"Hago todos los días mi "ratito" de oración: ¡si no fuera por eso!" (Camino, 106)

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6 de diciembre de 2019

SAN NICOLAS

— Los santos son nuestros intercesores.
— Necesidad de los bienes humanos y materiales.
— Acudir a San Nicolás en las necesidades económicas.

I. Leemos en el Antiguo Testamento cómo, cuando el Señor se disponía a destruir las ciudades de Sodoma y Gomorra en castigo por sus pecados, intercedió Abrahán ante Él: Si hubiera cincuenta justos en la ciudad, ¿los exterminarías acaso y no perdonarías al lugar por los cincuenta justos?... Y le dijo Yahvé: si hallare en Sodoma cincuenta justos, perdonaría por ellos a todo el lugar. Pero Abrahán insistía lleno de confianza: ¿Y si se hallaren allí cuarenta?..., ¿veinte?... ¿Y si se hallaren allí diez? Y le contestó Yahvé: por los diez no la destruiría1. La respuesta del Señor es siempre misericordiosa.

También Moisés acudía a la misericordia divina, invocando a los que habían sido amigos de Dios: acuérdate de Abrahán, de Isaac y de Jacob, tus siervos2. De Jeremías, ya difunto, se lee: este es el amador de la nación, que ora mucho por el pueblo y por la ciudad santa3. En el Evangelio vemos cómo un centurión envía a unos ancianos, amigos del Señor, para que intercedan por él. Y estos, cuando llegaron junto a Jesús, le rogaban encarecidamente diciendo: Merece que le hagas esto, pues aprecia a nuestro pueblo y él mismo nos ha construido una sinagoga4. Jesús escuchó complacido a los judíos que hablaban en favor de este gentil: merece que le hagas esto... El mismo San Pablo pedía a los cristianos de Roma: os suplico, hermanos, por Nuestro Señor Jesucristo y por el amor del Espíritu Santo, que me ayudéis con vuestras oraciones, rogando por mí al Señor5. Y comenta San Jerónimo al hablar de los hermanos ya muertos: «si los Apóstoles y los mártires, cuando estaban encerrados en un cuerpo y tenían motivos para ocuparse de sí mismos, oraban por los demás, ¡cuánto más, después de la corona, la victoria y el triunfo!»6.

Desde siempre creyó la Iglesia que los santos que gozan ya de la eterna bienaventuranza, y las benditas almas del Purgatorio, son nuestros grandes aliados e intercesores. Ellos atienden nuestras peticiones y las presentan al Señor, avaladas por los méritos que adquirieron aquí en la tierra con su vida santa.

De San Nicolás, cuya fiesta celebramos hoy, se cuenta que fue muy generoso aquí en la tierra con la fortuna que heredó de unos padres ricos, cuando él era aún joven. Por eso se le considera intercesor en las necesidades materiales y económicas.

El Fundador del Opus Dei le tenía una gran devoción, y contaba que un día, abrumado ante muchos problemas económicos, se acordó de San Nicolás momentos antes de comenzar la celebración de la Santa Misa. Le hizo esta promesa en la sacristía: «si me sacas de esto, te nombro Intercesor». Pero, al subir las gradas del altar, se arrepintió de las condiciones, y le dijo: «y si no me sacas, te nombro igual». Salió adelante en aquellas circunstancias y acudió a la intercesión del Santo otras muchas veces7.

Muchas personas a lo largo de los siglos han acudido a San Nicolás ante situaciones económicas difíciles en la familia, en el trabajo, en las obras apostólicas, que frecuentemente han de tener una base económica. No temamos pedir al Señor estas ayudas materiales que Él mismo nos invita a solicitar cuando recitamos el Padrenuestro: danos hoy nuestro pan de cada día. Y muchas veces lo podemos pedir por mediación de los santos.

II. Mientras estemos en la tierra vamos a necesitar medios materiales y humanos, tanto para el sostenimiento de la propia familia como de aquellas tareas apostólicas que el Señor nos pida que promovamos o que colaboremos de alguna manera en ellas. Los bienes económicos son eso: bienes; se convierten en males cuando no sirven para hacer el bien; cuando hay un apegamiento desordenado que impide ver los sobrenaturales. San León Magno enseña que Dios no solo nos ha dejado los bienes espirituales, sino también los corporales8, para que los orientemos al bien humano y sobrenatural de los demás.

