"Hago todos los días mi "ratito" de oración: ¡si no fuera por eso!" (Camino, 106)

14 de agosto de 2023

ORACIÓN PERSEVERANTE




Evangelio (Mt 17, 22-27)

Cuando estaban en Galilea les dijo Jesús:

—El Hijo del Hombre va a ser entregado en manos de los hombres, y lo matarán, pero al tercer día resucitará.

Y se pusieron muy tristes.

Al llegar a Cafarnaún, se acercaron a Pedro los recaudadores del tributo y le dijeron:

—¿No va a pagar vuestro Maestro el tributo?

—Sí —respondió.

Al entrar en la casa se anticipó Jesús y le dijo:

—¿Qué te parece, Simón? ¿De quiénes reciben tributo o censo los reyes de la tierra: de sus hijos o de los extraños?

Al responderle que de los extraños, le dijo Jesús:

—Luego los hijos están exentos; pero para no escandalizarlos, vete al mar, echa el anzuelo y el primer pez que pique sujétalo, ábrele la boca y encontrarás un estáter; lo tomas y lo das por mí y por ti.


PARA TU RATO DE ORACION 


JAIRO es un hombre importante en la ciudad. La gente le tiene respeto y cariño. Hoy, sin embargo, es quizá el día más triste de su vida: acaba de ver morir a su hija. Ella padecía desde hace algún tiempo una enfermedad que, pese a todos los tratamientos aplicados, no había podido sanar. El desenlace, para muchos, era más que previsible. Mientras llega la gente a su casa para dar el último adiós a la pequeña, Jairo se da cuenta de que todavía no está todo perdido. Ha oído hablar de un hombre que realiza milagros: seguramente él puede hacer algo. Así pues, con decisión, sale en su busca. Al dar con él, se postra y, con tono suplicante, le dice: «Mi hija se acaba de morir, pero ven, pon la mano sobre ella y vivirá» (Mt 9,18).

Hay un abismo de pena y otro de esperanza en la frase breve y contundente de aquel magistrado. La tremenda noticia inicial –«mi hija acaba de morir»– va seguida de un ruego que, en realidad, parece casi un mandato: «Ven, pon la mano sobre ella». Se trata de una súplica apremiante que nace de la fe, de la confianza en la omnipotencia de Jesús. Por eso cierra su petición con una certeza: «Y vivirá». Estos tres acordes de la oración de Jairo pueden ser también un modelo para la nuestra. Aquel hombre desafió el sentido común cuando interpeló al Señor, y lo hizo porque estaba convencido de que el milagro era posible.

«Todas las cosas tienen su tiempo –comentaba en una ocasión san Josemaría–. El Señor conoce perfectamente nuestras necesidades, pero quiere que le pidamos con aquella insistencia de los personajes del Evangelio»[1]. Jesús se debió de emocionar al oír esa súplica llena de fe de Jairo. Por eso se levantó y, junto a sus discípulos, se dirigió a la casa de aquel hombre. No sabemos bien hasta qué punto el Señor es sensible ante nuestros problemas y ante las peticiones que le presentamos; sí podemos tener la certeza de que los conoce mejor que nosotros mismos. Sin embargo, ha querido dejarnos participar de sus obras mediante nuestra oración de petición, además de que pedir a Dios aumenta nuestra fe, nos introduce poco a poco en el misterio de la voluntad divina.

MIENTRAS Jesús se dirigía a la casa de Jairo, se acercó discretamente una mujer enferma. San Mateo precisa que padecía flujos de sangre desde hacía doce años. En ese tiempo, ella también ha empleado todo su dinero para encontrar una cura, sin resultado alguno. Al contemplar la escena, parece razonable pensar que haya acudido muchas veces a Dios, pidiendo una solución. En esta ocasión, intuyó que Jesús podía concederle aquello que tanto deseaba y, «acercándose por detrás, tocó el borde de su manto, porque se decía a sí misma: “Con solo tocar su manto me curaré”» (Mt 9,20-21).

El Señor, al notar la fuerza que había salido de él, «se volvió y mirándola le dijo: “Ten confianza, hija, tu fe te ha salvado”» (Mt 9,22). Aquella mujer, al contrario de Jairo, no se había atrevido a presentar su petición. Quizá la enfermedad que sufría le provocaba vergüenza, y no se sentía con fuerzas para explicar ante todos los allí presentes el mal que padecía. En cambio, realizó un gesto que, humanamente, no parecía tener mucho sentido, pero que manifestaba una fe audaz: tocar el manto de Jesús. Y lo que todos los tratamientos de la época no habían podido resolver, lo hizo un atrevido y discreto acto de fe.

«De esto comprendemos que en el camino del Señor están admitidos todos: ninguno debe sentirse un intruso o uno que no tiene derecho. Para tener acceso a su corazón, al corazón de Jesús, hay un solo requisito: sentirse necesitado de curación y confiarse a él»[2]. ¿Cuáles son mis enfermedades interiores, aquellas que, como la hemorroísa, quizá no me atrevo siquiera a pensar o a exteriorizar? ¿Creo que Dios tiene la fuerza suficiente para curarme, si es que eso es lo mejor para mí? La hija de Jairo y esta mujer son una muestra más de que el Señor no ha venido para los justos, sino para los pecadores (cfr. Lc 5,32).

CUANDO Jesús llegó a la casa de Jairo, «vio a los músicos fúnebres y a la gente alterada». Dirigiéndose a todos los presentes, les dijo: «Retiraos; la niña no ha muerto, sino que duerme». El evangelista recoge cuál fue la reacción de la muchedumbre: «Se reían de él» (Mt 9,23-24). Probablemente Jairo se habrá sentido desanimado al escuchar aquellas carcajadas. En su interior quizá en un primer momento pensaría que, efectivamente, la situación no tenía mucho sentido: su hija había muerto y no había nada que hacer. Pero rápidamente volvería a renovar su fe y a perseverar en su petición. Decidió secundar las palabras del Maestro: echó de allí a todos los invitados, hizo entrar a Jesús en la habitación de su hija y él, tomándola de la mano, obró el milagro: «La niña se levantó» (Mt 9,25).

En ocasiones, cuando hacemos una petición al Señor, podemos experimentar, como Jairo, momentos de desesperanza. Vemos que nuestra súplica no tiene frutos inmediatos y que, incluso, otras personas no se toman en serio nuestra fe. Pero Dios cuenta muchas veces con la perseverante confianza en nuestros ruegos porque sabe mejor que nosotros cuánto nos fortalece ese empeño, cómo se purifica nuestro corazón en esa esperanza. De hecho, muchas veces ese será el verdadero milagro, quizá menos vistoso pero más profundo. De ahí que una característica de la oración sea la tenacidad. «Dios es más paciente que nosotros, y quien llama con fe y perseverancia a la puerta de su corazón no queda decepcionado. Dios siempre responde. Siempre. Nuestro Padre sabe bien qué necesitamos; la insistencia no sirve para informarle o convencerle, sino para alimentar en nosotros el deseo y la espera»[3].

