"Hago todos los días mi "ratito" de oración: ¡si no fuera por eso!" (Camino, 106)

25 de noviembre de 2021

LA VIDA ES BREVE


 

Evangelio (Lc 21, 20-28)


Cuando veáis a Jerusalén cercada por ejércitos, sabed que ya se acerca su desolación. Entonces los que estén en Judea huyan a los montes, y quiénes estén dentro de la ciudad que se marchen, y quiénes estén en los campos que no entren en ella: estos son días de castigo para que se cumpla todo lo escrito. ¡Ay de las que estén en cinta y las que están criando esos días! Porque habrá una gran calamidad sobre la tierra y habrá ira contra este pueblo. Caerán al filo de la espada y serán llevados cautivos a todas las naciones; y Jerusalén será pisoteada por los gentiles, hasta que se cumpla el tiempo de los gentiles.


Habrá señales en el sol en la Luna y en las estrellas, y sobre la tierra angustia de las gentes, consternados por el estruendo del mar y de las olas: y los hombres perderán el aliento a causa del terror y de la ansiedad que sobrevendrán al mundo. Porque las potestades de los cielos se conmoverán. Entonces verán al Hijo del hombre que viene sobre una nube con gran poder y gloria.


Cuando comiencen a suceder estas cosas, erguíos y levantad la cabeza porque se aproxima vuestra redención.


Comentario


El evangelio de hoy nos lleva a considerar algo que nos anuncia la fe y confirma la ciencia; que este mundo es pasajero. El universo conocido terminará en la fecha decretada por la sabiduría de Dios, y su final será anunciado, para que el mundo pueda arrepentirse y prepararse para la parusía, para la venida gloriosa del Señor.


Con todo ello, los cristianos estamos llamados a amar el mundo apasionadamente, como tituló una de sus más célebres homilías San Josemaría, porque ha salido de las manos de Dios y ha sido purificado por la Sangre preciosa del Redentor, pero sabiendo que no tenemos aquí morada permanente y que Dios ha previsto, para aquellos que le aman un nuevo Cielo y una nueva Tierra.


Es importante que sepamos advertir las señales de Dios. No se trata de vivir angustiados, pero sí de pedir al Espíritu Santo que nos ayude a entender los signos de los tiempos. Sería algo triste vivir tan distraídos, tan ensimismados en las cosas de la tierra, que no advirtiéramos las providencias de Dios y nos olvidáramos de lo único necesario: darle gloria del modo que Él quiere que se la demos.


Le damos gloria, cuando procuramos el bien de los demás, porque Dios es amor y al amar como Él quiere que amemos, contribuimos a que irrumpa la claridad de su amor, de su Ser, en el mundo.


En el evangelio el Señor nos habla de la ira de Dios. La justicia santa, la ira santa de Dios, es compatible con su Bondad y su infinito amor; no son realidades incompatibles, antes bien manifiestan el amor divino, porque el amor divino es puro, perfecto: Dios no puede unir el desamor a su Ser.


El amor de Dios no se impone a los seres libres, pero si alguien rechaza la misericordia divina, encuentra el desamor, la desolación, la muerte eterna, el infierno.


PARA TU RATO DE ORACION


PENSAR EN LA BREVEDAD de la vida y considerar que nuestro paso por la tierra tiene un final puede producirnos temor. «Cuando veáis a Jerusalén cercada por ejércitos, sabed que ya se acerca su desolación (...). Habrá signos en el sol y la luna y las estrellas, y en la tierra angustia de las gentes, consternadas por el estruendo del mar y de las olas» (Lc 21,20-25), dice hoy Jesús en el discurso escatológico que la Iglesia nos presenta en la liturgia. De hecho, pocos años después, al ver que los ejércitos rodeaban la ciudad, algunos cristianos que recordaban las palabras del Señor efectivamente huyeron a Transjordania1.


Sin embargo, los apóstoles habían vivido una ocasión parecida a la que describe Jesús, con un mar agitado y grandes olas. Lo tenían bien guardado en su memoria. Aquella vez estuvieron sobre una barca y todo parecía indicar que morirían ahogados en la tempestad. Entonces, el Señor se había levantado, había calmado las aguas y serenado sus ánimos. «“¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?”. El comienzo de la fe es saber que necesitamos la salvación. No somos autosuficientes, solos nos hundimos. Necesitamos al Señor como los antiguos marineros necesitaban las estrellas. Invitemos a Jesús a la barca de nuestra vida. Entreguémosle nuestros temores para que los venza. Al igual que los discípulos, experimentaremos que, con él a bordo, no se naufraga. Esta es la fuerza de Dios: convertir en algo bueno todo lo que nos sucede, incluso lo malo. Él trae serenidad en nuestras tormentas, porque con Dios la vida nunca muere»2.


San Josemaría miraba con mucha seguridad las realidades últimas que la Iglesia nos propone considerar estos días. A algunas personas «la muerte les para y sobrecoge. A nosotros, la muerte –la Vida– nos anima y nos impulsa. Para ellos es el fin: para nosotros, el principio»3.


EN MUCHOS SARCÓFAGOS antiguos se representa la figura de Cristo mediante la imagen del buen pastor. En el arte romano, «el pastor expresaba generalmente el sueño de una vida serena y sencilla, de la cual tenía nostalgia la gente inmersa en la confusión de la ciudad. Pero ahora la imagen era contemplada en un nuevo escenario que le daba un contenido más profundo: “El Señor es mi pastor, nada me falta... Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo”. El verdadero pastor es aquel que conoce también el camino que pasa por el valle de la muerte; aquel que incluso por el camino de la última soledad, en el que nadie me puede acompañar, va conmigo guiándome para atravesarlo: él mismo ha recorrido este camino, ha bajado al reino de la muerte, la ha vencido, y ha vuelto para acompañarnos ahora y darnos la certeza de que, con él, se encuentra siempre un paso abierto. Saber que existe aquel que me acompaña incluso en la muerte y que con su “vara y su cayado me sosiega”, de modo que “nada temo”, era la nueva esperanza que brotaba en la vida de los creyentes»4.


Llegará el momento, cuando Dios quiera y como Dios quiera, en el que el Señor nos llamará a su presencia. La Iglesia pone en labios del sacerdote que asiste a un moribundo unas palabras especiales para esos instantes: «Entra en el lugar de la paz y que tu morada esté junto a Dios (…), con Santa María Virgen, Madre de Dios, con san José y todos los ángeles y santos (…). Te entrego a Dios, y, como criatura suya, te pongo en sus manos, pues es tu Hacedor, que te formó del polvo de la tierra»5. Considerar que saldremos de este mundo sin nada, nos puede ayudar a vivir con mayor ligereza para movernos al ritmo de Dios. ¿Qué es realmente lo importante? ¿Qué he de custodiar en el corazón para que, cuando llegue el momento, atraviese el umbral de la vida terrena hacia la eternidad sin congojas? Sabemos bien que solo el amor está destinado a durar para siempre. Nos hacemos eternos al entregarnos cada día, en cada cosa que hacemos.


SABER QUE NUESTRO TIEMPO es limitado aviva el sentido de misión que tiene nuestra vida de bautizados. Nos impulsa a aprovechar cada día como si fuese el último. ¿Qué aspiración es más grande que llevar la felicidad eterna a quienes nos rodean? Lo haremos gradualmente, uno a uno, pensando en las circunstancias de cada persona concreta, tratando de discernir qué pasos quiere dar Dios en sus corazones… pero con esa prisa de saber que cada momento es único, que el tiempo se nos escapa de entre las manos. «Si el Señor te ha llamado “amigo”, has de responder a la llamada, has de caminar a paso rápido, con la urgencia necesaria, ¡al paso de Dios!»6.


«La amistad multiplica las alegrías y ofrece consuelo en las penas; la amistad del cristiano desea la felicidad más grande –la relación con Jesucristo– para quienes tiene cerca. Pidamos, como hacía san Josemaría: “¡Danos, Jesús, un corazón a la medida del tuyo!”. Ese es el camino. Solo identificándonos con los sentimientos de Cristo –tened entre vosotros los mismos sentimientos que tuvo Cristo Jesús (Fil 2,5)– podremos llevar esa alegría plena a nuestra casa, a nuestro trabajo y a todos los lugares en los que nos encontremos, a través de nuestra amistad»7.


Identificarse con los sentimientos del Señor, sin miedo a la muerte porque nos lleva al cielo, y con la inquietud de llevar hacia esa felicidad a las personas que queremos, podría ser un buen resumen de la vida cristiana en esta tierra. Queremos llegar a la presencia de Dios rodeados de nuestros familiares y amigos, para compartir la vida con Jesús y María durante toda la eternidad.

