"Hago todos los días mi "ratito" de oración: ¡si no fuera por eso!" (Camino, 106)

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2 de junio de 2021

Alma sacerdotal, Alma de Cristo

 


Evangelio (Mc 12,18-27)


Después se le acercan unos saduceos —que niegan la resurrección— y comenzaron a preguntarle:


—Maestro, Moisés nos dejó escrito: Si muere el hermano de alguien y deja mujer pero no deja hijos, su hermano la tomará por mujer y dará descendencia a su hermano. Eran siete hermanos. El primero tomó mujer y murió sin dejar descendencia. Lo mismo el segundo: la tomó por mujer y murió sin dejar descendencia. De igual manera el tercero. Los siete no dejaron descendencia. Después de todos murió también la mujer. En la resurrección, cuando resuciten, ¿de cuál de ellos será esposa?, porque los siete la tuvieron por esposa.


Y Jesús les contestó:


—¿No estáis equivocados precisamente por no entender las Escrituras ni el poder de Dios? Cuando resuciten de entre los muertos, no se casarán ni ellas ni ellos, sino que serán como los ángeles en el cielo. Y sobre que los muertos resucitan, ¿no habéis leído en el libro de Moisés, en el pasaje de la zarza, cómo le habló Dios diciendo: Yo soy el Dios de Abrahán, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob? No es Dios de muertos, sino de vivos. Estáis muy equivocados.

Comentario


Es razonable un sano preguntarse por la vida tras la resurrección. Nos resulta tan misteriosa que el camino más normal para explicárnosla es aplicarle algo de lo que vivimos aquí y ahora. Sin embargo, el mismo Pablo nos recuerda: “ni ojo vio, ni oído oyó, ni pasó por el corazón del hombre, las cosas que preparó Dios para los que le aman” (1Co 2,9). El Apóstol dice haber sido arrebatado al paraíso y haber oído palabras inefables “que al hombre no es lícito pronunciar” (2Co 12,4). Pero, ¿qué puede entender de las cosas de Dios una persona “carnal”, esto es, una persona que no es aún “espiritual”, que no se deja instruir por el Espíritu? (cfr. 1Co 3,1-3).


Todo lo que aquí experimentamos y vivimos nos dice algo de la vida gloriosa. Y, sin embargo, esa novedad que nos aguarda –“mira, hago nuevas todas las cosas” (Ap 21,5)–, esa gloria, supera por completo nuestra comprensión: “estoy convencido de que los padecimientos del tiempo presente no son comparables con la gloria futura que se va a manifestar en nosotros” (Rm 8,18). ¿Qué podríamos decir sobre el “hombre perfecto, a la medida de la plenitud de Cristo” (Ef 4,13)? Y, sin embargo, ¡qué fácil resulta hacer mezquino lo más grande, hablar con trivialidad de lo más excelso!


Las saduceos plantean a Jesús una cuestión que, en su opinión, reduce a lo absurdo la creencia en la resurrección. Para ello, se basan en la Ley mosaica (cfr. Dt 25,5-6; Gn 38,8). Y Jesús les responde usando la misma Ley para decirles que no la han entendido (cfr. Ex 3,6). Para quien no quiere creer, los textos no son ningún obstáculo, porque siempre se pueden retorcer para hacerles decir lo que uno quiere, obviando otros. El pasaje de hoy trae a la memoria estas palabras: “Pero sus inteligencias se embotaron. En efecto, hasta el día de hoy perdura en la lectura del Antiguo Testamento ese mismo velo, sin haberse descorrido, porque solo en Cristo desaparece” (2Co 3,14). Mirar a Cristo, abrirse a él por la fe, nos transforma. En Cristo vemos la sabiduría y el poder del Dios vivo y de la vida. Sólo su Espíritu es capaz de abrir nuestro corazón y nuestro entendimiento. ¡Qué importante es tratarle para poder abrirnos a los misterios de Dios y vivir de ellos!

TEXTO PARA HACER UN RATO DE ORACIÓN

Cada mañana, al comenzar la jornada, podemos decir al Señor que queremos que el nuevo día sea también para él, le ofrecemos nuestra vida, nuestro corazón, nuestro trabajo... Esta oferta es posible porque cada cristiano tiene un alma sacerdotal.

Entre las preguntas del catecismo que en algunos lugares servía para preparar a los niños a la Primera Comunión, figuraba la siguiente: ¿para qué ha creado Dios a los hombres? La respuesta era sencilla y fácil de memorizar: «Dios ha creado a los hombres para que le amemos y obedezcamos en la tierra y seamos felices con Él en el cielo».


Ahí está dicho lo esencial de nuestro destino en la tierra. El Compendio del actual Catecismo de la Iglesia Católica explicita, sin embargo, un aspecto importante: «el hombre ha sido creado para conocer, servir y amar a Dios, para ofrecerle en este mundo toda la creación en acción de gracias, y para ser elevado a la vida con Dios en el cielo» (1).


Pertenece, en efecto, al sentido general de la creación del hombre, de su llamada a la existencia, el dirigir a Dios su actividad en el mundo y ofrecerle toda la creación en acción de gracias. En cierta manera, puesto que Dios lo ha asociado a su obra creadora, toda actividad humana debe tender a cooperar y reflejar la bondad y la belleza de la acción de Dios. «Creado el hombre a imagen de Dios, recibió el mandato de gobernar el mundo en justicia y santidad, sometiendo a sí la tierra y cuanto en ella se contiene, y de orientar a Dios la propia persona y el universo entero, reconociendo a Dios como creador de todo» (2).


Pero, tras el pecado original, esa tarea de colaboración en el diseño divino encontró un obstáculo insuperable: la falta de rectitud del corazón del hombre. Como narra la Biblia, más que cooperar con Dios en la construcción del cosmos, le estábamos comunicando nuestro propio desorden, estábamos construyendo un mundo egoísta. Entonces, por su gran misericordia, Dios nos envió a su Hijo para introducir de nuevo en la creación la rectitud de vida, la justicia del corazón, las palabras y acciones que le agradaran de verdad. Y a esa obra de Redención, prevista por Dios eternamente, fuimos asociados los cristianos. El sacrificio y la gracia de Cristo nos devolvieron a Dios e hicieron posible que nuestras obras pudieran colaborar en la salvación de las criaturas.


El espíritu del Opus Dei subraya esa llamada a cooperar con Cristo en la obra creadora y redentora. Propone además un camino específico: realizar con perfección lo cotidiano, el trabajo ordinario, la vida familiar, las relaciones sociales. Ofrecer a Dios lo de cada día, la vida corriente, hasta llegar a reconocer Su presencia en mil detalles pequeños.


Y esto exige una profunda disposición interior: el deseo sobrenatural de servir a Dios en lo que hacemos, de llevarle las personas que tratamos, de glorificarle y, para eso, de librarnos de las miserias que tienen su raíz en el pecado. Es como un poso en el alma que la acción del Espíritu Santo va dejando poco a poco, contando con nuestra correspondencia; un modo de ser que procede de Cristo y nos liga a su Sacerdocio.


El alma sacerdotal es propia de todos los cristianos, pues por el Bautismo hemos sido constituidos sacerdotes de nuestra propia existencia (...), para realizar cada una de nuestras acciones en espíritu de obediencia a la voluntad de Dios (3). Por eso, cada mañana, al comenzar la jornada, decimos al Señor que queremos que el nuevo día sea también para Él, le ofrecemos nuestra vida, nuestro corazón, nuestro trabajo, todo nuestro ser.


ASENTADA EN LA GRACIA


Podemos agradar a Dios y hacer que nuestras obras reflejen la caridad y la bondad divinas no en virtud de nuestros méritos, sino por la gracia de Cristo que nos hace justos por dentro. Porque, como dice San Pablo, el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo que se nos ha dado (4).


Por eso, el alma sacerdotal nace desde arriba (5), desde nuestra condición de hijos de Dios: despliega en el cristiano la vida de Cristo, sacerdote eterno. Actuar con alma sacerdotal requerirá vencerse frecuentemente, y sobrepasar los límites de dedicación y esfuerzo que parecen razonables; exigirá ignorar o resolver dificultades originadas por el propio carácter o por las circunstancias, porque vemos que algo conviene para la gloria de Dios o el bien de nuestro prójimo; requerirá sacar el tiempo necesario para obrar el bien, o superar el miedo de no ser capaz de realizarlo.


En estas cosas hemos de ejercitarnos cotidianamente, buscando obtener pequeños logros, ampliando la generosidad en algún detalle, evitando desánimos al comprobar que no pudimos o no quisimos; es así como podemos cimentar nuestra vida interior cada vez más profundamente. Nuestra generosidad y correspondencia nunca nos parecerán suficientes si miramos hacia adelante, hacia esa meta que está siempre más allá: si nos miramos en el espejo de la vida de Jesús.


El alma sacerdotal de Cristo queda bien reflejada en la breve afirmación sobre el sentido de su venida: el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida en redención de muchos (6). Es como si en esas palabras Jesús hubiera querido manifestar la propia disponibilidad a rebasar todo límite con el fin de librar a muchos del pecado y de darles la vida, para que el Padre sea glorificado con la salvación de esas personas.


En esta tierra, fuera de Jesús, sólo de la Virgen tenemos la certeza de que fue capaz de no decir nunca basta, guiada por su deseo de ser en toda circunstancia la sierva del Señor. Ella acompañó a Jesús crucificado más que ninguna otra persona, y el Señor la asoció a su Sacerdocio de un modo especialísimo y superior al de los demás hombres.


Santa María pudo ejercitar el alma sacerdotal con esa perfección por su particular plenitud de gracia del Espíritu Santo. No podemos, por eso, contemplar su ejemplo simplemente con ojos humanos: se inundaría nuestra imaginación con la dificultad que tanta renuncia y sacrificio suponen; juzgaríamos que ese camino es imposible para nosotros, y nos conformaríamos con buscar, consciente o inconscientemente, sendas más cómodas.


La liturgia de la Iglesia dice del Espíritu Santo -que se nos ha dado- que es «Padre de los pobres, Dador de los dones, Luz de los corazones» (7). Si somos fieles y confiamos en Él, obtendremos también todos sus dones: «el premio de la virtud, la realidad de la salvación, el gozo perenne» (8). Y de esa manera, nos llenarán de alegría todas las ocasiones de ejercitar el alma sacerdotal. Precisamente cuando cueste, sentiremos inexplicablemente una alegría mayor, que procede de dentro, de esa fuente de agua que salta hasta la vida eterna (9).


