"Hago todos los días mi "ratito" de oración: ¡si no fuera por eso!" (Camino, 106)

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17 de agosto de 2020

ALEGRÍA Y GENEROSIDAD

— El joven rico. La alegría de la entrega.

— El Señor pasa y pide.

— La tristeza hace mucho daño al alma. 


I. Después de bendecir a unos niños, Jesús partió de aquel lugar, y cuando estaba en camino llegó un joven, se postró de rodillas1 y le preguntó: Maestro, ¿qué cosas buenas debo hacer para alcanzar la vida eterna? Jesús, de pie, contempla a aquel joven con una gran esperanza; los discípulos, que se han detenido, callan y miran. La escena, recogida en el Evangelio de la Misa2, es de una gran belleza. Quizá el joven ha escuchado a Jesús en alguna otra ocasión, y hasta ahora no se ha atrevido a comunicarse directamente con Él; en su alma hay deseos de entrega, de amar más..., quizá está insatisfecho con su vida. Por eso, cuando el Señor le dice que debe guardar los Mandamientos, él dice que ya los cumple, y pregunta: Quid adhuc mihi deest? ¿Qué me falta aún? Es la pregunta que tantos y tantas se han hecho al comprobar que no les llena la vida que llevan.


Jesús, tan atento a los menores movimientos de las almas, se conmovió al contemplar los deseos y la limpieza de aquel corazón. Fue entonces cuando le dirigió la mirada de la que nos habla San Marcos, y lo amó3. La mirada de Jesús, una mirada honda, imborrable, es por sí sola una llamada. Y le invitó a seguirle dejando atrás todos sus tesoros. Es una invitación a dejar libre el corazón para llenarlo todo de Dios. Se trata de cambiar el amor a los bienes por el amor a Jesús, se trata de dejar las posesiones materiales para enriquecerse, de una manera real y efectiva, con bienes eternos4.


No fue generoso este joven: se quedó con sus riquezas, de las que disfrutaría unos años, y perdió a Jesús, a quien tenemos para siempre, tesoro infinito, en este mundo y en la eternidad. En su egoísmo, el joven rico no esperaba esta respuesta del Maestro. Los planes de Dios no coinciden generalmente con los nuestros, con los que proyectamos en la imaginación, con aquellos que fabrica la vanidad o el egoísmo. Los planes divinos, forjados desde la eternidad para nosotros, son los más bellos que nunca pudimos imaginar, aunque alguna vez nos desconcierten.


Al oír el joven estas palabras de Jesús se marchó triste, pues tenía muchas posesiones. Todos vieron cómo resistía aquella amable y amorosa invitación del Señor y se marchaba con la huella de la tristeza en la cara. Posiblemente, más tarde, este joven encontraría falsas justificaciones a su falta de generosidad, que le devolverían al menos la tranquilidad perdida (nunca la paz, que es fruto de la entrega): quizá pensó que era muy joven, o que más tarde vería todo con más claridad y buscaría al Maestro... ¡Qué fracaso! ¡Qué ocasión desaprovechada!, pues a Jesús, o se le sigue o se le pierde. Cada encuentro con Él lleva consigo unas claras exigencias, y también un gran enriquecimiento de toda la persona. Jesús nunca nos deja indiferentes.


Una vez que alguien ha sentido posarse sobre él la mirada del Señor, ya nunca la olvida, ya no es posible vivir como antes. La alegría es fruto de la generosidad, de responder a las sucesivas llamadas que a cada uno en su estado dirige Cristo que pasa. La vida se llena de gozo y de paz en esa disponibilidad absoluta ante la voluntad de Dios que se manifiesta en momentos bien precisos de nuestra vida; quizá ahora.


II. «Aquel muchacho rechazó la insinuación, y cuenta el Evangelio que abiit tristis (Mt 19, 22), que se retiró entristecido (...): perdió la alegría porque se negó a entregar su libertad a Dios»5. Libertad que, si no le había servido para llegar a la meta, a Cristo que pasaba por su vida, para bien poco habría ya de servirle.


La tristeza nace en el corazón, como una planta dañina, cuando nos alejamos de Cristo, cuando le negamos aquello que de una vez, o poco a poco, nos va pidiendo, cuando nos falta generosidad. Esta mala enfermedad del alma «es un vicio causado por el amor desordenado de sí Mismo»6. Puede haber enfermedad, puede existir cansancio y dolor, pero la tristeza del corazón es distinta. En su origen encontramos siempre la soberbia y el egoísmo: detrás de esa desgana, sin causa aparente, en el propio quehacer, puede estar la imposibilidad de afirmar el propio criterio, la propia personalidad, la vanidad; detrás de ese dolor puede esconderse la rebeldía de no querer aceptar la voluntad de Dios; en ese desaliento, al ver una y otra vez las propias faltas, puede ocultarse más la humillación sufrida que el dolor por haber ofendido al Señor... «Si Dios me ha perdonado, si su amor misericordioso, siempre presente, se vuelca en mí, ¿cómo puedo estar yo triste? Si alguien alimentara su tristeza en el dolor de sus pecados, agarrado a su culpa, ese hombre debe saber que se trata posiblemente de un pretexto y, siempre, de un error»7. Las mismas faltas y pecados nos deben llevar a la alegría del arrepentimiento y del amor que nace de nuevo con más fuerza aún.


El Señor pasa cerca de nuestra vida en incontables ocasiones. Alguna vez nos pedirá mucho, para darnos más; otras, cosas pequeñas: el cumplimiento del deber, llevar a cabo en la hora prevista las prácticas de piedad que tenemos señaladas en nuestro plan de vida, sin dar cabida a la pereza; mortificar la imaginación y el recuerdo en asuntos banales; vivir con esmero la caridad con quienes están a nuestro lado; indicar con afabilidad la dirección que nos han pedido... Quizá se presente el Señor –tal vez cuando menos lo esperábamos– para invitarnos a seguirle aún más de cerca, quizá sin abandonar nuestros quehaceres en medio del mundo, pero con la plena entrega del corazón, según el propio estado, sin poner límites ni condiciones. «Hay que saber entregarse, arder delante de Dios como esa luz, que se pone sobre el candelero, para iluminar a los hombres que andan en tinieblas; como esas lamparillas que se queman junto al altar, y se consumen alumbrando hasta gastarse»8. Y esto nos lo pide a todos: cada uno en su lugar y en el estado al que es llamado, en la peculiar vocación que de Dios ha recibido. Esta vocación es el asunto más importante de la vida, y, una vez conocida, el negocio en el que debemos empeñarnos con tenacidad, con la ayuda de la gracia, hasta el último instante de nuestros días.


III. Se marchó triste. Nada más sabemos de él. Su historia termina envuelta en un manto de tristeza; quizá podría haber sido uno de los Doce. Pero no quiso; y Jesús respetó su libertad. Una libertad que no supo emplear. «El mercader –comenta San Basilio– no se entristece gastando en las ferias lo que posee para adquirir sus mercancías; pero tú (hace referencia a este joven rico) te entristeces dando polvo a cambio de la vida eterna»9: prefirió conservar el polvo –eso son todas las posesiones y riquezas– en vez de elegir la vida perdurable que le ofrecía Cristo, prefirió quedarse con el polvo en que se convirtieron estas al cabo de unos años, no demasiados.


La tristeza hace mucho daño al alma. Como la polilla al vestido y la carcoma a la madera, así la tristeza daña el corazón del hombre10, y predispone al mal. Por eso hemos de luchar enseguida, si alguna vez hiciera su aparición en el alma: Anímate, pues, y alegra tu corazón, y echa lejos de ti la congoja; porque a muchos mató la tristeza. Y no hay utilidad alguna en ella11. De ese estado solo cabe esperar males.