24 de noviembre de 2021

SER SANTO EN LA VIDA COTIDIANA

 



Evangelio (Lc 21,12-19)


En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:


— Pero antes de todas estas cosas os echarán mano y os perseguirán, entregándoos a las sinagogas y a las cárceles, llevándoos ante reyes y gobernadores por causa de mi nombre: esto os sucederá para dar testimonio. Así pues, convenceos de que no debéis tener preparado de antemano cómo os vais a defender; porque yo os daré palabras y sabiduría que no podrán resistir ni contradecir todos vuestros adversarios. Seréis entregados incluso por padres y hermanos, parientes y amigos, y matarán a algunos de vosotros, y todos os odiarán a causa de mi nombre. Pero ni un cabello de vuestra cabeza perecerá. Con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas.


Comentario


Continúa el discurso escatológico de Jesús con sus vaticinios sobre los últimos tiempos. Esta vez, el presagio parece todavía más inquietante: la persecución a los propios discípulos de Jesús, por causa de su nombre.


Y así sucedió en la primitiva comunidad cristiana, poco después de que el Espíritu Santo descendiera sobre los Apóstoles. Ellos actuaban en nombre de Jesús, sin miedo, a pesar de los encarcelamientos, los malos tratos: nada los frenaba. Acudían a la oración, y recibían la fuerza del Espíritu Santo (cf. Hch 4,24-31).


El primer mártir, Esteban, “hacía grandes prodigios y señales entre el pueblo” (Hch 6,8), y los que le escuchaban “no podían resistir la sabiduría y el Espíritu con que hablaba” (8,10). Todo se cumplía tal como había vaticinado Jesús, porque aquellos discípulos confiaban profundamente en Él. Y valoraban más la salvación de las almas que su propia vida. No solo eso, estaban “gozosos (...) porque habían sido dignos de ser ultrajados a causa del Nombre” (Hch 5,41).


En verdad, aquel rechazo de la palabra evangelizadora de los apóstoles era el camino previsto por Dios para que su mensaje llegase a muchos hombres y mujeres: “la palabra de Dios se propagaba, y aumentaba considerablemente el número de discípulos en Jerusalén” (Hch 6,7).


Nos admiramos ante la perseverancia de los primeros cristianos, por medio de la cual no solo salvaron sus almas, sino la de miles de personas. Pero la persecución a la Iglesia no ha cesado a lo largo de los siglos: es como un signo de su vitalidad, de su perenne juventud.


Y hoy Jesús y su Espíritu siguen vivificando las almas de tantos cristianos que no temen dar su vida por el Evangelio, rezando también por sus perseguidores, pues los aman y los perdonan, fieles a las palabras y al ejemplo de Jesús: “amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen” (Mt 5,44); “Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen” (Lc 23,34).


Así hizo Esteban, antes de morir lapidado: “Señor, no les tengas en cuenta este pecado” (Hch 7,60). Necesitamos esa misma actitud de oración, perdón y perseverancia en el bien en nuestro vivir cotidiano cuando nos encontramos con quienes parecen oponerse a la misión de la Iglesia.


PARA TU ORACION PERSONAL

6mensajes de San Josemaría para vivir bien la visa cotidiana 


1. Ilusionarse con la vida ordinaria


Sabemos que nos encontramos en el plano de nuestra santificación frente al trabajo profesional o al estudio, en las realidades cotidianas… pero, día tras día, se pueden tornar repetitivas. Lo que empezamos con mucha ilusión luego acaba por aburrirnos, y lo que creíamos que era una tarea importante, parece no tener sentido.


Cuando a san Josemaría le preguntaron cómo llevar adelante el trabajo ordinario para santificarlo, cuando se presenta aparentemente sin brillo, él respondió que hay que convertir la prosa del día en endecasílabos, en poesía heroica, en una canción nueva. «¡No es verdad que tus días sean iguales! si pones amor en tus días, cada día es distinto», explicó con una sonrisa, añadiendo que en la vida hay que hacerlo todo por amor, porque el amor tiene alas, y así, volando a veces más alto o más bajo, las perspectivas del día, aun siendo parecidas, se presentarán siempre distintas.


Es así que, aunque lo que hagamos, a los ojos humanos, parezca ser poca cosa, hecho por amor se convierte en algo grande a los ojos de Dios. Y nosotros, que buscamos la novedad para entusiasmarnos, descubriremos que solo necesitamos poner un amor nuevo para recuperar la ilusión que vamos empañando con el paso del tiempo. Si no se nos ocurre cómo hacer nuevo ese amor, siempre podemos acudir a Dios y pedírselo, que él nos renueve la ilusión con que comenzamos una tarea, para finalizarla de la misma manera. Aunque ilusiones humanas no hayan, que nuestra ilusión sea sobrenatural, que sea quererle más, agradarle mejor.


2. Supérate cada día


«Que no te de vergüenza ser un pobre cacharro, con defecto, pero lucharemos toda la vida para no tenerlos, hasta el final. ¡Eso es amor!», es otro consejo que dejó San Josemaría.


Sabemos que no podemos hacer todo bien, pero como que lo sabemos en teoría. Porque cuando de verdad nos vemos frente a frente con nuestros defectos, con nuestros errores, nos ponemos tristes. No tenemos que ponernos tristes. Sí, pueden dolernos las equivocaciones, pero la tristeza ya viene más bien como consecuencia de la vanidad: “¡cómo yo voy a fallar!”, o de la desconfianza en el amor de Dios: “no soy lo suficientemente bueno como para que Dios me quiera”.


Mientras queramos ser santos –y lo queremos– nos pasaremos la vida rectificando. Defectos los tenemos, simplemente Dios espera que los reconozcamos y, con humildad, nos pongamos delante de Él, pidiéndole que nos limpie, que nos ayude a sacárnoslos de encima.


Podemos acudir a la Virgen, presentarle nuestras intenciones: “Mira, yo quisiera hacer todo esto… pero ¡soy tan pequeño! Solo esto he alcanzado a hacer, esto otro ya no lo pude hacer, me equivoqué”. Con seguridad, Ella se encargará de ayudarnos a reparar en lo que fallamos, y le llevará lo bueno que hicimos al Padre y le dirá “¡Mira qué bonito esto que hizo este hijo Tuyo!”. Seríamos tontos si no acudiéramos a tan buena intercesora.


3. El mejor negocio es educar a los hijos


Hoy día, más que nunca, es necesario repetir este mensaje. Hay que volver a jugar con los hijos, hay que estar disponibles para ellos, presente en su educación. ¿Cómo podrían hacerse amigos de los hijos los padres ausentes? No quiere decir que haya que descuidar el trabajo, hay que hacerlo bien y en el tiempo suficiente como para equilibrarlo con la vida familiar, recordando el trabajo más importante es el matrimonio y la paternidad, que la formación de los hijos “es el mejor negocio”.


Al mismo tiempo, el mensaje también va dirigido a los hijos, quienes tienen que perder el miedo de acudir a sus padres. Hay que aprender, en cambio, a uno mismo buscar esa educación que los padres quieren transmitir. Pedir consejos, escuchar, y mostrar la apertura suficiente para asimilar los criterios que nos quieren inculcar.


4. Sonreír siempre


Un santo triste es un triste santo, diría en otra oportunidad San Josemaría. El cristiano contiene en sí la alegría de llevar consigo la Buena Nueva: Dios nos ha redimido, nos ha hecho hijos del Padre Eterno. Estamos creados para vivir esa felicidad, hasta encontrarnos con la felicidad plena del Cielo. No podemos andar con caras avinagradas, como recuerda continuamente el Papa Francisco. Es un desafío, porque a veces hay que sonreír incluso cuando tantas cosas duelen.


Y no lo hacemos por masoquistas, sino porque, como dije, conocemos una verdad más alta que supera nuestra pena temporal, y nos enseña a llevar cristianamente el sufrimiento, incluso cuando atravesamos situaciones por las que no esperábamos pasar, incluso en el dolor y en la enfermedad, es posible – y heroico- sonreír. O podemos estar alegres, incluso con el rostro serio, porque somos portadores de la alegría.


Es también un acto de generosidad sonreír para hacer más agradable la vida de los demás, saliendo de uno mismo, del egoísmo, de lo que a uno le parece más cómodo.


5. Dios no nos abandona


Incluso cuando parece que nada dura, que nadie permanece para siempre, podemos tener la confianza en que Dios no se va a ninguna parte. «El Señor es el de siempre, Él no nos abandonará», nos explicó san Josemaría en una tertulia. Cuando se ven tantas realidades difíciles, tanta gente alejada de Dios que, al mismo tiempo, procura alejarnos de Él, Él nos da la fortaleza para vivir nuestra fe y hacer un apostolado eficaz, con el deseo de arrojar algo de luz a quienes están en el error. No estamos solos. También cuando nosotros creemos que estamos “empujándole”, alejándole, por culpa de nuestros fracasos o nuestras faltas, sigue buscándonos. Él nos muestra su misericordia amante, compadeciéndonos e inventando todos los medios para que podamos volver a su casa.


Y así mismo está a nuestro lado cuando no le sentimos. Cuando las situaciones difíciles nos hacen exclamar como Cristo en la Cruz «Dios mío, ¿por qué me has abandonado?», Él está ahí. Jesús, cuando dijo esto sintió en su carne humana el absoluto despojo, porque quería experimentar desde su perfecta humanidad lo que nosotros también podemos llegar a sentir. Es decir, en nuestro dolor, Él no abandona, no nos abandonó. Tampoco el Padre abandonó al Hijo, ni nos abandona a nosotros, también hijos.


