance no es agradable, o un instrumento desafinado resulta molesto, el corazón abandonado al vaivén sentimental resquebraja la armonía de nuestra personalidad, y erosiona, a veces de modo importante, nuestras relaciones con los demás.

San Josemaría aconsejaba poner «siete cerrojos»[7] al corazón. En una ocasión, lo explicaba así: «ciérralo con los siete cerrojos que yo recomiendo: uno para cada pecado capital. Pero no dejes de tener corazón»[8]. La experiencia acumulada de siglos, también en los lugares adonde no ha llegado el cristianismo, muestra que los afectos y los instintos, sin control, pueden arrastrarnos como las aguas de una riada que siembra destrucción por donde pasa. No se trata de anular la corriente, sino de hacer un trabajo parecido al de los ingenieros que entuban el agua que baja de los torrentes de las montañas para que mueva una turbina y produzca electricidad. Una vez encauzada la corriente -que podría haber arrasado árboles y casas-, todos pueden vivir tranquilos y aprovechar esa electricidad para iluminar y calentar sus viviendas. Si nuestro espíritu no logra encauzar de manera estable esas fuerzas instintivas y afectivas de nuestra naturaleza, no puede tener paz ni sosiego: no puede existir vida interior.


Tomar las riendas de nuestro día

Un paso importante para ser señores de nosotros mismos es el de sobreponernos a la pereza, un virus silencioso pero eficaz, que puede paralizarnos poco a poco si no lo mantenemos a raya. La pereza se hace fuerte en quien no tiene un norte, o también en quien, teniéndolo, no se pone a andar en esa dirección. «No confundas la serenidad con la pereza, con el abandono, con el retraso en las decisiones o en el estudio de los asuntos»[9]. Poner la cabeza en lo que requiere nuestra atención, evitar huir de lo que suponga un poco de esfuerzo; no dejar para después lo que podemos hacer ahora… sobre esos hábitos sí se construye una personalidad ágil, recia y serena.




También conviene estar atentos al otro extremo, el activismo desordenado: «Hijo, no te ocupes de muchos asuntos; si te desbordan, no estarás falto de culpa; por más que corras no los alcanzarás, y aunque huyas no te podrás escapar de ellos»[10]. Madurez de la personalidad significa aquí ponderación, orden en nuestra actividad. Para que la vida no se nos lleve por delante con sus infinitos requerimientos, nos servirá tomar la iniciativa para distribuir nuestra actividad en los tiempos adecuados, es decir, planificar -sin cuadricularnos- dando prioridad a lo que debe estar en primer lugar y no a lo que surge en cada momento. Así evitamos que lo urgente se coma lo importante. Lógicamente, no es preciso programarlo todo, pero sí evitar que la improvisación lleve a perder tiempo porque simplemente nos dedicamos a salir al paso de lo que nos ocurre durante el día. En este sentido decía San Josemaría que «es preciso ordenarse porque no tenemos tiempo de hacerlo todo enseguida».

En nuestro día hay algunos momentos clave que podemos fijar de antemano: la hora de acostarnos, la hora de levantarnos, los tiempos que vamos a dedicar exclusivamente a Dios, la hora de trabajar, la hora de las comidas… Después está todo el campo de hacer bien lo que debemos hacer, con rendimiento, atención y perfección, es decir, con amor. «Cumple el pequeño deber de cada momento: haz lo que debes y está en lo que haces»[11]. Se trata, a fin de cuentas, de un programa de santidad que no encorseta, porque se ordena a un fin grande: hacer feliz a Dios y a los demás. A la vez, ese mismo amor que nos mueve a regirnos por un horario nos indicará cuándo el plan tiene que “saltar”, porque lo exige el bien de otras personas, o por tantos otros motivos que se presentan con claridad a quien vive cara a Dios.


El cultivo del espacio interior


La interioridad es el centro vivo de la persona, lo que hace que sus fuerzas, cualidades, disposiciones de ánimo y acciones formen una unidad. Quien es capaz de vivir dentro de sí, de recoger sus sentidos y potencias hasta sosegar el alma, desarrolla una personalidad más rica, porque es más capaz de relación, de diálogo. «El silencio -decía Benedicto XVI- es parte integrante de la comunicación y sin él no existen palabras con densidad de contenido»[12].


Para no limitarse a nadar en la superficie de la vida, es preciso dedicar tiempo a pensar lo que nos ha pasado, lo que hemos leído, lo que nos han dicho, y sobre todo las luces que hemos recibido de Dios. Reflexionar ensancha y enriquece nuestro espacio interior: nos ayuda a integrar las diversas facetas de nuestra vida -trabajo, relaciones sociales, ocio, etc.- con el proyecto de vida cristiana que realizamos de la mano del Señor. Este hábito implica aprender a entrar dentro de nuestra alma, superando la prisa, la impaciencia, la dispersión. Se abre así un espacio de meditación en la presencia de Dios: «Quién de nosotros, a la noche, antes de terminar el día, cuando se queda solo, no se pregunta: ¿qué sucedió hoy en mi corazón? ¿Qué sucedió? ¿Qué cosas pasaron por mi corazón?»[13].

Ese sosiego del espíritu se consigue cuando cortamos con las tensiones de la vida y detenemos las solicitaciones de los asuntos pendientes, y la imaginación; cuando detenemos el ritmo de la vida exterior y callamos tanto por fuera como por dentro. De esa manera, nuestros conocimientos y experiencias adquieren profundidad, aprendemos a asombrarnos, a contemplar, a saborear los bienes del espíritu, a escuchar a Dios. Con esta riqueza interior, cuando salimos fuera podremos disfrutar más al comunicamos con los demás, pues tendremos algo personal, algo nuestro, que aportar.

En el silencio, podremos escuchar la voz del Señor. Cuando Dios quiere pasar ante Elías en el monte Horeb, la Sagrada Escritura nos dice que no estaba en la violencia del huracán que partía las rocas, ni en el espanto del terremoto, ni en el fuego que le siguió, sino en una brisa que apenas se notaba[14]. Callar es hermoso; no es ningún vacío, sino vida auténtica y plena, si permite establecer un diálogo íntimo con Dios. «Un hilo sonoro de silencio: así se acerca el Señor, con la sonoridad del silencio que es propia del amor»[15].

La sabiduría de corazón


«El sabio de corazón será llamado prudente»[16]. La capacidad de recogimiento nos permite asentar cada vez con más profundidad los motivos que guían nuestra vida. La coherencia madura entonces como la fruta al sol, y se vierte en nosotros el licor de una sabiduría que nos ayuda a acertar en nuestras decisiones.


No siempre es necesario dar respuestas inmediatas a lo que se nos plantea. La prudencia, muchas veces, llevará a informarse bien antes de enjuiciar o tomar una decisión, porque con frecuencia las cosas no son como aparecen a primera vista. Una persona madura se caracteriza por estudiar los asuntos con atención, acudir a la memoria de experiencias pasadas de temas parecidos y pedir consejo a quienes están en condiciones de darlo. Y, antes que nada, algo que para un cristiano resulta muy natural, casi como un reflejo: pedir consejo a Dios: «no tomes una decisión sin detenerte a considerar el asunto delante de Dios»[17]. Así es más fácil aplicar a la situación concreta un juicio ponderado, sin ceder a la ligereza, la comodidad, el peso de la vida pasada, o la presión del ambiente. Y tener la valentía de tomar una decisión -aunque toda decisión entrañe un riesgo- y de ejecutarla sin demoras, con la disposición de rectificar, si más tarde nos damos cuenta de que nos hemos equivocado.


La coherencia cristiana -fruto de una interioridad cultivada- nos pone, en definitiva, en condiciones de entregarnos a un ideal, y de perseverar en él. «Dame gracia para dejar todo lo que se refiere a mi persona. Yo no debo tener más preocupaciones que tu Gloria..., en una palabra, tu Amor. ¡Todo por Amor!»[18].




1 de junio de 2021

La coherencia cristiana



 Evangelio (Mc 12,13-17)

Le enviaron a algunos de los fariseos y de los herodianos para atraparle en alguna palabra. Acercándose, le dijeron:

—Maestro, sabemos que eres veraz y que no te dejas llevar por nadie, pues no haces acepción de personas, sino que enseñas el camino de Dios según la verdad. ¿Es lícito dar tributo al César, o no? ¿Pagamos o no pagamos?


Pero él, advirtiendo su hipocresía, les dijo:


—¿Por qué me tentáis? Traedme un denario para que lo vea.


