"Hago todos los días mi "ratito" de oración: ¡si no fuera por eso!" (Camino, 106)

19 de febrero de 2024

Un nuevo comienzo



 Evangelio (Mt 25,31-46)


Cuando venga el Hijo del Hombre en su gloria y acompañado de todos los ángeles, se sentará entonces en el trono de su gloria, y serán reunidas ante él todas las gentes; y separará a los unos de los otros, como el pastor separa las ovejas de los cabritos, y pondrá las ovejas a su derecha, los cabritos en cambio a su izquierda.


Entonces dirá el Rey a los que estén a su derecha: “Venid, benditos de mi Padre, tomad posesión del Reino preparado para vosotros desde la creación del mundo: porque tuve hambre y me disteis de comer; tuve sed y me disteis de beber; era peregrino y me acogisteis; estaba desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme”.


Entonces le responderán los justos: “Señor, ¿cuándo te vimos hambriento y te dimos de comer, o sediento y te dimos de beber?; ¿cuándo te vimos peregrino y te acogimos, o desnudo y te vestimos?, o ¿cuándo te vimos enfermo o en la cárcel y vinimos a verte?”


Y el Rey, en respuesta, les dirá: “En verdad os digo que cuanto hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí me lo hicisteis”.


Entonces dirá a los que estén a la izquierda: “Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles: porque tuve hambre y no me disteis de comer; tuve sed y no me disteis de beber; era peregrino y no me acogisteis; estaba desnudo y no me vestisteis, enfermo y en la cárcel y no me visitasteis”.


Entonces le replicarán también ellos: “Señor, ¿cuándo te vimos hambriento o sediento, peregrino o desnudo, enfermo o en la cárcel y no te asistimos?”


Entonces les responderá: “En verdad os digo que cuanto dejasteis de hacer con uno de estos más pequeños, también dejasteis de hacerlo conmigo. Y éstos irán al suplicio eterno; los justos, en cambio, a la vida eterna”.


PARA TU RATO DE ORACION 


«LOS PRECEPTOS del Señor son rectos, alegran el corazón –canta el salmista­­–; los mandamientos del Señor son puros, dan luz a los ojos» (Sal 19,9). Alegría para el corazón y luz para nuestros ojos: esos son los frutos que el Señor nos tiene preparados si nos abrimos, durante esta Cuaresma, a su conversión. Dios nos quiere felices y nos lo recuerda el primer punto del Catecismo de la Iglesia Católica: «Dios, infinitamente Perfecto y Bienaventurado en sí mismo, en un designio de pura bondad ha creado libremente al hombre para que tenga parte en su vida bienaventurada»1.


Queremos pedirle luz para no quedarnos simplemente en la superficie de las cosas, de las personas, de nuestras tareas. Convertirnos significa mirar de una forma nueva lo que ya hemos visto muchas veces. El Espíritu Santo es quien puede limpiar nuestros ojos y purificar nuestro corazón para querer mejor a Dios y a los demás. La mentira del enemigo consiste en hacernos sospechar que Dios nos pide solo renuncia. Sin embargo, renunciar al pecado es siempre una ganancia, un beneficio sin cuento. «El sacrificio es sólo aparente: porque al vivir así (...) se libra de muchas esclavitudes y logra, en lo íntimo de su corazón, saborear todo el amor de Dios»2.


«La Cuaresma es un nuevo comienzo, un camino que nos lleva a un destino seguro: la Pascua de Resurrección, la victoria de Cristo sobre la muerte. Y en este tiempo recibimos siempre una fuerte llamada a la conversión: el cristiano está llamado a volver a Dios “de todo corazón” (Jl 2,12), a no contentarse con una vida mediocre, sino a crecer en la amistad con el Señor (...). La Cuaresma es un tiempo propicio para intensificar la vida del espíritu»3.


«TUVE HAMBRE y me disteis de comer; tuve sed y me disteis de beber; era peregrino y me acogisteis» (Mt 25,35). Jesús dice a los discípulos que aquella es la conducta de quien, al final, será contado entre los bienaventurados. San Pablo, a su vez, escribe a los efesios: «No ceso de dar gracias por vosotros, al recordaros en mis oraciones» (Ef 1,16). Dios ha dicho claramente que nos espera en cada persona con la que nos encontramos; saberlo es ya suficiente motivo de agradecimiento. Si nos abrimos a su gracia, aprenderemos a descubrir el rastro de la imagen divina en cada alma, especialmente en quienes tienen alguna necesidad. Saber que a ese compañero, a esa amiga o a ese familiar, el Señor no solamente lo ama, sino que incluso está presente en ellos, es un estímulo para buscar allí el rostro de Jesucristo. Quienes nos rodean son para nosotros un don de Dios.


Por si fuera poco, Jesucristo nos ha prometido que él mismo amará a los hombres a través de nosotros: «Cuanto hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí me lo hicisteis» (Mt 25,40). Dios nos impulsa a llevar cariño, comprensión y paz allá donde nos encontremos. En este empeño, una sonrisa puede ser ya un buen inicio; muchas veces aquel gesto cambia el día a quien lo recibe. «No me olvides que a veces hace falta tener al lado caras sonrientes»4, escribe san Josemaría. Para ser difusores de paz y de alegría a nuestro alrededor, deberemos primero llevarlas dentro de nosotros. En ese sentido, es importante ser muy sinceros con Dios, con nosotros mismos, y con quienes nos ayudan. «No tengamos miedo de ser sinceros, de decir la verdad, de escuchar la verdad, de conformarnos con la verdad. Así podremos amar (...). La hipocresía tiene miedo de la verdad. Se prefiere fingir en vez de ser uno mismo»5. Para alimentar al hambriento, dar de beber al sediento y acoger al peregrino, es importante, antes, pacificar nuestro interior; vivir con una serenidad que nos permita ver a Cristo en los demás.


