"Hago todos los días mi "ratito" de oración: ¡si no fuera por eso!" (Camino, 106)

7 de agosto de 2024

INSISTENCIA

 



Evangelio (Mt 15,21-28)


Después que Jesús salió de allí, se retiró a la región de Tiro y Sidón. En esto una mujer cananea, venida de aquellos contornos, se puso a gritar:


—¡Señor, Hijo de David, apiádate de mí! Mi hija está poseída cruelmente por el demonio.


Pero él no le respondió palabra. Entonces, se le acercaron sus discípulos para rogarle:


—Atiéndela y que se vaya, porque viene gritando detrás de nosotros.


Él respondió:


—No he sido enviado sino a las ovejas perdidas de la casa de Israel.


Ella, no obstante, se acercó y se postró ante él diciendo:


—¡Señor, ayúdame!


Él le respondió:


—No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perrillos.


Pero ella dijo:


—Es verdad, Señor, pero también los perrillos comen de las migajas que caen de la mesa de sus amos.


Entonces Jesús le respondió:


—¡Mujer, qué grande es tu fe! Que sea como tú quieres.


Y su hija quedó sana en aquel instante.



PARA TU RATO DE ORACION 



MIENTRAS Jesús se dirigía a la región de Tiro y Sidón, se acercó una mujer cananea que «se puso a gritar: “¡Señor, Hijo de David, apiádate de mí! Mi hija está poseída cruelmente por el demonio”» (Mt 15,22). Puede llamar la atención la primera reacción del Maestro: «Él no le respondió palabra» (Mt 15,23). Los apóstoles, extrañados, le insistieron para que atendiera a la mujer, principalmente para que dejara de seguirles a gritos, pero la réplica de Cristo fue similar a la anterior: «No he sido enviado sino a las ovejas perdidas de la casa de Israel» (Mt 15,24).


El asunto parecía cerrado, pero la determinación de la mujer la llevó a colocarse ante Jesús, casi impidiéndole el paso; se postró delante de él y exclamó: «¡Señor, ayúdame!» (Mt 15,25). Cabría esperar que un gesto así, lleno de ternura e insistencia, cambiaría la actitud de Jesús. En cambio, el Señor respondió con una imagen, una vez más, desconcertante: «No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perritos» (Mt 15,26). La cananea no se dejó vencer por esta nueva negativa, y respondió con la misma moneda, jugando con esa imagen que había empleado: «Es verdad, Señor, y sin embargo los perritos comen las migajas que caen de la mesa de sus amos» (Mt 15,27).


Admirado por este acto de fe, amor y audacia, Jesús finalmente concedió a la cananea lo que le pedía: «¡Qué grande es tu fe! Que sea como tú quieres» (Mt 15,28). Su silencio, su aparente frialdad, hicieron que aquella mujer reafirmara su convencimiento de que sin el Señor no podía hacer nada. Jesús a veces calla, permite que nos sintamos extraños, que imaginemos que «no nos escucha, que andamos engañados, que solo se oye el monólogo de nuestra voz»[1]. Y lo hace para que, como la cananea, acudamos a él con más insistencia, y para que purifiquemos poco a poco nuestra fe.


¿POR QUÉ Jesús actuó así con la cananea? ¿Por qué le trató -a ojos humanos- con aquella frialdad inicial? San Agustín, respondiendo a esta pregunta, comentaba: «Cristo se mostraba indiferente hacia ella, no por rechazarle la misericordia, sino para inflamar su deseo»[2]. En el fondo, se trata de una actitud que quizá también nosotros adoptamos cuando alguien nos pide un favor importante. «Lo bueno se hace esperar», dice la sabiduría popular. Creemos que si realmente es relevante, la otra persona nos insistirá un poco más, hasta conseguir lo que se propone. Si no es así, aquella petición quizá quede en el olvido.


Jesús quiso mostrarnos que la mujer anhelaba realmente la curación de su hija. Esa aparente indiferencia buscaba que la cananea mostrase su fe de una manera concreta y audaz. En efecto, ella pide aunque su insistencia parezca inoportuna, persiste aunque se tenga por indigna y persevera ante las dificultades hasta que al fin logra lo que quiere. «Vemos muchas veces que el Señor no nos concede enseguida lo que pedimos –decía el santo Cura de Ars–; esto lo hace para que lo deseemos con más ardor, o para que apreciemos mejor lo que vale. Tal retraso no es una negativa sino una prueba que nos dispone a recibir más abundantemente lo que pedimos»[3].


Jesús, al ver la tenacidad de aquella mujer, exclamó: «¡Qué grande es tu fe! Que sea como tú quieres» (Mt 15,28). Se podría decir que el Señor buscaba que acrecentase su deseo porque, al final, el milagro se iba a realizar conforme a lo que ella quería. Si su deseo hubiese sido pequeño, quizás el prodigio habría sido menor. Pero, como fue grande, el milagro será completo. «Esta humilde mujer es indicada por Jesús como ejemplo de fe inquebrantable. Su insistencia en invocar la intervención de Cristo es para nosotros estímulo para no desanimarnos, para no desesperar cuando estamos oprimidos por las duras pruebas de la vida. El Señor no se da la vuelta ante nuestras necesidades y, si a veces parece insensible a peticiones de ayuda, es para poner a prueba y robustecer nuestra fe»[4].


LA CANANEA aparentemente consiguió cambiar los planes previstos por Jesús. Podemos decir que el Señor no pensaba realizar ningún milagro mientras se dirigía a Tiro y Sidón, y menos a alguien que no era de Israel, pues él había sido enviado para anunciar la salvación en primer lugar al pueblo de su Padre Dios. Sin embargo, la insistencia de la mujer logró conmover a Cristo y cambió su opinión. Esta dinámica sorprendente es, en realidad, algo que también sucede en otras partes de la Escritura. Ocurre, por ejemplo, cuando Abraham intercede por Sodoma (cfr. Gn 18,22-33), o cuando Moisés pide clemencia para los israelitas que habían cometido idolatría (cfr. Ex 32,11-14). También sucede cuando María, en las bodas de Caná, consigue que Jesús anticipe su hora y convierta el agua en vino para alegría de la fiesta (cfr. Jn 2, 1-11). Todos esos cambios de actitud del Señor están motivados, principalmente, por las necesidades de los hombres. Además, nos muestran que los planes de la divina providencia cuentan con nuestra libertad y nuestras acciones. Jesús es sensible a lo que le pedimos y nos escucha con mayor comprensión de la que incluso podríamos desear.


