"Hago todos los días mi "ratito" de oración: ¡si no fuera por eso!" (Camino, 106)

4 de septiembre de 2024

DIOS ENTRA A NUESTRA CASA

 



Evangelio (Lc 4, 38-44)


Saliendo Jesús de la sinagoga, entró en casa de Simón. La suegra de Simón tenía una fiebre muy alta, y le rogaron por ella. E inclinándose hacia ella, conminó a la fiebre, y la fiebre desapareció. Y al instante, ella se levantó y se puso a servirles.


Al ponerse el sol, todos los que tenían enfermos con diversas dolencias se los traían. Y él, poniendo las manos sobre cada uno, los curaba. De muchos salían demonios gritando y diciendo:


— ¡Tú eres el Hijo de Dios! Y él, increpándoles, no les dejaba hablar porque sabían que él era el Cristo.


Cuando se hizo de día, salió hacia un lugar solitario, y la multitud le buscaba. Llegaron hasta él, e intentaban detenerlo para que no se alejara de ellos. Pero él les dijo:


— Es necesario que yo anuncie también a otras ciudades el Evangelio del Reino de Dios, porque para esto he sido enviado.


E iba predicando por las sinagogas de Judea.


PARA TU RATO DE ORACIÓN


HACE poco que Jesús empezó a predicar. Su fama se ha ido difundiendo por toda la región. Quizá por eso, un endemoniado manifiesta su posesión mientras el Señor se encuentra en la sinagoga de Cafarnaún (cfr. Lc 4,31-37). Pedro, que probablemente contempla la escena, está asombrado ante la potestad de aquel Maestro cuyas enseñanzas no solo comprende, sino que le emocionan y le atraen. Cristo habla de un modo que todos le entienden y, además, acompaña sus palabras con obras que las confirman y les confieren una mayor autoridad. Sin más ritos ni preparaciones, con su sola declaración – «¡Cállate, y sal de él!» (Lc 4,35)–, el demonio abandona aquel hombre.


«Saliendo Jesús de la sinagoga, entró en casa de Simón» (Lc 4,38). Tal vez empujado por lo que ha visto, Pedro no pierde la oportunidad y le pide que cure a su suegra, que «tenía una fiebre muy alta» (Lc 4,38). Cristo no se hace de rogar. No le frena que sea sábado, sino que sale al encuentro de aquella petición. Como acaba de hacer con el espíritu impuro, hace con la fiebre: con su sola palabra desaparece por completo. Y al instante la suegra se levanta y se pone a servirles (cfr. Lc 4,39).


Cuando recibimos al Señor en la Comunión, Jesús entra en nuestra casa como hizo con Pedro. Y en esos momentos, como el apóstol, podemos confiarle lo que ocupa nuestro corazón: preocupaciones, ilusiones, dudas, dolores… En realidad, Dios está ya en disposición de ayudarnos antes incluso de que se lo pidamos. Pero quiere que acudamos a él, que le abramos nuestra intimidad y pongamos en sus manos nuestras necesidades. «Si notas que no puedes, por el motivo que sea, dile, abandonándote en él: ¡Señor, confío en ti, me abandono en ti, pero ayuda mi debilidad! Y lleno de confianza, repítele: mírame, Jesús, soy un trapo sucio; la experiencia de mi vida es tan triste, no merezco ser hijo tuyo. Díselo…; y díselo muchas veces. –No tardarás en oír su voz: «ne timeas!» –¡no temas!; o también: «surge et ambula!» –¡levántate y anda!»[1].


POR PRIMERA vez en el evangelio de san Lucas aparece algo que será una constante en la vida pública del Maestro: aunque muchos le piden la curación del cuerpo, Jesús no se queda solo en eso. Cristo sana los males más importantes: los del alma. Como hará también en otra ocasión, en primer lugar le dirá al paralítico al que bajan por el tejado de una casa: «Tus pecados te son perdonados» (Lc 5,20). Y solo después, añadirá: «Levántate, toma tu camilla y vete a tu casa» (Lc 5,24).


«Al ponerse el sol, todos los que tenían enfermos con diversas dolencias se los traían. Y él, poniendo las manos sobre cada uno, los curaba» (Lc 4,40). Jesús sabe que el reino que va a instaurar echará sus raíces en las almas de las personas. Por eso va preparando el terreno y libera a los hombres tanto de las enfermedades del cuerpo como de las del espíritu. «De muchos salían demonios gritando y diciendo: “¡Tú eres el Hijo de Dios!”» (Lc 4,41). Cristo manifiesta así que «sabe adelantarse, tomar la iniciativa sin miedo, salir al encuentro, buscar a los lejanos y llegar a los cruces de los caminos para invitar a los excluidos. Vive un deseo inagotable de brindar misericordia, fruto de haber experimentado la infinita misericordia del Padre y su fuerza difusiva»[2].


También nosotros podemos acercarnos al Señor con el deseo de que arranque de nuestra alma todo lo que pueda separarnos de él. Como escribía san Josemaría: «Pide al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, y a tu Madre, que te hagan conocerte y llorar por ese montón de cosas sucias que han pasado por ti, dejando –¡ay!– tanto poso… –Y a la vez, sin querer apartarte de esa consideración, dile: dame, Jesús, un Amor como hoguera de purificación, donde mi pobre carne, mi pobre corazón, mi pobre alma, mi pobre cuerpo se consuman, limpiándose de todas las miserias terrenas… Y, ya vacío todo mi yo, llénalo de ti: que no me apegue a nada de aquí abajo; que siempre me sostenga el Amor»[3].


YA DE MADRUGADA, Jesús se ha dedicado a la oración, de donde desborda no solo el amor que le ha llevado a sanar a los que le han presentado, sino también la fuerza que le impulsa a seguir difundiendo la buena nueva. Por eso, cuando algunos intentaron detenerlo para que no se alejara de ellos, Cristo les dijo: «Es necesario que yo anuncie también a otras ciudades el Evangelio del Reino de Dios, porque para esto he sido enviado» (Lc 4,43).


Jesús quiere llegar a más almas. Ese deseo de llevar el Reino a todos los hombres es lo que le lleva a ir predicando por todas las sinagogas de Judea. Antes de la Ascensión, el Señor dejará a sus discípulos en testimonio este afán: que se predique en su nombre la conversión para perdón de los pecados a todas las gentes, comenzando desde Jerusalén. Todo lo que los apóstoles han visto y oído durante los años con Cristo está llamado a ser compartido con toda la humanidad. «El bien siempre tiende a comunicarse. Toda experiencia auténtica de verdad y de belleza busca por sí misma su expansión, y cualquier persona que viva una profunda liberación adquiere mayor sensibilidad ante las necesidades de los demás. Comunicándolo, el bien se arraiga y se desarrolla»[4].


Los apóstoles fueron los primeros en difundir lo que Jesús había hecho por todos los hombres. Y hoy Jesús quiere que nosotros, sus discípulos, continuemos esta misión. «“Fuego he venido a traer a la tierra, y ¿qué he de querer sino que arda?” (Lc 12,49). Nos hemos asomado un poco al fuego del Amor de Dios; dejemos que su impulso mueva nuestras vidas, sintamos la ilusión de llevar el fuego divino de un extremo a otro del mundo, de darlo a conocer a quienes nos rodean: para que también ellos conozcan la paz de Cristo y, con ella, encuentren la felicidad»[5]. Podemos acudir a la Virgen María para que «la alegría del Evangelio llegue hasta los confines de la tierra y ninguna periferia se prive de su luz»[6].



