"Hago todos los días mi "ratito" de oración: ¡si no fuera por eso!" (Camino, 106)

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18 de junio de 2021

¿Dónde está tu corazón?

 


Evangelio (Mt 6,19-23)


En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: “No amontonéis tesoros en la tierra, donde la polilla y la herrumbre los corroen y donde los ladrones socavan y los roban. Amontonad en cambio tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni la herrumbre corroen, y donde los ladrones no socavan ni roban. Porque donde está tu tesoro allí estará tu corazón. La lámpara del cuerpo es el ojo. Por eso, si tu ojo es sencillo, todo tu cuerpo estará iluminado. Pero si tu ojo es malicioso, todo tu cuerpo estará en tinieblas. Y si la luz que hay en ti es tinieblas, ¡qué grande será la oscuridad!”.


Comentario


Muchas veces las enseñanzas de Jesús manifiestan la sabiduría humana, característica de la tradición sapiencial de Israel. Ya en los Proverbios se lee: “No te afanes por adquirir riqueza, ten la prudencia de desistir” (Pr 23,4).


Sin embargo, en este pasaje del evangelio el Señor no nos invita a dejar la natural inclinación humana a acumular tesoros, a la prudencia de preparar el futuro guardando algo de dinero para cuando lo necesitaremos. Él insiste más bien en qué tipo de riquezas conviene amontonar: tesoros celestiales.


En otro momento, cuando un joven le pregunta qué tiene que hacer para ser perfecto, Jesús le contesta: “Si quieres ser perfecto, anda, vende tus bienes y dáselos a los pobres, y tendrás un tesoro en los cielos” (Mt 19,21).


La única riqueza que nunca se puede perder es el amor que cada uno de nosotros ha puesto durante el tiempo que se le ha dado. San Juan de la Cruz decía que al final de nuestra vida seremos juzgados en el amor, es decir en nuestro empeño concreto de amor y servicio a Dios y a nuestros hermanos los hombres.


Si es verdad que “donde está tu tesoro allí estará tu corazón”, es verdad también lo contrario: “donde está tu corazón, es allí donde estás acumulando tu tesoro”. Por eso de vez en cuando ayuda pensar en qué está metido nuestro corazón, en cómo invertimos nuestro tiempo, en cuáles son nuestras preocupaciones. Nos daremos cuenta si estamos sólo en nuestras cosas o hay espacio para los demás. Si el motivo de nuestro existir es un generoso servicio a Dios y a los hombres.


Así explicaba san Josemaría el secreto de la felicidad: “Lo que se necesita para conseguir la felicidad, no es una vida cómoda, sino un corazón enamorado” (Surco n. 795).


TEXTOS PARA TU ORACION PERSONAL 


“Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas”, dice la Escritura. Y san Josemaría invita a considerar: "Lo que se necesita para conseguir la felicidad, no es una vida cómoda, sino un corazón enamorado".



“Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas” (Mt 22, 37; Lc 10, 27).


Con todo el corazón, con el cuerpo y con el alma


Lo que se necesita para conseguir la felicidad, no es una vida cómoda, sino un corazón enamorado.


Surco, 795


Hijos míos, hay que amar a Dios con el alma entera, con todo el corazón, con el cuerpo y con el alma. Insisto: ¡que no falte la gracia humana en la correspondencia a la gracia divina que recibimos!


Memoria del Beato Josemaría, 101, 1


El corazón de la criatura, con la gracia de Dios, es capaz de amar una inmensidad. ¡Vale la pena ser fieles!: no olvidéis que nosotros somos enamorados; ¡no somos gentes sin amor! Si no metemos completamente a Dios en nuestras vidas, ¡enamorados!, no podemos tirar para adelante. No hagáis nada sin poner por lo menos una chispa de amor, ¡aunque cueste!


Memoria del Beato Josemaría, 102, 1


Amar es... no albergar más que un solo pensamiento, vivir para la persona amada, no pertenecerse, estar sometido venturosa y libremente, con el alma y el corazón, a una voluntad ajena... y a la vez propia.


Surco 797


Hay corazones duros, pero nobles, que —al acercarse al calor del Corazón de Jesucristo— se derriten como el bronce en lágrimas de amor, de desagravio. ¡Se encienden! En cambio, los tibios tienen el corazón de barro, de carne miserable... y se resquebrajan. Son polvo. Dan pena. Di conmigo: ¡Jesús nuestro, lejos de nosotros la tibieza! ¡Tibios, no! Forja, 490


Alguno ha comparado el corazón a un molino, que se mueve por el viento del amor, de la pasión... Efectivamente, ese “molino” puede moler trigo, cebada, estiércol... —¡Depende de nosotros! Surco, 811


CUANDO SE AMA DE VERDAD, SE DA CON ALEGRÍA, SIN LLEVAR LA CUENTA Y SIN BUSCAR AGRADECIMIENTO

Cuando se ama de verdad, se da con alegría, sin llevar la cuenta y sin buscar agradecimiento: ¡es suficiente, entonces, para el alma, la oportunidad de gastarse gustosamente! No se piensa si ya se ha hecho mucho, o si cuesta: en el trato con Dios no se repara en los obstáculos porque, como en el amor humano, no hay dificultades ni defectos que impidan la conversación con la persona amada.


Memoria del Beato Josemaría, 52, 2


No lo dudes: el corazón ha sido creado para amar. Metamos, pues, a Nuestro Señor Jesucristo en todos los amores nuestros. Si no, el corazón vacío se venga, y se llena de las bajezas más despreciables.


Surco 800


A Dios hay que quererle con el corazón entero, entregado, sabiendo que el Señor se conforma con este pobre corazón nuestro si se lo damos de veras.


Memoria del Beato Josemaría, 106, 1


Enamorados del Amor


Somos enamorados del Amor. Por eso, el Señor no nos quiere secos, tiesos, como una cosa sin vida: ¡nos quiere impregnados de su cariño!


Forja 492


El Señor no tenia un corazón seco, tenía un corazón de hondura infinita que sabia agradecer, que sabía amar.


Memoria del Beato Josemaría, 106, 3


Jesús hará que tomes a todos los que tratas un cariño grande, que en nada empañará el que a El le tienes. Al contrario: cuanto más quieras a Jesús, más gente cabrá en tu corazón.


ÉL NOS MIRA CONSTANTEMENTE Y VE NUESTROS DESEOS MÁS ÍNTIMOS, «PENETRANDO LOS CORAZONES»: NADA DE NUESTRA VIDA -ASÍ DE GRANDE ES SU PREDILECCIÓN- LE RESULTA DESCONOCIDO

Forja 876


Mira: tenemos que amar a Dios no sólo con nuestro corazón, sino con el “Suyo”, y con el de toda la humanidad de todos los tiempos...: si no, nos quedaremos cortos para corresponder a su Amor. Surco 809


Somos gente comprometida por el amor. Por eso, hemos de vivir una fidelidad continua y siempre más exigente, también cuando debemos caminar a contrapelo. Nos movemos en la presencia del Señor: Él nos mira constantemente y ve nuestros deseos más íntimos, scrutans corda [«penetrando los corazones»]: nada de nuestra vida -así de grande es su predilección- le resulta desconocido. Por eso os digo en tantas ocasiones que le deis el corazón entero, como justa correspondencia a sus desvelos.