Tanto Jairo como la mujer enferma nos muestran el camino hacia el corazón del Señor: una insistente y humilde oración de petición. El hombre lo hace de forma explícita y clara; la mujer, de un modo discreto pero atrevido. Los dos conquistan a Jesús con el reconocimiento de su necesidad, su audacia y su fe. La Virgen María nos podrá ayudar a presentar así nuestras súplicas a su Hijo.

13 de agosto de 2023

SEMILLA

 


Evangelio (Mt 14,22-33)

Y enseguida Jesús mandó a los discípulos que subieran a la barca y que se adelantaran a la orilla opuesta, mientras él despedía a la gente. Y, después de despedirla, subió al monte a orar a solas. Cuando se hizo de noche seguía él solo allí. Mientras tanto, la barca ya se había alejado de tierra muchos estadios, sacudida por las olas, porque el viento le era contrario. En la cuarta vigilia de la noche vino hacia ellos caminando sobre el mar. Cuando le vieron los discípulos andando sobre el mar, se asustaron y dijeron:

—Es un fantasma —y llenos de miedo empezaron a gritar.

Pero al instante Jesús les habló:

—Tened confianza, soy yo, no tengáis miedo.

Entonces Pedro le respondió:

—Señor, si eres tú, manda que yo vaya a ti sobre las aguas.

—Ven —le dijo él.

Y Pedro se bajó de la barca y comenzó a andar sobre las aguas en dirección a Jesús. Pero al ver que el viento era muy fuerte se atemorizó y, al empezar a hundirse, se puso a gritar:

—¡Señor, sálvame!

Al instante Jesús alargó la mano, lo sujetó y le dijo:

—Hombre de poca fe, ¿por qué has dudado?

Y cuando subieron a la barca se calmó el viento. Los que estaban en la barca le adoraron diciendo:

—Verdaderamente eres Hijo de Dios.


PARA TU ORACION PERSONAL


«DIOS construye su excelso palacio en el cielo y pone su cimiento en la tierra –dice el profeta Amós, describiendo al Señor, creador del universo–, llama a las aguas del mar y las derrama sobre la superficie de la tierra» (Am 9,6). Quizá Jesús, al leer estas palabras del profeta, también se pasmaría al considerar cómo la creación entera nos revela a su Padre. Tal vez por eso, con frecuencia el Evangelio nos presenta al Señor que sale al aire libre, a la orilla del lago, como si quisiera aprovechar el imponente marco de la naturaleza –de la obra de su Padre Dios– para hablar a quienes tiene cerca.

Aunque la orilla es espaciosa, esta vez el lugar se llena enseguida. Se ha difundido la voz de que Jesús está allí. La playa se hace pequeña, por lo que el Señor se tiene que subir a una barca. Desde esa tribuna balanceante e improvisada, se dirige a la multitud y cuenta la historia de un sembrador que salió a trabajar. «Al sembrar, un poco cayó al borde del camino; vinieron los pájaros y se lo comieron. Otro poco cayó en terreno pedregoso, donde apenas tenía tierra, y, como la tierra no era profunda, brotó en seguida; pero, en cuanto salió el sol, se abrasó y por falta de raíz se secó. Otro poco cayó entre zarzas, que crecieron y lo ahogaron. El resto cayó en tierra buena y dio grano: unos, ciento; otros, sesenta; otros, treinta» (Mt 13,1-23).

Para muchos de los presentes sería fácil imaginarse la escena, pues era una realidad que tenían a la mano. Probablemente a más de uno le habría ocurrido algo similar. Jesús busca modos de hacerse entender, intenta tocar la inteligencia y el corazón, habla a sus oyentes en el idioma de su propia experiencia. En definitiva, sabe ponerse en la piel de los que le escuchan, porque le mueve un profundo espíritu de servicio. «Dios no es (…) una inteligencia matemática muy apartada de nosotros. Dios se interesa por nosotros, nos ama, ha entrado personalmente en la realidad de nuestra historia, se ha auto-comunicado hasta encarnarse»[1]. ¿Damos también nosotros testimonio del mensaje cristiano con ese deseo de ponernos en la situación de los que nos rodean, conociendo sus preocupaciones e ilusiones?

EN LA parábola del sembrador, no todas las semillas corren la misma suerte. Aunque la simiente siempre es buena –pues se trata de los dones y de las gracias que Dios ha esparcido en nuestra vida–, necesita un terreno adecuado para crecer y dar fruto. Un corazón bloqueado por los miedos, por el deseo de tener todo bajo control o por el afán de acumular bienes materiales, es un lugar donde la semilla no puede acceder. En cambio, un alma sencilla, dispuesta a acoger el amor divino, hace que los talentos fructifiquen para contribuir así al bien de los demás.

«Cuando nuestros corazones son superficiales, la semilla no logra germinar: el corazón superficial, que acoge al Señor, quiere rezar, amar y dar testimonio, pero no persevera, se cansa y no “despega” nunca»[2]. La simiente necesita tierra profunda donde echar raíces. Muchas veces los nutrientes necesarios para el crecimiento no se hallan en los estratos más superficiales: solo se pueden encontrar en lo hondo. Nuestro mundo interior tendrá esa profundidad si logra ir más allá de los estados de ánimo, si siembra en la estabilidad madura de las convicciones de fondo, en los ideales que queremos que inspiren nuestro día a día.

La buena simiente requiere un campo trabajado con esmero y constancia. Las zarzas crecen a veces cuando los terrenos se descuidan y quedan abandonados a su suerte. «La fidelidad es una donación continuada: un amor, una liberalidad, un desasimiento que perdura, y no simple resultado de la inercia»[3]. La buena semilla arraiga cuando encuentra un empeño habitual por tener un vida de oración, por conocer la riqueza espiritual del cristianismo, por cuidar las relaciones humanas en el trabajo y la familia, etc. Cada uno de esos ámbitos son como los distintos surcos que podemos trabajar para que, pacientemente, la vida contemplativa arraigue en la propia alma.

LA HISTORIA del sembrador continúa en la vida de cada uno de los hijos de Dios. El Señor sigue lanzando a voleo su semilla, deseoso de encontrar corazones que la reciban. Él, por medio de cada uno de nosotros, «prosigue su siembra divina. Cristo aprieta el trigo en sus manos llagadas, lo empapa con su sangre, lo limpia, lo purifica y lo arroja en el surco, que es el mundo. Echa los granos uno a uno, para que cada cristiano, en su propio ambiente, dé testimonio de la fecundidad de la muerte y de la resurrección del Señor»[4].

