"Hago todos los días mi "ratito" de oración: ¡si no fuera por eso!" (Camino, 106)

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27 de diciembre de 2021

San Juan, apóstol y evangelista




 Evangelio (Jn 20, 1a. 2-8)


El día siguiente al sábado, María Magdalena echó a correr, llegó hasta donde estaban Simón Pedro y el otro discípulo, el que Jesús amaba, y les dijo:


- Se han llevado al Señor del sepulcro y no sabemos dónde lo han puesto.

Salió Pedro con el otro discípulo y fueron al sepulcro.


Los dos corrían juntos, pero el otro discípulo corrió más aprisa que Pedro y llegó antes al sepulcro. Se inclinó y vio allí los lienzos plegados, pero no entró. Llegó trae él Simón Pedro, entró en el sepulcro y vio los lienzos plegados, y el sudario que había sido puesto en su cabeza, no plegado junto a los lienzos, sino aparte, todavía enrollado, en un sitio. Entonces entró también el otro discípulo que había llegado antes al sepulcro, vio y creyó.


Comentario


La liturgia celebra hoy la fiesta de san Juan, apóstol y evangelista, hijo de Zebedeo. Según la tradición, Juan es el “discípulo amado” que se recostó sobre el pecho del Maestro en la última cena (Jn 13,25), acompañó a Jesús en el suplicio de la Cruz junto a María (Jn 19, 26-27), fue testigo del sepulcro vacío y posteriormente de la Presencia del Resucitado (Jn 20, 2; 21, 7).


En la escena del evangelio de hoy vemos a María Magdalena, Pedro y Juan en torno al sepulcro vacío. Esta escena es de suma importancia porque está en juego la verdadera dimensión del mensaje de Jesús, que Juan supo transmitir con tanta fuerza. Sólo si el amor de Jesús era más fuerte que la fatídica muerte, valdría la pena arriesgarlo todo por el Maestro. Sin esta victoria, sus palabras quedarían en meras promesas que se perderían con el correr del tiempo.


Es quizá, gracias al amor real y concreto que Juan recibió estando cerca del Maestro, que lo ayudaron a mantenerse expectante y como en guardia después de los sucesos de la pasión y muerte de Jesús. Había algo de auténtico e inmortal en el amor de Jesús, que hacía presentir que la historia del Maestro no podía terminar en tinieblas.


Estos y otros numerosos recuerdos de Jesús se agolparían en su mente al escuchar las noticias de María Magdalena, sobre la tumba vacía. La emoción lo hace correr más velozmente que Pedro, aunque al llegar lo espera en señal de respeto hacia el jefe de los apóstoles. Al asomarse no encuentra a Jesús pero ve los lienzos plegados, que le recuerdan vivamente que el misterio del resucitado es también el del crucificado.


Y aunque los lienzos no ofrecían una certeza absoluta, Juan contaba en su corazón con la claridad que sólo el amor puede otorgar. Viendo aquello supo en su interior que las palabras que escuchó tan atentamente de los labios del Maestro no eran sino verdades. Jesús había resucitado y ahora quedaba esperar a poder verlo y escucharlo nuevamente.


Existe un antiguo himno, que se reza en la liturgia de las horas, compuesto en honor al evangelista, que puede servirnos para terminar este comentario. El texto nos recuerda que en el discípulo amado tenemos un modelo para que todos imitemos, ya que todos estamos llamados a esa relación de amor con el Señor resucitado.


Tú que revelaste a Juan

tus altísimos decretos

y los íntimos secretos

de hechos que sucederán,

haz que yo logre entender

cuánto Juan ha contado.

Déjame, Señor, poner

mi cabeza en tu costado.


Tú que en la cena le abriste

la puerta del corazón,

y en la transfiguración

junto a ti lo condujiste,

permíteme penetrar

en tu misterio sagrado.

Déjame, Señor, posar

mi cabeza en tu costado.


Tú que en el monte Calvario

entre tus manos dejaste

el más santo relicario:

la carne donde habitaste;

tú que le dejaste ser

el hijo bien adoptado.

Déjame, Señor, poner

mi cabeza en tu costado.


Y tú, Juan, que a tanto amor

con amor correspondiste

y la vida entera diste

por tu Dios y tu Señor,

enséñame a caminar

por donde tú has caminado.

Enséñame a colocar

la cabeza en su costado. Amen


PARA TU ORACION PERSONAL 


PEDRO Y JUAN, tras haber escuchado el testimonio de María Magdalena, corren hacia el sepulcro vacío del Señor. En este pasaje del evangelio de hoy, el cuarto evangelista se presenta a sí mismo como el discípulo «al que Jesús amaba» (Jn 20,2). ¿Por qué Juan, cuya fiesta celebramos, fue el discípulo amado, el predilecto de Cristo? Quizá fue porque era el más joven, o quizá porque era el que más necesitaba ese cariño especial… Puede ser que por su carácter fogoso o, simplemente, porque Jesús así lo quiso. Lo que sí sabemos es que san Juan estaba convencido de ser depositario del cariño inconfundible con que el Señor le trataba.


Sin embargo, todos podemos decir que somos amados de una forma especial, única y exclusiva por Dios. Es parte del misterio de su amor por nosotros. La fe nos lo asegura, pero nuestro corazón a veces se resiste un poco a creerlo. De hecho, «la Navidad nos recuerda que Dios sigue amando a cada hombre. A mí, a ti, a cada uno de nosotros, Él nos dice hoy: “Te amo y siempre te amaré, eres precioso a mis ojos”»[1]. En efecto, al igual como lo hizo con san Juan, «el Señor desea que cada uno de nosotros sea un discípulo que viva una amistad personal con él. Para realizar esto no basta seguirlo y escucharlo exteriormente; también hay que vivir con él y como él. Esto solo es posible en el marco de una relación de gran familiaridad, impregnada del calor de una confianza total. Es lo que sucede entre amigos»[2].


JUAN ERA IMPETUOSO, y Jesús lo sabía perfectamente cuando lo eligió. Por ejemplo, cuando no les reciben en Samaría, el discípulo amado le pregunta: «¿Quieres que digamos que baje fuego del cielo y los consuma?» (Lc 9,54). En otra ocasión, seguro de sí mismo, le contó a Jesús que habían prohibido expulsar demonios a uno que no iba con ellos (cfr. Mc 9,38). Jesús siempre escucha con paciencia. Cuántas horas debieron de haber compartido para encauzar aquel fuego devorador y hacer crecer en su alma la semilla de la caridad auténtica. «A veces sucede que oponemos a la paciencia con la que Dios trabaja el terreno de la historia, y trabaja también el terreno de nuestros corazones, la impaciencia de quienes juzgan todo de modo inmediato: ahora o nunca, ahora, ahora, ahora. Y así perdemos aquella virtud, la “pequeña” pero la más hermosa: la esperanza»[3].


Juan aprendió bien las lecciones del Maestro porque se sabía querido. Los evangelios nos permiten rastrear el cambio que se fue operando en Juan. En la carrera al sepulcro que leemos hoy, por ejemplo, le vemos menos fogoso, tiene la deferencia de esperar a Pedro para entrar: «Entonces entró también el otro discípulo que había llegado antes al sepulcro, vio y creyó» (Jn 20,8). Al final de su vida, repetirá incansablemente a los primeros cristianos lo que constituye la esencia del mensaje evangélico: «Queridísimos: amémonos unos a otros, porque el amor procede de Dios, y todo el que ama ha nacido de Dios, y conoce a Dios» (1 Jn 4,7). San Jerónimo narra cómo los discípulos de san Juan le preguntaban, al final de su vida, por qué repetía tanto esto; y cuenta cómo respondía el evangelista: «Porque este es el precepto del Señor y su solo cumplimiento es más que suficiente»[4].


