"Hago todos los días mi "ratito" de oración: ¡si no fuera por eso!" (Camino, 106)

20 de agosto de 2024

UN CAMINO HACIA LA ESPERANZA

 



Evangelio (Mt 19, 23-30)


Jesús les dijo entonces a sus discípulos: —En verdad os digo: difícilmente entrará un rico en el Reino de los Cielos. Es más, os digo que es más fácil a un camello pasar por el ojo de una aguja, que a un rico entrar en el Reino de Dios.


Cuando oyeron esto sus discípulos, se quedaron muy asombrados y decían: —Entonces, ¿quién puede salvarse?


Jesús, con la mirada fija en ellos, les dijo: —Para el hombre esto es imposible; para Dios, sin embargo, todo es posible.


Entonces Pedro tomó la palabra y le dijo: —Ya ves que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido, ¿qué recompensa tendremos?


Jesús les respondió: —En verdad os digo que, en la regeneración, cuando el Hijo del Hombre se siente en su trono de gloria, vosotros, los que me habéis seguido, también os sentaréis sobre doce tronos para juzgar a las doce tribus de Israel. Y todo el que haya dejado casa, hermanos o hermanas, padre o madre, o hijos, o campos, por causa de mi nombre, recibirá el ciento por uno y heredará la vida eterna. Porque muchos primeros serán últimos y muchos últimos serán primeros


PARA TU RATO DE ORACION


LA DESPEDIDA tan repentina del joven rico habrá sorprendido a los apóstoles. Tal vez pensaron en los momentos en que ellos mismos fueron llamados y, al ver a ese joven, quizá alguno de ellos pensó que el muchacho tenía más cualidades humanas que ellos. Probablemente era de buena familia, tenía dinero y, lo que era aún más importante, parecía vivir todos los mandamientos y sentir en su corazón el deseo sincero de vivir más cerca de Dios. Por eso se había aproximado a Jesús de propia iniciativa. Sin embargo, ante la invitación del Señor de vender todo lo que tenía para poder seguirlo libremente, había decidido seguir otro camino. Mientras todavía flotaba en el aire el polvo de sus zapatos, los apóstoles se mirarían incrédulos y con cierta vergüenza por sus propias limitaciones, sin poder descifrar el misterio de por qué ellos le habían dicho que sí a Jesús y, en cambio, alguien humanamente tan sobresaliente lo había rechazado.


«Entonces, ¿quién puede salvarse?» (Mt 19,25). Quizá de vez en cuando nos hacemos esta pregunta en el fondo del corazón, como los apóstoles al ver que incluso alguien de la talla humana del joven rico se alejaba de Jesús. A veces nos puede quitar la paz el hecho de que, a pesar de que intentamos llevar una vida cristiana, y a pesar de que luchamos por seguir a Cristo y que hemos recibido una vocación divina, somos débiles, y una y otra vez nos distanciamos de él. Si a mí me cuesta tanto, si yo –aunque sea consciente del amor que Dios me tiene– me siento tan débil, cuánto más la gente que ni siquiera conoce a Dios. ¿Tiene sentido esforzarse por seguir al Señor en medio de las vicisitudes de este mundo?


La respuesta del Maestro contiene una enseñanza fundamental para nuestra vida: «Es imposible para los hombres, pero Dios lo puede todo» (Mt 19,25). Esta frase condensa los motivos de muchos de nuestros desánimos y, al mismo tiempo, nos dibuja un camino hacia la esperanza. Tal vez en muchas ocasiones perdemos la alegría vital, porque queremos conseguir solo con nuestro empeño personal lo imposible: la propia salvación. En cambio, la frustración se convierte en un sano abandono cuando nos damos cuenta de que es Dios el que puede ir más allá de nuestras fuerzas. «Recuerdas y reconoces lealmente que todo lo haces mal: eso, Jesús mío –añades–, no puede llamarte la atención: es imposible que yo haga nada a derechas. Ayúdame Tú, hazlo Tú por mí y verás qué bien sale»[1].


«ENTONCES, ¿quién puede salvarse?» (Mt 19,25). Esta pregunta se la hicieron los apóstoles no solo al contemplar cómo un joven talentoso prefería quedarse con sus riquezas a seguir a Jesús, sino precisamente ante las exigentes palabras de su Maestro después de haber vivido esa escena: «En verdad os digo: difícilmente entrará un rico en el Reino de los Cielos» (Mt 19,23). Aunque el Señor quiere hacerles comprender que la propia salvación es siempre una obra de Dios y de su misericordia, no les esconde tampoco la exigencia del camino. Seguirle de cerca –como un apóstol más– implica una radicalidad que impregna toda nuestra vida y que debe estar abierta a lo que el Señor pida a cada uno.


El camino de pobreza interior para llegar al cielo es al mismo tiempo un don divino y una decisión libre. Dios nos regala inmerecidamente su amor: esta es la verdad central de nuestra vida. No es un amor que «proceda esencialmente de nuestro cumplimiento, de nuestro talento, de nuestra religiosidad», sino que es un regalo del Espíritu Santo: «Él nos enseña a amar y tenemos que pedir este don. El Espíritu de amor es el que nos infunde el amor, él es quien nos hace sentir amados y nos enseña a amar. Él es el “motor” –por así decirlo– de nuestra vida espiritual. Él es quien mueve todo en nuestro interior»[2].


A través de las acciones concretas de nuestro día a día podemos acoger o rechazar ese amor que nos dirige el Señor. La lucha interior tiene sentido, de hecho, cuando se entiende desde este punto de vista. No tanto como una manera de ganarme la salvación, sino como el modo de mostrar el amor que tenemos a Dios y que queremos que inspire todas nuestras obras. Al fin y al cabo, es él quien nos sostiene, especialmente en los momentos en los que el camino a la santidad se hace más difícil. «Algunos se comportan, a lo largo de su vida, como si el Señor hubiera hablado de entregamiento y de conducta recta solo a los que no les costase –¡no existen!–, o a quienes no necesitaran luchar. Se olvidan de que, para todos, Jesús ha dicho: el Reino de los Cielos se arrebata con violencia, con la pelea santa de cada instante»[3].


PUEDE SER que, en algunos momentos de nuestra vida, seguir a Jesús nos resulte particularmente difícil. Quizá cargamos con una cruz que no comprendemos del todo, sufrimos algún tipo de incomprensión a causa de nuestra fe o sencillamente nos sentimos fríos en nuestro trato con Dios. Tenemos la impresión, entonces, de que la lucha no vale la pena. A todos nos puede invadir el cansancio del día a día en el seguimiento de Cristo. En esas circunstancias, nos puede servir de ejemplo la sinceridad de san Pedro después de haber visto cómo el joven rico había rechazado la llamada de Jesús. Como él, podemos atrevernos a preguntar al Señor en nuestra oración: «Ya ves, nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido; ¿qué nos va a tocar?» (Mt 19,27). No se trata de supeditar nuestra lucha a una recompensa, sino más bien de poner todas nuestras expectativas interiores en el amor de Dios, confiando en que siempre quiere lo mejor para cada uno de nosotros y que, como un buen Padre, quiere colmarnos de bienes.