6. Los misterios de la fe


Creer en Dios comporta tener fe. Sí, pero además –aunque muchos no lo entiendan– también reconocemos a Dios por medio de la razón. Y es necesario formarla; conocer la doctrina, y por qué creemos lo que creemos. No obstante, existen misterios que no alcanzamos mediante la razón. Pero no porque no tengan sentido, sino porque nuestra comprensión se queda corta, y es lo más razonable al tener en cuenta que somos seres limitados que pretendemos entender lo ilimitado.« La vida de fe no consiste en entenderlo todo porque la razón es limitada y la sabiduría de Dios, infinita» (San Josemaría).


Ahí a donde no llegamos por medio de la razón, llegamos gracias a la revelación. Y ahí entra en juego la fe, creer en aquello que nos fue entregado porque por nosotros mismos no llegaríamos. Ante esta realidad, nuestra actitud debe ser: agradecer a Dios, por las luces que nos concede y por cuánto nos ha revelado. Y glorificarle por cuánto aún no entendemos, porque sería un Dios muy pequeño si entrase en nuestro entendimiento. Como dice San Josemaría: «Delante de Dios, me encontraría yo muy soberbio, si lo entendiera. Me pongo y digo: gloria al Padre, gloria al Hijo, gloria al Espíritu Santo. Sé que el Señor está muy contento de que yo le glorifique, de que yo crea. Y cuando tengo un atisbo de claridad, me pongo muy contento; y cuando no entiendo nada, me pongo más contento aún y digo: Señor, es justo, porque mi cabeza es muy poca cosa. Me alegro de tu grandeza, de tu hermosura, de tu poder, de tu belleza: ¡gloria al Padre, gloria al Hijo, gloria al Espíritu Santo!».


23 de noviembre de 2021

TODO ES PARA BIEN

 



Evangelio (Lc 21,5-11)


En aquel tiempo, como algunos le hablaban del Templo, que estaba adornado con bellas piedras y ofrendas votivas, dijo:


— Vendrán días en los que de esto que veis no quedará piedra sobre piedra que no sea destruida.


Le preguntaron:


— Maestro, ¿cuándo ocurrirán estas cosas y cuál será la señal de que están a punto de suceder?


Él dijo:

— Mirad, no os dejéis engañar; porque vendrán en mi nombre muchos diciendo: «Yo soy», y «el momento está próximo». No les sigáis. Cuando oigáis hablar de guerras y de revoluciones, no os aterréis, porque es necesario que sucedan primero estas cosas. Pero el fin no es inmediato. Entonces les decía:


— Se alzará pueblo contra pueblo y reino contra reino; habrá grandes terremotos y hambre y peste en diversos lugares; habrá cosas aterradoras y grandes señales en el cielo.


Comentario


Estamos ya en los últimos días del año litúrgico y es tiempo para escuchar las palabras de Jesús sobre el fin de los tiempos. No nos va a desvelar lo que quizá muchos quisieran saber: ¿cuándo será?; pero el Maestro, que siempre nos pide confianza en su palabra, no quiere dejarnos en la total ignorancia acerca del final.


Se encontraba Él ante el Templo, y quienes le acompañaban se maravillaban de su esplendor. Ese Templo, destruido una vez por el ejército babilónico y levantado de nuevo tras el exilio, había sido ampliado y embellecido a manos de Herodes el Grande.


Sin embargo, Jesús les avisa de que será destruido definitivamente. Así ocurrió en el año 70 a manos del ejército romano de Tito. Una predicción tan alarmante provocó preocupación en los oyentes: querían conocer los indicios de semejante desgracia. Pero Jesús cambia su discurso: mayores cataclismos estaban por venir. Y habrá quien aproveche la llegada de esos desastres para proclamar falsos mesianismos, anuncios de un fin inmediato.



Un vistazo a la historia confirma las palabras de Jesús: ¡cuántas guerras, cuántas calamidades, cuánto sufrimiento! A pesar de todo, Jesús, con su divina autoridad, quiere darnos seguridad, fortaleza.




Son señales aterradoras, pero no para un cristiano, pues “sabemos que todas las cosas cooperan para el bien de los que aman a Dios” (Rm 8,28). También cada uno, en su particular presente, puede verlo todo difícil, pero la palabra de Dios, Jesús, está siempre cerca para sostenernos.



Por eso, nos dice San Josemaría: “Parece que el mundo se te viene encima. A tu alrededor no se vislumbra una salida. Imposible, esta vez, superar las dificultades. Pero, ¿me has vuelto a olvidar que Dios es tu Padre?: omnipotente, infinitamente sabio, misericordioso. Él no puede enviarte nada malo. Eso que te preocupa, te conviene, aunque los ojos tuyos de carne estén ahora ciegos. –Omnia in bonum”[1].


PARA TU ORACION PERSONAL


LA BELLEZA DEL TEMPLO de Jerusalén era admirada por las civilizaciones de la época. Después de su destrucción por Nabucodonosor y de la deportación a Babilonia, el Templo fue reconstruido con gran esfuerzo gracias a la fe del pueblo hebreo. Este nuevo templo data del 536 a.C. El libro de los Macabeos cuenta cómo se lo retomó para el culto del Señor tras las profanaciones. Y, ya en tiempos de Jesús, el rey Herodes había reformado y ampliado el conjunto. Para los judíos, a pesar de todas las vicisitudes históricas, seguía suponiendo un motivo de orgullo y de fidelidad a la alianza con Dios.




Por todo esto, el temor y la sorpresa se apoderan de los oyentes cuando Jesús revela que en unos años el Templo será arrasado de nuevo. Se trataba de un peligro evidente y, como venía de labios del Señor, tenían más razón para sentirse inquietos. «¡Podemos imaginar el efecto de estas palabras sobre los discípulos de Jesús! Pero él no quiere ofender al templo, sino hacerles entender, a ellos y también a nosotros hoy, que las construcciones humanas, incluso las más sagradas, son pasajeras y no hay que depositar nuestra seguridad en ellas. En nuestra vida, ¡cuántas presuntas certezas pensábamos que eran definitivas y después se revelaron efímeras!».




«Habitar bajo la protección de Dios, vivir con Dios: ésta es la arriesgada seguridad del cristiano –decía san Josemaría–. Hay que estar persuadidos de que Dios nos oye, de que está pendiente de nosotros: así se llenará de paz nuestro corazón. Pero vivir con Dios es indudablemente correr un riesgo, porque el Señor no se contenta compartiendo: lo quiere todo. Y, acercarse un poco más a él, quiere decir estar dispuesto a una nueva conversión, a una nueva rectificación, a escuchar más atentamente sus inspiraciones, los santos deseos que hace brotar en nuestra alma».




CON LA INSTITUCIÓN de la Iglesia, el templo al que se acudía para adorar a Dios pasó a ser el mismo cuerpo de Cristo y, de manera especial, su presencia eucarística. La sagrada comunión es el «lugar» en el que nos espera. «Ese pan que veis en el altar –dirá san Agustín–, santificado por la palabra de Dios, es el cuerpo de Cristo; ese cáliz, o más bien, lo que contiene ese cáliz, santificado por la palabra de Dios, es la sangre de Cristo. En esta forma quiso nuestro Señor Jesucristo dejarnos su cuerpo y dejarnos su sangre, que derramó por nosotros en remisión de nuestros pecados. Si lo recibís bien, seréis vosotros lo mismo que recibís».




«La Iglesia vive de la Eucaristía. Esta verdad no expresa solamente una experiencia cotidiana de fe, sino que encierra en síntesis el núcleo del misterio de la Iglesia. Esta experimenta con alegría cómo se realiza continuamente, en múltiples formas, la promesa del Señor: “He aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28,20); en la sagrada Eucaristía, por la transformación del pan y el vino en el cuerpo y en la sangre del Señor, se alegra de esta presencia con una intensidad única».




De hecho, los hombres experimentamos su presencia sacramental como una antesala de la eternidad. Mucho más en este mes de los difuntos en el que hemos soñado con el cielo, donde nos espera Dios, la Santísima Virgen, los santos, las santas y tantas personas queridas. Recibir la comunión y los momentos de acción de gracias después de comulgar pueden ser una pregustación de ese gozo. La iluminación de las ciudades por las noches, vista desde el cielo, es similar a esos otros puntos de luz que no se apagan nunca, donde está escondido el Señor: cada Sagrario es claridad infinita.




EN EL CORAZÓN DEL CRISTIANO habita el Señor. Sabemos que somos también templo del Espíritu Santo y, por eso, de cierta manera, no necesitamos ir a ningún lugar para dirigirnos a Dios. Nada puede darnos miedo. Y si quizás nos entristece la posibilidad de ofenderle, tampoco eso nos lleva a vivir con temor porque tenemos siempre la posibilidad de ser perdonados. El amor de Dios es tan grande que le lleva incluso a olvidar voluntariamente nuestras ofensas y a perdonarnos.