«QUEREOS mucho unos a otros –repetía san Josemaría–. Y al decir esto, os digo lo que está en la entraña del cristianismo: Deus caritas est (1 Jn 4,8), Dios es cariño. ¿Os acordáis de aquel Juan (…)?». Entonces, el fundador del Opus Dei recordaba lo que decía el apóstol cuando estaba ya «viejo, viejo, viejo, aunque él se debía sentir joven, joven»[5]: que el mensaje cristiano se resume «no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó primero y envió a su Hijo, como propiciación por nuestros pecados» (1 Jn 4,10). Por eso, a los ojos de un cristiano, todas las personas son destinatarias del cariño infinito de Dios.


«Dios nos ha precedido con el don de su Hijo. Una y otra vez, nos precede de manera inesperada (...). Él siempre vuelve a comenzar con nosotros. No obstante, espera que amemos con Él. Él nos ama para que nosotros podamos convertirnos en personas que aman junto con Él y así haya paz en la tierra»[6]. Después de haber deseado que una lluvia de fuego devorase la ciudad de Samaría, Juan relata la escena de Jesús y la samaritana. Es el único evangelista que lo hace. Quizá ese relato fue fruto de alguna de las tantas conversaciones con el Maestro, que quería explicarle por qué debía amar a todos, tal como Dios Padre los ama.


Juan es, finalmente, el discípulo que recibe de Jesús el dulce encargo de cuidar a la Virgen María. ¿Quién cuidó de quién? Seguramente ambos cumplieron su misión llenos de gozo y agradecimiento. María, que contempló a todas las personas a través de su hijo, amó a Juan cumpliendo la última voluntad de Jesús. Podemos acudir a ella y a san Juan para que Dios ponga en nuestro corazón ese amor que se hace fecundo en los demás.



28 de octubre de 2021

APOSTOLES Simón y Judas Tadeo

 


Evangelio (Lc 6, 12-19)


“En aquellos días salió al monte a orar y pasó toda la noche en oración a Dios. Cuando se hizo de día, llamó a sus discípulos y de entre ellos eligió a doce, a los que denominó apóstoles: a Simón, a quien también llamó Pedro, y a su hermano Andrés, a Santiago y a Juan, a Felipe, a Bartolomé, a Mateo, a Tomás, a Santiago de Alfeo, a Simón, llamado Zelotes, a Judas de Santiago y a Judas Iscariote, que fue el traidor”.


Comentario


Al igualque en otras ocasiones, el evangelio de hoy nos muestra la conducta del Señor antes de algún acontecimiento importante: se retira a orar. En este caso pasa la noche en oración. “Cuando se hizo de día” reunió a los discípulos y, de entre ellos, eligió a los doce apóstoles. Ellos serán los testigos de las obras de Jesús y los que le darán continuidad.


El día de hoy celebramos a dos de esos doce elegidos: a Simón y Judas Tadeo (sólo Lucas lo llama Judas de Santiago, a diferencia de Mateo y Marcos que lo llaman Tadeo). Es notable la diferencia que se hace entre los discípulos y el grupo de los doce, de los Apóstoles. Será sobre ellos, sobre esas doce columnas, sobre las que el Señor articulará y construirá su Iglesia.


El Señor elige a los Apóstoles y les da el poder de continuar con la obra de la salvación, y los envía, como recuerda el Concilio Vaticano II, «a todos los pueblos para que, participando de su potestad, hicieran a todos los pueblos sus discípulos, los santificaran y los gobernaran, y así extendieran la Iglesia y estuvieran al servicio de ella como pastores bajo la dirección del Señor, todos los días hasta el fin del mundo»[1].


La fiesta y el evangelio del día de hoy nos puede servir para aumentar nuestro amor a la Iglesia de Cristo, que es apostólica porque ha sido fundada sobre los doce apóstoles; quienes, desde el comienzo, instituyeron a sus sucesores –los obispos–.


PARA TU ORACION PERSONAL


Queridos hermanos y hermanas:En el Credo decimos que la Iglesia es «apostólica», expresando así el profundo vínculo que tiene con los Doce Apóstoles, a los que Jesús llamó para que estuvieran con Él y para enviarlos a predicar. «Apóstol» es una palabra griega que significa «mandado», «enviado». Y aplicada a la Iglesia, puede tener tres significados. En primer lugar, la Iglesia es apostólica porque está edificada sobre el cimiento de los Apóstoles, sobre su testimonio y sobre la autoridad que Cristo mismo les ha dado.En segundo lugar, la Iglesia es apostólica porque «guarda y transmite, con la ayuda del Espíritu Santo que habita en ella, la enseñanza, el buen depósito, las sanas palabras oídas a los Apóstoles», conserva el precioso tesoro de la Sagrada Escritura, los Sacramentos que nos permiten ser fieles a Cristo y participar de su misma vida. Y, en tercer lugar, la Iglesia es apostólica porque en ella pervive el mandato misionero que el Señor confió a sus Apóstoles. La Iglesia continúa en la historia la tarea de llevar el Evangelio a todo el mundo. 

PAPA FRANCISCO


Sucedió en aquellos días que salió al monte a orar, y pasó toda la noche en oración a Dios. Cuando se hizo de día, llamó a sus discípulos, y eligió a doce entre ellos, a los que denominó Apóstoles: a Simón, a quien puso el sobrenombre de Pedro, y a su hermano Andrés, Santiago y Juan, Felipe y Bartolomé, a Mateo y Tomás, Santiago de Alfeo y a Simón, llamado Zelotes, a Judas de Santiago y Judas Iscariote, que fue el traidor (Lc 6, 12-16) .


“A mí me anima considerar un precedente narrado, paso a paso, en las páginas del Evangelio: la vocación de los primeros doce. Vamos a meditarla despacio, rogando a esos santos testigos del Señor que sepamos seguir a Cristo como ellos lo hicieron.


Aquellos primeros apóstoles –a los que tengo gran devoción y cariño– eran, según los criterios humanos, poca cosa. En cuanto a posición social, con excepción de Mateo, que seguramente se ganaba bien la vida y que dejó todo cuando Jesús se lo pidió, eran pescadores: vivían al día, bregando de noche, para poder lograr el sustento.


Pero la posición social es lo de menos. No eran cultos, ni siquiera muy inteligentes, al menos en lo que se refiere a las realidades sobrenaturales. Incluso los ejemplos y las comparaciones más sencillas les resultaban incomprensibles, y acudían al Maestro: Domine, edissere nobis parabolam [i], Señor, explícanos la parábola. Cuando Jesús, con una imagen, alude al fermento de los fariseos, entienden que les está recriminando por no haber comprado pan [ii].


Pobres, ignorantes. Y ni siquiera sencillos, llanos. Dentro de su limitación, eran ambiciosos. Muchas veces discuten sobre quién sería el mayor, cuando –según su mentalidad– Cristo instaurase en la tierra el reino definitivo de Israel. Discuten y se acaloran durante ese momento sublime, en el que Jesús está a punto de inmolarse por la humanidad: en la intimidad del Cenáculo [iii].


Fe, poca. El mismo Jesucristo lo dice [iv]. Han visto resucitar muertos, curar toda clase de enfermedades, multiplicar el pan y los peces, calmar tempestades, echar demonios. San Pedro, escogido como cabeza, es el único que sabe responder prontamente: Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo [v]. Pero es una fe que él interpreta a su manera, por eso se permite encararse con Jesucristo para que no se entregue en redención por los hombres. Y Jesús tiene que contestarle: apártate de mí, Satanás, que me escandalizas, porque no entiendes las cosas de Dios, sino las de los hombres [vi] (…).


