"Hago todos los días mi "ratito" de oración: ¡si no fuera por eso!" (Camino, 106)

26 de agosto de 2021

El cristiano no vive calculando




 Evangelio (Mt 25,1-13)


Entonces el Reino de los Cielos será como diez vírgenes, que tomaron sus lámparas y salieron a recibir al esposo. Cinco de ellas eran necias y cinco prudentes; pero las necias, al tomar sus lámparas, no llevaron consigo aceite; las prudentes, en cambio, junto con las lámparas llevaron aceite en sus alcuzas. Como tardaba en venir el esposo, les entró sueño a todas y se durmieron. A medianoche se oyó una voz: «¡Ya está aquí el esposo! ¡Salid a su encuentro!» Entonces se levantaron todas aquellas vírgenes y aderezaron sus lámparas. Y las necias les dijeron a las prudentes: «Dadnos aceite del vuestro porque nuestras lámparas se apagan». Pero las prudentes les respondieron: «Mejor es que vayáis a quienes lo venden y compréis, no sea que no alcance para vosotras y nosotras». Mientras fueron a comprarlo vino el esposo, y las que estaban preparadas entraron con él a las bodas y se cerró la puerta. Luego llegaron las otras vírgenes diciendo: «¡Señor, señor, ábrenos!» Pero él les respondió: «En verdad os digo que no os conozco». Por eso: velad, porque no sabéis el día ni la hora.


Comentario


Jesús sigue exhortando a una vida de vela activa. Lo hace ahora con una parábola sobre unas bodas. El esposo está por llegar y un cortejo de vírgenes está esperando para acompañarle con sus lámparas encendidas. El relato nos dice que el novio se retrasa, y con ello se aclara la idea general sobre la que Jesús quiere ofrecer su enseñanza: las bodas son el Reino de los Cielos; el esposo es Cristo que vendrá al final de los tiempos a juzgar y retribuir a cada uno según sus obras; el momento de la llegada es incierto y de ahí la necesidad de permanecer en vela. La parábola, así, nos interpela a través del tiempo: invitados a una vida de comunión con Dios, para poder acceder a su Reino debemos permanecer en vela, demostrando así nuestros deseos.


San Pablo dice a los de Tesalónica que no duden que Cristo vendrá en gloria, pero que la forma de esperar esa Parusía bien preparados es vivir con amor las obligaciones de cada instante (cfr. 1Ts 4,1-12). Tenemos una misión encomendada: dirigir a Cristo todas nuestras actividades, hacer que sea él el corazón de nuestro obrar, para que todo pueda ser en él recapitulado, vivificado y elevado al Padre. Dios cuenta con nosotros para avanzar en la instauración de su Reino entre los hombres. Para ello debemos tomarnos en serio esta vida, viviéndola con la conciencia de que el bautizado puede pensar como Cristo, puede pensar las cosas de arriba (cfr. Col 3,1-3), al mismo tiempo que ama este mundo, ya que Cristo, cabeza de la Iglesia, está sentado a la derecha del Padre.


No sabemos ni el día ni la hora. Pero sí sabemos que la caridad no tiene ni día ni hora: sabemos que toda nuestra existencia es vocación al amor y, por tanto, no tenemos que esperar ocasiones señaladas o especiales para amar. El cristiano no vive calculando o dividiendo su vida en compartimentos estancos, como si alguno de ellos fuese ajeno a Dios. Nada nuestro le es ajeno: nos espera en todo lo que hacemos, pensamos y sentimos, las veinticuatro horas del día. Si queremos ser luz de Cristo en el mundo, el amor de Cristo ha de estar presente en toda nuestra existencia: nuestro sentir ha de ser el sentir de Cristo.


PARA TU RATO DE ORACION


En estos meses en los que el mundo está siendo sometido a una dura prueba, a causa de la pandemia, hemos sido testigos de actitudes heroicas por parte de personas de todos los sectores de la sociedad. El personal sanitario de los cinco continentes ha manifestado un espíritu de sacrificio que arrancó aplausos desde los balcones de muchas ciudades; los medios de comunicación han transmitido noticias de profunda humanidad, al narrar iniciativas solidarias de muchas personas que se movilizaron –y lo siguen haciendo- para ofrecer remedio a las necesidades urgentes que se han presentado; la Iglesia también ha reaccionado con generosidad, y son varios centenares los sacerdotes que han dado la vida por acercar a los enfermos los auxilios espirituales. El dolor y el sufrimiento unen, y es frecuente que muchos vecinos que antes no se conocían ahora estén reunidos por lazos de amistad, pues se han ayudado en los momentos de mayor emergencia.


SI NO NOS UNIMOS, POR MÁS QUE SE SUPERE LA CRISIS SANITARIA PERMANECERÁN LAS HERIDAS DE UNA SOCIEDAD INDIVIDUALISTA

En la audiencia general del pasado 23 de septiembre, el papa Francisco recordaba que “o trabajamos juntos para salir de la crisis, a todos los niveles de la sociedad, o no saldremos nunca”. Si hemos comenzado estas líneas poniendo de manifiesto tantos ejemplos de entrega a los demás que se han dado durante la crisis sanitaria, no podemos cerrar los ojos ante realidades de signo opuesto.


La cultura contemporánea, que posee tantos valores positivos, al mismo tiempo está marcada por una enfermedad grave, a la que hace referencia el Santo Padre: el individualismo. Si no nos unimos, si no miramos a los demás como nuestros prójimos, como personas que tienen en sí mismas un valor único, que merecen respeto, comprensión, cercanía, por más que se supere la crisis sanitaria permanecerán las heridas de una sociedad individualista, anónima, que termina por convertirse en un campo de batalla entre los intereses egoístas.


El trabajo es una dimensión esencial de la vida social. La crisis sanitaria ha causado una crisis laboral de grandes proporciones. Los desafíos que se presentan son muchos y urgentes. En las circunstancias actuales cobran especial relieve algunas características del trabajo, que pueden paliar las consecuencias negativas de la crisis. Pienso, en primer lugar, en el espíritu de servicio. El trabajo está al servicio del bien común social y de la persona humana entendida en su integridad. La creación de nuevos puestos de trabajo, la conservación de los ya existentes, y, sobre todo, el cambio de mentalidad que pone siempre en el centro a la persona humana y no a una lógica meramente económica son un antídoto contra el individualismo imperante. Se impone, con palabras de san Juan Pablo II, hacer funcionar “la imaginación de la caridad”.


TRABAJAR BIEN ES MANIFESTAR CERCANÍA Y SUPERAR CON AMOR EL DISTANCIAMIENTO SOCIAL FÍSICO QUE IMPONEN LAS CIRCUNSTANCIAS

Todos soñamos con una sociedad justa. La situación de muchas sociedades se ha trastocado después de este largo sufrimiento de la humanidad. Si justicia es “dar a cada uno lo suyo”, es necesario que quienes tienen la responsabilidad de tomar decisiones en la vida social, ejerciten esa “imaginación de la caridad”. Porque, como decía san Josemaría Escrivá, “convenceos de que únicamente con la justicia no resolveréis nunca los grandes problemas de la humanidad”. Y añadía que la dignidad de la persona humana exige más: la caridad, que “es como un generoso desorbitarse de la justicia”. Caridad que implica realizar bien el trabajo que tenemos encomendado, puesto al servicio de las necesidades de los demás, que en este momento se han hecho más acuciantes. Trabajar bien es sacar todo el partido posible a nuestras capacidades –en la familia, en la empresa, en la escuela, en todos los ámbitos del quehacer humano– para manifestar cercanía y superar con amor el “distanciamiento social” físico que imponen las circunstancias.


Todos estamos llamados a vivir la “imaginación de la caridad”, para resolver juntos los desafíos que nos pone este mundo nuestro, que queremos mejorar siguiendo los pasos de Aquel que nos dio ejemplo de un olvido de sí hasta dar la vida por los demás.

HOMILIA DEL PRELADO DEL OPUS DEI EN TORRECIUDAD

Hemos escuchado la profecía de Isaías, que anuncia la venida del Redentor, de Jesús, dándole un nombre muy especial: Emmanuel, que significa “Dios con nosotros”. Realmente Dios está con nosotros, el mismo Señor -lo tenemos aquí, en el Sagrario, en la Eucaristía-, y está con nosotros la Trinidad, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo en nuestra alma en gracia. Verdaderamente, nos quiere tanto Jesús que ha querido que su mismo Nombre sea el de estar con nosotros.


De San Pablo, hemos escuchado que somos hijos de Dios. No sólo está con nosotros: está como Padre, como Padre que nos quiere, como Padre que nos quiere identificados con su Hijo unigénito, con Jesucristo, por la fuerza del Espíritu Santo. Y eso nos tiene que dar una gran esperanza y una gran confianza en el trato con el Señor, en nuestra oración.


Y con confianza, también agradecimiento. Que seamos personas agradecidas al Señor. También por motivos singulares, especiales, como es el caso del aniversario de la ordenación sacerdotal, para mí y para otros muchos sacerdotes. También para cada uno de vosotros y de vosotras, habrá momentos especiales en que os saldrá más espontáneo dar gracias al Señor. Pero esta realidad del agradecimiento a Dios tiene que ser algo constante. San Josemaría, hace muchos años, la víspera de un 1 de enero, nos daba como sugerencia, una especie de propósito, nos decía en latín: Ut in gratiarum semper actione maneamus!, que significa que permanezcamos siempre en acción de gracias. Tenemos que permanecer siempre en acción de gracias, para saber reconocer el bien que el Señor nos da directamente en nuestra alma y también el bien que nos da a través de tantísimas personas en la familia, en el trabajo, en las amistades. Saber reconocer el bien para ser agradecidos. Permanecer siempre en acción de gracias. Pero, a veces, no todo es muy bueno: hay sufrimiento, hay enfermedad, hay contrariedades, hay desgracias. Pues también ahí podemos ser agradecidos a Dios, podemos dar gracias porque, como también decía san Josemaría en un punto de Camino, el Señor nos hace entonces participar de su dulce Cruz (Camino, 658). Es cuestión de fe saber descubrir el amor de Dios, también en el dolor. Esto sólo es posible con la fe y mirando a la Cruz de Jesucristo, procurando identificarnos con Él. Esta fe nos da luz sobre esta maravillosa verdad: Dios es verdaderamente Amor; Dios nos quiere con locura, con una “locura” que le llevó a la Cruz para salvarnos.