Si nuestra vida consiste realmente en seguir a Cristo, es lógico que siempre estemos alegres: es la única alegría verdadera del mundo, sin límite y sin medida; compatible, por otra parte, con el dolor, con la enfermedad, con el fracaso... «La alegría cristiana excluye de modo definitivo y combate implacablemente toda tristeza enfermiza o imaginaria: la envidia, el desaliento, el repliegue sobre sí mismo no pueden emparejarse con ella, y uno de sus beneficios es el de excluir todas esas penas, llenas de veneno y fuentes de muerte»12.


Un alma triste está a merced de muchas tentaciones. ¡Cuántos pecados han tenido su origen en la tristeza! ¡Cuántos ideales ha roto! Si alguna vez sentimos el zarpazo de la tristeza, examinemos su causa con sinceridad en la oración. Muchas veces encontraremos falta de generosidad con Dios o con los demás. «“Laetetur cor quaerentium Dominum” —Alégrese el corazón de los que buscan al Señor.


»—Luz, para que investigues en los motivos de tu tristeza»13. Preguntémonos, si esa situación llegara, y ahora, porque siempre podemos crecer en alegría, si estamos buscando seriamente al Señor en lo que cada día nos sucede, en la oración, en el empeño por mantener la presencia de Dios. Examinemos nuestra generosidad con los demás: a la hora de interesarnos por su salud, por sus ilusiones, en el sacrificio pequeño pero continuo que exige una fraternidad bien vivida, en los bienes y talentos que poseemos...


Si alguna vez nos sentimos con el alma entristecida, preguntémonos: ¿en qué no estoy yo siendo generoso con Dios?, ¿en qué no soy desprendido con los demás?, ¿me preocupo excesivamente de mí mismo, de mis cosas, de mi salud, de mi futuro, de mis pequeñeces?... Es posible que encontremos enseguida la causa y el remedio. Mientras tanto, procuremos afinar en el trato con el Señor, intentemos darnos sin cálculo a quienes están cerca, aunque sea en pequeños servicios; abramos el corazón a quien nos conoce y aprecia, a quien tenemos encomendada la dirección espiritual del alma.


Con la alegría que Cristo nos da, hacemos mucho bien a nuestro alrededor. Comunicarla a los demás será frecuentemente una de las mayores muestras de caridad hacia ellos. Muchas personas pueden encontrar a Dios en esa alegría honda; procuremos no perderla. Santa María, Causa de nuestra alegría, ruega por nosotros, concédenos seguir a Cristo de cerca, danos la gracia de no volverle nunca la espalda, ni siquiera en lo pequeño de todos los días.

19 de agosto de 2019

EL SENTIDO DE LOS BIENES

— Los bienes de la tierra se han de ordenar al fin sobrenatural del hombre
— La riqueza y los talentos personales deben estar al servicio del bien. 
— Desarrollar los talentos que el Señor nos ha dado en bien de los demás.

I. Los Apóstoles vieron con pena –el Señor también– cómo se marchaba el joven que no quiso dejar a un lado sus riquezas para seguir al Maestro. Le vieron partir con esa tristeza peculiar del que no corresponde a lo que Dios le pide. Todos quizá pensaron que podía haber sido uno del grupo de los más íntimos, aquellos que escucharon confidencias entrañables de Jesús y recibieron más tarde el mandato de evangelizar el mundo, de ir con la doctrina de Cristo hasta los confines de la tierra.

En este clima, mientras reemprenden la marcha, el Señor les dijo: Difícilmente entrará un rico en el Reino de los Cielos. Y añadió: Es más, os digo que es más fácil a un camello pasar por el ojo de una aguja, que a un rico entrar en el Reino de Dios. Los discípulos quedaron muy asombrados1.

Quien pone su corazón en los bienes de la tierra se incapacita para encontrar al Señor, porque el hombre puede tener como fin a Dios, al que alcanza también a través de las cosas materiales como simples medios que son, o poner las riquezas como meta de su vida, en sus muchas manifestaciones de deseo de lujo, de comodidad, de poseer más... El corazón se orienta según uno de estos dos fines. Quien lo tiene repleto de bienes materiales no puede amar a Dios: no se puede servir a Dios y a las riquezas2, enseñó el Señor en otra ocasión.

El término arameo original de riquezas que utilizó el Señor, es Mammon, que «designa con irrisión un ídolo. ¿Por qué se trata de un ídolo? Por un doble motivo. Primeramente porque el ídolo es un sustitutivo de Dios. Se trata del uno o del otro (...). En segundo lugar, por su contenido. Más allá del dinero, simple unidad monetaria, el ídolo Mammon simboliza un instrumento de la voluntad de poder, un medio de posesión del mundo, una expresión de la avidez de las cosas y también una desviación de las relaciones de los hombres entre sí. El dominio que el ídolo ejerce sobre el hombre se opone a lo que es propio de la persona humana creada a imagen y semejanza de Dios, y por tanto a su relación con el Creador»3.

El que pone su deseo en las cosas de la tierra como si fueran un bien absoluto comete una especie de idolatría4, corrompiendo su alma como se corrompe con la impureza5, y, con frecuencia, acaba uniéndose a los «príncipes de este mundo», que se levantan contra Dios, contra Cristo6.

El amor desordenado a los bienes materiales, pocos o muchos, es un gravísimo obstáculo para el seguimiento de Cristo, como se manifiesta en el pasaje del joven rico que considerábamos en nuestra meditación de ayer, y en las duras y enérgicas palabras con que el Señor condena el mal uso de las riquezas. Por eso, el cristiano ha de examinar con frecuencia si ama la sobriedad y la templanza, si está realmente desprendido de las cosas de la tierra, si valora más los bienes del alma que los del cuerpo, si utiliza los bienes para hacer el bien, si le acercan a Dios o lo separan de Él, si es parco en las necesidades personales, restringiendo los gastos superfluos, no cediendo a los caprichos, vigilando la tendencia a crearse falsas necesidades. Ha de ver si cuida las cosas de su hogar, los instrumentos de trabajo... ¡Qué pena si alguna vez no viéramos a Jesús que pasa a nuestro lado porque tuviéramos el corazón puesto en algo que pronto hemos de dejar! ¡Algo que vale tan poco en comparación de las riquezas sin límite que Cristo da a quienes le siguen!

II. El cristiano que vive en medio del mundo no debe olvidar, sin embargo, que los bienes materiales en sí mismos son bienes que debe hacer producir en favor de la propia familia y de la sociedad, de las buenas obras que sostiene con su esfuerzo, y que ha de santificarse con ellos. Nada más lejano del verdadero espíritu de pobreza secular que la actitud encogida del que ve con miedo el mundo y sus riquezas. El verdadero progreso y el desarrollo –también material– son buenos y queridos por Dios. Y el Señor no predicó nunca ni la suciedad ni la miseria. Todos hemos de luchar, en la medida de las propias posibilidades, contra la pobreza, la miseria y cualquier situación de indigencia que degrade al ser humano.

La pobreza del cristiano corriente, que se ha de santificar en medio de sus tareas seculares, no consiste en una circunstancia meramente exterior: tener o no tener bienes materiales; se trata de algo más profundo que afecta al corazón, al espíritu del hombre; consiste en ser humilde ante Dios, en sentirse siempre necesitado ante Él, en ser piadoso, en tener una fe rendida que se manifiesta en la vida y en las obras. Si se poseen estas virtudes y además abundancia de bienes materiales, la actitud del cristiano ha de ser la de desprendimiento, de caridad generosa. El que no posee bienes materiales abundantes no por ello está justificado ante Dios, si no se esfuerza por adquirir las virtudes que constituyen la verdadera pobreza. También en la escasez puede manifestar su generosidad, su señorío, y también debe estar desprendido de lo poquísimo de que dispone.