En continua alegría por todos los «lugares» de la presencia de Dios, nada nos quitará la paz a pesar de que las dificultades puedan llegar a ser muy grandes y verdaderamente dolorosas. «Si Dios está con nosotros, ¿quién contra nosotros?» (Rm 8,31). La serenidad interior, la fortaleza en medio de las adversidades, son un don que brota de experimentar la continua cercanía del Señor. Lo que sucede a nuestro alrededor es también ocasión permanente para llevar todo al Señor.




«Somos almas contemplativas –dice san Josemaría–, con un diálogo constante, tratando al Señor a todas horas: desde el primer pensamiento del día al último pensamiento de la noche: porque somos enamorados y vivimos de amor, traemos puesto de continuo nuestro corazón en Jesucristo Señor Nuestro, llegando a él por su madre santa María y, por él, al Padre y al Espíritu Santo».

22 de noviembre de 2021

SER DESPRENDIDOS




EVANGELIO Lucas 21, 1-4


En aquel tiempo, Jesús, alzando los ojos, vio a unos ricos que echaban donativos en el tesoro del templo; vio también una viuda pobre que echaba dos monedillas, y dijo:

«En verdad os digo que esa viuda pobre ha echado más que todos, porque todos esos han contribuido a los donativos con lo que les sobra, pero ella, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir».


COMENTARIO


Este breve relato de la viuda cierra una serie de controversias de Jesús con los ortodoxos judíos. Jesús está en el templo de Jerusalén y observa cómo la gente echa monedas en el arca preparada para recoger las ofrendas. Él a través de la mirada se encuentra con dos tipos de personajes que el evangelista presenta de forma antitética. Unos que echan sus donativos, suponemos ricos puesto que echan de lo que les sobra y una viuda pobre, penichros dice el texto griego, por tanto, casi indigente, que echa en el arca dos leptas, dos moneditas de cobre.


Jesús presenta el contraste de dos modelos de compartir: los ricos que dan mucho y la viuda pobre que da muy poco; pero el acento no la pone el Señor tanto en la cantidad sino en la calidad; no tiene en cuenta el volumen del dinero donado, sino la identidad y la situación de quien lo dona, la persona que hay detrás. Mientras los primeros dan del extra que no necesitan puesto que sus necesidades están bien cubiertas, la viuda da generosamente de lo que necesita para su subsistencia. Jesús pone como modelo ejemplar a esta persona marginada por ser mujer, además viuda y encima pobre. Ella es la que ha echado más que todos.


Una vez más, Jesús nos presenta una de sus paradojas evangélicas, curiosamente los que han echado más, han dado menos; y la que menos ha echado, es la que ha dado más; porque en realidad ha dado parte de sí misma, de lo que le correspondía para su propia vida. Y es que Dios no mira las apariencias, sino que mira el corazón (1 Sm 16,7).


¿A qué grupo pertenezco yo? ¿A los que dan su tiempo, sus talentos, sus bienes de lo que le sobra o a los que dan de lo que son, de lo que les configura, en definitiva, de los que “se” dan? Dice López Aranguren que “buscamos la felicidad en los bienes externos, en las riquezas; el consumismo es la forma actual del summum bonum. Pero el consumidor nunca está satisfecho, es insaciable, y, por tanto, no feliz. La felicidad consiste en el desprendimiento”. 


        PARA TU ORACION PERSONAL


¿No te da alegría sentir tan cerca la pobreza de Jesús?... ¡Qué bonito carecer hasta de lo necesario! Pero como Él: oculta y silenciosamente. Forja, 732


Me dices que deseas vivir la santa pobreza, el desprendimiento de las cosas que usas. —Pregúntate: ¿tengo yo los afectos de Jesucristo, y sus sentimientos, con relación a la pobreza y a las riquezas? Y te aconsejé: además de descansar en tu Padre-Dios, con verdadero abandono de hijo..., pon particularmente tus ojos en esa virtud, para amarla como Jesús. Y así, en lugar de verla como una cruz, la considerarás como signo de predilección. Forja, 888


Dios mío, veo que no te aceptaré como mi Salvador, si no te reconozco al mismo tiempo como Modelo. —Pues que quisiste ser pobre, dame amor a la Santa Pobreza. Mi propósito, con tu ayuda, es vivir y morir pobre, aunque tenga millones a mi disposición. Forja, 46


Siempre pobres ¿cómo?


Nos basta además escuchar las palabras del Señor: bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos. Si tú deseas alcanzar ese espíritu, te aconsejo que contigo seas parco, y muy generoso con los demás; evita los gastos superfluos por lujo, por veleidad, por vanidad, por comodidad...; no te crees necesidades. En una palabra, aprende con San Pablo a vivir en pobreza y a vivir en abundancia, a tener hartura y a sufrir hambre, a poseer de sobra y a padecer por necesidad: todo lo puedo en Aquel que me conforta. Y como el Apóstol, también así saldremos vencedores de la pelea espiritual, si mantenemos el corazón desasido, libre de ataduras. Amigos de Dios,123


No tienes espíritu de pobreza si, puesto a escoger de modo que la elección pase inadvertida, no escoges para ti lo peor. Camino 635


Despégate de los bienes del mundo. —Ama y practica la pobreza de espíritu: conténtate con lo que basta para pasar la vida sobria y templadamente. Camino, 631


Un signo claro de desprendimiento es no considerar —de verdad— cosa alguna como propia. Forja, 524


Si eres hombre de Dios, pon en despreciar las riquezas el mismo empeño que ponen los hombres del mundo en poseerlas. —Si no, nunca serás apóstol. Camino, 633


Si estamos cerca de Cristo y seguimos sus pisadas, hemos de amar de todo corazón la pobreza, el desprendimiento de los bienes terrenos, las privaciones. Forja, 997


La pobreza está en encontrarse verdaderamente desprendido de las cosas terrenas; en llevar con alegría las incomodidades, si las hay, o la falta de medios. Conversaciones, 111


“Id y contad a Juan lo que habéis visto y oído: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan, se anuncia el Evangelio a los pobres” (Mt., XI, 4–S): Hijos míos, habéis escuchado lo que nos dice el Señor; sus palabras a mí me remueven por dentro: luego amaremos el desasimiento, lo amaremos con predilección; porque cuando el espíritu de pobreza se resquebraja, es que va mal toda la vida interior. Salvador Bernal, Apuntes sobre la vida del Fundador del Opus Dei, Rialp, Madrid, 1976


Padres y madres de familia numerosa y pobre


Copio este texto, porque puede dar paz a tu alma: "Me encuentro en una situación económica tan apurada como cuando más. No pierdo la paz. Tengo absoluta seguridad de que Dios, mi Padre, resolverá todo este asunto de una vez. Quiero, Señor, abandonar el cuidado de todo lo mío en tus manos generosas. Nuestra Madre —¡tu Madre!— a estas horas, como en Caná, ha hecho sonar en tus oídos: ¡no tienen!... Yo creo en Ti, espero en Ti, Te amo, Jesús: para mí, nada; para ellos". Forja 807


Amo tu Voluntad. Amo la santa pobreza, gran señora mía. —Y abomino, para siempre, de todo lo que suponga, ni de lejos, falta de adhesión a tu justísima, amabilísima y paternal Voluntad. Forja, 808


No amas la pobreza si no amas lo que la pobreza lleva consigo. Camino 637


Si viviéramos más confiados en la Providencia divina, seguros —¡con fe recia!— de esta protección diaria que nunca nos falta, cuántas preocupaciones o inquietudes nos ahorraríamos. Desaparecerían tantos desasosiegos que, con frase de Jesús, son propios de los paganos, de los hombres mundanos, de las personas que carecen de sentido sobrenatural.


Querría, en confidencia de amigo, de sacerdote, de padre, traeros a la memoria en cada circunstancia que nosotros, por la misericordia de Dios, somos hijos de ese Padre Nuestro, todo poderoso, que está en los cielos y a la vez en la intimidad del corazón; querría grabar a fuego en vuestras mentes que tenemos todos los motivos para caminar con optimismo por esta tierra, con el alma bien desasida de esas cosas que parecen imprescindibles, ya que ¡bien sabe ese Padre vuestro qué necesitáis!, y Él proveerá.


Creedme que sólo así nos conduciremos como señores de la Creación, y evitaremos la triste esclavitud en la que caen tantos, porque olvidan su condición de hijos de Dios, afanados por un mañana o por un después que quizá ni siquiera verán. Para mí, el mejor modelo de pobreza han sido siempre esos padres y esas madres de familia numerosa y pobre, que se desviven por sus hijos, y que con su esfuerzo y su constancia —muchas veces sin voz para decir a nadie que sufren necesidades— sacan adelante a los suyos, creando un hogar alegre en el que todos aprenden a amar, a servir, a trabajar. Conversaciones, 111


¿Y los medios para vivir y trabajar?