El mismo Jesús enseñó a los Apóstoles la necesidad de emplear medios humanos. En la primera misión apostólica les indicó expresamente: no llevéis bolsa ni alforja... Les deja sin apoyo material alguno para que vean que es Él, Jesús, quien da la eficacia. Comprendieron entonces que las curaciones, las conversiones, los milagros no se debían a sus cualidades humanas, sino al poder de Dios. Sin embargo, cuando está ya próxima la partida, complementa aquella primera enseñanza: ahora, el que tenga bolsa, que la lleve; y del mismo modo alforja9. Aunque los medios sobrenaturales son los principales en todo apostolado, quiere el Señor que utilicemos todos los medios humanos a nuestro alcance como si no existiera ninguno sobrenatural; los económicos, también.

Jesús mismo, para realizar su misión divina quiso servirse a menudo de medios terrenos: unos cuantos panes y unos pececillos, un poco de barro, la ayuda material de aquellas piadosas mujeres que le seguían...

Cuando sintamos la necesidad en la familia, en las obras apostólicas en las que colaboramos, etc., no dudemos en acudir al Señor. No olvidemos cómo su primer milagro, por intercesión de Nuestra Señora, se realizó para sacar de apuros a unos recién casados en un asunto que no era de vital importancia. ¿Cómo no nos va a atender a nosotros, si alguna vez le necesitamos? Pero no nos olvidemos tampoco de hacer todo lo que esté de nuestra parte, como aquellos sirvientes de Caná que llenaron de agua las tinajas hasta arriba10: pusieron todo lo que estaba en sus manos.

Alguna vez, en situaciones económicas apuradas, este texto puede dar paz a nuestras almas: «Me encuentro en una situación económica tan apurada como cuando más. No pierdo la paz. Tengo absoluta seguridad de que Dios, mi Padre, resolverá todo este asunto de una vez.

»Quiero, Señor, abandonar el cuidado de todo lo mío en tus manos generosas. Nuestra Madre ¡tu Madre! a estas horas, como en Caná, ha hecho sonar en tus oídos: ¡no tienen!... Yo creo en Ti, espero en Ti, Te amo, Jesús: para mí, nada; para ellos»11.

III. Se darán en nuestra vida ocasiones en las que el Señor aliente nuestra generosidad, y contribuyamos con nuestros medios económicos muchos o apenas ninguno al sostenimiento de la Iglesia o de instituciones buenas que promueven obras de cultura o de asistencia a gentes más necesitadas. También es posible que, además, debamos recaudar fondos para esas obras. Muchas páginas del Nuevo Testamento nos muestran el empeño de los discípulos de Cristo y de los primeros cristianos por allegar medios para la extensión del Evangelio. Vemos, por ejemplo, a Mateo, de buena posición económica, que desborda gratitud hacia Cristo12. Y aquel grupo de mujeres que sigue al Señor y le asistían con sus bienes13. Y esos otros discípulos gentes hacendadas, como José de Arimatea, que cede su sepulcro al Maestro y costea su sudario14; o Nicodemo, que se ocupa de comprar gran cantidad de mirra y áloes para embalsamar el Cuerpo del Señor15. De igual modo, observamos el heroico comportamiento de los primeros cristianos que vendían sus posesiones y demás bienes16, y todos los que tenían posesiones o casas, vendiéndolas, traían el precio de ellas y lo ponían a los pies de los Apóstoles17.

San Pablo organizará colectas en Antioquía, en Galacia, en Macedonia, en Grecia para socorrer a los fieles de Jerusalén, provocando la emulación de unos y otros18. Cuando el Apóstol escribe a los cristianos de Corinto les agradece su generosidad en la colecta que llevan a cabo, les alienta en su propósito y les dice: porque esto es lo que os conviene19. Y Santo Tomás, comentando estas palabras, resalta el provecho que se saca del desprendimiento de los bienes en favor de otros: «El bien de la piedad es más útil para quien la ejerce que para aquel que la recibe. Porque quien la ejerce saca de allí un provecho espiritual, mientras quien la recibe solo temporal»20. La limosna es uno de los principales remedios para curar las heridas del alma, que son los pecados21, y atrae siempre la misericordia divina.

Junto a nuestra generosidad y desprendimiento de los bienes, hemos de fomentar en nuestros amigos esa buena disposición del alma, que conseguirá del Señor tantas bendiciones para ellos y sus familias. «He aquí una tarea urgente: remover la conciencia de creyentes y no creyentes hacer una leva de hombres de buena voluntad, con el fin de que cooperen y faciliten los instrumentos materiales necesarios para trabajar con las almas»22. Nos puede servir, para terminar, esta frase que anima al esfuerzo, a la generosidad y al desprendimiento: «pensad ¿cuánto os cuesta también económicamente- ser cristianos?»23.

San Nicolás será nuestro aliado en el Cielo para ser generosos con Dios y con nuestros hermanos, y buscar estos medios económicos necesarios en la tierra. Acudamos a él. Cerca de Dios sigue siendo generoso con los que le invocan.