3 de septiembre de 2024

Saber discernir cuál es su voluntad.




 Evangelio (Lc 4, 31-37)


Bajó a Cafarnaún, ciudad de Galilea, y el sábado se puso a enseñarles. Y se quedaron admirados de su enseñanza, porque su palabra iba acompañada de potestad.


Se encontraba en la sinagoga un hombre que tenía el espíritu de un demonio impuro, que gritó con gran voz:


— ¡Déjanos!, ¿qué tenemos que ver contigo, Jesús Nazareno? ¿Has venido a perdernos? ¡Sé quién eres: el Santo de Dios!


Y Jesús le conminó:


— ¡Cállate, y sal de él!


Entonces el demonio, arrojándolo al suelo, allí en medio, salió de él, sin hacerle daño alguno. Y todos se llenaron de estupor y se decían unos a otros:


— ¿Qué palabra es ésta, que con potestad y fuerza manda a los espíritus impuros y salen?


Y se divulgaba su fama por todos los lugares de la región.


PARA TU RATO DE ORACION


A JESÚS le interesaba predicar en Cafarnaúm. Y no solo porque fuera el lugar de procedencia de varios de los apóstoles, sino por la apertura a su enseñanza que encontró. En efecto, se trataba de un pueblo pesquero crecido a orillas del mar de Galilea, con trasiego de comerciantes y guarniciones romanas, además de contar con una importante sinagoga. Era, por tanto, una localidad de confluencia de judíos y gentiles, autóctonos y viajeros, por lo que había una gran convergencia de mentalidades.


En una ocasión en la que Jesús bajó a Cafarnaúm, san Lucas destaca el asombro que producía su enseñanza, «porque hablaba con autoridad» (Lc 4,31). Podemos imaginar a los diversos oyentes de la predicación del Señor, a quien prestarían atención movidos quizá por la esperanza, el interés o la curiosidad. Observarían la relación entre sus maravillosas palabras y sus gestos, sus reacciones ante la gente, sus actitudes ante los incidentes de la vida en el pueblo. A diferencia de lo que a menudo les ocurría con algunos fariseos, el discurso de Cristo les provocaba una fascinación que emanaba de su autoridad. No solo hablaba de realidades más o menos bonitas, sino que además veían en su forma de actuar la confirmación de lo que enseñaba.


A través de la lectura y la meditación del Evangelio, también nosotros podemos maravillarnos ante la figura de Jesús como sus contemporáneos. «Yo te aconsejo que, en tu oración, intervengas en los pasajes del Evangelio, como un personaje más –comentaba san Josemaría–. Primero te imaginas la escena o el misterio, que te servirá para recogerte y meditar. Después aplicas el entendimiento, para considerar aquel rasgo de la vida del Maestro: su Corazón enternecido, su humildad, su pureza, su cumplimiento de la Voluntad del Padre. Luego cuéntale lo que a ti en estas cosas te suele suceder, lo que te pasa, lo que te está ocurriendo. Permanece atento, porque quizá él querrá indicarte algo: y surgirán esas mociones interiores, ese caer en la cuenta, esas reconvenciones»[1].


DURANTE la estancia del Señor en Cafarnaún, «se encontraba en la sinagoga un hombre que tenía el espíritu de un demonio impuro, que gritó con gran voz: “¡Déjanos!, ¿qué tenemos que ver contigo, Jesús Nazareno? ¿Has venido a perdernos? ¡Sé quién eres: el Santo de Dios!”». Cristo entonces lo increpó diciendo: «¡Cállate, y sal de él!». Acto seguido el demonio arrojó al suelo a aquel hombre y salió de él «sin hacerle daño alguno». Los allí presentes «se llenaron de estupor y se decían unos a otros: “¿Qué palabra es esta, que con potestad y fuerza manda a los espíritus impuros y salen?”» (Lc 4,33-36).


El Señor tiene potestad sobre los espíritus inmundos. En esta escena el demonio lo desafía y con impertinencia lo llama Santo de Dios, mostrando a la par el conocimiento de su misión y la rebeldía frente a la obra de salvación. Pese a su aparente fuerza, es obediente a la orden de Jesús, y ante sus palabras abandona inmediatamente el cuerpo de aquel hombre. Algo similar se volverá a repetir en otros momentos del Evangelio. Personas que durante muchos años, o incluso desde el nacimiento, se hallaban esclavizadas por el demonio o la enfermedad, lo que en ocasiones les causaba además el desprecio de sus contemporáneos. Y el encuentro con el Señor no solamente les restablecería la condición física, sino que les permitiría tener una nueva relación con la vida: podrían volver a disfrutar de la compañía de sus seres queridos y su trato con Dios estaría marcado por una fe renovada.


«El Evangelio es palabra de vida: no oprime a las personas, al contrario, libera a quienes son esclavos de muchos espíritus malignos de este mundo: el espíritu de la vanidad, el apego al dinero, el orgullo, la sensualidad... El Evangelio cambia el corazón, cambia la vida, transforma las inclinaciones al mal en propósitos de bien. El Evangelio es capaz de cambiar a las personas. Por lo tanto, es tarea de los cristianos difundir por doquier la fuerza redentora, convirtiéndose en misioneros y heraldos de la Palabra de Dios»[2].


ADEMÁS de por el Evangelio, las indicaciones de Jesús nos llegan a través de la Iglesia y de diversas mediaciones de las que el Señor se vale para darnos a conocer su voluntad. Como recuerda el prelado del Opus Dei: «Dios también puede hacernos ver su voluntad a través de las personas que nos rodean, revestidas de mayor o menor autoridad, dependiendo de la instancia y del contexto. Saber que Dios nos puede hablar a través de otras personas o de sucesos más o menos corrientes, la convicción de que ahí podemos escucharle, genera en nosotros una actitud dócil frente a sus designios, escondidos también en las palabras de quienes nos acompañan en el camino»[3].


La etimología de la palabra ‘obedecer’ procede del latín ob-audire, que quiere decir «saber escuchar». Para seguir a Cristo de cerca a veces necesitamos contrastar nuestras ideas con aquellos que nos conocen bien, pues no siempre tenemos muy claro qué es lo que nos conviene. La voluntad de Dios, por lo general, no se presenta de manera diáfana y evidente. Por eso, ese «saber escuchar» implica permanecer abiertos a lo que otros ven. Esto puede ser difícil de aceptar, sobre todo si el comportamiento sobre el que deliberamos nos atrae o nos cuesta mucho. De ahí que sea esencial la constante disposición de tener en mucho los consejos que recibimos de las personas que nos quieren y tienen la gracia de Dios para ayudarnos; necesitamos valorarlos como una ayuda con la que el Señor cuenta para que sepamos discernir cuál es su voluntad.