San Juan, en una de sus epístolas, hace como una especie de resumen de su experiencia, la experiencia de los apóstoles, en el trato con Jesucristo, y dice en forma solemne: “nosotros -se refería a los apóstoles-, nosotros hemos conocido y creído el amor que Dios nos tiene”. Si, a veces, nos falta un poco la fe para saber descubrir el amor de Dios, pidámosla a Jesús, como los apóstoles le decían: “¡auméntanos la fe!”. Necesitamos la fe también para estar con la seguridad de que, por encima y por debajo y en medio de todos los acontecimientos, está nuestro Padre Dios, que cuida de nosotros, aunque no podamos entenderlo muchas veces.


El Señor quiere que estemos contentos, que seamos felices también aquí en la tierra, a pesar de las dificultades que podamos encontrar. Se lo dijo a los apóstoles, en ese momento tan especial de la Última Cena, como expresando su gran deseo: “Que mi alegría esté en vosotros y que vuestra alegría sea completa” (Jn 15, 9-11). Este es el deseo de Cristo para nosotros: que seamos felices. Pero necesitamos la fe. Vamos a pedirle al Señor: auméntanos la fe, hoy y ahora, auméntanos la fe, también para tener la fuerza de no centrarnos en lo nuestro, en nuestras dificultades, para tener el alma más abierta a los demás.


En el Evangelio, acabamos de escuchar esa escena, como tantas otras sorprendente, en la que la Virgen es la primera y la única que se da cuenta de las necesidades de la gente. Ni siquiera los encargados de las bodas, de la organización, se dieron cuenta. La Virgen se da cuenta que falta vino. Vamos a pedirle a Ella que nos ayude a saber descubrir las necesidades de los demás, que nos ayude a olvidarnos un poco más de nosotros mismos, porque así seremos más felices. Porque no hay modo más seguro de estar contentos, que darnos a los demás, que pensar en los demás.


Así lo decía también san Josemaría: El darnos al servicio de los demás es de tal eficacia que el Señor lo premia con una humildad llena de alegría (Forja, 591). Que la Virgen nos ayude a tener una fe más firme en que somos hijos e hijas de Dios, queridísimos por Dios, y que nos dé la seguridad de que en todas las circunstancia de nuestra vida nos acompaña el amor inmenso de Dios por nosotros. Así sea.



AMAR CON OBRAS

 



Evangelio (Mt 24,42-51)


Por eso: velad, porque no sabéis en qué día vendrá vuestro Señor. Sabed esto: si el dueño de la casa supiera a qué hora de la noche va a llegar el ladrón, estaría ciertamente velando y no dejaría que se horadase su casa. Por tanto, estad también vosotros preparados, porque a la hora que menos penséis vendrá el Hijo del Hombre.


¿Quién es, pues, el siervo fiel y prudente, a quien el amo puso al frente de la servidumbre, para darles el alimento a la hora debida? Dichoso aquel siervo a quien su amo cuando vuelva encuentre obrando así. En verdad os digo que le pondrá al frente de toda su hacienda. Pero si ese siervo fuese malo y dijera en sus adentros: «Mi amo tarda», y comenzase a golpear a sus compañeros y a comer y beber con los borrachos, llegará el amo de aquel siervo el día menos pensado, a una hora imprevista, lo castigará duramente y le dará el pago de los hipócritas. Allí habrá llanto y rechinar de dientes.


Comentario


Ya cerca de su Pasión, Jesús pone a sus interlocutores ante una pregunta fundamental: ¿hacia dónde camináis en la vida y cómo lo hacéis? ¿Qué os mueve? Para ilustrar lo que quiere decir, usa ejemplos fácilmente comprensibles por todos. Jesús habla de dueños, de ladrones y de siervos. En esta vida tenemos unas posesiones y unos negocios que alguien quiere robarnos. Todo el que tiene una posesión o lleva un negocio sabe de la importancia de velar por sus bienes, de estar atento, de echar números, de protegerse de las posibles causas de ruina. Si un dueño no protege lo que le pertenece o no hace nada para que sus trabajadores obren bien y con responsabilidad quiere decir que sus pertenencias y negocios no le importan mucho. Uno se empeña por lo que ama.


Jesús aplica estos ejemplos a las almas. Todos tenemos un tesoro muy grande: hemos sido creados, por amor, a imagen y semejanza de Dios; hemos sido llamados a ser sus hijos; la sangre de Cristo se ha derramado por nosotros. Amados, enriquecidos con muchos dones, capaces de Dios y capaces de aportar en la edificación de la familia humana. Pero hay alguien que quiere robarnos y separarnos de Dios y de los demás. Alguien que quiere entrar en nuestro corazón y vaciarlo de todo lo grande, llenándolo de aspiraciones mezquinas y egoístas, propuestas, directa o indirectamente, por alguien que se presenta como ángel de luz que ofrece cosas aparentemente grandes, pero que, a fin de cuentas, se revelan como paja que se lleva el viento.


Jesús nos habla de la indolencia y de la hipocresía. Y nos pregunta: ¿te interesa lo que te ofrezco?, ¿lo valoras?, ¿lo guardas?, ¿lo cultivas? ¿Lo amas con el corazón y con obras? Velar es amar con el corazón eso que Dios nos ofrece. Velar es profundizar en el conocimiento de los tesoros recibidos. Velar es cultivar, fumigar y podar cuando sea necesario. Con la ilusión del agricultor que espera la cosecha, con la ilusión de que el Señor nos encuentre en cada momento, hoy y ahora, con un corazón enamorado. A esos deseos eficaces del corazón es a los que Dios escucha: ahí está el momento de nuestra salvación, en el hoy y el ahora que tengo entre manos.


PARA TU ORACION PERSONAL


El Papa Francisco en su reciente viaje a Cuba recordó que la ternura y el cariño son revolucionarios y que la fe es un estímulo que ayuda a salir de sí mismos y a tender puentes con el prójimo.


Ofrecemos algunas consideraciones de san Josemaría para meditar sobre la caridad.Cariño, lealtad, comprensión


Nuestra caridad ha de ser también cariño, calor humano. Así nos lo enseña Jesucristo. Si el cristiano no ama con obras, ha fracasado como cristiano, que es fracasar también como persona. No puedes pensar en los demás como si fuesen números o escalones, para que tú puedas subir; o masa, para ser exaltada o humillada, adulada o despreciada, según los casos. Piensa en los demás —antes que nada, en los que están a tu lado— como en lo que son: hijos de Dios, con toda la dignidad de ese título maravilloso.


Hemos de portarnos como hijos de Dios con los hijos de Dios: el nuestro ha de ser un amor sacrificado, diario, hecho de mil detalles de comprensión, de sacrificio silencioso, de entrega que no se nota. Este es el bonus odor Christi, -el buen olor de Cristo- el que hacía decir a los que vivían entre nuestros primeros hermanos en la fe: ¡Mirad cómo se aman!


Quiero hablar de vida diaria y concreta: de la santificación del trabajo, de las relaciones familiares, de la amistad. Si ahí no somos cristianos, ¿dónde lo seremos? El bonus odor Christi se advierte entre los hombres no por la llamarada de un fuego de ocasión, sino por la eficacia de un rescoldo de virtudes: la justicia, la lealtad, la fidelidad, la comprensión, la generosidad, la alegría.


Es Cristo que pasa, 36


Piensa en los demás


Desde la cuna de Belén, Cristo me dice y te dice que nos necesita, nos urge a una vida cristiana sin componendas, a una vida de entrega, de trabajo, de alegría. La eficacia redentora de nuestras vidas sólo puede actuarse con la humildad, dejando de pensar en nosotros mismos y sintiendo la responsabilidad de ayudar a los demás


Es Cristo que pasa, 18




No se puede tratar filialmente a María y pensar sólo en nosotros mismos, en nuestros propios problemas. No se puede tratar a la Virgen y tener egoístas problemas personales. María lleva a Jesús, y Jesús es primogenitus in multis fratribus, primogénito entre muchos hermanos. Conocer a Jesús, por tanto, es darnos cuenta de que nuestra vida no puede vivirse con otro sentido que con el de entregarnos al servicio de los demás.


Es Cristo que pasa, 145


Cuando hayas terminado tu trabajo, haz el de tu hermano, ayudándole, por Cristo, con tal delicadeza y naturalidad que ni el favorecido se dé cuenta de que estás haciendo más de lo que en justicia debes.


—¡Esto sí que es fina virtud de hijo de Dios!


Camino, 440


Que nadie nos sea indiferente


Los problemas de nuestros prójimos han de ser nuestros problemas. La fraternidad cristiana debe encontrarse muy metida en lo hondo del alma, de manera que ninguna persona nos sea indiferente. María, Madre de Jesús, que lo crió, lo educó y lo acompañó durante su vida terrena y que ahora está junto a El en los cielos, nos ayudará a reconocer a Jesús que pasa a nuestro lado, que se nos hace presente en las necesidades de nuestros hermanos los hombres.


Es Cristo que pasa, 145


Con obras y de verdad


Si no te veo practicar la bendita fraternidad, que de continuo te predico, te recordaré aquellas palabras entrañables de San Juan: "Filioli mei, non diligamus verbo neque lingua, sed opere et veritate" —Hijitos míos, no amemos con la palabra o con la lengua, sino con obras y de verdad.


Camino, 461


Propósito sincero: hacer amable y fácil el camino a los demás, que bastantes amarguras trae consigo la vida.


Surco, 63


Cuando te cueste prestar un favor, un servicio a una persona, piensa que es hija de Dios, recuerda que el Señor nos mandó amarnos los unos a los otros.


—Más aún: ahonda cotidianamente en este precepto evangélico; no te quedes en la superficie. Saca las consecuencias —bien fácil resulta—, y acomoda tu conducta de cada instante a esos requerimientos.


Surco, 727





25 de agosto de 2021

SABOREAR EL AMOR DE DIOS


 

Evangelio (Mt 23, 27-32)


¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que os parecéis a sepulcros blanqueados, que por fuera aparecen hermosos, pero por dentro están llenos de huesos de muertos y de toda podredumbre! Así también vosotros por fuera os mostráis justos ante los hombres, pero por dentro estáis llenos de hipocresía y de iniquidad.


¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que edificáis las tumbas de los profetas y adornáis los sepulcros de los justos, y decís: «Si hubiéramos vivido en tiempos de nuestros padres, no habríamos sido sus cómplices en la sangre de los profetas!». Así pues, atestiguáis contra vosotros mismos que sois hijos de los que mataron a los profetas. Y vosotros, colmad la medida de vuestros padres.


Comentario


El Evangelio de hoy recoge los dos últimos reproches de Jesús a los escribas y fariseos, centrados en la hipocresía. El Señor utiliza una imagen potente y visual: les compara a los sepulcros que por fuera están limpios, pintados de blanco, hermosos, pero que por dentro, como no puede ser de otra manera, están llenos de huesos y podredumbre.