Es consolador saber que nuestra vida es semilla divina en manos del Señor, lanzada a este mundo que él creó y que es bueno. Cuando procuramos actuar buscando la gloria de Dios –errando algunas veces, cayendo otras, recomenzando siempre–, cuando nos mueve el afán de que otros descubran la alegría de la casa del Padre, la simiente germina aunque a veces no advirtamos su florecimiento. «Si eres fiel a los impulsos de la gracia – decía san Josemaría–, darás buenos frutos: frutos duraderos para la gloria de Dios. Ser santo entraña ser eficaz, aunque el santo no toque ni vea la eficacia»[5].

En ocasiones podemos desanimarnos al pensar, equivocadamente, que a nuestro alrededor no hay un terreno apropiado para que crezca la semilla divina. El Señor actúa en cualquier situación, es un sembrador omnipotente, además de que todos desean la felicidad de Dios en el fondo del alma. Quien trabaja junto al sembrador divino «sabe bien que su vida dará frutos, pero sin pretender saber cómo, ni dónde, ni cuándo. Tiene la seguridad de que no se pierde ninguno de sus trabajos realizados con amor, no se pierde ninguna de sus preocupaciones sinceras por los demás, no se pierde ningún acto de amor a Dios, no se pierde ningún cansancio generoso, no se pierde ninguna dolorosa paciencia»[6]. La Virgen María nos podrá ayudar a estar unidos a su Hijo, empapados en su sangre, haciendo cada vez más fecunda nuestra vida.


[1]Benedicto XVI, Audiencia, 28-XI-2012.


[2]Francisco, Ángelus, 16-VII-2017.


[3]San Josemaría, Carta 2, n. 12.


[4]San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 157.


[5] San Josemaría, Forja, n. 920.


[6]Francisco, Evangelii gaudium, n. 279.


12 de agosto de 2023

LLAMAR LAS COSAS POR SU NOMBRE




Evangelio (Mt 17,14-20)


Al llegar donde la multitud, se acercó a él un hombre, se puso de rodillas y le suplicó:


—Señor, ten compasión de mi hijo, porque está lunático y sufre mucho; muchas veces se cae al fuego y otras al agua. Lo he traído a tus discípulos y no lo han podido curar.


Jesús contestó:


—¡Oh generación incrédula y perversa! ¿Hasta cuándo tendré que estar con vosotros? ¿Hasta cuándo tendré que soportaros? Traédmelo aquí.


Le increpó Jesús y salió de él el demonio, y quedó curado el muchacho desde aquel momento.


Luego los discípulos se acercaron a solas a Jesús y le dijeron:


—¿Por qué nosotros no hemos podido expulsarlo?


—Por vuestra poca fe —les dijo—. Porque os aseguro que si tuvierais fe como un grano de mostaza, podríais decir a este monte: «Trasládate de aquí allá», y se trasladaría, y nada os sería imposible.


PARA TU RATO DE ORACION 


 DURANTE su paso por la tierra, Jesús conoció a mucha gente sencilla que le decía con sinceridad lo que llevaba en su corazón. Sin embargo, también se encontró con otros que no manifestaban el mismo amor por la verdad; quizá realizaban obras buenas, pero sus intenciones no siempre eran las más rectas. Por eso, en una ocasión el Señor exclamó: «Nada hay oculto que no vaya a ser descubierto, ni secreto que no llegue a saberse» (Mt 10,26).


Cristo sabe perfectamente cómo somos. Para él no hay un maquillaje que disimule nuestros defectos o ensalce nuestras virtudes: él quiere que nuestro trato con él esté marcado por la sinceridad. Así es como el salmista, modelo de oración para nosotros los cristianos, se dirige a Dios: «Tú me examinas y me conoces. Tú sabes cuándo me siento y me levanto. Penetras desde lejos mis pensamientos. Camine o descanse, tú lo adviertes; todas mis sendas te son familiares» (Sal 139,1-4).


Todas nuestras luchas y nuestros esfuerzos le resultan familiares al Señor. Incluso en nuestros tropiezos podemos conservar la paz, porque el Señor conoce las intenciones más profundas de nuestro corazón. Por eso, san Josemaría procuraba ponernos en guardia frente a la posibilidad de tener miedo de mirarnos tal como somos delante de Dios: «¿Un medio para ser franco y sencillo?... Escucha y medita estas palabras de Pedro: «Domine, Tu omnia nosti...» –Señor, ¡Tú lo sabes todo!»[1]. Nada nos da más paz que esta cercanía de Dios, a quien no se le escapa ni nuestra más pequeña intención de amor.


La SINCERIDAD en el trato con Dios nos lleva a conocernos en profundidad, a saber cómo es nuestra personalidad y nuestro modo de ser, con sus posibilidades para servir a los demás y sus limitaciones. «Has entendido en qué consiste la sinceridad –apuntaba san Josemaría– cuando me escribes: “estoy tratando de acostumbrarme a llamar a las cosas por su nombre y, sobre todo, a no buscar apelativos para lo que no existe”»[2].


Escribe el apóstol san Juan que «si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros» (1 Jn 1,8). En efecto, es difícil encontrar a alguien que afirme no tener defectos y que asegure que no se equivoca nunca. «Pero aquí hay una cosa que nos puede engañar: diciendo “todos somos pecadores”, como quien dice “buenos días”, como algo habitual o social, no tenemos una verdadera conciencia del pecado»[3]. Cuando se nos mete esta velada rutina, puede resultar más complicado admitir las faltas puntuales y mostrarnos necesitados. Pero san Juan añade que precisamente en ese reconocimiento sincero encontramos el perdón y la ayuda de Dios para purificarnos (cfr. 1 Jn 1,9).


La sinceridad lleva a la concreción. El pecado no es algo abstracto, sino una realidad que tiene manifestaciones específicas en el día a día. En nuestro diálogo con Dios podemos dar nombre a las actitudes que nos alejan de él y de los demás, y en muchas ocasiones esto se podrá traducir en propósitos que alimentarán nuestra lucha por la santidad. Podemos pedir al Señor la sabiduría de lo concreto, para que sepamos ser sinceros con nosotros mismos y así amar cada día mejor a Dios y a quienes nos rodean.