Memoria del Beato Josemaría, 171, 3


Si de verdad deseas que tu corazón reaccione de un modo seguro, yo te aconsejo que te metas en una Llaga del Señor: así le tratarás de cerca, te pegarás a El, sentirás palpitar su Corazón..., y le seguirás en todo lo que te pida.


Forja 755


¡Gracias, Jesús mío!, porque has querido hacerte perfecto Hombre, con un Corazón amante y amabilísimo, que ama hasta la muerte y sufre; que se llena de gozo y de dolor; que se entusiasma con los caminos de los hombres, y nos muestra el que lleva al Cielo; que se sujeta heroicamente al deber, y se conduce por la misericordia; que vela por los pobres y por los ricos; que cuida de los pecadores y de los justos... —¡Gracias, Jesús mío, y danos un corazón a la medida del Tuyo!


Surco 813


El corazón! De vez en cuando, sin poder evitarlo, se proyecta una sombra de luz humana, un recuerdo torpe, triste, “pueblerino”...


—Acude enseguida al Sagrario, física o espiritualmente: y tornarás a la luz, a la alegría, a la Vida.


Surco, 817


Con la ayuda de la Virgen


No se puede llevar una vida limpia sin la ayuda divina. Dios quiere nuestra humildad, quiere que le pidamos su ayuda, a través de nuestra Madre y Madre suya. Tienes que decir a la Virgen, ahora mismo, en la soledad acompañada de tu corazón, hablando sin ruido de palabras: Madre mía, este pobre corazón mío se rebela algunas veces... Pero si tú me ayudas... —Y te ayudará, para que lo guardes limpio y sigas por el camino a que Dios te ha llamado: la Virgen te facilitará siempre el cumplimiento de la Voluntad de Dios.


Forja 315


Pedid a la Madre bendita del Cielo que purifique vuestro corazón, y Ella lo alcanzará del Padre. ¡Jesús, guarda nuestro corazón! ¡Guárdalo para Ti! Un corazón recio, fuerte, duro y tierno y afectuoso y delicado, lleno de caridad por Ti, con mis hermanos y con todas las almas.


COMPRENSIÓN, CARIDAD REAL. CUANDO DE VERAS LA HAYAS CONSEGUIDO, TENDRÁS EL CORAZÓN GRANDE CON TODOS, SIN DISCRIMINACIONES

Memoria del Beato Josemaría, 107, 1


Un corazón que ama desordenadamente las cosas de la tierra está como sujeto por una cadena, o por un "hilillo sutil", que le impide volar a Dios.


Forja, 486


Comprensión, caridad real. Cuando de veras la hayas conseguido, tendrás el corazón grande con todos, sin discriminaciones, y vivirás —también con los que te han maltratado— el consejo de Jesús: "venid a mí todos los que andáis agobiados..., que Yo os aliviaré".


Forja, 867


Poniendo el amor de Dios en medio de la amistad, este afecto se depura, se engrandece, se espiritualiza; porque se queman las escorias, los puntos de vista egoístas, las consideraciones excesivamente carnales. No lo olvides: el amor de Dios ordena mejor nuestros afectos, los hace más puros, sin disminuirlos.


Surco, 828


¿Quién no devolverá amor por amor?


PARA SABER DE VERDAD LO QUE ES EL CORAZÓN HUMANO Y EL CORAZÓN DE CRISTO Y EL AMOR DE DIOS, HACE FALTA FE Y HACE FALTA HUMILDAD

Jesús en la Cruz, con el corazón traspasado de Amor por los hombres, es una respuesta elocuente —sobran las palabras— a la pregunta por el valor de las cosas y de las personas. Valen tanto los hombres, su vida y su felicidad, que el mismo Hijo de Dios se entrega para redimirlos, para limpiarlos, para elevarlos. ¿Quién no amará su Corazón tan herido?, preguntaba ante eso un alma contemplativa. Y seguía preguntando: ¿quién no devolverá amor por amor? ¿Quién no abrazará un Corazón tan puro? Nosotros, que somos de carne, pagaremos amor por amor, abrazaremos a nuestro herido, al que los impíos atravesaron manos y pies, el costado y el Corazón. Pidamos que se digne ligar nuestro corazón con el vínculo de su amor y herirlo con una lanza, porque es aún duro e impenitente.


Son pensamientos, afectos, conversaciones que las almas enamoradas han dedicado a Jesús desde siempre. Pero, para entender ese lenguaje, para saber de verdad lo que es el corazón humano y el Corazón de Cristo y el amor de Dios, hace falta fe y hace falta humildad. Con fe y humildad nos dejó San Agustín unas palabras universalmente famosas: nos has creado, Señor, para ser tuyos, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti.


Es Cristo que pasa, 165


En vuestro corazón sois como un Sagrario en el que el Señor ha querido refugiarse. El Señor nos ama con su Amor infinito, nos ama mucho; y de nuestra parte espera amor, desagravio, por nuestras faltas personales de correspondencia y por las de todos los hombres. Cuando hay amor de verdad, no hay zafiedad; lo zafio y lo sucio suponen desamor.


Memoria del Beato Josemaría, 221, 2


AFECTIVIDAD UN CORAZON PARA MAR DE VERDAD


Desde muy antiguo se pensó que eran malos aquellos sentimientos que disminuyeran o anularan la libertad. Ésta fue la gran preocupación de la época griega, del pensamiento oriental y de muchas de las religiones antiguas. En todas las grandes tradiciones sapienciales de la humanidad encontramos una advertencia sobre la importancia de educar la libertad del hombre ante sus deseos y sentimientos. Parece como si todas ellas hubieran experimentado, ya desde tiempos muy remotos, que en el interior del corazón del hombre hay fuerzas y solicitaciones contrapuestas que con frecuencia pugnan violentamente entre sí.

Todas esas tradiciones hablan de la agitación de las pasiones; desean la paz de una conducta prudente, guiada por una razón que se impone sobre los deseos; apuntan hacia una libertad interior en el hombre, a una libertad que no es un punto de partida sino una conquista que cada hombre ha de realizar. Cada uno debe adquirir dominio de sí mismo, imponiéndose la regla de la razón, y ése es el camino de lo que empezó a llamarse virtud: la alegría y la felicidad vendrán como fruto de una vida conforme a ella.