Aquellos hombres se han puesto una careta para ocultar sus miserias, para poder ser admirados, para aparentar otra vida. Quizá por eso Jesucristo no soporta la hipocresía, porque es un modo de huir de uno mismo.


Por un lado, no amamos en nosotros lo que Dios ama. Es como si le dijéramos a Dios que no nos ha hecho bien, que no somos amables, que no somos valiosos, que debería habernos hecho de otra manera.


Y, sin embargo, Dios no se ha equivocado. Ha volcado todo su Amor en cada uno de nosotros, dándonos una originalidad y una belleza propias.


Por otro lado, al ocultar nuestras miserias no le permitimos a Dios que nos rehaga y renueve; que vaya al fondo de nuestro corazón y lo habite. Por eso, para romper hipocresías necesitamos aprender a acusarnos a nosotros mismos.


Como dice el papa Francisco, tenemos que abrirle el alma a Dios y decirle con sencillez: “He hecho esto, yo pienso así, malamente.... Tengo envidia, me gustaría destruir aquello..., lo que está dentro, lo nuestro, y decirlo ante Dios. Este es un ejercicio espiritual que no es común, no es habitual, pero tratamos de hacerlo: acusarnos a nosotros mismos, vernos en el pecado, en las hipocresías y en la maldad que hay en nuestro corazón. Porque el diablo siembra la maldad y decirle al Señor: "¡Mira, Señor, cómo soy!", y decirlo con humildad”.


Tenemos miserias, pero a la vez tenemos toda la Misericordia de un Dios que nos da novedad de su Vida y Amor cada vez que se lo pedimos con un corazón contrito. Así, nuestro corazón no estará habitado por egoísmos y soberbias, sino por el fuego enamorado de Cristo.


PARA TU RATO DE ORACION


El Reino de los Cielos es como un comerciante que busca perlas finas y, cuando encuentra una perla de gran valor, va y vende todo cuanto tiene y la compra.


Mt 13, 44-52


Nada vale nada al lado de Dios


Considera lo más hermoso y grande de la tierra..., lo que place al entendimiento y a las otras potencias..., y lo que es recreo de la carne y de los sentidos... Y el mundo, y los otros mundos, que brillan en la noche: el Universo entero. —Y eso, junto con todas las locuras del corazón satisfechas..., nada vale, es nada y menos que nada, al lado de ¡este Dios mío! —¡tuyo!— tesoro infinito, margarita preciosísima, humillado, hecho esclavo, anonadado con forma de siervo en el portal donde quiso nacer, en el taller de José, en la Pasión y en la muerte ignominiosa... y en la locura de Amor de la Sagrada Eucaristía.


Camino, 432


El Señor no cambia; no necesita moverse para ir detrás de cosas que no tenga; es todo el movimiento y toda la belleza y toda la grandeza. Hoy como antes.


Amigos de Dios, 190


Los enamorados no saben decirse adiós: se acompañan siempre. —Tú y yo, ¿amamos así al Señor?


Surco 666


¡Dios mío!: encuentro gracia y belleza en todo lo que veo: guardaré la vista a todas horas, por Amor.


Forja, 415


Dios nos quiere infinitamente más de lo que tú mismo te quieres... ¡Déjale, pues, que te exija!


Forja, 813


EL SACRIFICIO ES SÓLO APARENTE: PORQUE AL VIVIR ASÍ —CON SACRIFICIO— SE LIBRA DE MUCHAS ESCLAVITUDES Y LOGRA, EN LO ÍNTIMO DE SU CORAZÓN, SABOREAR TODO EL AMOR DE DIOS

Si la palabra amor sale muchas veces de la boca, sin estar respaldada con pequeños sacrificios, llega a cansar.


Surco, 979


No se ha limitado el Señor a decirnos que nos ama: sino que nos lo ha demostrado con las obras, con la vida entera. —¿Y tú?


Forja, 62


Templanza


Tomemos ejemplos de la vida corriente. San Pablo los menciona: los que han de competir en la palestra, guardan en todo una exacta continencia; y no es sino para alcanzar una corona perecedera, al paso que nosotros la esperamos eterna. Os basta echar una mirada a vuestro alrededor. Fijaos a cuántos sacrificios se someten de buena o de mala gana, ellos y ellas, por cuidar el cuerpo, por defender la salud, por conseguir la estimación ajena... ¿No seremos nosotros capaces de removernos ante ese inmenso amor de Dios tan mal correspondido por la humanidad, mortificando lo que haya de ser mortificado, para que nuestra mente y nuestro corazón vivan más pendientes del Señor?


Amigos de Dios, 135


Si hasta ahora, antes de encontrarle, querías correr en tu vida con los ojos abiertos, para enterarte de todo; desde este momento..., ¡a correr con la mirada limpia!, para ver con El lo que verdaderamente te interesa.


Surco, 682


¿NO SEREMOS NOSOTROS CAPACES DE REMOVERNOS ANTE ESE INMENSO AMOR DE DIOS TAN MAL CORRESPONDIDO POR LA HUMANIDAD, MORTIFICANDO LO QUE HAYA DE SER MORTIFICADO, PARA QUE NUESTRA MENTE Y NUESTRO CORAZÓN VIVAN MÁS PENDIENTES DEL SEÑOR?

Templanza es señorío. No todo lo que experimentamos en el cuerpo y en el alma ha de resolverse a rienda suelta. No todo lo que se puede hacer se debe hacer. Resulta más cómodo dejarse arrastrar por los impulsos que llaman naturales; pero al final de ese camino se encuentra la tristeza, el aislamiento en la propia miseria. (…) Quiero considerar los frutos de la templanza, quiero ver al hombre verdaderamente hombre, que no está atado a las cosas que brillan sin valor, como las baratijas que recoge la urraca. Ese hombre sabe prescindir de lo que produce daño a su alma, y se da cuenta de que el sacrificio es sólo aparente: porque al vivir así —con sacrificio— se libra de muchas esclavitudes y logra, en lo íntimo de su corazón, saborear todo el amor de Dios.


La vida recobra entonces los matices que la destemplanza difumina; se está en condiciones de preocuparse de los demás, de compartir lo propio con todos, de dedicarse a tareas grandes. La templanza cría al alma sobria, modesta, comprensiva; le facilita un natural recato que es siempre atractivo, porque se nota en la conducta el señorío de la inteligencia. La templanza no supone limitación, sino grandeza. Hay mucha más privación en la destemplanza, en la que el corazón abdica de sí mismo, para servir al primero que le presente el pobre sonido de unos cencerros de lata.


Amigos de Dios, 84


De ordinario comes más de lo que necesitas. —Y esa hartura, que muchas veces te produce pesadez y molestia física, te inhabilita para saborear los bienes sobrenaturales y entorpece tu entendimiento. ¡Qué buena virtud, aun para la tierra, es la templanza!


Camino, 682


Desprendimiento


El amor gustoso, que hace feliz al alma, está basado en el dolor: no cabe amor sin renuncia.


Forja, 760


Hemos de exigirnos en la vida cotidiana, con el fin de no inventarnos falsos problemas, necesidades artificiosas, que en último término proceden del engreimiento, del antojo, de un espíritu comodón y perezoso. Debemos ir a Dios con paso rápido, sin pesos muertos ni impedimentas que dificulten la marcha. Precisamente porque no consiste la pobreza de espíritu en no tener, sino en estar de veras despegados, debemos permanecer atentos para no engañarnos con imaginarios motivos de fuerza mayor. Buscad lo suficiente, buscad lo que basta. Y no queráis más. Lo que pasa de ahí, es agobio, no alivio; apesadumbra, en vez de levantar.


Amigos de Dios, 125


A veces bastará como remedio la pequeña mortificación de prescindir del uso de algo por una temporada corta. O, en otro orden, no pasa nada si un día renuncias al medio de transporte que habitualmente empleas, y entregas como limosna la cantidad que ahorras, aunque sea muy poco dinero. De todos modos, si tienes espíritu de desprendimiento, no dejarás de descubrir ocasiones continuas, discretas y eficaces, de ejercitarlo.


Amigos de Dios, 125


¿No has contrariado, alguna vez, en algo, tus gustos, tus caprichos? —Mira que Quien te lo pide está enclavado en una Cruz —sufriendo en todos sus sentidos y potencias—, y una corona de espinas cubre su cabeza... por ti.


Surco, 989


Para llegar al fin


Ser fiel a Dios exige lucha. Y lucha cuerpo a cuerpo, hombre a hombre —hombre viejo y hombre de Dios—, detalle a detalle, sin claudicar.


Surco, 126


Necesito prevenirte contra una argucia de “satanás” —así, ¡con minúscula!, porque no se merece más—, que intenta servirse de las circunstancias más normales, para desviarnos poco o mucho del camino que nos lleva a Dios. Si luchas, y más aun si luchas de veras, no debes extrañarte de que sobrevenga el cansancio o el tiempo de “marchar a contrapelo”, sin ningún consuelo espiritual ni humano. Mira lo que me escribían hace tiempo, y que recogí pensando en algunos que ingenuamente consideran que la gracia prescinde de la naturaleza: “Padre: desde hace unos días estoy con una pereza y una apatía tremendas, para cumplir el plan de vida; todo lo hago a la fuerza y con muy poco espíritu. Ruegue por mí para que pase pronto esta crisis, que me hace sufrir mucho pensando en que puede desviarme del camino”.


EL SEÑOR PERMITE ESA ARIDEZ TUYA, QUE TAN DURA SE TE HACE, PARA QUE LE AMES MÁS, PARA QUE CONFÍES SÓLO EN ÉL

—Me limité a contestar: ¿no sabías que el Amor exige sacrificio? Lee despacio las palabras del Maestro “quien no toma su Cruz «cotidie» —cada día, no es digno de Mí”. Y más adelante: “no os dejaré huérfanos...”. El Señor permite esa aridez tuya, que tan dura se te hace, para que le ames más, para que confíes sólo en El, para que con la Cruz corredimas, para que le encuentres.


Surco, 149


No sabes si será decaimiento físico o una especie de cansancio interior lo que se ha apoderado de ti, o las dos cosas a la vez...: luchas sin lucha, sin el afán de una auténtica mejora positiva, para pegar la alegría y el amor de Cristo a las almas. Quiero recordarte las palabras claras del Espíritu Santo: sólo será coronado el que haya peleado «legitime» —de verdad, a pesar de los pesares.