«VENID, benditos de mi Padre, tomad posesión del Reino preparado para vosotros desde la creación del mundo» (Mt 25,34). En cierto sentido, «el juicio final ya está en acción, comienza ahora en el curso de nuestra existencia. Tal juicio se pronuncia en cada instante de la vida, como confirmación de nuestra acogida con fe de la salvación presente y operante en Cristo, o bien de nuestra incredulidad, con la consiguiente cerrazón»6. Cabe el riesgo de plantearnos este camino como una lucha esforzada por lograr que Dios nos ame; sin darnos cuenta de que, en realidad, su amor es eterno y anterior a nosotros mismos. De este modo, se comprende mejor que «el infierno consiste formalmente en que el hombre no quiere recibir nada, en que quiere ser autónomo. Es la expresión del enclaustramiento en el propio yo (...). Por el contrario, ser de arriba, eso que llamamos cielo, (...) es esencialmente lo que uno no ha hecho ni puede hacer por sí mismo»7.


En las antípodas de esta actitud, están las reclamaciones de los dos hijos de la parábola del padre misericordioso. El pequeño exige: «Padre, dame la parte de la hacienda que me corresponde» (Lc 15,12). El mayor, por su parte, reprocha: «Nunca me has dado ni un cabrito para divertirme con mis amigos» (Lc 15,29). Ambos calculan lo que creen merecer, pero se equivocan. El pequeño, al volver arrepentido, ni siquiera termina su frase cuando dice su padre: «Pronto, sacad el mejor traje y vestidle; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traed el ternero cebado y matadlo, y vamos a celebrarlo con un banquete» (Lc 15,21-22). Al mayor se le promete todavía más: «Hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo» (Lc 15,31). Entonces, aprenden a recibir, y pueden ir al cielo para recibir por toda la eternidad el amor infinito de Dios. En el anhelo por dejar obrar a Dios en nuestra alma, podemos unirnos a la oración de san Josemaría: «Señor, sí, con la ayuda de Nuestra Madre del Cielo, seremos fieles, seremos humildes, y no nos olvidaremos nunca de que tenemos los pies de barro, y de que todo lo que en nosotros brilla es tuyo, es gracia, es esa divinización que nos das porque quieres, porque eres bueno»8.

18 de febrero de 2024

EN FAMILIA


Evangelio (Mc 1,12-15)


Enseguida el Espíritu lo impulsó hacia el desierto. 13 Y estuvo en el desierto cuarenta días mientras era tentado por Satanás; estaba con los animales, y los ángeles le servían.

14 Después de haber sido apresado Juan, vino Jesús a Galilea predicando el Evangelio de Dios, 15 y diciendo:

—El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está al llegar; convertíos y creed en el Evangelio.


PARA TU RATO DE ORACION 


VER CÓMO CRECEN los hijos es una de las alegrías más grandes que ofrece la vida. Ese gozo lo experimentó san José al ver que Jesús crecía «en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres» (Lc 2,52). La misión principal de los padres es preparar a los hijos para que ellos, a su vez, puedan encontrar y llevar adelante la suya propia. José, a través de su tierno cuidado, preparó a Jesús en sus primeros pasos en la tierra. Por eso, durante su vida oculta y durante su vida pública, «Jesús debía parecerse a José: en el modo de trabajar, en rasgos de su carácter, en la manera de hablar. En el realismo de Jesús, en su espíritu de observación, en su modo de sentarse a la mesa y de partir el pan, en su gusto por exponer la doctrina de una manera concreta, tomando ejemplo de las cosas de la vida ordinaria, se refleja lo que ha sido la infancia y la juventud de Jesús y, por tanto, su trato con José»[1].


«En la sinagoga, durante la oración de los Salmos, José ciertamente habrá oído el eco de que el Dios de Israel es un Dios de ternura»[2]. Y esa fue su actitud de padre con Jesús. El santo patriarca probablemente no acompañó a su hijo cuando ya eran visibles algunas manifestaciones de la llegada del Reino de Dios: cuando le siguen numerosos discípulos, durante las milagrosas curaciones o cuando las multitudes escuchan las palabras de quien él había visto crecer. San José, al contrario, siempre se desenvolvió en la discreción de la educación familiar, en ese ámbito tan doméstico, tan escondido pero a la vez tan fecundo y lleno de amor. Los frutos de aquellos años no tardaron en llegar: «Ese Jesús que es hombre, que habla con el acento de una región determinada de Israel, que se parece a un artesano llamado José, ése es el Hijo de Dios. Y ¿quién puede enseñar algo a Dios? Pero es realmente hombre, y vive normalmente: primero como niño, luego como muchacho, que ayuda en el taller de José; finalmente como un hombre maduro, en la plenitud de su edad»[3]. La ternura de José sigue viva a través de aquel Hijo que creció bajo su techo y que tanto se le parece.


LA ENSEÑANZA de la ley de Moisés era obligación y privilegio del padre de familia. Por eso, fue José quien tuvo la peculiar tarea de enseñar al Mesías la historia de Israel y la fe de la Alianza. María y su esposo veían que Jesús era un niño como tantos otros pero, a la vez, sabían que todo el misterio de Dios habitaba en él. A ellos les fue confiada la responsabilidad de poner el nombre de «Jesús» a la segunda persona de la Santísima Trinidad encarnada y de educarlo en la tradición del pueblo elegido. El profeta escribe: «Cuando Israel era niño, Yo lo amé, y de Egipto llamé a mi hijo (...). Era para ellos como quien alza a un niño hasta sus mejillas, y me inclinaba a él y le daba de comer» (Os 11,1-4). Si la tradición cristiana ha visto en este oráculo la referencia a Cristo, se puede ver también una referencia a María y a José. El amor de Dios a Israel se compara al amor de un padre y de una madre hacia su hijo. Era Dios quien cuidaba siempre de su Hijo, pero lo hacía a través de la Sagrada Familia; es Dios quien enseña, pero a través de los hombres.


