"Hago todos los días mi "ratito" de oración: ¡si no fuera por eso!" (Camino, 106)

18 de diciembre de 2022

Ven, Señor, ¡no tardes!

 



Evangelio (Mt 1,18-24)


La generación de Jesucristo fue así: María, su madre, estaba desposada con José, y antes de que conviviesen se encontró con que había concebido en su seno por obra del Espíritu Santo.


José, su esposo, como era justo y no quería exponerla a infamia, pensó repudiarla en secreto. Consideraba él estas cosas, cuando un ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo:


—José, hijo de David, no temas recibir a María, tu esposa, porque lo que en ella ha sido concebido es obra del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados.


Todo esto ha ocurrido para que se cumpliera lo que dijo el Señor por medio del Profeta:


Mirad, la virgen concebirá y dará a luz un hijo,


a quien pondrán por nombre Emmanuel —que significa Dios-con-nosotros.


Al despertarse, José hizo lo que el ángel del Señor le había ordenado, y recibió a su esposa. Y, sin que la hubiera conocido, dio ella a luz un hijo; y le puso por nombre Jesús.


Para tu oración


LA VIRGEN MARÍA había escuchado llena de sorpresa las palabras del ángel: «Darás a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús» (Lc 1,31). Pero ella, en lugar de quedarse paralizada ante el plan divino que venía a cambiar su presente y su futuro, exclamó con una serena convicción: «He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra» (Lc 1,38). Nos llena de admiración que unas palabras tan sencillas sean la puerta por la que Dios haya querido entrar en nuestro mundo, y también sean la puerta por la que entramos a esta semana de Navidad. «“He aquí”, son las palabras clave de la vida. Marcan el pasaje de una vida horizontal, centrada en uno mismo y en las propias necesidades, a una vida vertical, elevada hacia Dios. “He aquí” supone estar disponible para el Señor, es la cura para el egoísmo, el antídoto de una vida insatisfecha, a la que siempre le falta algo»[1].


«Pues bien, el propio Señor os da un signo. Mirad, la virgen está encinta y dará a luz un hijo, a quien pondrán por nombre Emanuel» (Is 7,14), había dicho el profeta Isaías. Una humilde mujer se transforma en Madre de Dios; un pueblo casi desconocido pasa a ser la cuna del Mesías. Así actúa Dios. También en nosotros, una respuesta aparentemente pequeña, llena de fe, puede convertir nuestra vida cotidiana en una gran obra divina. En los momentos más sencillos de nuestro día a día podemos decirle sí a Dios que viene: en el encuentro fortuito con un amigo, en el a veces monótono avance de las horas de trabajo, o en una agradable velada familiar.


Quizás en estos últimos días de Adviento nos hemos entretenido haciendo algunos retoques a nuestros belenes. Hemos movido una oveja que se había descarriado y que miraba en dirección opuesta al Niño, o hemos procurado que el musgo reseco de la pradera junto al establo adquiera un verdor más acogedor. Son pequeños gestos que queremos que sean una imagen de la fe con la que deseamos responder a las llamadas constantes y sutiles de Dios. Ven, Señor, ¡no tardes! Te necesitamos y queremos preparar con cariño tu venida.


«¿QUIÉN podrá subir al monte del Señor? ¿Quién podrá estar en su lugar santo?» (Sal 24,3). Estas palabras llenas de expectativa expresan uno de los más profundos anhelos del salmista: habitar en la casa de Dios y contemplar su rostro. Sin embargo, el pueblo de Israel sabía que se trataba de un deseo imposible de colmar. Es más, consideraba que quien veía a Dios moría de inmediato, ya que el ser humano no sería capaz de resistir la contemplación de tanta grandeza. Por eso nos sorprende tanto que Dios todopoderoso haya querido mostrar su rostro en la figura tierna de un niño. Desearíamos estos días acercarnos a Belén con dos sentimientos que se complementan: la reverencia ante el misterio y el cariño que lo acoge en el calor de un hogar.


Dios ha sido mucho más generoso de lo que podría haber imaginado el corazón humano. No solo ha querido mirarnos desde el cielo con cariño y visitarnos durante un tiempo: Dios se ha hecho uno como nosotros y se ha implicado tanto en su viña que nos ha llegado a decir: «Yo soy la vid, vosotros los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ese da mucho fruto» (Jn 15,5). Todo se puede nutrir de la savia que Cristo nos da en sus sacramentos, en la oración, en su compañía permanente. Él ha querido vivir una vida humana, para que nuestra vida humana adquiera una dimensión divina.


«Jesús nació en una gruta de Belén, dice la Escritura, “porque no hubo lugar para ellos en el mesón”. No me aparto de la verdad teológica si te digo que Jesús está buscando todavía posada en tu corazón»[2]. Cada día gozamos de la oportunidad de seguir esta sugerencia de san Josemaría y de abrirle nuestro corazón a Jesús. La fe no se reduce a un conjunto de verdades, ni tampoco se trata de unas normas abstractas que debemos seguir. Creer en Dios es, primero, acoger a su Hijo en nuestro interior y compartir con él toda nuestra vida. En definitiva, convertir nuestra alma en Belén. Si gracias al cariño de María y de José, y al calor de unas pocas ovejas, pudo sentirse a gusto en la pobreza de aquel establo… ¿Por qué no va a sentirse también dichoso en nuestros corazones, si intentamos regalarle las alegrías y las contrariedades de cada una de nuestras jornadas?


«CIELOS, DESTILAD desde lo alto; nubes derramad al Justo; ábrase la tierra y brote el Salvador» (Is 45,8). La antífona de entrada de este cuarto domingo de Adviento expresa la necesidad que sentimos de un Dios que nos salve. En muchas ocasiones, nuestra oración consistirá en manifestar desde lo más profundo de nuestro corazón esas ansias de Dios. Tanto cuando palpamos nuestras limitaciones y sentimos el dolor de nuestras heridas, como cuando experimentamos alegrías en pequeños detalles, queremos que todo sea impregnado por el amor de Dios. Nos damos cuenta de que una vida con él es radicalmente distinta a una existencia encerrada en nosotros mismos.


El Hijo ha querido hacerse hombre para salvarnos. Y esa salvación solo se explica desde el gran amor de su Padre por nosotros. «Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo Unigénito. Para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna» (Jn 3,16). Al contemplar al Niño de Belén, ¿cómo no estar seguros del amor que siente Dios por nosotros y de su cuidado amoroso? En todos los acontecimientos que forman parte de nuestra existencia podemos estar seguros de que Dios nos habla y nos salva.