Surco, 163


Sí, tienes razón: ¡qué hondura, la de tu miseria! Por ti, ¿dónde estarías ahora, hasta dónde habrías llegado?... "Solamente un Amor lleno de misericordia puede seguir amándome", reconocías. —Consuélate: Él no te negará ni su Amor ni su Misericordia, si le buscas.


Forja 897


Porque María es Madre, su devoción nos enseña a ser hijos: a querer de verdad, sin medida; a ser sencillos, sin esas complicaciones que nacen del egoísmo de pensar sólo en nosotros; a estar alegres, sabiendo que nada puede destruir nuestra esperanza. El principio del camino que lleva a la locura del amor de Dios es un confiado amor a María Santísima. Así lo escribí hace ya muchos años, en el prólogo a unos comentarios al santo rosario, y desde entonces he vuelto a comprobar muchas veces la verdad de esas palabras. No voy a hacer aquí muchos razonamientos, con el fin de glosar esa idea: os invito más bien a que hagáis la experiencia, a que lo descubráis por vosotros mismos, tratando amorosamente a María, abriéndole vuestro corazón, confiándole vuestras alegrías y vuestra penas, pidiéndole que os ayude a conocer y a seguir a Jesús.


Es Cristo que pasa, 143


EL PRINCIPIO DEL CAMINO QUE LLEVA A LA LOCURA DEL AMOR DE DIOS ES UN CONFIADO AMOR A MARÍA SANTÍSIMA

Disipación. —Dejas que se abreven tus sentidos y potencias en cualquier charca. —Así andas tú luego: sin fijeza, esparcida la atención, dormida la voluntad y despierta la concupiscencia. —Vuelve con seriedad a sujetarte a un plan, que te haga llevar vida de cristiano, o nunca harás nada de provecho.


Camino, 375


Procura lograr diariamente unos minutos de esa bendita soledad que tanta falta hace para tener en marcha la vida interior.


Camino, 304

24 de agosto de 2021

La libertad de Dios

 


Evangelio (Jn 1,45-51)


En aquel tiempo, Felipe encontró a Natanael y le dijo:


— Hemos encontrado a aquel de quien escribieron Moisés en la Ley y los Profetas: Jesús de Nazaret, el hijo de José. Entonces le dijo Natanael:


— ¿De Nazaret puede salir algo bueno?


—Ven y verás, le respondió Felipe.


Vio Jesús a Natanael acercarse y dijo de él:


— Aquí tenéis a un verdadero israelita en quien no hay doblez. Le contestó Natanael:


— ¿De qué me conoces? Respondió Jesús y le dijo:


— Antes de que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera, te vi.


Respondió Natanael:


—Rabbí, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel.


Contestó Jesús:


—¿Porque te he dicho que te vi debajo de la higuera crees? Cosas mayores verás. Y añadió:


— En verdad, en verdad os digo que veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del Hombre.


Comentario


Entre los primeros discípulos de Jesús, según nos cuenta San Juan, había algunos amigos y hermanos de los que el Maestro había llamado personalmente. Andrés le presenta a su hermano Pedro y Felipe le lleva a Natanael, tradicionalmente identificado con el apóstol Bartolomé.


En un simpático intercambio de palabras, delante de un Natanael escéptico sobre la posibilidad de que el Mesías viniese de un pueblo tan oscuro como Nazaret, Felipe consigue organizar un encuentro con Jesús.


La insistencia de Felipe, “Ven y verás”, que tiene sentido solo en una perspectiva de amistad y de mutua confianza, lleva a la conversión del nuevo discípulo.


Como Natanael, todos necesitamos de una experiencia viva de Jesús. Aunque normalmente la vida cristiana comience con el anuncio que nos llega a través de uno o varios testigos, es importante llegar pronto a una relación personal con Jesús.


La franqueza de Natanael lleva al Señor a alabar en voz alta a ese hombre “en quien no hay doblez”, y abre un diálogo que acaba por conquistar el corazón del nuevo discípulo.


Jesús conoce la vida íntima de Natanael, quizá una oración dirigida a Dios debajo de una higuera. El estar debajo de la higuera recuerda una expresión que se encuentra varias veces en el Antiguo Testamento para indicar una situación de tranquilidad: “Cada cual se sentaba bajo su parra y bajo su higuera. Y no había quien les inquietara” (1 Mac 14,12).


No sabemos qué estilo de vida llevaba Natanael antes de esa llamada que le cambió la vida. Podemos imaginar, como se ve en su actitud sincera y un poco desilusionada, que estuviese esperando ese encuentro pero sin buscarlo con suficiente ilusión.


La llamada de Bartolomé nos recuerda la libertad de Dios, que sorprende nuestras expectativas apareciendo precisamente donde no lo esperábamos, a veces en nuestra tranquilidad, debajo de una higuera. Si nos dejamos conquistar por Jesús, llegaremos a ver “cosas mayores” en nuestra vida y en la vida de los demás.

PARA TU  ORACION 

En el ámbito existencial, que es el campo de la acción y, por tanto, de la formación del yo y de la persona, el primer principio es la voluntad, cuyo centro dinámico es la libertad. En la energía primaria de la voluntad está el mismo destino de los individuos de los pueblos, y el sentido último de la historia.


La voluntad mueve, ordena o desordena, exalta o deprime todas las fuerzas del hombre: no sólo los sentidos y las pasiones, sino también la inteligencia y las facultades superiores. Y esto por­que la voluntad se mueve a sí misma; quiere porque quiere querer y, por tanto, se resuelve en libertad.


El pensamiento moderno ha exaltado la libertad como funda­mento de sí misma y como constitutivo último del hombre. Por este camino, la libertad se ha identificado con la espontaneidad de la razón, o del sentimiento, o de la voluntad de poder. Y, con tensión alternante, ha sometido al mundo occidental a regímenes totalita­rios o al caos de movimientos anarcoides. Faltándole un fundamen­to trascendente, la libertad se ha constituido en objeto y fin de sí misma: una libertad vacía, una libertad de la libertad. Convertida en ley para sí misma, se desnaturaliza en libertad de los instintos o en tiranía de la razón absoluta, que se manifiesta después en el capricho del tirano.


Con audacia que trasciende la unilateralidad tanto del anarquismo como del totalitarismo, Tomás de Aquino pudo afirmar que el hombre es causa de sí mismo, porque en el orden moral llega a ser aquello que quiere ser, aquello que con su libertad elige ser. Sin detenerse en la bondad exterior –y ésta es la conclusión exis­tencial decisiva en la formación de la persona– ve en la bondad moral interior, que depende de la libertad, la perfección del hombre como sujeto.


La paradoja radica en que el hombre, creado libre para vivir en armonía con Dios por el amor y la obediencia, ha usado –abu­sado– de su libertad para desobedecer al Creador. Entonces la liber­tad separada de Dios es insidiada desde arriba por la soberbia, y desde abajo por las pasiones De este modo, el hombre, aunque permanece formalmente libre en el plazo existencial es «esclavo del pecado» y su esperanza de libertad se encuentra en el dominio de las pasiones y en la victoria sobre el orgullo. «La verdad os hará libres», promete Jesús Solo es verdadera y completamente libre el cristiano que es totalmente dócil a la acción de la gracia. Así, somos libres cuando nos hacemos «siervos de Cristo». Es una paradoja a: la más profunda de la existencia; pero en el cristianismo todo es paradójico. La verdadera libertad del hombre está en la verda­dera obediencia a Dios.


Este mensaje evangélico es percibido particularmente por los fundadores en la Iglesia de Dios, y brilla con luz especial en la ense­ñanza de Josemaría Escrivá de Balaguer, como enseguida veremos.


Antes de Cristo y fuera del Cristianismo, la libertad auténtica era desconocida, como reconoce el mismo Hegel. Pero el gran filó­sofo yerra profundamente cuando sitúa la libertad cristiana al nivel de la razón humana absoluta, y ve su realización en el cumplimiento de la historia universal suficiente a sí misma. Frente a él se alzó la voz de Kierkegaard, con su proyecto de recuperar la libertad cristiana, que tiene a Dios por fundamento. Ciertamente, Hegel no preveía el advenimiento, a un siglo de distancia, de Adolfo Hitler; pero no fue una casualidad que el nacional socialismo se remitiera al pensamiento hegeliano.


Hombre nuevo para los tiempos nuevos de la Iglesia del futuro Josemaría Escrivá de Balaguer ha aferrado por connaturalidad –y también por luz sobrenatural– la noción originaria de la libertad cristiana. Inmerso en el anuncio evangélico de la libertad entendida como liberación del pecado, confía en el creyente en Cristo y, des­pués de siglos de espiritualidades cristianas que se apoyaban en la prioridad de la obediencia, invierte la situación y hace de la obe­diencia una actitud y consecuencia de la libertad. Como un fruto de su flor, o más profundamente, de su raíz.


Sus enseñanzas se intensifican y se hacen cada vez más claras con el peso de los años: «Soy muy amigo de la libertad, y preci­samente por esto quiero tanto esa virtud cristiana (la obediencia). Debemos sentirnos hijos de Dios, y vivir con la ilusión de cumplir la vountad de nuestro Padre. Realizar las cosas según el querer de Dios, porque nos da la gana, que es la razón más sobrenatural». Y, como haciendo un balance de su vida, confiesa con ánimo franco:


«El espíritu del Opus Dei, que he procurado practicar y enseñar desde hace más de treinta y cinco años, me ha hecho comprender y amar la libertad personal». Vemos aquí una plena consonancia con aquella afirmación de Tomás de Aquino: «Cuanto mayor cari­dad se posee, de mayor libertad se dispone».


Desde el interior de esta experiencia vivida –la primacía exis­tencial de la libertad del cristiano como presupuesto para su participación en la salvación mediante la gracia de Cristo–, Josemaría Escrivá de Balaguer, como divisa de un estilo nuevo pero antiguo como el primer presentarse del cristianismo al mundo, afirma «Dios no quiere esclavos, sino hijos y respeta nuestra libertad La salvación continúa y nosotros participamos en ella. Es voluntad de Cristo que –según las palabras fuertes de San Pablo - cumplamos en nuestra carne, en nuestra vi da, aquello que falta a su pasión, pro corpore eius, quod est Ecclesia, en beneficio de su cuerpo, que es la Iglesia».


En plena sintonía con el Concilio Vaticano II –es más, se podría decir que superándolo en audacia– Monseñor Escrivá de Balaguer propone como primer bien para respetar y estimular el empeño temporal del cristiano, precisamente la libertad personal. «Sólo si defiende la libertad individual de los demás con la consiguiente per­sonal responsabilidad, podrá, con honradez humana y cristiana, defender de la misma manera la suya».