A LA HORA de conocernos a nosotros mismos, podemos encontrar cierta dificultad por la falta de perspectiva. La sabiduría popular expresa esta realidad con un refrán: «El médico mal se cura a sí mismo». Por el pecado, o simplemente por falta de distancia suficiente, a veces los juicios sobre nosotros mismos no son del todo certeros: nos falta el espacio para valorar con calma y serenidad cómo recorrer determinadas etapas de la vida. Por eso, Dios pone a nuestro lado personas que pueden iluminar ciertas partes del camino. Cuando hablamos de nuestra vida con alguien que se ha ganado nuestra confianza, se establece «una de las formas de comunicación más hermosas e íntimas. (...) Esto permite descubrir cosas desconocidas hasta ese momento, pequeñas y sencillas, pero, como dice el Evangelio, es precisamente de las cosas pequeñas que nacen las cosas grandes»[4].


En la dirección espiritual encontramos el acompañamiento de una persona que, a veces con su sola presencia, y otras con la sabiduría de su experiencia, nos puede ayudar a conocer mejor a Dios y a nosotros mismos. San Josemaría daba un pequeño consejo para esas conversaciones: «Al abrir tu alma, cuenta en primer lugar lo que no querrías que se supiera. Así el diablo resulta siempre vencido. ¡Abre tu alma con claridad y sencillez, de par en par, para que entre –hasta el último rincón– el sol del Amor de Dios!»[5].


La ayuda de la dirección espiritual no siempre se traducirá en sugerencias concretas para abordar un problema. En ocasiones encontraremos luz con el mero hecho de ser sinceros, de poner palabras a una preocupación y de reconocer con humildad que necesitamos ayuda. Anotaba también san Josemaría, tras la experiencia de varios años de acompañar y de ser acompañado espiritualmente: «Abriste sinceramente el corazón a tu Director, hablando en la presencia de Dios..., y fue estupendo comprobar cómo tú solo ibas encontrando respuesta adecuada a tus intentos de evasión»[6]. Podemos pedir a María que nos alcance de Dios esa sinceridad con Dios, con nosotros mismos y con los demás, que nos haga almas cada vez más sencillas.


[1] San Josemaría, Surco, n. 326.


[2] Ibíd., n. 332.


[3] Francisco, Homilía, 29-IV-2020.


[4] Francisco, Audiencia, 19-X-2022.


[5] San Josemaría, Forja, n. 126.


[6] San Josemaría, Surco, n. 152.

11 de agosto de 2023

AMAR AQUI Y AHORA

 



Evangelio (Mt 16, 24-28)


Entonces les dijo Jesús a sus discípulos:


— Si alguno quiere venir detrás de mí, que se niegue a sí mismo, que tome su cruz y que me siga. Porque el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mí, la encontrará.


Porque, ¿de qué le servirá al hombre ganar el mundo entero si pierde su vida?, o ¿qué podrá dar el hombre a cambio de su vida? Porque el Hijo del Hombre va a venir en la gloria de su Padre acompañado de sus ángeles, y entonces retribuirá a cada uno según su conducta. En verdad os digo que hay algunos de los aquí presentes que no sufrirán la muerte hasta que vean al Hijo del Hombre venir en su Reino.


PARA TU RATO DE ORACION 


JESÚS CONOCÍA profundamente a los apóstoles. Había pasado con ellos largas horas hablando, caminando y rezando. Era consciente de las ilusiones y de los miedos que ocupaban sus corazones. Aunque alguno quisiera aparentar ante él un modo de ser que no correspondía con su personalidad, Jesús sabía cuáles eran las virtudes y los defectos de cada uno. Quizá por eso, cuando les envió a predicar, les animó a llevar a cabo su misión huyendo de estrategias complejas y de deseos de figurar. Para llevar a Jesús a los corazones de los demás, debían ser «sencillos como las palomas» (Mt 10,16).


Sin embargo, a veces puede suceder que nuestra misma relación con Dios sea un poco compleja. Creemos que no terminamos de descubrir lo que él quiere de nosotros, o bien nos sentimos un poco apagados cuando tratamos de hablar con él. A pesar de que intentamos pensar en los sucesos de la jornada o discernir los sentimientos que invaden nuestro corazón, parece que no logramos sintonizar con el Señor. Desearíamos entonces que la oración fuese más simple, y nuestros razonamientos más directos. Anhelamos poseer esa sencillez que es capaz de iluminar la mente y de aligerar el alma.


En todos los casos, conviene recordar que la complicación no viene de Dios. Desde que el diablo tentó a Adan y Eva, sigue tratando de hacernos tener una lectura desfigurada de la realidad: juega con nuestros miedos para angustiarnos con el futuro, o para que imaginemos intenciones rebuscadas en las palabras y en las acciones de los demás. Esta es su trampa, y nos hace más difícil percibir dónde está el bien. Pero Jesús nos ha mostrado que la vida cristiana es mucho más sencilla de lo que a veces nos imaginamos. Pensamos que es necesario hacer razonamientos complicados para descubrir su voluntad, cuando en realidad se presenta en las cosas ordinarias de la vida. «Él actúa siempre en la sencillez: en la sencillez de la casa de Nazaret, en la sencillez del trabajo cotidiano, en la sencillez de la oración»[1].


TRATAR DE entrar en la mirada de Dios a través de la oración, nos ayudará a ver el mundo, y a nosotros mismos, con ojos cada vez más sencillos. Sabernos mirados por él nos da seguridad: entendemos que Dios nos quiere en nuestra verdad, en el bien del que somos capaces aquí y ahora, y que todo lo demás tiene una importancia relativa. Al margen de esa mirada, en cambio, sentimos la necesidad de esconder nuestra fragilidad o de aparentar algo que no somos. Quien se refugia en esa mirada de amor, quien encuentra en Dios su fundamento, goza de la serenidad de los sencillos, porque no depende de las muchas circunstancias que, a fin de cuentas, escapan a su control, o que ya no podemos cambiar. «Somos de la verdad –dice san Juan– y en su presencia tranquilizaremos nuestro corazón» (1 Jn 3,19).


San Josemaría resumía en dos palabras los motivos que tiene un cristiano para hacer oración: «conocerle y conocerte»[2]. En efecto, nuestros ratos de conversación con Dios son el momento adecuado para ganar esa visión serena de los problemas y de nosotros mismos, para que el ovillo de nuestros pensamientos se pueda deshacer con la gracia divina. En este camino, también nos ayudarán las orientaciones que podamos recibir en el acompañamiento espiritual o en los medios de formación. Confiar en alguien que nos conoce puede servirnos para descomplicar la realidad y para restar importancia a esa voz interior que muchas veces se empeña en retorcer nuestros pensamientos.


San Josemaría señalaba que un rasgo de la formación cristiana que se ofrece en el Opus Dei es precisamente la sencillez: «Nuestra ascética tiene la sencillez del evangelio. La complicaríamos si fuéramos complicados, si dejáramos el corazón oscuro»[3]. Toda la ayuda externa que recibimos nos lleva, generalmente, a aceptarnos tal como nos ha hecho Dios. Así comprendemos el bien concreto que podemos hacer hoy y ahora, sin pensar que necesitamos una realidad diferente para ser santos.