Volviendo al cambio de actitud del Señor, en ocasiones a nosotros también nos puede ocurrir algo parecido. Tenemos en mente un plan y, de forma imprevista, a una persona a quien queremos le surge una necesidad. O también puede suceder que tengamos una opinión muy clara sobre un tema, y un familiar o un compañero piense todo lo contrario. En uno y otro caso, quizá podemos tener la tendencia de proteger a toda costa nuestros espacios y nuestros tiempos, o de imponer nuestros planteamientos. La conducta del Señor nos sugiere la prioridad que tienen las personas, especialmente cuando se encuentran necesitadas, por encima de nuestros esquemas. Y «esa apertura del corazón es fuente de felicidad, porque “hay más alegría en dar que en recibir” (Hch 20,35). Uno no vive mejor si escapa de los demás, si se esconde, si se niega a compartir, si se resiste a dar, si se encierra en la comodidad»[5]. Podemos pedir a María que interceda por nosotros para que sepamos mirar con la ternura de su hijo a todas las personas que pasan por nuestra vida.


6 de agosto de 2024

LA TRANSFIGURACION

 



Evangelio (Mc 9, 2-10)


En aquel tiempo, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a Juan, subió aparte con ellos solos a un monte alto, y se transfiguró delante de ellos. Sus vestidos se volvieron de un blanco deslumbrador, como no puede dejarlos ningún batanero del mundo. Se les aparecieron Elías y Moisés, conversando con Jesús. Entonces Pedro tomó la palabra y dijo a Jesús: “Maestro, ¡qué bueno es que estemos aquí! Vamos a hacer tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías”. No sabía qué decir, pues estaban asustados. Se formó una nube que los cubrió y salió una voz de la nube: “Este es mi Hijo, el amado, escuchadlo”. De pronto, al mirar alrededor, no vieron a nadie más que a Jesús, solo con ellos. Cuando bajaban del monte, les ordenó que no contasen a nadie lo que habían visto hasta que el Hijo del hombre resucitara de entre los muertos. Esto se les quedó grabado y discutían qué quería decir aquello de resucitar de entre los muertos.


PARA TU RATO DE ORACION 


SEIS días después de anunciar a los discípulos su muerte y su resurrección, el Señor tomó consigo a Pedro, a Santiago y a Juan, «y los condujo a un monte alto, a ellos solos. Y se transfiguró ante ellos, de modo que su rostro se puso resplandeciente como el sol, y sus vestidos blancos como la luz» (Mt 17,1-2). Antes de la Pasión, «Jesús manifiesta su gloria a los apóstoles, a fin de que tengan la fuerza para afrontar el escándalo de la cruz y comprendan que es necesario pasar a través de muchas tribulaciones para llegar al reino de Dios»[1]. El evento de la Transfiguración es, por tanto, un mensaje de esperanza para los momentos de la cruz. Los sufrimientos, las pequeñas y grandes contrariedades del día a día, son la puerta que nos llevan a acompañar al Señor en su gloria: «¡Jesús: verte, hablarte! ¡Permanecer así, contemplándote, abismado en la inmensidad de tu hermosura y no cesar nunca, nunca, en esa contemplación!»[2].


La vida es un camino hacia el cielo. Y el Señor enseñó a los apóstoles que, en ese camino, el sufrimiento no es solo una parada inevitable, un peaje amargo que es necesario pagar contra la propia voluntad, sino que Jesús mismo cargó con la cruz, la llevó por amor sobre sus hombros. Él se entregó porque quiso. Nos muestra así que el auténtico mal no es tanto experimentar una contrariedad, sino pensar que tenemos que atravesarlo solos, o pretender vivir como si la cruz no existiera. «¿No es verdad que en cuanto dejas de tener miedo a la Cruz, a eso que la gente llama cruz, cuando pones tu voluntad en aceptar la Voluntad divina, eres feliz, y se pasan todas las preocupaciones, los sufrimientos físicos o morales?»[3]. La esperanza de contemplar a Jesús en su gloria, como hicieron los apóstoles en la Transfiguración, nos llenará de fortaleza para poder ver el reflejo de su rostro en las dificultades de cada día.


PEDRO, al contemplar la gloria de la Transfiguración, dirigió a Jesús unas emocionadas palabras: «Qué bien estamos aquí; si quieres haré aquí tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías» (Mt 17,4). El apóstol había experimentado un anticipo del paraíso, una felicidad que iba mucho más allá de sus propias expectativas y vivencias. Por eso, quizás como habría hecho cualquiera de nosotros, quiso que ese momento durase para siempre, que no se esfumara con la misma velocidad con que había venido, o con la rapidez con que desaparecían tantas otras alegrías. Pero Cristo no lo permitió. Él no le había hecho partícipe de la gloria del cielo para que escapara de la realidad, sino para que tuviera una guía ante los días oscuros de la Pasión. «La belleza de Jesús no aparta a los discípulos de la realidad de la vida, sino que les da la fuerza para seguirlo hasta Jerusalén, hasta la cruz. La belleza de Cristo no es alienante, te lleva siempre adelante, no hace que te escondas»[4].


También nosotros podemos experimentar en la tierra algunos anticipos del paraíso, momentos en los que sentimos con especial fuerza la presencia de Jesús, sobre todo en personas que amamos. En nuestra vida de piedad podemos también atravesar etapas de mayor disfrute afectivo. En el amor matrimonial, en la familia, en la amistad sincera o en la ilusión por mejorar nuestro mundo, podemos empezar a degustar parte del ciento por uno que Dios nos ha prometido. Y es normal que, como Pedro, queramos que esas circunstancias se mantengan así siempre o duren lo máximo posible. Sin embargo, el Señor permite estos anticipos del cielo no para retenerlos cueste lo que cueste, sino para impulsarnos. El recuerdo de esos momentos nos dará luz para los días de oscuridad y nos guiará a una felicidad mucho más duradera que la de la Transfiguración: la gloria de la vida eterna. «Un gran Amor te espera en el Cielo: sin traiciones, sin engaños: ¡todo el amor, toda la belleza, toda la grandeza, toda la ciencia...! Y sin empalago: te saciará sin saciar»[5].


ALGUNAS de las manifestaciones más importantes de Dios han tenido lugar en lo alto del monte. Así se puede observar en episodios como la alianza que estableció con Abraham en el monte Moria o la entrega a Moises de las tablas de la Ley en el Sinaí. La misma muerte de Jesús ocurrió también en otro monte, el Calvario. Y en la Transfiguración, el evangelista hace notar que los apóstoles tuvieron que subir a lo alto del Tabor (cfr. Mt 17,1). Esta ascensión nos invita a «reflexionar sobre la importancia de separarse de las cosas mundanas, para cumplir un camino hacia lo alto y contemplar a Jesús. Se trata de ponernos a la escucha atenta y orante del Cristo, el Hijo amado del Padre, buscando momentos de oración que permiten la acogida dócil y alegre de la Palabra de Dios»[6].