Podemos imaginar cuánto le habrá costado a nuestra Madre ver nacer a su querido hijo en la pobreza de un pesebre. Pero también en ese acontecimiento tan oscuro ante los ojos de los hombres habrá visto brillar la luz de Dios. «Lo que es verdaderamente grande a menudo pasa desapercibido y el quieto silencio se revela más fecundo que la frenética agitación que caracteriza nuestras ciudades»[3]. Podemos pedirle a ella que nos regale su sensibilidad y su corazón lleno de fe para que también nosotros podamos percibir a Dios en todos los detalles de nuestra vida. De este modo, así como san Juan el Bautista saltó de gozo en el vientre de su madre ante la presencia de la Virgen embarazada, así nosotros nos llenaremos de alegría al recordar el nacimiento de Jesús.


17 de diciembre de 2022

Llenar nuestro corazón

 



Evangelio (Mt 1, 1-17)

— Genealogía de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abrahán.

Abrahán engendró a Isaac, Isaac engendró a Jacob, Jacob engendró a Judá y a sus hermanos, Judá engendró a Farés y a Zara de Tamar, Farés engendró a Esrón, Esrón engendró a Aram, Aram engendró a Aminadab, Aminadab engendró a Naasón, Naasón engendró a Salmón, Salmón engendró a Booz de Rahab, Booz engendró a Obed de Rut, Obed engendró a Jesé, Jesé engendró al rey David.

David engendró a Salomón de la que fue mujer de Urías, Salomón engendró a Roboán, Roboán engendró a Abías, Abías engendró a Asá, Asá engendró a Josafat, Josafat engendró a Jorán, Jorán engendró a Ozías, Ozías engendró a Joatán, Joatán engendró a Acaz, Acaz engendró a Ezequías, Ezequías engendró a Manasés, Manasés engendró a Amón, Amón engendró a Josías, Josías engendró a Jeconías y a sus hermanos cuando la deportación a Babilonia.

Después de la deportación a Babilonia, Jeconías engendró a Salatiel, Salatiel engendró a Zorobabel, Zorobabel engendró a Abiud, Abiud engendró a Eliacim, Eliacim engendró a Azor, Azor engendró a Sadoc, Sadoc engendró a Aquim, Aquim engendró a Eliud, Eliud engendró a Eleazar, Eleazar engendró a Matán, Matán engendró a Jacob, Jacob engendró a José, el esposo de María, de la cual nació Jesús llamado Cristo.

Por lo tanto, son catorce todas las generaciones desde Abrahán hasta David, y catorce generaciones desde David hasta la deportación a Babilonia, y también catorce las generaciones desde la deportación a Babilonia hasta Cristo.


Para tu oración personal

«EL SEÑOR está cerca»[1]. La intensidad de la espera aumenta de día en día, de hora en hora. Nuestro corazón está atento a la llegada del Emmanuel. El evangelio de hoy nos muestra la larga cadena de generaciones que han esperado al Mesías: de Abraham a David y hasta san José. Nosotros hemos nacido mucho después pero somos herederos de la misma promesa. No es fácil imaginar los sentimientos de tantas generaciones del pueblo judío que esperaban al Mesías prometido. La liturgia nos ofrece una pista, al mirar la magnitud del alegre estallido ante la inminente llegada de Jesús: «Exulta, cielo; alégrate, tierra» (Is 49,13).


Abraham es el comienzo de esta larga cadena, el primero de una familia que durará para siempre. Se fio del Señor y su promesa se ha cumplido: «Mira al cielo y cuenta, si puedes, las estrellas» (Gn 15,5). Dios se ha servido de su fidelidad y de la de tantos otros para enviarnos a su Hijo y hacer posible de nuevo la intimidad de Dios con los hombres. Nuestra dignidad fue restaurada y elevada a un grado impensable: «Ni ojo vio, ni oído oyó, ni pasó por el corazón del hombre, las cosas que preparó Dios para los que le aman» (1Co 2,9). El alma se nos llena del gozo profundo de sabernos salvados, rescatados y curados: «Por eso, con los ángeles y arcángeles, tronos y dominaciones, y con todos los coros celestiales, cantamos sin cesar el himno de tu gloria»[2].


Puede que nuestro canto no suene siempre afinado, pero el Espíritu Santo nos envuelve con sus «gemidos inenarrables» (cfr. Rm 8,26). Comprobamos día tras día cuánto nos gustaría poder responder con la misma medida de Dios. No cabe en palabras el deseo divino de encontrarse con nosotros ni su insistencia: catorce generaciones de Abraham a David, catorce hasta la deportación a Babilonia y otras catorce hasta Cristo (cfr. Mt 1,17). Enseguida viene el grito divino en nuestro socorro: «No temas». Es el mismo Dios quien se alegrará y dará gracias en nosotros.


TODOS tenemos nuestro árbol genealógico. Jesucristo ha querido tener el suyo. Y en María, su madre, Dios mismo se cruza en el camino de los hombres, uniéndose para siempre a nosotros. Asume la necesidad de esperanza de toda la humanidad, de todas las épocas. Con la encarnación, Dios no rechaza nada de lo humano, carga con el relato de cada persona para ofrecer a todos un lugar en la vida eterna. El Creador del cielo y de la tierra ha querido pertenecer a la familia humana.


«En el establo de Belén el cielo y la tierra se tocan. El cielo no pertenece a la geografía del espacio, sino a la geografía del corazón. Y el corazón de Dios, en la Noche santa, ha descendido hasta un establo: la humildad de Dios es el cielo. Y si salimos al encuentro de esta humildad, entonces tocamos el cielo. Entonces, se renueva también la tierra»[3]. Cuántas veces nos parece que Dios no puede estar donde hay debilidad, fragilidad o mediocridad. Si no nos conformamos con el pecado, sino que nos ilusionamos por abrazar los verdaderos bienes de la vida, entonces la humildad de Dios no rechaza el establo de nuestro corazón; trae el cielo a nuestra vida ordinaria, a nuestra casa, a cada instante.


Esa lista larga de nombres experimentó, durante muchas generaciones, un ansia que solo llenaría el recién nacido de Belén. Algunos, probablemente, no comprendieron bien lo que esperaban. Otros, en su confusión, buscaron ídolos aparentemente más cercanos y accesibles. Esa misma ansia de salvación sigue latiendo hoy en todas las personas, muchas veces sin que los protagonistas puedan ponerla en palabras o consigan comprenderla con claridad. Nosotros tenemos la suerte de conocer esa buena noticia de la Navidad, esperamos a Jesús, y nos encantaría que llegase hasta el corazón más necesitado del último rincón de la tierra.