Un niño pequeño en Israel pasaría la mayor parte de su tiempo jugando con otros chicos de su edad en la calle o en las plazas. «Las plazas de la ciudad se llenarán de niños y niñas jugando en ellas» (Za 8,5), dice el profeta; y el Señor habla también de los niños que se sientan en las plazas (cfr. Mt 11,16). La vida en Nazaret era una vida al aire libre. En este contexto, los padres impartían a sus pequeños los primeros rudimentos de la instrucción en la fe: «Escucha, hijo mío, la instrucción de tu padre, y no abandones la enseñanza de tu madre, que son diadema de gracia para tu cabeza y collares para tu cuello» (Pr 1,8). Jesús Niño grababa en su corazón las enseñanzas de José y las instrucciones de María. Esas enseñanzas que daba san José a su hijo son lo que hoy llamamos «catequesis familiar», la transmisión de la fe, tanto vivida como en palabras. «El hogar debe seguir siendo el lugar donde se enseñe a percibir las razones y la hermosura de la fe, a rezar y a servir al prójimo»[4]. Es en ese clima familiar en donde Dios, imperceptiblemente, entra a formar parte de la vida de los hijos; aquellas primeras oraciones y manifestaciones de piedad que hemos heredado permanecen para siempre en lo más profundo de nuestra alma.


SANTA MARÍA y san José no solamente enseñaron a Cristo las costumbres y la ley de Moisés sino que, descubriendo el misterio de Dios en su Hijo, se dieron cuenta de que ellos mismos aprenderían mucho de Jesús. El evangelista san Lucas nos repite dos veces que María guardaba y meditaba en su corazón los acontecimientos y las palabras de su Hijo. ¡Qué importancia tiene saber mirar y escuchar, de un modo similar a como lo hicieron la Virgen Santísima y su esposo José!


Cuántas veces, al ver a Jesús, el santo patriarca se habrá asombrado pensando: ¡qué bueno es Dios! ¡Qué amable y tierno! ¡Qué paciente y cercano a nosotros! La paciencia y la comprensión son características fundamentales que todo padre –y, en general, todo maestro– debe tener, especialmente ante los defectos propios y ajenos; pues «debemos aprender a aceptar nuestra debilidad con intensa ternura. El Maligno nos hace mirar nuestra fragilidad con un juicio negativo»[5]. Al contrario, debemos descubrir, una y otra vez, lo positivo en nosotros y en los demás, pues así se acerca Dios a nuestra vida: «La verdad que viene de Dios no nos condena, sino que nos acoge, nos abraza, nos sostiene, nos perdona. La verdad siempre se nos presenta como el Padre misericordioso de la parábola: viene a nuestro encuentro, nos devuelve la dignidad, nos pone nuevamente de pie»[6]. No hay nada que anime más a mejorar la conducta que el aliento, la palabra amable, la comprensión ante la debilidad.


San José aprendió de su hijo, que era Dios, a ver el mundo con compasión y ternura. Decía san Josemaría: «José era un gran cariño de Jesucristo; María era su Madre, a la que quería con locura. Pues vamos a tener nosotros una devoción grande a San José, una devoción tierna, delicada, fina, afectuosa. Le llamamos Padre y Señor nuestro: ¡pues vayamos a él como hijos, constantemente! Y, por él, a María, dialogando con los dos. ¿Habéis visto esas representaciones de la Sagrada Familia con el Niño en el centro, la Virgen a la derecha y San José a la izquierda, dándose la mano? Pues esta vez somos nosotros los que nos cogemos de la mano de María y de José, y así nos llevarán hasta Jesús»[7].

17 de febrero de 2024

Amor a Dios y al prójimo



Evangelio (Lc 5,27-32)


En aquel tiempo, Después de esto, salió y vio a un publicano, llamado Leví, sentado al telonio, y le dijo:


— Sígueme.


Y, dejadas todas las cosas, se levantó y le siguió. Y Leví preparó en su casa un gran banquete para él. Había un gran número de publicanos y de otros que le acompañaban a la mesa. Y los fariseos y sus escribas empezaron a murmurar y a decir a los discípulos de Jesús:


— ¿Por qué coméis y bebéis con publicanos y pecadores?


Y respondiendo Jesús les dijo:


— No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos. No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores a la penitencia.


 PARA TU RATO DE ORACION 


LAS JORNADAS posteriores al miércoles de ceniza han traído a nuestra consideración el valor principal de la oración y, junto con esta, el ayuno y la limosna como prácticas que manifiestan nuestro deseo de conversión a Dios. El profeta Isaías exclama que solo una disposición interior recta, origen de todo sacrificio, genera un verdadero cambio, visible a través de las obras de misericordia en favor de los demás: «Si apartas de en medio de ti el yugo, el señalar con el dedo, y la maledicencia, y ofreces tu propio sustento al hambriento, y sacias el alma afligida, entonces tu luz despuntará en las tinieblas y tu oscuridad será como el mediodía» (Is 58,9-10).


Por eso podemos pedir a Dios una pureza interior que nos permita ofrecer a los demás la ayuda que requieren y no la que nosotros deseamos prestar: «Enséñame, Señor, tu camino, para que siga tu verdad» (Sal 85). En una ocasión, se lamentaba san Josemaría: «Produce lástima comprobar cómo algunos entienden la limosna: unas perras gordas o algo de ropa vieja. Parece que no han leído el Evangelio»1. La verdadera limosna surge de la donación interior, de un acto de amor hacia otro. Todos precisan de nuestra limosna: en nuestra familia, las personas con quienes trabajamos, quienes reciben un servicio a través de nuestra ocupación, etc.


«¿Acaso no se resume todo el Evangelio en el único mandamiento de la caridad? Por tanto, la práctica cuaresmal de la limosna se convierte en un medio para profundizar nuestra vocación cristiana. El cristiano, cuando gratuitamente se ofrece a sí mismo, da testimonio de que no es la riqueza material la que dicta las leyes de la existencia, sino el amor. Por tanto, lo que da valor a la limosna es el amor, que inspira formas distintas de don»2.