Communicatio Christi


Tened entre vosotros, dice San Pablo, los mismos sentimientos que tuvo Cristo Jesús (10). El Evangelio nos deja ver con frecuencia muchos de los deseos y modos de pensar del Señor. Se nota que el primer lugar de su alma es siempre para Dios Padre: le consume el deseo de hacer lo que el Padre le pide, le devora el celo por la Casa de Dios… Un celo que se manifestó, ya siendo adolescente, cuando sintió en el Templo la imperiosa necesidad de ocuparse de las cosas de su Padre. Años más tarde, declararía que esa Voluntad era la sustancia de la que vivía, su alimento, y que sentía verdaderas ansias de ver cumplido el plan divino (11).


Empujado por este afán, Jesús Señor Nuestro deseaba profundamente la conversión de los hombres, que se abrieran al amor de Dios, a la caridad los unos con los otros. Podía descubrir en los corazones esa sed de felicidad, aherrojada muchas veces por las cadenas del pecado: Zaqueo, la samaritana, la adúltera, son testigos elocuentes.


Las necesidades humanas, la indigencia y el dolor movían profundamente su Corazón amabilísimo. La resurrección de su amigo Lázaro, de la hija de Jairo –uno de los jefes de la sinagoga–, del hijo de la viuda de Naín; la miseria de aquellos leprosos, del ciego de nacimiento, de la hemorroisa enferma y arruinada.


Apreciaba Cristo la pureza del corazón de los niños, la humildad de la cananea, la nobleza de sus discípulos. Sentía profundamente la amistad de los suyos, la alegría de verlos crecer en la fe y de compartir sus afanes. Vosotros sois, les decía, los que habéis permanecido junto a mí en mis tribulaciones… (12). Le dolería hondamente la traición de Judas, la apostasía de los que le abandonarían, la cerrazón de sus enemigos. Lloró Jesús ante el duro destino que aguardaba a Jerusalén.


Nos hemos asomado al alma de Cristo porque en ella encontramos las principales manifestaciones del alma sacerdotal que todo cristiano ha de poseer, participación de aquella voluntad de Redención que llevó a Jesús a morir por nosotros en la Cruz. El alma sacerdotal lleva a cumplir en todo momento la Voluntad divina, ofreciéndose a Dios Padre, en unión con Cristo, gracias a la acción del Espíritu Santo; es tener sentimientos que dispensa en nuestro corazón el Espíritu Santo, que es, como decía San Ireneo, communicatio Christi, comunicación de Jesús y por eso transmisión de su intimidad, de sus pensamientos y afanes, que se hacen cada vez más nuestros. «En la Iglesia se ha asentado el Espíritu Santo, es decir, la comunicación de Cristo» (13).


En la oración, fomentamos nuestros deseos de que así sea. Con frecuencia, nos ayudará a esto la lectura del Evangelio, poniendo empeño por situarnos en aquellas escenas y fijarnos en Jesús, en lo que Él nos quiere comunicar, en lo que lleva en su corazón. Y eso, aunque tal vez tengamos que comenzar diciéndole que estamos faltos de ideas o fríos, o insensibles…, o rogándole que nos conceda al menos aquellos deseos de tener deseos de santidad, que San Josemaría incitaba a pedir. Si lo hacemos con humildad, seguros de que estamos solicitando lo mejor, el Señor tendrá compasión de nuestra pobreza, premiará nuestra fe y obrará en nosotros el milagro: su poder divino, que transformó la vida de los personajes que desfilan por el Evangelio, imprimirá en nuestra alma sus mismos sentimientos redentores.


Y así, mirando el mundo, las personas, la vida nuestra con esos ojos que nos presta Cristo, le pediremos humildemente que nos ayude a acertar, a hacer lo que a Él le agrada, a servirle en las tareas que nos ocupan, a llevarle las personas que nos rodean sin miedo a gastarnos.


En los momentos de oración –y siempre en nuestra vida– volvemos nuestros ojos a María, Madre nuestra, y le pedimos que crezcan impetuosos en el corazón de todos los cristianos estas ambiciones santas, que nos dejemos transformar por el Alma de Cristo para llegar así a ser verdaderamente conformes a la imagen de su Hijo, a fin de que él sea primogénito entre muchos hermanos (14).


3 de mayo de 2021

FELIPE Y SANTIAGO APOSTOLES

 


— La llamada de estos Apóstoles.

— Jesús estuvo siempre cerca de sus discípulos, y  a nosotros.

— Difundir el mismo mensaje que predicaron los Apóstoles. 


I. Entre aquellos galileos que tuvieron la inmensa dicha de ser elegidos por Jesús para formar parte de sus más íntimos se encuentran Felipe, hijo de Alfeo, y Santiago el Menor.


Santiago nació en Caná de Galilea, cerca de Nazareth, y era pariente del Señor. No nos narra el Evangelio el momento en que Jesús le llamó. La Sagrada Escritura pone de relieve que Santiago ocupaba un puesto preeminente en la Iglesia de Jerusalén1.


Santiago tuvo el privilegio de que el Señor se le apareciera a él personalmente, como leemos en la Primera lectura de la Misa2.


Felipe era natural de Betsaida, la patria de Pedro y de Andrés3; se trataba de una pequeña ciudad próxima al lago de Genesaret. Muy probablemente Felipe era ya amigo de estos dos hermanos. Un día, en la ribera del Jordán, Felipe encontró a Jesús que, en compañía de sus primeros discípulos, se encaminaba hacia Galilea. El Maestro le dijo: Sígueme4. Era el término que Jesús utilizaba para llamar a sus discípulos, de modo parecido al que los rabinos empleaban con sus seguidores. Felipe le siguió enseguida. Y pronto dio a conocer a Cristo, que acaba de convertirse en el centro de su vida, a sus amigos. Encontró Felipe a Natanael y le dijo: Hemos encontrado a aquel de quien escribieron Moisés en la Ley y los Profetas: Jesús de Nazareth, el hijo de José5. Y ante las dudas que manifiesta Natanael, Felipe le da el mayor argumento: Ven y verás. Y fue hasta Cristo y se quedó con Él para siempre.


Jesús nunca defrauda. El apostolado consistirá siempre en poner delante del Señor a nuestros parientes, amigos y conocidos, despejar el camino, quitar los obstáculos para que vean a Jesús, que nos llamó a nosotros y que sabe penetrar en el alma de quienes se le acercan, como ocurrió con Natanael, quien llegaría a ser también uno de los Doce, a pesar de la aparente incredulidad primera y de la falta de disposiciones para aceptar el mensaje de su amigo: ¿Acaso de Nazareth puede salir algo bueno?, había contestado ante la invitación de Felipe. Cuántas veces hemos dicho también nosotros a los que hemos querido acercar a Dios: ¡Ven y verás! Y ninguno que se acercó a Jesús quedó defraudado.


Hoy, Felipe y Santiago son nuestros intercesores ante Jesús. Les encomendamos especialmente el apostolado que estamos llevando a cabo con nuestros amigos y parientes.


II. En el Evangelio de la Misa6 leemos cómo Jesús enseña a sus discípulos, durante la Última Cena, que en el Cielo tienen un lugar preparado para ellos, para que estén por toda la eternidad con Él y que ya conocen el camino... La conversación se prolonga con preguntas de los discípulos y respuestas del Maestro. Es entonces cuando interviene Felipe, con una petición que a todos podría parecer insólita: Señor, muéstranos al Padre y esto nos basta. Y Jesús, con un reproche cariñoso, le contesta: Felipe, ¿tanto tiempo como llevo con vosotros y no me has conocido? El que me ha visto a Mí ha visto al Padre; ¿cómo dices tú: Muéstranos al Padre? ¡Cuántas veces, quizá, tendría que hacernos Jesús el mismo reproche que a Felipe! ¡Tantas veces como he estado junto a ti y no te has dado cuenta! Y nos podría enumerar el Señor una ocasión y otra, circunstancias difíciles en las que quizá nos encontramos solos y no estuvimos serenos porque nos faltó el sentido de nuestra filiación divina, la cercanía de Dios. ¡Cuánto bien nos hace hoy la respuesta de Jesús a este Apóstol!, porque en él estamos representados también nosotros.


Jesús revela al Padre; la Humanidad Santísima de Cristo es el camino para conocer y tratar a Dios Padre, a Dios Hijo y a Dios Espíritu Santo. Es la contemplación de Jesús el camino ordinario para llegar a la Trinidad Beatísima. En Cristo tenemos la suprema revelación de Dios a los hombres. «Él, con su presencia y manifestación, con sus palabras y obras, signos y milagros, sobre todo con su Muerte y gloriosa Resurrección, con el envío del Espíritu de la verdad, lleva a plenitud toda la Revelación y la confirma con testimonio divino, a saber, que Dios está con nosotros para librarnos de las tinieblas del pecado y la muerte, y para hacernos resucitar a una vida eterna»7. Él llena por completo nuestra vida. «Él es suficiente para ti –afirma San Agustín–; fuera de Él, ninguna cosa lo es. Bien lo sabía Felipe cuando le decía: Señor, muéstranos al Padre y nos basta»8. ¿Vivimos nosotros con esta convicción?


III. Leemos en la Primera lectura de la Misa de estos dos Apóstoles las palabras de San Pablo a los primeros cristianos de Corinto: Porque lo primero que yo os transmití, tal como lo había recibido, fue esto: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas...9. Pablo recibió de los Apóstoles un mensaje divino que a su vez él transmite. Fue herencia también de Felipe y de Santiago, que dieron su vida en testimonio de esta verdad. Ellos, como el Apóstol de las gentes, saben bien cuál debe ser el núcleo de su predicación: Jesucristo, Camino hacia el Padre. Es la Buena Nueva que se transmite de generación en generación: el día al día le pasa el mensaje, la noche a la noche se lo susurra10, leemos en el Salmo responsorial. Nosotros no tenemos cosas nuevas que dar a conocer. Es la misma Buena Nueva: que Cristo murió por nuestros pecados..., que resucitó...; que vive a nuestro lado..., que nos ama como nunca nadie será capaz de hacerlo..., que nos ha destinado a una eternidad felicísima junto a Él..., a quien veremos cara a cara.