Esta actitud –nueva en la espiritualidad cristiana– de la prioridad fundante de la libertad, nace en Monseñor Escrivá de Bala­guer, no por pretensión de originalidad o de adaptarse al espíritu del tiempo, sino de una humilde y profunda aspiración a vivir el Evangelio. En una inspirada homilía del sugestivo título La Libertad, don de Dios, del 10 de abril de 1958, en la plenitud de su madurez espiritual, confiesa con osadía digna de los primeros Padres Apologistas, que su misión es la defensa de la libertad personal: «Du­rante mis años de sacerdocio, no diré que predico, sino que grito mi amor a la libertad personal»; y se sorprende de que algunos teman que esto sea un peligro para la fe.


Y anticipándose de nuevo con espíritu profético al mensaje del Vaticano II, pero evitando los recientes compromisos equívocos del indiferentismo religioso, proclama: «Yo defiendo con todas mis fuerzas la libertad de las conciencias, que denota que a nadie le es lícito impedir que la criatura tribute culto a Dios» y, más adelante, «Nuestra Santa Madre la Iglesia se ha pronunciado siempre por la libertad y ha rechazado todos los fatalismos, antiguos y menos antiguos. Ha señalado que cada alma es dueña de su destino, para bien o para mal».


La homilía de Monseñor Escrivá de Balaguer del 25 de marzo de 1967 tiene en este contexto una expresión entre las más valientes de la literatura cristiana de cualquier tiempo. «En esa tarea que va realizando en el mundo, Dios ha querido que seamos cooperadores suyos, ha querido correr el riesgo de nuestra libertad. Me llega a lo hondo del alma contemplar la figura de Jesús recién nacido en Belén. Un niño indefenso, inerme, incapaz de ofrecer resistencia. Dios se entrega en manos de los hombres, se acerca y se abaja hasta nosotros».


Intrepidez de presencia cristiana en los tiempos nuevos, para una fidelidad dinámica a la verdad divina: éste es el mensaje de Josemaría Escrivá de Balaguer. El segundo aniversario de su falle­cimiento constituye, por tanto, una ocasión de renovado encuentro con su enseñanza para el bien supremo del hombre, liberado del pecado y de la muerte.


Artículo publicado por Cornelio Fabro en L'OSSERVATORE ROMANO. Ciudad del Vaticano, 2–VII–77


23 de agosto de 2021

SOMOS DESPERTADORES de los deseos de santidad

 



Evangelio (Mt 23, 13-22)

¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que cerráis el Reino de los Cielos a los hombres! Porque ni vosotros entráis, ni dejáis entrar a los que quieren entrar.

¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que vais dando vueltas por mar y tierra para hacer un solo prosélito y, en cuanto lo conseguís, le hacéis hijo del infierno dos veces más que vosotros!

¡Ay de vosotros, guías ciegos, que decís: «Jurar por el Templo no es nada; pero si uno jura por el oro del Templo, queda obligado!» ¡Necios y ciegos! ¿Qué es más: el oro o el Templo que santifica al oro? Y: «Jurar por el altar no es nada; pero si uno jura por la ofrenda que está sobre él, queda obligado».

¡Ciegos! ¿Qué es más: la ofrenda o el altar que santifica la ofrenda? Por tanto, quien ha jurado por el altar, jura por él y por todo lo que hay sobre él. Y quien ha jurado por el Templo, jura por él y por Aquel que en él habita. Y quien ha jurado por el cielo, jura por el trono de Dios y por Aquel que en él está sentado.


Comentario

Durante los próximos tres días, leeremos en el Evangelio los siete reproches que Jesús hace contra el comportamiento de escribas y fariseos. Cada una de esas quejas comienzan por la expresión “¡Ay de vosotros!” y reflejan el dolor de Jesucristo por la dureza de corazón de aquellos hombres.

Les habla con fuerza y claridad, pero no para humillarlos públicamente, sino porque desea profundamente que se conviertan, que descubran la belleza del Amor de Dios.

Aquellos hombres estaban llamados a ser pastores de su pueblo, a querer a todos con el corazón, en el cuerpo y en el alma, en sus necesidades materiales y espirituales; vivir para ellos y convertirse en mediadores entre la hondura del Amor de Dios y la hondura humana. Y, por el contrario, se han convertido en meros asalariados, en guías ciegos.

También nosotros los cristianos, todos sin excepción, estamos llamados a hacer presente entre las personas que nos rodean el Amor del Padre, y a despertar en sus corazones los deseos de responder generosamente a ese Amor.

Como señalaba san Juan Pablo II: “Todo hombre está llamado, de una manera o de otra, a la paternidad o la maternidad espiritual señales de madurez interior de su persona. Es una vocación incluida en la llamada evangélica a la perfección de la que el “Padre” es el supremo modelo. El hombre adquiere, por tanto, la mayor semejanza con Dios, cuando llega a ser padre o madre espiritual”.

Jesucristo nos quiere dar su luz y su fuerza para ser en este mundo despertadores de los deseos de santidad, comunicadores de optimismo y esperanza; en definitiva, un signo de su Misericordia.

PARA TU RATO DE ORACION

El apostolado cristiano —y me refiero ahora en concreto al de un cristiano corriente, al del hombre o la mujer que vive siendo uno más entre sus iguales— es una gran catequesis, en la que, a través del trato personal, de una amistad leal y auténtica, se despierta en los demás el hambre de Dios y se les ayuda a descubrir horizontes nuevos: con naturalidad, con sencillez he dicho, con el ejemplo de una fe bien vivida, con la palabra amable pero llena de la fuerza de la verdad divina.

Es Cristo que pasa, 149

En las empresas de apostolado, está bien —es un deber— que consideres tus medios terrenos (2 + 2 = 4), pero no olvides ¡nunca! que has de contar, por fortuna, con otro sumando: Dios + 2 + 2...

Camino, 471

La mies es mucha y pocos los operarios. —"Rogate ergo!" —Rogad, pues, al Señor de la mies que envíe operarios a su campo.

La oración es el medio más eficaz de proselitismo.

Camino, 800

Sembrar la paz y la alegría

Jesús se ha ido a los cielos, decíamos. Pero el cristiano puede, en la oración y en la Eucaristía, tratarle como le trataron los primeros doce, encenderse en su celo apostólico, para hacer con El un servicio de corredención, que es sembrar la paz y la alegría. Servir, pues: el apostolado no es otra cosa. Si contamos exclusivamente con nuestras propias fuerzas, no lograremos nada en el terreno sobrenatural; siendo instrumentos de Dios, conseguiremos todo: todo lo puedo en aquel que me conforta . Dios, por su infinita bondad, ha dispuesto utilizar estos instrumentos ineptos. Así que el apóstol no tiene otro fin que dejar obrar al Señor, mostrarse enteramente disponible, para que Dios realice —a través de sus criaturas, a través del alma elegida— su obra salvadora.

Es Cristo que pasa, 120

Proselitismo. —Es la señal cierta del celo verdadero.

Camino, 793

El apostolado es amor de Dios que se desborda

Cristo nos enseñó, definitivamente, el camino de ese amor a Dios: el apostolado es amor de Dios, que se desborda, dándose a los demás. La vida interior supone crecimiento en la unión con Cristo, por el Pan y la Palabra. Y el afán de apostolado es la manifestación exacta, adecuada, necesaria, de la vida interior. Cuando se paladea el amor de Dios se siente el peso de las almas. No cabe disociar la vida interior y el apostolado, como no es posible separar en Cristo su ser de Dios-Hombre y su función de Redentor. El Verbo quiso encarnarse para salvar a los hombres, para hacerlos con El una sola cosa. Esta es la razón de su venida al mundo: por nosotros y por nuestra salvación, bajó del cielo, rezamos en el Credo.

Para el cristiano, el apostolado resulta connatural: no es algo añadido, yuxtapuesto, externo a su actividad diaria, a su ocupación profesional. ¡Lo he dicho sin cesar, desde que el Señor dispuso que surgiera el Opus Dei! Se trata de santificar el trabajo ordinario, de santificarse en esa tarea y de santificar a los demás con el ejercicio de la propia profesión, cada uno en su propio estado.

Hemos de conducirnos de tal manera, que los demás puedan decir, al vernos: éste es cristiano, porque no odia, porque sabe comprender, porque no es fanático, porque está por encima de los instintos, porque es sacrificado, porque manifiesta sentimientos de paz, porque ama.

Es Cristo que pasa, 122

El apostolado —manifestación evidente de vida espiritual— es ese aletear constante que hace sobrenaturalizar cada detalle —grande o pequeño— de la jornada, por el amor a Dios que se pone en todo.

Forja, 922

Con la ayuda de María

Sed audaces. Contáis con la ayuda de María, “Regina apostolorum”. Y Nuestra Señora, sin dejar de comportarse como Madre, sabe colocar a sus hijos delante de sus precisas responsabilidades. María, a quienes se acercan a Ella y contemplan su vida, les hace siempre el inmenso favor de llevarlos a la Cruz, de ponerlos frente a frente al ejemplo del Hijo de Dios. Y en ese enfrentamiento, donde se decide la vida cristiana, María intercede para que nuestra conducta culmine con una reconciliación del hermano menor —tú y yo— con el Hijo primogénito del Padre.

Es Cristo que pasa, 149

Es preciso que seas "hombre de Dios", hombre de vida interior, hombre de oración y de sacrificio. —Tu apostolado debe ser una superabundancia de tu vida "para adentro".

Camino, 961

Proselitismo. —¿Quién no tiene hambre de perpetuar su apostolado?

Camino, 809

22 de agosto de 2021

CENTRO Y RAIZ DE LA VIDA INTERIOR




 Evangelio (Jn 6,60-69)


En aquel tiempo, muchos discípulos de Jesús, al oírlo, dijeron: - Es dura esta enseñanza, ¿quién puede escucharla? Jesús, conociendo en su interior que sus discípulos estaban murmurando de esto, les dijo: - ¿Esto os escandaliza? Pues, ¿si vierais al Hijo del Hombre subir adonde estaba antes? El espíritu es el que da vida, la carne no sirve de nada: las palabras que os he hablado son espíritu y son vida. Sin embargo, hay algunos de vosotros que no creen. En efecto, Jesús sabía desde el principio quiénes eran los que no creían y quién era el que le iba a entregar.


Y añadía: - Por eso os he dicho que ninguno puede venir a mí si no se lo ha concedido el Padre. Desde ese momento muchos discípulos se echaron atrás y ya no andaban con él.


Entonces Jesús les dijo a los doce: - ¿También vosotros queréis marcharos?