Aquellos hombres de poca fe, ¿sobresalían quizá en el amor a Cristo? Sin duda lo amaban, al menos de palabra. A veces se dejan arrebatar por el entusiasmo: vamos y muramos con El [vii]. Pero a la hora de la verdad huirán todos, menos Juan, que de veras amaba con obras. Sólo este adolescente, el más joven de los apóstoles, permanece junto a la Cruz. Los demás no sentían ese amor tan fuerte como la muerte [viii].


Estos eran los Discípulos elegidos por el Señor; así los escoge Cristo; así aparecían antes de que, llenos del Espíritu Santo, se convirtieran en columnas de la Iglesia (cfr. Gal II, 9.). Son hombres corrientes, con defectos, con debilidades, con la palabra más larga que las obras. Y, sin embargo, Jesús los llama para hacer de ellos pescadores de hombres (Mt IV, 19), corredentores, administradores de la gracia de Dios.


Algo semejante ha sucedido con nosotros”.

San Josemaría


1. ¿Qué es la Iglesia?


La palabra "Iglesia" significa "convocación”. Es el término frecuentemente utilizado en el texto griego del Antiguo Testamento para designar la asamblea del pueblo elegido en la presencia de Dios, sobre todo cuando se trata de la asamblea del Sinaí, en donde Israel recibió la Ley y fue constituido por Dios como su pueblo santo (cf. Éxodo, 19). Dándose a sí misma el nombre de "Iglesia", la primera comunidad de los que creían en Cristo se reconoce heredera de aquella asamblea. En ella, Dios "convoca" a su Pueblo desde todos los confines de la tierra.


En el lenguaje cristiano, la palabra "Iglesia" designa no sólo la asamblea litúrgica, sino también la comunidad local o toda la comunidad universal de los creyentes. La Iglesia es el pueblo que Dios reúne en el mundo entero. La Iglesia de Dios existe en las comunidades locales y se realiza como asamblea litúrgica, sobre todo eucarística. La Iglesia vive de la Palabra y del Cuerpo de Cristo y de esta manera viene a ser ella misma Cuerpo de Cristo. Catecismo de la Iglesia Católica 751-752


Textos de san Josemaría para meditar


Lo más importante en la Iglesia no es ver cómo respondemos los hombres, sino ver lo que hace Dios. La Iglesia es eso: Cristo presente entre nosotros; Dios que viene hacia la humanidad para salvarla, llamándonos con su revelación, santificándonos con su gracia, sosteniéndonos con su ayuda constante, en los pequeños y en los grandes combates de la vida diaria. Es Cristo que pasa, 131


Personas de diversas naciones, de distintas razas, de muy diferentes ambientes y profesiones... Al hablarles de Dios, palpas el valor humano y sobrenatural de tu vocación de apóstol. Es como si revivieras, en su realidad total, el milagro de la primera predicación de los discípulos del Señor: frases dichas en lengua extraña, mostrando un camino nuevo, han sido oídas por cada uno en el fondo de su corazón, en su propia lengua. Y por tu cabeza pasa, tomando nueva vida, la escena de que “partos, medos y elamitas...” se han acercado felices a Dios. Surco, 186


2. ¿Por qué nació la Iglesia?


Dios Padre creó el mundo por una decisión totalmente libre y misteriosa de su sabiduría y bondad. Decidió elevar a los hombres a la participación de la vida divina a la cual llama a todos los hombres a través de su Hijo Jesucristo: "Dispuso convocar a los creyentes en Cristo en la santa Iglesia".


Esta "familia de Dios" se constituye y se realiza gradualmente a lo largo de las etapas de la historia humana, según las disposiciones del Padre: en efecto, la Iglesia ha sido "prefigurada ya desde el origen del mundo y preparada maravillosamente en la historia del pueblo de Israel y en la Antigua Alianza; se constituyó en los últimos tiempos, se manifestó por la efusión del Espíritu y llegará gloriosamente a su plenitud al final de los siglos" (Lumen Gentium, 2). Catecismo de la Iglesia Católica, 759


Textos de san Josemaría para meditar


Amemos al Señor, Nuestro Dios; amemos a su Iglesia escribe San Agustín. A Él como un Padre; a Ella, como a una madre. (…) ¿De qué sirve no ofender al Padre si Él vengará a la Madre, a quien ofendéis? (S. Agustín, Enarrationes in Psalmos 88, 2, 14; PL 37, 1140). Y San Cipriano había declarado brevemente: no puede tener a Dios como Padre, quien no tiene a la Iglesia como Madre (S. Cipriano, o.c.; PL 4, 502). Amar a la Iglesia, 13


Lo mismo sucede en la vida de las instituciones, singularísimamente en la vida de la Iglesia, que obedece no a un precario proyecto del hombre, sino a un designio de Dios. La Redención, la salvación del mundo, es obra de la amorosa y filial fidelidad de Jesucristo —y de nosotros con Él— a la voluntad del Padre celestial que le envió. Conversaciones, 1


La Iglesia es de Dios, y pretende un solo fin: la salvación de las almas. Acerquémonos al Señor, hablemos con Él en la oración cara a cara, pidámosle perdón por nuestras miserias personales y reparemos por nuestros pecados y por los de los demás hombres, que quizá -en este clima de confusión- no aciertan a advertir con cuánta gravedad están ofendiendo a Dios. Amar a la Iglesia, 17


3. ¿Pero quién fundó la Iglesia?


Corresponde al Hijo, Jesucristo, realizar el plan de Salvación de su Padre, en la plenitud de los tiempos; ese es el motivo de su "misión". "El Señor Jesús comenzó su Iglesia con el anuncio de la Buena Noticia, es decir, de la llegada del Reino de Dios prometido desde hacía siglos en las Escrituras". Para cumplir la voluntad del Padre, Cristo inauguró el Reino de los cielos en la tierra. La Iglesia es el Reino de Cristo "presente ya en misterio".


"Este Reino se manifiesta a los hombres en las palabras, en las obras y en la presencia de Cristo". Acoger la palabra de Jesús es acoger "el Reino". Pero la Iglesia ha nacido principalmente del don total de Cristo por nuestra salvación, anticipado en la institución de la Eucaristía y realizado en la cruz. "El agua y la sangre que brotan del costado abierto de Jesús crucificado son signo de este comienzo y crecimiento" (Lumen Gentium, 3)


Textos de san Josemaría para meditar


Cristo ha dado a su Iglesia la seguridad de la doctrina, la corriente de gracia de los Sacramentos; y ha dispuesto que haya personas para orientar, para conducir, para traer a la memoria constantemente el camino. Disponemos de un tesoro infinito de ciencia: la Palabra de Dios, custodiada en la Iglesia; la gracia de Cristo, que se administra en los Sacramentos; el testimonio y el ejemplo de quienes viven rectamente junto a nosotros, y que han sabido construir con sus vidas un camino de fidelidad a Dios. Es Cristo que pasa, 34


Hazte cada día más "romano", ama esa condición bendita, que adorna a los hijos de la única y verdadera Iglesia, puesto que así lo ha querido Jesucristo. Forja, 586


Cristo vive en su Iglesia. "Os digo la verdad: os conviene que yo me vaya; porque si yo no me voy, el Consolador no vendrá a vosotros, pero si me voy, os lo enviaré". Esos eran los designios de Dios: Jesús, muriendo en la Cruz, nos daba el Espíritu de Verdad y de Vida. Cristo permanece en su Iglesia: en sus sacramentos, en su liturgia, en su predicación, en toda su actividad. Es Cristo que pasa, 102


4. ¿Cómo continúa la misión de Cristo a lo largo de la historia?


El Señor Jesús dotó a su comunidad de una estructura que permanecerá hasta la plena consumación del Reino. Ante todo está la elección de los Doce con Pedro como su Cabeza; puesto que representan a las doce tribus de Israel, ellos son los cimientos de la nueva Jerusalén. Los Doce y los otros discípulos participan en la misión de Cristo, en su poder, y también en su suerte. Con todos estos actos, Cristo prepara y edifica su Iglesia.