Este es nuestro apostolado: proclamar a todos los vientos y de todas las formas posibles la misma doctrina que predicaban los Apóstoles: que Cristo vive y que solo Él puede calmar las ansias de la inteligencia y del corazón humano, que solo junto a Cristo se puede ser feliz, que Él revela al Padre... Los Apóstoles, como nosotros, encontraron dificultades y obstáculos en la extensión del reino de Cristo; y si hubieran esperado ocasiones oportunas, no nos habría llegado probablemente ese mensaje que da sentido a nuestra existencia. Es posible que ante la falta de medios y ante la resistencia de la gentes, los Apóstoles, y especialmente Felipe, recordaran aquel día en que se encontraron con el gran compromiso de dar de comer a una multitud, sin tener alimentos ni modo de adquirirlos11. Jesús vio a aquella gran muchedumbre que venía hacia Él y dijo a Felipe: ¿Dónde compraremos pan para que coman estos? Y Felipe hizo cálculos y contestó al Maestro: Doscientos denarios de pan no bastan para que cada uno coma un poco. Ha hecho las cuentas, y los medios que poseen están muy lejos de cubrir las necesidades.


Jesús se siente conmovido y se llena de misericordia una vez más ante aquella multitud tan necesitada de comprensión y de alivio. Pero, además, quiere que sus discípulos no olviden que Él siempre estará a su lado. Yo estaré con vosotros siempre12, les dirá al final de su vida aquí en la tierra. Felipe, ¿tanto tiempo hace que estoy con vosotros y no me habéis conocido? Dios es el sumando indispensable con el que hemos de contar para que salgan las cuentas. En nuestro apostolado personal con amigos, parientes, conocidos, clientes..., hemos de contar con los doscientos denarios, los medios humanos, siempre insuficientes, y no debemos olvidar que Jesús está siempre presente con su poder y su misericordia. Ahora también está a nuestro lado. Cuanto mayores sean la necesidad en el apostolado y las dificultades personales, mayor ayuda nos prestará Jesús. No dejemos de acudir a Él.


La Virgen, nuestra Madre, por su poderosa intercesión ante Dios, nos facilita siempre el camino.


6 de abril de 2021

JESUCRISTO VIVE PARA SIEMPRE

 

—Jesús en nuestra vida.

— Presencia de Cristo entre nosotros.

— Buscar a Cristo y tratarle. 

I. María de Magdala ha vuelto al sepulcro. Conmueven el cariño y la devoción de esta mujer por Jesús aun después de muerto. Ella había sido fiel en los momentos durísimos del Calvario, y el amor de la que estuvo poseída por siete demonios1 sigue siendo muy grande. La gracia había arraigado y fructificado en su corazón después de haber sido librada de tantos males.


María se queda fuera del sepulcro llorando. Unos ángeles, que ella no reconoce como tales, le preguntan por qué llora. Se han llevado a mi Señor, les dice, y no sé dónde lo han puesto2. Es lo único que le importa en el mundo. A nosotros también es lo único que nos interesa por encima de cualquier otra cosa.


Dicho esto –nos sigue narrando el Evangelio de la Misa–, se volvió hacia atrás y vio a Jesús de pie, pero no sabía que era Jesús. María no ha dejado de llorar la ausencia del Señor. Y sus lágrimas no le dejan verlo cuando lo tiene tan cerca. Le dijo Jesús: Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas? Vemos a Cristo resucitado sonriente, amable y acogedor. Ella, pensando que era el hortelano, le dijo: Señor, si te lo has llevado tú, dime dónde lo has puesto y yo lo recogeré.


Bastó una sola palabra de Cristo para que sus ojos y su corazón se aclarasen. Jesús le dijo: ¡María! La palabra tiene esa inflexión única que Jesús da a cada nombre –también al nuestro– y que lleva aparejada una vocación, una amistad muy singular. Jesús nos llama por nuestros nombres, y su entonación es inconfundible.


La voz de Jesús no ha cambiado. Cristo resucitado conserva los rasgos humanos de Jesús pasible: la cadencia de su voz, el modo de partir el pan, los agujeros de los clavos en las manos y en los pies.


María se volvió, vio a Jesús, se arrojó a sus pies, y exclamó en arameo: ¡Rabbuni!, que quiere decir Maestro. Sus lágrimas, ahora incontenibles como río desbordado, son de alegría y de felicidad. San Juan ha querido dejarnos la palabra hebraica original –Rabbuni– con que tantas veces le llamaron. Es una palabra familiar, intocable. No es Jesús un «maestro», entre tantos, sino el Maestro, el único capaz de enseñar el sentido de la vida, el único que tiene palabras de vida eterna.


María fue a los Apóstoles a cumplir el encargo que le dio Jesús, y les dijo: ¡He visto al Señor! En sus palabras se transparenta una inmensa alegría. ¡Qué distinta su vida ahora que sabe que Cristo ha resucitado, de cuando solo buscaba honrar el Cuerpo muerto de Jesús!


¡Qué distinta también nuestra existencia cuando procuramos comportarnos según esta consoladora realidad: Jesucristo sigue entre nosotros! El mismo a quien aquella mañana María de Magdala confundió con el hortelano del lugar. «Cristo vive: Cristo no es una figura que pasó, que existió en un tiempo y que se fue, dejándonos un recuerdo y un ejemplo maravillosos (...).


»Su Resurrección nos revela que Dios no abandona a los suyos. ¿Puede la mujer olvidarse del fruto de su vientre, no compadecerse del hijo de sus entrañas? Pues aunque ella se olvidare, yo no me olvidaré de ti (Is 49, 14-15), había prometido. Y ha cumplido su promesa. Dios sigue teniendo sus delicias entre los hijos de los hombres (Cfr. Prov 8, 31)»3.


Jesús nos llama muchas veces por nuestro nombre, con su acento inconfundible. Está muy cerca de cada uno. Que las circunstancias externas –quizá las lágrimas, como a María Magdalena, por el dolor, el fracaso, la decepción, las penas, el desconsuelo– no nos impidan ver a Jesús que nos llama. Que sepamos purificar todo aquello que pueda hacer turbia nuestra mirada.


II. Cristo Jesús, la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, que se hizo hombre en el seno virginal de María, está en el Cielo con aquel mismo Cuerpo que asumió en la Encarnación, que murió en la Cruz y resucitó al tercer día. También nosotros, como María Magdalena, contemplaremos un día la Humanidad Santísima del Señor, y mientras tanto hemos de fomentar el deseo de verle: Oigo en mi corazón: «Buscad mi rostro». Tu rostro buscaré, Señor4. En el Cielo veremos a Jesús como es, sin imágenes oscuras; será el encuentro con quien nos conoce y a quien conocemos porque ya le hemos tratado en muchas ocasiones.


Además de estar en el Cielo, Cristo está realmente presente en la Sagrada Eucaristía. «La única e indivisible existencia de Cristo, el Señor glorioso en los cielos, no se multiplica, pero por el Sacramento se hace presente en varios lugares del orbe de la tierra, donde se realiza el sacrificio eucarístico. La misma existencia, después de celebrado el sacrificio, permanece presente en el Santísimo Sacramento, el cual, en el tabernáculo del altar, es como el corazón vivo de nuestros templos. Por lo cual estamos obligados, por obligación ciertamente suavísima, a honrar y a adorar en la Hostia Santa que nuestros ojos ven, al mismo Verbo encarnado que ellos no pueden ver, y que, sin embargo, se ha hecho presente delante de nosotros sin haber dejado los cielos»5. «La presencia de Jesús vivo en la Hostia Santa es la garantía, la raíz y la consumación de su presencia en el mundo»6.


Cristo vive, y está también presente con su virtud en los sacramentos; está en su Palabra, cuando en la Iglesia se lee la Sagrada Escritura; está presente cuando la Iglesia ora y se reúne en su nombre7. Vive en el cristiano de una manera íntima, profunda e inefable. Cumplió la promesa que hizo a los Apóstoles cuando se despedía de ellos en la Última Cena: Si alguno me ama, guardará mi palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él y en él haremos morada8. Dios habita en nuestra alma en gracia y ahí debemos buscarle, ahí debemos escucharle, pues nos habla, y le entenderemos, si tenemos el oído atento y el corazón limpio. A esa presencia se refiere San Pablo cuando afirma que cada uno de nosotros es templo del Espíritu Santo9.


San Agustín, al considerar la cercanía inefable de Dios en el alma, exclamaba: «¡Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé!; he aquí que tú estabas dentro de mí y yo fuera, y por fuera te buscaba (...). Tú estabas conmigo, mas yo no estaba contigo. Me tenían lejos de Ti las cosas que, si no estuviesen en Ti, no serían. Tú me llamaste claramente y rompiste mi sordera; brillaste, resplandeciste y curaste mi ceguedad»10.


En el alma en gracia, el Señor está más cerca que cualquier persona que esté a nuestro lado, más cerca que el hijo o el hermano que tenéis en vuestros brazos o lleváis de la mano; está más presente que el propio corazón. No dejemos de tratarle.


III. Cristo vive, y de diversos modos está entre nosotros y aun dentro de nosotros. Por eso debemos salir a su encuentro, esforzarnos por tener más conciencia de esa presencia inefable para que, teniéndole más presente, le tratemos más, y su amor crezca en nosotros. «Hay que tratar a Cristo, en la Palabra y en el Pan, en la Eucaristía y en la Oración. Y tratarlo como se trata a un amigo, a un ser real y vivo como Cristo lo es, porque ha resucitado. Cristo, leemos en la epístola a los Hebreos, como siempre permanece, posee eternamente el sacerdocio. De aquí que puede perpetuamente salvar a los que por medio suyo se presentan a Dios, puesto que está siempre vivo para interceder por nosotros (Heb 7, 24-25).


»Cristo, Cristo resucitado, es el compañero, el Amigo. Un compañero que se deja ver solo entre sombras, pero cuya realidad llena toda nuestra vida, y que nos hace desear su compañía definitiva»11. Si contemplamos a Cristo resucitado, si nos esforzamos en mirarlo con mirada limpia, comprenderemos hondamente que también ahora es posible seguirle de cerca, vivir junto a Él nuestra vida, que entonces se engrandece y adquiere un sentido nuevo.