Jesús estuvo muy cerca de los pobres, de los enfermos, de quienes padecían cualquier necesidad, pero entre los más allegados a su Persona no faltaron gentes de fortuna más o menos cuantiosa. Las mujeres que subvenían a sus necesidades eran gente acomodada. Algunos de sus Apóstoles, como Mateo y los hijos de Zebedeo, tenían ciertos medios económicos. José de Arimatea, hombre rico, es mencionado expresamente como discípulo suyo7; él y Nicodemo tienen el privilegio de recibir el Cuerpo muerto de Jesús8, para cuya sepultura trajo este último gran cantidad de aromas (unas cien libras, ¡más de treinta kilos!). La familia de Betania con la que tenía una especial amistad era, probablemente, de cierto relieve social, pues son muchos los judíos que acuden a su casa a la muerte de Lázaro. Llama a Zaqueo para hospedarse en su casa y le admite entre sus seguidores9. El mismo vestido de Jesús no carecía de prestancia, pues llevaba una túnica inconsútil, orlada...

«Los bienes de la tierra no son malos; se pervierten cuando el hombre los erige en ídolos y, ante esos ídolos, se postra; se ennoblecen cuando los convertimos en instrumentos para el bien, en una tarea cristiana de justicia y de caridad. No podemos ir detrás de los bienes económicos, como quien va en busca de un tesoro; nuestro tesoro (...) es Cristo y en Él se han de centrar todos nuestros amores (...)»10; Él es el verdadero valor que define toda nuestra vida, por encima del cual nada hay. A Él debemos imitar, según las circunstancias personales de cada uno. Y nunca debemos dar por supuesto el desprendimiento de los bienes y su recto uso, porque la tendencia de todo hombre, de toda mujer, es fabricarse sus propios ídolos, crearse «necesidades innecesarias», gastar más de lo debido, poseer los bienes para los propios caprichos sin tener en cuenta que «el hombre, al usarlas, no debe tener las cosas que legítimamente posee como exclusivamente suyas, sino también como comunes, en el sentido de que no le aprovechen a él solamente, sino también a los demás»11.

Examinemos hoy la rectitud con que usamos los bienes y si tenemos el corazón puesto en el Señor, desasido de lo mucho o de lo poco que poseamos, teniendo en cuenta que «un signo claro de desprendimiento es no considerar –de verdad– cosa alguna como propia»12.

III. Debemos desarrollar sin miedo, sin falsa modestia ni timideces, todos los talentos que el Señor nos ha dado, poner nuestras energías para que la sociedad progrese y lograr que sea cada vez más humana, que se den las condiciones necesarias para que todos lleven una vida digna, como corresponde a hijos de Dios. Hemos de aprender a dar de lo nuestro, a fomentar y a ayudar, según nuestras circunstancias, a instituciones y fundaciones que eleven y rediman al hombre de su incultura o de sus condiciones menos humanas. Debemos procurar, en lo que de nosotros depende, que no existan más esas desigualdades y diferencias sociales que claman al Cielo: por un lado, personas que luchan cada día por sobrevivir; por otro, despilfarros que ofenden a la criatura y al Creador.

Encontramos muchas dificultades, internas –en nuestro corazón, donde subsisten las raíces del egoísmo, de la posesión desordenada– y externas –las de un ambiente lanzado sin freno hacia los bienes de consumo–. Este ambiente externo, que lleva consigo frecuentemente una fuerte carga de sensualidad, es «el marco más adecuado para que proliferen las desviaciones morales de todo signo: el erotismo, la exaltación del placer estimado y cultivado por sí mismo, la degradación por el abuso del alcohol y las drogas, etc. Es evidente que tales excesos aparecen como consecuencia de la insatisfacción profunda que padece el hombre cuando se aparta de Dios (...). El resultado está a la vista: hombres y mujeres –incontables ya– faltos de ideales, sin criterio ni sentido claro de las cosas y de la vida»13, que se levantan contra el Señor y contra Cristo14.

Para la mayoría de los cristianos, para aquellos que se han de santificar en medio de las realidades temporales, seguir a Cristo significará desarrollar su capacidad –también en cuanto a la creación y añoramiento de bienes materiales– en bien de la sociedad entera, comenzando por la familia, que ha de tener los medios necesarios, ayudando a quienes se encuentran más necesitados, creando puestos de trabajo... Pero el fin del cristiano en la vida no puede ser enriquecerse, acumular bienes, poseer lo más posible. Esto llevaría al mayor empobrecimiento de su persona. La templanza en la posesión y en el uso de los bienes da al cristiano una madurez humana y sobrenatural que permite seguir de cerca a Cristo y llevar a cabo un gran apostolado en el mundo. La Virgen, que supo vivir como nadie esta virtud de la pobreza, nos ayudará hoy a formular un propósito, quizá pequeño, pero bien concreto.

6 de diciembre de 2017

Generosidad y desprendimiento en los bienes.