Lógicamente has de emplear medios terrenos. —Pero pon un empeño muy grande en estar desprendido de todo lo terreno, para manejarlo pensando siempre en el servicio a Dios y a los hombres. Forja, 728


Vivir en este mundo con sentido realista, pero como peregrinos, que van de camino hacia la morada eterna, y, por tanto, han de llenarse de un afán grande por vivir totalmente desprendidos de las cosas que usan; trabajando con rectitud de intención, sin un desordenado afán de lucro; amando, como venidas de las manos de Dios, las incomodidades, estrecheces y privaciones con que pueden encontrarse; preocupándose de contribuir personalmente, con su trabajo, a remediar la indigencia material y espiritual de tantas almas, abandonando en el Señor sus preocupaciones. Salvador Bernal, Apuntes sobre la vida del Fundador del Opus Dei, Rialp, Madrid, 1976


Sacrificio: ahí está en gran parte la realidad de la pobreza. Es saber prescindir de lo superfluo, medido no tanto por reglas teóricas cuanto según esa voz interior, que nos advierte que se está infiltrando el egoísmo o la comodidad indebida. Confort, en su sentido positivo, no es lujo ni voluptuosidad, sino hacer la vida agradable a la propia familia, y a los demás, para que todos puedan servir mejor a Dios. Conversaciones, 111


¡Tanta afición a las cosas de la tierra! —Pronto se te irán de las manos, que no bajan con el rico al sepulcro sus riquezas. Camino, 634


Ante la indigencia, ternura eficaz


Me atrevo a decir que, cuando las circunstancias sociales parecen haber despejado de un ambiente la miseria, la pobreza o el dolor, precisamente entonces se hace más urgente esta agudeza de la caridad cristiana, que sabe adivinar dónde hay necesidad de consuelo, en medio del aparente bienestar general. La generalización de los remedios sociales contra las plagas del sufrimiento o de la indigencia –que hacen posible hoy alcanzar resultados humanitarios, que en otros tiempos ni se soñaban–, no podrá suplantar nunca, porque esos remedios sociales están en otro plano, la ternura eficaz –humana y sobrenatural– de este contacto inmediato, personal, con el prójimo: con aquel pobre de un barrio cercano, con aquel otro enfermo que vive su dolor en un hospital inmenso; o con aquella otra persona –rica, quizá–, que necesita un rato de afectuosa conversación, una amistad cristiana para su soledad, un amparo espiritual que remedie sus dudas y sus escepticismos. Salvador Bernal, Apuntes sobre la vida del Fundador del Opus Dei, Rialp, Madrid, 1976


Por “el sendero del justo descontento”, se han ido y se están yendo las masas. Duele..., pero ¡cuántos resentidos hemos fabricado, entre los que están espiritual o materialmente necesitados! —Hace falta volver a meter a Cristo entre los pobres y entre los humildes: precisamente entre ellos es donde más a gusto se encuentra. Surco, 228


21 de noviembre de 2021

SOLEMNIDAD DE CRISTO REY


 

Evangelio (Jn 18, 33b-37)


Pilato entró de nuevo en el pretorio, llamó a Jesús y le dijo: —¿Eres tú el Rey de los judíos?


Jesús contestó: —¿Dices esto por ti mismo, o te lo han dicho otros de mí?


—¿Acaso soy yo judío? —respondió Pilato—. Tu gente y los príncipes de los sacerdotes te han entregado a mí: ¿qué has hecho?


Jesús respondió: —Mi reino no es de este mundo; si mi reino fuera de este mundo, mis servidores lucharían para que no fuera entregado a los judíos; pero mi reino no es de aquí.


Pilato le dijo: —¿O sea, que tú eres Rey?


Jesús contestó: —Tú lo dices: yo soy Rey. Para esto he nacido y para esto he venido al mundo, para dar testimonio de la verdad; todo el que es de la verdad escucha mi voz.


Comentario


¿Eres tú el Rey de los judíos?


Es la pregunta que Pilato hace a Jesús cuando se encuentran frente a frente.


Los judíos para que el gobernador aprobara la muerte de Jesús habían cambiado la acusación. Si le habían condenado por ser Hijo de Dios, delante de Pilato le acusan de hacerse el rey de los judíos.


Pilato quizás más por curiosidad que por verdadero interés de conocer quién es Jesús le hace una pregunta que nos hacemos todos los hombres: ¿Quién eres Jesús? Esta pregunta tiene tanto interés que Jesús mismo se la hizo en una ocasión a los Apóstoles: ¿Quién decís vosotros que soy yo?


Esta pregunta goza de un enorme interés porque Jesús ha venido a la tierra a invitarnos a participar en su reino a ofrecernos su amistad. Quiere Jesús que le tengamos con Él un trato de amistad. Jesús quiere reinar en cada corazón humano.


En el diálogo con Pilato, Jesús enseguida pasa del terreno impersonal al terreno personal. Desde la pregunta inicial de Pilato: ¿eres tú el rey de los judíos? pasa Jesús a preguntarle: ¿dices esto por ti mismo o te lo han dicho otros de mí? Era como preguntarle: Pilato, ¿quién piensas que soy yo? Jesús quiere poner a Pilato ante la pregunta fundamental porque acoger a Jesús es acoger a Dios. Porque Jesús es el Verbo Encarnado y a través de su humanidad conocemos a Dios.


Pilato trata de eludir la respuesta: ¿acaso soy yo judío? Realmente no es fácil ponerse delante de Jesús y de su Reino. Abrir la puerta del corazón a Jesús significa estar dispuesto a cambiar de vida. Es vivir de una manera diferente y eso no siempre es fácil. Quizás con esta respuesta Pilato manifiesta cierta indiferencia hacia Jesús. Aunque bien es verdad que a medida que avanza el diálogo Pilato tendrá que mojarse.


Jesús sigue dando oportunidades a Pilato, invitándole a que tome parte de su Reino. Lo hace respondiendo a la pregunta que Pilato le formula a continuación: ¿qué has hecho? Es decir, ¿por qué los judíos te han traído a mi presencia para ser juzgado? ¿por qué quieren darte muerte?


Responde Jesús: “Mi reino no es de este mundo; si mi reino fuera de este mundo, mis servidores lucharían para que no fuera entregado a los judíos; pero mi reino no es de aquí”.


Pilato escucha, pero realmente no entiende nada. Jesús por su parte se manifiesta con una enorme sencillez. En la respuesta que le da a Pilato deja clara una de las características de su Reino: “mi reino no es de aquí”.


Aunque Jesús le explica con claridad, Pilato no entiende. Más bien parece que quiere quitarse de encima un problema engorroso. No se detiene en conocer lo que le ha contestado Jesús, sino que actúa de una manera pragmática. Es como si le Pilato le dijera: vamos al grano a lo que me interesa: ¿eres Rey o no lo eres?


Jesús le contesta: “Tú lo dices: yo soy Rey. Para esto he nacido y para esto he venido al mundo, para dar testimonio de la verdad; todo el que es de la verdad escucha mi voz”.


Esas palabras que pronuncia Jesús delante de Pilato son las que le conducirán a la muerte. Jesús muere por dar testimonio de la verdad.


¿Cuál es la verdad que anuncia? La principal es el Amor que Dios tiene al hombre que para rescatarle del poder del pecado y de la muerte, envió a su Hijo como Salvador del mundo y “él mismo se entregó a la muerte, y, resucitando, destruyó la muerte y nos dio nueva vida” (Plegaria Eucarística IV).


¿Eres tú el Rey de los judíos? Así comienza el diálogo de Pilato con Jesús. También nosotros debemos preguntarle y nos enseña que su reino es “el reino de la verdad y de la vida, el reino de la santidad y la gracia, el reino de la justicia, el amor y la paz” (Prefacio de la Misa de Cristo Rey).


PARA TU ORACION PERSONAL


Mons. Fernando Ocáriz señaló que “Cristo es el Rey del Universo. Nos alegramos con toda la Iglesia. Nos sentimos gobernados por Él, por su amor, por su omnipotencia. Pertenecemos a un Reino eterno, universal, de paz, que lo abarca todo. Es también un Reino de santidad, porque podemos ser santos; y un Reino de gracia, porque es Él quien nos sostiene: Él es nuestra paz. En Cristo recibimos todo el amor de Dios a través de su corazón humano”.


El Prelado invitó a considerar cómo se hace presente el Reino de Cristo: “Podemos hacer esta pregunta: ¿dónde está tu reino, Señor? ¿Cómo podemos hacer tu Reino más visible, más presente? Y Él nos responderá con las mismas palabras que dijo a Pilato: Mi reino no es de este mundo. Pero está ya presente entre nosotros, creciendo como una semilla hasta llegar a ser un árbol frondoso”.


"¿DÓNDE ESTÁ TU REINO, SEÑOR? ¿CÓMO PODEMOS HACER TU REINO MÁS VISIBLE, MÁS PRESENTE?"

Los textos del Nuevo Testamento que se leen en la misa del día invitan a tener fe: “Ante la experiencia de las dificultades en nuestra vida, es necesario creer en la acción de Dios, como nos dice la segunda lectura de la misa de hoy: Pues Cristo tiene que reinar hasta que ponga a todos sus enemigos bajo sus pies. Si somos fieles, el Reino de Dios será una realidad en toda nuestra vida”.