LA DIFICULTAD para ser sencillo y abandonarse en las manos de Dios puede tener varias causas relacionadas con nuestro modo de ser: el perfeccionismo, que lleva a la frustración por no lograr los objetivos propuestos y a la parálisis por el miedo a equivocarse; el sentimentalismo, que se guía principalmente por la primera y superficial resonancia que algo genera en nuestro interior; el voluntarismo, que reflexiona poco y encuentra satisfacción en un simple cumplimiento… Además, el ritmo de trabajo no siempre facilita la situación: al poder hacer más cosas cada día, las decisiones que tenemos que tomar aumentan; las prioridades no siempre se presentan con una claridad neta; la competitividad social a veces introduce ambiciones que acaban pesando en el alma… Desearíamos vivir una vida sencilla, pero parece que la realidad es demasiado complicada para permitírnoslo.


Ante este panorama, san Josemaría nos invita a ocuparnos del presente, que es el tiempo oportuno de nuestra santidad. Al fin y al cabo, el ahora es el único tiempo en el que podemos recibir la gracia de Dios: «Pórtate bien “ahora”, sin acordarte de “ayer”, que ya pasó, y sin preocuparte de “mañana”, que no sabes si llegará para ti»[4]. En efecto, el pasado o el futuro pueden acabar convirtiéndose en pesos que nos impiden discernir claramente la voluntad del Señor. Él mismo nos dice: «No os preocupéis por el mañana, porque el mañana traerá su propia preocupación. A cada día le basta su contrariedad» (Mt 6,33).


Concentrarnos en una tarea, sin detenernos excesivamente a valorar qué pensarán los demás o qué efectos tendrá en nuestra vida, nos ayudará a enfocar la voluntad y a sacar mayor partido de los propios talentos. Sin duda, es también necesario sopesar los acontecimientos vividos y planificar el futuro, pero eso no debe impedir que, de la mano de Dios, nos concentremos en amar aquí y ahora, porque el amor solo lo podemos dar y recibir en este instante. La Virgen María, que se abandonó con sencillez a los planes de Dios, nos podrá ayudar a vivir cada momento como el instante preciso para amar a Dios y a los demás.


[1] Francisco, Homilía, 16-III-2020.


[2]San Josemaría, Camino, n. 91.


[3] Cfr. Cuadernos 3, p. 149 (AGP, biblioteca, P07).


[4] San Josemaría, Camino, n. 253.





10 de agosto de 2023

SAN LORENZO PATRON DE SANTA CRUZ




Evangelio (Jn 12, 24-26)


En verdad, en verdad os digo que si el grano de trigo no muere al caer en tierra, queda infecundo; pero si muere, produce mucho fruto. El que ama su vida la perderá, y el que aborrece su vida en este mundo, la guardará para la vida eterna. Si alguien me sirve, que me siga, y donde yo estoy allí estará también mi servidor. Si alguien me sirve, el Padre le honrará.


 PARA TU RATO DE ORACION 


El Papa Sixto II fue decapitado en el año 258 durante la persecución de Valeriano. Uno de sus diáconos, Lorenzo, se salvó temporalmente porque estaba a cargo de los bienes de la Iglesia: le dieron cuatro días para traerlos. Lorenzo distribuyó entonces esos bienes a los pobres. Una vez transcurrido el plazo, se presentó ante el magistrado acompañado de pobres y enfermos. “Estas son las riquezas de la Iglesia”, habría dicho. Los pobres y los enfermos son un tesoro. Hay una misteriosa presencia de Dios en sus sufrimientos. Se asocian especialmente a la cruz de Jesús.


Lorenzo fue sometido al tormento del fuego en una parrilla. El cristiano no busca su propio martirio: no hay necesidad de precipitar los acontecimientos; pero es coherente con su fe y está dispuesto a dar su vida por Cristo. El grano de trigo debe morir para dar fruto (cf. Jn 12,24). Cuando san Agustín recuerda el martirio de san Lorenzo, compara la Iglesia con un jardín del Señor, con las rosas de los mártires; pero en este jardín hay toda clase de flores, añade. Depende de cada uno de nosotros saber dar nuestra vida como Dios se lo pide: eso es amar. A menudo, será de forma discreta y oculta, en el desempeño diario del trabajo bien hecho, en la atención a la familia, en la fidelidad a los amigos, en la cercanía con pobres y enfermos. Sería imprudente acelerar la llegada de un martirio sangriento, cuando es posible transformar el mundo desde dentro con una vida anclada en Dios y volcada al servicio de los demás.


UNA de las características que marcó la vida de los martires como San Lorenzo, fue experimentar la entrega generosa de Jesús a cada persona, sin exigir nada a cambio. «Gratuitamente lo recibisteis, dadlo gratuitamente» (Mt 10,8), les había dicho. Se sentían afortunados por haber compartido tanto tiempo con Jesús y por haber acogido la llamada a difundir su Evangelio por todo el mundo. No era algo merecido, ni algo que se hubiesen ganado a base de esfuerzo: fue, sencillamente, un don gratuito que Dios les había regalado.

También la vida de los primeros cristianos estuvo caracterizada por esa gratuidad. Tenían «un solo corazón y una sola alma» (Hch 4,32) que les llevaba a estar pendientes los unos de los otros. No dudaban en poner a disposición sus propias posesiones para velar por las necesidades de la Iglesia y de los más pobres. Todos deseaban colaborar con quien lo necesitase, porque ahora todos eran apóstoles: con su propia vida entregada, con su hospitalidad, con ayudas materiales, o poniéndose al servicio de quienes organizaban esa primera evangelización, como los compañeros de viaje de san Pablo.

Esta misma imagen se dibuja también en la Iglesia de hoy. Laicos, sacerdotes y religiosos que viven para recordarnos, con su testimonio o con los sacramentos, que Dios vive entre los hombres. Enfermos y ancianos que, en nombre de todos, unen sus molestias y limitaciones al sufrimiento del Señor. Hombres y mujeres que, con su generosidad, contribuyen a cuidar de los más necesitados. Padres y madres de familia que hacen de su hogar una escuela de amor, como el de la Sagrada Familia, para mejorar a toda la sociedad. Cada uno, desde su sitio, trata de encarnar la misión para la que Dios le ha llamado, y desea comunicar gratuitamente el don que ha recibido sin merecerlo.