«TE BENDECIMOS, Señor, Dios Altísimo, que te has despojado de tu rango por nosotros. Tú eres inmenso, y te has hecho pequeño; eres rico, y te has hecho pobre; eres omnipotente, y te has hecho débil»[4]. Algunas veces suele suceder que nosotros hacemos justo lo contrario a ese movimiento divino: nos consideramos grandes y poderosos. Bien lo sabía san Agustín: «Tú, hombre, quisiste ser Dios y pereciste. Él, Dios, quiso ser hombre y te salvó. ¡Tanto pudo la soberbia humana que necesitó de la humildad divina para curarse!»[5].


Es Cristo quien nos eleva en sus hombros hasta el cielo. La soberbia concede una gloria muy efímera; dura escasos minutos y enseguida cobra su precio. Rápidamente desasosiega e inquieta. Necesita constantemente nuevos motivos para destacar sobre los demás. Nunca da paz ni sacia. San Josemaría era consciente de esta debilidad nuestra: «Conozco un borrico de tan mala condición que, si hubiera estado en Belén junto al buey, en lugar de adorar, sumiso, al Creador, se hubiera comido la paja del pesebre…»[6].


El amor de Dios, por el contrario, es capaz de llenar nuestro corazón como nadie lo ha hecho nunca. Al hablar de su cariño, siempre vamos a quedarnos cortos. Es mucho más lo que no sabemos de su inmenso amor que lo que alcanzamos a comprender sobre él. Santa María que, como dice el prefacio de la Misa de hoy, «lo esperó con inefable amor de Madre», nos contará en la intimidad de la oración esos secretos que conoce de primera mano. Una madre siempre sabe, con un gesto, con una caricia, explicar lo que no cabe en palabras.





16 de diciembre de 2022

LA PAZ DON DE DIOS

 


Evangelio ( Jn 5, 33-36)


En aquel tiempo, dijo Jesús a los judíos.


“Vosotros habéis enviado mensajeros a Juan y él ha dado testimonio de la verdad. Pero yo no recibo el testimonio de hombre, sino que os digo esto para que os salvéis. Aquél era la antorcha que ardía y alumbraba, y vosotros quisisteis alegraros por un momento con su luz. Pero yo tengo un testimonio mayor que el de Juan, pues las obras que me ha dado mi Padre para que las lleve a cabo, las mismas obras que yo hago, dan testimonio acerca de mí, de que el Padre me ha enviado”


PARA TU ORACION

EL SEÑOR viene con esplendor a visitar a su pueblo con la paz y comunicarle vida eterna», rezamos hoy en la Antífona de entrada. La paz es uno de los signos de la llegada del Mesías. Los profetas recuerdan que él traerá la paz a Israel, y que solo con su ayuda podrán librarse de sus enemigos. Por ello, «lleva por nombre Consejero maravilloso, Dios fuerte, Padre sempiterno, Príncipe de la Paz» (Is 9,5). La paz no es solo el resultado de una estrategia humana sino un don que llega de su mano; es fruto de la presencia de Dios entre los suyos. «Un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado»: una pacífica presencia que no tendrá fin.


Dios ha hecho con los hombres una alianza de paz. Así lo recuerda Zacarías el día de la circuncisión de su hijo Juan. Delante de sus familiares y amigos, entona el Benedictus, un himno de alabanza y agradecimiento. Feliz por el don de su paternidad inesperada, exclama: «El Sol naciente nos visitará desde lo alto, para iluminar a los que yacen en tinieblas y en sombra de muerte, y guiar nuestros pasos por el camino de la paz» (Lc 1,78-79). También en la nochebuena escucharemos con alegría el canto de los ángeles a los pastores de Belén: «Gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra a los hombres en los que él se complace» (Lc 2,14)


Vemos, definitivamente, que el Señor desea que sus discípulos gocemos de la paz que nos trae su presencia. «La paz sea con vosotros» (Jn 20,19), es el saludo del Resucitado. En la intimidad de la oración y al acudir a los sacramentos recuperamos, una vez más, el don de la paz. Por esto, junto a toda la Iglesia pedimos con humildad: «Ven Señor, visítanos con tu paz, para que nos alegremos en tu presencia de todo corazón»[1].


ISAÍAS, en la primera lectura de hoy, anuncia que la salvación es un mensaje para todos los hombres, también para los extranjeros, porque a los que «mantienen mi alianza, los traeré a mi monte santo, los llenaré de júbilo en mi casa de oración; sus holocaustos y sacrificios serán aceptables sobre mi altar» (Is 56,6-7). Nadie está excluido de esta llamada porque Dios «quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad» (1Tm 2,4). Después de la Encarnación, el culto al Señor no se limita a un rito, en un determinado lugar, sino que se puede hacer con el corazón en cualquier sitio. «¿Estás en Jerusalén? ¿Estás en Bretaña? –decía san Jerónimo–. No importa. La Presencia celeste la tienes delante, abierta, porque el reino de Dios está dentro de nosotros»[2].


El profeta Isaías convoca a quienes están alejados de Dios, tanto a aquellos que nunca han tenido la oportunidad de conocer al Señor, como a los que tal vez han perdido el camino o se han distraído. En el Decreto Ad gentes del Concilio Vaticano II se recuerda que «la Iglesia, sal de la tierra y luz del mundo (cfr. Mt 5,13-14), se siente llamada con más urgencia a salvar y renovar a toda criatura para que todo se instaure en Cristo y todos los hombres constituyan en Él una única familia y un solo Pueblo de Dios» (n. 1).


«Ser pueblo de Dios, según el gran designio de amor del Padre, quiere decir ser el fermento de Dios en esta humanidad nuestra, quiere decir anunciar y llevar la salvación de Dios a este mundo nuestro, que a menudo está desorientado, necesitado de tener respuestas que alienten, que donen esperanza y nuevo vigor en el camino. Que la Iglesia sea espacio de la misericordia y de la esperanza de Dios, donde cada uno se sienta acogido, amado, perdonado y alentado a vivir según la vida buena del Evangelio. Y para hacer sentir al otro acogido, amado, perdonado y alentado, la Iglesia debe tener las puertas abiertas para que todos puedan entrar. Y nosotros debemos salir por esas puertas y anunciar el Evangelio»[3].