Ellos se lo trajeron.

Y les dijo:

—¿De quién es esta imagen y esta inscripción?

—Del César —le contestaron ellos.

Jesús les dijo:

—Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios.


Y se admiraban de él.


Comentario


El programa narrativo de los evangelios se construye en parte sobre el creciente endurecimiento de corazón de los que primero debían haber aceptado a Jesús. Vista con la perspectiva que nos da ser lectores y espectadores con una cierta distancia y recorrido, su actitud se nos antoja no solo necia sino hasta incomprensible. Sin embargo, ¿podemos decir, acaso, que nosotros no nos hemos comportado en ocasiones como ellos? Dice Pablo en su Carta a los Romanos: “a ellos pertenece la adopción de hijos y la gloria y la alianza y la legislación y el culto y las promesas” (Rm 9,4) ¿Cómo es posible que después de haber recibido tanto estén como ciegos ante las palabras y las obras de nuestro Señor?


Es constante de toda la Sagrada Escritura la afirmación de que, quien se cierra voluntaria y conscientemente a la verdad, al Evangelio, cae en manos de una fuerza de engaño que le lleva a creer en la mentira (Rm 11,8; 2Ts 2,11). La consecuencia es que la propia vida se construye sobre unos cimientos que no existen y con una meta errónea. La actitud de estos que se acercan a Jesús refleja bien esto. Hacen una alabanza hipócrita y, al mismo tiempo, una pregunta capciosa. ¡Qué contraste entre la verdad y la mentira!


“La verdad os hará libres” (Jn 8,32), “el que crea y sea bautizado se salvará” (Mc 16,16). Estas afirmaciones nos muestran el camino. De los que se acercan a Jesús en el evangelio de hoy se podría predicar la “impiedad e injusticia de los hombres que tienen aprisionada la verdad en la injusticia” (Rm 1,18). Pero al final la verdad siempre se impone y toda mentira será revelada como tal: “nada hay oculto que no vaya a ser descubierto” (Mt 10,26). Esa verdad es y será juicio para los que amaron la mentira y la injusticia. Aunque la verdadera actitud del corazón quede maquillada por cuestiones de palabras, Dios sabe lo que hay ahí de verdad. Y según eso se construye. Jesús nos muestra ese camino de Dios según la verdad, el camino que lleva a la vida: “hijos míos, no amemos de palabra ni con la boca, sino con obras y de verdad” (1Jn 3,18), como Jesús nos ha dicho y mostrado con su vida.


TEXTO PARA UN RATO DE ORACION 

Cuando San Agustín, ya anciano, escribía «pax omnium rerum tranquillitas ordinis, la paz de todas las cosas es la tranquilidad del orden»[1], lo hacía desde la experiencia de quien llevaba años viéndose requerido constantemente por todo tipo de tareas: el gobierno pastoral de la porción del Pueblo de Dios que tenía encomendado; su abundante predicación; los retos que presentaba una época convulsa, de cambios sociales y culturales. No es este, pues, un aforismo escrito en el sosiego del retiro, sino en el fragor de la vida diaria, con todos sus imprevistos y vaivenes. La coherencia de este santo era una conquista cotidiana; con el paso de los días, su esfuerzo por “centrar el tiro” afianzaba más y más su carácter.


Una de las notas de la personalidad madura es la capacidad de conjugar el despliegue de una actividad intensa con el orden y la paz interior. Alcanzar este equilibrio implica cierto esfuerzo: también San Josemaría hablaba de su lucha en este campo. «¡Dentro de mi sotana te querría ver! -decía a uno que le hablaba de las dificultades que le generaba el trabajo para cuidar de su formación- Porque también yo tengo pluriempleo. Encima de ese desorden hemos de edificar el orden»[2]. El orden, la coherencia de nuestra vida, es un botín que vamos ganando, moneda a moneda, en la batalla de todos los días: «ese comenzar por el quehacer menos agradable pero más urgente (…), con perseverancia en el cumplimiento del deber cuando tan fácil sería abandonarlo, ese no dejar para mañana lo que hemos de terminar hoy: ¡Todo por darle gusto a Él, a Nuestro Padre Dios!»[3].


El señorío de sí


Esta batalla serena no sólo tiene que ver con las cosas que manejamos y las tareas que llenan nuestro día, sino también con nuestro corazón. Sin ese latido interior, el orden sería sólo gestión del tiempo, “optimización de procesos”, eficacia empresarial, pero no demostraría auténtica madurez cristiana. La coherencia del cristiano se edifica en un flujo constante, de adentro hacia afuera y de afuera hacia adentro; crece con el dominio de sí, el orden de la actividad exterior, el recogimiento interior y la prudencia.


No se nos escapan los obstáculos que existen para alcanzar esta armonía interior. Si bien apreciamos el enorme atractivo de una vida cristiana plena, muchas veces experimentamos tendencias diversas y, a veces, contrarias. San Pablo lo expresó con fuerza: «al querer yo hacer el bien encuentro esta ley: que el mal está en mí; pues me complazco en la ley de Dios según el hombre interior, pero veo otra ley en mis miembros que lucha contra la ley de mi espíritu»[4]. Sentimos una cosa y queremos otra, notamos que estamos divididos entre lo que nos apetece y lo que debemos hacer, y a veces acaba por nublársenos la vista; incluso puede llegar a parecernos entonces que, a fin de cuentas, tampoco pasa nada por ser un poco incoherentes, lo que en el fondo denota un amor vacilante.




Y sin embargo, ¡cómo resuena el halago que nuestro Señor hizo a Natanael! «Aquí tenéis a un verdadero israelita en quien no hay doblez»[5]. Quien procura conducirse de acuerdo con la voz de Dios que resuena en su conciencia, inspira espontáneamente un gran respeto: las personas de una pieza atraen, porque todo en ellas dice autenticidad. En cambio, la doble vida, las compensaciones -aunque sean pequeñas-, la falta de sinceridad, hacen que se nos enturbie el rostro del alma. Como todos estamos expuestos a estas pequeñas desviaciones del rumbo, se trata de que seamos sencillos, y las corrijamos con perseverancia; así se evita el riesgo de acabar a la deriva en el alta mar de la vida.

Para tocar la melodía de Dios


AL PONER ORDEN EN NUESTRO INTERIOR NO SE TRATA SÓLO DE QUE NUESTRA INTELIGENCIA “DOMINE” LA IMAGINACIÓN Y ENCAUCE LA FUERZA DE LOS SENTIMIENTOS Y AFECTOS: TIENE QUE DESCUBRIR TODO LO QUE ESTOS COMPAÑEROS DE VIAJE PUEDEN Y QUIEREN DECIRLE.

Al poner orden en nuestro interior no se trata sólo de que nuestra inteligencia “domine” la imaginación y encauce la fuerza de los sentimientos y afectos: tiene que descubrir todo lo que estos compañeros de viaje pueden y quieren decirle. Dicho de otro modo, no podemos corregir la disonancia suprimiendo una de las melodías: Dios nos ha hecho polifónicos. El señorío de sí, también conocido desde siempre como templanza, no es frialdad cerebral: Dios nos quiere con un corazón que sea «grande, fuerte y tierno y afectuoso y delicado»[6].


Con el corazón podemos tocar una música para el Señor. Si queremos interpretarla bien, conviene ponerlo a tono, como se afinan los instrumentos para que den la nota adecuada. Se trata de educar los afectos, de fomentar una sensibilidad por lo que es auténticamente bueno, porque responde a nuestro ser personal, con todas sus dimensiones. Los sentimientos dan el colorido a nuestra vida, y permiten percibir con mayor riqueza lo que sucede a nuestro alrededor. Sin embargo, del mismo modo como un cuadro saturado de colores sin balance no es agradable, o un instrumento desafinado resulta molesto, el corazón abandonado al vaivén sentimental resquebraja la armonía de nuestra personalidad, y erosiona, a veces de modo importante, nuestras relaciones con los demás.


San Josemaría aconsejaba poner «siete cerrojos»[7] al corazón. En una ocasión, lo explicaba así: «ciérralo con los siete cerrojos que yo recomiendo: uno para cada pecado capital. Pero no dejes de tener corazón»[8]. La experiencia acumulada de siglos, también en los lugares adonde no ha llegado el cristianismo, muestra que los afectos y los instintos, sin control, pueden arrastrarnos como las aguas de una riada que siembra destrucción por donde pasa. No se trata de anular la corriente, sino de hacer un trabajo parecido al de los ingenieros que entuban el agua que baja de los torrentes de las montañas para que mueva una turbina y produzca electricidad. Una vez encauzada la corriente -que podría haber arrasado árboles y casas-, todos pueden vivir tranquilos y aprovechar esa electricidad para iluminar y calentar sus viviendas. Si nuestro espíritu no logra encauzar de manera estable esas fuerzas instintivas y afectivas de nuestra naturaleza, no puede tener paz ni sosiego: no puede existir vida interior.