¿Cómo es el Reino de Cristo?, se preguntó el Prelado. “La primera lectura de hoy nos presenta al Señor como un pastor que cuida de sus ovejas. Él reina como pastor que nos alimenta continuamente con buenos pastos, a través de su Palabra y la Eucaristía. La Palabra de Dios que recibimos con fe nos llena, da sentido a toda nuestra vida y nos da fuerza para que reine sobre nosotros”.


“Agradezcamos especialmente la Eucaristía, ese grandísimo don por el que Jesús nos da su propia vida. Cristo no reina dando órdenes, sino que reina dándonos su vida de modo total en la cruz y de manera continua en la Eucaristía”.


"QUEREMOS, SEÑOR, NO TENER OTRA LIBERTAD QUE LA DE AMARTE, PORQUE ASÍ ES COMO SEREMOS REALMENTE LIBRES".

Tomando pie de unas palabras del fundador del Opus Dei, recordó que “para que Jesús reine en ti y en mí, necesitamos gracia abundante, para que hasta la última respiración o la palabra más elemental, sea una alabanza a Cristo Rey, como decía san Josemaría. Queremos, Señor, no tener otra libertad que la de amarte, porque así es como seremos realmente libres. Podemos hacer todo con alegría si lo hacemos con la libertad del amor. ¡Te lo pedimos, Señor!”


Mons. Ocáriz concluyó su meditación haciendo referencia al Evangelio del día, en el que “se habla de un Rey que juzga y del Reino preparado desde antes de la constitución del mundo. Poseemos el Reino como fruto de la caridad, también ahora como anticipo a través de ese darnos a los demás como Él se nos da a nosotros”.


HOMILIA CRISTO REY San Josemaría 


Termina el año litúrgico, y en el Santo Sacrificio del Altar renovamos al Padre el ofrecimiento de la Víctima, Cristo, Rey de santidad y de gracia, rey de justicia, de amor y de paz, como leeremos dentro de poco en el Prefacio. Todos percibís en vuestras almas una alegría inmensa, al considerar la santa Humanidad de Nuestro Señor: un Rey con corazón de carne, como el nuestro; que es autor del universo y de cada una de las criaturas, y que no se impone dominando: mendiga un poco de amor, mostrándonos, en silencio, sus manos llagadas.


¿Por qué, entonces, tantos lo ignoran? ¿Por qué se oye aún esa protesta cruel: nolumus hunc regnare super nos, no queremos que éste reine sobre nosotros? En la tierra hay millones de hombres que se encaran así con Jesucristo o, mejor dicho, con la sombra de Jesucristo, porque a Cristo no lo conocen, ni han visto la belleza de su rostro, ni saben la maravilla de su doctrina.


Ante ese triste espectáculo, me siento inclinado a desagraviar al Señor. Al escuchar ese clamor que no cesa y que, más que de voces, está hecho de obras poco nobles, experimento la necesidad de gritar alto: oportet illum regnare!, conviene que Él reine.


Oposición a Cristo


Muchos no soportan que Cristo reine; se oponen a É de mil formas: en los diseños generales del mundo y de la convivencia humana; en las costumbres, en la ciencia, en el arte. ¡Hasta en la misma vida de la Iglesia! Yo no hablo —escribe S. Agustín— de los malvados que blasfeman de Cristo. Son raros, en efecto, los que lo blasfeman con la lengua, pero son muchos los que lo blasfeman con la propia conducta.


A algunos les molesta incluso la expresión Cristo Rey: por una superficial cuestión de palabras, como si el reinado de Cristo pudiese confundirse con fórmulas políticas; o porque, la confesión de la realeza del Señor, les llevaría a admitir una ley. Y no toleran la ley, ni siquiera la del precepto entrañable de la caridad, porque no desean acercarse al amor de Dios: ambicionan sólo servir al propio egoísmo.


El Señor me ha empujado a repetir, desde hace mucho tiempo, un grito callado: serviam!, serviré. Que Él nos aumente esos afanes de entrega, de fidelidad a su divina llamada —con naturalidad, sin aparato, sin ruido—, en medio de la calle. Démosle gracias desde el fondo del corazón. Dirijámosle una oración de súbditos, ¡de hijos!, y la lengua y el paladar se nos llenarán de leche y de miel, nos sabrá a panal tratar del Reino de Dios, que es un Reino de libertad, de la libertad que Él nos ganó.


Cristo, Señor del mundo


Quisiera que considerásemos cómo ese Cristo, que —Niño amable— vimos nacer en Belén, es el Señor del mundo: pues por Él fueron creados todos los seres en los cielos y en la tierra; Él ha reconciliado con el Padre todas las cosas, restableciendo la paz entre el cielo y la tierra, por medio de la sangre que derramó en la cruz. Hoy Cristo reina, a la diestra del Padre: declaran aquellos dos ángeles de blancas vestiduras, a los discípulos que estaban atónitos contemplando las nubes, después de la Ascensión del Señor: varones de Galilea ¿por qué estáis ahí mirando al cielo? Este Jesús, que separándose de vosotros ha subido al cielo, vendrá de la misma manera que le acabáis de ver subir.


Por Él reinan los reyes, con la diferencia de que los reyes, las autoridades humanas, pasan; y el reino de Cristo permanecerá por toda la eternidad, su reino es un reino eterno y su dominación perdura de generación en generación.


El reino de Cristo no es un modo de decir, ni una imagen retórica. Cristo vive, también como hombre, con aquel mismo cuerpo que asumió en la Encarnación, que resucitó después de la Cruz y subsiste glorificado en la Persona del Verbo juntamente con su alma humana. Cristo, Dios y Hombre verdadero, vive y reina y es el Señor del mundo. Sólo por Él se mantiene en vida todo lo que vive.


¿Por qué, entonces, no se aparece ahora en toda su gloria? Porque su reino no es de este mundo, aunque está en el mundo. Había replicado Jesús a Pilatos: Yo soy rey. Yo para esto nací: para dar testimonio de la verdad; todo aquel que pertenece a la verdad, escucha mi voz. Los que esperaban del Mesías un poderío temporal visible, se equivocaban: que no consiste el reino de Dios en el comer ni en el beber, sino en la justicia, en la paz y en el gozo del Espíritu Santo.


Verdad y justicia; paz y gozo en el Espíritu Santo. Ese es el reino de Cristo: la acción divina que salva a los hombres y que culminará cuando la historia acabe, y el Señor, que se sienta en lo más alto del paraíso, venga a juzgar definitivamente a los hombres.


Cuando Cristo inicia su predicación en la tierra, no ofrece un programa político, sino que dice: haced penitencia, porque está cerca el reino de los cielos; encarga a sus discípulos que anuncien esa buena nueva, y enseña que se pida en la oración el advenimiento del reino. Esto es el reino de Dios y su justicia, una vida santa: lo que hemos de buscar primero, lo único verdaderamente necesario.


La salvación, que predica Nuestro Señor Jesucristo, es una invitación dirigida a todos: acontece lo que a cierto rey, que celebró las bodas de su hijo y envió a los criados a llamar a los convidados a las bodas. Por eso, el Señor revela que el reino de los cielos está en medio de vosotros.


Nadie se encuentra excluido de la salvación, si se allana libremente a las exigencias amorosas de Cristo: nacer de nuevo, hacerse como niños, en la sencillez de espíritu; alejar el corazón de todo lo que aparte de Dios. Jesús quiere hechos, no sólo palabras. Y un esfuerzo denodado, porque sólo los que luchan serán merecedores de la herencia eterna.


La perfección del reino —el juicio definitivo de salvación o de condenación— no se dará en la tierra. Ahora el reino es como una siembra, como el crecimiento del grano de mostaza; su fin será como la pesca con la red barredera, de la que —traída a la arena— serán extraídos, para suertes distintas, los que obraron la justicia y los que ejecutaron la iniquidad. Pero, mientras vivimos aquí, el reino se asemeja a la levadura que cogió una mujer y la mezcló con tres celemines de harina, hasta que toda la masa quedó fermentada.


Quien entiende el reino que Cristo propone, advierte que vale la pena jugarse todo por conseguirlo: es la perla que el mercader adquiere a costa de vender lo que posee, es el tesoro hallado en el campo. El reino de los cielos es una conquista difícil: nadie está seguro de alcanzarlo, pero el clamor humilde del hombre arrepentido logra que se abran sus puertas de par en par. Uno de los ladrones que fueron crucificados con Jesús le suplica: Señor, acuérdate de mí cuando hayas llegado a tu reino. Y Jesús le respondió: en verdad te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso.


El reino en el alma


¡Qué grande eres, Señor y Dios nuestro! Tú eres el que pones en nuestra vida el sentido sobrenatural y la eficacia divina. Tú eres la causa de que, por amor de tu Hijo, con todas las fuerzas de nuestro ser, con el alma y con el cuerpo podamos repetir: oportet illum regnare!, mientras resuena la copla de nuestra debilidad, porque sabes que somos criaturas —¡y qué criaturas!— hechas de barro, no sólo en los pies, también en el corazón y en la cabeza. A lo divino, vibraremos exclusivamente por ti.