Catecismo de la Iglesia Católica, 763-765


Como se narra en los Hechos de los Apóstoles, los doce apóstoles son el signo más evidente de la voluntad de Jesús sobre la existencia y la misión de su Iglesia, la garantía de que entre Cristo y la Iglesia no hay contraposición: son inseparables, a pesar de los pecados de los hombres que componen la Iglesia.


Los apóstoles eran conscientes, porque así lo habían recibido de Jesús, de que su misión habría de perpetuarse. Por eso se preocuparon de encontrar sucesores con el fin de que la misión que les había sido confiada continuase tras su muerte, como lo testimonia el libro de los Hechos de los Apóstoles. Dejaron una comunidad estructurada a través del ministerio apostólico, bajo la guía de los pastores legítimos, que la edifican y la sostienen en la comunión con Cristo y el Espíritu Santo en la que todos los hombres están llamados a experimentar la salvación ofrecida por el Padre.


Textos de san Josemaría para meditar


Pero, ¿qué es la Iglesia? ¿dónde está la Iglesia? Muchos cristianos, aturdidos y desorientados, no reciben respuesta segura a estas preguntas, y llegan quizá a pensar que aquellas que el Magisterio ha formulado por siglos -y que los buenos Catecismos proponían con esencial precisión y sencillez- han quedado superadas y han de ser substituidas por otras nuevas. (…)


La Iglesia, hoy, es la misma que fundó Cristo, y no puede ser otra. Los Apóstoles y sus sucesores son vicarios de Dios para el régimen de la Iglesia, fundamentada en la fe y en los Sacramentos de la fe. Y así como no les es lícito establecer otra Iglesia, tampoco pueden transmitir otra Fe ni instituir otros Sacramentos; sino que, por los Sacramentos que brotaron del costado de Cristo pendiente en la Cruz, ha sido construida la Iglesia (Santo Tomás, S. Th. III, q.64, a.2 ad 3).


La Iglesia ha de ser reconocida por aquellas cuatro notas, que se expresan en la confesión de fe de uno de los primeros Concilios, como las rezamos en el Credo de la Misa: Una sola Iglesia, Santa, Católica y Apostólica (Símbolo constantinopolitano). Esas son las propiedades esenciales de la Iglesia, que derivan de su naturaleza, tal como la quiso Cristo. Y, al ser esenciales, son también notas, signos que la distinguen de cualquier otro tipo de reunión humana, aunque en estas otras se oiga pronunciar también el nombre de Cristo. Amar a la Iglesia, 19


5. ¿Quiénes forman parte de la Iglesia?


En las cartas de San Pablo se concibe a los miembros de la Iglesia como «conciudadanos de los santos y miembros de la familia de Dios, edificados sobre el cimiento de los apóstoles y los profetas, siendo piedra angular el mismo Cristo Jesús» (Efesios 2,19-20).


"Son fieles cristianos quienes, incorporados a Cristo por el bautismo, se integran en el Pueblo de Dios y cada uno según su propia condición, son llamados a desempeñar la misión que Dios encomendó cumplir a la Iglesia en el mundo" (Código Derecho Canónico, can. 204, 1; cf. Lumen Gentium, 31).


"Por su regeneración en Cristo, se da entre todos los fieles una verdadera igualdad en cuanto a la dignidad y acción, en virtud de la cual todos, según su propia condición y oficio, cooperan a la edificación del Cuerpo de Cristo" (Código Derecho Canónico can. 208; cf. Lumen Gentium, 32). Catecismo de la Iglesia Católica 871-872


Textos de san Josemaría para meditar


La llamada de Dios, el carácter bautismal y la gracia, hacen que cada cristiano pueda y deba encarnar plenamente la fe. Cada cristiano debe ser alter Christus, ipse Christus, presente entre los hombres. (...) Es necesario volver a dar toda su importancia al hecho de haber recibido el santo Bautismo, es decir, de haber sido injertado, mediante ese sacramento, en el Cuerpo místico de Cristo, que es la Iglesia... El ser cristiano, el haber recibido el Bautismo, no debe ser considerado como indiferente o sin valor, sino que debe marcar profunda y dichosamente la conciencia de todo bautizado. Conversaciones, 58


Seguramente también vosotros, al ver en estos días a tantos cristianos que expresan de mil formas diversas su cariño a la Virgen Santa María, os sentís más dentro de la Iglesia, más hermanos de todos esos hermanos vuestros. Es como una reunión de familia, cuando los hijos mayores, que la vida ha separado, vuelven a encontrarse junto a su madre, con ocasión de alguna fiesta. Y, si alguna vez han discutido entre sí y se han tratado mal, aquel día no; aquel día se sienten unidos, se reconocen todos en el afecto común. Es Cristo que pasa, 139


6. ¿Hace falta pertenecer a la Iglesia para salvarse?


Cristo es Él mismo el Misterio de la salvación. La obra salvífica de su humanidad santa y santificante es el sacramento de la salvación que se manifiesta y actúa en los sacramentos de la Iglesia (que las Iglesias de Oriente llaman también "los santos Misterios"). Los siete sacramentos son los signos y los instrumentos mediante los cuales el Espíritu Santo distribuye la gracia de Cristo, que es la Cabeza, en la Iglesia que es su Cuerpo. La Iglesia contiene, por tanto, y comunica la gracia invisible que ella significa. En este sentido analógico, la Iglesia es llamada "sacramento":


"La Iglesia es en Cristo como un sacramento o signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano "(Lumen Gentium 1): Ser el sacramento de la unión íntima de los hombres con Dios es el primer fin de la Iglesia. Como la comunión de los hombres radica en la unión con Dios, la Iglesia es también el sacramento de la unidad del género humano. Esta unidad ya está comenzada en ella porque reúne hombres "de toda nación, raza, pueblo y lengua" (Ap 7, 9); al mismo tiempo, la Iglesia es "signo e instrumento" de la plena realización de esta unidad que aún está por venir.


Como sacramento, la Iglesia es instrumento de Cristo para la “redención universal" (Lumen Gentium 9). Así, Cristo "manifiesta y realiza al mismo tiempo el misterio del amor de Dios al hombre" (Gaudium et spes 45, 1). Dicho de otro modo, la Iglesia "es el proyecto visible del amor de Dios hacia la humanidad". Catecismo de la Iglesia Católica, 749; 774-776


Textos de san Josemaría para meditar


En la Iglesia hay diversidad de ministerios, pero uno sólo es el fin: la santificación de los hombres. Y en esta tarea participan de algún modo todos los cristianos, por el carácter recibido con los Sacramentos del Bautismo y de la Confirmación. Todos hemos de sentirnos responsables de esa misión de la Iglesia, que es la misión de Cristo. El que no tiene celo por la salvación de las almas, el que no procura con todas sus fuerzas que el nombre y la doctrina de Cristo sean conocidos y amables, no comprenderá la apostolicidad de la Iglesia. Amar a la Iglesia, 32


La Iglesia no tiene por qué empeñarse en agradar a los hombres, ya que los hombres -ni solos, ni en comunidad- darán nunca la salvación eterna: el que salva es Dios. Amar a la Iglesia, 12


Nuestro Señor Jesucristo, que funda la Iglesia Santa, espera que los miembros de este pueblo se empeñen continuamente en adquirir la santidad. No todos responden con lealtad a su llamada. Y en la Esposa de Cristo se perciben, al mismo tiempo, la maravilla del camino de salvación y las miserias de los que lo atraviesan. Amar a la Iglesia, 23


7. ¿Cuál es la identidad de los cristianos, del Pueblo de Dios?