Jesús les dijo: «En verdad os digo: cuando llegue la renovación y el Hijo del hombre se siente en el trono de su gloria, también vosotros, los que me habéis seguido, os sentaréis en doce tronos para juzgar a las doce tribus de Israel. Todo el que por mí deja casa, hermanos o hermanas, padre o madre, hijos o tierras, recibirá cien veces más y heredará la vida eterna» (Mt 19,28-29). El «cien veces más» consiste en ese amor incondicional de Dios, en su presencia cercana, que nos acompaña en los días buenos y malos, y que vuelve nuestra lucha llevadera; pero también se refiere a la felicidad eterna que nos espera en el cielo. Por eso san Josemaría recomendaba, especialmente cuando nos rodean las dificultades, pensar en el momento en que contemplaremos a Dios cara a cara: «A la hora de la tentación piensa en el Amor que en el cielo te aguarda: fomenta la virtud de la esperanza, que no es falta de generosidad»[4]. No es egoísmo poner el corazón y nuestras esperanzas en el cielo, donde nos espera la Santísima Trinidad para darnos el abrazo definitivo. Por el contrario, significa que realmente es tal nuestro amor a Dios que se ha convertido en el motor de todas nuestras decisiones, sean grandes y pequeñas: es a él a quien buscamos, el único que puede saciar nuestra sed de felicidad. En el paraíso también nos encontraremos con nuestra Madre, la Virgen María, cuya ternura materna podremos disfrutar toda una eternidad.

19 de agosto de 2024

No pierdes nada

 



EVANGELIO Mateo 19, 16-22

En aquel tiempo, se acercó uno a Jesús y le preguntó:

«Maestro, ¿qué tengo que hacer de bueno para obtener la vida eterna?».

Jesús le contestó:

«¿Por qué me preguntas qué es bueno? Uno solo es Bueno. Mira, si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos».

Él le preguntó:

«¿Cuáles?».

Jesús le contesto:

«No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no darás falso testimonio, honra a tu padre y a tu madre, y ama a tu prójimo como a ti mismo».

El joven le dijo:

«Todo eso lo he cumplido. ¿Qué me falta?».

Jesús le contestó:

«Si quieres ser perfecto, anda, vende tus bienes, da el dinero a los pobres —así tendrás un tesoro en el cielo— y luego ven y sígueme».

Al oír esto, el joven se fue triste, porque era muy rico.


PARA TU RATO DE ORACION 


DESPUÉS de que Jesús bendijera a unos niños que le habían presentado, se acercó a él corriendo un «personaje distinguido» (Lc 18,18). Quizá llevaba varios días observando al Maestro. Tras haber contemplado aquel gesto de cariño con los más pequeños, sintió la necesidad de abrir su corazón al Señor. Por eso se arrodilló y le planteó una cuestión que le llevaría inquietando desde hacía tiempo: «¿Qué obra buena debo hacer para alcanzar la vida eterna?» (Mt 19,16).


Por lo general, la mayoría de los hombres necesitamos claridad cuando nos proponemos hacer algo. Queremos saber los pasos precisos que hay que seguir para cumplir un objetivo determinado. Dios sabe que somos así. Por eso le dio a Moisés unos mandamientos, para que los israelitas supieran con mayor luminosidad qué obras agradaban al Señor y cuáles no. De hecho, Jesús responde a la pregunta del joven remitiéndose al Decálogo: «Si quieres entrar en la Vida, guarda los mandamientos. No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no dirás falso testimonio, honra a tu padre y a tu madre, y amarás a tu prójimo como a ti mismo» (Mt 19,17.18-19). Pero en cuanto el muchacho le dice que eso ya lo lleva guardando desde su adolescencia, el Señor contesta: «Si quieres ser perfecto, anda, vende tus bienes y dáselos a los pobres, y tendrás un tesoro en los cielos. Luego, ven y sígueme» (Mt 19,21).


Jesús pide a aquel joven que dé un paso más en su relación con Dios. Cumplir los mandamientos, por supuesto, es algo bueno y necesario; pero le invita a abandonarse en las manos del Señor y superar la seguridad que puede dar el hacer cosas buenas. Al fin y al cabo, la vida eterna no es alcanzar una meta debido a los propios méritos, sino que consiste en escuchar a Dios, seguirle de cerca y, en esa relación, comprender que servirle y gozar de su compañía es un regalo divino. Solo compartiendo la vida con él nos damos cuenta de la magnitud de su amor, que va más allá de unas leyes. Cristo, con su misma muerte y su resurrección, nos abre las puertas del cielo. Y es él quien, con su gracia, sostiene nuestras buenas obras y nos impulsa a tomar caminos nuevos. Por eso Jesús llama a esa persona a una total comunión con él. «Seguir a Cristo no es una imitación exterior, porque afecta al hombre en su interioridad más profunda. Ser discípulo de Jesús significa hacerse conforme a él»[1]. El Señor quiere ayudar a ese joven a que su trato con Dios no se reduzca solamente a unas normas que cumplir, sino que sea el centro de su propia existencia. Y esto es lo que le llenará de una felicidad que ninguna realidad terrena le podrá proporcionar. «¡Esa es toda la grandeza de la vida que Dios nos pide: no podemos llevar una vida chata! (...) Quiere que conozcamos aquel amor de Cristo hacia nosotros, que sobrepuja a todo conocimiento, para que seamos plenamente colmados de todos los bienes de Dios»[2].


AL OÍR la propuesta de Jesús de dejarlo todo y seguirlo, san Mateo señala que el joven «se marchó triste, porque tenía muchas posesiones» (Mt 19,22). El entusiasmo inicial dio paso a la amargura. Aquella persona se había ilusionado porque pensaba que por fin había dado con la respuesta que saciaría su sed de felicidad. Pero en cuanto Dios le pidió el corazón y, con él, todo lo que llevaba dentro, no supo qué decir. Estaba dispuesto a hacer cualquier obra buena para entrar en la vida eterna. Pero entregarse él mismo, volar en compañía del Señor, le suponía un vértigo que no era capaz de afrontar.


Las riquezas impidieron que el joven se atreviera a seguir a Jesús. Además, al observar su comportamiento, podemos intuir también otro motivo: un modo equivocado de concebir la relación con Dios. Quizá pensó que, para llegar a la vida eterna, era necesario sacrificar su felicidad en la tierra; es decir, no percibió que lo que el Señor le estaba pidiendo no era simplemente renunciar a sus posesiones: era una llamada a fundamentar su felicidad sobre la presencia constante y segura de Dios, y no tanto sobre la arena de las realidades terrenas. «Tu barca –tus talentos, tus aspiraciones, tus logros– no vale para nada, a no ser que la dejes a disposición de Jesucristo, que permitas que él pueda entrar ahí con libertad, que no la conviertas en un ídolo. Tú solo, con tu barca, si prescindes del Maestro, sobrenaturalmente hablando, marchas derecho al naufragio. Únicamente si admites, si buscas, la presencia y el gobierno del Señor, estarás a salvo de las tempestades y de los reveses de la vida. Pon todo en las manos de Dios: que tus pensamientos, las buenas aventuras de tu imaginación, tus ambiciones humanas nobles, tus amores limpios, pasen por el corazón de Cristo»[3].