AL LEER EN el Evangelio la historia de la vocación de san Mateo, recordamos algo que llamó mucho la atención de los fariseos y de los escribas. El trabajo que desempeñaba el futuro apóstol suponía priorizar el pequeño poder personal que le confería Roma, por encima de las tradiciones de su pueblo; podía suponer cierto apego hacia los bienes materiales, por encima de la Ley de Dios. Pero Mateo vio algo diferente en Jesús, algo que le llevó a dejarlo todo por seguir sus pasos. Por eso abandonó el estilo de vida por el que había optado, la seguridad y el bienestar que le daba su posición, su plan personal de progreso, etc. Y esa decisión le puso tan contento que «ofreció en su honor un banquete» (Lc 5,29).


No parece que Jesús haya buscado a los apóstoles entre los maestros de la Ley, ni siquiera entre los fieles más observantes; al contrario, se acerca a la mesa de quien es considerado por la sociedad judía del momento como un pecador. Aquí se manifiesta una vez más el misterio de la misericordia de Dios. «Los evangelios nos presentan una auténtica paradoja: quien se encuentra aparentemente más lejos de la santidad puede convertirse incluso en un modelo de acogida de la misericordia de Dios, permitiéndole mostrar sus maravillosos efectos en su existencia»3.


Como Mateo, nosotros también estamos llamados a «vivir de misericordia para ser instrumentos de misericordia (...). Cuando nosotros nos sentimos necesitados de perdón y de consolación, aprendemos a ser misericordiosos con los demás»4. Muchos de los que rodeaban a Mateo cumplían rigurosamente la ley, pero no se sentían necesitados de Dios, lo que endurecía su corazón para entregarse en una verdadera limosna. El futuro apóstol, al contrario, dejó todos sus bienes para seguir a Jesús, entregando toda su vida como limosna para quienes le rodeaban.


EL TEXTO EN el que san Mateo describe su propia vocación, pone en boca de Jesús unas palabras referidas a los fariseos: «Id y aprended lo que significa: “Misericordia quiero y no sacrificios”» (Mt 9,13, cfr. Os 6,6). Aunque para muchos puede haber pasado desapercibida aquella referencia al profeta Oseas, la rectitud del obrar de Cristo era imposible de no ver: pasó haciendo el bien, atendiendo las necesidades de los demás, curando a los enfermos, etc. La atención de Jesús a quienes le rodeaban es una «síntesis de todo el mensaje cristiano: la verdadera religión consiste en el amor a Dios y al prójimo. Esto es lo que da valor al culto y a la práctica de los preceptos»5.


Una manera de ofrecer limosna durante esta Cuaresma puede ser revisar el amor con que realizamos nuestras obras. Los preceptos del pueblo de Israel tenían la finalidad de encontrar el amor de Dios en tantos detalles de la jornada, pero esa buena intención muchas veces acabó convirtiéndose en el cumplimiento de actos que no alcanzaban su verdadero sentido. Esta Cuaresma puede ser una ocasión de acrecentar el deseo de que Cristo ocupe el centro de nuestra vida. San Josemaría apuntaba en este sentido: «Hemos de decidirnos a seguirlo de verdad: que el Señor pueda servirse de nosotros para que, metidos en todas las encrucijadas del mundo –estando nosotros metidos en Dios–, seamos sal, levadura, luz. Tú, en Dios, para iluminar, para dar sabor, para acrecentar, para fermentar. Pero no me olvides que no creamos nosotros esa luz: únicamente la reflejamos»6. Si presentamos a María nuestras intenciones más profundas, aquellas que quieren convertir nuestro corazón a D

16 de febrero de 2024

EL SENTIDO DEL AYUNO




Evangelio (Mt 9, 14-15)


Entonces se le acercaron los discípulos de Juan para decirle:


- ¿Por qué nosotros y los fariseos ayunamos con frecuencia y, en cambio, tus discípulos no ayunan?


Jesús les respondió:


- ¿Acaso pueden estar de duelo los amigos del esposo mientras el esposo está con ellos? Ya vendrá el día en que les será arrebatado el esposo; entonces, ya ayunarán.



 PARA TU RATO DE ORACION 



«ESCUCHA, SEÑOR, y ten piedad de mí» (Sal 30,11). Con estas palabras de la Antífona de entrada comienza la Misa de hoy. El clamor del salmista por ser escuchado refleja la naturaleza del hombre que acude a Dios para pedir su asistencia. «Señor, Dios mío –continúa diciendo–, clamé a ti y tú me sanaste. Tú, Señor, me levantaste del Abismo y me hiciste revivir (...). Si por la noche se derraman lágrimas, por la mañana renace la alegría» (Sal 30,3-4.6). El salmista describe una experiencia común: Dios que viene en nuestra ayuda cuando le invocamos con humildad. Este tiempo de Cuaresma puede ser una ocasión propicia para traer a nuestra memoria las veces que hemos percibido aquella asistencia de nuestro Señor. Si «hemos conocido y creído el amor que Dios nos tiene» (1 Jn 4,16), recordar aquellos momentos en los que ha acudido a nuestra ayuda será fuerza para el presente y para el futuro.


Una de las tareas del Espíritu Santo, que Jesús nos revela, es precisamente la de ayudarnos a recordar las misericordias de Dios, sostener la fragilidad de nuestra memoria: «Os recordará todo lo que yo os he dicho» (Jn 14,26). «El Espíritu Santo es como la memoria, nos despierta: “Acuérdate de eso, acuérdate de lo otro”. Nos mantiene despiertos en las cosas del Señor y también nos hace recordar nuestra vida: “Piensa en aquel momento, piensa en cuándo encontraste al Señor, piensa en cuándo lo dejaste” (...). Es una buena manera de orar; mirando al Señor, decirle: “Soy el mismo. He andado mucho, he cometido muchos errores, pero soy el mismo y tú me amas”. La memoria del camino de la vida; el Espíritu Santo nos guía en esta memoria»1. Hace dos días, al imponernos la ceniza, el sacerdote quizás nos recordó nuestro origen y nuestro fin, que venimos del polvo y que a él volveremos. Recordar el paso de Dios por nuestra vida puede ser un buen impulso de conversión para esta Cuaresma que comienza.