LA LÓGICA DE la gratuidad que vivió Cristo se encuentra presente en cualquier relación de amistad. Difícilmente podría ser considerada amiga una persona que lleva cuenta de todo lo que ha hecho por alguien, para poder exigir a cambio una contraprestación. Forjar una buena amistad conlleva «mucho tiempo de hablar, de estar juntos, de conocerse»[1], sin preocuparse demasiado por lo que uno da o recibe. Por eso es todo lo contrario al egoísmo, busca siempre en primer lugar el bien del otro, es sensible a sus necesidades. «Un propósito firme en la amistad –apuntaba san Josemaría–: que en mi pensamiento, en mi palabra, en mis obras respecto a mi prójimo –sea quien sea–, no me conduzca como hasta ahora: es decir, que nunca deje de practicar la caridad, que jamás dé paso en mi alma a la indiferencia»[2].

Es propio de la amistad dar al otro lo mejor que tenemos, eso es lo que a un buen amigo o a una buena amiga le ilusiona naturalmente. Alguien que ha experimentado el contacto auténtico con Cristo sabe que el don más precioso que tiene es precisamente ese, el de haber conocido a Jesús. Por eso, el apostolado no es algo forzado, sino espontáneo, manifestación del afecto que tenemos hacia la otra persona, siendo conscientes de su situación concreta. Por eso «la amistad misma es apostolado; la amistad misma es un diálogo, en el que damos y recibimos luz; en el que surgen proyectos, en un mutuo abrirse horizontes; en el que nos alegramos por lo bueno y nos apoyamos en lo difícil; en el que lo pasamos bien, porque Dios nos quiere contentos»[3]. Podemos preguntarnos: ¿cómo cuido a mis amigos? ¿Son mis amistades verdaderos espacios en los que doy y recibo el amor de Cristo a través de los demás? ¿Es mi experiencia de Dios lo más valioso que puedo compartir con las personas que más quiero?


LOS APÓSTOLES no se conformaron con anunciar el Evangelio a los más cercanos. Habían recibido de Jesús el mandato de difundirlo por todo el mundo, pero podemos suponer que incluso antes ya sentían esta necesidad. Un mensaje tan crucial para la propia vida, un evento que cambiaba el sentido de la existencia, no podía limitarse a los territorios próximos a Israel.

San Pablo, durante sus viajes, experimentaba cómo su corazón se encendía a medida que percibía la sed de Dios a su alrededor. En Atenas, mientras esperaba a sus compañeros, cuenta san Lucas que «se consumía en su interior al ver la ciudad llena de ídolos» (Hch 17,16). Se dirigió en primer lugar –como solía– a la sinagoga. Pero no era suficiente, y en cuanto pudo fue también al ágora, hasta que los mismos atenienses le pidieron que se dirigiera a todos para exponer «esa doctrina nueva de la que hablas» (Hch 17,19).

También alrededor de nosotros encontramos a muchas personas que tienen sed de un Dios a quien no conocen. Todos, de una manera más o menos velada, buscamos a Dios, llevamos dentro esa nostalgia de nuestro Padre del cielo. Con el testimonio de una vida llena de la alegría del Evangelio podemos manifestar a Cristo a través del ejercicio de nuestras propias tareas[4]. En este sentido, san Josemaría describía el apostolado de sus hijas e hijos como «una inyección intravenosa en el torrente circulatorio de la sociedad»[5]: en la fábrica, en el laboratorio, en el taller, en la propia casa, en las pequeñas y grandes ciudades… En todos esos lugares podemos mostrar el rostro del Señor mediante la amistad sincera. 


El testimonio de san Lorenzo no carece de sentido del humor. "Dios ama al que da con alegría" (2 Cor 9,7). El sentido del humor muestra la humildad y una cierta distancia con un mundo que pasa, pero que nos gusta amar y reconducir a Dios. A través de su trabajo diario hecho santo, el bautizado une la creación con la redención. Al acercarse la solemnidad del 15 de agosto, que la Virgen María, Madre de la esperanza, nos ayude a realizar esta tarea con amistad y buen humor, con un corazón firme y confiado (cf. Sal 112 [111],7-8).






9 de agosto de 2023

El Señor no nos concede enseguida lo que pedimos



Evangelio (Mt 25, 1-13)


Entonces el Reino de los Cielos será como diez vírgenes, que tomaron sus lámparas y salieron a recibir al esposo. Cinco de ellas eran necias y cinco prudentes; pero las necias, al tomar sus lámparas, no llevaron consigo aceite; las prudentes, en cambio, junto con las lámparas llevaron aceite en sus alcuzas. Como tardaba en venir el esposo, les entró sueño a todas y se durmieron. A medianoche se oyó una voz: «¡Ya está aquí el esposo! ¡Salid a su encuentro!» Entonces se levantaron todas aquellas vírgenes y aderezaron sus lámparas. Y las necias les dijeron a las prudentes: «Dadnos aceite del vuestro porque nuestras lámparas se apagan». Pero las prudentes les respondieron: «Mejor es que vayáis a quienes lo venden y compréis, no sea que no alcance para vosotras y nosotras». Mientras fueron a comprarlo vino el esposo, y las que estaban preparadas entraron con él a las bodas y se cerró la puerta. Luego llegaron las otras vírgenes diciendo: «¡Señor, señor, ábrenos!» Pero él les respondió: «En verdad os digo que no os conozco». Por eso: velad, porque no sabéis el día ni la hora.



 PARA TU RATO DE ORACION


MIENTRAS Jesús se dirigía a la región de Tiro y Sidón, se acercó una mujer cananea que «se puso a gritar: “¡Señor, Hijo de David, apiádate de mí! Mi hija está poseída cruelmente por el demonio”» (Mt 15,22). Puede llamar la atención la primera reacción del Maestro: «Él no le respondió palabra» (Mt 15,23). Los apóstoles, extrañados, le insistieron para que atendiera a la mujer, principalmente para que dejara de seguirles a gritos, pero la réplica de Cristo fue similar a la anterior: «No he sido enviado sino a las ovejas perdidas de la casa de Israel» (Mt 15,24).


El asunto parecía cerrado, pero la determinación de la mujer la llevó a colocarse ante Jesús, casi impidiéndole el paso; se postró delante de él y exclamó: «¡Señor, ayúdame!» (Mt 15,25). Cabría esperar que un gesto así, lleno de ternura e insistencia, cambiaría la actitud de Jesús. En cambio, el Señor respondió con una imagen, una vez más, desconcertante: «No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perritos» (Mt 15,26). La cananea no se dejó vencer por esta nueva negativa, y respondió con la misma moneda, jugando con esa imagen que había empleado: «Es verdad, Señor, y sin embargo los perritos comen las migajas que caen de la mesa de sus amos» (Mt 15,27).