Conversión del corazón

La moral cristiana enseña que el desorden de nuestro mundo afectivo hunde sus raíces en el pecado original. El corazón humano es capaz de indudable nobleza, de los más altos grados de heroísmo y de santidad, pero también de las más grandes bajezas y de los instintos más deshumanizados.

El Nuevo Testamento recoge en varias ocasiones diversas palabras de Jesucristo en las que insistía pidiendo con fuerza la conversión interior del corazón y de los deseos: Habéis oído que se dijo: No cometerás adulterio. Pero yo os digo que todo el que mira a una mujer deseándola, ya ha cometido adulterio en su corazón[1].

Nuestro Señor subraya que no basta con abstenerse de obrar mal, o con atenerse a unas normas en la conducta exterior, sino que hay que cambiar el corazón, porque del interior del corazón de los hombres proceden los malos pensamientos, fornicaciones, hurtos, homicidios, adulterios, codicias, maldades, fraude, deshonestidad, envidia, blasfemia, soberbia, insensatez. Todas estas cosas malas proceden del interior y hacen impuro al hombre[2].

Sus enseñanzas son una constante apelación a la conversión del corazón, la única que hace realmente bueno al hombre: El hombre bueno del buen tesoro de su corazón saca cosas buenas, y el malo de su mal saca cosas malas: porque de la abundancia del corazón habla su boca.[3] Remarcan la necesidad radical de purificarse interiormente: Vosotros os hacéis pasar por justos delante de los hombres; pero Dios conoce vuestros corazones[4].

Los actos inmorales surgen de los pensamientos torcidos que incuba el corazón. Por eso tiene tanta importancia la educación de sus afectos. Y por eso el Apóstol Pedro dice a Ananías, cuando es sorprendido en su falsedad: ¿Por qué has admitido esta acción en tu corazón?[5]

La moral cristiana no observa con recelo a los sentimientos. Al contrario, da una importancia fundamental a su cuidado y su educación, pues tienen una enorme trascendencia en la vida moral. Orientar y educar la afectividad supone un trabajo de purificación, porque el pecado ha introducido la cizaña del desorden en el corazón de todos los hombres y es por tanto necesario sanarlo. Por eso escribió San Josemaría: No te digo que me quites lo afectos, Señor, porque con ellos puedo servirte, sino que los acrisoles[6].

Se trata de construir sobre el fundamento firme de las exigencias de la dignidad del hombre, del respeto y la sintonía con todo lo que exige su naturaleza y le es propio. Y el mejor estilo afectivo, el mejor carácter, será el que nos sitúe en una órbita más próxima a esa singular dignidad que al ser humano corresponde. En la medida que lo logremos, se nos hará más accesible la felicidad y la santidad.

Sentimientos y virtud

Cada sentimiento favorece unas acciones y entorpece otras. Por tanto, los sentimientos favorecen o entorpecen una vida psicológicamente y espiritualmente sana, y también favorecen o entorpecen la práctica de las virtudes o valores que deseamos alcanzar. No puede olvidarse que la envidia, el egoísmo, la soberbia o la pereza, son ciertamente carencias de virtud, pero también son carencias de la adecuada educación de los sentimientos que favorecen o entorpecen esa virtud. Puede decirse por tanto que la práctica de las virtudes favorece la educación del corazón, y viceversa.

Muchas veces se olvida que los sentimientos son una poderosa realidad humana, una realidad que —para bien o para mal— es habitualmente lo que con más fuerza nos impulsa o retrae en nuestro actuar. En ocasiones se ha tendido a descuidar su educación, quizá por la confusa impresión de que son algo oscuro y misterioso, poco racional, casi ajeno a nuestro control; o quizá por confundir sentimiento con sentimentalismo o sensiblería; o porque la educación de la afectividad es una tarea difícil, que requiere discernimiento y constancia, y quizá por eso se elude casi sin darnos cuenta.

Los sentimientos aportan a la vida gran parte de su riqueza, y resultan decisivos para una vida lograda y feliz. Lo que se necesita para conseguir la felicidad, no es una vida cómoda sino un corazón enamorado[7]. Y para ello hay que educar el corazón, aunque no siempre sea un tarea fácil. Todos contamos con la posibilidad de conducir en bastante grado nuestros sentimientos. No debemos caer en el fatalismo de pensar que apenas pueden educarse, y considerar por eso que las personas son indefectiblemente de una manera o de otra, y que son generosas o envidiosas, tristes o alegres, cariñosas o frías, optimistas o pesimistas, como si eso fuera algo que responde a una inexorable naturaleza casi imposible de modificar.

Es cierto que las disposiciones sentimentales tienen una componente innata, cuyo alcance resulta difícil precisar. Pero está también el poderoso influjo de la familia, de la escuela, de la cultura en que se vive, de la fe. Y está, sobre todo, el propio esfuerzo personal por mejorar, con la gracia de Dios.

Ejemplo, exigencia, buena comunicación

En el aprendizaje emocional, el ejemplo tiene un particular protagonismo. Basta pensar, por ejemplo, en cómo se transmite de padres a hijos la capacidad de reconocer el dolor ajeno, de comprender a los demás, de brindar ayuda a quien lo necesita. Son estilos emocionales que todos aprendemos de modo natural y los registramos en nuestra memoria sin apenas darnos cuenta, observando a quienes nos rodean.

Pero no por eso todo es cuestión de buen ejemplo. Hay hijos egoístas e insensibles cuyos padres son personas de gran corazón. Y esto es así porque el modelo es importante, pero, además de ello (por ejemplo, de padres atentos a las necesidades de los demás), es preciso sensibilizar frente a esos valores (hacerles descubrir esas necesidades en los demás, señalarles el atractivo de un estilo de vida basado en la generosidad) y, además, educar en un clima de exigencia personal, porque, si no hay autoexigencia, la pereza y el egoísmo ahogan fácilmente cualquier proceso de maduración emocional. La disciplina y la autoridad son decisivas para educar, pues sin un poco de disciplina difícilmente se pueden aprender la mayoría de las cuestiones importantes para la vida.

Junto a eso, es esencial que haya un clima distendido, de buena comunicación; que en la familia sea fácil crear momentos de mayor intimidad, en los que puedan aflorar con confianza los sentimientos de cada uno y así ser compartidos y educados; que no haya un excesivo pudor a la hora de manifestar los propios sentimientos; que haya facilidad para expresar a los demás con lealtad y cariño lo que de ellos nos ha disgustado; etc.

Cuando falta esa sintonía frente a algún tipo de sentimientos (de misericordia ante el sufrimiento ajeno, de deseo de superarse ante una contrariedad, de alegría ante el éxito de otros, etc.), o en la medida en que esos sentimientos no se fomentan, o incluso se dificultan o se desprestigian, cada uno tiende a restringirlos y, poco a poco, los sentirá cada vez menos: se van desdibujando y desaparecen poco a poco del repertorio emocional.