6 de diciembre de 2017

Generosidad y desprendimiento en los bienes.

— Los santos amigos de Dios, son nuestros intercesores ante Él. San Nicolás.
— Necesidad de los bienes humanos y materiales.
— Acudir a San Nicolás en las necesidades económicas.
I. Leemos en el Antiguo Testamento cómo, cuando el Señor se disponía a destruir las ciudades de Sodoma y Gomorra en castigo por sus pecados, intercedió Abrahán ante Él: Si hubiera cincuenta justos en la ciudad, ¿los exterminarías acaso y no perdonarías al lugar por los cincuenta justos?... Y le dijo Yahvé: si hallare en Sodoma cincuenta justos, perdonaría por ellos a todo el lugar. Pero Abrahán insistía lleno de confianza: ¿Y si se hallaren allí cuarenta?..., ¿veinte?... ¿Y si se hallaren allí diez? Y le contestó Yahvé: por los diez no la destruiría1. La respuesta del Señor es siempre misericordiosa.
También Moisés acudía a la misericordia divina, invocando a los que habían sido amigos de Dios: acuérdate de Abrahán, de Isaac y de Jacob, tus siervos2. De Jeremías, ya difunto, se lee: este es el amador de la nación, que ora mucho por el pueblo y por la ciudad santa3. En el Evangelio vemos cómo un centurión envía a unos ancianos, amigos del Señor, para que intercedan por él. Y estos, cuando llegaron junto a Jesús, le rogaban encarecidamente diciendo: Merece que le hagas esto, pues aprecia a nuestro pueblo y él mismo nos ha construido una sinagoga4. Jesús escuchó complacido a los judíos que hablaban en favor de este gentil: merece que le hagas esto... El mismo San Pablo pedía a los cristianos de Roma: os suplico, hermanos, por Nuestro Señor Jesucristo y por el amor del Espíritu Santo, que me ayudéis con vuestras oraciones, rogando por mí al Señor5. Y comenta San Jerónimo al hablar de los hermanos ya muertos: «si los Apóstoles y los mártires, cuando estaban encerrados en un cuerpo y tenían motivos para ocuparse de sí mismos, oraban por los demás, ¡cuánto más, después de la corona, la victoria y el triunfo!»6.
Desde siempre creyó la Iglesia que los santos que gozan ya de la eterna bienaventuranza, y las benditas almas del Purgatorio, son nuestros grandes aliados e intercesores. Ellos atienden nuestras peticiones y las presentan al Señor, avaladas por los méritos que adquirieron aquí en la tierra con su vida santa.
De San Nicolás, cuya fiesta celebramos hoy, se cuenta que fue muy generoso aquí en la tierra con la fortuna que heredó de unos padres ricos, cuando él era aún joven. Por eso se le considera intercesor en las necesidades materiales y económicas.
El Fundador del Opus Dei le tenía una gran devoción, y contaba que un día, abrumado ante muchos problemas económicos, se acordó de San Nicolás momentos antes de comenzar la celebración de la Santa Misa. Le hizo esta promesa en la sacristía: «si me sacas de esto, te nombro Intercesor». Pero, al subir las gradas del altar, se arrepintió de las condiciones, y le dijo: «y si no me sacas, te nombro igual». Salió adelante en aquellas circunstancias y acudió a la intercesión del Santo otras muchas veces7.
Muchas personas a lo largo de los siglos han acudido a San Nicolás ante situaciones económicas difíciles en la familia, en el trabajo, en las obras apostólicas, que frecuentemente han de tener una base económica. No temamos pedir al Señor estas ayudas materiales que Él mismo nos invita a solicitar cuando recitamos el Padrenuestro: danos hoy nuestro pan de cada día. Y muchas veces lo podemos pedir por mediación de los santos.
II. Mientras estemos en la tierra vamos a necesitar medios materiales y humanos, tanto para el sostenimiento de la propia familia como de aquellas tareas apostólicas que el Señor nos pida que promovamos o que colaboremos de alguna manera en ellas. Los bienes económicos son eso: bienes; se convierten en males cuando no sirven para hacer el bien; cuando hay un apegamiento desordenado que impide ver los sobrenaturales. San León Magno enseña que Dios no solo nos ha dejado los bienes espirituales, sino también los corporales8, para que los orientemos al bien humano y sobrenatural de los demás.
El mismo Jesús enseñó a los Apóstoles la necesidad de emplear medios humanos. En la primera misión apostólica les indicó expresamente: no llevéis bolsa ni alforja... Les deja sin apoyo material alguno para que vean que es Él, Jesús, quien da la eficacia. Comprendieron entonces que las curaciones, las conversiones, los milagros no se debían a sus cualidades humanas, sino al poder de Dios. Sin embargo, cuando está ya próxima la partida, complementa aquella primera enseñanza: ahora, el que tenga bolsa, que la lleve; y del mismo modo alforja9. Aunque los medios sobrenaturales son los principales en todo apostolado, quiere el Señor que utilicemos todos los medios humanos a nuestro alcance como si no existiera ninguno sobrenatural; los económicos, también.