Tomar las riendas de nuestro día


UN PASO IMPORTANTE PARA SER SEÑORES DE NOSOTROS MISMOS ES EL DE SOBREPONERNOS A LA PEREZA, UN VIRUS SILENCIOSO PERO EFICAZ

Un paso importante para ser señores de nosotros mismos es el de sobreponernos a la pereza, un virus silencioso pero eficaz, que puede paralizarnos poco a poco si no lo mantenemos a raya. La pereza se hace fuerte en quien no tiene un norte, o también en quien, teniéndolo, no se pone a andar en esa dirección. «No confundas la serenidad con la pereza, con el abandono, con el retraso en las decisiones o en el estudio de los asuntos»[9]. Poner la cabeza en lo que requiere nuestra atención, evitar huir de lo que suponga un poco de esfuerzo; no dejar para después lo que podemos hacer ahora… sobre esos hábitos sí se construye una personalidad ágil, recia y serena.




También conviene estar atentos al otro extremo, el activismo desordenado: «Hijo, no te ocupes de muchos asuntos; si te desbordan, no estarás falto de culpa; por más que corras no los alcanzarás, y aunque huyas no te podrás escapar de ellos»[10]. Madurez de la personalidad significa aquí ponderación, orden en nuestra actividad. Para que la vida no se nos lleve por delante con sus infinitos requerimientos, nos servirá tomar la iniciativa para distribuir nuestra actividad en los tiempos adecuados, es decir, planificar -sin cuadricularnos- dando prioridad a lo que debe estar en primer lugar y no a lo que surge en cada momento. Así evitamos que lo urgente se coma lo importante. Lógicamente, no es preciso programarlo todo, pero sí evitar que la improvisación lleve a perder tiempo porque simplemente nos dedicamos a salir al paso de lo que nos ocurre durante el día. En este sentido decía San Josemaría que «es preciso ordenarse porque no tenemos tiempo de hacerlo todo enseguida».

En nuestro día hay algunos momentos clave que podemos fijar de antemano: la hora de acostarnos, la hora de levantarnos, los tiempos que vamos a dedicar exclusivamente a Dios, la hora de trabajar, la hora de las comidas… Después está todo el campo de hacer bien lo que debemos hacer, con rendimiento, atención y perfección, es decir, con amor. «Cumple el pequeño deber de cada momento: haz lo que debes y está en lo que haces»[11]. Se trata, a fin de cuentas, de un programa de santidad que no encorseta, porque se ordena a un fin grande: hacer feliz a Dios y a los demás. A la vez, ese mismo amor que nos mueve a regirnos por un horario nos indicará cuándo el plan tiene que “saltar”, porque lo exige el bien de otras personas, o por tantos otros motivos que se presentan con claridad a quien vive cara a Dios.


El cultivo del espacio interior


La interioridad es el centro vivo de la persona, lo que hace que sus fuerzas, cualidades, disposiciones de ánimo y acciones formen una unidad. Quien es capaz de vivir dentro de sí, de recoger sus sentidos y potencias hasta sosegar el alma, desarrolla una personalidad más rica, porque es más capaz de relación, de diálogo. «El silencio -decía Benedicto XVI- es parte integrante de la comunicación y sin él no existen palabras con densidad de contenido»[12].


PARA QUE LA VIDA NO SE NOS LLEVE POR DELANTE CON SUS INFINITOS REQUERIMIENTOS, NOS SERVIRÁ TOMAR LA INICIATIVA PARA DISTRIBUIR NUESTRA ACTIVIDAD

Para no limitarse a nadar en la superficie de la vida, es preciso dedicar tiempo a pensar lo que nos ha pasado, lo que hemos leído, lo que nos han dicho, y sobre todo las luces que hemos recibido de Dios. Reflexionar ensancha y enriquece nuestro espacio interior: nos ayuda a integrar las diversas facetas de nuestra vida -trabajo, relaciones sociales, ocio, etc.- con el proyecto de vida cristiana que realizamos de la mano del Señor. Este hábito implica aprender a entrar dentro de nuestra alma, superando la prisa, la impaciencia, la dispersión. Se abre así un espacio de meditación en la presencia de Dios: «Quién de nosotros, a la noche, antes de terminar el día, cuando se queda solo, no se pregunta: ¿qué sucedió hoy en mi corazón? ¿Qué sucedió? ¿Qué cosas pasaron por mi corazón?»[13].


Ese sosiego del espíritu se consigue cuando cortamos con las tensiones de la vida y detenemos las solicitaciones de los asuntos pendientes, y la imaginación; cuando detenemos el ritmo de la vida exterior y callamos tanto por fuera como por dentro. De esa manera, nuestros conocimientos y experiencias adquieren profundidad, aprendemos a asombrarnos, a contemplar, a saborear los bienes del espíritu, a escuchar a Dios. Con esta riqueza interior, cuando salimos fuera podremos disfrutar más al comunicamos con los demás, pues tendremos algo personal, algo nuestro, que aportar.


En el silencio, podremos escuchar la voz del Señor. Cuando Dios quiere pasar ante Elías en el monte Horeb, la Sagrada Escritura nos dice que no estaba en la violencia del huracán que partía las rocas, ni en el espanto del terremoto, ni en el fuego que le siguió, sino en una brisa que apenas se notaba[14]. Callar es hermoso; no es ningún vacío, sino vida auténtica y plena, si permite establecer un diálogo íntimo con Dios. «Un hilo sonoro de silencio: así se acerca el Señor, con la sonoridad del silencio que es propia del amor»[15].


La sabiduría de corazón


ES PRECISO DEDICAR TIEMPO A PENSAR LO QUE NOS HA PASADO, LO QUE HEMOS LEÍDO, LO QUE NOS HAN DICHO...

«El sabio de corazón será llamado prudente»[16]. La capacidad de recogimiento nos permite asentar cada vez con más profundidad los motivos que guían nuestra vida. La coherencia madura entonces como la fruta al sol, y se vierte en nosotros el licor de una sabiduría que nos ayuda a acertar en nuestras decisiones.


No siempre es necesario dar respuestas inmediatas a lo que se nos plantea. La prudencia, muchas veces, llevará a informarse bien antes de enjuiciar o tomar una decisión, porque con frecuencia las cosas no son como aparecen a primera vista. Una persona madura se caracteriza por estudiar los asuntos con atención, acudir a la memoria de experiencias pasadas de temas parecidos y pedir consejo a quienes están en condiciones de darlo. Y, antes que nada, algo que para un cristiano resulta muy natural, casi como un reflejo: pedir consejo a Dios: «no tomes una decisión sin detenerte a considerar el asunto delante de Dios»[17]. Así es más fácil aplicar a la situación concreta un juicio ponderado, sin ceder a la ligereza, la comodidad, el peso de la vida pasada, o la presión del ambiente. Y tener la valentía de tomar una decisión -aunque toda decisión entrañe un riesgo- y de ejecutarla sin demoras, con la disposición de rectificar, si más tarde nos damos cuenta de que nos hemos equivocado.


 -fruto de una interioridad cultivada- nos pone, en definitiva, en condiciones de entregarnos a un ideal, y de perseverar en él. «Dame gracia para dejar todo lo que se refiere a mi persona. Yo no debo tener más preocupaciones que tu Gloria..., en una palabra, tu Amor. ¡Todo por Amor!»[18].

28 de febrero de 2021

5° DOMINGO DE SAN JOSE


Quinto dolor: El ángel del Señor se apareció en sueños a José y le dijo: Levántate, toma al niño y a su madre, y huye a Egipto, y estate allí hasta que yo te avise, porque Herodes va a buscar al niño para matarlo (Mt 2,13).

Quinto gozo: Y estuvo allí hasta la muerte de Herodes, para que se cumpliera lo que dice el Señor por el profeta: "De Egipto llamé a mi hijo" (Mt 2,15).

Quinta reflexión para meditar durante los siete domingos de san José. Los temas propuestos son: José acoge los planes divinos; descubrir a Dios en la realidad diaria; la coherencia del modo de hacer de Dios.