— Los santos amigos de Dios, son nuestros intercesores ante Él. San Nicolás.
— Necesidad de los bienes humanos y materiales.
— Acudir a San Nicolás en las necesidades económicas.
I. Leemos en el Antiguo Testamento cómo, cuando el Señor se disponía a destruir las ciudades de Sodoma y Gomorra en castigo por sus pecados, intercedió Abrahán ante Él: Si hubiera cincuenta justos en la ciudad, ¿los exterminarías acaso y no perdonarías al lugar por los cincuenta justos?... Y le dijo Yahvé: si hallare en Sodoma cincuenta justos, perdonaría por ellos a todo el lugar. Pero Abrahán insistía lleno de confianza: ¿Y si se hallaren allí cuarenta?..., ¿veinte?... ¿Y si se hallaren allí diez? Y le contestó Yahvé: por los diez no la destruiría1. La respuesta del Señor es siempre misericordiosa.
También Moisés acudía a la misericordia divina, invocando a los que habían sido amigos de Dios: acuérdate de Abrahán, de Isaac y de Jacob, tus siervos2. De Jeremías, ya difunto, se lee: este es el amador de la nación, que ora mucho por el pueblo y por la ciudad santa3. En el Evangelio vemos cómo un centurión envía a unos ancianos, amigos del Señor, para que intercedan por él. Y estos, cuando llegaron junto a Jesús, le rogaban encarecidamente diciendo: Merece que le hagas esto, pues aprecia a nuestro pueblo y él mismo nos ha construido una sinagoga4. Jesús escuchó complacido a los judíos que hablaban en favor de este gentil: merece que le hagas esto... El mismo San Pablo pedía a los cristianos de Roma: os suplico, hermanos, por Nuestro Señor Jesucristo y por el amor del Espíritu Santo, que me ayudéis con vuestras oraciones, rogando por mí al Señor5. Y comenta San Jerónimo al hablar de los hermanos ya muertos: «si los Apóstoles y los mártires, cuando estaban encerrados en un cuerpo y tenían motivos para ocuparse de sí mismos, oraban por los demás, ¡cuánto más, después de la corona, la victoria y el triunfo!»6.
Desde siempre creyó la Iglesia que los santos que gozan ya de la eterna bienaventuranza, y las benditas almas del Purgatorio, son nuestros grandes aliados e intercesores. Ellos atienden nuestras peticiones y las presentan al Señor, avaladas por los méritos que adquirieron aquí en la tierra con su vida santa.
De San Nicolás, cuya fiesta celebramos hoy, se cuenta que fue muy generoso aquí en la tierra con la fortuna que heredó de unos padres ricos, cuando él era aún joven. Por eso se le considera intercesor en las necesidades materiales y económicas.
El Fundador del Opus Dei le tenía una gran devoción, y contaba que un día, abrumado ante muchos problemas económicos, se acordó de San Nicolás momentos antes de comenzar la celebración de la Santa Misa. Le hizo esta promesa en la sacristía: «si me sacas de esto, te nombro Intercesor». Pero, al subir las gradas del altar, se arrepintió de las condiciones, y le dijo: «y si no me sacas, te nombro igual». Salió adelante en aquellas circunstancias y acudió a la intercesión del Santo otras muchas veces7.
Muchas personas a lo largo de los siglos han acudido a San Nicolás ante situaciones económicas difíciles en la familia, en el trabajo, en las obras apostólicas, que frecuentemente han de tener una base económica. No temamos pedir al Señor estas ayudas materiales que Él mismo nos invita a solicitar cuando recitamos el Padrenuestro: danos hoy nuestro pan de cada día. Y muchas veces lo podemos pedir por mediación de los santos.
II. Mientras estemos en la tierra vamos a necesitar medios materiales y humanos, tanto para el sostenimiento de la propia familia como de aquellas tareas apostólicas que el Señor nos pida que promovamos o que colaboremos de alguna manera en ellas. Los bienes económicos son eso: bienes; se convierten en males cuando no sirven para hacer el bien; cuando hay un apegamiento desordenado que impide ver los sobrenaturales. San León Magno enseña que Dios no solo nos ha dejado los bienes espirituales, sino también los corporales8, para que los orientemos al bien humano y sobrenatural de los demás.
El mismo Jesús enseñó a los Apóstoles la necesidad de emplear medios humanos. En la primera misión apostólica les indicó expresamente: no llevéis bolsa ni alforja... Les deja sin apoyo material alguno para que vean que es Él, Jesús, quien da la eficacia. Comprendieron entonces que las curaciones, las conversiones, los milagros no se debían a sus cualidades humanas, sino al poder de Dios. Sin embargo, cuando está ya próxima la partida, complementa aquella primera enseñanza: ahora, el que tenga bolsa, que la lleve; y del mismo modo alforja9. Aunque los medios sobrenaturales son los principales en todo apostolado, quiere el Señor que utilicemos todos los medios humanos a nuestro alcance como si no existiera ninguno sobrenatural; los económicos, también.
Jesús mismo, para realizar su misión divina quiso servirse a menudo de medios terrenos: unos cuantos panes y unos pececillos, un poco de barro, la ayuda material de aquellas piadosas mujeres que le seguían...
Cuando sintamos la necesidad en la familia, en las obras apostólicas en las que colaboramos, etc., no dudemos en acudir al Señor. No olvidemos cómo su primer milagro, por intercesión de Nuestra Señora, se realizó para sacar de apuros a unos recién casados en un asunto que no era de vital importancia. ¿Cómo no nos va a atender a nosotros, si alguna vez le necesitamos? Pero no nos olvidemos tampoco de hacer todo lo que esté de nuestra parte, como aquellos sirvientes de Caná que llenaron de agua las tinajas hasta arriba10: pusieron todo lo que estaba en sus manos.
Alguna vez, en situaciones económicas apuradas, este texto puede dar paz a nuestras almas: «Me encuentro en una situación económica tan apurada como cuando más. No pierdo la paz. Tengo absoluta seguridad de que Dios, mi Padre, resolverá todo este asunto de una vez.
»Quiero, Señor, abandonar el cuidado de todo lo mío en tus manos generosas. Nuestra Madre ¡tu Madre! a estas horas, como en Caná, ha hecho sonar en tus oídos: ¡no tienen!... Yo creo en Ti, espero en Ti, Te amo, Jesús: para mí, nada; para ellos»11.
III. Se darán en nuestra vida ocasiones en las que el Señor aliente nuestra generosidad, y contribuyamos con nuestros medios económicos muchos o apenas ninguno al sostenimiento de la Iglesia o de instituciones buenas que promueven obras de cultura o de asistencia a gentes más necesitadas. También es posible que, además, debamos recaudar fondos para esas obras. Muchas páginas del Nuevo Testamento nos muestran el empeño de los discípulos de Cristo y de los primeros cristianos por allegar medios para la extensión del Evangelio. Vemos, por ejemplo, a Mateo, de buena posición económica, que desborda gratitud hacia Cristo12. Y aquel grupo de mujeres que sigue al Señor y le asistían con sus bienes13. Y esos otros discípulos gentes hacendadas, como José de Arimatea, que cede su sepulcro al Maestro y costea su sudario14; o Nicodemo, que se ocupa de comprar gran cantidad de mirra y áloes para embalsamar el Cuerpo del Señor15. De igual modo, observamos el heroico comportamiento de los primeros cristianos que vendían sus posesiones y demás bienes16, y todos los que tenían posesiones o casas, vendiéndolas, traían el precio de ellas y lo ponían a los pies de los Apóstoles17.
San Pablo organizará colectas en Antioquía, en Galacia, en Macedonia, en Grecia para socorrer a los fieles de Jerusalén, provocando la emulación de unos y otros18. Cuando el Apóstol escribe a los cristianos de Corinto les agradece su generosidad en la colecta que llevan a cabo, les alienta en su propósito y les dice: porque esto es lo que os conviene19. Y Santo Tomás, comentando estas palabras, resalta el provecho que se saca del desprendimiento de los bienes en favor de otros: «El bien de la piedad es más útil para quien la ejerce que para aquel que la recibe. Porque quien la ejerce saca de allí un provecho espiritual, mientras quien la recibe solo temporal»20. La limosna es uno de los principales remedios para curar las heridas del alma, que son los pecados21, y atrae siempre la misericordia divina.
Junto a nuestra generosidad y desprendimiento de los bienes, hemos de fomentar en nuestros amigos esa buena disposición del alma, que conseguirá del Señor tantas bendiciones para ellos y sus familias. «He aquí una tarea urgente: remover la conciencia de creyentes y no creyentes hacer una leva de hombres de buena voluntad, con el fin de que cooperen y faciliten los instrumentos materiales necesarios para trabajar con las almas»22. Nos puede servir, para terminar, esta frase que anima al esfuerzo, a la generosidad y al desprendimiento: «pensad ¿cuánto os cuesta también económicamente- ser cristianos?»23.
San Nicolás será nuestro aliado en el Cielo para ser generosos con Dios y con nuestros hermanos, y buscar estos medios económicos necesarios en la tierra. Acudamos a él. Cerca de Dios sigue siendo generoso con los que le invocan.