Señor, ¿qué quieres de mí? Desde este punto de vista, se comprende la grandeza de la virtud de la obediencia. Quien la ejercita no se empequeñece; al contrario, se hace grande por su disposición a hacer lo que Dios quiere, hasta el punto de que desea no engañarse en el momento de discernir cómo ponerlo en práctica. La Virgen María, de hecho, fue grande porque supo escuchar lo que Dios quería de ella y cumplir su voluntad. «En María no hay nada de aquella actitud de las vírgenes necias, que obedecen, pero alocadamente. Nuestra Señora oye con atención lo que Dios quiere, pondera lo que no entiende, pregunta lo que no sabe. Luego, se entrega toda al cumplimiento de la voluntad divina: he aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra»[4].



2 de septiembre de 2024

PARA QUE TODOS SE SALVEN

 




Evangelio (Lc 4, 16-30)


Llegó a Nazaret, donde se había criado, y según su costumbre entró en la sinagoga el sábado y se levantó para leer. Entonces le entregaron el libro del profeta Isaías y, abriendo el libro, encontró el lugar donde estaba escrito:


El Espíritu del Señor está sobre mí, por lo cual me ha ungido para evangelizar a los pobres, me ha enviado para anunciar la redención a los cautivos y devolver la vista a los ciegos, para poner en libertad a los oprimidos y para promulgar el año de gracia del Señor.


Y enrollando el libro se lo devolvió al ministro y se sentó. Todos en la sinagoga tenían los ojos fijos en él. Y comenzó a decirles:


Hoy se ha cumplido esta escritura que acabáis de oír.


Todos daban testimonio en favor de él y se maravillaban de las palabras de gracia que procedían de su boca, y decían:


— ¿No es éste el hijo de José?


Entonces les dijo:


— Sin duda me aplicaréis aquel proverbio: «“Médico, cúrate a ti mismo”. Cuanto hemos oído que has hecho en Cafarnaún, hazlo también aquí en tu tierra».


Y añadió:


— En verdad os digo que ningún profeta es bien recibido en su tierra. Os digo de verdad que muchas viudas había en Israel en tiempos de Elías, cuando durante tres años y seis meses se cerró el cielo y hubo gran hambre por toda la tierra; y a ninguna de ellas fue enviado Elías, sino a una mujer viuda en Sarepta de Sidón. Muchos leprosos había también en Israel en tiempo del profeta Eliseo, y ninguno de ellos fue curado, más que Naamán el Sirio.


Al oír estas cosas, todos en la sinagoga se llenaron de ira y se levantaron, le echaron fuera de la ciudad y lo llevaron hasta la cima del monte sobre el que estaba edificada su ciudad para despeñarle. Pero él, pasando por medio de ellos, se marchó.


PARA TU RATO DE ORACION 


EL EVANGELIO de san Lucas destaca el destino universal del mensaje de salvación del Señor. Por ejemplo, el relato de la infancia de Jesús, entre los recuerdos que probablemente el evangelista escuchó de la Virgen María, incluye la visita de los reyes magos, quienes viajaron desde Oriente para adorar al rey de los judíos. San Lucas quiere dejar claro que el nuevo pueblo de Dios no estará circunscrito a una nación, pues Cristo vino a anunciar la Buena Nueva a todos los hombres.


Cuando el Señor empezó su vida pública, san Lucas cuenta que Jesús se dirigió a Nazaret, el pueblo donde transcurrió su infancia. Como era sábado, fue a la sinagoga «y se puso en pie para hacer la lectura» (Lc 4,16). Y desenrollando el libro de Isaías, proclamó las siguientes palabras del profeta: «El Espíritu del Señor está sobre mí, por lo cual me ha ungido para evangelizar a los pobres, me ha enviado para anunciar la redención a los cautivos y devolver la vista a los ciegos» (Lc 4,18; Is 61,1-2). Al acabar, enrolló el libro y se sentó, mientras todos en la sinagoga, expectantes, «tenían los ojos fijos en él» (Lc 4,20). Cristo rompió el silencio con unas palabras que sorprendieron a los allí presentes: «Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír» (Lc 4,21).


En efecto, la vida de Cristo está marcada por el anuncio de salvación a toda la humanidad. Los milagros que realiza –profetizados por Isaías– confirman que el Reino de Dios está ya presente, proclaman la derrota definitiva de Satanás y manifiestan su poder de salvar al hombre del mal que amenaza al alma. Por eso el Señor no se limita a obrar esos milagros a los judíos, sino que también los extranjeros son testigos de esos signos. Jesús no pone barreras a su amor. Solamente pide que nos acerquemos a él con humildad y con fe. «El punto de partida de la vida cristiana no está en el ser dignos; con aquellos que se creían buenos, el Señor no pudo hacer mucho. Cuando nos consideramos mejores que los demás, es el principio del fin. Porque el Señor no hace milagros con quien se cree justo, sino con quien se reconoce necesitado. Él no se siente atraído por nuestra capacidad, no es por esto que nos ama. Él nos ama como somos y busca personas que no sean autosuficientes, sino que estén dispuestas a abrirle sus corazones»[1].


«EL ESPÍRITU del Señor está sobre mí, por lo cual me ha ungido» (Lc 4,18). En el Antiguo Testamento, la unción consistía en derramar aceite sagrado sobre la cabeza de alguien como manifestación de que Dios había elegido a esa persona y que lo acompañaría en su misión. Los cristianos hemos sido ungidos en el Bautismo, por el que «somos liberados del pecado y regenerados como hijos de Dios, llegamos a ser miembros de Cristo y somos incorporados a la Iglesia y hechos partícipes de su misión»[2]. Como la vida de Jesús, nuestra existencia también puede revelar, por la gracia de Dios, la misericordia divina con todos los hombres. Podemos encarnar esta misión apostólica en primer lugar con las personas que tratamos habitualmente, ya que la vida ordinaria es el lugar de nuestra donación diaria a los demás.


«Yo soy una misión en esta tierra, y para eso estoy en este mundo. Hay que reconocerse a sí mismo como marcado a fuego por esa misión de iluminar, bendecir, vivificar, levantar, sanar, liberar. Allí aparece la enfermera de alma, el docente de alma, el político de alma, esos que han decidido a fondo ser con los demás y para los demás. Pero si uno separa la tarea por una parte y la propia privacidad por otra, todo se vuelve gris y estará permanentemente buscando reconocimientos o defendiendo sus propias necesidades»[3].


Por el Bautismo fuimos ungidos para colaborar en la obra de amor de Jesús, para participar en su misión redentora, que es universal. «El cristiano se sabe injertado en Cristo por el Bautismo; habilitado a luchar por Cristo, por la Confirmación; llamado a obrar en el mundo por la participación en la función real, profética y sacerdotal de Cristo; hecho una sola cosa con Cristo por la Eucaristía, sacramento de la unidad y del amor. Por eso, como Cristo, ha de vivir de cara a los demás hombres, mirando con amor a todos y a cada uno de los que le rodean, y a la humanidad entera»[4].


DESPUÉS de anunciar que la profecía sobre el Mesías se cumplía en su persona, el Señor se anticipa a las objeciones que, por envidia o cerrazón, los de su patria tendrían por las maravillas hechas por él en toda Galilea. «En verdad os digo que ningún profeta es bien recibido en su tierra» (Lc 4, 24). El Señor ilustra la universalidad del amor de Dios con dos pasajes de la Biblia en los que el profeta Elías fue enviado a socorrer a una mujer fenicia y el profeta Eliseo fue instado a curar a un hombre sirio anteponiéndolos a viudas o leprosos judíos. «Al oír estas cosas, todos en la sinagoga se llenaron de ira y se levantaron, lo echaron fuera de la ciudad y lo llevaron hasta la cima del monte sobre el que estaba edificada su ciudad para despeñarle» (Lc, 24-28).