La petición de Jesús al joven rico no fue algo arbitrario. Probablemente Cristo reconoció en su corazón la causa de que se arrodillara ahí delante de todos. Aunque el muchacho cumplía los mandamientos –y eso ya de por sí era motivo de gozo–, se sentía insatisfecho porque confiaba su felicidad terrena a las riquezas y la eterna a las obras buenas que realizaba. De ahí que el Señor le dirija una «llamada a una mayor madurez, a pasar de los preceptos observados para obtener recompensas al amor gratuito y total. Jesús le pide que deje todo lo que lastra el corazón y obstaculiza el amor. Lo que Jesús propone no es tanto un hombre despojado de todo sino un hombre libre y rico en relaciones. Si el corazón está abarrotado de posesiones, el Señor y el prójimo se convierten solo en una cosa entre otras. Nuestro tener demasiado y querer demasiado sofocan nuestro corazón y nos hacen infelices e incapaces de amar»[4].


A VECES se puede tener la impresión, como el joven rico, de que seguir a Jesús supone renunciar a cosas buenas para poder llegar a la felicidad eterna. Se percibe entonces el camino a la santidad como un continuo vencerse y perderse hasta llegar al cielo. Esta síntesis es una caricatura de una realidad muy diferente. Ciertamente, la vida cristiana supone lucha, combatir la propia inclinación cuando esta nos lleva a realizar actos malos; pero el objetivo no es simplemente tener una mayor capacidad de resistencia, sino formar una sensibilidad que nos permita gozar en el bien que realizamos. Cuando experimentamos cierta oposición a obrar virtuosamente, luchamos de otra manera cuando lo que estamos buscando es aprender a disfrutar del bien, aunque ahora suponga ir contra corriente, y no tanto acostumbrarnos a fastidiarnos. De este modo, la formación de las virtudes hace que las facultades y los afectos se centren en lo que verdaderamente puede satisfacer las aspiraciones más profundas, y otorguen lugares secundarios –siempre subordinados a los principales– a lo que simplemente está en el orden de los medios.


«Quien deja entrar a Cristo no pierde nada, nada –absolutamente nada– de lo que hace la vida libre, bella y grande. ¡No! Solo con esta amistad se abren las puertas de la vida. Solo con esta amistad se abren realmente las grandes potencialidades de la condición humana. Solo con esta amistad experimentamos lo que es bello y lo que nos libera. (...) Abrid de par en par las puertas a Cristo, y encontraréis la verdadera vida»[5]. En los santos vemos personas que han hecho del Señor el centro de su vida y han encontrado una felicidad que el mundo no puede dar. El cristiano, caminando como uno más en la sociedad, muestra que «el que sigue a Cristo es capaz –no por mérito propio, sino por gracia del Señor– de comunicar a los que le rodean lo que a veces barruntan, pero no logran entender: que la verdadera felicidad, el auténtico servicio al prójimo pasa solo por el corazón de nuestro Redentor»[6]. Podemos pedir a la Virgen María que nos ayude a abrir las puertas de nuestra alma a su Hijo, para que él nos lleve a la felicidad en la tierra y en el cielo.

18 de agosto de 2024

Prenda de vida eterna

 



Evangelio (Jn 6,51-58)

En aquel tiempo, dijo Jesús a los judíos: «Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne por la vida del mundo». Disputaban los judíos entre sí: «¿Cómo puede este darnos a comer su carne?». Entonces Jesús les dijo: «En verdad, en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día. Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él. Como el Padre que vive me ha enviado, y yo vivo por el Padre, así, del mismo modo, el que me come vivirá por mí. Este es el pan que ha bajado del cielo: no como el de vuestros padres, que lo comieron y murieron; el que come este pan vivirá para siempre».



PARA TU RATO DE ORACION 


MIRAD con cuidado cómo vivís: no como necios, sino como sabios» (Ef 5,15), afirma san Pablo en la segunda lectura. Y como para aclarar dónde se encuentra, a su juicio, la diferencia entre simplicidad y sensatez, añade: sabio es quien vive «redimiendo el tiempo» (Ef 5,16). En efecto, a poco que nos paremos a reflexionar, nos damos cuenta de que «el tiempo es breve» (1Cor 7,29). Por eso, cuando lo perdemos nos queda la sensación de haber obrado neciamente, de haber desperdiciado un tesoro precioso. Vivir es invertir el tiempo que se nos ha dado para peregrinar en esta tierra: quien acierta en esa inversión esa es la persona sabia. «El tiempo es un tesoro que se va, que se escapa, que discurre por nuestras manos como el agua por las peñas altas –comentaba san Josemaría–. Ayer pasó, y el hoy está pasando. Mañana será pronto otro ayer. La duración de una vida es muy corta. Pero, ¡cuánto puede realizarse en este pequeño espacio, por amor de Dios!»[1].


La sabiduría de este mundo, sin embargo, no es la sabiduría de Dios. Redimir el tiempo no consiste en hacer muchas cosas, ni tampoco en acumular experiencias más o menos gratificantes. Es Jesús, la sabiduría de Dios hecha carne, quien nos explica la lógica de la redención del tiempo: «El que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mí, la encontrará. Porque, ¿de qué le servirá al hombre ganar el mundo entero si pierde su vida?, o ¿qué podrá dar el hombre a cambio de su vida?» (Mt 16,25-26). Cuando entregamos nuestra vida al Señor, cuando volvemos a poner en sus manos el tiempo que él nos ha regalado, dejamos entonces que él redima nuestras horas. «Por eso no os volváis insensatos –continúa san Pablo–, sino entended cuál es la voluntad del Señor» (Ef 5,17). El mismo Cristo nos revela su voluntad cuando se presenta como el juez que pide a cada uno cuentas del uso que ha hecho del tiempo recibido. Su veredicto, lo sabemos bien, se basará en las obras que hemos realizado por los demás. «Cuanto hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí me lo hicisteis» (Mt 25,40). Perder el tiempo por los que más lo necesitan es perderlo por Jesús y, por lo tanto, redimirlo. Así es como ganamos la verdadera vida, llenamos de eternidad nuestras acciones. «De ahora en adelante, tened prisa en amar»[2], anima san Josemaría. Esa es la actitud más razonable, propia de quien sabe que «moneda que está en la mano, quizá se deba guardar; la monedita del alma se pierde si no se da»[3].