Con el tiempo, entre Jesús y nosotros se irá estableciendo una relación personal –una fe amorosa– que puede ser hoy, al cabo de veinte siglos, tan auténtica y cierta como la de aquellos que le contemplaron resucitado y glorioso con las señales de la Pasión en su Cuerpo. Notaremos que, cada vez con más naturalidad, vamos refiriendo al Señor todas las cosas de nuestra existencia, y que no podríamos vivir sin Él. Encontrar al Señor nos supondrá en ocasiones una paciente y laboriosa búsqueda, comenzar y recomenzar cada día, quizá con la impresión de que estamos en la vida interior como al principio. Sin embargo, si luchamos, siempre estaremos más cerca de Jesús. Pero es preciso no dejar jamás que penetre el desaliento en nuestra alma por posibles retrocesos, muchas veces aparentes.


El ejemplo de María Magdalena, que persevera en la fidelidad al Señor en momentos difíciles, nos enseña que quien busca con sinceridad y constancia a Jesucristo acaba encontrándolo. En cualquier circunstancia de nuestra vida le hallaremos mucho más fácilmente si iniciamos nuestra búsqueda de la mano de la Virgen, nuestra Madre, a quien le decimos en la Salve: muéstranos a Jesús, fruto bendito de tu vientre.


20 de marzo de 2021

DAR A CONOCER LA DOCTRINA DE JESUCRISTO

 

— La enseñanza de Jesús. 

— Imitar al Señor. Ejemplaridad. 

—Contar con las situaciones difíciles.


I. Este verdaderamente es el profeta que había de venir... Jamás ha hablado nadie así1. El Señor habla con gran sencillez de las cosas más profundas, y lo hace de modo atrayente y sugestivo. Sus palabras eran comprendidas tanto por un doctor de la ley como por los pescadores de Galilea.


La palabra de Jesús es grata y oportuna. Insistía con frecuencia en la misma doctrina, pero buscaba las comparaciones más adecuadas a quienes le oían: el grano de trigo que debe morir para dar fruto, la alegría de encontrar unas monedas perdidas, el hallazgo de un tesoro escondido... Y con imágenes y parábolas ha mostrado de modo insuperable la soberanía de Dios Creador y, a la vez, su condición de Padre, que trata amorosamente a cada uno de sus hijos. Nadie como Él ha proclamado la verdad fundamental del hombre, su libertad y su dignidad sobrenatural, por la gracia de la filiación divina.


Las multitudes le buscaban para oírle, y muchas veces era necesario despedirlas para que se marcharan. Cristo tiene palabras de vida eterna2, y nos ha dejado el encargo de transmitirlas a todas las generaciones hasta el fin de los tiempos.


También hoy las gentes están sedientas de las palabras de Jesús, las únicas que pueden dar paz a las almas, las únicas que enseñan el camino del Cielo. Y todos los cristianos participamos de esta misión de dar a conocer a Cristo. «Todos los fieles, desde el Papa al último bautizado, participan de la misma vocación, de la misma fe, del mismo Espíritu, de la misma gracia... Todos participan activa y corresponsablemente –dentro de la necesaria pluralidad de ministerios– en la única misión de Cristo y de la Iglesia»3.


Es mucha la urgencia de dar a conocer la doctrina de Cristo, porque la ignorancia es un poderoso enemigo de Dios en el mundo y es «causa y como raíz de todos los males que envenenan a los pueblos»4. Esta urgencia es aún mayor en los países de Occidente, como ha señalado repetidas veces el Papa Juan Pablo II: «Nos encontramos en una Europa en la que se hace cada vez más fuerte la tentación del ateísmo y del escepticismo; en la que arraiga una penosa incertidumbre moral, con la disgregración de la familia y la degeneración de las costumbres; en la que domina un peligroso conflicto de ideas y movimientos»5.


Cada cristiano debe ser testimonio de buena doctrina, testigo –no solo con el ejemplo: también con la palabra– del mensaje evangélico. Y debemos aprovechar cualquier oportunidad que se nos presente –sabiendo también provocar, con prudencia, esas ocasiones– con nuestros familiares, amigos, compañeros de profesión, vecinos; con aquellas personas que tratamos, aunque sea por poco tiempo, con ocasión de un viaje, de un congreso, de unas compras, de unas ventas...


Para quien desea recorrer el camino hacia la santidad, su vida no puede ser como una gran avenida de ocasiones perdidas, pues quiere el Señor que nuestras palabras se hagan eco de sus enseñanzas para mover los corazones. «Es cierto que Dios respeta la libertad humana, y que puede haber personas que no quieran volver sus ojos a la luz del Señor. Pero mucho más fuerte, y abundante, y generosa, es la gracia que Jesucristo quiere derramar sobre la tierra, sirviéndose –ahora como antes y como siempre– de la colaboración de los apóstoles que Él mismo ha elegido para que lleven su luz por todas partes»6.


II. Al poner por obra esta reevangelización, este apostolado de la doctrina, tendremos que insistir con frecuencia en las mismas ideas, y nos esforzaremos en presentar las enseñanzas del Señor en forma atrayente (¡nada hay más atrayente!). El Señor espera a las multitudes que también hoy andan como ovejas sin pastor7, sin guías y sin dirección, confundidas entre tantas ideologías caducas. Ningún cristiano debe quedar pasivo –inhibirse– en esta tarea, la única verdaderamente importante en el mundo. No caben las excusas: no valgo, no sirvo, no tengo tiempo... La vocación cristiana es vocación al apostolado, y Dios da la gracia para poder corresponder.


¿Somos verdaderamente un foco de luz, en medio de tanta oscuridad, o estamos aún atenazados por la pereza o los respetos humanos? Nos ayudará a ser más apostólicos y vencer los obstáculos el considerar en la presencia del Señor que las personas que se han cruzado en el camino de nuestra vida tenían derecho a que les ayudásemos a conocer mejor a Jesús. ¿Hemos cumplido con ese deber de cristianos? Ojalá no puedan reprocharnos –en esta vida o en la otra– que los hayamos privado de esa ayuda: hominem non habeo8, no he tenido quien me diera un poco de luz entre tanta oscuridad.


La palabra de Dios es viva y eficaz, penetrante como espada de dos filos9, llega hasta lo más hondo del alma, a la fuente de la vida y de las costumbres de los hombres.


Cierto día –narra el Evangelio de la Misa de hoy– los judíos enviaron a los guardias del Templo para prender a Jesús. Cuando regresaron, y ante la pregunta de sus jefes: ¿Cómo no lo habéis traído?, los guardias respondieron: Jamás nadie ha hablado así10. Es de suponer que aquellos sencillos servidores estuvieron un rato entre la gente, esperando el momento oportuno para prender al Señor, pero se quedaron maravillados de la doctrina de Jesús. ¡Cuántos cambiarían la actitud si nosotros lográramos dar a conocer la figura de Cristo, la verdadera imagen que profesa nuestra Madre la Iglesia! ¡Qué ignorancia tan grande, después de veinte siglos, la de nuestro mundo e incluso la de muchos cristianos!


San Lucas dice de Nuestro Señor que comenzó a hacer y a enseñar11. El Concilio Vaticano II enseña que la Revelación se llevó a cabo gestis verbisque, con obras y palabras intrínsecamente ligadas12. Las obras de Jesús son obras de Dios hechas en nombre propio. Y la gente sencilla hacía comentarios: Hemos visto cosas increíbles13.


Los cristianos debemos mostrar, con la ayuda de la gracia, lo que significa seguir de verdad a Jesús. «Quien tiene la misión de decir cosas grandes (y todos los cristianos tenemos esa dulce obligación de hablar de seguir a Cristo), está igualmente obligado a practicarlas», decía San Gregorio Magno14. Nuestros amigos, parientes, colegas de trabajo y conocidos nos han de ver leales, sinceros, alegres, optimistas, buenos profesionales, recios, afables, valientes... A la vez que con sencillez y naturalidad mostramos nuestra fe en Cristo. «Se necesitan –dice Juan Pablo II– heraldos del Evangelio expertos en humanidad, que conozcan a fondo el corazón del hombre de hoy, participen de sus gozos y esperanzas, de sus angustias y tristezas, y al mismo tiempo sean contemplativos, enamorados de Dios. Para esto se necesitan nuevos santos. Los grandes evagelizadores de Europa han sido los santos. Debemos suplicar al Señor que aumente el espíritu de santidad en la Iglesia y nos mande nuevos santos para evangelizar el mundo de hoy»15.


III. «Algunos no saben nada de Dios..., porque no les han hablado en términos comprensibles»16. De muchas maneras podemos dar a conocer amablemente la figura y las enseñanzas de Jesús y de su Iglesia: con una conversación en la familia, participando en una catequesis, manteniendo con claridad, caridad y firmeza el dogma cristiano en una conversación, alabando un buen libro o un buen artículo... En ocasiones, con el silencio que los demás valoran, o escribiendo una carta sencilla dando las gracias a los medios de comunicación social por un trabajo acertado... Siempre hace bien a alguien, quizá de un modo que nunca pudimos sospechar. En cualquier caso, cada uno debemos preguntarnos en este rato de oración: «¿cómo puedo ser más eficaz, mejor instrumento?, ¿qué rémoras estoy poniendo a la gracia?, ¿a qué ambientes, a qué personas podría llegar, si fuera menos cómodo –¡más enamorado de Dios!– y tuviera más espíritu de sacrificio?»17.


Hemos de tener en cuenta que muchas veces tendremos que ir contra corriente, como han ido tantos buenos cristianos a lo largo de los siglos. Con la ayuda del Señor, seremos fuertes para no dejarnos arrastrar por errores en boga o costumbres permisivas y libertinas, que contradicen la ley moral natural y la cristiana. Y también entonces hablaremos de Dios a nuestros hermanos los hombres, sin perder una sola oportunidad: «Veo todas las incidencias de la vida –las de cada existencia individual y, de alguna manera, las de las grandes encrucijadas de la historia– como otras tantas llamadas que Dios dirige a los hombres, para que se enfrenten con la verdad; y como ocasiones, que se nos ofrecen a los cristianos, para anunciar con nuestras obras y con nuestras palabras ayudados por la gracia, el Espíritu al que pertenecemos (Cfr. Lc 9, 55).