AL PRINCIPIO del Adviento nos exhortaba la Iglesia por boca de san Pablo: «Es hora de despertarnos de nuestro letargo (...). La noche está ya muy avanzada y va a llegar el día (...). Revistámonos de las armas de la luz» (Rm 13,11-12). Durante estos días hemos escuchado la voz fuerte de Juan el Bautista que nos invitaba a acercarnos más a Cristo. Juan, en palabras del mismo Jesucristo, es «la lámpara que ardía y brillaba» (Jn 5,35). En el Bautista vemos la figura de quien anuncia con humildad al mensajero de la paz universal. No atrae la atención sobre sí mismo sino sobre la verdadera luz que es Cristo.


Al leer el evangelio de la Misa de hoy, recordamos que el Bautista sabe que todo procede de Dios, incluso el aliento que le anima. Apenas Cristo comienza a ser conocido, Juan se oculta voluntariamente; pone a sus discípulos en seguimiento de Jesús, y termina su vida en el silencio, abandono de una cárcel: sin una queja, feliz de haberse gastado por entero en el servicio de Dios. San Gregorio Magno hace notar que «Juan perseveró en la santidad porque se mantuvo humilde en su corazón»[4]. El mismo Bautista había dicho: «Conviene que él crezca y que yo mengüe» (Jn 3,30); resulta difícil resumir en menos palabras la esencia de la vida interior.


Si miramos de nuevo al Bautista, descubrimos a un hombre de marcada personalidad, con una firmeza y una resolución alejada de cualquier falta de carácter o ligereza. Sin embargo, para cumplir su misión, no duda en menguar «para que sólo Jesús se luzca»[5]. San Josemaría nos anima a seguir el ejemplo del Precursor: «No olvidéis que es señal de predilección divina pasar ocultos (...). Me da una gran alegría pensar que se puede vivir toda una vida de este modo: ser apóstol, ocultarse y desaparecer. Aunque a veces cueste, es muy hermoso desaparecer»[6].


Así se lo pedimos a Dios en la Misa de hoy: «Que te sean agradables, Señor, nuestras humildes ofrendas y oraciones»[7]. María, reina de la paz, hará que nuestros deseos de paz y humildad sean eficaces, con la ilusión puesta en que solo Jesucristo reine en las almas.

15 de diciembre de 2022

Dios tiene una paciencia infinita

 


Evangelio (Lc 7,24-30)


Cuando se marcharon los mensajeros de Juan, Jesús se puso a hablar a la gente acerca de Juan: ¿Qué salisteis a contemplar en el desierto? ¿Una caña sacudida por el viento? Pues ¿qué salisteis a ver? ¿Un hombre vestido con ropas finas? Mirad, los que se visten fastuosamente y viven entre placeres están en los palacios reales. Entonces, ¿qué salisteis a ver? ¿un profeta? Sí, os digo, y más que un profeta. Este es de quien está escrito: “Yo envío mi mensajero delante de ti, el cual preparará tu camino ante ti”. 


Porque os digo, entre los nacidos de mujer no hay nadie mayor que Juan. Aunque el más pequeño en el reino de Dios es mayor que él”. Al oír a Juan, todo el pueblo, incluso los publicanos, recibiendo el bautismo de Juan, proclamaron que Dios es justo. Pero los fariseos y los maestros de la ley, que no habían aceptado su bautismo, frustraron el designio de Dios para con ellos.


Para tu oracion personal


En gran parte del libro del profeta Isaías leemos cuánto le duele a Yahvé la infidelidad de su pueblo. Sin embargo, llega un momento en el que Dios decide consolar a Jerusalén, perdonar todos sus pecados y sellar una alianza eterna. Lo recordamos hoy en la primera lectura de la Misa. El lenguaje que utiliza el profeta es casi maternal: «Por un breve instante te abandoné, pero con grandes ternuras te recogeré», «te oculté mi rostro un momento, pero con amor eterno me he apiadado de ti», «mi amor no se apartará de ti» (Is 54,1-10). Frente a nuestras infidelidades, Dios responde con misericordia. «Su ira dura un sólo instante, su bondad, toda la vida» (Sal 29,6). Su amor es más fuerte que nuestro pecado.


En Adviento la liturgia nos recuerda una y otra vez el deseo divino de estar con los hombres. El Señor anhela que el hombre no rechace su compañía y se deje querer. «Dios está cerca de nosotros, es fiel y hace grandes obras de salvación en aquellos que esperan en Él. Dios ama con un amor sin límites, que ni el pecado puede frenar, y hace que el corazón del hombre se llene de alegría y de consolación»[1]. La historia humana, por nuestra parte, está tristemente llena de infidelidades. No obstante, Dios tiene una paciencia infinita y no se cansa de educarnos como unos padres lo hacen con su hijo. Su corazón está siempre inclinado hacia el perdón. Dios mantiene su alianza a pesar de los pesares, de generación en generación. Como dice san Pablo, «Dios es fiel y no puede negarse a sí mismo» (2Tm 2,13).


«Este “misterio” de la fidelidad de Dios constituye la esperanza de la historia»[2]. Se trata de la mayor garantía para nuestra lealtad, pues el Señor «es fiel en todas sus palabras, y piadoso en todas sus obras» (Sal 144,13). «¿Que cuál es el fundamento de nuestra fidelidad?», se preguntaba en una ocasión san Josemaría; y respondía: «Te diría, a grandes rasgos, que se basa en el amor de Dios, que hace vencer todos los obstáculos: el egoísmo, la soberbia, el cansancio, la impaciencia…»[3].


DURANTE estas semanas de Adviento, Juan Bautista está muy presente en la liturgia de la Palabra. Escuchamos los momentos más importantes de su singular misión de preparar el camino a Jesús. Le miramos para aprender a esperar con deseo creciente el nacimiento del redentor. Juan es el último de los profetas y el primero en morir por Cristo. En el evangelio de hoy, Jesús habla de su primo a la multitud: «¿Qué salisteis a ver en el desierto? ¿Una caña sacudida por el viento? Entonces, ¿qué salisteis a ver? ¿A un hombre vestido con finos ropajes? Daos cuenta de que los que visten con lujo y viven entre placeres están en palacios de reyes. Entonces, ¿qué salisteis a ver? ¿A un profeta? Sí, os lo aseguro, y más que un profeta» (Lc 7,24-26).