EN LA TRADICIÓN JUDÍA se vivía la costumbre del ayuno como una forma de penitencia. El profeta Isaías, sin embargo, hace notar que de poco sirve un ayuno vivido simplemente como una manifestación externa, pero sin piedad, sin auténtico deseo de llevar nuestra mirada hacia Dios. Dice el profeta que el ayuno querido por el Señor, fruto de una conversión interior, es más bien este: «Abrir las prisiones injustas, hacer saltar los cerrojos de los cepos, dejar libres a los oprimidos, romper todos los cepos, partir tu pan con el hambriento, hospedar a los pobres sin techo, vestir al que ves desnudo y no cerrarte a tu propia carne» (Is 58,6-7). El verdadero ayuno es el que nos lleva a amar más a Dios y a los demás, saliendo de nosotros mismos; es oración de los sentidos que fructifica a nuestro alrededor. «El ayuno no da fruto si no es regado por la misericordia, se seca sin este riego –dice san Pedro Crisólogo–; lo que es la lluvia para la tierra, esto es la misericordia para el ayuno»2.


«El ayuno vivido como experiencia de privación, para quienes lo viven con sencillez de corazón, lleva a descubrir de nuevo el don de Dios y a comprender nuestra realidad de criaturas que, a su imagen y semejanza, encuentran en Él su cumplimiento»3. Las costumbres de abstinencia que la Iglesia recomienda, deben ser manifestaciones de una actitud interior; esto último es, en realidad, lo más importante. San Josemaría enseñaba que toda privación debe ser «manifestación de que el corazón no se satisface con las cosas creadas, sino que aspira al Creador, que desea llenarse de amor de Dios»4. Experimentar el hambre con el ayuno nos recuerda que solo Dios es el verdadero alimento y que de él provienen todos los bienes: «Danos hoy nuestro pan de cada día», pedimos en el Padrenuestro. El ayuno externo debe ser manifestación de nuestro deseo interno por saciarnos de Dios, por convertirnos nuevamente a él.


LOS DISCÍPULOS de Juan Bautista preguntan a Jesús por qué ellos ayunan a menudo, como también lo hacen los fariseos, mientras sus discípulos no lo hacen. Es una pregunta oportuna, de algo que seguramente llamaría la atención de los judíos. «¿Es que pueden guardar luto los invitados a la boda, mientras el novio está con ellos? –responde Jesús–. Llegará un día en que se lleven al novio y entonces ayunarán» (Mt 9,15). El Señor aprovecha la ocasión para indicarnos el sentido del ayuno y de la penitencia: unirnos más a Dios. Por eso, si Dios mismo está con ellos, esa práctica pierde relevancia, a sus discípulos les conviene saciarse de su presencia. Por eso añade: cuando no esté con ellos, entonces ayunarán, entonces necesitarán esa práctica para aprender a centrar la atención en Dios.


Tantas veces experimentamos nuestra lejanía de Dios, y es normal, pues estamos en camino hacia la morada de nuestro Padre. Cristo ha venido a la tierra precisamente para llamar a los pecadores. Por eso la Iglesia nos recuerda la conveniencia del ayuno, de aquella oración del cuerpo que nos ayuda a mirar hacia lo alto, que es lo único importante. La consideración de nuestra situación de debilidad nos hará decir con el salmo que san Josemaría recitaba cada noche: «Lávame por completo de mi culpa, y purifícame de mi pecado. Pues yo reconozco mi delito, y mi pecado está de continuo ante mí» (Sal 50,4-5). A santa María podemos pedirle muchas veces al día que ruegue por nosotros, pecadores, especialmente en este tiempo propicio de conv

15 de febrero de 2024

TOMAR LA CRUZ DE CADA DIA

 



Evangelio (Lc 9, 22-25)


Y añadió que el Hijo del Hombre debía padecer mucho y ser rechazado por causa de los ancianos, de los príncipes de los sacerdotes y de los escribas, y ser llevado a la muerte y resucitar al tercer día.


Y les decía a todos:


- Si alguno quiere venir detrás de mí, que se niegue a sí mismo, que tome su cruz cada día, y que me siga. Porque el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mí, ése la salvará.


Porque ¿de qué le sirve al hombre haber ganado el mundo entero si se destruye a sí mismo o se pierde?



PARA TU RATO DE ORACION 


LA IGLESIA, para el primer día de Cuaresma después del Miércoles de ceniza, nos propone meditar el primer salmo de la Sagrada Escritura. Allí se nos muestran dos imágenes que representan dos posibles caminos para nuestra vida. Al escucharlo, parece como si estuviéramos de frente a una bifurcación: por un lado, está el camino de quien se deja justificar por Dios, que es como un árbol «que da fruto a su tiempo y no se marchitan sus hojas» (Sal 1,3); por otro, está el de quienes no escuchan al Señor, que «son como polvo que dispersa el viento» (Sal 1,4). En cierta manera, son dos situaciones vitales que dependen de cuánto abramos nuestra alma a Dios: o permanecemos arraigados en la realidad, dando los frutos de santidad que el Señor nos quiera enviar, o estamos a la deriva, llevados por el viento de pequeños gozos efímeros, que soplan hacia un lado y después hacia otro.


¿Cuál de los dos caminos elegimos? «Hemos entrado en el tiempo de Cuaresma: tiempo de penitencia, de purificación, de conversión. No es tarea fácil. El cristianismo no es un camino cómodo: no basta estar en la Iglesia y dejar que pasen los años»1. Dios nos regala unas semanas para pensar con detenimiento en nuestro camino y pedir el don de nuestra conversión.