El Pueblo de Dios tiene características que le distinguen claramente de todos los grupos religiosos, étnicos, políticos o culturales de la historia:


— Es el Pueblo de Dios: Dios no pertenece en propiedad a ningún pueblo. Pero Él ha adquirido para sí un pueblo de aquellos que antes no eran un pueblo: "una raza elegida, un sacerdocio real, una nación santa" (1 P 2, 9).


— Se llega a ser miembro de este cuerpo no por el nacimiento físico, sino por el "nacimiento de arriba", "del agua y del Espíritu" (Jn 3, 3-5), es decir, por la fe en Cristo y el Bautismo.


— Este pueblo tiene por Cabeza a Jesús el Cristo [Ungido, Mesías]: porque la misma Unción, el Espíritu Santo fluye desde la Cabeza al Cuerpo, es "el Pueblo mesiánico".


— "La identidad de este Pueblo, es la dignidad y la libertad de los hijos de Dios en cuyos corazones habita el Espíritu Santo como en un templo" (Lumen Gentium 9).


— "Su ley, es el mandamiento nuevo: amar como el mismo Cristo mismo nos amó (cf.Jn 13, 34)". Esta es la ley "nueva" del Espíritu Santo (Rm 8,2; Ga 5, 25).


— Su misión es ser la sal de la tierra y la luz del mundo (cf. Mt 5, 13-16). "Es un germen muy seguro de unidad, de esperanza y de salvación para todo el género humano".


— "Su destino es el Reino de Dios, que él mismo comenzó en este mundo, que ha de ser extendido hasta que él mismo lo lleve también a su perfección". Catecismo de la Iglesia Católica, 782


Textos de san Josemaría para meditar

Al traerte a la Iglesia, el Señor ha puesto en tu alma un sello indeleble, por medio del Bautismo: eres hijo de Dios. —No lo olvides. Forja, 264


Dios está metido en el centro de tu alma, de la mía, y en la de todos los hombres en gracia. Y está para algo: para que tengamos más sal, y para que adquiramos mucha luz, y para que sepamos repartir esos dones de Dios, cada uno desde su puesto. ¿Y cómo podremos repartir esos dones de Dios? Con humildad, con piedad, bien unidos a nuestra Madre la Iglesia.

—¿Te acuerdas de la vid y de los sarmientos? ¡Qué fecundidad la del sarmiento unido a la vid! ¡Qué racimos generosos! ¡Y qué esterilidad la del sarmiento separado, que se seca y pierde la vida! Forja, 932


Pide a Dios que en la Iglesia Santa, nuestra Madre, los corazones de todos, como en la primitiva cristiandad, sean un mismo corazón, para que hasta el final de los siglos se cumplan de verdad las palabras de la Escritura: “multitudinis autem credentium erat cor unum et anima una —la multitud de los fieles tenía un solo corazón y una sola alma. —Te hablo muy seriamente: que por ti no se lesione esta unidad santa. ¡Llévalo a tu oración! Forja, 632


8. ¿Cuál es la misión de la Iglesia?


La Iglesia es, por su misma naturaleza, misionera enviada por Cristo a todas las naciones para hacer de ellas discípulos suyos (cf. Mt 28, 19-20; Ad gentes 2,5-6).


Para realizar su misión, el Espíritu Santo "la construye y dirige con diversos dones jerárquicos y carismáticos" (Lumen Gentium 4). "La Iglesia, enriquecida con los dones de su Fundador y guardando fielmente sus mandamientos del amor, la humildad y la renuncia, recibe la misión de anunciar y establecer en todos los pueblos el Reino de Cristo y de Dios.


La Iglesia "sólo llegará a su perfección en la gloria del cielo" (Lumen Gentium 48), cuando Cristo vuelva glorioso. Hasta ese día, "la Iglesia avanza en su peregrinación a través de las persecuciones del mundo y de los consuelos de Dios" (San Agustín, De civitate Dei 18, 51; cf. Lumen Gentium 8). Catecismo de la Iglesia Católica, 767-769


Textos de san Josemaría para meditar

¡Qué bondad la de Cristo al dejar a su Iglesia los Sacramentos! —Son remedio para cada necesidad. —Venéralos y queda, al Señor y a su Iglesia, muy agradecido. Camino, 521


Nuestra Santa Madre la Iglesia, en magnífica extensión de amor, va esparciendo la semilla del Evangelio por todo el mundo. Desde Roma a la periferia. —Al colaborar tú en esa expansión, por el orbe entero, lleva la periferia al Papa, para que la tierra toda sea un solo rebaño y un solo Pastor: ¡un solo apostolado! Forja, 638


Un cristiano no puede detenerse sólo en problemas personales, ya que ha de vivir de cara a la Iglesia universal, pensando en la salvación de todas las almas. Es Cristo que pasa, 145


Universalidad de la caridad significa, por eso, universalidad del apostolado; traducción en obras y de verdad, por nuestra parte, del gran empeño de Dios, que quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad. Amigos de Dios, 230


9. ¿Qué características tiene la Iglesia?


La Iglesia es una: tiene un solo Señor; confiesa una sola fe, nace de un solo Bautismo, no forma más que un solo Cuerpo, vivificado por un solo Espíritu, orientado a una única esperanza (cf Ef 4, 3-5) a cuyo término se superarán todas las divisiones.


La Iglesia es santa: Dios santísimo es su autor; Cristo, su Esposo, se entregó por ella para santificarla; el Espíritu de santidad la vivifica. Aunque comprenda pecadores, ella es "inmaculada, aunque compuesta de pecadores. En los santos brilla su santidad; en María, la Iglesia es ya la enteramente santa.


La Iglesia es católica: Anuncia la totalidad de la fe; lleva en sí y administra la plenitud de los medios de salvación; es enviada a todos los pueblos; se dirige a todos los hombres; abarca todos los tiempos; "es, por su propia naturaleza, misionera" (Ad Gentes 2).


La Iglesia es apostólica: Está edificada sobre sólidos cimientos: los doce Apóstoles del Cordero (Ap 21, 14); es indestructible (cf. Mt 16, 18); se mantiene infaliblemente en la verdad: Cristo la gobierna por medio de Pedro y los demás Apóstoles, presentes en sus sucesores, el Papa y el colegio de los obispos.


"La única Iglesia de Cristo, de la que confesamos en el Credo que es una, santa, católica y apostólica [...] subsiste en la Iglesia católica, gobernada por el sucesor de Pedro y por los obispos en comunión con él, aunque sin duda, fuera de su estructura visible, pueden encontrarse muchos elementos de santificación y de verdad " (Lumen Gentium 8). Catecismo de la Iglesia Católica, 866-870


Textos de san Josemaría para meditar

Estamos contemplando el misterio de la Iglesia Una, Santa, Católica, Apostólica. Es hora de preguntarnos: ¿comparto con Cristo su afán de almas? ¿Pido por esta Iglesia, de la que formo parte, en la que he de realizar una misión específica, que ningún otro puede hacer por mí? Estar en la Iglesia es ya mucho: pero no basta. Debemos ser Iglesia, porque nuestra Madre nunca ha de resultarnos extraña, exterior, ajena a nuestros más hondos pensamientos. Amar la Iglesia, 33


Defender la unidad de la Iglesia se traduce en vivir muy unidos a Jesucristo, que es nuestra vid. ¿Cómo? Aumentando nuestra fidelidad al Magisterio perenne de la Iglesia: pues no fue prometido a los sucesores de Pedro el Espíritu Santo para que por revelación suya manifestaran una nueva doctrina, sino para que, con su asistencia, santamente custodiaran y fielmente expusieran la revelación transmitida por los Apóstoles o depósito de la fe. Así conservaremos la unidad: venerando a esta Madre Nuestra sin mancha; amando al Romano Pontífice.Amar a la Iglesia, 20


Al reconocernos parte de la Iglesia e invitados a sentirnos hermanos en la fe, descubrimos con mayor hondura la fraternidad que nos une a la humanidad entera: porque la Iglesia ha sido enviada por Cristo a todas las gentes y a todos los pueblos. Es Cristo que pasa, 139

21 de septiembre de 2021

SAN MATEO, Dios nunca se cansa de perdonar

 


Evangelio (Mt 9, 9-13)


Al pasar vio Jesús a un hombre llamado Mateo sentado al mostrador de los impuestos, y le dijo: «Sígueme». Él se levantó y lo siguió.