LA SABIDURÍA de la que nos habla la Escritura no es una facultad puramente intelectual. La misma palabra ‘sabiduría’ nos conecta enseguida con los sentidos, concretamente con el del gusto. El sabio se gusta la vida, saborea la entrega de su tiempo. La primera lectura de la Misa de hoy nos presenta, precisamente, a la sabiduría como una mujer que prepara un banquete para el «falto de inteligencia» y le dice: «Ven, come de mi pan, y bebe del vino que he mezclado. Deja la simpleza y vivirás, avanza por los caminos del discernimiento» (Pr 9,5-6). Esta imagen nos conduce a pensar en el banquete de la Eucaristía, que nos ha preparado el Verbo, la misma sabiduría de Dios. El Evangelio recoge, de hecho, un pasaje del discurso del pan de vida, en que vemos aparecer de nuevo la comparación entre la necedad de lo caduco y la sabiduría de vivir para la eternidad. «No obréis por el alimento que perece, sino por el que perdura hasta la vida eterna, el que os dará el Hijo del Hombre. (...) Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo. Si alguno come este pan vivirá eternamente; y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo» (Jn 6,27.51).


El marco creado por el discurso sobre la sabiduría nos ayuda a entender que al hablar de alimento el Señor se refiere a aquello que da sentido a nuestra vida. El hambre y la sed son una imagen del deseo de felicidad, de vida plena, que llevamos con nosotros. A este respecto, Jesús nos asegura que nada nos puede llenar a excepción del alimento que él nos ofrece; solo quien se alimente de la Eucaristía «no tendrá hambre» (Jn 6,35). Algo similar había dicho a la samaritana, tomando pie del agua que la mujer iba a buscar al pozo: «Todo el que beba de esta agua tendrá sed de nuevo, pero el que beba del agua que yo le daré no tendrá sed nunca más, sino que el agua que yo le daré se hará en él fuente de agua que salta hasta la vida eterna» (Jn 4,13-14). En medio de la experiencia de la caducidad de todo lo que nos rodea, Jesús nos da en la Eucaristía una promesa de eternidad. O mejor, como enseña la Iglesia, una «prenda de vida eterna»[4]: una promesa que, en cierta medida, podemos ya tocar y gustar. Jesús en la Eucaristía es el don que Dios nos ha dado, ya aquí abajo, para llenar nuestros días de eternidad, para redimir nuestro tiempo. «Por eso la Misa es el centro y la raíz de la vida cristiana (...). Porque Cristo es el camino, el mediador, en él lo encontramos todo; fuera de él, nuestra vida queda vacía»[5].


AL CONCLUIR el discurso del pan de vida, muchos de los oyentes dijeron: «Es dura esta enseñanza, ¿quién puede escucharla?» (Jn 6,60). Y añade Juan que «desde ese momento muchos discípulos se echaron atrás y ya no andaban con él» (Jn 6,66). En ocasiones, vivir solo de la Eucaristía puede resultar complicado. Podemos entonces preferir otros alimentos que nos dan cierta satisfacción; realidades buenas en sí mismas que, sin embargo, no alcanzan a saciarnos por completo. Otras veces se puede llegar a «confinar la Eucaristía a una dimensión vaga, lejana, quizá luminosa y perfumada de incienso, pero lejos de las situaciones difíciles de la vida cotidiana»[6].


Cristo es el primer interesado en saciarnos de verdad. En el Evangelio podemos comprobar que no permanece indiferente ante las preocupaciones de los hombres. No solo se ocupa de los problemas del alma, sino que también sale al paso de las necesidades más materiales: convierte el agua en vino para alegrar unas bodas, multiplica los panes y los peces para que las multitudes no mueran de hambre, calma una tormenta para que los discípulos se tranquilicen… En la Eucaristía Jesús da un paso más. No es simplemente un impulso que nos da para sobrellevar situaciones más o menos difíciles: se trata de un don por el que el mismo Dios entra en nuestra propia vida.


«Ciertamente necesitamos alimentarnos, pero también quedar saciados, saber que el alimento nos es dado por amor. En el Cuerpo y en la Sangre de Cristo encontramos su presencia, su vida donada por cada uno de nosotros. No nos da solo la ayuda para ir adelante, sino que se da a sí mismo: se hace nuestro compañero de viaje, entra en nuestras historias, visita nuestras soledades, dando de nuevo sentido y entusiasmo. Esto nos sacia, cuando el Señor da sentido a nuestra vida, a nuestras oscuridades, a nuestras dudas, pero él ve el sentido y este sentido que nos da el Señor nos sacia, esto nos da ese “algo más” que todos buscamos: ¡es decir la presencia del Señor! Porque al calor de su presencia nuestra vida cambia: sin él sería realmente gris»[7]. La Virgen María, que fue la primera persona en recibir a Cristo, nos podrá ayudar a acercarnos a la Eucaristía con el deseo de confiarle nuestras necesidades.





17 de agosto de 2024

Rezar como rezan los niños

 



Evangelio (Mt 19,13-15)

En aquel tiempo, le presentaron unos niños para que les impusiera las manos y orase; pero los discípulos les reñían. Ante esto, Jesús dijo:

—Dejad a los niños y no les impidáis que vengan conmigo, porque de los que son como ellos es el Reino de los Cielos.

Y después de imponerles las manos, se marchó de allí.


PARA TU RATO DE ORACION


CUENTA san Mateo que, en una ocasión, presentaron a Jesús «unos niños para que les impusiera las manos y orase» (Mt 19,13). Es fácil imaginar la escena: hombres y mujeres que quieren que sus hijos sean tocados por el Maestro y que rece por ellos. Los buenos padres quieren lo mejor para sus pequeños, y lo mejor es que Cristo los tome en sus brazos y los bendiga. Por eso podemos imaginar que aquellos padres se sentirían más tranquilos por el futuro de sus hijos, pues contaban con la bendición del Señor.

Son muchos los padres que han repetido esta escena desde entonces, hasta el punto de que se ha podido afirmar que «la práctica de bautizar a los niños pequeños es una tradición inmemorial de la Iglesia»[1]. Y es que, cuando se propicia el encuentro de los niños con Jesús, se hace un descubrimiento maravilloso, porque entre Jesús y los niños se da una sintonía muy singular (cfr. Mt 10,25; 18,3). En el Evangelio vemos cómo los pequeños se acercan al Maestro con confianza y él los abraza en medio a sus discípulos (cfr. Mc 9,36), a quienes pide que no los menosprecien (cfr. Mt 18,10) y que no les hagan daño (cfr. Mc 9,42).

Para san Josemaría, niños «quiere decir almas agradables a Dios»[2]. En el modo de obrar de un pequeño no hay engaño: se muestra siempre tal como es, no esconde segundas intenciones. No tiene miedo en mostrarse necesitado: al menor problema acude con confianza a sus padres. Así es como da gloria a Dios, y muestra a los adultos que la relación con el Señor es mucho más sencilla de lo que a veces podemos pensar. Por eso el fundador del Opus Dei señalaba que es preciso «creer como creen los niños, amar como aman los niños, abandonarse como se abandonan los niños..., rezar como rezan los niños»[3].