»Cada generación de cristianos ha de redimir, ha de santificar su propio tiempo: para eso, necesita comprender y compartir las ansias de los otros hombres, sus iguales, a fin de darles a conocer, con don de lenguas, cómo deben corresponder a la acción del Espíritu Santo, a la efusión permanente de las riquezas del Corazón divino. A nosotros, los cristianos, nos corresponde anunciar en estos días, a ese mundo del que somos y en el que vivimos, el mensaje antiguo y nuevo del Evangelio»18.


Siempre, y de modo especial en las situaciones más difíciles, el Espíritu Santo nos iluminará, y sabremos qué decir y cómo nos hemos de comportar19.

16 de febrero de 2021

TAREA SALVADORA DE LA IGLESIA

 

— La Iglesia, lugar de salvación instituido por Jesucristo.

— La oración por la Iglesia.

— Por el Bautismo somos constituidos instrumentos de salvación.


I. Narra el Génesis que al ver el Señor cómo crecía la maldad del hombre y que su modo de pensar era siempre perverso, se arrepintió de haberlo creado, y consideraba borrarlo de la superficie de la tierra1. Pero, una vez más, la paciencia de Dios se puso de manifiesto y decidió salvar al género humano en la figura de Noé. El Señor dijo a Noé: Entra en el arca con toda tu familia, pues tú eres el único justo que he encontrado en tu generación. Después vino el diluvio, con el que Dios castigó a los demás, a causa de su mala conducta.


Los Padres de la Iglesia vieron en Noé la figura de Jesucristo, que será el principio de una creación nueva. En el arca vislumbraron la imagen de la Iglesia, que flota sobre las aguas de este mundo y acoge dentro de ella a cuantos quieren salvarse2. San Agustín nos dice: «En el símbolo del diluvio, en el que los justos fueron salvados en el arca, está profetizada la futura Iglesia, que salva de la muerte en este mundo por medio de Cristo y del misterio de la Cruz»3. El arca de Noé fue el lugar de salvación. Y San Agustín continúa diciendo que «quienes fueron salvados en el arca representan el misterio de la futura Iglesia, que se salva del naufragio por la madera de la Cruz»4. El grupo de justos salvados del diluvio en el arca es un presagio de la futura comunidad de Cristo5.


El mismo Señor, antes de su Ascensión a los Cielos, entregó a sus Apóstoles sus propios poderes en orden a la salvación del mundo6. El Maestro les habló con la majestad propia de Dios: Se me ha dado todo poder en el Cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos míos a todos los pueblos...; y la Iglesia comenzó enseguida, con autoridad divina, a ejercer su poder salvador.


Imitando la vida de Cristo, que pasó haciendo el bien7, confortando, sanando, enseñando, la Iglesia procura hacer el bien allí donde está. Es abundante, a lo largo de la historia, la iniciativa de los cristianos y de variadísimas instituciones de la Iglesia por remediar los males de los hombres, por prestar una ayuda humana a los necesitados, enfermos, refugiados, etc. Esa ayuda humana es y será siempre grande, pero, al mismo tiempo, es algo muy secundario; por la misión recibida de Cristo, Ella aspira a mucho más: a dar a los hombres la doctrina de Cristo y llevarlos a la salvación. «Y a todos –a aquellos de cualquier forma menesterosos, y a los que piensan gozar de la plenitud de los bienes de la tierra– la Iglesia viene a confirmar una sola cosa esencial, definitiva: que nuestro destino es eterno y sobrenatural, que solo en Jesucristo nos salvamos para siempre, y que solo en Él alcanzaremos ya de algún modo en esta vida la paz y la felicidad verdaderas»8.


II. Diariamente ha de ocupar un lugar de primer orden en nuestras oraciones la persona del Romano Pontífice, su tarea en servicio de la Iglesia universal, la ayuda que le prestan sus colaboradores más inmediatos: Dominus conservet eum, et vivificet eum, et beatum faciat eum in terra, et non tradat eum in animam inimicorum eius9, nos enseña a pedir la liturgia. Es abrumador el peso que, con solicitud paterna, ha de llevar sobre sí el Vicario de Cristo: si consideramos en la presencia de Dios, si advertimos –no es difícil, al conocer comentarios de la prensa laicista, de otros medios de comunicación, etc.– la resistencia con que le combaten los enemigos de la fe; si conocemos la presión de los que abominan del afán apostólico de los cristianos y se oponen a la tarea evangelizadora que impulsa constantemente el Papa, pediremos fervientemente al Señor que conserve al Romano Pontífice, que lo vivifique con su aliento divino, que lo haga santo y lo llene de sus dones, que lo proteja de modo especialísimo.


En el Evangelio de la Misa de hoy10 el Señor advierte a sus discípulos que estén alerta y se guarden de una levadura: la de los fariseos y de Herodes. No se refiere aquí a la levadura buena que han de ser sus discípulos, sino a otra, capaz también de transformar la masa desde dentro, pero para mal. La hipocresía farisaica y la vida desordenada de Herodes, que solo se movía por ambiciones personales, eran un mal fermento que contagiaba a la masa de Israel, corrompiéndola.


Tenemos el gratísimo deber de pedir cada día que todos los fieles cristianos seamos verdadera levadura en medio de un mundo alejado de Dios, que la Iglesia puede salvar. «Estos tiempos son tiempos de prueba y hemos de pedir al Señor, con un clamor que no cese (Cfr. Is 58, 1), que los acorte, que mire con misericordia a su Iglesia y conceda nuevamente la luz sobrenatural a las almas de los pastores y a las de todos los fieles»11. No podemos dejar a un lado este deber filial con nuestra Madre la Iglesia, misteriosamente necesitada de protección y de ayuda: «Ella es Madre... una madre debe ser amada»12.


Es grande el daño que produce en las almas la mala levadura de la doctrina adulterada y de desdichados ejemplos, aumentados y aireados por gentes sectarias. Cuando nos encontremos ante la doctrina falsa, ante situaciones quizá escandalosas, debemos hacer examen y preguntarnos: ¿qué he hecho yo por sembrar buena doctrina?, ¿cómo es mi conducta en el cumplimiento de mis deberes profesionales?, ¿qué hago para que mis hijos, mis hermanos, mis amigos adquieran la doctrina de Jesucristo?, ¿cómo son mi oración y mi mortificación por la Iglesia?


Hemos de pedir también –son muchas las personas que lo hacen a diario en la Santa Misa, en el rezo del Santo Rosario y en otras ocasiones– por los Pastores todos de la Iglesia de Dios: junto al Papa, los Obispos. Es antiquísima la oración con que los fieles encomendamos al Señor al Ordinario del lugar: Stet et pascat in fortitudine tua, Domine, in sublimitate nominis tui. Siempre es grande la necesidad del favor divino que los Pastores de la Iglesia requieren para llevar adelante su misión. Tenemos la responsabilidad de ayudarles, y para ello pedimos que el Señor les sostenga y les ayude a apacentar su grey con la fortaleza divina y con la suavidad y altísima sabiduría que viene del Cielo.


Cada día, en la Santa Misa, con estas u otras palabras recogidas en las demás Plegarias Eucarísticas, reza el sacerdote: «A ti, pues, Padre misericordioso, te pedimos humildemente (...), ante todo, por tu Iglesia santa y católica, para que le concedas la paz, la protejas, la congregues en la unidad y la gobiernes en el mundo entero, con tu servidor el Papa..., con nuestro obispo..., y todos aquellos que, fieles a la verdad, promueven la fe católica y apostólica»13. Así podemos acordarnos de las intenciones del Papa, de los Obispos, de rezar por los sacerdotes, por los religiosos y por todo el Pueblo de Dios; también por quien más necesitado esté en el Cuerpo Místico de Cristo, viviendo con naturalidad el dogma de la Comunión de los Santos.


III. En una carta de San Juan Leonardi al Papa Pablo V, quien le pedía algunos consejos para revitalizar al Pueblo de Dios, decía el santo: «Por lo que mira a estos remedios, ya que han de ser comunes a toda la Iglesia (...), habría que fijar la atención primeramente en todos aquellos que están al frente de los demás, para que así la reforma comenzara por el punto desde donde debe extenderse a las otras partes del cuerpo. Habría que poner un gran empeño en que los cardenales, los patriarcas, los arzobispos, los obispos y los párrocos, a quienes se ha encomendado directamente la cura de almas, fuesen tales que se les pudiera confiar con toda seguridad el gobierno de la grey del Señor»14. Nosotros no dejemos de pedir cada día por su santidad: que amen cada día más a Jesús presente en la Sagrada Eucaristía, que recen con piedad cada vez mayor a la Santísima Virgen, que sean fuertes, caritativos, que tengan gran amor a los enfermos, que cuiden esmeradamente la enseñanza del Catecismo, que den un testimonio claro de desprendimiento, de sobriedad...


Pero la Iglesia somos todos los bautizados, y todos somos instrumentos de salvación para los demás cuando procuramos permanecer unidos a Cristo con el cumplimiento fiel de nuestros deberes religiosos: la Santa Misa, la oración, la presencia de Dios durante el día...; cuando estamos unidos a la persona y a las intenciones del Romano Pontífice y del Obispo de la diócesis; cuando somos ejemplares en el cumplimiento de nuestros deberes profesionales, familiares, cívicos; con un apostolado eficaz en el entramado de relaciones en el que discurre nuestra vida. Este apostolado se hace más urgente cuanta más cizaña encontramos en nuestro camino, cuando percibamos el efecto de esa mala levadura de la que habla el Señor.


Avivemos nuestra fe. El Pueblo de Dios –enseña el Concilio Vaticano II– ha de abarcar el mundo entero, reuniendo a todos los hombres dispersos, desorientados. Y para ello envió Dios a su Hijo, a quien constituyó heredero universal, para que fuera Maestro, Sacerdote y Rey nuestro15. Hoy podemos recordar el Salmo II, que proclama la realeza de Cristo, y pedimos a Dios Padre que sean muchas las almas en las que reine el Señor, muchos los pueblos que acojan la palabra de salvación que proclama la Iglesia, ya que también a Ella –como nos recuerda la Constitución Lumen gentium– le han sido dadas en heredad todas las naciones16.


12 de febrero de 2021

LO HIZO TODO BIEN

 — Jesús, nuestro Modelo.