Cristo encontró admiración y agradecimiento cuando comenzó su misión redentora; personas que se maravillaron ante sus obras y acogieron con alegría su mensaje de salvación. Sin embargo, también halló resistencia entre algunos judíos, con frecuencia aquellos que eran más celosos de sus propios planteamientos. Algo similar ocurre en la misión de cada cristiano: junto a quienes reciben ilusionados la Buena Nueva, no faltan tampoco los que la rechazan. Quizá por eso puede surgir el desánimo ante la falta de frutos visibles o el miedo por la reacción que provocaremos en los demás. Sin embargo, san Josemaría hacía notar que incluso en esos casos en los que parece que nuestra acción es estéril, Dios actúa en el alma de cada uno: «No existe corazón, por metido que esté en el pecado, que no esconda, como el rescoldo entre las cenizas, una lumbre de nobleza. Y cuando he golpeado en esos corazones, a solas y con la palabra de Cristo, han respondido siempre»[5].


Cada día, en la oración, podemos recordar la misión recibida que abarca toda nuestra vida y pedir la gracia de Dios para relanzarnos a la tarea de aliviar el dolor, de servir a todos, de acercarles con nuestras palabras y con nuestros actos la misericordia de Jesús. «Salgamos a ofrecer a todos la vida de Jesucristo. (...) Prefiero una Iglesia accidentada, herida y manchada por salir a la calle, antes que una Iglesia enferma por el encierro y la comodidad de aferrarse a las propias seguridades»[6]. Podemos pedir a la Virgen María que nos ayude a emprender con valentía la misión de llevar el amor de su Hijo a las personas que nos rodean.



1 de septiembre de 2024

EXAMEN

 



Evangelio (Mc 7,1-8. 14-15. 21-23)


En aquel tiempo, se reunieron junto a Jesús los fariseos y algunos escribas venidos de Jerusalén; y vieron que algunos discípulos comían con manos impuras, es decir, sin lavarse las manos. (Pues los fariseos, como los demás judíos, no comen sin lavarse antes las manos, restregando bien, aferrándose a la tradición de sus mayores, y al volver de la plaza no comen sin lavarse antes, y se aferran a otras muchas tradiciones, de lavar vasos, jarras y ollas). Y los fariseos y los escribas le preguntaron: ¿Por qué no caminan tus discípulos según las tradiciones de los mayores y comen el pan con manos impuras? Él les contestó “Bien profetizó Isaías de vosotros, hipócritas, como está escrito: Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. El culto que me dan está vacío, porque la doctrina que enseñan son preceptos humanos”: Dejáis a un lado el mandamiento de Dios para aferraros a la tradición de los hombres. Llamó Jesús de nuevo a la gente y les dijo “Escuchad y entended todos: nada que entre de fuera puede hacer al hombre impuro; lo que sale de dentro es lo que hace impuro al hombre. Porque de dentro, del corazón del hombre, salen los pensamientos perversos, las fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, codicias, malicias, fraudes, desenfreno, envidia, difamación, orgullo, frivolidad. Todas esas maldades salen de dentro y hacen al hombre impuro”.



PARA TU RATO DE ORACION



LA LEY de Moisés prescribía una serie de ritos que significaban la pureza moral con la que había que acercarse a Dios. Posteriormente, la tradición los extendió a otros ámbitos para dar un valor religioso a todas las acciones. Antes de comer, por ejemplo, los judíos solían lavarse muchas veces las manos, y lo mismo hacían con las copas, las jarras y las vasijas. De esta manera, la pureza exterior simbolizaba y expresaba la pureza interior. Sin embargo, en tiempos de Cristo, en algunos sitios el legalismo de las normas rituales había ahogado el verdadero sentido del culto a Dios. Se daba más importancia al gesto externo que a la actitud interior. Y en una ocasión en la que unos fariseos criticaron a los discípulos de Jesús por comer sin lavarse las manos, el Señor aprovechó para hablar sobre la verdadera pureza (cfr Mc 7,1-23).


«Bien profetizó Isaías de vosotros, los hipócritas, como está escrito: Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está muy lejos de mí» (Mc 7,6). Cristo advierte la falta de coherencia de algunos fariseos, más preocupados en guardar las apariencias que en desarrollar un mundo afectivo que goza haciendo el bien. Aunque guardan con celo las costumbres de la época, en realidad lo hacen para ganarse el respeto de los demás; es decir, lavan la parte externa de la propia copa, pero se olvidan de limpiar la interna que, a fin de cuentas, es la más importante, pues es la que contiene la bebida. Hay, por tanto, una profunda división en la persona de esos fariseos. Por un lado, siguen un comportamiento exterior sin tacha, llevan un proyecto valioso de vida y tienen una existencia en teoría cerca de Dios; por otro, en cambio, ocultan el verdadero motivo que les mueve a obrar, maduran unos sentimientos que les alejan de Dios y alimentan deseos no acordes con su identidad.


El Señor quiere que le amemos no solo con las obras, sino sobre todo con nuestro corazón. Somos una unidad. No es posible llevar a cabo un proyecto vital que valga la pena si nuestro mundo interior, formado por deseos, ilusiones y sentimientos, no está alineado con él. Por eso san Josemaría decía que el secreto de la perseverancia es el amor[1]. Si este es el principal motivo que mueve nuestras acciones, aprenderemos a disfrutar de la intimidad con Dios, del servicio a los demás, del cumplimiento de los mandamientos… De este modo, incluso los propios errores serán ocasión para convertirnos y volver a fortalecer nuestra relación con el Señor. «Si eres fiel, podrás llamarte vencedor. En tu vida, aunque pierdas algunos combates, no conocerás derrotas. No existen fracasos –convéncete–, si obras con rectitud de intención y con afán de cumplir la Voluntad de Dios. –Entonces, con éxito o sin éxito, triunfarás siempre, porque habrás hecho el trabajo con Amor»[2].


SEGÚN la costumbre judía, había ciertos alimentos que no se podían comer porque eran impuros. Sin embargo, el Señor invitó a la muchedumbre a dirigir la mirada hacia el propio corazón, pues es ahí donde se forjan los afectos y los deseos que pueden llevar a alejarse de Dios: «Lo que sale del hombre es lo que hace impuro al hombre. Porque del interior del corazón de los hombres proceden los malos pensamientos, las fornicaciones, los robos, los homicidios, los adulterios, los deseos avariciosos, las maldades, el fraude, la deshonestidad, la envidia, la blasfemia, la soberbia y la insensatez. Todas estas cosas malas proceden del interior y hacen impuro al hombre» (Mc 7,20-23).