En los tiempos de descanso tenemos una ocasión para desconectar del ritmo del día a día y escuchar la voz de Jesús. Con el cuerpo y el espíritu renovados, podemos profundizar en nuestra relación con Dios y los demás: hacer la oración con más calma y serenidad, leer el Evangelio, pasar más tiempo con nuestra familia y nuestros amigos… Después podremos bajar del monte «cargados con la fuerza del Espíritu divino, para decidir nuevos pasos de conversión y para testimoniar constantemente la caridad, como ley de vida cotidiana. Transformados por la presencia de Cristo y del ardor de su palabra, seremos signo concreto del amor vivificante de Dios para todos nuestros hermanos»[7].


San Josemaría consideraba que el verdadero descanso no es evasión, ni tiempo dedicado exclusivamente al ocio, sino separación de la realidad cotidiana para «acopiar fuerzas, ideales, planes... En pocas palabras: cambiar de ocupación, para volver después –con nuevos bríos– al quehacer habitual»[8]. Podemos pedir a María que nos ayude a vivir esos momentos de descanso –ya sean prolongados durante un periodo o bien breves en el día a día– con el deseo de contemplar a Jesús como hicieron los apóstoles en la Transfiguración.

5 de agosto de 2024

OPTIMISMO




EVANGELIO Mateo (14,13-21)

En aquel tiempo, al enterarse Jesús de la muerte de Juan el Bautista, se marchó de allí en barca, a solas, a un lugar desierto. Cuando la gente lo supo, lo siguió por tierra desde los poblados.

Al desembarcar vio Jesús una multitud, se compadeció de ella y curó a los enfermos. Como se hizo tarde, se acercaron los discípulos a decirle:

«Estamos en despoblado y es muy tarde, despide a la multitud para que vayan a las aldeas y se compren comida».

Jesús les replicó:

«No hace falta que vayan, dadles vosotros de comer».

Ellos le replicaron:

«Si aquí no tenemos más que cinco panes y dos peces».

Les dijo:

«Traédmelos».

Mandó a la gente que se recostara en la hierba y tomando los cinco panes y los dos peces, alzando la mirada al cielo, pronunció la bendición, partió los panes y se los dio a los discípulos; los discípulos se los dieron a la gente. Comieron todos y se saciaron y recogieron doce cestos llenos de sobras. Comieron unos cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños.


PARA TU RATO DE ORACION 


LA GENTE lleva ya varias horas escuchando las enseñanzas de Jesús. Entre los discípulos comienza a correr una sensación de inquietud: ¿qué sucederá cuando esta multitud se dé cuenta de que no tendrá tiempo para proveerse de alimentos? Quizá el entusiasmo se transformará en desánimo, o el cansancio hará olvidar rápidamente lo escuchado. Por eso, se acercan discretamente a Jesús y le advierten: «Este es un lugar apartado y ya ha pasado la hora; despide a la gente para que vayan a las aldeas a comprarse alimentos» (Mt 14,15). A pesar de que lo que dicen los apóstoles es razonable, el Señor les responde con unas palabras que no son fáciles de comprender: «No hace falta que se vayan, dadles vosotros de comer» (Mt 14,16)


Los apóstoles no habían acudido a Jesús huyendo de su responsabilidad. No estaban intentando quitarse de encima una dificultad. Es más, se estaban adelantando a un problema y deseaban contribuir a solucionarlo. Pero darles de comer era, sencillamente, una tarea que superaba sus capacidades; de hecho, no habían pensado siquiera que pudiera ser una opción, y menos que tuviera que ver con ellos, pues no tenían provisiones para esa multitud. Por supuesto, se compadecían de aquellas gentes, pero, ¿qué más podían hacer? El Maestro, sin embargo, no cedió: quería que sus discípulos hicieran todo lo humanamente posible para alimentar a quienes habían acudido a escuchar a Jesús.


Se pusieron manos a la obra, aunque el empeño no diera los frutos necesarios: solo dieron con cinco panes y dos peces. Pero Jesús, valorando aquel esfuerzo, los tomó «levantó los ojos al cielo, pronunció la bendición, partió los panes y los dio a los discípulos y los discípulos a la gente» (Mt 14,19). La comida alcanzó para todos e incluso sobró tanto que se necesitaron doce cestos para contener los restos. «El milagro no se produce de la nada, sino de la modesta aportación de un muchacho sencillo que comparte lo que tenía consigo. Jesús no nos pide lo que no tenemos, sino que nos hace ver que si cada uno ofrece lo poco que tiene, puede realizarse un milagro: Dios es capaz de multiplicar nuestro pequeño gesto de amor y hacernos partícipes de su don»[1].


PODEMOS imaginar que la multiplicación de los panes y de los peces sucedió lentamente. Los apóstoles empezarían a repartir el alimento, y poco a poco se darían cuenta del prodigio: aunque lo conseguido fuera escaso, cada vez que volvían a buscar comida daba la impresión de que alcanzaría para algunos más. También el maná era imposible de acumular (cfr. Ex 16,17-20): Dios quería que quienes recibían aquel alimento no perdiesen la conciencia de que era un don divino; quería que confiasen en él, en lugar de buscar una seguridad solamente humana. Por eso, quizá el Señor quiso que los apóstoles tuvieran una experiencia similar. «Jesús manifiesta su poder, pero no de forma espectacular, sino como señal de la caridad, de la generosidad de Dios Padre hacia sus hijos cansados y necesitados»[2].


Meses después, el Señor iba a pedir a los apóstoles que anunciaran el Evangelio por todo el mundo. Nuevamente se podrían sentir pequeños ante tan grande misión: ¿quiénes eran ellos para una empresa así? Podrían entonces traer a su memoria lo que habían vivido el día de la multiplicación de los panes y de los peces. El Señor podía haber dado de comer a esa multitud sin ningún pan, pero quiso que los apóstoles pusieran su parte, que participasen con Dios en su misión. Y aunque los medios fueran siempre escasos, acabaron siendo suficientes. Por eso san Josemaría solía recomendar, antes de fijarse demasiado en las propias fuerzas, «que cada uno de nosotros medite en lo que Dios ha realizado por él»[3]. Lo determinante no es lo que nosotros nos vemos capaces de hacer, sino lo que hace el Señor a través de nosotros. Jesús no quiere que sean nuestras condiciones las que marquen el ritmo de la evangelización, sino las necesidades de las almas y la fuerza del Espíritu Santo que multiplica los dones.