José acoge los planes divinos

Descubrir a Dios en la realidad diaria

La coherencia del modo de hacer de Dios


LA VIDA ORDINARIA está llena de ocasiones y decisiones que marcan un determinado rumbo, y algunas de ellas tienen una importancia trascendental para nuestro futuro. Si habitualmente necesitamos ponderar las cosas en la presencia de Dios, con mayor motivo en esas situaciones especiales. «José, hijo de David, no temas acoger a María, tu esposa» (Mt 1,21), dijo el ángel al patriarca. El evangelio de san Mateo nos dice que José ponderó en su oración lo que sucedía para ver de qué manera actuar. Eso hace posible que se nos presente «como figura de varón respetuoso, delicado que, aun no teniendo toda la información, se decide por la fama, dignidad y vida de María. Y, en su duda de cómo hacer lo mejor, Dios lo ayudó a optar iluminando su juicio»[1].

Santa María concibió a Cristo por la fe, pues acogió los planes del Señor, creyó que se cumplirían las palabras dichas por el ángel. Podemos aplicar el mismo razonamiento a san José, quien acogió también lo que le fue comunicado de parte de Dios. El santo patriarca se fio de aquellas palabras y se implicó personalmente en lo que le fue anunciado. Hizo suyo el plan de Dios confiando en que se trataba de algo bueno, no solo para la humanidad en general, sino también para sí mismo: se veía feliz en aquella historia; se había convertido en el plan que él deseaba llevar adelante. En el lenguaje común decimos que es «fiel» la reproducción de una obra de arte cuando refleja el proyecto original del artista. Pero Dios entra en relación con criaturas que poseen una auténtica libertad; el arte, entonces, está en aprender a lo largo de nuestra vida a acoger sus planes y en reconocer en ellos una bondad para nosotros y para quienes nos rodean.

San José se desenvuelve en situaciones normales: en el trabajo, en la familia, en la vida ordinaria... y allí es donde aprende a acoger y a hacer vida el don de Dios. Esta actitud es necesaria para todos los cristianos. Al santo patriarca podemos pedirle que renueve nuestra mirada y nuestro corazón para tener la frescura de abrirnos a los dones y planes divinos.


TODOS ESTAMOS llamados a formar hogares que, imitando al de Cristo, abran sus puertas de par en par. Acoger es tener la valentía de recibir con ternura, reconocer lo bueno, promover, tener iniciativa, no resignarse a la comodidad de lo conocido ni ceder a la pasividad. Acoger es tener una disposición habitual de estar siempre abierto a las necesidades de los demás. José «es un protagonista valiente y fuerte. La acogida es un modo por el que se manifiesta en nuestra vida el don de la fortaleza que nos viene del Espíritu Santo»[2]. El santo patriarca es un hombre fiel que se abre, en primer lugar, a la voz de Dios. Pero también acoge el claroscuro de la historia en la que se ve inserto, acoge los desafíos que el mundo y las personas que le rodean plantean a su misión. «El realismo cristiano, que no rechaza nada de lo que existe, vuelve una vez más. La realidad, en su misteriosa irreductibilidad y complejidad, es portadora de un sentido de la existencia con sus luces y sombras. Esto hace que el apóstol Pablo afirme: “Sabemos que todo contribuye al bien de quienes aman a Dios” (Rm 8,28). Y san Agustín añade: “Aun lo que llamamos mal”. En esta perspectiva general, la fe da sentido a cada acontecimiento feliz o triste»[3].

A san Josemaría le gustaba fijarse en que san José busca continuamente la mejor manera de cumplir los planes divinos, que han pasado también a ser los suyos; «coloca al servicio de la fe toda su experiencia humana. Cuando vuelve de Egipto oyendo que Arquelao reinaba en Judea en lugar de su padre Herodes, temió ir allá. Ha aprendido a moverse dentro del plan divino y, como confirmación de que efectivamente Dios quiere eso que él entrevé, recibe la indicación de retirarse a Galilea»[4]. En nuestro camino por llevar adelante la misión que Dios nos ha encomendado tendremos tanto avances como retrocesos. Pero también en los momentos que pueden parecer malos podemos descubrir la voz de Dios que nos consuela, nos instruye y nos ilumina. «Acoger la vida de esta manera nos introduce en un significado oculto. La vida de cada uno de nosotros puede comenzar de nuevo milagrosamente, si encontramos la valentía para vivirla según lo que nos dice el Evangelio. Y no importa si ahora todo parece haber tomado un rumbo equivocado y si algunas cuestiones son irreversibles. Dios puede hacer que las flores broten entre las rocas»[5].


«MIRAD CUÁL es el ambiente donde Cristo nace –nos sugería san Josemaría–. Todo allí nos insiste en esta entrega sin condiciones: José –una historia de duros sucesos, combinados con la alegría de ser el custodio de Jesús– pone en juego su honra, la serena continuidad de su trabajo, la tranquilidad del futuro; toda su existencia es una pronta disponibilidad para lo que Dios le pide (...). En Belén nadie se reserva nada. Allí no se oye hablar de mi honra, ni de mi tiempo, ni de mi trabajo, ni de mis ideas, ni de mis gustos, ni de mi dinero. Allí se coloca todo al servicio del grandioso juego de Dios con la humanidad»[6]. Para poder acoger la realidad y a las demás personas tal como lo hizo el santo patriarca, necesitamos abandonarnos en la seguridad de Dios antes que en la nuestra; así nos dispondremos a aprender de todos y de todo, también de nuestros errores, porque detrás siempre descubriremos un susurro divino. «La vida espiritual de José no nos muestra una vía que explica, sino una vía que acoge. Solo a partir de esta acogida, de esta reconciliación, podemos también intuir una historia más grande, un significado más profundo»[7].

San José no desoyó el anuncio del ángel y se puso en camino hacia los que le parecían mejores lugares para Jesús; tampoco discutió con su esposa sobre cuál debía haber sido su reacción cuando supo que iba a dar a luz un hijo. Al buscar posada para el Niño que iba a nacer, san José no se lamentaba en cada lugar en el que no podían quedarse, y tampoco quiso quedarse por terquedad en Belén, ante la amenaza de Herodes, por más injusto que fuese tener que emprender camino hacia Egipto. En cada uno de estos acontecimientos, san Josemaría nota que el santo patriarca «aprendió poco a poco que los designios sobrenaturales tienen una coherencia divina, que está a veces en contradicción con los planes humanos»[8]. Por esto, necesitamos pedir la sabiduría del padre terreno de Jesús para aprender a comprender esa lógica divina; y así acoger, como venidos de Dios, a las personas y los eventos que nos rodean.

CARTA APOSTÓLICA "PATRIS CORDE" Papa FRANCISCO

5. Padre de la valentía creativa

Si la primera etapa de toda verdadera curación interior es acoger la propia historia, es decir, hacer espacio dentro de nosotros mismos incluso para lo que no hemos elegido en nuestra vida, necesitamos añadir otra característica importante: la valentía creativa. Esta surge especialmente cuando encontramos dificultades. De hecho, cuando nos enfrentamos a un problema podemos detenernos y bajar los brazos, o podemos ingeniárnoslas de alguna manera. A veces las dificultades son precisamente las que sacan a relucir recursos en cada uno de nosotros que ni siquiera pensábamos tener.

Muchas veces, leyendo los “Evangelios de la infancia”, nos preguntamos por qué Dios no intervino directa y claramente. Pero Dios actúa a través de eventos y personas. José era el hombre por medio del cual Dios se ocupó de los comienzos de la historia de la redención. Él era el verdadero “milagro” con el que Dios salvó al Niño y a su madre. El cielo intervino confiando en la valentía creadora de este hombre, que cuando llegó a Belén y no encontró un lugar donde María pudiera dar a luz, se instaló en un establo y lo arregló hasta convertirlo en un lugar lo más acogedor posible para el Hijo de Dios que venía al mundo (cf. Lc 2,6-7). Ante el peligro inminente de Herodes, que quería matar al Niño, José fue alertado una vez más en un sueño para protegerlo, y en medio de la noche organizó la huida a Egipto (cf. Mt 2,13-14).

De una lectura superficial de estos relatos se tiene siempre la impresión de que el mundo esté a merced de los fuertes y de los poderosos, pero la “buena noticia” del Evangelio consiste en mostrar cómo, a pesar de la arrogancia y la violencia de los gobernantes terrenales, Dios siempre encuentra un camino para cumplir su plan de salvación. Incluso nuestra vida parece a veces que está en manos de fuerzas superiores, pero el Evangelio nos dice que Dios siempre logra salvar lo que es importante, con la condición de que tengamos la misma valentía creativa del carpintero de Nazaret, que sabía transformar un problema en una oportunidad, anteponiendo siempre la confianza en la Providencia.