Estamos llamados a la vida; es lo que Moisés recuerda al pueblo elegido cuando está de frente a la tierra prometida: «Hoy pongo ante ti la vida y el bien, o la muerte y el mal. Si escuchas los mandamientos del Señor, tu Dios, que yo te ordeno hoy, amando al Señor, tu Dios, marchando por sus caminos y guardando sus mandamientos, leyes y normas, entonces vivirás» (Dt 30,15-16). Nuestra conversión no es una ciega negación a nosotros mismos; al contrario, es una respuesta al deseo de plenitud que está grabado en el fondo de nuestros corazones. «El Señor lo pide todo, y lo que ofrece es la verdadera vida, la felicidad para la cual fuimos creados. Él nos quiere santos y no espera que nos conformemos con una existencia mediocre»2.


¿QUÉ PODEMOS HACER para alcanzar en esta Cuaresma la alta meta de nuestra conversión? Lo que la Iglesia nos sugiere, en la oración colecta de la Misa, es primero pedir este don al Señor: «Te pedimos, Señor, que inspires, sostengas y acompañes nuestras obras, para que nuestro trabajo comience en ti, como en su fuente, y tienda siempre a ti, como a su fin»3. Se trata de una oración que, por deseo de san Josemaría, la recitan todos los días los fieles del Opus Dei. Reconocemos que para emprender este camino de transformación necesitamos que sea Dios mismo el que nos inspire, sostenga y acompañe. Nuestra conversión será, sobre todo, un regalo del Señor que acogemos con humildad y agradecimiento.


En el Antiguo Testamento, fue Dios el que tomó la iniciativa para llamar a su pueblo de Egipto y hacerlo caminar hacia la tierra prometida. Él los fue sosteniendo durante esa peregrinación, renovando sus fuerzas cuando su ánimo vacilaba. Lo mismo hace el Señor ahora con nosotros. «Dios es quien obra en vosotros el querer y el actuar conforme a su beneplácito» (Fil 2,13). ¡Cuánta esperanza nos dan estas palabras de san Pablo! Pero pedir este don al Señor no significa quedarnos de brazos cruzados. Podemos manifestar nuestra apertura a su gracia de muchas maneras; por ejemplo con acciones concretas de penitencia o, sobre todo, con oración. «Sin la oración diaria vivida con fidelidad, nuestra actividad se vacía, pierde el alma profunda, se reduce a un simple activismo que, al final, deja insatisfechos. Hay una hermosa invocación de la tradición cristiana que se reza antes de cualquier actividad y dice así: “Inspira nuestras acciones, Señor, y acompáñalas con tu ayuda, para que todo nuestro hablar y actuar tenga en ti su inicio y su fin”. Cada paso de nuestra vida, cada acción, también de la Iglesia, se debe hacer ante Dios, a la luz de su Palabra»4.


«SI ALGUNO quiere venir detrás de mí, que se niegue a sí mismo, que tome su cruz cada día, y que me siga» (Lc 9,23). Jesús dirige estas palabras a la multitud de sus discípulos, entre los que nos encontramos también nosotros. Para gozar de la alegría de la resurrección del Señor, hemos de descubrir y abrazar nuestra cruz de cada día. Las prácticas penitenciales del tiempo de Cuaresma tienen este sentido: morir a cuanto de pecado hay en nosotros mismos, para poder seguir más de cerca a Jesús.


El Señor comparó su pasión al cambio que el grano de trigo sufre cuando es plantado en la tierra: parece que la semilla se pierde, pero en realidad está convirtiéndose en una espiga llena de fruto (cfr. Jn 12,24). La cruz no nos habla de sufrimiento sin sentido, sino de transformación: nos anuncia la llegada de una nueva vida. Cuando el Señor nos invita a abrazar la cruz de cada día, implícitamente nos está prometiendo que cada día puede ser la oportunidad de una pequeña transformación, de una nueva conversión.


San Josemaría nos animaba a mirar con optimismo aquellas luchas diarias. «¿La cima? Para un alma entregada, todo se convierte en cima que alcanzar: cada día descubre nuevas metas, porque ni sabe ni quiere poner límites al Amor de Dios»5. Hay tantas oportunidades de transformación como pequeñas cimas que nos encontramos cada día. En este camino que comenzamos, podemos encontrar ayuda en nuestra Madre, recordando tantas conversiones que han sido fruto de la devoción mariana.


14 de febrero de 2024

MIERCOLES DE CENIZA: ORACIÓN/LIMOSNA/AYUNO




Evangelio (Mt 6,1-6.16-18)

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

Guardaos de hacer vuestra justicia delante de los hombres con el fin de que os vean; de otro modo no tendréis recompensa de vuestro Padre que está en los cielos.

Por lo tanto, cuando des limosna no lo vayas pregonando, como hacen los hipócritas en las sinagogas y en las calles, con el fin de que los alaben los hombres. En verdad os digo que ya recibieron su recompensa. Tú, por el contrario, cuando des limosna, que tu mano izquierda no sepa lo que hace tu mano derecha, para que tu limosna quede en lo oculto; de este modo, tu Padre, que ve en lo oculto, te recompensará.

Cuando oréis, no seáis como los hipócritas, que son amigos de orar puestos de pie en las sinagogas y en las esquinas de las plazas, para exhibirse delante de los hombres; en verdad os digo que ya recibieron su recompensa. Tú, por el contrario, cuando te pongas a orar, entra en tu aposento y, con la puerta cerrada, ora a tu Padre, que está en lo oculto; y tu Padre, que ve en lo oculto, te recompensará.

Cuando ayunéis no os finjáis tristes como los hipócritas, que desfiguran su rostro para que los hombres noten que ayunan. En verdad os digo que ya recibieron su recompensa. Tú, en cambio, cuando ayunes, perfuma tu cabeza y lávate la cara, para que no adviertan los hombres que ayunas, sino tu Padre, que está en lo oculto; y tu Padre, que ve en lo oculto, te recompensará.



PARA TU RATO DE ORACIÓN 



«TE COMPADECES de todos, Señor, y no aborreces nada de lo que hiciste; pasas por alto los pecados de los hombres para que se arrepientan, y los perdonas, porque tú eres nuestro Dios»1. Estas palabras del libro de la Sabiduría, que resuenan al inicio de la Misa, son el pórtico de entrada al tiempo de Cuaresma.