LA FE con la que el Señor espera que actuemos no consiste en la certeza de que nuestras cualidades se multiplicarán. Se trata, más bien, de poner nuestros cinco panes al servicio de Dios, actuar como si esos panes fueran suficientes, incluso si mientras lo hacemos seguimos experimentando nuestra limitación. La fe no es un sentimiento que ignora las dificultades y confía ingenuamente en la buena marcha de las cosas. Es, más bien, la seguridad de que, vayan como vayan, si dejamos obrar al Espíritu Santo, Dios está siempre a nuestro lado y se servirá de ellas en mi favor, en favor de quienes me rodean y de la Iglesia entera.


El Señor ha encomendado una gran misión a la Iglesia y a cada cristiano. No es extraño que en algún momento nos podamos sentir abrumados. El episodio de la multiplicación nos hará de nuevo conscientes de que Dios espera que, como los discípulos, nos impliquemos en la misión apostólica con todas nuestras capacidades. Y espera también que comencemos a hacer lo que podamos sin dejarnos dominar por la preocupación de si conseguiremos o no cumplir las expectativas. La escasez de nuestros panes y peces no ha de impedir que hagamos lo que en cada momento esté en nuestras manos: Dios proveerá a lo que venga después. Así, aunque no nos sintamos seguros, estaremos, de hecho, viviendo de fe.


«El optimismo cristiano no es un optimismo dulzón, ni tampoco una confianza humana en que todo saldrá bien. Es un optimismo que hunde sus raíces en la conciencia de la libertad y en la seguridad del poder de la gracia; un optimismo que lleva a exigirnos a nosotros mismos, a esforzarnos por corresponder en cada instante a las llamadas de Dios»[4]. María supo acoger con fe todos los acontecimientos de su vida, también aquellos que parecían más desconcertantes. Ser la madre de Dios era algo que superaría sus propias capacidades, pero se fio del Señor. Y esa valentía le llevó a ser madre de todos los hombres.


4 de agosto de 2024

PAN VIVO

 



Evangelio (Jn 6,24-35)


Cuando la multitud vio que ni Jesús ni sus discípulos estaban allí, subieron a las barcas y fueron a Cafarnaún buscando a Jesús. Y al encontrarle en la orilla opuesta del mar, le preguntaron:


—Maestro, ¿cuándo has llegado aquí?


Jesús les respondió:


—En verdad, en verdad os digo que vosotros me buscáis no por haber visto los signos, sino porque habéis comido los panes y os habéis saciado. Obrad no por el alimento que se consume sino por el que perdura hasta la vida eterna, el que os dará el Hijo del Hombre, pues a éste lo confirmó Dios Padre con su sello.


Ellos le preguntaron:


—¿Qué debemos hacer para realizar las obras de Dios?


Jesús les respondió:


—Ésta es la obra de Dios: que creáis en quien Él ha enviado.


Le dijeron:


—¿Y qué signo haces tú, para que lo veamos y te creamos? ¿Qué obras realizas tú? Nuestros padres comieron en el desierto el maná, como está escrito: Les dio a comer pan del cielo.


Les respondió Jesús:


—En verdad, en verdad os digo que Moisés no os dio el pan del cielo, sino que mi Padre os da el verdadero pan del cielo. Porque el pan de Dios es el que ha bajado del cielo y da la vida al mundo.


—Señor, danos siempre de este pan —le dijeron ellos.


Jesús les respondió:


—Yo soy el pan de vida; el que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí no tendrá nunca sed.



PARA TU RATO DE ORACION


JESÚS presenta y anticipa la verdad de la Eucaristía en el discurso del pan de vida. Como recoge el Evangelio de la Misa, algunos de los oyentes recordaron al Señor cómo Moisés, durante el éxodo, intercedió ante Dios y llovió pan –maná– del cielo (cfr. Ex 16,2-4.12-15). Cristo se valió de esta alusión para hablarles de un nuevo maná, del pan de Dios que es uno –alguien– que baja del cielo y da vida al mundo. Los discípulos entonces suplicaron al Señor: «Danos siempre de ese pan» (Jn 6, 34). Efectivamente, sentían un hambre que no era física, sino «más fundamental, que no puede saciarse con un alimento ordinario. Se trata aquí de un hambre de vida, un hambre de eternidad. La señal del maná era el anuncio del acontecimiento de Cristo, que saciaría el hambre de eternidad del hombre, convirtiéndose él mismo en el “pan vivo” que “da la vida al mundo”. Los que escuchan a Jesús le piden que realice lo que anunciaba la señal del maná, quizá sin darse cuenta del alcance de su petición»[1].


Si osada es la demanda, más deslumbrante y novedosa es la respuesta de Jesús: «Yo soy el pan de vida. El que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí no tendrá sed jamás» (Jn 6,35). Como advertía san Josemaría: «Esta es la Buena Nueva. Es novedad, noticia, porque nos habla de una profundidad de Amor, que antes no sospechábamos. Es buena, porque nada mejor que unirnos íntimamente a Dios, Bien de todos los bienes. Esta es la Buena Nueva, porque, de alguna manera y de un modo indescriptible, nos anticipa la eternidad»[2].


Con la Eucaristía sucede algo parecido a cuando nos enamoramos de alguien. Tenemos el deseo de estar y conocer a la otra persona. Cada encuentro nos llena y, al mismo tiempo, nos parece insuficiente. Si el amor es auténtico, llegará un momento en que no nos baste ver a la persona cada cierto tiempo: querremos compartir la vida entera con ella. La sagrada Comunión sacia nuestra hambre de Dios y, a la vez, aviva en nosotros el deseo no ya solo de recibirle con más frecuencia, sino de contemplarle cara a cara en la vida eterna. El pan eucarístico es indispensable para seguir caminando hacia esa meta, de modo análogo a como los israelitas caminaban en el desierto hacia la tierra prometida. Así es como Jesús –también con el Pan Eucarístico– nos va atrayendo hacia sí, hacia la plenitud del cielo.