Entre las características de la personalidad de Juan, y que son un modelo para los cristianos, destaca la fidelidad. El Precursor no duda en señalar al Mesías, no teme perder a sus discípulos o quedarse solo porque conoce y se identifica con su misión. «Ese es el Cordero de Dios» (Jn 1,29) «que es más poderoso que yo, a quien no soy digno de desatarle la correa de las sandalias» (Lc 3,16), dice. Son expresiones de un corazón humilde, consciente de que está de paso, como cada uno de nosotros; sabe que su felicidad está en poner en primer plano a Dios, así que no se siente imprescindible.


El Bautista no es «una caña sacudida por el viento», de naturaleza inestable, complaciente para quedar bien con todos; Juan es un mensajero de Dios que vive para su misión, aunque esta le obligue a hacer ciertos sacrificios personales. La lealtad a Dios y a la verdad le llevan incluso a derramar su sangre. Por eso, san Juan Pablo II pudo afirmar que la «fidelidad radical a Cristo resplandece en el martirio de san Juan Bautista»[4].


«TU ALIANZA la estableciste para siempre»[5]. Esta certeza estuvo presente durante toda la vida de san Juan Bautista. La fidelidad de Dios no conoce ocaso. Dios es el de siempre. Al considerar esta intensidad de su amor, la criatura se siente empujada a devolver también un amor fiel, fruto de su libertad. Leemos hoy en la Antífona de la comunión los consejos que Pablo da a Tito: «Pues se ha manifestado la gracia de Dios (...). Vivamos con prudencia, justicia y piedad en este mundo, aguardando la esperanza bienaventurada y la manifestación de la gloria del gran Dios y Salvador nuestro Jesucristo» (Tt 2,12-13). Esta fidelidad a Dios exige una intimidad auténtica con Jesús en la oración, porque en el coloquio con el Señor experimentamos su amor –dulce y exigente– y esto nos lleva a ser generosos.


El rostro de una vida santa y fiel está compuesto por tantos momentos que no brillan externamente, porque la mayoría de las veces son escondidos, pero siempre hechos por amor: una sonrisa, un detalle de orden, agradecer o pedir perdón cuando hemos ofendido a otra persona, una respuesta amable… Refiriéndose al beato Álvaro, san Josemaría comentó: «Querría que le imitarais en muchas cosas, pero sobre todo en la lealtad. En este montón de años de su vocación, se le han presentado muchas ocasiones –humanamente hablando– de enfadarse, de molestarse, de ser desleal; y ha tenido siempre una sonrisa y una fidelidad incomparables. Por motivos sobrenaturales, no por virtud humana. Sería muy bueno que le imitaseis en esto»[6].


«La fidelidad a lo largo del tiempo es el nombre del amor; de un amor coherente, verdadero y profundo»[7]. A lo largo de la vida, el amor auténtico se renueva muchas veces al día. Así crece cada vez más, está vivo; la fidelidad no es inercia o sencillamente dejar pasar el tiempo. Ser fieles no supone ser personas inflexibles; nada más lejos de la fidelidad que el simple mantener una elección del pasado. La persona fiel es creativa, es capaz de renovarse y de soñar en grande dentro de los planes de Dios.


Y si, en algún momento, el camino se hace algo más duro, la reacción del hombre fiel es pedir ayuda para poner todo de su parte en seguir adelante. Al mirar a María, Virgen fiel, podemos poner en sus manos nuestros deseos de amar como ella.

14 de diciembre de 2022

VEN, Señor, y no tardes

 



«VEN, Señor, y no tardes»[1]. El Adviento es tiempo de esperanza porque la salvación está cerca, es inminente. «Ya viene el Señor, nuestro Dios, con todo su poder»[2]. El cristiano vive del tesoro de la esperanza. El autor sagrado la define como «segura y firme ancla de nuestra alma» (Hb 6,19). El ancla permite al barco aferrarse al fondo del mar, fija su posición, no tiene que preocuparse de la corriente e impide que el barco sea arrastrado a la deriva. La esperanza cristiana se fundamenta en las promesas de Dios, en su amor incondicional, y no tanto en nuestras fuerzas o posibilidades. «Es una esperanza nueva, viva, que viene de Dios. No es un mero optimismo, no es una palmadita en la espalda o unas palabras de ánimo de circunstancia, con una sonrisa pasajera. No. Es un don del Cielo, que no podíamos alcanzar por nosotros mismos»[3].


Cuando el pueblo judío vivía exiliado en Babilonia, los profetas mantenían la esperanza y el ánimo de los exiliados con el anuncio de una próxima liberación. En la primera lectura escuchamos hoy al profeta Isaías que invita al pueblo a mantener encendida la llama de una esperanza fundada en Dios, ya que solo él puede salvar: «Yo soy el Señor, y no hay ningún otro (...). Pues Yo soy Dios y nadie más» (Is 45,6-7.22). Gracias al poder del Señor «será justificada y glorificada toda la estirpe de Israel» (v. 25).


La virtud de la esperanza nos protege del vaivén del desaliento y nos sostiene en los momentos en los que la tormenta amenaza con llevarse todo por delante. Cuando el corazón vive de esperanza cierra el camino a la lamentación estéril y nos hace capaces de logros que parecían inalcanzables. Con ella podemos sobrellevar las mayores pruebas. «Hace ya bastantes años –señala san Josemaría–, con un convencimiento que se acrecentaba de día en día, escribí: espéralo todo de Jesús: tú no tienes nada, no vales nada, no puedes nada. Él obrará, si en Él te abandonas. Ha pasado el tiempo, y aquella convicción mía se ha hecho aún más robusta, más honda. He visto, en muchas vidas, que la esperanza en Dios enciende maravillosas hogueras de amor, con un fuego que mantiene palpitante el corazón, sin desánimos, sin decaimientos, aunque a lo largo del camino se sufra, y a veces se sufra de veras»[4].


LA ESPERANZA se manifiesta en el deseo de dejar actuar a Dios en nuestra vida. Isaías le recuerda al pueblo del exilio que es Dios quien hace todas las cosas, «el que produce la luz y crea las tinieblas, el que hace la paz y crea la desdicha» (Is 45,7). La salida de Babilonia no fue fruto de una revuelta o de una inteligente estrategia política o militar. Dios abrió los caminos cuando el tiempo estuvo maduro.