LOS discípulos no veían con el mismo entusiasmo de Jesús a esos niños que le ofrecían para que los bendijera. Probablemente creían que eran una molestia para el Señor y pensaban: «Jesús ya tiene bastante con la gente que puede entender su predicación –los adultos– y con quienes de verdad lo necesitaban –los enfermos–. ¿Para qué hacerle perder el tiempo con aquellos niños sin uso de razón?». Los discípulos estaban tan convencidos de ese razonamiento que se tomaron la libertad de reñir a los pequeños y a sus padres (cfr. Mt 19,13). Cristo, en cambio, reaccionó con una frase que no ha dejado de resonar en la vida de la Iglesia a través de los siglos: «Dejad que los niños se acerquen a mí y no les impidáis que vengan conmigo» (Mt 19,14).

A lo largo de los siglos, muchas personas han acogido esta llamada del Señor. En primer lugar, padres y madres, abuelos y abuelas, que han tenido la ilusión de transmitir la fe a los pequeños de la familia, enseñándoles a pronunciar con cariño los nombres de Jesús y de María. Junto a ellos, muchos cristianos se han preocupado por dar a conocer a Dios a los niños y a los jóvenes: catequistas, educadores, sacerdotes, religiosas y religiosos… Todos ellos han rechazado la tentación de pensar que el tiempo con los niños eran horas perdidas. Aunque muchas veces el fruto de esas pequeñas semillas solo se percibe con el paso de los años –o incluso quizá nunca lo verán–, han encontrado una alegría profunda en su misión, pues han compartido con los más pequeños lo más valioso que tenían: la fe.

Educar a un niño implica sacrificio. Cualquier padre, madre o profesor puede describir a la perfección todo lo que esto supone: renunciar a algunos planes personales, tener mucha paciencia, olvidarse del propio cansancio… Es entonces cuando podemos caer en la cuenta de que nuestros padres y educadores vivieron todo eso con nosotros. Seguramente cuando éramos pequeños no nos dábamos cuenta de todo lo que suponía hacernos crecer. Y en buena medida esto se debe a que nuestros padres no veían los sacrificios como renuncias, sino como maneras de demostrar el amor por nosotros. «Cuando hay Amor, el sacrificio es gustoso –aunque cueste– y la cruz es la santa cruz. –El alma que sabe amar y entregarse así, se colma de alegría y de paz»[4].

SAN Mateo concluye la narración del encuentro del Señor con los niños diciendo que «Jesús, después de imponerles las manos, se marchó de allí» (Mt 19,15). Su preocupación y cuidado de los pequeños no desemboca en sobreprotección ni en ningún tipo de control: les da lo mejor que tiene y deja que sean ellos mismos quienes hagan crecer ese don. Así «es el amor del Señor, un amor de todos los días, discreto y respetuoso, amor de libertad y para la libertad, amor que cura y que levanta»[5].

Jesús nos ofrece con su conducta el ejemplo del buen educador, que es quien lleva a la persona hacia adelante, en el pleno ejercicio de la propia libertad. Se puede decir que lo contrario de educar es seducir: no conducir hacia afuera, sino atraer hacia uno mismo, para tomar del otro algo que se ambiciona. El Señor no busca arrebatar nada a quien se acerca a él: «Él no quita nada, y lo da todo»[6]. Por eso vemos a los niños y a otras personas frágiles tan a gusto con él, pues perciben su cariño auténtico: les ama porque sí, sin buscar nada a cambio. En cierto modo, nosotros también podemos experimentar la vulnerabilidad de los niños, de ahí que deseemos un amor que nos quiera por lo que somos, y no tanto por lo que le podamos dar.

Un amor que simplemente busca poseer está destinado a la infelicidad, pues no respeta el principio básico del amor: desear el bien del otro. «La ternura, en cambio, es una manifestación de este amor que se libera del deseo de la posesión egoísta. Nos lleva a vibrar ante una persona con un inmenso respeto y con un cierto temor de hacerle daño o de quitarle su libertad. El amor al otro implica ese gusto de contemplar y valorar lo bello y sagrado de su ser personal, que existe más allá de mis necesidades. Esto me permite buscar su bien también cuando sé que no puede ser mío»[7]. La Virgen María y san José son dos ejemplos de ese amor casto y tierno. Con frecuencia, los niños aprenden a tratar a Jesús viéndolo Niño como ellos, en los brazos de sus padres, y lo tratan entonces con las mismas caricias que le darían María y José, las mismas caricias que reciben también ellos de sus padres. Por eso, no es raro que el primer contacto con Jesús traiga consigo el aroma de la infancia, del amor tierno recibido en el hogar.

16 de agosto de 2024

AMAR SIN AFAN DE POSEER

 



Evangelio (Mt 19,3-12)


En aquel tiempo, se acercaron entonces a él unos fariseos y le preguntaron para tentarle:


—¿Le es lícito a un hombre repudiar a su mujer por cualquier motivo?


Él respondió:


—¿No habéis leído que al principio el Creador los hizo hombre y mujer, y que dijo: Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y serán los dos una sola carne? De modo que ya no son dos, sino una sola carne. Por tanto, lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre.


Ellos le replicaron:


—¿Por qué entonces Moisés mandó dar el libelo de repudio y despedirla?


Él les respondió:


—Moisés os permitió repudiar a vuestras mujeres a causa de la dureza de vuestro corazón; pero al principio no fue así. Sin embargo, yo os digo: cualquiera que repudie a su mujer —a no ser por fornicación— y se case con otra, comete adulterio.


Le dicen los discípulos:


—Si esa es la condición del hombre con respecto a su mujer, no trae cuenta casarse.


—No todos son capaces de entender esta doctrina —les respondió él—, sino aquellos a quienes se les ha concedido.


En efecto, hay eunucos que nacieron así del vientre de su madre; también hay eunucos que han quedado así por obra de los hombres; y los hay que se han hecho eunucos a sí mismos por el Reino de los Cielos. Quien sea capaz de entender, que entienda.


PARA TU RATO DE ORACION 


UNOS fariseos, queriendo tentar a Jesús, se acercaron a él y le preguntaron: «¿Le es lícito a un hombre repudiar a su mujer por cualquier motivo?» (Mt 19,3). A raíz de esta cuestión, Cristo recordó que Dios mismo es el autor del matrimonio y expuso su indisolubilidad: «¿No habéis leído que al principio el Creador los hizo hombre y mujer, y que dijo: Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y serán los dos una sola carne? De modo que ya no son dos, sino una sola carne. Por tanto, lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre» (Mt 19,4-6).


El matrimonio no es simplemente un acontecimiento social o una formalidad. El amor mutuo entre el hombre y la mujer es imagen del amor absoluto con que Dios nos ama. «Y este amor que Dios bendice es destinado a ser fecundo y a realizarse en la obra común del cuidado de la creación»[1]. Por eso el matrimonio es un bien «de extraordinario valor para todos: para los propios esposos, para sus hijos, para todas las familias con las que se relacionan, para toda la Iglesia, para toda la humanidad. Es un bien difusivo, que atrae a los jóvenes a responder con alegría a la vocación matrimonial, que conforta y reanima continuamente a los esposos, que da muchos y diversos frutos en la comunión eclesial y en la sociedad civil»[2]. Uno de esos frutos es precisamente la formación de la Iglesia doméstica: el hogar es la primera escuela de la vida cristiana, donde «se aprende la paciencia y el gozo del trabajo, el amor fraterno, el perdón generoso, incluso reiterado, y sobre todo el culto divino por medio de la oración y la ofrenda de la propia vida»[3].