Durante la celebración litúrgica, nos acercaremos al sacerdote y nos inclinaremos para recibir la imposición de la ceniza. Recordaremos la invitación de Jesús: «Convertíos y creed en el Evangelio»; o la advertencia inspirada en el libro del Génesis: «Acuérdate de que eres polvo y al polvo volverás». Se trata de un gesto fuerte, que nos hace pensar en lo frágil que es nuestra vida. Sin embargo, detrás de este rito podemos descubrir la ternura de Dios que nos busca. San Josemaría comentaba: «La liturgia de la Cuaresma cobra a veces acentos trágicos, consecuencia de la meditación de lo que significa para el hombre apartarse de Dios. Pero esta conclusión no es la última palabra. La última palabra la dice Dios, y es la palabra de su amor salvador y misericordioso y, por tanto, la palabra de nuestra filiación divina»2.

Hay momentos de nuestra existencia en los que notamos nuestra fragilidad: dificultades en la familia o en el trabajo, problemas de salud, sucesos inesperados; sobre todo, cuando experimentamos el pecado dentro de nosotros mismos. Todo esto nos puede hacer pensar que somos «polvo y ceniza». Sin embargo, la fe cristiana nos da la convicción de que es mayor la misericordia de Dios. En medio de nuestras limitaciones, siempre podremos cantar con el Salmo: «La tierra está llena de su misericordia» (Sal 33,5). La paciencia de Dios es tan grande que, precisamente cuando nos apartamos de él, pone en nosotros la nostalgia de su amor. La Cuaresma es un buen momento para dejar que esa nostalgia se transforme en conversión, en una vuelta a la casa del Padre para experimentar nuevamente su ternura.


A PESAR DE QUE vivimos rodeados de la misericordia del Señor, a veces podemos olvidar esta realidad. Sin embargo, Jesús en el Evangelio nos recuerda que Dios nos mira continuamente. Cuando nos explica cómo dar limosna, cómo rezar, cómo ayunar, el Señor insiste en que no vale la pena hacerlo para que nos vean los demás; entonces, dejamos de lado al Señor y se tuercen nuestras buenas acciones. Dios, en cambio, ve «en lo secreto» (Mt 6,4), escucha la intimidad de nuestro corazón. El tiempo de Cuaresma es un buen momento para dejar de vivir volcados hacia afuera y, al contrario, cultivar un clima interior capaz de acoger la realidad de una manera nueva, más sobrenatural.

«Maduramos espiritualmente convirtiéndonos a Dios, y la conversión se realiza mediante la oración, como también mediante el ayuno y la limosna, entendidos adecuadamente. No se trata sólo de “prácticas” pasajeras, sino de actitudes constantes que dan una forma duradera a nuestra conversión a Dios. La Cuaresma, como tiempo litúrgico, dura sólo cuarenta días al año: en cambio, debemos tender siempre a Dios; esto significa que es necesario convertirse continuamente. La Cuaresma debe dejar una impronta fuerte e indeleble en nuestra vida»3.

Un camino de oración, limosna y ayuno, adecuado a nuestras circunstancias personales, nos llevará a levantar la mirada durante estos días. «El hecho de dedicar más tiempo a la oración hace que nuestro corazón descubra las mentiras secretas con las cuales nos engañamos a nosotros mismos, para buscar finalmente el consuelo en Dios (...). El ejercicio de la limosna nos libera de la avidez y nos ayuda a descubrir que el otro es mi hermano: nunca lo que tengo es solo mío (...). El ayuno nos despierta, nos hace estar más atentos a Dios y al prójimo, inflama nuestra voluntad de obedecer a Dios, que es el único que sacia nuestra hambre»4.


«MIRAMOS AL HIJO PRÓDIGO y comprendemos que también para nosotros es tiempo de volver al Padre. Como ese hijo, también nosotros hemos olvidado el perfume de casa, hemos despilfarrado bienes preciosos por cosas insignificantes y nos hemos quedado con las manos vacías y el corazón infeliz. Hemos caído: somos hijos que caen continuamente, somos como niños pequeños que intentan caminar y caen al suelo, y siempre necesitan que su papá los vuelva a levantar»5.

Reconocer que la misericordia del Señor llena la tierra, que él es un Padre que nos espera constantemente, no nos lleva a la pasividad. Al contrario, ese amor pone en marcha nuestra iniciativa para hallar los caminos por los que correr la senda de vuelta hacia Dios. Y un camino privilegiado es el sacramento de la Reconciliación: «Es el perdón del Padre que vuelve a ponernos en pie: el perdón de Dios, la confesión, es el primer paso de nuestro viaje de regreso»6. Ahí encontramos el rostro paterno de Dios, que nos anima y nos quiere como hijos suyos.

«La vida humana es, en cierto modo, un constante volver hacia la casa de nuestro Padre –decía san Josemaría–. Volver mediante la contrición, esa conversión del corazón que supone el deseo de cambiar, la decisión firme de mejorar nuestra vida, y que —por tanto— se manifiesta en obras de sacrificio y de entrega»7. En esta Cuaresma, que es camino de vuelta y mayor cercanía a la casa del Padre, adivinamos la presencia de santa María que nos acompaña. Podemos poner en sus manos ese deseo de convertirnos interiormente para celebrar la Pascua de su Hijo.


13 de febrero de 2024

Calma, paz...siempre serenos

 




Evangelio (Mc 8,14-21)


En aquel tiempo:


Se olvidaron de llevar panes y no tenían consigo en la barca más que un pan. Y les advertía diciendo:


— Estad alerta y guardaos de la levadura de los fariseos y de la levadura de Herodes.


Y ellos comentaban unos con otros que no tenían pan. Al darse cuenta Jesús, les dice:


— ¿Por qué vais comentando que no tenéis pan? ¿Todavía no entendéis ni comprendéis? ¿Tenéis endurecido el corazón? ¿Tenéis ojos y no veis; tenéis oídos y no oís? ¿No os acordáis de cuántos cestos llenos de trozos recogisteis, cuando partí los cinco panes para cinco mil?