Jesús mismo, para realizar su misión divina quiso servirse a menudo de medios terrenos: unos cuantos panes y unos pececillos, un poco de barro, la ayuda material de aquellas piadosas mujeres que le seguían...
Cuando sintamos la necesidad en la familia, en las obras apostólicas en las que colaboramos, etc., no dudemos en acudir al Señor. No olvidemos cómo su primer milagro, por intercesión de Nuestra Señora, se realizó para sacar de apuros a unos recién casados en un asunto que no era de vital importancia. ¿Cómo no nos va a atender a nosotros, si alguna vez le necesitamos? Pero no nos olvidemos tampoco de hacer todo lo que esté de nuestra parte, como aquellos sirvientes de Caná que llenaron de agua las tinajas hasta arriba10: pusieron todo lo que estaba en sus manos.
Alguna vez, en situaciones económicas apuradas, este texto puede dar paz a nuestras almas: «Me encuentro en una situación económica tan apurada como cuando más. No pierdo la paz. Tengo absoluta seguridad de que Dios, mi Padre, resolverá todo este asunto de una vez.
»Quiero, Señor, abandonar el cuidado de todo lo mío en tus manos generosas. Nuestra Madre ¡tu Madre! a estas horas, como en Caná, ha hecho sonar en tus oídos: ¡no tienen!... Yo creo en Ti, espero en Ti, Te amo, Jesús: para mí, nada; para ellos»11.
III. Se darán en nuestra vida ocasiones en las que el Señor aliente nuestra generosidad, y contribuyamos con nuestros medios económicos muchos o apenas ninguno al sostenimiento de la Iglesia o de instituciones buenas que promueven obras de cultura o de asistencia a gentes más necesitadas. También es posible que, además, debamos recaudar fondos para esas obras. Muchas páginas del Nuevo Testamento nos muestran el empeño de los discípulos de Cristo y de los primeros cristianos por allegar medios para la extensión del Evangelio. Vemos, por ejemplo, a Mateo, de buena posición económica, que desborda gratitud hacia Cristo12. Y aquel grupo de mujeres que sigue al Señor y le asistían con sus bienes13. Y esos otros discípulos gentes hacendadas, como José de Arimatea, que cede su sepulcro al Maestro y costea su sudario14; o Nicodemo, que se ocupa de comprar gran cantidad de mirra y áloes para embalsamar el Cuerpo del Señor15. De igual modo, observamos el heroico comportamiento de los primeros cristianos que vendían sus posesiones y demás bienes16, y todos los que tenían posesiones o casas, vendiéndolas, traían el precio de ellas y lo ponían a los pies de los Apóstoles17.
San Pablo organizará colectas en Antioquía, en Galacia, en Macedonia, en Grecia para socorrer a los fieles de Jerusalén, provocando la emulación de unos y otros18. Cuando el Apóstol escribe a los cristianos de Corinto les agradece su generosidad en la colecta que llevan a cabo, les alienta en su propósito y les dice: porque esto es lo que os conviene19. Y Santo Tomás, comentando estas palabras, resalta el provecho que se saca del desprendimiento de los bienes en favor de otros: «El bien de la piedad es más útil para quien la ejerce que para aquel que la recibe. Porque quien la ejerce saca de allí un provecho espiritual, mientras quien la recibe solo temporal»20. La limosna es uno de los principales remedios para curar las heridas del alma, que son los pecados21, y atrae siempre la misericordia divina.
Junto a nuestra generosidad y desprendimiento de los bienes, hemos de fomentar en nuestros amigos esa buena disposición del alma, que conseguirá del Señor tantas bendiciones para ellos y sus familias. «He aquí una tarea urgente: remover la conciencia de creyentes y no creyentes hacer una leva de hombres de buena voluntad, con el fin de que cooperen y faciliten los instrumentos materiales necesarios para trabajar con las almas»22. Nos puede servir, para terminar, esta frase que anima al esfuerzo, a la generosidad y al desprendimiento: «pensad ¿cuánto os cuesta también económicamente- ser cristianos?»23.
San Nicolás será nuestro aliado en el Cielo para ser generosos con Dios y con nuestros hermanos, y buscar estos medios económicos necesarios en la tierra. Acudamos a él. Cerca de Dios sigue siendo generoso con los que le invocan.