El hombre y la mujer encuentran en el matrimonio, con la gracia divina, todo lo que necesitan para ser santos, para identificarse con Cristo y acercar a Dios a las personas que les rodean. Por tanto, se trata de un camino que, si es recorrido con fidelidad, permite anticipar la gloria del cielo y encontrar ya la felicidad que el Señor concede en esta tierra. Un gozo compatible con momentos de sacrificio que pueden fortalecer el amor entre los esposos, y que normalmente se saborea en las cosas pequeñas de cada día. Como señalaba san Josemaría: «El secreto de la felicidad conyugal está en lo cotidiano, no en ensueños. Está en encontrar la alegría escondida que da la llegada al hogar; en el trato cariñoso con los hijos; en el trabajo de todos los días, en el que colabora la familia entera; en el buen humor ante las dificultades, que hay que afrontar con deportividad»[4]. En este rato de oración podemos pedir por la fidelidad de todos los matrimonios y dar las gracias a Dios por los dones que nos ha dado a través del amor de nuestros padres.


DESPUÉS de haber subrayado la grandeza del matrimonio, Jesús expresa el valor del celibato. El ejemplo atractivo de la vida misma del Señor muestra que no se trata de una actitud escéptica o incluso cómoda, como tal vez habían insinuado algunos de los que le escuchaban (cfr. Mt 19,10), sino de un don divino (cfr. Mt 19,11): una llamada a recibir y a transmitir a los demás la vida sobrenatural sin mediar un amor terreno. Quien recibe esta vocación se parece a Cristo que, sin duda, no renunció al amor. El célibe recibe una gracia específica que transforma poco a poco su sensibilidad, para poner todo lo que supone una vida de enamorado –afectos, deseos, ilusiones, creatividad, pasión– al servicio de Dios y de las personas que le rodean. Acoger este don «no puede significar quedar privados de amor; debe significar dejarse arrastrar por el amor a Dios y luego, a través de una relación más íntima con él, aprender a servir también a los hombres. El celibato debe ser un testimonio de fe: la fe en Dios se hace concreta en esa forma de vida, que solo puede tener sentido a partir de Dios. Fundar la vida en él, renunciando al matrimonio y a la familia, significa acoger y experimentar a Dios como realidad, para así poderlo llevar a los hombres»[5].


Una de las características de la vocación al celibato es la disponibilidad de corazón para vivir enteramente para Dios y, por él, para los demás. El célibe experimenta así aquella amplitud del corazón que señalaba san Josemaría: «Por mucho que ames, nunca querrás bastante. El corazón humano tiene un coeficiente de dilatación enorme. Cuando ama, se ensancha en un crescendo de cariño que supera todas las barreras. Si amas al Señor, no habrá criatura que no encuentre sitio en tu corazón»[6]. De este modo, el célibe puede querer a alguien incluso cuando el otro no le corresponde: le basta ver crecer espiritualmente a una persona para ilusionarse con seguir ayudando a los demás. Imita así el modo de amar de Jesús. Durante su paso por la tierra no puso ninguna barrera a su cariño, sino que ofrecía su cercanía a todos, en particular a aquellos que eran rechazados por la sociedad. Por eso, quien recibe el don de celibato también está llamado a querer y a servir a todas las personas, especialmente a quienes en su entorno están más necesitadas. Ciertamente, esto no significa que, a veces, al célibe no le cueste renunciar a formar una familia o recibir un retorno afectivo por su dedicación; sin embargo, puede encontrar en esa experiencia de vacío, aceptada con serenidad y realismo, una oportunidad y una llamada a seguir alimentando el Amor que da sentido a su entrega. Al fin y al cabo, en esa soledad también se puede aprender a percibir la cercanía de Dios.


TODOS los hombres están llamados a vivir la castidad. Esta virtud se concreta de diferentes maneras en función de la vocación que cada uno haya recibido. En cualquier caso, ya se trate de una persona casada, soltera, célibe o viuda, la castidad no «es un ‘no’ a los placeres y a la alegría de la vida, sino el gran ‘sí’ al amor como comunicación profunda entre las personas, que requiere tiempo y respeto, como camino hacia la plenitud y como amor que se hace capaz de generar la vida y de acoger generosamente la vida nueva que nace»[7]. Esa nueva vida, para quien tiene vocación al matrimonio, son los hijos que son fruto del amor de los esposos; para el célibe, son las personas a las que ayuda a crecer en su relación con Dios y con las que ejerce una paternidad o maternidad espiritual.


La castidad permite amar sin afán de dominar. De hecho, se dice que lo contrario de amar no es tanto odiar, sino poseer: pretender usar a otra persona para satisfacer una necesidad y llenar el propio vacío. Esto es lo que pretende la lujuria, el vicio que «juzga aburrido todo cortejo, no busca esa síntesis entre razón, pulsión y sentimiento que nos ayudaría a conducir sabiamente la existencia. El lujurioso solo busca atajos: no comprende que el camino del amor debe recorrerse lentamente, y esta paciencia, lejos de ser sinónimo de aburrimiento, nos permite hacer felices nuestras relaciones»[8].


El amor que nos dirige el Señor es libre: nos da la posibilidad incluso de equivocarnos y rechazarlo, pues no quiere esclavos, sino hijos que acogen su amor porque les da la gana. La castidad nos permite conocer auténticamente a los demás, respetarles y buscar su felicidad; en una palabra, genera una relación de comunión en la que se goza procurando el bien de la otra persona. Y aunque amar de esta manera a veces puede resultar costoso, quien se esfuerza por vivir esta virtud «se da cuenta de que el sacrificio es solo aparente: porque al vivir así –con sacrificio– se libra de muchas esclavitudes y logra, en lo íntimo de su corazón, saborear todo el amor de Dios»[9]. Podemos acudir a la Virgen María, como recomendaba el fundador del Opus Dei, cuando notemos el peso de la tentación: «¡Madre! –Llámala fuerte, fuerte. –Te escucha, te ve en peligro quizá, y te brinda, tu Madre Santa María, con la gracia de su Hijo, el consuelo de su regazo, la ternura de sus caricias: y te encontrarás reconfortado para la nueva lucha»[10].




15 de agosto de 2024

Assumpta est María in coelum: gaudent angeli!

 



Evangelio (Lc 1,39-56)


Por aquellos días, María se levantó y marchó deprisa a la montaña, a una ciudad de Judá; y entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel. Y cuando oyó Isabel el saludo de María, el niño saltó en su seno, e Isabel quedó llena del Espíritu Santo; y exclamando en voz alta, dijo:


—Bendita tú entre las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre. ¿De dónde a mí tanto bien, que venga la madre de mi Señor a visitarme? Pues en cuanto llegó tu saludo a mis oídos, el niño saltó de gozo en mi seno; y bienaventurada tú, que has creído, porque se cumplirán las cosas que se te han dicho de parte del Señor.