Le respondió Simón Pedro: - Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros hemos creído y conocido que tú eres el Santo de Dios.


Comentario


No todos los evangelistas cuentan la institución de la Eucaristía. San Juan, que dedica varios capítulos a la Última cena no menciona las palabras de la institución de este sacramento fundamental en la vida de la Iglesia. Sin embargo, el capítulo 6 está casi enteramente dedicado al discurso sobre el pan de vida.


En este importante discurso, Jesús pronuncia unas palabras que escandalizaron a los oyentes: “El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo le resucitaré en el último día. Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida” (Jn 6,54-55).


El evangelio que leemos hoy nos relata la reacción a esas palabras: muchos discípulos de Jesús se escandalizan, preguntándose cómo se puede comer la carne de un hombre y beber su sangre. Y como consecuencia, muchos dejaron de seguirle, abandonaron el camino, la llamada a acompañar al Maestro.


El problema es más grave aún porque esas críticas no se transforman en diálogo con el mismo Jesús, sino que se quedan en murmuraciones. Por eso el Maestro interviene para explicar que la vida cristiana solo es posible si se confía en Dios: “ninguno puede venir a mí si no se lo ha concedido el Padre”.


El mensaje cristiano, el encuentro con Jesucristo, es piedra de escándalo, algo que rompe nuestros esquemas de previsión y organización de vida. La redención es posible si nos dejamos salvar, si aceptamos ser parte del Cuerpo místico de Cristo que es la Iglesia.


Y eso se concreta en la Santa Misa, que a San Josemaría le gustaba describir como el “centro y raíz de nuestra vida interior”.


La cosa más grande que podemos hacer cada día es la participación en el santo sacrificio del altar. En una ocasión, el Papa Francisco recordó que “nutrirnos de Jesús y vivir en Él mediante la Comunión eucarística, si lo hacemos con fe, transforma nuestra vida, la transforma en un don a Dios y a los hermanos. (...) El Cielo comienza precisamente en esta comunión con Jesús” (Angelus 16-VIII-2015).


Finalmente Jesús se dirige a los doce, preguntándoles: “¿También vosotros queréis marcharos?”. Es interesante que a pesar de que supiera quiénes creían y quiénes eran incrédulos, pregunte directamente a los apóstoles sus intenciones, que interpele su libertad.


Podemos hacer nuestra la respuesta de Pedro: Señor, ¿a quién iremos?, ¿qué más podemos hacer si no seguirte? En la relación contigo, vivida especialmente en la comunión eucarística, encontramos la fuente de nuestra alegría y el motivo de nuestra existencia.


PARA TU ORACION PERSONAL 


Siempre os he enseñado, hijas e hijos queridísimos, que la raíz y el centro de vuestra vida espiritual es el Santo Sacrificio del Altar. Numerosas veces enseñó san Josemaría Escrivá, tanto de palabra como por escrito, que la Eucaristía es el centro y la raíz de la vida del cristiano. El autor del presente estudio, Ángel García Ibáñez, considera en primer lugar, el contenido teológico de la expresión utilizada por san Josemaría; después, sirviéndose también de sus enseñanzas, muestra qué implica dicha expresión en la existencia cotidiana del cristiano.


De modo particular solía abordar este tema cuando en su predicación exponía la doctrina católica sobre el Sacrificio Eucarístico, y cuando trataba de la vocación cristiana como un vivir en Cristo, con alma sacerdotal. «Si el Hijo de Dios —escribía en 1940— se hizo hombre y murió en una Cruz, fue para que todos los hombres seamos una sola cosa con Él y con el Padre. Todos, por tanto, estamos llamados a formar parte de esta divina unidad. Con alma sacerdotal, haciendo de la Santa Misa el centro de nuestra vida interior, buscamos estar con Jesús, entre Dios y los hombres»2.


A todos exhortaba a ser consecuentes con la centralidad de la Eucaristía en la vida de la Iglesia y de cada cristiano, llevando cotidianamente la entera existencia al Sacrificio Eucarístico: «Lucha por conseguir que el Santo Sacrificio del Altar sea el centro y la raíz de tu vida interior, de modo que toda la jornada se convierta en un acto de culto —prolongación de la Misa que has oído y preparación para la siguiente—, que se va desbordando en jaculatorias, en visitas al Santísimo, en ofrecimiento de tu trabajo profesional y de tu vida familiar...»3. Y su predicación iba acompañada con el ejemplo de la propia vida. Así lo testimonia Mons. Álvaro del Portillo: «Durante cuarenta años, día tras día, he sido testigo de su empeño por transformar cada jornada en un holocausto, en una prolongación del Sacrificio del Altar. La Santa Misa era el centro de su heroica dedicación al trabajo y la raíz que vivificaba su lucha interior, su vida de oración y de penitencia. Gracias a esa unión con el Sacrificio de Cristo, su actividad pastoral adquirió un valor santificador impresionante: verdaderamente, en cada una de sus jornadas, todo era operatio Dei, Opus Dei, un auténtico camino de oración, de intimidad con Dios, de identificación con Cristo en su entrega total para la salvación del mundo»4.


La Eucaristía, perpetuación en el tiempo de la Iglesia de la corriente de Amor trinitario por los hombres


Quiénes se acercan a los textos de san Josemaría en seguida constatan el profundo sentido de la filiación divina que en ellos se refleja, y la perspectiva trinitaria presente en todos sus escritos5. Por lo que se refiere a la Eucaristía, en la Homilía La Eucaristía, misterio de fe y de amor, pronunciada el 14 de abril de 1960, Jueves Santo, nos introduce en la consideración del Misterio Eucarístico en los siguientes términos:


«El Dios de nuestra fe no es un ser lejano, que contempla indiferente la suerte de los hombres: sus afanes, sus luchas, sus angustias. Es un Padre que ama a sus hijos hasta el extremo de enviar al Verbo, Segunda Persona de la Trinidad Santísima, para que, encarnándose, muera por nosotros y nos redima. El mismo Padre amoroso que ahora nos atrae suavemente hacia Él, mediante la acción del Espíritu Santo que habita en nuestros corazones.


»La alegría del Jueves Santo arranca de ahí: de comprender que el Creador se ha desbordado en cariño por sus criaturas. Nuestro Señor Jesucristo, como si aún no fueran suficientes todas las otras pruebas de su misericordia, instituye la Eucaristía para que podamos tenerle siempre cerca y —en lo que nos es posible entender— porque, movido por su Amor, quien no necesita nada, no quiere prescindir de nosotros. La Trinidad se ha enamorado del hombre, elevado al orden de la gracia y hecho a su imagen y semejanza; lo ha redimido del pecado —del pecado de Adán que sobre toda su descendencia recayó, y de los pecados personales de cada uno— y desea vivamente morar en el alma nuestra... Esta corriente trinitaria de amor por los hombres se perpetúa de manera sublime en la Eucaristía»6.


La presencia y la actuación de la Trinidad en el Sacrificio eucarístico constituye el núcleo central de sus reflexiones. «La Santa Misa... es la donación misma de la Trinidad a la Iglesia. Así se entiende que la Misa sea el centro y la raíz de la vida espiritual del cristiano»7. Para san Josemaría la Eucaristía nos manifiesta y nos hace partícipes del amor del Padre, que en su plan salvífico envió a su Hijo unigénito al mundo para redimirnos y darnos la vida eterna. Nos muestra y nos ofrece el amor del Hijo, el Pan bajado del cielo que, obediente a la voluntad del Padre, entregó su vida por nosotros. Nos revela y nos comunica el amor del Espíritu Santo, por obra del cual el Verbo se hizo carne, y continúa haciéndose presente entre nosotros en cada celebración de la Eucaristía, ofreciéndonos su carne vivificada por el Espíritu.


«Toda la Trinidad está presente en el Sacrificio del Altar. Por voluntad del Padre, cooperando el Espíritu Santo, el Hijo se ofrece en oblación redentora»8. Cada vez que la Iglesia celebra la Eucaristía, el Señor se hace presente en los signos sacramentales del pan y del vino, en el acto de ofrecer la propia vida al Padre para liberar la entera humanidad de la esclavitud del pecado. En Cristo y con Cristo se hace presente su obra salvífica, el Sacrificio de nuestra redención en la plenitud del Misterio Pascual, es decir, de su Pasión, Muerte y Resurrección. No se trata de una presencia estática, puramente pasiva, del Señor, ya que Él se hace presente con el dinamismo salvífico de su Muerte y Resurrección gloriosa; se hace presente como Persona que viene a nuestro encuentro para redimirnos, para manifestarnos su amor, para darnos su misma vida con el Pan de la vida eterna y el Cáliz de la eterna salvación, para unirnos a Sí y hacer posible que en Él —en Cristo y bajo la acción del Espíritu Santo— restituyamos al Padre, en acción de gracias, todo lo que del Padre proviene.


«El amor de la Trinidad a los hombres hace que, de la presencia de Cristo en la Eucaristía, nazcan para la Iglesia y para la humanidad todas las gracias»9. De esta corriente trinitaria de amor que nos ofrece el Santísimo Sacramento, proviene la fuerza que permite a los cristianos vivir en Cristo, animados por un solo Espíritu, como hijos del Único Padre, amando hasta el don total de sí mismos, plenamente comprometidos en la edificación de la Iglesia y en la transformación del mundo según el proyecto divino. No es, pues, la Eucaristía un misterio que tan sólo podamos admirar a la luz de la fe; es infinitamente más, porque en este sacramento Jesucristo nos invita a acoger la salvación que nos ofrece, a recibir los dones sacrificiales de su Cuerpo y de su Sangre como alimento de vida eterna, permitiéndonos entrar en comunión con Él, con su Persona y su Sacrificio, y en comunión con todos los miembros de su Cuerpo Místico, la Iglesia.


La participación en el Sacrificio Eucarístico en las enseñanzas de san Josemaría Escrivá


En los escritos de san Josemaría se manifiesta una visión profundamente unitaria de los diversos aspectos del Misterio Eucarístico. De modo particular subraya la dimensión sacrificial de la liturgia eucarística, considerándola en la perspectiva adecuada, es decir, en el orden de la sacramentalidad de la Iglesia: la Santa Misa es «el Sacrificio sacramental del Cuerpo y de la Sangre del Señor»33. Con la Tradición de la Iglesia, identifica dicho sacrificio sacramental con el Sacrificio único de nuestro Redentor: «Es el Sacrificio de Cristo, ofrecido al Padre con la cooperación del Espíritu Santo: oblación de valor infinito, que eterniza en nosotros la Redención»34. Y al contemplar con los ojos de la fe y del amor esta realidad, descubre que «en este Sacrificio [la Santa Misa] se encierra todo lo que el Señor quiere de nosotros»35. Lo que Él desea, cuando participamos en la liturgia eucarística y en todo momento de nuestra existencia.