23 de agosto de 2016

DAR A CADA UNO LO SUYO

— La virtud de la justicia y la dignidad humana.
— La justicia social transciende lo estrictamente estipulado.
— La economía, que tiene sus propias leyes, ha de ordenarse al bien total de las personas.
I. En la Ley de Moisés estaba dispuesto que se cumpliera el diezmo1: se debía entregar la décima parte del producto de los frutos más corrientes del campo, como los cereales, el vino y el aceite, para el sostenimiento del Templo. Los fariseos pagaban, además, el diezmo de la hierbabuena, el eneldo y el comino, plantas aromáticas que se cultivaban en los jardines de las casas y que servían para condimentar las comidas. Era una equívoca manifestación de generosidad con Dios, porque a la vez dejaban de cumplir otros graves mandamientos en relación al prójimo. Por eso, por su hipocresía, les dirá el Señor: ¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas!, que pagáis el diezmo de la menta, del eneldo y del comino, pero habéis abandonado lo más importante de la Ley: la justicia, la misericordia y la fidelidad. Estas cosas había que hacer, sin omitir aquellas2.
No desprecia el Señor el pago del diezmo por la menta, el eneldo y el comino, que podría haber sido una verdadera expresión de amor: como quien regala unas flores a una persona que quiere, o al Señor en el Sagrario; lo que rechaza Jesucristo es la hipocresía que este falso celo oculta, pues con ello se justificaban para no cumplir con otros deberes esenciales: la justicia, la misericordia y la fidelidad. Los cristianos no debemos caer jamás en una hipocresía semejante a la de estos fariseos: nuestras ofrendas voluntarias son gratas a Dios cuando cumplimos con las obligatorias y necesarias, determinadas por la justicia; esta virtud manda dar a cada uno lo suyo y se enriquece y perfecciona por la misericordia y la caridad. Estas cosas había que hacer, sin omitir aquellas.
La virtud de la justicia se fundamenta en la intocable dignidad de la persona humana, creada a imagen y semejanza de Dios y destinada a una felicidad eterna. Y si consideramos el respeto que merece todo hombre «a la luz de las verdades reveladas por Dios, hemos de valorar necesariamente en mayor grado esta dignidad, ya que los hombres han sido redimidos por la sangre de Jesucristo, hechos hijos y amigos de Dios por la gracia sobrenatural y constituidos herederos de la gloria eterna»3.
El aprecio a los derechos de las personas comienza por un ordenamiento justo de las leyes civiles, al que hemos de contribuir los cristianos, como ciudadanos ejemplares, con todas nuestras fuerzas, comenzando por aquellas leyes que defienden el derecho a la vida, el primero de los derechos, desde el mismo instante de la concepción. Pero no basta con esta contribución, que hemos de hacer siempre en la medida de nuestras posibilidades, aunque sean pequeñas. Cada día se nos presentan muchas ocasiones para ser justos con nuestros semejantes: a la hora de emitir juicios sobre otros –¡con qué facilidad, con qué frivolidad se falta a veces a la justicia más elemental con juicios temerarios!–, en las palabras, evitando no solo la calumnia –la acusación falsa–, sino también la difamación, la palabrería que propaga los defectos del prójimo, para disminuir su consideración social, profesional y humana; en las obras, dando a cada uno lo que es suyo...
¿Cómo podrían ser gratas a Dios nuestras obras si no tratamos con esmero –de pensamiento, palabra y obra– a nuestros hermanos, por quienes Jesús dio su vida?
II. Vivir la justicia con el prójimo es mucho más que el mero no causarle daño, y no basta para cumplirla con lamentarse ante situaciones de injusticia; quejas y lamentaciones que serán estériles si no se traducen en más oración y obras para remediar esa situación. Cada cristiano ha de plantearse cómo vive la justicia en las circunstancias normales de su vida: en la familia, en el trabajo profesional, en las relaciones sociales... Vivir la justicia con quienes nos relacionamos habitualmente significa, entre otros deberes, respetar su derecho a la fama, a la intimidad, a una retribución económica suficiente... «Estas exigencias no han de limitarse únicamente al orden económico, como es, por ejemplo, la justicia en sueldos y honorarios; la vida y la moral cristianas tienen exigencias más amplias. El respeto a la vida, a la fidelidad, a la verdad, la responsabilidad y la buena preparación, la laboriosidad y la honestidad, el rechazo de todo fraude, el sentido social e incluso la generosidad deben inspirar siempre al cristiano en el ejercicio de sus actividades laborales y profesionales»4.