Admirado por este acto de fe, amor y audacia, Jesús finalmente concedió a la cananea lo que le pedía: «¡Qué grande es tu fe! Que sea como tú quieres» (Mt 15,28). Su silencio, su aparente frialdad, hicieron que aquella mujer reafirmara su convencimiento de que sin el Señor no podía hacer nada. Jesús a veces calla, permite que nos sintamos extraños, que imaginemos que «no nos escucha, que andamos engañados, que solo se oye el monólogo de nuestra voz»[1]. Y lo hace para que, como la cananea, acudamos a él con más insistencia, y para que purifiquemos poco a poco nuestra fe.


¿POR QUÉ Jesús actuó así con la cananea? ¿Por qué le trató -a ojos humanos- con aquella frialdad inicial? San Agustín, respondiendo a esta pregunta, comentaba: «Cristo se mostraba indiferente hacia ella, no por rechazarle la misericordia, sino para inflamar su deseo»[2]. En el fondo, se trata de una actitud que quizá también nosotros adoptamos cuando alguien nos pide un favor importante. «Lo bueno se hace esperar», dice la sabiduría popular. Creemos que si realmente es relevante, la otra persona nos insistirá un poco más, hasta conseguir lo que se propone. Si no es así, aquella petición quizá quede en el olvido.


Jesús quiso mostrarnos que la mujer anhelaba realmente la curación de su hija. Esa aparente indiferencia buscaba que la cananea mostrase su fe de una manera concreta y audaz. En efecto, ella pide aunque su insistencia parezca inoportuna, persiste aunque se tenga por indigna y persevera ante las dificultades hasta que al fin logra lo que quiere. «Vemos muchas veces que el Señor no nos concede enseguida lo que pedimos –decía el santo Cura de Ars–; esto lo hace para que lo deseemos con más ardor, o para que apreciemos mejor lo que vale. Tal retraso no es una negativa sino una prueba que nos dispone a recibir más abundantemente lo que pedimos»[3].


Jesús, al ver la tenacidad de aquella mujer, exclamó: «¡Qué grande es tu fe! Que sea como tú quieres» (Mt 15,28). Se podría decir que el Señor buscaba que acrecentase su deseo porque, al final, el milagro se iba a realizar conforme a lo que ella quería. Si su deseo hubiese sido pequeño, quizás el prodigio habría sido menor. Pero, como fue grande, el milagro será completo. «Esta humilde mujer es indicada por Jesús como ejemplo de fe inquebrantable. Su insistencia en invocar la intervención de Cristo es para nosotros estímulo para no desanimarnos, para no desesperar cuando estamos oprimidos por las duras pruebas de la vida. El Señor no se da la vuelta ante nuestras necesidades y, si a veces parece insensible a peticiones de ayuda, es para poner a prueba y robustecer nuestra fe»[4].


LA CANANEA aparentemente consiguió cambiar los planes previstos por Jesús. Podemos decir que el Señor no pensaba realizar ningún milagro mientras se dirigía a Tiro y Sidón, y menos a alguien que no era de Israel, pues él había sido enviado para anunciar la salvación en primer lugar al pueblo de su Padre Dios. Sin embargo, la insistencia de la mujer logró conmover a Cristo y cambió su opinión. Esta dinámica sorprendente es, en realidad, algo que también sucede en otras partes de la Escritura. Ocurre, por ejemplo, cuando Abraham intercede por Sodoma (cfr. Gn 18,22-33), o cuando Moisés pide clemencia para los israelitas que habían cometido idolatría (cfr. Ex 32,11-14). También sucede cuando María, en las bodas de Caná, consigue que Jesús anticipe su hora y convierta el agua en vino para alegría de la fiesta (cfr. Jn 2, 1-11). Todos esos cambios de actitud del Señor están motivados, principalmente, por las necesidades de los hombres. Además, nos muestran que los planes de la divina providencia cuentan con nuestra libertad y nuestras acciones. Jesús es sensible a lo que le pedimos y nos escucha con mayor comprensión de la que incluso podríamos desear.


Volviendo al cambio de actitud del Señor, en ocasiones a nosotros también nos puede ocurrir algo parecido. Tenemos en mente un plan y, de forma imprevista, a una persona a quien queremos le surge una necesidad. O también puede suceder que tengamos una opinión muy clara sobre un tema, y un familiar o un compañero piense todo lo contrario. En uno y otro caso, quizá podemos tener la tendencia de proteger a toda costa nuestros espacios y nuestros tiempos, o de imponer nuestros planteamientos. La conducta del Señor nos sugiere la prioridad que tienen las personas, especialmente cuando se encuentran necesitadas, por encima de nuestros esquemas. Y «esa apertura del corazón es fuente de felicidad, porque “hay más alegría en dar que en recibir” (Hch 20,35). Uno no vive mejor si escapa de los demás, si se esconde, si se niega a compartir, si se resiste a dar, si se encierra en la comodidad»[5]. Podemos pedir a María que interceda por nosotros para que sepamos mirar con la ternura de su hijo a todas las personas que pasan por nuestra vida.


[1] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 304.


[2] San Agustín, Sermo 77, 1: PL 38, 483.


[3] San Juan B. María Vianney, Sermón sobre la oración.


[4] Francisco, Ángelus, 20-VIII-2017.


[5] Francisco, Evangelii Gaudium, n. 272.

8 de agosto de 2023

LOS DEMÁS

 


Evangelio (Mt 14,22-36)


Y enseguida Jesús mandó a los discípulos que subieran a la barca y que se adelantaran a la otra orilla, mientras él despedía a la gente. Y, después de despedirla, subió al monte a orar a solas. Cuando se hizo de noche seguía él solo allí. Mientras tanto, la barca ya se había alejado de tierra muchos estadios, sacudida por las olas, porque el viento le era contrario. En la cuarta vigilia de la noche vino hacia ellos caminando sobre el mar. Cuando le vieron los discípulos andando sobre el mar, se asustaron y dijeron:


—¡Es un fantasma! —y llenos de miedo empezaron a gritar.


Pero al instante Jesús les habló:


—Tened confianza, soy yo, no tengáis miedo.


Entonces Pedro le respondió:


—Señor, si eres tú, manda que yo vaya a ti sobre las aguas.


—Ven —le dijo él.


Y Pedro se bajó de la barca y comenzó a andar sobre las aguas en dirección a Jesús. Pero al ver que el viento era muy fuerte se atemorizó y, al empezar a hundirse, se puso a gritar:


—¡Señor, sálvame!


Al instante Jesús alargó la mano, lo sujetó y le dijo:


—Hombre de poca fe, ¿por qué has dudado?


Y cuando subieron a la barca se calmó el viento. Los que estaban en la barca le adoraron diciendo:


—Verdaderamente eres Hijo de Dios.