La fuerza de la educación

Entre el sentimiento y la conducta hay un paso importante. Por ejemplo, se puede sentir miedo y actuar valientemente. O sentir odio y perdonar. En ese espacio entre sentimientos y acción está la libertad personal. Se produce entonces una decisión personal, que está en parte en ese momento concreto y en parte antes, en el proceso previo de educación y autoeducación. A lo largo de la vida se va creando un estilo de sentir, y también un estilo de actuar. Siguiendo con el ejemplo, una persona miedosa o rencorosa se ha acostumbrado a reaccionar cediendo al miedo o al rencor que espontáneamente le producen determinados estímulos, y esto ha creado en él un hábito más o menos permanente. Ese hábito le lleva a tener un estilo de responder afectivamente a esas situaciones, hasta acabar constituyéndose en un rasgo de su carácter.

En definitiva, no podemos cambiar nuestra herencia genética, ni nuestra educación hasta el día de hoy, pero sí podemos pensar en el presente y en el futuro, con una confianza profunda en la gran capacidad de transformación del hombre a través de la formación, del esfuerzo personal y de la gracia de Dios.

Sentimientos y educación moral

La educación debe prestar una atención muy particular a la educación moral, y no puede quedarse sólo en cuestiones como el desarrollo intelectual, la fuerza de voluntad o la estabilidad emocional. Y una buena educación sentimental ha de ayudar, entre otras cosas, a aprender, en lo posible, a disfrutar haciendo el bien y sentir disgusto haciendo el mal. Se trata, por tanto, de aprender a querer lo que de verdad merece ser querido.

En nuestro interior hay sentimientos que nos empujan a obrar bien, y, junto a ellos, pululan también otros que amenazan nuestra vida moral. Por eso debemos procurar modelar nuestros sentimientos para que nos ayuden lo más posible a sentirnos bien con aquello que nos ayuda a construir una vida personal armónica, plena, lograda; y a sentirnos mal en caso contrario. Porque la educación moral nos ayuda —entre otras cosas— a sentir óptimamente.

Para los primeros cristianos, el sentido positivo de la afectividad humana era algo connatural y muy cercano. Prueba de ello es el consejo de San Pablo: Tened entre vosotros los mismos sentimientos que tuvo Cristo Jesús[8]. El Catecismo de la Iglesia Católica habla también de la importancia de implicar la vida afectiva en la santidad: «La perfección moral consiste en que el hombre no sea movido al bien sólo por su voluntad, sino también por su apetito sensible según estas palabras del salmo: ‘Mi corazón y mi carne gritan de alegría hacia el Dios vivo’ (Sal 84,3)»[9].

Es verdad que a veces hacer el bien no será atractivo. Por eso los sentimientos no son siempre una guía moral segura. Pero no hay que desdeñar su fuerza y su influencia, sino comprender que conviene educarlos para que ayuden lo más posible a la vida moral. Si una persona, por ejemplo, siente desagrado al mentir y satisfacción cuando es sincera, eso sin duda le será de gran ayuda. Y si se siente molesta cuando es desleal, o egoísta, o perezosa, o injusta, esos sentimientos le alejarán de esos errores, y a veces con bastante más fuerza que otros argumentos.

Con una buena educación de los sentimientos, cuesta menos esfuerzo llevar una vida de virtud y alcanzar la santidad. De todas formas, por muy buena que sea la educación de una persona, hacer el bien supondrá con frecuencia un vencimiento, y a veces grande. Pero siempre se sale ganando con el buen obrar. En cambio, elegir el mal supone autoengañarse y, a la larga, una vida mucho más difícil y decepcionante. Por eso, no se trata de ganarnos la felicidad del Cielo siendo desgraciados en la tierra, sino de buscar ambas felicidades a la vez: Cada vez estoy más persuadido: la felicidad del Cielo es para los que saben ser felices en la tierra[10].

La libertad interior

A veces tendemos a identificar obligación con coacción, percibimos la idea del deber como una pérdida de libertad, y eso es un error en el desarrollo emocional. Actuar conforme al deber es algo que nos perfecciona. Si aceptamos nuestro deber como una voz amiga, acabaremos asumiéndolo de modo gustoso y cordial, y descubriremos poco a poco que el gran logro de la educación afectiva es conseguir unir en lo posible el querer y el deber. Así, además, se alcanza un grado de libertad mucho mayor, porque la felicidad no está en hacer lo que uno quiere, sino en querer lo que uno debe hacer.

Así nos sentiremos ligados al buen obrar moral, pero no obligados, ni forzados, ni coaccionados, porque lo percibiremos como un ideal que nos lleva a la plenitud, y eso constituye una de las mayores conquistas de la verdadera libertad.

12 de junio de 2020

PUREZA DE CORAZON

— El Noveno Mandamiento y la pureza del alma.
— La guarda del corazón y la fidelidad.
— Afectividad y de los sentidos internos.

I. El Señor señala en diversas ocasiones cómo la fuente de los actos humanos está en el corazón, en el interior del hombre, en el fondo de su espíritu; y esta interioridad ha de mantenerse pura y limpia de afectos desordenados, de rencores, de envidias... En el corazón se origina todo lo bueno que luego se hace realidad en la conducta externa de la persona. En él se consolidan, con la gracia, una piedad sincera para tratar a Dios, y el amor limpio, la comprensión y la cordialidad en las relaciones con el prójimo. La pureza del corazón agranda su capacidad de amar, mientras el aburguesamiento, el egoísmo, la ceguera espiritual son consecuencia de una interioridad manchada. Porque del corazón provienen también los malos pensamientos, los homicidios, los adulterios, fornicaciones, hurtos, falsos testimonios, blasfemias...1. Por eso advierte el Libro de los Proverbios: Guarda tu corazón más que toda otra cosa, porque de él brotan los manantiales de la vida2. El corazón es el símbolo de lo más íntimo del hombre.

El Señor nos señala hoy en el Evangelio de la Misa3: Habéis oído que se dijo: No cometerás adulterio. Pero yo os digo que todo el que mira a una mujer deseándola, ya ha cometido adulterio en su corazón. Jesucristo declara en su sentido más auténtico la esencia del Noveno Mandamiento, que prohíbe los actos internos (pensamientos, deseos, imaginaciones) contra la virtud de la castidad; también supone una transgresión de este precepto todo afecto desordenado, aunque aparentemente parezca limpio y desinteresado, si no está de acuerdo con la voluntad de Dios en las circunstancias de cada uno.