También la calumnia, la maledicencia, la murmuración..., constituyen una verdadera y flagrante injusticia, pues «entre los bienes temporales la buena reputación parece ser el más valioso, y por su pérdida el hombre queda privado de hacer mucho bien»5. El Apóstol Santiago dice de la lengua que es un mundo entero de maldad6: puede servir para alabar a Dios, para hablar con Él, para comunicarnos..., o puede hacer mucho daño, si no hay un empeño decidido en no hablar nunca mal de nadie.
No es infrecuente que se falte a la justicia a través de la palabra. Por eso, el Señor nos pide a los cristianos que sepamos defenderla, que no nos dejemos guiar por rumores, por juicios precipitados de otras personas, de algunos medios de comunicación social..., que nunca emitamos un juicio negativo sobre personas o instituciones -no ser inquisidores y verdugos de vidas ajenas Y, entonces, hemos de procurar poner los medios para estar bien informados, y, si alguien tiene el deber de juzgar, oyendo a las dos partes, matizando cuando sea preciso hacerlo y salvando siempre la intención profunda de las personas, que solo Dios conoce. Especial responsabilidad tienen quienes de alguna manera trabajan en los medios de comunicación social o tienen acceso a ellos, por el gran bien o el mal grave que pueden hacer.
Debemos vivir los deberes de justicia con aquellos que el Señor nos ha encomendado, dedicándoles tiempo, colaborando en la formación de todos, tratando con más esmero a aquel que, por enfermedad, edad o por sus condiciones particulares, más lo necesita. Sabemos bien que no viviría esta virtud, por ejemplo, el padre o la madre que tuviera tiempo para sus gustos y distracciones, y no dedicara lo necesario para la educación de los hijos o para aquellas personas que Dios ha puesto a su cuidado; o quien antepusiera sus gustos y preferencias personales, de los que con un poco de buena voluntad se puede prescindir, a las necesidades de los demás.
Somos justos cuando damos a cada uno lo suyo. El empresario, con la justa retribución de los empleados, de acuerdo con las leyes civiles justas y con la recta conciencia. No será raro que, a veces, haya de remunerar por encima del mínimo exigido por la ley, pues pueden darse circunstancias en las que, cumpliendo lo estrictamente legal, lo establecido, se falte a la justicia con ese mínimo estipulado: pueden darse despidos legales pero injustos, salarios de acuerdo con las leyes pero que ofenden la dignidad de las personas...; «la justicia no se manifiesta exclusivamente en el respeto exacto de derechos y de deberes, como en los problemas aritméticos que se resuelven a base de sumas y de restas»7. Al cristiano le importa, sobre todo, ser justo ante Dios, y esto le llevará a cumplir más allá de lo meramente establecido por las leyes, teniendo en cuenta las circunstancias personales y familiares de quien trabaja a su cargo.
III. La economía tiene sus propias leyes y mecanismos, pero estas leyes no son suficientes ni supremas, ni esos mecanismos son inamovibles. El orden económico no debe concebirse –insiste el Magisterio de la Iglesia– como un orden independiente y soberano, sino que ha de estar sometido a los principios superiores de la justicia social, que corrijan los defectos y deficiencias del orden económico y tengan en cuenta la dignidad de la persona8.
La justicia social exige también que al trabajador no se le deje a merced de las leyes de la competencia, como si su trabajo se tratara solo de una mercancía9; y una de las principales preocupaciones del Estado y de los empresarios «debe ser esta: dar trabajo a todos»10, pues el paro forzoso es uno de los mayores males de un país y causa de otros muchos en la persona, en las familias y en la sociedad misma.
Quien trabaja en un taller, en la Universidad, en una empresa, no viviría la justicia si no cumple con esmero con su tarea, con competencia profesional, aprovechando el tiempo, cuidando los instrumentos de trabajo que son propiedad de la fábrica, de la biblioteca, del hospital, del taller, de la casa en la que se ayuda en las tareas del hogar. Los estudiantes faltarían a la justicia con la sociedad, con la familia, a veces gravemente, si no aprovechan ese tiempo dedicado al estudio. De modo general, las calificaciones académicas obtenidas pueden ser materia de un buen examen de conciencia. Muchas veces, la poca intensidad en el estudio será la causa de no ser más tarde buenos profesionales, faltando así a la justicia con la empresa en la que se trabaja, por carecer de la preparación debida. Son puntos que con frecuencia deberemos examinar, para vivir delicadamente, delante de Dios y de los hombres, los deberes hacia el prójimo: la justicia, la misericordia y la fidelidad en los pactos y promesas.
Pidamos a la Santísima Virgen esa rectitud de conciencia, para contribuir a hacer de la sociedad en que vivimos un ámbito de convivencia digno de hijos de Dios.