Acabaron la travesía y llegaron a tierra a la altura de Genesaret. Al reconocerlo los hombres de aquel lugar mandaron aviso a toda la comarca y le trajeron a todos los que se sentían mal, y le suplicaban poder tocar, aunque sólo fuera el borde su manto. Y todos los que lo tocaron quedaron sanos.


PARA TU RATO DE ORACION


LA MUCHEDUMBRE es una protagonista más en la vida de Jesús. En varias ocasiones leemos que esas multitudes le escuchan junto a la orilla del lago de Tiberíades o en la ladera de un monte próximo, le presentan enfermos, se benefician de sus milagros o lo aclaman cuando se acerca a Jerusalén. En esas concentraciones, que a veces reúnen a miles de personas, el Señor ve a cada alma de un modo único. El gentío no impide que siga compartiendo su amor a cada hombre y a cada mujer. Los evangelistas hacen notar incluso cómo se compadecía al dirigir su mirada a todas aquellas personas «maltratadas y abatidas como ovejas que no tienen pastor» (Mt 9,36).


«El amor de Cristo nos urge –escribió san Pablo–, persuadidos de que si uno murió por todos, en consecuencia todos murieron» (2 Cor 5,14). Saber que Jesús ha ofrecido la salvación a cada uno de los hombres nos impulsa a adentrarnos en medio de la muchedumbre para anunciar esta buena nueva. «Nos urge la caridad de Cristo –comentaba, por su parte, san Josemaría– para tomar sobre nuestros hombros una parte de esa tarea divina de rescatar las almas (…). De ahí el deseo vehemente de considerarnos corredentores con Cristo, de salvar con él a todas las almas»[1], con el firme convencimiento de que el mejor apostolado es nuestro propio testimonio de una vida llena de la alegría del Evangelio.


Diariamente nos cruzamos con un gran número de gente, además de los más cercanos de nuestra familia, ya sea por la calle, en el transporte público o en nuestro propio trabajo. También a través de internet y de otros medios de comunicación nos llegan noticias de otras personas. Todas ellas forman parte de nuestro mismo hogar: somos hijos de un mismo Padre, habitantes de un mismo mundo, igualmente llamados a alcanzar la verdadera Patria. Cada encuentro es ocasión para dirigirles esa misma mirada de Jesús, rezar por ellas, compadecernos de sus necesidades y ofrecer nuestra alegría y nuestra paz.


SAN JOSEMARÍA destacó en una ocasión cómo el Señor tiene puestos los ojos y el corazón en la gente, en todos los hombres, sin excluir a nadie. Y añadía: «No se nos escapa la lección de que no podemos ser intransigentes con las personas. Con la doctrina, sí. Con las personas nunca, ¡nunca! Actuando de este modo necesariamente seremos –esa es nuestra vocación– sal y luz, pero entre la muchedumbre. De cuando en cuando nos retiraremos a la barca o nos apartaremos a un monte, con Jesús; pero lo ordinario será vivir y trabajar entre la gente, como uno más»[2].


El hecho de que muchas oraciones que rezamos estén compuestas en primera persona del plural –nosotros– está relacionado con ese vínculo que nos une a todos los hombres. Es significativo que las dos primeras palabras de la oración que nos enseñó Jesús, cuando los apóstoles le preguntaron cómo podían rezar, sean «Padre» y «nuestro». Nos dirigimos a Dios, que es Padre de todos los hombres, y lo hacemos junto al propio Jesús, que es Hijo y hombre como nosotros, unidos a todos los hombres y mujeres de la humanidad. Y lo que le pedimos en esa oración no es solo una súplica aislada, sino algo que también presentamos en nombre de nuestros hermanos: danos hoy nuestro pan, perdona nuestras ofensas, no nos dejes caer, líbranos del mal…


Ser conscientes de esa dimensión del «nosotros» en tantas oraciones puede ser un modo de reforzar los lazos que nos unen a los demás, de sumar a todos a nuestra plegaria. De este modo, desarrollaremos un amor apasionado por el mundo, pues es el ámbito de nuestro encuentro con Dios y es nuestro camino hacia la santidad. «Todas las cosas son vuestras, vosotros de Cristo y Cristo de Dios» (1 Cor 3, 22-23), escribía san Pablo. Ante esta realidad «nos alegramos con las alegrías de los demás, disfrutamos de todas las cosas buenas que nos rodean y nos sentimos interpelados por los desafíos de nuestro tiempo»[3].


PODEMOS imaginar que Jesús, cuando se retiraba a un lugar apartado para rezar, hablaría con su Padre de los rostros que habrían llenado su día: los enfermos y necesitados que se habrían acercado a él, los apóstoles que le habrían manifestado sus ilusiones y sus miedos, los fariseos que le habrían dirigido preguntas sinceras o menos sinceras… De la misma manera, en nuestra oración podemos compartir con Dios los afanes e inquietudes de las personas que conocemos: familiares, amigos, compañeros de trabajo… También, incluso, de aquellos con los que quizá solo hemos coincidido fugazmente, de quienes nos han causado alguna contrariedad o tenemos noticia de que están sufriendo. Porque cuando oramos, aunque se trate de un diálogo íntimo con Dios, no nos quedamos solamente en nuestros problemas personales; no podemos dejar de lado el mundo en el que vivimos, los problemas de los demás ocupan también el propio corazón, porque ocupan el de Cristo y el de la Iglesia. Esta dimensión de la oración forma parte de nuestra alma sacerdotal.


«Cristo no pasó inmune al lado de las miserias del mundo: cada vez que percibía una soledad, un dolor del cuerpo o del espíritu, sentía una fuerte compasión, como las entrañas de una madre»[4]. Por ejemplo, cuando en Naín una muchedumbre lo rodeaba, supo fijarse en el dolor de una viuda que acababa de perder a su único hijo (cfr. Lc 7,11-12). Probablemente en el hogar de Nazaret Jesús habría sido testigo de miradas llenas de compasión de María y de José. No en vano, su Madre fue la única que, en medio del ajetreo de una boda multitudinaria, se dio cuenta de que faltaba el vino. Seguramente se compadeció al imaginar el disgusto que esto causaría a los recién casados, por eso no dudó en adelantarse y acudir a su Hijo para que actuase. Podemos pedir a María esa misma mirada, ese corazón atento a los dolores de los demás, atento a detectar las necesidades de las personas que nos rodean, para presentarlas con confianza a Jesús.


[1] San Josemaría, Es Cristo que pasa, nn. 120-121.


[2] San Josemaría, En Diálogo con el Señor, p. 161.


[3] Mons. Fernando Ocáriz, Carta pastoral, 19-III-2022.


[4] Francisco, Audiencia, 13-II-2019.