Si a veces pareciera que Dios no nos ayuda, no significa que nos haya abandonado, sino que confía en nosotros, en lo que podemos planear, inventar, encontrar.

Es la misma valentía creativa que mostraron los amigos del paralítico que, para presentarlo a Jesús, lo bajaron del techo (cf. Lc 5,17-26). La dificultad no detuvo la audacia y la obstinación de esos amigos. Ellos estaban convencidos de que Jesús podía curar al enfermo y «como no pudieron introducirlo por causa de la multitud, subieron a lo alto de la casa y lo hicieron bajar en la camilla a través de las tejas, y lo colocaron en medio de la gente frente a Jesús. Jesús, al ver la fe de ellos, le dijo al paralítico: “¡Hombre, tus pecados quedan perdonados!”» (vv. 19-20). Jesús reconoció la fe creativa con la que esos hombres trataron de traerle a su amigo enfermo.

El Evangelio no da ninguna información sobre el tiempo en que María, José y el Niño permanecieron en Egipto. Sin embargo, lo que es cierto es que habrán tenido necesidad de comer, de encontrar una casa, un trabajo. No hace falta mucha imaginación para llenar el silencio del Evangelio a este respecto. La Sagrada Familia tuvo que afrontar problemas concretos como todas las demás familias, como muchos de nuestros hermanos y hermanas migrantes que incluso hoy arriesgan sus vidas forzados por las adversidades y el hambre. A este respecto, creo que san José sea realmente un santo patrono especial para todos aquellos que tienen que dejar su tierra a causa de la guerra, el odio, la persecución y la miseria.

Al final de cada relato en el que José es el protagonista, el Evangelio señala que él se levantó, tomó al Niño y a su madre e hizo lo que Dios le había mandado (cf. Mt 1,24; 2,14.21). De hecho, Jesús y María, su madre, son el tesoro más preciado de nuestra fe[21].

En el plan de salvación no se puede separar al Hijo de la Madre, de aquella que «avanzó en la peregrinación de la fe y mantuvo fielmente su unión con su Hijo hasta la cruz»[22].

Debemos preguntarnos siempre si estamos protegiendo con todas nuestras fuerzas a Jesús y María, que están misteriosamente confiados a nuestra responsabilidad, a nuestro cuidado, a nuestra custodia. El Hijo del Todopoderoso viene al mundo asumiendo una condición de gran debilidad. Necesita de José para ser defendido, protegido, cuidado, criado. Dios confía en este hombre, del mismo modo que lo hace María, que encuentra en José no sólo al que quiere salvar su vida, sino al que siempre velará por ella y por el Niño. En este sentido, san José no puede dejar de ser el Custodio de la Iglesia, porque la Iglesia es la extensión del Cuerpo de Cristo en la historia, y al mismo tiempo en la maternidad de la Iglesia se manifiesta la maternidad de María[23]. José, a la vez que continúa protegiendo a la Iglesia, sigue amparando al Niño y a su madre, y nosotros también, amando a la Iglesia, continuamos amando al Niño y a su madre.

Este Niño es el que dirá: «Les aseguro que siempre que ustedes lo hicieron con uno de estos mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicieron» (Mt 25,40). Así, cada persona necesitada, cada pobre, cada persona que sufre, cada moribundo, cada extranjero, cada prisionero, cada enfermo son “el Niño” que José sigue custodiando. Por eso se invoca a san José como protector de los indigentes, los necesitados, los exiliados, los afligidos, los pobres, los moribundos. Y es por lo mismo que la Iglesia no puede dejar de amar a los más pequeños, porque Jesús ha puesto en ellos su preferencia, se identifica personalmente con ellos. De José debemos aprender el mismo cuidado y responsabilidad: amar al Niño y a su madre; amar los sacramentos y la caridad; amar a la Iglesia y a los pobres. En cada una de estas realidades está siempre el Niño y su madre.



25 de agosto de 2020

PRIMERO, SER JUSTOS


— La virtud de la justicia y la dignidad humana.

— La justicia social transciende lo estrictamente estipulado.

— La economía, tiene que ordenarse al bien de las personas.


I. En la Ley de Moisés estaba dispuesto que se cumpliera el diezmo1: se debía entregar la décima parte del producto de los frutos más corrientes del campo, como los cereales, el vino y el aceite, para el sostenimiento del Templo. Los fariseos pagaban, además, el diezmo de la hierbabuena, el eneldo y el comino, plantas aromáticas que se cultivaban en los jardines de las casas y que servían para condimentar las comidas. Era una equívoca manifestación de generosidad con Dios, porque a la vez dejaban de cumplir otros graves mandamientos en relación al prójimo. Por eso, por su hipocresía, les dirá el Señor: ¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas!, que pagáis el diezmo de la menta, del eneldo y del comino, pero habéis abandonado lo más importante de la Ley: la justicia, la misericordia y la fidelidad. Estas cosas había que hacer, sin omitir aquellas2.


No desprecia el Señor el pago del diezmo por la menta, el eneldo y el comino, que podría haber sido una verdadera expresión de amor: como quien regala unas flores a una persona que quiere, o al Señor en el Sagrario; lo que rechaza Jesucristo es la hipocresía que este falso celo oculta, pues con ello se justificaban para no cumplir con otros deberes esenciales: la justicia, la misericordia y la fidelidad. Los cristianos no debemos caer jamás en una hipocresía semejante a la de estos fariseos: nuestras ofrendas voluntarias son gratas a Dios cuando cumplimos con las obligatorias y necesarias, determinadas por la justicia; esta virtud manda dar a cada uno lo suyo y se enriquece y perfecciona por la misericordia y la caridad. Estas cosas había que hacer, sin omitir aquellas.


La virtud de la justicia se fundamenta en la intocable dignidad de la persona humana, creada a imagen y semejanza de Dios y destinada a una felicidad eterna. Y si consideramos el respeto que merece todo hombre «a la luz de las verdades reveladas por Dios, hemos de valorar necesariamente en mayor grado esta dignidad, ya que los hombres han sido redimidos por la sangre de Jesucristo, hechos hijos y amigos de Dios por la gracia sobrenatural y constituidos herederos de la gloria eterna»3.


El aprecio a los derechos de las personas comienza por un ordenamiento justo de las leyes civiles, al que hemos de contribuir los cristianos, como ciudadanos ejemplares, con todas nuestras fuerzas, comenzando por aquellas leyes que defienden el derecho a la vida, el primero de los derechos, desde el mismo instante de la concepción. Pero no basta con esta contribución, que hemos de hacer siempre en la medida de nuestras posibilidades, aunque sean pequeñas. Cada día se nos presentan muchas ocasiones para ser justos con nuestros semejantes: a la hora de emitir juicios sobre otros –¡con qué facilidad, con qué frivolidad se falta a veces a la justicia más elemental con juicios temerarios!–, en las palabras, evitando no solo la calumnia –la acusación falsa–, sino también la difamación, la palabrería que propaga los defectos del prójimo, para disminuir su consideración social, profesional y humana; en las obras, dando a cada uno lo que es suyo...


¿Cómo podrían ser gratas a Dios nuestras obras si no tratamos con esmero –de pensamiento, palabra y obra– a nuestros hermanos, por quienes Jesús dio su vida?


II. Vivir la justicia con el prójimo es mucho más que el mero no causarle daño, y no basta para cumplirla con lamentarse ante situaciones de injusticia; quejas y lamentaciones que serán estériles si no se traducen en más oración y obras para remediar esa situación. Cada cristiano ha de plantearse cómo vive la justicia en las circunstancias normales de su vida: en la familia, en el trabajo profesional, en las relaciones sociales... Vivir la justicia con quienes nos relacionamos habitualmente significa, entre otros deberes, respetar su derecho a la fama, a la intimidad, a una retribución económica suficiente... «Estas exigencias no han de limitarse únicamente al orden económico, como es, por ejemplo, la justicia en sueldos y honorarios; la vida y la moral cristianas tienen exigencias más amplias. El respeto a la vida, a la fidelidad, a la verdad, la responsabilidad y la buena preparación, la laboriosidad y la honestidad, el rechazo de todo fraude, el sentido social e incluso la generosidad deben inspirar siempre al cristiano en el ejercicio de sus actividades laborales y profesionales»4.