Para vivir con delicadeza este Mandamiento –condición de todo amor verdadero– es necesario, en primer lugar, tratar a Dios, para que su amor acabe por llenar nuestro corazón. Además, es necesario evitar los motivos de tentaciones internas contra la castidad. Éstas pueden tener lugar cuando falta la prudencia para guardar los sentidos, cuando no se mortifica la imaginación y se la deja vagar en fantasías que alejan de la realidad y del cumplimiento del deber, o en busca de compensaciones afectivas, de vanidad..., o revolviendo recuerdos. Si, una vez advertidas esas tentaciones internas, no se rechazan con prontitud y no se ponen los medios para alejarlas netamente, entre los que está en primer lugar la oración humilde y confiada, se mantiene un clima interior confuso, con falta de correspondencia a la gracia, y el alma se acostumbra a no ser generosa con el Señor; y, si se empeña en estar en ese límite dudoso del consentimiento, es fácil que la falta de mortificación interior llegue a constituir verdaderos pecados internos contra la santa pureza. Con esa actitud se hace difícil, quizá imposible, avanzar en el camino del verdadero progreso espiritual. Por el contrario, cuando el alma está decidida a mantenerse limpia, con la ayuda de la gracia, o rectifica con prontitud si ha tenido un descuido, aunque sea pequeño, entonces el Espíritu Santo, dulce Huésped del alma, da más y más gracias. Y de ese modo se va afianzando en ella la alegría, que es uno de los frutos del Paráclito en quienes le prefieren a Él y renuncian a ridículas compensaciones que suelen dejar en el alma un poso de tristeza y de soledad.

II. No solo pide el Señor en este Mandamiento que evitemos lo que claramente es impuro en pensamientos y deseos contra la castidad, sino también que guardemos el corazón, defendiéndolo de aquello que puede incapacitarlo para amar. Conservar el alma limpia significa cuidar la intimidad, los afectos, ser prudentes para que la ternura no se desborde donde y cuando no debe, ser consecuentes en todo momento con la propia vocación y estado4. Quienes han sido llamados por el camino del matrimonio deben guardar su corazón para conservarlo siempre entregado a la persona con quien se casaron; y esto en los comienzos y cuando pasen los años. Y para ello es necesario encauzar el corazón con perseverancia, vigilarlo para no dejar que se enrede en compensaciones reales o imaginarias. Los esposos no deben olvidar «que el secreto de la felicidad conyugal está en lo cotidiano, no en ensueños (...). Digo constantemente, a los que han sido llamados por Dios a formar un hogar, que se quieran siempre, que se quieran con el amor ilusionado que se tuvieron cuando eran novios. Pobre concepto tiene del matrimonio –que es un sacramento, un ideal y una vocación–, el que piensa que el amor se acaba cuando empiezan las penas y los contratiempos, que la vida lleva siempre consigo»5.

Aquellos a quienes el Señor pidió un día su corazón por entero, sin compartirlo con otra criatura, tienen además motivos más altos para conservar su alma limpia y libre de ataduras. Sería un lamentable engaño dejar el corazón enredado en unas pequeñeces que ahogarían –como el tallo frágil entre espinas– el amor infinito de Dios, al cual fue llamado desde la eternidad. «¿Tú crees –pregunta San Jerónimo– que has llegado a la cumbre de las virtudes, porque has ofrecido una parte del todo? A ti mismo te quiere el Señor como hostia viva y grata a Dios»6. El Señor da siempre su gracia para conservar el corazón intacto para Él y para las almas todas por Él: sin compensaciones, sin hilillos o cadenas que le impidan alcanzar las alturas a las que fue llamado, con generosidad, con fortaleza para cortar una atadura o rectificar un afecto.

Para la guarda del corazón es preciso primero cuidar el amor, pues una persona desamorada en lo humano, tibia en el trato con Dios, difícilmente podrá impedir que penetren en su alma deseos y afán de compensaciones, pues el corazón fue hecho para amar y no se resigna a la sequedad y al hastío.

Examinemos en nuestra oración cómo cuidamos esos momentos de nuestro plan de vida más particularmente dedicados al Señor: la Comunión, la Visita al Santísimo, el rato de oración, el recogimiento en las horas de la noche... Miremos hoy si nuestro trato con Jesús es un trato personal, como el de un Amigo, si huimos de la rutina y de la mediocridad. Veamos si los afectos de nuestro corazón están ordenados según el querer de Dios, si rechazamos con prontitud cualquier pensamiento que los enturbien o distorsionen.

III. La guarda del corazón comenzará en muchas ocasiones por la guarda de la vista. Entonces, el sentido común y el sentido sobrenatural ponen como un filtro delante de los ojos, para no fijarse en lo que no se debe mirar. Y esto con naturalidad y sencillez, sin hacer cosas raras, pero con reciedumbre, sabiendo bien lo que se guarda; por la calle, en el trabajo, en las relaciones sociales.

Para conocer y querer es necesario el trato. Y para evitar que el corazón se quede apegado a lo que no deba será necesario mantener una prudente distancia con aquellas personas «con las que es más fácil que esto suceda» y «Dios no quiere que suceda». Se trata de esa distancia moral, espiritual, afectiva, que se manifiesta en evitar confidencias indebidas, manifestaciones y desahogos de penas o disgustos... Suele haber circunstancias en las que la prudencia aconseje incluso poner por medio una distancia física... Si hay rectitud en la conciencia, el examen atento y sincero descubrirá una intención menos recta en esa compañía o en esos desahogos: lo que parece quererse y lo que en realidad se busca.

Para evitar que se desborde la afectividad no es necesario suprimirla (no sería posible, ni quizá humano), sino ordenarla y encauzarla según el querer de Dios: llenar el corazón de un amor fuerte y limpio que lo defienda de afectos no gratos a Dios.

Con la guarda del corazón está relacionado el control de la memoria, para rechazar escenas, diálogos, imágenes que pueden encender los rescoldos de una afectividad que impide tener el corazón donde se debe. De modo parecido, el refugio en una imaginación desbordada, en unos sueños fantásticos, impide estar abiertos a la realidad cotidiana. Cuando se cede con alguna frecuencia a esta tentación –que quizá se agudiza en momentos de cansancio, de aridez interior, o como compensación a los pequeños fracasos de la vida normal–, se va produciendo una falta de unidad de vida entre ese mundo interior en el que la vanidad sale siempre triunfante, y la vida real, austera, que es la única válida para llevar a cabo la santificación personal, para hacer el bien que Dios espera de cada hombre, de cada mujer. Un alma descontenta de su situación y dada a evadirse en esa interioridad irreal y fantástica difícilmente afrontará con generosidad y realismo lo que le corresponde hacer en cada momento para crecer en las virtudes. ¿Cómo es posible vivir de fantasías sin descuidar los propios deberes? ¿Cómo luchará contra sus defectos quien, en vez de afrontarlos con humildad y esperanza, los rehúye y los vence solo en su imaginación? ¿Qué alegría se puede poner en aquello que exige sacrificio cuando existe el hábito de refugiarse en el reducto de la fantasía llena de sueños y de irrealidad? También es posible tener el corazón apegado –atado– a personajes sacados de una película, de una novela o de la vida real, pero con los que no se tiene trato alguno. Y el corazón así atado, y quizá manchado, no puede subir hasta el Señor.