Cristo debe reinar, antes que nada, en nuestra alma. Pero qué responderíamos, si Él preguntase: tú, ¿cómo me dejas reinar en ti? Yo le contestaría que, para que Él reine en mí, necesito su gracia abundante: únicamente así hasta el último latido, hasta la última respiración, hasta la mirada menos intensa, hasta la palabra más corriente, hasta la sensación más elemental se traducirán en un hosanna a mi Cristo Rey.


Si pretendemos que Cristo reine, hemos de ser coherentes: comenzar por entregarle nuestro corazón. Si no lo hiciésemos, hablar del reinado de Cristo sería vocerío sin sustancia cristiana, manifestación exterior de una fe que no existiría, utilización fraudulenta del nombre de Dios para las componendas humanas.


Si la condición para que Jesús reinase en mi alma, en tu alma, fuese contar previamente en nosotros con un lugar perfecto, tendríamos razón para desesperarnos. Pero no temas, hija de Sión: mira a tu Rey, que viene sentado sobre un borrico. ¿Lo veis? Jesús se contenta con un pobre animal, por trono. No sé a vosotros; pero a mí no me humilla reconocerme, a los ojos del Señor, como jumento: como un borriquito soy yo delante de ti; pero estaré siempre a tu lado, porque tú me has tomado de tu diestra, tú me llevas por el ronzal.


Pensad en las características de un asno, ahora que van quedando tan pocos. No en el burro viejo y terco, rencoroso, que se venga con una coz traicionera, sino en el pollino joven: las orejas estiradas como antenas, austero en la comida, duro en el trabajo, con el trote decidido y alegre. Hay cientos de animales más hermosos, más hábiles y más crueles. Pero Cristo se fijó en él, para presentarse como rey ante el pueblo que lo aclamaba. Porque Jesús no sabe qué hacer con la astucia calculadora, con la crueldad de corazones fríos, con la hermosura vistosa pero hueca. Nuestro Señor estima la alegría de un corazón mozo, el paso sencillo, la voz sin falsete, los ojos limpios, el oído atento a su palabra de cariño. Así reina en el alma.


Reinar sirviendo


Si dejamos que Cristo reine en nuestra alma, no nos convertiremos en dominadores, seremos servidores de todos los hombres. Servicio. ¡Cómo me gusta esta palabra! Servir a mi Rey y, por Él, a todos los que han sido redimidos con su sangre. ¡Si los cristianos supiésemos servir! Vamos a confiar al Señor nuestra decisión de aprender a realizar esta tarea de servicio, porque sólo sirviendo podremos conocer y amar a Cristo, y darlo a conocer y lograr que otros más lo amen.


¿Cómo lo mostraremos a las almas? Con el ejemplo: que seamos testimonio suyo, con nuestra voluntaria servidumbre a Jesucristo, en todas nuestras actividades, porque es el Señor de todas las realidades de nuestra vida, porque es la única y la última razón de nuestra existencia. Después, cuando hayamos prestado ese testimonio del ejemplo, seremos capaces de instruir con la palabra, con la doctrina. Así obró Cristo: coepit facere et docere, primero enseñó con obras, luego con su predicación divina.


Servir a los demás, por Cristo, exige ser muy humanos. Si nuestra vida es deshumana, Dios no edificará nada en ella, porque ordinariamente no construye sobre el desorden, sobre el egoísmo, sobre la prepotencia. Hemos de comprender a todos, hemos de convivir con todos, hemos de disculpar a todos, hemos de perdonar a todos. No diremos que lo injusto es justo, que la ofensa a Dios no es ofensa a Dios, que lo malo es bueno. Pero, ante el mal, no contestaremos con otro mal, sino con la doctrina clara y con la acción buena: ahogando el mal en abundancia de bien. Así Cristo reinará en nuestra alma, y en las almas de los que nos rodean.


Intentan algunos construir la paz en el mundo, sin poner amor de Dios en sus propios corazones, sin servir por amor de Dios a las criaturas. ¿Cómo será posible efectuar, de ese modo, una misión de paz? La paz de Cristo es la del reino de Cristo; y el reino de nuestro Señor ha de cimentarse en el deseo de santidad, en la disposición humilde para recibir la gracia, en una esforzada acción de justicia, en un divino derroche de amor.


Cristo en la cumbre de las actividades humanas


Esto es realizable, no es un sueño inútil. ¡Si los hombres nos decidiésemos a albergar en nuestros corazones el amor de Dios! Cristo, Señor Nuestro, fue crucificado y, desde la altura de la Cruz, redimió al mundo, restableciendo la paz entre Dios y los hombres. Jesucristo recuerda a todos: et ego, si exaltatus fuero a terra, omnia traham ad meipsum, si vosotros me colocáis en la cumbre de todas las actividades de la tierra, cumpliendo el deber de cada momento, siendo mi testimonio en lo que parece grande y en lo que parece pequeño, omnia traham ad meipsum, todo lo atraeré hacia mí. ¡Mi reino entre vosotros será una realidad!


Cristo, Nuestro Señor, sigue empeñado en esta siembra de salvación de los hombres y de la creación entera, de este mundo nuestro, que es bueno, porque salió bueno de las manos de Dios. Fue la ofensa de Adán, el pecado de la soberbia humana, el que rompió la armonía divina de lo creado.


Pero Dios Padre, cuando llegó la plenitud de los tiempos, envió a su Hijo Unigénito, que —por obra del Espíritu Santo— tomó carne en María siempre Virgen, para restablecer la paz, para que, redimiendo al hombre del pecado, adoptionem filiorum reciperemus, fuéramos constituidos hijos de Dios, capaces de participar en la intimidad divina: para que así fuera concedido a este hombre nuevo, a esta nueva rama de los hijos de Dios, liberar el universo entero del desorden, restaurando todas las cosas en Cristo, que los ha reconciliado con Dios.


A esto hemos sido llamados los cristianos, ésa es nuestra tarea apostólica y el afán que nos debe comer el alma: lograr que sea realidad el reino de Cristo, que no haya más odios ni más crueldades, que extendamos en la tierra el bálsamo fuerte y pacífico del amor. Pidamos hoy a nuestro Rey que nos haga colaborar humilde y fervorosamente en el divino propósito de unir lo que está roto, de salvar lo que está perdido, de ordenar lo que el hombre ha desordenado, de llevar a su fin lo que se descamina, de reconstruir la concordia de todo lo creado.


Abrazar la fe cristiana es comprometerse a continuar entre las criaturas la misión de Jesús. Hemos de ser, cada uno de nosotros, alter Christus, ipse Christus, otro Cristo, el mismo Cristo. Sólo así podremos emprender esa empresa grande, inmensa, interminable: santificar desde dentro todas las estructuras temporales, llevando allí el fermento de la Redención.


Nunca hablo de política. No pienso en el cometido de los cristianos en la tierra como en el brotar de una corriente político-religiosa —sería una locura—, ni siquiera aunque tenga el buen propósito de infundir el espíritu de Cristo en todas las actividades de los hombres. Lo que hay que meter en Dios es el corazón de cada uno, sea quien sea. Procuremos hablar para cada cristiano, para que allí donde está —en circunstancias que no dependen sólo de su posición en la Iglesia o en la vida civil, sino del resultado de las cambiantes situaciones históricas—, sepa dar testimonio, con el ejemplo y con la palabra, de la fe que profesa.


El cristiano vive en el mundo con pleno derecho, por ser hombre. Si acepta que en su corazón habite Cristo, que reine Cristo, en todo su quehacer humano se encontrará —bien fuerte— la eficacia salvadora del Señor. No importa que esa ocupación sea, como suele decirse, alta o baja; porque una cumbre humana puede ser, a los ojos de Dios, una bajeza; y lo que llamamos bajo o modesto puede ser una cima cristiana, de santidad y de servicio.


La libertad personal


El cristiano, cuando trabaja, como es su obligación, no debe soslayar ni burlar las exigencias propias de lo natural. Si con la expresión bendecir las actividades humanas se entendiese anular o escamotear su dinámica propia, me negaría a usar esas palabras. Personalmente no me ha convencido nunca que las actividades corrientes de los hombres ostenten, como un letrero postizo, un calificativo confesional. Porque me parece, aunque respeto la opinión contraria, que se corre el peligro de usar en vano el nombre santo de nuestra fe, y además porque, en ocasiones, la etiqueta católica se ha utilizado hasta para justificar actitudes y operaciones que no son a veces honradamente humanas.


Si el mundo y todo lo que en él hay —menos el pecado— es bueno, porque es obra de Dios Nuestro Señor, el cristiano, luchando continuamente por evitar las ofensas a Dios —una lucha positiva de amor—, ha de dedicarse a todo lo terreno, codo a codo con los demás ciudadanos; debe defender todos los bienes derivados de la dignidad de la persona.