EN LA SEGUNDA lectura de la Misa, san Pablo exhorta así a los habitantes de Éfeso: «Despojaos del hombre viejo y de su anterior modo de vida, corrompido por sus apetencias seductoras; renovaos en la mente y en el espíritu y revestíos de la nueva condición humana creada a imagen de Dios: justicia y santidad verdaderas» (Ef 4,22-24). Nos gustaría secundar esa invitación del apóstol, pero en ocasiones notamos que nos faltan pautas concretas para ponerla por obra. Tal vez nos hemos planteado, al igual que Nicodemo lo hizo en su momento (cfr. Jn 3,4), cómo lograr renacer, qué camino emprender para llevar a cabo esa renovación interior que deseamos. Y una propuesta concreta la hallamos precisamente en la santa Misa: «Quizá, a veces, nos hemos preguntado cómo podemos corresponder a tanto amor de Dios; quizá hemos deseado ver expuesto claramente un programa de vida cristiana. La solución es fácil, y está al alcance de todos los fieles: participar amorosamente en la santa Misa, aprender en la Misa a tratar a Dios, porque en este sacrificio se encierra todo lo que el Señor quiere de nosotros»[3].


En el rito de la ordenación sacerdotal, el obispo pone en las manos de los ordenandos la patena y el cáliz, mientras les dice: «Advierte bien lo que vas a realizar, imita lo que tendrás en tus manos y configura toda tu vida con el misterio de la cruz del Señor»[4]. El pan de vida nos va conformando poco a poco con Dios mismo: al vivir de la Eucaristía vamos imitando e imprimiendo en nosotros aquello que comemos. El alimento humano es asimilado por el organismo, se va haciendo parte de quien lo consume, que lo metaboliza; paradójicamente, con el pan de vida sucede al contrario: somos nosotros quienes nos vamos asimilando a aquel que bajó del cielo.


La presencia real de Jesús en las especies eucarísticas manifiesta el amor que nos tiene; refleja su empeño por quedarse cerca de nosotros, al alcance de nuestra mirada, como queriendo necesitar compañía de los hombres. Por eso la Eucaristía «es de lo más precioso que la Iglesia puede tener en su caminar por la historia. Así se explica la esmerada atención que ha prestado siempre al Misterio eucarístico[5]». Un cuidado y un esmero que deseamos hacer nuestro, y que sea cada día más hondo.


«LO QUE oímos y aprendimos, lo que nuestros padres nos contaron, lo contaremos a la futura generación» (Salmo 77,3-4). Esta exclamación del salmista glosa el deseo de transmitir fielmente a los demás la obra de la salvación, los tesoros de Dios. Sabemos muy bien que la Eucaristía, en cierto sentido, no nos pertenece. No es obra nuestra, sino de la Trinidad. De ahí nuestro empeño por custodiarla fielmente, de acercar a ella a quienes Dios pone en nuestro camino, porque la Eucaristía tiene un gran potencial evangelizador. Y como es lógico, solo se puede guardar y difundir fielmente aquello que conocemos y amamos. Uno de los modos de profundizar en el amor a la Eucaristía es a través de la liturgia de la Iglesia, «la gran educadora en la primacía de la fe y de la gracia»[6].


Es posible que a veces los ritos y los gestos litúrgicos puedan resultarnos algo indescifrable; podemos entonces llegar a descartarlos o a no darles demasiada importancia, como un conjunto de cosas que se ejecutan sin más. Sin embargo, siempre podemos intentar calibrar poco a poco aquello que nos muestran, sin pensar que son sencillamente acciones sin sentido. De hecho, esos gestos son «expresión madurada a lo largo de los siglos de los sentimientos de Cristo y nos enseñan a tener los mismos sentimientos que él; conformando nuestra mente con sus palabras, elevamos al Señor nuestro corazón»[7]. Por ejemplo, el beso al altar que da el sacerdote al llegar al presbiterio es expresión de veneración. «Subo al altar con ansia –comentaba san Josemaría–, y más que poner las manos sobre él, lo abrazo con cariño y lo beso como un enamorado, que eso soy: ¡enamorado! ¡Estaría apañado si no lo fuera!». Asimismo, el gesto de origen bíblico de golpearse el pecho en el acto penitencial acompaña físicamente nuestra petición oral de perdón. «Os habéis golpeado el pecho al oír el yo confieso –decía san Agustín–. Ahora bien, ¿qué significa golpearse el pecho sino acusar lo que está metido en el pecho y castigar con ese golpe visible los invisibles pecados?»[8].


«La liturgia da gloria a Dios no porque podamos añadir algo a la belleza de la luz inaccesible en la que él habita (cfr. 1Tim 6,16) o a la perfección del canto angélico, que resuena eternamente en las moradas celestiales. La liturgia da gloria a Dios porque nos permite, aquí en la tierra, ver a Dios en la celebración de los misterios y, al verlo, revivir por su Pascua: nosotros, que estábamos muertos por los pecados, hemos revivido por la gracia con Cristo (cfr. Ef 2,5), somos la gloria de Dios»[9]. Podemos pedir a la Virgen María que nos ayude a profundizar en la liturgia de la Iglesia. De este modo, podrá crecer en nosotros una sensibilidad que nos permita reconocer a su Hijo en la celebración eucarística y en toda circunstancia.


3 de agosto de 2024

Los frutos de la templanza

 



Evangelio (Mt 14, 1-12)


En aquel entonces oyó el tetrarca Herodes la fama de Jesús, y les dijo a sus cortesanos: —Éste es Juan el Bautista, que ha resucitado de entre los muertos, y por eso actúan en él esos poderes.


Herodes, en efecto, había apresado a Juan, lo había encadenado y lo había metido en la cárcel a causa de Herodías, la mujer de su hermano Filipo, porque Juan le decía: «No te es lícito tenerla». Y aunque quería matarlo, tenía miedo del pueblo porque lo consideraban un profeta.


El día del cumpleaños de Herodes salió a bailar la hija de Herodías y le gustó tanto a Herodes, que juró darle cualquier cosa que pidiese. Ella, instigada por su madre, dijo: —Dame aquí, en una bandeja, la cabeza de Juan el Bautista.


El rey se entristeció, pero por el juramento y por los comensales ordenó dársela. Y mandó decapitar a Juan en la cárcel. Trajeron su cabeza en una bandeja y se la dieron a la muchacha, que la entregó a su madre. Acudieron luego sus discípulos, tomaron el cuerpo muerto, lo enterraron y fueron a dar la noticia a Jesús.


PARA TU RATO DE ORACIÓN 


HERODES había encarcelado a Juan el Bautista y se había casado con Herodías, la mujer de su hermano. Como el profeta no aceptaba esa unión, el rey lo había metido en la cárcel. Aunque Herodías deseaba matar al Bautista, Herodes reconocía que se trataba de un hombre justo y santo, y quería protegerlo. Además de que le escuchaba con gusto, tenía miedo de que una condena así agitara al pueblo. Sin embargo, el día de su cumpleaños vio danzar a «la hija de Herodías y le gustó tanto a Herodes, que juró darle cualquier cosa que pidiese» (Mt 14,6-7). Ella, instigada por su madre, pidió la muerte del Bautista. Herodes, como no quería incumplir su juramento ni quedar mal frente a los invitados, mandó decapitar a Juan.