Y estando en la casa, sentado a la mesa, muchos publicanos y pecadores, que habían acudido, se sentaban con Jesús y sus discípulos.


Los fariseos, al verlo, preguntaron a los discípulos: «¿Cómo es que vuestro maestro come con publicanos y pecadores?».


Jesús lo oyó y dijo: «No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos. Andad, aprended lo que significa “Misericordia quiero y no sacrificio”: que no he venido a llamar a justos sino a pecadores».


Comentario


¡Qué tiene la mirada de Jesucristo que cambia radicalmente el corazón, lo transforma, lo sana!


Jesús atraviesa las callejuelas de Cafarnaúm y va decidido al lugar donde trabaja Leví, el publicano, el recaudador de impuestos para los romanos, el odiado por sus propios conciudadanos, el despreciado, el traidor.


Se detiene, no tiene prisa, y le mira.


Con esos ojos misericordiosos, como nadie le había mirado antes.


Y le abrió el corazón, lo hizo libre, lo sanó, lo llenó de esperanzas.


En esos ojos Leví vio la mirada de Dios que ve más allá de lo que ven nuestros ojos.


Más allá de las apariencias, de nuestros pecados, de nuestros fracasos, de nuestra indignidad.


En Leví, Jesús ve a Mateo.


Ve su historia de amor, de servicio, de entrega, de fidelidad, de felicidad.


También hoy, cada día, Jesús quiere fijar su mirada en nosotros.


“Es la espera de Dios, que ama a los hombres, que nos busca, que nos quiere tal como somos —limitados, egoístas, inconstantes—, pero con la capacidad de descubrir su infinito cariño y de entregarnos a El enteramente” (San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 151).


Nosotros, que estamos también sentados en nuestro banco, buscando ser felices a nuestra manera, acumulando tiempo y bienes para nosotros mismos, incapaces de darnos a los demás, cansados de que pasen los días sin atrevernos a arriesgar.


El encuentro de Jesús con Mateo nos interpela y demanda nuestra confianza: si Jesús pudo transformar a un recaudador en un servidor, a un traidor en su amigo íntimo, también puede transformarnos a nosotros, pecadores, en hijos de Dios, en sus amigos íntimos.


Para ello debemos hacer como Mateo: sentirnos en peligro, enfermos, necesitados de esa mirada que infunde esperanza porque ve en cada uno, pecadores, al hombre soñado por Dios.


PARA TU ORACION


«Oh Dios, que manifiestas especialmente tu poder con el perdón y la misericordia, derrama incesantemente sobre nosotros tu gracia, para que, deseando lo que nos prometes, consigamos los bienes del cielo»[1]. La liturgia de la Iglesia nos hace considerar que la Omnipotencia Divina, además de mostrarse en la grandeza de la Creación y en los prodigios y milagros obrados por Cristo, se revela de forma especial en su infinita capacidad de perdonar: ninguna ofensa logra endurecer su Corazón siempre abierto a la misericordia. San Josemaría era bien consciente de esto: Un Dios que nos saca de la nada, que crea, es algo imponente. Y un Dios que se deja coser con hierros al madero de la cruz, por redimirnos, es todo Amor. Pero un Dios que perdona, es padre y madre cien veces, mil veces, infinitas veces[2].


Encontrarse con Jesucristo


Las páginas del Evangelio testimonian el afán constante de Jesús para manifestar su misericordia: el paralítico que unos amigos descuelgan del techo[3], la pecadora en casa del fariseo Simón[4], y la mujer sorprendida en adulterio[5] obtienen una comprensión y un perdón que supera cualquier expectativa. Estos personajes se encontraron con aquel a quien el Padre había enviado para reconciliar todos los seres consigo, restableciendo la paz, por medio de su sangre derramada en la cruz[6].


Esta misión de Jesús de reconciliar a los hombres con Dios se prolonga en la Iglesia. Nuestro Señor dice a los Apóstoles en el día del triunfo de su Resurrección: Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les son perdonados; a quienes se los retengáis, les son retenidos[7].


La alegría de la misericordia


La misericordia de Dios desea alcanzar a todos los hombres y mujeres de la tierra. En el sacramento de la Penitencia somos destinatarios del perdón del Señor, así como lo fueron el paralítico de Cafarnaún y la mujer adúltera. De este modo, nos identificamos con los principales protagonistas de las parábolas más conmovedoras que nos trasmite el evangelista Lucas: el hijo pródigo y el viajero asaltado por maleantes y curado por el buen samaritano. Sí, en cada confesión Jesús limpia nuestras heridas -grandes o pequeñas-, nos alivia con el aceite de la esperanza, y corre con los gastos de nuestra recuperación.


La confesión frecuente es una práctica arraigada en la tradición de la Iglesia, que ha dado grandes frutos de santidad. Manifiesta los deseos de apartar todo lo que pueda enfriar el amor a Dios, y de beneficiarse del carácter terapéutico de este sacramento, de querer ser un apóstol más al que Jesús lava los pies. Independientemente de si los pies tienen manchas arraigadas o simple polvo del camino, es siempre Cristo el que nos lava. Por eso, ¡qué lógico es que el alma sienta necesidad de acudir con regularidad a este encuentro purificador! ¡Y qué pena sería soslayarlo por comodidad o desorden; en definitiva por falta de amor! En cambio, cada vez que acudimos al sacramento del perdón es como decir a Dios: «Señor me he dejado engañar, de mil maneras escapé de tu amor, pero aquí estoy otra vez para renovar mi alianza contigo. Te necesito. Rescátame de nuevo Señor, acéptame una vez más entre tus brazos redentores»[8].


EL PROBLEMA ES QUE NOSOTROS NOS CANSAMOS, NO QUEREMOS, NOS CANSAMOS DE PEDIR PERDÓN

Por esto la Iglesia recomienda vivamente la confesión habitual, porque «ayuda a formar la conciencia, a luchar contra las malas inclinaciones, a dejarse curar por Cristo, a progresar en la vida del Espíritu. Cuando se recibe con frecuencia, mediante este sacramento, el don de la misericordia del Padre, el creyente se ve impulsado a ser él también misericordioso»[9].


En este sentido, el Papa Francisco nos anima a acudir con frecuencia a este sacramento, sin que la experiencia constante de nuestra poquedad sea un motivo para el desaliento. En las conocidas palabras que pronunció antes del rezo de su primer Ángelus como Pontífice, en la plaza de san Pedro, recordaba que «Dios nunca se cansa de perdonar. Nunca. “Y, padre, ¿cuál es el problema?” El problema es que nosotros nos cansamos, no queremos, nos cansamos de pedir perdón. (…) Él es el Padre amoroso que siempre perdona, que tiene ese corazón misericordioso con todos nosotros»[10]. Cuando sabemos abrir el alma con sencillez y regularidad, mostrando también las faltas que cometemos repetidamente en nuestras vidas, percibimos la proximidad de Dios: el deseo de un Padre de estar siempre cerca de su hijo.