— Laboriosidad, competencia profesional.

— Terminar con perfección el trabajo. 



I. Con frecuencia los Evangelios recogen los sentimientos y las palabras de admiración que provocó el Señor en sus años aquí en la tierra: las gentes estaban maravilladas, todos estaban admirados por los prodigios que hacía... Y «entre las muchas alabanzas que dijeron de Jesús los que contemplaron su vida, hay una que en cierto modo comprende todas. Me refiero a aquella exclamación, cuajada de acentos de asombro y de entusiasmo, que espontáneamente repetía la multitud al presenciar atónita sus milagros: bene omnia fecit (Mc 7, 37), todo lo ha hecho admirablemente bien: los grandes prodigios, y las cosas menudas, cotidianas, que a nadie deslumbraron, pero que Cristo realizó con la plenitud de quien es perfectus Deus, perfectus homo (Símbolo Quicumque), perfecto Dios y hombre perfecto»1.


El Evangelio de la Misa2 nos invita a considerar este pasaje en el que quienes seguían al Señor no pueden dejar de exclamar: Todo lo ha hecho bien. Cristo se nos presenta como Modelo para nuestra vida corriente, y nos puede servir para examinar si de nosotros se podría decir que tratamos de hacer bien todas las cosas, las grandes y las que parecen sin importancia, porque queremos imitar a Cristo.


La mayor parte de la existencia humana de Jesús fue una vida corriente de trabajo en un pueblo hasta entonces desconocido. Y allí, en Nazaret, también el Señor lo hizo todo acabadamente, con perfección humana. En Nazaret se diría de Jesús que era un buen carpintero, el mejor que habían conocido.


Una buena parte de la vida de cada hombre y de cada mujer se encuentra configurada por la realidad del trabajo, y difícilmente encontraremos a una persona responsable que –por propia voluntad– esté sin ocupación o empleo. Muchos se sienten movidos a trabajar por fines humanos nobles: mantener a la familia, labrarse un mejor futuro..., también hay quienes se dedican a una tarea por el afán de poner en práctica y desarrollar una particular habilidad o afición, o por contribuir al bien de la sociedad, porque sienten la responsabilidad de hacer algo por los demás. Otros muchos trabajan por fines menos nobles: riqueza, ambición, poder, afirmar la propia valía, obtener lo necesario para dar satisfacción a sus pasiones. Conocemos a gentes competentes, que trabajan muchas horas a conciencia por fines exclusivamente humanos. El Señor quiere que quienes le siguen en medio del mundo sean personas que trabajan bien, con prestigio, competentes en su profesión o en su oficio, sin chapuzas; gentes muy distintas, que se mueven por fines humanos nobles y porque el trabajo –sea el que sea– es el medio donde debemos ejercitar las virtudes humanas y las sobrenaturales..., pues «sabemos que, con la oblación de su trabajo a Dios, los hombres se asocian a la propia obra redentora de Jesucristo, quien dio al trabajo una dignidad sobreeminente laborando con sus propias manos en Nazaret»3.


Nosotros le decimos al Señor que queremos realizar ejemplarmente nuestros quehaceres –de modo particular nuestro trabajo– porque deseamos vivamente que sean una ofrenda diaria que llegue hasta Él, y porque estamos decididos a imitarle en aquellos años de vida oculta en Nazaret.


II. Cuando Jesús busca a quienes han de seguirle, lo hace entre hombres acostumbrados al trabajo. Maestro, toda la noche hemos estado trabajando...4, le dicen aquellos que serían sus primeros discípulos. Toda la noche, en un trabajo duro, porque les es necesario para vivir, porque son pescadores. San Pablo nos ha dejado su propio ejemplo y el de los que le acompañaban: nos afanamos con nuestras propias manos5. Y a los primeros cristianos de Tesalónica, les escribe: ni comimos el pan de balde a costa de otro, sino con trabajo y fatiga, trabajando noche y día, para no ser gravosos a ninguno de vosotros6. No se dedicaba San Pablo al trabajo por simple recreo y distracción –comenta San Juan Crisóstomo–, sino que realizaba un esfuerzo tal que podía subvenir a sus necesidades y a las de los otros. Un hombre que imperaba a los demonios, que era maestro de todo el universo, a quien se le confiaron los habitantes de pueblos, naciones y ciudades, a quienes cuidaba con toda solicitud; ese hombre trabajaba día y noche. Nosotros –sigue el santo–, que no tenemos una mínima parte de sus preocupaciones, ¿qué excusas tendremos?7. No tenemos excusas para no trabajar con intensidad, con perfección, sin chapuzas.


Para trabajar bien, primero es necesario trabajar con laboriosidad, aprovechando bien las horas, pues es difícil, quizá imposible, que quien no aproveche bien el tiempo pueda acostumbrarse al sacrificio y que mantenga despierto su espíritu, que pueda vivir las virtudes humanas más elementales. Una vida sin trabajo se corrompe, y con frecuencia corrompe lo que hay a su alrededor. «El hierro que yace ocioso, consumido por la herrumbre, se torna blando e inútil; pero si se lo emplea en el trabajo, es mucho más útil y hermoso y apenas si le va en zaga a la misma plata. La tierra que se deja baldía no produce nada sano, sino malas hierbas, cardos y espinas y plantas infructuosas; mas la que se cultiva, se llena de suaves frutos. Y, para decirlo en una palabra, todo ser se corrompe por la ociosidad y se mejora por la actividad que le es propia»8. Y eso sirve igualmente para la madre de familia que debe dedicar muchas horas a su hogar y a la educación de sus hijos, para el que trabaja por cuenta propia, o para el estudiante, el jefe de la empresa y el obrero que ocupa el último lugar en una cadena de producción.


El Señor nos pide un trabajo humano bien realizado, en el que se pone intensidad, orden, ciencia, competencia, afán de perfección; una tarea que no tiene rincones sin terminar, sin tacha ni errores. Trabajo serio, que no solo parezca bueno, sino que lo sea realmente. No importa que sea manual o intelectual, de ejecución o de organización, que lo presencien otras personas de más responsabilidad o ninguna. El cristiano añade algo nuevo al trabajo: además de lo anterior, lo hace por Dios, a quien cada día lo presenta como una ofrenda que permanecerá en la eternidad; pero el modo –responsable, competente, intenso...– es el normal de todo trabajo honrado. Una tarea realizada de esta manera dignifica al que la realiza y da gloria a su Creador; se hacen rendir los dones naturales y se convierte en una continua alabanza a Dios.


Porque queremos seguir de cerca a Cristo y tratamos de imitarle, hemos de añadir a nuestros quehaceres una mayor perfección, porque en todo momento tenemos presente al Maestro, que todo lo hizo bien. Examinemos hoy en la oración la calidad humana de nuestras tareas, del estudio, y veamos junto al Señor aquellas facetas en las que pueden mejorar: intensidad, puntualidad, acabar bien lo que comenzamos con ilusión, orden, cuidado de los instrumentos de trabajo...


III. El cristiano descubre en el trabajo nuevas riquezas, «pues todos los caminos de la tierra pueden ser ocasión de un encuentro con Cristo»9, como solía decir de muchos modos diferentes San Josemaría Escrivá, quien predicó toda su vida que «la santidad no es cosa de privilegiados»10. Rememoraba un hecho de experiencia que le había servido para enseñar de modo gráfico a quienes se acercaban a su apostolado cómo ha de ser el trabajo hecho de cara a Dios: «Recuerdo también la temporada de mi estancia en Burgos (...). A veces, nuestras caminatas llegaban al monasterio de Las Huelgas, y en otras ocasiones nos escapábamos a la Catedral.


»Me gustaba subir a una torre, para que contemplaran de cerca la crestería, un auténtico encaje de piedra, fruto de una labor paciente, costosa. En esas charlas les hacía notar que aquella maravilla no se veía desde abajo. Y, para materializar lo que con repetida frecuencia les había explicado, les comentaba: ¡esto es el trabajo de Dios, la obra de Dios!: acabar la tarea personal con perfección, con belleza, con el primor de estas delicadas blondas de piedra. Comprendían, ante esa realidad que entraba por los ojos, que todo eso era oración, un diálogo hermoso con el Señor. Los que gastaron sus energías en esa tarea, sabían perfectamente que desde las calles de la ciudad nadie apreciaría su esfuerzo: era solo para Dios. ¿Entiendes ahora cómo puede acercar al Señor la vocación profesional? Haz tú lo mismo que aquellos canteros, y tu trabajo será también operatio Dei, una labor humana con entrañas y perfiles divinos»11, aunque nadie lo vea, aunque ninguna persona lo valore. Dios sí lo ve y lo aprecia; esto es suficiente para poner empeño en acabar las tareas con perfección, con amor.


Acabar bien lo que realizamos significa en muchos casos estar pendientes de lo pequeño. Eso exige esfuerzo y sacrificio, y al ofrecerlo se convierte en algo grato a Dios. El estar en los detalles por amor a Dios no empequeñece el alma, sino que la agranda porque se perfecciona la obra que realizamos y, ofreciéndola por intenciones concretas, nos abrimos a las necesidades de toda la Iglesia; así, nuestra tarea adquiere una dimensión sobrenatural que antes no tenía. En el quehacer profesional –lo mismo que en los otros aspectos de una vida corriente: la vida familiar y social, el descanso...– se nos ofrece siempre esa doble oportunidad: el descuido y la chapuza, que empobrecen el alma, o la pequeña obra de arte ofrecida al Señor, expresión de un alma con vida interior.


Quizá quiera el Señor hacernos ver, en este rato de oración, detalles que exigen un cambio de orientación o de ritmo en nuestro modo de trabajar. ¿Vivo el orden, que lleva a abordar las tareas según su verdadera importancia, y no guiado por el capricho o la comodidad? ¿Retraso sin motivo, solo por falta de intensidad o de puntualidad, la terminación de mi trabajo? ¿Interrumpo por cualquier excusa la tarea que tengo entre manos, haciendo quizá perder el tiempo también a los demás?


Con la ayuda de la Virgen María, terminemos este rato de meditación con un propósito concreto, que nos moverá a realizar nuestro quehacer con más perfección, y que nos facilitará acordarnos con más frecuencia del Señor: «Ahí, desde ese lugar de trabajo, haz que tu corazón se escape al Señor, junto al Sagrario, para decirle, sin hacer cosas raras: Jesús mío, te amo»12.