También la calumnia, la maledicencia, la murmuración..., constituyen una verdadera y flagrante injusticia, pues «entre los bienes temporales la buena reputación parece ser el más valioso, y por su pérdida el hombre queda privado de hacer mucho bien»5. El Apóstol Santiago dice de la lengua que es un mundo entero de maldad6: puede servir para alabar a Dios, para hablar con Él, para comunicarnos..., o puede hacer mucho daño, si no hay un empeño decidido en no hablar nunca mal de nadie.


No es infrecuente que se falte a la justicia a través de la palabra. Por eso, el Señor nos pide a los cristianos que sepamos defenderla, que no nos dejemos guiar por rumores, por juicios precipitados de otras personas, de algunos medios de comunicación social..., que nunca emitamos un juicio negativo sobre personas o instituciones -no ser inquisidores y verdugos de vidas ajenas Y, entonces, hemos de procurar poner los medios para estar bien informados, y, si alguien tiene el deber de juzgar, oyendo a las dos partes, matizando cuando sea preciso hacerlo y salvando siempre la intención profunda de las personas, que solo Dios conoce. Especial responsabilidad tienen quienes de alguna manera trabajan en los medios de comunicación social o tienen acceso a ellos, por el gran bien o el mal grave que pueden hacer.


Debemos vivir los deberes de justicia con aquellos que el Señor nos ha encomendado, dedicándoles tiempo, colaborando en la formación de todos, tratando con más esmero a aquel que, por enfermedad, edad o por sus condiciones particulares, más lo necesita. Sabemos bien que no viviría esta virtud, por ejemplo, el padre o la madre que tuviera tiempo para sus gustos y distracciones, y no dedicara lo necesario para la educación de los hijos o para aquellas personas que Dios ha puesto a su cuidado; o quien antepusiera sus gustos y preferencias personales, de los que con un poco de buena voluntad se puede prescindir, a las necesidades de los demás.


Somos justos cuando damos a cada uno lo suyo. El empresario, con la justa retribución de los empleados, de acuerdo con las leyes civiles justas y con la recta conciencia. No será raro que, a veces, haya de remunerar por encima del mínimo exigido por la ley, pues pueden darse circunstancias en las que, cumpliendo lo estrictamente legal, lo establecido, se falte a la justicia con ese mínimo estipulado: pueden darse despidos legales pero injustos, salarios de acuerdo con las leyes pero que ofenden la dignidad de las personas...; «la justicia no se manifiesta exclusivamente en el respeto exacto de derechos y de deberes, como en los problemas aritméticos que se resuelven a base de sumas y de restas»7. Al cristiano le importa, sobre todo, ser justo ante Dios, y esto le llevará a cumplir más allá de lo meramente establecido por las leyes, teniendo en cuenta las circunstancias personales y familiares de quien trabaja a su cargo.


III. La economía tiene sus propias leyes y mecanismos, pero estas leyes no son suficientes ni supremas, ni esos mecanismos son inamovibles. El orden económico no debe concebirse –insiste el Magisterio de la Iglesia– como un orden independiente y soberano, sino que ha de estar sometido a los principios superiores de la justicia social, que corrijan los defectos y deficiencias del orden económico y tengan en cuenta la dignidad de la persona8.


La justicia social exige también que al trabajador no se le deje a merced de las leyes de la competencia, como si su trabajo se tratara solo de una mercancía9; y una de las principales preocupaciones del Estado y de los empresarios «debe ser esta: dar trabajo a todos»10, pues el paro forzoso es uno de los mayores males de un país y causa de otros muchos en la persona, en las familias y en la sociedad misma.


Quien trabaja en un taller, en la Universidad, en una empresa, no viviría la justicia si no cumple con esmero con su tarea, con competencia profesional, aprovechando el tiempo, cuidando los instrumentos de trabajo que son propiedad de la fábrica, de la biblioteca, del hospital, del taller, de la casa en la que se ayuda en las tareas del hogar. Los estudiantes faltarían a la justicia con la sociedad, con la familia, a veces gravemente, si no aprovechan ese tiempo dedicado al estudio. De modo general, las calificaciones académicas obtenidas pueden ser materia de un buen examen de conciencia. Muchas veces, la poca intensidad en el estudio será la causa de no ser más tarde buenos profesionales, faltando así a la justicia con la empresa en la que se trabaja, por carecer de la preparación debida. Son puntos que con frecuencia deberemos examinar, para vivir delicadamente, delante de Dios y de los hombres, los deberes hacia el prójimo: la justicia, la misericordia y la fidelidad en los pactos y promesas.


Pidamos a la Santísima Virgen esa rectitud de conciencia, para contribuir a hacer de la sociedad en que vivimos un ámbito de convivencia digno de hijos de Dios.

22 de junio de 2020

SANTOS JUAN FISHER Y TOMÁS MORO, MÁRTIRES*

— Un testimonio de fe hasta el martirio.
— Fortaleza y vida de oración.
— Coherencia cristiana y unidad de vida.

I. En Inglaterra, en 1534, se exigió a todos los ciudadanos que hubieran alcanzado la edad legal que prestasen juramento al Acta de Sucesión, en la que se reconocía como matrimonio la unión de Enrique VIII y Ana Bolena. Se proclamaba el rey Jefe supremo de la Iglesia de Inglaterra, negando al Papa toda autoridad. Juan Fisher, Obispo de Rochester, y Tomás Moro, Canciller del Reino, se negaron a jurar el Acta, y fueron encarcelados en abril de 1534 y decapitados al año siguiente.

En un momento en que muchos se doblegaron a la voluntad real, su juramento habría pasado prácticamente inadvertido y hubieran conservado la vida, la hacienda y el cargo, como tantos otros1. Sin embargo, ambos fueron fieles a su fe hasta el martirio. Supieron dar la vida en aquel momento porque fueron hombres que vivieron su vocación día a día, dando testimonio de fe en cada jornada, a veces en asuntos que podrían parecer de escaso o de ningún relieve.

Tomás Moro es una figura muy cercana a nosotros, pues fue un cristiano corriente, que supo compaginar bien su vocación de padre de familia con la profesión de abogado y más tarde de Canciller, en una perfecta unidad de vida. Se encontraba en el mundo como en su propio hogar; amaba todas las realidades humanas que constituyen el entramado de su vida, donde Dios le quiso. Vivió al mismo tiempo un desprendimiento de los bienes y un amor a la Cruz tan grandes que puede decirse que ahí asentó toda su fortaleza.

Tomás Moro tenía costumbre de meditar cada viernes algún pasaje de la Pasión de Nuestro Señor. Cuando sus hijos o su mujer se quejaban por dificultades y contrariedades comunes, les decía que no podían pretender «ir al Cielo en un colchón de plumas» y les recordaba los sufrimientos que padeció Nuestro Señor, y que no es el siervo mayor que su dueño. Además de aprovechar las contrariedades para identificarse con la Cruz, Moro hacía otras penitencias. Algunos días llevaba, a flor de piel y oculta, una camisa de pelo áspero. Esta práctica la continuó durante su encarcelamiento en la Torre de Londres, a pesar del frío, humedad y privaciones de toda clase que pasó en aquellos largos meses2. Aquí, en la Cruz, encontró su fortaleza.

Nosotros, cristianos que siguen de cerca a Cristo en medio del mundo, dando testimonio, casi siempre callado, ¿encontramos las fuerzas en el desprendimiento de los bienes, en la mortificación diaria y en la oración?

II. Cuando Tomás Moro hubo de dimitir de su cargo de Lord Canciller, reunió a la familia para exponerles el futuro que les aguardaba y hacer previsiones económicas. «He vivido –dijo, resumiendo su carrera– en Oxford, en la hospedería de la Cancillería... y también en la Corte del rey..., desde lo más bajo a lo más alto. Actualmente dispongo de poco más de cien libras al año. Si tenemos que seguir juntos, todos deberemos aportar nuestra parte; pienso que lo mejor para nosotros es no descender de golpe al nivel más bajo». Y les sugiere un descenso gradual, recordándoles cómo uno puede vivir feliz en cada categoría. Y si ni siquiera pueden sostenerse en el nivel más bajo, el que vivió en Oxford, «entonces –les dice con paz y buen humor– todavía nos queda ir juntos a pedir limosna, con bultos y bolsas, y confiar en que alguna buena persona sienta compasión de nosotros (...), pero aun entonces nos mantendremos juntos, unidos y felices»3. Nunca permitió que nada rompiera la unidad y la paz familiar, ni siquiera cuando se encontró ausente o en la cárcel. Vivió desprendido de los bienes cuando los tuvo, y con gran alegría cuando no disponía de lo indispensable. Siempre supo estar a la altura de las circunstancias. Sabía cómo celebrar un acontecimiento, incluso en prisión. Un biógrafo contemporáneo suyo dice que, estando preso en la Torre, solía vestirse con más elegancia en los días de fiesta importantes, en cuanto se lo permitía su escaso vestuario. Mantuvo siempre su alegría y su buen humor, incluso en el momento en que subía al cadalso, porque se apoyó firmemente en la oración.