Jesús afirma, por tanto, que los malos actos, antes de exteriorizarse, se han originado previamente en el interior de cada uno. De ahí que sea importante prestar atención a la propia sensibilidad –entendida como conjunto de sentimientos, deseos y atracciones– para estar cerca del Señor. Ignorar lo que alegra o entristece el corazón dificulta el conocimiento propio e impide que dirijamos la valiosa energía del mundo interior hacia los ideales que inspiran la existencia. En las elecciones que tomamos cada día vamos desarrollando poco a poco nuestra sensibilidad. Si son acordes con nuestra vocación, podemos ir más allá de la superficie del gesto en sí y aprender a disfrutar de un rato de oración, de un trabajo bien hecho o de un acto de servicio. Si, por el contrario, nos alejan de Dios y no están en sintonía con nuestra identidad, la energía de nuestro mundo interior va en dirección opuesta a donde queremos; es decir, refuerza los deseos y sentimientos contrarios a la vocación y, por tanto, influirá también en las acciones futuras. Por ejemplo, si decimos una mentira para quedar bien ante un grupo de amigos o amigas, nos sentiremos más empujados a obrar de esa manera cuando nos encontremos en una situación similar.


En los ratos de oración con el Señor, y en el examen de conciencia de la noche, podemos releer las cosas que suceden en nuestro día a día. Dios nos puede ayudar a descubrir nuestras ilusiones, nuestras tristezas y, sobre todo, aquellos que buscamos para saciar nuestra sed de felicidad. De este modo, «vemos que nuestro corazón no es un camino donde pasa de todo y nosotros no sabemos. No. Ver: ¿qué ha pasado hoy? ¿Qué ha sucedido? ¿Qué me ha hecho reaccionar? ¿Qué me ha puesto triste? ¿Qué me ha puesto contento? Qué ha sido malo y si he hecho mal a los otros. Se trata de ver el recorrido de los sentimientos, de las atracciones en mi corazón durante la jornada»[3]. Poner un nombre concreto a las experiencias internas que nos ocurren nos ayudará a conocernos mejor. Este es el primer paso para liberar el corazón de todo aquello que nos aleja de Dios.


EL HECHO de que las malas acciones se originen en el interior del hombre no significa que las realidades externas no tengan ninguna importancia. De hecho, pueden tener una influencia significativa. Por ejemplo, si nuestro día a día está lleno de imágenes y sonidos estimulantes, y la sola presencia del silencio nos incomoda, probablemente encontraremos dificultad para percibir en la oración la voz de Dios, pues esta es como «un susurro de brisa suave» (1Re 19,12). Satisfacer constantemente los reclamos de los sentidos lleva a que sea el mundo exterior quien tome el control de nuestra interioridad. Esto no significa que necesariamente nos proponga cosas malas, pero sí que nos impide habituarnos a distinguir las que nos acercan a Dios y las que no, pues con facilidad no logramos ver, detrás de una apariencia de bondad, el desorden que el pecado ha introducido en el mundo. «De esta manera nos hipnotiza con lo atractivo que estas cosas suscitan en nosotros, cosas bellas pero ilusorias, que no pueden mantener lo que prometen, y así nos dejan al final con un sentido de vacío y de tristeza. Ese sentido de vacío y de tristeza es una señal de que hemos tomado un camino que no era justo, que nos ha desorientado»[4].


San Josemaría invitaba a tener una mirada exterior relacionada con el mundo interior. «¿Para qué has de mirar, si “tu mundo” lo llevas dentro de ti?»[5]. Una interioridad rica, que disfruta de todo lo que tiene que ver con la propia vocación, ayuda a dar la importancia justa a las cosas externas. Escuchar una canción, ver un vídeo o enterarse de una noticia puede esperar si sé que retrasar esa satisfacción me ayudará a trabajar o a rezar mejor más adelante. Y todo aquello que pueda hacer daño al alma no solo se percibirá como algo malo, sino también como feo, desagradable o desentonado. Por supuesto, podrá atraer de algún modo, pero será fácil rechazar esa atracción si realmente eso no nos conviene, porque rompe la armonía y la belleza del clima interior. Ninguna criatura humana tuvo un mundo interior tan rico como el de la Virgen María. Ella nos podrá ayudar a pasar por el corazón las cosas que nos ocurren, y a desarrollar una sensibilidad que disfrute de la vida junto a su Hijo.




30 de agosto de 2024

LAMPARA ENCENDIDA

 



Evangelio (Mt 25,1-13)


Entonces el Reino de los Cielos será como diez vírgenes, que tomaron sus lámparas y salieron a recibir al esposo. Cinco de ellas eran necias y cinco prudentes; pero las necias, al tomar sus lámparas, no llevaron consigo aceite; las prudentes, en cambio, junto con las lámparas llevaron aceite en sus alcuzas. Como tardaba en venir el esposo, les entró sueño a todas y se durmieron. A medianoche se oyó una voz: «¡Ya está aquí el esposo! ¡Salid a su encuentro!» Entonces se levantaron todas aquellas vírgenes y aderezaron sus lámparas. Y las necias les dijeron a las prudentes: «Dadnos aceite del vuestro porque nuestras lámparas se apagan». Pero las prudentes les respondieron: «Mejor es que vayáis a quienes lo venden y compréis, no sea que no alcance para vosotras y nosotras». Mientras fueron a comprarlo vino el esposo, y las que estaban preparadas entraron con él a las bodas y se cerró la puerta. Luego llegaron las otras vírgenes diciendo: «¡Señor, señor, ábrenos!» Pero él les respondió: «En verdad os digo que no os conozco». Por eso: velad, porque no sabéis el día ni la hora


PARA TU RATO DE ORACION


EN MUCHAS actividades humanas, la preparación es un aspecto fundamental. Por ejemplo, en el deporte, el desempeño en un partido depende en gran parte del entrenamiento y de las horas dedicadas a dominar la técnica. Pero también el éxito de determinados encuentros sociales, como la invitación de unos amigos a comer a la propia casa, dependen en buena medida de cómo nos preparamos. En general, se puede decir que el tiempo y, sobre todo, el interés que ponemos en la organización de ciertos eventos ponen de manifiesto el valor que le damos a esa actividad. Mientras más importante es el encuentro, más nos disponemos para ese momento, aunque sea solamente con nuestros pensamientos y atención. A la vez, tenemos la experiencia de que una buena preparación siempre es satisfactoria: cuando estemos jugando el partido o disfrutando de un momento con ese ser querido que no veíamos desde hace tiempo, si nos hemos preparado bien, lo disfrutaremos al máximo.

No hay ninguna actividad ni ningún encuentro más importante que la santa Misa, ya que en ella vivimos realmente la muerte y la resurrección de Cristo y recibimos su cuerpo como alimento. Por eso, podríamos deducir que ninguna preparación vale tanto la pena como la destinada para participar en el sacrificio del altar. Todo lo que podamos hacer para disponernos a celebrar lo mejor posible la obra de la redención se queda corto ante el gran misterio del amor de Dios por nosotros, esa boda en la que, como las doncellas de la parábola, estamos invitados a participar y disfrutar: «Entonces se parecerá el reino de los cielos a diez vírgenes que tomaron sus lámparas y salieron al encuentro del esposo»(Mt 25,1).