19 de noviembre de 2020

LAS LAGRIMAS DE JESÚS

 

— Jesús no queda indiferente ante la suerte de los hombres.

— Humanidad Santísima de Cristo.

— Tener los mismos sentimientos de Jesús.


I. Descendía Jesús por la vertiente occidental del monte de los Olivos dirigiéndose al Templo. Le acompañaba una multitud llena de fervor que gritaba alabanzas al Mesías. En un momento dado, Jesús se paró y contempló la ciudad de Jerusalén que se extendía a sus pies. Y al ver la ciudad lloró sobre ella1. Es un llanto inesperado que rompió la alegría de todos. En aquel instante, el Señor vio cómo quedaba destruida años más tarde la ciudad que tanto amaba, porque no conoció el tiempo de su visitación. El Mesías había estado por sus calles, había enseñado la Buena Nueva, sus habitantes habían visto milagros..., y siguieron igual. ¡Si conocieras en este día lo que puede traerte la paz! Pero ahora está oculto a tus ojos. Vendrán días en que tus enemigos te rodearán y te asediarán y te estrecharán por todas partes, y te arrasarán junto con tus hijos, porque no has conocido el tiempo en que Dios te ha visitado2.


A través de estas líneas se puede leer la angustia que oprimía el corazón del Señor. «Pero ¿por qué no entendía Jerusalén la gracia especialísima de conversión que se le ofrecía en aquel mismo día con el esplendor del triunfo de Jesús? ¿Por qué se obstinaba en cerrar los ojos a la luz? Ocasiones había tenido de reconocer a Jesús por su Mesías y su Redentor; esta que ahora se le da será la última. Si rechaza este postrer beneficio, todos los males descritos en la profecía caerán irremisiblemente sobre ella. Y rechazó, ¡oh dolor!, y todo se cumplió a la letra»3. El Señor se llena de aflicción, pues Él no queda indiferente ante la suerte de los hombres. Su pena es tan grande que sus ojos se cubrieron de lágrimas. Las palabras anteriores debieron de ser pronunciadas con un particular acento de dolor y de tristeza.


San Juan nos ha dejado constancia en otra ocasión de esas lágrimas de Jesús, que pueden ser tan consoladoras para nuestra alma. Llegó el Maestro a Betania, donde había muerto su amigo Lázaro. Allí se encontró con la hermana de Lázaro, María. Cuando Jesús la vio llorando se estremeció en su interior, se conmovió y dijo: ¿Dónde le habéis puesto? Le contestaron: Señor, ven y verás. En aquel momento Jesús da rienda suelta a su dolor por la muerte de aquel amigo, y comenzó a llorar. Los judíos presentes exclamaron: Mirad cómo le amaba4.


Jesús –perfecto Dios y hombre perfecto5– sabe querer a sus amigos, a sus íntimos y a todos los hombres, por los que dio la vida. Este amor que Jesús muestra en su aflicción es la expresión humana del amor que Dios tiene a los hombres, la manifestación sensible de la compasión con que nos mira. Y hoy, en este rato de oración, podemos contemplar la profundidad y la delicadeza de los sentimientos de Jesús, y comprender cómo Él no es indiferente a nuestra correspondencia a esa oferta de amistad y de salvación. No es indiferente a que vayamos cada día a visitarlo y permanezcamos junto a Él unos minutos delante del Sagrario; no es neutral ante el empeño diario por aumentar nuestra amistad con Él, ante el esfuerzo por vivir con esmero la caridad, por servirle en medio del mundo... ¡Tantas veces se hace el encontradizo con nosotros!


«El hombre no puede vivir sin amor. Él permanece para sí mismo un ser incomprensible, su vida está privada de sentido si no se le revela el amor, si no se encuentra con el amor, si no lo experimenta y lo hace propio, si no participa en él vivamente (...). El hombre que quiere comprenderse hasta el fondo a sí mismo (...) debe, con su inquietud, incertidumbre e incluso con su debilidad y pecaminosidad, con su vida y con su muerte, acercarse a Cristo. Debe, por decirlo así, entrar en Él con todo su ser, debe “apropiarse” y asimilar toda la realidad de la Encarnación y de la Redención para encontrarse a sí mismo. Si se actúa en él este hondo proceso, entonces él da frutos no solo de adoración a Dios, sino también de profunda maravilla de sí mismo. ¡Qué valor debe tener el hombre a los ojos del Creador, si ha merecido tener tan grande Redentor (Misal Romano, Himno Exsultet de la Vigilia pascual), si Dios ha dado a su Hijo, a fin de que él, el hombre, no muera sino que tenga la vida eterna (cfr. Jn 3, 16)!»6. No dejemos de tratar cada día a Jesús que nos espera. En Él se encuentra el fin de nuestra vida.


II. La vida cristiana consiste en una amistad creciente con Cristo, en imitarle, en hacer nuestra su doctrina. Seguir a Jesús no consiste en detenerse en difíciles especulaciones teóricas, ni tampoco en la mera lucha contra el pecado, sino en amarle con obras y sentirnos amados por Él, «porque Cristo vive: Cristo no es una figura que pasó, que existió en un tiempo y que se fue, dejándonos un recuerdo y un ejemplo maravillosos»7. Él vive ahora en medio de nosotros: le vemos con los ojos de la fe, le hablamos en la oración, nos escucha apenas hemos levantado la voz o el corazón hacia Él; no es indiferente a nuestras alegrías y pesares, pues «se unió, en cierto modo, con cada hombre por su encarnación. Con manos humanas trabajó, con mente humana pensó, con voluntad humana obró, con corazón de hombre amó. Nacido de María Virgen se hizo de verdad uno de nosotros, igual que nosotros en todo menos en el pecado. Cordero inocente, mereció para nosotros la vida derramando libremente su sangre y en Él el mismo Dios nos reconcilió consigo y entre nosotros mismos y nos arrancó de la esclavitud del diablo y del pecado. Así cada uno de nosotros puede decir con el Apóstol: El Hijo de Dios me amó y se entregó por mí (Gal 2, 20)»8, por cada uno, como si no hubiera más hombres sobre la tierra. Su Humanidad Santísima es el puente que nos conduce a Dios Padre.


Hoy consideramos esas lágrimas de Jesús por aquella ciudad que tanto amó, pero que no conoció lo más importante de su historia: la visita del Mesías y los dones que llevaba para cada uno de sus habitantes. Y hemos de meditar también las ocasiones en las que nosotros personalmente le hemos llenado de aflicción por nuestros pecados, por las faltas de correspondencia a la gracia, por no haber sabido responder a tantas muestras de amistad. Y también las ocasiones en que nos ha echado de menos, como aquel día en que esperaba la vuelta de nueve leprosos que una vez curados se marcharon por otro camino y no volvieron. ¡Cuántas veces, quizá, ha quedado Jesús esperándonos!


Si no amamos a Jesús no podremos seguirle. Y para amarle hemos de meditar con frecuencia el Evangelio, donde se nos muestra profundamente humano y ¡tan cercano a todo lo nuestro! Unas veces le veremos cansado del camino9, sentado junto al pozo de Jacob, después de una larga caminata en un día caluroso, con sed real, que le dará ocasión para convertir a una mujer de Samaria y a muchos vecinos del pueblo de Sicar. Le contemplaremos con hambre, como el día en que, en el camino de Betania a Jerusalén, se acercó a una higuera que solo tenía hojas10; o agotado después de una jornada de intensa predicación a las gentes que no cesaban de acudir a Él, y era tal su cansancio que en medio incluso de un mar alborotado se quedó dormido sobre un cabezal en la popa11.


A lo largo de su vida irá aliviando las dolencias de quienes encuentra en su camino: vio una turba numerosa y sintió compasión de ellos, y curó a sus enfermos12. Aunque vino a salvar nuestras almas, no se olvida de los cuerpos. Para quererle y seguirle hemos de contemplarle: su vida es una inagotable fuente de amor, que hace fácil la entrega y la generosidad en su seguimiento. Y «cuando nos cansemos –en el trabajo, en el estudio, en la tarea apostólica–, cuando encontremos cerrazón en el horizonte, entonces, los ojos a Cristo: a Jesús bueno, a Jesús cansado, a Jesús hambriento y sediento. ¡Cómo te haces entender, Señor! ¡Cómo te haces querer! Te nos muestras como nosotros, en todo menos en el pecado: para que palpemos que contigo podremos vencer nuestras malas inclinaciones, nuestras culpas. Porque no importan ni el cansancio, ni el hambre, ni la sed, ni las lágrimas... Cristo se cansó, pasó hambre, estuvo sediento, lloró. Lo que importa es la lucha –una contienda amable, porque el Señor permanece siempre a nuestro lado– para cumplir la voluntad del Padre que está en los cielos (cfr. Jn 4, 34)»13.


III. El llanto de Jesús sobre Jerusalén encierra un profundo misterio. Ha expulsado demonios, curado enfermos, resucitado muertos, convertido a publicanos y pecadores, pero ante esta ciudad tropieza con la dureza de sus habitantes. Algo podemos entrever de lo que ocurría en su Corazón cuando hoy nos encontramos con la resistencia de tantos que se cierran a la gracia, a la llamada divina. «A veces, cara a esas almas dormidas, entran unas ansias locas de gritarles, de sacudirlas, de hacerlas reaccionar, para que salgan de ese sopor terrible en que se hallan sumidas. ¡Es tan triste ver cómo andan, dando palos de ciego, sin acertar con el camino!


»—Cómo comprendo ese llanto de Jesús por Jerusalén, como fruto de su caridad perfecta...»14.


Los cristianos proseguimos la obra del Maestro y participamos de los sentimientos de su Corazón misericordioso. Por eso, mirándole a Él, hemos de aprender a querer a nuestros hermanos los hombres, tratando a cada uno como es, en sus peculiares circunstancias, comprendiendo sus deficiencias cuando las haya, siendo siempre cordiales y estando disponibles para ayudar, para servir. De Cristo hemos de aprender a ser muy humanos, disculpando, alentando a seguir adelante, procurando –cada día– hacer la vida más grata y amable a los que comparten el mismo hogar, el mismo trabajo, idénticas aficiones, sacrificando los propios gustos, por legítimos que sean, cuando entorpecen la convivencia, interesándonos sinceramente por su salud y por su enfermedad... Y sobre todo nos preocupará especialmente el estado del alma de las personas que cada día tratamos, a quienes procuramos ayudar en su caminar hacia Cristo: a quienes están cerca de ti para que se aproximen más; a los que están lejos, para que emprendan el camino de vuelta hacia la casa del Padre. «No hay señal, no existe marca alguna que distinga mejor al cristiano, que el cuidado que tiene por sus hermanos»15, afirmaba San Juan Crisóstomo.