Todo parece indicar que Herodes carecía de convicciones buenas y firmes que pudiesen orientar sus inclinaciones más inmediatas. Podríamos decir que, según lo que conocemos de su figura, se guiaba por lo que sentía superficialmente en cada momento. Quizás así llegó a unirse a la mujer de su hermano, por eso mantuvo con vida a Juan, y por eso ofreció a la hija de Herodías lo que quisiese, aunque fuera la mitad de su reino. Afianzar la propia vida sobre algo tan inestable y peligroso como las inclinaciones más inmediatas y superficiales nos lleva, finalmente, a no saber dónde buscar la verdadera felicidad. En estas situaciones, la meta, el fin de las acciones, el porqué hacemos las cosas, cambia con tanta frecuencia que uno no sabe hacia dónde se dirige. Esto, además de producir insatisfacción, puede dar lugar a terribles injusticias como las que comete Herodes con quienes le rodean y consigo mismo.


«Muchas personas sufren porque no saben qué quieren hacer con su vida; probablemente nunca han tomado contacto con su deseo profundo (...). De aquí surge el riesgo de transcurrir la existencia entre intentos y expedientes de diversa índole, sin llegar nunca a ningún lado, o desperdiciando oportunidades valiosas»1. Podemos pedir a Dios que nos ayude a identificar los deseos más profundos que él mismo ha puesto en nuestro corazón para que, trabajando por purificarlos en el camino de la vida, sean la guía que nos oriente hacia la felicidad con él, en la tierra y en el cielo.


HERODES, al escuchar la petición de la hija de Herodías, «se entristeció» (Mt 14,9). Intuía que iba a realizar algo que, en realidad, no deseaba. Por la pasión que le había provocado aquella mujer, por no haber educado a su corazón para gustar ordenadamente del bien y de la belleza, iba a mandar matar a una persona que consideraba respetable. Y esa decisión le llenaba de tristeza, pues iba a sacrificar a alguien a quien estimaba.


Aprender a educar el corazón para lo valioso, en cambio, nos llena de alegría, porque nos permite ser quienes de verdad queremos ser. Aprendemos a gozar con lo verdaderamente bueno, porque crece en nosotros una complicidad con la presencia de Dios en las personas y en todo lo creado. Educar nuestros deseos refuerza nuestra identidad, nos protege ante tantos peligros del camino. Un corazón como el de Herodes, en cambio, sacrifica lo que realmente vale la pena –su matrimonio o la vida de Juan– por un destello de placer; un corazón puro, en cambio, vibra con lo valioso, lo disfruta, no se deja dominar por lo efímero o superficial.


En este sentido, san Josemaría decía que la castidad «es combate, pero no renuncia; respondemos con una afirmación gozosa, con una entrega libre y alegre. Tu comportamiento no ha de limitarse a esquivar la caída, la ocasión. No ha de reducirse de ninguna manera a una negación fría y matemática. ¿Te has convencido de que la castidad es una virtud y de que, como tal, debe crecer y perfeccionarse?»2. La castidad no consiste en ignorar nuestra afectividad ni en oponerse a lo que sentimos. Aunque es cierto que en algunos momentos implica actuar contra alguna inclinación inmediata, este no es el objetivo de la virtud sino, más bien, el de educar nuestro corazón para disfrutar con bienes más grandes, con lo que de verdad llena nuestra alma.


QUIZÁ todos tenemos la experiencia de estar siguiendo una película, una serie o un libro con especial interés. Nuestros sentidos se encuentran centrados en aquello que ha atraído nuestra atención. La trama nos tiene tan atrapados que no damos importancia a lo que nos sucede alrededor o a las preocupaciones que antes llenaban nuestra cabeza. Sin desmerecer el valor de los formatos que contribuyen al entretenimiento, la imagen de los sentidos sometidos a una fuerza externa quizá puede ayudar a ilustrar aquella sugerencia de san Josemaría para vivir el cuidado del corazón: «¿Para qué has de mirar, si “tu mundo” lo llevas dentro de ti?»3. Si uno lleva un mundo dentro de sí –hecho de cosas grandes, humanas y divinas, hacia las que dirigimos nuestra ilusión y nuestro tiempo–, las tentaciones contra la castidad pueden tener una cierta fuerza de atracción, pero serán mucho más fáciles de combatir: serán percibidas como una amenaza a la armonía del propio mundo interior, nos complican seguir con atención aquello que realmente nos interesa.


La castidad nos permite conectar afectivamente con las demás personas, y disfrutar con todo lo hermoso, lo noble, lo genuinamente divertido. En cambio, la falta de esta virtud impide muchas veces gozar de las pequeñas cosas de la vida y de las relaciones personales, pues se perciben como poco relevantes o insípidas. Por eso, decía también san Josemaría: «No me ha gustado nunca hablar de impureza. Yo quiero considerar los frutos de la templanza. (...) Al vivir así –con sacrificio– [el hombre] se libra de muchas esclavitudes y logra, en lo íntimo de su corazón, saborear todo el amor de Dios (...); se está en condiciones de preocuparse de los demás, de compartir lo propio con todos, de dedicarse a tareas grandes»4. Podemos pedir a la Virgen María que nos ayude a hacer crecer en nuestra alma la virtud de la castidad, para poder apreciar así el genuino sabor de una vida junto a su Hijo.

2 de agosto de 2024

NORMALIDAD

 



Evangelio (Mt 13, 54-58)


Y al llegar a su ciudad se puso a enseñarles en su sinagoga, de manera que se quedaban admirados y decían: —¿De dónde le viene a éste esa sabiduría y esos poderes? ¿No es éste el hijo del artesano? ¿No se llama su madre María y sus hermanos Santiago, José, Simón y Judas? Y sus hermanas ¿no viven todas entre nosotros? ¿Pues de dónde le viene todo esto?


Y se escandalizaban de él. Pero Jesús les dijo: —No hay profeta que sea menospreciado, si no es en su tierra y en su casa.


Y no hizo allí muchos milagros por su incredulidad.