25 de agosto de 2015

PRIMER PASO, SER JUSTOS

— La virtud de la justicia y la dignidad humana.
— La justicia social transciende lo estrictamente estipulado.
— La economía, que tiene sus propias leyes, ha de ordenarse al bien total de las personas.
I. En la Ley de Moisés estaba dispuesto que se cumpliera el diezmo1: se debía entregar la décima parte del producto de los frutos más corrientes del campo, como los cereales, el vino y el aceite, para el sostenimiento del Templo. Los fariseos pagaban, además, el diezmo de la hierbabuena, el eneldo y el comino, plantas aromáticas que se cultivaban en los jardines de las casas y que servían para condimentar las comidas. Era una equívoca manifestación de generosidad con Dios, porque a la vez dejaban de cumplir otros graves mandamientos en relación al prójimo. Por eso, por su hipocresía, les dirá el Señor: ¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas!, que pagáis el diezmo de la menta, del eneldo y del comino, pero habéis abandonado lo más importante de la Ley: la justicia, la misericordia y la fidelidad. Estas cosas había que hacer, sin omitir aquellas2.
No desprecia el Señor el pago del diezmo por la menta, el eneldo y el comino, que podría haber sido una verdadera expresión de amor: como quien regala unas flores a una persona que quiere, o al Señor en el Sagrario; lo que rechaza Jesucristo es la hipocresía que este falso celo oculta, pues con ello se justificaban para no cumplir con otros deberes esenciales: la justicia, la misericordia y la fidelidad. Los cristianos no debemos caer jamás en una hipocresía semejante a la de estos fariseos: nuestras ofrendas voluntarias son gratas a Dios cuando cumplimos con las obligatorias y necesarias, determinadas por la justicia; esta virtud manda dar a cada uno lo suyo y se enriquece y perfecciona por la misericordia y la caridad. Estas cosas había que hacer, sin omitir aquellas.
La virtud de la justicia se fundamenta en la intocable dignidad de la persona humana, creada a imagen y semejanza de Dios y destinada a una felicidad eterna. Y si consideramos el respeto que merece todo hombre «a la luz de las verdades reveladas por Dios, hemos de valorar necesariamente en mayor grado esta dignidad, ya que los hombres han sido redimidos por la sangre de Jesucristo, hechos hijos y amigos de Dios por la gracia sobrenatural y constituidos herederos de la gloria eterna»3.
El aprecio a los derechos de las personas comienza por un ordenamiento justo de las leyes civiles, al que hemos de contribuir los cristianos, como ciudadanos ejemplares, con todas nuestras fuerzas, comenzando por aquellas leyes que defienden el derecho a la vida, el primero de los derechos, desde el mismo instante de la concepción. Pero no basta con esta contribución, que hemos de hacer siempre en la medida de nuestras posibilidades, aunque sean pequeñas. Cada día se nos presentan muchas ocasiones para ser justos con nuestros semejantes: a la hora de emitir juicios sobre otros –¡con qué facilidad, con qué frivolidad se falta a veces a la justicia más elemental con juicios temerarios!–, en las palabras, evitando no solo la calumnia –la acusación falsa–, sino también la difamación, la palabrería que propaga los defectos del prójimo, para disminuir su consideración social, profesional y humana; en las obras, dando a cada uno lo que es suyo...
¿Cómo podrían ser gratas a Dios nuestras obras si no tratamos con esmero –de pensamiento, palabra y obra– a nuestros hermanos, por quienes Jesús dio su vida?
II. Vivir la justicia con el prójimo es mucho más que el mero no causarle daño, y no basta para cumplirla con lamentarse ante situaciones de injusticia; quejas y lamentaciones que serán estériles si no se traducen en más oración y obras para remediar esa situación. Cada cristiano ha de plantearse cómo vive la justicia en las circunstancias normales de su vida: en la familia, en el trabajo profesional, en las relaciones sociales... Vivir la justicia con quienes nos relacionamos habitualmente significa, entre otros deberes, respetar su derecho a la fama, a la intimidad, a una retribución económica suficiente... «Estas exigencias no han de limitarse únicamente al orden económico, como es, por ejemplo, la justicia en sueldos y honorarios; la vida y la moral cristianas tienen exigencias más amplias. El respeto a la vida, a la fidelidad, a la verdad, la responsabilidad y la buena preparación, la laboriosidad y la honestidad, el rechazo de todo fraude, el sentido social e incluso la generosidad deben inspirar siempre al cristiano en el ejercicio de sus actividades laborales y profesionales»4.