«Dame, mi buen Señor, la gracia de esforzarme para conseguir las cosas que en la oración te pido», rezaba. No esperaba que Dios hiciera por él lo que, con un poco de esfuerzo, podía lograr por sí mismo. Trabajó con empeño toda su vida hasta llegar a ser un abogado de prestigio antes de ser nombrado Canciller, pero nunca olvidó la necesidad de la oración, aunque a veces, sobre todo en circunstancias tan dramáticas como mientras esperaba la ejecución, no le era fácil. En estos días escribió una larga plegaria, en la que, entre muchas piadosas y conmovedoras consideraciones del hombre que sabe que va a morir, exclamaba: «Dame, Señor mío, un anhelo de estar contigo, no para evitar calamidades de este pobre mundo, y ni siquiera para evitar las penas del purgatorio, ni las del infierno tampoco, ni para alcanzar las alegrías del Cielo, ni por consideración de mi propio provecho, sino sencillamente por auténtico amor a Ti»4.

Santo Tomás Moro se nos presenta siempre como un hombre de oración; así pudo ser fiel a sus compromisos como ciudadano y como fiel cristiano en todas las circunstancias, en perfecta unidad de vida. Así hemos de ser nosotros. «¿Católico, sin oración?... Es como un soldado sin armas»5. ¿Cómo es nuestro trato con el Señor? ¿Nos esforzamos en crecer día a día en intimidad con Él? ¿Influye nuestra oración en el resto del día?

III. Give me thy grace, good Lord, to set the world at nought... «Dadme vuestra gracia, buen Señor, para estimar el mundo en nada, para tener mi mente bien unida a vos; y no depender de las variables opiniones de los demás... Para que piense en Dios con alegría, e implore tiernamente su ayuda. Para que me apoye en la fortaleza de Dios y me esfuerce con afán en amarle... Para darle gracias sin cesar por sus beneficios; para redimir el tiempo que he perdido...»6. Así escribía el Santo en los márgenes del Libro de las Horas que tenía en la Torre de Londres. Eran aquellos días en que estaba dedicado a contemplar la Pasión, preparando así su propia muerte en unión con la que padeció Cristo en la Cruz.

Pero Santo Tomás no solo vivió de cara a Dios en aquellos momentos supremos. Su amor a Dios se había manifestado diariamente en su vida de familia, de modo sencillo y afable, en el ejercicio de su profesión de abogado, en el más alto cargo de Inglaterra, como Lord Canciller. Cumpliendo los deberes de todos los días, unas veces importantes y otras menos, se santificó y ayudó a otros a encontrar a Dios. Entre muchos ejemplos de un apostolado eficaz, nos ha dejado el que llevó a cabo con su yerno, que había caído en la herejía luterana. «He tenido paciencia con tu marido –decía a su hija Margaret– y he razonado y discutido con él acerca de esos puntos de la religión. Le he dado además mi pobre consejo paterno, pero veo que no ha servido de nada para atraerlo de nuevo al redil. Por ello, Meg, ya no voy a discutir más con él, sino que lo voy a dejar enteramente en manos de Dios, y voy a rezar por él»7. Las palabras y las oraciones de Tomás Moro fueron eficaces, y el marido de su hija volvió a la plenitud de la fe, fue un cristiano ejemplar y padeció mucho por ser consecuente con su fe católica.

Santo Tomás Moro está entre nosotros como ejemplo vivo para nuestra conducta de cristianos. Es «semilla fecunda de paz y de alegría, como lo fue su paso por la tierra entre su familia y amigos, en el foro, en la cátedra, en la Corte, en las embajadas, en el Parlamento y en el gobierno.

»Es también el patrono silencioso de Inglaterra, que derramó su sangre en defensa de la unidad de la Iglesia y del poder espiritual del Vicario de Cristo. Y siendo la sangre de los cristianos semilla germinante, la de Tomás Moro va lentamente calando y empapando las almas de quienes a él se acercan imantados por su prestigio, dulzura y fortaleza. Moro será el apóstol silencioso del retorno a la fe de todo un pueblo».

A Juan Fisher y a Tomás Moro les pedimos hoy que sepamos imitarlos en su coherencia cristiana para vivir en todas las circunstancias de nuestra existencia como el Señor espera de nosotros, en lo grande y en lo pequeño. Con la liturgia de la fiesta, pedimos: Señor, Tú que has querido que el testimonio del martirio sea perfecta expresión de la fe; concédenos, te rogamos, por la intercesión de San Juan Fisher y de Santo Tomás Moro, ratificar con una vida santa la fe que profesamos de palabra.

* Juan Fisher fue ordenado sacerdote en 1491. Ejerció diversos cargos en la Universidad de Cambridge, a la vez que asumía la dirección espiritual de la reina Margarita, madre de Enrique VII, pasando a ocupar más tarde la Cátedra de Teología que la reina fundara allí. A principios de 1504 es nombrado rector de Cambridge y a finales de año sería consagrado Obispo de Rochester, la más pequeña y pobre diócesis de Inglaterra; dos días más tarde tomaba posesión de su puesto como miembro del Consejo del Rey.
Tomás Moro realizó estudios de Literatura y Filosofía en Oxford y de Derecho en New Inn. En 1504 fue elegido miembro del Parlamento y ocupó distintos cargos públicos, logrando un gran prestigio por sus conocimientos de leyes y por su honradez. Aunque su vida profesional fue intensa, siempre encontró tiempo para dedicar a la familia, su gran ocupación, y para los estudios literarios o históricos: publicó varios libros y ensayos. En 1529 fue nombrado Canciller de Inglaterra, a pesar de que ya había contestado claramente al rey que no podía estar de acuerdo con la disolución del matrimonio real. Plenamente interesado por los problemas de su tiempo, se entregó a su trabajo con afán de llenar de contenido cristiano las leyes e instituciones de su época.
Ambos murieron decapitados en 1535 por negarse a reconocer la supremacía de Enrique VIII sobre la Iglesia de Inglaterra y la anulación del matrimonio del rey.