De igual manera sucede en nuestra vida. Es el Señor, con su acción misericordiosa, quien trae la salvación a nuestra tierra, porque «el Señor otorgará bienes» y «sus pasos abrirán camino» (Sal 85,13-14). Él es el protagonista principal y quien escribe –contando con nuestra libertad– el guion de nuestra historia. Dios desea que pongamos de nuestra parte lucha e ilusión, pero que no olvidemos, al mismo tiempo, que todo depende de él, «porque sin Mí no podéis hacer nada» (Jn 15,5). «Si alguna vez te parece que el horizonte se cierra y se junta la tierra con el cielo, mira al cielo –aconsejaba san Josemaría–. Que así harás mucho bien en la tierra: mirando al cielo»[5].


«El fundador de la Obra decía: yo no he inventado nada; es Otro quien lo ha hecho todo; yo he procurado estar disponible y servirle como instrumento»[6]. Estas palabras del cardenal Ratzinger, a propósito de la canonización de san Josemaría, resumen el secreto de la santidad: dejar obrar a Dios, con un abandono real de las tareas y preocupaciones, consintiendo en que él nos vaya llevando por las sendas que prefiera. Con esta disponibilidad, se abren «las puertas del mundo para que Dios pueda hacerse presente, obrar y transformar todo»[7].


Cuando se espera algo o a alguien, es porque se tiene la esperanza de que ese deseo se vea colmado. Pero aguardar exige paciencia y mucha confianza. Dios tiene sus tiempos, que no coinciden siempre con los nuestros. La esperanza va de la mano de la paciencia, que lejos de revelar apatía es manifestación de fortaleza. En palabras de san Agustín, la paciencia es «como una huella de Dios que reside en nosotros»[8], que nos hace capaces de «soportar, llevar a los hombros las cosas no agradables de la vida. También las pruebas; es capacidad de dialogar con los límites»[9].


CUANDO llegan noticias de la predicación de Jesús a la cárcel, Juan envía a dos discípulos para entrevistarse con el Señor y preguntarle: «¿Eres tú el que ha de venir o hemos de esperar a otro?» (Lc 7,19). Jesús los acoge y, como respuesta, les muestra los frutos de la acción de Dios en las almas: «Los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios y los sordos oyen, los muertos resucitan y los pobres son evangelizados» (v. 22).


Juan tiene muy clara su misión –preparar el camino al Mesías– y sospecha que su final es cercano. No busca para sí ningún protagonismo. Está dispuesto a menguar para que Cristo crezca (cfr. Jn 3,30). «Tiene la profunda humildad de mostrar en Jesús al verdadero enviado de Dios, poniéndose a un lado para que Cristo pueda crecer, ser escuchado y seguido. La vida cristiana exige, por decirlo así, el martirio de la fidelidad cotidiana al Evangelio, es decir, la valentía de dejar que Cristo crezca en nosotros, que sea Cristo quien oriente nuestro pensamiento y nuestras acciones»[10]. De esta manera, experimentaremos el efecto sanador, transformador y revitalizador de la acción divina en nuestra alma, y seremos buenos instrumentos en sus manos.


«Mirad el ejemplo de San Juan Bautista –nos hacía meditar san Josemaría–, cuando envía a sus discípulos a preguntar al Señor quién es. Jesús les contesta haciéndoles considerar todos aquellos milagros. Ya recordáis este pasaje; desde hace más de cuarenta años lo he enseñado a mis hijos para que lo mediten. Estos milagros sigue haciéndolos ahora el Señor, por vuestras manos: gentes que no veían, y ahora ven; gentes que no eran capaces de hablar, porque tenían el demonio mudo, y lo echan fuera y hablan; gentes incapaces de moverse, tullidos para las cosas que no fueran humanas, y rompen aquella quietud, y realizan obras de virtud y de apostolado. Otros que parecen vivir, y están muertos, como Lázaro: “Iam foetet, quatriduanus est enim”.


»Vosotros, con la gracia divina y con el testimonio de vuestra vida y de vuestra doctrina, de vuestra palabra prudente e imprudente, los traéis a Dios, y reviven. Tampoco os podéis maravillar entonces: es que sois Cristo, y Cristo hace estas cosas por vuestro medio»[11]. «Todas las cosas grandes, que el Señor quiere hacer a través de nuestra miseria, son obra suya (...). El fruto no es nuestro (...); no puede dar peras el olmo. El fruto es de Dios Padre, que ha sido tan padre y tan generoso que lo ha puesto en nuestra alma»[12].


María es nuestra esperanza. La llamamos así porque ella es el camino seguro para que Dios pueda seguir realizando en nuestro mundo sus maravillas. La humilde mujer de Nazaret continúa su misión desde el cielo y nos sugiere constantemente que dejemos a la gracia de Dios actuar en nuestros corazones: «Haced lo que él os diga» (Jn 2,5).

13 de diciembre de 2022

El amor se manifiesta en obras concretas

 


EVANGELIO Mateo 21,28-32

En aquel tiempo, dijo Jesús a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo:

«¿Qué os parece? Un hombre tenía dos hijos. Se acercó al primero y le dijo: “Hijo, ve hoy a trabajar en la viña”. Él le contestó: “No quiero”. Pero después se arrepintió y fue.

Se acercó al segundo y le dijo lo mismo. Él le contestó: “Voy, señor”. Pero no fue.

¿Quién de los dos cumplió la voluntad de su padre?».

Contestaron:

«El primero».

Jesús les dijo:

«En verdad os digo que los publicanos y las prostitutas van por delante de vosotros en el reino de Dios. Porque vino Juan a vosotros enseñándoos el camino de la justicia y no le creísteis; en cambio, los publicanos y prostitutas le creyeron. Y, aun después de ver esto, vosotros no os arrepentisteis ni le creísteis».


PARA TU ORACION PERSONAL 

EN POCOS DÍAS nos arrodillaremos ante el Niño en el portal de Belén. Allí miraremos con asombro la grandeza del amor de Dios en un recién nacido. La Encarnación nos enseña el camino para ser grandes, que no es otro que hacernos pequeños. San Pablo expresa bien la humildad de aquel Hijo que, siendo Dios, «se anonadó a sí mismo tomando la forma de siervo» y «se humilló a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte» (Flp 2,7-8). Ese es el secreto que nuestro Salvador nos enseña en cada Navidad. El Verbo hecho carne nos muestra que el Señor del universo triunfa en la humildad. Precisamente por este abajamiento «Dios lo exaltó y le otorgó el nombre que está sobre todo Nombre, para que al nombre de Jesús toda rodilla se doble» (Flp 2,9-10).