17 de octubre de 2016

LA ESPERANZA DE LA VIDA

- Los bienes temporales y la esperanza sobrenatural.
- El desprendimiento cristiano.
- Nuestra esperanza está en el Señor.
I. Se acercó uno al Señor1 para pedirle que interviniera en un asunto de herencias. Por las palabras de Jesús, parece que este hombre estaba más preocupado por aquel problema de bienes materiales que atento a la predicación del Maestro. La cuestión planteada, ante el Mesías que les habla del Reino de Dios, da la impresión de ser al menos inoportuna. Jesús le responderá: Hombre, ¿quién me ha constituido juez o repartidor entre vosotros? A continuación, aprovecha la ocasión para advertir a todos: Estad alerta y guardaos de toda avaricia, porque aunque alguien tenga abundancia de bienes, su vida no depende de aquello que posee. Y para que quedara bien clara su doctrina les expuso una parábola. Las tierras de un hombre rico produjeron una gran cosecha, hasta tal punto que no cabía en los graneros, Entonces, el propietario pensó que sus días malos se habían acabado y que tenía segura su existencia. Decidió destruir los graneros y edificar otros más grandes, que pudieran almacenar aquella abundancia. Su horizonte terminaba en esto; se reducía a descansar, comer, beber y pasarlo bien, puesto que la vida se había mostrado generosa con él. Se olvidó –¡como tantos hombres!– de unos datos fundamentales: la inseguridad de la existencia aquí en la tierra y su brevedad. Puso su esperanza en estas cosas pasajeras y no consideró que todos estamos en camino hacia el Cielo.
Dios se presentó de improviso en la vida de este rico labrador que parecía tener todo asegurado, y le dijo: Necio, esta misma noche te reclaman el alma; lo que has preparado, ¿para quién será? Así ocurre al que atesora para sí y no es rico ante Dios.
La necedad de este hombre consistió en haber puesto su esperanza, su fin último y la garantía de su seguridad en algo tan frágil y pasajero como los bienes de la tierra, por abundantes que sean. La legítima aspiración de poseer lo necesario para la vida, para la familia y su normal desarrollo no debe confundirse con el afán de tener más a toda costa. Nuestro corazón ha de estar en el Cielo, y la vida es un camino que hemos de recorrer. Si el Señor es nuestra esperanza, sabremos ser felices con muchos bienes o con pocos. «Así, pues, el tener más, lo mismo para los pueblos que para las personas, no es el fin último. Todo crecimiento tiene dos sentidos bien distintos. Necesario para permitir que el hombre sea más hombre, lo encierra en una prisión desde el momento en que se convierte en el bien supremo, que impide mirar más allá. Entonces los corazones se endurecen y los espíritus se cierran; los hombres ya no se unen por amistad, sino por interés, que pronto les hace oponerse unos a otros y desunirse. La búsqueda exclusiva del poseer se convierte en un obstáculo para el crecimiento del ser, y se opone a su verdadera grandeza. Para las naciones, como para las personas, la avaricia es la forma más evidente de un subdesarrollo moral»2. El amor desordenado ciega la esperanza en Dios, que se ve entonces como algo lejano y falto de interés. No cometamos esa necedad: no hay tesoro más grande que tener a Cristo.
II. La Sagrada Escritura nos amonesta con frecuencia a tener nuestro corazón en Dios:Tened dispuesto el ánimo, vivid con sobriedad y poned vuestra esperanza en la gracia que os ha traído la revelación de Jesucristo3, exhortaba San Pedro a los primeros cristianos. Y San Pablo aconseja a Timoteo: A los ricos de este mundo encárgales... que no pongan su confianza en la incertidumbre de las riquezas, sino en Dios, que abundantemente nos provee de todo para que lo disfrutemos4. El mismo Apóstol afirma que la avaricia está en la raíz de los males y muchos, por dejarse llevar de ella, se extravían en la fe y se atormentan a sí mismos con muchos dolores5. La Iglesia lo sigue recordando en el momento presente: «Estén todos atentos a encauzar rectamente sus afectos, no sea que el uso de las cosas del mundo, y un apego a las riquezas contrario al espíritu de pobreza evangélica, les impida la prosecución de la caridad perfecta. Acordándose de la advertencia del Apóstol: Los que usan de este mundo no se detengan en eso, porque los atractivos de este mundo pasan (cfr. 1 Cor 7, 31)»6.
El desorden en el uso de los bienes materiales puede provenir de la intención, cuando se desean las riquezas por sí mismas, como si fueran bienes absolutos; de los medios que se emplean para adquirirlas, buscándolas con ansiedad, con posibles daños a terceros, a la propia salud, a la educación de los hijos, a la atención que requiere la familia... El desorden que da lugar a la avaricia puede estar también en la manera de usar de ellas: si se emplean solo en provecho propio, con tacañería, sin dar limosna.
El amor desordenado a los bienes materiales, pocos o muchos, es un grave obstáculo para seguir al Señor. El desprendimiento y el recto uso de lo que se posee, de aquello que es necesario para el sostenimiento de la familia, de los instrumentos de trabajo, de aquello que es lícito poseer para el descanso, de lo que se debe prever para el futuro –sin agobios, con la confianza siempre puesta en Dios–, es un medio para disponer el alma a los bienes divinos. «Si queréis actuar a toda hora como señores de vosotros mismos, os aconsejo que pongáis un empeño muy grande en estar desprendidos de todo, sin miedo, sin temores ni recelos. Después, al atender y al cumplir vuestras obligaciones personales, familiares... emplead los medios terrenos honestos con rectitud, pensando en el servicio a Dios, a la Iglesia, a los vuestros, a vuestra tarea profesional, a vuestro país, a la humanidad entera. Mirad que lo importante no se concreta en la materialidad de poseer esto o de carecer de lo otro, sino en conducirse de acuerdo con la verdad que nos enseña nuestra fe cristiana: los bienes creados son solo eso, medios. Por lo tanto, rechazad el espejuelo de considerarlos como algo definitivo»7.
Si estamos cerca de Cristo, poco nos bastará para andar por la vida con la alegría de los hijos de Dios. Si no nos acercamos a Él, nada bastará para llenar un corazón siempre insatisfecho.
III. «En cierta ocasión –cuenta un amigo sacerdote–, hace ya muchos años estaba pasando una corta temporada de prácticas militares en el pueblo más alto de Navarra. Estas prácticas las hacíamos aprovechando la pausa de nuestros estudios. Recuerdo que cuando estaba yo en aquel pueblecito llamado Abaurrea, se presentó allí un alférez nuevo, flamante. Se presentaba al jefe para que le dijera a qué unidad iba destinado. Volvió diciendo que el jefe le había dicho que tenía que ir a Jaurrieta y que, así, como sin darle importancia, le había insinuado que tenía que tomar un caballo e irse en él (...). El nuevo estaba muy inquieto y toda la cena estuvo hablando del caballo, preguntando cosas, pidiendo algún consejo práctico. Entonces, uno de los que había allí dijo:
»—Tú lo que tienes que hacer es montarte sereno, con tranquilidad y que no se dé cuenta el caballo de que es la primera vez que montas. Esto es lo decisivo (...).
»Al día siguiente, por la mañana, muy temprano, estaban en la puerta, esperando al oficial recién incorporado, un soldado con su caballo y con otra cabalgadura para llevar la maleta, El alférez montó en el caballo y, por lo visto, el caballo se dio cuenta en el acto de que era la primera vez que montaba, porque, sin más, se lanzó a una especie de pequeño trote, con cara de alarma del alférez. El caballo se paró cuando quiso, y se puso a comer en uno de los lados de la carretera... por más que el alférez tiraba de las riendas inútilmente. Cuando el caballo lo creyó oportuno, se puso de nuevo a caminar por la carretera y, de cuando en cuando, se paraba; luego daba un trotecito, mientras el jinete miraba a los lados, con cara de susto. En esta situación venían en dirección contraria un equipo de Ingenieros que estaba enrollando un cable, para un tendido de luz. Y entonces los del cable le preguntaron:
»—¿Tú, a dónde vas? Y dijo el jinete con gran verdad y con una filosofía verdaderamente realista:
»—¿Yo? Yo iba a Jaurrieta; lo que no sé es dónde va este caballo... (...).
»Quizá también si a nosotros se nos preguntase de sopetón: “¿Tú a dónde vas?”, podríamos decir: “Yo, yo iba al amor, yo iba a la verdad, yo iba a la alegría; pero no sé dónde me está llevando la vida”»8.
¡Qué estupendo sería –si alguien nos preguntara, «¿tú a dónde vas?»– poder decir: Yo voy a Dios, con el trabajo, con las dificultades de la vida, con la enfermedad quizá!... ¡este es el objetivo, donde han de llevarnos los bienes de la tierra, la profesión,...! ¡todo! ¡Qué pena si hubiéramos constituido en un bien absoluto, lo que solo debe ser un medio! Examinemos hoy al terminar nuestra oración si la profesión es un medio para encontrar a Dios, si los bienes, cualesquiera que sean, nos ayudan a ser mejores...
Jesucristo nos enseña continuamente que el objeto de la esperanza cristiana no son los bienes terrenos, que la herrumbre y la polilla corroen y los ladrones desentierran y roban9, sino los tesoros de la herencia incorruptible. Cristo mismo es nuestra única esperanza10. Nada más puede llenar nuestro corazón. Y junto a Él, encontraremos todos los bienes prometidos, que no tienen fin. Los mismos medios materiales pueden ser objeto de la virtud de la esperanza en la medida en que sirvan para alcanzar el fin humano y el fin sobrenatural del hombre. Solo son eso: medios. No los convirtamos en fines.
Nuestra Señora, Esperanza nuestra, nos ayudará a poner el corazón en los bienes que perduran, ¡en Cristo!, si acudimos a Ella con confianza. Sancta Maria, Spes nostra, ora pro nobis.