Hoy le pedimos a Nuestra Madre Santa María que nos dé un corazón semejante al de su Hijo, que no permanezca nunca indiferente ante la suerte de los que nos tratan cada día.

5 de noviembre de 2020

AMIGO DE LOS PECADORES

 

—Son los enfermos quienes tienen necesidad de médico. 

— La oveja perdida. 

— Jesucristo sale muchas veces a buscarnos.


I. Leemos en el Evangelio de la Misa1 que publicanos y pecadores se acercaban a Cristo para oírle. Pero los fariseos y los escribas murmuraban diciendo: este recibe a los pecadores y come con ellos.


Meditando la vida del Señor podemos ver con claridad cómo toda ella manifiesta su absoluta impecabilidad. Más aún, Él mismo preguntará a quienes le acusan: ¿Quién de vosotros me argüirá de pecado?2, y «durante toda su vida, lucha con el pecado y con todo lo que engendra pecado, comenzando por Satanás, que es padre de la mentira... (cfr. Jn 8, 44)»3.


Esta batalla de Jesús contra el pecado y contra sus raíces más profundas no le aleja del pecador. Muy al contrario, lo aproxima a los hombres, a cada hombre. En su vida terrena Jesús solía mostrarse particularmente cercano de quienes, a los ojos de los demás, pasaban por «pecadores» o lo eran de verdad. Así nos lo muestra el Evangelio en muchos pasajes; hasta tal punto que sus enemigos le dieron el título de amigo de publicanos y de pecadores4. Su vida es un constante acercamiento a quien necesita la salud del alma. Sale a buscar a los que precisan ayuda, como Zaqueo, en cuya casa Él mismo se invitó: Zaqueo, baja pronto -le dice-, porque hoy me hospedaré en tu casa5. El Señor no se aleja, sino que va en busca de los más distanciados. Por eso acepta las invitaciones y aprovecha las circunstancias de la vida social para estar con quienes no parecían tener puestas sus esperanzas en el Reino de Dios. San Marcos nos indica cómo después del llamamiento de Mateo, muchos publicanos y pecadores estaban a la mesa con Jesús y con sus discípulos6. Y Cuando los fariseos murmuran de esta actitud, Jesús responde: No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos...7. Aquí, sentado con estos hombres que parecen muy alejados de Dios, se nos muestra Jesús entrañablemente humano. No se aparta de ellos; por el contrario, busca su trato. La manifestación suprema de este amor por quienes se encuentran en una situación más apurada tuvo lugar en el momento de dar su vida por todos en el Calvario. Pero en este largo recorrido hasta la Cruz, su existencia es una manifestación continua de interés por cada uno, que se expresa en estas palabras conmovedoras: El Hijo del hombre no ha venido para ser servido, sino a servir...8. A servir a todos: a quienes tienen buena voluntad y están más preparados para recibir la doctrina del Reino, y a quienes parecen endurecidos para la Palabra divina.


La meditación de hoy nos debe llevar a aumentar nuestra confianza en Jesús cuanto mayores sean nuestras necesidades; especialmente si en alguna ocasión sentimos con fuerza la propia flaqueza: Cristo también está cercano entonces. De igual forma, pediremos con confianza por aquellos que están alejados del Señor, que no responden a nuestro desvelo por acercarlos a Dios y que aun parece que se distancian más. «¡Oh, qué recia cosa os pido, verdadero Dios mío –exclama Santa Teresa–: que queráis a quien no os quiere, que abráis a quien no os llama, que deis salud a quien gusta de estar enfermo y anda procurando la enfermedad!»9.


II. Jesucristo andaba constantemente entre las turbas, dejándose asediar por ellas, aun después de caída ya la noche10, y muchas veces ni siquiera le permitían un descanso11. Su vida estuvo totalmente entregada a sus hermanos los hombres12, con un amor tan grande que llegará a dar la vida por todos13. Resucitó para nuestra justificación14; ascendió a los Cielos para prepararnos un lugar15; nos envía su Espíritu para no dejarnos huérfanos16. Cuanto más necesitados nos encontramos, más atenciones tiene con nosotros. Esta misericordia supera cualquier cálculo y medida humana; es «lo propio de Dios, y en ella se manifiesta de forma máxima su omnipotencia»17.


El Evangelio de la Misa continúa con esta bellísima parábola, en la que se expresan los cuidados de la misericordia divina sobre el pecador: Si uno de vosotros tiene cien ovejas y se le pierde una, ¿no deja las noventa y nueve en el campo y va tras la descarriada, hasta que la encuentra? Y cuando la encuentra, la carga sobre los hombros muy contento; y al llegar a casa reúne a los amigos y a los vecinos para decirles: ¡Felicitadme! he encontrado la oveja que se me había perdido. «La suprema misericordia –comenta San Gregorio Magno– no nos abandona ni aun cuando lo abandonamos»18. Es el Buen Pastor que no da por definitivamente perdida a ninguna de sus ovejas.


Quiere expresar también aquí el Señor su inmensa alegría, la alegría de Dios, ante la conversión del pecador. Un gozo divino que está por encima de toda lógica humana: Os digo que así también habrá más alegría en el Cielo por un solo pecador que se convierta, que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse, como un capitán estima más al soldado que en la guerra, habiendo vuelto después de huir, ataca con más valor al enemigo, que al que nunca huyó pero tampoco mostró valor alguno, comenta San Gregorio Magno; igualmente, el labrador prefiere mucho más la tierra que, después de haber producido espinas, da abundante mies, que la que nunca tuvo espinas pero jamás dio mies abundante19. Es la alegría de Dios cuando recomenzamos en nuestro camino, quizá después de pequeños fracasos en esas metas en las que estamos necesitados de conversión: luchar por superar las asperezas del carácter; optimismo en toda circunstancia, sin dejarnos desalentar, pues somos hijos de Dios; aprovechamiento del tiempo en el estudio, en el trabajo, comenzando y terminando a la hora prevista, dejando a un lado llamadas por teléfono inútiles o menos necesarias; empeño por desarraigar un defecto; generosidad en la mortificación pequeña habitual... Es el esfuerzo diario para evitar «extravíos» que, aunque no gravemente, nos alejan del Señor.


Siempre que recomenzamos, cada día, nuestro corazón se llena de gozo, y también el del Maestro. Cada vez que dejamos que Él nos encuentre somos la alegría de Dios en el mundo. El Corazón de Jesús «desborda de alegría cuando ha recobrado el alma que se le había escapado. Todos tienen que participar en su dicha: los ángeles y los escogidos del Cielo, y también deben alegrarse los justos de la tierra por el feliz retorno de un solo pecador»20. Alegraos conmigo..., nos dice. Existe también una alegría muy particular cuando hemos acercado a un amigo o a un pariente al sacramento del perdón, donde Jesucristo le esperaba con los brazos abiertos.


Señor -canta un antiguo himno de la Iglesia-, has quedado extenuado, buscándome: //¡Que no sea en vano tan grande fatiga!21.


III. Y cuando la encuentra, la carga sobre los hombros muy contento...


Jesucristo sale muchas veces a buscarnos. Él, que puede medir en toda su hondura la maldad y la esencia de la ofensa a Dios, se nos acerca; Él conoce bien la fealdad del pecado y su malicia, y sin embargo «no llega iracundo: el Justo nos ofrece la imagen más conmovedora de la misericordia (...). A la Samaritana, a la mujer con seis maridos, le dice sencillamente a ella y a todos los pecadores: Dame de beber (Jn 3, 4-7). Cristo ve lo que ese alma puede ser, cuánta belleza –la imagen de Dios allí mismo–, qué posibilidades, incluso qué “resto de bondad” en la vida de pecado, como una huella inefable, pero realísima, de lo que Dios quiere de ella»22.


Jesucristo se acerca al pecador con respeto, con delicadeza. Sus palabras son siempre expresión de su amor por cada alma. Vete y no peques más23, advertirá solamente a la mujer adúltera que iba a ser apedreada. Hijo mío, ten confianza, tus pecados te son perdonados24, dirá al paralítico que, tras incontables esfuerzos, había sido llevado por sus amigos hasta la presencia de Jesús. A punto de morir, hablará así al Buen Ladrón: En verdad, en verdad te digo que hoy estarás conmigo en el Paraíso25. Son palabras de perdón, de alegría y de recompensa. ¡Si supiéramos con qué amor nos espera Cristo en cada Confesión! ¡Si pudiéramos comprender su interés en que volvamos!


Es tanta la impaciencia del Buen Pastor que no espera a ver si la oveja descarriada vuelve al redil por su cuenta, sino que sale él mismo a buscarla. Una vez hallada, ninguna otra recibirá tantas atenciones como esta que se había perdido, pues tendrá el honor de ir a hombros del pastor. Vuelta al redil y «pasada la sorpresa, es real ese más de calor que trae al rebaño, ese bien ganado descanso del pastor, hasta la calma del perro guardián, que solo alguna vez, en sueños, se sobresalta y certifica, despierto, que la oveja duerme más acurrucada aún, si cabe, entre las otras»26. Los cuidados y atenciones de la misericordia divina sobre el pecador arrepentido son abrumadores.


Su perdón no consiste solo en perdonar y olvidar para siempre nuestros pecados. Esto sería mucho; con la remisión de las culpas renace además el alma a una vida nueva, o crece y se fortalece la que ya existía. Lo que era muerte se convierte en fuente de vida; lo que fue tierra dura es ahora un vergel de frutos imperecederos.


Nos muestra el Señor en este pasaje del Evangelio el valor que para Él tiene una sola alma, pues está dispuesto a poner tantos medios para que no se pierda, y su alegría cuando alguno vuelve de nuevo a su amistad y a su cobijo. Y este interés es el que hemos de tener para que los demás no se extravíen y, si están lejos de Dios, para que vuelvan.