En la primera lectura encontramos una vehemente exhortación del profeta Sofonías a la conversión. Acusa a Jerusalén de orgullo y rebeldía porque «no escuchó la voz, ni aceptó la instrucción, no confió en el Señor, ni se acercó a su Dios» (So 3,2). Al contrario –afirma en su oráculo– el pueblo se jactaba en su altivez y se engreía en el monte santo (cfr. So 3,11). Esta misma tentación sigue estando presente cuando «el soberbio intenta inútilmente quitar de su solio a Dios, que es misericordioso con todas las criaturas, para acomodarse él»[1].

Para comunicar su amor de Padre, Dios espera que el hombre libremente se reconozca como criatura necesitada. Le es muy grata al Señor la petición que hacemos en la Oración sobre las ofrendas de la Misa de hoy: «Que los ruegos y ofrendas de nuestra pobreza te conmuevan, Señor, y al vernos desvalidos y sin méritos propios acude, compasivo, en nuestra ayuda»[2]. Necesitamos suplicar con frecuencia al Señor que aleje de nosotros la tentación de la soberbia, porque «si logra atenazar con sus múltiples alucinaciones –señalaba san Josemaría–, la persona atacada se viste de apariencia, se llena de vacío, se engríe como el sapo de la fábula, que hinchaba el buche, presumiendo, hasta que estalló»[3]. Qué distinta es la actitud de Dios que, al venir a la tierra, se hace un Niño frágil, necesitado de toda ayuda, incapaz de imponerse con violencia ante los demás, para hacer amable el camino de todos hasta su pesebre.


«MI ALMA se gloría en el Señor; que lo escuchen los humildes y se alegren. Engrandeced conmigo al Señor; ensalcemos juntos su Nombre» (Sal 34,3-4). La humildad «nos ayuda a conocer, simultáneamente, nuestra pequeñez y nuestra grandeza»[4]. San Josemaría se refería a la humildad como el endiosamiento bueno de la criatura que conoce el amor que Dios ha depositado en ella. Su principal enemigo es el endiosamiento malo, fruto de la soberbia: gloriarse en uno mismo en lugar de gloriarse en el Señor.

El corazón que se sabe bendecido con tantas gracias del cielo procura corresponder generosamente al Señor, porque «el amor con amor se paga»[5]. No es posible amar en general, ni es amor aquel que se queda solo en buenas intenciones. El amor se plasma en actos concretos que dejan traslucir algo de lo que sucede en el corazón de quien ama. Un amor que no deja su huella en detalles, en expresiones de afecto, puede apagarse poco a poco o quedarse pequeño, sin experimentar el verdadero gozo. «Al atardecer de la vida nos examinarán del amor», decía san Juan de la Cruz, porque el amor autentifica el valor de nuestras obras.

Podría decirse que el amor tiene dos rasgos fundamentales: tiende a dar, más que a recibir; y procura manifestarse más en las obras que en las palabras. «Cuando decimos que está más en dar que en recibir es porque el amor siempre se contagia, siempre contagia, y es recibido por el amado»[6]. Y «cuando decimos que está más en las obras que en las palabras» es porque «el amor siempre da vida, hace crecer»[7]. Un buen termómetro para conocer nuestro amor a Dios podría ser preguntarnos cómo servimos y procuramos hacer felices a los que tenemos más cerca, «pues quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve» (1Jn 4,20). El amor a Dios y el amor al prójimo son inseparables, son como la cara y cruz de una moneda. «No hay camino más seguro para llegar a Dios, que el amor al prójimo»[8], afirmaba san Agustín, porque «el amor al prójimo es como el nido del amor de Dios»[9], es el lugar en el que este crece


EN EL EVANGELIO de hoy, nuestro Señor nos cuenta la historia de dos hijos (Mt 21,28-32). Su padre les pide que vayan a trabajar a la viña familiar y los hermanos tienen reacciones muy distintas. El primero responde con rebeldía y falta de respeto: «No quiero». El segundo, aparentemente más obediente, le dice que sí lo hará. Pasado el primer arrebato, el hijo del no recapacita, se arrepiente, y va a trabajar a la viña. El hijo del sí, en cambio, no acude a su faena. El primero, concluye Jesús, cae por debilidad pero, alentado por su fe, se levanta y obedece al Padre. En cambio, el segundo no es fiel a su promesa y representa a los jefes del pueblo que honran a Dios «con los labios, pero su corazón está lejos de mí» (Is 29,13; Mt 15,8).

Jesús en esta parábola habla también a nuestro corazón. Ciertamente encontramos algo del comportamiento de cada uno de estos hijos en nuestra vida. Muchas veces nuestras disposiciones son estupendas, pero por debilidad no conseguimos sacar adelante nuestros buenos deseos. Y en no pocas ocasiones nos sucede lo contrario: después de una primera reacción de rebeldía, nos corregimos y, con la ayuda de la gracia, abrazamos amorosamente la voluntad de Dios. Ambas actitudes están presentes habitualmente en nuestra lucha interior y debemos conocerlas de cerca para saber cómo reaccionar en cada momento. Podríamos también imaginar la existencia de un tercer hijo: aquel que dice «sí, voy» y con sus obras ratifica siempre sus palabras. Este hijo –fiel en toda ocasión– es, en realidad, Jesucristo, que nos invita a entrar en su movimiento de amor al Padre.

En nuestra oración le podemos decir hoy a Dios: ¡cómo me gustaría ser un hijo como Jesús! Un hijo que responde ¡sí! Y cuando no lo somos, llega entonces el momento de decirle al Señor que tenga paciencia con nosotros. Caer en el desánimo sería una manifestación de orgullo, nos haría comprender que estábamos poniendo la esperanza en nosotros mismos y no en Dios. Ante el conocimiento de su propia debilidad, san Josemaría suplicaba con sencillez: «Señor, Tú, que has curado a tantas almas, haz que, al tenerte en mi pecho o al contemplarte en el Sagrario, te reconozca como Médico divino»[10]. Esta petición humilde nos otorgará paz y, tomados de la mano de nuestra Madre, volveremos a ponernos en pie con esperanza.


12 de diciembre de 2022

Encuentro con la verdad

 



LOS PROFETAS anunciaron al Mesías y, gracias a sus palabras, el pueblo de Israel esperaba y deseaba intensamente su llegada: «¡Naciones! Escuchad la palabra del Señor. Anunciadla en las islas remotas»[1]. En muchas ocasiones, sin embargo, vemos que el pueblo pasó por alto los mensajes proféticos y, al no aceptarlos, se le hizo difícil evitar su propia ruina. Es significativa en este sentido la historia de Balaam, un vidente pagano al que un rey enemigo de Israel le exige que maldiga al pueblo de Dios. Lleno del Espíritu del Señor, Balaam no hace caso de la presión real y bendice por tres veces al pueblo de la elección: «¡Qué hermosas son tus tiendas, oh Jacob, y tus moradas, Israel!» (Nm 24,5). El final de Balaam es trágico, pues morirá a manos de los mismos israelitas.