16 de agosto de 2016

SENTIDO CRISTIANO DE LOS BIENES

— Los bienes de la tierra se han de ordenar al fin sobrenatural del hombre.
— La riqueza y los talentos personales deben estar al servicio del bien. 
— Desarrollar los talentos que el Señor nos ha dado en bien de los demás.
I. Los Apóstoles vieron con pena –el Señor también– cómo se marchaba el joven que no quiso dejar a un lado sus riquezas para seguir al Maestro. Le vieron partir con esa tristeza peculiar del que no corresponde a lo que Dios le pide. Todos quizá pensaron que podía haber sido uno del grupo de los más íntimos, aquellos que escucharon confidencias entrañables de Jesús y recibieron más tarde el mandato de evangelizar el mundo, de ir con la doctrina de Cristo hasta los confines de la tierra.
En este clima, mientras reemprenden la marcha, el Señor les dijo: Difícilmente entrará un rico en el Reino de los Cielos. Y añadió: Es más, os digo que es más fácil a un camello pasar por el ojo de una aguja, que a un rico entrar en el Reino de Dios. Los discípulosquedaron muy asombrados1.
Quien pone su corazón en los bienes de la tierra se incapacita para encontrar al Señor, porque el hombre puede tener como fin a Dios, al que alcanza también a través de las cosas materiales como simples medios que son, o poner las riquezas como meta de su vida, en sus muchas manifestaciones de deseo de lujo, de comodidad, de poseer más... El corazón se orienta según uno de estos dos fines. Quien lo tiene repleto de bienes materiales no puede amar a Dios: no se puede servir a Dios y a las riquezas2, enseñó el Señor en otra ocasión.
El término arameo original de riquezas que utilizó el Señor, es Mammon, que «designa con irrisión un ídolo. ¿Por qué se trata de un ídolo? Por un doble motivo. Primeramente porque el ídolo es un sustitutivo de Dios. Se trata del uno o del otro (...). En segundo lugar, por su contenido. Más allá del dinero, simple unidad monetaria, el ídolo Mammon simboliza un instrumento de la voluntad de poder, un medio de posesión del mundo, una expresión de la avidez de las cosas y también una desviación de las relaciones de los hombres entre sí. El dominio que el ídolo ejerce sobre el hombre se opone a lo que es propio de la persona humana creada a imagen y semejanza de Dios, y por tanto a su relación con el Creador»3.
El que pone su deseo en las cosas de la tierra como si fueran un bien absoluto comete una especie de idolatría4, corrompiendo su alma como se corrompe con la impureza5, y, con frecuencia, acaba uniéndose a los «príncipes de este mundo», que se levantan contra Dios, contra Cristo6.
El amor desordenado a los bienes materiales, pocos o muchos, es un gravísimo obstáculo para el seguimiento de Cristo, como se manifiesta en el pasaje del joven rico que considerábamos en nuestra meditación de ayer, y en las duras y enérgicas palabras con que el Señor condena el mal uso de las riquezas. Por eso, el cristiano ha de examinar con frecuencia si ama la sobriedad y la templanza, si está realmente desprendido de las cosas de la tierra, si valora más los bienes del alma que los del cuerpo, si utiliza los bienes para hacer el bien, si le acercan a Dios o lo separan de Él, si es parco en las necesidades personales, restringiendo los gastos superfluos, no cediendo a los caprichos, vigilando la tendencia a crearse falsas necesidades. Ha de ver si cuida las cosas de su hogar, los instrumentos de trabajo... ¡Qué pena si alguna vez no viéramos a Jesús que pasa a nuestro lado porque tuviéramos el corazón puesto en algo que pronto hemos de dejar! ¡Algo que vale tan poco en comparación de las riquezas sin límite que Cristo da a quienes le siguen!
II. El cristiano que vive en medio del mundo no debe olvidar, sin embargo, que los bienes materiales en sí mismos son bienes que debe hacer producir en favor de la propia familia y de la sociedad, de las buenas obras que sostiene con su esfuerzo, y que ha de santificarse con ellos. Nada más lejano del verdadero espíritu de pobreza secular que la actitud encogida del que ve con miedo el mundo y sus riquezas. El verdadero progreso y el desarrollo –también material– son buenos y queridos por Dios. Y el Señor no predicó nunca ni la suciedad ni la miseria. Todos hemos de luchar, en la medida de las propias posibilidades, contra la pobreza, la miseria y cualquier situación de indigencia que degrade al ser humano.
La pobreza del cristiano corriente, que se ha de santificar en medio de sus tareas seculares, no consiste en una circunstancia meramente exterior: tener o no tener bienes materiales; se trata de algo más profundo que afecta al corazón, al espíritu del hombre; consiste en ser humilde ante Dios, en sentirse siempre necesitado ante Él, en ser piadoso, en tener una fe rendida que se manifiesta en la vida y en las obras. Si se poseen estas virtudes y además abundancia de bienes materiales, la actitud del cristiano ha de ser la de desprendimiento, de caridad generosa. El que no posee bienes materiales abundantes no por ello está justificado ante Dios, si no se esfuerza por adquirir las virtudes que constituyen la verdadera pobreza. También en la escasez puede manifestar su generosidad, su señorío, y también debe estar desprendido de lo poquísimo de que dispone.
Jesús estuvo muy cerca de los pobres, de los enfermos, de quienes padecían cualquier necesidad, pero entre los más allegados a su Persona no faltaron gentes de fortuna más o menos cuantiosa. Las mujeres que subvenían a sus necesidades eran gente acomodada. Algunos de sus Apóstoles, como Mateo y los hijos de Zebedeo, tenían ciertos medios económicos. José de Arimatea, hombre rico, es mencionado expresamente como discípulo suyo7; él y Nicodemo tienen el privilegio de recibir el Cuerpo muerto de Jesús8, para cuya sepultura trajo este último gran cantidad de aromas (unas cien libras, ¡más de treinta kilos!). La familia de Betania con la que tenía una especial amistad era, probablemente, de cierto relieve social, pues son muchos los judíos que acuden a su casa a la muerte de Lázaro. Llama a Zaqueo para hospedarse en su casa y le admite entre sus seguidores9. El mismo vestido de Jesús no carecía de prestancia, pues llevaba una túnica inconsútil, orlada...
«Los bienes de la tierra no son malos; se pervierten cuando el hombre los erige en ídolos y, ante esos ídolos, se postra; se ennoblecen cuando los convertimos en instrumentos para el bien, en una tarea cristiana de justicia y de caridad. No podemos ir detrás de los bienes económicos, como quien va en busca de un tesoro; nuestro tesoro (...) es Cristo y en Él se han de centrar todos nuestros amores (...)»10; Él es el verdadero valor que define toda nuestra vida, por encima del cual nada hay. A Él debemos imitar, según las circunstancias personales de cada uno. Y nunca debemos dar por supuesto el desprendimiento de los bienes y su recto uso, porque la tendencia de todo hombre, de toda mujer, es fabricarse sus propios ídolos, crearse «necesidades innecesarias», gastar más de lo debido, poseer los bienes para los propios caprichos sin tener en cuenta que «el hombre, al usarlas, no debe tener las cosas que legítimamente posee como exclusivamente suyas, sino también como comunes, en el sentido de que no le aprovechen a él solamente, sino también a los demás»11.
Examinemos hoy la rectitud con que usamos los bienes y si tenemos el corazón puesto en el Señor, desasido de lo mucho o de lo poco que poseamos, teniendo en cuenta que «un signo claro de desprendimiento es no considerar –de verdad– cosa alguna como propia»12.
III. Debemos desarrollar sin miedo, sin falsa modestia ni timideces, todos los talentos que el Señor nos ha dado, poner nuestras energías para que la sociedad progrese y lograr que sea cada vez más humana, que se den las condiciones necesarias para que todos lleven una vida digna, como corresponde a hijos de Dios. Hemos de aprender a dar de lo nuestro, a fomentar y a ayudar, según nuestras circunstancias, a instituciones y fundaciones que eleven y rediman al hombre de su incultura o de sus condiciones menos humanas. Debemos procurar, en lo que de nosotros depende, que no existan más esas desigualdades y diferencias sociales que claman al Cielo: por un lado, personas que luchan cada día por sobrevivir; por otro, despilfarros que ofenden a la criatura y al Creador.
Encontramos muchas dificultades, internas –en nuestro corazón, donde subsisten las raíces del egoísmo, de la posesión desordenada– y externas –las de un ambiente lanzado sin freno hacia los bienes de consumo–. Este ambiente externo, que lleva consigo frecuentemente una fuerte carga de sensualidad, es «el marco más adecuado para que proliferen las desviaciones morales de todo signo: el erotismo, la exaltación del placer estimado y cultivado por sí mismo, la degradación por el abuso del alcohol y las drogas, etc. Es evidente que tales excesos aparecen como consecuencia de la insatisfacción profunda que padece el hombre cuando se aparta de Dios (...). El resultado está a la vista: hombres y mujeres –incontables ya– faltos de ideales, sin criterio ni sentido claro de las cosas y de la vida»13, que se levantan contra el Señor y contra Cristo14.
Para la mayoría de los cristianos, para aquellos que se han de santificar en medio de las realidades temporales, seguir a Cristo significará desarrollar su capacidad –también en cuanto a la creación y añoramiento de bienes materiales– en bien de la sociedad entera, comenzando por la familia, que ha de tener los medios necesarios, ayudando a quienes se encuentran más necesitados, creando puestos de trabajo... Pero el fin del cristiano en la vida no puede ser enriquecerse, acumular bienes, poseer lo más posible. Esto llevaría al mayor empobrecimiento de su persona. La templanza en la posesión y en el uso de los bienes da al cristiano una madurez humana y sobrenatural que permite seguir de cerca a Cristo y llevar a cabo un gran apostolado en el mundo. La Virgen, que supo vivir como nadie esta virtud de la pobreza, nos ayudará hoy a formular un propósito, quizá pequeño, pero bien concreto.