Fuerza para recomenzar


Es significativo que Benedicto XVI, hablando a unos niños que se preparaban para recibir la Primera Comunión, les haya dicho: «Es verdad que nuestros pecados son casi siempre los mismos, pero limpiamos nuestras casas, nuestras habitaciones, al menos una vez por semana, aunque la suciedad sea siempre la misma, para vivir en un lugar limpio, para recomenzar; de lo contrario, tal vez la suciedad no se vea, pero se acumula. Algo semejante vale también para el alma, para mí mismo; si no me confieso nunca, el alma se descuida y, al final, estoy siempre satisfecho de mí mismo y ya no comprendo que debo esforzarme también por ser mejor, que debo avanzar. Y esta limpieza del alma, que Jesús nos da en el sacramento de la Confesión, nos ayuda a tener una conciencia más despierta, más abierta, y así también a madurar espiritualmente y como persona humana. Resumiendo, dos cosas: sólo es necesario confesarse en caso de pecado grave, pero es muy útil confesarse regularmente para mantener la limpieza, la belleza del alma, y madurar poco a poco en la vida»[11].


La Confesión, por tanto, actúa como luz y como fuerza para combatir las inclinaciones que nos tiran para abajo: la gracia sacramental y la generosa satisfacción del penitente tienen carácter medicinal y sana, en parte, las reliquias que el pecado deja siempre en el alma. Acudid semanalmente (…) al sacramento del divino perdón. Revestidos de la gracia, cruzaremos a través de los montes, y subiremos la cuesta del cumplimiento del deber cristiano, sin detenernos[12].


Al mismo tiempo, sabemos que no estamos solos en la lucha por corresponder al amor de Dios. La decisión de una persona de convertirse o alejarse de Él incide en los demás miembros del Cuerpo de Cristo. En la parábola del hijo pródigo es fácil imaginarse, por ejemplo, cómo afectaría la repentina y dolorosa marcha del hijo: en los días posteriores probablemente habría caras largas, los jornaleros sentirían lástima al ver al Padre esperando cada día a su hijo, el trabajo se haría más costoso y quizá, con cierto desánimo, se cruzarían pocas palabras en su día a día.


Más adelante, cuenta san Lucas que, al volver el hijo a casa, se pusieron a celebrarlo[13]. La fiesta por la conversión del hijo se extendió a todo el hogar paterno. Los criados harían propia la alegría del Padre y ahora, quizá, les resultaría más fácil y llevadero realizar cualquier tarea doméstica. Ciertamente la vuelta repentina del hijo supondría trabajar con cierta prisa en la preparación de la fiesta. Sin embargo, nos imaginamos a los trabajadores accediendo con gusto a los requerimientos del Padre: Pronto, sacad el mejor traje y vestidle; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traed el ternero cebado y matadlo, y vamos a celebrarlo con un banquete; porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y ha sido encontrado[14]. En efecto, la Iglesia nos enseña que, por la comunión de los santos, nuestra correspondencia a la gracia de Dios -también cuando consiste en volver a la casa del Padre- fortalece e impulsa a los demás fieles en su vida cristiana.


Una ayuda para llegar a puerto


¡A diario ruego a Nuestra Madre que sepamos abrir el alma en la dirección espiritual, para que la luz de la gracia ilumine toda nuestra conducta![15]. La confesión frecuente constituye una forma de dirección y acompañamiento espiritual, sobre todo si se acude habitualmente -lo que es muy recomendable, en el marco de la plena libertad personal de cada fiel- al mismo ministro del sacramento. Ese confesor, al conocer poco a poco el alma del penitente, su carácter y circunstancias personales de familia, trabajo y salud, está en condiciones de dar el consejo oportuno, animar en la lucha y formar la conciencia. Además, la frecuencia del examen previo a la confesión va mejorando el juicio sobre la propia conducta, impulsa a buscar orientación, y acrecienta la humildad y el dolor de amor. Por eso, san Josemaría aconsejaba: Preparad vuestra confesión semanal, y hacedla con mucha delicadeza. A mí me da tanta alegría acudir a este medio de la gracia, porque sé que el Señor me perdona y me llena de fortaleza. Y estoy persuadido de que, con la práctica piadosa de la Confesión sacramental, se aprende a tener más dolor y, por tanto, más amor[16].


Conviene, por tanto, que el examen ayude a descender a la raíz de los pecados y faltas para detectar aquello que pueda ofender a Dios y alejarnos de Él, aunque se traten de pequeñas cosas. La práctica de realizar un breve examen de conciencia al final del día resulta muy útil: ahí, por ejemplo, ante una falta podemos pensar: “esto lo paso por la confesión”, y nos llenamos de esperanza al saber que la gracia sacramental nos ayudará para afrontar la lucha en ese campo donde habíamos tenido una derrota. El esfuerzo del examen, con la luz del Espíritu Santo, y la compunción abren inmediatamente el alma a la gracia, que ya inicia a sanar y fortalecer.


En este camino hacia la santidad, es en efecto el divino Paráclito quien se ocupa de formar progresivamente en nuestra vida los rasgos del rostro de Cristo y quien nos ayuda a recuperar la semejanza divina perdida con el pecado. Es Él quien nos sugiere e impulsa a realizar con regularidad la confesión de nuestros pecados, y nos hace experimentar en el sacramento la ternura del Padre, el amor del Hijo, y la fuerza del Espíritu más potente que todo pecado.


De la experiencia de nuestros límites y de un arrepentimiento sincero el Espíritu Santo, pastor de nuestras almas[17] nos obtiene una mayor humildad y el dolor de amor que nos hacen progresar en la vida cristiana: «cuando comienzas a detestar lo que has hecho, entonces tus obras buenas comienzan porque reconoces tus obras malas. El comienzo de las obras buenas es la confesión de las obras malas. Haces la verdad y vienes a la Luz»[18]. Recibir con frecuencia el perdón divino conduce, además, de la mano de la Virgen, Mater misericordiae, a ser también misericordiosos con el prójimo, nos asemeja a Dios en aquello que más y mejor manifiesta su poder: la capacidad de perdón y de misericordia.

3 de julio de 2021

SANTO TOMÁS



 Evangelio (Juan 20,24-29)


Tomás, uno de los doce, llamado Dídimo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Los otros discípulos le dijeron:


—¡Hemos visto al Señor!


Pero él les respondió:


—Si no le veo en las manos la marca de los clavos, y no meto mi dedo en esa marca de los clavos y meto mi mano en el costado, no creeré.


A los ocho días, estaban otra vez dentro sus discípulos y Tomás con ellos. Aunque estaban las puertas cerradas, vino Jesús, se presentó en medio y dijo:


—La paz esté con vosotros.


Después le dijo a Tomás:


—Trae aquí tu dedo y mira mis manos, y trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo sino creyente.


Respondió Tomás y le dijo:


—¡Señor mío y Dios mío!


Jesús contestó:


—Porque me has visto has creído; bienaventurados los que sin haber visto hayan creído.


Comentario


Nos cuenta el evangelio de hoy que Tomás no estaba con los demás Apóstoles cuando Jesús se les apareció por primera vez el mismo día de su resurrección. Cuando regresa, no cree en el testimonio jubiloso de quienes estaban allí: “Hemos visto al Señor”. Lo achaca quizá a una experiencia interna o a un desvarío colectivo. Tomás exige algo más que el testimonio apostólico y pide signos evidentes para creer y cambiar de vida.


Al domingo siguiente, Jesús volvió a mostrarse. “Quizá tú también escuches en este momento el reproche dirigido a Tomás –escribió san Josemaría−: mete aquí tu dedo, y registra mis manos; y trae tu mano, y métela en mi costado, y no seas incrédulo sino fiel; y, con el Apóstol, saldrá de tu alma, con sincera contrición, aquel grito: ¡Señor mío y Dios mío!, te reconozco definitivamente por Maestro, y ya para siempre —con tu auxilio— voy a atesorar tus enseñanzas y me esforzaré en seguirlas con lealtad”[1].


Al contemplar esta escena del Evangelio, “entrando en el misterio de Dios a través de las llagas –comenta el Papa Francisco− (…) como Tomás, no vivimos más como discípulos inseguros, devotos pero vacilantes, sino que nos convertimos también en verdaderos enamorados del Señor”[2].