22 de junio de 2018

COHERENCIA Y UNIDAD DE VIDA

— Un testimonio de fe hasta el martirio.
— Fortaleza y vida de oración.
— Coherencia cristiana y unidad de vida.
I. En Inglaterra, en 1534, se exigió a todos los ciudadanos que hubieran alcanzado la edad legal que prestasen juramento al Acta de Sucesión, en la que se reconocía como matrimonio la unión de Enrique VIII y Ana Bolena. Se proclamaba el rey Jefe supremo de la Iglesia de Inglaterra, negando al Papa toda autoridad. Juan Fisher, Obispo de Rochester, y Tomás Moro, Canciller del Reino, se negaron a jurar el Acta, y fueron encarcelados en abril de 1534 y decapitados al año siguiente.
En un momento en que muchos se doblegaron a la voluntad real, su juramento habría pasado prácticamente inadvertido y hubieran conservado la vida, la hacienda y el cargo, como tantos otros1. Sin embargo, ambos fueron fieles a su fe hasta el martirio. Supieron dar la vida en aquel momento porque fueron hombres que vivieron su vocación día a día, dando testimonio de fe en cada jornada, a veces en asuntos que podrían parecer de escaso o de ningún relieve.
Tomás Moro es una figura muy cercana a nosotros, pues fue un cristiano corriente, que supo compaginar bien su vocación de padre de familia con la profesión de abogado y más tarde de Canciller, en una perfecta unidad de vida. Se encontraba en el mundo como en su propio hogar; amaba todas las realidades humanas que constituyen el entramado de su vida, donde Dios le quiso. Vivió al mismo tiempo un desprendimiento de los bienes y un amor a la Cruz tan grandes que puede decirse que ahí asentó toda su fortaleza.
Tomás Moro tenía costumbre de meditar cada viernes algún pasaje de la Pasión de Nuestro Señor. Cuando sus hijos o su mujer se quejaban por dificultades y contrariedades comunes, les decía que no podían pretender «ir al Cielo en un colchón de plumas» y les recordaba los sufrimientos que padeció Nuestro Señor, y que no es el siervo mayor que su dueño. Además de aprovechar las contrariedades para identificarse con la Cruz, Moro hacía otras penitencias. Algunos días llevaba, a flor de piel y oculta, una camisa de pelo áspero. Esta práctica la continuó durante su encarcelamiento en la Torre de Londres, a pesar del frío, humedad y privaciones de toda clase que pasó en aquellos largos meses2. Aquí, en la Cruz, encontró su fortaleza.
Nosotros, cristianos que siguen de cerca a Cristo en medio del mundo, dando testimonio, casi siempre callado, ¿encontramos las fuerzas en el desprendimiento de los bienes, en la mortificación diaria y en la oración?
II. Cuando Tomás Moro hubo de dimitir de su cargo de Lord Canciller, reunió a la familia para exponerles el futuro que les aguardaba y hacer previsiones económicas. «He vivido –dijo, resumiendo su carrera– en Oxford, en la hospedería de la Cancillería... y también en la Corte del rey..., desde lo más bajo a lo más alto. Actualmente dispongo de poco más de cien libras al año. Si tenemos que seguir juntos, todos deberemos aportar nuestra parte; pienso que lo mejor para nosotros es no descender de golpe al nivel más bajo». Y les sugiere un descenso gradual, recordándoles cómo uno puede vivir feliz en cada categoría. Y si ni siquiera pueden sostenerse en el nivel más bajo, el que vivió en Oxford, «entonces –les dice con paz y buen humor– todavía nos queda ir juntos a pedir limosna, con bultos y bolsas, y confiar en que alguna buena persona sienta compasión de nosotros (...), pero aun entonces nos mantendremos juntos, unidos y felices»3. Nunca permitió que nada rompiera la unidad y la paz familiar, ni siquiera cuando se encontró ausente o en la cárcel. Vivió desprendido de los bienes cuando los tuvo, y con gran alegría cuando no disponía de lo indispensable. Siempre supo estar a la altura de las circunstancias. Sabía cómo celebrar un acontecimiento, incluso en prisión. Un biógrafo contemporáneo suyo dice que, estando preso en la Torre, solía vestirse con más elegancia en los días de fiesta importantes, en cuanto se lo permitía su escaso vestuario. Mantuvo siempre su alegría y su buen humor, incluso en el momento en que subía al cadalso, porque se apoyó firmemente en la oración.
«Dame, mi buen Señor, la gracia de esforzarme para conseguir las cosas que en la oración te pido», rezaba. No esperaba que Dios hiciera por él lo que, con un poco de esfuerzo, podía lograr por sí mismo. Trabajó con empeño toda su vida hasta llegar a ser un abogado de prestigio antes de ser nombrado Canciller, pero nunca olvidó la necesidad de la oración, aunque a veces, sobre todo en circunstancias tan dramáticas como mientras esperaba la ejecución, no le era fácil. En estos días escribió una larga plegaria, en la que, entre muchas piadosas y conmovedoras consideraciones del hombre que sabe que va a morir, exclamaba: «Dame, Señor mío, un anhelo de estar contigo, no para evitar calamidades de este pobre mundo, y ni siquiera para evitar las penas del purgatorio, ni las del infierno tampoco, ni para alcanzar las alegrías del Cielo, ni por consideración de mi propio provecho, sino sencillamente por auténtico amor a Ti»4.
Santo Tomás Moro se nos presenta siempre como un hombre de oración; así pudo ser fiel a sus compromisos como ciudadano y como fiel cristiano en todas las circunstancias, en perfecta unidad de vida. Así hemos de ser nosotros. «¿Católico, sin oración?... Es como un soldado sin armas»5. ¿Cómo es nuestro trato con el Señor? ¿Nos esforzamos en crecer día a día en intimidad con Él? ¿Influye nuestra oración en el resto del día?
IIIGive me thy grace, good Lord, to set the world at nought... «Dadme vuestra gracia, buen Señor, para estimar el mundo en nada, para tener mi mente bien unida a vos; y no depender de las variables opiniones de los demás... Para que piense en Dios con alegría, e implore tiernamente su ayuda. Para que me apoye en la fortaleza de Dios y me esfuerce con afán en amarle... Para darle gracias sin cesar por sus beneficios; para redimir el tiempo que he perdido...»6. Así escribía el Santo en los márgenes del Libro de las Horas que tenía en la Torre de Londres. Eran aquellos días en que estaba dedicado a contemplar la Pasión, preparando así su propia muerte en unión con la que padeció Cristo en la Cruz.
Pero Santo Tomás no solo vivió de cara a Dios en aquellos momentos supremos. Su amor a Dios se había manifestado diariamente en su vida de familia, de modo sencillo y afable, en el ejercicio de su profesión de abogado, en el más alto cargo de Inglaterra, como Lord Canciller. Cumpliendo los deberes de todos los días, unas veces importantes y otras menos, se santificó y ayudó a otros a encontrar a Dios. Entre muchos ejemplos de un apostolado eficaz, nos ha dejado el que llevó a cabo con su yerno, que había caído en la herejía luterana. «He tenido paciencia con tu marido –decía a su hija Margaret– y he razonado y discutido con él acerca de esos puntos de la religión. Le he dado además mi pobre consejo paterno, pero veo que no ha servido de nada para atraerlo de nuevo al redil. Por ello, Meg, ya no voy a discutir más con él, sino que lo voy a dejar enteramente en manos de Dios, y voy a rezar por él»7. Las palabras y las oraciones de Tomás Moro fueron eficaces, y el marido de su hija volvió a la plenitud de la fe, fue un cristiano ejemplar y padeció mucho por ser consecuente con su fe católica.
Santo Tomás Moro está entre nosotros como ejemplo vivo para nuestra conducta de cristianos. Es «semilla fecunda de paz y de alegría, como lo fue su paso por la tierra entre su familia y amigos, en el foro, en la cátedra, en la Corte, en las embajadas, en el Parlamento y en el gobierno.
»Es también el patrono silencioso de Inglaterra, que derramó su sangre en defensa de la unidad de la Iglesia y del poder espiritual del Vicario de Cristo. Y siendo la sangre de los cristianos semilla germinante, la de Tomás Moro va lentamente calando y empapando las almas de quienes a él se acercan imantados por su prestigio, dulzura y fortaleza. Moro será el apóstol silencioso del retorno a la fe de todo un pueblo»8.
A Juan Fisher y a Tomás Moro les pedimos hoy que sepamos imitarlos en su coherencia cristiana para vivir en todas las circunstancias de nuestra existencia como el Señor espera de nosotros, en lo grande y en lo pequeño. Con la liturgia de la fiesta, pedimos: Señor, Tú que has querido que el testimonio del martirio sea perfecta expresión de la fe; concédenos, te rogamos, por la intercesión de San Juan Fisher y de Santo Tomás Moro, ratificar con una vida santa la fe que profesamos de palabra9.
  • Juan Fisher fue ordenado sacerdote en 1491. Ejerció diversos cargos en la Universidad de Cambridge, a la vez que asumía la dirección espiritual de la reina Margarita, madre de Enrique VII, pasando a ocupar más tarde la Cátedra de Teología que la reina fundara allí. A principios de 1504 es nombrado rector de Cambridge y a finales de año sería consagrado Obispo de Rochester, la más pequeña y pobre diócesis de Inglaterra; dos días más tarde tomaba posesión de su puesto como miembro del Consejo del Rey.
  • Tomás Moro realizó estudios de Literatura y Filosofía en Oxford y de Derecho en New Inn. En 1504 fue elegido miembro del Parlamento y ocupó distintos cargos públicos, logrando un gran prestigio por sus conocimientos de leyes y por su honradez. Aunque su vida profesional fue intensa, siempre encontró tiempo para dedicar a la familia, su gran ocupación, y para los estudios literarios o históricos: publicó varios libros y ensayos. En 1529 fue nombrado Canciller de Inglaterra, a pesar de que ya había contestado claramente al rey que no podía estar de acuerdo con la disolución del matrimonio real. Plenamente interesado por los problemas de su tiempo, se entregó a su trabajo con afán de llenar de contenido cristiano las leyes e instituciones de su época.
  • Ambos murieron decapitados en 1535 por negarse a reconocer la supremacía de Enrique VIII sobre la Iglesia de Inglaterra y la anulación del matrimonio del rey.