En efecto, nuestro Padre Dios quiere que vivamos según lo que somos, como hijos en el Hijo, identificados con Cristo en el amor y la obediencia filial. Y dicha identificación se realiza de modo singular gracias a la Eucaristía. En Cristo Jesús, en comunión con su ser teándrico, podemos vivir en constante relación de amor filial con el Padre; y el Padre vuelca sobre nosotros su paternidad rebosante de amor. Además, mediante la comunión con el cuerpo de Cristo, con su humanidad vivificada por el Espíritu y vivificante, entramos también en comunión con la tercera Persona de la Trinidad, recibiendo la fuerza del amor del Espíritu Santo, que todo crea, renueva, enciende y santifica. Él nos cristifica y nos hace sentir nuestra filiación divina en Cristo. En esta línea escribía san Josemaría: «En la Misa se encamina hacia su plenitud la vida de la gracia, que fue depositada en nosotros por el Bautismo, y que crece, fortalecida por la Confirmación. Cuando participamos de la Eucaristía, escribe san Cirilo de Jerusalén, experimentamos la espiritualización deificante del Espíritu Santo, que no sólo nos configura con Cristo, como sucede en el Bautismo, sino que nos cristifica por entero, asociándonos a la plenitud de Cristo Jesús. La efusión del Espíritu Santo, al cristificarnos, nos lleva a que nos reconozcamos hijos de Dios. El Paráclito, que es caridad, nos enseña a fundir con esa virtud toda nuestra vida; y consummati in unum (Jn 17,23), hechos una sola cosa con Cristo, podemos ser entre los hombres lo que S. Agustín afirma de la Eucaristía: signo de unidad, vínculo del Amor»36.


EN LA MISA SE ENCAMINA HACIA SU PLENITUD LA VIDA DE LA GRACIA, QUE FUE DEPOSITADA EN NOSOTROS POR EL BAUTISMO, Y QUE CRECE, FORTALECIDA POR LA CONFIRMACIÓN

La contemplación del amor que Cristo nos manifiesta en la Eucaristía y, sobre todo, la identificación con Él —por la fe, la gracia cristoconformante del sacramento y la acción del Paráclito en el alma— no puede dejar indiferente ni pasivo a ningún cristiano que participa en el Sacrificio Eucarístico. «Corresponder a tanto amor —afirma san Josemaría— exige de nosotros una total entrega, del cuerpo y del alma»37. Exige que nos entreguemos como Él: por amor, con una donación total, incondicionada, humilde, escondida, perseverante.


Lo que espera Dios de nosotros en cada celebración eucarística es que nos sepamos adherir plenamente a las palabras de Jesucristo: tomad y comed... esto es mi cuerpo, que será entregado por vosotros; tomad y bebed... éste es el cáliz de mi sangre, que será derramada por vosotros y por todos los hombres para el perdón de los pecados. El mandato del Señor, haced esto (lo que Yo he hecho) en conmemoración mía, exige no sólo que el sacerdote celebrante repita sus palabras y gestos; Él desea que todos acojamos con fe y amor el don que nos ofrece y, unidos a Él, sepamos entregarnos al Padre, en el Espíritu, por la salvación del mundo.


Todos los fieles —todo el Pueblo de Dios sacerdotal y no sólo el sacerdote celebrante— están llamados a vivir de este modo la Eucaristía, es decir, a actualizar su entrega al Señor en el momento de la consagración de los dones, en que con la presencia de la Persona de Cristo se actualiza su acto de oferta sacrificial, y en el momento de la comunión, cuando llegamos a ser una sola cosa con la Víctima divina. En efecto, aunque sólo el ministro sacramentalmente ordenado —obispo o presbítero— está habilitado para actuar el Sacrificio eucarístico in persona Christi, la celebración eucarística afecta y compromete a cada uno de los fieles presentes, los cuales en virtud de su sacerdocio común (es decir de su participación en el sacerdocio de Cristo, recibida en el bautismo) están llamados a ofrecer al Padre un culto espiritual, el sacrificio de sus vidas, unidas al Sacrificio de Cristo. Los fieles no pueden permanecer como simples espectadores de un acto de culto realizado por el sacerdote celebrante. Todos pueden y deben participar en la oferta del Sacrificio.


San Josemaría insistió con fuerza en esta doctrina de la Iglesia, enseñando a renovar en la Santa Misa el ofrecimiento de la propia vida y de las obras de cada día, todo cuanto somos y poseemos: la inteligencia, la voluntad, y la memoria; el trabajo, las alegrías y las contradicciones. Todo quería ponerlo sobre el altar, para que el Señor lo asumiera y le diera valor salvífico «en este instante supremo —el tiempo se une con la eternidad— del Santo Sacrificio de la Misa»39. La entera existencia quería dirigirla, día tras día, al Sacrificio eucarístico, enseñando a todos a vivir con alma sacerdotal. Anticipaba así lo que el Concilio Vaticano II afirmará de los fieles cristianos: «Todas sus obras, sus oraciones e iniciativas apostólicas, la vida conyugal y familiar, el cotidiano trabajo, el descanso del alma y cuerpo, si son hechos en el Espíritu, e incluso las mismas pruebas de la vida, si se sobrellevan pacientemente, se convierten en sacrificios espirituales, aceptables a Dios por Jesucristo, que en la celebración de la Eucaristía se ofrecen piadosamente al Padre junto con la oblación del cuerpo del Señor»40.


Lo que hemos dicho hasta ahora de los fieles se aplica de modo especial al sacerdote celebrante: en cuanto en la celebración eucarística actúa in persona Christi, está llamado a identificarse de modo particular con Cristo, Víctima y Sacerdote. El ofrecimiento de la propia vida al Padre, por Cristo y en Cristo, debe ser una realidad para él en cada celebración de la Eucaristía. En este sentido se afirma en el Decreto Presbyterorum Ordinis que los presbíteros, «mientras se unen al acto [sacrificial] de Cristo sacerdote, se ofrecen diariamente por entero a Dios»41. Lo que realizan sacramentalmente sobre el altar compromete su vida entera: están llamados a entregarse plenamente, en Cristo y con Cristo, al Padre, permitiendo de este modo que el Señor asuma su entera existencia y le dé plenitud de sentido y valor redentor.


San Josemaría Escrivá era plenamente consciente de esta verdad, la recordaba con frecuencia a los sacerdotes, la vivía cada día en el Sacrificio del Altar:


«Por el sacramento del Orden, el sacerdote se capacita efectivamente para prestar a Nuestro Señor la voz, las manos, todo su ser; es Jesucristo quien, en la Santa Misa, con las palabras de la consagración, cambia la sustancia del pan y del vino en su Cuerpo, su Alma, su Sangre y su Divinidad.


»En esto se fundamenta la incomprensible dignidad del sacerdote. Una grandeza prestada, compatible con la poquedad mía. Yo pido a Dios Nuestro Señor que nos dé a todos los sacerdotes la gracia de realizar santamente las cosas santas, de reflejar, también en nuestra vida, las maravillas de las grandezas del Señor. Quienes celebramos los misterios de la Pasión del Señor, hemos de imitar lo que hacemos. Y entonces la hostia ocupará nuestro lugar ante Dios, si nos hacemos hostias nosotros mismos»42.


Mons. Álvaro del Portillo, testigo privilegiado de la fe y del amor con que san Josemaría celebraba cada día la Santa Misa, nos dice:


«Al elevar el Pan eucarístico y la Sangre de Nuestro Señor, repetía siempre algunas oraciones —no en voz alta, porque las rúbricas no lo permiten, sino con la mente y el corazón—, con una perseverancia heroica que duró decenas de años.


»Concretamente, mientras tenía la Hostia consagrada entre las manos, decía: Señor mío y Dios mío, el acto de fe de santo Tomás Apóstol. Después, inspirándose en una invocación evangélica, repetía lentamente: Adauge nobis fidem, spem et charitatem; pedía al Señor para toda la Obra la gracia de crecer en la fe, la esperanza y la caridad. Inmediatamente después repetía una plegaria dirigida al Amor Misericordioso, que había aprendido y meditado desde joven, pero que no utilizaba nunca en su predicación, y que durante muchos años sólo muy de tarde en tarde nos dijo que la recitaba: Padre Santo, por el Corazón Inmaculado de María, os ofrezco a Jesús, Vuestro Hijo muy amado, y me ofrezco a mí mismo en Él, por Él, y con Él, a todas sus intenciones, y en nombre de todas las criaturas. Después añadía la invocación: Señor, danos la pureza y el gaudium cum pace, a mí y a todos, pensando, como es natural, en sus hijos del Opus Dei. Por último, mientras hacia la genuflexión, después de haber elevado la Hostia o el Cáliz, recitaba la primera estrofa del himno eucarístico Adoro te devote, latens deitas, y decía al Señor: ¡Bienvenido al altar!


»Todo esto, repito, no lo hacía de vez en cuando, sino a diario, y nunca mecánicamente, sino con todo su amor y vibración interior»43.


Resulta fácil comprender la alegría de san Josemaría al leer en el Decreto Presbyterorum ordinis algo que él llevaba predicando desde hacía muchos años: que la celebración del Sacrificio eucarístico «es el centro y la raíz de toda la vida del presbítero, de forma que el alma sacerdotal se esfuerza en reproducir en sí misma lo que se realiza en el ara del sacrificio»44.


San Josemaría vivió y enseñó a vivir esta entrega de la propia vida al Señor en la Santa Misa («nuestra Misa, Jesús», escribirá en Camino45), con una radicalidad total, sin limitarla a un propósito interior, formulado en el momento de la celebración litúrgica. «Hemos de amar la Santa Misa que debe ser el centro de nuestro día. Si vivimos bien la Misa, ¿cómo no continuar luego el resto de la jornada con el pensamiento en el Señor, con la comezón de no apartarnos de su presencia, para trabajar como El trabajaba y amar como El amaba?»46. Por su parte procuraba hacer del día entero una Misa continuada, viviendo cotidianamente una existencia «totalmente eucarística»47. A este respecto afirmaba en 1945: «De este modo, muy unidos a Jesús en la Eucaristía, lograremos una continua presencia de Dios, en medio de las ocupaciones ordinarias propias de la situación de cada uno en este peregrinar terreno, buscando al Señor en todo tiempo y en todas las cosas. Teniendo en nuestras almas los mismos sentimientos de Cristo en la Cruz, conseguiremos que nuestra vida entera sea una reparación incesante, una asidua petición y un permanente sacrificio por toda la humanidad, porque el Señor os dará un instinto sobrenatural para purificar todas las acciones, elevarlas al orden de la gracia y convertirlas en instrumento de apostolado. Sólo así seremos almas contemplativas en medio del mundo, como pide nuestra vocación, y llegaremos a ser almas verdaderamente sacerdotales, haciendo que todo lo nuestro sea una continua alabanza a Dios»48.