También podemos sentir como dirigida a nosotros la última bienaventuranza que pronunció Jesús en la tierra, provocada por el desconfiado Tomás: “Bienaventurados los que sin haber visto hayan creído”.


La fe, la confianza en Dios, es un don divino que necesitamos pedir con humildad: ¡auméntanos la fe! (cf. Lc 17,5). Es un regalo que hemos de cultivar y practicar con obras diarias, porque “el que cree en mí, también él hará las obras que yo hago, y las hará mayores que éstas porque yo voy al Padre. Y lo que pidáis en mi nombre eso haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo” (Jn 14,12-14).


Por eso decía san Josemaría, “Dios es el de siempre. −Hombres de fe hacen falta: y se renovarán los prodigios que leemos en la Santa Escritura”[3].

PARA LA ORACION


En este canto a las riquezas de la fe que es la Epístola a los Gálatas, San Pablo nos dice que el cristiano debe vivir con la libertad que Cristo nos ha ganado (1). Ése fue el anuncio de Jesús a los primeros cristianos, y eso continuará siendo a lo largo de los siglos: el anuncio de la liberación de la miseria y de la angustia. La historia no está sometida a fuerzas ciegas ni es el resultado del acaso, sino que es la manifestación de las misericordias de Dios Padre. Los pensamientos de Dios están por encima de nuestros pensamientos, dice la Escritura (2), por eso, confiar en el Señor quiere decir tener fe a pesar de los pesares, yendo más allá de las apariencias. La caridad de Dios –que nos ama eternamente– está detrás de cada acontecimiento, aunque de una manera a veces oculta para nosotros.


Cuando el cristiano vive de fe –con una fe que no sea mera palabra, sino realidad de oración personal–, la seguridad del amor divino se manifiesta en alegría, en libertad interior. Esos nudos que atenazan a veces el corazón, esos pesos que aplastan el alma, se rompen y se disuelven. Si Dios está por nosotros, ¿quién contra nosotros? (3). Y la sonrisa viene enseguida a los labios. Un hijo de Dios, un cristiano que viva vida de fe, puede sufrir y llorar: puede tener motivos para dolerse; pero, para estar triste, no.


La libertad cristiana nace del interior, del corazón, de la fe. Pero no es algo meramente individual, sino que tiene manifestaciones exteriores. Entre ellas, una de las más características de la vida de los primeros cristianos: la fraternidad. La fe –la magnitud del don del amor de Dios– ha hecho que se empequeñezcan hasta desaparecer todas las diferencias, todas las barreras: ya no hay distinción de judío, ni griego; ni de siervo, ni de libre; ni de hombre, ni de mujer: porque todos sois una cosa en Cristo Jesús (4). Ese saberse y quererse de hecho como hermanos, por encima de las diferencias de raza, de condición social, de cultura, de ideología, es esencial al cristianismo.


No es mi misión hablar de política. Tampoco es esa la misión del Opus Dei, ya que su única finalidad es espiritual. El Opus Dei no ha entrado ni entrará nunca en la política de grupos y partidos, ni está vinculado a ninguna persona o ideología. Ese modo de actuar no es una táctica apostólica, ni una conducta meramente encomiable. Es una necesidad intrínseca para el Opus Dei proceder así, ya que lo exige su misma naturaleza, y tiene un resello evidente: el amor a la libertad, la confianza en la condición propia del cristiano en medio del mundo, actuando con completa independencia y con responsabilidad personal.


No hay dogmas en las cosas temporales. No va de acuerdo con la dignidad de los hombres el intentar fijar unas verdades absolutas, en cuestiones donde por fuerza cada uno ha de contemplar las cosas desde su punto de vista, según sus intereses particulares, sus preferencias culturales y su propia experiencia peculiar. Pretender imponer dogmas en lo temporal conduce, inevitablemente, a forzar las conciencias de los demás, a no respetar al prójimo.


No quiero decir con eso que la postura del cristiano, ante los asuntos temporales, deba ser indiferente o apática. En modo alguno. Pienso, sin embargo, que un cristiano ha de hacer compatible la pasión humana por el progreso cívico y social con la conciencia de la limitación de las propias opiniones, respetando, por consiguiente, las opiniones de los demás y amando el legítimo pluralismo. Quien no sepa vivir así, no ha llegado al fondo del mensaje cristiano. No es fácil llegar, y en cierto modo no se llega nunca, porque la tendencia al egoísmo y a la soberbia no muere jamás en noso­tros. Por eso, todos estamos obligados a un examen constante, confrontando nuestras acciones con Cristo, para reconocernos pecadores y recomenzar de nuevo. No es fácil llegar, pero hemos de esforzarnos.


Dios, al crearnos, ha corrido el riesgo y la aventura de nuestra libertad. Ha querido una historia que sea una historia verdadera, hecha de auténticas decisiones, y no una ficción ni un juego. Cada hombre ha de hacer la experiencia de su personal autonomía, con lo que eso supone de azar, de tanteo y, en ocasiones, de incertidumbre. No olvidemos que Dios, que nos da la seguridad de la fe, no nos ha revelado el sentido de todos los acontecimientos humanos. Junto con las cosas que para el cristiano están totalmente claras y seguras, hay otras –muchísimas– en las que sólo cabe la opinión: es decir, un cierto conocimiento de lo que puede ser verdadero y oportuno, pero que no se puede afirmar de un modo incontrovertible. Porque no sólo es posible que yo me equivoque, sino que –teniendo yo razón– es posible que la tengan también los demás. Un objeto que a uno parece cóncavo, parecerá convexo a los que estén situados en una perspectiva distinta.


La conciencia de la limitación de los juicios humanos nos lleva a reconocer la libertad como condición de la convivencia. Pero no es todo, e incluso no es lo más importante: la raíz del respeto a la libertad está en el amor. Si otras personas piensan de manera distinta a como pienso yo, ¿es eso una razón para considerarlas como enemigas? La única razón puede ser el egoísmo, o la limitación intelectual de quienes piensan que no hay más valor que la política y las empresas temporales. Pero un cristiano sabe que no es así, porque cada persona tiene un precio infinito, y un destino eterno en Dios: por cada una de ellas ha muerto Jesucristo.


Se es cristiano cuando se es capaz de amar no sólo a la Humanidad en abstracto, sino a cada persona que pasa cerca de nosotros. Es una manifestación de madurez humana sentir la responsabilidad de esas tareas de las que vemos que depende el bienestar de las generaciones futuras, pero eso no nos puede conducir a descuidar la entrega y el servicio en los asuntos más ordinarios: tener un detalle amable con quienes trabajan a nuestro lado, vivir una verdadera amistad con nuestros compañeros, compadecernos de quien padece necesidad, aunque su miseria nos parezca sin importancia en comparación con los grandes ideales que perseguimos.


Hablar de libertad, de amor a la libertad, es plantear un ideal difícil: es hablar de una de las mayores riquezas de la fe. Porque –no nos engañemos– la vida no es una novela rosa. La fraternidad cristiana no es algo que venga del cielo de una vez para todas, sino realidad que ha de ser construida cada día. Y que ha de serlo en una vida que conserva toda su dureza, con choques de intereses, con tensiones y luchas, con el contacto diario con personas que nos parecerán mezquinas, y con mezquindades de nuestra parte.


Pero si todo eso nos descorazona, si nos dejamos vencer por el propio egoísmo o si caemos en la actitud escéptica de quien se encoge de hombros, será señal de que tenemos necesidad de profundizar en nuestra fe, de contemplar más a Cristo. Porque sólo en esa escuela aprende el cristiano a conocerse a sí mismo y a comprender a los demás, a vivir de tal manera que sea Cristo presente en los hombres.