También la calumnia, la maledicencia, la murmuración..., constituyen una verdadera y flagrante injusticia, pues «entre los bienes temporales la buena reputación parece ser el más valioso, y por su pérdida el hombre queda privado de hacer mucho bien»5. El Apóstol Santiago dice de la lengua que es un mundo entero de maldad6: puede servir para alabar a Dios, para hablar con Él, para comunicarnos..., o puede hacer mucho daño, si no hay un empeño decidido en no hablar nunca mal de nadie.
No es infrecuente que se falte a la justicia a través de la palabra. Por eso, el Señor nos pide a los cristianos que sepamos defenderla, que no nos dejemos guiar por rumores, por juicios precipitados de otras personas, de algunos medios de comunicación social..., que nunca emitamos un juicio negativo sobre personas o instituciones -no ser inquisidores y verdugos de vidas ajenas Y, entonces, hemos de procurar poner los medios para estar bien informados, y, si alguien tiene el deber de juzgar, oyendo a las dos partes, matizando cuando sea preciso hacerlo y salvando siempre la intención profunda de las personas, que solo Dios conoce. Especial responsabilidad tienen quienes de alguna manera trabajan en los medios de comunicación social o tienen acceso a ellos, por el gran bien o el mal grave que pueden hacer.
Debemos vivir los deberes de justicia con aquellos que el Señor nos ha encomendado, dedicándoles tiempo, colaborando en la formación de todos, tratando con más esmero a aquel que, por enfermedad, edad o por sus condiciones particulares, más lo necesita. Sabemos bien que no viviría esta virtud, por ejemplo, el padre o la madre que tuviera tiempo para sus gustos y distracciones, y no dedicara lo necesario para la educación de los hijos o para aquellas personas que Dios ha puesto a su cuidado; o quien antepusiera sus gustos y preferencias personales, de los que con un poco de buena voluntad se puede prescindir, a las necesidades de los demás.
Somos justos cuando damos a cada uno lo suyo. El empresario, con la justa retribución de los empleados, de acuerdo con las leyes civiles justas y con la recta conciencia. No será raro que, a veces, haya de remunerar por encima del mínimo exigido por la ley, pues pueden darse circunstancias en las que, cumpliendo lo estrictamente legal, lo establecido, se falte a la justicia con ese mínimo estipulado: pueden darse despidos legales pero injustos, salarios de acuerdo con las leyes pero que ofenden la dignidad de las personas...; «la justicia no se manifiesta exclusivamente en el respeto exacto de derechos y de deberes, como en los problemas aritméticos que se resuelven a base de sumas y de restas»7. Al cristiano le importa, sobre todo, ser justo ante Dios, y esto le llevará a cumplir más allá de lo meramente establecido por las leyes, teniendo en cuenta las circunstancias personales y familiares de quien trabaja a su cargo.
III. La economía tiene sus propias leyes y mecanismos, pero estas leyes no son suficientes ni supremas, ni esos mecanismos son inamovibles. El orden económico no debe concebirse –insiste el Magisterio de la Iglesia– como un orden independiente y soberano, sino que ha de estar sometido a los principios superiores de la justicia social, que corrijan los defectos y deficiencias del orden económico y tengan en cuenta la dignidad de la persona8.
La justicia social exige también que al trabajador no se le deje a merced de las leyes de la competencia, como si su trabajo se tratara solo de una mercancía9; y una de las principales preocupaciones del Estado y de los empresarios «debe ser esta: dar trabajo a todos»10, pues el paro forzoso es uno de los mayores males de un país y causa de otros muchos en la persona, en las familias y en la sociedad misma.
Quien trabaja en un taller, en la Universidad, en una empresa, no viviría la justicia si no cumple con esmero con su tarea, con competencia profesional, aprovechando el tiempo, cuidando los instrumentos de trabajo que son propiedad de la fábrica, de la biblioteca, del hospital, del taller, de la casa en la que se ayuda en las tareas del hogar. Los estudiantes faltarían a la justicia con la sociedad, con la familia, a veces gravemente, si no aprovechan ese tiempo dedicado al estudio. De modo general, las calificaciones académicas obtenidas pueden ser materia de un buen examen de conciencia. Muchas veces, la poca intensidad en el estudio será la causa de no ser más tarde buenos profesionales, faltando así a la justicia con la empresa en la que se trabaja, por carecer de la preparación debida. Son puntos que con frecuencia deberemos examinar, para vivir delicadamente, delante de Dios y de los hombres, los deberes hacia el prójimo: la justicia, la misericordia y la fidelidad en los pactos y promesas.
Pidamos a la Santísima Virgen esa rectitud de conciencia, para contribuir a hacer de la sociedad en que vivimos un ámbito de convivencia digno de hijos de Dios.