En su profecía, Balaam simboliza el advenimiento del Mesías como una estrella que saldrá de Israel: «De Jacob viene en camino una estrella» (Nm 24,17). El Salvador que desciende será como «una gran luz sobre la tierra»[2]. Pasados los siglos, precisamente la luz de una estrella dirigirá el paso de los Magos que descubren en ella un mensaje de salvación. La estrella les lleva hacia «una llamita encendida en la noche: un frágil niño recién nacido que da vagidos en el silencio del mundo»[3]. Aunque todos vieron la estrella, no todos comprendieron su sentido. En la oración colecta de hoy pedimos audazmente: Señor, «con la luz de tu Hijo que viene a visitarnos ilumina las tinieblas de nuestro corazón»[4]; danos la claridad necesaria para descubrir la importancia de todos estos acontecimientos en la vida personal, íntima, de cada uno.

Se dice en el libro de los Números que Balaam es un «hombre de ojos penetrantes» porque «escucha palabras de Dios y conoce los planes del Altísimo» (Nm 24,15-17). En la meditación sosegada de la palabra revelada encontramos luz para nuestro caminar diario. «Antorcha es tu palabra ante mis pasos, luz en mi sendero» (Sal 119,105). En la Escritura aprendemos también a leer nuestra propia vida. «En ese Texto Santo –nos alentaba san Josemaría–, encuentras la Vida de Jesús; pero, además, debes encontrar tu propia vida (...). Pues, toma el Evangelio a diario, y léelo y vívelo»[5].


MIENTRAS JESÚS, en una de sus frecuentes visitas al templo, enseña a los peregrinos que se han acercado a escucharle, se presentan las autoridades –los príncipes de los sacerdotes y los ancianos, es decir, los miembros laicos del Sanedrín– con la intención de probar al Señor. Están molestos con él, entre otros motivos, porque goza de una autoridad ante el pueblo que no le ha sido concedida por los poderes establecidos. «¿Con qué potestad haces estas cosas? ¿Y quién te ha dado tal potestad?» (Mt 21,23). No preguntan movidos por una curiosidad honesta, simplemente les disgusta la predicación del Maestro y se rebelan porque las multitudes le siguen con entusiasmo.

Como se ve en otras ocasiones, también ahora Jesús conoce la intención de sus corazones. Se comportan con doblez, con fingimiento, no son claros. Le hacen una pregunta ambigua, cuando en realidad lo que buscan es que Jesús diga de una vez por todas si es el Mesías. Ellos, en cualquier caso, no están dispuestos a reconocerlo y obran con una astucia mala. No nos sorprende que el Maestro les deje sin contestación, porque «Jesús no sabe qué hacer con la astucia calculadora, con la crueldad de corazones fríos, con la hermosura vistosa pero hueca. Nuestro Señor estima la alegría de un corazón mozo, el paso sencillo, la voz sin falsete, los ojos limpios, el oído atento a su palabra de cariño. Así reina en el alma»[6].

Dios se hace presente en los corazones que le buscan con honestidad. «Al que es íntegro en el camino le mostraré la salvación de Dios» (Sal 50,23). A Jesús le conmueve el niño que se acerca con sencillez, el leproso que enseña sus llagas, el ciego que grita sin miedo al qué dirán o el publicano que escala un árbol para verle mejor. Es decir, los corazones que no se esconden detrás de la falsedad. «El cristiano ha de manifestarse auténtico, veraz, sincero en todas sus obras. Su conducta debe transparentar un espíritu: el de Cristo. Si alguno tiene en este mundo la obligación de mostrarse consecuente, es el cristiano, porque ha recibido en depósito, para hacer fructificar ese don, la verdad que libera, que salva»[7].


«¿QUIEN T ha dado tal potestad?», le preguntan. El Maestro responde con otra interrogante: «También yo os voy a hacer una pregunta, si me la contestáis también yo os diré con qué potestad hago estas cosas. El bautismo de Juan, ¿de dónde era?, ¿del cielo o de los hombres?» (Mt 21,24-25). Con estas palabras, Jesús pone a las autoridades delante de la verdad y, al mismo tiempo, elogia a Juan. Aunque el pueblo había acudido multitudinariamente al Jordán para ser bautizado, las autoridades no escucharon su mensaje de conversión y penitencia. Los jefes del pueblo no saben qué responder a Jesús porque carecen de una disposición abierta a la verdad. En realidad, solo buscan la aprobación del pueblo. Sopesan las dificultades que les puede acarrear decir una cosa u otra –era del cielo... era de los hombres...– y no encuentran una salida que les libre del compromiso: «No lo sabemos


El encuentro con la verdad requiere una actitud de apertura y aceptación. La verdad cristiana se la encuentra solo si se ama gratuitamente. Con su valentía y humildad, el Bautista fue un testigo audaz de la verdad. Una actitud coherente puede que no nos lleve a un camino fácil. Sin embargo, la verdad es amable de por sí y tiene una enorme fuerza de atracción. Para mostrar el «esplendor de la verdad»[8] conviene, en primer lugar, hacer el esfuerzo de buscarla, permanentemente y con honestidad, para así poder conocerla y contemplarla. Si se ama realmente la verdad, si esta se adentra en nuestro interior para cambiarnos, es más fácil expresarla con don de lenguas y hacerla visible. Mostrar la amabilidad de la verdad es una tarea de los cristianos.


Cristo dijo de sí mismo: «Yo soy la verdad» (Jn 4,6). Por eso, la pasión por buscarla y transmitirla es una gustosa tarea para nosotros. «Ya hace muchos años vi con claridad meridiana un criterio que será siempre válido: el ambiente de la sociedad (...) necesita una nueva forma de vivir y de propagar la verdad eterna del Evangelio: en la misma entraña de la sociedad, del mundo, los hijos de Dios han de brillar por sus virtudes como linternas en la oscuridad –quasi lucernae lucentes in caliginoso loco»[9]. En compañía de santa María y de san José caminamos hacia Belén. A su lado podemos aprender esa rectitud de corazón con que ambos buscaban a Dios en las pequeñas y grandes verdades de su mundo ordinario.