Y existe un bien que deberá siempre buscar especialmente: el de la libertad personal. Sólo si defiende la libertad individual de los demás con la correspondiente personal responsabilidad, podrá, con honradez humana y cristiana, defender de la misma manera la suya. Repito y repetiré sin cesar que el Señor nos ha dado gratuitamente un gran regalo sobrenatural, la gracia divina; y otra maravillosa dádiva humana, la libertad personal, que exige de nosotros —para que no se corrompa, convirtiéndose en libertinaje— integridad, empeño eficaz en desenvolver nuestra conducta dentro de la ley divina, porque donde está el Espíritu de Dios, allí hay libertad.


El Reino de Cristo es de libertad: aquí no existen más siervos que los que libremente se encadenan, por Amor a Dios. ¡Bendita esclavitud de amor, que nos hace libres! Sin libertad, no podemos corresponder a la gracia; sin libertad, no podemos entregarnos libremente al Señor, con la razón más sobrenatural: porque nos da la gana.


Algunos de los que me escucháis me conocéis desde muchos años atrás. Podéis atestiguar que llevo toda mi vida predicando la libertad personal, con personal responsabilidad. La he buscado y la busco, por toda la tierra, como Diógenes buscaba un hombre. Y cada día la amo más, la amo sobre todas las cosas terrenas: es un tesoro que no apreciaremos nunca bastante.


Cuando hablo de libertad personal, no me refiero con esta excusa a otros problemas quizá muy legítimos, que no corresponden a mi oficio de sacerdote. Sé que no me corresponde tratar de temas seculares y transitorios, que pertenecen a la esfera temporal y civil, materias que el Señor ha dejado a la libre y serena controversia de los hombres. Sé también que los labios del sacerdote, evitando del todo banderías humanas, han de abrirse sólo para conducir las almas a Dios, a su doctrina espiritual salvadora, a los sacramentos que Jesucristo instituyó, a la vida interior que nos acerca al Señor sabiéndonos sus hijos y, por tanto, hermanos de todos los hombres sin excepción.


Celebramos hoy la fiesta de Cristo Rey. Y no me salgo de mi oficio de sacerdote cuando digo que, si alguno entendiese el reino de Cristo como un programa político, no habría profundizado en la finalidad sobrenatural de la fe y estaría a un paso de gravar las conciencias con pesos que no son los de Jesús, porque su yugo es suave y su carga ligera. Amemos de verdad a todos los hombres; amemos a Cristo, por encima de todo; y, entonces, no tendremos más remedio que amar la legítima libertad de los otros, en una pacífica y razonable convivencia.


Serenos, hijos de Dios


Me sugeriréis, quizá: pero pocos quieren oír esto y, menos aún, ponerlo en práctica. Me consta: la libertad es una planta fuerte y sana, que se aclimata mal entre piedras, entre espinas o en los caminos pisoteados por las gentes. Ya nos había sido anunciado, aun antes de que Cristo viniese a la tierra.

Recordad el salmo segundo: ¿por qué se han amotinado las naciones, y los pueblos traman cosas vanas? Se han levantado los reyes de la tierra, y se han reunido los príncipes contra el Señor y contra su Cristo. ¿Lo veis? Nada nuevo. Se oponían a Cristo antes de que naciese; se le opusieron, mientras sus pies pacíficos recorrían los senderos de Palestina; lo persiguieron después y ahora, atacando a los miembros de su Cuerpo místico y real. ¿Por qué tanto odio, por qué este cebarse en la cándida simplicidad, por qué este universal aplastamiento de la libertad de cada conciencia?


Rompamos sus ataduras y sacudamos lejos de nosotros su yugo. Rompen el yugo suave, arrojan de sí su carga, maravillosa carga de santidad y de justicia, de gracia, de amor y de paz. Rabian ante el amor, se ríen de la bondad inerme de un Dios que renuncia al uso de sus legiones de ángeles para defenderse. Si el Señor admitiera la componenda, si sacrificase a unos pocos inocentes para satisfacer a una mayoría de culpables, aun podrían intentar un entendimiento con Él. Pero no es ésta la lógica de Dios. Nuestro Padre es verdaderamente padre, y está dispuesto a perdonar a miles de obradores del mal, con tal que haya sólo diez justos. Los que se mueven por el odio no pueden entender esta misericordia, y se refuerzan en su aparente impunidad terrena, alimentándose de la injusticia.


El que habita en los cielos se reirá de ellos, se burlará de ellos el Señor. Entonces les hablará en su indignación y les llenará de terror con su ira. ¡Qué legítima es la ira de Dios y qué justo su furor, qué grande también su clemencia!


Yo he sido por Él constituido Rey sobre Sión, su monte santo, para predicar su Ley. A mí me ha dicho el Señor: Tú eres mi hijo, yo te he engendrado hoy. La misericordia de Dios Padre nos ha dado como Rey a su Hijo. Cuando amenaza, se enternece; anuncia su ira y nos entrega su amor. Tú eres mi hijo: se dirige a Cristo y se dirige a ti y a mí, si nos decidimos a ser alter Christus, ipse Christus.


Las palabras no pueden seguir al corazón, que se emociona ante la bondad de Dios. Nos dice: tú eres mi hijo. No un extraño, no un siervo benévolamente tratado, no un amigo, que ya sería mucho. ¡Hijo! Nos concede vía libre para que vivamos con Él la piedad del hijo y, me atrevería a afirmar, también la desvergüenza del hijo de un Padre, que es incapaz de negarle nada. ¿Que hay muchos empeñados en comportarse con injusticia? Sí, pero el Señor insiste: pídeme, te daré las naciones en herencia, y extenderé tus dominios hasta los confines de la tierra. Los regirás con vara de hierro y como a vaso de alfarero los romperás. Son promesas fuertes, y son de Dios: no podemos disimularlas. No en vano Cristo es Redentor del mundo, y reina, soberano, a la diestra del Padre. Es el terrible anuncio de lo que aguarda a cada uno, cuando la vida pase, porque pasa; y a todos, cuando la historia acabe, si el corazón se endurece en el mal y en la desesperanza.


Sin embargo Dios, que puede vencer siempre, prefiere convencer: ahora, reyes, gobernantes, entendedlo bien; dejaos instruir, los que juzgáis en la tierra. Servid al Señor con temor y ensalzadle con temblor. Abrazad la buena doctrina, no sea que al fin el Señor se enoje y perezcáis fuera del buen camino, pues se inflama de pronto su ira. Cristo es el Señor, el Rey. Nosotros os anunciamos el cumplimiento de la promesa hecha a nuestros padres: la que Dios ha cumplido delante de nuestros hijos al resucitar a Jesús, según está escrito en el salmo segundo: Tú eres Hijo mío, yo te he engendrado hoy...


Ahora pues, hermanos míos, tened entendido que por medio de Jesús se os ofrece la remisión de los pecados y de todas las manchas de que no habéis podido ser justificados en virtud de la ley mosaica: todo el que cree en Él es justificado. Mirad que no recaiga sobre vosotros lo que se halla dicho en los profetas: reparad, los que despreciáis, llenaos de pavor y quedad desolados; porque voy a realizar en vuestros días una obra, en la que no acabaréis de creer por más que os la cuenten.


Es la obra de la salvación, el reinado de Cristo en las almas, la manifestación de la misericordia de Dios. ¡Venturosos los que a Él se acogen!. Tenemos derecho, los cristianos, a ensalzar la realeza de Cristo: porque, aunque abunde la injusticia, aunque muchos no deseen este reinado de amor, en la misma historia humana que es el escenario del mal, se va tejiendo la obra de la salvación eterna.


Ángeles de Dios


Ego cogito cogitationes pacis et non afflictionis, yo pienso pensamientos de paz y no de tristeza, dice el Señor. Seamos hombres de paz, hombres de justicia, hacedores del bien, y el Señor no será para nosotros Juez, sino amigo, hermano, Amor.


Que en este caminar —¡alegre!— por la tierra, nos acompañen los ángeles de Dios. Antes del nacimiento de nuestro Redentor, escribe San Gregorio Magno, nosotros habíamos perdido la amistad de los ángeles. La culpa original y nuestros pecados cotidianos nos habían alejado de su luminosa pureza,... Pero desde el momento en que nosotros hemos reconocido a nuestro Rey, los ángeles nos han reconocido como conciudadanos.

Y como el Rey de los cielos ha querido tomar nuestra carne terrena, los ángeles ya no se alejan de nuestra miseria. No se atreven a considerar inferior a la suya esta naturaleza que adoran, viéndola ensalzada, por encima de ellos, en la persona del rey del cielo; y no tienen ya inconveniente en considerar al hombre como un compañero.


María, la Madre santa de nuestro Rey, la Reina de nuestro corazón, cuida de nosotros como sólo Ella sabe hacerlo. Madre compasiva, trono de la gracia: te pedimos que sepamos componer en nuestra vida y en la vida de los que nos rodean, verso a verso, el poema sencillo de la caridad, quasi fluvium pacis, como un río de paz. Porque Tú eres mar de inagotable misericordia: los ríos van todos al mar y la mar no se llena.