Examinemos hoy dónde tenemos puesto el corazón a lo largo del día, en quién pensamos, quién es el personaje central de nuestro mundo interior. Pidámosle a Nuestra Señora que Jesús sea el centro real de nuestro vivir y, junto a Él, el querer noble y limpio real, sacrificado, que Él también desea para cada hombre y para cada mujer, según la propia vocación.

«Permíteme un consejo, para que lo pongas en práctica a diario. Cuando el corazón te haga notar sus bajas tendencias, reza despacio a la Virgen Inmaculada: ¡mírame con compasión, no me dejes, Madre mía! —Y aconséjalo a otros»7. ¡No me dejes... no les dejes, no le dejes, Madre mía!

13 de diciembre de 2018

FRACASO LA MEJOR VICTORIA SI RECOMIENZAS

— Hemos de luchar contra los propios defectos y pasiones 
— Contar con las derrotas. Recomenzar muchas veces.
— El Señor desea que comencemos de nuevo después de cada fracaso
I. En estos días de Adviento se nos presenta la figura de Juan el Bautista como modelo para imitar en muchas virtudes, y como figura dispuesta por Dios para preparar la llegada del Mesías. Con él se cierra el Antiguo Testamento y se llega al umbral del Nuevo.
El Señor nos anuncia en el Evangelio de la Misa de hoy que desde los días de Juan hasta ahora el Reino de los Cielos padece violencia, y quienes se esfuerzan lo conquistan1. Padece violencia la Iglesia por parte de los poderes del mal, y padece violencia el alma de cada hombre, inclinada al mal como consecuencia del pecado original. Será necesario luchar hasta el final de nuestros días para seguir al Señor en esta vida y contemplarle eternamente en el Cielo. La vida del cristiano no es compatible con el aburguesamiento, la comodidad y la tibieza. «Hay quien no es capaz ni siquiera de cambiarse de sitio por Dios. Quisieran sentir gustos y consuelos de Dios sin hacer más esfuerzos que tragar lo que Él les echa en la boca, y gozar lo que les pone en el corazón sin mortificarse ellos en nada; sin dejar sus gustos y veleidades. Pero esperan en vano. Porque mientras ellos no salgan a buscar a Dios, por mucho que le llamen, no le encontrarán»2.
Ahora es un momento especialmente propicio para que examinemos cómo luchamos contra las propias pasiones, los defectos, el pecado, el mal carácter... Esa lucha «es fortaleza para combatir las propias debilidades y miserias, valentía para no enmascarar las infidelidades personales, audacia para confesar la fe también cuando el ambiente es contrario.
»Hoy, como ayer, del cristiano se espera heroísmo. Heroísmo en grandes contiendas, si es preciso. Heroísmo –y será lo normal– en las pequeñas pendencias de cada jornada»3.
Esta lucha que nos pide el Señor a lo largo de toda nuestra vida, y especialmente en estos tiempos litúrgicos en que se nos manifiesta de modo más cercano en su Santísima Humanidad, se concretará muchas veces en fortaleza para cumplir delicadamente nuestros actos de piedad con el Señor, sin abandonarlos por cualquier otra cosa que se nos presente, sin dejarnos llevar por el estado de ánimo de ese día o de ese momento; se concretará en el modo de vivir la caridad, corrigiendo formas destempladas del carácter (del mal carácter), esforzándonos por tener detalles de cordialidad, de buen humor, de delicadeza con los demás; en realizar bien el trabajo, que hemos ofrecido a Dios; en hacer un apostolado eficaz a nuestro alrededor; en poner los medios oportunos para que nuestra formación no se estanque... Ordinariamente será una lucha en lo pequeño. «Oigamos al Señor, que nos dice: quien es fiel en lo poco, también lo es en lo mucho, y quien es injusto en lo poco, también lo es en lo mucho (Lc 16,10). Que es como si nos recordara: lucha cada instante en esos detalles en apariencia menudos, pero grandes a mis ojos; vive con puntualidad el cumplimiento del deber; sonríe a quien lo necesite, aunque tú tengas el alma dolorida; dedica, sin regateo, el tiempo necesario a la oración; acude en ayuda de quien te busca; practica la justicia, ampliándola con la gracia de la caridad»4.
Nuestro amor al Señor se expresará en recomenzar muchas veces en este esfuerzo diario para no dejarnos vencer por la comodidad y la pereza, siempre al acecho. «El diablo no duerme, ni es aún la carne muerta, por eso no ceses de prepararte para la batalla. A la diestra y a la siniestra están los enemigos, que nunca descansan»5. No descansemos tampoco nosotros en una lucha alegre y con metas concretas. El Señor está de nuestro lado y ha puesto un Ángel Custodio que nos prestará inestimables ayudas, si acudimos a él.
II. En nuestro andar hacia el Señor no siempre venceremos. Muchas derrotas serán de escaso relieve; otras sí tendrán importancia, pero el desagravio y la contrición nos acercarán más a Dios. Y comenzaremos de nuevo, con la ayuda del Señor, sin desánimos ni pesimismo, que son fruto de la soberbia, sino con paciencia y humildad para empezar una vez más aunque no veamos fruto alguno.