PARA TU RATO DE ORACION 



«UN GRAN signo apareció en el cielo: una mujer vestida de sol, la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas sobre su cabeza» (Ap 12,1). Estas palabras del Apocalipsis, referidas por la Tradición a la Virgen, abren la liturgia de este día. Con la Iglesia todos los cristianos nos alegramos por esta fiesta, en la que celebramos que Dios ha elevado en cuerpo y alma a la gloria del cielo a la madre de su Hijo. Aunque no conocemos los detalles de su marcha al cielo ni existe certeza sobre su muerte, al hilo de las palabras de san Josemaría podemos imaginar que todos los apóstoles rodeaban a María, que se había dormido. El cielo expectante tiene las puertas abiertas de par en par. Los ángeles han preparado un recibimiento entusiasta para agasajar a la señora. «Jesús quiere tener a su madre, en cuerpo y alma, en la gloria. (...) La Trinidad beatísima recibe y colma de honores a la hija, madre y esposa de Dios... Y es tanta la majestad de la señora, que hace preguntar a los ángeles: ¿Quién es esta?»[1].


La Asunción de María levanta nuestra mirada hasta el cielo, verdadero destino de nuestro caminar terreno. Todos los acontecimientos de nuestra vida adquieren otra dimensión cuando los contemplamos bajo esta perspectiva de eternidad. Con el paso de los años, quizá nos hemos dado cuenta de que aquello a lo que tiempo atrás dábamos tanta importancia –una preocupación familiar, una alegría que buscábamos con determinación en el trabajo o en la universidad, una inquietud sobre el futuro–, en realidad no siempre era tan relevante como pensábamos. La fiesta de hoy nos recuerda que, a fin de cuentas, lo verdaderamente decisivo es saber que estamos camino hacia el cielo y llegar. Todo lo demás será más o menos importante en función de cuánto nos ayude a dirigirnos a esa meta. «Ponte en coloquio con santa María, y confíale: ¡oh, señora!, para vivir el ideal que Dios ha metido en mi corazón, necesito volar… muy alto, ¡muy alto! No basta despegarte, con la ayuda divina, de las cosas de este mundo, sabiendo que son tierra. Más incluso: aunque el universo entero lo coloques en un montón bajo tus pies, para estar más cerca del cielo…, ¡no basta! Necesitas volar, sin apoyarte en nada de aquí, pendiente de la voz y del soplo del Espíritu. –Pero, me dices, ¡mis alas están manchadas!: barro de años, sucio, pegadizo… Y te he insistido: acude a la Virgen. Señora –repíteselo–: ¡que apenas logro remontar el vuelo!, ¡que la tierra me atrae como un imán maldito! –Señora, tú puedes hacer que mi alma se lance al vuelo definitivo y glorioso, que tiene su fin en el corazón de Dios. –Confía, que ella te escucha»[2].


NO HAY ningún testimonio bíblico explícito sobre la Asunción. Por ello, el Evangelio que se proclama en la Misa de hoy no hace referencia a este misterio, sino que recoge el relato de la Visitación (cfr. Lc 1,39-56). Podría parecer, sin embargo, un pasaje poco apropiado. Si lo que se pretende es ensalzar a la madre de Dios, que sube a la gloria del cielo, humanamente parecería que no tiene mucho sentido que la lectura escogida nos muestre a María sirviendo a su pariente Isabel. Pero ese fue precisamente el camino que ella recorrió para llegar a la vida eterna. «Es el amor lo que eleva la vida. Nosotros vamos a servir a nuestros hermanos y hermanas y por este servicio vamos “subiendo”. (...) Es fatigoso, pero es subir hacia lo alto, ¡es ganar el cielo!»[3].


Este Evangelio, además de reflejar el deseo de servir de María, muestra otra actitud que le llevó también a subir al cielo: la alabanza. En cuanto llega a casa de Isabel, entona un canto de agradecimiento por lo que Dios ha hecho en su vida: «Engrandece mi alma al Señor y se alegra mi espíritu en Dios mi salvador: porque ha puesto los ojos en la humildad de su esclava. (...) Ha hecho en mí cosas grandes el Todopoderoso» (Lc 1,46-47.49). En el Magnificat encontramos un retrato del corazón de María, y nos revela otro tramo del camino que ella recorrió hasta el cielo. «La alabanza es como una escalera: eleva los corazones. La alabanza levanta el ánimo y vence la tentación de caer. ¿Han visto que las personas aburridas, las que viven de la charlatanería, son incapaces de alabar? Pregúntense: ¿soy capaz de alabar? ¡Qué bueno es alabar a Dios cada día, y también a los demás! ¡Qué bueno es vivir de gratitud y bendición en lugar de lamentaciones y quejas, mirar hacia lo alto en lugar de enfadarse!»[4].


María solo desea hacer grande a Dios. Nos muestra así que el Señor no es un competidor en nuestra vida que quizá «pueda quitarnos algo de nuestra libertad, de nuestro espacio vital. Ella sabe que, si Dios es grande, también nosotros somos grandes. No oprime nuestra vida, sino que la eleva y la hace grande: precisamente entonces se hace grande con el esplendor de Dios»[5]. La fiesta de la Asunción nos recuerda que el camino para llegar al cielo está a nuestro alcance. Con la gracia de Dios, podemos hacer el mismo recorrido de su madre, pues Dios mismo nos acompaña y vive en nosotros, y nos ayuda a servir a las personas que nos rodean y reconocer las maravillas que obra en nuestra vida.


LLAMAMOS a María reina del cielo. Al mismo tiempo, ella también es reina de la tierra. El hecho de que esté en el cielo en cuerpo y alma no significa que esté lejos de nosotros. Precisamente por vivir con Dios, está más cerca de lo que podríamos soñar. Ella escucha siempre nuestras oraciones como madre buena de cada uno de sus hijos, y desea como nadie que la acompañemos en el cielo. Al fin y al cabo, pocas cosas alegran más a una madre que estar con sus hijos. «La fiesta de la Asunción de nuestra señora nos propone la realidad de esa esperanza gozosa. Somos aún peregrinos, pero nuestra madre nos ha precedido y nos señala ya el término del sendero: nos repite que es posible llegar y que, si somos fieles, llegaremos. Porque la santísima Virgen no solo es nuestro ejemplo: es auxilio de los cristianos. Y ante nuestra petición –“Monstra te esse Matrem”–, no sabe ni quiere negarse a cuidar de sus hijos con solicitud maternal»[6].


María nos hace llegar su cercanía en la normalidad de la vida cotidiana. Ella nos ayuda «a levantar siempre la mirada del corazón a Dios a través de lo que tenemos entre manos»[7]. Salvo algunas situaciones concretas, la mayoría de sus días fueron sencillos, como los de cualquier mujer de la época: momentos de trabajo, de familia, de oración en la sinagoga, fiestas con sus paisanos... La Virgen fue subiendo poco a poco al cielo porque fue capaz de ver al Señor en las ocupaciones de cada día. «Este es un gran mensaje de esperanza para nosotros; para ti, para cada uno de nosotros, para ti que vives las mismas jornadas, agotadoras y a menudo difíciles. María te recuerda hoy que Dios también te llama a este destino de gloria. No son palabras bonitas, es la verdad. No es un final feliz artificioso, una ilusión piadosa o un falso consuelo. No, es la pura realidad, viva y verdadera como la Virgen asunta al cielo. Celebrémosla hoy con amor de hijos, celebrémosla gozosos pero humildes, animados por la esperanza de estar un día con ella en el cielo»[8].