San Josemaría, quien veía en la santa Misa el centro y la raíz de su vida, nos invitaba a una profunda preparación con palabras llenas de poesía: «La Eucaristía fue instituida durante la noche, preparando de antemano la mañana de la resurrección. También en nuestras vidas hemos de preparar esa alborada. Todo lo caduco, lo dañoso y lo que no sirve –el desánimo, la desconfianza, la tristeza, la cobardía– todo eso ha de ser echado fuera. La Sagrada Eucaristía introduce en los hijos de Dios la novedad divina, y debemos responder in novitate sensus, con una renovación de todo nuestro sentir y de todo nuestro obrar. Se nos ha dado un principio nuevo de energía, una raíz poderosa, injertada en el Señor. No podemos volver a la antigua levadura, nosotros que tenemos el Pan de ahora y de siempre»[1].


CUENTA la parábola que cinco de las vírgenes «eran necias y cinco prudentes; pero las necias, al tomar sus lámparas, no llevaron consigo aceite; las prudentes, en cambio, junto con las lámparas llevaron aceite en sus alcuzas. Como tardaba en venir el esposo, les entró sueño a todas y se durmieron. A medianoche se oyó una voz: “¡Ya está aquí el esposo! ¡Salid a su encuentro!”» (Mt 25,2-6). Aunque esta parábola se refiere especialmente a nuestro abrazo definitivo con el Señor después de la muerte, también podemos aplicarla a nuestro encuentro con Cristo en la Eucaristía. Probablemente nos haya ocurrido que, durante la santa Misa, nos hayamos sentido distraídos o sin fuerza; aunque sabemos que nos encontramos en un lugar sagrado en el que podemos entrar en un diálogo de amor con la Santísima Trinidad, nuestra imaginación está desatada. Quizá pensamos en esos momentos que somos como esas vírgenes que, mientras esperaban la llegada del esposo, se durmieron.

La participación en la santa Misa no se trata de un ejercicio intelectual, en el que lo único que interesa sea la concentración ante cada gesto y palabra del sacerdote. Más bien, la atención a la riqueza de las oraciones y los distintas gestos litúrgicos son como una puerta que debería trasladarnos al misterio divino que se esconde detrás de ellos. Por eso, la pregunta fundamental para poder «vivir la santa Misa»[2], como decía don san Josemaría, es si llevamos con nosotros el aceite que, incluso en momentos de más cansancio o de dispersión, nos permite reconocer en la noche de nuestro corazón el rostro de Cristo, que en la santa Misa está entregando su vida para salvarme. De hecho, el fundador del Opus Dei comentaba que también podemos abandonar el objeto de nuestras distracciones –personas, preocupaciones, etc– en las manos de Dios[3].

«La condición para estar listos para el encuentro con el Señor no es solo la fe, sino una vida cristiana rica en amor y caridad hacia el prójimo. Si nos dejamos guiar por aquello que nos parece más cómodo, por la búsqueda de nuestros intereses, nuestra vida se vuelve estéril, incapaz de dar vida a los otros y no acumulamos ninguna reserva de aceite para la lámpara de nuestra fe; y esta – la fe– se apagará en el momento de la venida del Señor o incluso antes»[4]. La mejor preparación interior para comprender en profundidad la santa Misa es una vida de caridad, porque eso es precisamente lo que celebramos en la Eucaristía: el infinito amor de Jesús, que estuvo dispuesto a dar su vida por cada uno de nosotros.


A MEDIANOCHE las vírgenes escucharon una voz que las despertó del profundo sueño: «¡Que llega el esposo, salid a su encuentro!» (Mt 25,6). Entonces todas se pusieron a preparar sus lámparas. Pero como las necias no habían llevado suficiente aceite, y tampoco había para todas, tuvieron que ponerse en camino para ir a comprarlo. Mientras estaban fuera, «llegó el esposo, y las que estaban preparadas entraron con él al banquete de bodas, y se cerró la puerta»(Mt 25,10). Cuando después de algunos minutos llegaron las muchachas agitadas y con retraso, se encontraron con un no rotundo del esposo: «En verdad os digo que no os conozco» (Mt 25,12).

Para participar en la santa Misa dándonos cuenta de la grandeza del misterio que celebramos, necesitamos primero conocer profundamente al Señor. No vaya a ser que Jesús pueda decirnos algo similar a lo que el esposo le contestó a las vírgenes necias: «En verdad os digo que no os conozco» (Mt 25,12). El conocimiento entre dos personas que se quieren no se reduce a la mera acumulación de datos biográficos, ni tampoco a encuentros más o menos esporádicos. Es una actitud del corazón, que nos lleva poco a poco a entrar en los sentimientos y pensamientos del otro. Precisamente por eso es tan importante la adoración eucarística, a través de la cual preparamos nuestro corazón para reconocer al Señor que nos visita en cada santa Misa. Para vivir la celebración eucarística «nos ayuda, nos introduce, estar en adoración delante del Señor eucarístico en el sagrario»[5].

Como el esposo de la parábola, «en la Eucaristía el Hijo de Dios viene a nuestro encuentro y desea unirse a nosotros; la adoración eucarística no es sino la continuación obvia de la celebración eucarística, la cual es en sí misma el acto más grande de adoración de la Iglesia»[6]. El culto eucarístico fuera de la Misa nos enseña, por tanto, a adorar al Señor en la Misa, es decir, a desear unirnos a él por la Comunión, a acrecentar nuestra hambre de él. De hecho, «recibir la Eucaristía significa adorar al que recibimos»[7]. Podemos pedir a María, Virgen prudente y Mujer eucarística, que nos ayude a prepararnos a cada santa Misa como ella se dispuso a recibir a su Hijo. Y si alguna vez el aceite de nuestra lámpara parece acabarse y la pequeña llama amenaza con apagarse, que ella nos regale del suyo, que nunca se agota y que regala con su generosidad maternal.




29 de agosto de 2024

29 de agosto: martirio de san Juan Bautista



 Evangelio (Mc 6,17-29)


En efecto, el propio Herodes había mandado apresar a Juan y le había encadenado en la cárcel a causa de Herodías, la mujer de su hermano Filipo; porque se había casado con ella y Juan le decía a Herodes: «No te es lícito tener a la mujer de tu hermano». Herodías le odiaba y quería matarlo, pero no podía: porque Herodes tenía miedo de Juan, ya que se daba cuenta de que era un hombre justo y santo. Y le protegía y al oírlo le entraban muchas dudas; y le escuchaba con gusto.


Cuando llegó un día propicio, en el que Herodes por su cumpleaños dio un banquete a sus magnates, a los tribunos y a los principales de Galilea, entró la hija de la propia Herodías, bailó y gustó a Herodes y a los que con él estaban a la mesa. Le dijo el rey a la muchacha:


—Pídeme lo que quieras y te lo daré.


Y le juró varias veces:


—Cualquier cosa que me pidas te daré, aunque sea la mitad de mi reino.


Y, saliendo, le dijo a su madre:


—¿Qué le pido?


—La cabeza de Juan el Bautista —contestó ella.


Y al instante, entrando deprisa donde estaba el rey, le pidió:


—Quiero que enseguida me des en una bandeja la cabeza de Juan el Bautista.


El rey se entristeció, pero por el juramento y por los comensales no quiso contrariarla. Y enseguida el rey envió a un verdugo con la orden de traer su cabeza. Éste se marchó, lo decapitó en la cárcel y trajo su cabeza en una bandeja, y se la dio a la muchacha y la muchacha la entregó a su madre. Cuando se enteraron sus discípulos, vinieron, tomaron su cuerpo muerto y lo pusieron en un sepulcro.