— Doce — le respondieron.


— Y cuando los siete panes para los cuatro mil, ¿cuántas espuertas llenas de trozos recogisteis?


— Siete — le contestaron.


Y les decía:


— ¿Todavía no comprendéis?



PARA TU RATO DE ORACION 


LOS DISCÍPULOS suben a la barca con Cristo y queda atrás la incomprensión de los fariseos. El Señor quizás se ha embarcado con un poco de pena, por la dificultad que entraña muchas veces tocar el corazón del hombre. Y, tal vez, mientras se acomoda en el cabezal, entre redes y telas que usaría para protegerse de eventuales lloviznas, mira la orilla: muchas personas que ha venido a salvar, no han querido abrirle su alma.


«El hombre es un ser relacional. Si se trastoca la primera y fundamental relación del hombre –la relación con Dios– entonces ya no queda nada más que pueda estar verdaderamente en orden. De esta prioridad se trata el mensaje y el obrar de Jesús. Él quiere en primer lugar llamar la atención del hombre sobre el núcleo de su mal»1. Nuestra tarea es eminentemente espiritual; se dirige a colaborar con la gracia en sanar lo más profundo del alma –primero la nuestra– para, después, poder ofrecer la misma medicina santa a quienes nos rodean. De ahí que Cristo llame la atención sobre la actitud de los fariseos y de Herodes. «Estad alerta y guardaos de la levadura de los fariseos y de la levadura de Herodes» (Mc 8,15), les dirá a sus apóstoles, una vez se alejan de la orilla.


Aquellos se fijaban solamente en lo exterior, en el cumplimiento de los preceptos, y entonces se habían acostumbrado a acusar a los demás. Pero «primero hay que quitar la viga del propio ojo, acusarse a sí mismo (...). Si uno de nosotros no tiene la capacidad de acusarse a sí mismo, y luego, si es necesario, decir a quien se deba decir las cosas de los demás, no es cristiano; entonces, no entra en esa obra tan bonita de reconciliación, pacificación, ternura, bondad, perdón, magnanimidad y misericordia que nos trajo Jesucristo (...). Ahorremos los comentarios sobre los demás y hagamos comentarios sobre nosotros mismos: ese es el primer paso en el camino de la magnanimidad»2.


JESÚS MIRA con cariño a aquellos hombres que él mismo ha elegido. Tras haberles puesto en guardia frente a la levadura de los fariseos, les pregunta: «¿Por qué vais comentando que no tenéis pan? ¿Todavía no entendéis ni comprendéis?» (Mc 8,17). Y ellos quizás se encogen de hombros, como respondiendo que no, que no alcanzan a seguir el hilo. Cristo añade: «¿Tenéis endurecido el corazón? ¿Tenéis ojos y no veis; tenéis oídos y no oís?» (Mc 8,18).


El Señor establece una conexión entre el corazón, de un lado, y la auténtica capacidad de mirar y de escuchar, por otro lado. Cuando se endurece el corazón, todo se ve con ojos humanos, se escucha solamente lo que uno quiere oír; y, al final, se pierde el horizonte sobrenatural de la gracia. Puede suceder que estemos con Cristo en su barca, en su mundo, y que de igual manera nos invada el desánimo porque pensamos que nos faltan cosas o que todo debería ser diferente. Entonces, podemos contemplar la mirada y la escucha de Jesús, podemos considerar cómo su corazón estaba siempre abierto al diálogo con su Padre y a sentirse interpelado por quienes le rodeaban.


«¡Visión sobrenatural! ¡Calma! ¡Paz! –recomendaba san Josemaría–. Mira así las cosas, las personas y los sucesos..., con ojos de eternidad»3. Cuando nos asalte la tentación de convertirnos nosotros mismos en jueces de lo que nos rodea, podemos recordar que «estamos llamados, permaneciendo en la tierra, a mirar fijamente al cielo, a orientar la atención, el pensamiento y el corazón hacia el misterio inefable de Dios. Estamos llamados a mirar hacia la realidad divina, a la que el hombre está orientado desde la creación. En ella se encierra el sentido definitivo de nuestra vida»4. Entonces desarrollaremos, poco a poco, una manera misericordiosa de mirar y de escuchar, cada vez más semejante a la de Cristo.


DURANTE la vida, con frecuencia experimentaremos nuestras limitaciones, incluso en los momentos de mayor cercanía con el Señor. «Estemos siempre serenos –escribía san Josemaría–. Si somos piadosos y sinceros, no habrá penas duraderas y desaparecerán del todo esas otras que a veces nos inventamos, porque no lo son objetivamente. Viviremos con alegría, con paz, en los brazos de la Madre de Dios, como hijos pequeños suyos, que eso somos. De cuando en cuando, cada uno tiene en su mundo interior un conflicto menudo, que la soberbia se encarga de hacer grande, para darle importancia, para arrancarnos la paz. No hagáis caso de esas pequeñeces. Decid: soy un pecador, que ama a Jesucristo»5.


El Señor previene muchas veces a sus discípulos para que no caigan en aquella visión solamente humana, desprovista de la verdadera magnitud que alcanza su misión salvadora. «Si nos ponemos ante Dios la perspectiva cambia. No podemos más que asombrarnos de que seamos para Él, a pesar de todas nuestras debilidades y nuestros pecados, hijos amados desde siempre y para siempre»6. La filiación divina «colma de esperanza nuestra lucha interior, y nos da la sencillez confiada de los hijos pequeños. Más aún: precisamente porque somos hijos de Dios, esa realidad nos lleva también a contemplar con amor y con admiración todas las cosas que han salido de las manos de Dios Padre Creador»7.


Los discípulos se preocupan porque no tienen pan en la barca, pero Jesús les recuerda que están junto a él, y que los multiplica cuando quiere. Le podemos pedir a nuestra Madre afinar cada vez mejor nuestra mirada para ser cada vez más sobrenaturales, para tener ojos y oídos de hijo.