En muchísimas ocasiones oiremos al Espíritu Santo: Vuelve a empezar..., sé constante, no importa el reciente fracaso, no importan todas las experiencias negativas anteriores juntas..., vuelve a empezar con más humildad, pidiendo más ayuda a tu Señor.
En lo humano, la genialidad es fruto, normalmente, de una prolongada paciencia, de un esfuerzo repetido incesantemente y mejorado sin cesar. «El sabio repite sus cálculos y renueva sus experiencias, modificándolas hasta dar con el objeto de sus investigaciones. El escritor retoca veinte veces su obra. El escultor rompe uno después de otro sus intentos hasta que expresan su creación interior... Todas las creaciones humanas son fruto de una perpetua vuelta a empezar»6. En lo sobrenatural, nuestro amor al Señor no se manifiesta tanto en los éxitos que creemos haber alcanzado como en la capacidad de comenzar de nuevo, de renovar la lucha interior. La mediocridad espiritual, la tibieza, es, por el contrario, el abandono y la dejadez en nuestros propósitos y metas de vida interior. En el camino que conduce a Dios, «dormir es morir»7. El desánimo, que lleva siempre en sí mismo un punto de soberbia y de excesiva confianza en uno mismo, induce al abandono de los propósitos y metas que el Espíritu Santo sugirió un día en la intimidad del corazón.
Con frecuencia, el progreso de la vida interior viene después de fracasos, quizá inesperados, ante los que reaccionamos con humildad y deseos más firmes de seguir al Señor. Se ha dicho con razón que la perseverancia no consiste en no caer nunca, sino en levantarse siempre. «Cuando un soldado que está combatiendo recibe alguna herida o retrocede un poco, nadie es tan exigente o tan ignorante de las cosas de la guerra que piense que eso es un crimen. Los únicos que no reciben heridas son los que no combaten; quienes se lanzan con más ardor contra el enemigo son quienes reciben los golpes»8.
Pidámosle a la Virgen la gracia de no abandonar jamás nuestra lucha interior, aunque sea triste y catastrófica nuestra experiencia anterior, y la gracia y la humildad de recomenzar siempre.
Pidámosle también hoy a Nuestra Señora ser constantes en nuestro apostolado, aunque aparentemente no se vea fruto alguno. Un día, quizá cuando ya estemos en su presencia, el Señor nos hará contemplar los frutos de un apostolado que en ocasiones nos parecía estéril, y que fue siempre eficaz. La semilla que se siembra da siempre su fruto: una, cien; otra sesenta; otra, treinta...9. Mucho fruto para una sola semilla.
III. Levantaos, alzad la cabeza. Se acerca vuestra liberación10.
Se nos narra en los Hechos de los Apóstoles que un día Pedro y Juan subían al Templo para orar y se encontraron con un cojo de nacimiento que pedía limosna. Entonces Pedro le dijo: No tengo plata ni oro; pero lo que tengo, eso te doy: en el nombre de Jesucristo Nazareno levántate y anda11.
En el nombre de Jesucristo... Así hemos de recomenzar nosotros en el apostolado y en nuestra lucha contra todo lo que intenta separarnos de Dios. Esa es nuestra fuerza. No comenzamos de nuevo por un empeño personal, como si tratáramos de afirmar que nosotros podemos sacar adelante las cosas. Nosotros no podemos nada. Precisamente, cuando nos sentimos débiles, la fuerza de Cristo habita en nosotros12. ¡Y es una fuerza poderosa!
Como San Pedro que, después de aquella noche perdida en la que no había pescado nada, echa de nuevo las redes al mar solo porque el Señor se lo manda: Maestro, le dice, toda la noche hemos estado fatigándonos y no hemos cogido nada; pero porque Tú lo dices echaré la red13. A pesar del cansancio, a pesar de que no es hora para pescar, aquellos hombres volverán a tomar las redes, que ya estaban lavando para otro día. Los elementos humanos que hacían aconsejable la pesca han quedado atrás. El motivo de iniciar de nuevo la tarea es la confianza de Pedro en su Señor. Pedro obedece sin más razonamientos.
El fundamento de nuestra esperanza está en que el Señor desea que recomencemos de nuevo cada vez que hemos tenido un fracaso, quizá aparente, en nuestra vida interior o en nuestro apostolado. «Porque Tú me lo dices, Señor, comenzaré de nuevo». Si vivimos así, eliminaremos para siempre en nuestra vida el fantasma del desaliento, que a tantas almas ha sumido en la mediocridad espiritual y en la tristeza.
Recomienza de nuevo... Nos lo dice Jesús con especial intimidad en estos días en que la Navidad se acerca. «Cuando tu corazón caiga, levántalo, humillándote profundamente ante Dios con reconocimiento de tu miseria, sin maravillarte de haber caído, pues no tiene nada de admirable que la enfermedad sea enferma, la debilidad débil, y la miseria mezquina. Sin embargo, detesta con todas tus fuerzas la ofensa que has hecho a Dios y, con valor y confianza en su misericordia, prosigue el camino de la virtud que habías abandonado»14.