PARA TU RATO DE ORACION 


CUENTA san Lucas que Jesús, cuando comenzó su vida pública, rondaba los treinta años (cfr. Lc 3,23). Hasta entonces, el Señor había vivido con su familia, primero en Belén y después, tras un breve período en Egipto, en una aldea llamada Nazaret. Un día, Jesús dejó su hogar y se marchó rumbo al desierto de Judea para ser bautizado por Juan. Más tarde, se instaló en Cafarnaún, donde volvía a descansar con sus discípulos después de sus correrías apostólicas.


En una ocasión el Señor regresó a Nazaret, como escala en su recorrido por los pueblos y aldeas de Galilea. Volvía al que fuera su hogar durante tantos años, pero lo hacía como el maestro del que todo el mundo hablaba. La fama de su enseñanza y de sus milagros lo precedían. Y tan era así que sus paisanos, admirados, decían: «¿De dónde le viene a este esa sabiduría y esos poderes? ¿No es este el hijo del artesano? ¿No se llama su madre María y sus hermanos Santiago, José, Simón y Judas? Y sus hermanas ¿no viven todas entre nosotros? ¿Pues de dónde le viene todo esto?» (Mt 13,54-56).


Trabajo, familia, amistad, relaciones sociales… Los vecinos de Jesús nos indican las coordenadas en las que se había desarrollado la vida del Señor durante aquellos primeros treinta años. Y se sorprenden. Pero todas esas actividades, tan normales a los ojos de cualquiera, tuvieron un sentido redentor. Las horas pasadas en el taller, las conversaciones con sus amigos, las reuniones de familia… Todo eso contribuyó a la salvación de los hombres y a restaurar nuestra comunión con Dios[1]. Cristo nos muestra así que nuestro día a día también puede tener una dimensión más profunda que la que se puede apreciar a simple vista. «Jesús, creciendo y viviendo como uno de nosotros, nos revela que la existencia humana, el quehacer corriente y ordinario, tiene un sentido divino. Por mucho que hayamos considerado estas verdades, debemos llenarnos siempre de admiración al pensar en los treinta años de oscuridad, que constituyen la mayor parte del paso de Jesús entre sus hermanos los hombres. Años de sombra, pero para nosotros claros como la luz del sol. Mejor, resplandor que ilumina nuestros días y les da una auténtica proyección, porque somos cristianos corrientes, que llevamos una vida ordinaria, igual a la de tantos millones de personas en los más diversos lugares del mundo»[2].


LOS PAISANOS de Jesús no habían sido capaces de reconocer la santidad escondida en aquella vida corriente, igual a la que ellos llevaban, que había transcurrido durante años delante de sus ojos. Y ahora que veían un poco de los frutos maduros de aquella vida santa de Jesús, «se escandalizaban de él» (Mt 13,57). Para explicarles que su reacción es en cierto modo natural, el Señor recurre a un refrán popular: «No hay profeta que no sea menospreciado en su tierra y en su casa» (Mt 13,57).


Como a los vecinos de Jesús, la posibilidad de una santidad tan normal a veces puede resultar sorprendente. Quizá pensamos que, para ser santos, es necesario realizar una hazaña importante o bien llevar una existencia perfecta, sin tacha. En realidad, gracias a Dios podemos contemplar en nuestro día a día a muchas personas que, a través de sus ocupaciones realizadas con amor, nos muestran la normalidad de la vida cristiana. «Me gusta ver la santidad en el pueblo de Dios paciente: en los padres que crían con tanto amor a sus hijos, en esos hombres y mujeres que trabajan para llevar el pan a su casa, en los enfermos, en las religiosas ancianas que siguen sonriendo. En esta constancia para seguir adelante día a día, veo la santidad de la Iglesia militante. Esa es muchas veces la santidad “de la puerta de al lado”, de aquellos que viven cerca de nosotros y son un reflejo de la presencia de Dios (...). Dejémonos estimular por los signos de santidad que el Señor nos presenta a través de los más humildes miembros de ese pueblo»[3].


En muchos casos, esos signos de santidad los hemos contemplado por primera vez en nuestros padres. Ellos fueron quienes sembraron en nosotros la semilla de la fe y nos sacaron adelante sin ahorrarse ningún sacrificio. Así le ocurrió, por ejemplo, a san Josemaría. En su adolescencia, había cosas en la conducta de sus padres que no entendía, y se rebelaba interiormente. Con el paso de los años, fue creciendo en la conciencia de aquella santidad que le había pasado oculta. «Lo veo ahora, y cada día con más claridad, con más agradecimiento al Señor, a mis padres, a mi hermana Carmen… Yo he encontrado bien cerca de mi corazón buenos modelos, que se limitaban a encajar con noble alegría las desdichas, a no exagerar el peso de la santa cruz y a no descuidar sus obligaciones de estado. Mis padres, mis padres calladamente heroicos, son mi gran orgullo»[4].


SAN MATEO cierra la narración señalando que Jesús «no hizo allí muchos milagros porque les faltaba fe» (Mt 13,58). San Marcos, en el paso paralelo, añade que es el Señor quien se escandaliza por la incredulidad de sus paisanos (cfr. Mc 6,6). A lo largo del Evangelio vemos que Cristo se sorprende en varias ocasiones por la falta de fe. Repetidas veces dirige a la gente o a los discípulos una queja llena de asombro: «¡Hombres de poca fe!» (Mt 14,31; Mt 16,8; Mt 17,20; Lc 12,28); «si no veis signos y prodigios, ¡no creéis!» (Jn 4,48).


Jesús nos enseña que la fe es una virtud para ejercitar en la vida cotidiana. Desde un punto de vista humano, quizá nos parece que necesitamos cosas extraordinarias y aparatosas para encender nuestra fe. Pero el Señor tiene una lógica diversa. Él ama lo ordinario porque ve constantemente en ello la maravillosa acción de su Padre y la invitación a colaborar con él: «Mirad las aves del cielo… vuestro Padre celestial las alimenta» (Mt 6, 26); «mirad los lirios del campo… Dios los viste así» (Mt 6, 28.30); «mi Padre no deja de trabajar y yo también trabajo» (Jn 5, 17).


En unión con Jesús, estamos llamados a dejar que en nuestras circunstancias ordinarias se despliegue su vida divina, en un constante ejercicio de la fe y, con ella, de la esperanza y de la caridad. «Por tanto, todos los fieles cristianos, en las condiciones, ocupaciones o circunstancias de su vida, y a través de todo eso, se santificarán más cada día si lo aceptan todo con fe de la mano del Padre celestial y colaboran con la voluntad divina, haciendo manifiesta a todos, incluso en su dedicación a las tareas temporales, la caridad con que Dios amó al mundo»[5]. Nuestro Padre Dios conserva como un tesoro cada instante de nuestra existencia cotidiana, como hizo la Virgen María con aquellos años ocultos de su hijo. Mientras «Jesús crecía en sabiduría, en edad y en gracia delante de Dios y de los hombres» (Lc 2,52), a su madre no se le escapaba esa santidad cotidiana, y la fue atesorando en su corazón (cfr. Lc 2,51). Ella nos ayudará a descubrir la santidad de la normalidad, y a revivir en cada una de nuestras jornadas la vida oculta de Jesús.