14 de agosto de 2024

TE DOY GRACIAS

 




Evangelio (Mt 18,15-20)


Si tu hermano peca contra ti, vete y corrígele a solas tú con él. Si te escucha, habrás ganado a tu hermano. Si no escucha, toma entonces contigo a uno o dos, para que ‘cualquier asunto quede firme por la palabra de dos o tres testigos’. Pero si no quiere escucharlos, díselo a la Iglesia. Si tampoco quiere escuchar a la Iglesia, tenlo por pagano y publicano. Os aseguro que todo lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en el cielo. Os aseguro también que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra sobre cualquier cosa que quieran pedir, mi Padre que está en los cielos se lo concederá. Pues donde hay dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos.



PARA TU RATO DE ORACION 



TODOS hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios, y llevamos intrínseco un anhelo por unirnos a nuestro Creador. Esto, entre otras maneras, se manifiesta en una constante búsqueda por conocerle mejor. Sin embargo, nuestra inteligencia, por sí sola, no puede acceder a sus misterios más íntimos. De ahí que lo más profundo de lo que sabemos de Dios lo hayamos recibido por Revelación, a través de lo que él mismo nos ha dado a conocer por medio de los escritores inspirados, de los profetas y, sobre todo, de su propio Hijo.


Cuando el apóstol Felipe pidió a Jesús que les mostrara al Padre, la respuesta fue inmediata: «Quien me ha visto a mí ha visto al Padre» (Jn 14,9). Cristo es la imagen del Padre. El Dios invisible que se apareció en forma de zarza ardiente a Moisés, ahora tiene un rostro y unas manos. Además, se ha presentado como niño en Belén a los pastores (cfr. Lc 2,16-18), como adolescente entre los doctores de la Ley (Lc 2,41-50), como penitente ante Juan el Bautista (Mt 1,4-11). Sus numerosas expresiones son la imagen del Dios Trino que camina entre los hombres. Por eso, uno de los mejores modos que tenemos de conocer a Dios es a través de la lectura y la meditación del Evangelio.


Escribía san Josemaría: «He procurado siempre, al hablar delante del Belén, mirar a Cristo Señor nuestro de esta manera, envuelto en pañales, sobre la paja de un pesebre. Y cuando todavía es Niño y no dice nada, verlo como Doctor, como Maestro. Necesito considerarle de este modo: porque debo aprender de Él. Y para aprender de Él, hay que tratar de conocer su vida: leer el Santo Evangelio, meditar aquellas escenas que el Nuevo Testamento nos relata, con el fin de penetrar en el sentido divino del andar terreno de Jesús»1. Al leer el Evangelio es el mismo Espíritu Santo el que habla a nuestra alma; al mostrarnos cada vez con mayor profundidad quién es Dios, nos muestra también nuestra más profunda constitución: al revelarnos a Dios nos revela a nosotros mismos.


MUCHOS artistas, consciente o inconscientemente, suelen reflejar en sus obras una parte de sí mismos. De manera similar, Dios dejó impresa una parte de sí cuando creó el mundo. «Junto a la Revelación propiamente dicha, contenida en la sagrada Escritura, se da una manifestación divina cuando brilla el sol y cuando cae la noche»2. A través de la creación podemos adentrarnos en el conocimiento de Dios; aquello que nos fascina cuando contemplamos el mar, una montaña o una puesta de sol, refleja aspectos de su naturaleza. En la contemplación de lo creado podemos descubrir algo sobre sí mismo que el Señor desea transmitirnos. «La fe, por lo tanto, implica saber reconocer lo invisible distinguiendo sus huellas en el mundo visible. El creyente puede leer el gran libro de la naturaleza y entender su lenguaje (cf. Sal 19, 2-5)»3.


«Todo el universo material es un lenguaje del amor de Dios, de su desmesurado cariño hacia nosotros. El suelo, el agua, las montañas, todo es caricia de Dios»4. San Francisco de Asís supo reconocer ese lenguaje en todo lo que existía. Por eso su corazón sintió la necesidad de agradecer a Dios todo lo que ha salido de sus manos: el sol, pues ilumina nuestro día; la luna y las estrellas, que nos muestran la belleza; el viento y las nubes, que nos dan sustento…5 Como enseña el Catecismo de la Iglesia, «las distintas criaturas, queridas en su ser propio, reflejan, cada una a su manera, un rayo de la sabiduría y de la bondad infinitas de Dios»6. Ese espíritu contemplativo hizo cantar a los tres jóvenes cuando fueron salvados por Dios del martirio: «Bendecid, sol y luna, al Señor, alabadlo y ensalzadlo por los siglos. Bendecid, astros del cielo, al Señor, alabadlo y ensalzadlo por los siglos» (Dan 3,62-63); siguiendo con todos los montes, cumbres, aves, fieras y manantiales.


«TE DOY GRACIAS, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y se las has revelado a los pequeños» (Mt 11,25). Dios se ha querido revelar a todos, y la sencillez de corazón es el mejor camino para reconocerle. En el Antiguo Testamento, cuando el profeta Samuel buscaba un nuevo rey para Israel, el elegido fue David, el más joven de sus hermanos, a quien su padre ni siquiera consideró como un posible candidato. Jesús, a la hora de pensar en quiénes serían las columnas del nuevo pueblo de Dios, la Iglesia, escogió a unos hombres que no destacaban por su sabiduría: casi todos eran personas comunes y corrientes, que se ganaban la vida con su trabajo manual.


A veces podemos pensar que el Señor nos elige por nuestras cualidades. Además de que los textos bíblicos nos muestran lo contrario –que Dios elige precisamente a los débiles–, aquel planteamiento es peligroso, porque no nos puede sostener cuando experimentamos nuestra debilidad. Por eso, san Pablo invitaba a los cristianos de Corinto a considerar la particularidad de su vocación: «No hay entre vosotros muchos sabios según la carne, ni muchos poderosos, ni muchos nobles; sino que Dios escogió la necedad del mundo para confundir a los sabios, y Dios eligió la flaqueza del mundo para confundir a los fuertes» (1Cor 26-27).


Jesús no nos llama siguiendo criterios humanos. Él va más allá de las apariencias: conoce perfectamente nuestros defectos y, por eso, solamente nos pide sencillez de corazón. «Comprende Jesús nuestra debilidad y nos atrae hacia sí, como a través de un plano inclinado, deseando que sepamos insistir en el esfuerzo de subir un poco, día a día»7. La Virgen María fue elegida como Madre de Dios por su sencillez y discreción. Podemos acudir a ella para que nos gane un corazón cada día más parecido al suyo.