10 de junio de 2016

PUREZA

— El Noveno Mandamiento y la pureza del alma.
— La guarda del corazón y la fidelidad según la propia vocación y estado.
— La guarda de la vista, de la afectividad y de los sentidos internos.
I. El Señor señala en diversas ocasiones cómo la fuente de los actos humanos está en el corazón, en el interior del hombre, en el fondo de su espíritu; y esta interioridad ha de mantenerse pura y limpia de afectos desordenados, de rencores, de envidias... En el corazón se origina todo lo bueno que luego se hace realidad en la conducta externa de la persona. En él se consolidan, con la gracia, una piedad sincera para tratar a Dios, y el amor limpio, la comprensión y la cordialidad en las relaciones con el prójimo. La pureza del corazón agranda su capacidad de amar, mientras el aburguesamiento, el egoísmo, la ceguera espiritual son consecuencia de una interioridad manchada. Porque del corazón provienen también los malos pensamientos, los homicidios, los adulterios, fornicaciones, hurtos, falsos testimonios, blasfemias...1. Por eso advierte el Libro de los Proverbios: Guarda tu corazón más que toda otra cosa, porque de él brotan los manantiales de la vida2. El corazón es el símbolo de lo más íntimo del hombre.
El Señor nos señala hoy en el Evangelio de la Misa3: Habéis oído que se dijo: No cometerás adulterio. Pero yo os digo que todo el que mira a una mujer deseándola, ya ha cometido adulterio en su corazón. Jesucristo declara en su sentido más auténtico la esencia del Noveno Mandamiento, que prohíbe los actos internos (pensamientos, deseos, imaginaciones) contra la virtud de la castidad; también supone una transgresión de este precepto todo afecto desordenado, aunque aparentemente parezca limpio y desinteresado, si no está de acuerdo con la voluntad de Dios en las circunstancias de cada uno.
Para vivir con delicadeza este Mandamiento –condición de todo amor verdadero– es necesario, en primer lugar, tratar a Dios, para que su amor acabe por llenar nuestro corazón. Además, es necesario evitar los motivos de tentaciones internas contra la castidad. Éstas pueden tener lugar cuando falta la prudencia para guardar los sentidos, cuando no se mortifica la imaginación y se la deja vagar en fantasías que alejan de la realidad y del cumplimiento del deber, o en busca de compensaciones afectivas, de vanidad..., o revolviendo recuerdos. Si, una vez advertidas esas tentaciones internas, no se rechazan con prontitud y no se ponen los medios para alejarlas netamente, entre los que está en primer lugar la oración humilde y confiada, se mantiene un clima interior confuso, con falta de correspondencia a la gracia, y el alma se acostumbra a no ser generosa con el Señor; y, si se empeña en estar en ese límite dudoso del consentimiento, es fácil que la falta de mortificación interior llegue a constituir verdaderos pecados internos contra la santa pureza. Con esa actitud se hace difícil, quizá imposible, avanzar en el camino del verdadero progreso espiritual. Por el contrario, cuando el alma está decidida a mantenerse limpia, con la ayuda de la gracia, o rectifica con prontitud si ha tenido un descuido, aunque sea pequeño, entonces el Espíritu Santo, dulce Huésped del alma, da más y más gracias. Y de ese modo se va afianzando en ella la alegría, que es uno de los frutos del Paráclito en quienes le prefieren a Él y renuncian a ridículas compensaciones que suelen dejar en el alma un poso de tristeza y de soledad.
II. No solo pide el Señor en este Mandamiento que evitemos lo que claramente es impuro en pensamientos y deseos contra la castidad, sino también que guardemos el corazón, defendiéndolo de aquello que puede incapacitarlo para amar. Conservar el alma limpia significa cuidar la intimidad, los afectos, ser prudentes para que la ternura no se desborde donde y cuando no debe, ser consecuentes en todo momento con la propia vocación y estado4. Quienes han sido llamados por el camino del matrimonio deben guardar su corazón para conservarlo siempre entregado a la persona con quien se casaron; y esto en los comienzos y cuando pasen los años. Y para ello es necesario encauzar el corazón con perseverancia, vigilarlo para no dejar que se enrede en compensaciones reales o imaginarias. Los esposos no deben olvidar «que el secreto de la felicidad conyugal está en lo cotidiano, no en ensueños (...). Digo constantemente, a los que han sido llamados por Dios a formar un hogar, que se quieran siempre, que se quieran con el amor ilusionado que se tuvieron cuando eran novios. Pobre concepto tiene del matrimonio –que es un sacramento, un ideal y una vocación–, el que piensa que el amor se acaba cuando empiezan las penas y los contratiempos, que la vida lleva siempre consigo»5.
Aquellos a quienes el Señor pidió un día su corazón por entero, sin compartirlo con otra criatura, tienen además motivos más altos para conservar su alma limpia y libre de ataduras. Sería un lamentable engaño dejar el corazón enredado en unas pequeñeces que ahogarían –como el tallo frágil entre espinas– el amor infinito de Dios, al cual fue llamado desde la eternidad. «¿Tú crees –pregunta San Jerónimo– que has llegado a la cumbre de las virtudes, porque has ofrecido una parte del todo? A ti mismo te quiere el Señor como hostia viva y grata a Dios»6. El Señor da siempre su gracia para conservar el corazón intacto para Él y para las almas todas por Él: sin compensaciones, sin hilillos o cadenas que le impidan alcanzar las alturas a las que fue llamado, con generosidad, con fortaleza para cortar una atadura o rectificar un afecto.
Para la guarda del corazón es preciso primero cuidar el amor, pues una persona desamorada en lo humano, tibia en el trato con Dios, difícilmente podrá impedir que penetren en su alma deseos y afán de compensaciones, pues el corazón fue hecho para amar y no se resigna a la sequedad y al hastío.
Examinemos en nuestra oración cómo cuidamos esos momentos de nuestro plan de vida más particularmente dedicados al Señor: la Comunión, la Visita al Santísimo, el rato de oración, el recogimiento en las horas de la noche... Miremos hoy si nuestro trato con Jesús es un trato personal, como el de un Amigo, si huimos de la rutina y de la mediocridad. Veamos si los afectos de nuestro corazón están ordenados según el querer de Dios, si rechazamos con prontitud cualquier pensamiento que los enturbien o distorsionen.
III. La guarda del corazón comenzará en muchas ocasiones por la guarda de la vista. Entonces, el sentido común y el sentido sobrenatural ponen como un filtro delante de los ojos, para no fijarse en lo que no se debe mirar. Y esto con naturalidad y sencillez, sin hacer cosas raras, pero con reciedumbre, sabiendo bien lo que se guarda; por la calle, en el trabajo, en las relaciones sociales.
Para conocer y querer es necesario el trato. Y para evitar que el corazón se quede apegado a lo que no deba será necesario mantener una prudente distancia con aquellas personas «con las que es más fácil que esto suceda» y «Dios no quiere que suceda». Se trata de esa distancia moral, espiritual, afectiva, que se manifiesta en evitar confidencias indebidas, manifestaciones y desahogos de penas o disgustos... Suele haber circunstancias en las que la prudencia aconseje incluso poner por medio una distancia física... Si hay rectitud en la conciencia, el examen atento y sincero descubrirá una intención menos recta en esa compañía o en esos desahogos: lo que parece quererse y lo que en realidad se busca.
Para evitar que se desborde la afectividad no es necesario suprimirla (no sería posible, ni quizá humano), sino ordenarla y encauzarla según el querer de Dios: llenar el corazón de un amor fuerte y limpio que lo defienda de afectos no gratos a Dios.
Con la guarda del corazón está relacionado el control de la memoria, para rechazar escenas, diálogos, imágenes que pueden encender los rescoldos de una afectividad que impide tener el corazón donde se debe. De modo parecido, el refugio en una imaginación desbordada, en unos sueños fantásticos, impide estar abiertos a la realidad cotidiana. Cuando se cede con alguna frecuencia a esta tentación –que quizá se agudiza en momentos de cansancio, de aridez interior, o como compensación a los pequeños fracasos de la vida normal–, se va produciendo una falta de unidad de vida entre ese mundo interior en el que la vanidad sale siempre triunfante, y la vida real, austera, que es la única válida para llevar a cabo la santificación personal, para hacer el bien que Dios espera de cada hombre, de cada mujer. Un alma descontenta de su situación y dada a evadirse en esa interioridad irreal y fantástica difícilmente afrontará con generosidad y realismo lo que le corresponde hacer en cada momento para crecer en las virtudes. ¿Cómo es posible vivir de fantasías sin descuidar los propios deberes? ¿Cómo luchará contra sus defectos quien, en vez de afrontarlos con humildad y esperanza, los rehúye y los vence solo en su imaginación? ¿Qué alegría se puede poner en aquello que exige sacrificio cuando existe el hábito de refugiarse en el reducto de la fantasía llena de sueños y de irrealidad? También es posible tener el corazón apegado –atado– a personajes sacados de una película, de una novela o de la vida real, pero con los que no se tiene trato alguno. Y el corazón así atado, y quizá manchado, no puede subir hasta el Señor.
Examinemos hoy dónde tenemos puesto el corazón a lo largo del día, en quién pensamos, quién es el personaje central de nuestro mundo interior. Pidámosle a Nuestra Señora que Jesús sea el centro real de nuestro vivir y, junto a Él, el querer noble y limpio real, sacrificado, que Él también desea para cada hombre y para cada mujer, según la propia vocación.
«Permíteme un consejo, para que lo pongas en práctica a diario. Cuando el corazón te haga notar sus bajas tendencias, reza despacio a la Virgen Inmaculada: ¡mírame con compasión, no me dejes, Madre mía! —Y aconséjalo a otros»7. ¡No me dejes... no les dejes, no le dejes, Madre mía!