11 de octubre de 2015

Y SE FUE TRISTE


La propuesta de Jesús invitando a este joven a seguirle dejando todos sus bienes aunque suavizada con la promesa de “un tesoro en el cielo”, no en un Banco, le alejó de Él pesaroso. Con seguridad se trataba de un joven bueno, pero de una bondad común, una de esas personas que consideran que Dios no es lo suficientemente importante o grande como para hacerle feliz jugándose la vida por Él.


Cuando se alejó, con esa tristeza que tantas veces hemos comprobado en nuestro deseo de influir cristianamente en quienes nos rodean, Jesús se entretuvo en una serie de consideraciones a propósito de él con sus discípulos: “Hijos, ¡qué difícil les es entrar en el Reino de Dios a los que ponen su confianza en el dinero! Más fácil es a un camello pasar por el ojo de una aguja que a un rico entrar en el Reino de Dios”.

“Cristo ha denunciado como fatal y general ilusión -decía PABLO VI- la tendencia humana a buscar en el orden temporal la felicidad, la perfección, la santidad, y ha enseñado a buscarla en cambio más allá de ese orden, canonizando como situaciones preferentes aquellos estados desgraciados de la vida presente que de por sí crean deseos, aspiraciones, búsqueda de otro orden que sea de verdaderamente orden y que no podrá realizarse en el marco de la vida presente... Es decir, no celebra la pobreza por lo que ésta es materialmente, sino por el bien moral y religioso que de ella puede derivarse”.

La pobreza cristiana es saberse mantener a la suficiente distancia de los bienes de este mundo como para verlos en su verdadera dimensión sin sobrevalorarlos ni subestimarlos. Esto es, considerándolos como medios que nos hablan y llevan a Dios y no como fines. Con todo, como el hechizo de las riquezas es muy fuerte, quiso que nos pusiéramos en guardia para practicar un sano desprendimiento de las mismas tanto afectivo como efectivo.

¿Queremos comprobar si existe ese desprendimiento de los bienes puramente terrenos? Preguntémonos si los estamos usando para la implantación del Reino de Dios siendo generosos con nuestro dinero, nuestro tiempo, nuestra salud, no haciendo gastos que no sean imprescindibles o concediéndonos caprichos. Si estos despojos cuestan tanto que su entrega nos entristece o la rehusamos, tenemos ahí un indicador infalible. Un cristiano afectiva y efectivamente pobre es alguien que está proclamando con hechos que cree en la otra vida, que prefiere la dignidad de la primogenitura a un plato de lentejas.

Quien logra ese despego, se ha construido un dique contra la marea arrolladora de una sociedad de consumo inventora de necesidades. Un lugar donde la necesidad de Dios restituye la respiración al alma. Un puesto donde se sabe dueño de sus bienes y no esclavo, hasta el punto de saber privarse de ellos cuando el caso lo requiera.


   El encuentro personal con Cristo se suele dar en la oración. Una escritora moderna lo explica así: "El camino interior que conduce a la libertad es el camino de quien tiene el coraje de alzar la vista hacia el cielo y reconocer la propia debilidad y la propia fragilidad; de quien, aun en la debilidad y en la fragilidad, siente su nombre pronunciado fuerte y a ese nombre responde ¿quién llama? ¿Quién conoce mi destino? En ese momento se descubre que junto al yo también existe un Tú. Eso es la oración. En ese punto nace la unicidad del camino. Un camino siempre igual y, no obstante, siempre distinto que nos conduce a existir en la libertad, en la verdad y en la conciencia de ser hijos de un Padre amoroso" (S. Tamaro).




        Ciertamente Cristo respeta nuestra libertad, "pero en todas las circunstancias gozosas o amargas de la vida, no cesa de pedirnos que creamos en Él, en su Palabra, en la realidad de la Iglesia, en la vida eterna. Así pues, no penséis nunca que sois desconocidos a sus ojos, como simples números de una masa anónima. Cada uno de vosotros es precioso para Cristo, Él os conoce personalmente y os ama tiernamente, incluso cuando uno no se da cuenta de ello" (Juan Pablo II, Homilía, Jornada Mundial de la Juventud, 15.VIII.2000).