1 de agosto de 2024

PUERTAS ABIERTAS




Evangelio (Mt 13,44-46)


El Reino de los Cielos es como un tesoro escondido en el campo que, al encontrarlo un hombre, lo oculta y, en su alegría, va y vende todo cuanto tiene y compra aquel campo.


Asimismo el Reino de los Cielos es como un comerciante que busca perlas finas y, cuando encuentra una perla de gran valor, va y vende todo cuanto tiene y la compra.



PARA TU RATO DE ORACION 


ALGUNOS APÓSTOLES eran pescadores del mar de Galilea. Al convivir con ellos, Jesús se familiarizó con las faenas de su oficio; o bien las conocía de antes por desplazamientos a otras poblaciones costeras. Sea de un modo o de otro, muchos de los que acudían a escuchar su predicación vivían en los pueblos situados en los alrededores del lago. Por eso, no es extraño que el Maestro ilustre sus enseñanzas con ejemplos de barcas, redes y peces: «El Reino de los Cielos es como una red barredera que se echa en el mar y recoge toda clase de cosas. Y cuando está llena la arrastran a la orilla, y se sientan para echar lo bueno en cestos, y lo malo tirarlo fuera» (Mt 13, 47-48).


Jesús compara su Reino con una red que recoge peces de todo tipo. Los apóstoles sabían bien que en el lago había muchas especies, pero no todas tenían la misma calidad. Cuando echaban la red barredera, no se detenían a clasificar lo que iban capturando: ya lo harían después, en la orilla, cuando llegue la hora de la selección. Entonces dejarán las redes en la arena y comenzarán la división: los aprovechables se recogerán en cestas, y los malos se tirarán fuera.


La red barredera es, en cierto sentido, una imagen de la Iglesia, que tiene gran parte en traer el Reino de Dios a la tierra. También en la Iglesia coexisten todo tipo de peces, y así sucederá hasta el final de los tiempos. Nosotros mismos luchamos para, a través del camino de la humildad, no ser esa parte que se tira fuera. La Iglesia es «un pueblo santo, compuesto por criaturas con miserias: esta aparente contradicción marca un aspecto del misterio de la Iglesia –señalaba san Josemaría–. La Iglesia, que es divina, es también humana, porque está formada por hombres y los hombres tenemos defectos: todos somos polvo y ceniza»[1]. Al mismo tiempo, sabemos que estas debilidades no conforman el panorama definitivo del pueblo de Dios. Por su gracia, siempre podemos percibir signos de santidad en las personas que nos rodean y en quienes nos apoyamos; ellas nos muestran «el rostro más bello de la Iglesia»[2].


LA IGLESIA es santa porque su fundador, Cristo, es santo. «Él se entregó por ella para santificarla, la unió a sí mismo como su propio cuerpo y la llenó del don del Espíritu Santo para gloria de Dios»[3]. Sus hijos la amamos porque en ella está Jesús y en ella encontramos los medios de santificación, la doctrina y los sacramentos.


Los cristianos también estamos llamados a esa santidad. En efecto, no se trata de llevar una existencia perfecta, sin defectos; de hecho la Iglesia es santa aunque en su seno se encuentren personas con debilidades. Por eso lo decisivo en la santidad no es tanto la ausencia de errores –algo imposible, por otra parte–, sino el deseo vivo de permanecer en unión con Cristo, que sea él quien tome las riendas de nuestra vida del mismo modo en que él guía a la Iglesia.


«La santidad se mide por la estatura que Cristo alcanza en nosotros, por el grado como, con la fuerza del Espíritu Santo, modelamos toda nuestra vida según la suya»[4]. Cada santo refleja el rostro de Jesús. De ahí que, en el fondo, la santidad sea «vivir en unión con él los misterios de su vida. Consiste en asociarse a la muerte y resurrección del Señor de una manera única y personal, en morir y resucitar constantemente con él. Pero también puede implicar reproducir en la propia existencia distintos aspectos de la vida terrena de Jesús»[5]. Contemplar estos misterios nos ayudará a manifestarlos en el día a día, adecuados perfectamente a nuestro temperamento y a nuestra manera de ser, purificándolos. Con la lectura frecuente del Evangelio podemos empaparnos de ese modo de ser de Cristo y forjar en nosotros su imagen para reflejarla en el mundo.


EN LA IGLESIA conviven la belleza de la santidad, con la fealdad del pecado; la grandeza de corazones generosos, con la mezquindad de otros; la fortaleza que llega hasta el heroísmo, con la debilidad que puede acabar en traición. Por eso, nuestra Madre es santa y, a la vez, en sus fieles, siempre necesitada de purificación y conversión. En cualquier caso, además de empeñarnos humildemente en nuestra propia santidad, «cuando el Señor permita que la flaqueza humana aparezca, nuestra reacción ha de ser la misma que si viéramos a nuestra madre enferma o tratada con desafecto: amarla más, darle más manifestaciones externas e interiores de cariño. Si amamos a la Iglesia no surgirá nunca en nosotros ese interés morboso de airear, como culpa de la Madre, las miserias de algunos de los hijos»[6].


En numerosas ocasiones, Jesucristo predicó que no había venido a curar a los que estaban sanos, sino a los enfermos. Con sus palabras y sus gestos manifestaba que estaba más interesado en los pecadores que en los que se creían ya justificados. Por eso, en su día a día el Maestro no dudaba en acercarse a aquellos que, exteriormente, podían parecer que estaban lejos de Dios: les dirigía su palabra, les invitaba a vivir con él y a seguirle.


La familia que Jesús formó con sus seguidores no era una comunidad de hombres y mujeres perfectos, cerrada en sí misma. Por eso, la Iglesia está llamada a ser también una casa con las puertas abiertas para que todos los que quieran puedan entrar, sin distinción alguna, pues la misericordia de Dios «quiere que todos se salven» (1 Tm 2,4). Las puertas de nuestro corazón estarán siempre abiertas para que cualquiera pueda saciar su sed de Dios. Podemos pedir a María, Madre de la Iglesia, que sepamos reflejar en nuestra vida el rostro del santo pueblo de Dios.