PARA TU RATO DE ORACION 


EL MARTIRIO de san Juan el Bautista, que celebramos hoy, tuvo lugar mientras Jesús estaba predicando en Galilea. Juan había tratado de que Herodes cayera en la cuenta de su corrupción y del desorden que suponía vivir con Herodías, la mujer de su hermano. Aunque Juan le advertía de su conducta pública y repetidamente, quién sabe el modo en que se expresaría; lo que sabemos es que el mismo Herodes le tenía por un «hombre justo y santo» y que «le escuchaba con gusto» (Mc 6,20). En cualquier caso, era el rey y había decidido encarcelarlo. Tiempo después, con ocasión del cumpleaños del monarca, la hija de Herodías bailó delante de los invitados. Herodes, entusiasmado, le prometió concederle todo lo que pidiera. La chica, empujada por su madre, le pidió la cabeza del Bautista. Bien a su pesar, porque le resultaba un hombre interesante, Herodes le hizo decapitar. Según la tradición, Juan estaba preso en la fortaleza Maqueronte, junto al mar Muerto, y es allí donde fue degollado. Posteriormente, sus discípulos le sepultaron en Sebaste, en Samaría.


Comenta un Padre de la Iglesia refiriéndose al Bautista: «Está encerrado, en la tiniebla de una mazmorra, aquel que había venido a dar testimonio de la Luz, y había merecido de la boca del mismo Cristo (…) ser denominado “antorcha ardiente y luminosa”. Fue bautizado con su propia sangre aquel a quien antes le fue concedido bautizar al Redentor del mundo». Y añade: así «precedió a Cristo en su nacimiento, en su predicación y en su bautismo, anunció también con su martirio, anterior al de Cristo, la pasión futura del Señor»[1].


Juan es conocido como el Precursor porque su testimonio fiel a la verdad (cfr. Jn 5,33) le lleva a anticipar a Jesús tanto en la vida como en la muerte. La misión de Juan está tan unida a la de Cristo que en el calendario romano es el único santo de quien se celebra tanto el nacimiento, el 24 de junio, como la muerte. De esta manera, incluso gráficamente se resalta, como dijo el Señor, que «no ha surgido entre los nacidos de mujer nadie mayor que Juan el Bautista» (Mt 11,11). En el día de su martirio podemos pedirle que nos ayude a ser también precursores de Jesús, anunciando a los demás que no hay mayor alegría que vivir y dar la misma vida por él.


UNOS MESES antes de su martirio, poco después del Bautismo del Señor, Juan les dijo a sus discípulos que su misión había concluido: «Es necesario que él crezca y que yo disminuya» (Jn 3,30). Había llegado el momento de hacerse a un lado para que todo el protagonismo lo tuviera Jesús. El tono de este discurso de Juan está empapado de paz; incluso llega a afirmar sin titubeos: «Mi alegría es completa» (Jn 3,29). Su gozo era escuchar la voz del esposo (cfr. Jn 3,29), ver al Señor predicando el Reino y a los hombres arrodillándose delante del Hijo de Dios.


Como al Bautista, también nos puede ocurrir que, en algunos momentos de nuestra vida, las personas sientan admiración por nosotros cuando les abrimos horizontes en el trato con Dios. En realidad se trata de algo lógico: si les estamos transmitiendo algo que les ayuda a encontrar el camino a la felicidad, es normal que nos miren con aprecio. De hecho, es bueno también recordar con agradecimiento a todos aquellos que nos han ayudado a dar nuestros primeros pasos en la fe: padres, hermanos, sacerdotes, amigos, profesores…


Sin embargo, no somos nosotros los protagonistas de ese tesoro que compartimos. «Que solo Jesús se luzca»[2], solía repetir san Josemaría. El fundamento del afán evangelizador es siempre dar a conocer el nombre del Señor. El apóstol no se coloca a sí mismo en el centro, sus obras son tan valiosas como secundarias. Todo persigue un único objetivo: que los demás «busquen a Cristo, que encuentren a Cristo, que traten a Cristo, que sigan a Cristo, que amen a Cristo, que permanezcan con Cristo»[3]. Esto fue lo que hizo el Bautista. Poco a poco él fue disminuyendo, a medida que sus seguidores iban descubriendo a Jesús. Y aunque humanamente quizá su obra se podría percibir como un fracaso –de suscitar el asombro de la muchedumbre pasó a morir solo en una cárcel–, en realidad había triunfado, pues había facilitado que muchos hombres y mujeres vieran en Jesús al Mesías.


«CELEBRAR el martirio de san Juan Bautista nos recuerda también a nosotros, cristianos de nuestro tiempo, que no se puede descender a negociar con el amor a Cristo, a su Palabra, a la Verdad»[4]. El Evangelio de hoy nos presenta, por un lado, a Herodes, incapaz de defender sus creencias; a pesar de que estaba seguro de que Juan era un hombre justo, por temor a quedar mal ante los invitados y ante la hija de Herodías, se traicionó a sí mismo y acabó realizando algo que en realidad no deseaba: dar muerte al Bautista. Quien no supo cambiar su corazón cuando le escuchaba con gusto, tampoco supo cambiar el curso de los acontecimientos cuando le pideron la cabeza del Bautista. En cambio, Juan se nos presenta como alguien que está dispuesto a morir por lo que realmente vale la pena. Al contemplar la vida del Bautista, y en especial la del Señor, descubrimos que la verdad está vinculada a la cruz. La verdad muchas veces nos provoca y «no es en absoluto barata. Es exigente, y quema. El mensaje de Jesús también incluye el desafío que encontramos en esa pugna con sus contemporáneos (…). Quien no quiera dejarse quemar, quien no esté dispuesto a ello, tampoco se acercará a él»[5].


Verdad, bien y belleza están unidas, y van de la mano del amor. Los cristianos estamos llamados a hacer amable la verdad, dando testimonio valiente de nuestra fe, mostrando que se es más feliz viviendo en la verdad que tratando de esquivarla. «Cuando te lances al apostolado, convéncete de que se trata siempre de hacer feliz, muy feliz, a la gente: la verdad es inseparable de la auténtica alegría»[6]. Mostrar la amabilidad de la verdad es una buena definición del apostolado, porque en él se unen amor, verdad y bien. Una verdad desnuda y sin amor es desagradable, y muchos podrían llegar a considerarla inalcanzable. Por eso san Josemaría decía que el ejemplo y el celo de un cristiano «nunca debe ser una bofetada moral, arrogante, en la cara del prójimo», sino «brasa encendida, que pega fuego donde quiera que esté»[7], sembrando al mismo tiempo paz y alegría. Podemos pedir a la Virgen María que meta en nuestros corazones la misma pasión por la verdad que le llevó a Juan a entregar su vida con alegría.

28 de agosto de 2024

NATURALIDAD

 



Evangelio (Mt 23, 27-32)


¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que os parecéis a sepulcros blanqueados, que por fuera aparecen hermosos, pero por dentro están llenos de huesos de muertos y de toda podredumbre! Así también vosotros por fuera os mostráis justos ante los hombres, pero por dentro estáis llenos de hipocresía y de iniquidad.


¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que edificáis las tumbas de los profetas y adornáis los sepulcros de los justos, y decís: «Si hubiéramos vivido en tiempos de nuestros padres, no habríamos sido sus cómplices en la sangre de los profetas!». Así pues, atestiguáis contra vosotros mismos que sois hijos de los que mataron a los profetas. Y vosotros, colmad la medida de vuestros padres.


PARA TU RATO DE ORACION 


JESÚS debió de tener un carácter muy pacífico, pues los niños se acercaban a él con naturalidad. Además, no se cansó de predicar que el Reino de Dios es de los que buscan la paz. Por eso, la dureza con que a veces habla puede llamar nuestra atención y causar cierta perplejidad. No solo por el contenido de lo que dice, sino también por al tono que se desprende de sus imprecaciones contra unos líderes religiosos que, llevados por su vanidad, se ponían como ejemplo de unas virtudes que, en realidad, no vivían desde su corazón. «¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que os parecéis a los sepulcros blanqueados! Por fuera tienen buena apariencia, pero por dentro están llenos de huesos de muertos y de podredumbre» (Mt 23,27-32).


Al meditar sobre los evangelios, uno rápidamente se da cuenta de la gran paciencia que vive Jesús ante las más diversas personas: atiende con cariño a los enfermos, desea a abrazar con su misericordia a los pecadores, y tanto los pobres como los ricos encuentran en el Maestro de Nazaret un corazón tierno y atento. Solo la hipocresía, es decir, el afán por aparentar lo que no se es o el esfuerzo desmesurado por dejarse influenciar por el qué dirán parece chocar con su corazón sencillo y humilde. De hecho, una de las pocas alabanzas que le escuchamos a Jesús va dirigida a Natanael, en su primer encuentro. A pesar de que el futuro apóstol lo recibió con unas palabras llenas de escepticismo y de crítica a su lugar de origen –«¿De Nazaret puede salir algo bueno?» (Jn 1,46)–, Jesús valora su sinceridad delante de los demás apóstoles: «Ahí tenéis a un israelita de verdad, en quien no hay engaño» (Jn 1,47).


Es interesante que esta haya sido una de las primeras frases que pronunció el Señor a sus nuevos seguidores, quizá para hacerles comprender que no son las flaquezas humanas ni tampoco las limitaciones las que pueden alejarnos de Dios, sino el no querer reconocerlas o consentir algún tipo de doblez en nuestro obrar. Por eso, como enseñaba san Josemaría, los cristianos estamos llamados a dar testimonio de vida sencilla: «Con tu conducta de ciudadano cristiano, muestra a la gente la diferencia que hay entre vivir tristes y vivir alegres; entre sentirse tímidos y sentirse audaces; entre actuar con cautela, con doblez… ¡con hipocresía!, y actuar como hombres sencillos y de una pieza. –En una palabra, entre ser mundanos y ser hijos de Dios»[1].


¿CUÁL es el motivo central que me lleva a obrar? Esta es una pregunta que nos permite dar unidad a nuestra vida. Todo lo que realizamos en nuestro día a día –acciones, palabras, omisiones– apuntan hacia una identidad que queremos construir. En el examen de conciencia intentamos comprobar hasta qué punto todas nuestras expresiones externas están guiadas por la intención última de amar cada vez más a Dios y a los demás. Porque puede ocurrir que se genere un desfase entre lo que aparentamos hacia fuera y lo que llevamos en nuestros corazones: «Por fuera parecéis justos, pero por dentro estáis repletos de hipocresía y crueldad» (Mt 23,28).


«Todo el panorama de nuestra vocación cristiana, esa unidad de vida que tiene como nervio la presencia de Dios, Padre Nuestro, puede y debe ser una realidad diaria»[2]. Para conseguir que la hipocresía no se vaya introduciendo en nuestra alma, nos puede ayudar tomar todas nuestras decisiones desde la presencia de Dios. Cuando nos sentimos mirados por un Padre que nos quiere, acompañados por Jesús, nuestro mejor Amigo, y portadores del Espíritu Santo, entonces resulta casi natural que nuestro porte exterior sea expresión del amor que llevamos dentro. Porque la coherencia que surge de la unidad de vida no se improvisa, sino que nace de las convicciones profundas que anidan en nuestro corazón y que no queremos negociar.


La autoridad que caracteriza a todo cristiano «no consiste en mandar y hacerse oír, sino en ser coherente, en ser testigo y, por ello, ser compañeros de camino del Señor»[3]. Sin coherencia, no hay verdadero apostolado, porque todo lo que nos gustaría transmitir hacia afuera nacería de un corazón apagado. Por eso, nos podemos preguntar en este rato de oración si el amor de Dios y el deseo de darle gloria es el principal motor que mueve nuestros pensamientos y nuestros afectos.


EL AMOR a Cristo es lo que da una armonía sólida a nuestros pensamientos, sentimientos y acciones. Si el Señor ocupa el centro de nuestra vida, será más fácil reflejar la coherencia exterior en el trato con los demás. Lógicamente, es necesaria una cierta adaptación de nuestro comportamiento en función de las personas con las que estamos. No es lo mismo pasar un día de descanso con la propia familia que una reunión de trabajo que resulta decisiva para orientar un proyecto; nuestra confianza hacia los amigos, como es lógico, es mayor que la que sentimos hacia desconocidos. Pero esa adaptación natural al ambiente en que nos encontramos no debería de llevarnos a perder la propia identidad o a esconder aquello que le da sentido a toda nuestra vida: el amor a Jesús.


El afán por querer ser siempre la misma persona nos llevará a vivir una virtud humana muy querida por san Josemaría: la naturalidad. En una ocasión, escribía: «Cuando se trabaja única y exclusivamente por la gloria de Dios, todo se hace con naturalidad, sencillamente, como quien tiene prisa y no puede detenerse en “mayores manifestaciones”, para no perder ese trato –irrepetible e incomparable– con el Señor»[4]. No buscamos hacer el bien para que nos alaben o para que los que nos rodean se formen una buena opinión de nosotros. Por el contrario, lo que nos interesa es que todas nuestras obras sean un reflejo de la gloria de Dios y lleven a que muchos lo conozcan, mientras nosotros pasamos casi desapercibidos. Es la exigente recomendación del Maestro: «Brille así vuestra luz ante los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en los cielos» (Mt 5,16).


Para que nuestra naturalidad y coherencia sean verdaderas, no hemos de tener miedo a admitir nuestros errores y flaquezas. De lo contrario, podríamos caer en la tentación de algunos fariseos y escribas, que vivían en un mundo de buenos deseos, pero sin admitir sus propias limitaciones: «¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que edificáis sepulcros a los profetas y ornamentáis los mausoleos de los justos, diciendo: “Si hubiéramos vivido en tiempo de nuestros padres, no habríamos sido cómplices suyos en el asesinato de los profetas”!» (Mt 23,29-30). El deseo de mostrarse muy seguros hacia los demás los llevaba a defender una falsa concepción de sí mismos y a ocultar sus limitaciones. Nosotros sabemos, en cambio, que incluso a través de nuestras flaquezas podemos reflejar la gloria de Cristo, porque él es nuestro Salvador. Como nuestra Madre, nos atreveremos a decir: «He aquí la esclava del Señor» (Lc 1,38), sabiendo que en esa verdad, quizá a los ojos del mundo bastante poco atractiva, se esconde toda nuestra riqueza.