        En un pasaje de los Evangelios, que comentó Juan Pablo II el Domingo de Ramos de 1985 en su mensaje a los jóvenes, se recoge la historia de un joven rico que toma la iniciativa de ir a Jesús para pedirle consejos de santidad (Mt 19, 16-22; Mc 10, 17-22; Lc 18, 18-27). San Marcos relata que Jesús se le quedó mirando y le tomó cariño. También a nosotros nos gustaría saber de qué manera nos mira Jesús: de la misma manera, sin duda alguna, pero con una exigencia particular que cada uno debe descubrir. Ese encuentro del joven rico con Jesucristo nos puede servir de ejemplo y de enseñanza.

        Se me ocurre que podríamos distinguir en la escena –puedes releerla por tu cuenta en el Evangelio– como tres partes:

Con Dios enfrente   
        En la primera parte, San Mateo relata que el joven pregunta a Jesús: "¿qué tengo que hacer de bueno para conseguir la vida eterna?" En otras traducciones: "¿qué cosas buenas debo hacer para alcanzar la vida eterna?" Jesús le aclara que lo bueno no es algo sino Alguien: "¿Por qué me preguntas acerca de lo bueno? Uno sólo es el bueno"; o, según San Marcos: "¿Por qué me llamas bueno? Nadie es bueno sino uno, Dios".

        Jesús le remite a Dios, a Alguien que ha hablado y se ha revelado. Es decir, lo verdaderamente importante no son las cosas que hacemos –lo que uno piensa, su opinión sobre lo que es bueno– sino lo que Dios entiende que es bueno; y es evidente que lo mejor es amar a Dios con locura, sin limitarse a cubrir una hoja inmaculada de servicios. No se trata tanto de hacer cosas como de amar a Alguien.

        Lo que importa no es nuestra visión de las cosas, sino la de Dios; no es nuestro juicio, sino el de Dios; no es lo que nosotros pensamos, sino lo que piensa Dios. Me parece de gran trascendencia tener muy en cuenta esto cuando uno se plantea su posible llamada: se trata de mirar a Dios, de meterse en Dios y desde Dios pensar en todas las almas. Con Dios somos capaces de todo, sin Él nada podemos hacer.

No existe un tiempo de pruebas  
        Hay que atreverse a una relación personal con Cristo. Lo que se pretende ver no es "algo" sino a Jesús. Las cosas se conocen examinándolas; a las personas sólo se las conoce arriesgándose a amarlas y, sobre todo, dejándose amar.

        No existe un tiempo para amar sin amar, para amar "a prueba": de lo contrario sólo se podría dar la vida después de haberla vivido. No hay escuela de prácticas para el amor, ni seguro en el amor; se ama amando de verdad, desde el primer instante, o de lo contrario, nunca se amará. En el amor no hay simuladores como en el caso del aprendizaje de los pilotos de vuelo; como tampoco existe un curso de oración sin esfuerzo. Jesús, en esta primera parte de la escena, va abrir los ojos al joven –que simplemente ha acudido a un maestro; aún no sabía Quién era el que tenía delante–, animándole al encuentro personal con Dios.

        En la segunda parte Jesús le dice: "Si quieres entrar en la Vida, guarda los mandamientos" y el joven le pregunta: "¿Cuáles?". Quizá piensa que la inquietud que le ha llevado hasta Jesús se debe a que, a pesar de que intenta cumplir todo lo necesario, se está olvidando de alguna cosa. Hace esa pregunta como quien pasa revista a una lista de obligaciones... Pero cuando el Señor le enumera los mandamientos que ya conoce, se da cuenta de que no hay fallos: "cumple todo" y, sin embargo, sigue inquieto. Así que pregunta de nuevo: "¿Qué me falta aún?". En el fondo, su enfoque es equivocado: todo el tiempo parece estar buscando la fórmula que le permita vivir su vida tranquila, con la seguridad de que está "en regla" con Dios. Pero tiene buena intención: ha llegado hasta allí obedeciendo a una inquietud sincera, aunque mal enfocada.

La respuesta del abandono           
        En la tercera parte, el Señor le pide que quite de su vida lo que le impide vivir enteramente en manos de Dios. Quiere que entienda que el sentido de todos esos mandamientos que ya cumple es hacer posible el primero: Amarás al Señor tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu mente, con todas tus fuerzas; y el segundo, que es semejante a éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. Por eso le responde: "Sólo una cosa té falta", "si quieres ser perfecto, anda, vende cuanto tienes y reparte el dinero a los pobres; así tendrás un tesoro en el Cielo. Luego, ven y sígueme".

        Como el joven rico, estamos llenos de buenas intenciones, pero queriendo hacerlo todo a nuestro antojo. La pretensión de sorprender a Dios con nuestra santidad configurada a nuestro gusto equivale a reducir a Dios a un botiquín portátil, necesario sólo para casos imprevistos... Lo que le falta al joven rico no es conquistar la perfección que él proyecta –una irreprochabilidad que le permita quedarse "en paz"–, sino abandonarse en Dios, secundar el proyecto de Dios. Nos pide el Señor que seamos perfectos, ciertamente, pero como nuestro Padre Celestial es perfecto. La santidad pertenece sólo a Dios. La fe no es sólo constatar que Dios existe –eso también lo saben los diablos y no les aprovecha en nada, como dice el Apóstol Santiago, sólo les hace temblar–, sino que ha de llevarnos a buscar la comunión personal con Dios: a vivir, ya en la tierra, por Él, con Él y en Él.

        No hay vocación sin conversión que lleve a vivir con fe plena, y esa fe debe estar movida por el amor. El coloquio de Jesús con el joven nos ayuda a comprender las condiciones para el crecimiento moral del hombre llamado a la perfección: el joven, que ha observado todos los mandamientos, se muestra incapaz de dar el paso siguiente sólo con sus fuerzas. Para hacerlo se necesita una libertad madura ("si quieres") y el don divino de la gracia ("ven y sígueme").

La tristeza o la alegría        
        Pero el joven se fue triste. Las palabras que deberían darle una gran alegría, porque eran la respuesta a su intranquilidad, le dejaron en el alma una gran tristeza. No por el simple hecho de tener muchos bienes, sino por poner en ellos el corazón. San Agustín explicaba que cuando se quiere llenar de miel un recipiente que contiene vinagre, hay que vaciarlo y limpiarlo bien, de lo contrario hasta la miel acaba sabiendo a vinagre. La tristeza del joven rico no procede de las palabras de Cristo, no es causada por la exigencia, sino por el recipiente donde la acoge: un corazón avinagrado.

        Las exigencias de Dios, las llamadas del Amor nunca son agrias, nunca entristecen, por eso, cuando notamos un deje de tristeza en el corazón puede ser debido a que el Señor nos esté pidiendo algo y no queremos dárselo.

        Por eso conviene recordar lo que explica Jesús a sus discípulos una vez que el joven rico ha vuelto la espalda y se ha marchado con su tristeza, con su triste riqueza: "Os aseguro que quien deje casa, o hermanos o hermanas, o madre o padre, o hijos o tierras, por Mí y por el Evangelio, recibirá ahora, en este tiempo, cien veces más –casas y hermanos y hermanas, y madres e hijos, y tierras, con persecuciones–, y en la edad futura la vida eterna".

        Jesús vive y llama. No dejemos pasar las oportunidades que nos brinda. Como solía repetir San Josemaría Escrivá, Dios nunca se deja ganar en generosidad.