Concretamente enseñó a poner de manera práctica la Santa Misa en el centro de la vida cotidiana: dividía las 24 horas del día en dos partes: «Hasta el mediodía vivía la presencia de Dios centrándola en la acción de gracias por la Misa celebrada y, tras el rezo del Angelus, comenzaba a prepararse para la Misa del día siguiente»49. Y en este tiempo de preparación multiplicaba actos de fe, esperanza y de amor al Señor; le pedía perdón por sus pecados y por los de todos los hombres; pedía incansablemente “almas de apóstol” y renovaba la intención de poner todas sus oraciones, trabajos, pensamientos y afectos, alegrías y sufrimientos, sobre la patena, para que el Señor todo lo asumiera y le diese valor redentor. San Josemaría consideró esta enseñanza sobre la participación de los fieles en el Sacrificio Eucarístico parte esencial del ministerio sacerdotal. «Todos los afectos y las necesidades del corazón del cristiano encuentran, en la Santa Misa, el mejor cauce: el que, por Cristo, llega al Padre, en el Espíritu Santo. El sacerdote debe poner especial empeño en que todos lo sepan y lo vivan. No hay actividad alguna que pueda anteponerse, ordinariamente, a ésta de enseñar y hacer amar y venerar a la Sagrada Eucaristía»50. Y más adelante, subrayando la unidad de consagración y misión en el presbítero, dirá: «Un sacerdote que vive de este modo la Santa Misa —adorando, expiando, impetrando, dando gracias, identificándose con Cristo—, y que enseña a los demás a hacer del sacrificio del Altar el centro y la raíz de la vida del cristiano, demostrará realmente la grandeza incomparable de su vocación»51.


Según las enseñanzas de san Josemaría, la centralidad de la Eucaristía en la existencia cotidiana del cristiano debe manifestarse, de modo particular, en el cuidado de la liturgia eucarística, en la fe y en el amor con que tratamos a Dios y las cosas de Dios.


LA PROCESIÓN DEL CORPUS HACE PRESENTE A CRISTO POR LOS PUEBLOS Y LAS CIUDADES DEL MUNDO. PERO ESA PRESENCIA, REPITO, NO DEBE SER COSA DE UN DÍA, RUIDO QUE SE ESCUCHA Y SE OLVIDA. ESE PASAR DE JESÚS NOS TRAE A LA MEMORIA QUE DEBEMOS DESCUBRIRLO TAMBIÉN EN NUESTRO QUEHACER ORDINARIO

«Yo pido a todos los cristianos que recen mucho por nosotros los sacerdotes, para que sepamos realizar santamente el Santo Sacrificio. Les ruego que muestren un amor tan delicado por la Santa Misa, que nos empuje a los sacerdotes a celebrarla con dignidad —con elegancia— humana y sobrenatural: con limpieza en los ornamentos y en los objetos destinados al culto, con devoción, sin prisas.


»¿Por qué prisa? ¿La tienen acaso los enamorados, para despedirse? Parece que se van y no se van; vuelven una y otra vez, repiten palabras corrientes como si las acabasen de descubrir... No os importe llevar los ejemplos del amor humano noble y limpio, a las cosas de Dios. Si amamos al Señor con este corazón de carne —no poseemos otro—, no habrá prisa por terminar ese encuentro, esa cita amorosa con El»52.


Su ejemplo quedó bien grabado en la vida de sus hijas y de sus hijos en el Opus Dei. «Desde el principio de su ministerio sacerdotal, se esforzó por no dar cabida ni a la rutina ni a la precipitación al celebrar el Santo Sacrificio, a pesar de la habitual escasez de tiempo para realizar sus múltiples actividades pastorales. Al contrario, tendía espontáneamente a decir la Misa con mucho sosiego, penetrando en cada texto y en el sentido de cada gesto litúrgico, hasta el punto que, por muchos años, tuvo que esforzarse positivamente —de acuerdo con cuanto le confirmaban en la dirección espiritual— por ir más deprisa, para no llamar la atención y por saberse al servicio de los fieles que contaban, para la Misa, con un tiempo mucho menor. En este contexto, se entiende lo que escribió en 1932, como un suspiro que se escapó de su alma: “Al decir la Santa Misa, deberían pararse los relojes”»53.


Quienes fueron testigos de cómo san Josemaría Escrivá celebraba la Santa Misa coinciden en afirmar que externamente nunca hubo nada extraordinario o singular en su Misa, aunque era imposible no apreciar su profunda devoción54. Su piedad se alimentaba de los textos litúrgicos y se manifestaba en multitud de gestos —indicados en la misma liturgia eucarística— como los besos a la mesa del altar, símbolo de Cristo, las inclinaciones de cabeza, las genuflexiones pausadas con las que adoraba al Santo de los Santos55. Vivía la Santa Misa, y enseñó a todos a vivirla, como un encuentro personalísimo con Cristo, Amor nuestro, y con todo su Cuerpo Místico, la Iglesia: «Vivir la Santa Misa es permanecer en oración continua; convencernos de que, para cada uno de nosotros, es éste un encuentro personal con Dios: adoramos, alabamos, pedimos, damos gracias, reparamos por nuestros pecados, nos purificamos, nos sentimos una sola cosa en Cristo con todos los cristianos»56. «Esa intensidad —ha escrito Mons. Álvaro del Portillo— con la que se unía personalmente al Sacrificio del Señor en la Eucaristía, culminó en algo que no dudo en considerar un peculiar don místico, y que el mismo Padre contó, con gran sencillez, el día 24 de octubre del 1966: “A mis sesenta y cinco años, he hecho un descubrimiento maravilloso. Me encanta celebrar la Santa Misa, pero ayer me costó un trabajo tremendo. ¡Qué esfuerzo! Vi que la Misa es verdaderamente Opus Dei, trabajo, como fue un trabajo para Jesucristo su primera Misa: la Cruz. Vi que el oficio del sacerdote, la celebración de la Santa Misa, es un trabajo para confeccionar la Eucaristía; que se experimenta dolor, y alegría, y cansancio. Sentí en mi carne el agotamiento de un trabajo divino”»57.


(...)


Gracias a la Eucaristía el cristiano puede ser verdaderamente cristóforo, portador de Cristo, Cristo que pasa entre los hombres. Así lo consideraba san Josemaría en la homilía pronunciada el 28 de abril de 1964, fiesta del Corpus Christi:


«La procesión del Corpus hace presente a Cristo por los pueblos y las ciudades del mundo. Pero esa presencia, repito, no debe ser cosa de un día, ruido que se escucha y se olvida. Ese pasar de Jesús nos trae a la memoria que debemos descubrirlo también en nuestro quehacer ordinario. Junto a esa procesión solemne de este jueves, debe estar la procesión callada y sencilla, de la vida corriente de cada cristiano, hombre entre los hombres, pero con la dicha de haber recibido la fe y la misión divina de conducirse de tal modo que renueve el mensaje del Señor en la tierra. No nos faltan errores, miserias, pecados. Pero Dios está con los hombres, y hemos de disponernos para que se sirva de nosotros y se haga continuo su tránsito entre las criaturas.


»Vamos, pues a pedir al Señor que nos conceda ser almas de Eucaristía, que nuestro trato personal con Él se exprese en alegría, en serenidad, en afán de justicia. Y facilitaremos a los demás la tarea de reconocer a Cristo, contribuiremos a ponerlo en la cumbre de todas las actividades humanas. Se cumplirá entonces la promesa de Jesús: “Yo, cuando sea exaltado sobre la tierra, todo lo atraeré hacia mí”»61.


En la Eucaristía encontramos el principio que impulsa la evangelización del mundo, el fundamento de la eficacia del apostolado que realizan los discípulos de Cristo62. Injertados en la corriente de vida y amor del Dios Uno y Trino, tratan de cumplir, en el Hijo y por el Espíritu Santo, la voluntad del Padre, que quiere que todos los hombres se salven.


La Eucaristía al unirnos a Cristo, al único Pan del que participan todos los cristianos, nos une entre nosotros y con Él, edificando la Iglesia como un solo Cuerpo. Por esto, participando en la celebración eucarística «nos sentimos una sola cosa en Cristo con todos los cristianos»63. La Eucaristía nos hace estar más unidos con toda la familia de Dios que es la Iglesia.


La Eucaristía, en cuanto contiene al Verbo encarnado, al crucificado que ha resucitado y está glorioso a la diestra del Padre, posee una eficacia salvífica que transciende el tiempo y penetra en la realidad escatológica. «La felicidad eterna, para el cristiano que se conforta con el definitivo maná de la Eucaristía, comienza ya ahora. Lo viejo ha pasado: dejemos aparte todo lo caduco; sea todo nuevo en nosotros: los corazones, las palabras y las obras... Esta es la Buena Nueva, porque, de alguna manera y de un modo indescriptible, nos anticipa la eternidad»64.


«Jesús, en la Eucaristía, es prenda segura de su presencia en nuestras almas; de su poder, que sostiene el mundo; de sus promesas de salvación, que ayudarán a que la familia humana, cuando llegue el fin de los tiempos, habite perfectamente en la casa del Cielo, en torno a Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo: Trinidad Beatísima, Dios Único»65. En la Eucaristía está presente in nuce, de un modo sólo incoado, la realización del plan salvífico universal de Dios: con Cristo resucitado se hace también presente la nueva creación, “los nuevos cielos y la nueva tierra”, la nueva humanidad. En efecto, en la transfiguración gloriosa de Jesucristo ya se ha inaugurado la renovación escatológica del mundo: en el Señor resucitado, el eschaton —Aquél que representa las realidades últimas— ya está presente el octavo día, la eternidad que prorrumpe en el presente, haciéndonos pregustar cuanto encontraremos en la vida eterna66.


En este sentido podemos decir que cada celebración eucarística es Pascua, tránsito de la Iglesia y de la entera creación hacia su fin. En cada Eucaristía «Jesús con gesto de sacerdote eterno, atrae hacia sí todas las cosas, para colocarlas, divino afflante Spiritu, con el soplo del Espíritu Santo, en la presencia de Dios Padre»67.